Envejecimiento, longevidad programada y «juventología»
El planteamiento de este libro es muy distinto al de la mayoría de los libros sobre dietas, porque se centra en el envejecimiento y no simplemente en las enfermedades y los trastornos. Por eso es importante entender ante todo qué es el envejecimiento y cuáles son las estrategias que tienen más posibilidades de frenarlo sin causar otros problemas.
Con el término «envejecimiento» se indican los cambios que se producen con el paso del tiempo, tanto en los organismos vivos como en los objetos inanimados; estos cambios no son necesariamente negativos. Si bien es cierto que los seres humanos y la mayoría de los seres vivos en edad avanzada presentan disfunciones, hay casos en que el envejecimiento implica mejoras. Un ejemplo: los ganadores del maratón de Nueva York suelen ser treintañeros y muchos de los primeros clasificados pasan de los cuarenta. De lo que se deduce que en el cuerpo humano, tomado en conjunto, se producen cambios físicos y mentales positivos en virtud de los cuales una persona de treinta y cinco rinde más en esta durísima competición que otra con quince años menos.
En vez de «envejecimiento» podríamos usar la palabra «senescencia», que describe mejor el proceso de envejecer perdiendo funcionalidades y, por tanto, excluye las mejoras antes mencionadas. Pero ¿por qué envejecemos? Mejor dicho: ¿por qué no deberíamos envejecer?
El mecanismo de la selección natural propuesto por Charles Darwin y Alfred Wallace, base de la teoría de la evolución, puede describirse de forma resumida como una serie de procesos que preservan un organismo mientras es capaz de engendrar descendientes sanos: en el transcurso de una evolución de millones de años la duración de la vida del organismo tenderá a aumentar si lo hace la capacidad de engendrar una prole sana. Tanto Wallace como Darwin se plantearon la hipótesis de que los procesos de envejecimiento y muerte estaban programados. Por ejemplo, un organismo moriría de manera prematura para evitar la superpoblación. Pero ambos científicos descartaron tal hipótesis por ser muy difícil de demostrar.
Ciento cincuenta años después, el laboratorio que dirijo ha obtenido una de las primeras pruebas experimentales para esta hipótesis del «envejecimiento programado». Hemos demostrado que un grupo de microorganismos «egoístas», manipulados genéticamente para vivir más, acaban extinguiéndose, mientras que los que viven menos y actúan de un modo altruista logran multiplicarse. En otras palabras, las alteraciones genéticas que limitan la vida por debajo del potencial de un organismo aumentan su capacidad de reproducirse.
Pero no se ha demostrado que los seres humanos estén programados para morir. Cuando, durante una conferencia en Palermo, presenté por primera vez los resultados y mi teoría sobre el envejecimiento programado, Tom Kirkwood, autor de una de las teorías sobre el envejecimiento más acreditadas, la «teoría del cuerpo desechable» (o «de usar y tirar»), objetó que para sostener la hipótesis del envejecimiento programado había que demostrar científicamente la selección de grupo, una de las teorías más controvertidas y endebles de la biología evolucionista, según la cual unos grupos de organismos se comportan de forma altruista, sacrificándose para proteger o beneficiar al grupo a sus expensas.
En la mayoría de los casos puede afirmarse que un comportamiento altruista como el del ave que guía la bandada en vuelo, asumiendo un riesgo por el bien de las que la siguen, forma parte de sus deberes, y que aceptar ese riesgo tendrá una ventaja como contrapartida. Pero si un organismo muere para favorecer a los demás está claro que no hay rastro de egoísmo en su acto altruista. Si la muerte no se produce por azar (sin una finalidad), está necesariamente programada y es altruista.
Las teorías que tratan de explicar el proceso de envejecimiento se cuentan por cientos, pero pocas han llamado la atención de los científicos, porque, aun siendo correctas, tienden a tener muchos aspectos en común. Por ejemplo, está la famosísima teoría de los radicales libres, según la cual el oxígeno y otras moléculas con efecto oxidante pueden provocar daños en casi todos los componentes de las células y los organismos, como sucede cuando los metales se oxidan en contacto con el oxígeno y el agua. Otra de las teorías más acreditadas sobre el envejecimiento es la ya citada del cuerpo desechable: según Tom Kirkwood, los organismos se vuelcan en la reproducción e incluso en sí mismos, pero solo lo necesario para dar vida a futuras generaciones. Nuestro cuerpo, portador del material genético (el ADN) contenido en los espermatozoides y los óvulos, está disponible («aprovechable») mientras engendra cierta cantidad de prole. Aunque no resulte muy halagador, según esta teoría, nosotros seríamos meros portadores «desechables» de ADN.
Estas teorías no acababan de convencerme, porque se centraban en el proceso de envejecimiento y no en la capacidad de los organismos para mantenerse jóvenes. Hace unos quince años empecé a plantearme la cuestión desde este punto de vista con mi «teoría de la longevidad programada».[2] En síntesis, planteaba que los organismos que podrían hacer grandes esfuerzos para protegerse del envejecimiento no lo hacen, no porque no sean capaces de maximizar tanto la protección como la reproducción, sino porque su nivel de salvaguardia ya es suficiente para alcanzar el fin.
Usando un símil podríamos preguntarnos: «¿Es posible construir un avión capaz de volar más tiempo sin que se reduzcan sus prestaciones?».
Al menos puede haber dos soluciones:
1) El avión será capaz de volar más tiempo, pero para prevenir el desgaste hará falta más carburante y mayor mantenimiento por cada milla de vuelo.
2) El avión será capaz de volar más tiempo, pero tendremos que dotarlo de una tecnología más avanzada para reducir el desgaste; entonces ya no hará falta más carburante ni mayor mantenimiento.
Traslademos este ejemplo a la especie humana: podemos consumir más comida (1) o mejorar el modo como utilizamos la comida con que nos alimentamos para protegernos mejor y lograr que nuestro cuerpo funcione correctamente durante más tiempo (2). Es posible que no haya ninguna razón para hacerlo, porque el envejecimiento y la muerte a los ochenta años ya garantizan que la especie humana haya seguido reproduciéndose; pero la verdadera pregunta es esta: en la mayoría de los organismos, ¿pueden mejorarse los sistemas de protección y reparación para frenar el envejecimiento, o hemos alcanzado ya el máximo nivel de protección?
Es muy probable que no sea así y que puedan mejorarse los sistemas o lograr que funcionen más tiempo, de modo que el cuerpo no empiece a experimentar un claro declive entre los cuarenta o cincuenta años sino, pongamos, entre los sesenta o setenta. Es lo que llamamos «longevidad programada», una estrategia biológica avanzada para poder influir en la duración de la vida y la salud mediante procedimientos de protección y regeneración.
En la última década ha habido muchos debates sobre este tema, y en ellos yo siempre he defendido la idea del envejecimiento y la longevidad programados frente a la opinión de otros expertos que sostenían las teorías evolucionistas más tradicionales, como la del «cuerpo desechable». Al final de dos de estos debates, que tuvieron lugar en Texas y California, respectivamente, se le pidió al público que mostrara su preferencia por una de las dos posiciones. En ambos casos, a pesar de que había logrado convencer a casi la mitad de las personas, perdí, probablemente porque las teorías de la evolución comúnmente aceptadas se ven como una suerte de dogmas y la mayoría de los científicos no quisieron considerar otras posibilidades.
Estos debates sobre el envejecimiento apasionan a los científicos, pero ¿cómo nos ayudan a vivir muchos años con buena salud? Mi teoría de la longevidad programada es crucial en este sentido, porque afirma que entender cómo y por qué envejecemos no es tan importante como entender qué hace que nos mantengamos jóvenes: para esto he acuñado el término «juventología», que significa «estudio de la juventud».
Se me preguntará: ¿y qué diferencia hay? Y yo respondo: una gran diferencia. Cuando se trata de entender por qué un coche se hace viejo, se puede examinar el motor y llegar a la conclusión de que con el paso del tiempo se oxida y por tanto, para que dure más, hay que añadir antioxidantes al carburante o al aceite de motor. Como ya he dicho, viene a ser lo mismo que lo que sugiere la teoría de los radicales libres para aumentar la longevidad con buena salud, y es uno de los métodos para retrasar el envejecimiento que cuenta con más apoyos entre los científicos.
Pero si lo que os proponéis es que un motor funcione bien durante mucho más tiempo, podréis proyectarlo de modo que se deteriore más despacio, pero también que se reconstruya periódicamente o que de manera regular se le puedan recambiar piezas. El motor de nuestro cuerpo «envejece» en ambos casos, pero si se programa para durar más pondrá en marcha mecanismos de protección, reparación y recambio que le ayuden a mantenerse joven y funcional. Ahí radica la diferencia entre el actual enfoque «gerontológico» y la, a mi juicio, más eficaz «juventología», basada en la ciencia que estudia y explica cómo mantenerse joven. En este capítulo y en los siguientes presentaré las estrategias, sobre todo alimentarias, que pueden promover estos efectos protectores, regeneradores y rejuvenecedores. Haré especial hincapié en el descubrimiento del nexo entre nutrientes y genes de la longevidad, y en los sistemas para reprogramar nuestro cuerpo a fin de que se mantenga sano más tiempo y, por tanto, nos permita vivir con salud más años.
Antes he dicho que para mantener joven un organismo debemos intervenir en su «programa de longevidad». Pero si desconocemos los mecanismos moleculares de la longevidad es casi imposible reprogramarlo para que viva más tiempo, lo mismo que es casi imposible aumentar la eficacia de un programa de nuestro ordenador sin ser ingeniero electrónico con un conocimiento profundo del lenguaje de programación. De modo que en 1992 recalé en la UCLA de Los Ángeles, una de las patrias de la investigación sobre longevidad, dispuesto a interrumpir mi carrera como guitarrista de rock (aunque durante los tres años posteriores a mi doctorado seguí tocando, de gira por la costa Oeste) para dedicarme a la genética y la bioquímica de la longevidad. Las dos universidades rivales de la City of Angels, probablemente influidas por las aspiraciones a la eterna juventud de las estrellas de Hollywood, habían contratado a auténticas lumbreras en el estudio del envejecimiento: el famoso patólogo Roy Walford, MD (en la UCLA) y el neurobiólogo Caleb Finch, PhD (en la USC, la Universidad del Sur de California). Para mi doctorado escogí a Walford.
En la UCLA estudié el efecto de la restricción calórica, es decir, el efecto retardante de una reducción diaria del 30 % de las calorías sobre el envejecimiento del sistema inmunitario y de otros sistemas, tanto en ratones como en humanos. Pero Roy Walford y yo nos comunicábamos solo por videoconferencia, porque él había decidido encerrarse junto con otras siete personas durante dos años en una especie de clausura voluntaria llamada Biosfera 2, construida en pleno desierto de Arizona. Lo había hecho como parte de un proyecto cuya finalidad era averiguar si y cómo puede permanecer el hombre en un ambiente completamente sellado durante años, produciendo todo lo que come. El experimento servía para estudiar al hombre en un ambiente sumamente regulado y quizá también para dar con un sistema que sirviera para las bases espaciales. Cuando esos ocho aventureros salieron de allí, yo también fui a recibirles. De acuerdo con las teorías de Walford, se habían impuesto (o mejor dicho, Walford les había impuesto) una fuerte reducción del consumo calórico durante casi dos años: estaban tan flacos que daban miedo y eran uno de los grupos de personas más iracundas que había conocido.

2.1. Roy Walford y los «biosferanautas» al inicio de su hazaña[*].
Después de pasar dos años en el laboratorio de Walford, años emocionantes pero pobres en resultados, me sentía impotente frente al enorme muro que me separaba de los secretos del envejecimiento. Las investigaciones con ratones y hombres eran interesantes, pero se trataba de organismos demasiado complejos para poder identificar en un plazo relativamente corto los genes responsables del envejecimiento y comprender su funcionamiento, dos resultados necesarios a fin de traducir los descubrimientos en métodos capaces de lograr que las personas vivan más con buena salud.
La simplificación extrema de un planteamiento como la restricción calórica crónica, los rostros desencajados de los supervivientes de Biosfera 2 y el fracaso de la experimentación con ratones me llevaron a la conclusión, en 1992, de que quizá estudiar los roedores no era la mejor manera de comprender cómo funciona el envejecimiento, así que opté por un enfoque reduccionista. Pasé al Departamento de Bioquímica y empecé a estudiar el envejecimiento de las levaduras de panadería, organismos sencillos, monocelulares, que a mí y a otros nos permitían estudiar el lenguaje de la vida, el envejecimiento y la muerte partiendo de las moléculas.
Cuando pensamos en la levadura de inmediato nos vienen a la mente el pan y la cerveza, pero el Saccharomyces cerevisiae (levadura de panadería) es también uno de los organismos más estudiados por los científicos. Es sencillo (está formado por una sola célula), barato, fácil de estudiar (algunos científicos llevan a cabo parte de sus experimentos en su casa) y fácil también de modificar genéticamente (con unos 6.000 genes, es bastante factible quitar o añadir uno).
Sin embargo, al pasar de los ratones a la levadura corrí un gran riesgo: a lo mejor descubría cómo envejecía la levadura, pero los resultados de mis descubrimientos podrían ser irrelevantes respecto al envejecimiento humano. De hecho, eso pensaban casi todos los colegas que trabajaban con ratones y con humanos. No obstante, un pequeño grupo de científicos, la mayoría estadounidenses, y yo decidimos que el trayecto más sencillo para entender el envejecimiento en el ser humano era dar con el gen que lo regula en los organismos simples, para volver luego a los ratones y al hombre.
Lo primero que hice fue decidir un nuevo enfoque científico; así inventé un método al que llamé «vida cronológica de la levadura» y lo apliqué para identificar los genes que intervenían en el envejecimiento. Corría el año 1994 y nadie había identificado todavía ningún gen que regulase el proceso de envejecimiento en un organismo. Gracias a los esfuerzos de Tom Johnson, de la Universidad de Colorado, y de Cynthia Kenyon, de la UCSF de San Francisco, sabíamos que los genes podían alargar la vida de los gusanos, pero ignorábamos cuáles eran y qué hacían.
Con tres premios Nobel y muchos miembros de la Academia Nacional de Ciencias trabajando en sus laboratorios, la UCLA era un paraíso para cualquier científico. A mi alrededor estudiaban grandes genetistas, bioquímicos y biólogos moleculares, todos ellos dispuestos a colaborar con las técnicas, las células y los materiales necesarios para descubrir por qué y cómo envejecen los organismos. Ni siquiera hacía falta llamar a las puertas, porque las de todos estos profesores, incluidos los premios Nobel, estaban casi siempre abiertas.
No obstante, tampoco explicábamos claramente que estábamos estudiando el envejecimiento, porque todos pensaban que era un asunto extraño, por no decir un tanto disparatado. Cuando me preguntaban en qué estaba trabajando yo contestaba: «Bioquímica de los radicales libres», porque así no ponían pegas. Gracias a la sencillez del organismo y a las avanzadas técnicas genéticas, celulares y moleculares aplicables a la levadura, en apenas un año de ensayos en el laboratorio de la química Joan Valentine y la genetista Edie Gralla realicé dos descubrimientos importantes con mi nuevo método para estudiar el envejecimiento en las levaduras:
1) Si les hacía que «pasaran hambre», sacándolas de un líquido rico en azúcares y otras sustancias nutritivas para ponerlas en otro donde solo había agua, las levaduras vivían el doble;
2) El azúcar era el nutriente que hacía que envejecieran más deprisa y murieran, activando los genes Ras y PKA y desactivando factores y enzimas que las protegían de la oxidación.
En aquel breve período en el Departamento de Bioquímica, gracias a un organismo sumamente sencillo, identifiqué no solo el primer gen que regula el proceso de envejecimiento, sino toda la vía metabólica.
El método era tan novedoso y sencillo que la comunidad científica no acababa de creérselo y se resistía a aceptar tanto la «cronología de la levadura» como el descubrimiento de la vía metabólica del azúcar que favorecía el envejecimiento. Cuando propuse publicar la investigación en la prestigiosa revista estadounidense Cell, los revisores contestaron: «Interesante, pero no nos lo creemos», y aquello que yo y mis mentores sabíamos que era un descubrimiento excepcional acabó apareciendo solo en mi tesis doctoral y en otras dos publicaciones que durante algún tiempo estuvieron bastante olvidadas. Mi jefa, Joan Valentine, solía decirme: «Mira, Valter, te cuesta publicar estos estudios porque hablas de cosas que van cinco años por delante y nadie entiende de qué estás hablando. Es mucho más fácil publicar cosas de las que se habla hoy, o algo que continúe con lo que se descubrió ayer». Más o menos en la misma época Cynthia Kenyon, de la UCSF, y Gary Ruvkun, de Harvard, publicaron sus descubrimientos sobre el daf-2 y otros genes que regulan el envejecimiento en los gusanos, en una serie de artículos de los que se hicieron los medios de comunicación de todo el mundo. A mí, en cambio, me tocó quedarme en el banquillo como reserva y esperar cinco años a que me llegara el turno, como había dicho Joan.
En 1996 Tom Johnson, que estaba tratando de identificar un gen desconocido que alargaba la vida de los gusanos, mostró interés por mi descubrimiento y me invitó a presentar mis datos sobre la «vía metabólica del azúcar» en la Gordon Conference on the Biology of Aging, en la que participaban los más importantes investigadores especializados en la biología del envejecimiento. Cuando terminé la presentación en la sala no se oía una mosca, y hasta Tom Johnson probablemente se preguntaba si no habría cometido un grave error invitándome. Los próceres de la disciplina, que después serían mis colegas y amigos, me escudriñaban con una expresión que significaba, más o menos: «¿De dónde ha salido este estudiante y de qué habla?». No obstante, animado por las similitudes entre mis descubrimientos sobre levaduras y los de Johnson, Kenyon y Ruvkun sobre gusanos, publiqué el primer artículo en que se planteaba la hipótesis de que muchos organismos, si no todos, envejecen de un modo parecido, y de que los genes y la «estrategia molecular» para alargar la vida deben ser análogos, cuando no idénticos.

2.2. Levaduras, moscas de la fruta y ratones enanos con mutaciones similares presentan récords de longevidad[*].
Pero tuvieron que pasar otros seis años antes de que mis resultados sobre los genes activados por los azúcares se publicaran en la revista Science, junto con el descubrimiento de los genes del envejecimiento activados por aminoácidos y proteínas (Tor-S6K) en mi laboratorio de la USC. Y otros ocho para que varios laboratorios confirmasen experimentalmente estos datos sobre ratones, y una década para que mi laboratorio aportase la primera prueba de que los mismos genes y las mismas vías metabólicas protegen también a los seres humanos de las enfermedades relacionadas con el envejecimiento, tras estudiar a un grupo de personas aquejadas de enanismo que viven en Ecuador y carecen de receptor de la hormona del crecimiento (figura 2.3).

2.3. En Ecuador, junto a dos personas con «síndrome de Laron»[*].
Empecé a investigar en Ecuador en 2006, cuando Pinchas Cohen me dijo que si quería estudiar personas que tuvieran defectos en el receptor de la hormona del crecimiento (síndrome de Laron) no podía dejar de ponerme en contacto con Jaime Guevara, un endocrinólogo que estaba siguiendo cien casos de este síndrome en Ecuador. Han pasado diez años desde que lo invité a Los Ángeles por primera vez para hablar de los pacientes que ha tratado durante treinta y cinco años. En este tiempo, Jaime y yo hemos publicado una serie de trabajos sobre la población a la que diagnosticaron el síndrome de Laron que, gracias a los artículos del New York Times y a periódicos y televisiones, es conocida en todo el mundo. En 2011 publicamos el estudio más importante sobre ellos, donde se revelaba una incidencia bajísima de cáncer y diabetes en estos individuos (figura 2.4) a pesar de tener una alimentación y un estilo de vida pésimos. Tras oír decir a los periodistas que son personas inmunes a las enfermedades, a menudo comentan mientras fuman e ingieren enormes platos de comida frita: «Total, somos inmunes».

2.4. Los individuos con mutaciones en el receptor de la hormona del crecimiento (MROC) están protegidos de las enfermedades.
Este estudio fue la primera verdadera demostración de mi teoría de la conservación del envejecimiento, en la que proponía que unos genes similares o iguales controlaban el envejecimiento tanto en organismos sencillos como las levaduras como en los más complejos, incluido el hombre. A Guevara y a mí, junto con uno de los pacientes Laron (conocidos como «larones»), nos invitaron a presentar nuestros descubrimientos incluso en el Vaticano, donde iba a recibirnos el papa Benedicto XVI; pero poco antes de que llegáramos a Roma el pontífice decidió renunciar a su cargo. Para mí, Ecuador, y sobre todo las zonas remotas de los Andes, en el sur del país, donde viven muchos de estos pacientes, ha llegado a ser un lugar mágico adonde voy siempre que puedo. Discuto mucho con Jaime, pero hemos entablado una provechosa colaboración y una fuerte amistad.
Un «factor de riesgo» (como el exceso de colesterol o la obesidad) es algo capaz de influir en la probabilidad de contraer cierta enfermedad o de morir. Se ha demostrado que la obesidad es un factor de riesgo de la diabetes, porque puede multiplicar por cinco la posibilidad de desarrollarla. Aunque pensamos que la mala alimentación, la vida sedentaria o la dotación genética heredada de nuestros progenitores son importantes «factores de riesgo», se ha demostrado que el mayor factor de riesgo de contraer enfermedades como el cáncer, los trastornos cardiovasculares, Alzheimer y otras muchas dolencias es el envejecimiento. Según un dato reciente, la probabilidad de que una mujer de veinte años enferme de cáncer de mama en los diez años siguientes es del 1 por 2.000; este número sube al 1 por 24 en el caso de las mujeres septuagenarias: casi aumenta cien veces.
Por tanto, dado que la edad es el principal factor de riesgo de contraer las enfermedades más graves, intervenir en el envejecimiento es mucho mejor que tratar de prevenir y curar las principales enfermedades una a una.
En los ratones, que viven dos años y medio, los tumores empiezan a aparecer más o menos al año y medio de edad, y en las personas que viven un promedio de ochenta la mayoría de los tumores aparecen después de los cuarenta años, que es más o menos a la misma altura de la vida. Por eso podemos influir en la posibilidad de desarrollar muchas enfermedades mediante el «programa de longevidad», y hoy sabemos que somos capaces de ello orquestando los reguladores principales de dicho programa con la alimentación. La figura de la página anterior muestra cómo los azúcares, las proteínas y los aminoácidos influyen en los genes y en la vía metabólica, ya ampliamente aceptados como aceleradores del envejecimiento: Tor-S6K, GH-IGF-1 y PKA. Para reprogramar y maximizar la longevidad en el cuerpo humano tenemos que seguir estudiando cómo controlan estos genes los distintos regímenes alimentarios, lo que equivale a profundizar en el programa de longevidad y el estudio de todas las patologías asociadas al envejecimiento.

2.5. La regulación del envejecimiento y de las patologías mediante las vías metabólicas activadas por las proteínas y los azúcares.
La estrategia que adoptamos otros investigadores y yo para empezar a entender la biología genética y molecular de la longevidad partiendo de los organismos sencillos se reveló acertada, pero para alcanzar esta meta fueron necesarios muchos años de duro trabajo de un grupo formado por la mayor parte de los genetistas y biólogos moleculares de distintas universidades, como la UCLA, la USC, el MIT, Harvard, la UCSF, la Brown y el University College de Londres.
Mi segunda pasión, que pude encauzar cuando colaboré con Walford en el hospital de la UCLA, era usar la bioquímica para resolver problemas médicos. Como bien sabe todo aquel que trabaja en el ámbito de la medicina, a fin de optimizar la prevención y el tratamiento de las enfermedades es preciso conocer sus causas a escala molecular y celular, y saber cómo restablecer el pleno, correcto y sano funcionamiento de moléculas y células. Tratar de curar una enfermedad sin disponer de estos conocimientos es como intentar reparar un coche sin saber cómo funciona el motor o la instalación eléctrica, pero con una enorme diferencia: reparar un coche o un avión es relativamente sencillo, pues quienes los hemos construido somos nosotros y por eso sabemos exactamente cómo funcionan; pero el cuerpo humano no lo hemos construido nosotros y todavía estamos lejos de entender cómo funciona con exactitud.
Siempre he pensado que aplicando nuestros conocimientos bioquímicos a la medicina podremos no solo hacer mucho por los pacientes, sino de un modo mucho más rápido y con menor gasto.
Varios años después, gracias a la investigadora Lizzia Raffaghello, tuve la oportunidad de conocer a niños enfermos de cáncer en el Children’s Hospital de Los Ángeles. Lizzia se mostraba perpleja ante el hecho de que el objetivo de mis investigaciones fuese alargar la vida y mantener a la gente sana hasta los cien años, cuando en el hospital donde trabajaba muchos niños ni siquiera llegarían a cumplir los diez.
Entre ellos, había una niña del sur de Italia. Después de sopesar la posibilidad de aislar las células de su neuroblastoma para examinarlas en laboratorio y averiguar qué terapia podría resultar más eficaz, tuvimos que rendirnos a la evidencia de que ese tipo de investigación no estaba permitido ni en el hospital ni en mi departamento. Al final la niña volvió a Italia, donde murió. Nunca olvidaré con cuánta atención observaba su gotero de solución salina, con la seriedad y madurez de una enfermera que se asegurase de su correcta administración.
Dividí mi laboratorio en dos zonas de interés correspondientes a dos objetivos distintos: un equipo de investigadores seguiría trabajando en la bioquímica y la genética del envejecimiento y otro se encargaría de resolver problemas médicos mediante estrategias basadas en lo que estábamos aprendiendo acerca de la protección de las células; estrategias baratas y que podían tener una rápida aplicación clínica. El resultado fueron nuestros descubrimientos sobre la distinta resistencia y sensibilización al estrés, que recurren al ayuno prolongado para inducir a las células a adoptar una modalidad de alta protección, a la vez que las células tumorales se vuelven muy vulnerables a la quimioterapia y otras terapias antitumorales (como explicaré mejor más adelante, en el capítulo dedicado a este tema); y otras estrategias aplicables a la diabetes y a las enfermedades autoinmunes, cardiovasculares y neurodegenerativas.
De este modo mi viaje a Estados Unidos en pos de la gloria como estrella del rock se convirtió en una aventura en busca de los secretos del envejecimiento y de las enfermedades en la metrópolis californiana donde se sueña con la eterna juventud. A partir de 2001 el viaje me llevó a la USC de Los Ángeles, donde soy profesor de Gerontología, Ciencias y Neurociencias Biológicas, y donde hace unos cinco años fundé el USC Longevity Institute, que actualmente dirijo.
Gracias al trabajo pionero de muchas personas, pero especialmente de Caleb Finch, la Facultad de Gerontología de la USC, fundada en 1975, es el instituto más antiguo e importante del mundo dedicado exclusivamente a la didáctica e investigación del envejecimiento. En el Longevity Institute trabajan muchos miembros de la facultad, desde científicos puros hasta clínicos, llegados de distintos departamentos y unidos en la misión de mantener a las personas sanas hasta edades muy avanzadas.
Hace dos años, gracias a mi prolongada colaboración con Brian Kennedy, presidente del Buck Institute for Aging Research y pionero de la genética del envejecimiento, se creó una asociación entre nuestros dos centros: otro puntal de la investigación sobre el envejecimiento, con sede al norte de San Francisco. Juntando sus fuerzas, más de cuarenta científicos y cientos de estudiantes e investigadores se dedican a la biomedicina y al envejecimiento. La investigación que se lleva a cabo en estos centros nos ha permitido tener un conocimiento mucho más profundo de las bases y los aspectos clínicos del envejecimiento, así como de las enfermedades relacionadas con él.
Por último, en 2014 fui nombrado director del Programa Oncología y Longevidad del Istituto FIRC de Oncologia Molecolare de Milán, uno de los centros de investigación sobre el cáncer más importantes de Europa.