El escudo peronista es uno de los emblemas más conocidos del justicialismo y también uno de los más antiguos. Es un símbolo oficial en todos los sentidos posibles del término: fue introducido por decisión del propio Perón, adoptado formalmente por el partido que él fundó, llegó hasta el último rincón del país gracias al impulso del Estado y legalmente le pertenece al PJ. Sin embargo, los simpatizantes del peronismo también lo hicieron suyo, dándole usos y sentidos que no siempre estuvieron en sintonía con las preferencias de las autoridades partidarias. Incluso el diseño oficial sufrió modificaciones en diversos momentos, tras las cuales, como veremos, pueden leerse pujas políticas entre tendencias o desacuerdos culturales más profundos. Ésta es entonces la historia de un emblema, pero también la del propio movimiento peronista visto a través de ella.
El nacimiento del Escudo
Por comparación con las altas funciones oficiales que iba a desempeñar y con el valor que iba a adquirir para los peronistas, las alternativas del nacimiento del Escudo fueron bastante pedestres. De hecho, nació antes de que existiera el peronismo y fue creado para otros fines. El que luego se haría famoso como «Escudo peronista» fue bocetado hacia fines de 1943, por encargo de Ángel R. Guzmán, propietario de un pequeño establecimiento porteño dedicado a la fabricación y venta de copas, distintivos y medallas metálicos para diversos usos, especialmente deportivos. El boceto inicial fue realizado por un dibujante empleado de Guzmán, Alfredo Pereyra, de nacionalidad portuguesa. Ni Perón ni los peronistas tuvieron nada que ver en el asunto y, lo más importante, el portugués no lo dibujó siquiera pensando en hacer un emblema político. Se trató de un diseño hecho para vender a un instituto militar que les había encargado un distintivo para uso castrense. Seguramente por eso, el dibujante buscó inspiración en el Escudo nacional argentino y se limitó apenas a estilizarlo según los cánones de la estética funcionalista entonces en boga. Mantuvo todos los blasones originales —aunque simplificados con trazos más rectos—, reordenándolos de modo que la pieza pareciera un escudo en sentido literal. La única innovación importante que introdujo fue desplazar el eje de las manos entrelazadas, poniéndolas en sentido diagonal, aparentemente con intención de simbolizar la unidad entre los militares de escalafones altos y bajos. (1)


Figs. El escudo argentino y el escudo peronista (en su diseño más habitual)
Como ese diseño no fue del agrado de los clientes, Guzmán les ofreció otro, dejando en carpeta el que nos compete, que quedó allí, en espera de algún otro cliente que pudiera elegirlo. La ocasión le llegó algunos meses más tarde. Cuando Perón comenzó su ascenso como figura pública, pensó en que necesitaría un distintivo político que lo identificase. Buscando satisfacer esa demanda el periodista Enrique Wehmann —quien llegaría a ser director de Difusión de la Subsecretaría de Informaciones bajo su gobierno— se acercó ya entrado 1945 al local de Guzmán a mirar opciones. No está claro si Wehmann seleccionó solamente el que había bocetado el portugués o varios diseños posibles, pero en cualquier caso acompañó a Guzmán a presentar el o los modelos a Perón. Al coronel le gustó de inmediato, por lo que el fabricante, según afirmó mucho tiempo después, se apresuró a anotarlo en el Registro de la Propiedad Intelectual con el nombre de «Distintivo de la Paz», derechos que luego cedió a cambio de la exclusividad en la fabricación. (2)
Perón relató el episodio en una carta privada de marzo de 1967, con algunas diferencias, acaso por haber olvidado sus detalles o por querer dar una versión más romántica. Según rememoró, a comienzos de 1946 alguien («creo que fue Mercante») le presentó a «uno de los principales grabadores de medallas de Buenos Aires», que venía con una caja conteniendo «muchos escudos argentinos con distintas formas» en «art déco», que había confeccionado para «un encargue de 1930». La caja cayó inesperadamente al suelo y todos se pusieron a recoger los escudos, pero hubo uno que no aparecía. Mientras lo buscaban entró Evita a la habitación y sin darse cuenta pisó el escudo perdido, lo levantó del suelo, y allí definieron que ése fuera el Escudo peronista. De modo que según Perón el símbolo partidario, de alguna manera, «lo eligió Eva». (3)
En cualquier caso, el distintivo elegido se conoció públicamente durante la campaña electoral de febrero de 1946. El «Escudo peronista» apareció entonces en los diarios como parte de la publicidad de los candidatos que acompañaban a Perón. Pero no tuvo entonces, todavía, la exclusividad en la representación del peronismo, por la sencilla razón de que tampoco el coronel la tenía aún. Apenas terminadas las jornadas del 17 y 18 de octubre del año anterior, que habían catapultado a Perón nuevamente a la escena política, los dirigentes sindicales que las habían propiciado concibieron el proyecto de crear un partido propio que fuera el brazo político del movimiento obrero. Sin demoras pusieron manos a la obra y en noviembre más de 200 delegados sindicales llegados de todo el país fundaron el Partido Laborista (PL), presidido por Luis Gay, dirigente telefónico de larga trayectoria. La idea era llegar al poder en las elecciones previstas para febrero, llevando a Perón como candidato. Pero el coronel no estaba del todo contento con esa iniciativa. Si quería ganar la elección necesitaba contar con el apoyo decisivo de los sindicatos —eso lo sabía—, pero no quería quedar atado de pies y manos a ellos. Para evitarlo, les exigió que aceptaran una alianza con la UCR-Junta Renovadora, un pequeño grupo de políticos escindido del radicalismo. Los conflictos entre ambas agrupaciones no tardaron en aparecer, lo que dio mayor autoridad a Perón como mediador indispensable.
El conflicto entre radicales renovadores y sindicalistas apareció visualmente atestiguado en la coexistencia, durante la campaña electoral, de dos emblemas partidarios. Los laboristas habían diseñado su propio distintivo, un rombo celeste y blanco con las letras P y L superpuestas en su interior, y fue ése el que utilizaron en sus carteles y boletas electorales. En 1946, solo los radicales renovadores (que eran una pequeña minoría entre los partidarios de Perón) utilizaron el Escudo. (4) El PL puso toda su energía en asegurar la victoria y de hecho fue el que consiguió por lejos la mayor cantidad de votos para el coronel. Pero los laboristas tuvieron poco tiempo para festejar la victoria: a poco de las elecciones Perón inició maniobras para quitarles todo poder autónomo. Para erigirse como líder indiscutido del movimiento tenía que contar con un aparato político propio. En mayo ordenó la disolución del PL y del resto de las agrupaciones que lo habían apoyado y su fusión en un nuevo Partido Único de la Revolución Nacional, luego redenominado simplemente Partido Peronista, como para que no quedaran dudas. De esta manera, los miles de grupos de apoyo que habían surgido espontáneamente en todo el país pasaron a ser «Unidades Básicas» del partido. Algunos laboristas, sorprendidos, intentaron resistir. Pero las presiones y la fuga de dirigentes los fueron haciendo desistir y en junio finalmente acataron la directiva. Los que se negaron a hacerlo, como Cipriano Reyes —quien como referente del gremio de la carne había tenido un papel crucial para movilizar a los trabajadores el 17 de octubre—, terminarían presos. La convivencia de los dos distintivos llegó así a su fin: cuando Perón ordenó la disolución del Partido Laborista, la Junta Ejecutiva del nuevo Partido Único de la Revolución Nacional dispuso formalmente, en mayo de 1946, que en adelante el Escudo peronista fuera el «símbolo oficial» del movimiento. (5)
Los usos del emblema
Durante las primeras dos presidencias de Perón el Escudo tuvo una profusa circulación en toda clase de contextos. No sería exagerado decir que su imagen saturó el campo visual, alcanzando una presencia en todo el país que rivalizaba con la de los propios símbolos patrios. Y lo hizo a través de diversos canales y en diferentes formatos. El taller de Guzmán llegó a producir 16.000 distintivos metálicos por día. La gran mayoría se utilizaron como prendedores, que los peronistas lucieron en sacos y vestidos. Como recordó un trabajador porteño que militaba en esa época, entrevistado para este libro, él y sus amigos lo llevaron en toda ocasión; para ellos «era sagrado». (6) Pero también se los adhería a las tapas de algunos de los libros de propaganda que, por miles, editó la Subsecretaría de Informaciones del Estado por esos años. Además, las Medallas Peronistas (también llamadas «de la Lealtad») y otras distinciones que entregaba el gobierno también incluían los Escudos del taller de Guzmán (quien fabricó incluso uno de gran tamaño que cubrió el féretro de Evita y otros cruzados por una banda negra en señal de luto). (7)
Impreso sobre papel conoció una circulación incluso más intensa. Para empezar, estuvo en el encabezado de las boletas electorales, donde desempeñó un papel no solo simbólico sino también práctico. En momentos en los que el analfabetismo era todavía muy extendido, era la única manera que tenía una porción del electorado de reconocer las de sus candidatos. Además, el Escudo apareció en la portada de cada edición de la Revista del Laborismo, de Mundo Peronista y de otras publicaciones oficialistas. También se lo usó en los afiches de propaganda y en el papel membretado del Partido Peronista; cientos de miles de Escudos se imprimieron como carteles (solo en enero y febrero de 1954 la Subsecretaría de Informaciones mandó realizar 640.000). (8) Los militantes lo utilizaron también en las pancartas que llevaron a las manifestaciones y se confeccionaron banderines con su imagen. Formó parte asimismo del distintivo de tela que lucieron los miembros de la Unión de Estudiantes Secundarios, entre otros usos. (9) Además, fue incluido en la bandera oficial del peronismo, consistente en un paño con dos franjas celeste y blanca en sentido vertical, con el Escudo en el centro.
A partir de 1949 un marcado cambio de tono impulsaría al Escudo a ocupar nuevos lugares. Ese año la economía empezó a mostrar serias dificultades; con ellas, creció la conflictividad obrera y hubo renovados movimientos en el campo antiperonista. Perón respondió asumiendo un giro cada vez más autoritario. Especialmente en la segunda presidencia hubo una intensa presión hacia la «peronización» completa de la sociedad y un hostigamiento cada vez más marcado a quienes no lo aceptaban. Al presentarse él mismo como encarnación de la nación y a sus adversarios como la «antipatria», los límites entre partido y Estado se volvieron más borrosos. El Escudo llegó a aparecer entonces en libros de lectura para el primer grado de la primaria (fig.) y dibujarlo se transformó en una de las actividades que podía pedírsele a un niño en la escuela. (10) Mucha gente lo lució entonces en la solapa —como el personaje de ese manual— con orgullo y por iniciativa propia, pero otros se vieron forzados a usarlo para evitar tener problemas laborales. Incluso los nuevos vagones del subte de Buenos Aires aparecieron adornados con el emblema. (11) La ofensiva hacia la peronización alcanzó ribetes inauditos cuando se convirtió en provincias a los territorios nacionales de Chaco y La Pampa, a los que se dio como nuevos nombres, los del Presidente y su esposa. En junio de 1953, la nueva provincia «Presidente Perón» (hoy Chaco) incluso adoptó el Escudo —con el agregado de un rostro del líder— como escudo provincial (fig.), lo que terminaba de borrar las fronteras entre los símbolos del partido y los propios del Estado. (12)

Figs.: El Escudo en un libro escolar (Nélida Lea Piccolo: Cajita de música, texto de lectura para Primer Grado Superior, Buenos Aires, Estrada, 1954, p. 12. Agradezco a Carolina Barry por esta referencia). Escudo de la Provincia Presidente Perón (cortesía Museo del Hombre Chaqueño).
La meteórica carrera del Escudo puede apreciarse también por su uso en los principales rituales públicos del peronismo. Hasta el año 1950 incluido, el palco oficial en las celebraciones del Día del Trabajador (1° de mayo) y del Día de la Lealtad (17 de octubre) estuvo decorado solamente por el escudo nacional. (13) En los años subsiguientes, la decoración habitual del palco en esos actos y en otros contó con el escudo nacional a la izquierda y el peronista a la derecha (o en disposición vertical y/o combinados con el logo de la CGT); el Escudo solía colocarse asimismo en otros lugares de la escenografía y aparecía por supuesto en las pancartas de los manifestantes. (14)
El significado de los blasones
¿Cómo se interpretaban los blasones que componen el Escudo en esos años? En el manual escolar mencionado se afirmaba que era el distintivo de «los valientes». El celeste y blanco del fondo, claro, eran los «colores patrios». Las manos sostenían el «gorro de la libertad» y el laurel representaba «la gloria». Hasta aquí los significados coincidían con los de los blasones del escudo nacional. Pero aparecían también algunas diferencias. El sol naciente era símbolo del «comienzo de la Patria Nueva», algo similar al sentido que tenía en el escudo patrio, pero por supuesto la «patria» al que éste aludía no era la peronista sino la que nacía en los albores del siglo XIX. Sobre la innovación principal del diseño la autora del manual se extendía algo más. El niño del delantal blanco preguntaba «¿Por qué no están las dos [manos] a la misma altura?», a lo que su compañero respondía: «Porque una trata de elevar a la otra. Es como si tú cayeras y yo te ofreciera mi mano para levantarte. En este escudo su significado es parecido. La mano del fuerte se ofrece a la del desvalido. Además, esas dos manos unidas simbolizan la hermandad». (15) En el escudo nacional, las manos entrelazadas sobre un plano horizontal también representaban unión y fraternidad. (16) Pero por supuesto no estaba presente la idea de esa solidaridad entre fuertes y desvalidos que simbolizaba el eje diagonal.
Obviamente, los antiperonistas no lo veían del mismo modo. No han quedado registradas las impresiones que pudieron haber tenido en esos años, pero algunas posteriores quizás nos den algunos indicios al respecto. Acaso por haberse considerado desde el comienzo a Perón como un «nazifascista», o por la saturación invasiva de la propaganda oficial, algunos imaginaron que el Escudo peronista imitaba en su diseño el de ciertos distintivos que lucía el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial (una idea que no se sustenta en ninguna evidencia empírica). (17) Para otros, las manos en sentido oblicuo sugerían «la relación de subordinación entre el pueblo unido y organizado y su máximo conductor». (18) En cualquier caso, el emblema aparecía asociado fundamentalmente al autoritarismo, antes que a la solidaridad social.
Pero había más significados que los que pudieran discernirse de la mera observación de los blasones del Escudo. Los estudiosos del lenguaje visual han llamado la atención sobre la necesidad de analizar una imagen singular teniendo siempre en cuenta la relación que mantiene con otras que, como ella, habitan el campo de lo que una sociedad puede ver en un momento determinado. (19) En verdad, la orientación diagonal de las manos debe interpretarse en la relación visual que establece con la posición horizontal del escudo nacional, con el que dialoga no solo por la alusión implícita de la imagen, sino también por el hecho de que, como vimos, uno y otro solían mostrarse juntos en los actos oficiales, con el peronista ubicado a la derecha desde el punto de vista del observador. Debe tenerse en cuenta que las manos entrelazadas llegaron al emblema patrio casi con seguridad retomadas de la simbología de los grupos jacobinos que protagonizaron la Revolución Francesa de 1789 (fig.). (20) Además, en la Argentina también se utilizaba en el logo de la Federación Obrera Regional Argentina —la primera central obrera— y en otras entidades sindicales de signo anarquista (fig.). En ambos casos, simbolizaba fraternidad.


Figs.: Laissez passer utilizado en la Asamblea Nacional de París (c. 1793) y emblema de la FORA
Las nociones de fraternidad que animaban a la Revolución Francesa podían incluir sentidos de antagonismo respecto de las clases privilegiadas, algo que ciertamente estaba presente entre los anarquistas de la FORA. El significado de ambos emblemas se decodifica a través del lenguaje visual, pero también mediante las categorías verbales contiguas a la imagen o el contexto de su uso. El dibujo de las manos es una «metonimia», es decir, muestra una parte para aludir al todo al que ella pertenece; en este caso, alude a la colectividad que existe fuera de la imagen. Que estén entrelazadas, denota un acuerdo; el sentido horizontal, la igualdad entre los acordantes. Pero a su vez el contexto de una Revolución completa el sentido: la colectividad aludida es la que está en oposición a los grupos contrarrevolucionarios. En el emblema de la FORA, el texto redondea un sentido similar: quienes entrelazan sus manos son los «obreros» y no otros, y la ideología de la época hacía evidente que se oponían a las clases altas. Pero la idea de fraternidad había sido también retomada por la tradición liberal, que la depuró de cualquier ribete antagonista. Las manos entrelazadas en el escudo nacional remiten metonímicamente a toda la Nación: representan la unión y fraternidad de un cuerpo ciudadano formado por personas iguales ante la ley. La horizontalidad en la disposición no permite imaginar que los acordantes constituyan ningún grupo particular, ninguna «clase» de personas, sino la generalidad abstracta de la ciudadanía. De hecho, el lenguaje visual del escudo nacional, combinado con las categorías que aporta el contexto de su uso, invisibiliza las diferencias sociales y antagonismos que pudieran existir entre los miembros de la nación.
A través de este cotejo con otras imágenes aparece entonces un sentido adicional a los que ya habíamos explicado. La innovación de los brazos en diagonal representa, en la simbología peronista, el pasaje del imaginario liberal a uno que gira en torno de la idea de «comunidad organizada». En la nueva Argentina de Perón, la igualdad abstracta entre individuos aislados cedía su lugar a la «justicia social», que a su vez descansaba en el ideal de una alianza de clases que requería la solidaridad de los ricos hacia los pobres. (21) De hecho, el propio Perón lo había interpretado de esa manera. En sus discursos, refirió al Escudo al menos en tres oportunidades, deteniéndose en todas ellas específicamente en las manos en sentido oblicuo. En marzo de 1949, en ocasión de entregar la Medalla Peronista a los convencionales constituyentes de su partido, Perón afirmó que esa medalla
para nosotros es símbolo de un sentido de absoluta unión fraternal de argentinos. En ella está reflejado el escudo peronista, que es el mismo escudo de la Patria en una admirable síntesis, en la cual hemos descentrado las manos horizontales, que significan una unidad o una unión fraternal, para ponerlas en sentido oblicuo, que significa para nosotros la solidaridad del pueblo argentino, donde la mano de arriba sostiene y levanta la mano de abajo. Es el símbolo de una Nueva Argentina, de una Argentina sin egoísmos, de una Argentina con un sentido y un sentimiento preñados de amor al prójimo y de ayuda al compatriota. (22)
En las dos menciones posteriores, de 1951 y 1952, la misma idea aparece repetida, aunque con una tonalidad que resalta más las diferencias de clase y el deber moral de los ricos de ayudar a los pobres. Si antes «los ricos y los poderosos» amasaban su riqueza sobre «el dolor de millones de hombres explotados dentro del régimen capitalista», en la Argentina peronista «los de arriba tienen la obligación de dar la mano a los de abajo para ayudarles»: ése era, para Perón, el sentido del Escudo. (23)
Las manos: sus sentidos de clase
Sin lugar a dudas, las ideas de justicia social y de comunidad organizada que para Perón graficaba el Escudo apuntaban a la conciliación de clases y no al antagonismo. Sin embargo, como es bien sabido, los sentidos asociados a una imagen suelen no agotarse en las intenciones con las que la utiliza quien la crea o la difunde: si algo caracteriza el lenguaje visual es su imprecisión, los múltiples sentidos que pueden dársele, lo que lo hace pasible de reapropiaciones de diverso tipo (incluyendo las francamente heréticas). (24) Pensando en la manera en que el emblema pudo haber sido recibido y decodificado en esos años, más allá de las intenciones del gobierno, resulta fundamental situarlo como un producto de la cultura de la época. Durante la primera mitad del siglo XX las novelas de consumo popular, el cine, los radioteatros, las canciones de difusión masiva, las obras de teatro, estaban fuertemente imbuidos de una visión «melodramática» del mundo. En otras palabras, tendían a presentar historias en las que se enfrentaban el bien y el mal, encarnadas en personajes que habitualmente atravesaban situaciones de intensa emotividad: un romance prohibido, una rivalidad antigua, ambiciones y deseos, injusticias tremendas y redenciones. Las diferencias de clase eran tema habitual de estas historias. Como mostró un especialista, las producciones culturales orientadas al consumo masivo asumieron tempranamente en Argentina un tono «populista». Los films, canciones y programas radiales de los años veinte y treinta difundían mensajes conformistas y fantasías de ascenso social, tal como lo hacían en otros países. Pero también «diseminaron versiones de la identidad nacional que reproducían e intensificaban las divisiones de clase». Los directores, locutores, guionistas, músicos o dueños de industrias culturales participaban de la producción de ese tipo de mensajes, incluso sin proponérselo. Enfrentados en una competencia desigual con el jazz y los films norteamericanos, encontraron en la búsqueda de una «autenticidad nacional» el nicho que les permitía disputar una audiencia. Para dar con el tono auténtico que buscaban, retomaron elementos de la cultura popular previa, del tango, el sainete y las historias de gauchos rebeldes, insertándolos en una nueva cultura de masas estructurada según el código del melodrama, que planteaba una oposición binaria entre un mundo popular definido como terreno de la ética, la solidaridad y la autenticidad nacional, y un plano de las clases altas marcado por el egoísmo, la inmoralidad y la vinculación con los intereses extranjeros. Y aunque esa oposición solía encontrar, por ejemplo al final de muchos films, una resolución que reconciliaba los polos enfrentados (habitualmente por obra de la reeducación moral de la clase alta en los valores sencillos del pueblo), el enfrentamiento de clases expuesto hasta allí era de tal envergadura, que cualquier final optimista se volvía poco creíble. Así, a diferencia de otros países, la cultura de masas en Argentina no contribuyó a forjar «mitos nacionales unificadores», sino que generó imágenes polarizantes y divisivas, de fuerte contenido «clasista». A su turno, estas imágenes proveyeron mucho del «material narrativo en bruto con el cual Juan y Eva Perón construyeron su movimiento de masas». (25)
Desde el punto de vista del lenguaje visual, el Escudo que analizamos tenía la misma ambivalencia. Las manos entrelazadas, como lo explicaba verbalmente Perón, prometían la unidad y la solidaridad entre las clases (una promesa que, dicho sea de paso, funcionaba como desmentida a la necesidad de que los obreros estrecharan solo las manos de otros obreros, como en el emblema de la FORA). Sin embargo, la misma posición inclinada recordaba a quien lo miraba que existía una asimetría entre la clase alta y la baja, precisamente lo que el escudo nacional invisibilizaba. La ilusión de reconciliación social podía funcionar en la medida en que los ricos cumplieran con la obligación de hermanarse con los pobres. Pero tan pronto pareciera que no estaban a la altura de ese imperativo moral, el recuerdo de la asimetría podía operar de manera inversa, alimentando visiones más antagonistas. En la imaginación de Perón, su Escudo representaba una fase históricamente superior a la del escudo nacional, una fase de reparación social (acaso por eso solía situarlo siempre a la derecha y no al revés). Pero si la reparación fallaba, ya no había vuelta atrás: la asimetría que exponían los brazos en diagonal hacía imposible volver a creer en la horizontalidad abstracta que planteaba el escudo patrio.
Una variante desconocida del Escudo
Un aspecto que ha pasado inadvertido entre los historiadores del peronismo es la circulación de una versión peculiar del Escudo —la llamaremos en adelante «bicolor»— en la que los brazos entrelazados tienen tonalidades de piel diferentes (el de abajo más oscuro que el de arriba). La mejor imagen disponible es la siguiente (fig.):

Fig.: Juan Domingo Perón en el Ministerio de Trabajo y Previsión en un acto por el décimo aniversario de la creación de los Tribunales del Trabajo, 9/8/1955. CeDInCI (archivo La Razón) [SGAL-CFV-C-8-1402] (1). (26)
Ciertamente, el escudo bicolor era mucho menos habitual que el de una sola tonalidad: hoy se lo encuentra solo en un puñado de registros visuales, siempre como decoración de actos o lugares públicos o en banderas de concentraciones (no hemos hallado ninguno en formato de distintivo metálico, ni impreso en papel de ninguna clase). Apareció también estampado en pañuelos de propaganda oficial. (27) Pero su infrecuencia no significa que haya sido poco visto. De hecho, el primer registro que hemos encontrado, cronológicamente hablando, es nada más ni nada menos que el del «Cabildo Abierto» del 22 de agosto de 1951, la concentración popular más numerosa del peronismo clásico y una de las más concurridas en toda la historia del país, en la que las multitudes aclamaron a Eva Perón como futura candidata a la vicepresidencia, para verse luego decepcionadas por su «renunciamiento». El escenario montado por la CGT para que hablaran su secretario general, Perón y Evita, estaba decorado ese día por un Escudo bicolor gigante, ubicado centralmente sobre el palco de los oradores. Aunque la casi totalidad de los registros visuales de la época están en blanco y negro, para el Cabildo Abierto contamos con una rara filmación en color, en la que se ven claramente contrastadas la tonalidad amarronada del brazo inferior y la rosácea del superior (fig). Más de un millón de personas —según algunos cálculos— pudieron observar directamente ese día ese Escudo, a los que habría que agregar todos los que lo vieron a través de los cortos publicitarios del gobierno y los noticieros en el cine y en las fotos de los medios gráficos. Aunque en éstas el matiz de las manos entrelazadas apenas alcanza a distinguirse, en los documentos fílmicos se ve con toda nitidez. Además, en éstos alcanza a divisarse entre el público por lo menos una pancarta en manos de un grupo (que los identifica como correntinos), ilustrada también con un Escudo bicolor. (28)

Fig.: El escenario del «Cabildo Abierto» (Archivo Prisma) (29)
El mismo emblema matizado se utilizó con certeza en las siguientes concentraciones o actos públicos: un acto con presencia de Perón en el Sindicato de Luz y Fuerza en 1952; (30) la celebración oficial del 1° de Mayo de 1953 en Buenos Aires; (31) un acto con presencia de Perón en la República de los Niños (La Plata) el 19 de noviembre de 1953; (32) una concentración popular en Mar del Plata por la visita de Perón el 11 de marzo de 1954; (33) el acto de clausura del XX Congreso Nacional de la Confederación General de Empleados de Comercio en el Teatro Colón el 5 de julio de 1954; (34) un acto de la misma entidad en Buenos Aires el 19 de marzo de 1955; (35) el acto del 1° de Mayo de 1955. (36) Además de estas apariciones, los documentos visuales muestran otras en las que la calidad de la imagen no permite estar absolutamente seguros, pero hay una fuerte presunción: el acto oficial del 1° de Mayo de 1951; (37) un pequeño ágape de fin de año de una repartición de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires c. 1952; (38) el velatorio de Evita; (39) una visita de Perón a la Universidad Obrera en 1953; (40) el acto oficial del 1° de Mayo de 1954; (41) un evento en la Quinta de Olivos el 27 de septiembre de 1954; (42) un banquete del Partido Peronista Femenino en Buenos Aires el 29 de diciembre de 1954; (43) y un evento sin fecha ni más datos en la ciudad de Lobos. (44) Seguramente se utilizó en muchas otras ocasiones de las que no han quedado registros visuales o solo los hay de vistas parciales.
El origen de esta variación cromática es un misterio sobre el que no pueden ofrecerse más que conjeturas. El primer dato notable es que sabemos que Guzmán diseñó el emblema sin matices y que el primer Escudo bicolor hallado data de 1951, por lo que es muy probable que haya sido en efecto una innovación tardía. Sobre la fuente de esta innovación no pueden sacarse conclusiones. Es cierto que la gran mayoría de las apariciones fue en actos en los que estaba presente Perón y que con mucha frecuencia adornaba su propio palco. Pero de ello no puede concluirse que se originara en una decisión «oficial». El grueso del registro visual disponible es el producido por dependencias del gobierno, de modo que puede ser un sesgo del propio archivo. Además, como vimos, en el primer registro de calidad suficiente que tenemos, el del Cabildo Abierto, el emblema bicolor estaba en el palco, pero también en una pancarta traída por los manifestantes, de confección manual. Por otra parte, si es que hubo en algún momento una orden «oficial» (es decir, dictada explícitamente por algún funcionario) de matizar los colores de los brazos, no se trató de una decisión de carácter permanente u obligatorio. En actos posteriores a algunos de los que identificamos, los palcos lucieron Escudos sin matices o incluso, como vimos, la decoración los combinó de uno y otro tipo. (45) Por otro lado, no hay ningún Escudo bicolor en el abundante material impreso producido por la Subsecretaría de Informaciones, la principal usina propagandística del gobierno, que utilizó profusamente el emblema hasta el final. Tampoco parece haber sido una decisión de esta naturaleza de la CGT, que en el salón de actos del nuevo edificio que construyó en estos años para su sede central eligió colocar Escudos sin matiz. Por lo demás, el peronismo oficial siguió utilizando el Escudo en décadas posteriores y hasta nuestros días, siempre en su variante sin matiz.
Si la innovación no provino de una decisión oficial de alto nivel, está claro que fue aceptada allí sin problemas. El gobierno peronista ponía gran atención en los aspectos visuales, simbólicos y propagandísticos, de modo que es impensable que el Escudo bicolor hubiera llegado a un palco oficial sin la aquiescencia de Perón. ¿Pudo ser introducido inicialmente por algún funcionario de rango menor o acaso por los fabricantes de los Escudos, sin que su presencia y su combinación con la versión «tradicional» fueran percibidas como un problema por las máximas autoridades del movimiento? Si esta hipotética posibilidad fuera plausible, en ese caso habría que descartar a Ángel Guzmán y su taller —de los numerosos escudos metálicos de su factura, ninguno es bicolor— y en general al resto de los proveedores de la Subsecretaría de Informaciones. La posibilidad restante, entonces, es la de los fabricantes de los Escudos de gran tamaño utilizados en los actos, y eso nos obliga a apuntar hacia la Municipalidad de Buenos Aires, cuya Dirección General de Festejos y Ornamentaciones tenía la misión de proveer el «modelado, reproducción y pintura de escudos nacionales e internacionales, emblemas y demás elementos alegóricos y decorativos» para los actos oficiales, tanto locales como de orden nacional. (46) Era en esa Dirección que se bocetaban las escenografías de la mayoría de los actos públicos que involucraban a Perón (incluyendo la disposición de los símbolos como el Escudo); (47) además, en sus propios talleres se construían los escenarios y se diseñaban y confeccionaban los accesorios que adornaban los grandes actos, tarea en la que solían colaborar escultores y escenógrafos. Aunque no recordaba nada puntualmente sobre el Escudo bicolor, un dibujante que trabajó allí luego de 1954, entrevistado para esta investigación, recordó que no era extraño que él y sus compañeros, responsables de bocetar los encargos, introdujeran innovaciones motu proprio en los diseños, las cuales podían o no ser luego aprobadas por las autoridades (él mismo aplicó algunas, por ejemplo, al escudo de la Municipalidad). (48) Consultado sobre la posibilidad de que el matiz cromático pudiera haber sido introducido por iniciativa propia de alguno de los trabajadores de Festejos y Ornamentaciones, otro empleado que trabajó en esa repartición a partir de 1949 como ayudante de pintores y escultores lo consideró perfectamente posible. (49) Esta posibilidad es puramente conjetural, pero sobre su verosimilitud cabe agregar que existe una foto en la que se divisa lo que parece ser un Escudo bicolor como parte de las decoraciones de un festejo de fin de año de los empleados de la Dirección de Festejos y Ornamentaciones. (50) En cualquier caso, la aparición de esa variante del Escudo en una pancarta de manifestantes en 1951 (y también en un pañuelo propagandístico) podría indicar que la innovación pudo haber tenido también otros orígenes en simultáneo.
¿Inflexiones de «raza»?
¿Es posible analizar esta variante cromática del Escudo como una inflexión «de raza» que se superponía a los sentidos de clase que analizamos en los apartados anteriores? Dicho en otros términos, el blasón de manos entrelazadas de distinto matiz ¿podía denotar la solidaridad esperada entre los ricos/blancos y los pobres/de piel amarronada (y, por lo mismo que señalamos más arriba, ser vector de la visibilización de la dimensión «racial» presente en las diferencias de clase en Argentina)?
Responder esta pregunta requiere algunas consideraciones previas. En el proceso de formación de clases sociales en la Argentina contemporánea existe una dimensión étnica poco atendida por los historiadores. Las mejores oportunidades que se abrieron con la implementación del modelo agro-exportador en el último tercio del siglo XIX tendieron a ser aprovechadas por los inmigrantes predominantemente europeos que arribaron al país masivamente a partir del mismo período. Las estadísticas disponibles confirman que los criollos de sectores populares quedaron en una situación comparativamente desventajosa. (51) No contamos con estudios de origen étnico ni del color de la piel, pero todo indica que los de rasgos visiblemente mestizados y pieles amarronadas, especialmente si habitaban en las zonas menos orientadas a la producción para la exportación, tendieron a acumular las peores oportunidades que ofrecía el mercado de trabajo. Esto no significa que, en tiempos de Perón, los trabajadores pertenecieran predominantemente a este último grupo. Por el contrario, se trataba de una masa notoriamente multiétnica, en la que los europeos (por no hablar de sus descendientes) tenían todavía una presencia muy notable. Sin embargo, desde comienzos de la década de 1930 se habían intensificado fuertemente las corrientes de migración interna, que trajeron a Buenos Aires y sus alrededores —principal escenario de la política nacional— un número creciente de personas procedentes del Interior del país, muchas de ellas de rasgos mestizos. Ello generó una fuerte ansiedad en una sociedad que se había acostumbrado a reconocerse en los discursos patrocinados por las élites, según los cuales Argentina era un país «blanco» y europeo. Cuando el peronismo irrumpió en la política nacional y las clases bajas asumieron un lugar de influencia mayor al que nunca habían tenido, estas ansiedades se multiplicaron. Así, entre los antiperonistas pronto se instaló una explicación del nuevo fenómeno, que apuntaba a descalificarlo mediante anatemas fuertemente racistas. En esta explicación, se consideraba que la base social de Perón estaba formada no por obreros de origen europeo (por ende «civilizados»), sino por los «cabecitas negras» —así se los denominó entonces— que habían llegado del Interior atrasado, en el que quedaba aún un resto de la barbarie atávica del mundo criollo anterior a la gran inmigración, de los tiempos de las «montoneras» y los «candombes» que habían caracterizado la época de los caudillos federales. (52) Estas invectivas racistas funcionaban con una lógica equivalencial por la que cada término parecía intercambiable: si los «cabecitas negras» eran peronistas, entonces toda persona de clase baja que fuera peronista podía ser considerada un «negro», independientemente de su fenotipo o su procedencia. El propio peronismo aparecía como «cosa de negros».
A pesar de estas miradas racistas (y también de la realidad de los sesgos étnicos del mercado de trabajo), ni las identidades populares ni el discurso político que proponía el peronismo se estructuraron según categorías raciales. El vocabulario y la imaginación social de unas y el otro permanecieron firmemente organizados en dicotomías de clase (trabajadores vs. oligarquía) que se superponían al lenguaje nacionalista (lo argentino vs. lo foráneo). Ni Perón ni Evita se refirieron públicamente a las diferencias en el color de la piel, ni mucho menos identificaron a su movimiento con los «cabecitas negras» (una expresión que no parecen haber utilizado nunca). Pero aunque los dirigentes peronistas no cuestionaron abiertamente el mito de la Argentina blanca-europea, sí se apoyaron profusamente en el discurso «criollista», que colocaba al criollo tradicional en el centro de la nación (quitando implícitamente de allí a los inmigrantes europeos recientes y su descendencia). Aunque la designación «criollo» no aludía necesariamente a ningún origen étnico particular ni mucho menos a un color de la tez, el criollismo funcionó, ya desde épocas anteriores, como canal para tematizar la diversidad étnica de la nación: al hacer visible el carácter mestizo del gaucho y al reponer la presencia de indígenas y afroargentinos como parte del mundo criollo, minaba sutilmente el mito de la Argentina «blanca». Y aunque los máximos líderes del peronismo no aludieran explícitamente a las diferencias de color entre los argentinos, hubo otros referentes sindicales (como Cipriano Reyes) o de la cultura de masas (como Buenaventura Luna) que, aprovechando la oportunidad que ofrecía el criollismo, sí lo hicieron. (53) Algunos intelectuales peronistas inclusive saludaron la llegada de los provincianos a Buenos Aires como una saludable restauración del «equilibrio étnico y espiritual de nuestro pueblo» o escribieron poemas reivindicatorios de los «cabecitas negras». (54) En cualquier caso, en la época en la que apareció el Escudo bicolor estaba claro, al menos para algunos peronistas, que el hecho de ser denigrados como representantes de los «cabecitas» era prueba de su carácter genuinamente popular. (55) Más aún, entre los artistas e intelectuales que colaboraban con la tarea propagandística del gobierno, había escritores de folletos que reivindicaban explícitamente la figura del «cabecita» (como el santiagueño Carlos Abregú Virreira) e ilustradores que elegían utilizar varios matices en su paleta para mostrar las diferencias en los colores de la piel (como Gregorio López Naguil, quien entre otras cosas bocetaba escenografías por encargo de la Dirección de Festejos y Ornamentaciones). (56) Que las autoridades con responsabilidad estatal no siempre estaban de acuerdo con estas decisiones intelectuales o estéticas queda claro en el caso de la escultura de Evita encargada por la embajada argentina en París a Sesostris Vitullo en 1953. Cuando el renombrado escultor recibió la invitación oficial, la imaginó como un símbolo, una «libertadora de las razas oprimidas de América», como escribió en una carta personal. En consecuencia, realizó un busto de Evita de marcados rasgos mestizos, en cuyo rodete se reconocían las formas del escudo peronista. Los diplomáticos que habían realizado el encargo lo recibieron con frialdad: la escultura fue escondida en un sótano y el autor nunca pudo recuperarla; permaneció olvidada hasta su redescubrimiento en 1973. (57)
Las apropiaciones positivas de la figura del «cabecita negra» y la discusión abierta sobre el racismo en Argentina solo se volverían frecuentes tras el derrocamiento de Perón en 1955. Antes de esa fecha, el clima político-cultural no era propicio para tratar estas cuestiones de manera explícita en la esfera pública. Y no solo por la solidez que todavía tenía el mito de la Argentina blanca-europea, sino también porque el discurso del peronismo ofrecía una reconciliación e integración de todos los argentinos de buena voluntad, sin importar su condición. No era momento, entonces, de poner sobre el tapete temas tan espinosos. Fue precisamente la amarga comprobación de que la mano de arriba no estaba dispuesta a ser solidaria con la de abajo, la que abrió la posibilidad de un debate en regla —más aún, lo exigió— sobre las múltiples desigualdades que marcaban la sociedad argentina, incluyendo las étnicas. No obstante, como señalamos, la cuestión ya estaba presente antes de 1955 en los márgenes e intersticios del discurso peronista. ¿Pudo el Escudo bicolor ser una manifestación más de esa presencia, una promesa de la unidad «racial» tanto como la constatación de que la diferencia existía? Ni Perón ni ninguna otra persona, hasta donde sabemos, describió el Escudo bicolor en esos términos de manera explícita, ni refirió siquiera a la curiosa bicromía. No tenemos testimonios directos sobre el modo en que pudo ser interpretada por los manifestantes que lo veían o lo portaban en las concentraciones peronistas. Solo nos queda, entonces, apoyarnos en una interpretación de la imagen.
Comencemos señalando que la ausencia de una tematización verbal de las diferencias en el color de la piel (que como vimos de todos modos no era total) no debe ser motivo de escepticismo respecto de las posibilidades de decodificar el Escudo bicolor, en la clave que estamos proponiendo, por parte de quienes pudieron observarlo luego de 1951. Como han señalado sus estudiosos, la imagen tiene una lógica propia, irreductible a la del discurso; existe un modo específicamente visual de transmisión de sentidos, un poder significante y también emotivo de las imágenes que no requiere del lenguaje verbal para actualizarse (aunque suela combinarse con él de mil maneras). (58) Por un lado, la vaguedad e imprecisión inherentes al lenguaje visual lo hacen especialmente adecuado como vía para tematizar aquellas cuestiones que, en un momento cultural específico, resulta inviable o muy riesgoso discutir de manera abierta o explícita. (59) En ese sentido, no debe llamar a sorpresa que la dimensión «racial» apareciera aludida a través del lenguaje visual del peronismo algunos años antes de que irrumpiera en el debate público. Quienquiera que haya introducido la innovación cromática en el Escudo, pudo haber aprovechado el mejor canal disponible para traerla a colación en su contexto determinado. Por otra parte —analizando ahora la cuestión del lado del receptor—, como ha notado un especialista, la respuesta que una imagen pueda suscitar está condicionada, entre otras cosas, por la posibilidad de quien la mira de establecer con ella una conexión empática: «[S]entimos empatía o afinidad con una imagen porque tiene o muestra un cuerpo como el nuestro; nos sentimos cerca de ella por su parecido con nuestro físico y con el de nuestros vecinos». (60) En contextos en los que funcionan jerarquías sociales asociadas a diferencias étnicas, las personas pueden establecer una conexión emocional con una imagen que aluda a ellas metonímicamente a través del matiz de su tez, incluso si no existen discursos contestatarios que reivindiquen la piel oscura (el tradicional culto a las vírgenes morenas extendido en toda América —la Argentina incluida— sería un buen ejemplo).
Pero también es cierto que la misma polisemia de las imágenes vuelve riesgosos los intentos de «leer» en ellas significados unívocos: contrariamente al dicho popular, la precisión que brinda la palabra a veces vale por mil imágenes. (61) Un análisis más detallado del contexto en el que se utilizaban los Escudos bicolor puede arrojar más luz sobre la cuestión que nos ocupa, toda vez que su uso aparecía asociado a la reivindicación del criollo que se venía proponiendo desde el discurso oficial. Tomemos, por ejemplo, el Cabildo Abierto de 1951. Bajo el Escudo bicolor gigante, ese día precedió la ansiada aparición de Evita un discurso del secretario general de la CGT, José Espejo. Antes de ocupar ese cargo, Espejo había sido trabajador en el gremio de la alimentación en Buenos Aires, donde había llegado buscando mejor suerte desde su San Juan natal. Además, era morocho y de tez amarronada. En fin, un prototipo de lo que los antiperonistas llamaban un «cabecita negra». En su discurso Espejo destacó que la inmensa multitud reunida allí llegaba «desde los cuatro puntos cardinales» del país y traía «la voz de la historia», ya que ese pueblo «descamisado y sencillo» estaba relacionado directamente con el pueblo que había ofrendado «su sangre generosa» en las luchas por la Independencia. Para Espejo, el peronismo era precisamente una vindicación de «la patria vieja, vencida, humillada» durante «casi un siglo», antes de la llegada de Perón (nótese que ese pasado de ignominia arrancaba, entonces, con la organización nacional en 1853 e incluía, por ello, la etapa de la gran inmigración). (62) Las alusiones al mundo criollo no eran solo de Espejo. Como solía ser el caso en todas las grandes manifestaciones peronistas de esos años, entre la multitud reunida había gente ataviada como gauchos, algunos incluso a caballo. Los obreros de un frigorífico del Gran Buenos Aires habían llegado «vestidos a la usanza gaucha mientras en una carreta tirada por cuatro bueyes un grupo de paisanos y paisanas hacían oír canciones criollas». Los diarios oficialistas se ocuparon de incluir fotografías de estas performances, y destacaban también la presencia del «paisanaje de tierra adentro», llegados «desde el pueblito más distante de Misiones, Chaco, Jujuy o San Juan», los «verdaderos criollos, representantes genuinos del espíritu que encarna la Nueva Argentina». (63) El film propagandístico que la Subsecretaría de Informaciones difundió inmediatamente después del evento también insistía en filiar la multitud allí reunida con la que había protagonizado la Revolución de Mayo: llegaban «desde el fondo de la historia», después de haber esperado más de un siglo para ver cumplidos sus anhelos. (64)
En un contexto como éste, el matiz de las manos entrelazadas que mostraba el Escudo completaba el significado: el lenguaje visual reponía aquello que el lenguaje verbal tenía dificultades para expresar de manera abierta. El pueblo peronista era todo, pero lo encarnaban especialmente los criollos, que a su vez eran prioritariamente los provincianos de tez amarronada. En la nueva Argentina, en lugar de denigrar a los «cabecitas», los de arriba tenían la obligación de ser solidarios con ellos. El matiz oscuro de la piel de los de abajo aludía metonímicamente al criollo mestizado, que en el discurso criollista de uso en esos años representaba el corazón de la nación. La introducción del matiz entraba así en un juego semántico con el escudo nacional que perturbaba todavía más el ideal del ciudadano abstracto. Porque, desde el punto de vista del lenguaje visual estrictamente hablando, los brazos dispuestos en sentido horizontal no decían nada respecto de la condición social de los acordantes: su función ideológica aparecía en el contraste con las desigualdades realmente existentes, pero no estaba sugerida por la propia imagen, que era sociológicamente «neutral» (razón por la cual, por ejemplo, la FORA podía utilizarla para graficar el acuerdo entre obreros). Pero no había tal neutralidad desde el punto de vista «racial». Mirando los brazos del escudo nacional no podía establecerse a qué clase pertenecían los acordantes, pero sí estaba claro cuál era su color: su piel era rosácea, como la de los franceses del emblema que sirvió de modelo. Por contraste, la conciliación nacional que proponía el Escudo bicolor se imaginaba fundamentalmente en términos de un acuerdo de clases, pero definido de modo tal de hacer lugar visualmente a la diferencia étnica. La generalidad abstracta de la nación que el escudo nacional representaba metonímicamente mediante brazos «blancos» (y la generalidad «incolora» de la clase obrera en el emblema de la FORA) quedaba así reimaginada como una unión concreta entre condiciones sociales diversas (incluyendo en su color) pero solidarias.
El Escudo luego de 1955
El «cabecita negra» revalorizado como figura emblemática del peronismo y la denuncia del racismo en Argentina ingresarían en el lenguaje verbal de los peronistas de manera dominante luego del derrocamiento de Perón en 1955. Ambas se volverían omnipresentes, por ejemplo, en la prensa de la Resistencia peronista y en la de las organizaciones de la tendencia revolucionaria, tanto como en el ensayismo de autores como Arturo Jauretche y Jorge Abelardo Ramos, entre otros (aunque hay que decir que el propio Perón se mantendría siempre más bien circunspecto en estas cuestiones).
En esta época, sin embargo, el Escudo tuvo un lugar más modesto como emblema: aunque siguió utilizándoselo, nunca más tuvo la monopólica centralidad que alcanzó en los años previos. Para empezar, el Escudo fue expresamente prohibido por un decreto de la Revolución Libertadora que derrocó a Perón, junto con la Marcha peronista y todos los demás símbolos caros al movimiento. En los días posteriores al golpe de Estado, multitudes de antiperonistas enardecidos se lanzaron a las calles a destruir todas las imágenes y objetos que recordaran al régimen depuesto, incluyendo los Escudos. En los años que duró esa dictadura, algunos peronistas reemplazaron el distintivo por un ramillete de flores «nomeolvides» ubicado en las solapas como clave para reconocerse entre sí. (65) Por otra parte, los dedos «en V» o el monograma
(las iniciales de Perón Vuelve o Viva Perón) funcionaron también como signo alternativo.
Con la devolución del poder a los civiles en 1958, el Escudo pudo utilizarse de manera menos riesgosa y volvió a vérselo en las pancartas de las manifestaciones peronistas, pintado en los parches de los bombos y también en panfletos y carteles (fig.).

Fig.: Escudos en una manifestación de 1964
(Biblioteca Nacional, Archivo Crónica)
Pero la simbología de conciliación de clases que presentaba el Escudo no cuadraba del todo bien con los ánimos combativos de la larga proscripción del peronismo. Y a su vez, la cuestión «racial» fue tematizada a través de otros distintivos que en estos años alcanzaron amplia circulación. El ala más radicalizada del movimiento utilizó sus propios símbolos, como la «estrella federal» roja y de ocho puntas que remitía a las antiguas montoneras que enfrentaron a los Unitarios y al partido liberal en el siglo XIX. En esta alusión, se notaba la impronta que en estos años adquirió el revisionismo histórico dentro del peronismo, que revalorizaba el federalismo decimonónico como antecedente del nacionalismo popular al que el ala izquierda adhería, al que se suponía representante de los intereses «nativos» frente al europeísmo de las élites. El propio Perón —que durante sus gobiernos no había demostrado simpatía por los historiadores de esa orientación— se manifestó abiertamente «revisionista» luego de 1956. Algunos años después la organización armada Montoneros propuso otro emblema (fig.), un diseño que, como su propio nombre, también remitía directamente al mundo criollo previo a la gran inmigración (la lanza tacuara evoca a las montoneras federales del siglo XIX tanto como a las armas de los indígenas pampeanos).
La centralidad del revisionismo, de hecho, produjo una modificación interesante en las interpretaciones del Escudo peronista, que perdura hasta hoy. Fue Fermín Chávez, uno de los escritores fundamentales de esa corriente historiográfica, el que ofreció la explicación más comprehensiva de los blasones que componen el emblema, repetida en la actualidad en innumerables documentos y sitios web del PJ. Chávez lo describió de esta manera:
En la parte superior brilla un sol naciente: se trata del nacimiento de la epopeya popular y del hecho nuevo peronista. También hay un ojo abierto. Es el ojo vigilante del pueblo, que es vox dei, la voz de Dios, y oculus Dei, ojo de Dios. En el lado derecho están los laureles, símbolos de victoria y de gloria. También, entre los laureles, hay nódulos rojos redondos, que reflejan la tradición del federalismo y del primer radicalismo. Después el gorro colorado, símbolo de la libertad y la liberación; también una idea republicana. Están, además, dos manos unidas, es decir, la unión nacional, la colaboración de clases para una revolución no violenta. Restan el azul y el blanco, que no hay que explicar, por ser los colores de la Nación. (66)
Las novedades que trae esta explicación saltan a la vista. En la interpretación del sol, la coloración albiceleste, el gorro rojo y los laureles, Chávez se ajustaba a la tradición. Pero en otras se apartaba de ella de manera evidente. No hay motivos para pensar que el «ojo», en el diseño del taller de Guzmán, fuera otra cosa que la cara estilizada del sol incaico del escudo nacional. La introducción de Dios aquí no parece justificada por otra cosa más que por el hecho de que Chávez era profundamente creyente. Lo mismo vale para los nódulos rojos del laurel, que ya estaban en el emblema nacional mucho antes de que existiera el federalismo. Su mención, y la genealogía mediante la cual buscaba conectarlos con el yrigoyenismo, delatan las propias nociones sobre el pasado que Chávez buscaba difundir. Lo de la «revolución no violenta» también es un añadido propio de las ideologías en disputa en tiempos de la Resistencia, que encontraron a Chávez del lado de quienes desaprobaban la lucha armada.
Para quienes sí lo hacían, el Escudo era una pieza no del todo adecuada. El ala izquierda del peronismo la utilizó en estos años, pero queda atestiguado que no todos se sentían cómodos con su diseño en la curiosa adaptación que apareció en un volante del Frente Revolucionario Peronista en 1974 (fig.), en la que la mano de arriba directamente está ausente (y la de abajo promete darle una balacera).

Figs.: El fusil y la tacuara en el emblema de Montoneros y un escudo peculiar en un volante del FRP (67)
En el contexto del progresivo enfrentamiento entre las alas izquierda y derecha del peronismo, de hecho, el uso del Escudo fue asumiendo un sentido nuevo: el de defensa de la «ortodoxia» frente a las corrientes izquierdistas. Una joven que militó en el ala derecha en esa época, entrevistada para este libro, sostuvo que los Montoneros no lo utilizaban en absoluto. (68) La afirmación es exagerada —los documentos visuales de esos años dicen lo contrario—, pero es cierto que fueron el ala sindical y la derecha las que lo lucieron con mayor intensidad. Sintomáticamente, las boletas electorales para las elecciones de 1973, tanto las que encabezó Cámpora como las de Perón, utilizaron como símbolo el Escudo en algunos distritos (por ejemplo la Provincia de Buenos Aires), pero los dedos «en V» en otros (Capital). (69) Cuando Montoneros asesinó a José Ignacio Rucci, secretario de la CGT y uno de los referentes del ala derecha del peronismo, la central obrera convirtió al emblema literalmente en un escudo de defensa contra los izquierdistas (fig.):

Fig.: José I. Rucci acribillado desde la izquierda, defendiendo al peronismo con el Escudo. Afiche producido por la CGT (1974). Museo del Bicentenario.
El Escudo en el pasado reciente
Tras la última dictadura militar, con la práctica desaparición de la tendencia revolucionaria, el Escudo recuperó el cuasi monopolio que tenía como emblema gráfico del peronismo. Apareció sin competencia relevante en las boletas electorales utilizadas por los sucesivos candidatos presidenciales del PJ: Ítalo Luder, Carlos Menem y Eduardo Duhalde. En estos años sufrió una modificación en el diseño casi imperceptible. La facción «Renovadora» que controló al PJ luego de la derrota de 1983 a manos del radicalismo se propuso «modernizar» el partido en todas sus dimensiones, para evitar nuevos traspiés. Entre otras cosas, buscaron diluir la imagen plebeya y agresiva que arrastraba el peronismo desde los años setenta, de modo de poder seducir a nuevos votantes, especialmente entre los sectores medios. Para ello, en 1987 convocaron a un conocido asesor en marketing político, quien concluyó que el Escudo tenía trazos «agresivos», por lo que propuso a cambio un diseño ligeramente diferente, con líneas más redondeadas, «para lograr una mirada más blanda, más amigable». El nuevo modelo, además, retiraba el «ojo» que tenía el sol del original. (70) En años posteriores se difundió por Internet una versión de esas mismas características, pero con trazos todavía más curvos, que es la que predomina hoy en los sitios web del PJ (fig.). Aunque no hay motivos para pensar que el especialista en marketing tuviera otra intención en el retiro del ojo que la simplificación del diseño, hubo alguna voz que —recordando la antojadiza interpretación que le había dado Chávez— imaginó tras ello una conjura menemista orientada a «secuestrar» de la escena la mirada vigilante del Pueblo. (71)

Fig.: El diseño del escudo que es hoy más frecuente en sitios web oficiales del peronismo
Tras la crisis de 2001, un inesperado cambio en las reglas electorales convirtió al Escudo en objeto de una disputa legal. Incapaz de amañar las internas del partido a su gusto, Duhalde, que había sido designado presidente provisional, decidió permitir que más de un peronista compitiera en las elecciones de 2013. Como resultado, tres lemas del PJ se registraron en la compulsa, liderados respectivamente por el riojano Carlos Menem, el patagónico Néstor Kirchner y el puntano Adolfo Rodríguez Saá. Ya que la ley indicaba que ninguna boleta debía compartir emblemas para no confundir al electorado, los tres candidatos se trenzaron en un pleito legal para asegurarse los derechos de uso del Escudo y también de los perfiles de Perón y Evita. La batalla no era meramente simbólica: según calcularon entonces, la mera presencia de esas imágenes en una boleta garantizaba de movida un 10% de los votos: los de los analfabetos y los de los que no necesitaban ver nada más a la hora de escoger. (72) El entuerto se resolvió salomónicamente, con el acuerdo de que ninguno de los tres las utilizaría.
Así y todo, el ganador de las elecciones, Néstor Kirchner, no tuvo ningún apuro por volver a utilizar el Escudo una vez que tomó las riendas del movimiento. Buscando entrar en sintonía con las demandas de una «nueva política» que había hecho sentir la rebelión de 2001, el kirchnerismo buscó en sus primeros años construir una nueva fuerza «transversal» que incluyera (pero también superara) las identidades políticas del pasado. Como parte de esa visión, se evitaron todo lo posible la liturgia y los emblemas tradicionales del peronismo. Así, en las elecciones posteriores a 2003 los kirchneristas no se sirvieron del Escudo para adornar las boletas, ni mucho menos los carteles y la publicidad oficial, al menos los del ámbito nacional. Por un momento, de hecho, el emblema adquirió el sentido de representar la «ortodoxia» que había tenido en los años setenta. En las elecciones para senadores de 2005, en las que Hilda «Chiche» Duhalde enfrentó con el sello del PJ a Cristina Fernández de Kirchner, el Escudo apareció en las boletas de la primera. Los Kirchner, que se referenciaron discursivamente con el ala izquierda del peronismo de los años setenta, en general lo evitaron, incluso en los actos públicos. José Pablo Feinmann, un intelectual oficialista que a su vez había estado ligado a la izquierda peronista de décadas pasadas, mencionó la desaparición del Escudo en la liturgia como prueba de la vocación kirchnerista de trascender el legado del peronismo clásico, algo que se le aparecía como conveniente y auspicioso. (73) En ese contexto, Rodríguez Saá y Menem —que se habían mantenido separados del peronismo oficial controlado por los Kirchner— se proclamaron los verdaderos depositarios del legado de Perón e intentaron, en 2007, reclamar el uso del Escudo. La pretensión fue frustrada por intervención de un juez federal, que se los prohibió. (74) Las preocupación del peronismo no kirchnerista por la propiedad del Escudo continuaría en años posteriores. (75)
Sin embargo, alrededor de ese mismo año el kirchnerismo ya había perdido interés en la idea de la «transversalidad», prefiriendo recostarse nuevamente en la solidez política que ofrecía el aparato del PJ. Con la «PJtización» del oficialismo regresó la liturgia más tradicional del peronismo; desde las elecciones de 2013 el Escudo volvió a ser utilizado profusamente en la publicidad oficial de campaña en todo el país. Pero esta vez no estuvo solo. Con el giro «neocamporista» posterior a 2008, varios iconos y emblemas de la década del setenta volvieron a hacer su aparición, especialmente entre las organizaciones juveniles del kirchnerismo. Los carteles y pancartas lucieron así con frecuencia los dedos «en V» y el monograma
. Al menos desde 2010, en este último cambiaron la letra por una «K», como anuncio de la próxima vuelta de Cristina Kirchner al poder. (76) El que más se destacó fue sin embargo un nuevo icono, el «Nestornauta», que retomaba el famoso «Eternauta», el personaje creado en 1957 por el historietista Héctor Oesterheld, quien luego sería un prominente militante Montonero. Como el giro neocamporista vino de la mano de un renovado interés por al revisionismo histórico —que en estos años recibió un contundente apoyo estatal—, no sorprende que incluso la estrella federal tuviera un resurgimiento, especialmente entre las organizaciones estudiantiles del kirchnerismo (fig).

Fig: Una flor de nomeolvides, el Escudo, la estrella federal y los dedos en V: todos los emblemas conviviendo en el logo del Movimiento de Bases Peronistas fundado en Mar del Plata en 2012.
Por otra parte, el inédito acercamiento que el peronismo tuvo en estos años con el movimiento por los derechos de las orientaciones sexuales disidentes —coronado por la Ley de Matrimonio Igualitario aprobada en 2010—, motivó también la aparición de una nueva variante en el diseño que nos ocupa (fig.). En diálogo con esta innovación, la agrupación Putos Peronistas se apropió también de otros emblemas tradicionales: al antiguo monograma le agregaron una «P» más y a la estrella federal la pintaron con los colores del arcoiris. (77)

Fig.: El Escudo con el arcoíris del movimiento LGTTB, emblema de la Secretaría de Diversidad del PJ (creada en 2014) en la Marcha del Orgullo Gay de 2015 en Buenos Aires
(Fotografía del autor).
Nuevamente el color
Como parte de las conexiones que la identidad kirchnerista trazó con la generación de los jóvenes militantes de los años setenta, luego de 2008 también hubo un retorno a ciertos debates sobre el racismo y sobre las diferencias de color de piel entre los argentinos, tema que había obsesionado a la militancia de aquellos tiempos, pero que había quedado más bien silenciado luego de la dictadura. El cambio se notó con claridad a comienzos de ese año, durante el duro enfrentamiento que se produjo entre el gobierno y las principales entidades patronales del campo, a propósito de las retenciones a las exportaciones. Durante las masivas movilizaciones antikirchneristas que se produjeron entonces abundaron los insultos racistas contra «los negros» que apoyaban al gobierno. A medida que el conflicto se fue profundizando, entre algunos kirchneristas se coló por primera vez un intento de apelar explícitamente a «los negros» con fines políticos y en oposición a los «blancos». Respondiendo una entrevista radial en la que hubo alusiones al color de su piel, el piquetero oficialista Luis D’Elía retomó los insultos en sentido positivo y se presentó como vocero de los «negros» en lucha contra la «oligarquía» y contra el «país blanco». En intervenciones sucesivas sostuvo militantemente su «odio a los blancos», y poco después produjo un texto programático en el que criticaba el «progresismo blanco» (es decir, el que no está verdaderamente compenetrado con las clases bajas). A su vez, en respuesta a lo de D’Elía los foros de lectores de los diarios y blogs opositores estallaron de insultos racistas. Y al igual que los enemigos del gobierno, también los que lo defendían adoptaron la oposición «negros vs blancos» para leer la situación. El propio Néstor Kirchner coqueteó brevemente con ella en su conferencia de prensa del 17 de junio, cuando se quejó por la doble vara en el modo en que los medios de comunicación juzgaban los reclamos, según fueran protagonizados por «blancos» o por «morochos». En años posteriores Cristina Kirchner retomaría esa dicotomía en varias ocasiones. (78)
Acaso por este nuevo clima político, hubo nuevas intervenciones sobre el diseño tradicional del Escudo peronista, algunas de las cuales retomaban —seguramente sin saberlo— las que habíamos visto en los años cincuenta. Nuevamente, la coloración de las manos oblicuas fue utilizada para tematizar, visualmente, las diferencias étnicas entre los argentinos, incluyendo de maneras totalmente inesperadas:
Fig.: El escudo bicolor como parte de la bandera justicialista en una foto reciente (79).

Fig.: El escudo bicolor en el logo de la página kirchnerista PJ Digital, c. 2011.

Fig.: Banner del blog anarco-peronista anarkoperonismo.blogspot.com (acc. 1/8/2013). Cerveza en vez de pica, hojas de marihuana en lugar de laureles y un brazo de piel amarronada con un símbolo antipolicial (popular entre jóvenes de las clases bajas), entrelazada con otra de tez más clara con un brazalete punk.
También esta vez las manos del escudo entraban en diálogo con otras imágenes similares que poblaban el paisaje de la época. Tomadas en conjunto, queda claro que en el momento actual de la cultura argentina, en el que las diferencias étnico-raciales se han vuelto tema de debate abierto, ya no parece que el lenguaje visual requiera sutiles interpretaciones. Como puede verse en las siguientes ilustraciones de aparición reciente, la tez de las manos en relación con la nación aparece utilizada de manera más bien explícita para tematizar el racismo y la necesidad de superarlo.

Fig.: Ilustración para un artículo sobre el racismo en Argentina, Caras y Caretas, junio de 2013.

Fig.: Afiche digital de la Red Federal de Afroargentinos del Tronco Colonial, noviembre de 2014.

Fig.: Banner del grupo kirchnerista «Resistiendo con aguante», creado a fines de 2015.
*- Una primera versión de este capítulo apareció como «Historia del escudo peronista: sus inflexiones de clase y de “raza” (1945-1955)», Iberoamericana, vol. XV, Nº. 59, sept. 2015, pp. 65-86. Quisiera agradecer la ayuda de José Emilio Burucúa e Inés Yujnovsky, quienes sugirieron invalorables lecturas y marcos teórico-metodológicos para este trabajo, y a Marcela Gené, Mariano Plotkin y Carolina Barry por atender amablemente mis consultas.
1- Marcela Gené: Un mundo feliz: imágenes de los trabajadores en el primer peronismo, 1946-1955, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica/Universidad de San Andrés, 2005, p. 40.
2- Eduardo S. Rosenkrantz: Historia de dos banderas, Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1997, pp. 167-70; Ángel Guzmán: «Yo soy el inventor del escudo peronista» (entrevista), Clarín, 5/7/1989, p. 31; Enrique Wehmann: Memorias inéditas (s./f.), manuscrito facilitado al autor por su hijo Guillermo.
3- Reproducida en Jorge González Crespo: La Orden de la Medalla Peronista, Buenos Aires, Ayer y Hoy, 2009, pp. 12-13.
4- Véase por ej. La Época, 12/2/1946 (agradezco la generosidad de Carolina Barry por esta referencia).
5- Moira Mackinnon: Los años formativos del Partido Peronista (1946-1950), Buenos Aires, Siglo veintiuno, 2002, p. 44.
6. Entrevista a Héctor Julio Ampola, mayo de 2016.
7- Rosenkrantz: Historia de dos banderas…, p. 168.
8- AGN, Archivo Intermedio, Fondo Comisión Nacional de Investigaciones. Comisión 21: Caja 37. Caja 2. Caja 42, exp. 102975, cuerpo X, folio 33.
9- Distintivos y pancartas originales se conservan en el Museo 17 de Octubre (Quinta de San Vicente).
10- Laura Benadiba y Daniel Plotinsky: Historia oral: construcción del archivo histórico escolar, Buenos Aires, Novedades Educativas, 2001, p. 97.
11- Véase http://enelsubte.com/noticias/los-siemens-no-fueron-2999/ (Acc. 14/7/2016)
12- Aparentemente también el primer escudo de la provincia de Formosa empleó el Escudo; véase «La provincialización recordada por uno de los impulsores de la gesta», https://formosa.gob.ar/noticia/407/39/la_provincializacion_recordada_por_uno_de_los_impulsores_de_la_gesta. Sobre la «peronización» notable en los cambios de los rituales públicos, véase Mariano Plotkin: Mañana es San Perón: propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista (1946-1955), Buenos Aires, Ariel, 1994, p. 126.
13- AGN, Departamento de Cine, Audio y Video, Tambor 572 C16 1 A; Tambor 50 C16 1 A; Tambor 666 C16 1 A; Tambor 54 C16 1 A; Tambor 129 C16 1 A; Tambor 58 C16 1 A.
14. AGN, Departamento de Cine, Audio y Video, Tambor 132 C16 1 A; Tambor 136, C16 1 A; Tambor 8 C35 1 A; Tambor 557 C35 1 A; Tambor 638 C16 1 A; Tambor 64 C16 1 A.
15- Nélida Lea Piccolo: Cajita de música (texto de lectura para Primer Grado Superior), Buenos Aires, Estrada, 1954.
16- Archivo General de la Nación: El escudo nacional, Buenos Aires, 1933; Dardo Corvalán Mendilaharsu: Los símbolos patrios, Buenos Aires, Imprenta de la Universidad, 1944.
17- Hugo Gambini: Historia del Peronismo, Buenos Aires, Planeta, 1999, II, p. 35; Norberto Firpo: «Símbolos, un asunto peliagudo», La Nación, 22/2/2003, p. 19.
18- Alberto Ciria: Política y Cultura Popular: la Argentina peronista, 1946-1955, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1983, 284-85; tb. Silvia D. Mercado: El inventor del peronismo: Raúl Apold, el cerebro oculto que cambió la política argentina, Buenos Aires, Planeta, 2013, pp. 143-45.
19- Deborah Poole: Vision, Race, and Modernity: A Visual Economy of the Andean Image World, Princeton, Princeton University Press, 1997, p. 7.
20- Luciano Pezzano: «Noticias sobre el origen del escudo nacional», Ponencia presentada en las XXVII Jornadas Nacionales de Numismática y Medallística, La Plata. Disp. en http://www.centrosanfrancisco.com.ar/noticias/NOTICIAS.pdf (acc. 30/8/2013)
21- Esta interpretación fue presentada anteriormente por Susana Aime, Ivana Lizarriturri y Carlos Mangone: «Política e identidad», en C. Mangone y Jorge Warley, eds.: El discurso político: del foro a la televisión, Buenos Aires, Biblos, 1994, pp. 199-212.
22- Perón, Juan D.: Obras Completas, Buenos Aires, Fundación pro Universidad de la Producción y del Trabajo, 1998, XI (1), p. 169.
23- Perón: Obras Completas…, XIV (2), p. 420 y XV, p. 43.
24- Peter Burke: Lo visto y lo no visto: el uso de la imagen como documento histórico, Barcelona, Crítica, 2005, p. 231.
25- Matthew Karush: Cultura de clase: Radio y cine en la creación de una Argentina dividida (1920-1946), Buenos Aires, Ariel, 2013, p. 19.
26- La revista Mundo Peronista (números 92-93) publicó esta misma foto pero mal atribuida a un acto en el Salón de Actos de la CGT ante delegados sindicales, acto que en verdad ocurrió al día siguiente.
27- Lo he hallado en el estampado de uno de los pañuelos conmemorativos que distribuía la Fundación Eva Perón, conservado en el Museo 17 de Octubre (Quinta de San Vicente). La diferencia de tonalidad es muy sutil pero aun así perceptible.
28- La mejor fuente para observar todo esto es el corto propagandístico «Cabildo Abierto del Justicialismo», producido por la Subsecretaría de Informaciones inmediatamente después del evento: AGN, Departamento de Cine, Audio y Video, Tambor 15 C 35 1 A. El registro en color es AGN, Tambor 276 C16 1 A. Revisé ambos en alta definición para confirmar cada detalle del palco y de la multitud, entre la que también había quienes portaban otras pancartas con Escudos sin matiz en la tonalidad de las manos.
29- Disp. http://www.archivoprisma.com.ar/registro/cabildo-abierto-del-22-de-agosto-renunciamiento-de-eva-peron-1951/
30- Fotografía en la muestra central del Museo 17 de Octubre (Quinta de San Vicente)
31- AGN, Departamento de Cine, Audio y Video, Tambor 8 C35 1 A. Aquí el escudo situado arriba del palco principal no tiene matices, pero en el lienzo que cuelga debajo del palco hay uno bicolor a la izquierda. (Revisado en alta definición).
32- AGN, Archivo Intermedio, Fondo Comisión Nacional de Investigaciones, Colección Bibliográfica: folleto Un pueblo feliz aclama a Perón, Subsecretaría de Informaciones, Buenos Aires, 1953.
33- CeDInCI (archivo fotográfico de La Razón SGAL-CFV-C-6-832); hemos revisado el detalle en un escaneado de alta definición, en el que el matiz se percibe claramente. Agradezco la colaboración de Eugenia Sik.
34- AGN, Departamento de Documentos Fotográficos, Caja 3155, Foto 208112. Ese día Perón hizo uso de la palabra.
35- AGN, Departamento de Documentos Fotográficos, Caja 3155, Foto 209476. En el acto Perón hizo entrega de un campo de deportes para los empleados de comercio.
36- Fotografía en la muestra central del Museo 17 de Octubre (Quinta de San Vicente).
37. AGN, Departamento de Cine, Audio y Video, Tambor 132 C16 1 A (no se trata del Escudo del palco principal, que es sin matices, sino de otro en la ornamentación de la fachada de la Casa de Gobierno, coronando el palco adyacente donde se coronaba a la Reina del Trabajo).
38- Archivo del Museo Evita, donación Sabaté, Caja A262-A264, sin no. de folio (son cuatro fotos de un festejo de fin de año de la Dirección General de Festejos y Ornamentaciones).
39- AGN, Departamento de Documentos Fotográficos, Caja 3164, foto 197.918_A (2) (se trata del Escudo ubicado en la pared, no el de la bandera sobre el féretro, que era sin matices).
40- AGN, Departamento de Documentos Fotográficos, Caja 3175, foto 201046.
41. AGN, Departamento de Cine, Audio y Video, Tambor 557 C35 1 A
42- AGN, Departamento de Documentos Fotográficos, Caja 3167, foto 209322.
43- AGN, Departamento de Documentos Fotográficos, Caja 3167, foto 209444.
44- AGN, Departamento de Documentos Fotográficos, Caja 3142, foto 344867, Lobos, s/f [podría ser una visita de Perón a Lobos del 25 de oct. de 1952]
45- Por ejemplo, los palcos del 1° de Mayo de 1953 y del 17 de Octubre de 1951 lucieron escudos sin matices; véase AGN, Departamento de Cine, Audio y Video, Tambor 638 C16 1 A y Tambor 64 C16 1 A respectivamente.
46- Boletín Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Nº 9256 (3/12/1951), pp. 2401-02 y no. 8017 (9/6/1947), pp. 1274-75.
47- Uno de esos bocetos, que contiene la disposición precisa de los Escudos para la capilla ardiente donde sería velada Evita, está reproducido en Ramón Gutiérrez: Jorge Sabaté: Arquitectura para la justicia social, Buenos Aires, CEDODAL, 2009, p. 42.
48- Entrevista a Roberto del Villano, 9/9/2013. El entrevistado recordó también que los Escudos peronistas que confeccionaban se almacenaban en su repartición para reutilizarse en cada acto y eran trasladados al Interior del país cuando Perón realizaba visitas importantes. De modo que algunos de los documentos visuales de diferentes localidades aquí relevados pueden corresponder a un único Escudo.
49- Entrevista a César Ariel Fioravanti, 20/9/2013.
50- Archivo del Museo Evita, donación Sabaté, Caja A262-A264, sin número de folio. Foto de un festejo de fin de año (podría ser de 1951 o 1952) de la Dirección General de Festejos y Ornamentaciones. Por el decorado, parece que fuera dentro de un galpón, en el que armaron unas mesas simples. En las paredes laterales se observan ornamentos varios con motivos navideños y en la pared contraria a la mesa principal se ve un escudo de la Municipalidad, retratos de Perón y Evita y lo que casi con total certeza parece un Escudo peronista, todos de tamaño relativamente pequeño.
51- Gino Germani: Estructura social de la Argentina, Buenos Aires, Solar, 1987, pp. 223-24.
52- Natalia Milanesio: «Peronists and Cabecitas: Stereotypes and Anxieties at the Peak of Social Change», en Matthew Karush y Oscar Chamosa, eds.: The New Cultural History of Peronism, Durham, Duke University Press, 2010, pp. 53-84.
53- Véase Ezequiel Adamovsky: «La cuarta función del criollismo y las luchas por la definición del origen y el color del ethnos argentino (desde las primeras novelas gauchescas hasta c. 1940)», Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana «Dr. Emilio Ravignani», Tercera serie, Nº 41, 2014, pp. 50-92; E. Adamovsky: «El criollismo en las luchas por la definición del origen y el color del ethnos argentino, 1945-1955», Estudios Interdisciplinarios de America Latina y el Caribe, vol. 26, no. 1, 2015, pp. 31-63.
54- Gastón O. Talamón: «Buenos Aires se provincializa», Continente, octubre 1947, p. 154; Alicia Eguren: «Poema a los cabecitas negras», en El talud descuajado, Buenos Aires, Sexto Continente, 1951, pp. 57-60.
55- Véase por ej. el discurso del diputado bonaerense Francisco Carnevale en Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires: Diario de Sesiones 1952-1953, vol. 3, La Plata, Dirección de Impresiones Oficiales, 1954, p. 1776.
56- Carlos Abregú Virreira: La cultura tradicional en el Segundo Plan Quinquenal, Buenos Aires, Subsecretaría de Informaciones, 1953; Comisión Nacional de Cultura: Fiesta criolla (folleto), s/l. 1950. La participación del segundo como contratado eventual en Festejos y Ornamentaciones fue atestiguada por César Fioravanti en la entrevista ya mencionada.
57- Orlando Barone: «La polémica sobre la obra Arquetipo Símbolo. Un gran escultor argentino, el necesario rescate de Sesostris Vitullo», Crisis, Nº 2, Junio 1973. http://www.proa.org/exhibiciones/pasadas/vitullo/sala1/1.html (Acc. 23 Octubre 2014).
58- Louis Marin: Estudios semiológicos (La lectura de la imagen), Madrid, Comunicación, 1978, pp. 25-61.
59- Sergio Caggiano: El sentido común visual: disputas en torno a género, «raza» y clase en imágenes de circulación pública, Buenos Aires, Miño y Dávila, 2012, p. 52.
60- David Freedberg: El poder de las imágenes: estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta, Madrid, Cátedra, 1992, p. 227.
61- José E. Burucúa y Laura Malosetti Costa: «Una palabra equivale a mil imágenes. Polisemia, grandeza y miserias de las representaciones visuales», Concreta (Valencia), Nº 0, 2012, pp. 6-13.
62- Mundo Peronista, no. 4, 1/9/1951, s/p.
63- El Laborista, 23/8/1951, pp. 2-4.
64. AGN, Departamento de Cine, Audio y Video, Tambor 15 C 35 1 A.
65- Liliana Carulli et al.: Nomeolvides: Memorias de la Resistencia peronista, Buenos Aires, Biblos, 2000, p. 10.
66- Fermín Chávez: El escudo peronista, s/f [c. 1995] (folleto mecanografiado donado por el autor al Instituto Nacional Juan Domingo Perón), parcialmente repr. como «Historia y significado del escudo peronista», Boletín de actividades (Inst. Nac. J. D. Perón), no. 6, junio de 1998, p. 5; de allí lo han tomado numerosos sitios web.
67- La primera figura proviene de Wikipedia; la siguiente está tomada de Roberto Baschetti: Lo que el viento (no) se llevó: efémeras, volantes y panfletos peronistas, Buenos Aires, Pueblo Heredero, 2013, p. 138 (en p. 90 del mismo libro se reproduce otro escudo «sin brazos» usado en la misma época).
68- Entrevista a Bibiana Apolonia Del Brutto, mayo de 2016.
69- Véase http://joserubensentis.blogspot.com.ar/2012/03/mi-primer-voto-campora-al-gobierno.html; http://www.peronismomilitante.com.ar/?attachment_id=1706; http://www.ruinasdigitales.com/blog/llamado-a-la-solidaridad/ (acc. 1/8/2013)
70- Alberto Borrini: Publicidad, diseño y empresa, Buenos Aires, Infinito, 2006, p. 147.
71. «Devolvamos el ‘ojo del pueblo’ al Escudo Justicialista», Grupo de Facebook creado en 2010, 661 miembros; https://www.facebook.com/Devolvamos-el-ojo-del-pueblo-al-Escudo-Justicialista-158768900812619/
72- «Menem pidió en exclusiva las fotos de Perón y Eva», Página 12, 13/2/2003.
73- José Pablo Feinmann: «“La más habilitada para que el peronismo deje de ser peronismo es Cristina”» (entrevista), Revista Ñ, 27 de diciembre de 2011.
74- «Los Rodríguez Saá y Menem quieren conmemorar el 17 de Octubre en la sede del PJ», Ámbito Financiero, 12/10/2007; «La ilusión del escudo le duró poco a Rodríguez Saá», Página 12, 13/10/2007. En los distritos provinciales hubo disputas similares: «A pedido del PJ, Rubín no podrá utilizar los símbolos justicialistas», El Litoral (Corrientes), 25/8/2005; «Das Neves tiene prohibido usar símbolos del PJ», El Patagónico (Cdoro. Rivadavia), 29/7/2013.
75- «Puerta: ‘Massa-Sáenz es la única fórmula que representa y piensa en el federalismo’», Misiones online, 13/7/2015, http://misionesonline.net/2015/07/13/puerta-massa-saenz-es-la-unica-formula-que-representa-y-piensa-en-el-federalismo/; Eduardo Jourdán: «El escudo que simboliza la desunión de los argentinos», Reporte Cuatro (San Salvador, Entre Ríos), 21/7/2009, http://www.reportecuatro.com.ar/ver_noticias.php?id_nota=10850
76- Véase fotografía en «Los ministros insisten en impulsar la reelección de Cristina en 2011», Clarín, 31/10/10.
77- Véase http://www.politicaplus.com/?q=read&id=2544#.V5qDIRL4r_h y http://sineducacion.blogspot.com.ar/
78- Trato estas cuestiones en profundidad en Ezequiel Adamovsky: «El color de la nación argentina. Conflictos y negociaciones por la definición de un ethnos nacional, de la crisis al Bicentenario», Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, vol. 49, 2012, pp. 343-364.
79- Apareció en 2010 en un sitio periodístico fueguino; consultados por el autor, sus responsables no supieron identificar la procedencia. Véase http://www.sur54.com/queno-no-falta-mucho-tiempo-para-que-se-decida-como-se-unificara-el-pj (Acc. 18/5/2015). La versión bicolor también fue utilizada en 2016 en la sede central y en actos oficiales del PJ; véase La Nación, 9/8/2016.