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CAPÍTULO 1

EL CAMINO
DE LOS HÉROES

EL RETORNO DE LOS SIETE TODOPODEROSOS

Como un mosquito surcando el cielo y luego como un gran monstruo ruidoso, un helicóptero se posó sobre la ardiente losa del helipuerto, levantando una gran nube de polvo candente, incinerado por el calor del desierto. El estremecedor ruido que producía el aparato, silenció por un momento el traqueteo incesante de los pozos de petróleo, que perforaban la tierra con insistencia, buscando liberar el preciado líquido negro.

La puerta del helicóptero se abrió de golpe y apareció un hombre grueso, de rostro severo, perfectamente vestido de terno negro, corbata y un lustroso maletín, que portaba con una firme cadena sujeta con esposas a su brazo. Unos formales agentes de seguridad lo esperaban provistos de radiotransmisores y gruesos lentes oscuros. De inmediato lo flanquearon por sus cuatro costados, para acompañarlo al lujoso recinto que se hallaba a muchos cientos de metros bajo aquel desolado páramo.

Aquel hombre era uno de los siete multibillonarios más poderosos de la Tierra, de aquellos que no figuran en ninguna revista ni estadística; uno de aquellos que, desde la oscuridad, manejan el poder económico del mundo e inventan guerras, que desatan de vez en cuando en algún país pobre, para incrementar sus fortunas; uno de aquellos que poquísimos conocen, aunque, en definitiva, deciden los destinos del planeta y hasta son capaces de controlar la naturaleza, la que han intervenido hasta casi someterla.

El hombre, acompañado siempre de los atléticos agentes, miró el desierto y los pozos de petróleo con satisfacción y se internó en el edificio a paso seguro.

El pasillo, iluminado por un contaminante sistema termoeléctrico, conducía hasta un ascensor. Los agentes acompañaron al magnate hasta su puerta, provista de un moderno scanner de retina. El hombre acercó su ojo y la puerta se abrió. Rápidamente, el ascensor lo condujo hacia las entrañas de la Tierra, a un complejo ultra secreto.

Se trataba, sin duda, de una reunión sumamente importante, ya que aquellos siete hombres se congregaban solo para ocasiones especiales, y esta era una de ellas. El Proyecto Arkanus, iniciado hacía años, presentaba ahora importantes novedades y había que estar ahí para conocerlas. Por algo se habían invertido miles de millones en el proyecto, que buscaba secretamente la fuente fundamental de la energía, el origen del combustible fósil. Como todos los seres ambiciosos, nunca conformes, a pesar de ser los más ricos del planeta, los siete Todopoderosos se habían obsesionado por encontrar lo que, en definitiva, les conferiría el poder económico absoluto, aunque en parte ya lo detentaban.

Cuando el hombre grueso abrió la puerta del salón de reuniones, se encontró con una amplia mesa larga, ante la cual estaban sentados, vestidos elegantemente, los otros seis Todopoderosos mundiales, que lo miraron sin saludarlo. El recién llegado enrojeció levemente, pues venía atrasado, y apenas tomó asiento, una gran pantalla se encendió frente a un extremo de la mesa.

La pantalla mostró a varios hombres dentro de una oscura caverna, iluminada solo por lámparas que salían de sus cascos. Uno de ellos habló por un transmisor:

–Estamos seguros de que hemos encontrado la fuente original –señaló, iluminando el entorno con su linterna y mostrando unos extraños signos en las paredes de la cueva–. Los signos son iguales a los del pergamino que poseemos –prosiguió–. Pero lo más insólito, en esta caverna que parece estar hecha de petróleo solidificado, es esta figura... –La lámpara del científico iluminó una forma que emergía desde la pared rocosa–. Es realmente asombroso que a esta profundidad exista esta especie de escultura. Bajo estas condiciones de presión y de temperatura es imposible que un ser humano haya podido llegar hasta aquí sin una tecnología como la nuestra.

La misteriosa forma era similar a un gran dedo meñique, pero con una deforme y horrible uña curva y puntiaguda. Los exploradores estaban definitivamente asustados, a la vez que excitados. El científico acercó a la figura un aparato similar a un reloj, cuya manecilla comenzó a girar locamente.

–Aquí la concentración de energía es impresionante, como podemos constatar –aseguró el experto–. Si esta no es la fuente original que mencionan los escritos, no me imagino cual pueda ser.

La transmisión comenzó a sufrir interferencias, posiblemente por el exceso de energía presente en el lugar, pero los siete Todopoderosos ya estaban satisfechos. En ese mismo lugar, a miles de metros bajo sus finos zapatos, parecía estar lo que tanto anhelaban. Claro que ni siquiera imaginaban que lo que habían hallado, el origen de su ambición ilimitada, era, al mismo tiempo, la raíz de su perdición.





EL CHAMÁN DE LOS HIELOS

En lo más profundo del helado desierto Ártico, un niño inuit1 miraba el horizonte blanco y gélido, con la mirada que solo tienen los niños que han conocido desde pequeños el rigor de un clima extremo. Vivía en un iglú en la temporada de invierno y su jardín no tenía ni árboles ni flores, pero era tan vasto, que nunca podría recorrerlo entero, aunque le encantaba deslizarse en su trineo hasta donde no quedaba nada más que él y la naturaleza.

Kalaalit era conocido en su clan como el hermano de los osos polares y lo respetaban por ello. Tenía sobre estos animales una ascendencia increíble, que los magníficos gigantes blancos aceptaban con sumisión. Pero él nunca abusó de su habilidad; al contrario, cuidaba y protegía a estos mamíferos de los cazadores de pieles, alertándolos cuando estos aparecían en sus gigantescos rompehielos, para que alcanzaran a ocultarse, lo que no era difícil, dado el hermoso pelo transparente que les permite mimetizarse con el paisaje blanco del Ártico al reflejarlo. 2

Aunque Kalaalit era feliz en aquellos parajes congelados, últimamente se sentía acongojado: olía en aquellos hielos algo preocupante. Percibía que todo su mundo, su cultura, su cosmogonía, estaban en peligro. El sostenido aumento de la temperatura promedio del planeta, provocado por el calentamiento de la Tierra, aceleraba el deshielo y la licuefacción de la cubierta helada ártica. El niño nada sabía de estos términos académicos, pero en su corazón advertía el peligro que aquello revestía para él, para su familia, para su clan entero y, por cierto, para sus amigos los osos. Ya nada era igual en su región; al parecer, se acercaba el fin de los tiempos, que habían pregonado alguna vez sus antepasados en cantos y leyendas.

La opresión de su pecho lo tenía angustiado. Escuchaba al viento con atención, pues podía entender su lenguaje. De pronto, pudo comprender lo que trataba de decirle con sus silbidos y cambios de dirección; era algo malo, desgraciadamente.

–¡Nanuc! –gritó, con un clamor que pareció emerger de lo más hondo de su ser. Tomó su trineo, azuzó a los huskies, los vigorosos perros siberianos expertos en tirar trineos, que parecían haberse dormido solidificados, y partió en la dirección que su intuición le indicaba. Nanuc, su amigo, estaba en peligro.

Nanuc era un gran oso polar, un oso tremendo y valeroso, al cual todos los de su especie temían. Pero era un gigante bondadoso y pacífico, el mejor amigo de Kalaalit, quien podía incluso montarse sobre su lomo, acariciar su suave piel y sentir su calor.

Recién había terminado el invierno Ártico, la época en que los osos se alimentan abundantemente, ya que la ecuación agua, hielo y aire se los permite y las focas oceladas pululan numerosas bajo los hielos. Como durante la primavera y el verano el alimento escasea, los osos deben ralentizar sus funciones vitales, reducir su metabolismo al mínimo, para no desgastarse mientras deambulan por las tierras emergidas, quemando sus reservas de grasa, en una suerte de hibernación ambulante. En los últimos años los inviernos estaban siendo cada vez más cortos y los veranos se dejaban sentir por períodos prolongados. Los osos deben ayunar por más tiempo y sobrevivir en tales condiciones se les ha transformado en un desafío permanente.

Kalaalit escudriñaba el horizonte y no veía ser vivo alguno, y aún menos al gigante blanco, su amigo. Los perros corrían a todo dar, mientras el niño inuit sentía comprimirse aún más su corazón.

–Los amigos, los verdaderos amigos –se decía–, se comunican por canales misteriosos, que a veces nadie comprende.

Fue este pensamiento el que guió a Kalaalit en la dirección correcta, un camino que de pronto se tornó complicado y peligroso. El vehículo comenzó a oscilar, resbalando de lado a lado. El peso del trineo no tardó en agrietar el hielo y los perros se agitaron nerviosos, deteniéndose por instinto y negándose a continuar. El niño abandonó el vehículo y corrió presuroso hacia el lago cercano, el que tiempo atrás se mantenía congelado hasta bien entrada la primavera, pero sobre el que hacía ya unas semanas era un gran riesgo desplazarse.

Al acercarse a la orilla, alcanzó a divisar el hocico de su amigo, emergiendo apenas del agua. El oso trataba de respirar con dificultad. Muchos de sus congéneres habían muerto últimamente; el contorno de los hielos estaba cada vez más frágil y quebradizo, y en su afán por buscar alimento, los animales se acercaban a las orillas, las que cedían bajo su peso. Era lo que le ocurría a Nanuc: intentaba inútilmente retornar a la superficie.

Los osos polares son grandes nadadores; pueden nadar hasta sesenta kilómetros en aguas abiertas, en forma continua, pero son mamíferos y respiran por pulmones, por lo que deben salir a tomar aire a menudo antes de volver a sumergirse. Pero Nanuc era grande, viejo y pesado, y estaba exhausto. Intentaba trepar al hielo, el que volvía a quebrarse a cada intento. Kalaalit se arrojó entonces al suelo y extendió su mano, tratando de agarrarlo.

–¡Nanuc! –volvió a gritar, mientras el desesperado animal, ya casi sin fuerzas, hacía los últimos intentos por salvarse. El niño alcanzó a cogerlo de una de sus patas, y sintió de pronto cómo su cuerpo se estremeció entero, percibiendo en su interior que él y el oso comenzaban a ser uno solo, como que el espíritu del animal se le hubiese metido dentro y se fundiera con su alma. Las afiladas uñas de Nanuc lo lastimaron, pero sin que ello le importara, lo agarró firme, en un último esfuerzo desesperado, mientras el oso se hundía irremediablemente.

–¡Nanuc! –gritó nuevamente el niño. Pero ya no fue un grito, fue casi un susurro, que se confundió con el sonido del viento. El oso polar, el gran oso polar desaparecía sumergiéndose en las heladas aguas árticas.

Durante el retorno a la aldea, que más que aldea era un pequeño conjunto de iglúes, Kalaalit decidió que había llegado el momento de emprender su viaje; un viaje del cual el abuelo siempre le habló, en su forma mágica de cantos y poemas ancestrales, un viaje para el cual estaba destinado, como siempre lo supo.

Dejó a un costado del iglú al trineo y a los perros, aguardándolo. La madre del niño, que ya conocía el destino de su hijo, salió del iglú portando una alforja con víveres y ropa. El padre había salido temprano a pescar y aún no regresaba, lo que apenó un poco a Kalaait, pues no podría despedirse de aquel buen hombre que siempre le enseñaba cosas útiles. La mujer acercó su rostro hasta juntar su nariz con la del niño y lo besó como lo hacen los inuits, frotándose las narices de lado a lado.

Kalaalit tomó la alforja y se dirigió hacia el trineo. Cerca de este se hallaba el abuelo con sus piernas cruzadas, delante de una hoguera humeante, cuyo humo se espesaba más cada vez que lanzaba sobre ella sus polvos misteriosos. El niño se detuvo frente al anciano, mientras este pronunciaba unas ininteligibles palabras, que parecían una bendición o una bienaventuranza. Luego entregó a Kalaait una pequeña estalactita de hielo mágico, que no se derretía con el calor y que era más helada que el hielo mismo. El niño la guardó entre sus pertenencias, como un tesoro.

El trineo comenzó a avanzar en dirección sur. Atrás quedaban los iglúes que lo habían visto nacer y crecer; la pequeña aldea inuit perdida en los hielos árticos que tal vez no volvería a contemplar. De pronto, sobre una lejana colina helada, vio una forma oscura que permanecía erguida y silenciosa. Era su padre; con su morral en las espaldas, lo despedía sonriente, deseándole buena caza. El viaje de Kalaalit recién comenzaba: el gran chamán estaba en marcha.





RECICLADORES PROFESIONALES

Sobre un húmedo y frío pavimento, vestidos con ropajes harapientos, y acarreando un viejo y estropeado triciclo, de noche, a la hora en que los chicos de su edad se acuestan en tibias y mullidas camas a escuchar cuentos y a soñar apaciblemente, corrían tres niños, tres hermanitos, desafiando la oscuridad en total silencio, como para no molestar, como para pasar inadvertidos. El grupo se desplazaba por las calles del pueblo, deteniéndose en cada basurero, buscando cartones y otros materiales que reciclar. Era su sustento diario.

Salvador era el mayor de los tres chicos cartoneros. Frisaba los doce años y ya casi había olvidado la fecha de su cumpleaños, pues este era como un día cualquiera, en el que pedaleaba interminablemente por las oscuras calles del pueblo. Se sentía más grande y maduro que sus hermanos, pues conocía los secretos de la noche mejor que nadie. La patrulla policial, la única patrulla policial del pueblo, lo saludaba amistosamente cada vez que lo encontraba. Y los del camión de la basura, que le guardaban cartones, lo admiraban y llamaban cariñosamente Cartoncito.

Relacionada, en cierta forma, con Salvador, estaba Constanza, la niña de la tienda de mascotas, la hermosa niña con la que Salvador soñaba durmiendo y también despierto, aquella a la que imaginaba pasándola a recoger, vestido con ropajes de príncipe, en un hermoso caballo blanco, como el formidable corcel de la carroza mortuoria del pueblo. La chica, un poco mayor que él, salía cada noche de la tienda de sus abuelos y, sin hablarle ni mirarle a los ojos, depositaba un plato de pellets para los hiperkinéticos y maleducados quiltros del niño, que siempre le avergonzaban peleándose por la comida.

A Salvador le seguía Víctor, un chico muy especial.

–Viene con problemas –anunció el médico, cuando el niño nació–. Sus piernecitas están atrofiadas. Nunca podrá caminar solito.

Todos lloraron mucho aquel día, pero Víctor nunca lo hizo; es más, parecía estar siempre sonriendo plácidamente.

Aunque mientras crecía sus piernas se desarrollaban muy poco, a Víctor ello no parecía afectarle; era feliz sobre su triciclo, montado sobre una ingeniosa estructura que su padre le había construido. Se sentía todo un señor importante en aquellas alturas.

Nadie dudaba que supiera hablar, pero no lo hacía muy a menudo. Las palabras que salían de su boca podían contarse con los dedos de las manos. Eran muy pocas, pero siempre certeras y en los momentos precisos. Sus hermanos no necesitaban oírlo para entenderlo; tanto lo querían, que con solo mirarle sabían lo que necesitaba. Jamás se desprendía de su radio a pilas portátil, en la que escuchaba viejas canciones, como de abuelo. Arriba, en lo alto del triciclo cartonero, el pequeño Víctor vivía en su propio mundo de sueños, donde podía correr y sobrevolar en lugares maravillosos, que existían solo en su imaginación. Ello lo hacía feliz.

Valentina, la menor de los tres hermanos, tenía nueve años, aunque representaba seis, por su pequeña estatura y lo agudo de su voz. Era tímida e inteligente, usaba unos anteojos casi tan grandes como su propio rostro, que la hacían verse tierna y divertida a la vez. Llevaba siempre consigo, como un tesoro, un pequeño pastillero que había encontrado en la basura. La cajita tenía en su tapa el retrato de Sissi, emperatriz del imperio austro-húngaro3. Tenía, además, una característica muy singular: le gustaba contar dos chistes de gigantes, los únicos que sabía y que contaba siempre sin ninguna gracia, como quien narra una historia triste. Tal vez por eso le pedían que los contara, porque tenían tan poca gracia, que hacían reír por esta sola razón.

El grupo recolector lo completaba don Matías Santos Dumonte, el padre de los tres hermanos y a quien le gustaba que lo llamaran así, por su nombre completo. Cualquiera podría pensar que se trataba de un distinguido personaje, aunque en cierta forma lo era. Debió encargarse de los niños desde muy pequeños, desde el día en que su esposa, que siempre creyó merecer más que su familia, los abandonó de un día para otro.

A su manera, don Matías se las arreglaba para ser un buen padre. Gustaba de aclararles a todos que su oficio y el de sus hijos no era el de simples cartoneros sino que el de recicladores profesionales, que cumplían una labor muy importante como protectores del medio ambiente. También era dado a narrarles a sus retoños historias increíbles, donde siempre ganaban los buenos; historias en las que, por cierto, él era el protagonista, ya que según contaba, provenía de una familia de alta alcurnia, influyente y poderosa, que en un tiempo muy remoto quedó súbitamente en la ruina, estafada por hombres codiciosos.

Tenía un solo problema, don Matías: abusaba del alcohol, sobre todo cuando se encontraba con sus dos amigotes: el Chuña, que repetía todo lo que don Matías decía, y el Cantinflas, que siempre se afirmaba los pantalones con ambas manos, porque se le caían y dejaban a la vista los más divertidos calzoncillos. Cuando don Matías se tropezaba con ambos, la juerga era segura. Y aquella noche, como casi todas las noches, los tres se toparon “por casualidad” y se fueron directo al bar.

La curiosa comitiva de los cartoneros la completaban tres perros, obviamente recogidos; los más desvencijados, famélicos y salvajes perros posibles de imaginar. Ni siquiera tenían nombre: solo eran el Uno, el Dos y el Tres, de acuerdo a como fueron siendo encontrados y adoptados. Corrían de un lado a otro de la calle, orbitando el triciclo, sin dejar basurero sin oler ni desparramar. Les encantaba espantar gatos y perseguir a otros perros en busca de pelea, a los que hacían huir espantados ante sus deplorables aspectos. Se sentían los dueños de las calles durante la noche y en el día dormían a pata suelta.

De pronto se escuchó un trueno lejano, tras un centelleante relámpago que iluminó la calle. El viento norte anunciaba el aguacero.

–Pollitos –dijo don Matías, saliendo del bar.–, debieran haberme avisado que estaban aquí.

Los niños se incorporaron con dificultad y subieron a su silla a Víctor, aún dormido.

–¡Vamos a casa: les prepararé una sopa caliente! –agregó don Matías, cariñoso.

–¡Una sopa caliente! –repitió el Chuña, haciendo eco, como de costumbre.

–¿Dónde está mi príncipe heredero? –preguntó, Don Matías, abrazando a Salvador con afecto–. Recuerde, usted señor, que será un hombre importante para este mundo y debe cuidarse.

Salvador se sintió algo azorado con el abrazo y se puso rígido, como un tronco. Amaba a su padre, pues sabía que era un hombre bondadoso, aunque un poco deschavetado.

–¡Chuña, Cantinflas, mis fieles escuderos! ¡Ayuden con ese triciclo! ¡Debemos movernos rápido! ¡Parece que va a llover a cántaros!

–¡A cántaros! –repitió el Chuña.

–¡Damas y caballeros, ladies and gentleman, monsieurs et madmoiselles, háganse a un lado, que aquí avanza la Empresa de Recicladores Profesionales Santos Dumonte e hijos, protectores del medio ambiente!

–¡Ambiente! –repitió el Chuña, mientras al Cantinflas, por aplaudir, se le caían los pantalones.

La caravana se perdió en la oscuridad de la noche. Tres niños, tres adultos borrachos y tres perros desnutridos, eran los únicos despiertos en un pueblo dormido, mientras la tormenta comenzaba a desatarse en el horizonte.





LA CAVERNA DEL ABISMO

Tras la reunión de los magnates petroleros en el complejo secreto, se habían detonado una serie de hechos catastróficos en las profundidades de la Tierra. Sin sospecharlo siquiera, los Todopoderosos habían revelado parte del Arkanus, pero en forma errónea, lo que significaba la posibilidad de un nuevo despertar del oscuro ser de las profundidades y de sus ejércitos siniestros. Los acontecimientos comenzaban a desencadenarse sin vuelta atrás, sucesos que serían desastrosos para la naturaleza y el género humano.

Los Todopoderosos habían hecho contacto con el Señor del Abismo, desconociendo absolutamente las consecuencias de este nefasto acto. Ignorantes y cegados por su desmedida ambición, firmaban su propia sentencia de muerte, la inusitada muerte que sufren quienes se atreven a despertar al venido del abismo.

En una caverna oculta en lo más oscuro de las honduras de la Tierra, unas formas aterradoras podían distinguirse, moviéndose en las tinieblas apenas iluminadas por un pozo de lava ardiente al centro de la cueva. Solo los ojos amarillos de las bestias permitían tener la certeza de que eran muchas y no una masa amorfa dispersa en el piso de la caverna. Eran los temibles amaroks, los guerreros predilectos del Señor del Abismo, su ejército de elite, sus más fieles seguidores.

Los amaroks fueron lobos mitológicos de la cultura inuit, seres grandes, feroces y crueles, muy temidos, especialmente por los niños de aquella raza ártica. Convocados por la voz oculta, acudían al llamado, despertando de su letargo de milenios, con hambre voraz y sed de venganza. El más grande y aterrador de todos, un amarok de color gris (color exótico entre ellos) miraba desde un peñón cómo sus súbditos se ordenaban lentamente para escuchar sus pavorosos gruñidos. Solo se sentía el resoplido infernal de sus narices untuosas.

Estas espantosas criaturas cuadrúpedas tenían un color más oscuro que el negro, aunque cueste creerlo. Su pelaje era grueso y grasiento, empapado en un aceite viscoso y combustible; sus ojos amarillos penetraban hasta la médula de sus víctimas. Lo más repugnante de todo era su hocico, repleto de colmillos distribuidos en varias filas, afilados y nauseabundos.

El Arkanus profetizaba que las bestias del mal serían las primeras en copar la superficie del planeta, para preparar el camino de regreso del Señor del Abismo, que comenzaba a despertar. Serían la punta de lanza de su retorno definitivo, para sentar su reinado absoluto en la Tierra. Anteriormente, miles de años atrás, había fracasado en su intento, pero ahora sus ejércitos eran más numerosos y fuertes, preparados durante milenios con gran paciencia para el momento crucial. Paciencia que había creado en ellos un resentimiento cada vez mayor contra la naturaleza y los hombres, que los habían postergado y despreciado. Había llegado la hora.

–¡Nuestro Señor ha despertado! –fueron las primeras palabras de la arenga que pronunció el Amarok Gris.

La subtierra se estremeció con el rugido aterrador de las bestias del abismo, que celebraron alborozadas sus palabras. Las paredes temblaron, dejando caer grandes rocas, que aplastaron a algunos, que de inmediato fueron devorados por alguno de sus congéneres.

–¡Ha llegado nuestra hora, la hora de la venganza! –vociferó la bestia, causando más estragos entre la multitud–. ¡Los humanos han vuelto a dominar la Tierra y es la hora de recuperarla para nuestro Señor!

El concierto de rugidos, aullidos y dentelladas fue tan espantoso, que el cráter de lava estalló, arrojando magma por doquier, chamuscando el pelaje y quemando el hocico de los que se encontraban cerca.

–¡Esta vez no habrá hombre ni naturaleza capaz de impedir nuestra venganza! ¡Que reine lo Oscuro! ¡Ha llegado la era del enemigo de la naturaleza! ¡La era de las tinieblas! ¡Corran, mis fieles camaradas! ¡Corran a recuperar lo que les pertenece! ¡Corran, muerdan y devoren, aliméntense de la putrefacta carne humana!

El gran Amarok Gris remató sus palabras con un escalofriante aullido y vio con satisfacción cómo, por los innumerables túneles de las cavernas, se internaban rabiosas las huestes del abismo, determinadas a volver a la superficie a sembrar su reinado del terror. Las bestias se chocaban y mordían unas a otras, en su intento de salir primero por las diferentes hendiduras de la roca, a paso veloz, rugiendo desquiciadas, ansiosas de volver a saborear la carne de los hombres. Miles de amaroks volvían a la superficie de la Tierra, de donde habían sido desterradas miles de años atrás.

El Arkanus estaba siendo revelado por los seres equivocados.





EL HÉROE DEL PARKOUR

Mark era un adolescente de quince años un tanto rebelde. “Un delincuente juvenil en potencia”, decían las tías envidiosas que no lo querían. Pero él era solo un chico que acarreaba una gran soledad, una inmensa carencia de afecto. Era el hijo del gerente de la transnacional que construyó el complejo de represas del río Lahuenco, instalación que había motivado el desplazamiento de innumerables comunidades indígenas, expulsadas de las tierras que habitaban desde tiempos inmemoriales.

Aquello había ocurrido no hacía mucho, y como una forma de compensarlos, se les cedieron nuevas tierras y casas modernas, que reemplazaron sus rucas por escuálidas viviendas construidas en un terreno descampado. Habían perdido así el contacto con el territorio en el que nacieron y crecieron durante innumerables generaciones. Territorio que era su verdadera madre, pues eran “gente de la tierra”, como indicaba su nombre.

Mark, como hijo de un importante empresario y de una madre más preocupada de los salones de belleza y del té de la tarde con sus amigas, que de él, pasaba solo. Pero su soledad no consistía en no tener cerca a sus padres, sino que era esa soledad profunda de los jóvenes que, a cambio de atención y cariño, reciben dinero y regalos costosos. Esto lo llevaba a vagar por las calles del pueblo, acompañado siempre de un silbato, que le gustaba hacer sonar cuando se metía en toda clase de problemas, lo que en el fondo hacía solo para llamar la atención.

Sin embargo, había encontrado un pasatiempo que le encantaba: el parkour, una especie de disciplina o deporte que consistía en trepar murallas dando saltos con agilidad, trepar por obstáculos difíciles usando solo su cuerpo, sin ningún elemento. No se trataba de escalar, sino que de trepar y saltar, en lo que se había hecho un experto. Lamentablemente, debido a su baja autoestima y necesidad de aprobación, se arriesgaba mucho más allá de sus posibilidades, para demostrarse a sí mismo y a los demás que era valiente y osado, lo que le provocó varios accidentes y le hizo tomar riesgos innecesarios, como aquella vez que intentó trepar el edificio municipal y fue sorprendido y detenido. Su padre, como siempre, le solucionó el problema de un plumazo, haciendo valer su poder e influencia. Ni siquiera lo reprendió; es más, ni le habló, solo lo subió a su automóvil, lo llevó a su casa, y luego partió a una de sus interminables reuniones. A Mark le hubiese encantado que lo regañara, al menos para saber que su padre estaba ahí y que no era una imagen inalcanzable y fantasmagórica.

Le iba mal en el colegio; su conducta y calificaciones eran pésimas, pero en el fondo era un chico bueno, que solo clamaba por afecto. En una ocasión había divisado a tres niños cartoneros, que junto a su padre hurgaban en la basura. Le pareció una actividad miserable, pero los chicos parecían felices y el padre los trataba con cariño. Seguramente a él no le importaría que el suyo fuese pobre, si solo lo quisiera más que a su dinero. Él cambiaría sus consolas de juegos, sus aparatos tecnológicos y sus computadores de última generación, que lo aburrían rápidamente, por un breve instante, por un solo minuto recostado en las faldas de su madre, y que ésta le acariciara el pelo, para sentir su cercanía y cariño.

Esa noche, en la que una tormenta se cernía sobre el pueblo, decidió salir. Su padre y su madre no estaban, como siempre. Iría a practicar un poco de parkour. Había descubierto un lugar donde probar sus habilidades en la plaza central: la altísima estatua ecuestre del fundador del pueblo. Cualquier cosa era mejor que estar en una casa vacía.





ANDRÉS Y LA REVISTA

Andrés conducía un antiguo furgón Volkswagen, en el cual trasladaba a niños a sus colegios durante el día. Durante la noche gustaba de subir al cerro cercano para mirar el pueblo y su enjambre de luces rutilantes. Allí podía entregarse a la nostalgia de tiempos pasados, que fueron mejores hasta antes de que perdiera a su familia y, luego, a su trabajo de maestro de escuela, que el dolor y la soledad no le permitieron seguir desempeñando.

Como profesor de escuela primaria había intentado crear conciencia en sus alumnos de la catástrofe global, que presentía venir gracias a sus no despreciables conocimientos en materia ambiental. Aunque ello no pasaba de ser un tema menor para los adultos de su entorno, encontró en los niños un interés verdadero y puro por el tema, una conciencia incorrupta, un amor incondicional a su planeta y a los seres que lo habitan. Pese a ello, algo lo desanimaba, eso inexplicable que les sucede a todos cuando crecen e ingresan en la maquinaria del sistema: la pérdida de sus convicciones y el olvido de sus valores, los que finalmente relativizan u ocultan detrás de la máscara que han de ponerse, para enfrentar la diaria lucha por sobrevivir en una sociedad extremadamente competitiva.

Así, pues, decidió emigrar al sur de su país e iniciar una nueva vida; buscar un lugar especial para expiar sus culpas y sanar sus profundas heridas. Eligió el pueblo en que ahora vivía por su bello entorno natural, por el caudaloso río que lo cruzaba, por la magia de la naturaleza virgen que conservaba hasta que aparecieron las grandes máquinas que empezaron a construir caminos, embalses y represas.

Había estado varios días leyendo y releyendo una revista que compró en un puesto de diario; una de esas revistas que hablan de ordinario de catástrofes apocalípticas y globales: asteroides que caen a la tierra, invasiones alienígenas, desastrosas tormentas solares... A él le disgustaban, porque las consideraba poco rigurosas y sensacionalistas.

Sin embargo, esta vez, un impulso ciego, irresistible, lo había llevado a comprar aquella revista, a pesar de que ella llevaba un tiempo exhibiéndose en el quiosco, sin que a nadie pareciera interesarle. Al leer el artículo que se anunciaba en su portada y que inexplicablemente lo había atraído, se sintió perdiendo el tiempo, sobre todo cuando lo releyó. Cómo era posible que se empeñase en leer aquel pasquín tan fantasioso. Pero había algo en el artículo que continuaba atrayéndole y que no le permitía abandonar su lectura. El artículo se titulaba El Arkanus. La leyenda de la tierra.

Mantenía la revista en el asiento del copiloto de su Volkswagen y ésta parecía querer decirle algo. El artículo hablaba de tormentas, de un pueblo en el sur, de indígenas desplazados, de represas... Se sintió nuevamente un poco tonto al imaginar, por un instante, que hablaba precisamente de “la tormenta” que comenzaba frente a él y de “su pueblo” en particular. Finalmente tomó el impreso, lo dobló y lo introdujo en un bolsillo de su chaqueta.

Esa noche, la tibia brisa, presagio de lluvia, acariciaba su rostro. No era una brisa cualquiera: un fuerte viento norte anunciaba tormenta. De un tiempo a esta parte, las tormentas en ese lugar, y en el mundo entero, eran cada vez de mayor intensidad.

“Sin duda, consecuencias del calentamiento global”, pensó.

Aunque en un año no llovía más que en los anteriores, las precipitaciones eran cada vez más extremas y causaban estragos. Terribles inundaciones arrasaban con poblados enteros en diferentes partes del mundo, mientras en otros lugares se producían sequías interminables y nefastas para sus habitantes. Andrés recordó con preocupación a la gente que aquí vivía a orillas del río, en un campamento miserable que siempre se anegaba. Pensó en ir hasta él; tal vez podría ayudar en algo cuando se desencadenara la lluvia.

Subió rápido a su vehículo y se dirigió hacia el pueblo por el serpenteante camino de tierra. El río quedaba al otro extremo. Un pequeño zorro culpeo cruzó el camino y se internó presuroso en los matorrales del bosque, huyendo de su presencia o, tal vez, de la colosal tormenta que se aprestaba a desatar.





LA GRAN TORMENTA Y LAS PRIMERAS SEÑALES

Los Santos Dumonte, sus perros y los dos borrachines alcanzaron a llegar a la modesta vivienda de los primeros en la ribera del río, justo antes de que se desencadenara una lluvia torrencial. Los niños se sintieron seguros en ese pequeño espacio que, aunque pobre, era su hogar. Tenían algunos juguetes, la mayoría recogidos en basureros; juguetes despreciados por otros niños, que habían limpiado y reparado, dándoles una nueva vida. Tenían, además, un brasero pequeño, en el que hacían tostadas más ricas que en un tostador. Tenían también sus camas, refugios donde podían soñar cosas lindas y ser felices.

Don Matías, que siempre era optimista, parecía muy inquieto esta vez. A cada momento miraba por la ventana el comportamiento del río, que parecía aumentar su caudal peligrosamente. Los perros comenzaron a ponerse nerviosos y a gemir. Los borrachines se habían dormido en el suelo, ajenos a todo. Los niños, por su parte, intentaban distraerse con sus juguetes.

–Hijitos, si es necesario subirán bien abrigados al camino –dijo don Matías, con evidente preocupación.– Yo trataré de poner unos sacos de arena afuera de la puerta, por si el agua llega hasta ella –agregó, saliendo al exterior.

Un trueno espantoso se oyó en ese momento; tan explosivo, que la pequeña casa crujió entera, sobresaltando a los niños. El Uno, el Dos y el Tres salieron corriendo, aterrados, volcando sillas, vasos y pasando por encima de los borrachos, que no se inmutaron. Valentina comenzó a llorar asustada.

–¡Despierten, beodos, hay que sacar a los niños de aquí! –gritó don Matías, regresando a la casa visiblemente impresionado.

Salvador se inquietó mucho, nunca había visto tan serio a su papá. Víctor, incluso, había perdido su sonrisa de siempre y Valentina seguía llorando aferrada a una muñeca. Pese a los sacos de arena, el agua comenzó a filtrarse lentamente por debajo de la puerta de la casa y don Matías decidió que tendrían que evacuarla. Cada uno de los adultos tomó a un niño y lo puso en sus espaldas, como a caballo, mientras los perros se enredaban temerosos entre sus piernas, haciéndolos tropezar. Era como si los nueve, de pronto, se volvieran tres seres compactados por el miedo, subiendo por el camino con el agua hasta los tobillos.

–¡Por aquí! –se oyó una voz, que provenía desde lo alto del camino. Era Andrés, que había llegado a tiempo con su furgón. Estaba delante del vehículo, que mantenía con las luces encendidas, perforando la densa oscuridad. A Salvador le pareció ver, a la luz de los focos, una imagen resplandeciente, como la de un héroe que acudía en su rescate. Fue una visión fugaz, como la de un ser de otro planeta, un gigante poderoso y bueno que los socorría valerosamente. Sin embargo, cuando llegó al lugar solo vio a un joven bajo, que estaba tan asustado como él.

–¡Llévelos al pueblo, por favor, señor! ¡Yo iré a tratar de evitar que el agua entre en la casa! –rogó don Matías a Andrés, ante la sorpresa de sus hijos, que con llantos le suplicaron que no los dejara solos.

–Tranquilos, mis pollitos, la mala hierba nunca muere –dijo don Matías, sonriéndoles picarescamente, antes de perderse en la oscuridad.

El vehículo partió rumbo al interior del pueblo, con los tres niños y los tres perros entumidos y mojados. Buscarían un lugar lejos del río. A Andrés le preocupaba que colapsara la gran represa. Por el puente transitaban varios vehículos en dirección contraria, alejándose del pueblo. Él era el único que ocupaba la otra pista del viaducto, en sentido opuesto. ¿Por qué regresaba al pueblo? ¿Por qué no dirigirse a los bosques? ¿Por qué él no hacía lo mismo que todos? Algo en su interior le decía que hacía lo correcto.

Ya en el pueblo, Salvador alcanzó a ver una luz encendida en la tienda de mascotas y bajó del vehículo aún en movimiento, ante el desconcierto de Andrés y de los chicos. A través del escaparate había divisado a Constanza, que afanosamente buscaba algo en los cajones del mostrador.

–¿Qué buscas? –le preguntó, ingresando súbitamente al local.

La niña se asustó al verlo aparecer.

–¡Ah, eres tú! ¿Cómo entras así? ¡Me asustaste!

Salvador tembló entero; era la primera vez que la niña le hablaba, aunque no fueran palabras muy corteses.

–El señor que nos trajo dice que hay que subir rápido hacia los bosques, porque la represa colapsará en cualquier momento y el pueblo se inundará por completo.

Constanza pareció no escucharlo y siguió buscando en los cajones con desesperación.

–¿Qué buscas? –volvió a preguntar Salvador.

–Las llaves –respondió la niña, sin interesarse por él.

–¿Qué llaves? –insistió el chico.

–Las del criadero de perros de mi abuelo. Está en un lugar bajo, cerca del río, que de seguro se inundará. Hay cinco o más perros encerrados ahí; si no los rescato morirán ahogados –dijo la niña, mientras seguía buscando. –¡Aquí están! –exclamó de pronto, dando un salto de alegría.

–Es peligroso ir hasta allá –le advirtió Salvador.

–No me importa –repuso la niña–. No dejaré que los perros se ahoguen.

–Vamos, yo te acompaño –dijo Salvador, que continuaba sintiéndose ignorado.

–No es necesario. Es mi problema.

A lo lejos, y cada vez más cerca, se sentía la bocina del furgón, llamándolo con insistencia.

–Déjame acompañarte; conozco un camino más corto –insistió Salvador.

La niña lo miró por primera vez, casi convencida. Por un instante, Salvador pudo observar con fijeza sus ojos, que nunca había visto. No eran unos ojos cualquiera; uno era azul y el otro verde. “Hacen que se vea más linda”, pensó Salvador, aunque para Constanza sus ojos habían sido siempre un problema, un motivo de burla para sus compañeros de escuela. El chico entendió al fin por qué la niña nunca miraba de frente.

Salvador volvió corriendo al furgón.

–¿Adónde irán? –preguntó a Andrés.

–Nos iremos por el camino que rodea el bosque –repuso éste, visiblemente molesto.

–Allá los alcanzaremos –afirmó Salvador, mientras Constanza lo esperaba bajo la lluvia huracanada. El chico miró a sus hermanos y les guiñó un ojo, sonriendo, para demostrarles que estaría bien, que volverían a reunirse pronto.

Andrés, convencido de que era inútil impedirle que se fuera, hizo partir el vehículo para proseguir su camino. De pronto, en la oscuridad, le pareció ver una imagen fantasmal, una figura humana de pie sobre el monumento del centro de la plaza, vestido con uniforme de colegio, a una gran altura: era Mark.

–¡Oye loco, baja de ahí, te puede caer un rayo! –gritó Andrés desde el vehículo. Ya estaba bastante molesto por los problemas que le estaba creando el grupo de chicos indisciplinados. El joven no le contestó y miraba el cielo con su cara empapada; al parecer lloraba, era difícil saberlo.

–¡Bájate o llamo a la policía! –gritó Andrés, descendiendo del furgón.

Mark miró hacia abajo y vio a un hombre que se cubría la cabeza con su propia chaqueta. Se descolgó, tomándose del cuello del caballo de la estatua y saltó al piso con gran agilidad. Se paró ante Andrés:

–¿Qué quiere, jefe? –le preguntó con desinterés.

–¡Que te vayas a tu casa! –respondió Andrés, enojado.

–Ya se han ido todos. Han evacuado las casas por miedo a la represa. Hasta la policía se ha marchado –replicó Mark.

–¿Y tú qué haces aquí? – preguntó Andrés, tratando de evitar la copiosa lluvia que caía incesantemente.

–Yo no le temo a la tormenta, jefe –respondió el chico, mirando el cielo.

–¡Sube al auto, será mejor! –le ordenó Andrés– ¡Y no soy tu jefe! –le aclaró.

Andrés se dio cuenta que el chico estaba triste por algo; era un chico extraño, parecía estar deprimido. Mark obedeció y abordó el vehículo.

El furgón se perdió por entre las calles, que ya parecían verdaderos brazos del río. El pueblo se inundaba por todos sus costados y subir hacia los bosques parecía la única opción.

Entretanto, Constanza y Salvador descendían la ladera del cerro con gran rapidez, resbalando de vez en cuando y magullándose enteros. De pronto divisaron, en medio de la oscuridad, el galpón donde se encontraban los perros. El nivel del agua en la quebrada había subido casi dos metros. Parecía ser demasiado tarde y seguramente los desdichados canes ya se habían ahogado. Los chicos se miraron entristecidos y decepcionados. En eso percibieron unos débiles gemidos; los perritos, al parecer, habían logrado alcanzar un sitio más alto que el nivel de las aguas y resistían estoicamente. De inmediato, y sin medir el peligro, Constanza se lanzó a las torrentosas aguas. A Salvador no le quedó más remedio que imitarla. Como pudieron, llegaron hasta el portón, pero el cerrojo ya estaba bajo el agua. La niña se aferró con gran dificultad a un poste metálico. La fuerza de la corriente y su intolerancia al frío comenzaron a hacerla perder fuerzas. Desde pequeña, Constanza había tenido problemas respiratorios severos, que no le permitieron llevar una niñez normal. Pasaba más en casa, cuidada por sus abuelos, que en el colegio. Salvador advirtió que la chica estaba a punto de dejarse vencer por la corriente y se apresuró a hundirse en busca del candado del portón.

–¡Lo tengo! –se dijo, mientras abría el grueso cerrojo.

Adentro se oyó el chapoteo desesperado de los perros, que sintieron que venían en su rescate. Salvador se sumergió nuevamente, conteniendo la respiración, como cuando jugaba con sus hermanos metiendo la cabeza dentro de un balde, para ver quien aguantaba más rato, y logró abrir el portón. De inmediato aparecieron nadando desesperadamente seis o siete perritos, que alcanzaron la orilla. Se sacudieron y echaron a correr, sin dar siquiera las gracias. Salvador volvió a nado adonde había quedado Constanza, pero grande fue su sorpresa cuando no la vio en parte alguna. Al parecer, el río se la había llevado.

–¡Constanza! –gritó, desesperado.

Solo se escuchaba el ruido ensordecedor del torrente. Sin pensarlo dos veces, se dejó llevar por la corriente. Iría en su búsqueda, aunque arriesgara con ello su vida.

No supo si estaba ahogándose o no, pero sentía el pavoroso ruido del río y la tormenta, mezclado con la música de la radio de Víctor. Le pareció ver a su papá regañándolo por estar empapado, a la propia Constanza, esperándolo en la plaza del pueblo para tomar helados... estaba viendo, como en un sueño, todas estas extrañas imágenes, cuando sintió que lo alzaban de un brazo con gran fuerza, como quien levanta un muñeco de trapo. En su media conciencia percibió a un ser extraño, de rostro afable, que lo conducía por entre los árboles con una rapidez increíble y una fuerza descomunal.

Salvador había tenido el primer contacto con un ser de la subtierra, precisamente con un escalador, sin tener conciencia de ello. Con uno de aquellos extraños seres que muchos miles de años atrás, tras el colapso del planeta, decidieron ocultarse en las profundidades de la tierra, huyendo del mal que se había apoderado de la superficie. Y que ahora, tras grandes y dilatadas cavilaciones, habían decidido volver a creer en el hombre y estaban dispuestos a ayudarlos en su lucha contra el Señor del Abismo.

Salvador se encontró de pronto tirado sobre la ladera del cerro, junto a Constanza, que permanecía inconsciente. Sintió que las ramas de los árboles se agitaban y vio a varias sombras desplazándose ágilmente entre ellas. Seguro que eran sus misteriosos salvadores, quiso darles las gracias, pero ya habían desaparecido.

–¡Constanza, despierta! –gritó entonces a la chica, remeciéndola. Pensó que debía sacarla de allí cuanto antes, ya que el frío y la humedad podrían acarrearle una grave pulmonía, pero no tenía fuerzas suficientes para cargarla. Comenzó a rezar, como su padre le había dicho que hiciese cuando sintiera que un problema no tenía solución. Unos momentos después, un relámpago iluminó su entorno y pudo distinguir a uno de los hermosos caballos blancos que tiraban de la carroza mortuoria del pueblo, parado justo frente él, a corta distancia. Parecía una visión divina, una aparición milagrosa en medio de la oscuridad. Se acordó de su ensueño, de cuando pasaba por Constanza, vestido de príncipe, y la rescataba. Sin duda, su fantasía iba a cumplirse. El caballo dobló elegantemente una de sus patas, como invitándole a montarlo. Salvador sacó fuerzas de donde no las tenía para levantar a Constanza y subirla al corcel. Y ambos partieron a todo galope en dirección al bosque, justo en el momento en que un gran estruendo retumbó en el cajón del río. La represa había colapsado.






1 Inuit y no esquimal, como se los llama despectivamente, pues “esquimal” significa “comedores de carne cruda”.

2 La piel de los osos polares es negra, y es preciso que lo sea, porque sino no podrían absorber el poco calor que captan del ambiente.

3 Sissi (1837 –1898) fue en realidad Elizabeth de Baviera, una mujer incomprendida en su tiempo, que quiso cambiar el orden establecido por el rígido sistema de la época. Era culta, deportista y una luchadora incansable, sin embargo fue asesinada por un contrario a sus ideas. Una más de las historias que don Matías solía contar a sus hijos las noches de invierno.