Capítulo 1

El contador de historias

 

La biología de la memoria

En el fondo, la ciencia cognitiva es un estudio del músculo mental que hace el trabajo, el cerebro vivo, y de la manera en que gestiona el flujo de imágenes, sonidos y aromas de la vida cotidiana.1 El hecho de que lo consiga ya es milagroso. Que lo haga cotidianamente es más que extraordinario.

Piense en las oleadas de información que nos abordan a cada instante, el silbido de la tetera, ese atisbo de movimiento en el salón, la punzada de un dolor de espalda, el olor del tabaco. Luego añada las exigencias del típico modo multitarea; pongamos, preparar la comida mientras se vigila a un niño pequeño, contestar periódicamente los correos electrónicos de trabajo y coger el teléfono para ponerse al día con un amigo.

De locos.

La máquina que puede hacer todo esto a la vez es algo más que compleja: es un caldero de actividad. Burbujea más que un avispero al que hayan dado una patada.

Piense en algunas cifras. El cerebro humano medio contiene 100.000 millones de neuronas, las células que forman su materia gris.2 Buena parte de esas células están conectadas con miles de otras neuronas, formando un universo de sinapsis interrelacionadas que se comunican inmersas en una tormenta eléctrica incesante y silenciosa, con una capacidad de almacenamiento, en términos digitales, de un millón de gigabytes. Esa capacidad basta para almacenar tres millones de programas televisivos. Esta máquina biológica zumba incluso cuando está «en reposo», cuando miramos sin verlo el comedero del canario o cuando soñamos despiertos con alguna isla, y usa en torno al 90 por ciento de la energía que quema mientras hacemos un crucigrama. Hay algunas partes del cerebro que también están muy activas durante el sueño.

El cerebro es un planeta oscuro, sin apenas rasgos sobresalientes, y es útil disponer de un mapa. Para empezar nos valdrá uno sencillo. La ilustración inferior señala diversas áreas que son cruciales para el aprendizaje: la corteza entorrinal, que actúa a modo de filtro de la información entrante; el hipocampo, donde comienza la formación de los recuerdos; y el neocórtex, donde se almacenan los recuerdos conscientes una vez que se han clasificado como dignos de ser conservados

Este diagrama es algo más que una instantánea: indica cómo funciona el cerebro. El cerebro cuenta con módulos, componentes especializados que se reparten el trabajo. La corteza entorrinal hace una cosa, y el hipocampo otra. El hemisferio derecho realiza funciones distintas a las del izquierdo. También existen áreas sensoriales exclusivas, que procesan lo que usted ve, escucha y siente. Cada una desempeña su propia labor, y juntas generan un todo coherente, un registro constantemente actualizado del pasado, el presente y el futuro posible.

En cierto sentido, los módulos cerebrales son como especialistas en un equipo de producción cinematográfica. El camarógrafo encuadra las tomas, acerca la imagen y la aleja, acumulando metraje. El ingeniero de sonido graba, trastea con el volumen y filtra el ruido de fondo. Hay editores y guionistas, un diseñador gráfico, un estilista de atrezo, un compositor que trabaja para aportar un tono, un sentimiento (el contenido emocional), además de alguien que lleva la contabilidad, gestiona las facturas, los datos y las cifras. Y hay un director, que decide qué partes van en cada lugar, y que cohesiona todos esos elementos para contar una historia con sentido. No cualquier historia, por supuesto, sino aquella que explique mejor el «material» que fluye a través de los sentidos. El cerebro interpreta escenas en los instantes posteriores a que sucedan, insertando a vuelapluma juicios, significados y contexto. También los reconstruye más adelante (¿Qué quiso decir exactamente el jefe con ese comentario?), escrutando el metraje originario para ver cómo y dónde encaja en la película general.

Es la historia de una vida, nuestro propio documental privado, y el «equipo» de filmación es como una metáfora estimulante de lo que sucede tras las bambalinas. Cómo se forma un recuerdo; cómo se recupera; por qué parece desvanecerse, cambiar o volverse más claro con el paso del tiempo. Y cómo podríamos manipular cada paso para hacer que los detalles sean más ricos, más vivos, más diáfanos.

Recuerde que el director de este documental no es un licenciado en cinematografía, o una estrella de Hollywood con todo su séquito. Es usted.

Antes de adentrarnos en la biología del cerebro, quiero decir algo sobre las metáforas. Son imprecisas, prácticamente por definición. Oscurecen tanto como revelan. Y a menudo redundan en beneficio propio,3 estando diseñadas para cumplir cierto propósito deseado, de la misma manera que la teoría del «desequilibrio químico» sobre la depresión respalda el uso de fármacos antidepresivos. (Nadie sabe qué provoca una depresión o por qué la medicación produce esos efectos.)

Esto tiene su justificación. Sin duda, nuestra metáfora del equipo de rodaje es inexacta, pero también lo es la comprensión científica de la biología de la memoria, hablando en plata. Lo máximo que podemos hacer es dramatizar lo más importante para el aprendizaje, y el equipo de filmación nos lo permite.

Para ver cómo, sigámosle el rastro a un recuerdo concreto de nuestro cerebro.

Vamos a hacer que sea un recuerdo interesante, no como la capital de Ohio, el número de teléfono de un amigo o el nombre del actor que interpretó a Frodo. No, vamos a elegir el primer día de secundaria. Esos pasos vacilantes por el pasillo principal, la presencia burlona de los otros chicos, el repiqueteo metálico de las taquillas que se cierran de golpe. Todo el mundo que tenga más de catorce años recuerda algún detalle de ese día, y lo normal es que sea un videoclip entero.

Ese recuerdo existe en el cerebro como una red de células interrelacionadas. Esas células se activan o «encienden» a la vez, como una batería de luces en el escaparate navideño de unos grandes almacenes. Cuando se encienden las bombillas azules, aparece la imagen de un trineo; cuando se encienden las rojas, es un copo de nieve. De una manera muy parecida, nuestras redes neuronales producen patrones que el cerebro interpreta como imágenes, pensamientos y sentimientos.

Las células que se conectan para formar esas redes se llaman neuronas. Una neurona es, básicamente, un interruptor biológico. Recibe señales de un lado y, cuando hace «clic» o se activa, envía una señal al otro, a las neuronas con las que está conectada.

La red neuronal que forma un recuerdo concreto no es una serie aleatoria. Incluye muchas de las mismas células que se activaron cuando se formó por primera vez un recuerdo concreto, cuando escuchamos por primera vez ese golpeteo metálico de las taquillas. Es como si esas células fueran un testigo colectivo de esa experiencia. Las conexiones entre las células, llamadas sinapsis, se engruesan con el uso reiterado, facilitando la transmisión más rápida de las señales.

Intuitivamente esto tiene sentido; muchas experiencias recordadas nos dan la sensación de que son una recreación mental. Pero hasta 2008 los científicos no capturaron directamente la formación y la recuperación de los recuerdos en células cerebrales humanas individuales. En un experimento, unos médicos de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), insertaron electrodos semejantes a filamentos en lo profundo de los cerebros de trece personas que padecían epilepsia y aguardaban una intervención quirúrgica.4

Ésta es una práctica habitual. La epilepsia no se comprende bien; los diminutos huracanes de actividad eléctrica que provocan los ataques parecen surgir de la nada. Estas borrascas a menudo se originan para todos los individuos en la misma región cerebral, pero el punto exacto varía de una persona a otra. Los cirujanos pueden extirpar esos pequeños epicentros de actividad, pero primero tienen que localizarlos siendo testigos de un ataque epiléptico y grabándolo. Para eso sirven los electrodos, para determinar la localización exacta. Y esto lleva tiempo. Los pacientes pueden pasarse varios días en el hospital con los implantes de electrodos hasta que sobreviene un ataque. El equipo de UCLA aprovechó ese periodo de espera para responder a una pregunta fundamental.

Cada uno de los pacientes vio una serie de videoclips de entre cinco y diez segundos de duración sacados de programas bien conocidos, como Seinfeld y Los Simpsons, estrellas como Elvis o lugares famosos del mundo. Después de una pausa breve, los investigadores pidieron a cada persona que recordase libremente la mayor cantidad posible de vídeos, diciendo sus títulos a medida que les venían a la mente. Durante la primera visualización de los vídeos, un ordenador había registrado la activación de unas cien neuronas. El patrón de activación era distinto para cada vídeo; algunas neuronas se activaban furiosamente mientras otras se mantenían pasivas. Cuando más tarde uno de los pacientes recordó uno de los videoclips, pongamos de Homer Simpson, el cerebro mostró exactamente el mismo patrón que al principio, como si estuviera repitiendo la experiencia.

El autor principal del estudio, Itzhak Fried, profesor de neurocirugía en UCLA y en la Universidad de Tel Aviv, me dijo: «Es increíble ver esto es una única prueba; el fenómeno es intenso, y sabíamos que estábamos escuchando en el lugar adecuado».

Allí concluyó el experimento, y no queda claro qué les sucedió con el paso del tiempo a los recuerdos de aquellos videoclips breves. Si una persona había visto cientos de episodios de Los Simpsons, era posible que no conservara mucho tiempo aquel vídeo de cinco segundos de Homer Simpson. Pero también podía ser que sí. Si algún elemento de su participación en el experimento le resultó especialmente chocante (por ejemplo, si el paciente veía a un hombre con una bata blanca que manipulaba los cables conectados a su cerebro mientras él veía carcajearse a Homer), ese recuerdo podría venirle a la mente fácilmente durante toda su vida.

Mi primer día de instituto fue en septiembre de 1974. Aún veo el rostro del profesor al que abordé en el pasillo mientras el timbre señalaba el comienzo de la primera clase. Yo estaba perdido, el pasillo estaba atestado de gente, mi mente daba vueltas a la posibilidad de llegar tarde, de perderme algo. Aún veo los rayos de la polvorienta luz matutina en aquel pasillo, las feas paredes de color verde azulado, un chico más mayor frente a su taquilla, escondiendo un paquete de Winston. Me acerqué al maestro y le dije «Perdone», con una voz que me salió más alta de lo que pretendía. Se detuvo y consultó mi programa de clases; tenía un rostro amable, gafas de montura metálica, un cabello pelirrojo como una aureola.

«Ven conmigo», me dijo, esbozando una media sonrisa. «Estás en mi clase.»

¡Salvado!

No he pensado en este episodio durante más de treinta y cinco años, y sin embargo ahí está. No sólo me viene a la mente, sino que lo hace con todo detalle, y cuanto más tiempo paso recordando el incidente, se perfila con mayor claridad: siento cómo la mochila me resbala del hombro mientras extiendo mi programa; ahora mi vacilación al caminar, porque no quería andar al lado de un profesor. Le seguí unos pasos por detrás.

Este tipo de viaje en el tiempo es lo que los científicos denominan recuerdo episódico o autobiográfico, por motivos evidentes. Posee cierto grado de la misma textura sensorial que la experiencia originaria, la misma estructura narrativa. No pasa lo mismo con la capital de Ohio ni con el número de teléfono de un amigo. No recordamos exactamente cuándo o dónde aprendimos esas cosas. Eso es lo que los investigadores llaman recuerdos semánticos, insertos no en escenas narrativas, sino en una red de asociaciones. La capital de Ohio, Columbus, puede traernos a la mente imágenes de una visita que le hicimos, del rostro de un amigo que se mudó a Ohio o aquel acertijo de la escuela primaria: «¿Qué es redondo por ambos lados y estrecho en medio?» (Ohio). Esta red es factual, no escénica. Sin embargo, también «rellena los huecos» cuando el cerebro recupera «Columbus» de la memoria.

En un universo repleto de maravillas, esto debe figurar entre las más imponentes: algunos marcapáginas moleculares hacen que esas redes neuronales estén accesibles durante toda la vida, y nos conceden nada menos que nuestra historia, nuestra identidad.

Los científicos aún no saben cómo funcionan esos puntos de libro. No es como un vínculo digital en la pantalla de un ordenador. Las redes neuronales están sometidas a un flujo constante, y la que se formó allá en 1974 es muy diferente a la que tengo hoy. He perdido algunos detalles y colores, y sin duda también la he modificado retrospectivamente, quizá bastante.

Es como escribir sobre una aventura magnífica que tuvimos en un campamento de primaria a la mañana siguiente de haberse producido y luego volver a escribir sobre ella seis años más tarde, ya en el instituto. La segunda redacción es muy distinta. Usted ha cambiado, al igual que su cerebro, y la biología de este cambio está envuelta en el misterio y coloreada por la experiencia personal. Aun así, la propia escena (el argumento) está fundamentalmente intacta, y los investigadores tienen cierta idea sobre dónde debe vivir ese recuerdo y por qué. Curiosamente, esto nos tranquiliza un tanto. Si nos da la sensación de que tenemos justo en la coronilla aquel primer día en el instituto, la elección del lenguaje nos proporciona una coincidencia idónea, porque, en cierto sentido, allí es exactamente donde está.

Durante buena parte del siglo XX los científicos creyeron que los recuerdos eran difusos, que estaban distribuidos por las áreas cerebrales que respaldan el pensamiento, como la pulpa de una naranja. La verdad es que dos neuronas cualesquiera se parecen bastante, y o se activan o no lo hacen. Ninguna zona única del cerebro parecía esencial para la formación de los recuerdos.

Los científicos saben desde el siglo XIX que algunas habilidades, como el lenguaje, están concentradas en regiones cerebrales concretas. Sin embargo, ésas parecían excepciones. En la década de 1940, el neurocientífico Karl Lashley demostró que las ratas que aprendieron a recorrer un laberinto quedaban relativamente ilesas cuando se les provocaban heridas quirúrgicas en diversas áreas cerebrales. Si existiera un único centro de la memoria, al menos una de aquellas incisiones habría provocado un déficit considerable. Lashley llegó a la conclusión de que prácticamente cualquier área del cerebro pensante podía respaldar la memoria; si una zona padecía una lesión, otra podía compensar la pérdida.

Sin embargo, en la década de 1950 esta teoría empezó a derrumbarse. Los científicos especializados en el cerebro descubrieron, primero, que las neuronas inmaduras (las neuronas bebé, por así decirlo) están codificadas para congregarse en puntos determinados del cerebro, como si les hubiesen asignado de antemano una labor. «Eres una célula visual, dirígete a la parte posterior del cerebro.» «Tú, la de ahí, eres una célula motora; vete directa a la zona motora.» Este descubrimiento desacreditó la hipótesis de las «partes intercambiables».

El golpe definitivo llegó cuando una psicóloga británica llamada Brenda Miller conoció a un señor de Hartford, Connecticut, llamado Henry Molaison.5 Molaison era latonero y mecánico de maquinaria, y le costaba conservar un empleo porque padecía ataques devastadores, hasta dos o tres al día, que apenas se anunciaban de antemano y que a menudo le hacían perder el conocimiento. Ya no conseguía gestionar su vida, que se había convertido en un campo de minas. En 1953, a la edad de veintisiete años, llegó a la consulta de William Beecher Scoville, un neurocirujano del Hartford Hospital, con la esperanza de encontrar alivio.

Probablemente Molaison padecía cierto tipo de epilepsia, pero la medicación anticomicial, el único tratamiento estándar que estaba disponible en aquel entonces, no le ayudaba. Scoville, un cirujano famoso y muy dotado, sospechó que, fuera cual fuese la causa de los ataques, se originaba en los lóbulos temporales mediales. Cada uno de estos lóbulos (hay uno en cada hemisferio, como una imagen especular, como el corazón de una manzana partida por la mitad) contiene una estructura llamada hipocampo, que participa en muchas disfunciones que provocaban ataques.

Scoville decidió que la mejor opción consistía en extirpar quirúrgicamente del cerebro de Molaison dos pedacitos con forma de dedo, que contuvieran el hipocampo. Era una apuesta; también era una época en que muchos médicos, y Scoville destacaba entre ellos, consideraban que la cirugía del cerebro era un tratamiento prometedor para una amplia variedad de trastornos mentales, incluyendo la esquizofrenia y la depresión aguda. Y es cierto que, después de la intervención, Molaison padeció muchos menos ataques.

También perdió la capacidad de formar recuerdos nuevos.

Cada vez que desayunada, cada vez que se encontraba con un amigo, cada vez que paseaba al perro en el parque, era como si lo hiciese por primera vez. Aún conservaba algunos recuerdos anteriores a la operación, de sus padres, el hogar de su infancia o sus paseos por el bosque cuando era niño. Tenía una memoria a corto plazo excelente, la capacidad de retener en la mente un número de teléfono o un nombre durante treinta segundos más o menos, si se aplicaba a ello, y podía mantener una conversación informal. Sin embargo, no podía trabajar y vivía el momento más que cualquier místico.

En 1953, Scoville describió los problemas de su paciente a dos médicos de Montreal, Wilder Penfield y Brenda Milner, una joven investigadora que trabajaba con él. Milner pronto empezó a tomar cada pocos meses el tren nocturno que iba a Hartford, para pasar tiempo con Molaison y explorar su memoria. Fue el principio de una colaboración de lo más inusual, que duró una década, durante la cual Milner sometió a Molaison a experimentos nuevos, que él aceptaba, asintiendo con la cabeza y comprendiendo plenamente el propósito de los mismos… durante el breve tiempo que se lo permitía su memoria a corto plazo. En aquellos momentos pasajeros, afirma Milner, eran colaboradores, y esa colaboración alteraría rápidamente y para siempre la comprensión del aprendizaje y de la memoria.

En su primer experimento, realizado en el despacho de Scoville, Milner pidió a Molaison que intentara recordar los números 5, 8 y 4. Luego salió del despacho para tomarse un café y volvió veinte minutos después, preguntándole: «¿Cuáles eran los números?» Él los recordaba, porque durante el tiempo en que ella estuvo fuera los había ido ensayando mentalmente.

 

—Vale, eso está muy bien —dijo Milner—. ¿Y recuerda mi nombre?

—No, lo siento —contestó él—. Mi problema es la memoria.

—Soy la doctora Milner, y vengo de Montreal.

—¡Ah, Montreal, en Canadá! Una vez estuve en Canadá, fui a Toronto.

—Ah. ¿Aún se acuerda de los números?

—¿Números? —repuso Molaison—. ¿Qué números?

 

«Era un hombre muy amable, muy paciente, que siempre intentaba hacer las tareas que le encomendaba», me dijo Milner, que actualmente es profesora de neurociencia cognitiva en el Montreal Neurological Institute de la Universidad McGill. «Sin embargo, cada vez que yo entraba en el cuarto era como si no nos conociésemos.»

En 1962, Milner publicó un estudio trascendental en el que ella y Molaison (referido como H. M. para proteger su privacidad) demostraron que una parte de su memoria estaba intacta. En una serie de pruebas, ella le pidió que dibujase una estrella de cinco puntas en una hoja de papel mientras contemplaba en un espejo la mano con que dibujaba.6 Es una actividad complicada, y Milner la dificultó aún más. Hizo que dibujara una línea entre dos estrellas de cinco puntas, una dentro de otra, como si buscara el camino por un laberinto con forma de estrella. Cada vez que H. M. abordaba el reto, le parecía una experiencia totalmente nueva. No recordaba haberlo hecho antes. Sin embargo, a base de práctica acabó haciéndolo bien. Milner declaró: «En determinado momento, después de muchas pruebas, me dijo: “¡Vaya, era más fácil de lo que había pensado!”».

Las consecuencias de la investigación de Milner tardaron un tiempo en arraigar. Molaison no lograba recordar nombres, rostros, datos o experiencias nuevas. Su cerebro podía registrar la información, pero, al carecer de hipocampo, no podía retenerla. Es evidente que esta estructura y otras adyacentes (que habían extirpado mediante la cirugía) son necesarias para la formación de esos recuerdos.

Sin embargo, sí podía desarrollar nuevas habilidades, como dibujar la estrella y, ya de anciano, usar un andador. Esta capacidad, llamada aprendizaje motor, no depende del hipocampo. El trabajo de Milner demostró que había al menos dos sistemas cerebrales que gestionaban la memoria, uno consciente y el otro inconsciente. Podemos recordar y anotar hoy lo que hemos aprendido en clase de historia, o en geometría, pero no podemos hacerlo de la misma manera con el entrenamiento de fútbol o de gimnasia, ni con nada parecido. Esos tipos de habilidad física se acumulan sin que tengamos que pensar mucho en ellos. Es posible que recordemos qué día de la semana fue el primero que aprendimos a montar en bicicleta a los seis años, pero no podemos detallar las habilidades físicas concretas que condujeron a ese progreso. Esas habilidades (el equilibrio, la dirección, el movimiento de los pedales) se refinaron solas y se cohesionaron de repente, sin que tuviéramos que ser conscientes de ellas o «estudiarlas».

Por lo tanto, la teoría de que la memoria estaba distribuida uniformemente era errónea. El cerebro tenía áreas específicas que gestionaban diversos tipos de formación de recuerdos.

La historia de Henry Molaison no concluyó aquí. Una de las alumnas de Milner, llamada Suzanne Corkin, prosiguió más adelante el trabajo con él en el Massachusetts Institute of Technology. A lo largo de cientos de estudios repartidos en más de cuarenta años, Corkin demostró que Molaison conservaba muchos recuerdos preoperatorios, de la guerra, de Franklin Delano Roosevelt y de la distribución de su hogar de la infancia. La doctora Corkin me dijo: «Los llamamos recuerdos de fondo. Él tenía esos recuerdos, pero no podía situarlos con exactitud en el tiempo; no podía construir una narrativa».

Los estudios realizados sobre otros pacientes con lesiones en las mismas áreas cerebrales demostraron un patrón parecido «antes y después». Sin un hipocampo funcional, las personas no pueden formar recuerdos nuevos, conscientes. Prácticamente todos los nombres, hechos, rostros y experiencias que conservan son anteriores a su lesión. Por consiguiente, esos recuerdos, una vez formados, deben residir en otro punto fuera del hipocampo.

Los científicos sabían que el único candidato viable era la delgada capa externa del cerebro, el neocórtex. El neocórtex es la sede de la consciencia humana, un intrincado tapiz de patchwork en el que cada sección tiene un propósito especializado. Los componentes visuales están en la parte posterior. Las áreas de control motor están a los lados, cerca de las orejas. Una sección del lado izquierdo ayuda a interpretar el lenguaje; otra cercana gestiona el lenguaje hablado, así como el escrito.

Esta capa (la «coronilla» del cerebro, por así decirlo) es la única área que cuenta con las herramientas necesarias para recrear la rica textura sensorial de un recuerdo autobiográfico, el surtido de asociaciones fácticas para la palabra «Ohio» o el número 12. La red del primer día de instituto (o las redes, porque es probable que haya muchas) debe radicar allí, si no del todo al menos en gran parte. Mi recuerdo del primer día es predominantemente visual (el cabello pelirrojo, las gafas, las paredes de color verde azulado) y auditivo (el ruido en el pasillo, los golpes de las taquillas al cerrarse, la voz del profesor), de modo que la red cuenta con multitud de neuronas en las cortezas visual y auditiva. La suya puede incluir el aroma de la cafetería, el peso muerto de la mochila sobre sus hombros, y dispondrá de muchas células en esas secciones corticales.

Hasta el punto en que es posible localizar un recuerdo en el cerebro, podemos decir que está ahí: primariamente en zonas vecinas al neocórtex, no en una dirección única.

El hecho de que el cerebro pueda encontrar ese recuerdo y traerlo a la vida con tanta rapidez, instantáneamente para la mayoría de nosotros, acompañado de emociones y varias capas de detalles, desafía cualquier explicación sencilla. Nadie sabe cómo sucede. Es este acceso inmediato el que crea lo que para mí es el mayor espejismo cerebral: pensar que los recuerdos están «archivados» como escenas de vídeo que se pueden abrir con un interruptor neural, y que se pueden cerrar con la misma facilidad.

La verdad es más extraña… y mucho más útil.

El riesgo que corremos al escudriñar el cerebro demasiado a fondo es que podemos perder de vista lo que hay fuera, es decir, a la persona. Y tampoco se trata de un ser humano genérico, sino de uno real. Es alguien que bebe leche directamente del envase, se olvida de los cumpleaños de sus amigos y no logra encontrar las llaves de casa, y ya no hablemos de calcular la superficie de una pirámide.

Hagamos un alto para recapitular. El primer plano del cerebro nos ha ofrecido un atisbo de lo que hacen las células para formar un recuerdo. Se activan en conjunto durante una experiencia. Luego se estabilizan en forma de red por medio del hipocampo. Por último, se consolidan en el neocórtex en una disposición cambiante que preserva los puntos básicos del argumento. A pesar de ello, para entender lo que hace la gente para recuperar un recuerdo (para recordar), es necesario dar un paso atrás para obtener una panorámica. Hemos hecho un zum, estilo Google Maps, para ver las células al nivel de la calle; ahora toca alejar la imagen para echar un vistazo al organismo más amplio: a las personas cuyas percepciones revelan los secretos de la recuperación de los recuerdos.

Estas personas en cuestión son, una vez más, pacientes epilépticos (con los que la neurociencia tiene una deuda eterna).

En algunos casos de epilepsia, los fogonazos de actividad cerebral se propagan como un incendio químico, barriendo amplios sectores del cerebro y provocando el tipo de ataques que padecía H. M. de joven, que afectaban a todo su organismo y lo sumían en la inconsciencia. Es tan difícil vivir con esos ataques, y resisten hasta tal punto el tratamiento farmacológico, que la gente se plantea someterse a neurocirugía. Por supuesto, nadie pasa por la misma intervención a la que se sometió H. M., pero existen otras opciones. Una de ellas se denomina sección del cuerpo calloso. El cirujano secciona las conexiones entre los hemisferio izquierdo y derecho del cerebro, de modo que las tormentas de actividad quedan confinadas a uno de ellos.

Esto aplaca los ataques, sin duda, pero ¿a qué precio? Los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro no pueden «hablarse» en absoluto; la sección del cuerpo calloso (o callosotomía) debería provocar lesiones graves, alterando drásticamente la personalidad de una persona, o al menos sus percepciones. Sin embargo, no es así. De hecho, los cambios son tan sutiles que los primeros estudios sobre los pacientes a quienes se les practicó en la década de 1950 no detectaron ninguna diferencia en el pensamiento o en la percepción. No se produjo una merma del coeficiente de inteligencia (CI) ni un déficit del pensamiento analítico.

Los cambios debían estar allí (en la práctica, habían cortado por la mitad el cerebro), pero para descubrirlos haría falta una serie de experimentos muy inteligentes.

A principios de la década de 1960, un trío de científicos del Instituto Tecnológico de California al fin lo consiguió, diseñando un modo de presentar imágenes fugaces a un solo hemisferio por vez.7 ¡Bingo! Cuando los pacientes callosotomizados veían la imagen de un tenedor sólo con el hemisferio derecho, no sabían decir qué era. No podían ponerle nombre. Debido a la conexión interrumpida, su hemisferio izquierdo, que es la sede del lenguaje, no recibía información procedente del derecho. Y el hemisferio derecho, que «veía» el tenedor, carecía de lenguaje para describirlo.

Y aquí estaba la trampa: el hemisferio derecho podía dirigir la mano que controlaba para que dibujase el tenedor.

Este trío de científicos no se detuvo ahí. En una serie de experimentos con esos pacientes, el grupo demostró que el hemisferio derecho también podía identificar objetos mediante el tacto, eligiendo correctamente una taza o un par de tijeras después de haber visto la imagen de uno de esos objetos.

Las consecuencias eran claras. El hemisferio izquierdo era el intelectual, el creador de palabras, y podía desconectarse del derecho sin una pérdida significativa del CI. El hemisferio derecho era el artista, el experto visual-espacial. Los dos trabajaban a la par, como copilotos.

Este trabajo se difundió entre el gran público rápidamente, y para describir tipos de habilidades y de personas empezó a oírse frases como: «Él es más del hemisferio derecho; ella tiende más al izquierdo». Además, nos daba la sensación de que estaba bien: nuestra sensibilidad artística, abierta y sensual, debe proceder de un lugar distinto al de la fría lógica.

¿Qué tiene que ver todo esto con la memoria?

Tuvo que pasar otro cuarto de siglo para saberlo. Y no sucedió hasta que los científicos formularon una pregunta más fundamental: si tenemos esos dos copilotos, ¿por qué no sentimos que tenemos dos cerebros?

Michael Gazzaniga, coautor de los estudios del Instituto Tecnológico de California Caltech junto a Roger Sperry y Joseph Bogen en la década de 1960, declaró: «A fin de cuentas ésa era la pregunta. Si contamos con esos sistemas separados, ¿cómo es que el cerebro crea una sensación de unidad?»

Esa pregunta se cernió sobre este campo durante décadas, sin que nadie la respondiera. Cuanto más profundizaban los científicos, más abstruso parecía el misterio. Las diferencias entre los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro revelaron una visión del trabajo clara y fascinante. Sin embargo, los científicos no paraban de encontrar otras divisiones más intrincadas. El cerebro posee miles, quizá millones, de módulos especializados, cada uno de los cuales se encarga de una habilidad especial: por ejemplo, uno calcula un cambio en la luminosidad, otro analiza un tono de voz, un tercero detecta cambios en las expresiones faciales. Cuantos más experimentos hacían los científicos, más especializaciones encontraban, y todos esos miniprogramas funcionan al mismo tiempo, a menudo en ambos hemisferios a la vez. Es decir, que el cerebro crea una sensación de unidad no sólo a pesar de la existencia de sus dos copilotos izquierdo y derecho, sino en medio de una cacofonía de voces que rivalizan entre sí y provienen de todas partes; sería el equivalente neural al griterío que impera en la Cámara de Comercio de Chicago.

¿Cómo lo hace?

La sección del cuerpo calloso volvería a ofrecer una respuesta.

A principios de la década de 1980, el doctor Gazzaniga realizó más experimentos distintivos con pacientes callosotomizados, esta vez añadiendo una variante. Por ejemplo, en uno de ellos presentaba a un paciente dos imágenes fugaces: el hemisferio izquierdo del hombre veía una pata de pollo y el derecho un paisaje nevado. (Recuerde que el hemisferio izquierdo es donde radica la habilidad lingüística y que el derecho es holístico, sensual; no atribuye nombres a lo que ve.) Entonces el doctor Gazzaniga pedía al paciente que eligiese imágenes relacionadas con las dos que había visto, eligiéndolas entre una colección visible para ambos hemisferios; por ejemplo, un tenedor, una pala, un pollo y un cepillo de dientes. El hombre elegía el pollo para emparejarlo con la pata y la pala con el paisaje nevado. Hasta aquí, todo bien.

Entonces el doctor Gazzaniga le preguntó por qué había elegido aquellos objetos… y se llevó una sorpresa. El hombre tenía una respuesta rápida para una de sus elecciones: el pollo va con la pata. Su hemisferio izquierdo vio la pata; tenía palabras para describirla y un buen razonamiento para conectarlo con el pollo.

Sin embargo, su hemisferio izquierdo no había visto la imagen de la nieve, sólo la pala.8 Había elegido la pala por instinto, pero carecía de una explicación consciente para hacerlo. Ahora, cuando le pedían que aclarase el vínculo, buscó en su cerebro la representación simbólica de la nieve y no encontró nada. Contemplando la imagen de la pala, el hombre dijo: «Y la pala hace falta para limpiar el gallinero».

El hemisferio izquierdo adelantaba una explicación basada en lo que veía: la pala. Riéndose al recordar aquel experimento, Gazzaniga me dijo: «Se estaba inventando una milonga de las buenas. Toda una ocurrencia».

A lo largo de estudios posteriores él y otros demostraron que el patrón se repetía. El hemisferio izquierdo toma cualquier dato que recibe y cuenta una historia a la consciencia. Lo hace sin cesar durante la vida cotidiana, y a todos nos han pillado con las manos en la masa; por ejemplo, cuando hemos oído a alguien susurrar nuestro nombre y hemos llenado los huecos con hipótesis sobre qué estaban diciendo de nosotros aquellas personas.

La cacofonía de voces en el cerebro nos parece coherente porque algún módulo o red proporciona una narración constante. «Sólo tardé veinticinco años en formular la pregunta correcta para averiguarlo», dijo Gazzaniga. «La pregunta era “¿Por qué? ¿Por qué eligió la pala?”».

Lo único que sabemos sobre este módulo es que se ubica en algún punto del hemisferio izquierdo. Nadie tiene idea de cómo funciona o de cómo cohesiona tantas informaciones con semejante rapidez. Pero sí tiene nombre. Gazzaniga decidió bautizar a nuestro sistema narrador del hemisferio izquierdo como «el intérprete».

Retomando la metáfora del cine, éste es nuestro director. Es el que encuentra sentido a cada escena, buscando patrones e insertando juicios basados en el material; es el que encaja en un todo mayor los datos deslavazados, para comprender una materia. No sólo encuentra sentido, sino que elabora una historia, como lo expresó Gazzaniga, creando significado, narrativa, causa y efecto.

Es más que un intérprete; es un contador de historias.

Este módulo es esencial para formar un recuerdo. Se dedica afanosamente a responder la pregunta «¿Qué acaba de pasar?» en el momento, y esos juicios se codifican por medio del hipocampo. Sin embargo, ésta es sólo una parte del trabajo. También responde a las preguntas «¿Qué pasó ayer?», «¿Qué preparé anoche para cenar?». Y, para la clase sobre religiones mundiales, «¿Cuáles fueron las cuatro verdades fundacionales del budismo?»

En este caso también reúne toda la evidencia disponible, aunque esta vez no obtiene los indicios sensoriales o fácticos del exterior del cerebro, sino del interior. Piense. Para recordar las verdades del Buda, empiece con una sola, o con un fragmento de una. Angustia. El Buda habló de la angustia. Dijo que la angustia había que… comprenderla. Eso es, ésa es la primera verdad. La segunda tenía algo que ver con la meditación, con no actuar, con renunciar. ¿Renunciar a la angustia? Sí, eso era, o algo muy parecido. Otra verdad nos trae a la mente un sendero de montaña, que recorre un monje vestido con una túnica, el camino. ¿Recorrer el camino, seguir el camino?

Y así prosigue. Cada vez que rebobinamos parece surgir un detalle nuevo: el olor del humo en la cocina, la llamada telefónica de una teleoperadora. La sensación de tranquilidad cuando leemos «renunciar a la angustia»…; no, era «abandonar las fuentes de la angustia». No era seguir el camino, sino cultivar el camino. Estos detalles parecen «nuevos» en parte porque en cada momento el cerebro absorbe mucha más información de lo que somos conscientes, y esas percepciones pueden salir a la superficie cuando recordamos. Es decir, que el cerebro no almacena datos, ideas y experiencias como lo hace un ordenador, como un archivo que clicamos y abrimos, y que siempre nos muestra la misma imagen. El cerebro inserta esos datos en redes de percepciones, hechos y pensamientos, y a cada instante se forman combinaciones ligeramente distintas de todos ellos. Y ese recuerdo que acabamos de recuperar no borra el anterior, sino que se imbrica con él y se solapan. Nada se pierde del todo, pero el rastro del recuerdo se altera para siempre.

Tal como dicen los científicos, cuando usamos nuestros recuerdos, los alteramos.

Después de toda esta charla sobre las neuronas y las redes celulares; después de los ratones de Lashley y de H. M.; después de hablar del hipocampo, los pacientes sometidos a callosotomía y el contador de historias, esta conclusión parece elemental, incluso anodina.

No lo es.

 

1 Para un análisis general de la biología cerebral, me basé en dos libros: Eric R. Kandel, M. D., In Search of Memory (Norton & Company, Nueva York, 2006); y Larry R. Squire y Eric R. Kandel, Memory from Mind to Molecules, segunda edición (Roberts & Company, Greenwood Village, CO, 2009).

 

2 Paul Reber, «What Is the Memory Capacity of the Human Brain?», Scientific American, mayo-junio 2010.

 

3  Esto es positivo.

 

4 Gelbard-Sagiv, Roy Mukamel, Michael Harel, Rafael Malach e Itzhak Fried, «Internally Generated Reactivation of Single Neurons in Human Hippocampus During Free Recall», Science 322, 2008, 96-100.

 

5 Para mi análisis de H. M. me basé en entrevistas con Brenda Miller y Suzanne Corkin, así como en la obra de Corkin Permanent Present Tense (Basic Books, Nueva York, 2013).

 

6 Squire y Kandel, Memory from Mind to Molecules, segunda edición.

 

7 Para mi artículo sobre el cerebro callosotomizado, me basé en entrevistas con Michael Gazzaniga y los siguientes estudios: M. S. Gazzaniga, «Forty-five years of split-brain research and still going strong», Nature Reviews Neuroscience 6, agosto de 2005, 653-59; M. S. Gazzaniga, J. E. Bogen y R. W. Sperry, «Dispraxia following division of the cerebral commisures», Archives of Neurology, vol. 16, nº 6, junio de 1967, 606-612; M. S. Gazzaniga, J. E. Bogen y R. W. Sperry, «Observations on visual perception after disconnexion of the cerebral hemispheres in man», Brain, vol. 88, 2ª parte, junio de 1965, 221-36; M. S. Gazzaniga, J. E. Bogen y R. W. Sperry, «Some functional effects of sectioning the cerebral commisures in man», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, vol. 48, nº 10, octubre de 1962, 1765-69.

 

8 Para esta información me basé en una entrevista con Michael Gazzaniga, en su recuerdo del experimento que dio pie a su conclusión.