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El Viajero siguió a Orla O’Kane por el ancho pasillo. La mujer tenía unos tobillos gordos, y sus toscos tacones cuadrados producían un ruido sordo sobre la alfombra. Promotora inmobiliaria de profesión, enterraba el dinero de su padre en casas, hoteles y bloques de oficinas. Lo más probable es que una parte del dinero estuviera metido en aquel edificio, una mansión en las afueras de Drogheda, antigua residencia de un terrateniente británico, convertida ahora en clínica de reposo privada.

El Viajero no había podido por menos que admirarse cuando al recorrer en su coche el camino de grava, abierto entre extensiones de césped y jardines ornamentales, se encontró ante él la casa de tres plantas. El río Boyne discurría por detrás, y el alto pilar de acero del nuevo puente atirantado por el que discurría el tráfico de la autopista, se podía ver por encima de las copas de los árboles a unos ochocientos metros de distancia.

El resto del edificio había sido desalojado; todas las habitaciones estaban vacías. Había visto a una mujer de la limpieza y a una enfermera en el magnífico vestíbulo de entrada. Unos pocos hombres deambulaban por los jardines y los pasillos, pero teniendo en cuenta sus miradas vigilantes y los bultos de sus chaquetas, seguro que no formaban parte del personal sanitario.

—¿Tu padre paga mucho por el seguro médico? —preguntó el Viajero.

La mujer se detuvo haciendo entrechocar los tacones. Joder, tenía un culo enorme. Y también unas buenas espaldas. Su traje hacía todo lo que podía por ella, pero es que era una moza grande, para qué ocultarlo. Aunque de cara no estaba mal.

—Valora su intimidad —respondió ella por encima del hombro. Pronunciaba las consonantes con la fuerza de una mujer acostumbrada a que la escucharan, no a que le preguntaran.

El Viajero le sonrió. De haber sido la hija de otro, quizás hubiera intentando tirarle los tejos. Sería una buena amazona, eso se notaba, las inflexibles siempre lo eran. Pero aquélla era demasiado peligrosa.

La siguió por un pasillo del primer piso del ala este. Orla caminó hasta la penúltima puerta a la izquierda. Un gruñido procedente del interior de la habitación acogió su llamada. Abrió la puerta e hizo entrar al hombre con un gesto.

Bull O’Kane estaba sentado en una esquina, con dos ventanas de guillotina a ambos lados. Una pulcra extensión de césped bordeada de sotos conducía hasta un muro alto situado a unos cuarenta metros del cristal. El río corría al otro lado.

La hija carraspeó.

—Estaré fuera por si me necesitas, papá.

O’Kane sonrió.

—Muy bien, cariño.

El Viajero sintió una corriente de aire frío en la espalda cuando la puerta se cerró con un chasquido.

—Es una buena chica —dijo O’Kane—. Más lista que el hambre. Aunque no le duran los hombres. Siempre acaba con algún comemierda.

El visitante se acercó a una de las ventanas.

—Menuda vista. —Una garza vadeaba el río poco profundo crecido por la lluvia—. Apuesto a que hay buena pesca aquí. Salmones, truchas. Debí haberme traído la caña.

—No tienes pinta de matarife de caballos —comentó O’Kane.

Su interlocutor volvió la cara hacia él.

—Y tú no tienes pinta de poderte permitir una habitación en este sitio, ya no digamos todo el sitio.

O’Kane estaba sentado con los pies encima de un escabel, y una manta le cubría desde el regazo hasta los tobillos. Desprendía un olor a mierda. El Viajero sabía que el viejo había recibido un disparo en la rodilla y otro en el vientre que le había dañado la vejiga. Ahora llevaba una bolsa y la llevaría durante lo que le quedara de vida. Estaba más delgado de lo que el Viajero había imaginado, y más frágil que en una foto que había visto. Los años y las heridas le estaban pasando factura, pero sus ojos seguían ardiendo con fuerza.

—Alguien me dijo que tu verdadero nombre es Oliver Turley —dijo O’Kane—. ¿Es eso cierto?

El hombre se sentó en el borde de la cama.

—Tal vez. O tal vez no. Me han llamado de muchas maneras: Smith, Murphy, Tomalty, Meehan, Gorman, Maher, y podría continuar. —Se echó hacia delante y susurró—: Hay alguna gente que dice que ni siquiera soy realmente un pavee[1].

Una máscara amenazadora cubrió el rostro de O’Kane.

—No te pases de listo conmigo, hijo. Soy una persona seria. No lo olvides. Sólo te lo diré una vez.

El Viajero se echó hacia atrás y asintió con la cabeza.

—Me parece bien. Pero yo también soy una persona seria, y no me gusta responder preguntas. Sabrás tanto de mí como yo quiera que sepas.

O’Kane lo estudió durante un instante.

—Me parece bien. Me trae sin cuidado que seas gitano, vagabundo, matarife, quinqui o como puñetas te llames a ti mismo en estos tiempos. Lo único que me importa es el trabajo que necesito hacer. ¿Eres el chico idóneo para eso?

—Hubiera pensado que a un hombre como tú le sobrarían los muchachos para hacerte el trabajo sucio.

O’Kane meneó la cabeza.

—No este trabajo. No puedo involucrar a nadie que esté relacionado conmigo. Y hay que hacerlo bien. En silencio, vaya. Ni alboroto ni problemas.

—De acuerdo. Bueno, ¿de qué se trata?

La cara del viejo se ensombreció.

—Sólo un puñado de personas saben lo que te voy a contar. Haz bien este trabajo, y sólo tú y yo sabremos toda la historia. Te pagaré bien para que guardes silencio después de hecho. Mucho dinero. Pero si alguna vez oigo en el futuro el más ligero rumor… —O’Kane sonrió—. Bueno, no será el reembolso del dinero lo que te exija. ¿Comprendido?

—Comprendido.

El viejo señaló una carpeta colocada encima de la mesilla junto a la cama. El Viajero alargó la mano para cogerla. Sacó unas hojas de papel sueltas, fotocopias e impresos de ordenador. Algunas hojas tenían fotografías, otras eran todo texto.

—No leo —aclaró el sicario.

O’Kane lo observó.

—¿No quieres o no sabes?

El hombre esparció las hojas sobre la cama junto a él.

—Un par de personas pensaron que eso me convertía en idiota. Hoy día ya no piensan mucho en nada.

O’Kane hizo chasquear la lengua contra el labio inferior tres veces. Empezó a hablar. Habló del loco de Gerry Fegan y de cómo se había dejado llevar por su imaginación podrida de alcohol para matar a Michael McKenna, Vincie Caffola, un poli corrupto y al primo de O’Kane, el padre Eammon Coulter. Habló de los chapuceros intentos de Paul McGinty por contenerlo, y de que tales intentos sólo habían empeorado las cosas, y costado más vidas, incluida la del propio McGinty. Todo había acabado en un baño de sangre en una antigua granja cerca de Middletown. El hijo de O’Kane, muerto por los disparos de un ex soldado traidor llamado Davy Campbell, y el viejo herido.

Fegan había escapado sin un rasguño, llevándose con él a Marie McKenna y a la hija de ésta. Se habían esfumado, según parecía. Aparte de O’Kane, quedaban dos supervivientes del escenario: el chófer de McGinty y Kevin Malloy, uno de los chicos del viejo. Malloy había recibido un disparo en la barriga y otro en el pecho. El chófer Quigley había llevado a O’Kane y a Malloy a un hospital de Dundalk, salvándoles la vida.

—Esto tiene que acabar —dijo el anciano—. Los británicos, Dublín, los chicos de Belfast; todos quieren que se arregle.

—Dijeron que fue una disputa interna —comentó el Viajero—. En las noticias. Dijeron que esos tres disidentes tendieron una emboscada a McGinty en la granja.

—Fue un montaje de los británicos —continuó O’Kane—. Cogieron a McSorley y a sus chicos en la frontera. Les pusieron las armas en el coche e hicieron que pareciera que se habían hecho saltar por los aires con su propia bomba. Fue un trabajo precioso.

El sicario asintió con la cabeza. No podía negar que estaba impresionado.

—Pero eso no es todo, ¿verdad? —preguntó—. Hay demasiada gente en el ajo.

—Quigley y Malloy —señaló O’Kane—. Los quiero muertos, igual que los británicos. Y hay un abogado, Patsy Toner. Deshazte de él también. Los británicos harán la vista gorda. Se asegurarán de que la investigación acabe en nada. Tienen tanto que perder como cualquier otro.

El Viajero cruzó los brazos por delante del pecho.

—Pero cualquier gilipollas podría ocuparse de esos tres. Ésa no es la razón de que me necesites.

—Quiero a Fegan —dijo O’Kane—. Quiero que me lo traigas vivo. —Le apuntó con un dedo grueso para recalcarlo—. Vivo, no me sirve de nada si no está respirando, ¿lo entiendes? Nadie sabe adónde se fue. Tendrás que hacerlo salir a la luz.

—¿Cómo?

—Marie McKenna y su hija. La pasma las han escondido, pero ha habido un golpe de suerte.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué se trata?

—El padre de Marie McKenna sufrió una apoplejía la semana pasada. Tiene suerte de estar vivo, o quizá mala suerte, según como lo mires. Está jodido. Me han dicho que hay muchas posibilidades de que tenga otro ataque antes de que se recupere y que eso probablemente acabe con él.

—Así que crees que ella saldrá de su escondite e irá a verlo —apuntó el Viajero—. Ella y la niña harán acto de presencia.

O’Kane ladeó la cabeza.

—Me han dicho que no tienes problemas en apiolar a mujeres y niños. ¿Es cierto?

El sicario se encogió de hombros.

—Depende del dinero.

 

1 Los pavee o minceir, en su propia lengua, o viajeros irlandeses son un pueblo nómada de etnia irlandesa con lengua y costumbres propias. Suelen ser confundidos con los gitanos por sus estilos de vida similares, aunque no guarden ninguna relación entre sí. Históricamente, entre otras actividades, ejercían como matarifes de caballos, lo que explica la observación previa de O’Kane (N. del T.)