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ataduras y coartadas familiares
–¡Cuánto me alegro de volver a verte dibujar! —me saluda la voz con alegría.
Levanto la vista hacia la sonrisa tan radiante como adorable de mi tío Thatch. Es delgado y casi medio palmo más alto que yo, y, aunque ahora esté sentada y él de pie, lo veo como lo veía cuando era una niña pequeña: extraordinario, una especie de héroe, el hermano pequeño de mi madre, que se convirtió en mi tutor y en el de Lark un par de meses después de que cumpliéramos tres años, cuando nuestros padres murieron en un accidente de coche en la autopista 101… en la noche de Halloween.
Me sorprende tanto su aparición que tardo unos segundos en darme cuenta de que tiene dos vasos de café para llevar en un sujetavasos de cartón y servilletas de mi cafetería preferida.
—Hola —murmuro mientras me acerco el cuaderno al pecho con la esperanza de que no haya visto la violencia de la escena que acabo de dibujar. Me desplazo hacia la ventana y empujo la mochila para dejarle espacio antes de que el tranvía arranque de nuevo—. ¿Cómo sabías…?
—¿Dónde encontrarte? —Se sienta y me ofrece uno de los vasos. Sus enormes ojos azul oscuro irradian emoción, magnificada por las gafas negras que se apoyan en el puente de su nariz—. Sé cuánto significan este día y este lugar para ti.
Agarro con la mano libre el café que me tiende y me lo acerco a la cara. Un olor a azúcar moreno y a canela sube en forma de espiral de humo alrededor de mis mejillas, labios y nariz como si fuera una caricia.
—Mmm. Un dolce de canela. El néctar de los dioses. —Prácticamente ronroneo al dar el primer sorbo y dejar que el sabor agradable me inunde la lengua y me recorra la garganta.
—Como ya has pasado unas cuantas semanas sin probarlo, he pensado que necesitarías remediarlo —bromea mi tío, y me provoca una sonrisa del todo sincera.
—Eres el mejor. —Bebo otro trago y le doy un golpecito cariñoso en el codo.
Octubre es el mes en que evito todos mis lugares favoritos. Lark y yo éramos demasiado pequeñas cuando nuestro tío llegó a nuestras vidas como para recordar o comprender el incidente que lo había traído hasta nosotras. Y a lo largo de una década, mi tío había conseguido convencernos a mi hermana y a mí de que ese día era normal, se había asegurado de que formáramos parte de las actividades tradicionales divertidas y nos animaba a ir en busca de caramelos cuando éramos preadolescentes —para que no creciésemos «demasiado rápido»—. Todos esos esfuerzos cayeron en saco roto también cuando perdimos a Lark. Es normal pensar que Halloween irá a por ti después de que haya asesinado a casi todos los miembros de tu familia.
Ahora, durante esta época, las cosas que antes resultaban conocidas se vuelven extrañas y siniestras bajo la luz negra de la apabullante ausencia de Lark. Los disfraces cruentos y las decoraciones fantasmales, imágenes que para la mayoría son inofensivas, se alzan como reliquias de pesadilla que me persiguen por dentro, que me obligan a evitar las calles a toda costa el treinta y uno de octubre, a esconderme en una madriguera como si fuese un topo, ciega y rodeada por mis propias tradiciones seguras.
Incluso en estos instantes, conforme el tranvía gana velocidad, el traqueteo de las vías, la lluvia y las cadenas de mi chaqueta se mezclan para formar una armonía que debería ser nostálgica y relajante. Sin embargo, parece una melodía desafinada, unos tonos rancios tocados por un dedo fantasmal, melancólicos y vacíos, igual que mis dibujos.
Me lamo una gota de café del aro que llevo en el labio. Mi tío Thatch me da una servilleta. La acepto y luego asiento en dirección a su camiseta de la pastelería y a sus pantalones grises.
—Pensaba que hoy estarías trabajando. ¿No llegaba un envío?
—Hasta las seis y media, no. —Da un sorbo a su vaso—. Y eso te deja tiempo de sobra para llegar a la tienda y ponerte con el reciclaje. —Me guiña un ojo—. De momento, te voy a hacer compañía.
—O sea… que Clarey te ha mandado un mensaje. —Arqueo la ceja con el piercing y noto cómo el agujero me tira al tensar la piel.
—Digamos que ninguno de los dos quería que estuvieses sola. —Mi tío se encoge de hombros. Arruga la gigantesca nariz mientras esboza una sonrisa de preocupación que ya estoy más que acostumbrada a ver.
—No necesito que nadie me haga de canguro. —Inhalo más humo fragante—. Solo quiero que alguien guarde el asiento de Lark. Y… En fin. Una plaga. —Hago un gesto hacia las chicas, que mantienen una conversación en voz baja al otro lado del pasillo.
Mi tío Thatch las observa antes de girarse hacia mí. Bebe un poco de café al darse cuenta de que las alas de Lark sobresalen de mis hombros. Es evidente que se debate entre preguntar o no. Al final, opta por señalar el cuaderno que sigo apretándome contra el torso.
—Cuando he subido, estabas dibujando como una loca. ¿Brindamos por el fin de tu bloqueo de escritora?
Bloqueo de escritora. Doy un largo sorbo al vaso y dejo que el líquido caliente me queme, un castigo por la última mentira que le conté para ocultar mi falta de interés en dibujar. Tampoco he sido sincera sobre la razón por la cual he dejado las clases de arte. Más vale que piense que quiero estudiar mecánica en honor a Lark, así como que hoy he subido al tranvía en una especie de «homenaje» a ella —y no como un último recurso para reiniciar mis retinas—.
Si le cuento la verdad, querrá volver a mandarme con el psiquiatra. Pero no hay ninguna necesidad. Ya he buscado en Google mi situación: sensibilidad retiniana agravada por la depresión… Una forma de cambiar el aspecto del mundo, de despojarlo de todo color. Sé cuál es el origen de mi abatimiento, y estoy bastante segura de que no recetan ningún medicamento capaz de eliminar la culpa. Y lo más importante: no puedo permitir que mi tío se preocupe por mí más de lo que se preocupa ya.
—Claro. —Choco mi vaso con el suyo y noto en la lengua el regusto agrio de la mentira—. Solo necesitaba un poco de inspiración, creo.
Mi tío sonríe cuando las chicas del otro lado del pasillo se ríen por algo que han visto en el teléfono móvil.
—Estupendo. Y veo que incluso has encontrado a un par de personajes nuevos que añadir a la historia.
—Ah, sí. Más o menos. —Sí que ha visto el dibujo. Ya no hace falta que lo esconda, así que dejo el cuaderno sobre mi regazo.
Mi tío se termina el café y luego coloca el vaso vacío entre sus pies para poder estudiar el boceto con mayor atención. Vuelve a mirar hacia las alas de mi espalda, como si quisiera atar cabos.
—Ajá. Inspiración. Y… ¿esa eres tú o es un duendojo?
—Soy yo convirtiéndome en uno. —Me fuerzo a sonreír detrás del vaso de cartón.
Sigue concentrado en el dibujo, y algo le cambia el gesto, una turbación que palidece su piel aceitunada. Se pasa una mano por el espeso pelo negro. Los mechones plateados que le salieron después de que enterrásemos a Lark hacen una aparición momentánea antes de fundirse de nuevo con el resto.
—Son solo charcos de lluvia —digo, y noto cómo yo también me pongo pálida al intentar descifrar qué ha provocado su incomodidad.
—Ah, claro. —Asiente mientras se seca la boca con una servilleta—. De hecho, ni me había fijado.
Y entonces lo comprendo. Aunque he borrado buena parte de la cara, es innegable que se trata de Lark disfrazada de hada. Un evidente recordatorio de su última noche de Halloween con nosotros. Quiero extender los brazos y estrechar a mi tío, pero me limito a decir:
—La… la quería borrar porque no me ha parecido adecuado… ponerla al lado de monstruos y máscaras.
Mi tío suelta un ruido que está entre una tos y un gruñido.
—Claro. O sea, lo que consideres. Creo que, sea como sea, es genial que empieces una nueva viñeta. Deberías enseñársela a tu profesora de arte… Mmm, a la señorita Sparks.
—Nah. No es más que un garabato. —El tranvía llega a la calle Catorce y el chirrido de los frenos amortigua mi débil respuesta. Aun así, mi tío me ha oído. Ha puesto la misma expresión decidida que luce cuando está concentrándose en un difícil diseño de glaseado o rematando un nuevo sabor para un macaron.
Me bebo el resto del café en silencio mientras, en la parte delantera del vagón, oigo el crujido de las bolsas de plástico, y todos los demás viajeros —excepto las dos turistas, mi tío y yo— recorren el pasillo para bajar del tranvía. Nadie espera en esa parada para subir, así que las puertas se cierran con un silbido y suena la campanita que anuncia el inicio del trayecto hacia la calle Once. Patty debe de tener muchas ganas de terminar su turno.
Mi tío se aclara la garganta y aparta los restos de la goma de borrar de mi cuaderno de dibujo.
—¿No crees que ha llegado la hora de que dejes de pensar en tu arte como si fuese una mera afición? Tienes un don, pero nunca les has enseñado a tus profesores ni a tus compañeros de clase de lo que eres capaz. Es como si te diese vergüenza.
Aunque me conmueve su fe en mi talento, no puedo admitir por qué solo he permitido que él, Clarey y la tía de Clarey lean mis novelas gráficas. Por qué no voy a permitir que Mystiquiel salga de ese círculo íntimo para llegar al instituto o a los amigos o al mundo que compartí con mi hermana.
De todos modos, es irrelevante, porque he dejado de dibujar mis series por completo.
Meto las servilletas en nuestros vasos vacíos y lo guardo todo en la mochila, también el cuaderno de dibujo y el lápiz.
—Es que… estoy ocupada expandiendo los horizontes de Lark, ¿sabes?
—Lo entiendo. —Mi tío toca el ala de hada que tiene más cerca y provoca que el cable me roce el hombro—. Y ella estaría agradecida por lo que has hecho con sus inventos. Pero ¿no crees que lo que de verdad querría era que tú fueras tú?
Como de costumbre, evita el nombre de Lark, como si físicamente le doliese pronunciarlo en voz alta. Se enfrenta a la misma culpabilidad que yo por no haber sabido esa noche que mi hermana corría peligro, y yo soy lo bastante descarada como para exprimir esa vulnerabilidad suya.
Zarandeo el brazo izquierdo para contrarrestar un calambre y recuerdo el tatuaje que tengo debajo de la camiseta y de la chaqueta: una alondra de un par de dedos que planea por debajo de mi clavícula, cuyas plumas de la cola me rozan el hombro por delante. Me lo hice en tercero de secundaria, mientras salía con un chico llamado Ebon, un estudiante de cuarto que trabajaba por las noches en un taller mecánico revisando coches y poniendo motores a punto. Lo que me atrajo de él no fueron sus ojos tiernos ni sus brazos musculosos manchados de aceite y de grasa; fue que supiese de combustión, de palancas de cambios, cinturones de seguridad, sistemas de suspensión y transmisiones. Y que fuese un tatuador sin licencia tan solo fue la guinda del pastel.
Después de que rompiésemos, mi tío Thatch me vio el tatuaje, pero me ahorré el castigo al confesarle que Lark y yo siempre habíamos planeado hacernos uno juntas. El suyo habría sido un ave fénix 2. Mi tío cambió de tema de inmediato, como supe que haría.
—Quizá —dije para responder a su pregunta sobre lo que habría querido Lark para mí, que seguía flotando en el aire entre nosotros—. Pero ¿no deberían ser prioritarias sus metas? Porque no está para alcanzarlas. Yo tengo toda la vida para alcanzar las mías.
Mi tío cierra la boca, señal de que he ganado esta ronda.
Es un tanto perverso manipular a alguien que comparte la misma angustia que tú. Aun así, no puedo evitarlo cuando se trata de la memoria de Lark; la tensión creada entre mi último familiar vivo y yo es otra forma de penitencia.
La campanita anuncia que hemos llegado a la calle Once y me quito las alas de Lark. Después de guardarlas junto a su sudadera en mi mochila, me paso las correas por el hombro izquierdo y me levanto detrás de mi tío Thatch. Nos aferramos a la fría manecilla de metal del extremo del asiento para no caernos mientras el tranvía frena.
Mi tío asiente en dirección a las turistas para permitirles pasar delante. Las chicas recogen sus cosas, pero se quedan paralizadas a poca distancia de la salida trasera.
—Mira a quién tenemos aquí —dice mi tío refiriéndose a la silueta solitaria vestida de negro y en pie al lado de la parada vacía, junto a la señal del tranvía. Una capucha le oculta la cara; de los puños deshilachados de la chaqueta sobresalen unas uñas torcidas, sucias y frágiles. Una criatura con escamas y parecida a un lagarto se remueve a la altura de las rodillas de la silueta, con dos cabezas que se bambolean y cuatro patas que no paran quietas.
Por lo general, no soy una gran amante de los monstruos que copan esta época del año, pero esos dos son totalmente diferentes porque han salido de mis dibujos. Por encima de nosotros, las nubes cubren el cielo de gris oscuro, sumándose al ambiente de lúgubre fatalidad. No podría haber esbozado una mejor escena con mis rotuladores.
La chica rubia señala hacia delante cuando la silueta encorvada empieza a dirigirse hacia la puerta abierta del tranvía, seguida por el cuadrúpedo mutante.
—¿Qué… qué es esa cosa? —Le tiembla la voz.
—Un repelente de insectos —murmuro, y me muerdo la mejilla por dentro para contener una sonrisilla al ver acercarse al dúo horripilante. El humanoide arrastra la pierna izquierda y gruñe, dejando tras de sí un rastro oscuro sobre el mojado hormigón con cada paso que da. Me resulta tan familiar la marca de la sangre que me imagino el color carmesí que brilla en el asfalto. Un clic mecánico retumba con los movimientos oscilantes de la bestia de dos cabezas, que va a la zaga.
Lanzo una mirada hacia la cabina del tranvía, donde Patty sigue junto al panel de control, de espaldas, jugando a algo con el móvil que produce una música electrónica más potente que los ruidos de la calle que nos rodea. Satisfecha, salgo de detrás de mi tío y me coloco justo delante de él.
—¡Hola, Frannie! —grito.
El monstruo de cuatro patas echa a correr por delante de su acompañante bípedo y sobrevuela las escaleras del vagón, a punto de derribar a las dos chicas al subirse. Las turistas chillan y vuelven a sentarse. La pelirroja suelta el bolso, que mi tío consigue agarrar, pero el de la rubia se abre al caer al suelo. Lápiz de labios, un cepillo y otros efectos personales salen rodando por debajo de los bancos de los alrededores.
En el pasillo, me agacho tanto como me permiten las cadenas y los tornillos de la parte delantera de mi chaqueta para recoger lo que se ha desperdigado.
Mientras trota hacia mí, el monstruo resulta ser una border collie envuelta con un montón de escamas hechas con latas de aluminio pintadas y recicladas. Una prótesis en forma de cabeza de trol se bambolea cerca de su hocico cuando me acaricia la mano para explorar los objetos de la chica.
—Lo siento —me disculpo con la rubia, y me detengo antes de admitir que ha sido de justicia por haber robado el asiento de Lark. Sé que el resentimiento es ilógico, pero un poco de venganza inofensiva me sienta la mar de bien.
Agarro un paquete de caramelos y un cilindro de lápiz de labios mientras mi tío le rasca la cabeza a Frannie. La perra levanta la vista y ladra un saludo. Su cola copetuda se sacude y hace que el disfraz de aluminio rechine y muestre sus patas. Una pata mecánica, formada por una barra de fibras de carbono y acero cubierta de óxido negro, ocupa el lugar de la izquierda trasera que no le llegó a crecer. La bisagra del dispositivo negro se dobla con un ruido motorizado para imitar la pata y la articulación auténticas de un perro, aunque sea un poco más errática.
La rubia me agarra las cosas de las manos y arruga la nariz.
—¿Qué clase de disfraz lleva ese perro?
—De un trol autómata. —La respuesta áspera procede del andén, de donde el acompañante del animal sube al vagón, todavía arrastrando la pierna izquierda para lograr el máximo impacto—. El mejor amigo de un duende —prosigue la voz, que es entre un siseo y un gruñido. Unas uñas sucias y retorcidas apartan la capucha para mostrar una brillante y delicada mata de pelo blanco de fibra óptica. Debajo del cabello aparecen los rasgos fantasmales y cenicientos de un duende: nariz aguileña, orejas puntiagudas y labios viscosos. Unos dientecillos en punta forman una sonrisa espeluznante, y las venas de las mejillas y del cuello parecen sobresalir.
La chica se queda boquiabierta.
Mi tío suelta un silbido de admiración.
—Es tu mejor disfraz hasta la fecha —le dice a Clarey, apartándose de Frannie para saludar a su dueño.
—Gracias. —La mirada de Clarey se desplaza hacia mí desde debajo de la máscara, en busca de mi aprobación.
—Bastante impresionante. —Me incorporo y me cruzo de brazos con una sonrisa lo bastante amplia como para que el anillo del extremo de mi labio inferior me tire de la piel.
—¿Eres un aspirante a especialista en efectos especiales o qué? —pregunta la turista rubia mientras observa la sangre falsa que mancha el suelo.
—¿Cómo has conseguido que la pata robótica pareciera tan real? —La pelirroja mira por encima del hombro de su amiga en dirección a Frannie.
—Bueno, no me puedo atribuir el mérito de esa obra maestra —responde Clarey con un gruñido susurrado, sin perder el personaje hasta el mismísimo final—. La responsable es ella. —Los dedos nudosos del duende apuntan hacia mí.
Antes de que las chicas puedan contestar, Patty sale de la cabina del conductor y contempla la actividad que se desarrolla en la parte trasera de su tranvía.
—Eh, está prohibido que suban animales. ¡Mirad qué desastre! —Con las mejillas coloradas, señala las huellas de barro dejadas por Frannie y las manchas que ha provocado el zapato izquierdo de Clarey—. O pagas una multa o llamo al control de animales. Tú eliges. —Extrae el móvil, dispuesta a hacer la llamada.
—¡Espere! —Clarey escupe los dientes plateados falsos y se quita la máscara de látex, así como la gorra de piel y el ala. Debajo de los restos de látex, del mismo gris inquietante que la máscara, aparecen su tez marrón oscuro y sus ojos como platos, un iris casi de un tono neón, un color parecido al de un granizado de frambuesa azul, y el otro de un avellana ambarino. Aunque hoy no puedo ver cómo brillan, la diferencia entre los grises me confirma que no se ha puesto las lentes de contacto. Supongo que ha sido para aumentar la sorpresa del disfraz, pero de todos modos es como me gusta más verlo: al natural y aceptando quién es—. No es un animal cualquiera. —Intenta cautivar a Patty con una voz de barítono tan suave y rica en matices como la cobertura de anís estrellado y arce de mi tío—. Es mi trol de apoyo emocional.
—Y él —le doy una palmada a Clarey en el pecho— es mi idiota de apoyo emocional.
Clarey se ríe y se quita el adhesivo de la cicatriz de la frente que le va desde el nacimiento del pelo hasta la ceja izquierda, mientras yo le arranco un trocito de látex que le colgaba de la barbilla.
La conductora se queda mirando con atención el disfraz de Frannie.
—No veo que lleve el chaleco obligatorio, a no ser que esté oculto debajo de las escamas.
Clarey niega con la cabeza.
—Vale. Entonces, ¿me enseñas tu documentación?
—No pensaba que fuera a necesitarla para un paseo tan breve. —Acompaña la respuesta con una tímida sonrisa.
—Pues has pensado mal. —Con el ceño fruncido, Patty empieza a marcar números en el teléfono móvil.
Mi tío nos lanza a Clarey y a mí una mirada cargada de intención antes de dirigirse hacia Patty.
—Le aseguro que el perro es un animal de apoyo emocional.
—Y ¿por qué debería dar importancia a su palabra? —se burla Patty.
—Soy un empresario local. Me llamo Thatch Griffin… Soy el propietario de una pastelería. —Del bolsillo saca una de las muestras que siempre lleva encima. Si en la bolsita no hubiese visto la descripción «roonie de tarta de queso de arándanos», no habría sabido de qué sabor era. El macaron de un turquesa intenso con crema de un fuerte morado es para mí un poco de barro negro entre dos piedras grises—. La tienda se encuentra en la calle Once, a pocos locales de distancia de la bodega. Justo antes de la intersección, hay un callejón que lleva a una calle llamada Eveningside.
A regañadientes, Patty se guarda el móvil en el bolsillo y acepta la bolsita. La abre, se mete el macaron en la boca y lo mastica. Al cabo de unos segundos, su expresión se transforma en una sonrisa beatífica. Creo que es el efecto que consigue mi tío con la gente. Sus modales agradables y sus rasgos de una belleza única lo convierten en un vendedor de primera. Pero hay algo más. Son los ingredientes que utiliza en sus dulces. Al dejar que la conductora pruebe uno, acaba de granjearse otra clienta habitual.
Solo hay que degustar un bocado y te vuelves adicto de por vida…
Mientras Patty traga el macaron, mi tío le entrega un cupón para una bandeja de muestra gratuita de Delicias Encantadas de Eveningside.
—En cuanto llegue a Eveningside, gire a la izquierda y luego avance cuatro edificios. Es una calle fácil de saltar, así que no olvide seguir el mapa que tiene detrás.
—Gracias —responde Patty, con una sonrisa de dientes prominentes que se va ensanchando—. He oído hablar de ese sitio. Tenía pendiente ir a probarlo. —Se guarda el cupón y se limpia un poco de crema del labio inferior antes de lamerse el dedo. Sus ojos bailan con un brillo interno, casi felices. Se vuelve hacia la cabina del conductor y agarra un paquete de pañuelos húmedos, que le entrega a Clarey—. Te doy unos minutos extra para bajar del tranvía. Asegúrate de que el perro no deje suciedad tras de sí. Y limpia la sangre de mentira.
—Sin problemas —asiente Clarey—. Cuando se seca, se convierte en polvo. Coser y cantar, ¿ve? —Con la punta de la bota, aparta un poco de polvo oscuro del suelo, que no deja ninguna mancha.
Patty regresa a la cabina del conductor mientras tararea una cancioncilla alegre. Las dos turistas esperan junto a la puerta, preparadas para bajar, pero parecen absortas ahora que Clarey se ha quitado el disfraz.
Su reacción no es nada nuevo. Con hombros anchos, rizos oscuros, dos hoyuelos en los pómulos y una barbilla cuadrada, es una absoluta contradicción con el monstruo que ha subido al vagón. Aunque cuando era pequeño los niños y hasta algunos adultos insensibles lo trataban como si fuese un monstruo. Le llamaban de todo, desde «cabeza de mofeta» hasta «elfo». En parte por el tono blanquecino que le decora el flequillo y que también le pigmenta la piel, más allá del cuero cabelludo y hasta la frente, en forma de un triángulo como una mancha de leche, pero sobre todo por sus ojos gigantescos. Las largas y espesas pestañas se unen a unos iris de distinto color para sumarse a su sorprendente aspecto.
Es atractivo en una manera inusual y etérea, y a veces la gente reacciona de forma extraña, como si fuese una «criatura» a la que hay que observar o ignorar, y no una persona como otra cualquiera. Su físico lo incomodaba tanto que ya cuando tenía doce años se refugió en el maquillaje y en las máscaras. Pero en los cinco años que han pasado desde entonces ha hecho algunos trabajos de modelo y ha ganado premios por sus creaciones de efectos especiales, que le han ayudado a ganar confianza. Ahora sabe que las raras son las personas que lo tratan diferente, no él ni su aspecto.
Como si quisiese darme la razón, Clarey responde con una carcajada a la expresión anonadada de las chicas, aunque hoy su reacción parece un tanto forzada.
Hace una reverencia con su ágil metro ochenta.
—Siento haberlas asustado, señoritas. A partir de ahora procuraré tener más a raya mis genialidades. —Se guarda la máscara, la peluca y la dentadura en el bolsillo delantero de su sudadera antes de abrir con guantes de uñas largas el paquete de pañuelos para empezar a limpiar el suelo.
—Un trol robótico —se maravilla la rubia—. ¿Qué pasa en esta ciudad? Hay hadas invisibles que guardan asientos y perros que se disfrazan. ¿Aquí todos los días es Halloween?
Todos los días es Halloween. Sería la definición del terror. La sangre me abandona la cara y me deja la piel fría y húmeda.
Clarey me toca la punta de los dedos con un pañuelo, un intento para devolverme al presente, justo cuando mi tío sale de detrás y les entrega un par de cupones a las chicas mientras me da una palmada en la espalda.
—Sentimos las molestias. —Les sonríe y luego me señala con la barbilla—. ¿Nos vemos en la pastelería en breve? Recuerda que quiero que acabes con el reciclaje antes de que llegue el envío.
—Entendido —respondo agarrando el pañuelo que me sigue tendiendo Clarey. Mi fobia ha quedado en segundo lugar al pensar en el hombre que nos entrega los envíos. Si hay algo capaz de ganar en rareza a esta época del año, ese es Jaspar—. Estaré allí en cuanto hayamos limpiado este desastre.
Mi tío esquiva a las chicas y empieza a bajar las escaleras.
—De verdad, no dejéis de visitarnos antes de iros de la ciudad —dice por encima del hombro cuando las turistas esperan para bajar tras él—. No habréis experimentado de verdad nuestro pedacito de paraíso hasta que hayáis probado la ambrosía.
—Pero tened cuidado. —Clarey recupera su voz sibilante de monstruo mientras frota una huella de barro de Frannie—. Si probáis la comida de las hadas, nunca podréis marcharos de aquí. —Les lanza a las chicas una sonrisa brillante de dientes blancos.
Las turistas sonríen inseguras y bajan las escaleras para seguir a mi tío hacia el viento con aroma a petricor.
2. Nota del traductor: «Phoenix» significa «fénix» y «Lark», «alondra»; de ahí que cada una quisiese tatuarse el pájaro que da nombre a su hermana.