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hermanas y monstruos

Cuando tenía catorce años, encontré muerta a mi hermana gemela en la cama de abajo de la litera, y allí empezó mi relación con los duendes. Ni un solo día desde entonces me he arrepentido de su llegada. Sin ellos, jamás habría sobrevivido a la culpa. La misma culpa a la que me enfrento hoy al encargarme de una obligación un tanto macabra.

Me doy la vuelta en el colchón y miro hacia los ojos que me observan desde la mesita de noche. Su brillo débil rompe la oscuridad. Parpadeo con fuerza hasta que la luz se enciende en mi reloj digital en el mismo momento en que comienza a sonar la alarma. Reprimo un bostezo y pulso el botón para apagar el despertador. Mi habitación se queda en silencio, y abro el calendario de mi teléfono móvil mientras espero a que transcurran los próximos quince minutos y el veintinueve de octubre dé paso al treinta.

La verdad es que, a estas alturas, no necesito una alarma. A lo largo de todo el mes, me he despertado a las doce menos cuarto, como me ha ocurrido los dos últimos años durante el mes de octubre. La alarma es una precaución, para asegurarme de que el programado despertar sea tan espontáneo como parpadear cuando llegue mañana por la noche, para asegurarme de que Halloween no se me eche encima y me robe los latidos del corazón y la respiración, como le sucedió a mi hermana.

Mi mirada se desplaza de mi teléfono a las estanterías de la pared. Es donde guardo a mis duendes, encerrados en el interior de cuadernos de dibujo, esposados al papel con cadenas de tinta de colores. Antes acostumbraba a visitarlos cuando necesitaba huir de la realidad, cuando me sentía vulnerable y sola. Pero últimamente su poder se ha ido debilitando.

Ahora mismo, no son rival para el inminente muertiversario de mi hermana. No hay nada que pueda aligerarme ese peso. Ni siquiera los sueños más agradables.

Quizá porque en aquella fatídica noche, antes de la tragedia, había soñado con lo mejor del mundo: con la luz del sol y el aire salado, con risas y consuelo. Cuando me desperté, todavía notaba granos de arena entre los dedos de los pies, la materialización subliminal de unas vacaciones de verano que hicimos Lark y yo con nuestros padres y que ya solo recordamos gracias a las fotografías. Esa noche, lo que me despertó con un sobresalto no fue una tarea ni una alarma… Fue una sucesión de ruidos, de arcadas, de gruñidos guturales que estaban totalmente fuera de lugar junto a la brisa del océano y las risas.

La conmoción hizo que me incorporara y procurase escuchar con atención por encima del acelerado latido de mi corazón. No sabía por qué, pero los golpes sordos me habían ascendido por el pecho hasta el cuello y los oídos, sumándose a la confusión de una vacilante luz plateada que se colaba por la ventana y caía sobre nuestra litera. Las obras maestras que ese día había dibujado yo con lápices de colores y que había decorado con purpurina —calabazas de Halloween, espíritus malignos y un Frankenstein de retales— adornaban las paredes y ondeaban como fantasmas cautivos mientras la mosquitera traqueteaba detrás de las cortinas abiertas y dejaba que entrara un frío vendaval de octubre. Con cada ráfaga, el movimiento ascendente y descendente de los alambres de la mosquitera partía el destello de la luna hasta convertirlo en recuadros microscópicos que se desplazaban por las paredes.

Semanas más tarde, durante una dura sesión con un psiquiatra infantil, describí la luz ondeante como un efecto estroboscópico. También recordé que el reloj marcaba las 23:45 horas, solo quince minutos antes de que fuera el uno de noviembre, y que la mosquitera de la ventana se había desgarrado en una de las esquinas, que se enroscaba por el viento como una lengua áspera y alargada.

—Lark… —Recuerdo haber murmurado el nombre de mi hermana en la oscuridad—. ¿Has oído algo? —Fue la falta de respuesta la que me causó un hormigueo y provocó que regresaran hasta mí las imágenes de los monstruos disfrazados y las máscaras ensangrentadas que habíamos visto al salir a buscar caramelos. Junto a la escalera que se encontraba a los pies de la cama, unas sombras escalofriantes se congregaban alrededor del último proyecto de Lark, una muñeca deconstruida y partes de un reloj, apiladas en un escritorio en el rincón. Para evitarlas, me apoyé en la estructura de la cama y bajé por el lado del colchón. Apoyé los pies en la cama de Lark y le di un golpecito con el dedo gordo. La tenue luz volvió a titilar y motivó cierto malestar en una barriga que ya estaba llena de demasiados caramelos.

La fantosmia de brisa marina se marchitó y se transformó en un hedor espantoso a almizcle y a animal, agriado por un aroma húmedo a moho. Quizá fue entonces cuando vi la lengua de la mosquitera… o quizá fue más tarde. Sin embargo, en esos instantes mi constatación más imborrable fue la siguiente: no notaba la presencia real de mi hermana.

Sí, mi pie se apoyaba en su costado, encima de una barrera de costillas inalterables. Sí, tenía la piel fría por debajo del pijama, una copia idéntica del mío a excepción de la tela —la suya lucía un patrón de puntitos rosados, la mía era de rayas amarillas—. Lo que no notaba era su presencia en la habitación, a mi lado. Era algo que Lark y yo siempre habíamos compartido, un vínculo que ataba nuestros receptores sensoriales y nos volvía conscientes de las experiencias físicas y de las emociones de la otra a través de una aguda intuición.

En cambio, lo que sentí, lo que ella sentía, tan solo se podía describir como un desarraigo de la tierra, peste a marga, a minerales y a gravilla, que se adueñaba de una oscuridad tan estimulante como espantosa.

Salté al suelo para juntar mi meñique con el suyo. Con los dedos entrelazados, nuestros pensamientos se conectaban del todo. Éramos capaces de mandarnos mensajes, que iban desde «¿Estás bien?» hasta «Me he enfadado contigo», pasando por todo lo que quedaba entre esas dos frases, sin necesidad de hablar en voz alta. Dependía de la fuerza con que nos sujetásemos. Era un secreto que guardábamos, algo que nunca le habíamos contado a nadie. ¿Para qué? No lo iban a entender. O se reirían o pensarían que mentíamos.

Esa noche, en ese momento, le di un apretón como si Lark fuese mi salvavidas en un mar revuelto. Como no me lo devolvió, me acerqué y aparté con la rodilla el ejemplar abierto de El mercado de los duendes. Aunque mi hermana iba por nuestro párrafo favorito, mi atención estaba concentrada en ella, en cómo tenía la espalda rígida y arqueada, con las extremidades torcidas en ángulos que no eran naturales, como si fuese un árbol caído con las ramas partidas.

—¿Lark? —Con una mano temblorosa, le solté el meñique para apartarle mechones de pelo negro de la frente. Dejé atrás las cejas plateadas (una consecuencia de nuestro albinismo parcial, igual que las sorprendentes pecas blancas que nos salpicaban la nariz) y le acaricié las pestañas, cortas y apelotonadas y oscuras como las mías, aunque las suyas estaban inmóviles en una mirada vacía e imperturbable.

Repugnada, aparté el brazo y le rocé los labios con la punta de los dedos. El tono azulado podría ser culpa de las sombras, pero la fría ausencia que noté con la mano no…, ni tampoco la inexistencia de un aliento cálido. O de cualquier tipo de aliento. La luna estroboscópica avanzó por su rostro y mostraba huecos que yo nunca había visto, consumía sus párpados y sus cejas, vaciaba el espacio entre sus mejillas; eran grietas tan profundas que era como si su piel se hubiese encogido hasta ser un tirante recubrimiento grisáceo y me dejase acariciando una calavera sin forma y monstruosa. Sus brazos y piernas eran una versión hinchada y mustia de sí mismos. En su cuerpo todo estaba desproporcionado.

Me puse a chillar. Cuando mi tío Thatch irrumpió en la habitación para calmar mis gritos y sollozos, la luz de la luna había vuelto a moverse y Lark tenía el mismo aspecto que siempre, su rostro y su cuerpo clavados a los míos, a excepción de una tez cenicienta, ojos ansiosos y extremidades torcidas. Me liberé del reconfortante abrazo de mi tío y me desplomé en el suelo de madera, tan duro y frío como el hecho que empecé a asimilar y que me desgarraba las entrañas: Halloween se había llevado a mi hermana, igual que años antes se había llevado a nuestros padres.

Esta noche, revivir ese momento me cierra la garganta por la angustia, sumada por la sobrecarga sensorial que llevo todo el mes reprimiendo, la incapacidad de ir a cualquier sitio sin que me persigan y me acosen detalles espeluznantes. Ni siquiera el instituto es ya un lugar seguro, por culpa de las calabazas en miniatura sobre las mesas de los profesores, las decoraciones fantasmales y oscuras de las ventanas y las calaveras de papel que cuelgan de los techos. Me subo las sábanas hasta la barbilla mientras el frío de otoño continúa rodeándome los huesos, implacable.

Aquel libro de imágenes favorito que se encontraba a los pies de la cama de mi hermana —una valiosa primera edición de 1933 de El mercado de los duendes, de Christina Rossetti, llena de preciosas ilustraciones de un artista llamado Rackham— me mira fijamente desde el lugar que ocupa en mi mesita de noche, detrás del despertador. Es otro recordatorio de todo lo que he perdido, incluida a la madre que les dio el libro a sus hijas pequeñas antes de abandonarlas para siempre. Agarro el extremo de la sábana con el dedo meñique y entonces cierro los ojos y recito el último párrafo entre dientes:

Pues no hay amiga como una hermana

haga sol, lluvia o nevada;

para que te anime en el hastío,

te oriente en el desatino… 1

Me detengo antes de los dos últimos versos. Esas palabras, que tiempo atrás hicieron que Lark y yo nos sintiésemos invencibles juntas, ahora me rasgan el corazón como la zarpa de un monstruo. En el poema de El mercado de los duendes, la hermana más fuerte salva a la más débil. A pesar de que yo nací ocho minutos antes que ella, siempre supe que Lark era la más fuerte. No era una prueba infalible el hecho de que yo viviese y ella no, porque había sido demasiado débil como para ayudarla.

El forense determinó que la causa de su muerte fue una epilepsia no diagnosticada. Eso explicaba el estado de sus extremidades, como si hubiese sufrido convulsiones; los ruidos guturales y las arcadas que me habían despertado eran debidos al vómito que inhalaba mientras con los dedos se enganchaba a la mosquitera por encima de su cabeza, sumida en un estado de asfixia.

Después de saber cómo había muerto mi hermana, yo no podía entrar en fase REM… No podía dormir lo bastante profundo como para soñar. Los gemelos idénticos se forman cuando un óvulo fecundado se divide; Lark era la mitad de mí y yo, la mitad de ella. Más que nadie, yo debería haber percibido su forcejeo, debería haberla girado para abrirle las vías respiratorias. Como mínimo, debería haber recelado de la fecha que puso fin a la vida de nuestros padres, debería habernos obligado a las dos a permanecer despiertas hasta que la medianoche transportase el mes de noviembre a salvo junto a nuestras camas.

Mi tío Thatch intentó interrumpir mi ciclo de insomnio. Cuando por fin se dio cuenta de que los somníferos que nos recetaba el psiquiatra infantil no surtían efecto, optó por la valeriana. La primera noche en que me bebí el té, dormí largo y tendido, y mis sueños cobraron vida: de vivos colores, repletos de niebla tóxica y de puñales y de alas de metal y de dientes, todo ello detallado con la precisión sombría propia de la fantasía ciberpunk; mi vida real en la costa de Oregón —también sombría a su manera— palidecía en comparación.

A la mañana siguiente, mi tío Thatch no pudo ocultar la preocupada mueca que hizo con los labios al verme dibujar en una libreta cualquiera una representación de ese mundo de hadas industrial con más destreza de la que nunca había mostrado. El escenario reflejaba nuestra ciudad: un terreno, unas tiendas y unas calles parecidas, un océano infinito; aun así, estaba desprovisto de seres humanos y lo habitaban caballos con cascos de latón, pájaros con plumas cobrizas y seres con tentáculos como cadenas en lugar de los coches, los tranvías y los barcos. Un mundo paralelo con magia, electricidad y metal. Garabateé Mystiquiel en el margen superior porque lo había visto trazado con pintura en una señal encalada y abollada en los confines de mi sueño.

Con el ceño fruncido, mi tío había intentado darle una explicación al fenómeno.

—No te preocupes, Nix. La valeriana a veces activa el subconsciente. Supongo que el libro de imágenes que te dio tu madre tampoco es de gran ayuda. Lo guardaremos en el desván. Y cuando no necesites las hierbas para relajarte, dejarás de tener pesadillas.

Al cabo de unos pocos días, pude dormir sin tomarme el té, aunque los duendes y las hadas siguieron adornando mi subconsciente —unas criaturas espantosas, grotescas e inquietantemente elegantes que eran parte folclóricas y parte mecánicas—, a pesar de que mi tío Thatch había metido en una caja el libro de El mercado de los duendes. Estaba equivocado, y me alegré, puesto que las pesadillas me proporcionaban un refugio. Aunque Mystiquiel no conseguía hacerme olvidar la dolorosísima pérdida de mi otra mitad, era el único lugar donde Lark no había existido, con lo cual allí no había ningún agujero provocado por su ausencia. Por lo tanto, era el único lugar donde yo no era una traidora por haber sido la hermana que había sobrevivido.

Ahora, tres años más tarde, ya no voy a ver al psiquiatra, El mercado de los duendes ocupa mi mesita de noche y los primeros esbozos que había dibujado en papel borrador han evolucionado hasta ser una colección de novelas gráficas que hacen las veces de crónicas de las aventuras de los duendes y las hadas que veo todas las noches cuando me quedo dormida.

Ya he elaborado una docena de volúmenes, y por lo visto los sueños no tienen fin. Sin embargo, últimamente he perdido las ganas de dibujarlos. Hace meses que no termino ni una sola escena, pero he urdido un plan para sobresaltar a mi musa. Como se basa en resucitar a los muertos, deberé estar bien descansada.

Mi atención se dirige al montón de libretas que abarrotan las estanterías, y recurro a un truco que siempre me ayuda a dormir: contar duendes en lugar de ovejas. Los clips plateados que sirven para sujetar las hojas se transforman en espinas metálicas puntiagudas, en pieles cobrizas y escamosas, y en colas con anillos electrificados; todos los clips brillan ligeramente bajo la luz de la luna cuando sus puntas afiladas y sus curvas romas juguetean con las páginas, que ondean con suavidad. Lanzo una última mirada adormilada a la ventana abierta por donde entra el viento, bostezo y encuentro de nuevo el camino que va hacia los sueños.


1. Nota del traductor: Todos los fragmentos de El mercado de los duendes pertenecen a la traducción de Francisco López Serrano, publicada en 2004 por la editorial Pretextos.