Las heridas de la memoria.
Palacio de La Moneda
Francisca Márquez
Valentina Rozas
El relato fundacional del Palacio de La Moneda, tal como atestiguan los archivos históricos y patrimoniales del Consejo Nacional de Monumentos, contiene desde sus inicios la idea de una nación como fuerza simbólica que acompaña a la naciente República. Se trata de un ideario acompañado de discursos nacionalistas que levantan la idea de nación como una narrativa continua, homogénea y blanca. Como emblema de la República, el Palacio de La Moneda es desde sus orígenes un buen testimonio del siempre complejo ejercicio de narrar la nación como un todo indisoluble.
Sin embargo, el Palacio de La Moneda es construido para servir en sus inicios como Real Casa de Moneda por el arquitecto Joaquín Toesca (1752-1799) a fines del período colonial; fruto de la necesidad de la oligarquía criolla de contar con un lugar para acuñar monedas y de la voluntad del rey Carlos III de construir un edificio que representara “una imagen del Imperio español” (Guarda, 1997): un gran edificio blanco de quince metros de alto que emerja sobre los techos de una ciudad de adobe y de construcciones de baja altura (Baeza, 1981). Para Santiago de fines de siglo XVIII, la Casa de Moneda aparece majestuosa e imponente, hecha para prevalecer. Tras la Independencia y bajo la presidencia de Manuel Bulnes Prieto en 1845, el emblema de autorrepresentación de la corona es apropiado para la nueva República, transformándolo en la casa del Poder Ejecutivo y en la residencia presidencial.
Aunque las obras del palacio comienzan en el entorno de la Plaza Mayor o Plaza de Armas, el edificio fue trasladado a su ubicación actual, a una manzana de la Cañada del río Mapocho, que luego se convertiría en la Alameda de las Delicias. La consolidación de esta Alameda como la principal arteria de la ciudad terminó siendo tan poderosa que la fachada original, orientada hacia el norte, en 1929 es replicada hacia el sur. Esto explica la condición simétrica y ambigua entre ambas fachadas, que compiten en su función de cara principal del Palacio de La Moneda. A comienzos del siglo XX, el edificio emerge en el centro como una reliquia del tiempo pasado, pero a su vez como un centro desde donde se irradia, a través de formas sencillas y severas, el sentido de estabilidad y mando (Bianchini, 2012: 70).
Barrio Cívico y apertura soberana
La década del treinta marca un punto de inflexión en el Palacio de La Moneda. La idea de concentrar las dependencias del poder en el entorno de la Casa de Gobierno, para reordenar el Barrio Cívico, es parte de las transformaciones para celebrar el Centenario de la Nación y el impulso modernizador del Estado chileno (Bianchini, 2012: 75). El proyecto toma fuerza a partir de los viajes a Chile del asesor urbanista austríaco Karl Brunner (1929-1934). Este proyecto contempla el contorno edificatorio del Palacio y el rediseño de los espacios públicos adyacentes, creando una “plaza cívica” al norte, que reemplaza la denominada Plaza Portales, y una nueva plaza hacia el sur, demoliendo las construcciones que existían entre La Moneda y la Alameda. En 1942, al norte se inaugura la Plaza de la Constitución, reforzada por la estatua de Diego Portales, estadista de la Constitución de 1925, y al sur la Plaza de la Libertad, identificada por la estatua de Arturo Alessandri Palma, presidente en el mismo período. A fines del período de construcción del Barrio Cívico, el Palacio de La Moneda se declara Monumento Histórico Nacional, en dos decretos sucesivos de 1946 y 1951. La construcción de la nueva fachada hacia la Alameda permite abrir la circulación norte-sur entre los patios de La Moneda y así cruzar y ocupar el corazón de la manzana. La “apertura” de La Moneda fue transformada en un recurso simbólico para expresar la transparencia de la democracia y el acceso de las clases populares. Tanto el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) como el de Salvador Allende (1970-1973) hacen uso político de esta apertura, convocando a constituir la soberanía popular desde el interior del Palacio del Ejecutivo.
El bombardeo
El 11 de septiembre de 1973, La Moneda es bombardeada durante seis horas. Siete ataques aéreos consecutivos y dieciocho misiles de los Hawker Hunters ponen fin a la democracia chilena e instalan el golpe de Estado. El bombardeo deja solamente en pie los gruesos muros de ladrillo, pegados con cal y arena; a excepción del cuerpo sur ocupado por el Ministerio de Relaciones Exteriores, que tenía losas de concreto armado. La Moneda es dejada en ruinas y permanece deshabitada por casi una década, cercada por maderas que impiden el paso, pero que permiten su visión. Son las ruinas del sistema político que rigió hasta 1973 (Santana y Amoine, 2006: 4). El edificio permanece abandonado y la explanada que lo separa de la Alameda es usada de estacionamiento. Su derruida fachada se ofrece a quien la mire, como símbolo de la destrucción del gobierno de la Unidad Popular y el quiebre de la historia democrática. Se instala en el centro de la ciudad, a vista de quienes transitan cotidianamente por sus inmediaciones, el símbolo de la destrucción de la historia republicana. La Junta Militar inaugura su sede en el edificio de la Unctad III1, rebautizado como Diego Portales. En el relato de la dictadura, la destrucción de La Moneda simboliza la “salvación” de la nación. Desprovista de su histórico poder político, el palacio en ruina mira la Alameda simbolizando el momento fundacional del régimen del general Pinochet y la violencia del terrorismo de Estado. A partir de ese momento, se sucederán en el tiempo las operaciones de investidura de nuevos significados y relatos de la nación.
Borrar y deshistorizar
Los trabajos de restauración, a cargo del Ministerio de Obras Públicas (MOP), tardarán casi siete años (1974-1981) en terminarse. La pérdida y quema de los 250 planos originales del arquitecto Toesca llevan al dictador Augusto Pinochet a solicitar ayuda al gobierno español del general Franco, haciéndolo partícipe de esta etapa refundacional del Palacio y así “conferir a esta restauración un significado nacional” (CMN, 1974: 3). Los vínculos entre ambas dictaduras son estrechos, pero también actualizan los orígenes coloniales de dicho edificio. La propuesta de restauración que finalmente es seleccionada propone la restitución del pabellón que existió hasta 1940, en un ejercicio de recuperar la “forma original” de su diseño, devolviendo “su manera propia al edificio en su interior” (Baeza, 1981: 11).
El proyecto de restauración del Palacio La Moneda, inspirado en la Carta de Venecia (Carta Internacional para la Conservación y Restauración de Monumentos y Sitios, 1964), termina por relevar el origen colonial y el diseño de Toesca, borrando la sucesión de transformaciones físicas hasta el año 1973. Es la operación limpieza de los rastros de historia sobre la materia, con el objeto de terminar definitivamente con la Unidad Popular y los símbolos que pudieran recordarla. De manera simultánea a la cruzada que busca “restablecer el alma nacional” amenazada por el socialismo, surge la idea de restaurar hitos del patrimonio cultural que, para el régimen militar, simbolizan la reconstrucción de la patria que ha sido degradada (Errázuriz, 2009). La Moneda es uno de esos patrimonios que deben ser devueltos a su forma y vocación original.
Entre las tareas de “restauración” está la eliminación de los recintos testigos de la muerte de Salvador Allende y la puerta de Morandé 80 (Hite, 2003), por donde habría salido el cuerpo sin vida del Presidente. La puerta no era parte del diseño original de Toesca, sino que una modificación que se introdujo durante el siglo XX para permitir el uso cotidiano de los mandatarios. La valorización patrimonial de la dictadura elimina este vano por no ser parte del original. El ejercicio de olvido traspasa los muros del Palacio de La Moneda para invadir el Barrio Cívico y convertirlo en un barrio militar. La Llama de la Libertad y el Altar de la Patria, con los restos de Bernardo O’Higgins, observan al Palacio desde el otro lado de la Alameda, rematando así con la militarización del eje cívico.
En 1981 el Palacio de La Moneda es reinaugurado. La reconstrucción de La Moneda coincide con la “reconstrucción de la patria”, fomentada por el plebiscito de 1980 para la nueva constitución del gobierno militar. La transformación del general Augusto Pinochet, de jefe militar a gobernante civil o presidente, tiene su contraparte en el traslado de la sede del poder desde el edificio Diego Portales al Palacio de La Moneda.
Restaurar el poder simbólico
Algunos años después del término de la dictadura y vuelta a la democracia, en 1994, se emprenden nuevas tareas de restauración del Palacio de La Moneda. Entre 1998 y 1999 se presentan los antecedentes al Consejo de Monumentos Nacionales (CMN). Esta vez se recupera el carácter histórico de la materialidad, su emplazamiento y unidad urbana. Ese mismo año de 1999 un informe advierte de la “deplorable imagen” del edificio debido a la “humedad emergente” y la “necesidad que el edificio presente una mejor imagen al momento del traspaso de mando” (CMN, 12: 1999). Como argumento se señala que La Moneda “constituye un emblema nacional cuya imagen forma parte de la memoria colectiva de la población […] el estilo neoclásico […] perdura y prevalece. Su condición de único Palacio reconocido como sede del Gobierno de la República, le exige y otorga una perdurabilidad y una estabilidad en términos de imagen que pocos edificios tienen” (Ibid.). La exigencia de conservación, como bien lo advierten los archivos, resalta el carácter simbólico del Palacio en tanto emblema de una memoria colectiva y una “comunidad imaginada”; aunque los gobernantes enfrentarán serias dificultades para hacerse eco de las múltiples memorias que observan al Palacio con recelo y distancia.
Blanquear la memoria
El proyecto de fines de los años noventa contempla, fiel a las raíces históricas del Palacio, restaurar el frontis de la Plaza de la Constitución, además de las cuatro fachadas del edificio. En este proceso, el Palacio recupera su color blanco original, para lo cual el arquitecto Toesca había empleado cal. En este proceso de blanqueamiento también se descubren marcas de balas incrustadas en los muros. La huella traumática es objeto de una metamorfosis que la inviste de nuevos sentidos (Santander y Aimone, 2006). Los titulares de la prensa local anuncian el “nuevo look de La Moneda”, “la prueba de la blancura”, “¿De qué color sería La Moneda?”, “nueva cara exhibe Palacio de La Moneda”. El color albo lleva a algunos a comparar el Palacio de La Moneda con la Casa Blanca en Estados Unidos, criticándose a la cultura chilena por ser imitativa y absorber los valores estéticos de la norteamericana (El Mercurio, 26/2/2000).
Miguel Laborde, historiador, señala, “la nueva pintura me parece coherente con varios signos de la cultura chilena actual, que quiere romper con un pasado que no quiere integrar […] para partir de nuevo. Yo como historiador lo lamento […] pero como claridad la celebro porque hace falta luz en el centro. De todas formas, me parece que el revestimiento del Palacio era más lujoso” (CMN, carpeta 39.1: 1994-2007).
Las reacciones de la calle, según los archivos del Consejo de Monumentos, van desde la asociación del color blanco al capitalismo como a la pureza del nuevo gobierno. Un pensionado, señala “me parece una ironía que [el presidente] Lagos asuma su primer gobierno en esta casa porque él representa un sector contrario al capitalismo”; mientras que un empleado, señala: “Que Lagos gobierne en una casa blanca es como decir que vamos a recibir a un ángel, un santo”. Y una dueña de casa, “me parece bien porque el blanco significa muchas cosas, pureza, limpieza […], ojalá sirva” (CMN, carpeta 39.1: 1994-2007).
Abrir las puertas
Durante el gobierno socialista del presidente Ricardo Lagos (2000-2006) se da continuidad a estos gestos simbólicos con la reapertura del paso norte-sur por los patios del edificio; la apertura de la puerta de Morandé 80; la restauración del Salón Independencia, donde muere el presidente Allende; y la supresión del Altar de la Patria y la Llama de la Eterna Libertad, instalada por la dictadura en septiembre de 1977, frente al Palacio de La Moneda.
Solo dos días después que asumiera la presidencia de la República, Lagos dispone la reapertura de La Moneda a la ciudadanía. Se retoma, así, una tradición interrumpida en 1973. El año de su apertura, transitan por La Moneda 283.125 personas; la Casa de Gobierno vuelve a ser recorrida, observada y sentida como propia, reintegrando la escena del trauma a lo cotidiano.
Sin embargo, el gesto simbólico que mayor resonancia tiene en el ejercicio de restauración y recuperación del Palacio de Gobierno es la reapertura de la puerta de Morandé 80 en agosto del 2003 (CMN, carpeta 39.1: 1994-2007). La historia de este acceso se remite al gobierno de Manuel Montt (1906-1910), quien ordena la apertura de una puerta hacia la calle que desde entonces será la Puerta de los Presidentes. Por esta salen, décadas más tarde, los veintiún hombres que acompañan al presidente Allende el día del bombardeo y el cuerpo de él tras suicidarse. Luego de ese día la puerta fue clausurada y borrada de la forma arquitectónica del Palacio. El día que el presidente Lagos la reabre, escribe “reabrimos esta puerta para que vuelvan a entrar las brisas de libertad que han hecho grande a nuestra patria”. La tradición republicana es amarrada al trauma de 1973 (Santander y Aimone, 2006). El diario El Mercurio, a su vez, asocia esta señal con la reciente declaratoria patrimonial del Estadio Nacional, en tanto síntoma de una tendencia de politización del gesto patrimonial (Cuerpo C, 22.08.2003: 6).
Bombardeo de poemas
Tras casi dos décadas de dictadura y en una democracia que se construye en la medida de lo posible, el Palacio de La Moneda requiere de gestos simbólicos para sanar las profundas heridas de la memoria. Es en esta perspectiva que debe comprenderse el bombardeo de poemas sobre la Plaza de la Constitución, realizada por jóvenes poetas4 desde un helicóptero el 21 de marzo del 2001. En conmemoración del bombardeo a La Moneda, una muchedumbre se congrega para observar la lluvia de poemas. Desde el balcón sobre la entrada principal del Palacio, los poetas recitan: Gonzalo Rojas, Raúl Zurita, Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, Ledo Ivo, Alberto Blanco y Rita Dove. Se recita para “allanar Chile y bombardear con poesía La Moneda”, señala el presidente Ricardo Lagos (2001). Acción bélica que, transfigurada en acción poética o mitopraxis, se constituye en acto reparatorio del quiebre del sistema democrático. Acto de limpieza simbólica del Palacio de Gobierno, “como si para hacer estallar en pedazos el trauma de la herida, fuese preciso atacar los signos edificados. La palabra lanzada al aire, al cielo, recompone el tejido y los lugares del trauma social” (Mellado, 2007: 2). Si el palacio presidencial “había sido convertido por los militares en un sitio poblado de angustia; los poetas, al regarlo con poesía, lo convirtieron en un sitio reencontrado” (Jodorovsky, 2005).
Recuperar el Salón Blanco
El 11 de septiembre del 2008 la presidenta Michelle Bachelet (2006-2010) acompañada de las hijas de Salvador Allende y dando continuidad a los gestos simbólicos iniciados por el Gobierno del expresidente Ricardo Lagos, abre el Salón Blanco donde se encontraba el despacho presidencial del fallecido gobernante. Bachelet deposita claveles rojos frente a la placa recordatoria de Allende y señala: “Este espacio se transformará en un lugar de encuentro y de reflexión para los chilenos. En el futuro serán miles los escolares que seguramente visitarán y aprenderán aquí la lección histórica que nos dejó Allende y aquel puñado de hombres y mujeres leales y valientes que allí decidió resistir el embate artero de quienes no creían en la libertad” (La Tercera, 12.2008).
Estos actos simbólicos del presidente Lagos y la presidenta Bachelet invisten de sentido para hacer frente a las marcas traumáticas de la dictadura sobre el palacio de gobierno. La Moneda, signo que representa el dolor y el trauma del quiebre democrático, es intervenida mediante su apertura, el color blanco y el bombardeo de poemas. Se trata de gestos que remiten no solo al origen fundacional republicano5, sino también al ejercicio de sanación del trauma. El pasado cercano (dictatorial) y el pasado lejano (republicano) dialogan en esta producción de una materialidad resignificada (Santander y Aimone, 2006). La memoria herida busca, por caminos diversos, ser reparada. O, como diría Subercaseaux (2014), frente a la memoria vestida o trasvestida de las décadas de la dictadura, una memoria desnuda se anuncia en la indagación y expresividad catártica de nuevas posibilidades a esa verdad primera.
Monumento y conmemoración
Sabemos que la historia de la nación puede ser ordenada y transmitida por cada cultura de formas y modos diversos. Pero también la cultura y sus artefactos pueden ser reordenados y resignificados de múltiples formas por la historia. En estos términos, todo programa histórico construye y se vale de esquemas y artefactos de la cultura. Pero también estos artefactos culturales detonan prácticas sociales que resignifican creativamente dicha historia (Sahlins, 2008). En cada visita, paseo de domingo, en cada programa de restauración, en cada día del patrimonio, en cada grafiti y marcha conmemorativa o de protesta, la historia contenida en dicha monumentalidad se actualiza y se desnuda. Caminar por el espacio monumental, observarlo o detenerse a la sombra de sus muros es una forma de actualizar la historia contenida en esa materialidad (García Canclini, 1999).
Sabemos también –y así lo indica el análisis de los archivos de declaratorias patrimoniales– que la significación que los sujetos e instituciones otorgan a dicha monumentalidad no tiene por qué coincidir, pues cada uno puede reexaminar creativa e ideológicamente estas convenciones. Es una disputa siempre inacabada entre el relato histórico plasmado en la forma monumental y las prácticas que significan, moldean, reafirman o transforman dichas formas. En cada acto de ocupación y uso de los monumentos históricos, los individuos someten estas categorías culturales e históricas a riesgos empíricos, esto es, a la posibilidad de que a partir de las prácticas conmemorativas u otras se transformen sus significados histórica y públicamente instituidos (Sahlins, 1988). La mayor o menor perdurabilidad y vigencia del monumento en tanto símbolo y testimonio de un tiempo histórico, dependerá de su capacidad de reactualizarse a través de las prácticas de los actores. Pero, en este desencuentro entre el monumento y los ciudadanos, los signos podrán ser reclamados y contestados por los poderes originales de su creación. La limpieza y blanqueamiento de sus muros o la remodelación crean también una relación significativa con esa historicidad.
Y es que el monumento no solo contiene en sí temporalidades e historicidades diferentes. La fuerza del acontecimiento rememorado está en su posibilidad de ser interpretado y, por ende, apropiado. Allí reside su eficacia histórica y simbólica específica. Sin embargo, sabemos que dicha realización interpretativa es siempre situacional, coyuntural, según la acción interesada de los agentes históricos. La fachada blanca del Palacio de La Moneda, rodeado de vallas igualmente blancas, habla justamente de la transformación de dicha actualización interpretativa. Mientras la postal de fines del siglo XIX celebra la arquitectura de ese edificio y su “unidad estilística”, la foto de comienzos del siglo XXI muestra su fachada casi intocada, pura, idéntica a sí misma, como en el origen.
Mientras la violencia política del 73 marca la materialidad y su significado; los sucesivos ejercicios conmemorativos permiten un ejercicio de des-substancialización del quiebre, restándole al bombardeo (y al monumento) una suerte de materialidad simbólica per se. Como discurso performativo, producto y productor de identidades, rompe entonces la rigidez del relato histórico. La herida de la memoria permanece, sin embargo, profunda. A pesar de los actos reparatorios y de las conmemoraciones simbólicas, el Palacio permanece aún sumido en el quiebre provocado a su vocación original.
Vallas, marchas y conmemoraciones
Durante los largos años de dictadura, las protestas ciudadanas no fueron solo gestos de resistencia instrumental; ellos estaban también cargados de expresión simbólica. Tal vez por esa misma razón, en 1983 la Plaza de la Constitución ubicada frente a La Moneda es remodelada. Antes de eso, “había una placita en altura… y había banquitos donde la gente a mediodía iba, leía el diario. Había una escalinata que te llevaba a esa pequeña plaza”. Era en esos mismos escalones que los familiares de detenidos desaparecidos se manifestaban con las pequeñas fotos de sus seres queridos prendidas sobre sus ropas. Era la disputa por ganarle un espacio al emblema de la historia republicana, actualizando su herencia simbólica con su ocupación (Viviana Díaz, en: Bravo, 2017: 208).
Años más tarde, en el período de transición a la democracia, aun cuando se experimenta un proceso gradual de apertura cívica, política y cultural, las marcas de la dictadura en la memoria social permanecen. Parte del proceso de bombardeo, borradura y deshistorización del Palacio de La Moneda, siguen latentes. Es el legado de un pasado traumático que marca la historia de Chile y sus instituciones de gobierno.
El año 1994, el recién asumido intendente de la Región Metropolitana, Fernando Castillo Velasco, renuncia por no estar dispuesto a prohibir una marcha del Partido Comunista por la Alameda pasando frente a La Moneda, con motivo de la conmemoración del 11 de septiembre. El presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle acepta sin mayor demora esta renuncia. Marchar por la Alameda, apostarse frente al Palacio de Gobierno, es aún percibido con temor, posibilidad de caos y desorden.
El año 2008, durante el gobierno de la presidenta Bachelet, ANDHA Chile, Asociación Nacional de Deudores Hipotecarios, opta por la estrategia de escalar los edificios públicos y, en arriesgada maniobra, ser visibilizada en sus demandas. En su mayoría mujeres, las pobladoras escalan las rejas de las ventanas de La Moneda y se lanzan a las fuentes de agua de la Plaza de la Libertad, irrumpiendo de manera inédita en la blanca soledad del Palacio. Dado el resguardo policial de su perímetro, este es un hecho aislado. A veinticuatro años del inicio de la democracia, La Moneda permanece aún cercada en su blancura. Rodeado de vallas, el Palacio pareciera querer protegerse de la proximidad ciudadana.
A pesar de las más de treinta conmemoraciones y marchas que anualmente desfilan por el eje de la Alameda, actual Av. Bernardo O’Higgins, la mayor parte de ellas no es autorizada a marchar frente al Palacio. Así sucede con las marchas Por la libertad de los presos políticos mapuches de la Coordinadora Arauco Malleco; Por Venezuela y los pueblos, ¡Chávez no se va!; Marcha Cumbre de Todos los Pueblos; Marcha por el asesinato de Juan Pablo Jiménez; Conmemoración del día del joven combatiente; Movilización nacional por la educación; Marcha por la despenalización de la marihuana; Marcha nacional por la educación; Paro nacional CUT, entre muchas otras.
Sin embargo, para aquellas pocas marchas que sí logran ser autorizadas por el gobierno, estas se realizan solo por la vereda sur, la más lejana al frontis del Palacio: Marcha no al exterminio animal; Marcha nacional por la educación; Conmemoración día internacional de la mujer; Marcha del día del trabajador; Día del patrimonio; Paro nacional por la educación; Cicletada encapuchada y pacífica, entre otras. Y, aun siendo marchas autorizadas, La Moneda permanecerá cerrada y hermética tras sus vallas. Paradojalmente, tampoco la muchedumbre arriesga provocar la distancia; por el contrario, obediente y concentrada en su reclamo y en sus pancartas, se desplaza por las rutas que la policía celosamente resguarda, cuidando alejar a las multitudes del frontis del Palacio. A pesar de los innumerables actos reparatorios, la Casa de Gobierno permanece intocada, lejana.
Sabemos que la vigencia y legitimidad del monumento, en tanto símbolo y testimonio de ese tiempo histórico, depende de su capacidad de reactualizarse a través de las prácticas que lo celebran y conmemoran. Hay allí una compleja interacción entre el orden cultural instituido y los significados e idearios de los actores. En estos términos, cada marcha y conmemoración crea una relación significativa con esa historicidad monumental. De allí la importancia no solo del emplazamiento del monumento, sino también de la forma y las circunstancias contingentes que posibilitan esos actos performativos, irrupción que nos recuerda que el destino de todo monumento no es ser simplemente la proyección del orden existente. La fuerza del acontecimiento rememorado en cada uno está en su posibilidad de ser interpretado, apropiado y subvertido. Allí reside su eficacia histórica y simbólica específica. Si los rituales entran en juego en esta celebración de la monumentalidad histórica, no es porque el corpus testimonial carezca de “efectos de realidad”. Por el contrario, estos “efectos de realidad” son los que habilitan un consenso simbólico a partir del cual el disenso se torna posible. ¿Podrían los cuerpos desnudos de la comunidad homosexual, encontrar un edificio más emblemático para su despliegue que el Palacio de La Moneda, históricamente masculino en su representación de la República?
El Palacio intocable
A lo largo del período de transición a la democracia (1990-2010), el Palacio de La Moneda sufre una serie de intervenciones simbólicas en busca de “exorcizar” el trauma histórico que significó su bombardeo en 1973. La Moneda restaurada en su materialidad y en su narrativa, comienza entonces a ser visitada, recorrida, recuperada. Ella es abierta a recorridos patrimoniales cotidianos que destacan, por sobre todo, su carácter de sede del Poder Ejecutivo.
El Palacio, sin embargo, no es solo el símbolo del poder presidencial y republicano. Es también y principalmente un ícono, una imagen en llamas que todos han visto y conocen, aunque no se la nombre. La Moneda en llamas es parte de la memoria herida, de la verdad desnuda de Chile; es ícono reproducido en fotografías e imágenes que recorren el mundo y la sociedad.
Para los casi mil entrevistados en el centro histórico de Santiago, lugar fundacional que concentra una gran cantidad de servicios e instituciones públicas, la Casa de Gobierno es unánimemente reconocida como la casa del presidente o la sede del Poder Ejecutivo. Y aunque más de la mitad de los entrevistados dice conocer el edificio, ya sea por su fachada o su interior, y piensa que debe ser preservado por su alto valor histórico, nadie dice o se explaya mucho más al respecto. Nada de historia, nada de épica, nada sobre su forma, su estilo o su belleza. Solo la certeza de que allí está el poder, lejano e intocable: gran diferencia respecto a las respuestas que despiertan la Catedral o la Universidad de Chile, Monumentos Históricos Nacionales, donde los relatos se explayan y detienen con minuciosidad en la belleza de su forma arquitectónica, en el valor histórico y social, pero, sobre todo, en la importancia simbólica de su emplazamiento en el centro histórico de la ciudad. Interrogados quienes caminan por las amplias veredas de La Moneda, las breves respuestas siempre se asemejan: “es La Moneda, es obvio”; “allí trabaja el presidente”; “ahí vive el presidente”; “es La Moneda donde está Piñi [Piñera]; “es La Moneda y venden la pomá” [consuelo mentiroso] (risas); “es el Palacio donde se manda Chile” (entrevistas 2013-2014).
Cercada por vallas que la resguardan, los transeúntes perciben al Palacio distante e inalcanzable. A La Moneda, con su forma, blanca y difusa, emplazada en pleno eje cívico, nadie se acerca. Y aunque el relato apenas se la apropia, paradojalmente no hay manifestación ni conmemoración que no tenga al Palacio como escenografía; una escenografía contenida por vallas que resguardan e impiden que los cuerpos de las multitudes rompan y transgredan la perspectiva que otorga la lejanía del Palacio. Desde el punto de vista urbano, La Moneda sigue siendo una escena del trauma; su ubicación implica para los santiaguinos un permanente retorno al sitio del suceso y ser testigos (in)voluntarios de las huellas de esa herida (Santander y Amoine, 2006). Frente a esa escena, el olvido y/o el silencio son una necesidad, como recuerda Nietzsche; pero también una estrategia de la memoria que pasa esencialmente por la selección del recuerdo (Ricoeur, 1999).
Sin ignorar que la nación se vale de gestores simbólicos, entendidos como agentes responsables de cuidar la monumentalidad histórica, es evidente que el ejercicio de patrimonialización sirve también como instrumento de gobernabilidad y a menudo permite enmascarar cuestiones problemáticas que aquejan a la nación (González y Macías, 2014). De allí que, a pesar de la blancura de La Moneda, la memoria herida permanezca aún en esa muchedumbre que marcha pero no osa apropiársela, ni a través de gestos ni a través de relatos que permitan situarse de algún modo frente a la historia del quiebre de la historia republicana.
Sabemos que las naciones, así como el ejercicio ciudadano, son el producto de experiencias e imaginarios sociales, que dejan huellas, a veces traumáticas, en las memorias y las prácticas colectivas de sus habitantes. Convendría entonces preguntarse si este Palacio puede, por el solo hecho de haber sido tantas veces refaccionado y restaurado, dejar atrás las heridas del trauma. Las evidencias de su soledad y aislamiento por el gesto ciudadano siempre silencioso hacen pensar que el Palacio, como simple historia monumental, está destinado a no adquirir nunca la veracidad plena (Ranciére, 2010). Porque, como monumento, unifica y atenúa la heterogeneidad de los sentidos de esa historia para presentar como ejemplar su effectus monumental (Nietszche, 1987: 35). Es esta abstracción la que hace de la historia monumental una colección o serie de acontecimientos lejanos al sentir de las muchedumbres que indiferentes transitan por su entorno.
Lo que se celebra en el ejercicio patrimonializante que llena el frontis del Palacio de globos tricolores y multitudes de visitantes, es justamente esa serie de acontecimientos que invitan a la contemplación y celebración de la historia monumental. Cuando ello ocurre, nos advierte Nietszche, es la propia historia la que sufre perjuicios, porque enormes partes de ella se ven destinadas al olvido y al desprecio. En efecto, en este Palacio blanco y celosamente resguardado por sus autoridades, la historia se cuida como el objeto precioso del anticuario, resguardo que a su vez se replica en el gesto ciudadano que paradojalmente, insiste en marchar a prudente distancia del Palacio; sin reclamo, sin subversión, sin grito. Tal vez hasta que, de tanto cruzar ese frontis, el amarre entre la historia y la memoria herida estalle y encuentre un futuro posible.
Lo cierto es que la representación de la nación siempre se las tiene que ver con su imposible unidad. Superar el duelo y el trauma de la memoria no significa, de modo alguno, borrar las diferencias en esa representación de la historia y su monumentalidad. La idea de nación es ambivalente tanto por el lenguaje de aquellos que escriben y le dan forma en su materialidad como por quienes la viven, conmemoran y padecen. Es una ambivalencia que nace de las certezas de la historia para hablar de los “orígenes” de la nación y, por otra, de la temporalidad cultural de la nación inscrita en una realidad social siempre transitoria (Bhabha, 2010).
En este sentido, sabemos que el espacio y el tiempo de la nación moderna están encarnados en la narrativa de la materialidad monumental. Pero también sabemos que, en el ejercicio de instalación de la monumentalidad como verdad de la nación y su historia, el duelo a menudo es borrado y negado. En la construcción del discurso de la nación, y de su verdad histórica y monumental, hay más de una cara, hay más de una disputa y hay múltiples heridas y silencios que la subyacen. Porque la historia es, por definición, historia en construcción. De allí entonces la posibilidad de una conciencia nacional, entendida ya no como un asunto de fronteras rígidas entre los que están fuera y adentro del Palacio, sino como un “nosotros” que lo piensa, lo imagina y lo relata. El largo y doloroso itinerario de La Moneda nos recuerda que “en cada una de estas ficciones fundacionales, los orígenes de las tradiciones nacionales resultan ser tanto actos de adhesión y establecimiento como momentos de repudio, desplazamiento, exclusión e impugnación cultural” (Bhabha, 200: 16).
El monumento en tanto “ilusión de eternidad” y legitimización de una identidad y un pasado común (Nora, 2009; Prats, 1997), pareciera hoy agotarse para abrirse hacia la reinvención de ese espacio político como espacio público y de memoria ciudadana activa: un espacio cuyas plazas sean el lugar del poder, pero también del conflicto y de la resistencia, de las protestas y de las movilizaciones sociales. Y, sobre todo, un espacio de reescrituras múltiples de esa historia monumental, donde la conflictividad del espacio público no sea una situación específica, residual y lejana al Palacio, sino inherente a este espacio concebido para y por el ejercicio de las memorias ciudadanas. En un espacio fijado en su monumentalidad blanca y cercada, donde “se mira, pero no se toca” (Lacarrieu, 2000), no es posible trascender las fuerzas del antagonismo o la contradicción social. La historia pertenece a quien conserva y venera, pero también a quien reclama el lugar de donde viene
1 El 3 de abril de 1972 es inaugurado el edificio que funcionará como sede de la Tercera Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo (Unctad). Finalizada ésta, el edificio fue traspasado al ministerio de Educación, que lo rebautizó como Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral. Después del golpe militar, fue adaptado como sede del gobierno de la dictadura. El año 2010, el edificio recupera su nombre, y hoy es el Centro Cultural Gabriela Mistral, GAM.