El arte de la caligrafía

Xian Zhi era hijo del famoso calígrafo Yi Zhi. Cuando su padre trabajaba en el estudio, el pequeño solía contemplar cómo trazaba los ideogramas en el papel de arroz. Con los pinceles chorreando tinta, el artista plasmaba espíritu y personalidad en los papeles. Poco a poco, el hijo también adquirió el hábito de escribir. A los pocos meses progresó tanto que los amigos y vecinos empezaron a alabarlo sin cesar. El pequeño se sentía engreído creyéndose ya un buen calígrafo.

Cierto día escribió una docena de caracteres y se los mostró a su padre, esperando de él un generoso elogio. Después de examinarlo un momento, el famoso calígrafo, que se había dado cuenta de la vanidad de su hijo, no hizo ningún comentario. Cogió el pincel y agregó un pequeño trazo en un ideograma, convirtiéndolo en otro carácter distinto, y le dijo:

—Enséñaselo a tu madre, a ver qué dice.

El arte de la caligrafía.

El pequeño fue a buscar a su madre en espera de un juicio alentador.

—Mamá, ¡mira lo que he escrito! Se parece al estilo de mi padre, ¿a que sí?

Aunque la señora no era calígrafa, entendía la técnica de ese arte y solía emitir unas opiniones muy acertadas al respecto. Después de mirar durante un instante la obra de su hijo, le dijo:

—Has progresado, pero te falta mucho para conseguir el brío y la perfección de su caligrafía. En este carácter que has escrito, solo este trazo se parece mucho a su estilo, y lo demás no tiene nada que ver —señaló, poniendo el dedo justo en el trazo que acababa de agregar el calígrafo.

Avergonzado, el niño se dirigió a su padre y le preguntó:

—Después de tantos días de práctica, ¿por qué no he podido dominar aún el secreto de tu arte?

—Es muy sencillo, hijo, ¿ves las tinajas que hay en el patio? Cuando empecé a aprender la caligrafía, me dijeron que había que llenar de agua las dieciocho tinajas. Y el día que se agotara el agua haciendo tinta para los ejercicios, sería un buen calígrafo. Lo hice, por eso escribo mejor.

Sin decir una palabra más, el niño entendió perfectamente. Corrió hacia el patio y durante toda la mañana estuvo trabajando para llenar de agua aquellas enormes tinajas. Se puso a practicar día y noche.

Veinte años después, cuando agotó la última gota del agua, llegó a tal dominio de la caligrafía china que fue consagrado como el «Santo de los Pinceles».

La historia del padre comprado

Wang Hua era un pescador honrado y servicial. Estaba siempre dispuesto a ayudar a la gente necesitada. Un día, después de vender la pesca en el mercado, se encaminó a casa contemplando a un grupo de curiosos en la acera. En el centro del círculo había un viejo gritando en voz alta:

—Estoy a la venta. Me iré con el que me compre. Cómprame, hijo. Seré tu padre. Soy pobre ahora, pero te pagaré. Serás rico y noble.

Los curiosos se reían jocosamente. Algunos niños le tiraban piedras. El pescador se acercó y vio que el viejo estaba harapiento y sucio. Tenía una cara enjuta con los ojos hundidos. Posiblemente no habría comido en todo el día. Sintió compasión por el anciano. Sin vacilar ni un segundo, se dirigió al viejo con una reverencia:

—Padre, seré tu hijo. Ven conmigo a casa.

El padre adoptivo lo examinó durante unos segundos y, sin decir nada, lo siguió, mientras que los curiosos comentaban este peculiar trato con todo tipo de interpretaciones.

Al llegar a casa, el pescador sentó al anciano en el sillón y lo presentó a su mujer y a los niños. Toda la familia lo recibió con cordialidad. La nuera trajo enseguida una palangana llena de agua caliente y una muda de ropa. El mismo pescador lo peinó y le sirvió el té. Los niños lo miraban con ojos sorprendidos, preguntándole mil cosas. Pero el viejo no hizo mención alguna de su vida. Después de la cena, se acostó y concilió el sueño inmediatamente.

Al día siguiente, el pescador regresó a casa con el mejor pescado del día. Aunque la vida de esa gente era bastante austera, eran muy generosos con el viejo desconocido, convertido repentinamente en padre, suegro y abuelo.

Transcurrieron varios meses sin que la bondadosa familia hubiera mostrado ni un ápice de mezquindad. Más bien lo rodearon de cariño. El viejo no les reveló nada de su vida, pero un día entregó a su hijo un lienzo de seda lleno de caracteres:

—Llevo varios meses en tu casa. Estoy conmovido por la hospitalidad con la que me habéis tratado. Pero la gente honesta, generosa y compasiva como sois voso-tros debe ser recompensada en la forma más digna. ¿Te acuerdas de lo que dije cuando me encontraste en la calle? Pues no era broma lo que pregonaba. Hoy me voy a marchar. Os voy a dejar este lienzo. Venid a buscarme cuando podáis. Os haré ricos y nobles. La dirección está escrita en la seda.

Una vez dicho esto, el viejo se fue. Como no sabían leer, fueron a buscar al profesor de la escuela, que les dijo que el lienzo fue escrito y firmado por el hermano del Emperador, que había salido del palacio para conocer a la gente.

Confundidos por la sorpresa, con las manos temblando, el matrimonio guardó el lienzo con la ilustre firma y volvió emocionado. Habían creído que era un pobre desamparado, pero resultó ser nada menos que un «Mil Años» (así se les llamaba popularmente a los parientes del Emperador).

Al día siguiente partieron a la búsqueda de su padre adoptivo. Cuando llegaron al palacio imperial, el viejo salió con los brazos abiertos riendo amablemente. Su hijo y su nuera, así como los nietos, aturdidos por el lujo y la majestuosidad del palacio, no podían reconocer a su padre adoptivo, ahora vestido con hábitos de seda bordada con hilos de oro y plata. Se pusieron de rodillas. El hermano del Emperador los llevó a comer y los alojó en su confortable residencia. Al cabo de unos días, la familia del pescador se despidió de su padre adoptivo, quien les obsequió con una hacienda, una casa muy amplia y varias docenas de caballos. Además, les concedió un título nobiliario.

Es muy raro que un acto de generosidad desinteresado pueda cambiar nuestra vida de forma radical. Pero sucedió por lo menos una vez en la historia de China.

La prueba

Eran grandes amigos desde la infancia. Uno de ellos era mandarín y se le había ofrecido un destacado cargo oficial. Un poco preocupado por la responsabilidad que tendría que asumir en breve, el mandarín se reunió con su amigo de la infancia y lo puso al corriente de la situación. El amigo dijo:

—Lo que te recomiendo es que siempre seas paciente. Es muy importante. No lo olvides, ejercítate sin descanso en la paciencia.

—Sí, seré paciente. No dejaré de ejercitarme en la paciencia —aseguró el mandarín.

Los dos amigos empezaron a deleitar un sabroso té. El amigo que había venido a ver al mandarín, dijo:

—Sé siempre paciente. No dejes de ser paciente, suceda lo que suceda.

El mandarín asintió con la cabeza.

Unos minutos después, el amigo dijo:

—No lo olvides: adiéstrate en la paciencia.

—Lo haré, lo haré —repuso el mandarín.

Cuando iban a despedirse, el amigo añadió:

—No lo olvides, tienes que ser paciente.

Entonces el mandarín, soliviantado, exclamó:

—¡Me tomas por un estúpido! Ya lo has dicho varias veces. Deja de una vez de advertirme sobre lo mismo.

Y el amigo manifestó:

—Estás lleno de ira. Me gusta cómo te ejercitas en la paciencia.

El mandarín se sintió ridiculizado, pero agradecido.

—Es muy difícil ser paciente —dijo el amigo, abrazándolo con todo cariño.

Pero el mandarín no olvidó jamás la lección de
su
amigo de la infancia. Desempeñó perfectamente su cargo, la paciencia le permitió desarrollar ecuanimidad, y la ecuanimidad, sabiduría, y la sabiduría, amor.

El zorro astuto y el tigre

Un tigre hambriento consiguió atrapar un zorro y se dispuso a devorarlo. Disimulando su terror y sacando fuerzas de flaqueza, el zorro, en su intento por sobrevivir, dijo:

—¡Un momento! ¡Detente! Te aseguro que yo soy el rey de los animales del bosque. Tal es el mandato del Dios Celestial que nadie puede desobedecer. A pesar de tu mucha fuerza, no podrás hacerme ningún daño, pues, si lo intentaras, serías severamente castigado por el Cielo.

—¡Vaya! —exclamó sorprendido el tigre—. Jamás había oído cosa semejante. ¿Cómo puedes demostrarme que efectivamente eres el rey de los animales del bosque por decreto del Dios Celestial?

—Nada es más fácil que eso —declaró el zorro, aparentando seguridad y arrogancia—. Ahora vamos a dar un paseo por el bosque. Tú, sígueme a corta distancia y observa cómo todos los animales huyen de mí.

Componiendo la figura y pisando con firmeza, el zorro comenzó a caminar airosamente, seguido a corta distancia por el tigre. El felino se quedó totalmente perplejo cuando comprobó que los animales salían corriendo al paso del zorro, sin percatarse de que era del feroz tigre y no del inofensivo zorro del que huían.

Tres visitas a la barraca

Liu Bei era un caudillo militar del suroeste de China y tenía un ejército bien armado y muy disciplinado. Sin embargo, le faltaba un consejero con previsiones estratégicas que dominara el arte de la guerra. Andaba en su busca desde hacía bastante tiempo, sin resultados positivos. Estaba muy preocupado, ya que lo necesitaba realmente para conseguir nuevos triunfos militares. Por eso se emocionó sobremanera cuando se enteró de la existencia de un hombre muy inteligente, que se había retirado a una cabaña de la montaña como ermitaño.

Al día siguiente, acompañado de dos generales, salió para visitarlo. Cabalgaron durante toda la mañana para encontrar el sitio donde vivía el ermitaño. Era un lugar tranquilo, en la profundidad de la montaña, escondido entre tupidos árboles, por donde serpenteaba un riachuelo de aguas transparentes. Se apearon de los caballos y llamaron a la puerta de la cerca. Salió un criado joven que les informó que el señor había salido de mañana, sin dejarle dicho adónde se dirigía ni cuándo volvería.

Desanimado, Liu dejó un mensaje para el ermitaño, pidiéndole que fuera a la capital a verlo por un asunto de primordial importancia. Esperó varias semanas, sin que se presentara el esperado hombre. Con la idea de encontrarlo esta vez, salió de nuevo con la comitiva. A medio camino, empezó a nevar y a hacer mucho frío. Los dos generales trataron de disuadirlo del intento de encontrar a aquel hombre que le rehuía. Pero Liu insistió en que debía encontrarlo a toda costa.

Cuando por fin llegaron a la cabaña, ahora cubierta de nieve, se encontraron con el hermano del ermitaño, quien, para su gran desilusión, les dijo que el hombre había salido otra vez de excursión, probablemente para buscar a unos amigos ermitaños o a pasear por barco en las aguas verdes del sur. No tuvieron más remedio que volver otra vez a la capital, esperando que el ermitaño les fuera a visitar.

El ansiado ermitaño se hizo esperar todo el invierno. Cuando llegó la primavera, el caudillo decidió buscar otra vez al hombre de la cabaña. Antes de salir, pasó tres días de ayuno para purificar su mente. El día del viaje madrugó para bañarse y rezar por la buena suerte. Los dos generales, impulsivos y coléricos, manifestaron su disgusto:

—Para qué tanta devoción por traer a ese desgraciado. Déjenos ir a nosotros y lo traeremos atado con una cuerda.

El caudillo Liu reprimió su violencia y les ordenó la máxima discreción.

Cuando se aproximaban a la barraca, Liu y su comitiva se apearon a una distancia prudencial para acercarse a pie. Esta vez tuvieron la buena nueva de que el ermitaño no había salido. Sin embargo, estaba durmiendo la siesta. El caudillo ordenó que los generales esperaran fuera de la tapia, y él mismo entró sin hacer ningún ruido. Esperó largo rato, impidiendo que el criado despertara a su amo. Uno de los dos guerreros se impacientó de la eterna espera, gritando:

—¡Déjeme entrar e incendiar la cabaña a ver si despierta de una maldita vez!

La severa mirada del caudillo volvió a controlar la impulsividad del general, justo en el instante en que se oyó que bostezaba el durmiente en el interior. El criado quería entrar para informarle de la visita, pero Liu se lo impidió nuevamente. Esperaron otro largo rato, hasta que el ermitaño se desperezó de su larga siesta.

Al enterarse de la importante visita, conmovido y avergonzado, el ermitaño fue a cambiarse y volvió a salir para darles la bienvenida.

Esa misma tarde, el ermitaño salió de su cabaña para servirle al caudillo Liu de consejero. Durante largos años de guerra deslumbró a todo el mundo con su aguda inteligencia, su despierta lucidez y su comprobada lealtad. A pesar de las penalidades y la larga espera, el caudillo consiguió poner a su disposición al estratega más brillante de la época. Le ayudó a convertir su reino en una de las tres potencias de su tiempo.

El príncipe bobo que se engañaba

En la China antigua se contaba el caso de un príncipe que era extraordinariamente aficionado al arte de la arquería. La verdad es que, como era de débil complexión, tenía que servirse de un arco de peso ligero y que, por tanto, no tenía capacidad para lanzar las flechas a distancias muy largas. Sin embargo, el príncipe estaba muy satisfecho con su arco y la potencia que con el mismo podía desarrollar. Aunque el arco era fácilmente sostenible, los consejeros lo cogían y simulaban que pesaba tanto que solo los «fornidos» brazos del príncipe podían sostenerlo y tensarlo.

Cada vez que el príncipe disparaba con el arco, le decían:

—¡Fabuloso! ¡Qué destreza, qué potencia! Y nosotros ni siquiera podemos sostener tan pesado arco.

El príncipe no cabía en sí de satisfacción. Estaba convencido de que solo él podía sostener el arco, y que mediante su fortaleza y habilidad lograba proyectar la flecha a considerable distancia. Y en ese engaño vivió durante años... Pero un día recibió una invitación para participar en un torneo de tiro con arco que llevarían a cabo los príncipes de varios reinos. Los consejeros hicieron todo lo posible para conseguir que el príncipe desistiera de acudir a la competición. Pero el arrogante príncipe aseguró que iría y asombraría a todos con su inigualable destreza.

Llegó el día de la competición. El príncipe estaba realmente exultante. La diana había sido situada a una buena distancia. Todos lo príncipes, con mejor o peor puntería, lograron que sus flechas llegaran hasta el área de la diana. Llegó el momento crucial para el príncipe bobo. Se pavoneaba descaradamente manejando con soltura su muy «pesado» arco. Tensó el arco, disparó, y la flecha no alcanzó más que medio recorrido. Avergonzado y a la vez irritado, lo intentó de nuevo y nuevamente la flecha solo alcanzó medio recorrido, ante las risas y burlas de los presentes.

La adquisición de la generosidad

El señor Meng Chang heredó de su padre el cargo de ministro y varios miles de funcionarios a su servicio. El rico patrimonio que le dejó el difunto noble incluía también un feudo extenso de decenas de miles de hectáreas. Los habitantes en estos lugares cultivaban sus tierras en arriendo y tenían que pagarle atributos anuales.

Cierto año, cuando llegó el tiempo de recaudar las contribuciones, Meng preguntó a los funcionarios si alguien podía ayudarle en ese difícil trabajo. Se ofreció un voluntario llamado Feng Huan, a quien le encargó dicha tarea.

Al día siguiente Feng montó en el carruaje que le había preparado el ministro, y antes de partir preguntó a su amo:

—Cuando termine de recaudar el dinero, ¿quiere su excelencia que le compre algo?

Al ministro no se le ocurrió nada en ese momento, pero le dijo:

—Si ves que hay algo que falte en esta casa, cómpralo sin más.

—Sí, mi señor —contestó, arrancando el carruaje el encargado de la recaudación.

Al llegar a los feudos, Feng recaudó más de cien mil monedas como pago de los tributos. Pero había un buen número de arrendatarios pobres que no podían pagar la deuda. La mala cosecha durante varios años consecutivos los había empobrecido, llevándolos casi al borde de la indigencia. Era imprescindible hacer algo para sacar a esa gente de la miseria. Consciente de eso, el encargado de la recaudación convocó a todos los arrendatarios en la plaza del pueblo, pidiéndoles que trajeran los títulos de la deuda.

Acudieron todos los convocados sin saber qué les iba a pasar, agobiados por su pésima situación económica. Estaban decididos a morir antes de ser despojados de sus últimos recursos. Cuando empezó a hablar el enviado del propietario, tenían la sensación de que iban a enfrentarse a una gran tragedia.

—En nombre de Su Excelencia el ministro Meng, les pido que saquen sus títulos y comprueben conmigo las cantidades que deben a mi señor.

Los arrendatarios estaban tristes y preocupados por lo que les pudiera pasar. Sin embargo, cuando terminaron de comprobar sus obligaciones y esperaban que les anunciara una medida drástica de coacción, se sorprendieron enormemente con lo que oyeron:

—En vista de las dificultades reales que os acosan, el señor ministro ha decidido eximiros del pago de todas vuestras deudas, como manifestación de su gran generosidad y del cariño que siente por todos vosotros. Ahora, ante la presencia de todos, voy a quemar los títulos de deuda para liberaros del pago de ellas.

Al principio nadie podía creer sus palabras. Anonadados, no comprendían lo que significaba tal decisión. Pero al instante, cuando vieron que se levantaba una llama azulada del montón de documentos que les habían sometido durante muchos años al martirio económico, reaccionaron con grandes y emotivas exclamaciones entre lágrimas y reverencias.

Feng volvió contento a la residencia del ministro, quien se sorprendió de la brevedad de su viaje:

—¿Tan pronto has podido terminar la recaudación? Cuéntame, ¿qué tal te ha ido?

—Muy bien, señor. Además, le he adquirido algo que no tenía en casa.

El ministro se mostró muy interesado y le preguntó:

—¿Dime qué has comprado?

Huan le explicó:

—Como su noble familia es muy rica en joyas, caballos y bellas mujeres, no se me ocurrió comprarle nada de eso. Sin embargo, pensé que había algo que indudablemente faltaba en su familia desde tiempos atrás, que es la generosidad. Eso es lo que escaseaba en sus ricas posesiones. Por lo tanto, pensé que si pudiera gastar algún dinero para adquirir esa gran virtud, su noble familia se vería enriquecida de forma inimaginable.

Feng le explicó detalladamente lo ocurrido. Cuando terminó, notó que la cara de su amo se había congestionado por el disgusto, la desesperación y una inexplicable amargura. Abandonó rápidamente la casa, mientras el ministro le decía con una voz seca:

—¡Vete, inmediatamente! Menudo favor me has hecho. Quítate de mi vista antes de que me arrepienta.

Al año siguiente, por una intriga de palacio, el ministro perdió el cargo y fue desterrado. Abandonó la capital lleno de tristeza. Se encaminó hacia su feudo, frustrado y abatido por la desgracia. Se sentía solo y abandonado. Todos los amigos se alejaron de él y su carrera política se apagó irremediablemente.

Cuando se aproximaba hacia sus tierras, notó que salían las gentes a recibirle con los brazos abiertos, haciendo reverencia, en señal de respeto y admiración. Experimentó algo inusual en su triste corazón. Al principio, se quedó totalmente desconcertado. Pero, de repente, recordó lo que hizo el recaudador de deudas el año anterior. Sus ojos se inundaron de lágrimas y dijo:

—Ahora comprendo lo útil de lo que hizo al comprar la generosidad que faltaba en mi casa.

Las bodas con el río

El nuevo gobernador quedó sorprendido por lo desolado que era el distrito. No se había imaginado nunca que le esperaba un panorama tan desalentador: casas humildes ocupadas por gente pobre y deprimida, campos mal cultivados, casi abandonados. A los pocos días de haber llegado a su nuevo puesto de trabajo se enteró de las frecuentes inundaciones y sequías que azotaban la región y de los despiadados abusos que sufrían los campesinos. Para colmo, la superstición se convirtió en un medio eficaz de saqueo sistemático: casaban todos los años a una hermosa doncella con el río, hundiéndola en sus profundas aguas.

El río Zhang atraviesa ese distrito en un recorrido caudaloso zigzagueante. Cada verano, en la temporada de la lluvia, las fuertes crecidas destruían los diques e inundaban los pueblos de las orillas. En los años de la sequía, los terratenientes, asociados con las brujas, difundieron la creencia de que el río necesitaba casarse con una nueva doncella todos los años para calmar su mal temperamento. Por lo tanto, cada primavera seleccionaban a la «dama del río» entre las muchachas pobres para casarlas con el río. Hacían ceremonias rituales para tan singular boda, subiendo a la desdichada en una barcaza frágil que se deshacía a los pocos kilómetros de navegación por las tormentosas aguas del río asesino. Obligaban a todas las familias a pagar por las «bodas del río». Los terratenientes y las brujas se enriquecían con el dinero recaudado, mientras que familias enteras de campesinos pobres emigraban a otros pueblos para salvar la vida de sus hijas, o simplemente buscando un sitio menos inhóspito.

Las bodas con el río.

El nuevo gobernador tomó la decisión de erradicar este criminal rito supersticioso. Coincidía que era primavera y ya habían hecho todos los preparativos para un nuevo casamiento. El gobernador hizo público que haría acto de presencia en la ceremonia nupcial para pedir buen comportamiento del río.

Llegó el día señalado para las bodas del río. Una doncella, hermosamente ataviada, fue embarcada entre sollozos y forcejeo en la barcaza de sacrificio. Pero antes de que cortaran la cuerda de anclaje, ordenó el gobernador que quería ver a la novia del río. Después de examinarla con una mirada escrutadora, sentenció en voz alta:

—Esta chica no es muy guapa. Para contentar al río tenemos que elegir a la más hermosa. Pero hoy no nos da tiempo para dar con ella. ¿Por qué no enviamos a la maestra de brujería para avisar al río que espere dos días, y volveremos a hacer las bodas con una mujer más bella?

Dicho esto, ordenó a los guardias traer a la bruja y tirarla al río.

Poco después, viendo que la vieja no regresaba, comentó:

—Ella ya es muy mayor, está muy pesada; por tanto, que vayan su primera y segunda discípulas para ver qué tal va la negociación.

Dos brujas jóvenes fueron lanzadas a las aguas.

Había un silencio de muerte. Los curiosos se quedaron con la boca abierta. La sorpresa les contuvo incluso la respiración. El gobernador escuchó un buen rato y, al ver que no volvían con la respuesta deseada, dio una nueva orden:

—Es difícil vencer la terquedad del río solo con mujeres. Hay que enviar a algunos hombres para ayudarlas en la tarea.

Dos terratenientes promotores de las bodas supersticiosas fueron arrojados al agua entre grandes exclamaciones de miedo y de ruegos de indulgencia. Poco a poco, la gente salía del asombro y empezaba a aplaudir y dar voces de júbilo con cada arrojamiento. Por primera vez en tantos años, la tragedia de la ceremonia se convirtió en un acto de justicia lleno de comicidad.

Cuando el gobernador, impaciente por tanta espera, se volvió a los terratenientes jóvenes, estos se pusieron de rodillas, pálidos de terror, golpeando sin cesar el suelo con la cabeza en súplica de clemencia.

—Durante años —dijo el gobernador con indignación—, vosotros habéis estado engañando al pueblo con la mentira del casamiento del río. Ahora os dejo elegir: tiraros al río o devolver lo que habéis robado.

—Devolveremos todo, todo, con tal de no tirarnos al río —dijeron al unísono los aterrados terratenientes.

A partir de ese año, nunca se volvió a celebrar ninguna boda de esta índole. En cambio, el gobernador dirigió personalmente los trabajos de fortalecimiento de los diques y la canalización de las aguas, lo que no solo amplió la superficie de riego, sino que también evitó las inundaciones. Empezó a prosperar ese distrito y el río no tuvo ninguna doncella más.

El hombre rico y el hombre pobre

Era un hombre extraordinariamente rico, acostumbrado a ser halagado por todos. No es de extrañar que se hubiera habituado a que todas las personas estuvieran prontas a deshacerse en elogios y atenciones. Pero había un hombre pobre que se había resistido siempre a cualquier halago, motivo por el que el hombre rico lo citó y lo tentó de la siguiente manera:

—Si te regalase el veinte por ciento de mi fortuna, ¿me adularías?

—Sería un reparto demasiado desigual para hacerse merecedor de mis halagos —repuso el hombre pobre.

—¿Pero y si te diera la mitad de mi fortuna?

—En ese caso estaríamos en igualdad de condiciones y no habría ningún motivo para adularlo.

El hombre rico no se dio por vencido y agregó:

—Pero ¿y si te regalase toda mi fortuna?

—Si yo fuera el dueño de tal fortuna, ¿por qué iba a adularlo?

Un hombre solo evitó una invasión

En la historia de China la interceptación más eficiente contra una posible invasión enemiga no fue realizada por un ejército bien armado, sino por un comerciante de ganado. Esto ocurrió en la Era de Primavera y Otoño, cuando numerosos reinos se enfrentaban en interminables guerras de expansión y de defensa.

Una vez el reino Qin, uno de los más poderosos de la época, envió un ejército bien armado de cien mil soldados para atacar el reino Zheng. Se trataba de una operación militar sumamente secreta, por lo que cuando las tropas invasoras estaban ya cerca de la frontera con Zheng, este aún no se había enterado del inminente peligro. Tanto el monarca como sus ciudadanos vivían con la más absoluta tranquilidad.

Un día un comerciante de ganado llamado Xian Gao cruzó la frontera y se dirigió al mercado de ganado en una ciudad importante del reino vecino. Llevaba dos docenas de bueyes para venderlos en la feria. En el camino se enteró de los movimientos del ejército invasor. Se quedó muy preocupado pensando:

—Acaba de fallecer nuestro rey y el nuevo monarca es todavía muy joven. Después de los días de luto nacional, el país no está militarmente preparado para resistir una invasión de tan poderoso ejército. ¡Qué desgracia! Nos van a invadir y nadie sabe nada.

Hay que hacer algo. Sí, hay que interceptar al ejército invasor.

Envió a un paisano suyo a informar urgentemente a la corte del peligro inminente de guerra. Luego, se disfrazó de enviado especial del rey Zheng. Alquiló un lujoso transporte y fue al encuentro del ejército invasor llevando veinte bueyes de regalo. Cuando los soldados de la vanguardia se enteraron de que se trataba del enviado especial del rey de Zheng, lo llevaron a ver al mariscal Men. Este, sorprendido por la inesperada visita del cortesano, le dijo con soberbia:

—Nuestro ejército, en su expedición hacia el este, se ve obligado a pasar por el territorio de su reino. Se trata de un tránsito nada más. Tenéis que permitírnoslo.

El inteligente comerciante se mantuvo sereno y mostró una amable sonrisa mientras contestó:

—Yo he venido justamente para darles la bienvenida. Nuestro rey me ha enviado para comunicarles que ya lo hemos preparado todo para asistir a su ejército en lo que necesite. Pueden permanecer allí cuantos días sean necesarios. El día de su marcha serán acompañados por nuestro ejército hasta la frontera. Les he traído veinte bueyes para agasajarlos. Más adelante les harán una recepción oficial.

El comandante general del ejército de Qin se desanimó sensiblemente al oír las palabras del supuestos representante del reino Zheng y, para sorpresa de todos, dijo:

—Transmita a su rey mi agradecimiento por su buena voluntad. Pero he decidido cancelar la operación y no pasar por su territorio.

Después de que se retirara el enviado especial, los generales preguntaron al mariscal por qué había cambiado de idea.

—¿No veis que ya se han enterado de nuestra intención? El propósito de esta expedición era derrotarlos con un ataque relámpago. Pero ahora ya están preparados. Es difícil ganarles con cien mil hombres mal asistidos logísticamente. No voy a entrar en una batalla de la que no tengo plena seguridad de ganar.

Dicho esto, ordenó la retirada del ejército y anuló el plan de conquista.

La guerra de la ostra y la grulla

Un día espléndido una ostra se tendió en la arena a tomar el sol, abrió su concha para que los agradables rayos del sol calentaran sus tiernas entrañas. Disfrutaba satisfecha del placentero momento, cuando una grulla pasó a su lado y metió su largo pico para comer la exquisita carne. El impacto del dolor hizo a la ostra cerrar convulsivamente su concha, antes de que la grulla pudiera retirar el pico, quedándose firmemente atrapada.

Estaban en una postura incómoda para las dos. La ostra no podía cerrar sus conchas de protección y la grulla no podía retirar su largo pico. Pero la grulla no quería soltar la presa y la ostra tampoco quería librar al agresor. Empezaron a discutir dispuestas a no ceder ni un ápice:

—Si no me sueltas, te vas a morir deshidratada —maldecía la grulla.

—Tú también te morirás de hambre en dos días —contestaba la ostra con el mismo tono de enemistad.

Tan frenética discusión se prolongó toda la mañana. Al mediodía aún continuaban la contienda sin cesar. Al parecer, no iban a ponerse de acuerdo nunca.

En eso pasó un pescador, las vio y se rio a carcajadas. Las dos se convirtieron en presa del afortunado pescador. Ya en la cocina, las dos seguían forcejeando sin ceder un ápice.

De igual y necio modo procedemos los seres humanos, creando inútiles fricciones hasta que la muerte nos toma.

Los bonzos

En la sagrada montaña de Omei había instalados un gran número de monasterios, tanto de grandes como de pequeñas dimensiones. Pero no solo sus dimensiones eran distintas, sino también la fortuna de sus bonzos. Los bonzos de los monasterios pequeños eran pobres, en tanto que los de los monasterios grandes eran ricos.

Cierto día, un bonzo pobre acudió a despedirse de algunos bonzos conocidos de uno de los monasterios grandes, ya que había decidido emprender una larga peregrinación que le llevaría varios meses y no pocas dificultades, pues debía atravesar elevadas montañas y caudalosos ríos.

Un bonzo rico que oyó el proyecto se interesó mucho por el mismo, y rogó al bonzo pobre que le pusiera al corriente del mismo con detalle. Tras escuchar el programa de la peregrinación con mucha atención, el bonzo rico preguntó al pobre:

—Para un viaje tan largo y complicado, ¿qué va a llevar usted?

El bonzo pobre contestó:

—Lo que siempre poseo y llevo. Es muy simple. Me haré acompañar de mi escudilla para los alimentos y mi jarrito para el agua. Cuando tenga sed, tomaré agua con el jarrito de los arroyos, y cuando tenga hambre, mendigaré con mi escudilla.

El bonzo rico explicó entonces:

—Desde hace tiempo quiero llevar a cabo esta peregrinación. Llevo muchos años queriendo emprenderla, pero nunca termino de prepararme del todo, pues siempre noto que me falta algo que llevarme. Esta peregrinación es larga y complicada y no se puede tomar a la ligera. Pero no quiero dejar pasar más tiempo y muy pronto yo mismo haré la peregrinación.

El bonzo pobre partió de viaje. Estuvo fuera nada menos que casi un año, pues el trayecto era realmente difícil e incluso no exento de algunos riesgos.

El bonzo pobre regresó a la santa montaña de Omei. Decidió enseguida ir a visitar a los bonzos del monasterio grande en el que había estado antes de su partida, y se encontró con el bonzo que también deseaba hacer la misma peregrinación.

—¿Qué tal ha ido la peregrinación? —preguntó el bonzo rico.

—No fue fácil, pero así los méritos acumulados habrán sido mucho mayores. Estoy muy contento de haber peregrinado —hizo una pausa y preguntó—: Pero ¿y usted?

—Por lo que a mí respecta —contestó el bonzo rico— todavía no he conseguido acabar con mis preparativos. Sigo en ellos con miras a hacer la peregrinación.

Interpretar el sueño

El rey Qi Jing estaba enfermo. No había podido levantarse de la cama desde hacía un mes. El médico del palacio hizo lo imposible para curarlo. Pero el rey no respondió positivamente al tratamiento. Se sentía pesimista y desesperado. Tenía terror a la muerte y se aferraba a la vida por todos los medios.

Una noche tuvo una pesadilla. Soñó que luchaba contra dos soles. Fue derrotado y quemado por unas bolas enormes de fuego. Las llamas al rojo vivo lo abrasaban despiadadamente. Despertó gritando en su delirio, bañado en sudor frío. No puedo volver a conciliar el sueño. Aguantó hasta el amanecer, hasta que vino el consejero, a quien le dijo en un tono casi agonizante:

—Ya no puedo vivir mucho tiempo. Anoche soñé que luchaba contra dos soles. Me derrotaron y me quemaron hasta la muerte. Eso supondrá el fin de mi vida.

Su inteligente consejero trató de consolarlo:

—No se desespere. Voy a llamar al adivino de los sueños para que le dé su explicación.

Envió un carruaje para traer al adivino enseguida. Lo esperó en la antesala. Al cabo de un momento, llegó el vidente y preguntó al consejero:

—¿Me llamaba para algo? Aquí me tiene a su entera disposición.

—Mire —empezó a ponerlo en antecedentes—, anoche Su Majestad tuvo una pesadilla en la que soñó que luchaba contra dos soles. Lo quemaron hasta la muerte. Este sueño le ha causado gran malestar y miedo. Por eso lo hemos convocado para darle una explicación adecuada.

—Para eso necesito consultar el libro de los sueños —dijo el adivino mientras abría el grueso manual.

—No es necesario —se lo impidió el consejero—, porque la enfermedad que padece nuestro rey es del yin, mientras que el sol es el yang. El hecho de que el yin haya sido derrotado por dos yang supone que su enfermedad será curada. Por eso el sueño es un buen augurio. Vaya a interpretar su pesadilla en estos términos.

Cuando entró el mago en el dormitorio real, el monarca se sintió tan próximo a la muerte que casi ni tuvo fuerzas para contarle su pesadilla. Terminó con los ojos cerrados, agónico.

El mago ya tenía su versión preparada. Le dijo con un tono lleno de júbilo:

—Majestad, permítame felicitarlo.

—¿Por qué me felicita? —el monarca abrió enseguida los ojos.

—Porque este sueño significa que se va a mejorar inmediatamente. El mal que padece es el yin, el sol es el yang. El hecho de que el yin haya sido derrotado por el yang significa que pronto mejorará sustancialmente su salud.

El rey se incorporó de la cama con ánimo. Sintió que su espíritu, agobiado por el pesimismo, se aliviaba, y se impregnó de una inaudita vitalidad.

Al tercer día se recuperó totalmente. Para celebrar su repentino restablecimiento se entrevistó con el mago que le pronosticó el cambio en la evolución de su enfermedad:

—Realmente estoy muy agradecido. Tú fuiste la persona que me dio ánimo y vitalidad cuando me encontraba en estado crítico. Dime si quieres una recompensa en dinero o en algún puesto público.

El mago no pudo más que decir la verdad:

—Majestad, fue su consejero personal quien me dio las directrices para la interpretación de su pesadilla.

El rey convocó a su consejero para manifestar su gratitud. Este le dijo:

—Lo que hice fue disipar las excesivas preocupaciones que le agobiaban y le causaban pesadez espiritual. Pero si se lo hubiera dicho yo no me hubiera creído. Por eso, el mérito ha sido del intérprete de sueños.

A pesar de la modestia de su consejero, el rey decidió premiar generosamente a los dos.

El aprendizaje de un arquero

El joven Ji Chang admiraba la puntería de un famoso arquero de su época llamado Fei Wei, a quien tomó como su maestro para aprender el arte del arco y las flechas.

En el primer día, Fei Wei le dijo:

—Para disparar bien, lo primero que tienes que hacer es saber dominar tus ojos. Ve a practicar en la forma que puedas con el fin de no parpadear al mirar un objeto. Cuando llegues a tener tal dominio, ven a verme.

Siguiendo las instrucciones del profesor, Ji Chang volvió a casa y se recostó al lado del telar donde trabajaba su mujer. Trataba de mirar la lanzadera que iba y venía sin parpadear. Desde ese día, siempre acompañaba a su mujer cuando esta tejía. Tenía los ojos fijamente puestos en los mecanismos móviles del telar para practicar el dominio de los ojos. Así transcurrieron dos años. Llegó a tener tal control de los párpados que aunque se los pincharan con una aguja no parpadeaba.

El aprendizaje de un arquero.

Creyó que ya había llegado el momento y fue a visitar a Fai Wei y le demostró el resultado de sus dos años de ejercicio continuo.

El profesor manifestó su satisfacción por lo que había conseguido, pero le dijo:

—Esto no es más que el primer paso de tu aprendizaje. Ahora necesitas dar un segundo paso que consiste en mirar fijamente las cosas pequeñas para descubrir todos sus detalles. Cuando lo consigas, ven a buscarme.

Ji Chang se fue a casa y empezó la práctica inmediatamente. Pidió un hilo de seda a su mujer con el que ató una pulga y la colgó en la ventana. Se sentó luego al borde de la cama observando el diminuto insecto varias horas. Así, durante días, semanas y meses enteros no hacía otra cosa que estudiar el diminuto cuerpo del animal colgado contra la luz de la ventana. Al principio solo veía una manchita negra, que se iba agrandando conforme pasaba el tiempo. Gracias a su empeño, la pulga crecía de tamaño poco a poco hasta alcanzar para su vista las dimensiones de una rueda de carro. Cuando salió de casa al cabo de un año, encontró el mundo desmesuradamente aumentado. Las cosas que parecían diminutas antes, las encontraba grandísimas con todos los detalles claramente percibibles.

Fue a buscar al maestro, quien le manifestó su satisfacción diciendo:

—Ya ha llegado el momento de aprender a disparar.

Solo en ese momento, le enseñó cómo tensar el arco, apuntar y disparar la flecha.

Ji Chang se fue a casa a practicar. Al cabo de tres años, volvió a buscar al maestro para mostrarle su infalible puntería. Cogió el arco más duro que había en la casa del maestro, lo tensó fácilmente con una flecha colocada, apuntó en medio segundo y disparó contra un diminuto blanco que había a cien pasos de distancia. La flecha atravesó el centro del blanco. Así lo repitió diez veces con el mismo excelente resultado. Los curiosos que estaban presentes en el acto aplaudieron con admiración su puntería. En pocos años, Ji Chang se consagró como el mejor arquero del reino. Como agradecimiento por la enseñanza, Ji Chang le llevó un excelente regalo a su maestro y le dijo con gratitud.

—Maestro, estoy muy agradecido por tu enseñanza. Ahora que he llegado a ser un verdadero arquero, me acordaré de ti siempre con admiración.

El viejo le dijo, sin embargo, algo que Ji Chang no olvidaría nunca en su vida:

—El verdadero arte del arco y flecha es acertar el blanco sin esos elementos. Es conseguir la gloria sin vanidad y manifestar la gratitud sin palabras.

Al escuchar esto, Ji Chang volvió otra vez a casa y se encerró. Nunca volvió a salir públicamente ni volvió a ver a su maestro. Pero los vecinos decían que en su casa se oían día y noche unos ruidos raros, algo parecido a ráfagas de viento, o chorros de aire que salían expulsados por movimientos enérgicos de las manos. Nadie supo si logró dominar el arma secreta de disparar sin flecha porque el famoso arquero no lo enseñó a nadie, ni siquiera a su maestro, por evitar la vanidad.

Buscando razones

Tres amigos estaban haciendo una interesante excursión por los amplios alrededores de su localidad. Cuando pasaban al lado de una colina, vieron en su cima a un hombre sentado en solitario. ¿Qué hará allí ese individuo?, se preguntaron. Cada uno expuso su interpretación:

—Con toda seguridad está extraviado y permanece a la espera de que alguien pase por allí y pueda orientarle —dijo uno de los amigos.

—No, lo que yo pienso —intervino otro de los excursionistas— es que se ha sentido indispuesto y se ha sentado a reponerse.

—Estáis seguramente equivocados —repuso el tercer amigo—. Tened la certeza de que está esperando a alguna otra persona que se está retrasando en la cita.

Y así, cada uno empeñado en su versión, comenzaron a porfiar, hasta que decidieron trasladarse a la cima de la montaña y resolver sus dudas, a la par que saciaban su curiosidad.

—¿Te has perdido? —preguntó el que mantenía tal versión.

—No —repuso el desconocido.

—¿Estás indispuesto? —preguntó otro amigo.

—No.

—¿Estás esperando a alguien? —inquirió el tercer excursionista.

—No.

Entonces los tres amigos, desconcertados, preguntaron al unísono:

—¿Y qué haces aquí?

Y el desconocido repuso apaciblemente:

—Simplemente, estoy.

El ministro y el esclavo

Cuando el ministro Yan volvía a su casa después de realizar una visita oficial al reino Jin, se encontró con un pobre leñador en el camino. Pidió al conductor detener su carruaje y se bajó para saludar al hombre humilde:

—¿Quién es usted?

—Yo soy Yue, alias «Padre Piedra».

Al ministro le sorprendió enormemente su respuesta, puesto que sabía que Yue tenía fama de ser un hombre muy culto.

—¿Pero qué le ha pasado? ¿Por qué se encuentra aquí?

El leñador Padre Piedra le contestó humildemente:

—Soy esclavo de una familia rica. Me han enviado a cortar leña. Como es un camino largo, descanso dos veces durante el viaje.

El asombro del ministro no pudo ser mayor:

—¡Pero cómo es posible que se haya hecho esclavo teniendo la cultura que tiene usted! ¿Desde cuándo ha caído en la desgracia y por qué?

Le contestó el letrado:

—Pasábamos hambre en mi familia. Yo no podía mantenerla con mis conocimientos. Hace tres años, no tuve más remedio que entrar en la servidumbre de una familia adinerada.

El ministro sintió compasión por el desgraciado letrado.

—¿Se puede pedir tu libertad pagándole al propietario?

—Sí, señor. Un caballo vale más que un esclavo.

El ministro desató uno de los caballos y lo llevó a la casa donde el pobre hombre servía de esclavo. Con eso recuperó la libertad de Padre Piedra. Le ofreció trabajo en el ministerio con un sueldo mensual.

Continuaron el viaje y llegaron juntos a la residencia del ministro. Este se apeó del carruaje y entró en su casa sin hacerle caso a Padre Piedra. El esclavo recién liberado se ofendió y quiso marcharse. Cuando el ministro se enteró, salió y le dijo:

—Yo no le conocía, pero le he ofrecido libertad y trabajo, ¿le parece poco lo que he hecho por usted? No comprendo por qué me abandona.

Padre Piedra se sintió más ofendido todavía:

—Puedo aguantar el maltrato de alguien que no me conozca. Pero si el desprecio procede de alguien que conoce mis aptitudes, no lo aguantaría nunca. Es cierto que he sido esclavo durante tres años, pero no le doy mucha importancia. Sin embargo, usted conoce mi valor, por eso ha conseguido mi libertad. No creo que por ese favor que me ha hecho tenga motivos para despreciarme. Me di cuenta de que cuando montamos en el carruaje no me invitó al asiento. No me ofendí porque pensé que posiblemente se trataba de un olvido casual. Pero al llegar a casa tampoco me ha hecho caso. Eso ya es desprecio. Puesto que tanto aquí como allí soy despreciado, es preferible volver allí y seguir de esclavo.

Al oír sus argumentos, el ministro se dio cuenta de su arrogancia. Le pidió disculpas sinceramente:

—Lo siento muchísimo. Antes solo lo conocía por la apariencia, pero ahora conozco su sentimiento. Lo aprecio más que nunca, quédese conmigo. Concédame una oportunidad para corregir mis errores.

Padre Piedra decidió quedarse. El ministro ordenó que le prepararan una habitación confortable y lo invitó a cenar. Lo colocó en el sitio más ilustre de la mesa y le sirvió el vino. Sin embargo, Padre Piedra no estuvo conforme tampoco:

—No me agrada nada su ritual de cortesía. El respeto tiene que ser natural y espontáneo. Me sentiré cohibido si me trata siempre así.

Desde entonces Padre Piedra se convirtió en un consejero franco, fiel y extremadamente honrado del ministro.

Poema en siete pasos de vida o muerte

Cuando murió el emperador, su hijo primogénito heredó el trono. Se sintió amenazado por su hermano, a quien trató de eliminar para asegurar la continuidad de su reinado.

Un día, el nuevo emperador citó en el palacio a su hermano, a quien le dijo:

—Aunque somos hermanos, yo he tenido la suerte de ser coronado como emperador y tú sigues siendo lo mismo que antes. Espero que respetes plenamente la dignidad de la corona y te abstengas de cualquier actitud impropia que pudiera perjudicarla.

El hermano súbdito despreciaba profundamente la estúpida soberbia del nuevo monarca. Sin embargo, lo respondió:

—Sí, Majestad. Seré lo más respetuoso posible.

Pero el emperador se empeñó en inventar un cargo contra su potencial enemigo:

—Cuando vivía nuestro padre, apreciaba mucho tus dotes literarias. Enseñaba tus poemas y escritos a los cortesanos con grandes elogios. Pero yo siempre he sospechado que plagiaste a alguien y que tú en realidad no sabes nada.

El hermano aludido se sintió indignado ante tal provocación. Sin embargo, trató de controlarse para no dar pretextos al emperador que buscaba alguna excusa para su desconfianza.

—Majestad, no he plagiado nunca nada de nadie. Todo lo que he escrito es original.

El emperador pareció cobrar interés por el tema:

—Entonces te ordeno dar siete pasos aquí mismo. Al acabarlos, tienes que haber terminado de componer un poema original. Si no puedes hacerlo, será una prueba de tu mentira. Recibirás un merecido castigo por esa falsedad.

El poeta se dio perfecta cuenta de que su hermano quería inventar una falsa acusación para eliminarlo. Sin embargo, aceptó el desafío, porque se sentía capaz de componer un poema dentro del tiempo de los siete pasos:

—Bueno, Majestad, espero que se digne a darme un tema para improvisar esta composición.

El emperador malintencionado se sorprendió un poco por la conformidad de su hermano. Sin embargo, decidió darle un tema difícil para imposibilitar su tarea:

—Bien, el título es «Hermanos». Pero en el poema que tú compongas no puede aparecer este término.

El poeta mostró una serena sonrisa en su cara, decidido a componer un poema satírico contra la crueldad de su hermano. Empezó a dar pasos meditativos dentro de un ambiente tenso y arriesgado. Los cortesanos se quedaron anonadados por la situación. Sin embargo, el poeta se mantuvo inspirado recitando en voz alta sus versos conforme iba dando los pasos. Eran siete pasos de vida o muerte.

Quemando tallos secos del haba,
se cuecen las habas, que sollozan en la olla:
Hemos nacido de la misma raíz.
¿Por qué nos cuecen con tanta crueldad?

Terminó el poema, pero aún le sobraban dos pasos. El emperador se sintió aludido por la hiriente sátira de su hermano. Una compleja sensación de vergüenza, odio, frustración y derrota le invadió todo el cuerpo, y con voz trémula auguró:

—Lo has logrado. Puedes marcharte por hoy.

Tirando de los brotes

Como dice el antiguo adagio: «Nadie puede empujar el río». A veces, más vale el inútil que el que pretende ser demasiado «útil».

Un hombre sembró un campo de judías. Pidió a sus empleados que lo atendieran debidamente, pero eran unos verdaderos holgazanes y no prestaban la menor atención a la huerta. El resultado, pues, era que los brotes crecían lentísimamente. Fue un día el propietario a comprobar cómo evolucionaban y se dio cuenta de que apenas había crecido. ¿Qué hizo entonces el buen hombre? Durante horas se puso a tirar de los brotes, y al regresar a su casa, extenuado, dijo:

—Me muero de cansancio.

—¿Por qué? —preguntó su hijo.

—He estado ayudando a crecer los brotes tirando de ellos.

A la mañana siguiente el hijo, temiéndose lo peor, fue a la huerta. Apenado, comprobó que todas las plantas estaban muertas. La inutilidad de sus empleados las había hecho enfermar; la «utilidad» de su padre había terminado por matarlas.

Caballo de «Mil Leguas»

Los reyes de la antigua China eran muy aficionados a los caballos, sobre todo a aquellos de pura sangre que podían correr mil leguas al día. Sin embargo, no era nada fácil conseguir caballos tan extraordinarios, por lo que a veces se ofrecían grandes recompensas a quienes consiguieran buenos ejemplares para la Corte.

El ansia de poseer un par de «Mil Leguas» motivó a uno de los reyes a anunciar que compraría con mil monedas de oro cada animal de esta clase. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de muchos voluntarios en todo el país, pasaron tres años sin que nadie hubiera dado con ellos. El rey estaba desesperado.

Un día se presentó ante el desilusionado monarca el intendente general de la Corte:

—Majestad, me ofrezco a recorrer todo el país para descubrir un «Mil Leguas».

El ansioso rey accedió, le dio mil monedas de oro y pagó los gastos del viaje, ordenándole ponerse en marcha inmediatamente.

El enviado especial anduvo tres meses buscando la tan codiciada especie, hasta que un día, tras haber sufrido innumerables penalidades, descubrió con gran emoción un «Mil Leguas». Pero, por desgracia, el animal estaba moribundo. De cualquier modo, gastó quinientas monedas de oro en comprar la cabeza del animal muerto, y se la llevó al rey.

El monarca se puso furioso. Quería un «Mil Leguas» vivo y no sus restos mortales. Decidió sentenciar a muerte al intendente, pero atendió los razonamientos de quien había cometido tal error.

—Majestad —dijo con suma serenidad el buscador del caballo—, el verdadero «Mil Leguas» no tardará en llegar.

—¡Mentira! ¿Pero cómo?

—Mire, ahora todo el mundo sabe que Su Majestad aprecia tanto los buenos caballos que ha gastado quinientas monedas de oro solo para conseguir la cabeza de un animal muerto. Si fuera un «Mil Leguas» vivo, no escatimaría los gastos. Estoy seguro de que en poco tiempo alguien le traerá un hermoso y veloz caballo.

Estas palabras de su fiel súbdito convencieron al monarca, quien no solo le perdonó, sino que lo promovió al rango de ministro.

Efectivamente, tal como pronosticó, en menos de un año el rey obtuvo su primer caballo de «Mil Leguas». Además, muchos letrados y generales de extraordinario talento que servían a otros monarcas vinieron a ponerse a su disposición. Su reino se hizo más poderoso.

El viejo Jiang pescando

Al lado del río Wei había muchos sauces llorones que mecían sus largas y fláccidas ramas sobre la superficie de las aguas verdes. Un día apareció un viejo de barbas blancas sentado a la sombra de un árbol, con una caña tendida hacia el caudaloso río. Miraba las aguas que corrían a sus pies. Parecían las mismas de siempre, pero ¡cómo ha cambiado el mundo con el trascurrir del tiempo! La crueldad y el despotismo del caudillo Zhou llegaba a sus límites, provocando una protesta general del pueblo que reclamaba un cambio radical. Había oído que se estaba formando un movimiento insurgente dirigido por Wen Wang, un rey que buscaba a personas con talento para ensanchar su poderío.

Desde ese día, el viejo Jiang siempre se sentaba a la orilla del río con la caña de pescar tendida. Cierto día, un leñador joven bajó de la montaña cargando dos haces de leña en un palanquín. Se arrimó al árbol para descansar un momento. Saludó al viejo pescador y entabló conversación con él. De repente se puso a reír a carcajadas señalando la caña del pescador:

—¿Qué le ocurre? ¿Por qué tiene el anzuelo encima del agua? Además, ja, ja, ja, lo tiene recto. ¿Cree que así puede hacer picar a los peces?

El viejo no se inmutó:

—Evidentemente, mi intención no es sacar peces del agua. Por cierto, llevo muchos días aquí y no he capturado ninguno. Estoy aquí para encontrar a alguien que me sepa apreciar.

Al leñador le pareció descabellada la intención y le dijo:

—Teniendo la edad que tiene, me parece difícil que encuentre a un santo que no desprecie a los viejos.

Diciendo esto, el leñador levantó la pesada carga y se puso a caminar hacia la ciudad para vender su leña. Antes de alejarse mucho, oyó que el viejo le decía en voz alta:

—Ten cuidado, joven. He visto un mal augurio en tu cara. Es posible que mates a alguien accidentalmente.

El leñador se alejó murmurando un insulto por la maldición del viejo. Cuando llegó a la puerta de la ciudad había mucha gente en la calle. De repente, alguien chocó con él haciéndole perder el equilibrio. Se tambaleó durante un instante, de manera que el pesado bulto que llevaba en un extremo del palanquín se posó en el suelo. Se zafó el palanquín, giró con gran velocidad describiendo un rápido círculo en el aire y golpeó mortalmente la cabeza de un transeúnte. El leñador fue detenido inmediatamente y llevado ante el rey Wen Wang.

Según la tradición, el que causaba accidentalmente la muerte de otra persona debía pagarlo con su propia vida. El leñador aceptó la muerte, pero le dijo al rey:

—Mi madre está enferma y ya es muy mayor. Le ruego que me permita ir primero a casa para arreglar un poco su vida. Luego vendré a recibir el castigo.

El rey se lo concedió, pensando que no podía escaparse.

El leñador corrió hasta donde estaba el viejo pescador y le comentó lo que acababa de suceder:

—Sálveme, santo pescador. Con lo previsor que es, estoy seguro de que me puede salvar.

El viejo sintió compasión por el leñador y, para evitar que su madre no fuera afectada, aceptó ayudarle con magia.

El rey esperó varios días en vano, al final, a causa de los efectos de la magia, quedó convencido de que el fugitivo se había ahogado en el río.

Más tarde, en una de las cacerías, encontraron al mismo leñador. El rey se puso furioso. Pero cuando el joven fugitivo le contó la historia del pescador, el rey quedó agradablemente sorprendido.

—Si me ayudas a encontrar al viejo, te concederé la libertad.

El leñador llevó al rey adonde pescaba el viejo Jiang. Tras un breve diálogo, el rey confirmó el extraordinario talento y la profunda sabiduría del viejo, a quien le nombró Consejero Real. El viejo Jiang no defraudó la enorme esperanza que el rey depositó en él: le ayudó a fortalecer el reino y a vencer a los caudillos militares, implantando una nueva monarquía en el centro de China.

Romper la olla y hundir los barcos

En las postrimerías de la primera dinastía, el reino Qin, que ostentaba la hegemonía dentro del imperio chino, realizaba frecuentes expediciones para anexionar nuevos territorios. Una vez, el poderoso ejército imperial sitió una ciudad estratégica del norte de China. Era muy peligrosa la situación, por lo que el rey de aquel país solicitó auxilio a otro reino del sur de China, el cual lo concedió inmediatamente con el fin de frenar la ambición expansionista del reino Qin. Un ejército compuesto de doscientos mil soldados salió urgentemente para socorrer a la capital sitiada.

El comandante general al frente de la expedición era un hombre arrogante y corrupto, que derrochaba el presupuesto militar en caprichos personales y grandes banquetes. A los pocos días se agotó el dinero y los soldados empezaron a pasar hambre. El comandante general ordenó detener la marcha a la espera de nuevos abastecimientos. Los soldados se amotinaron, mataron al corrupto jefe y eligieron al general Xiang Yu como nuevo comandante general.

El nuevo jefe ordenó reanudar el avance para cumplir la misión de socorro. Envió a una división para cortar la ruta de aprovisionamiento logístico del ejército enemigo, mientras que él dirigió personalmente al grueso de sus tropas en el paso del río fronterizo.

Una vez franqueada la frontera, se aproximaron a las tropas que sitiaban la capital extranjera. La batalla decisiva no tardaría en llegar. El nuevo comandante general ordenó que cada uno de los soldados llevara consigo la provisión de tres días y que rompieran todas las ollas. Quemaron el cuartel y hundieron todos los barcos para que nadie pudiera retroceder. Con eso se agotó toda posibilidad de retirada. Lo único que quedaba era luchar hasta el final para derrotar a los invasores.

Romper la olla y hundir los barcos.

Impulsados por la necesidad vital de ganar la batalla, sin ninguna esperanza de retirarse con vida, los oficiales y soldados se lanzaron contra los enemigos como tigres bajando de las montañas. Realizaron nueve ataques y causaron tremendas bajas en el ejército invasor. Algunos generales enemigos, no pudiendo resistir las acometidas, se rindieron. Otros fueron detenidos o murieron en la batalla. En poco tiempo el potente ejército del reino Qin se diezmó por completo.

La victoria de esa operación fue rotunda. No solo salvó a un reino, sino también debilitó esencialmente la Dinastía Qin. Como consecuencia de ese acontecimiento, la primera dinastía de China sucumbió al cabo de dos años.

En China, cuando alguien quiere ejecutar un plan asumiendo todos los riesgos que ello implique y descartando todas las demás alternativas, se suele aludir este hecho con la típica expresión de «romper la olla y hundir los barcos».

El relato de la peregrinación a la India de Xuan Zhuang

Quinientos años después de la introducción del budismo en China, apareció un hombre que, por su erudición y sus hazañas de la peregrinación a la India, se convirtió en el monje más famoso de la religión budista de China. Su nombre de pila era Li Hui, pero fue popularmente conocido como Xuan Zhuang. Vivió y murió con austeridad, pero con el noble ideal de defender la autenticidad del budismo.

Los monjes budistas solían organizar frecuentes debates sobre los postulados de la religión. Pero, debido a la mala traducción y a las distintas interpretaciones de los cánones budistas en sánscrito, surgían frecuentemente serias divergencias imposibles de reconciliar. De este modo, el mundo espiritual de armonía absoluta del budismo se prestaba a conflictos inexplicables. Esa situación forzó a Xuan Zhuang a tomar la decisión de ir a la India a aprender la esencia del budismo. Preparó el viaje durante varios años, en los que aprendió el sánscrito. No pudo conseguir el permiso de la corte para salir de China, pero eso no le impidió emprender el viaje en una forma discreta.

Una noche, dos meses después del inicio del viaje, mientras descansaba en una posada tras una penosa jornada de marcha, llegaron unos soldados que le perseguían con la orden de detenerlo. Sin embargo, cuando el oficial se enteró del noble objetivo del peregrino, rompió la orden de detención, diciéndole:

—Maestro, huya usted de esta posada. No se detenga hasta llegar a la muralla. El Paso de la Puerta de Jade se cierra por la noche. Franquéelo antes del crepúsculo.

El monje peregrino, que se había salvado de milagro, montó en su caballo y se dirigió a la muralla. En la primera atalaya le dieron de comer y beber. En la segunda le ofrecieron alojamiento. Al llegar a la cuarta, una flecha se clavó en su mochila, pero al saber que era monje le dieron suficiente agua y provisiones para que se alejara de la muralla y cruzara el desierto de Gobi.

Se alejó de la muralla y emprendió el penoso viaje por el inhóspito desierto. Al cabo de la primera jornada, cuando se sentó para beber agua, por desgracia, se rompió el recipiente y todo el líquido vital cayó a la arena. Con increíble estoicismo siguió caminando durante cinco días sin agua, hasta que cayó desmayado. Por la noche, el viento frío lo volvió en sí. Curiosamente sentía cierta humedad en el aire que azotaba su deshidratada cara. Estaba cerca de un oasis. Se arrastró penosamente hasta allí y cobró vida al saciarse de agua. Quince días después salió del desierto de Gobi.

El monarca del reino, Gao Chang, que era un devoto budista, lo recibió con extraordinaria generosidad. Al final, le pidió que se quedara para predicar el budismo entre sus ciudadanos. El monje peregrino lamentó no poder aceptar tan noble encargo, pues tenía el firme propósito de llegar a la India. El monarca se obstinó en que se quedara ofreciéndole elevadas retribuciones, lo que rehusó nuevamente el monje. Al ver que el monarca se empeñaba en el afán de retenerlo, el monje hizo huelga de hambre:

—Su Majestad podrá retenerme físicamente, pero mi espíritu no se quedará en su reino.

Después de tres días de completo ayuno, el rey se presentó con una gran sonrisa en su celda, seguido de un numeroso cortejo:

—Mi distinguido bonzo, admiro su noble determinación. Le deseo buen viaje y mucha suerte. Que el Creador lo proteja.

Le otorgó abundantes provisiones, treinta caballos y una docena de peones para acompañarle en el viaje.

Tras otro año de penoso viaje, llegó por fin a la India. Allí vio la figura del Buda que medía casi cinco metros y visitó el famoso lugar donde el fundador del budismo predicaba los postulados de su nueva religión.

Al llegar al templo Narando, el centro de estudios más importante de la religión budista, más de mil monjes lo recibieron con una efusiva ceremonia. El Gran Bonzo, que tenía cerca de cien años y llevaba varios años sin impartir ninguna clase, distinguió al monje con la decisión de darle las clases personalmente. Así, durante quince meses, el monje chino profundizó sus conocimientos budistas con la más alta autoridad eclesiástica de la India antigua.

Permaneció en total diez años, con plena dedicación al estudio de las teorías budistas. Al final, no solo dominó el sánscrito, sino también se destacó como una de las figuras más relevantes en la erudición budista. No satisfecho con su posición privilegiada, visitó todos los templos importantes de la India, intercambiando criterios con las personalidades más sobresalientes de la misma creencia y leyendo la valiosa bibliografía archivada en los lugares más sagrados de los templos.

Quince años después de haber llegado a la India, participó en un famoso debate en el que tomaban parte seis mil monjes eruditos. Tras dieciocho días de intervenciones, defendiendo o refutando las distintas interpretaciones del budismo, Xuan Zhuang deslumbró al público con su extraordinario dominio de los cánones religiosos y una acertada interpretación de la esencia budista. Los reyes, que hacían acto de presencia en esa ocasión, le regalaron gran cantidad de dinero al monje chino. Pero este no se quedó con ninguna moneda. Los repartió entre los pobres. Hubo un rey que le prometió construir cien templos para que se quedara en el reino. Pero Xuan Zhuang tenía la firme determinación de volver a China.

Así lo hizo. Dieciocho años después de haber salido clandestinamente de la capital de la Dinastía Tang, volvió allí con todo el honor. El emperador no solo le perdonó la falta, sino que le construyó un majestuoso templo donde guardó los seiscientos cincuenta ejemplares de valiosas sutras religiosas. Allí también fue el lugar donde durante diecinueve años estuvo traduciendo incansablemente los libros traídos de la India, hasta que la muerte le sorprendió en el escritorio.

La veneración a un profesor

Zhang Liang era un joven aplicado y modesto. Solía viajar por todo el país en busca de maestros que pudieran enseñarle algo útil. Su sencillez y humildad le ayudaron mucho en ese aprendizaje. Llegó a conocer a unos auténticos talentos que le ampliaron en gran medida su horizonte de conocimientos.

Una vez, en un puente ubicado en las afueras de un pueblo pequeño, vio a un viejo de blanca barba apoyado en la barandilla del viaducto. Al verlo acercarse, el viejo estiró intencionadamente la pierna, dejando caer una zapatilla debajo del puente. Entonces se dirigió a Zhang en tono muy poco amistoso:

—Oye, joven, tráeme la zapatilla.

A Zhang le molestó un tanto la grosería del viejo. Sin embargo, pensando en su edad, aguantó su capricho. Bajó al río y le trajo la zapatilla. Pero el anciano, en vez de agradecerle el favor, tendió la pierna y le pidió que le calzara. Zhang se puso en cuclillas y amablemente le puso la zapatilla.

El viejo se puso a andar sin dar muestras de la mínima gratitud. Zhang se dio cuenta de que el anciano tenía un modo de caminar enérgico, rápido y marcial, lo que revelaba su condición de guerrero excepcional. Lo alcanzó y le rogó que lo aceptara como alumno. El viejo se volvió y le dijo sonriendo:

—Bueno, joven. Ven aquí dentro de cinco días por la mañana.

El joven se alegró sobremanera de encontrar a un nuevo maestro. Esperó con ansiedad cinco días y al sexto se levantó temprano para ir al puente. Al llegar, vio que el viejo ya estaba allí. Se le veía desilusionado.

—Joven, si quedas con un viejo, tienes que llegar antes que él. No hay que hacerle esperar. Ven otra vez al cabo de cinco días.

Tuvo que resignarse y esperó otros cinco largos días. Al sexto, se levantó muy temprano y corrió hacia el puente. Pero el viejo ya estaba allí esperando.

—Otra vez has llegado tarde. Ven por última vez dentro de cinco días. —Diciendo esto, se marchó el viejo.

Zhang tomó la determinación de llegar antes que el viejo la próxima vez.

La víspera del día señalado para la entrevista se acostó sin desvestirse. Se levantó apenas hubo dormido un poco, corrió hacia el puente con el cielo todavía lleno de estrellas. Esta vez sí ganó al viejo madrugador.

Esperó un buen rato hasta que se presentó el viejo con una amplia sonrisa en la cara.

—Joven, lo has hecho muy bien. He podido comprobar tu vocación de superación y tu paciencia. Como recompensa a tus sacrificios, te voy a regalar un libro sobre las artes de la guerra. Llévatelo a casa y léelo. Aprenderás mucho de él.

Al cabo de unos años, el modesto joven se convirtió en un famoso estratega militar.

Los dos monjes

Dos monjes dejaron temporalmente el monasterio en el que habitaban para ir al pueblo a visitar a sus respectivas familias. Habían nacido en el mismo pueblo y decidieron viajar juntos. Uno era mayor que el otro y muy dado a estar reprendiendo, aleccionando e instruyendo a su paciente compañero.

Los dos monjes se pusieron en marcha. Iban caminando con celeridad cuando de súbito escucharon una voz pidiendo socorro. Se dirigieron prestos en busca de la persona que reclamaba angustiosamente auxilio y tuvieron ocasión de contemplar una hermosa joven que se estaba ahogando en el río. Sin dudarlo ni un momento, el monje joven se lanzó al agua, cogió a la bella joven y la dejó a salvo en la orilla del río.

Los monjes prosiguieron su viaje. Caminaban ahora en hermético silencio.

Cuando habían transcurrido varias horas, el monje mayor despegó los labios para increpar al monje joven:

—¿Es que has olvidado nuestras reglas? Nos está estrictamente prohibido rozar a mujer alguna, ¡cuanto menos cogerla entre nuestros brazos!

El monje joven repuso:

—Aquella mujer necesitaba ayuda en un momento dado. Con toda naturalidad la tomé en mis brazos para ponerla a salvo y la dejé en tierra firme. Sin embargo, tú todavía la llevas encima.

El alumno y las onzas de oro

Era un profesor que destacaba por su rigor y adusto carácter. Golpeaba con una vara a sus alumnos en cuanto estos cometían una falta. Cierto día, el severo profesor descubrió a uno de sus alumnos copiando en el examen y le dijo que al día siguiente quería verlo en su despacho para tomar medidas muy serias. El alumno ya sabía muy bien qué clase de medidas iban a ser.

A la mañana siguiente, el alumno llegó tarde a la cita. Se disculpó.

—Perdóneme, profesor. Mi tardanza ha sido debida a que he heredado una buena suma de onzas de oro y estaba haciendo planes de cómo distribuirlas.

—¿Qué vas a hacer con tu fortuna? —inquirió el profesor.

—Lo tengo muy bien planeado. Invertiré una suma en hacerme una casa y amueblarla; otra parte en hacerme con los sirvientes oportunos; también daré una fiesta, y, por supuesto, utilizaré una buena parte para libros y otra para obsequiar con ella al hombre que más me ha enseñado en este mundo: mi profesor.

El profesor se sintió encantado y halagado. Apenas podía creérselo. Su ira se había desvanecido como el rocío al despuntar el sol.

—Déjame que te corresponda —dijo el profesor—. Voy a invitarte a una opípara comida.

Comieron hasta hartarse y bebieron hasta emborracharse. En su embriaguez, empero, el precavido profesor preguntó:

—¿Has guardado bien seguras las onzas de oro?

—¡Qué fatalidad, profesor! Créame que iba a guardarlas en un lugar muy seguro, cuando mi madre tropezó conmigo y me despertó. Busqué las onzas pero se habían esfumado.

El descanso del visitante

Se trataba de un importante funcionario. Llevaba una vida muy agitada y decidió pasar unos días en el monasterio budista. Fue allí y se instaló en una de las celdas. Durante tres días habló y habló con uno de los bonzos que le resultaba más agradable, pues se trataba de un hombre bonachón, de carácter apacible y bondadoso.

Al tercer día de estancia, al anochecer, el funcionario tomó un buen número de copas de vino y con voz entrecortada se atrevió a recitar un poema que decía:

Al pasar por un monasterio perdido entre
los bambúes, me detuve a conversar con
el bonzo.

Lejos de mi agitada vida, gocé de un
momento de descanso.

Entonces el bonzo comenzó a reír.

—¿Por qué se ríe de tal manera? —preguntó extrañado el importante funcionario.

—Y el monje repuso:

—Porque su momento de descanso me ha costado a mí tres días completos de cansancio.

La diferencia

Si no hay preguntas, no hay respuestas, reza el antiguo adagio. Pero, a menudo, el maestro responde de un modo inesperado para el discípulo, rompiendo así sus viejos patrones y esquemas.

Maestro y discípulo estaban reunidos. El discípulo estaba anhelante por obtener alguna instrucción muy especial, fuera de lo corriente, tal vez algún método secreto o alguna clave iniciática. Pero los maestros de la tradición chan no se pierden en abstracciones.

—¿Qué es la verdad, maestro?

—La vida de cada día.

—En la vida de cada día —protestó desilusionado el discípulo— solo se aprecia eso: la vida vulgar y corriente de cada día, pero la verdad no se ve por ningún lado.

—Ahí está la diferencia —replicó el maestro—, en que unos la ven y otros no.

El retorno del jade

El monarca del reino Zhao recibió con gran sorpresa una pieza de jade de singular calidad. Tenía un color lechoso semitransparente. Era suave y opaco de día, pero luminoso y claro durante la noche. El tallado se veía perfecto, con un diseño estético original y un trabajo minucioso y paciente digno de los artesanos chinos. Se trataba de una joya de incalculable valor.

Pero la emoción del rey no duró mucho, puesto que un mensajero del rey Qin le trajo una carta del que el monarca ambicioso y despótico, en la cual le ofrecía quince ciudades por el jade. Sabía perfectamente que su intención era apoderarse de la joya por las buenas o por las malas. El trueque que él proponía no era más que una estafa.

El retorno del Jade.

Profundamente preocupado, el rey Zhao reunió a sus cortesanos para buscar una solución. Pero a nadie se le ocurría cómo conservar la joya sin dar motivo a una invasión militar del ejército enemigo.

Un día se presentó un joven oficial ante el rey Zhao, a quien se dirigió en tono firme:

—Majestad, me ofrezco para enseñar el jade al rey Qin. Si él no cumple su promesa de ceder quince ciudades, veré la forma de conservar la joya y traerla de vuelta.

El monarca lo miró durante un momento. Lo conocía: era Lin Xiang Ru, un hombre famoso por su inteligencia y valor. Necesitaba hombres leales e intrépidos para esta delicada tarea. Aceptó su ofrecimiento y ordenó a los generales prepararse contra una eventual invasión enemiga.

Lin, el enviado especial, llegó con la joya después de un largo viaje al majestuoso palacio del rey Qin. Le ofreció con una gran reverencia la valiosísima pieza. Los ávidos ojos del monarca se maravillaron ante tan excepcional joya. La acarició con las manos temblorosas, conteniendo la respiración como si se tratara de algo tan frágil que se podía romper con el aliento. Después de un buen rato, se la mostró a los cortesanos, que se maravillaron extasiados ante tal pieza de singular valor. Más tarde se lo llevaron al palacio residencial para enseñársela a las concubinas del rey. Mientras tanto, ni el monarca, ni los cortesanos, ni nadie del palacio hizo caso al portador de la joya, ni le mencionaban el trueque con las quince ciudades. Cuando creyó que había esperado lo suficiente y que por lo visto nunca le devolverían la joya, ni le hablarían de la cesión de las quince ciudades, se dirigió al rey Qin en un tono algo misterioso:

—Majestad, aunque esa pieza parece perfecta, tiene un pequeño desperfecto casi inapreciable.

El rey perdió su gozosa tranquilidad y ordenó que le trajeran inmediatamente la pieza para saber dónde estaba el defecto. Cuando Lin recuperó la joya, retrocedió unos pasos y se colocó al lado de una columna de piedra. Levantó el jade con las dos manos, diciéndole con energía al indignado rey:

—Su Majestad ha prometido ceder quince ciudades por esta joya de incalculable valor. En nuestro país nadie cree en la sinceridad de su oferta, excepto yo, que siempre he sostenido lo contrario. Les he convencido diciendo que si cualquier ciudadano común puede cumplir su palabra, siendo el jefe de estado de un reino poderoso, ¿cómo no va a cumplir su promesa? Nuestro rey me ha enviado creyendo lo mismo. Pero, desgraciadamente, no he podido ver hasta ahora ni la mínima muestra de voluntad del intercambio. Por eso me he visto obligado a recuperar la joya, dispuesto a romperla contra la columna si tratan de arrebatármela.

Al ver que Lin había tomado la firme determinación de morir destrozando antes la joya, el rey cambió de táctica inmediatamente, diciéndole con una sonrisa hipócrita:

—¡Tranquilo, tranquilo! Cumpliré mis promesas.

Ordenó traer un plano, en el cual trazó sin precisión una generosa línea, diciéndole:

—Todo eso será territorio de su reino. ¿Satisfecho? Ahora deme la joya. No la destruya, por favor.

—De acuerdo, Majestad —contestó Lin mientras pensaba que el rey Qin era capaz de decir cualquier mentira—. Este jade es el tesoro más valioso de la Tierra. Para enviárselo, nuestro rey presidió, después de cinco días de purificación, una ceremonia solemne de despedida. Como respuesta a esta seriedad por nuestra parte, es preciso que Su Majestad ayune durante cinco días y presida luego una ceremonia de recepción. Le ofreceré la joya en bandeja de oro el día de la ceremonia.

El rey Qin tuvo que aceptar las condiciones. Dispuso que el enviado se alojara en una residencia de la capital. Esa misma noche, Lin ordenó que uno de sus criados se ataviara de comerciante y llevara la joya secretamente a su propio reino.

Cuando se dio cuenta el ansioso rey Qin, ya era demasiado tarde. No era posible alcanzar al portador de la joya, tampoco procedía emprender una operación militar contra el reino Zhao, ya que estaban preparados desde hacía días para defenderse. No tuvo más remedio que poner en libertad a Lin, por el temor de provocar una alianza entre los reinos débiles a causa del incidente.

El pájaro que quería llenar el mar

El Dios del Sol tenía cuatro hijas. Las tres mayores se alejaron de su padre al hacerse inmortales. En casa solo quedó la pequeña. La hermosa niña echaba de menos los días bulliciosos y alegres del pasado cuando convivía con sus hermanas. Un día, para liberarse de la melancolía y la soledad que le agobiaban, se fue a nadar al mar. Las aguas tranquilas del mar del Este eran traidoras, porque de repente surgían tempestades y enormes olas. La solitaria princesa del Sol se ahogó un día.

Tras la muerte, la desdichada doncella se metamorfoseó en un hermoso pájaro de pico colorado, llamado Jin Wei. Su plumaje era de luto, pero en la cabeza tenía una mancha blanca. Odiaba al mar porque le había quitado la vida, al igual que a muchos otros seres humanos. Juró vengarse y decidió rellenar el inmenso mar con las piedras de la montaña. Pese a su diminuta capacidad y con una voluntad férrea, cogía pedacitos de piedra con el pico de las montañas y los lanzaba al mar. Día tras día, año tras año, proseguía en la misma labor, sin descansar ni decaer en su espíritu justiciero.

Este pájaro es popularmente conocido con el nombre de «Pájaro Jurado» o «Pájaro Voluntarioso» y se ha convertido en el símbolo de la voluntad.

El adorador del dragón

La gran afición del aristócrata Ye venía probablemente de su nacimiento. Según el Zodiaco chino, vino al mundo cuando reinaba el signo más fuerte de los doce animales que conforman el horóscopo chino. No solo nació en el año del Dragón, sino, curiosamente, también con el ascendente de ese animal mitológico. Adoraba ese signo legendario como algo propio de su esencia existencial. Los techos de su residencia se remataban con dragones tallados. Todos los muebles de la casa estaban decorados con imágenes de ese animal omnipotente. Su fabulosa colección de figuras de dragón era indudablemente la mejor de todo el imperio. Y como si la profusa presencia del animal en su casa no fuera suficiente, adornó todas sus prendas con bordados o estampaciones de dragón, se casó con una mujer del mismo signo, doce años más joven que él, eligió la servidumbre únicamente entre las doncellas nacidas con el mismo signo de su preferencia. Dragón, dragón, todo dragón.

Cuando el rey Dragón, que vivía en el cielo, se enteró de su gran afición, conmovido y agradecido, descendió a la Tierra para visitarlo. Entró en el salón y lo encontró disfrutando de una preciosa pintura titulada «Nueve dragones entre nubes». Pero cuando sintió la presencia de algo raro en su casa, por el vaho helado y magnético que exhalaba el animal todopoderoso, se puso pálido. Su terror creció desmesuradamente cuando vio de soslayo las escamas de un cuerpo ondulante y escarchado. Se demayó bañado en sudor frío.

El rey Dragón se desilusionó:

—¡Con que solo te gustaba la representación de mi especie! Cuando ves al dragón de verdad, te mueres de pánico.

Paradojas

Los maestros chan se sirven de sugerentes paradojas que apuntan la Verdad más allá de la aparente «verdad» relativa.

—Maestro, ¿tengo razón en no tener ideas?

—Desecha esa idea.

—Os he dicho —protesta el discípulo— que no tengo ideas, ¿qué podría desechar?

—Naturalmente —explica el maestro—, eres libre de seguir con esa idea de la no idea.

Las historias de encuentros entre maestros y discípulos y sus diálogos son muy sugerentes y significativos en China y están cargados de sentido trascendental y a la vez práctico.

—¿Qué práctica es menester seguir con el fin de no caer dentro de una categoría?

—Yo ni siquiera practico la Santa Verdad —responde el maestro.

—En ese caso, ¿a qué categoría perteneces?

—Si la misma Santa Verdad no existe, ¿cómo podrían existir las categorías?

El maestro obliga a sus discípulos a que desarrollen otra manera de percibir.

—¿Qué es la Verdad, maestro?

—Entra.

—No logro entenderlo.

—Sal.

Todavía una interesante paradoja más.

—Maestro, ¿qué dirías si viniera a verte sin nada?

—Arrójalo al suelo.

—Te he dicho que no traería nada.

—En ese caso, llévatelo.

La prueba de la campana

Tras la denuncia de un robo, varios sospechosos fueron detenidos y sometidos a interrogatorios. Rechazaron unánimemente haberse involucrado en el caso y se declararon todos inocentes. Como no había pruebas, ni testigos que pudieran comprobar su culpabilidad, el juez iba a soltarlos cuando se le ocurrió una buena idea. Les dijo entonces a los detenidos:

—Fuera de la ciudad hay un templo budista famoso por su campana misteriosa. Fue obra de unos monjes muy inteligentes y es capaz de distinguir la verdad y la falsedad. Nunca ha fallado. Ahora veo que no tenemos más remedio que acudir a la sabiduría y la magia de nuestros antepasados para aclarar el caso.

Antes de salir, dispuso secretamente que se adelantara su ayudante para preparar la campana. Luego llevó a los presos al recinto sagrado. La campana mágica se encontraba en la parte posterior de la sala de los Reyes Celestiales. El juez hizo una reverencia solemne a la campana, tras lo cual ordenó a los presos ponerse de rodillas para rendirle el máximo respeto. Luego se dirigió a los presos.

—Para comprobar vuestra inocencia no tenéis más que entrar en la sala, poner la palma de la mano en la campana y decir mentalmente: «Yo no he robado.» Si realmente es así, la campana se mantendrá silenciosa. Pero si es mentira lo que decís, se oirá una fuerte resonancia, con lo que atestiguaremos vuestra culpabilidad. Ahora pasad uno a uno al interior de la sala y haced lo que os he dicho.

Los presos entraron individualmente para tocar la campana y jurar inocencia. Dentro de la sala había muy poca luz y no se veía muy bien la actuación de los detenidos.

—Al cabo de un buen rato, salió el último preso, sin que la campana denunciadora sonara ninguna vez. Relajados y evidentemente satisfechos de la prueba, los presos esperaban que el juez los pusiera en libertad. Sin embargo, el juez ordenó:

—¡Enseñadme las manos!

Los presos le obedecieron sin saber el motivo. Allí comprobó el juez que todos tenían las manos manchadas de tinta negra, excepto uno que las tenía limpias. El juez lo señaló, afirmando con tono tajante:

— ¡Tú eres el ladrón! ¡Además, me has mentido!

El señalado trató de defenderse con una voz temblorosa:

—No, señor, no... no he robado nunca.

El juez se echó a reír a carcajadas:

—A decir verdad, la campana no sabe distinguir entre la verdad y la falsedad. Pero yo he dispuesto que la pintaran de tinta negra. Los que tuviesen la conciencia limpia, no tenían por qué temer, por lo que tranquilamente han puesto las dos manos en la campana para demostrar su inocencia. Sin embargo, tú, vergonzoso ladrón y mentiroso, no te has atrevido a tocar la campana por el temor a revelar tu vil condición. Por eso tienes las manos sin ninguna mancha negra.

La vela

Se cuenta que el noble Ping de Dsin había cumplido setenta años. Tenía un músico ciego también de avanzada edad, que además era su confidente. El noble se lamentó:

—¡Qué pena ser tan mayor! Ahora, aunque quisiera estudiar y emprender la lectura de libros importantes, ya es demasiado tarde para ello.

El músico ciego preguntó:

—¿Por qué no enciende la vela?

El noble se quedó perplejo con aquella respuesta. ¿Es que su súbdito trataba de mofarse de él? Dijo:

—¿Cómo te atreves, osado, a bromear con tu señor?

La irritación del noble era evidente.

—Jamás bromearía un pobre músico ciego como yo con los asuntos del señor. Nunca osaría una cosa tal, pero prestadme un poco de atención.

El noble se calmó, y el músico ciego dijo:

—He oído decir que si un hombre es estudioso en su juventud, se labrará un futuro brillante como el sol matinal; si estudia cuando ha llegado a una edad mediana, será su futuro como el sol de mediodía; si empieza a estudiar en la ancianidad, lo será como la llama de una vela. Aunque la vela no es muy brillante, por lo menos es mejor que andar a tientas en la oscuridad.

Ese mismo día el noble comenzó a estudiar.

Una historia de amor: la Décima hermana Du

Du era la prostituta más famosa de la capital por su extraordinaria belleza y la exquisitez de su trato. Perdió la virginidad a los trece años, cuando entró en el Pabellón Verde, el prostíbulo más elegante de Pekín, donde trabajaban más de veinte preciosas chicas para complacer a los hombres adinerados. Por la cronología de nacimiento, fue denominada como la Décima. Durante los siete años de vida alegre conoció a casi todos los ricachos y a los hombres importantes del imperio, quienes no escatimaban dinero y joyas para disfrutar de su belleza. A los diecinueve años, la hermana Du se proponía abandonar la deshonesta profesión para casarse con algún joven que la amara.

En esas circunstancias llegó un día un señorito guapo y elegante, llamado Li Jia. Hijo de una familia aristocrática del sur, había venido a Pekín para realizar estudios superiores en la Universidad Imperial. Al poco tiempo de llegar a la capital, acudió al Pabellón Verde para admirar a la famosa prostituta. Cuando la vio, casi se desmayó ante la hermosura de la joven Du. Encantado, sintió que a partir de ese momento su vida sería un desierto si no estaba ligada a la bella mujer. Du había conocido todo tipo de hombres, sin experimentar ningún afecto con nadie. Pero en ese momento su extraordinaria sensibilidad de mujer le dijo que aquel podía ser un buen marido. Se sintieron enamorados desde el primer instante.

Al día siguiente, Li trajo todo su equipaje y se hospedó en la habitación de su amada. Pagó un dineral a la regenta del prostíbulo por el derecho de estar con Du durante un largo tiempo. Y desde ese mismo día, estaban juntos día y noche, juntos en un romance idílico con el mayor placer del mundo. Se amaban profundamente y se juraban la eternidad de su pasión amorosa. Así transcurrió un año, sin que se hubieran separado un momento.

La regenta estaba preocupada, porque tuvo que dar interminables explicaciones a los clientes que venían a solicitar a la hermana Décima y no se conformaban con que les introdujeran con otras chicas, aunque fueran también preciosas. Algunos clientes asiduos no volvieron nunca más a pisar la casa, lo que significaba una pérdida considerable de ingresos del prostíbulo. Por lo tanto, tan pronto como venció el plazo de exclusividad de la hermana Du, intervino la regenta para cortar su interminable romance, convertido ya en un matrimonio para ella. Pero ni la mujer ni el extasiado Li aceptaron la idea, por lo que Li tuvo que agotar sus últimos recursos para permanecer un mes más al lado de su amada. Tras cumplir el último periodo de tiempo, la regenta sabía que el joven enamorado se había quedado sin dinero y no podía quedarse ni un día más. Entonces llamó a la hermana Du y le dijo:

—Sabes que no puedo tolerarlo ni un día más. Me está causando mucho perjuicio en el negocio. Muchos clientes se han enojado y ya no vienen más. Si realmente te quiere, te puede sacar de aquí pagándome trescientas monedas de plata dentro de tres días. Pero si no puede pagármelas, yo lo echaré de la casa a patadas. ¡Díselo así de claro!

Sorprendida e ilusionada, la bella joven preguntó:

¿Es cierto lo que dice la señora?

—Completamente cierto. No puedo soportar que ocupéis la casa sin que me produzcas ningún beneficio. Prefiero traer a otra chica para ocupar tu lugar.

La regenta estaba segura de que el joven empobrecido no iba a encontrar ayuda en ningún sitio, por lo que no le importó confirmar su determinación. Sin embargo, la chica quería asegurar el cumplimiento de su promesa:

—¿Qué pasaría si al cabo de tres días le trae lo que usted pide y usted se arrepiente de su promesa?

Aunque acorralada, la regenta ya no podía retractarse.

—Durante mis cincuenta años de vida nunca he faltado a mis promesas. Tampoco voy a faltar esta vez.

—Aquella noche, Du le refirió a su amado la conversación con la regenta para ver la reacción del chico, quien prometió ir al día siguiente a buscar dinero y rescatarla del prostíbulo.

Sin embargo, no lo consiguió, porque sus amigos y parientes sabían que estaba conviviendo con una prostituta y temían que pedía dinero para gastarlo en el prostíbulo. Nadie le dio nada ni en el primer día, ni en el segundo. Desesperado y cansado, el joven se sintió avergonzado para volver a ver a su amada y se quedó dormido en el portal de la casa de su amigo. Al día siguiente, lo encontró el mozo enviado por la hermana Du y le obligó a volver al prostíbulo. Cuando su novia se enteró de lo sucedido, sacó ciento cincuenta monedas de plata y le dijo:

—Durante estos años he ahorrado esta pequeña suma de dinero. Ahora veo que quizás te puede ayudar en algo. Si realmente me quieres como has repetido tantas veces, consigue la otra mitad hoy mismo, antes de que sea demasiado tarde.

Li pareció ver una luz en la oscuridad, salió otra vez a la calle en busca de algún amigo o conocido que le pudiera prestar el resto del dinero. Por la noche, volvió loco de contento porque un amigo de su pueblo le prestó el dinero que necesitaba.

Al día siguiente, antes de que se levantaran, la regenta ya estaba llamando a la puerta, diciendo en voz alta:

—Joven, hoy se cumple el plazo. No puedo esperar ni un minuto más. Me entregas el dinero o mando que te echen a la calle.

Se abrió la puerta, apareció la hermana Du, quien le dijo con voz grave y determinante:

—Señora, durante ocho años me he humillado y sacrificado para que su caja se llenara de monedas de oro. Hace unos días, usted me ha prometido la libertad si mi novio le pagaba trescientas monedas de plata. Aquí tiene el dinero. No falta nada. Tómelo y déjeme en libertad. De lo contrario, él se llevará el dinero y yo me suicidaré delante de usted.

La regenta nunca había pensado que pudiera conseguir el dinero, pero ahora, ante la difícil disyuntiva, montó en cólera, ordenando que salieran de la habitación y los echó a la calle.

Por fin, la Décima hermana Du estaba libre. Pero salvo la ropa usada que llevaba puesta no tenía nada. Tuvieron que acudir a la casa de una amiga para asearse y pedir algún dinero para el viaje. La mujer se alegró de que Du hubiera conseguido la libertad. Llamó enseguida a la otra amiga que tenía la misma profesión, y las dos le regalaron ropa y algunas joyas a la recién liberada. Habilitaron una espaciosa habitación para que se alojara temporalmente la joven pareja. Esa misma noche organizaron una suculenta cena a la que acudieron una docena de bellas cortesanas.

El día de su partida, muy de madrugada, cuando la joven pareja subió al carruaje para emprender el viaje hacia el sur, vinieron a despedirse todas las amigas de la preciosa mujer. Trajeron un cofre y se lo dejaron en las manos de Du, diciéndole:

—Esta caja contiene unas monedas que hemos juntado para ayudaros un poco en el viaje. Esperamos que seáis felices para toda la vida.

Du les agradeció la gentileza y guardó el cofre sin abrirlo. Viajaron varios días en un carruaje hasta llegar a un río que les conduciría hacia el sur. A los pocos días agotaron el dinero que llevaban. Para continuar el viaje, Du abrió la caja y sacó un sobre rojo que contenía cincuenta monedas de plata. Alquilaron un barco privado con remero y siguieron el viaje. Li había tomado la decisión de ir hacia Hang Zhou, para instalar primero a la mujer, mientras que él iría a su casa para convencer a sus padres y conseguir su conformidad con el matrimonio.

Una noche, mientras estaban anclados en un embarcadero, se les acercó un barco privado de lujo en el que viajaba un joven comerciante de sal. Al día siguiente, cuando el comerciante vio por casualidad la bellísima cara de Du, cambió su plan de viaje y persiguió su barco durante todo el día. Al final, pudo entablar conversación con Li, a quien le invitó a cenar en un restaurante del puerto. El comerciante de sal era más o menos de la edad de Li y había conocido a muchas mujeres de vida alegre durante sus largos viajes. Pero jamás había visto una chica tan guapa. Tras más de veinte copas de licor, se hicieron amigos confidenciales. Li le contó todo lo que había pasado en estos dos años, y al final reveló su preocupación por la dificultad de conseguir el consentimiento de sus padres para poderse casar con una mujer de esa índole.

El comerciante agravó su desasosiego del joven diciendo:

—Tus padres jamás van a consentir que te cases con ella. Preferirían morir antes de ver su dignidad manchada y su reputación por el suelo. Además, ese tipo de mujeres suelen engañar a los hombres. Si la dejaras sola en una ciudad como esta, antes de diez días te volvería a ser infiel y a engañarte. Probablemente ella tiene viejos amigos en el sur, así que en cuanto vuelvas de casa, ya se habrá marchado con ellos dejándote abandonado. Sobre todo ahora que vas a tener que afrontar la severa mirada de tus padres, los pondrás enfurecidos si vuelves a casa con las manos vacías para contarles que has gastado todo el dinero en burdeles sin haber hecho ningún estudio. Los vas a matar vivos con esa ocurrencia.

Al oír sus razonamientos, el joven Li empezó a vacilar.

—¿Qué hago entonces?

—¿Por qué no me la cedes por mil monedas de plata? Así tendrás dinero y les contarás que todo eso es mentira, que has estado estudiando y aún te queda bastante dinero. De esta manera te creerán plenamente. Así, también te liberarás de esa mujer, que seguro te va a engañar.

Li se sintió mareado y totalmente perturbado. Se limitó a decirle que consultaría con su mujer.

Cuando llegó pasada la medianoche, borracho y malhumorado, la hermana Du aún lo esperaba con las velas encendidas. Le preguntó si quería tomar algo de lo que le había preparado; como lo vio menear la cabeza, le quitó los zapatos para que se tumbara en
la cama. De repente, el joven empezó a llorar. Extrañada,
Du le preguntó qué había pasado. Li le contó lo que le propuso el comerciante de sal. Después de escucharlo, con los ojos inundados de lágrimas, la bella mujer le preguntó con ansiedad.

—¿Qué piensas de esa sugerencia?

Perturbado y dolorido, el joven le dijo sollozando:

—No sé qué hacer. Es tan difícil para mí. Por un lado, tengo miedo de que mis padres se enojen si me caso contigo; por el otro, te quiero mucho y sería un martirio para mí perderte. No sé, no sé qué hacer.

La cara de la bella mujer se volvió trágicamente serena.

—Quien te ha propuesto esto es una persona generosa y razonable. No veo ninguna mala intención en su comportamiento. Además, recuperarás el dinero para salvar tu reputación ante tus padres. A mí no me importaría ir con otro hombre, así también me evito sufrir la penuria y la inseguridad de esperarte. Pero es importante que te dé el dinero que ha prometido. ¿Cuándo te lo dará?

—Mañana, si estás de acuerdo con este arreglo.

—Perfecto, duerme ahora para contar bien el dinero mañana.

El hombre concilió el sueño enseguida. Mientras, la mujer empezó a cambiarse y a maquillarse con sumo cuidado.

Al día siguiente, cuando Li se despertó, encontró a su mujer elegante y bellísima. Recordó lo que hablaron unas horas antes y agachó la cabeza con un largo suspiro. Al verlo así, la hermana Du le recordó:

—Cuenta bien el dinero, para que no te engañe.

Li abrió la puerta del barco, el rico comerciante ya estaba esperando en su lujoso barco, con los ojos ávidos fijos en la bellísima mujer. Li le dijo:

—He hablado con mi mujer, ella lo ha aceptado. Dame, pues, el dinero.

El comerciante se mostró desconfiado.

—Para darte el dinero, necesito tener el tocador de tu mujer como fianza.

Li volvió la cabeza para consultar a la hermana Du, quien le dijo categóricamente:

—Dáselo.

Una vez traspasado el tocador, el comerciante le entregó las mil monedas de plata, que Li contó una a una. No faltaba ninguna, y además comprobó que eran monedas auténticas. Volvió los ojos hacia la lindísima mujer que iba a pasar al otro barco. La hermana Du ni siquiera se dignó a mirarlo, su cara se veía tranquila, impasible y soberbia. Tenía en las manos el cofre que le habían regalado las chicas de la misma profesión. La mujer se paró en la proa del barco y dio orden
al remero para zarpar y emprender la marcha, atado al barco del comerciante, adonde se podía pasar con un trampolín. Du pidió a Li que se acercara y viera qué había en la caja. Abrió la tapa del precioso cofre, dejando ver su contenido. Li no podía creer lo que veían sus propios ojos. Había monedas de oro, pendientes y anillos de brillante, collares de perlas, figuritas de marfil y lapizlázuli, piezas de jade verde que valían un imperio.

La bella mujer empezó a hablar:

—Estas son las joyas que me regalaron los nobles y ricos que han besado mis pies. Algunos se han arruinado haciéndome regalos de incalculable valor. Pero no conquistaron mi amor, simplemente mancharon mi cuerpo. El único hombre que he querido en mi vida eras tú. Pero por mil monedas de plata me has vendido a ese morboso sinvergüenza. Me da pena tu fragilidad y tu inconstancia. Este cofre no es regalo de ninguna amiga. Es mío. Les pedí que me lo guardaran dos días y que me lo devolvieran como si se tratara de un regalo. Estas joyas valen más de cien mil monedas de oro. No te lo había dicho justamente para probar la autenticidad de tu amor. Pero me has destrozado el corazón con tu mezquindad.

Mientras decía esto, tiraba a manos llenas las joyas al caudaloso río ante los atónitos ojos del hombre al que amó con toda su alma y del que odió desde el principio. Antes de que vaciara el contenido del cofre, Li se dio cuenta del valor de las cosas que estaba tirando la mujer, se arrodilló pidiendo perdón. Pero era demasiado tarde; antes de que reaccionara, la Décima hermana Du se había lanzado al profundo río con el cofre vacío. La hermosa silueta de la hermana Du desapareció enseguida en el caudaloso torrente.

Una sentencia acertada

Tras el fallecimiento de un viejo cortesano, se produjo una violenta disputa por la herencia entre sus dos hijos. Se peleaban por llevarse la mejor parte del patrimonio familiar, en continuos pleitos escandalosos, desde el reparto de los terrenos hasta la división de unos objetos insignificantes, sin la menor consideración del amor fraternal. Por muy equitativo que fuera el reparto, siempre se imaginaban que el otro se llevaba algo más.

Se sometieron al arbitraje del tribunal, sin que el juez pudiera determinar realmente cuál de los dos se había quedado con un poco más de la herencia. Ante la imposibilidad de dictar una sentencia justa, el tribunal relegó el difícil caso al juicio del mismo emperador. Tampoco le fue nada fácil al monarca formular un veredicto para dar fin a la interminable pugna.

En esa situación, el primer ministro Chang se ofreció a resolver el litigio.

—Si Su Majestad me concediera autorización, yo podría terminar rápidamente con el caso.

Tras conseguir el permiso real, Chang regresó a su residencia, en donde citó a los dos litigantes.

—¿Habéis dicho la verdad en vuestras acusaciones?

—Sí, señor, es totalmente cierta mi acusación.

Los dos se pronunciaron simultáneamente. Dicho esto, el ministro les hizo firmar un documento en el que se reafirmaban en haber dicho la verdad, toda la verdad. No atendió ni un minuto a los argumentos que los dos hermanos habían repetido en tantas ocasiones y directamente dictó la sentencia.

—Considerando que os acusáis mutuamente de
que el otro se ha quedado con más herencia y sostenéis que es cierto lo que decís, ordeno que os cambiéis vuestras pertenencias hoy mismo, siendo irrevocable la sentencia, cuya ejecución se llevará a cabo hoy mismo.

¿Quién hace el ruido?

Era un maestro chan. Apenas era visitado por ningún aspirante espiritual, pues se había ganado fama de severo y sus métodos de enseñanza eran muy peculiares. Pero llegó a la ciudad un buscador de otro lugar muy distante del país y quiso comprobar que realmente se trataba de un maestro peculiar. «No soy fácilmente desconcertable», dijo con cierta presunción a quienes le advirtieron.

Llegó ante el maestro. Cuando el maestro lo vio, antes de que se intercambiasen palabra alguna, estalló en una estruendosa carcajada. El buscador se sirvió de su autocontrol para no denotar sorpresa. El maestro estaba tomando un sabroso y aromático té.

—Siéntate —le ordenó al recién llegado—. Siéntate bien, erguido, y no como una gallina clueca y estúpida.

Una pausa. El té estaba humeando y esparciendo su exquisito aroma.

—¿Deseas algo?

El visitante dudaba. Empezaba a sentirse incómodo. Pidió:

—¿Puedo tomar un poco de té?

Súbitamente, el maestro arrojó un chorro de té hirviendo sobre el visitante. El líquido ambarino le quemó como acero candente allí donde caía en su cuerpo.

—¿Es esta forma de tratar a un visitante?

—Te he dado lo que me has pedido —argumentó el maestro, después cerró los ojos y se abismó en profunda meditación.

El aspirante cerró también sus ojos y entró en meditación. Reinaba un silencio perfecto, casi sobrecogedor. «¡Qué paz, qué sublimidad!», se decía el aspirante, sintiendo la atmósfera de quietud del recinto. De repente, un violento bofetón le hizo emerger del éxtasis. Tuvo que recurrir al máximo de su autodominio para no avalanzarse sobre el maestro y devolverle el rudo golpe. Cuando fue a protestar, el maestro le preguntó de sopetón:

—¿De dónde ha surgido el ruido? ¿De la mano o de tu mejilla?

El aspirante dudó durante unas décimas de segundo. Otra bofetada no menos brusca golpeó su rostro.

—¡Contesta, imbécil! —gritó el maestro—. ¿De dónde sale el ruido? ¿Quién lo produce: la mano o la mejilla?

Se trataba de un genuino buscador, aunque su orgullo había retrasado su singladura espiritual. Rápidamente respondió:

—¡De la mente!

Se refería al ruido de rabia, resentimiento, humillación y autoimportancia herida que había brotado en su mente al sentir los golpes y risotadas del maestro.

—Tú avanzas —dijo ahora cariñosamente el maestro, captando el contenido real de la respuesta del aspirante—. Quédate conmigo hasta cuando sea tu deseo. Y entiende que no he hecho otra cosa contigo que lo que hizo mi maestro conmigo. También yo era orgulloso, como tú, pero también como tú, un siervo de mi genuina búsqueda espiritual. Gracias por venir. Como el discípulo necesita al maestro, el maestro necesita al discípulo. Bienvenido seas.

La trampa de los barcos con figuras de paja

Cuando un millón de soldados procedentes del norte llegaron a la orilla del río Yantsé, el rey del sur encargó al general Zhou comandar el ejército para oponer resistencia al posible ataque del poderoso enemigo.

Zhou era muy inteligente, pero no toleraba que los demás le llevaran ventaja en ingenio. Odiaba a un estratega superdotado llamado Kong Ming, quien había frustrado en varias ocasiones las intrigas que el envidioso general Zhou había fraguado contra él. Furioso y resuelto a eliminarlo a toda costa, el general Zhou tendió otra trampa a Kong Ming.

La trampa de los barcos con figuras de paja.

Un día, durante una entrevista con su adversario, el general Zhou le preguntó:

—En las batallas que vamos a sostener contra el ejército del norte, ¿cuál cree usted que es el arma más eficaz?

—En la guerra sobre las aguas del gran río destaca la importancia del arco y la flecha —contestó Kong Ming.

A Zhou le brillaron los ojos, pero se fingió con preocupación:

—Pero justamente eso es lo que falta a nuestro ejército. Por lo tanto, si no le importa, le rogaría que me ayudara a fabricar cien mil flechas para fortalecer nuestra resistencia.

—¿Para cuándo las necesita?

—Para dentro de diez días —le marcó un plazo imposible de cumplir. Además, estaba dispuesto a poner cuantas trabas pudiera para dificultarle la gestión.

Sin embargo, para su sorpresa, al inteligente estratega le pareció extremadamente largo el plazo.

—Estamos en una situación peligrosa. El ejército enemigo puede atacar en cualquier momento. Por lo tanto, me comprometo a entregárselas en tres días.

Zhou se quedó totalmente sorprendido.

—¿Está bromeando? ¿Sabe que el incumplimiento de una orden en el ejército se castiga con la pena de muerte?

—Lo sé perfectamente —dijo Kong Ming con seriedad—, estoy dispuesto a exponerme a la condena si no logro entregárselas. Le ruego que al cabo de tres días envíe a quinientos soldados a la orilla del río para recoger las flechas.

—Acepto su palabra.

El general contestó con severidad, mientras que interiormente festejaba que su enemigo hubiera caído en la trampa.

Después de la entrevista, el consejero del general comentó al general Zhou:

—No entiendo por qué redujo el plazo a tan solo tres días.

—Porque, aunque es muy inteligente, es vanidoso y quiere arriesgar la vida en algo que le es imposible de conseguir. Esta vez caerá sin remedio por ser engreído, ja, ja, ja... —Zhou se rio a carcajadas.

Durante el primer día ningún herrero del ejército recibió el pedido ni siquiera de una flecha. El segundo día, Kong Ming se limitó a ordenar a su gente preparar veinte lanchas rápidas, cada una con treinta soldados a bordo. El tercer día mandó hacer mil espantapájaros de paja y que los colocaran a proa de los barcos. Todos los trabajos preparativos se realizaron discretamente sin que cundiera la noticia.

Mientras tanto, Kong Ming no salió de su casa. Los espías enviados por el general Zhou informaron que el encargado de la fabricación de flechas no hacía otra cosa que leer, beber y pasear. A Zhou le extrañaba sobremanera la tranquilidad de su adversario.

Pero al tercer día por la noche, Kong Ming abandonó la casa y se dirigió a la orilla del río, donde estaban anclados los veinte barcos cubiertos con lonas. Ordenó amarrar los barcos para formar una larga cadena. A medianoche zarpó la flota con las figuras de paja a bordo. Cuando llegaron al centro del río, los navegantes destaparon la cubierta de los barcos y se colocaron detrás de las tupidas figuras protegidos por muros de paja de casi dos metros de alto. Mientras tanto, una densa niebla empezó a cubrir la superficie de las aguas. Faltaban aún dos horas para amanecer y la flota se dirigió a la orilla norte, ocupada por el ejército enemigo. Cuando se aproximaron lo suficiente, los ocupantes de la flota empezaron a batir tambores y gritar a viva voz para simular un ataque al campo enemigo. Los generales del norte, al oír el estrepitoso ruido de tambores y voces, creyeron que se trataba de un ataque en masa del ejército del sur aprovechando la intensa niebla. Ordenaron a todos los arqueros alinearse en la orilla y disparar contra la flota que se acercaba en medio de la intensa niebla. Ráfagas de flechas dieron en las fantasmales figuras haciéndolas tambalear ligeramente, mientras que los navegantes avivaban las voces y producían mayor percusión en los tambores. En la oscuridad, veinte mil arqueros enemigos disparaban contra la flota con miles de guerreros en la cubierta que se mantenían en pie milagrosamente a pesar de la lluvia de flechas.

Poco a poco se aclaraba el día y la niebla se hacía menos densa. Los arqueros seguían disparando contra la ruidosa flota, creyendo que sus flechazos le impedían acercarse a la orilla. Pero cuando los primeros rayos del sol disiparon la niebla, se dieron cuenta de que habían estado disparando contra unas figuras
de paja que seguían en pie en la cubierta convertidas en verdaderos blancos. Antes de que salieran los barcos de guerra enemigos, las veinte lanchas ligeras ya navegaron río abajo velozmente cargados de flechas de regalo.

Al cabo de dos horas, llegó la victoriosa flota al puerto del sur. Allí esperaban los quinientos soldados y un pelotón de guardias preparados para detener a Kong Ming, con la seguridad de que no podía cumplir la orden. Pero, para su gran sorpresa, vieron que llegaban unos barcos cargados con más de cien mil flechas.

Resulta que el inteligente Kong Ming se dio perfecta cuenta de que el general Zhou quería buscar un pretexto para matarlo. Era imposible fabricar tantas flechas en tan poco tiempo. Sin embargo, sus conocimientos meteorológicos le pronosticaron una densa niebla al cabo de tres días y concibió la manera de obtener las flechas. Por lo que acortó de forma tan draconiana el plazo de entrega.

Una vez más demostró su infalible inteligencia que le ayudó a esquivar otra intriga. El general Zhou reconoció su nuevo fracaso y admiró la imaginación del famoso estratega Kong Ming.

Los gansos y la caligrafía

Todas las mañanas, después de varias horas de práctica, Wang Yizhi, el famoso calígrafo, aclaraba los pinceles y tinteros en el estanque de loto frente a su puerta. Luego, antes del desayuno, daba un paseo para contemplar los gansos blancos nadando en el Lago del Oeste. Le llamaba siempre la atención el movimiento gracioso de sus patas, que, según los maestros de la caligrafía, se asemejan al movimiento de la muñeca cuando se escribía al estilo de la «hierba».

Acostumbraba a escribir con el índice de la mano en su pantalón, imitando los caracteres inscritos en las antiguas estelas de piedra vistas en sus repetidos viajes culturales por China. Estos hábitos le atrajeron frecuentes quejas de su mujer, porque las aguas del estanque quedaban totalmente negras de tinta y las ropas se desgastaban rápidamente en la zona donde trazaba diariamente los ideogramas con los dedos. Pero, gracias a esa constancia y concentración, se consagró como el mejor calígrafo de la historia de China.

Dado el alto prestigio de su arte, sus obras estaban muy cotizadas. Todo el mundo andaba en busca de una caligrafía suya, bien para embellecer las paredes de las mansiones, bien para enriquecer sustancialmente las colecciones caligráficas. Un rótulo de su puño y letra podía hacer prosperar un negocio; una cuantiosa deuda se amortizaba con un abanico que llevaba su puño y letra.

Había un monje pobre que anhelaba una copia del Libro de la moral con su letra para atesorarlo en el templo budista. Ni él ni el templo tenían dinero para comprar tan cara obra de arte. Pero, al enterarse de la afición a los gansos, se le ocurrió una magnífica idea. Compró una manada de gansos pequeños en el mercado y los crió con sumo cuidado durante varios meses. Un día, cuando el calígrafo paseaba por la orilla del lago, quedó maravillado de la blancura de los gansos del monje y la gracia y armonía de sus movimientos.

—¿De quién son estas criaturas tan graciosas? —preguntó.

El monje, que contemplaba el asombro del artista, sintió gran satisfacción y creyó llegado el momento:

—Son del Buda. Porque su santo espíritu les ha conferido la elegancia natural, y la pureza de su amor les ha dado la blancura. Son suyos, mi señor, desde este momento, si son de su agrado.

—Desde luego que sí, ¿pero cómo se los voy a pagar?

—Nuestro templo es un lugar sobrio pero sagrado. No hay ninguna decoración mejor que una copia del Libro de la moral. Si nos pudiera hacer el favor, la gente que va a rezar apreciaría su arte y se iluminaría con la norma de la buena conducta.

Al día siguiente se presentó el maestro de caligrafía en el templo con un manojo de pinceles y su tintero tallado con un dragón. Unos días después obsequió al templo budista con una verdadera obra de arte: la copia entera del Libro de la moral.

Más allá del conflicto

El maestro chan tenía discípulos que con frecuencia le exponían sus dudas, sus cuitas, sus conflictos y zozobras. Todo ello está en la mente ordinaria, que es, a menudo, como un monstruo que enreda y roba la felicidad, creando tensión, oposición y contradicciones irreconciliables. Como dicen los maestros, con demasiada frecuencia añadimos fricción a la fricción, sufrimiento al sufrimiento, en lugar de fluir como un ágil torrente.

Había un discípulo cuya mente era un hervidero de tensiones y vacilaciones.

—Venerado maestro —dijo—, si nos vestimos y comemos todos los días, ¿cómo podemos escapar a la monotonía de tener que ponernos la ropa y comer los alimentos?

—Nos vestimos y comemos —repuso tranquilamente el maestro.

—No comprendo —replicó el discípulo.

Y el maestro dijo:

—Si no comprendes, ponte la ropa y come.

La venganza de «Ceja Larga»

En el reino Chu había un famoso artesano de espadas. Las armas que él templaba eran terriblemente afiladas. Una vez recibió la orden real de forjar una espada para el rey. Después de muchos días de trabajo, en los que vertió todo su conocimiento profesional y largos años de experiencia, ofreció al monarca una espada inigualable que podía cortar el hierro como si fuera barro. El rey se alegró al ver el arma más potente del mundo, pero por temor de que el maestro pudiera hacer otra igual para otros monarcas, mandó asesinarlo. Antes de la muerte, el artesano escondió una espada de las mismas características, para que su hijo pudiera vengar su muerte cuando fuera mayor.

Su hijo se llamaba «Ceja Larga», por sus cejas de inusual longitud. Este joven, huérfano de padre, era valiente y generoso como nadie. Al enterarse de la trágica muerte de su padre, juró venganza y justicia. Sacó la espada que su progenitor había escondido y se dirigió a la capital. Pero a medio camino vio carteles con su nombre y retrato, describiéndolo como el traidor más peligroso del reino. Los guardias de la corte andaban en su busca para detenerlo. Resultaba que el rey había tenido una pesadilla uno de aquellos días y soñó que «Ceja Larga» lo iba a matar. Por eso ofreció una fuerte recompensa por su cabeza. En esas circunstancias, el joven no tuvo más remedio que refugiarse temporalmente y retrasar su plan de venganza.

Transcurría el tiempo con creciente desesperación. Un día, en el bosque que le servía de refugio, el joven se encontró con un hombre vestido de negro, quien, al enterarse de su propósito de venganza, le sugirió una tremenda idea: ir a ver al rey con la cabeza de «Ceja Larga» y aprovechar la ocasión para matarlo. A pesar de lo descabellado de su plan, «Ceja Larga» no vaciló ni un segundo y se cortó la cabeza con la espada de la venganza.

El hombre vestido de negro se entrevistó con el rey, ofreciéndole la cabeza del vengador. Tras comprobar la identidad del muerto, el rey ordenó que la abandonaran en las afueras de la ciudad. Sin embargo, el hombre le recomendó cocer la cabeza en una olla grande para disipar definitivamente el mal espíritu de la venganza. Prendieron fuego y la cocieron durante tres días con sus noches, sin lograr que se deshiciera la serena expresión de la cabeza. El hombre vestido de negro sugirió al rey que se asomara a la olla para que su majestuosidad se impusiera al espíritu siniestro. El rey lo hizo, momento que aprovechó el héroe, quien, sacando hábilmente la espada de la venganza, decapitó al monarca. La cabeza real rodó hacia la olla de hirviente agua, en la cual se desencadenó una lucha dantesca con el hijo del artesano. Se hundían y volvían a flotar entre el hervor de las aguas con mordiscos y cabezazos, sin poder definir quién era el vencedor. El hombre del vestido negro se desesperó y se cortó la cabeza para ayudar al hijo del artesano. Estuvieron siete días luchando en la enorme olla, hasta que se deshicieron las tres cabezas. Los cortesanos, aterrorizados por la lucha infernal de los espíritus, no podían identificar la cabeza del rey. Tuvieron que dividir el caldo de la olla en tres partes iguales y dieron sepultura real a los tres, denominando la tumba conjunta con el nombre de «Tres Reyes».

Enseñanzas concretas

Era un genuino buscador, pero se perdía demasiado en abstracciones metafísicas y especulaciones filosóficas. Había recibido enseñanza de muchos maestros, pero las explicaciones que le proporcionaban sobre la Doctrina alimentaban aún más sus elucubraciones metafísicas. Se enteró de que había un maestro chan muy pragmático y decidió ponerse en sus manos. Después de permanecer varios días frente a la casita del maestro, este lo aceptó. Cuando el discípulo le preguntó si había espíritu o no, el maestro le dio un vigoroso tirón de orejas.

—No es muy gentil por vuestra parte lo que habéis hecho —se quejó el discípulo.

Y el maestro repuso:

—¡No me vengas con pamplinas a estas alturas de mi vida!

Salieron a dar un largo paseo.

—Maestro, ¿cuando un ser liberado muere, sigue o no sigue existiendo en alguna parte?

El maestro comenzó a coger moras silvestres y a degustarlas en silencio. El discípulo protestó:

—No es muy amable por vuestra parte no responder cuando se le habla.

El maestro le dirigió una mirada severa, y dijo:

—Yo estoy en el presente, comiendo estas jugosas moras, y tú estás, como un estúpido, más allá de la muerte.

Se sentaron bajo un árbol, cerca de un arroyo.

—Maestro, ¿hay un ser supremo que creó el mundo, o todo es producto de la casualidad?

—¡Déjate ya de vanas preguntas! —replicó el maestro—. Ahora voy a preguntarte yo algo muy concreto: ¿Estás escuchando el rumor del arroyo?

—No —repuso el discípulo, enredado en su mirada de opiniones.

Y el maestro concluyó:

—Pues siento decirte que eres incorregible. Ve a otro maestro que te llene la cabeza de ideas y permíteme seguir escuchando el rumor del arroyo.

Concurso de pintura

El emperador de la Dinastía Song decretó un concurso nacional a fin de seleccionar a los mejores pintores para la Academia Imperial de Bellas Artes. El mismo monarca escribió un verso para que los concursantes crearan su obra bajo ese título. El verso decía: «Un templo antiguo en la profundidad de las montañas».

Miles de pintores participaron en el concurso, desa- rrollando su imaginación para interpretar el verso del emperador. Algunos de ellos dibujaron un templo antiguo en la falda de la montaña. Otros dibujaron un bosque del que se destacaba parte del tejado de una construcción antigua. Había quienes pintaron los muros rojos de los templos sobre un fondo de montañas, etc. Aunque el estilo pictórico marcaba dos tendencias fundamentales: la detallista y la esencial, en las obras presentadas al concurso se apreciaban dos denominadores comunes: el templo y las montañas.

Después de las primeras selecciones, quedaban cien pinturas para el final del concurso nacional. El mismo emperador formó parte del jurado. Los organizadores enseñaban uno a uno los cuadros al tribunal, a fin de obtener sus calificaciones. Al emperador no le llamaron la atención ninguna de las obras que le enseñaron, porque no le gustaba la expresión pictórica demasiado directa y realista. Dijo:

—La reproducción gráfica de un templo entre las montañas aminora el sentido poético del título y empobrece la imaginación y la espiritualidad del verso.

Cuando iba a retirarse desanimado, los cortesanos abrieron una pintura muy original. Allí no se veía ningún templo ni nada por el estilo. Solo había un viejo monje que cargaba dos cubos de agua con un palanquín caminando por entre un bosque silencioso.

El emperador se quedó mirando este cuadro con sorpresa y gran satisfacción. Al cabo de un buen rato, exclamó:

—¡Magnífico! Este es el que más me gusta. No se ve ningún templo, pero te parece que está cerca. Lo antiguo del monasterio está en la edad del monje. Ni hay montañas, pero el bosque lo evoca. Aparentemente falta una relación entre la pintura y el verso, pero el lenguaje alegórico del pintor invita a desarrollar nuestra imaginación, pensando en ese templo antiguo y las montañas que no se ven en el cuadro. Si el verso da una imagen del templo entre las montañas, la pintura sugiere un ambiente poético nada común.

Los demás miembros del jurado manifestaron su sincera conformidad con el criterio del emperador, eligiendo por unanimidad al autor de esta original obra como el primer ganador de este concurso.

Un embajador digno

Yan Zi fue nombrado embajador del rey Chi y enviado al vecino reino Chu, cuyo monarca era prepotente y despreciaba a los países más débiles. Sentía bastante hostilidad por el país que representaba el embajador Yan Zi debido a la guerra que habían sostenido durante muchos años. Por lo tanto, cuando le anunciaron la llegada del nuevo embajador, preparó varios planes para humillarlo.

Como Yan Zi era bajo de estatura, el rey ordenó abrirle solo la puerta pequeña del acceso lateral de la capital el día de su llegada. El embajador, indignado por el desprecio, se negó a entrar diciendo:

—Soy embajador acreditado de un reino y no de una perrera. Si este fuera un país de canes, aceptaría entrar por este hueco.

Al oír eso, el rey no tuvo más remedio que ordenar que le abrieran la puerta principal. Sin embargo, no abandonó el plan de humillarlo. Durante la entrevista con Yan Zi, el rey mostró su menosprecio sin ningún tapujo.

Un embajador digno.

—¿Será posible que no tengan otra persona más adecuada para tener que mandarle a usted aquí como embajador?

La indignación ante tan evidente menosprecio no le hizo perder la cabeza a Yan Zi, quien con un tono sereno le respondió:

—En mi país hay una tradición: los embajadores acreditados en los países de soberanos sabios tienen que ser muy competentes. En cambio, siendo yo tan deficiente, solo puedo venir a su reino.

Un tanto sorprendido con la habilidad mental y la ferocidad de sus respuestas, el agresivo rey no se dejó impresionar por la inteligencia del nuevo embajador, a quien tenía preparado otro ardid para humillarlo. Hizo una señal con la mano, tras la cual un guardia trajo a un detenido y le informó a viva voz:

—Majestad, este es un ladrón, inmigrante del reino Chi.

El monarca se puso a reír a carcajadas lleno de satisfacción.

—Ya lo creo. Por lo visto, los habitantes de Chi no son más que unos ladrones. Ja, ja, ja...

Yan Zi no se dejó abrumar por el trato humillante; con tono tranquilo y voz grave, dijo:

—Los naranjos que crecen al sur del río Yantsé dan unas frutas jugosas y dulces. Pero, al ser trasplantados aquí en el norte, sus naranjas son incomestibles, porque las condiciones han cambiado totalmente. Los habitantes de Chi son honrados y nunca roban a nadie. Pero, curiosamente, al venir aquí se han habituado a convertirse en ladrones.

El rey Chu se encogió de hombros sin saber qué decir.

Imitación contraproducente

Había en el reino Wu una mujer bellísima, llamada Xi Shi. Antes de que fuera elegida como Primera Dama del Reino, vivía en una calle céntrica de la capital. Cuando salía a lavar en el riachuelo, deslumbraba a la gente con su gracia y su encanto. Las chicas de la ciudad sentían admiración y envidia a la par de su extraordinaria y cautivadora belleza. Todo lo que llevaba se convertía en moda a los pocos días. Su gracioso andar era copiado por las doncellas, que la imitaban incluso cuando se secaba el sudor de la frente.

Un día, la bella mujer sintió dolor de estómago cuando caminaba por la calle. Tenía las cejas fruncidas por las continuas molestias abdominales. En eso, la vio una muchachita gorda y fea. Su ancha cara se iluminó, creyendo haber visto la clave de la belleza de la graciosa Xi Shi.

Desde aquel día, andaba siempre con las cejas fruncidas y una expresión de angustia. Pero le extrañaba que la gente, en vez de mirarla con simpatía, huía de ella más que nunca.

La muerte del avaro

Dicen que había una vez un anciano muy rico, pero también muy avaro. Era un verdadero usurero y prestaba dinero con un interés desmedido. Recaudaba habitualmente sus intereses, viajando de un lado para otro. Como le faltaban las fuerzas, con no poco dolor de su corazón se compró un asno. Para no exponerse a que el asno enfermase o muriese, y así perder lo que había pagado por el mismo, lo utilizaba solo cuando tenía que desplazarse a considerable distancia. Cierto día tenía que viajar muy lejos y decidió utilizar el asno. Pero el asno no estaba acostumbrado a cargar a su amo y, al poco tiempo de ser montado, comenzó a jadear gravemente. El anciano se asustó. ¡No vaya a ser que me quede sin asno y sin dinero! Descabalgó e incluso le quitó la silla de montar para que el animal se repusiera. Entonces el asno salió de estampida. El anciano, renqueando, trató de seguirlo, penosamente, pues no deseaba tampoco deshacerse de la silla de montar.

Cuando el anciano llegó a su casa, lo primero que hizo, sin despojarse siquiera de la silla de montar, fue preguntar por el asno. Sí, había regresado. Así que el anciano, a pesar de estar empapado de sudor y tener una espasmódica respiración, se sintió aliviado.

Ciertamente poco le duró su alivio. Unas horas después su envejecido corazón se detenía, no sin antes haber preguntado a sus sirvientes:

—Pero ¿de verdad que ha regresado el asno?

Operación sin anestesia

El general Guan Yu fue herido en el brazo derecho por una flecha cuando dirigía el ataque a la sitiada ciudad Fan. Cayó de su caballo, siendo socorrido por los soldados que lo trajeron al cuartel. Sacaron la flecha, pero se dieron cuenta de que la punta de la misma estaba envenenada. Tenía el brazo monstruosamente hinchado. El veneno había llegado ya a los huesos. Le sugirieron desistir del plan de conquista y retirarse para curar la herida. Pero el general se negó rotundamente. Ordenó mantener el sitio de la ciudad y volver a atacarla en cuanto se le sanase la herida. Los médicos del ejército dijeron que eran incapaces de curarlo, por lo que se envió a varios soldados en busca de buenos cirujanos.

Un día se presentó en el cuartel un médico llamado Hua Tuo, quien dijo:

—Me he enterado de que el famoso héroe ha sido herido por una flecha venenosa. Quisiera ver si puedo hacer algo.

Los oficiales sabían que el cirujano había hecho verdaderos milagros en el tratamiento de heridos graves. Lo llevaron a la tienda del general, quien se encontraba jugando al ajedrez con su amigo Ma. Tras examinar cuidadosamente la herida, el médico afirmó:

—Tengo que decirle que el veneno se ha propagado hasta los huesos del brazo derecho. Hace falta operarlo inmediatamente. De otra manera sería imposible salvar su brazo.

El general le preguntó tranquilamente:

—¿Cómo me lo opera, doctor?

—¿Es preciso fijar un aro de hierro en la columna, atravesar su brazo derecho en el aro, atarlo con cuerda y tapar su cabeza con una manta. La operación es dolorosísima, porque no se puede usar anestesia. Tendré que ampliar la herida hasta llegar a los huesos y rasparlos para eliminar el veneno. Después cerraré la herida con un hilo y aguja, y aplicaré medicinas para evitar la infección. Es la única manera de curarlo, pero temo que no tengo medios eficaces para reducir el intenso dolor...

—No se preocupe —le interrumpió el general Guan con una sonrisa en la cara—, no necesitaré ni columna, ni aros, ni las demás historias. Opéreme tranquilamente después de la comida.

Lo convidó a una suculenta comida en la que tomaron abundante licor. En cuanto terminaron de comer, el general se sentó otra vez con su amigo para seguir el juego, descubriéndose el brazo derecho para que el cirujano lo operara.

Hua cogió un afilado cuchillo desinfectado y puso una palangana debajo del brazo herido del general, a quien dijo:

—Le va a doler mucho, no se mueva.

—Tranquilo, doctor. Empiece cuando pueda. No se preocupe por mí.

Al decirlo, inició la partida de ajedrez más dolorosa en la historia del mundo. Hua Tuo ensanchó la herida y descubrió los huesos, raspándolos con un cuchillo para quitar el veneno. Los militares que estaban al lado desviaron la vista de la ensangrentada herida del general, mientras que este, sin ninguna queja, se concentraba en la estrategia del ajedrez. Su adversario, notablemente nervioso, no lograba colocar bien las piezas por el temblor de la mano. Mientras tanto, dentro del silencio de la tienda, se oía el goteo de la sangre en la palangana y el chasquido del cuchillo raspando huesos.

—Al cabo de un buen rato, el médico terminó de cerrar la herida con la última puntada. Se le veía pálido y agotado. Sin embargo, el general se mantuvo inmóvil, sereno, con una sonrisa en la cara. Cuando le dijeron que todo se acabó, se echó a reír a carcajadas:

—Extraordinario. Ahora puedo mover mi brazo. En pocos días estaré bien. No me ha dolido prácticamente. Es usted maravilloso.

El médico le contestó con viva admiración:

—Jamás en mi vida he visto a alguien que haya podido aguantar el dolor con tanto estoicismo e integridad. Es usted realmente increíble.

No cabe duda del inusitado coraje del general, pero tampoco de su enorme capacidad para concentrase, en este caso en el ajedrez, y poder así retirar la mente de la zona agredida.

La hija que salvó a su padre

Nacida en un bote, criada a la orilla de las aguas, acababa de cumplir dieciséis años la hija del encargado de la barcaza. Su padre había recibido días atrás la orden de reunir cuantos barcos pudiera y preparar el muelle para esperar la llegada de un numeroso ejército. Trabajó día y noche sin descansar, hasta que, por fin, en la víspera de la llegada de las tropas lo dejó bien preparado. Pidió a su hija traer unas jarras de vino y mucha carne para convidar a todos sus ayudantes por el sacrificio y la buena labor. Cenaron, bebieron y cantaron. Vencidos por el cansancio y el alcohol, al cabo de un rato todos se quedaron dormidos.

Al día siguiente, muy temprano, llegó el ejército. Al encontrarlos profundamente dormidos, se puso furioso el general. No esperaba encontrar a los custodiadores del puerto roncando de ebriedad, en vez de ser recibido con diligencia. Ordenó ejecutar al encargado de la barcaza por incumplimiento de la ley militar.

Minutos antes de la ejecución se presentó la chica, poniéndose de rodillas ante el general furibundo.

—Yo soy la hija del encargado que usted acaba de condenar. Para cumplir su orden, mi padre y todos sus ayudantes han trabajado día y noche sin un respiro. Anoche terminaron agotados, pero felices de haber concluido los preparativos. Y para que la travesía sea un éxito, rindieron culto al dios de las aguas para pedir su protección. En estas ceremonias siempre se bebe vino para bendecir la suerte de los que van a cruzar el río. Mi padre no bebe nunca, pero bebió por una exitosa travesía. Le suplico que le perdone esta negligencia.

El general vaciló un momento, pero finalmente dijo terminantemente:

—Para el ejército no hay indulgencia alguna ante la falta de disciplina. No puedo anular el castigo.

La chica no se desanimó. Sentía la imperiosa necesidad de salvar al ser más querido del mundo:

—Yo fui la que les compró vino. Si hay que castigar a alguien, yo soy la culpable.

El general rechazó el ofrecimiento de la doncella.

—No, esto no es culpa tuya.

—Pero si tuvieran que matarlo, esperen a que salga de su estado ebrio, para que sepa el motivo —imploró la doncella.

El general accedió a tal sugerencia y ordenó proceder a la travesía inmediatamente. Enseguida, el primer grupo de soldados se embarcó. El general también se subió a un bote pequeño, pero faltaba un remero. Al verlo, la chica se ofreció para tal trabajo. Subió al barco con gran agilidad y empezó a remar con maestría. El general elogió a la muchacha por su voluntad y su disposición. Mientras remaba, la joven empezó a cantar:

Aguas del río que corren tumultuosas,
¿por qué lloráis la muerte del jefe de barcas?
Remo con el empeño de mi tristeza,
para impedir la consumación de la injusticia.

El general se conmovió con esa cancioncilla que la muchacha compuso espontáneamente. Pero se bajó del barco sin decir nada. La joven condujo al barco a la vuelta. Y entonando así su triste melodía cruzó varias veces el río transportando oficiales y soldados. Al final de la jornada, cuando todas las tropas cruzaron el río, el general premió la colaboración de la joven absolviendo a su padre.

Voracidad

Era un pordiosero que llevaba años mendigando y es que se había acostumbrado de tal manera a ser un pedigüeño que ya no quería ningún trabajo. Iba de un lado para otro mendigando, pero un día se encontró con un amigo de infancia y comenzaron a recordar los años escolares y a narrarse lo que había sido de sus vidas.

—A mí me ha ido muy bien —dijo el amigo.

—A mí muy mal —comentó el pordiosero.

Y durante un tiempo considerable el hombre pobre se quejó ante su amigo de la infancia y le dijo lo mal que le había ido y lo dura que le resultaba la vida.

—Pues yo —intervino el amigo— he descubierto que poseo algunos poderes sobrenaturales. Creo que podré ayudarte a mejorar tu existencia.

Entonces el amigo tocó con su dedo índice un ladrillo y lo convirtió en un lingote de oro.

—Para ti —dijo amable y generosamente—. Esto aliviará muchas de tus penas.

—Pero la vida es tan larga, tan larga... —argumentó el pordiosero, invitando a su amigo a que le diera más.

Había un colosal león de piedra. El amigo extendió el dedo y lo convirtió en una figura de oro.

—Con esto no creo que vuelvas a tener problemas en cien reencarnaciones —dijo el amigo.

—Pero la vida es tan larga, tan larga... Hay tantas cosas imprescindibles... —Añadió el pordiosero.

El amigo se le encaró y le dijo:

—Bueno, ¿que más puedo hacer por ti?

—Regalarme tu dedo —replicó el pordiosero.

La lanza y el escudo

En China el término contradicción se traduce literalmente como «La lanza y el escudo», porque hay una graciosa historia sobre esta paradoja.

Un vendedor de lanzas y escudos vociferaba en el mercado pregonando sus mercancías:

—¡Miren qué lanzas traigo! Resistentes y afiladas como ninguna arma. No hay nada que aguante su inigualable filo. ¡Menudas lanzas son estas!

Algunos curiosos se detenían frente a su puesto para observar las lanzas. Al cabo de un rato, el vendedor volvía a pregonar, y ahora el género que alababa era el escudo.

—¡Vamos a ver! ¡Qué resistentes son mis escudos! Tan fuertes como una fortaleza. ¡Defensa segura, infalible! ¡No hay nada que los pueda perforar!

Uno de los curiosos se puso a reír y propuso al vendedor:

—Entonces, ¿qué sucedería si cogiera usted sus lanzas para atacar a su escudo?

El vendedor se quedó con la palabra en la boca sin saber qué contestar.

Como dicen los grandes maestros, es difícil servir a dos amos a la vez.

La condena que absolvió al reo

El rey Chi era un verdadero amante de la caza. Tenía unos halcones expertos en atrapar presas. Tal cariño sentía hacia sus aves de rapiña, que encargó a un cortesano la misión especial de cuidarlos y prepararlos para las frecuentes cacerías. Pero un día, por descuido del cuidador, se escapó un halcón y el encargado fue condenado a muerte por el furioso monarca.

Antes de la ejecución se presentó el consejero estatal ante el rey, a quien le dijo en un sereno tono de lealtad:

—Majestad, el condenado ha cometido tres grandes crímenes para merecer con creces la pena capital. Además, creo que convendría hacer pública su culpabilidad para que el pueblo lo repudie sin contemplaciones.

El monarca lo consintió, conmovido con tan evidente muestra de solidaridad. Entonces, el consejero se dirigió al condenado con elocuente indignación:

La condena que absolvió al reo.

—¿Sabes lo imperdonable de tu delito? Has dejado escapar al halcón real por negligencia. Y lo más grave es que tu culpabilidad ha movido a Su Majestad a ordenar tu muerte por la desaparición de su animal favorito. Y la peor consecuencia de todo es la crítica que podría provocar tu condena en los demás reinos contra nuestro soberano. Sería culpa tuya si se desprestigiara a Su Majestad por las calumnias de que aprecia más un animal que a un cortesano. ¡Tendrás que pagar con la muerte todas estas consecuencias nefastas!

Al acabar su airado discurso, se volvió al rey pidiendo la ejecución inmediata. Mas el monarca le dijo con una sonrisa indulgente:

—Gracias por tu intervención, mi fiel consejero. He decidido perdonarle la vida. Tu condena lo ha absuelto.

Respetar el silencio

Cuatro monjes se retiraron a un remoto monasterio en la montaña a fin de dedicarse durante un tiempo a un ejercitamiento intensivo de meditación y búsqueda de las verdades supremas. Se instalaron en un ala del monasterio y pidieron no ser molestados durante siete días, pues iban a practicar muy rigurosamente y en total silencio. Se impusieron el voto de silencio durante ese periodo.

Se reunieron la primera noche a meditar. Estaban en un santuario silente y con una acogedora atmósfera espiritual, a la luz de las lámparas de aceite. Los cuatro se sentaron en la postura meditacional. Les acompañaba un asistente que se haría cargo durante esos días de asuntos domésticos. Pasaron dos horas.

De repente una de las lámparas amenazó con apagarse, y uno de los monjes dijo:

—Asistente, estáte atento y no dejes que la lámpara se apague.

Entonces uno de los monjes le llamó la atención, diciéndole:

—No se debe hablar en la sala de meditación, y además estamos en voto de silencio durante siete días. No lo olvides.

Indignado, porque dos de sus compañeros habían roto el voto de silencio, otro monje les reprendió:

—Es el colmo. ¿No recordáis que hemos hecho voto de silencio? Entonces el cuarto monje, desalentado, los miró recriminatoriamente y dijo a media voz:

—¡Qué pena! Soy el único que permanece en silencio.

La muerte de la hermana Yousan

La hermana Yousan entró en la residencia Ning cuando falleció el jefe de aquella familia aristocrática. Para preparar la ceremonia fúnebre hacía falta incrementar el personal de servicio, por lo que acudió a ayudar en los trabajos preparativos, invitada por su hermana mayor, que ya llevaba años trabajando en aquella casa.

Impresionados por la belleza de la nueva criada, los dos enamoradizos señoritos de la familia de luto quisieron abusar de ella, pero encontraron una firme resistencia en la doncella. Tras varios intentos frustrados, no se atrevieron a meterse con ella, deseando únicamente que se casara con alguien para echarla de la casa.

La hermana Yousan quería marcharse también, porque estaba enamorada de un joven bohemio, díscolo y arrogante. Se habían conocido por casualidad e intercambiaron algunas palabras. Desde entonces, la bella hermana juró que se quedaría soltera toda la vida si no podía casarse con él. Lo esperó dos años, porque su amado se había fugado por haber herido en una pelea a un rival suyo. Más tarde, después de reconciliarse con su rival, volvió al pueblo. Fue entonces cuando se enteró del sentimiento afectivo de aquella bella mujer que había conocido hacía dos años. En realidad, nunca se había olvidado de la hermosa muchacha, pero no había sospechado que pudiera fijarse en él. La noticia resultó una sorpresa agradabilísima. Aceptó comprometerse con ella, para lo cual entregó al mensajero una espada preciosa, como testimonio de su amor.

La hermana Yousan recibió la espada como la mejor joya del mundo. Contempló largamente sus detalles de la decoración y su filo mortífero. La colgó en la cabecera de su cama y de vez en cuando acariciaba sus finos adornos. Cada vez que se acordaba de su amado experimentaba una dulce esperanza.

Un día, cuando el novio de Yousan fue a visitar a un amigo suyo, se enteró de que su amada se encontraba trabajando de sirvienta en la residencia Ning. La noticia le estremeció. Conocía perfecta mente lo lujuriosos que eran los hijos de aquella familia desprestigiada. No podía creer que su amada estuviera en manos de aquellos hombres. Exclamó:

—En aquella casa, salvo los dos leones de piedra de la entrada, todo lo demás ha sido deshonrado.

Se hacía todo tipo de lucubraciones sobre cómo su amada sería lisonjeada y poseída posteriormente por aquellos cazadores de amores fortuitos. Se sintió humillado, pisoteado y burlado; una sensación que hería cruelmente su amor propio y su más íntimo ser. Se dirigió directamente a la residencia Ning para reclamar su espada y cancelar el compromiso matrimonial.

Cuando llegó, los hijos de aquella familia lo interceptaron ante la puerta de la habitación de Yousan, preguntándole en un tono malicioso:

—¿Vienes a llevarte a tu preciosa mujercita?

Los ojos de aquel furioso hombre echaban fuego de ira.

—No, al contrario, vengo a reclamar mi espada. Mi familia me ha concertado matrimonio con otra muchacha más limpia.

Los dos hombres parecían disfrutar del martirio que sufría el joven, dramatizando la situación:

—¿Pero si estás comprometido con la más guapa de nuestras criadas?

—Prefiero sufrir cualquier castigo antes de ser humillado en mi dignidad.

Diciendo esto, apartó a los dos maliciosos y quiso forzar la puerta, cuando esta se abrió de par en par, apareciendo su amada con una expresión trágica.

—No hace falta que digas nada. Te devuelvo tu espada.

Entró, descolgó la espada y salió mirando secamente a los ojos de su novio. Estaba segura de que le habían contado lo que normalmente pasaba con las chicas en esta casa. Pero le mortificaba que su amado no la conociera y comprendiera.

—Esta espada es lo único que tengo en este mundo. Si te la llevas, llévate también mi alma.

Le alargó la espada, quedándose con el mango, en el momento en que su novio cogía la vaina. Sacó el arma y se la llevó bruscamente al cuello. De repente, centenas de pétalos de melocotón, color carmesí, cayeron al suelo y una figura de jade fragante se desmoronó. Solo en ese momento el soberbio novio de la hermana Yousan se dio cuenta de la dignidad de su novia inmaculada:

—¡Estúpido de mí que no sabía cómo eras!

El mismo día del entierro, el afligido novio de la difunta se rasuró la cabeza e ingresó en un templo budista para ser monje durante toda la vida.

La mejor herencia

Shu Guang, viejo profesor del príncipe heredero durante mucho años, pidió jubilarse al ver que el primogénito del emperador ya había obtenido una formación cultural bastante sólida. Para agradecer su excelente servicio, el monarca le obsequió con 10 kilos de oro, a los que se sumaron otros 25 que le regaló su alumno, el príncipe heredero.

Volvió entonces el profesor jubilado a su pueblo natal con tan apreciada remuneración. Vinieron a saludarlo parientes, amigos y admiradores, a quienes les agasajaba siempre con suculentas comidas y buenos vinos. Su hospitalidad se difundió por toda la provincia. Acudieron entonces otros conocidos e incluso desconocidos atraídos por la fama del viejo letrado o simplemente por las ganas de saborear sus manjares. Así, al cabo de dos años, se redujo considerablemente su riqueza por los banquetes y regalos. Algunos amigos empezaban a preocuparse, diciéndole:

—Conviene que escatimes los enormes gastos. Aunque tuvieras una montaña de oro, se agotaría en pocos años y te quedarías sin nada. ¿Por qué no te compras con ese dinero algún terreno o algunas casas para dejárselos a tus descendientes como herencia?

El viejo profesor sonrió con gratitud y les contestó con lucidez:

—Aunque estoy viejo, no me he olvidado de mis hijos y nietos: miren, tengo una casa suficientemente amplia y un terreno que, si lo cultivan bien, les dará de comer sin problemas. ¿No es suficiente que tengan una vida igual a la de los demás?

—Pero deberías adquirir más propiedades para que no les falte nada en el futuro.

—Podría comprar más fincas y construirles casas nuevas, pero temo que como lo tienen todo de manera tan fácil se conviertan en unos vagos y holgazanes.

—¿Por qué?

—El dinero no es todo. La posesión de una desmesurada propiedad puede arruinar la agudeza de los inteligentes y agravar la insensatez de los retardados. Soy consciente de mi incapacidad para educar a mis hijos, pero tampoco quiero incrementar su insensatez. La austeridad es la mejor compañía de la laboriosidad, y esta es la esencia de la vida.

El viejo siguió gastando su fortuna en convidar a los amigos, conocidos y admiradores. Murió sin dejar herencia. Pero los descendentes prosperaron con sus propios esfuerzos.

Interpretando a su manera

Nos hallamos en el estado de Sung. Allí vivía un hombre llamado Ting. Aunque era un hombre que disponía de medios, no tenía pozo. Por eso, todos los días uno de sus criados tenía que perder varias horas en traer la cantidad suficiente de agua para el servicio de la casa. De hecho, el agua que había que ir a buscar se hallaba muy lejos y se perdía casi toda la jornada en esta labor. Ello animó a Ting a cavar un pozo en su propio patio.

Cuando el pozo se hubo cavado y dio el agua suficiente, Ting le comentó a un buen amigo:

—Estoy muy satisfecho, porque con el pozo he ganado un hombre.

El amigo le contó el suceso a otro amigo, y este otro amigo a otro, y así sucesivamente. La noticia se propagó rápidamente por el pueblo, se comentaba: «El señor Ting, al cavar un pozo en su patio, encontró un hombre». De tal manera se difundió la noticia por todo el reino, que el propio rey escuchó de uno de sus consejeros: «Un hombre llamado Ting, al cavar un pozo, halló en él a un hombre».

¿Quién sería el hombre encontrado en el pozo?, se preguntó el monarca, como ya lo habían hecho tantas otras personas. ¿Se conocía su identidad? ¿Por qué había ido a dar al pozo? ¿Lo habían asesinado o se había ahogado? ¿Cómo pudo aparecer bajo tierra?

El monarca hizo llamar al tal Ting y le pidió una explicación. El hombre, extrañado, se limitó a explicar:

—Majestad, todo lo que hice fue cavar un pozo en mi patio y así poder evitar que uno de mis criados perdiese toda la jornada acarreando agua. Eso me permitió contar con dos brazos más para las labores de mi casa y así ganarme un hombre.

Una broma cara

El emperador de la Dinastía Zhou, You Wang, tenía una concubina favorita llamada Bao Si. Era preciosa y muy delicada, de incomparable hermosura. Pero no sonreía nunca. Quizá precisamente por la eterna melancolía y la seriedad impasible de su cara parecía más bella y eclipsaba a las demás damas del palacio que siempre trataban de congraciar al emperador con la sonrisa más dulce del mundo. El monarca estaba profundamente enamorado de la melancólica mujer, tratando de deleitarla con todo lo que podía, a fin de ver una sonrisa en su cara. Le regaló seda y joyas, la acompañaba en suculentas cenas con música y baile, le contaba chistes de todos los colores, pero nada podía hacerle sonreír. En el esfuerzo de llenar el abismo de su amargura, el monarca le concedió la mayor distinción nombrándola Primera Dama del Imperio Zhou, pero resultó también en vano.

Obsesionado por ver al menos una moderada expresión de dulzura, el emperador hizo público el decreto de pagar mil monedas de oro a quien lograra provocar, de la forma que fuere, una sonrisa de su enamorada.

Desfilaban entonces ante la inmutable seriedad de la dama los mejores cómicos que podían matar de risa a cualquiera, y los lisonjeros más hábiles que podían ruborizar las fibras nerviosas más insensibles. Pero nada ni nadie, ni siquiera la exposición de las cosas más exóticas del mundo, podían borrar la tristeza de su expresión.

Al ver la desesperación del emperador, se presentó un día un ministro servil y adulador, diciendo que tenía una artimaña infalible para provocar la sonrisa de la mujer más bella del mundo. Quería gastar una gran broma a los generales del ejército de los reinos y condados federados ante la presencia de la Primera Dama.

Había en aquella época unas atalayas a lo largo de unos altos muros de defensa, que servían para enviar señales de emergencia ante cualquier invasión enemiga. Para convocar al ejército, se encendía leña en esas altas plataformas para que la luz del fuego comunicara la proximidad del enemigo. Si era de día, quemaban el excremento seco de lobos que producía una columna de intenso humo, cumpliendo el mismo objetivo. Las tropas del imperio acudían rápidamente para combatir contra los agresores. Era un sistema de comunicación exclusivamente reservado en caso de guerra.

Pero esa noche, el emperador y su dama se sentaron en la puerta este de la capital, en medio de luces, manjares y música.

El ministro adulador ordenó prender fuego a la leña de la primera atalaya en señal de guerra. Pronto apareció fuego en otras atalayas, sucesivamente. Las tropas del imperio no tardaron en llegar, conducidas por veloces caballos y rápidos carros de guerra, al mando de enérgicos generales. Pero, cuando llegaron, se extrañaron al comprobar que ningún ejército enemigo estaba atacando la capital. Mayor fue su sorpresa cuando vieron la sonrisa que iluminaba la bella cara de la complacida concubina y las carcajadas del monarca. Los generales se retiraron indignados.

Así logró el emperador Zhou ver la primera sonrisa de su bella dama. Pero eso le costó todo un imperio: se produjo una verdadera invasión enemiga al cabo de unos meses y ningún general acudió creyendo que se trataba de otro capricho de la corte para hacer sonreír a la Primera Dama.

El regalo inadecuado

En el Mar del Sur de China hay una hermosa isla llamada Hai Nan. Su clima subtropical y las abundantes lluvias han hecho de la isla un verdadero vergel. La exuberante flora permite el crecimiento de una numerosa población de serpientes y víboras. Los habitantes de la isla nunca se han quejado de la abundancia de reptiles venenosos, más bien se han alegrado de la providencia de la naturaleza, puesto que consideran a los reptiles como una verdadera delicia culinaria. En los buenos banquetes en la isla nunca pueden faltar algunas serpientes. El regalo más complaciente es un par de víboras, que saben mucho mejor que las serpientes. Cuando los habitantes de la isla salen de viaje, suelen llevar algunos reptiles secos, bien para el disfrute personal o para obsequiar a los amigos.

Una vez, dos comerciantes de la isla fueron por primera vez al norte de China. Llegaron una noche a un pueblo pequeño donde no había ni siquiera una posada, pero encontraron alojamiento en una casa campesina. Los recibieron con cordialidad, invitándolos a cenar lo mejor que se podía conseguir en esos paraderos. Después les proporcionaron la mejor habitación de la casa.

Al día siguiente, los agradecidos huéspedes se despidieron de los anfitriones. Sacaron del bolso una víbora seca para obsequiarlos. Esa gente del norte temía a los reptiles, por lo que la víbora, aunque ya muerta, les infundió un pánico tremendo. Pálido, el dueño de la casa retrocedió. Los invitados creían que no la aceptaban, porque les parecía insignificante el regalo. Sacaron entonces la víbora real, un reptil cuatro veces más grueso, e intentaron dejársela en las manos del anfitrión. Este se echó a correr, gritando:

—¡Váyanse, por favor! ¡Desagradecidos! ¡No nos maten con esos animales dañinos!

El mariscal ruega disculpas

En el reino Zhao había un diplomático de extraordinario talento llamado Lin Xiangru. Había sido enviado al prepotente reino Qin, que terna intención de someter a los demás reinos y crear un imperio. Gracias a su inteligencia, su lealtad y su valor, se pudo salvaguardar la integridad del reino Zhao, frustrando los repetidos intentos expansionistas del soberano Qin. Sus extraordinarias contribuciones al reino le valieron ser promovido para el cargo del primer ministro.

Sin embargo, el mariscal Lian Po quedó muy resentido por el gran aprecio del rey hacia el diplomático y, sobre todo, por su nuevo nombramiento que le colocaba por encima de él. Para el mariscal, el único mérito de ese hombre era su elocuencia verbal. Pero nunca había dirigido ninguna batalla, ni conocía cómo se manejaban las armas. ¿Cómo era posible que él, habiendo realizado tantas proezas en bien del reino, no fuera tan apreciado como un diplomático? Dijo en varias ocasiones a los súbditos:

El mariscal ruega disculpas.

—Aunque él ocupa un cargo más alto que el mío, el día que lo encuentre, voy a desafiarlo.

Cuando el primer ministro se enteró de la proposición ofensiva del mariscal, ordenó inmediatamente a sus ayudantes tratar de evitar cualquier conflicto con la gente del mariscal, y, si fuera menester, hicieran todas las concesiones necesarias. Él mismo trató también de esquivar encuentros frontales con el altivo militar. Cuando viajaba en carruajes, cada vez que veía venir el carro del mariscal, pedía al conductor que desviara su coche por calles más estrechas.

Los oficiales del mariscal se sentían cada vez más soberbios al ver que la gente del primer ministro los eludían.

Sus ofensas eran cada vez más directas e intolerables. En algunos momentos se satirizaba públicamente sobre la cobardía de los subalternos del primer ministro, los cuales se sentían humillados y atropellados. Algunos de ellos llegaron a protestar contra tal disposición ante el propio ministro:

—Su Excelencia tiene una categoría más alta que el mariscal, no comprendemos por qué le rehuye mientras que él le insulta y le ofende. Nuestra tolerancia ha sido considerada como cobardía. Si no le pone a raya, se volverá más soberbio y su gente más insoportable. Ya no podemos aguantar más.

El primer ministro les explicó pacientemente:

—Comprendo lo que sentís. Pero pensad una cosa: comparando el mariscal con el rey Qin, ¿quién de los dos es más imponente?

—Desde luego, el rey Qin —contestaron todos.

—Entonces, si el monarca más cruel y prepotente de la historia no me ha hecho retroceder, ¿cómo es posible que tema a nuestro mariscal? Pero tenéis que saber que el hecho de que el poderoso Qin no se atreva a atacarnos se debe a que el ejército y el gobierno se mantienen unidos. El mariscal y yo somos como dos tigres. Si nos enfrentamos en una contienda hostil, un tigre moriría y el otro quedaría herido, lo cual brindaría a nuestro enemigo una oportunidad de oro para conquistar nuestro reino. Decidme, ¿es más importante la seguridad del país o la dignidad personal?

Estos razonamientos convencieron a todos sus ayudantes, quienes permanecían sumamente cautos frente a los desaires y provocaciones de los militares. Al final, los militares se enteraron de la actitud generosa del primer ministro e informaron al mariscal. Conmovido por la nobleza del primer ministro y avergonzado por su propia conducta, decidió pedirle disculpas personalmente.

Al día siguiente se presentó humildemente ante la puerta de la residencia del primer ministro portando un palo espinoso para que con él le azotara la espalda como era tradición en ese reino. El primer ministro salió rápidamente a su encuentro, rogándole que pasara a su residencia. El mariscal se puso de rodillas, ofreciéndole el palo espinoso. El indulgente Xiangru arrojó el palo y le rogó que se incorporase.

Desde ese momento los dos se hicieron buenos amigos y juntos fortalecieron el reino Zheng.

La mente conflictiva

Se trataba de dos monjes que habían emprendido una peregrinación por los lugares más sagrados de China. El abad del monasterio había hecho llamar antes de la partida al monje más mayor y le había dicho:

—No dejes de dirigir la perspicacia mental de tu compañero cuando haya lugar para ello. Que no se limite a visitar lugares santos, porque si la mente no va despejándose, ¿de qué sirven todas las peregrinaciones del mundo? No hay lugar más santo que la comprensión de una mente clara y libre.

Los dos monjes caminaban diligentes de uno a otro lugar sacro. Visitaban monasterios, centros de peregrinación, santuarios y templos.

—Pero no hay peregrinación más importante que la que hacemos a la mente serena dentro de nosotros a través de la meditación —dijo el monje mayor.

El monje joven se encogió de hombros y sonrió con autosuficiencia. Era mucho más divertido peregrinar de aquí para allá que sentarse como un santurrón en meditación. El monje mayor meditaba todas las noches antes de disponerse a conciliar el sueño. El monje joven cedía a su pereza y se abstenía de meditar.

Pasaron las semanas. El monje mayor preguntó al joven:

—¿Qué tal está tu mente?

—¿A qué viene esa pregunta? —replicó molesto el monje joven—. Mi mente está perfecta. La siento libre de toda alteración, equilibrada y atenta.

—Te felicito —repuso el monje mayor.

Atardecía. Reinaba un silencio perfecto. Los monjes se dispusieron a tomar el último alimento del día. Se sentaron y tomaron sus respectivas escudillas. Abrieron una especie de pequeña tartera que incluía dos piezas de alimento: una grande y una pequeña. El monje mayor alargó la mano y se apropió de la grande. Indignado, el monje joven dijo:

—¡Qué descaro! ¡Parece increíble! No has dudado un momento en coger el trozo grande.

—Así es —dijo apaciblemente el monje mayor.

—¡Es una vergüenza! —exclamó en el colmo de la irritación el monje joven—. ¡Y encima no te disculpas!

—Cálmate —dijo el monje mayor—. Dime, ¿tú qué hubieras hecho?

—Te aseguro que yo hubiera cogido el trozo pequeño en lugar del grande.

—Entonces, mi buen amigo, ¿dónde está el problema? Ya lo tienes.

La oda fúnebre

En un pueblo pequeño vivía un viejo profesor de enseñanza privada. Llevaba muchos años dando clases a los niños. Era aparentemente el hombre más culto del pueblo, pero la verdad es que no sabía gran cosa. Su docencia se limitaba al abecedario y la memorización de algunos fragmentos de los libros antiguos.

Un día murió la madre de un campesino, quien acudió al profesor para pedirle que escribiera una oda fúnebre para el día del entierro, como era costumbre en esa época. El intelectual rural accedió a entregárselo al día siguiente. Era la primera vez que le hacían tal encargo. Desempolvó un libro antiguo guardado en el fondo de una maleta vieja, lo abrió y lo hojeó para buscar algo que le pudiera ser útil. Sin embargo, en todo el libro no encontró más que una oda fúnebre dedicada al padre de una familia. No tuvo más remedio que copiarla al pie de la letra. Al día siguiente, cuando vino el hijo de la difunta, se la entregó sin cobrarle nada.

Al cabo de un rato, el hombre volvió corriendo a buscar al profesor.

—Señor, he enseñado su escrito a un amigo que sabe leer. Me dice que lo ha escrito mal.

El profesor se puso furioso:

—¿Que lo he escrito mal? ¿Cómo es posible? Te aseguro que no lo he escrito mal, porque lo he copiado letra a letra, sin cambiar nada ni perder nada. Enséñale el libro para que lo confronte. Estoy seguro de que no he cometido ni un solo error. El problema es que en tu casa ha fallecido por equivocación tu madre y no tu padre.

La enseñanza de la abuela

Li Bai, el poeta más consagrado de China, tiene mucho que agradecer a una anciana analfabeta.

Cuando era niño no le gustaba ir al colegio. Muchas veces se detenía en el camino observando con curiosidad cualquier cosa, y no llegaba nunca a su destino. Sentía miedo y a la vez odio hacia el profesor severo, que castigaba a los alumnos por cualquier travesura o negligencia. Le aburrían los libros escritos en lenguaje clásico. Le parecía que nunca iba a aprender de memoria las difíciles reglas gramaticales y las pesadas enseñanzas de los filósofos antiguos. Para él era mucho más divertido observar el movimiento de las hormigas o el trabajo del herrero que forjaba herramientas y armas.

Un día, camino del colegio, se distrajo viendo a una señora de avanzada edad trabajando a la orilla del río. La mujer afilaba afanosamente una barra de hierro en una rústica piedra.

—¿Qué está haciendo? —preguntó el infante lleno de curiosidad.

La anciana, sin levantar la cabeza, le contestó amablemente mientras seguía puliendo la barra metálica:

—Mi querido hijo, quiero hacer una aguja de coser.

El joven quedó totalmente desconcertado:

—Pero, abuela, ¿cómo es posible hacer de una barra de este grosor una aguja tan pequeña?

—Sí, pequeño. Siempre he hecho agujas con estas barras de hierro. Son mejores que las que hay en el mercado.

La abuela le contestó como si fuera lo más natural del mundo, pero el niño quedó totalmente desconcertado.

—¿No se impacienta por lo penoso del trabajo?

—La constancia hace milagros. Si un día no es suficiente, podré dedicar diez o cien. Pero tendré que transformarla en una aguja de coser. Tarde o temprano, lo conseguiré.

A partir de ese día, Li Bai siempre pasaba por la orilla del río camino del colegio. Durante varios meses encontró a la abuela trabajando constantemente con su barra de hierro, que se empequeñecía, se afilaba y se convertía en una diminuta aguja. Mientras tanto se formaba buenos hábitos en el colegio y llegó a ser el alumno más aplicado de la clase.

Treinta años más tarde, entró en el Palacio Imperial con todos los honores de un poeta consagrado.

Las estatuas providenciales

Los planes expansionistas del reino Qin eran obstaculizados por una cadena de altas montañas que impedían el acceso del ejército agresor al reino Shu. Para conquistar aquel territorio, considerado como el cuerno de la abundancia, era imprescindible abrir un camino entre las montañas. Para esta empresa, el rey convocó varias veces a los mejores estrategas del reino, pero nadie pudo dar una buena solución.

Un día se presentó ante el monarca un oficial del ejército que le ofreció una idea genial.

Un mes más tarde aparecieron al pie de las montañas fronterizas unas enormes figuras de piedra que llamaron la atención de los leñadores de aquel reino. Se acercaron sigilosamente y, para su gran sorpresa, se dieron cuenta de que eran unas estatuas colosales que tenían forma de bueyes. Lo más curioso era que en el suelo había un montón de oro cerca de las patas del animal. Se suponía que, en vez de excrementos, los animales de piedra depositaban montones de oro. Se llevaron el oro, y a los pocos días, cuando volvieron, descubrieron nuevas deposiciones del metal precioso.

Corrió la noticia rápidamente por el reino Shu. Enseguida se enteró el mismo rey, quien creyó que eran animales de la providencia que defecaban oro. Ordenó traerlos a la capital para que se convirtieran en fuentes inagotables de riqueza. Mandó a un numeroso ejército construir un camino provisional a fin de traer los colosos de piedra.

Obsesionados con el oro, no se dieron cuenta de que el ejército enemigo ya estaba preparado. Los invasores siguieron la pista de arrastre de los animales de piedra. Mientras miles de hombres fornidos tiraban de las estatuas providenciales hacia el Palacio Real, el ejército invasor les seguía la pista de cerca. De este modo, a los pocos días, centenares de miles de soldados enemigos pudieron cruzar la frontera montañosa sin mayores obstáculos.

Poco después de la llegada de las estatuas providenciales, cayó la capital en manos de los invasores. La avidez por el oro preparó el camino de su propia destrucción.

La marca ineficaz

Los seres humanos a menudo tenemos la visión mental tan distorsionada o perturbada como un hombre del reino de Chu que estaba cruzando un caudaloso río. Se servía para ello de una barca y llevaba consigo una espada. De repente, la barca se movió y la espada que el hombre portaba se precipitó al río.

—No hay que preocuparse —se dijo a sí mismo el hombre.

Hizo en el costado de la barca una marca, a fin de saber dónde había caído la espada. Y se dijo satisfecho:

—Ya tengo localizado el sitio donde ha caído la espada. Así podré hallarla luego fácilmente.

La barca llegó al embarcadero. Ante la sorpresa del barquero, el hombre, ni corto ni perezoso, se lanzó al agua y se sumergió en busca de su espada, justo debajo del punto que había marcado en el costado de la barca.

Transcurrieron las horas buscando afanosamente la espada. ¡Pero si él mismo había hecho la marca por donde justo cayó la espada! No podía explicárselo. Era de noche y seguía buscando anhelosamente su espada.

No hay que olvidar el pasado

Tras diecinueve años de destierro, el príncipe Chonger fue elegido soberano del reino Jin como sucesor del trono. El sueño, afanosamente acariciado durante los largos años de exilio, se hizo realidad. Dos décadas atrás, a causa de una falsa acusación contra él y los demás príncipes, fue desterrado. Su hermano mayor, el príncipe heredero, fue ejecutado en esos días de pesadilla, acusado de conspiración contra el trono. Pero ahora se había demostrado su inocencia y la de sus hermanos y el rey lo nombró sucesor durante su agonía.

El día que se embarcaron para cruzar el río Amarillo, todos sus seguidores estaban animados ante la perspectiva de un ascenso en su carrera por su lealtad al príncipe heredero durante los largos años del destierro. Anhelaban olvidar el pasado para disfrutar el esplendor del poder y la riqueza.

Cuando todos estaban ya en el barco, el nuevo soberano vio que su intendente general seguía cargando trastos viejos, con el sobrante de la comida, la ropa vieja y remendada y las pobres vasijas desportilladas y se puso a reír a carcajadas.

—Admiro tu constante sentido de ahorro. Gracias a eso, hemos podido sobrevivir estos miserables años. Pero ahora soy rey, y voy a disponer de todo el país. No nos va a faltar nada. ¿Para qué llevas todas estas porquerías al lujoso palacio que vamos a ocupar? ¿Para qué guardas las sobras de las comidas si vamos a nadar en la abundancia? Tíralo todo al río.

Al escucharlo, el veterano encargado de la logística se puso triste, no tanto por el tono satírico de las palabras del monarca, sino por la mentalidad de desquitarse con lujo y despilfarro. Se retiró silenciosamente y, tras un momento de reflexiones, se presentó ante el entusiasmado monarca con un talismán de jade blanco. Estaba resuelto a dimitir.

—Majestad, al cruzar el río Amarillo, pisará el territorio de Jin que va a gobernar eternamente. Hoy es el día más emotivo de mi vida, pero me siento viejo e inútil. Quiero quedarme aquí para el resto de mi vida. Le dejaré este jade blanco como un testimonio de mi lealtad, para que le acompañe en su ilustre reinado.

El monarca quedó totalmente sorprendido. Le preguntó por qué decía eso.

—No lo puedo creer. He podido aguantar el sufrimiento de estos penosos años gracias a tu ayuda y fidelidad. Ahora que vamos a pasarlo bien todos, ¿por qué te niegas a disfrutar de la buena vida del palacio?

El viejo encargado le contestó:

—Si bien he sido algo útil en las penalidades, no serviré para disfrutar del poder y la abundancia, ya que en el palacio sobran cortesanos con talento. Nosotros parecemos la ropa vieja y las sobras de la comida, no creo que nos vaya a necesitar con este cambio en su destino.

En un instante el monarca aprendió la lección más importante de su vida. Se le llenaron de lágrimas los ojos al recordar las penurias del exilio.

—Gracias por tu consejo, mi fiel amigo. He cometido un error. No te vayas. Te voy a necesitar en el futuro.

El barco zarpó para cruzar el río Amarillo. El príncipe Chonger se convertiría en uno de los reyes más austeros de la historia de China.

Las cuatro advertencias al rey

En la época de los Reinos Combatientes, un famoso cirujano llamado Bian fue a ver al rey.

Notó algún síntoma en su cara, por lo que le dijo:

—Su majestad está enfermo. Tiene algún síndrome superficial en la piel que requiere un tratamiento oportuno. Si no, podría agravarse.

Este comentario no agradó nada al monarca, quien dijo secamente:

—No me mientas. Estoy perfectamente. No necesito tratamiento alguno.

Una vez que el médico se hubo marchado, el rey comentó a los ministros en un tono satírico:

—Los médicos están obsesionados con encontrar síntomas. Siempre dicen que tienes algo, aunque estés perfectamente.

Transcurrieron cinco días, Bian volvió a ver al rey, a quien le dijo con suma seriedad, después de examinar su cara según las teorías de la diagnosis facial y sus largos años de experiencia profesional:

—Ha evolucionado negativamente el mal que padecía. Está en los músculos. Necesita un tratamiento inmediatamente antes de que sea demasiado tarde.

Las cuatro advertencias al rey.

El rey no le creyó y volvió a replicar:

—No tengo nada. Estoy muy sano. Vete con tus consejos a otra parte.

Transcurrieron otros cinco días, el médico frunció las cejas al entrar en el palacio y encontrar al monarca con síntomas de mayor gravedad.

—Su enfermedad se ha extendido hasta el estómago y los intestinos. Tiene que someterse a un tratamiento médico urgente. De lo contrario, las consecuencias serían muy graves.

Otra vez el monarca desoyó sus consejos. El médico tuvo que marcharse con una gran preocupación.

Transcurrieron otros cinco días. Volvió el médico a ver al rey. Entró en el palacio, observó la cara del monarca y se marchó apresuradamente sin decir nada. La actitud del médico extrañó al rey. Mandó detenerlo y traerlo al palacio otra vez:

—¿Por qué hoy no me has dicho nada?

El médico le respondió:

—Cuando su enfermedad estaba en la piel, podía tratarse con un baño en agua caliente. Cuando el mal estaba en los músculos, se podía curar con la acupuntura. No era tampoco demasiado tarde cuando estaba en el estómago y en los intestinos, porque se podía remediar con hierbas medicinales. Pero no se puede hacer nada cuando la enfermedad se ha adentrado en la médula. Esto es lo que le pasa a usted. Aunque quisiera someterse a un tratamiento, no podría hacer nada ahora.

El rey volvió a reírse de la obsesión del médico, sin creer nada de lo que le había dicho.

—Esos pobres médicos no hacen más que espantar a la gente. Yo me encuentro muy bien. No tengo nada.

Pero al cabo de cinco días, un intenso dolor empezó a aquejarle los huesos de todo el cuerpo. Entonces se acordó de repente de las advertencias del médico. Pero demasiado tarde, porque el médico había desaparecido y la evolución de la enfermedad era dramática. Murió al cabo de pocos días.

¿Adónde podemos ir?

Cuando al Buda le insultaban, sus discípulos le pedían cambiar de localidad, pero el maestro respondía: «Y si la gente nos sigue insultando allí, ¿adónde podemos ir?» En este sentido, la siguiente historia es muy sugerente.

Una lechuza y una tórtola habían hecho buena amistad. Cierto día la lechuza estaba preparando sus cosas para irse, cuando llegó la tórtola y le preguntó:

—¿Te vas? ¿Adónde?

—Lejos de aquí —repuso la lechuza—, hacia el este.

—¿Por qué? —preguntó su amiga.

—Te diré la verdad. A la gente de por aquí no le gusta mi graznido. Así que se ríen de mí o me insultan o me desprecian. Por esa razón me mudo.

La tórtola reflexionó unos instantes y dijo:

—Voy a explicarte algo. Si tienes la capacidad para cambiar tu graznido, adelante, vete; me parece estupendo. Pero, si no puedes cambiarlo, entonces, ¿qué objeto tiene que te mudes? La gente del este se sentirá disgustada por tu graznido y tendrá la misma reacción que la de aquí. Y encima habrás viajado en balde.

El significado de los palillos de marfil

Hasta entonces el rey Chou había sido un hombre sencillo y relativamente parco, muy querido por un venerable anciano de nombre Chi. Pero cierto día, el monarca solicitó palillos de marfil. Cuando el anciano Chi se enteró del capricho del rey se preocupó hondamente. Le asaltó el temor de que en cuanto el rey dispusiera de los palillos de marfil, querría vasos de cuerno de rinoceronte y jade en lugar de loza y barro, y en vez de comer alimentos comunes, exigiría exóticos manjares, como cachorros de leopardo y cola de elefante, y en lugar de cubrir su cuerpo con telas comunes, haría traer los más lujosos brocados y las más preciadas telas, y en vez de habitar en una mansión, querría ostentosos palacios.

—Temo por el rey; temo por nuestro reino —se dijo cabizbajo el anciano.

Pasaron cinco años. El anciano era un poco más anciano. La actitud del monarca ya no era la de un lustro antes. Se había hecho construir palacios, se alimentaba con los manjares más exóticos, se emborrachaba con los mejores vinos y se entregaba sin freno a las más voluptuosas concubinas. Entre fastos y lujos perdió su reino.

La trampa de una muerte atroz

Durante la prolongada Guerra de los Reinos Combatientes, un hábil estratega llamado Su Chin logró convencer a los reyes de los distintos países víctimas de las ambiciones anexionistas de Qin, para que formaran el Frente de los Seis Aliados para luchar conjuntamente contra el poderoso enemigo común. Su extraordinario don de palabra y la extrema lucidez de sus criterios le permitieron colocarse como primer ministro de los aliados.

Una noche, cuando descansaba en el jardín de su casa, entró sigilosamente un asesino enviado por el rey Qin y lo hirió mortalmente.

El criminal se escapó. Fue en vano todo esfuerzo de búsqueda durante los días que siguieron al atentado del Ministro. Antes de morir dictó su última voluntad: que se le declarara «traidor de la causa común» y se le aplicara la pena de muerte desmembrándolo vivo con cinco caballos que tiraran de su cuerpo hacia direcciones distintas. Era la ejecución más espeluznante de aquella época, aplicada solo a los criminales de mayor grado. Tomó la firme decisión de morir trágicamente para capturar al asesino a sueldo.

La sangrienta ejecución se realizó en público, después de la cual se anunciaron las «fechorías» del ejecutado. Los curiosos que presenciaron el acto expresaron su conformidad con la sentencia y dijeron que no merecía menos. El asesino, que entonces estaba entre la multitud, exclamó:

—Yo sabía que era un traidor, por eso lo intenté matar hace unos días.

Al oírlo, los guardias que estaban camuflados y mezclados entre la multitud lo detuvieron inmediatamente. El asesino quiso recibir un fabuloso premio de los reyes aliados por su miserable hazaña y encontró la muerte tan solo media hora después de la de su víctima.

No hay en la historia de China una muerte tan atroz, tan estoica y a la vez tan inteligentemente utilizada.

La historia de la bella primavera

Esta historia sucedió en Pekín.

Había en la capital una prostituta joven y hermosa llamada Yu Tang Chun, quien conoció por casualidad al hijo de un ministro de la corte. Se enamoraron profundamente entregándose a un idilio en medio de un ambiente adverso. Al joven no le importaba la indecencia de la profesión de su amada y juró no separarse nunca de ella. Sin embargo, como la muchacha trabajaba para la dueña del prostíbulo, el joven tenía que pagarle todos los días para tener el derecho a la exclusividad de la doncella. Había traído decenas de miles de monedas de plata para estudiar en la capital, pero en menos de un año gastó todo el dinero en el prostíbulo y el día que no pudo seguir pagando a la dueña lo echaron de la casa a patadas.

Triste y solitario, el empobrecido hijo del ministro imperial tuvo que mendigar para no morir de hambre. La joven se sumergió en una inmensa aflicción, que se acentuaba al recordar la felicidad de los días que había pasado al lado de su enamorado. Las lágrimas se le desprendían como perlas transparentes y le mortificaba pensar en la penuria que acosaba a su amado.

Un día, al enterarse por casualidad del paradero de su amado, se sintió invadida por una alegría indescriptible. Cogió todo el dinero que había ganado y se lo entregó a un mensajero junto con un cofre de joyas, para sacarle del apuro y ayudarle a realizar sus estudios interrumpidos.

Antes de marcharse, el joven vino a despedirse de su amada y le reiteró su amor incondicional. La hermosa joven le dijo que le esperaría hasta que volviera con los estudios realizados. Se separaron con el corazón dolorido y las caras bañadas en lágrimas.

A partir de ese día, Primavera, que así se llamaba la joven, se encerró y nunca volvió a salir. Se negaba a trabajar para complacer a los hombres. Pasaba los largos días y noches sumergida en un profundo dolor. Echaba de menos a su entrañable amado, mientras que soportaba impasiblemente la soledad, la añoranza y los recuerdos idílicos de la convivencia. Perdió el apetito adelgazaba por el dolor y la desnutrición.

La dueña del prostíbulo se puso furiosa al ver que ella no recibía a los hombres. Para vengarse de su inactividad, la vendió a un rico comerciante de la provincia de Shan Xi como concubina.

Resultó que la mujer de ese mercader adinerado mantenía relaciones extramatrimoniales con un adúltero desde hacía bastante tiempo. Y para mantener sus relaciones ilícitas en secreto mató a su marido.

Pero se lo inculpó a Primavera con una falsa acusación, sobornando además a los jueces para que la condenaran a muerte. Los funcionarios de la justicia detuvieron enseguida a Primavera, a la que sometieron a cruel tortura con el fin de obligarla a confesar el delito de homicidio. La muchacha no pudo soportar el martirio de los látigos y asumió la calumnia como un hecho real, por lo que fue condenada a muerte.

Días antes de la ejecución, llegó un inspector de la justicia enviado por el emperador, que era precisamente el novio de la condenada. Sucedió que tras separarse de su amada, se dedicó íntegramente al estudio durante varios años. Al final se presentó a los exámenes imperiales y ganó un lugar prominente, lo que le valió ser nombrado inspector de justicia.

Al leer los expedientes, se sorprendió enormemente al encontrar el nombre de su novia condenada a muerte. Se quitó el uniforme oficial y se disfrazó de un ciudadano común y empezó a investigar el extraño caso. Al cabo de dos días pudo aclarar todos los detalles de la calumnia. Convocó una nueva sesión para aclarar el caso. Estaba seguro de que podría revocar el falso veredicto y salvar a su amada.

Sin embargo, cuando vio a su entrañable amada, se emocionó tanto que perdió la serenidad y el control de sí mismo. Ante el inminente fracaso de los esfuerzos por absolver a su amada, los dos ayudantes del inspector controlaron, afortunadamente, la situación adversa y declararon inocente a la hermosa muchacha.

Tras el juicio, los novios se encontraron con gran emoción fundiéndose en lágrimas de alegría y felicidad.

Describe quién eres tú

Un aspirante espiritual recorrió enormes distancias para finalmente encontrar a un maestro que vivía en una densa jungla. Se presentó ante el maestro y le rogó:

—Por favor, venerable anciano, ruego de vuestra iluminada bondad que me instruyas espiritualmente.

El maestro le pidió:

—Ve allí donde puedas recibir los rayos del sol y dime si se proyecta tu sombra contra el suelo.

El discípulo hubo de caminar durante varias horas para salir del espeso bosque y poder recibir los rayos solares. Vio, obviamente, cómo la sombra de su cuerpo se reflejaba en el suelo. Luego regresó ante el maestro, y entonces este le dijo:

—Desnúdate. Ahora ve y cuéntame si tu cuerpo proyecta su sombra expuesto a los rayos del sol.

Tras varias horas de caminata, el discípulo halló un claro y recibió los rayos del sol. Después regresó junto al anciano, que le preguntó:

—Desnudo, ¿también has proyectado sombra?

—Claro, señor, así ha sido.

El maestro le dijo:

—De igual modo que vestido o desnudo proyectas la sombra de tu cuerpo en cualquier lugar, situación o circunstancia, tú eres el testigo. Descubre quién es el testigo y habrás empezado a descubrir quién eres tú. Persevera. Más allá de la sombra está tu cuerpo; más allá de tu cuerpo, está tu mente; más allá de tu mente, está tu testigo... Descubre qué está más allá del testigo.

Agradecido, el discípulo iba a volver a su hogar. Cuando se estaba alejando, el maestro le dijo:

—¡Ah!, y recuerda que del mismo modo que tu cuerpo proyecta su sombra vestido o desnudo, las cosas son tal cual son sin importar que las vivas sereno o perturbado.

La historia del niño pródigo

Un funcionario de Pekín contó esta historia que se hizo muy popular.

Cuando trabajaba en la capital, volvía a mi pueblo natal a visitar a mis padres cada dos o tres años. Era un viaje largo y penoso de un mes entero por el Gran Canal, a través de casi dos mil kilómetros. En las reuniones con la familia, me contaban muchas cosas interesantes del pueblo, de la prosperidad o decadencia de las grandes familias, de los casamientos de mis amigos de infancia, del cambio de costumbres y del mantenimiento de las tradiciones milenarias. Una de las cosas que me maravillaron fue el caso de un niño superdotado.

Se llamaba Zhong Yong y tenía siete años. Sus padres eran analfabetos sin ninguna preparación cultural, como la mayoría de los campesinos. La pequeña parcela de tierra que cultivaban les permitía una vida sencilla, sin mucha holgura. Sucedió que cuando su hijo, que no había demostrado ningún prodigio, empezó a pedirles que le enseñaran a leer cuando apenas tenía cuatro años, en su casa el único libro que había era el Calendario Lunar, con las recomendaciones y prohibiciones de cada uno de los días del año. Al principio pensaban que era un capricho infantil pasajero. Pero como el niño les pedía llorando todos los días que le enseñaran a leer, se vieron obligados a pedir auxilio a un hermano suyo que vivía al lado para que le enseñara algo. Pidieron prestados unos libros de poesía y otros de historia para salir del paso. No eran adecuados para un niño de cuatro años, pero algo les servía para tranquilizar al muchacho.

Para su gran sorpresa, vieron cómo a fuerza de memoria el niño lo aprendía todo con mucha facilidad. A los pocos meses dominaba ya una buena cantidad de caracteres chinos y empezaba a escribir versos con una rítmica correcta. A los cinco años podía recitar muchos poemas antiguos, incluso componía poemas cortos él mismo. Asombrados por el prodigio del infante, lo llevaron a un señor ilustrado, quien quedó totalmente sorprendido por la inteligencia precoz del niño. Sugirió que lo llevaran a un buen colegio para desarrollar su capacidad intelectual. Al despedirse les regaló una docena de libros y unas monedas de plata. El padre guardó con gran alegría el inesperado regalo y regresaron muy contentos a casa.

No podían seguir el consejo del letrado, ya que la austeridad de su economía no permitía tal lujo. Además, pensaba su padre, si el niño podía aprender prácticamente solo con un resultado totalmente satisfactorio, ¿por qué mandarlo a la escuela?

Alentado por el buen resultado de la primera experiencia, el padre lo llevó a los parientes y amigos para mostrar los prodigios del niño. El comportamiento del muchacho no podía ser mejor. Podía componer un poema sobre cualquier tema que le indicaran. Además, la rapidez con que lo hacía era sorprendente. Tanto la imaginación y la rítmica, como el repertorio lingüístico del niño, dejaban perplejos a los oyentes. Los recitales siempre terminaban en encendidos elogios y generosa donación en especies o en metálico. El mismo alcalde del pueblo lo recibió un día para premiarlo y alentarlo en el esfuerzo de ensalzar el pueblo. El padre nunca había esperado que el talento de su hijo le pudiera traer inesperadamente la fama y un notable ingreso, suficiente para mejorar sustancialmente la economía familiar.

En víspera de mi partida, pude admirar en un recital público la fantástica memoria del niño recitando páginas enteras de los Anales de Primavera y Otoño, componiendo algunos poema espontáneamente con una inspiración poco usual en un joven de tan corta edad. Emocionado, me fui del pueblo con la esperanza de encontrarlo a mi vuelta con progresos más sorprendentes.

Dos años más tarde, volví otra vez a mi pueblo. Una de mis primeras preguntas fue:

—¿Qué tal marcha el niño prodigio? Contadme algo de él.

No se animaron mucho por el tema, más bien se aburrían. Y para mi sorpresa me dijeron:

—Su padre lo está explotando. No lo ha enviado a la escuela. El pobre chico no ha avanzado nada. Repite siempre lo mismo. Pero su padre no se cansa de llevarlo a los parientes y amigos, que ya han perdido todo interés por el asunto. El alcalde siempre ha rechazado recibirlos de nuevo. Ahora nadie le da nada. Los recitales de la calle se convierten en monólogos de mendicidad sin ningún espectador.

Una gran desilusión me desolaba el corazón. Lamenté que el niño no pudiera ir al colegio para recibir una preparación adecuada. El joven parecía como esas estrellas, que antes de alcanzar pleno esplendor han empezado a apagarse por falta de una oportunidad para fomentar sus cualidades.

Al día siguiente salí a la calle para dar una vuelta, y allí lo encontré dando un recital con una ausencia total de público. Los versos que componía eran desgastados, carentes de inspiración alguna. Repetía una y otra vez lo mismo de hacía dos años. Le di una moneda de plata que su padre se apresuró a guardar ávidamente. Probablemente hacía meses que no recibía nada. Sentí una profunda desolación en el alma por la decadencia de un prodigio que podría haberse convertido en el talento del imperio.

Esa vez me fui del pueblo con el espíritu abatido. Cuando tres años más tarde volví a encontrar la vida estática de la provincia sureña, ni siquiera oí hablar del prodigio infantil. Ese niño que había mostrado habilidades maravillosas a los cinco o seis años, decayó totalmente. No se veía ni rastro suyo en las calles. Ayudaba a su padre a cultivar la tierra de sol a sol. Por la tarde, cuando volvía a casa muerto de cansancio, se acostaba enseguida tras engañar el estómago con una cena somera. Nunca volvió a tocar libro alguno. Lo que aprendió en su infancia lo olvidó casi por completo. Tampoco tenía inspiración alguna para escribir poemas, porque las labores del campo eran monótonas y muy poco inspiradoras.

¡Ay, cómo es la vida! Si naces con unas buenas dotes intelectuales, no desperdicies tu condición privilegiada. Lucha por desarrollar tu inteligencia. De lo contrario, te enterrará el polvo.

La mente y el reflejo

Nuestra mente genera sus propias creaciones y luego creemos que son reales. A veces nos llenan de angustia y malestar, la misma angustia y malestar que experimentó Du Shuan, que era el secretario de un magistrado. Con motivo de las fiestas, el magistrado invitó a su casa a su secretario y le ofreció una copa de licor. Un arco que había en la pared se reflejaba en la copa y el secretario creyó que había una serpiente dentro de la misma, pero como no podía desairar al magistrado, sacando fuerzas de flaqueza, aunque aterrorizado, se bebió el contenido de la copa. Luego, se, fue a su casa. Le esperaba una noche terrible. Empezó a sentir la serpiente mordiéndole las entrañas y, por muchos medicamentos que tomó, no pudo eliminar el dolor de estómago que le abatía.

Pasaron unos días. Du Shuan seguía enfermo. El magistrado, extrañado por su ausencia, fue a visitarle.

—¿Qué enfermedad padece? —preguntó.

El secretario repuso:

—Seré sincero, señoría. No sé si es la serpiente que me tragué y no logro evacuarla o simplemente el terror que sentí al tragármela. Pero el caso es que no desaparecen las náuseas y los dolores.

El magistrado volvió a su casa y se puso a reflexionar sobre el tema. La luz se hizo en su mente y mandó traer rápidamente a su secretario. Entonces, en el mismo lugar que días atrás lo hiciera, le ofreció una copa de licor. De nuevo el reflejo del arco parecía una serpiente en la copa del invitado, que, aterrorizado, se echó para detrás como si hubiera visto la cara del mismo diablo.

—Solo es el reflejo del arco que hay detrás de usted —dijo el magistrado. Su mente, mi fiel amigo, le ha jugado una mala pasada.

Desapareció el espanto y un día después el color había vuelto al rostro de Du Shuan.

Este es mi caballo

Zhuo ocupaba un alto cargo en el palacio imperial. Era famoso por ser comprensivo y paciente.

Un día, cuando conducía su carruaje hacia la mansión que tenía en el centro de la ciudad, de repente se encontró con un hombre que detuvo su carro y cogió las riendas del caballo. Empezó a hablar con el caballo emocionado:

—¡Qué alegría! ¿Dónde te has metido? Por fin te encuentro. ¡Cómo te echaba de menos!

El alto funcionario que viajaba en el coche se sintió aturdido por el comportamiento extraño del intruso. Pensó que se había confundido. Eran tal vez muy parecidos los dos caballos. Por eso le dijo cortésmente:

—Me parece que hay una confusión. Se habrá equivocado de caballo.

Sin embargo, el intruso negó categóricamente su conjetura:

Este es mi caballo.

—¡No, señor! ¿Cómo es posible que no reconozca a mi caballo? Lo he criado con mis propias manos. Se perdió hace un mes. ¡Y cómo me ha costado encontrarlo! ¡Ay, caballo mío. Ahora no me separaré nunca de ti!

Al ver que era imposible convencer al testarudo hombre, Zhou le dijo:

—Bueno, si está muy seguro de que este caballo es suyo, puede llevárselo por el momento.

Y diciendo esto, desató la bestia del carro y entregó las riendas al hombre, advirtiéndole:

—Si más tarde se diera cuenta de su equivocación, le ruego que me devuelva el caballo en la última mansión de la calle residencial. Me llamo Zhou. Espero encontrarle pronto.

El hombre se llevó el caballo con gran júbilo. Pero el funcionario, al quedarse sin animal de tiro, tuvo que llevar el coche andando.

Al cabo de unos días, el hombre encontró por casualidad el caballo que realmente había perdido y que en ese momento estaba mucho más delgado que antes. Se dio cuenta del grave error que había cometido. Fue entonces a la casa del señor Zhou, le devolvió el caballo pidiéndole mil disculpas. El funcionario le contestó:

—Cualquiera nos equivocamos. Yo he tenido la suerte de que se haya dado cuenta pronto; de lo contrario, hubiese tenido que tirar del carro para ir a trabajar como si fuera un arriero.

El pintor

Es más fácil perseguir reflejos que confrontar los hechos. El siguiente cuento es muy significativo al respecto. Se trataba de un notable pintor que ejercía su arte para el príncipe de Chi. Un día este le preguntó:

—¿Cuáles son para usted las cosas más difíciles de pintar?

—Perros, caballos y cosas semejantes.

Entonces, el príncipe volvió a preguntar:

—¿Y las más fáciles?

—¡Ah! —sonrió el pintor—, los fantasmas, monstruos y cosas similares.

Cuando el príncipe quiso saber la razón, explicó:

—¿Quién no conoce bien a los perros y a los caballos? No es fácil pintarlos con toda fidelidad. Pero los fantasmas y monstruos y cosas parecidas, como nadie los ha visto, son más fáciles de reflejar.

El policía observador

Sucedió durante la Dinastía Qing que un comerciante fue atracado y asesinado. El gobernador ordenó a los funcionarios encontrar al asesino en diez días. Sin embargo, transcurrió la mitad del tiempo sin que hubieran encontrado ni siquiera a un sospechoso. Con el correr del tiempo se sentían cada vez más nerviosos. Desesperados, fueron a buscar a un policía retirado que tenía fama de ser muy perspicaz. El viejo accedió a probar suerte y se puso a trabajar junto a ellos.

En el primer día no encontraron ninguna pista. Al término de la segunda jornada se sentaron agotados en una casa de té a la orilla de un canal. El viejo policía buscó un asiento en la ventana y mientras tomaba el té verde, observaba todos los barcos que pasaban bajo su ventana. Sus ojos, rasgados y de párpados caídos, vigilaban el tráfico fluvial. Cuando se acercó un barco pequeño, algo le llamó la atención. Observó durante un minuto la diminuta barca con una mirada de lince y, de repente, dijo a los demás funcionarios:

—¡Vamos, aprisa! Allí está el asesino. Detened ese barco pequeño. No le dejéis escapar.

Los funcionarios corrieron apresuradamente para detener al barquero, quien durante el interrogatorio confesó el crimen de haber asesinado al comerciante para robarle el dinero.

Así concluyó felizmente el difícil caso. Admirados por la perspicacia del viejo policía, los funcionarios se reunieron para preguntarle cómo pudo identificar al asesino. Con una amplia sonrisa en la cara, les dijo:

—Cuando se acercó el barco, noté que en la cubierta había un manto recién lavado lleno de moscas. Como sabéis, las moscas siempre buscan el olor a sangre. Aunque con el lavado se pueden quitar las manchas, el olor no desaparece fácilmente. Si el manto no se hubiera manchado de sangre, no sería posible atraer a tantas moscas. Además, observé que el manto fue lavado con el forro puesto, lo que suponía que tuvieron mucha prisa en hacerlo. En tercer lugar, me di cuenta de que el forro era de brocado, que solo pueden usar los ricos. Un pobre barquero no podría permitirse tal lujo. Relacionando estos puntos con el asesinato y el barco, deduje que el barquero podía ser el asesino.

Los demás se miraron entre sí, asombrados de la perspicacia del policía.

Lo más barato son los zapatos

En el antiguo reino Chi la penalización de cualquier delito, por insignificante que fuere, era extremadamente rigurosa: la amputación de un pie. En pocos años, las calles se llenaron de cojos, víctimas de sus propias faltas: pelear con alguien en la calle, faltarle el respeto a un señor o simplemente coger una fruta en un huerto ajeno. La gente estaba aterrorizada por la rigurosidad de la Ley, lo que afligía profundamente a Yan Zi, el consejero estatal.

Un día, el rey le preguntó por qué no quería vivir en el palacio. Yan Zi le contestó:

—Majestad, estoy feliz viviendo en el centro de la capital. Así me entero de lo que piensa la gente y de los precios del mercado.

El Rey mostró vivo interés en el tema, inquiriéndole:

—¿Qué es lo más caro y qué es lo más barato?

—Majestad, lo más caro son los pies postizos y lo más barato son los zapatos.

Sorprendido por la respuesta y sin entender la causa, decidió confirmarlo personalmente.

Al día siguiente, vestido de paisano y acompañado de Yan Zi, el monarca salió del Palacio Real e hizo una inspección por las calles comerciales. Allí comprobó efectivamente que abundaban zapaterías con un buen surtido de géneros, que eran bastante baratos. Pero curiosamente había muy escasos compradores. Por el contrario, no encontraron a ningún vendedor de pies postizos con existencias en su almacén. Se acercó el Rey a uno de los vendedores para preguntarle la razón de la ausencia de géneros. El vendedor lo miró con extrañeza, mientras le contestaba:

—¿Pero no sabe usted que amputan a cualquiera por cualquier pecado? Se agotan pronto y al precio que se pongan.

—¡Qué pena! De continuar así las cosas, ¿quién trabajará la tierra y quién irá a la guerra?

El Consejero fingió sorprenderse mucho y dejó escapar un bien meditado comentario. El Rey se dio cuenta de la gravedad del asunto y sentenció con firmeza:

—A partir de hoy mismo se abolirá la Ley de Amputación.

El Consejero mostró una sonrisa de satisfacción. Todo salió como él había planeado. El día anterior, dispuso que todas las zapaterías tuvieran la totalidad de sus mercaderías y que los vendedores de pies postizos cerraran su negocio, durante un día. Su lucidez y compasión habían conseguido un noble fin.

La carpa que no podía esperar

Era un laborioso campesino. Las cosechas habían sido muy malas ese año y el campesino apenas podía darle algo de comer a su mujer e hijos. Tan desesperada era su situación que no le quedó más remedio que recurrir a un noble y rogarle:

—Señor, por favor te lo pido, préstame un poco de grano porque si no, no podremos sobrevivir.

—Está bien, está bien—dijo el potentado. Haré más que eso. Te prestaré una suma en monedas de oro, pero naturalmente tienes que esperar unos meses a que recaude los impuestos. ¿Estás de acuerdo?

He aquí la respuesta del campesino:

—Cuando venía hacia acá, de repente escuché una voz que pedía auxilio. Al acudir a la llamada de socorro, descubrí que se trataba de una carpa en lamentable situación. Estaba arrojada en medio del camino, bajo un sol abrasador. «¿Qué te pasa, compañera?», le pregunté. Contestó entre estertores: «Soy del Mar del Este y me estoy muriendo en este desierto. Por favor, por favor, ¿no dispone usted de un cubo de agua en el que poder sumergirme?» Y yo le dije: «Está bien, está bien. Haré más que eso, te traeré un barreño grande, pero tendrás que esperar a que visite el sur y traiga agua de un río de allí». Entonces la carpa alegó: «Me haces promesas, pero no me facilitas lo único que me salvaría: el cubo de agua. Cuando me traigas el barreño, no me busques aquí, sino en la pescadería».

En busca de la verdad

Se había despertado en él el ansia de hallar la verdad, una realidad más allá de la realidad aparente. Había perdido todo interés por su trabajo, su familia y sus relaciones sociales. La vida se había convertido en un sinsentido. Se preguntaba por lo esencial de lo esencial, el núcleo del núcleo, el origen del origen. Atormentando y anhelante porque alguien con la visión esclarecida le reportase instrucciones espirituales para encontrar la serenidad tan deseada, se despidió de su esposa, hijos y amigos, y partió de viaje.

Rastreando como un sabueso hambriento, viajó por la inmensa China a la búsqueda de un maestro que pudiera proporcionarle claves precisas y métodos válidos para recorrer la senda hacia lo Incondicionado. Oyó hablar de un maestro mayor que toda su vida se había entregado a la autorrealización y viajó hasta donde el venerable maestro se encontraba.

—Señor —dijo el recién llegado. Mi corazón está en penumbra y mi mente en sombras, ¿puedes darme instrucción espiritual? He viajado por todo el país y llevo muchos meses de un lado para otro buscando el maestro.

—¿Y has perdido tanto tiempo y energía, tanto esfuerzo inútil? —repuso el maestro ante la decepción del que fuera hombre de hogar.

—Pero, señor... —balbuceó.

—¿Tan oscura está tu mente, mi buen amigo, que dejas un tesoro fabuloso en tu casa y te dedicas a dar vueltas de aquí para allá, de espaldas a lo más hermoso que tienes? Nada puedo entregarte que no puedas conseguir en tu vida cotidiana; no te dejes embaucar por los juegos de ilusión de la mente, que nos escamotea la realidad tal cual es. No es dejando tu vida cotidiana como la hallarás, sino despojándote de los engaños de tu mente. Nada tengo que enseñarte. Nada tengo que mostrarte. Ninguna disciplina tengo que darte. Deja de dar vueltas de aquí para allá, vuelve a tu casa y realiza allí tu trabajo hacia fuera y hacia dentro.

La sombra de la sospecha

Un día, cuando un leñador se preparaba para salir a trabajar, no encontraba su hacha. Buscó por todos los sitios en vano. Trató de recordar dónde la había dejado el día anterior. Únicamente se acordó de que el niño del vecino lo estuvo observando mientras él partía leña en el patio. ¿No habrá sido el chico? Se le ocurrió que el hacha pudiera haber sido robada por el niño. Mientras seguía buscando infructuosamente en las habitaciones, crecía su sospecha. Cuando removió en vano las cosas del patio llegó a confirmar con certeza su conjetura.

—Seguro que ha sido él. Me estuvo observando hasta que terminé el trabajo —pensó. Incluso pudo imaginarse cómo entró el niño sigilosamente en su patio y se llevó el hacha corriendo. Justo en ese instante, el presunto ladrón se asomó por la tapia que separaba los dos patios, preguntándole:

—¿Va a cortar leña otra vez?

El leñador lo miró con profundo resentimiento, tratando de interpretar el doble sentido del pequeño diablo.

—Sí. Ojalá pudiera cortar también las manos del ladrón.

Al oír eso, el chico desapareció tras la tapia, de lo que dedujo el leñador que se sintió aludido.

Desde ese momento, el dueño del hacha siempre observaba el comportamiento del niño. Le parecía que su forma de andar sigilosa, su mirada huidiza y su hablar titubeante revelaban indudablemente su culpabilidad y su condición de ladrón. La sospecha creció, se consolidó y se convirtió en una categórica certeza. HA SIDO ÉL. Conforme iba pasando el tiempo, el hombre veía al niño cada vez más como un ladrón y cada vez más encontraba en su comportamiento indicios de haber hurtado su hacha.

Pero, un buen día, por pura casualidad, descubrió su hacha en el sitio menos pensado, dentro del montón de leña cortada.

Se acordó repentinamente de que la dejó allí olvidada. A partir de ese momento, el niño le parecía totalmente distinto. Ni en su forma de andar, ni en su mirada, ni en su modo de hablar encontraba nada raro. Era un niño simpático, sincero y completamente normal en su conducta.

El arroz despilfarrado

La Dinastía Song tuvo dos capitales: primero, la del Norte y después, la del Sur. El traslado de la capital se debió fundamentalmente a las invasiones de los mongoles. A pesar de la amenaza constante contra la inseguridad del imperio, tanto el emperador como los ministros se entregaban a un desmesurado despilfarro y ostentación.

Había un ministro corrupto llamado Wang Fu, quien, amparado por el favor monárquico, vivía con mucha opulencia. Mandó construir una majestuosa residencia que igualaba en lujo al Palacio Imperial. Trajeron hermosas piedras para adornar el precioso jardín privado, poblado de plantas exóticas. Todos los recintos de su residencia eran decorados con pinturas y caligrafías de firmas consagradas, y una cantidad de objetos de jade, oro y marfil, como testimonio de su perverso enriquecimiento durante los años en que ocupaba el cargo público.

En las tres suculentas comidas no faltaba nunca lo más delicioso del mar y lo más nutritivo de las montañas: aletas de tiburón, huevos de golondrina, holoturias, setas «cabeza de mono», manitas de oso pardo, y otras mil delicias vegetales y animales.

El arroz que acompañaba la exquisitez culinaria era de «perla», una especie muy apreciada ya que se trataba de tributos a la corte. Sus granos redondos lucían un color de marfil casi transparente. Al final de cada banquete cotidiano, cubos enteros de «perla» se tiraban a un canal de desagüe que corría hacia un monasterio vecino. Un monje veía que todos los días las aguas del curso superior arrastraban kilos de arroz blanco. Indignado con tal despilfarro, recogía las «perlas» blancas con un colador, las lavaba con agua limpia y las ponía al sol para secarlas.

El arroz despilfarrado.

Cuando pasaba algún mendigo, le regalaba el arroz deshidratado que tenía almacenado. Así, al cabo de dos años, con el saldo que se quedaba tenía en su poder varias tinajas de «perlas» disecadas.

Cuando los mongoles sitiaron la capital del Norte, el emperador huyó hacia el sur, dejando en el trono decadente a su hijo que se proclamó nuevo monarca. Las protestas contra la corrupción no se hicieron esperar. Para calmar el descontento general, el nuevo emperador mandó encarcelar a varios ministros corruptos, entre ellos el que tiraba las «perlas» blancas.

En la antigüedad, para alimentarse, los presos dependían de la comida que los amigos o parientes les enviaban a la cárcel. Pero ese exministro corrupto no tenía a nadie que le enviara alimentos. Al cabo de tres días el hambre lo corroía, drama que se enfatizaba con el contraste de los exquisitos platos que llenaron su mesa durante los días de lujo y poder. Cuando iba a desmayarse de hambre, vino un monje desconocido que le dio un cuenco de arroz tostado, que le pareció un manjar. Después de terminar con el último grano de arroz, el preso le dijo lleno de gratitud:

—Usted me ha salvado la vida. Le estaré eternamente agradecido. Le suplico que no me abandone. Que vuelva mañana con la misma delicia. Mil gracias, santo maestro que tiene un corazón de buda de misericordia...

El monje le cortó secamente:

—¿No sabe que este arroz que ha comido viene del canal de desagüe de su casa? En sus tiempos de opulencia no pensó jamás que la vida es una rueda. De la noche a la mañana se puede cambiar el destino. Del rey al plebeyo y de la riqueza a la miseria. Es la Rueda de la Ley Budista. A unos les quita y a otros les da. Hay que ser precavidos ante los cambios dramáticos. Ayer podías tener mucho, y hoy puedes morir de hambre.

La perspectiva del tonto

Un tonto con cierta fortuna y escasa estatura se había hecho construir una residencia de dos pisos. Vivía generalmente en la planta baja y usaba a menudo un taburete para coger cosas de los armarios y alacenas. Como era un taburete muy bajo, se veía obligado a colocarlo sobre una torre de ladrillos cuando tenía que coger algo que le quedaba demasiado alto. Estaba harto de tener que recurrir una y otra vez a este sistema y entonces se le ocurrió una «brillante» solución. Avisó a uno de sus criados y le ordenó que le llevara el taburete al piso de arriba. ¡Cuál fue su desagradable sorpresa cuando se sentó en el taburete y vio que era igual de bajo! Indignado, vociferó:

—¡Maldita sea! El constructor me aseguró que el piso de arriba era más alto y estoy igual de bajo.

Bodhidharma

Bodhidharma era un personaje sorprendente. En una ocasión se adormeció cuando estaba meditando y para que no volviera a suceder se rasuró los párpados de los ojos. Era un monje adulto e indoblegable. Tuvo un encuentro con el emperador de China, que le manifestó:

—He colaborado intensamente en la difusión de la doctrina del Buda en todo el país —dijo el emperador, jactándose de ello—. ¿Qué méritos he obtenido por hacerlo?

—¡Absolutamente ninguno! —afirmó el monje.

El emperador estaba más que asombrado. Entonces preguntó:

—¿Cuál es el primer principio de la Doctrina?

—Todo está vacío; no existe nada sagrado.

Irritado, el emperador interrogó:

—¿Y quién eres tú para presentarte aquí ante nosotros? Y Bodhidharma repuso:

—No sé.

A pesar de haber difundido la Doctrina, el emperador no sabía que no hay un «yo» para recibir méritos y que si todo está vacío, no hay «nadie» para presentarse ante «nadie».

La mariposa

¿Será esta vida un sueño? ¿Tal vez un sueño dentro de otro sueño? ¿Somos quizá los personajes soñados por otra mente? ¿Nos estaremos soñando a nosotros mismos? ¿Somos un sueño en la mente de lo Absoluto?

Había un gran filósofo en China. Era Chuang Tse, brillante y profundo, digno seguidor de Lao Tse.

Cierto día el gran filósofo se durmió y soñó que era una mariposa. Al despertar, reunió a sus discípulos y, todavía consternado, les explicó:

—Amigos míos, a decir verdad, ahora yo no sé si Chuang Tse se ha dormido y ha soñado que era una mariposa o una mariposa se ha dormido y está soñando que es Chuang Tse.

El arpa antigua

Boya era un músico de excepcional talento que sabía manejar con suma maestría su arpa. Sin embargo, estaba angustiado por no hallar un entendido que realmente pudiera apreciar su música.

Una noche de luna llena se detuvo en un puerto del río y se puso a tocar el instrumento que heredó de sus antepasados. Las notas desgarradoras que sacaba de la antigua arpa exteriorizaba su profundo sentimiento de soledad y angustia. Pero, de repente, una cuerda se rompió produciendo un ruido extraño. Sorprendido, Boya se puso en tensión, porque sus abuelos le habían advertido que el instrumento era mágico, que rompería las cuerdas para avisar que había alguien escuchando la música con suma atención, bien fuera un asesino o bien un verdadero entendido. Subió a la orilla y descubrió a un leñador. Se sorprendió que un leñador pudiera entender la música. Viendo la extrañeza de su mirada, el leñador le explicó:

—-Volvía yo a casa cuando oí su música. Me detuve para escuchar, porque era algo que jamás había escuchado. Su sentimiento musical y su destreza me han llevado a un mundo musical impregnado de connotaciones de melancolía y soledad.

Boya no esperaba que el leñador hubiera podido entender tan profundamente su música. Le invitó al barco, donde conversaron hasta la madrugada, hablando de música y de instrumentos. A veces, Boya tocaba algunas piezas, de las cuales siempre encontraba una correcta interpretación por parte del leñador, quien además pudo contar el contenido, el estilo y los sentimientos musicales que Boya había manifestado en la interpretación. Así, las luces del alba les sorprendieron hablando fluidamente de su vocación musical. Al final se despidieron con tristeza, quedando para el próximo año, el mismo día y en el mismo sitio.

Transcurrió un año, Boya volvió en la noche de luna llena al mismo sitio para disfrutar con su amigo de la música. Esperó toda la noche en vano, tocando con el arpa unas melodías de añoranza y evocación. Pero su amigo leñador no acudió a la cita. Al día siguiente, Boya se puso a buscar a su amigo. Encontró a un viejo de barbas blancas con un bastón en la mano. Tras saludarle, se dio cuenta de que era el padre de su amigo. Le contó que su hijo duplicó sus esfuerzos para estudiar música después del encuentro con él. Pero enfermó por agotamiento físico y falleció hacía unos meses. Antes de su muerte, pidió como última voluntad ser enterrado en el sitio de encuentro con el gran músico, para que su alma pudiera seguir escuchando su música. Boya siguió al anciano y comprobó que efectivamente en el sitio donde se habían encontrado había una tumba nueva.

Boya se sentó al lado de la tumba con el arpa en la mano, y empezó a tocarla con aflicción, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Vinieron unos curiosos a escuchar la música. Se reían y aplaudían, comentando en voz alta la forma curiosa y las notas raras del instrumento. La expresión de la cara del músico se volvía desesperante y trágica. De repente, rasgó violentamente las cuerdas y las rompió todas, levantó la antigua arpa y la golpeó frenéticamente contra una piedra. En pocos segundos el valioso instrumento se hizo pedazos.

Cómo Sun Bin ganó la carrera de caballos

Sun Bin*, autor de El arte de la guerra, era un estratega superdotado que puso de manifiesto su extraordinaria inteligencia en una carrera de caballos entre el general Tian Ji y los nobles del reino.

Para esas carreras, siempre dividían los caballos en tres categorías, y las competiciones se efectuaban entre los animales del mismo rango. De las numerosas carreras que se habían celebrado, el general no ganó ninguna, porque sus caballos eran peores en todas las categorías que los de la nobleza. Se desprestigiaban tanto el general como el ejército que él capitaneaba, lo que afectaba profundamente al comandante militar.

Un día, sin embargo, se presentó ante el afligido general su amigo de toda la vida, el estratega Sun Bin quien le dijo con seguridad:

—Yo te ayudaré a ganar unas carreras para animar a los soldados.

—¿Pero cómo? —el general se mostró pesimista.

—Yo he observado y estudiado durante mucho tiempo las competiciones. Me he dado cuenta de que tus caballos no son muy inferiores a los de la nobleza. Por lo tanto, cambiando un poco la táctica, podrás ganar las próximas competiciones. Pero tendrás que hacer lo que te diga...

El día de las carreras de caballos parecía una fiesta nacional. Acudieron todas las personalidades del reino y un ansioso público. La nobleza manifestaba su gran júbilo incluso antes del inicio de las carreras con la previsión de otra victoria asegurada, mientras que los soldados y buena parte del público anhelaban un cambio de la situación.

Cuando empezó la competición de la primera categoría, toda la nobleza se reía a carcajadas por la considerable ventaja que les llevaban sus veloces animales a los del general. ¡Qué bien! ¡Otro triunfo rotundo! ¡Vamos! ¡Dejadlos atrás! ¡A ganar! Ja, ja, ja...

Pero esa alegría les duró apenas unos instantes, porque cuando empezó la carrera de la segunda categoría, vieron con enorme sorpresa cómo los caballos del general llevaban la delantera y llegaron antes a la meta. La sorpresa no fue menor en el público solidario, que estalló de júbilo festejando la inesperada victoria del perdedor de siempre.

En la última carrera, la de los caballos de tercera categoría, se incrementó estrepitosamente el regocijo popular convertido en una efusiva manifestación de alegría.

Los nobles, pálidos por la sorprendente derrota, no se dieron cuenta de que el autor de El arte de la guerra había cambiado el orden de salida de los caballos. Es decir, enfrentó a los de tercera con los de primera, a los de primera con los de segunda, y a los de segunda con los de tercera de los nobles. No era ningún fraude, porque la clasificación de los caballos era por cuenta de los competidores.

Exceso de senderos

Yang Dse era un maestro. Uno de sus vecinos perdió una oveja y no solo envió a todos sus sirvientes a buscarla, sino que le rogó al maestro le cediera el suyo para colaborar en la búsqueda. El maestro preguntó:

—¿Pero no le basta con todos sus sirvientes para buscar una simple oveja?

El vecino repuso:

—Es que hay muchos senderos y a saber cuál ha tomado.

Durante muchas horas se buscó a la oveja, pero sin ningún resultado positivo. El vecino regresó desolado y el maestro Yang Dse preguntó si habían encontrado al animal.

—Imposible —dijo apenado el vecino—. Hay demasiados senderos. Como un sendero nos llevaba a otro, y así sucesivamente, ya no supimos ni cuál tomar. Hemos fracasado en la búsqueda.

El maestro permaneció muy pensativo y silencioso durante horas, sin que sus discípulos comprendieran por qué. Todos estaban extrañados. ¿Por qué esa rara actitud de su maestro?

Pero había un lúcido hombre llamado Sindu Dse, que explicó:

—No os extrañe la actitud de silencio y grave seriedad que ha tomado el gran maestro Yang Dse. Habéis comprobado que cuando hay demasiados senderos, conduciendo unos a otros, no hay manera de encontrar ni siquiera una oveja. El maestro se ha quedado pensativo dándose cuenta de que muchos discípulos se dedican a demasiadas cosas y siguen así muchos senderos, perdiendo su tiempo y su meta.

Los designios del destino

En esa inmensa tierra que es China, las catástrofes naturales son frecuentes. Se cuenta como cierto que una vez llegaron las lluvias y una pavorosa riada se llevó la choza de un campesino. Pero las riadas dejaron una joya en su lugar, arrastrada de alguna otra parte por las violentas aguas. El campesino, que era muy pobre, cambió la joya por dinero, reconstruyó su choza y el resto de la suma se la entregó a un muchacho huérfano y desvalido que malvivía cerca de él.

Al mismo tiempo, en otro poblado, un hombre para salvarse de la riada tuvo que subirse a un árbol que flotaba sobre las aguas. Otro hombre le pidió ayuda, pero se dijo: «Cualquiera se expone a subir a otro al árbol, no vaya a volcar», y no prestó auxilio al que lo necesitaba.

Transcurrieron los años. Llegaron los días amargos y desoladores de la guerra. El campesino bondadoso fue alistado y gravemente herido. Fue conducido al hospital. El médico joven y eficaz que se ocupó de él era el muchachito huérfano. Le reconoció y aunque el campesino estaba muy mal herido, puso todo su empeño y amor en curar al generoso hombre y lo logró. Nació de allí y de por vida una profunda amistad.

El campesino egoísta también fue alistado. El capitán de la tropa era el hombre que no había sido auxiliado. Ordenó que el campesino fuera enviado en el acto a primera línea de combate. Un amanecer frío y brumoso halló la muerte a manos del enemigo.

¿Cómo matan los cobardes?

Una vez Confucio caminaba junto a un discípulo por unas montañas de tupida arboleda. Sentían mucha sed, por lo que mandó a su alumno que bajara al riachuelo a por un poco de agua.

Cuando Zi Lu, el adepto, se incorporó después de saciarse en las cristalinas aguas, sintió que su pelo se erizaba al ver a un tigre a su espalda con las dos patas delanteras levantadas, en plena acción de ataque y que le venía encima. Sentía tal pánico que empezó a mover mecánicamente las manos en una desesperada defensa instintiva. Fracciones de segundo antes de que la terrible pata de la fiera lo derribara de un golpe, se hizo de lado y se apoderó, no se sabe cómo, de la cola del tigre y tiró de ella con frenesí una y otra vez, con movimientos desenfrenados. Al final, vio que la fiera se alejaba gimiendo, quedándose él atónito, con la cola del tigre en las manos.

Un buen rato después, cuando hubo recuperado la calma de sus nervios destrozados, volvió con el agua y el exótico botín de su hazaña.

Preguntó al maestro cómo matan al tigre los más valerosos. Confucio le contestó:

—Los héroes lo hacen asestándole golpes en la cabeza, los menos valientes lo hacen tirando de sus orejas, y los cobardes se apoderan únicamente de la cola.

El discípulo de Confucio se sintió burlado. Arrojó lejos la cola del tigre y metió una piedra en su bolsillo. Odiaba a su maestro creyendo que le había enviado a por agua para que le matara la fiera. Quería vengarse con esa piedra justiciera, pero antes preguntó:

—Maestro, ¿cómo matan los más valerosos?

—Los más valerosos matan con el pincel, los menos valientes lo hacen con la lengua.

—¿Y los cobardes?

—Con la piedra en el bolsillo.

Su discípulo se estremeció de miedo y se puso de rodillas ante su sabio tutor. De allí en adelante se convirtió en el alumno más fiel y más brillante de Confucio.

La mente

De todo se ha dicho sobre la mente. Es amiga y enemiga, te ata o te libera, puede ser paraíso o infierno... Todos sabemos hasta qué punto nos puede perturbar. Y una mente indócil y mortificante era la que tenía un discípulo que seguía la vida espiritual, pero que no podía poner bajo control su indómito pensamiento. Tan desesperado estaba que fue hasta su maestro y, suplicante, dijo:

—Maestro, por favor, tranquiliza mi mente. No puedo más.

El maestro repuso:

—Coge tu mente y extiéndela ante mí.

—Pero es que cuando busco mi mente no la encuentro. Y el maestro concluyó:

—Lo ves. Ya la he tranquilizado.

Suicidio en el río

Ji Jun era miembro de la Academia Imperial y estaba dotado de una aguda inteligencia y gran horizonte de conocimientos. Un día, el emperador Qian Long le preguntó:

—Dime, sabio erudito, ¿qué se entiende por la fidelidad y por el amor filial?

—La fidelidad —contestó rápidamente Ji— se manifiesta en la obediencia total e incondicional al soberano. Aunque este le mandase a uno suicidarse, tendría que cumplir su voluntad. Por amor filial se entiende el cumplimiento cabal de la voluntad paterna. Si el padre quiere que se suicide el hijo, así se cumplirá su deseo.

El emperador pensó que como Ji era muy inteligente, aunque le ordenase poner fin a su vida, no lo cumpliría de ningún modo. Por lo tanto, con el ánimo de tomarle el pelo y ver cómo se las arreglaría en una circunstancia extrema, le dijo:

—Entonces, ordeno que te suicides.

Ji no se sorprendió ni un ápice, contestando sin vacilación:

—Sí, Majestad, cumpliré su orden.

—¿Se puede saber cómo te vas a suicidar? —preguntó el monarca.

—Me voy a tirar al río —le contestó Ji.

El emperador sabía perfectamente que no se iba a suicidar y que podría salir airosamente de la situación, pero quería seguir con la broma:

—Bueno, concedido el derecho a la muerte.

Dicho esto, se puso a leer un libro que tenía a mano, sin prestar más atención al intelectual. El sentenciado salió del palacio, dio una vuelta y volvió de nuevo. El emperador aparentó sorprenderse de la súbita aparición del que iba a pasar al otro mundo.

—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué has vuelto?

—Majestad —empezó a explicar el intelectual con un tono intrigante—, cuando llegué al río y me iba a lanzar, de repente vi que había salido del agua el antiguo poeta Qu Yuan.

Me agarró fuertemente impidiéndome ejecutar la suprema voluntad imperial. Me rogó que volviera a preguntar a Su Majestad.

—¿Qué quería que me preguntaras?

—Me dijo que él se había lanzado al río para suicidarse, porque el soberano de su época era despótico e imbécil. Sin embargo, ahora que estamos glorificados con la lucidez y sabiduría de nuestro ilustre reinado, merece la pena preguntarle si realmente desea mi muerte. No sería demasiado tarde en cualquier caso suicidarme después de la confirmación de su voluntad.

La gaviota agasajada

El secreto no solo está en dar, sino en saber qué hay que proporcionar. De otra manera podemos dañar a la «gaviota».

Era un día claro y despejado. Una hermosa gaviota sobrevoló la capital de Lu y, finalmente, se decidió a bajar y posarse en uno de los distritos de la ciudad. Fue notificado de ello el gobernador de Lu, y no solo acudió a dar la bienvenida a la gaviota, sino que determinó preparar un festejo para ella.

Se dispuso un templo para la situación. Los mejores músicos comenzaron a tocar, pero aquella música atolondraba a la apacible gaviota. Se quemaron sándalos e inciensos, pero aquellos aromas mareaban al ave. Se hicieron largos sacrificios, que confundían a la
visitante. Pero, además, se le hizo tomar viandas y
licores, aun a su pesar, en el afán de agasajarla lo mejor posible. Todo ello a lo largo de varios días, hasta que
el animalito murió de tristeza y desolación. El gobernador había agasajado tal como él hubiera anhelado ser agasajado, en vez de ponerse en el lugar de la gaviota.

El significado de unas mentiras

Viajamos al reino de Chi. Allí habitaba un hombre muy bien parecido, esbelto y de excelente porte, llamado Dsou Chi. Cierta mañana, tras arroparse con bellas prendas, se contempló detenidamente en el espejo y se dijo:

—¡Qué elegante estoy! Y realmente soy apuesto. ¿Quién es más hermoso, el señor Shui, de la ciudad del norte, o yo? Se lo preguntaré a mi esposa.

Dsou Chi le preguntó a su mujer, y ella repuso:

—¡Oh, querido! Ni siquiera sé cómo puedes compararte con él. Tú eres mucho más atractivo.

Pero Dsou Chi no se quedó muy convencido, ya que el señor Shui era célebre en todo el reino por ser el hombre mejor parecido y más atractivo. Por eso, cuando estaba en los brazos de su concubina, le preguntó quién le parecía más atractivo. La concubina afirmó:

—Por supuesto que tú, amado mío. Ni siquiera hay posible comparación.

Un día después llegó un visitante a la residencia de Dsou Chi. Este visitante conocía al señor Shui y le hizo la misma pregunta que a su mujer y a su concubina. El visitante contestó:

—Le aseguro, señor, que usted es mucho más apuesto.

Esa noche Dsou Chi volvió a mirarse detenidamente ante el espejo. Se comparó él mismo con el señor Shui y llegó a la contundente conclusión de que dicho señor era mucho más apuesto que él. De ahí que cuando estaba tratando de conciliar el sueño y no lo conseguía, reflexionó así: «Mi mujer me ha asegurado que soy el más elegante simplemente para halagarme; mi concubina lo ha afirmado porque me teme; el huésped lo ha aseverado, porque necesita algo de mí».

Atención

El discípulo fue hasta el maestro para rogarle:

—¿Tendríais la bondad de escribirme algunas máximas sobre la más alta sabiduría?

El maestro tomó una pizarra y escribió sobre ella: «Atención».

Desconcertado, el discípulo preguntó:

—¿Y esto es todo? ¿No vais a escribir algo más?

Entonces el maestro, siempre tranquilo y solícito, escribió: «Atención, atención».

El discípulo todavía se desorientó más. Con descaro y cierta brusquedad, reprochó:

—En verdad no veo gran profundidad ni agudeza en lo que acabáis de escribir.

El maestro escribió entonces: «Atención, atención, atención».

Esto exasperó al discípulo. Casi fuera de sí, preguntó:

—¿Se puede saber de una vez qué significa la palabra atención?

Una semisonrisa se dibujaba en los labios del apacible maestro. Pausadamente, escribió:

Atención significa atención.

Los recomendados

A los setenta años, agotado e inactivo, el general pidió su dimisión al rey.

—Bueno —dijo el monarca viendo su cabeza poblada de canas—, me parece muy bien que te retires a descansar. Pero el ejército no puede quedarse sin liderazgo. ¿Quién crees que es apto para llevar bien las tropas?

—Creo que el señor Xie Hu es idóneo para ocupar mi cargo —dijo el viejo general sin vacilación.

El rey se extrañó muchísimo:

—Si mal no recuerdo, este recomendado es tu enemigo personal. ¿No es cierto? ¿Por qué lo recomiendas?

—Majestad, me ha preguntado quién podía dirigir bien el ejército, pero no me ha preguntado quién es mi enemigo.

El rey aceptó su recomendación y nombró a Xie como comandante general del ejército. Sin embargo, el nuevo jefe militar falleció de una enfermedad fulminante poco después de ser nombrado. El rey volvió a preguntar al viejo quién podría desempeñar bien el cargo. El general retirado le contestó sin vacilación:

—Majestad, creo que Chi Wu podría hacerlo muy bien.

El monarca se extrañó otra vez.

—Pero ¿no es tu hijo este recomendado?

—Efectivamente, Majestad. Pero me ha preguntado quién podía desempeñar bien este trabajo, y no me ha preguntado quién es mi hijo.

El rey quedó profundamente admirado de la franqueza de su fiel súbdito. Hizo el nuevo nombramiento. Para gran satisfacción suya, confirmó más tarde que el hijo era efectivamente tan honrado y competente como su padre, quien había puesto en evidencia que poseía la gema más preciosa: la ecuanimidad.

La Diosa de la Luna

Antes de convertirse en la Diosa de la Luna y sufrir la eterna soledad lunar, la bella inmortal Chang E vivía en la Tierra con su marido, el héroe enviado por el Dios del Cielo, que derribó nueve soles y aniquiló los demonios del mundo. Aunque el pueblo lo admiraba profundamente por sus abnegadas proezas, su mujer se quejaba de la constante soledad, ya que su marido siempre andaba fuera de casa batallando con los malos espíritus. Además, le horrorizaba la idea de envejecer y morir como cualquier mujer mundana.

Para acabar con la amargura de su mujer, el marido salió un día en busca de la Diosa de las Montañas para que le diera el elixir de la inmortalidad. Conmovida por la abnegada labor que desarrollaba el desinteresado hombre, la diosa le concedió una hierba mágica, advirtiéndole que la tendrían que tomar los dos al mismo tiempo. Si no, no respondería de las consecuencias. El hombre volvió contento con la hierba providencial y pidió a su mujer guardarla en sitio secreto para tomarla juntos algún día que no tuviera que salir a luchar contra los demonios.

La Diosa de la Luna.

Su mujer estaba muy resentida debido a la penosa soledad a la que la tenía sometida su cónyuge, y no quería sufrir eternamente el melancólico abandono. Una noche, movida por un impulso de desesperación, sacó el remedio providencial y se lo tomó todo. Enseguida experimentó algo raro en su cuerpo, una sensación de evaporación o de vacío. Se hacía más y más ligera, empezaba a flotar y a volar por el cielo estrellado. Quería bajar, pero la Tierra no la atraía. Parece que había una enorme fuerza que la succionaba desde lo alto del firmamento. Se alejaba cada vez más de la Tierra, acercándose a la Luna. Y desde lo alto del cielo, ya vislumbraba el desértico paisaje lunar. Se arrepintió de su necedad y empezó a echar de menos todo aquello que acababa de abandonar. Sentía vergüenza de volver a encontrarse con los suyos. Decidió quedarse en la Luna para estar cerca de la Tierra y pagar, desde aquel destierro frío e inhóspito, su conducta indigna.

Unos dicen que la apenada dama se convirtió en un sapo de repugnante apariencia, y otros dicen que sigue tan hermosa como siempre, pero más sola y melancólica. En los días de luna redonda, puedes contemplar la Luna y la podrías encontrar debajo de un árbol de laurel, acompañada de un conejo blanco, sufriendo la eterna soledad.

La leyenda de la princesa de las nubes

Nacido en buena familia, Daye era un niño guapo y muy inteligente. Cuando tenía diecisiete años se convirtió en el joven más solicitado de su pueblo. Venían los casamenteros casi todos los días para recomendarle chicas guapas de buena familia. Pero sus padres los rechazaron tajantemente, porque el padre de Daye había tenido un sueño, en el que un viejo inmortal le anunció que su hijo tenía que casarse con la Princesa de las Nubes. Pasaron dos años, al ver que no venía la anunciada novia de su hijo, los padres se ponían cada vez más nerviosos, porque ningún casamentero volvió a pisar su casa. Se arrepintieron de no haber escogido una chica de buena familia para su hijo.

Un día, cuando Daye estaba leyendo en su estudio, súbitamente una agradable fragancia le llamó la atención. Levantó la cabeza y vio a una joven bellísima entrando por su puerta. Varias criadas vestidas con fina seda y de buen porte le seguían el paso. Enseguida, su estudio se perfumó de un aroma embriagador y se iluminó con la extraordinaria presencia femenina.

El joven quedó totalmente sorprendido de la extraordinaria aparición de la bellísima y elegante dama en su casa. Se puso sonrojado y un poco cohibido, pero acertó a decir algo que podía encajar en esa situación:

—¡Dichosos ojos que ven la hermosura que ennoblece mi casa! La bella visitante sonrió dulcemente, tapándose los dientes de perlas con la larga manga de seda. En eso, una de las criadas dijo:

—La dama es la Princesa de las Nubes. Venimos de la Residencia Celestial.

Daye se quedó casi anonadado con la súbita aparición de la Princesa tan largamente esperada. Hechizado por la belleza de la lindísima mujer, se quedó en el acto enamorado. Pero la emoción le robó las palabras. Por rubor, la joven tampoco encontraba de momento tema de conversación. Los dos se quedaron durante un buen rato, que se interrumpió, afortunadamente, con la intervención de una criada inteligente, quien puso entre los dos un tablero de damas chinas.

Nunca antes Daye había perdido una partida en el pueblo, pero hoy no podía ganar de ninguna manera a la Princesa de las Nubes. Antes de despedirse, la bella mujer le dejó mil monedas de oro para que construyera una casa, y quedaron en verse cuando estuviese concluida la obra. La Princesa se fue, dejando en el joven enamorado una viva añoranza.

Antes de que pasaran dos meses, la nueva casa quedó construida y amueblada. Esa misma noche se presentó misteriosamente la princesa. El joven le pidió la mano, pero la princesa le dijo:

—Si nos casamos, podemos vivir juntos solo seis años. En cambio, podemos ser amigos durante treinta años. Tienes que elegir.

—Vamos a casarnos primero —dijo Daye—, luego veremos lo que se puede hacer después.

Esa misma noche se casaron. Vivieron seis años juntos impregnados de felicidad. Tuvieron un hijo y una hija. Parecía que iban a vivir toda la vida felices, hasta el punto que Daye perdió la noción del tiempo y olvidó la separación anunciada. Un buen día desapareció misteriosamente la Princesa de las Nubes. Daye se acordó repentinamente de que ese día se cumplía el sexto aniversario de su matrimonio y comprendió que toda opción inevitablemente comporta una renuncia.

El viejo tonto que removió dos montañas

El viejo tonto tenía noventa años y vivía con su familia al pie de dos enormes montañas. De generación en generación, esas montañas les dificultaban la comunicación con los pueblos de alrededor. Tenían que subir y bajarlas para ir al mercado e incluso para ir por agua al riachuelo. Odiaban profundamente esas montañas, pero se sentían incapaces de hacer nada, hasta que un día, el viejo reunió a la familia y le comunicó su voluntad de allanarlas para acortar el camino.

Al día siguiente se pusieron a trabajar todos los miembros de la familia, excavando la tierra y transportándola hacia unos valles profundos. Al cabo de unas semanas, apareció un viejo sabio de barbas blancas y quedó atónito ante tan extraña operación:

—Pero, ¡por Dios! ¿Qué estáis haciendo?

—Queremos remover estas dos montañas que nos estorban —contestó el viejo tonto con naturalidad.

—¿No creéis que es una idea insensata, ya que sois tan pocos y las dos montañas son gigantescas?

—Es cierto que somos pocos y además ya estoy muy viejo. Sin embargo, tengo hijos y nietos, y ellos tendrán también hijos y nietos. Si bien las dos montañas son altas, no podrán crecer más. Si de generación en generación vamos cavando las montañas sin cesar, llegará un día en que las allanaremos.

Al escucharlo, el viejo sabio se marchó moviendo la cabeza, mientras que el viejo tonto siguió trabajando sin parar con el mismo ánimo que cuando inició la faena. Toda la familia seguía su ejemplo con redoblado esfuerzo.

Transcurrieron unos meses y el Divino se enteró del empeño y la irrevocable decisión del viejo tonto y su familia y, conmovido por la férrea voluntad de esos humildes trabajadores, envió a dos inmortales a remover las montañas.

Una madrugada, cuando despertó el viejo y se preparó para seguir con el rutinario trabajo, se dio cuenta de que las montañas habían desaparecido y frente a sus desconcertados ojos se extendía una amplia llanura.

El héroe que derribó nueve soles

Durante el reinado del emperador Yao había un famoso arquero llamado Yi. Su puntería era tal que podía derribar con diez flechas diez pájaros al vuelo.

Sucedió que, por un capricho de los astros, los diez soles que se turnaban para iluminar el mundo, decidieron aparecer al mismo tiempo en la bóveda celeste, lo que causó una desastrosa sequía: se secaban los ríos y los lagos, se quemaban los bosques por el calor, las cosechas morían instantáneamente en los campos agrietados. Hacía un calor insoportable y la gente se encontraba refugiada en profundas cuevas de las montañas. Desapareció la noche, porque los despiadados astros de fuego no se ponían como antes en las horas nocturnas. Parecía que el infierno hubiera aflorado sobre la Tierra con llamas abrasadoras y una deslumbrante brillantez solar. La gente lloraba frente al desastre, rogando a Dios que tuviera compasión de ellos.

Cuando el Dios Celestial se enteró de las travesuras solares, decidió castigar a los astros enviando a Yi el arquero, a quien le entregó un gigantesco arco rojo y diez flechas blancas.

Yi se ubicó en lo alto de la montaña, tensó su durísimo arco y realizó el primer disparo. Cayó un sol estrepitosamente entre una lluvia de fuegos y chispas. Con el segundo flechazo, desapareció otra esfera de brasa. Así sucesivamente la bóveda celeste perdía uno tras otro los siniestros astros de calor. A cada derribo se levantaban voces de júbilo de la gente que seguía el acontecimiento. La temperatura se suavizaba drásticamente, incluso sentían un poco de frío cuando el gigante celestial hubo derrocado el noveno sol, quedando solo uno en el cielo. La gente se apresuró a impedirle al tirador un nuevo disparo para evitar un frío infernal en la Tierra.

El héroe salvó a la humanidad de una inaudita sequía, pero no terminó allí su labor benevolente porque mató a los devoradores de hombres, al monstruo acuático de nueve cabezas, al huracán que destruía las casas y a las serpientes colosales de los lagos y los mares que hacían naufragar a los barcos. Gracias a Yi, el mundo se hizo más acogedor.

La leyenda del Dios que rompió el pilar del cielo

En la antigua China la gente no entendía por qué todos los ríos corrían hacia el este y todos los astros se ponían en el oeste. Explicaban el hecho con el supuesto de que la Tierra está inclinada hacia el este, mientras que el Cielo lo está hacia la dirección contraria, como consecuencia de una guerra entre gigantes mitológicos.

El bisnieto del Emperador Amarillo era un déspota caprichoso. Durante su reinado cortó las vías de comunicación entre la humanidad y la Providencia divina. Además, lo más absurdo era que fijó el Sol, la Luna y todos los demás astros en el norte. De este modo, algunas regiones de la Tierra estaban eternamente iluminadas, mientras que otras no veían nunca la luz.

El Dios del Agua se rebeló contra la arbitrariedad diabólica del descendiente del Emperador Amarillo en una guerra sin cuartel contra el despótico caudillo. Lucharon en la tierra, en las aguas y en el cielo, poniendo en juego todos sus poderes sobrenaturales, sin que se definiera quién era el vencedor.

Un día, los dos colosales beligerantes llegaron, en una encarnizada batalla, al pie de una altísima montaña, llamada Bu Zhou, que era el pilar que sostenía la parte oeste del Cielo. El Dios del Agua estaba furioso viendo que no podía derrotar al despótico caudillo, y en un acto de desesperación se lanzó frenéticamente contra el pilar celestial. El choque fue tan violento que logró quebrar la columna celestial provocando un estrepitoso ruido de demolición. El Cielo, al perder el sostén, perdió el equilibrio y se inclinó hacia el oeste, haciendo que todos los astros colgados en el norte se resbalaran hacia esa dirección.

A partir de ese día, el Sol, la Luna y las estrellas salen por el este y se ponen en el oeste. De este modo, la noche y el día se suceden religiosamente. Como consecuencia de la rotura de columna que separaba el Cielo de la Tierra, esta se levantó ligeramente por el oeste, haciendo que todos los ríos corrieran hacia el este y desembocaran en el mar. Con la desaparición de la montaña Bu Zhou, surgió una enorme llanura en el norte de China.

El Pastor y la Tejedora

La Vía Láctea es un hermoso río que separa el Cielo de la Tierra. En él se bañaban todos los días las hijas del Dios Celeste. Por la noche, cuando las innumerables estrellas poblaban la bóveda celestial, las encantadoras hadas poblaban con su presencia el tranquilo río plateado. Aprovechaban también para contemplar la bulliciosa vida en el mundo, el amor y los sufrimientos de la gente mundana. Una de las hadas celestes, llamada Tejedora por su habilidad en el telar de brocados, se enamoró de un joven que vivía en un pueblo cerca de la orilla del río.

El joven se había quedado huérfano desde hacía diez años y vivía entonces con su hermano mayor y su cuñada. Aunque trabajaba sin cesar todo el día, no lo querían y siempre intentaban echarlo de la casa. Un día se vio obligado a abandonar la casa por no aguantar el maltrato de la joven pareja. Le dieron un viejo buey por todo el derecho a la herencia familiar.

El pastor levantó una pequeña choza para alojarse junto con el buey, a quien le contaba sus penalidades para desahogarse. Trabajaba día y noche en el campo, compartiendo lo poco que tenía con su único compañero. Una noche, para gran sorpresa suya, el buey se puso a hablar:

—Hola, mi señor, sé que eres honesto y tienes un corazón de oro, por eso me duele que estés tan solo. Escucha bien lo que te voy a decir: todas las noches bajan unas hadas del cielo y se bañan en el río. Hay una hermosa hada que está enamorada de ti. Roba su ropa cuando se baña y pídele la mano.

Esa misma noche, el pastor se escondió en la cañaveral para esperar el momento. Cuando aparecieron todas las estrellas, vio que efectivamente bajaron unas lindísimas mujeres que se metieron en las aguas dejando su ropa de seda en la orilla. El pastor salió del escondite y se dirigió hacia la orilla, donde cogió la ropa de la Tejedora y echó a correr. Sorprendidas por la repentina aparición de un hombre de la Tierra, las hadas salieron rápidamente de las aguas, se vistieron y volvieron al Cielo escandalizadas. Solo se quedó la Tejedora en las aguas, avergonzada, porque no tenía con qué vestirse. En eso apareció el pastor y prometió darle la ropa con tal de que aceptara ser su mujer. La Tejedora aceptó su petición ruborizada. Al cabo de un rato los dos se encaminaron hacia la pobre choza y se casaron con el buey amarillo como testigo.

Empezaron una nueva vida llena de felicidad y armonía. Al cabo de tres años, tuvieron dos hijos, un niño y una niña. Habían construido una casa con un establo para el buey y mejoraron sustancialmente la economía familiar con la aportación de las hábiles manos de la mujer. Se amaban profundamente y disfrutaban el amor, la familia y el trabajo.

Según la creencia popular, un año transcurrido en la Tierra era solo un día en el Ciclo. Así que al tercer día de la desaparición de la Tejedora, se enteró la Reina Celestial del suceso. Furiosa, envió a los generales y guerreros del Cielo para capturar a la atrevida hada que se burló de las disposiciones celestiales.

La repentina aparición de los enviados del Cielo convirtió el idilio en una pesadilla. Fue capturada y obligada a abandonar la vida mundana. Lloraba de dolor aferrándose a su marido y a sus hijos, pero los guerreros del Cielo la llevaron presa y cruzaron el río enseguida. Desesperado, el pastor los persiguió cargando los dos niños en dos cestas que colgaban de un balancín. Se proponía cruzar el río para alcanzarlos, pero las aguas crecieron súbitamente convirtiéndose en un anchísimo caudal que subía al Cielo. La mujer lloraba tratando de librarse de las feroces manos que la sujetaban, mientras que el hombre los perseguía sin esperanza de alcanzarlos nunca. Su convulsiva cara era surcada por las lágrimas que corrían silenciosamente. Los niños también lloraban con verdadera tristeza.

El afligido llanto de la familia destruida ablandó la dureza de la Reina, quien dio la orden de permitirles reunirse el día siete de julio de cada año según el calendario lunar.

Te habrás dado cuenta de que ese día, casi todos los pájaros grandes vuelan hacia el cielo para construir un puente de aves. De este modo, la hermosa Tejedora puede reunirse con su familia. Se dice que a medianoche, si escuchas atentamente debajo de la viña, podrías oír la conversación íntima de la pareja largamente separada. Si levantas la cabeza en una noche estrellada, podrás ver que a ambos lados de la Vía Láctea se ven dos estrellas luminosas: una es la Tejedora y la otra es el Pastor.

La leyenda de la creadora de la humanidad

Cuando la Tierra se separó del Cielo, no se conocía la especie humana aunque había ríos, lagos, montañas y mares. La diosa Nu Wa descendió un día al mundo y vio todo tipo de animales, pero se sintió sola porque no había nada que se pareciera a ella y que pudiera hablar.. Se sentó a la orilla de un lago, amasó barro con el que hizo una figura imitando su propia imagen reflejada en la superficie del agua. Jugueteó un poco con la figura de tierra y le dio un soplo divino. La figurita cobró aliento y empezó a parpadear. La depositó en el suelo para que caminara a su alrededor, mientras que ella modeló otras figuritas más o menos parecidas, que cobraron vida también con un soplo de su respiración providencial.

No se contentó en crear imágenes solo de mujeres, empezó a conformar hombrecitos para que formaran parejas con las mujeres ya existentes en el mundo. Así, tras trabajar un buen rato en la creación de la humanidad, creyó necesario acelerar el proceso. Cogió una cuerda larga cubriéndola de lodo, y empezó a girarla, desperdigando pedacitos de barro a su alrededor, que al caerse al suelo se convertían en figuras de niños y niñas que se alejaban alegremente. Así nació la humanidad, hecha de barro y animada en el aliento de la diosa.

Un día sucedió algo trágico que truncó la vida idílica del mundo: un buen trozo del Cielo cayó abriendo una terrible grieta en la Tierra. Nu Wa, la Creadora de la Humanidad decidió reparar la rotura celestial para proteger las vidas humanas recién creadas. Fundió piedras de cinco colores con las que rellenó el agujero negro. Encantó una enorme tortuga e hizo de sus patas cuatro pilares para sostener el firmamento. Mató al dragón negro que provocaba inundaciones y ahuyentó las fieras que devoraban a los seres humanos. Gracias a ella, el mundo se salvó de la catástrofe y volvió a la tranquilidad. Y para acabar con la monotonía, hizo con unas cañas de bambú un instrumento llamado Sheng y creó la música.

La travesía de los ocho inmortales

Todos los años, la Reina de la Longevidad ofrecía un grandioso banquete en el hermoso lago Yao Chi. Invitaba a todas las personalidades eminentes, a quienes les ofrecía, entre otros manjares, vinos de la bodega celestial y melocotones de propiedades providenciales.

Los ocho inmortales siempre acudían al fastuoso evento como invitados de honor. Era una oportunidad de reunirse los amigos de la inmortalidad para narrar los acontecimientos del año anterior y experimentar algunas aventuras divertidas. La emoción por el reencuentro y la exquisitez de la comida eran motivo suficiente para el exceso en el beber, así que solían terminar embriagados de vino y de satisfacción.

Una vez, tras terminar la suculenta recepción, los ocho inmortales se embarcaron en una nube blanca que flotaba en el límpido cielo, sin preocuparse donde los llevaba el aire de las alturas. Conversaban animadamente y se reían de las anécdotas que les habían ocurrido, cuando se dieron cuenta de que se encontraban a la orilla del mar.

Las olas del Océano del Este rugían majestuosamente, con la extraordinaria potencia que le confería su inmensidad. Sorprendidos por la grandeza del mar, los inmortales se detuvieron para contemplar el bravo oleaje, despejados ya de los efectos de la bebida alcohólica. De repente, apareció en las nubes del mar el reflejo de un hermosísimo palacio, con preciosos quioscos y pabellones.

—¡Qué bonito! ¡Es mucho más suntuoso que el Palacio de Oro de la Reina! —exclamaron algunos inmortales atónitos ante la extraordinaria belleza del espejismo.

—No es ninguna fantasía, es el Palacio del Rey Dragón del Mar —afirmó uno de los inmortales.

Al oírlo, alguien concibió espontáneamente una atrevida idea.

—Siempre hemos oído que el mar es inmenso y muy lujoso el palacio del Rey Dragón, ¿por qué no vamos a dar una vuelta por el mar y visitar al monarca del Palacio Marítimo?

Antes de que los demás inmortales aceptaran tan descabellada proposición, el lúcido Han Zhongli se adelantó con argumentos para impedírselo.

—He oído que los guardianes del Rey Dragón son feroces, arrogantes y dominan las artes marciales. Posiblemente no nos dejarán entrar por orden superior. ¿Para qué vamos a perder la dignidad ante esos cangrejos engreídos? Además, hoy hemos tomado más de la cuenta, cualquier indiscreción puede acarrear serios problemas.

Al oír eso, el Cojo Li manifestó su disconformidad inmediatamente.

—¿Qué nos puede amedrentar a los Ocho Inmortales? Ningún mal nos infunde miedo alguno. ¿Acaso el maldito dragón y las tortugas del mar pueden aterrorizar a los ermitaños inmortalizados? A mí me importa un bledo que el bicho tenga dos cuernos en la cabeza. Aunque tuviera mil artimañas, me atrevería a desafiarlo.

Dicho esto, arrojó su bastón mágico hacia la cresta del mar y se embarcó en él. Repentinamente, el bastón se convirtió en un soberbio barco que navegaba velozmente por entre las olas.

Los demás inmortales no esperaban tanta impulsividad del Cojo Li, pero, al verlo partir solo, le siguieron uno tras otro con el fin de socorrerlo en caso de peligro. Han Zhongli, el inmortal que había criticado la descabellada aventura, fue el primero en lanzarse al mar para seguir al Cojo Li. El tambor que llevaba siempre consigo navegaba al filo de las olas, mientras que el maestro de la música se mantenía sentado en el instrumento de percusión, con los ojos cerrados, rumiando una oración.

El viejo inmortal, Zhang Guolao, se montó en el lomo del asno providencial, lo castigó enérgicamente: «Arre...», haciendo que el burro se lanzara sobre las aguas como un torbellino al ras de las crestas. Corría por la superficie del mar sin obstáculo alguno, como si se tratara de la mejor pradera.

El gallardo Caballero Han se llevó la flauta divina a los labios, extrayendo de ella una melodía armoniosa, que hechizó las olas, convirtiéndolas en un camino liso y firme, por el cual se encaminó hacia el Palacio del Rey Dragón.

La inmortal Flores He Xian llevaba una cesta llena de pétalos fragantes recogidos de la montaña Kun Lun. El exquisito contenido de la cesta atrajo la atención de todas las cortesanas del mar, quienes, movidas por el instinto de belleza, intentaban acercarse al recipiente de tan caras especies botánicas para apoderarse de una flor que las pusiera más guapas. La cesta era mágica y no se agotaba nunca. Conforme se llevaban las flores de encima, surgían desde el fondo de la misma nuevos pétalos para satisfacer las crecientes demandas. Al final, las damas del mar decidieron llevar a la inmortal Flores en una silla de oro hasta el Palacio Marítimo, con la intención de que nunca les faltara tan apreciado género.

Otro inmortal llamado Lu Dongbin sacó su calabacín mágico, lo destapó, dejando que un humo azulado saliera paulatinamente del recipiente y formara una nube de siete colores. El inmortal se sentó plácidamente en el asiento multicolor y se dirigió al Palacio del Rey Dragón.

El trovador de anécdotas históricas, Gao Guojiu, empezó a tocar sus castañuelas de bambú para contar episodios de un viejo cantar rimado. Los generales y cortesanos de la Corte del Rey Dragón, absorbidos por la historia, pidieron al juglar que se montara sobre el caparazón de una enorme tortuga del mar y viniera al Palacio para seguir su narración rimada.

Mientras los demás inmortales se las han ingeniado para dirigirse al Palacio Real Marítimo, Lan Caihe, sacó tranquilamente sus placas de jade mágico, las depositó en las aguas a fin de montarse en ellas y reunirse con sus compañeros. Sin embargo, el esplendor deslumbrante del jade iluminó el oscuro fondo del mar, produciendo incluso un temblor en el Palacio Marítimo. El Rey Dragón, que se encontraba tomando vino en sus aposentos, se sorprendió por la extraña luz y el maremoto que sacudió su Palacio. Ordenó investigar lo que sucedía en las aguas de su dominio. No tardaron en informarle que eran los Ocho Inmortales de la Tierra que atravesaban el mar usando sus habilidades sobrenaturales. El viejo Dragón se puso furioso.

—Con que esos seres sinvergüenzas me están molestando con sus fechorías. Se han hecho inmortales al aprender unas artimañas insignificantes. Estos mares son de mi soberanía, no tolero ningún juego sucio debajo de mis narices.

Furibundo, el feroz Rey Dragón pegó un salto y apareció en la cresta de las olas. Justo en ese momento, el inmortal de las placas de jade, Lan Caihe, pasaba por allí cerca con su luminosa joya mágica flotando en la superficie del mar. El viejo dragón abrió la boca y se apoderó de las placas de jade, tras lo cual se sumergió en el mar. De repente, parecía que el sol, la luna y las mil estrellas se concentraran en el fondo del mar, iluminado con luces de siete colores. Radiante por el embellecimiento de su palacio, el Rey Dragón decidió efectuar una celebración invitando a todos sus amigos y parientes para ver la iluminación mágica.

Mientras tanto, los demás inmortales se enteraron con desagradable sorpresa de la indigna actuación del Rey Dragón. El Cojo Li no pudo reprimir su ira, exclamando:

—¡Cómo es posible! ¡Qué atropello! Vamos a darle una lección al viejo dragón. Tenemos que recuperar inmediatamente el jade mágico.

Dicho esto, se puso en acción. En pocos segundos ya estaba frente a la puerta del Palacio del Rey Dragón. Blandió su bastón, mientras gritaba con indignación:

—¡Oye, sucio pirata, soy el Cojo Li! ¡Devuélvenos las placas de jade enseguida, de lo contrario, arrasaremos tu nido en un instante! ¿Enterado?

El Rey Dragón se rio a carcajadas y le contestó con desdén:

—¡Desgraciado curandero inmortalizado! Cúrate tu pata antes de seguir diciendo más disparates. Soy el Rey de las Aguas. Aquí nadie manda excepto yo. Sal de mis dominios, si no quieres que te destroce en mil pedazos.

El Cojo Li no quería gastar ninguna palabra más, arrojó su bastón mágico hacia el interior del palacio, el cual se convirtió en un dragón de cien leguas que arrojaba fuego como si fuera un lanzallamas. En un santiamén todo el palacio se incendió. Los cortesanos huían apresuradamente, mientras que los ocho inmortales irrumpieron en el recinto en llamas para aniquilar a cualquier superviviente que ofreciera resistencia. Ante el inminente peligro de ser derrocado, el Rey Dragón sacó las placas de jade y se las ofreció al Cojo Li con las dos manos, rogándole disculpas.

Una vez recuperada la joya mágica, el inmortal Cojo Li metamorfoseó el dragón lanzallamas en una manguera, que con la ayuda de una oración apagó el incendio en un abrir y cerrar de ojos. El Rey Dragón, derrotado y sumiso, les imploró clemencia. Los ocho inmortales accedieron sin vacilación.

Se despidieron cortésmente de la Corte del Dragón y volvieron a sus respectivas ermitas. Este es el episodio más famoso de los ocho inmortales que se ha transmitido de generación en generación.


* Sun Bin, El arte de la guerra II, Editorial Edaf, Madrid, 1996, 2019.