II
El reino de este mundo.
Los Estados Pontificios
Durante siglos, la religión fue un factor de suma importancia en la política europea. Y, en consonancia con esto, los prelados fueron actores de primer orden en dicha política. En ausencia de ideologías, tal como las conocemos ahora, la religión era la que legitimaba el orden establecido y la que daba su lugar a los hombres en la sociedad del momento. Sancionaba como acorde a las leyes divinas que los reyes, duques, condes, ocupasen los peldaños más altos de la sociedad.
Los religiosos, a su vez, formaban toda una sociedad dentro de la sociedad, igual de estratificada que esta. Una pirámide cuya base la formaban monjes, frailes, párrocos, y cuyos niveles superiores estaban ocupados por obispos, arzobispos y cardenales. Y por encima de todos, el papa. De esa forma y a su manera, la Iglesia católica reproducía el esquema social de los reinos medievales en los que estaba inserta.
El poder de la Iglesia católica no solo era espiritual, sino también material. Se ha disertado mucho sobre la razón última de una práctica como el celibato de los religiosos, que es propia de los católicos y no de otras ramas cristianas. Sin entrar en disquisiciones sobre el origen de tal peculiaridad, es cierto que la prohibición del matrimonio a los religiosos —y la imposibilidad, por tanto, de legar propiedades a sus descendientes— ayudó a que, en Europa Occidental y con el paso de los siglos, la Iglesia católica acumulase un patrimonio inmenso. Máxime porque los poderosos tenían la costumbre de donar y legar a la Iglesia bienes y, sobre todo, propiedades que ya nunca retornaban a lo civil.
La cuestión material fue siempre muy cuidada por la Iglesia católica. Por ejemplo, en la propia España, en tiempos de los visigodos, cada iglesia rural era en la práctica un pequeño feudo, con campos que la mantenían y campesinos propios que cultivaban esos campos. A la cabeza de cada una de esas iglesias estaba un eclesiástico, cura2, en el sentido latino de encargado del cuidado de esos bienes.
Fórmulas semejantes, que eran la base de estabilidad material y cierto poder local para los religiosos, han sobrevivido en partes de Europa hasta tiempos muy recientes. En Inglaterra, el puesto de rector en alguna de las iglesias rurales era muy codiciado por ese motivo. Cada rectoría tenía asignadas propiedades y las rentas de su explotación se dedicaban al mantenimiento de la iglesia en cuestión, de forma que su rector podía despreocuparse de cuestiones mundanas.
En los peldaños altos de la Iglesia ocurría algo parecido solo que a gran escala. El ascendiente social que podía tener un cura sobre los aldeanos se convertía, en el caso de los prelados, en influencia política. Por eso, en la política europea de las edades Media y Moderna, tantas figuras políticas de primera línea fueron cardenales u obispos. No es que tales personajes conjugasen la vocación religiosa con las inclinaciones a la política; es que —más allá de lo sólida o no que fuera su fe— eran individuos de la alta nobleza que tomaban los hábitos para convertirse directamente en grandes prelados y acceder así a las rentas y el poder que llevaban aparejados tales cargos eclesiásticos.
La Iglesia católica, como organización, intervino durante siglos y a fondo en la política europea. Lo hizo apoyando a unos o a otros y, a menudo, siendo una más de las partes involucradas. En ocasiones, empleaba su ascendiente moral para apoyar o condenar a un gobernante. También para sancionar acuerdos y tratados. Pero, aunque tanto el ascendiente moral como los bienes terrenales den influencia, el poder en Europa residió durante siglos en disponer de territorios y, gracias a eso, mantener tropas. Y la Iglesia católica acabó por disponer también de ambas cosas.
Un poder muy terrenal
Desde el momento en que el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio romano (Edicto de Tesalónica decretado por el emperador Teodosio en el año 380), la Iglesia, que entonces todavía no se denominaba católica, y sus jerarquías, se inmiscuyeron en la administración y la política imperiales. Los religiosos tuvieron parte muy activa en los vaivenes del poder y los emperadores, a su vez, solían zambullirse en las aguas revueltas de la religión, tomando partido en las controversias religiosas.
El obispo de Roma tuvo que recorrer un largo camino hasta lograr que se le reconociese como la cabeza de la Iglesia. En la mayor parte de Oriente no lo logró: los obispos se negaron a aceptar la preeminencia del de Roma y eso llevó al cisma ortodoxo. Aun en los antiguos lugares del Imperio de Occidente donde lo logró, su autoridad en muchos casos era más que discutible. En España, y de nuevo en época visigoda, eran los reyes quienes convocaban y presidían los concilios de Toledo. En ellos se discutían no solo cuestiones de fe sino también de política, dado que ambos temas estaban intimamente unidos. Es más: los reyes visigodos españoles eran ungidos con óleos, siguiendo un ritual inspirado en las escrituras bíblicas.
El auténtico poder temporal de la Iglesia católica, el basado en los territorios, nació en un momento concreto. Entre los años 756 y 758. Y lo hizo por una circunstancia determinada. Durante algún tiempo, los lombardos habían estado agitándose en el norte de Italia y pretendían aumentar sus dominios. Con sus movimientos, amenazaban Roma. Y eso suponía que el papa Esteban II corría riesgo ser hecho prisionero por ellos y, por tanto, convertirse en un títere que los lombardos usarían para favorecer sus propios intereses.
Pipino el Breve, rey de los francos, ya acudió con su ejército en 755 a conjurar tal peligro. En esa ocasión, arrancó al rey lombardo Astolfo la promesa de dejar Roma y al papa en paz. Dado que Astolfo no respetó el acuerdo y puso sitio a Roma, Pipino lanzó tres campañas contra los lombardos entre los años 756-58, hasta vencerlos y conjurar ese peligro. Luego, entregó al papa 22 ciudades del centro de Italia, a las que sumó Perusa, Rávena y las provincias de Emilia-Romaña y la Pentápolis italiana. De la suma de esas posesiones nacieron los estados del papa3. Y, de esa forma y a partir de entonces, el pontífice pudo disponer de un verdadero poder terrenal.
No tardó en redactarse la falsificación llamada Donación de Constantino; un supuesto decreto del emperador Constantino I en el que se hacía constar la entrega del derecho de gobierno de Roma y sus alrededores al papa Silvestre y sus sucesores. Con aquella falsificación, se trataba de dar legitimidad y antigüedad a la posesión del papa sobre las regiones cedidas por Pipino.
Por supuesto, ni las intervenciones militares en Italia ni las cesiones territoriales al papa fueron actos de altruismo por parte de Pipino. Pipino había depuesto al último rey merovingio y, con aquella entrega, consiguió que el papa a su vez le diese la legitimidad que necesitaba, pues no pocos nobles francos consideraban lo que había hecho una simple usurpación, y no estaban dispuestos a admitirla. La aprobación que el papado dio a la realeza de Pipino no solo sancionó su ocupación del trono de los francos, sino que imprimió a su dinastía un carácter sacro que la desligó de la tradición germánica, en la que los reyes no eran un estamento superior y aparte, sino primus inter pares de los demás nobles.

La obtención del territorio por parte del papado, aunque le dio cierta seguridad frente a presiones externas, produjo una rápida degeneración de la institución que llevó al Siglo de Hierro, donde se sucedieron los asesinatos de pontífices y durante el que se vivieron todo tipo de turbulencias, como el estrambótico Concilio Cadavérico, en el que Esteban VI hizo desenterrar al papa Formoso y juzgar a su cadáver.
En cuanto al papa, a su vez, se desligó por esa vía del emperador de Oriente, que había sido hasta entonces el protector tradicional del papado. Debido a la conquista por parte de los musulmanes de grandes partes del Imperio oriental, así como a las convulsiones internas, este ya no estaba en condiciones de mandar tropas a defender Roma, como se había comprobado en la crisis con los lombardos. Así que, con aquellas maniobras políticas, el papa se vinculó a un poder más cercano y tangible, además de conseguir territorios que sustentasen un ejército capaz de defenderle.
La jugada se repitió en parte cuando el papa León III coronó en la catedral de San Pedro, en el año 800, al hijo de Pipino, Carlomagno, como emperador de los romanos. También este rey franco, ahora emperador, prometió entregar al papa más territorios en Italia, para acrecentar su poder temporal. Pero, en este caso, Carlomagno no cumplió nunca su palabra. Sin embargo, el papa no salió del asunto con las manos vacías. Gracias a aquella coronación, se había arrogado de facto la potestad de coronar al emperador de los romanos, privilegio que emplearían en su provecho futuros papas, en ocasiones, con consecuencias de gran alcance.
El papado no tardaría en inmiscuirse en las políticas de los distintos Estados de la época y, en ocasiones, de manera demasiado activa. Por eso, en la primera mitad del siglo ix, aparecerían las llamadas Decretales Pseudoisidorianas, nuevas falsificaciones que, en esta ocasión, pretendían blindar a los prelados frente a la justicia de los reyes. Es decir, pretendían protegerles de las posibles consecuencias de participar en conspiraciones cuando estas fracasaban o eran descubiertas.
La corrupción no tardó en llegar a los estados del papa. Necesitados de dinero, los pontífices recurrieron a la venta de indulgencias como forma de llenar sus arcas. A finales de ese siglo ix se eliminó el requisito de que solo pudieran ser papables los sacerdotes y diáconos de Roma, con la exclusión de los obispos de otras diócesis. Subió así al pontificado Marino I y se abrieron, literalmente, las puertas del infierno en Roma.
Las principales familias nobles italianas se disputaban el cargo de papa y no solo dialéctica y diplomáticamente. Comenzó el llamado Siglo de Hierro del Papado (882-1046), que arrancó justo con el nombramiento de Marino I, que solo duró dos años porque le envenenaron. Fue una época terrible de luchas por hacerse con el trono de san Pedro, en la que se sucedieron más de 40 papas y antipapas y donde el asesinato de pontífices estuvo a la orden del día. Por ejemplo, Esteban VI y Juan X murieron estrangulados, y Benedicto VI y Juan XIV fueron asesinados por orden del antipapa Bonifacio VII, que, a su vez, pereció linchado por las turbas cuando se presentó en Roma con intención de ocupar el pontificado.
Las turbulencias seguirían a lo largo del siglo xii, con las luchas entre güelfos y gibelinos que acabarían por ser el pulso entre partidarios del papa y el emperador. Aunque, en realidad, en el meollo estaban las pugnas entre familias patricias (como las de los Orsini y los Colonna) que se disputaban la hegemonía a nivel local bajo la cobertura de un conflicto más amplio.
España entra en el tablero italiano
Ya en el siglo xiii, el 30 de marzo de 1282, estalló en el sur de Italia el episodio conocido como Vísperas Sicilianas, que llevó a que la Corona de Aragón irrumpiese en la agitada política italiana. En esa fecha, al toque de campanas, los sicilianos se amotinaron contra la casa francesa de Anjou, que reinaba en la isla, y se lanzaron a la matanza de cuanto francés encontraron. Tras varios tanteos en busca de gobernante, acabaron por ofrecer la Corona de Sicilia a Pedro III de Aragón, que acudió presto a intervenir militarmente en la isla.
El papa Martín IV se puso del lado de la casa de Anjou. Al fin y al cabo, era papa gracias a que Carlos de Anjou encarceló a varios cardenales que iban a votar a otro para papa y, por ese expeditivo método, logró que fuese pontífice. Decretó una cruzada contra Pedro de Aragón, que no se dejó amilanar por eso. El resultado fue un conflicto en el que se vieron involucrados diversos Estados italianos y que acabó en una solución intermedia. Sicilia tendría rey aragonés, pero no habría de ser el propio Pedro. Ocupó así el trono siciliano Federico II, hijo de Pedro. Eso no era algo insólito en la Corona de Aragón, pues en esos tiempos, el mismo hermano de Pedro, Jaime, era rey de Mallorca y el Rosellón4.
En 1412, Sicilia pasó a la autoridad directa de Fernando I de Aragón. Y, en 1443, Alfonso V de Aragón logró coronarse también rey de Nápoles. Sin embargo, ambos territorios volverían a tener reyes distintos hasta que Fernando el Católico se convirtiese en rey de Sicilia en 1468 y de Nápoles en 1504, tras la Segunda Guerra de Nápoles. En ese conflicto ya entraron en acción los tercios castellanos, en virtud de la unión de las coronas de Castilla y Aragón. Nápoles se constituiría en virreinato, dependiente de la segunda de esas coronas.
Pocos años antes de ese suceso, en 1492 —justo un siglo después de la llegada aragonesa a Italia—, Rodrigo Borja, Borgia para los italianos, había logrado ser elegido papa con el nombre de Alejandro VI. Desde el primer momento, se implicó a fondo en todos los enredos políticos italianos, con un objetivo meridianamente claro. Su fin último era dar poder a su familia y, en concreto, construir un Estado propio para su hijo César Borgia. Y para ello disponía de todos los recursos militares y políticos del papado.
A tal fin se dirigieron todos sus manejos, y no a acrecentar los Estados papales. El momento era propicio para ello, pues la península itálica estaba inmersa en lo que se conocería como Guerras Italianas, y estas se pueden resumir en «todos contra todos» —con cambios constantes de aliados y enemigos—, en un escenario lleno de príncipes minúsculos y ambiciosos, ciudades Estado, familias patricias rivales y condotieros al mejor postor.
En un panorama como ese, Alejandro VI consiguió ser el artífice de una alianza contra el rey francés Carlos VIII. En primer lugar, lo hizo sobre todo por una cuestión de supervivencia. El que fuera su gran rival durante la elección a pontífice, el cardenal Della Rovere, se había refugiado en Francia tras su derrota electoral y alentaba a Carlos VIII a deponer a Alejandro VI. De modo que la reacción de este último fue coaligar a la Monarquía Hispánica y al emperador Maximiliano I, así como a Ferrara, Venecia, Mantua y Milán, contra Francia, nada menos. El resultado, como era lógico, fue la derrota del rey francés.
Enterado ya Carlos VIII de lo que era capaz el papa Borgia si se le amenazaba, este trató de mantenerse equidistante entre España y Francia durante la Segunda Guerra de Nápoles. Colaboró en la deposición del rey de Nápoles, y trató de ayudar a un arreglo sobre el reparto del reino entre las dos potencias en conflicto. Cuando eso no fue posible y comenzaron los combates, se mantuvo prudente al margen hasta que creyó ver quién iba a ser el ganador.
Dado que tal ganador parecía ser la Monarquía Hispánica, ofreció de manera abierta su ayuda a sus representantes. No tuvo ocasión de ponerla en práctica, pues murió de manera repentina, luego de un banquete que ofreció en 1503 a unos notables. Como también su hijo César estuvo al borde de la muerte, el suceso ha dado para infinidad de cábalas y fabulaciones. Una teoría es la de que ambos ingirieron por error un veneno que pensaban administrar a algunos de sus invitados. César habría sobrevivido por ser más joven, pero Alejandro VI no.
A este le sucedió Pío III, que solo fue papa 26 días. Y tras él llegó Julio II, cuyas posturas y política eran radicalmente distintas. Porque este Julio II no era otro que aquel cardenal Della Rovere que disputó el pontificado a Rodrigo Borgia y que luego trató de que el rey francés le depusiera por la fuerza. Ahora, ya papa, se mostró como un gran valedor del cesaropapismo. Dirigió sus esfuerzos a consolidar el poder terrenal del papado y, por supuesto, a recuperar para los Estados pontificios todo cuanto Alejandro VI había conquistado para su propia familia empleando los recursos papales.
En lo que había poca diferencia entre ambos papas era en lo tortuoso de sus métodos. Tal vez, quizás, Julio II podía ser todavía más maquiavélico que su gran rival ya muerto.
De entrada, se aplicó a liquidar cualquier posibilidad de que cuajase un Estado italiano gobernado por los Borgia. Después, le dio por conjurar la amenaza de una Venecia que se había hecho en exceso fuerte. Y, para ello, coaligó nada menos que a España, Francia, el Sacro Imperio, Saboya, Florencia, Mantua y Hungría en la llamada Liga de Cambrai (1508). Por supuesto, ahora fue Venecia la que salió malparada de aquella jugada papal.
Una vez quebrado el poder veneciano, Julio II se revolvió contra Francia y, con la ayuda militar de España, consiguió mermar su influencia en el norte de Italia. Esa enésima guerra por el control del norte italiano tuvo como consecuencia un acto político y militar clave en la historia española. Porque, en pago a la ayuda prestada por la Monarquía Hispánica contra Francia, Julio II excomulgó en 1512 a la casa de Albret, de la que era vástago Juan III, rey consorte de Navarra.
Hacía ya tiempo que Navarra estaba, como Estado independiente, en precario. Siglos atrás, las dinámicas de la Reconquista la dejaron sin posibilidad de expansión territorial, de forma que Castilla y Aragón fueron creciendo, en tanto que Navarra no. Y, al menos en España y Francia, el tiempo de los Estados menores llegaba a su fin. Durante los siglos xiv y xv aún pudieron mantenerse haciendo equilibrios diplomáticos, como Navarra, o incluso por las armas, como Borgoña, pero ya las circunstancias eran otras.

La península italiana durante el Renacimiento: un caos de territorios y señoríos en los que no solo ciudades Estado y familias rivales se disputaban el poder a nivel local, sino que sirvió de teatro de guerra entre España y Francia, con el papado tratando de conseguir la hegemonía mediante un juego de equilibrios.

Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, artífice de las grandes victorias españolas para los Reyes Católicos, que asentaron el poder de la Monarquía Hispánica frente a las pretensiones francesas en Italia.
Y Navarra, además, se encontraba debilitada por luchas internas. Al igual que otros Estados en circunstancias similares, como acabamos de decir, había tratado de conseguir con diplomacia y alianzas lo que no podía lograr mediante ejércitos. El problema de seguir esa estrategia es que, además de aliados, podían granjearse enemigos peligrosos. Y el apoyo de Juan II de Navarra a Francia —para garantizarse su ayuda en caso de ataque por parte de Castilla y Aragón— le granjeó la animadversión de Julio II. Encima, su aliado había perdido la guerra.
En 1512, Isabel la Católica había muerto. Fernando era rey de Aragón y regente de Castilla. Cuando Julio II excomulgó al rey de Navarra, Fernando no perdió tiempo en invadir el territorio, aprovechando que en esos momentos su esposa era Germana de Foix, que podía invocar ciertos derechos a ese trono5. Sin embargo, Fernando optó por incorporar Navarra a la Corona de Castilla, dado que esta tenía una estructura política más sólida. Un ejército al mando del II duque de Alba ocupó Navarra con rapidez, con ayuda de los líderes de la facción beaumontesa, que avalaron la conversión del reino en virreinato. Eso no quita para que hubiese combates durante años y que la Baja Navarra acabase convertida en reino independiente que, al cabo, se incorporaría a Francia. La Alta Navarra se convirtió en reino parte de la Corona de Castilla en una situación peculiar, pues tendría Cortes propias hasta el siglo xix.
En 1513 murió Julio II y le sustituyó Juan de Medici con el nombre de León X. A él le tocó continuar esa política de buscar a toda costa un equilibrio inestable que permitiese mantener el poder papal. Y el método que empleó fue el mismo que su predecesor: apoyar a unos o a otros contra aquel que se hiciera demasiado poderoso y, de paso, procurar sacar beneficio.
Sin embargo, al parecer, León X había llegado a la conclusión de que nunca podría desalojar a Francia y España de la península itálica. Procuró, en consecuencia, buscar una fórmula en la que una se quedase en el norte y otra en el sur, y que al menos el papado pudiese controlar el centro. Aquella era una ecuación compleja, porque había que meter en ella a Génova, Ferrara, Venecia, Siena, Mantua… y, desde luego, sin olvidar los intereses de la familia a la que pertenecía el pontífice: los Medici. Eso explica que el papa consiguiese que el nuevo rey francés, Francisco I, garantizase los derechos de los Medici sobre Florencia, su ciudad de origen.
Las políticas enrevesadas de León X sentaron las bases para una nueva guerra a gran escala. Llegó a comprometerse en secreto con los franceses y tratar de que, a la muerte de Fernando el Católico, Nápoles volviese a la órbita francesa. Era un sueño muy viejo de esa monarquía, que no había olvidado cómo los sicilianos les expulsaron dos siglos atrás. El papa pondría a su servicio su ejército y, lo que es más importante, su autoridad religiosa. Recordemos cómo una excomunión había legitimado la anexión de Navarra a la Corona de Castilla solo unos años antes.
Pero arrebatar Nápoles a la Corona de Aragón era más fácil de pactar que de hacer, habida cuenta de que, en seguida, ocupó el trono de España el nieto de Fernando e Isabel, Carlos I. Y que el abuelo materno de este seguía vivo y era nada menos que el emperador del Sacro Imperio, Maximiliano I. Y ese era un hombre al que no convenía tomar a broma, sobre todo porque ya nada debía como emperador al papado. En 1436, el emperador Carlos IV había cambiado la fórmula para tal nombramiento, y para obtenerlo ya no se necesitaba la sanción papal, sino ganar una votación que tenía siete electores.
España y Francia trataron de llegar a un acuerdo pacífico sobre Italia. O al menos, de lograr una paz temporal que les diese un respiro y les permitiera reforzarse. Así, por el Tratado de Noyon, del 13 de agosto de 1516, Francia reconoció por fin a España la posesión de Nápoles, a cambio de que esta reconociese a aquella la de Milán. Y se acordó el matrimonio de Carlos I con Luisa, hija de Francisco I. Aquel podría haber sido un arreglo dinástico muy de la época, que habría llevado a una paz más estable, pero en realidad fue poco más que una farsa, un apaño, porque Luisa era en ese momento una niña pequeña. Por tanto, el acuerdo matrimonial no fue más que teatro al que todos se prestaron para ganar algo de tiempo.
Igual de farsa fue el Tratado de Cambrai el año siguiente, por el que España y Francia pactaron un reparto de Italia que era imposible de llevar a la práctica. De haberse realizado, Saboya, Venecia y Florencia habrían sido liquidadas por las dos potencias y, claro, no estaban por la labor. Todo quedó en nada, excepto que, eso sí, el papa aprovechó ese pacto para anexionarse Siena.
A comienzos del año 1519, León X se superó en sus enredos, pues firmó a la vez con España y Francia acuerdos secretos y opuestos. Lo que en esa ocasión pretendía era contentar a ambos y garantizar el poder de los Medici sobre Florencia.
Al final, las intrigas y los distintos intereses de aquel papa medici crearon en Italia una madeja enmarañada que, como el nudo gordiano de la leyenda, solo un tajo de espada podría deshacer. Porque a todo aquello se sumó que, como el trono imperial no tardaría en quedar vacante, habida cuenta de la avanzada edad de Maximiliano I, los principales actores de esta historia lo codiciaban.
El imperio lo quería Carlos, que tenía muchas posibilidades, y lo quería también Francisco, que tenía muy pocas. Y lo ambicionaban otros príncipes, como Federico de Sajonia. Todo ello con el telón de fondo de la reforma de Lutero y, por tanto, con la necesidad de contentar, o al menos no disgustar, a diversos príncipes alemanes.
Maximiliano murió en enero de 1519, y el papa apoyó, en un principio, la candidatura del rey de Polonia. Luego, en vista de que cinco de los electores respaldaban a Carlos I de España —su abuelo Maximiliano ya se había ocupado de allanarle el camino al imperio todo lo posible—, apoyó a Francisco I de Francia. Pero de nuevo se cruzaron los intereses de familia en el camino de los grandes asuntos de Estado, esta vez a favor de la Monarquía Hispánica. León X y Francisco discreparon a propósito del ducado de Urbino. Los Medici lo ambicionaban, en tanto que Francisco pretendía que fuese independiente y regido por Catalina de Medici, que era pariente suya.
Francisco acabó por retirar su candidatura y, el 2 de junio de ese año, Carlos fue elegido Rey de los Romanos. Eso se logró al menos, esta vez, sin enfrentamientos armados. Pero estos no tardarían en volver a tener lugar, habida cuenta de lo turbulento de la política italiana, donde los amigos de hoy no es que fuesen los enemigos de mañana, sino que a menudo eran las dos cosas al mismo tiempo.

La batalla de Pavía fue una de las victorias clave del Imperio, en un momento en que todo parecía indicar que Francia podría expulsarlo no solo del norte, sino de toda Italia. Consolidó el poder español en la península italiana, alteró ese equilibro entre potencias que el papado buscaba para sobrevivir, y dejó a la propia Francia expuesta a una posible invasión de su territorio.
León X murió en diciembre de 1521 y le sucedió Adriano de Utrech, hombre muy vinculado a Carlos I, pues había sido su lugarteniente y hasta regente de Castilla. Pese a eso, trató de mantenerse neutral, aunque las alianzas de Francia con los turcos le llevaron a propiciar un pacto de España, Inglaterra y Venecia contra ambas naciones.
Tal acuerdo se sustanció en una invasión desde Italia, España e Inglaterra contra Francia, que puso a esta en muchos apuros. Los ingleses la invadieron cruzando el Canal, aunque acabaron por replegarse al no recibir apoyo de las tropas imperiales. Al sureste, las tropas francesas orquestaron una contraofensiva que hizo replegarse hacia Milán a sus atacantes, si bien aquellos sufrieron varios descalabros de consideración.
Sin embargo, Adriano VI murió en octubre de 1523 y le sustituyó otro Medici, Julio de Medici, que tomó el nombre de Clemente VII y con el que el enfrentamiento entre el papado y España pasaría a una mayor dimensión.
El gran choque
Clemente VII, temiendo la hegemonía española, deshizo la alianza tramada por su predecesor. La abandonó y arrastró a Venecia, que firmó la paz con Francia. Carlos I, sin amilanarse por ello, invadió Provenza desde Italia en julio de 1524. Además de con sus soldados, contaba con una baza política de enorme importancia: Carlos de Borbón, que, enemistado con el rey Francisco, se había pasado a los españoles.
Las tropas del marqués del Vasto y del duque de Borbón tomaron casi toda la Provenza y aquel último llegó a proclamarse conde de Provenza, pues el plan era desgajar toda esa región del dominio francés. Por desgracia para ellos, Marsella resistió el asedio de las tropas invasoras, y un contrataque francés acabó por obligar a los imperiales a replegarse hacia Italia.
Entonces fue el turno de Francisco I, que invadió el norte de Italia en octubre de ese año. Españoles e imperiales, desgastados por la fallida campaña provenzal, optaron por no presentar batalla. Dispersaron sus unidades por distintas poblaciones del norte de Italia y eso hizo creer a los franceses que el ejército de Carlos I estaba acabado. Lo mismo pensaron Venecia y Ferrara. Y también el papa. Máxime cuando el duque de Albania, al frente de diez mil soldados franceses, amenazaba también por el sur el virreinato de Nápoles.
Confiados en todo eso, los franceses pusieron sitio a Pavía, que estaba defendida por Antonio de Leyva, uno de los mejores generales con los que contaba España. Leyva aguantó el asedio y las tropas españolas e imperiales, que no estaban ni de lejos tan acabadas como creían sus enemigos, comenzaron a reagruparse. Se lo permitió el exceso de confianza de los franceses y, cuando el archiduque Fernando, hermano de Carlos, envió desde Austria un refuerzo de arcabuceros españoles y lansquenetes alemanes, los imperiales estuvieron listos para devolver el golpe.
Así se llegó el 24 de febrero de 1525 a la más que famosa batalla de Pavía, en la que el ejército francés quedó destrozado, y donde el mismísimo Francisco I cayó prisionero de los españoles. Le condujeron a Madrid, donde acabó por firmar en 1526 unos acuerdos que, a su regreso a Francia, se negó a cumplir.
Fue el papa Clemente el que dio «soporte espiritual» a aquel incumplimiento, argumentando que no podía tener valor algo que se había firmado estando preso y bajo coacción. La victoria rotunda de Carlos I hacía temer a Clemente VII que España pudiese obtener la hegemonía incontestable sobre Italia. En consecuencia, y siguiendo la misma estrategia de su primo León X, apoyaba a Francia para debilitar a España.
O para algo más que simplemente debilitarla. Porque el Tratado de Madrid se firmó en enero de 1526; en marzo Francisco renegó de él, con apoyo papal, y el 22 de mayo se creó la Liga de Cognac, inspirada también por el pontífice e integrada por el papado, Francia, Venecia, Florencia y Milán, con objeto de expulsar a los españoles de Italia. A esta alianza se uniría más tarde Inglaterra.
Para asegurarse la revancha, Francisco I no dudó en aproximarse incluso al Imperio otomano. El sultán Solimán el Magnífico no iba a desaprovechar una oportunidad así. Se dispuso a invadir Hungría, que, tras una edad de oro militar, vivía su declive. Pese a las peticiones de Carlos I y de su hermano el archiduque Fernando, que gobernaba el Imperio en su nombre, el papa no se avino a una tregua para conjurar tal peligro. De esa forma, los turcos se lanzaron sobre Hungría y aplastaron a su ejército en Mohács, el 29 de agosto, en una calamitosa batalla en la que murió el rey de los húngaros, Luis II.
Sorprendente es un calificativo que se queda corto a la hora de aplicarlo a la actitud del papa Clemente VII. Hungría no solo era un reino católico. Era el bastión que había defendido durante siglos a Europa Central de los ataques musulmanes desde el este. Y, en esa tesitura, el que era la cabeza de la Iglesia católica, permitió que Hungría sucumbiera ante los turcos, en su afán de destruir el poderío español en Italia. En tal actitud, aparte de las consideraciones políticas, debió pesar en el ánimo del papa su aversión personal contra los españoles e imperiales.
En todo caso, el desastre de Mohács tuvo consecuencias que fueron más allá del colapso del reino de Hungría. De entrada, dejó paso libre a los ejércitos turcos hacia Europa Central, algo que desembocaría, a no mucho tardar, en el primer sitio de Viena. Pero los efectos a largo plazo serían todavía mayores. Muerto Luis II, el archiduque Fernando, que estaba casado con una hermana del difunto, reclamó el trono de Hungría, o al menos de lo que quedaba de ella. Desde ese momento, Hungría tendría reyes germánicos, y eso sería el embrión del que, un día todavía lejano, surgiría el Imperio austrohúngaro.
Volviendo a la Guerra de la Liga de Cognac, una coalición tan poderosa tendría que haber expulsado a los españoles de toda Italia. Pero estos se salvaron justo gracias al eterno juego de los intereses superpuestos, en el que cada cual procuraba sacar tajada propia, con el resultado de que las causas en común salían dañadas.
En un principio, la liga llevó la iniciativa, como era lógico, pero los españoles no tardaron en contratacar. Por el norte, invadieron y ocuparon Milán en julio de ese 1526. Y por el sur, tomaron medidas directas contra el inspirador e instigador de esa alianza en su contra. Es decir, contra el papa. En septiembre, los Colonna, con el apoyo del virrey de Nápoles, atacaron y ocuparon Roma durante algunos días. Eso ocurrió solo un mes después de la batalla de Mohács y, sin duda, no debió ser casualidad. Carlos I, como muchos reyes europeos, procuraba respetar las posesiones papales, pero tanto él como su hermano Fernando estaban más que hartos de los manejos de Clemente VII.
Este, al irrumpir sus enemigos, los Colonna, en Roma, corrió a refugiarse en el castillo de Sant’Angelo. Hasta allí acudió para negociar con él en nombre del emperador Hugo de Moncada, personaje más que interesante al que quizá no se ha prestado toda la atención que merece. Moncada no se anduvo con rodeos. Exigió al papa que abandonase la Liga de Cognac y que firmase la paz con Carlos I. De lo contrario, tendría que atenerse a las consecuencias. Y las consecuencias eran que su enemigo, el cardenal Pompeo Colonna, que había tenido que escapar de Roma unos meses atrás, estaba con los conquistadores de la ciudad, intervenía en su saqueo, y nada quería más en el mundo que poner las manos sobre Clemente VII.
El papa accedió a cuanto le pidió Moncada, desde luego, habida cuenta de que si el cardenal Colonna se apoderaba de él, le haría matar. Y, por supuesto, no tenía intención alguna de cumplir con lo acordado. Los Colonna abandonaron Roma a regañadientes, pero él se dedicó a azuzar a sus aliados de la liga, instándoles a llevar a cabo una ofensiva más contundente contra los españoles. También comenzó a reforzar las fortificaciones de Roma, escarmentado por la reciente invasión de la ciudad.
Aquí, una vez más, se mezclaron los intereses de Estado con los personales, y las estrategias a gran escala con las locales, estorbándose las unas a las otras. El mismo papa, mientras animaba a sus aliados a atacar a los españoles, se quedaba en Roma esperando la llegada de refuerzos franceses. Y, en vista de eso, lo mismo hizo Venecia, que se reservó con sus tropas en sus territorios.
Mucho se ha especulado sobre la absurda contumacia de aquel papa medici. Cuando estaba refugiado en Sant’Angelo, con su máximo rival eclesiástico dueño de Roma y desando eliminarle, Moncada le ofreció la paz con Carlos I. Y él, sin embargo, apenas los españoles y los Colonna regresaron a Nápoles, corrió a reavivar la guerra. Más allá de su aversión a los españoles y los imperiales, es posible que creyese haber detectado cierta debilidad por parte del emperador Carlos en su relación con el papado como institución.
Algo de razón quizá no le faltaba, puesto que el emperador había ordenado a Hugo de Moncada que procediese con toda la mesura posible y que buscara la paz por cualquier medio aceptable. Incluso, para que aceptase ese ataque controlado a Roma, habían tenido que incitarle y hasta presionarle. Se conservan cartas al emperador que, tras la retirada de Roma, le advierten de que el papa no solo no parecía estar por la paz acordada, sino que animaba a la guerra a los enemigos de España y el Imperio.
Entre tanto, en el norte, el ejército imperial al mando del duque de Borbón esperaba en Milán que le mandasen refuerzos. Estos llegaron por fin desde Austria el 2 de enero de 1527, en forma de arcabuceros españoles y lansquenetes alemanes, dirigidos estos por Georg von Frundsberg. Llevaban también abastos y algo de dinero. Pero ni los primeros eran suficientes para asegurar el sustento de los soldados, ni lo segundo bastaba para cubrir lo que se les debía. Es más, a los españoles recién llegados también se les adeudaban soldadas, y los alemanes no habían recibido más que la paga de reenganche.
Ante tal panorama, Carlos de Borbón decidió poner a su ejército en marcha hacia el centro de Italia, con la esperanza de conseguir allí víveres y dinero. El suyo era un ejército tan variado como aguerrido. Contaba con hombres de armas (caballería pesada) mandados por el príncipe de Orange, lansquenetes alemanes dirigidos por Von Frundsberg, soldados españoles con el marqués del Vasto a la cabeza y tropas italianas capitaneadas por el condotiero Ferrante Gonzaga.
El papa, en cuanto supo que el ejército del duque de Borbón estaba en movimiento, comenzó a tratar de enredar con diplomacias a los españoles e imperiales. Hasta envió emisarios para interesarse sobre cuánto oro habría que entregar a los soldados alemanes para que se retirasen de la campaña. Pero esta vez ya era tarde para los juegos de manos palaciegos. El hambre y la falta de pagas tenían a los soldados al borde de un motín que habría estallado sin duda si el duque de Borbón se hubiese fiado de los mensajes del papa y mandado parar. Le gustara o no, no podía detenerse.

Clemente VII, el papa en el que la estrategia territorial del papado, los intereses de su familia, los Medici, y su aversión a los españoles formaron un cóctel que llevó a guerras sin fin, a la destrucción del reino de Hungría, o al Saco de Roma.
A eso se sumó que, en el sur de Italia, el virrey de Nápoles, Carlos de Lannoy, había desembarcado con refuerzos de España. Temiendo lo que pudiera hacer, y más lo que pudieran hacer los Colonna, el papa los excomulgó a todos, cosa que le sirvió lo mismo que los mensajes enviados a Carlos de Borbón: de nada.
El ejército imperial prosiguió su marcha hacia el centro de la península con un rumbo errático, sin que el Borbón destapase sus intenciones. En parte, eso se debía a que, por delante del suyo, se movía un ejército francés al mando del marqués de Saluzzo y, por detrás, otro veneciano dirigido por el duque de Urbino, sin que ninguno de los dos se animase a atacarle.
Por enésima vez se mezclaron en todo eso los negocios personales con las cuestiones de Estado. Clemente VII entró en temores de que el ejército de Borbón atacase Florencia, para daño de la familia Medici. Como no conseguía que los cautelosos venecianos pasasen al ataque, y Francia e Inglaterra solo le mandaban palabras de ánimo y algún dinero, pero no soldados, volvió a intentar negociar con el emperador. Y este, de nuevo, se avino a hablar.
Carlos I envió al secretario Serón y a su escudero Ferramosca en busca de alguna salida a la situación. De nuevo, la oferta de Carlos era magnánima a su manera. Pedía que el papa abandonase la Liga de Cognac, que firmase con él la paz y que abonase 60 000 ducados que se destinarían a pagar parte de los atrasos debidos a sus soldados. No pedía cesiones territoriales y, además, los lansquenetes —que eran protestantes— abandonarían territorios papales. Incluso, en caso de que Francia y Venecia suscribieran el acuerdo de paz, esos lansquenetes saldrían de Italia.
Clemente VII firmó, para variar. En cartas enviadas a Venecia se excusaba de ello, alegando el gran apuro en el que se veía y que no le llegaba socorro militar de nadie. Es muy posible que, en cuanto hubiese tenido una oportunidad, hubiese violado aquel acuerdo, como hizo con otros tantos. Su problema fue que, esta vez, no tuvo ocasión.
No, porque los soldados de Carlos de Borbón no iban a estar de acuerdo con aquel apaño. El duque ya mandaba lo justo sobre su ejército y, de hecho, ya antes, cuando le ordenaron dirigirse contra Venecia, rehusó porque sabía que allí no iba a encontrar sustento para su tropa. Aunque tampoco luego le fue demasiado bien por la ruta elegida. Estaba acampado entre Bolonia y San Giovanni, y sus soldados, además de no haber cobrado, pasaban hambre y estaban casi en harapos por falta de suministros. Además, era comienzos de marzo, llovía torrencialmente y soplaban vientos fuertes en la zona, con lo cual la tropa estaba empapada, aterida y de humor pésimo.
El 13 de marzo se amotinaron los españoles. Acudieron en masa, furiosos, a la tienda de Carlos de Borbón, a exigirle su dinero. El general tuvo que huir para evitar que le asesinasen y acabó refugiado en la tienda de Von Frundsberg. Pero también los lansquenetes se sublevaron, pidiendo igualmente lo que se les debía. Von Frundsberg trató de sosegarles y, del disgusto de ver que no le hacían caso, sufrió un ataque de apoplejía. Eso sofocó el motín, pues era muy respetado por los lansquenetes. Estos se apaciguaron y, contritos, llevaron a su general a Ferrara para que le atendiesen. Von Frundsberg nunca se recuperó y, tras pasar por distintas ciudades italianas en busca de cura, acabó en su castillo de Mindelheim, donde murió al año siguiente.
Los soldados crearon un comité para que velase por sus intereses y Carlos de Borbón estaba obligado a consultarles todo. Así estaban las cosas cuando llegó la noticia de que el papa había firmado la paz con el emperador, que la orden era que el ejército se replegase hacia el norte y que contaban con recibir 60 000 ducados para pagar en parte los atrasos.
Ferramosca se entrevistó primero con el Borbón y trató de convencerle de las ventajas que ofrecía un acuerdo así para todos, incluidos los soldados. El general, que conocía mejor a estos últimos y la atmósfera que se respiraba en el ejército, le contestó que, si tan favorable le parecía de verdad tal acuerdo, se lo expusiese él mismo a la tropa. Así lo hizo el optimista Ferramosca, con el resultado de que tuvo que huir del campamento para que la soldadesca no le linchase. Salvó la vida solo gracias a un caballo que le dio Fernando de Gonzaga para que escapase.
Entonces el duque de Borbón, para mantener la ficción de que conservaba el mando sobre su ejército, preguntó a los representantes de los soldados qué querían hacer. La respuesta fue ir a Roma. Accedió a ello el general, y eso hizo que el marqués del Vasto, consciente de que tal decisión suponía actuar contra las órdenes del emperador, dimitiera y se retirase a Ferrara.
El 30 de marzo, el ejército imperial —convertido en una pintoresca «república de los soldados»— se puso en camino hacia Roma. Para evitar a los ejércitos de la liga, el Borbón eligió ir por los Apeninos, lo que suponía una marcha de etapas muy duras. Mientras, el papa, al saber que el ejército imperial operaba por su cuenta y amenazaba Roma, trató de recurrir al virrey de Nápoles. La respuesta de este fue que, tal vez, si subían la compensación a 150 000 ducados, los soldados se darían por satisfechos y se retirarían. La propia Florencia, que se sentía también en peligro —una vez más, recordemos que el papa era un Medici—, ofreció poner tal suma.
Y aquí comenzaron a amontonarse los despropósitos. El papa, dando por hecho el acuerdo, no tuvo mejor idea que ponerse a ahorrar en esos momentos y despedir a buena parte de sus tropas. Pero el duque de Borbón no aceptó esa segunda oferta. Manifestó que ya, a esas alturas, la cosa no podía arreglarse por menos de 240 000 ducados. Y a eso el papa contestó con una negativa, lo cual fue error sobre error. Es muy posible que el pontífice, viendo el comportamiento de ese ejército descontrolado, temiese que sus soldados se embolsasen la suma y luego atacasen de todas formas Roma.
Porque el ejército dirigido, en teoría, por Carlos de Borbón, bajaba como plaga de langosta, saqueando cuanta población encontraba a su paso. El 26 de abril pasó a poca distancia de Florencia, que acababa de sufrir un motín contra los Medici. Pero los florentinos estaban bien fortificados, los ejércitos francés y veneciano acudían a auxiliar la ciudad, y los imperiales optaron por seguir camino a Roma. Varias localidades del camino no tuvieron tanta suerte y fueron saqueadas. Y, el 5 de mayo, estuvieron a la vista de Roma.
Los romanos, en ese intervalo, habían reforzado sus murallas. Organizaron una defensa con 3000 soldados al mando de Renzo da Ceri —un condotiero que ya había servido a los Medici en sus luchas contra los Colonna—, la Guardia Suiza del papa y las milicias ciudadanas, integradas por unos 6000 voluntarios. La moral, a pesar de la situación, era más que alta. Disponían de buenas murallas, de artillería, y habían recibido noticias de que el ejército del duque de Borbón era como una enorme banda de vagabundos, harapientos y famélicos. Además, sabían que los refuerzos de la liga estaban al llegar. Tan optimistas se encontraban que ni siquiera permitieron que los mercaderes de otras ciudades italianas abandonasen con sus bienes la ciudad. Aducían que eso era ridículo, porque no había peligro alguno, que solo serviría para envalentonar a los imperiales.

El Saco de Roma, en 1527, fue uno de los atroces episodios de las interminables guerras italianas y, aunque repudiado formalmente por Carlos I como un acto perpetrado por tropas sin control, nunca quedó del todo claro si la mano del emperador no estuvo en cierta forma detrás.
Estos eran también más que conscientes de que no tenían ni víveres ni tiempo para un asedio. Así que al día siguiente, 6 de mayo, atacaron Roma sin mayor preámbulo. El gran asalto se produjo por la parte que llamaban del Burgo y, como se levantó niebla, el propio Carlos de Borbón acudió a pie de muralla para dirigir la colocación de las escalas entre las puertas de Torrione y Sancto Spirito. En ese lugar recibió un tiro de arcabuz en la ingle del que moriría a las pocas horas. Según la leyenda, mientras trataban de atenderle, gritaba a sus soldados: «¡A Roma! ¡A Roma!».
A veces, la caída de su general desbarata ejércitos enteros. Aquí ocurrió lo contrario y parece que, en parte, se debió a que los sitiadores se enfurecieron de las burlas y gritos con los que los defensores celebraban que el Borbón hubiese caído6. Españoles, alemanes e italianos se lanzaron con denuedo al asalto y coronaron las murallas. Los primeros en irrumpir en Roma fueron unos españoles al grito de: «¡España! ¡España! ¡Amazza! ¡Amazza!» (¡España! ¡España! ¡Mata! ¡Mata!), presagio de lo que estaba a punto de ocurrir.
Renzo da Ceri dio voz de retirada y las tropas defensoras que lograron salir de las murallas se atrincheraron en diversos puntos fuertes de la ciudad. Clemente VII se acogió al castillo de Sant’Angelo y fue al cubrir esa fuga cuando murieron casi todos los integrantes de la Guardia Suiza papal. El resto de los habitantes de Roma quedó a merced de los invasores, que no tuvieron ninguna.
Von Frundsberg había sufrido una apoplejía y el marqués del Vasto había dimitido. Así que, cuando cayó el duque de Borbón, el príncipe de Orange se hizo cargo del mando. Y él no fue capaz de contener a una soldadesca que se desparramó por la ciudad, destruyó, saqueó, violó y asesinó. Fue una carnicería que duró días y durante la que no se respetó nada. Los testigos hablan de lugares en los que los muertos eran tantos que era imposible caminar sin pisarlos. Los soldados victoriosos asaltaron iglesias, torturaron a frailes y monjas para que les revelasen dónde ocultaban sus tesoros y asesinaron a placer, sin que alemanes o españoles se quedasen atrás en crueldad los unos de los otros.
El papa, como hemos dicho, había conseguido refugiarse en Sant’Angelo, a costa del casi exterminio de sus guardias suizos. Allí se quedó atrincherado con un millar de personas, entre las que habría unos dos centenares de soldados. Pese a la mala situación, cuando los del ejército imperial (si es que ya se le podía considerar tal) enviaron a parlamentarios, trató de alargar las conversaciones, según su costumbre, a la espera de que llegasen en su socorro las tropas de la liga.
Era cierto que esas tropas estaban cerca de Roma, sí. Pero no se atrevieron a atacar, lo cual fue un absurdo porque, en esos momentos, con los imperiales dispersos y entregados por toda la ciudad a una borrachera de saqueos, violaciones y homicidios, los habrían barrido con suma facilidad. El papa no solo se quedó sin recibir ayuda, sino que los venecianos, con la lógica de la política italiana de la época, aprovecharon para apoderase de algunas plazas del papado. Clemente acabó teniendo que desembolsar 400 000 ducados y entregar varios lugares para conseguir que el ejército imperial se retirase.
En la corte española recibieron con horror y disgusto la noticia de las atrocidades que se habían cometido durante el Saco de Roma. El emperador Carlos ordenó luto oficial y que se cancelasen las fiestas. Mandó también que se celebrasen grandes honras fúnebres por el difunto duque de Borbón. Y envió cartas a otras cortes, tratando de explicarse por lo ocurrido en Roma.
Todo eso cuadra con el carácter religioso del emperador. También con su política de no chocar con excesiva dureza con el papado. Al fin y al cabo, reyes y emperadores se legitimaban gracias a la Iglesia católica y el papa era la cabeza de esta. Pero, por otra parte, se conservan cartas que hacen sospechar que, tal vez, Carlos I no fue del todo ajeno a lo que pasó en Roma. Desde luego, no ordenaría que se realizase tal devastación, pero pudiera ser que, con discreción y a través de terceros, alentase al Borbón a dar un escarmiento a aquel pontífice tramposo, sin que la figura del emperador se viese salpicada por ello. De ser así, el asunto se les fue de las manos.
El Saco de Roma podría ser un episodio más; una de tantas atrocidades que se cometieron en las guerras que durante siglos asolaron Italia y, en general, Europa. Fue sonado porque ocurrió en Roma y porque los vencedores profanaron templos, robaron reliquias y se ensañaron con los religiosos. Pero lo cierto es que lo habitual era que las poblaciones conquistadas sufrieran pillaje, violaciones y asesinatos. La verdad es que en Roma no ocurrió nada que no hubiera pasado ya; nada tampoco que no se repitiera en siglos posteriores.
Pero, además de todo esto, aquel episodio tuvo consecuencias que, en último término, cambiaron la historia de Europa y el mundo. Porque Clemente VII pasó varios meses prisionero de los imperiales y, cuando por fin le liberaron y pudo volver a gobernar sus Estados, se le habían quitado las ganas de enredar. Pasó el resto de su vida en el temor de que algo como el Saco de Roma pudiera repetirse. Tras años ocupado en intrigar, maniobrar, mentir, azuzar y traicionar, descubrió que esas armas suyas eran briznas de paja ante el poderío bruto de la pólvora y las picas. Y, en adelante, se cuidó de volver a provocar la cólera del Imperio o de España.
Eso pesó en su ánimo a la hora de rechazar las pretensiones de Enrique VIII de Inglaterra de divorciarse de Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y, por tanto, tía del emperador Carlos. Los divorcios reales no eran tan infrecuentes, sobre todo si la pareja no conseguía tener hijos, como era el caso. Eran engorros que daban quebraderos de cabeza diplomáticos, ya que los enlaces regios eran materia de Estado, pero, desde un punto de vista religioso, no eran nada insoluble.
Empero, como el papa no quería enojar a Carlos I, se negó al divorcio de Enrique VIII y esa misma política siguió su sucesor, Pablo III. Tal negativa, gracias a los vendavales religiosos levantados por la reforma de Lutero, llevó a Enrique VIII a romper con la Iglesia de Roma y proclamarse cabeza de la Iglesia católica anglicana. Algo que no solo causó un cisma religioso, sino que agrió las relaciones entre España e Inglaterra, ayudando a que ambas naciones estuviesen enzarzadas en guerras en cuatro continentes durante los tres siguientes siglos.
Entre el apaciguamiento y la alianza
Con Pablo III, que se convirtió en papa en 1534, las relaciones entre el pontificado y España se sosegaron de manera notable. Este papa no solo trató de mantenerse equidistante de España y Francia, sino que también buscó paces duraderas. Tenía que enfrentarse a la reforma protestante, a la que se sumó el cisma anglicano, y fue él quien convocó el Concilio de Trento. España y el Sacro Imperio iban a convertirse en los brazos armados de la Contrarreforma, por lo que una buena relación con ambas potencias tenía para el papado un interés que iba más allá del juego de fichas político italiano.
Con vaivenes, las buenas relaciones de España con los papas duraron hasta Pablo IV, que ocupó el cargo en 1555. Tenía este nada menos que 79 años cuando obtuvo la dignidad, y en seguida demostró ser enemigo irreconciliable de los españoles. Fue una cuestión personal: era napolitano y consideraba que los españoles eran invasores a los que había que expulsar de Italia a toda costa.
Pablo IV conspiró hasta conseguir cerrar una alianza secreta con los franceses, a los que ofreció paso libre por los Estados papales para atacar por sorpresa el Reino de Nápoles. Pero los españoles descubrieron la conspiración, porque era difícil en aquellos tiempos llevar en secreto los preparativos de todo un ejército. Además, España disponía de un excelente servicio de espionaje que todavía espera más estudios a fondo.
En 1556, los franceses pasaron a la acción para encontrarse con que en el sur les estaba esperando el III duque de Alba, que les infligió sucesivas derrotas y, además, ocupó diversas plazas pontificias. Alba venció a los atacantes de manera decisiva en Civitella, en abril de 1557. Pero eso no fue lo peor para los franceses, que se vieron obligados a luchar en su propio suelo. El fracasado ataque por sorpresa a Nápoles había conducido a una guerra más amplia que acabó en la batalla de San Quintín (10 de agosto de 1557), en la que tropas españolas desplazadas desde Flandes derrotaron de forma contundente a las francesas.
De aquel conflicto —instigado por un papa, por cuestiones de filias y fobias personales— saldría la Paz de Cateau-Cambrésis, que, esa sí, por fin llevaría paz durante décadas a la convulsa Italia. Y eso casi supone el fin de esta historia, que se ciñe a los litigios territoriales entre el papado y la Monarquía Hispánica.
Decimos casi, porque aún hubo algunas convulsiones. En 1597, el duque Alfonso de Ferrara murió sin descendientes, cosa que aprovechó el papa Clemente VIII para anexionar el ducado a los Estados pontificios. Tanto Felipe II de España como el emperador Rodolfo II tenían otros planes para Ferrara: defendían que César de Este, duque de Módena y Reggio, se hiciera cargo también del ducado. El papa, una vez más, buscó el apoyo de Francia, de la que anteriores pontífices se habían distanciado bastante por la cuestión de los hugonotes. La ya larga paz estuvo a punto de saltar por los aires. Al final, Felipe II, que era el que podría haber intervenido militarmente de manera efectiva, prefirió ceder, quizá porque ya estaba en claro declive (murió en 1598). De esa forma, la paz se mantuvo y el papa se apropió de Ferrara.
Durante la Guerra de los 30 años (1618-1648), Francia se alió con varios príncipes protestantes contra el Imperio y España. Pese a ello, el papa —los papas, en realidad, pues fueron varios— se mantuvo neutral entre ambos bandos. Pesaban sobre el pontificado las lecciones del pasado. Si el papa tomaba partido y se equivocaba de lado, las consecuencias podían ser muy lesivas para sus Estados.
Así que, siguiendo la lógica de la política, el papado evitó dar su apoyo justo a aquellos, la Monarquía Hispánica y el Sacro Imperio, que eran los valedores armados del catolicismo frente a los protestantes. No hay mejor prueba de que las llamadas Guerras de Religión europeas —aunque, desde luego, contaron con multitud de fanáticos de todos los credos—, a nivel de Estado, respondían a intereses que poco o nada tenían que ver con la religión.
Esa misma prioridad, la de evitar entrar en conflictos, hizo por otro lado que Inocencio X (pontífice a partir de 1644) se negase a reconocer la independencia de Portugal, temeroso de la reacción española. Durante su papado se hizo evidente algo que, en realidad, ya todos sabían. El final de la Guerra de los 30 años llegó gracias a la Paz de Westfalia, que se negoció y rubricó sin el concurso ni la sanción del pontífice. Se certificaba así que el papa había dejado de ser, en cuestiones de política europea, esa autoridad suprema sin cuya aprobación era impensable cerrar acuerdos internacionales en materia de Estado.
Por tanto, la decadencia de la influencia política del papado iba pareja al declive de uno de los máximos valedores de la religión católica en el campo de batalla: la Monarquía Hispánica. Y, con la Paz de Westfalia, sí que llegamos al final de esta historia. Por supuesto que, décadas después, el pontificado se vio salpicado por el tremendo conflicto internacional que fue la Guerra de Sucesión española. Una convulsión que se saldó con la llegada al trono español de los Borbones, a cambio de la mutilación de la Monarquía Hispánica. Esta perdió sus Estados italianos y, por tanto, dejó de tener fronteras físicas con el papado y de mantener grandes intereses políticos en Italia. La posibilidad de un choque armado entre ambos se convirtió en algo, si no imposible, sí remoto. Y ya España y el papado, al entrar en conflicto, lucharían en campos distintos de los de batalla.
2 De hecho, Recaredo, al convertirse al catolicismo, liquidó el arrianismo por el expeditivo método de pasar todos los bienes de la Iglesia arriana a la católica, con lo que dejó a sus eclesiásticos sin medios de sustento, y esa confesión desapareció con relativa rapidez.
3 Dado que la denominación de Estados Pontificios es tardía, en este capítulo se usan minúsculas: estados papales, estados pontificios, para significar que se están identificando y que no es un nombre oficial. El apelativo más ajustado, de hecho, sería Patrimonio de San Pedro, como se denominó primitivamente.
4 Por cierto que Jaime, pese a ser feudatario de Pedro y estar sometido a su autoridad, se puso en ese conflicto de parte de los franceses.
5 La cosa fue tan descarada que la bula Pastor ille caelestis se expidió el 21 de julio de 1512, al mismo tiempo que las tropas del duque de Alba irrumpían en Navarra, y, de hecho, llegó a la Península tiempo después. Una segunda bula, Exigit contumacium, se promulgó el 18 de febrero del año siguiente, solo tres días antes de la muerte de Julio II.
6 Benvenuto Cellini se jactaba de haber estado en ese tramo de muralla y de haber sido justo él quien abatió a Carlos de Borbón con su arcabuz. Dado el temperamento de Cellini, la distancia, la niebla y lo imprecisos que eran los arcabuces, sin duda se lo atribuyó él como se lo podría haber atribuido cualquiera.