The Life of Lines
Prefacio para la edición en español1


Siempre me he considerado un académico, un investigador atípico, cuyo hogar natural es la universidad. Y, como la mayoría de los académicos, me identifico por disciplina. La mía es la antropología. Entonces soy, primeramente, un antropólogo académico. Últimamente, sin embargo, he visto aparecer otro término descriptivo. He escuchado decir que soy un escritor. Confieso que esto me halaga: ser un escritor suena mucho más importante que simplemente un académico que hace su trabajo.

Aunque también me intriga, ya que claramente el trabajo de un académico es escribir. Se espera que estudiemos, dilucidemos cosas y luego compartamos nuestros descubrimientos con nuestros colegas, nuestros estudiantes y con los que, de forma algo condescendiente, llamamos el “público lego”. Este compartir se hace de manera abrumadora mediante la palabra escrita y su diseminación a través de publicaciones. Entonces, me pregunto, ¿cuál es la diferencia entre la profesión de académico y de escritor? ¿Será que realmente he cruzado de una profesión a otra?

Sé muy bien que como académico me he vuelto cada vez más inquieto, frustrado con las convenciones barrocas de la literatura científica. Gran parte de los escritos académicos parecen sin alma, como si sus autores –aterrorizados por parecer demasiado asociados a sus temas de estudio– usaran palabras para mantener las ideas a distancia más que para acercarlas, para luego solo reprocharles a esas mismas palabras que ocultan la realidad de la experiencia corporal inmediata. Los lectores de esta literatura podrán ser perdonados por concluir que los académicos, por lo menos en los campos del arte y las humanidades, están más interesados en competir entre sí para acuñar la mejor frase, para ser el autor del próximo “giro”, o para atraer la mayor cantidad de citas en un juego académico de ser superiores a los demás, que en abrir sus corazones y sus mentes a otros.

Cada cuerpo de literatura es como un castillo cuyos reclusos, viviendo de las riquezas de la tierra circundante y la labor de sus habitantes, hacen todo lo que pueden por protegerse construyendo murallas cada vez más altas. Cada contribución agrega una piedra a la muralla, fortaleciendo sus defensas. Desde la seguridad de los torreones más altos, amparados detrás de las siempre crecientes bibliografías y armados con las metodologías más robustas, los académicos disparan al azar hacia el mundo.

A veces me parece que convertirse en un escritor significa escapar del castillo solo para darse cuenta que el emperador, que aún habita en su interior, no tiene ropa. Yo continúo trabajando con palabras pero prefiero palabras ricas con la pátina del uso diario: palabras que, en los gestos de la boca y las manos, y en los sonidos y huellas que dejan al pasar, crean un eco al pulso de las cosas. Estas son las palabras con las que narramos sobre lo que ya ha pasado y sobre cómo las cosas van yendo. Con ellas invitamos a otros a juntarnos y atender. Donde el académico explica, el escritor cuenta.

El académico, creyéndose superior en inteligencia, explica las cosas de tal manera que desaparezcan. El mundo de nuestra experiencia queda descrito, justificado y –una vez escrito– consignado a la biblioteca. Pero el escritor lo trae de vuelta, restablece el mundo a la presencia para que podamos responder a lo que hay en él y a la vez volvernos respondibles. Esto es lo que quiero decir con correspondencia. Es como si estuviésemos escribiéndonos cartas unos a otros y, al hacerlo, trayendo nuestras vidas –junto con las vidas de quienes y de qué contamos– en una especie de confluencia.

Con sus varios capítulos cortos, La vida de las líneas ensaya una correspondencia, parecida a una colección de cartas. No son cartas del terreno, escritas desde alguna localidad lejana que podría parecerles extraña y hasta exótica a los que las reciben en el país de origen. Escribo sobre un mundo que todos podemos experimentar al caminar por el suelo durante el día y al observar las estrellas en la noche, al dibujar líneas o al hilar una hebra, al llevar nuestras vidas junto con otros. Los invito a juntarse conmigo en esta experiencia y a compartir las muchas preguntas desconcertantes que emanan de ella.

Esas preguntas son del tipo filosófico, pero a diferencia de nuestros filósofos, yo no las encaro recurriendo a textos canónicos. Insisto que podemos abordarlas en el proceso mismo de llevar la vida y que la vida misma es un emprendimiento de índole fundamentalmente filosófico. Y que a su vez, la filosofía debe ser una forma de ser-y-estar vivo. Poniéndolo de otra forma, yo hago mi filosofía al aire libre, no dentro de un castillo. Y usted también lo puede hacer. Esta filosofía nuestra es lo que quiero decir por antropología. Practicar la antropología es filosofar juntos, afuera, en el mundo.

Con este libro entonces, no agrego otra piedra a las murallas del castillo. El libro no pretende en absoluto ser una “contribución a la literatura”. Pretende más bien ser una contribución –mediante la palabra escrita– a la vida. A veces en la academia, así como en la vida, vale la pena aproximarse a las cosas con una actitud fresca, o llegar a ellas desde una dirección diferente. Pero si usted está construyendo un castillo, esto no es una opción. Usted solo puede poner una piedra sobre las piedras que ya están ahí, solo puede seguir construyendo el mismo castillo.

Algún alma valiente o rebelde podría comenzar un edificio nuevo y hasta podría, más tarde, obtener reconocimiento como los fundadores de una disciplina, pero este es un esfuerzo riesgoso. Con La vida de las líneas, sin embargo, no estoy ni agregando piedras a un castillo que ya existe, ni estableciendo los cimientos para uno nuevo. Estoy abandonando la idea de construir castillos enteramente, prefiriendo una vida en camino. Estoy diciendo que podemos ser académicos y escritores, capaces de pensar sobre la marcha al ir haciéndonos una variedad de caminos a través de este mundo nuestro. Aun así, comienzo y termino con mi propia disciplina, la antropología.

Con su estructura tripartita, he diseñado La vida de las líneas en forma de [un] arco. Empiezo con el problema que impulsó la disciplina, sobre cómo las personas llegan a ser juntadas en el proceso de la vida social, y termino en la misma vena con los temas clásicos de la disciplina, de parentesco, economía, religión y política. Pero entre el principio y el final, hago un gran nudo a lo largo de pistas que podrían parecer muy alejadas de los temas antropológicos tradicionales. Me junto con carpinteros y albañiles, con artistas y arquitectos, caminantes y pensadores, poetas y músicos. Mantengo mis oídos y mis ojos abiertos a ideas sobre el suelo, el cielo y el tiempo.

Para una disciplina que se autodefine como preocupada por lo social, tales excursiones pueden parecer como distracciones, incluso indulgentes. ¿Qué tienen que ver, se preguntará usted, preguntas aparentemente tan ingenuas como “¿qué es el suelo?” y “¿qué es el cielo?”. ¿Con las relaciones de parentesco entre humanos, con organizaciones de producción y consumo, con las performances rituales o con las intrigas de la política y del poder? Usted podría incluso pensar que al enfocarse en la fenomenología de la percepción el perceptor solitario queda a la merced de un mundo que –aunque lleno de luz y sonido y con materia en movimiento– está vacío de otra compañía humana. Entonces, ¿qué es lo que esto podría aportar sobre la conducta de la vida social?

La respuesta es todo, y es lo que grupos y personas en todo el mundo con las cuales han “correspondido” los antropólogos, han tratado de decirnos desde hace mucho tiempo. Pero no siempre hemos escuchado, más bien hemos convertido sus palabras en evidencias, para ser analizadas por lo que puedan decir sobre ellos. Aún consideramos el suelo como una pizarra en blanco y el aire como algo inmaterial. Suponemos que el simple hecho de existir sobre el suelo o bajo el cielo, en sí mismo, no nos lleva a relaciones con otros. Sin embargo, en la vida real, caminar por el suelo es tejer una senda hecha por nosotros, en un verdadero enredo de materiales, raíces, brotes y rutas. Y habitar la atmósfera es respirar el mismo aire y ser cepillados por el mismo viento que ha pasado por dentro y por fuera de un sinnúmero de otros cuerpos.

En cualquier aspecto de la vida social que usted prefiera enfocarse, ya sea parentesco o economía, religión o política, las correspondencias de caminar el suelo y respirar el aire se encuentran en el corazón mismo de ellos. Es simplemente imposible estar solo. Cada línea de vida nace de la interpenetración de la tierra y el cielo. Y cada línea, al ser llevada adelante, excede lo conocido y sobrepasa la seguridad de las posiciones establecidas. Si después de haber leído La vida de las líneas usted se siente un poco menos seguro en su conocimiento sobre el mundo y un poco más sabio sobre lo que está pasando en él, entonces este libro habrá logrado su cometido.


1 La versión original de este prefacio se encuentra al final del libro.