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UN HOGAR SALUDABLE PARA VIVIR

LA CALIDAD DEL AMBIENTE INTERIOR

Hay espacios en los que nos encontramos a gusto, que nos acogen y nos aportan confort y bienestar, como si de una tercera piel se tratara —la epidermis sería la primera piel y la vestimenta, la segunda—. De hecho, existen algunos indicadores mensurables para nuestro organismo que definen la calidad del ambiente interior y, por consiguiente, determinan los parámetros que nos hacen sentir bien o, al contrario, que provocan molestias o trastornos que comprometen la salud. Los más conocidos son:

En este contexto, el concepto de calidad del ambiente interior (CAI) se define como el conjunto de condiciones ambientales del espacio interior —niveles de contaminación microbiológica, química y agentes físicos que rodean a las personas— que no perturban las capacidades de los usuarios, que no afectan adversamente su salud y, sobre todo, que promueven su bienestar.

¿A qué nos exponemos en casa?

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1 Contaminación electromagnética de alta frecuencia (antenas de telefonía móvil, 4G...)

2 Bacterias, gérmenes

3 Productos de higiene personal, cosméticos...

4 Cloro del agua

5 Materiales de construcción (aislamientos térmicos de poro cerrado: espumas de poliuretano, poliestireno...), pinturas sintéticas...

6 Zona geopatógena (corriente subterránea)

7 Contaminación electromagnética de baja frecuencia (radiodespertador, cargador de móvil...)

8 Contaminación eléctrica (lámparas, cables de la instalación eléctrica...)

9 Contaminación electromagnética de alta frecuencia (wifi, teléfono inalámbrico, XBox, Wii...)

10 Tóxicos humo de tabaco

11 Monóxido de carbono, cov

12 Partículas tóxicas en textiles (fibras sintéticas, formaldehídos)

13 Mascotas (pelos, parásitos, productos químicos antiparasitarios...)

14 Jardinería (productos químicos, plaguicidas...)

15 Zona geopatógena (corriente subterránea)

16 Humedades, mohos...

17 Plásticos: bisfenol A, ftalatos, PVC...

18 Productos de limpieza del hogar (cloro, detergentes, ambientadores químicos...)

19 Alimentos refinados, con restos de plaguicidas, aditivos...

20 Radiactividad (gas radón, granitos y materiales de construcción radiactivos...)

21 Gases de combustión

22 Campos electromagnéticos de baja frecuencia (líneas eléctricas, transformadores...)

23 Deficiente ventilación (condensaciones, poca renovación del aire)

El estado de salud va íntimamente relacionado con la CAI de los espacios. Si el ambiente que envuelve al organismo es biótico, si es favorable, nos sentimos a gusto, nos hallamos en un espacio que promueve un estado óptimo de confort, bienestar y salud.

Por el contrario, si el ambiente interior se encuentra repleto de factores de riesgo y de elementos tóxicos, vivir y trabajar en ese espacio —la permanencia habitual día a día— puede acabar pasando factura al equilibrio del organismo.

No se ven, no se tocan, incluso algunos agentes no se huelen, pero ello no es indicativo de que no estén presentes en el ambiente, de ahí la ardua labor a la hora de identificarlos. Su presencia contamina el ambiente interior y se relaciona con una amplia sintomatología adversa para la salud (ver el recuadro «Efectos asociados a la exposición a los tóxicos ambientales», pág. 72).

Cuántos casos hemos visto de personas que se construyen la casa de su vida —con ilusión, dedicando buenas dosis de energía y esfuerzo—, o alquilan un nuevo piso, y después de la mudanza empiezan a referir una serie de trastornos que les complican la vida. Los síntomas relacionados con no dormir bien, estar fatigado de forma continua, una falta generalizada de energía o una bajada de defensas pueden indicar que en el nuevo hogar hay algún agente ambiental que nos perjudica y nos impide disfrutar de un estado de salud más óptimo.

Así pues, es importantísimo conocer los agentes que pueden actuar como contaminantes del ambiente interior con el fin de plantearnos adoptar medidas para minimizar y evitar su presencia en el hábitat y en los espacios de larga permanencia.

LOS AGENTES AMBIENTALES CONTAMINANTES EN EL HOGAR

Son múltiples los agentes que pueden contaminar el ambiente de una casa o de una oficina y que pueden producir algún efecto adverso en el organismo, alterando los equilibrios vitales y mermando la salud. Pueden presentarse bajo estados gaseosos, líquidos, sólidos o incluso en forma de ondas electromagnéticas; algunos se hacen muy visibles a través de su olor penetrante, como el formaldehído procedente de muebles hechos con aglomerado o contrachapado (ver pág. 141) o los productos cosméticos (pág. 201); otros pasan completamente desapercibidos por los sentidos, como el inodoro e insípido monóxido de carbono o el radiactivo gas radón que emana del subsuelo de la vivienda (ver «Hogar radiactivo», pág. 97).

Dada la complejidad y las múltiples imbricaciones del problema abordado, una buena forma de aproximarnos al conocimiento de los agentes ambientales de riesgo para la salud consiste en agruparlos según su naturaleza, distinguiendo tres grupos básicos: los agentes biológicos, los agentes químicos y los agentes físicos (ver el recuadro siguiente).

El problema de los tóxicos ambientales es de tal envergadura que en este libro vamos a centrarnos en aquellos que nos son más cotidianos y pueden estar más presentes en el interior de nuestras casas, aunque algunos tienen su fuente emisora en el exterior de la vivienda, por lo que no estaría de más realizar una revisión del entorno exterior más inmediato. El objetivo principal es familiarizarnos con los factores de riesgo, aprender a reconocerlos y, aparte de evitarlos en la medida de lo posible, poder elegir e implementar las opciones y las soluciones más bióticas, las más sanas.

Vías y fuentes de contaminación

Las principales vías de interacción de un agente tóxico con el organismo son la inhalación, el contacto, la ingestión y los procesos inductivos.

Clasificación de los agentes ambientales según su naturaleza

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Los agentes ambientales se clasifican según su naturaleza en biológicos, químicos y físicos. Mohos y bacterias derivados de condensaciones y humedades; productos químicos —de limpieza, ambientadores o los que provienen de muebles, moquetas, barnices o pinturas—; electricidad u ondas electromagnéticas —provenientes del radiodespertador, del wifi, del teléfono móvil o el inalámbrico—, o las radiaciones naturales del entorno pueden estar detrás de problemas de salud que se relacionan con el síndrome del edificio enfermo o el de la casa enferma (ver pág. 43).

Cefaleas, irritación de ojos, irritación y eccemas en la piel, cansancio, falta de concentración, depresiones, bajada del sistema inmunitario, afecciones respiratorias y del sistema nervioso, efectos sobre el feto durante el embarazo, procesos cancerígenos, así como cuadros sintomáticos emergentes, como la fatiga crónica, la sensibilidad química múltiple o la electrosensibilidad, se relacionan con la exposición a agentes ambientales.

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EL SÍNDROME DE LA CASA ENFERMA

En determinadas condiciones, nuestro cuerpo —delimitado por la primera piel— puede enfermar, mientras que el hogar —a modo de tercera piel— puede enfermarnos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) definió en el año 1982 el síndrome del edificio enfermo (SEE) como aquellos síntomas o patologías que sufrían los trabajadores y usuarios habituales de edificios públicos generados por el propio edificio. Materiales de construcción, materiales de acabados de interior, muebles, pinturas, barnices, disolventes, colas, moquetas, tapicerías, ambientadores, equipos de calefacción y aire acondicionado, fotocopiadoras, impresoras, ordenadores, humedad relativa, temperatura, olores, ruidos... pueden ser la causa de que se llegue a etiquetar a un edificio como enfermo, o con capacidad de enfermar a sus usuarios. Se considera que un edificio está enfermo cuando aproximadamente un 30 % de la plantilla habitual muestra síntomas como dolor de cabeza, jaquecas, fatiga, falta de concentración, sequedad de mucosas —garganta, nariz, ojos—, lagrimeo, irritación, baja productividad, mareos, tos, dificultad respiratoria o febrícula.

En 2007 saltó la alerta por la aparición de cientos de casos de una nueva afección relacionada con el SEE, la denominada «lipoatrofia semicircular», una atrofia del tejido graso subcutáneo localizado principalmente en los muslos de ciertas empleadas —afecta de forma prioritaria a mujeres— que trabajan en edificios de oficinas modernos y muy tecnificados. Siete años más tarde, se siguen conociendo casos de edificios nuevos que, a los pocos meses de estrenarse, se cierran bajo la sospecha de provocar patologías en sus ocupantes.

El problema llega al hogar

Con el paso de los años se ha constatado que el SEE no solo es problema de los edificios de oficinas; nuestras casas también pueden enfermarnos. Si bien todavía no se ha estandarizado un protocolo de cómo abordar el análisis y el diagnóstico de los agentes ambientales en el ámbito doméstico por las vías oficiales, en septiembre de 2007, un equipo de investigación liderado por el doctor Seki, de la Universidad de Okayama, publicó la primera propuesta para definir un nuevo síndrome: el síndrome de la casa enferma, a fin de enmarcar los daños en la salud causados por la contaminación del ambiente interior de una vivienda.

En mi labor de consultora en biohabitabilidad (ver recuadro de la página siguiente), puedo constatar que son muchos los testimonios de personas que refieren que justo al cambiar de domicilio empezaron a padecer síntomas de alergia y problemas respiratorios, que no descansan bien por la noche, o que el niño pequeño se mueve mucho o se despierta a media noche gritando o llorando. Detrás de estos síntomas puede estar la exposición a unos materiales de construcción que resultan tóxicos por inhalación, la exposición a un campo eléctrico en el dormitorio o el hecho de dormir en la vertical de una zona de intensa radiación terrestre natural.

Una de las características de los síntomas de salud derivados de la exposición a agentes presentes en el ambiente interior del domicilio es que con tratamiento médico pueden mejorar, pero no remiten ni se curan. En cambio, desaparecen al estar unos días fuera de casa, ya sea por un viaje de trabajo o por vacaciones. Algunos casos nos dejan todavía más perplejos. Se han dado situaciones en que personas que han debido coger la baja laboral, por alguna enfermedad o accidente, justo al estar más horas en casa han visto empeorar su estado de salud. Cuando los síntomas no remiten después de haber visitado a uno o varios especialistas, y tras haber recibido uno o varios diagnósticos y tratamientos farmacológicos, hay que empezar a sospechar de los factores ambientales —en especial los presentes en los espacios en los que pasamos más horas—, y en este sentido hay que dirigir la exploración al entorno más inmediato, el hogar, sobre todo la estancia de la casa en la que pasamos un tercio de nuestra vida, el dormitorio.

Algunos síntomas derivados de vivir en una casa enferma aparecen casi de inmediato, otros al cabo de unos meses o, incluso, de unos años; de hecho, la casa de nuestros sueños puede acabar convirtiéndose en nuestro peor enemigo.

¿Qué es la biohabitabilidad?

La biohabitabilidad es una disciplina que estudia, mide y evalúa los factores ambientales que inciden en el bienestar, el confort y la salud de las personas en el hogar. A través de un estudio de biohabitabilidad se analizan los parámetros indicadores de salud ambiental, principalmente los derivados de las radiaciones naturales y artificiales, así como la detección de posibles fuentes de contaminación química o biológica, utilizando pruebas de laboratorio y equipos de medición específicos para cada parámetro en particular (radiactividad, alteraciones geofísicas, campo magnético terrestre, campos electromagnéticos y eléctricos, electrostática, compuestos orgánicos volátiles, iones, mohos...).

El estudio de biohabitabilidad se puede realizar en viviendas en las que ya se vive, para detectar los factores ambientales que pueden incidir de forma desfavorable en la salud, y aportando opciones de mejora. También es una herramienta imprescindible ante una reforma, rehabilitación u obra nueva si se desea habitar una casa saludable.

La biohabitabilidad promueve la salud en los espacios habitados más allá de los parámetros de habitabilidad y salubridad establecidos en el Código Técnico de la Edificación, o incluso más allá de los principios que dictan la arquitectura sostenible o la bioclimática, ya que introduce en la edificación los parámetros de la biología aplicada al hogar. Uno de los puntos que diferencia la biohabitabilidad de otras disciplinas que analizan los parámetros ambientales en los espacios interiores son los valores de referencia; la biohabitabilidad toma como referente el cuerpo humano y su respuesta incluso a las dosis consideradas bajas, las cuales, a pesar de que se aceptan en la legislación actual, pueden provocar reacciones adversas, especialmente en las personas más sensibles.

Este concepto, ya ampliamente utilizado, fue introducido por primera vez por Mariano Bueno durante el I Congreso Internacional Salud y Hábitat celebrado en noviembre de 2006 en Barcelona, y se presenta como la única vía para diseñar, construir y rehabilitar espacios para vivir según los parámetros de la biología humana.

Factores de riesgo en casa

Pero ¿qué agentes pueden resultar factores de riesgo para la salud en el entorno del hogar? Tal como hemos avanzado, todos los factores de tipo biológico, químico o físico que puedan resultar potencialmente tóxicos para el organismo (ver pág. 39). Como humedades no resueltas que son focos constantes de exposición a mohos; las sustancias químicas tóxicas en materiales, pinturas, objetos, cosméticos o detergentes, o los campos eléctricos y campos electromagnéticos derivados de equipos eléctricos como el ordenador, la cadena de música o el radiodespertador, lámparas, bombillas de bajo consumo, el teléfono inalámbrico o el wifi.

Una de las últimas resoluciones del Parlamento europeo, la 1815/2011, insta a considerar el principio de precaución en el entorno domiciliario; y, ante la exposición a los campos electromagnéticos, tan habituales en la vida cotidiana, recomienda minimizar al máximo dicha exposición.

La mejor prevención ante los posibles factores de riesgo en el hogar consistiría en reconocerlos mediante su detección precoz y apostar cada día por hábitos más saludables. En caso de dudas, o cuando existen sospechas claras de que el origen de los problemas son generados en casa, se puede requerir un estudio ambiental a un profesional experto en biohabitabilidad, quien analizará y valorará los agentes ambientales a través de mediciones de los diferentes parámetros e indicadores considerados para un óptimo control ambiental.

En los capítulos siguientes profundizaremos en aquellos factores que hay que tener en cuenta en el hogar susceptibles de ser tóxicos para la salud y, lo más importante, se aportarán opciones para vivir una vida más saludable, minimizando la exposición a los tóxicos ambientales.