De pequeño no veía a menudo a mi abuela, que residía a casi mil quinientos kilómetros de distancia. Por este motivo, cuando venía a visitarnos era habitual que se quedara a pasar varias semanas con nosotros. Era una mujer severa que intimidaba un poco, pero guardo recuerdo de unos cuantos momentos de ternura, como tenerla sentada en la cama enseñándome poesías tradicionales y oraciones para niños cuando yo apenas tenía cinco o seis años. Esta conocida oración es la que mejor recuerdo:
Mateo, Lucas, Juan y Marcos,
Bendigan la cama donde descanso.
Cuatro esquinitas tiene mi cama,
Y cuatro angelitos que me acompañan.
Uno para rezar, otro para guardar,
Y dos para llevarse al cielo mi alma.
Por suerte no supe qué significaba el verso final hasta muchos años después. De cualquier modo, seguramente fue la primera vez que oía hablar de los ángeles.
Aunque iba a un colegio religioso, lo único que allí me habían enseñado era que los ángeles eran «ayudantes de Dios» que se ocupaban de la transmisión de mensajes divinos. En cambio, mis amigos católicos del vecindario mencionaban de vez en cuando a su ángel de la guarda. Cuando pregunté al capellán del colegio a qué se referían, me contestó que los niños del colegio católico de nuestra calle tenían ángel de la guarda, pero nosotros no lo necesitábamos. Ya había cumplido los veinte años cuando descubrí por fin que también tenía un ángel de la guarda y que, además, lo necesitaba. Me llevó mucho más tiempo comprender la importancia de los ángeles en otros muchos aspectos de la vida.
Hay personas que descubren a los ángeles cuando ven uno por primera vez o perciben una presencia angelical. Un amigo mío que vivió en Japón durante varios años se despertó una noche y encontró un angelito alado vestido con un kimono en su habitación. Como no era una persona religiosa, se quedó muy sorprendido.
Mi vecina de la casa contigua ha visto ángeles en varias ocasiones. Los percibe como resplandecientes bolas doradas de luz y encuentra su visión reconfortante, ya que siempre aparecen en momentos en que necesita ayuda o debe tomar una decisión trascendental.
Muchas personas viven experiencias así, pero no se dan cuenta hasta mucho después de que han percibido la presencia de un ángel. Un buen ejemplo es el de una mujer mayor que fue a visitar a sus nietos que vivían a ciento cincuenta kilómetros de distancia. Como era invierno, no resultaba sencillo conducir por las carreteras secundarias cubiertas de nieve. Buscó un lugar para aparcar a un lado de la carretera y decidió esperar a que mejoraran las condiciones antes de continuar hacia su destino. Tras cerrar los seguros, se tendió en el asiento posterior e intentó dormir un poco. Al cabo de media hora oyó unos toques suaves y persistentes en el parabrisas. Según me contó, movida por la curiosidad y sin sentir temor alguno, cosa poco habitual en ella, bajó un poco la ventanilla y llamó a quienquiera que fuera o lo que fuera.
Un joven vestido de impecable traje de oficina se acercó a la ventanilla y la saludó. Dijo que vivía en una casa de labranza próxima y que había visto cómo aparcaba el coche. Dada la nevada y la caída en picado de la temperatura, se había acercado para ver si podía ser de ayuda.
«Puede quedarse a pasar la noche en nuestra granja si lo desea —explicó—. O puedo conducir yo mismo su coche hasta la casa de sus nietos.»
La mujer se quedó tan sorprendida que hasta mucho después no reparó en lo extraño que resultaba que alguien que vivía en una granja vistiera ropa de oficina y supiera que ella iba a ver a sus nietos.
«La verdad, me gustaría llegar a casa de mis nietos», contestó ella.
El hombre parecía tan sincero y honrado que la mujer le permitió subir al coche y conducir el resto del trayecto. A medio camino, le preguntó cómo iba a regresar él a la granja. El hombre sonrió y respondió, «Alguien me espera para llevarme de vuelta». Una vez más, estas sorprendentes palabras le parecieron perfectamente normales a la cansada y confundida señora.
Al llegar a su destino, el joven le llevó el equipaje hasta la puerta principal, le tendió las llaves del coche y se dio media vuelta para marcharse.
«Gracias —dijo la mujer—. Dígame cómo se llama, por favor.»
El hombre sonrió, se fue andando hasta el final del camino de la casa y desapareció. Mientras llamaba a la puerta de su hija, la mujer tenía la sensación de que todo había sido una alucinación y que, en realidad, había conducido ella misma todo el trayecto en coche. Este pensamiento se desvaneció por completo cuando sus nietos abrieron la puerta preguntando quién era aquel hombre al que habían visto llevando su equipaje hasta la entrada. Ahora ella cree en los ángeles, pues está totalmente convencida de que el joven que la ayudó de hecho era uno.
Algunas personas reciben con regularidad mensajes angelicales. Por lo general surgen como pensamientos en la mente, aunque en algunos casos los oyen como si alguien les hablara. Una mujer que conocí me dijo que llevaba más de cuarenta años recibiendo mensajes de los ángeles y siguiendo sus consejos.
En una ocasión, dicha mujer iba en autobús y se preparaba para bajar en la siguiente parada. Recibió un pensamiento que decía que se quedara sentada. La dejó desconcertada, pero dada la confianza en su ángel de la guarda, se quedó donde estaba. Dos paradas después, subió un hombre que se sentó a su lado. Tenía una sonrisa agradable y no tardaron mucho en ponerse a charlar como si fueran amigos de toda la vida. Cuando el caballero llegó a su destino, le preguntó si querría tomar un café con él, a lo que accedió. Mientras bajaba del autobús pensó que aquello no era muy propio de ella, no obstante se sentía a gusto con este hombre, y disfrutaron de una grata conversación mientras saboreaban el café. Al acabar intercambiaron números de teléfono. La relación siguió adelante y a los dos años se habían casado. Si esta mujer no hubiera escuchado a su ángel de la guarda, es probable que nunca hubiera conocido a su futuro marido.
Numerosas personas han vivido la experiencia de sentir que un ángel las tocaba. Un conocido mío estaba en el hospital visitando a su esposa, enferma terminal de cáncer cuyo estado se deterioraba rápidamente. Sentado junto a la cama, mientras intentaba contener las lágrimas percibió un suave contacto en la mejilla. Saber que había ángeles a su alrededor lo reconfortó y le comunicó que su esposa y él volverían a encontrarse y continuarían su relación en la otra vida.
Algunas personas me han relatado la experiencia de sentirse rodeadas de alas de ángeles en ocasiones en que necesitaban protección. Aunque no han sido capaces de ver al propio ángel, la idea de que les ayudaba cuando verdaderamente lo necesitaban les aportaba fuerza y consuelo.
Desde los albores de la civilización se cree en la eficacia de los sueños como medio para recibir mensajes divinos. Cuando soñamos nuestras mentes están más receptivas a la imaginería y simbolismo de las comunicaciones divinas. A lo largo de los años mucha gente me ha contado experiencias con ángeles durante sus sueños. No es ninguna sorpresa ya que cuando dormimos nuestro cerebro racional —el hemisferio izquierdo— descansa, y somos capaces de acceder a nuestro subconsciente y tener en cuenta los mensajes divinos.
Mucha gente recibe indicios de una presencia angelical. Algunas personas advierten plumas blancas o experimentan una deliciosa fragancia floral que les comunica que hay ángeles en las proximidades. Otros oyen música angelical, como si un espléndido coro cantara solo para ellos. Unas chispas inexplicables de luz también pueden ser signos de su presencia. Ciertas personas los ven en las formaciones de nubes, mientras otras experimentan la fuerte sensación de encontrarse en compañía de ángeles. Por lo visto, estos seres celestiales dan a conocer su presencia de muchas maneras diferentes y personales en cada caso.
Tanto da cuál sea tu experiencia con los ángeles. La cuestión importante es acogerlos en tu vida y permitir que te ayuden. Este libro te servirá para ampliar el conocimiento sobre los ángeles, y es de esperar que te permita vivir una experiencia angelical en primera persona.
El primer capítulo analiza qué son los ángeles, su aspecto y lo que hacen. El segundo capítulo estudia su jerarquía y explica los diferentes grupos en que se dividen. En muchos aspectos es como un ministerio, con unas cuantas categorías diferentes. El capítulo tercero se centra en los ángeles de la guarda. Todos tenemos un ángel especial que nos protege, ayuda y guía desde el momento en que nacemos. Este capítulo servirá para comunicarte con él y fortalecer la conexión. El capítulo cuarto trata de los arcángeles, centrándonos en «los cuatro principales»: Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel. El capítulo quinto estudia a algunos de los ángeles especialistas, como los de la sanación y la abundancia. Estos ángeles determinados están ahí para ofrecerte ayuda en situaciones especiales. El capítulo sexto aborda cómo comunicarse con los ángeles y el séptimo analiza la interacción con los reinos angelicales, incluyendo unos cuantos rituales que serán de ayuda. El capítulo octavo se ocupa de las apariciones de ángeles a lo largo de la historia y estudia unos cuantos ejemplos específicos de comunicación angelical. El apéndice A está dedicado al papel de los ángeles en el arte, la literatura y la música. El apéndice B incluye una lista de problemas e inquietudes, y sugerencias de ángeles específicos para resolverlos. Todas las citas bíblicas proceden de la Versión Autorizada de la Biblia del Rey Jacobo.1 Las referencias que aparecen a lo largo del texto incluyen su número de capítulo y versículo.
Confío en que este libro te anime a investigar más a fondo el mundo de los ángeles y a convertirlos en una parte esencial de tu vida.
1. Para las citas bíblicas en castellano se ha usado principalmente la Biblia Reina Valera. (N. de la T.)