CINCO

LA REVOLUCIÓN

Durante las semanas siguientes al atentado contra Claro Reza, Pancho Villa anduvo a salto de mata por la sierra Azul en las cercanías de Chihuahua. En un lugar llamado La Estacada creó un primer campamento y se acercó a Santa Isabel y a San Andrés, reclutando entre amigos y conocidos, relaciones de su vida pasada, a un grupo de entre 15 y 20 hombres, hombres con algo de honor, porque esto era una revolución, y de mucha confianza; financió de su bolsillo las monturas, los rifles y el parque. ¿Qué les decía? ¿Repetía los argumentos de Abraham González? ¿Los mezclaba con sus propias experiencias? Vamos a hacer una revolución…

El historiador inglés Alan Knight, en uno de los arranques de facilismo que le son frecuentes, dirá que para Villa “la revolución significó un cambio de título aunque no de ocupación”. No hay tal, Villa se tomaría muy seriamente el compromiso que había aceptado y trataría de descifrar sus significados. ¿Qué era una revolución? ¿A quién había que tirar del gobierno? ¿Cuál era el nuevo orden que había que poner chingándose al anterior?

Hacia los primeros días de octubre Villa se acercó a la capital del estado. Con sus 15 compañeros llegó al rancho de Montecillo, a 15 kilómetros de la ciudad, y luego se escurrió clandestinamente a Chihuahua para entrevistarse con Abraham, que buscaba tener a Villa y a sus hombres cerca para que lo protegieran la víspera del levantamiento armado, de la revolución más anunciada del planeta y citada para el 20 de noviembre. Villa entró a Chihuahua como tantas veces lo había hecho y clandestinamente se estableció el 4 de octubre en su casa de la calle Décima.

A Pancho le preocupaba además la situación de su hermano Antonio, que había sido llevado por el ejército de leva meses antes, por culpa de los caciques de Durango, sin que pudiera evitarlo. Estaba en un batallón en la ciudad de Chihuahua y Villa armó triquiñuelas para que lo cambiaran por otro.

El gobernador del estado, ante los movimientos de “gente extraña” en diferentes puntos de Chihuahua, pidió al gobierno federal que le enviara más rurales, a lo que el centro respondió que no contaba con efectivos pero que lo autorizaba a que reclutara en el estado y liberó fondos.

Nada se sabe de los movimientos clandestinos de Villa durante octubre. Al iniciarse noviembre le mandó a su compadre Tomás Urbina un mensaje que incluía las proclamas de Madero y lo invitaba a unirse a él para levantarse en armas.

Probablemente el 10 de noviembre se produjo en Chihuahua una reunión entre Abraham González, Cástulo Herrera —dirigente de los caldereros de la ciudad— y el agrarista Máximo Castillo. Ahí se trazaron los planes para un asalto a la capital, coordinando las diferentes partidas y sugiriendo usar dinamita para tomar los cuarteles de los regimientos 3º y 12º. En una reunión posterior en la calle Décima, Abraham puso a Villa a las órdenes de Cástulo y les informó que mientras tanto él actuaría en el noreste del estado, cerca de Ojinaga, buscando un paso fronterizo para Madero, que se encontraba en Estados Unidos tratando de contrabandear armas y municiones. Villa salió de inmediato de la ciudad acompañado por Tomás Urbina. Martín Luis Guzmán dirá que cuando Pancho Villa se alejó de Chihuahua se le salieron las lágrimas. Es posible. Villa era un hombre de emociones fáciles y fuertes. No sería la última vez que llorase ante Chihuahua.

De nuevo en el campamento de la sierra de la Estacada, el 17 de noviembre se enteró de que se estaba reuniendo un grupo en la hacienda de Chavarría, cerca del poblado de San Andrés, para atacarlos. El capataz de la hacienda, un tal Domínguez, iba a ser nombrado juez de la Acordada y decía a todo el que quisiera oírlo que los iba a perseguir sin descanso. Villa bajó de su escondite con ocho hombres y hacia la una y media de la tarde se armó el tiroteo. “Domínguez al sentirse herido salió del cercado y en la carrera le pegamos dos tiros más. Tuvo alientos para brincar otro cercado, tras del cual cayó. Me acerqué a quitarle el rifle que ya no tenía fuerzas para palanquear, y era de tanta ley aquel hombre, que se me prendió a las mordidas. Llegó mi compadre (Urbina) y lo remató con un tiro de pistola en la cabeza”. Quedó muerto otro de los rurales, un tal Remigio, y Bartolo, uno de los atacantes. Al grupo de Villa se le acusó de haberse llevado mil pesos, pero años más tarde uno de los ocho dirá que nomás se llevaron una silla de montar.

Probablemente fue el primer enfrentamiento armado de la revolución en Chihuahua, porque tres días antes, en la población de Cuchillo Parado, un grupo de maderistas encabezados por Toribio Ortega se había alzado, pero sin enfrentarse a los federales.

Dos días después del choque en la hacienda de Chavarría, varias partidas se reunieron con el propósito de atacar Chihuahua cumpliendo el plan original. El punto de encuentro fue según unos la cañada de Mena, según otros la ranchería la Cueva Pinta, ambas en las estribaciones de la sierra Azul. Estaban Cástulo Herrera y el grupo de Máximo Castillo. Pancho Villa arribó con su veintena de hombres en la noche. Máximo Castillo refleja el efecto que la presencia de Villa, “bandido famoso”, produce en estos insurrectos políticos, agraristas, dirigentes sindicales, hombres de convicción social: “¿Será posible que haya venido a formar parte con bandidos?”. No parecen los maderistas de primera hora hacer mucho caso de aquella máxima de Ramón Puente: “De este género de bandidos brotan los héroes del momento […] el hombre prudente no va a las revoluciones”. Villa parece ignorar las miradas recelosas.

En la reunión del día siguiente se leyó el Plan de San Luis de Madero, que habría de servir como bandera de la insurrección programada nacionalmente para el 20 de noviembre. El número reducido de hombres que habían podido reunir, apenas 375 combatientes, y la poca calidad del armamento, así como la falta de municiones, probablemente fueron los argumentos que los hicieron desistir del ataque a Chihuahua. Se decidió entonces tomar el pequeño pueblo de San Andrés, por cuyas inmediaciones había estado rondando la partida de Villa. Al caer la tarde, bajo el mando de Cástulo Herrera la columna tomó rumbo. Pancho Villa llevaba el mando de la primera compañía con Eleuterio Armendáriz como su segundo y 29 hombres a su cargo.

El día 21 la columna ocupó San Andrés sin combatir, porque la guarnición de soldados federales se había concentrado en otro punto y los rurales huyeron sin presentar combate. Villa puso orden entre los jubilosos que andaban tirando tiros al aire, como si hubiera mucho parque. “Nadie me vaya aquí a tirar un balazo”. Cástulo Herrera no parecía brillar por sus dotes de mando. Villa se detuvo ante una tiendita para ponerle una herradura a su caballo. Le pidieron a la propietaria un préstamo forzoso en comida. Se produjo el siguiente diálogo:

—Señor, soy una pobre viuda que lucha a brazo partido para mantener a mis hijos, como puede decirle todo el pueblo que me conoce y muchos de los que a usted acompañan; pero estoy dispuesta a ayudarlos, hasta donde me sea posible.

—Está bueno. Dele a cada uno de mis muchachos café y azúcar y una poca de harina. En cuanto a ropa, no nos hace falta; quién sabe a cuántos nos toque enfriar balas y con lo que traemos no estamos tan mal para presentarnos al enemigo.

A través de una rendija Pancho observa a una muchacha tejiendo en la trastienda, se llama Luz Corral. Poco más tarde ella sale a ayudar a su madre a hacer las cuentas, que Villa les firmará, pagaderas al triunfo de la revolución. A Luz le tiembla el lápiz.

Por ahí se les suma Martín López, un jovencito de diecisiete años de origen campesino, de oficio panadero en la ciudad de Chihuahua, que alguna vez había sido azotado por meterse accidentalmente al potrero de un latifundista. Villa lo nombrará tesorero y pagador de su futura brigada, porque había estudiado “casi completa la primaria”. Martín aseguraba que se alzó porque eran “bonitos los maderistas armados”. Villa, que sabía cosas raras sobre los hombres, le dirá años más tarde al periodista estadunidense Frazier Hunt: “Siempre he creído que los hombres, como los caballos, cuando valen algo levantan la cabeza al menor ruido. Yo me fijé en que Martín siempre levantaba la cabeza para escuchar y fruncía el entrecejo”.

De repente los rebeldes reciben la información de que un tren con tropas federales se acerca a San Andrés. Se dice que los maderistas habían sido advertidos de su salida con un sistema de globos y mensajes. Muy sofisticado parece el asunto para aquella partida aún sumida en el caos. Curiosamente las tropas del tren no andan tras ellos sino que se dirigen a sofocar el levantamiento en Ciudad Guerrero. Al mando del teniente coronel Yépez van dos compañías del 12º batallón, 170 hombres. Desconcierto. Villa con su gente, unos 30 hombres (algunas fuentes han de subir el número a un centenar) se cubrieron en las casas vecinas y se parapetaron tras unos cerros de leña que esperaban para ser transportados.

Al detenerse el carro número 81 ante la estación, Yépez descendió por una plataforma, quedando frente a Villa y sus parapetados, que les soltaron una descarga cerrada. Yépez cayó muerto con un tiro en la frente. El choque duró sólo unos minutos, siete soldados y tres pasajeros habían muerto y nueve militares estaban heridos. El tren volvió a ponerse en movimiento. Curiosamente, eran más los soldados del 12º batallón que los atacantes. Los supervivientes siguieron hacia Ciudad Guerrero. Un tal Pascual Orozco chocaría más tarde con ellos en Pedernales.

Es el primer combate contra el ejército y sólo ha durado unos minutos. La primera victoria sabe a poco y sabe a mucho.

Tras dos días en San Andrés los maderistas avanzan hacia Santa Isabel, donde la tropa federal se ha esfumado y ahí se reorganizan. Villa será el jefe de una compañía de 50 hombres, de los más de 200 que forman la columna. En sus memorias Villa hará subir el número hasta 500 e ignorará el mando de Cástulo. No tiene buena opinión de su jefe. Cástulo “nunca se distinguió por su don de mando”, es indeciso, titubea.

Allí se procede a uno de los primeros actos de la revolución: cambian a las autoridades del pueblo. Algunos villistas saquean tiendas. Máximo Castillo se pone furioso. Esos son los bandidos haciendo de las suyas.

La brigada, con 227 hombres, avanza hacia Chihuahua. Van haciendo exploraciones sin saber muy bien lo que tienen enfrente. Cástulo Herrera manda a Santos Estrada con 20 hombres de avanzadilla y a Villa con 10 hombres para buscar otras partidas de insurgentes que pueden estar esperándolos para asaltar la capital. Villa logra penetrar hasta las primeras casas de Chihuahua, pero no descubre otros grupos maderistas. Porque no existen.

En Chihuahua lo que los esperan son los federales. El 25 de noviembre han llegado a la ciudad refuerzos, el gobierno cuenta con 1,800 soldados dirigidos por Juan Navarro, un viejo general, un poco apoltronado pero con 50 años de experiencia. En todo el estado se han reorganizado los rurales y los nuevos auxiliares. El ejército puede imponer una terrible derrota a las partidas maderistas, que tienen pocas municiones y están desordenadas.

Y con la clara idea de que militarmente tenían la ventaja, a las seis de la mañana salió de Chihuahua una columna de 700 hombres encabezada personalmente por el general Navarro, que se dirigía hacia el oeste para recuperar San Andrés. Poco después ordenó que la caballería, 100 hombres al mando de un oficial federal que aparecerá muchas veces a lo largo de la historia por contarse, el coronel Trucy Aubert, regresara a Chihuahua porque recibió rumores de que hacia allá se dirigían algunos grupos maderistas.

El grupo de Trucy, cinco kilómetros al suroeste de Chihuahua, cerca del rancho Las Escobas, fue atacado desde el cerro Picachos del Tecolote, un cerrito picudo y pedregoso. Aunque reportaba que se trataba de 300 hombres, no serán sino los 20 hombres de la descubierta de Santos Estrada que parapetados tras unos cercos de piedra abrieron fuego. Aubert pidió apoyo a la columna de Navarro, que regresó sobre sus pasos. Cuando los maderistas estaban a punto de retirarse sin bajas y habiendo dejado heridos a varios federales, llegó el grupo de Villa, que desconocía la situación, y se volvió a armar el combate cuando entró a defender a sus compañeros. “Mis ningunos conocimientos en el arte de la guerra, la sangre impetuosa de mis muchachos, un loco deseo de afrontar desde luego los mayores peligros”, lo metieron en la trampa. Con 23 cuates presentó combate. Al escuchar el tiroteo, Santos regresó con su partida.

Villa dirá años más tarde: “Tomé posesión del cercado norte del bajío y bien parapetados abrimos fuego sobre el enemigo. El 20º batallón empezó a avanzar sobre nosotros. El número abrumador de nuestros enemigos casi nos arrollaba. Llegamos a verlos a diez pasos de nosotros. La infantería y la caballería nos acorralaban por todas partes”.

Cástulo Herrera, advertido del enfrentamiento, decidió no reforzarlos; cuentan que dijo: “Que mueran cuatro y no que mueran cinco”. La columna de Navarro continuó progresando. Los emboscados resistieron, pero sufrieron 11 bajas, ocho muertos y tres heridos, entre ellos el propio Santos. El tiroteo había durado 90 minutos. Los maderistas eran excelentes tiradores, pero la superioridad numérica en su contra era enorme.

Villa continúa narrando: “Cuando vi que nueve de mis hombres estaban muertos y que no nos quedaba ni un caballo, comprendí la inutilidad de que todos muriéramos allí”. Le costó un enorme esfuerzo lograr que su gente se retirase, le decían que aún les quedaba parque y estaban haciendo mucha matazón de federales. Decidieron romper el cerco por el norte. En la retirada dejaron sobre las improvisadas trincheras un montón de sombreros que hicieron que los federales “gastaran bala a lo pendejo”, y ellos descendieron por la parte trasera del cerro.

Si Navarro les echa encima la caballería, cosa que por torpeza no hizo, Villa no lo cuenta y este libro no se hubiera escrito. Pancho se retiró cojeando, “yo llevaba la pierna izquierda perforada de un balazo”. Tenía “una pierna atravesada” y se retiraba caminando cuando lo recogió Ceferino López y se lo llevó en ancas. Tras él han quedado muertos su compadre Eleuterio Soto, el Sordo, José Sánchez, su gran amigo, y Leónides Corral, que habían sido gavilleros con Villa años antes.

El balance final es de 15 revolucionarios muertos y tres capturados. Según los partes del ejército, mueren seis federales y reportan algunos heridos, pero el periodista Ramírez de Aguilar dirá que no es cierto. “Yo vi en el hospital civil de Chihuahua dos salas llenas de heridos federales […] entrevisté a más de 20. Los federales sufren como 100 bajas entre muertos y heridos”.

El ejército se repliega hacia Chihuahua, los revolucionarios vuelven a San Andrés. Al encontrase el campo de batalla muy cerca de la capital, fueron muchos mirones a ver “la matazón”, a caballo, en carro, en coche, en bicicleta.

Pancho Villa no debe estar muy contento, ha perdido a varios de sus grandes amigos y Cástulo no los apoyó en el combate. Y sin embargo los 30 pelados con sus rifles le dieron una buena paliza a 800 federales. En medio de la rabia que debe de andar rumiando, tiene también una sensación de orgullo. La partida de Cástulo Herrera se fragmenta en muchos grupos. Villa se va a San Andrés donde lo reciben muy bien y lo abastecen. ¿Cuántos hombres lleva consigo?

Combates aquí y allá entre las fuerzas del gobierno y pequeños grupos de alzados en toda Chihuahua. Pascual Orozco ha tomado Villa Guerrero. Bajo la presión de este levantamiento múltiple cuyas reales dimensiones no alcanza a descubrir, el general Navarro renuncia a controlar el occidente de Chihuahua y se encierra en la ciudad durante una semana. La capital se llena de hacendados que huyen de las zonas de combate. Terrazas, el mayor latifundista de Chihuahua, envía a la ciudad de México en 17 cajas fuertes sus títulos de propiedad. La seguridad del dinero antes que la propia.

En esas extrañas condiciones, una comisión del gobernador de Chihuahua, formada por los licenciados Gándara y Muñoz Salas, se presenta en San Andrés el 2 de diciembre a proponer un plan de paz. Ante la ausencia de una dirección política, porque Madero y Abraham González se encuentran en Estados Unidos, el último en Presidio, Texas, frontera con Ojinaga, hablan por los revolucionarios Cástulo Herrera y el ingeniero Vázquez Valdés. Villa, Tomás Urbina y Trinidad Rodríguez (Trini, compadre de Villa, chihuahuense de 28 años, otro de sus amigos abigeos) no deben tener nada claro lo que se está jugando, la revolución tiene apenas un par de semanas de vida. ¿No se trataba de acabar con el mal gobierno? Tienen un sentido del tiempo diferente, esto acaba de empezar. Apenas si le han hecho cosquillas.

Sin capacidad para tomar decisiones, los negociadores se limitan a pactar un armisticio de un mes. Cástulo y Villa llevan la propuesta al padre de Orozco, que se la llevará a Pascual hijo en Ciudad Guerrero. Orozco la ignora, en cambio se comunica con Villa y Cástulo: “Acabo de tomar la plaza, véngase para ver en qué lo puedo ayudar de municiones”. El 10 de diciembre se reúnen las dos columnas en Ciudad Guerrero. Orozco y Villa se encuentran en las afueras de la población y entran juntos a caballo a la ciudad. Buena tropa, bien montada, bien armada. Bajó la lógica de que el que tiene más hombres a sus órdenes manda, “pasé, pues, a ponerme a las órdenes de Orozco, quien no me pareció que tuviera tamaños de un jefe, pero era humilde y callado, y tuvo para mí una franca acogida”, dirá Villa.

Roberto Fierro dejará un buen retrato de Pascual Orozco: “Alto, delgado, anguloso, ensecado”; lo de alto es por su metro ochenta de estatura, blanco, de pelo castaño, nariz aguileña, siempre con aspecto de hombre triste. Michael Meyer dirá en su biografía que no parecía un campesino mexicano ni siquiera gracias a su bigote, quizá por la costumbre de vestir como texano. Oriundo del distrito de Guerrero, muy castigado por el caciquismo, de oficio arriero, relativamente acomodado porque tenía ahorrados antes de la revolución 20 mil pesos.

Pascual Orozco (nacido en enero del 1882) era más joven que Villa e iba emergiendo en esos momentos como el caudillo militar del alzamiento campesino de Chihuahua. Era, según Puente, “un hombre de mediana edad pero que representa algo más, por la seriedad y dureza de sus facciones angulosas; apenas habla o se ríe de vez en cuando, y sus ojos, de un verde claro, tienen una frialdad impasible”.

José de la Luz Blanco, otro de los jefes de la insurrección, cuenta que mientras se estaba informando de las negociaciones de paz, Villa, que era “un ranchero, segundo jefe del grupo, se dejó caer en un catre de campaña, acostándose boca arriba y poniéndose un sombrero en la cara”. En esos momentos se estaba discutiendo las condiciones de la rendición de los federales y Villa reaccionó: “¿Es decir que ya no hay aquí con quien pelear? Vámonos para otra parte donde haiga pleito”.

A las nueve de la noche se ha de producir una conferencia de jefes a la que asistieron Pascual Orozco, Cástulo Herrera, Francisco Salido, José de la Luz Blanco y Pancho Villa. Se decidió desechar la oferta de paz, ignorar el armisticio de un mes y buscar el encuentro con las tropas de Navarro. Cástulo, con 80 hombres, se irá a encontrar con Madero en Estados Unidos y a buscar municiones.

Hacia las ocho de la mañana del día siguiente, el 11 de diciembre, Francisco Salido, con unos 200 hombres, tomó contacto con las fuerzas del general Navarro en Cerro Prieto, al sureste de Guerrero: unos 900 soldados federales del 20º batallón. Salido trató de apoderarse del cerro desde el que se dominaba el pueblo a la espera de las restantes partidas.

Mientras la infantería federal iba ascendiendo el cerro bajo fuego nutrido, Salido y sus hombres pelearon a pecho descubierto, rodilla en tierra, casi sin tener donde cubrirse. La artillería federal hizo la diferencia y desfondó a los rebeldes que se replegaron para cubrirse en el rancho de Chopeque, cerca de Cerro Prieto. Tres horas y media duró el combate. Hasta ese momento sólo se habían reunido las tropas de Cos, Chacón y Francisco Salido, unos 450 maderistas.

Orozco se enfrentó a la caballería de Trucy Aubert en el llano. Llegó con 30 hombres a reforzar a Salido y se retiró con nueve; en la huida perdió su caballo.

Mientras tanto en el panteón del rancho seguía el combate y también en una casa de adobe. Salido murió al alcanzarlo una granada. Otras tres horas duró el enfrentamiento hasta que una parte de las fuerzas maderistas se retiró amparada por la oscuridad. Los que quedaron en la casa de adobe, cuando se les acabó el parque se asomaron saliendo a la puerta y se apoyaron en las paredes con los rifles mirando hacia abajo. El general Navarro ordenó el fusilamiento de los prisioneros. Las bajas habían sido importantes, muchos muertos maderistas, cerca de 80, y sólo 14 soldados federales.

Villa, que llegará tarde y no tomará parte en la acción, comentó más tarde: “Las luminarias encendidas por mis compañeros en la sierra guiaron nuestra retirada, y quedó el campo sembrado de cadáveres, en poder de los federales. La derrota nos abrumaba. Nuestro fracaso había sido enorme”.

Esa misma noche, como a las 12, en un rancho llamado La Capilla, Villa y Orozco mantienen una entrevista. Orozco debe de haberle exigido disciplina y respeto al mando. A Villa no debe convencerlo mucho el subordinarse, ha pasado por la experiencia de ser dirigido por Cástulo, un jefe mediocre. Dicen que Orozco en principio decía de Villa que “era un pelado muy fino”. Villa no decía nada. ¿Quién era Pascual Orozco? ¿La revolución? Sí. Pero qué mal la estaban haciendo. Un asalto a un tren que salió bien, pero que ni siquiera tomaron; un buen truco en Las Escobas, pero perdiendo; un desastre en Cerro Prieto. Cuántos buenos hombres desperdiciados, qué poca habilidad para hacerle daño a los federales. Debería ser de otra manera. No alcanza a entender cómo, pero sabe que no es así. Su experiencia de 17 años como bandolero y superviviente le dice que no es así.

El doctor Brondo recogerá la versión de Villa de aquella reunión: “Bueno, señores, ya que ustedes no encuentran muy de su gusto mi conducta, les diré que yo no nací para que me dieran órdenes ni se me hicieran reclamaciones. Pero no queriendo malquistarme con ustedes, opto por trabajar independientemente”.

Mientras están conversando, llega un correo que trae la noticia de que un convoy de mulas con municiones y cincuenta hombres de escolta iba de Chihuahua hacia el campamento de Navarro. Villa aprovechará para alejarse y tratar de interceptarlo. Luego se enterará de que los informes del correo no eran precisos. No iban hacia el campamento de Navarro. De camino le aclararán que avanzan sobre San Andrés. Pancho llegará antes que ellos.

El 15 de diciembre una fuerza federal de 100 hombres a cargo del teniente coronel Martínez se aproximó a la partida de Villa en San Andrés. Un vecino del pueblo venía guiando a los federales. Villa fue sorprendido pensando que se trataba de la escolta de las mulas y no de ese grupo. Tras un tiroteo de 90 minutos los rebeldes se concentraron en la estación y en la noche se escabulleron subiendo a la sierra; el punto de cita era el rancho de la Olla. Sin bajas, pero pierden 24 caballos ensillados. Villa debe de estar muy enojado consigo mismo. Se ha dejado sorprender y ha perdido los caballos que tanto trabajo le había tomado conseguir. No sólo les faltan monturas, también municiones, las condiciones son críticas; “mis tropas iban todas a pie y sin frazadas, con aquel frío de diciembre en la sierra”. Sin embargo, en medio de esa situación Villa no está desilusionado, lo tiene contento la lealtad de su gente; el hecho de que no se achican ni se amilanan, que reaparecen en cada concentración, que no sueltan las armas.

Se establece en un punto inaccesible de la sierra conocido como Las Playas mientras envía dos hombres a robarse la caballada del Corral de la Piedra, propiedad de unos parientes políticos de los Terrazas. Seis días pasan allá comiendo carne sin sal hasta que aparece el capitán Fuentes con muchos caballos. “La algarabía que hicieron mis muchachos al ver la caballada no es para ser descrita”. Doman los potros, fabrican cabestros. “Éramos ya una chinaca en pelo”. Bajan de la sierra rumbo a Ciénaga de Ortiz. Van robando caballos en los ranchos, de manera que al llegar a Satevó completan los necesarios. Allí derrotan a cincuenta rurales a los que quitan caballos y armas. Algunos se suman a Villa y a otros los fusila, “con recado expreso a Lucifer”.

Según informes federales, el 3 de enero Villa entra en combate en Santa Cruz del Rosario. El 6 de enero, Villa, que ya trae un centenar de hombres armados (otras fuentes los harán subir a 300) y montados, ocupa Guadalupe en las cercanías de Santa Isabel y sigue moviéndose hacia el sur; toma el pueblito de Santa Cruz del Padre Herrera, enfrentándose a una milicia local que no resiste ni el primer empujón. Establecen campamento a seis leguas, en la sierra del Durazno, y ahí deja a su gente a cargo de su compadre Urbina.

Villa se mueve hacia Parral y va armando en el camino una red de apoyos, relaciones, abastos, recuerdos, solidaridad, reclutamiento. ¿De qué le habla a su gente? ¿Cómo le cuenta una revolución que apenas entiende?

En Parral entró disfrazado de carbonero; con el sombrero huichol hasta las cejas y tiznado, no hay quien lo reconozca. Lo acompañaban Encarnación Martínez y Albino Frías (cuñado de Pascual Orozco). Tomó buena nota de los 300 federales repartidos en tres cuarteles. Se alojó en casa de su comadre Librada Chávez y aprovechó para reanudar sus relaciones con Petra Vara; su segunda hija, Micaela, nacerá nueve meses más tarde.

Al salir de Parral el día 13 de enero, es reconocido por un vecino o un militar, o un vecino que era militar; en fin, los que lo cuentan aseguran que alguien lo reconoció. Pasaron la noche en el rancho El Tarais, cerca de un pueblo llamado Pajarito, en la casa de su amigo Juan Ramírez, en el lugar donde había estado el pesebre de un nacimiento, y usaron el musgo de almohada. Albino y él estaban dormidos y Encarnación había ido a dar pienso a los caballos cuando en medio de un frío espantoso Pancho Villa oyó pasos en el patio, y como “dormía con un ojo” le soltó un tiro en la cabeza a un oficial federal que estaba entrando al cuarto. Eran 33 jinetes del 7º regimiento de caballería que los habían seguido desde Parral a causa de la delación. En medio de gran confusión los soldados tirotearon la casa. Albino y él estaban tirados en el suelo mientras por encima de ellos volaban los balazos. Villa contaba que le dijo a Albino:

—¿Estás listo para morir?

A lo que el otro contestó:

—Si no queda de otra.

Villa se paró en la puerta primero. Y saltaron en medio de la noche disparando a bulto. Milagrosamente sólo “me dieron un balazo en el vientre que le rasgó de lado a lado, otro en la caja torácica del que me salía mucha sangre” (otros dirán que se llevó además un rozón de bala en una ceja).

Sólo le quedaba correr y correr, con los calzones de carbonero a medio amarrar y empapados de sangre, sudoroso y en el frío de la noche. Nevaba mucho. Pancho se enterró en medio de unos arbustos donde la tierra estaba floja. “Me fui a acurrucar en el monte, silencito”. Varias veces los federales pasaron a su lado sin detectarlo a lo largo de la noche. Los soldados consiguieron detener a cuatro: Ramírez, el dueño de la casa, y sus hijos. Albino se había esfumado.

Al día siguiente inició el camino de regreso hacia Santa Cruz. “Llegué al lugar donde había dejado yo a mi gente, pues lo que es el campamento había desaparecido”. La partida se había dispersado porque Albino lo había dado por muerto.

De nuevo se dedica a reunir gente para arriba y para abajo. Primero en Satevó. ¿Cómo lo hace? Va buscando pueblo a pueblo sus enlaces, sus capitanes: Fidel Ávila, Feliciano Domínguez (llamado el Tuerto porque tenía una nube en el ojo). Reúne finalmente 300 hombres.

Ocupa de nuevo Guadalupe y el 7 de febrero combate en una ranchería llamada La Piedra contra una caballería de los federales, haciéndole 12 bajas y sin sufrir ninguna, luego se retira llevándose pertrechos del enemigo.

No aprendió la lección y volvió a usar el disfraz de carbonero al entrar en esos días de invierno en Chihuahua, durmiendo muchas veces en un pequeño rancho que había comprado antes de la revolución, llamado La Boquilla, cuatro kilómetros al sureste de Chihuahua, donde reclutó un grupo de informadores formado sobre todo por lecheros. Fue alzando gente y armando una red que conseguía munición y agitaba. Lo de las municiones no era cosa menor. En México no había manera de comprarlas, no se producían, había que traerlas de contrabando desde la frontera con Estados Unidos y las redes de Villa no llegaban hasta allá; o poquitearlas en una lugar u otro, o quitársela a los cadáveres de los enemigos muertos.

Pancho retornó a su base natural, San Andrés, y rondó la tienda para hablar de nuevo con Luz Corral; le contó que había visto en casa de unos conocidos en Chihuahua un retrato suyo donde aparece sentada frente a una máquina de coser con su madre y sus hermanos. Le ofreció matrimonio hablándole de su vida errante y de que cuando acabara la revolución podría cumplirle. La familia tomó en sus manos el asunto y respondió que Luz lo pensaría.

Al inicio de febrero Francisco Madero, el dirigente del movimiento primero electoral, luego cívico y finalmente armado contra la dictadura de Porfirio Díaz, entraba a territorio mexicano más de dos meses después de haber llamado al alzamiento. Había pensado en ingresar con un pequeño grupo armado por el vecino estado de Coahuila, por la emblemática Ciudad Porfirio Díaz (luego Piedras Negras); barajó la posibilidad de organizar un desembarco en Veracruz y finalmente había decidido hacerlo por Chihuahua. Porque Chihuahua había sido la sorpresa. Paradójicamente, un estado en que la oposición burguesa no contaba, estaba lleno de partidas campesinas rebeldes. Era quizás el mejor de los lugares para poner pie en el país y darle dirección a la insurrección de centenares de pequeños grupos en toda la geografía de México. Por lo menos eso pensaba.

El 28 de febrero Villa se encuentra en el sur del estado. En las cercanías de Santa Rosalía (Camargo) destruye puentes y líneas telegráficas para incomunicar Chihuahua de Torreón. Recluta gente de la zona que suma a su partida, trae cerca de 300 hombres. “Mandé un correo al jefe de las armas y a los principales comerciantes de la localidad, pidiéndoles que me entregaran la plaza”. Le contestaron: “Pase si tiene valor” y se inició el asalto de inmediato. Llegó a tomar casi la totalidad de la población, menos el cuartel. Fusiló al juez y al secretario del juzgado. Tras cuatro horas y media de combate desistió porque llegaba en auxilio del cuartel cercado el batallón 29 de caballería del coronel Blanquet y lo flanquearon. Villa se vio obligado a retirarse con el botín, comida y “algunos máusers”. Eso sí, no tuvo bajas.

En la Boquilla, Camargo, donde se estaba construyendo una presa, desarmó a los 35 guardias de la compañía. Luego se aproximó el 5 de marzo a Pilar de Conchos.

Villa, mediante una carta firmada por su secretario González (que se había alzado en Bocoyna en diciembre y pocas semanas después se sumó a Villa), le pidió la plaza al capitán federal, que simplemente lo ignoró. Luego atacó la vecina fábrica de hilados de Talamantes. La operación era para conseguir ganado y provisiones. La prensa dirá que “se hizo notar el flamante armamento que usaban los atacantes, jinetes en magníficos caballos y monturas nuevecitas, algunas de manufactura estadounidense”. ¿Será que los ojos de los observadores pecan de imaginativos? Las autoridades ofrecieron una recompensa a quien entregara vivo o muerto a Villa y eso provocó que detuvieran a un pobre hombre que se le parecía y que corrieran rumores, incluso por escrito, de que se había detenido al “famoso cabecilla”.

Mientras tanto Madero ha entrado en Chihuahua y tiene su primer encuentro con el ejército federal el 6 de marzo en el poblado de Casas Grandes. Su columna de 800 hombres, con base en una información errónea se enfrenta a 500 federales bien armados y bien dirigidos, que los derrotan. El propio Madero queda herido en el brazo derecho y pierde 58 hombres, a más de varios detenidos, entre ellos 15 estadounidenses y dos alemanes que venían en la columna. Eduardo Hay, uno de sus oficiales, pierde un ojo y queda preso del ejército.

Orozco no se encontraba muy lejos de la zona de combate, sin embargo no fue convocado, quizá porque los consejeros militares de Madero pensaban que con las fuerzas que traía sería capaz de tomar la guarnición y eso reafirmaría su posición al frente de las partidas rebeldes.

Villa estableció una nueva base en Satevó con unos 300 hombres. Está en contacto con Abraham González, quien a su vez le reporta a Madero, estacionado ahora en la hacienda de Bustillos: “Dicen González y Villa que tienen 300 hombres mal armados y mal municionados y piden parque, estando pendientes de órdenes en Satevó. La comunicación es de fecha 9 [de marzo]”.

Madero está paralizado. Los federales también lo están. Abraham González le escribe el 14 de marzo que tras haber balanceado la información militar sobre la guarnición de Chihuahua sugiere que “es más factible la toma de Ciudad Juárez”, la ciudad fronteriza más importante del estado.

Había muerto en Villa Aldama Francisco Portillo, a quien Pancho estimaba. Villa vuelve a San Andrés. Ahí Pancho le dijo a la madre de Luz Correa que quería que le hiciera una camisa negra y le pidió a la hija que se la cosiera. Luego Villa andaba por ahí presumiendo de su camisa negra y diciendo que se la había hecho la Güera. El 21 de marzo Abraham se reunió con él en San Andrés. ¿De qué hablaron los dos hombres? No se han visto en cuatro meses, mucho tendrían que contarse. Para Villa, Madero podrá ser el jefe, pero la revolución es Abraham González. “Nos ordenó que estuviésemos aquí esperando noticias para la toma de Chihuahua”.

Cuatro días más tarde, el 25, dándose el extraño nombre de Columna Liberal Unida, Villa le dirige una carta a Madero en Bustillos, en la que por primera vez le da el trato de presidente de la república: “Teniendo conocimiento que se han hecho tratados de paz entre Ud. y el tirano Porfirio Díaz, atentamente nos permitimos preguntarle […] hasta qué grado es cierto esto, pues nosotros no rendiremos las armas hasta que Ud. no nos ordene, conocidas que son ya las declaraciones hipócritas del viejo Presidente Díaz […] contamos con 600 hombres montados y armados, y estamos listos a marchar donde Ud. nos ordene”.

Posiblemente en respuesta a su carta, Villa recibe en San Andrés un mensaje de Madero para que se entreviste con él en la hacienda de Bustillos. “Conocer a Madero era una de las cosas por las que yo tenía más interés, pues quería cerciorarme por mi vista quién era el hombre que dirigía aquella revolución”. Horas después está hablando con Francisco Madero, que lo creía más viejo. “Treinta y tres años”, dirá Villa (realmente treinta y uno). Madero comentó luego a sus amigos que él había pensado que Villa era un hombre de más edad, con una historia tan larga como esa. ¿Cuánta gente tienes? Villa: “Seiscientos mal armados”. Madero estaba almorzando en el comedor de la hacienda una comida “frugal y vegetariana”. Un comedor de vacas como Pancho Villa, debería ver con profundo recelo a un vegetariano como Panchito Madero. Madero queda en ir a verlo al día siguiente. ¿Qué impacto sufrió, qué sucedió en esta primera entrevista? Villa no deja registro de qué le pareció el personaje.

Villa recibirá a Madero en San Andrés con sus hombres formados. Madero traía como escolta a Máximo Castillo. El presidente sin república y el bandolero se dirigieron a la población desde el quiosco del pueblo. Dicen que Villa dijo con gran certeza: “En Chihuahua me llaman bandido y están en un error; los que gobiernan el estado son los verdaderos ladrones. Yo comparado con ellos soy un caballero”. No sabemos nada de lo que Madero dijo en esa plaza, de las cosas que les contó a aquel montón de campesinos pobres y al flamante aunque algo desarrapado ejército de Pancho Villa, pero mucho debió imponerle el verbo de Madero a Villa para que aceptara por bueno el liderazgo de un herido catrín, un curro, un señoritingo que llevaba el brazo derecho en cabestrillo, tenía una voz aguda, usaba “un sarapito saltillero” y al que “tenían que montarlo, porque era muy chaparro y el caballo era uno de esos caballos árabes grandes, enmielado”.

Madero, tras la reunión, lo invitará a unírsele en la concentración que estaba produciéndose en Bustillos. Allí se encuentran ya Pascual Orozco y algunos de los jefes menores. Villa aparecerá al día siguiente con doscientos hombres y anunciará la llegada de más. Su arribo causó un enorme interés entre los compañeros de Madero. Luis Aguirre Benavides, que será su secretario años más tarde, cuenta que Villa “tenía un pasado oscuro”, había sido carnicero y otras “ocupaciones llenas de misterio” que lo prestigiaban como “hombre de audacia y conocedor del campo”.

Madero “hizo que los dos jefes principales, Orozco y Villa, se dieran un abrazo […] toda vez que se habían distanciado”. Unos días más tarde, el 29 de marzo, Abraham González le escribirá a Madero: “Le remito los nombramientos para los Sres. Estrada, Orozco y Villa a fin de que los reciban por su honorable conducto y al entregarlos les suplico les haga presentes mis felicitaciones no obstante que son merecedores de la distinción que se les hace”. En ellos se nombra coronel a Orozco y mayores a Villa y Agustín Estrada.

Por cierto que a pesar del abrazo, las relaciones entre Villa y Orozco no deben andar demasiado bien porque Pascual se niega a fotografiarse junto a Villa, como lo registra una pequeña nota en el diario El País.

Será en esos primeros días de abril cuando se produzca una conferencia entre Madero y sus oficiales (el bóer Benjamín Viljoen, el italiano Garibaldi, Roque González Garza) y los dirigentes de las partidas campesinas (Orozco, Villa, Estrada y José de la Luz Blanco). Villa dice que no se puede tomar Chihuahua sin municiones, que se haga la guerra de guerrillas y se acerquen a la frontera donde se consiguen armas y parque. Orozco parecía decidido partidario de atacar Ciudad Juárez; Raúl Madero, el hermano menor del presidente, decía que Villa no estaba de acuerdo y su hermano lo mandó a convencerlo, para lo que usó la artimaña de retarlo: “¿No que usted es muy hombre y los suyos son muy cabrones y que quieren sacar a los federales de Juárez?” Y así Juárez y no Chihuahua sería el destino de la columna, que debe sumar unos dos mil hombres y está distribuida en Bustillos y San Andrés.

En 1910 la frontera era un inmenso colador. Para cubrir 630 kilómetros de frontera texana con Chihuahua, los estadounidenses contaban con sólo ocho aduaneros. Pero para acceder al colador había que tener una base al borde del río Bravo. Existe una fotografía que resulta atractiva porque explica en sí misma las relaciones que el maderismo comenzaba a crear con la frontera. Parece la foto de una reunión de hombres de negocios, muy serios, muy propios, debe de haber sido tomada al inicio de 1911. Los personajes son John Kleinmann (segundo desde la izquierda de la foto), un judío estadounidense mercader de armas de Presidio, Texas, y a su lado Abraham González y Toribio Ortega (tercero desde la derecha). Kleinmann vendería armas, municiones, uniformes y otras mercancías a los mexicanos a crédito y éstos le pagarían con ganado en Presidio. Los otros que se encuentran en la foto son rancheros y banqueros estadounidenses de Marfa y Shafter que estaban en el negocio.

El 6 de abril el periodista Ignacio Herrerías entrevista a Villa. El bandolero reconvertido lo mira “de soslayo, con actitud socarrona”. Ramón Puente intenta otro retrato del personaje en los momentos previos a la marcha sobre Ciudad Juárez; dice que “impone” sin ser huraño, quizá por las dobles carrilleras de balas, la cara requemada por el sol, el bigote “un tanto alicaído”. Juan Dozal, que viene con la tropa de Madero, llama a Villa “el viejo” en esos días; no es de extrañar, Villa tiene 31 años y está rodeado de jóvenes. Juan B. Muñoz, otro de los combatientes de la brigada de Villa hará una descripción más extraña, dice que “una especie de angustia lo iluminaba”. Una foto de Villa probablemente tomada en esos días lo muestra montado sobre un caballo negro, con la doble carrillera de balas cruzada sobre el pecho y sombrero de charro. Tiene la mirada vaga, dormilona, como si no hubiera habido suficiente tiempo de descanso en esos días. Si imponía, si andaba socarrón o la angustia lo iluminaba, la foto no lo aclara.

Acompañando a Herrerías vienen Roque González Garza y un personaje singular entra en esta historia para quedarse en ella varios años. Se trata de Félix Sommerfeld, quien contacta a Villa por encargo de Madero pidiéndole una máquina de tren. Sommerfeld tiene 31 años, ha nacido en Alemania, donde estudió geología, o eso dice. A los 19 años emigra a Estados Unidos, combate en la guerra hispanoamericana, deserta y regresa a Alemania tras robarle a un amigo los 265 dólares del pasaje. Entra al ejército alemán, es oficial de reserva, hace la guerra de los bóxers en China. Viaja a México en 1902. “Tenía en Chihuahua importantes negocios mineros”. Cuando estalla la revolución vive en Chihuahua, contacta con Madero y se ofrece como colaborador, al mismo tiempo consigue una representación parcial de la Associated Press. El cónsul estadounidense en Chihuahua, Lechter, lo calificará como un maderista de verbo, pero ideológicamente un autoritario y un monárquico. De él dirán, o él mismo dirá, que Madero lo nombró jefe de su servicio secreto para operar en Estados Unidos. Sommerfeld se mostrará pronto como un hombre de usos múltiples, incluso un habilísimo estafador.

Madero envía jaulas de ferrocarril a San Andrés para embarcar a los villistas y concentrarlos en Bustillos. Villa y Madero se entrevistarán nuevamente. Se cuenta que Villa le contó al presidente su vida, o la versión de su vida, de bandolero y tras una larga narración acabó llorando. Madero, conmovido, en respuesta el 7 de abril le dará un “indulto tan amplio como sea necesario al mayor Francisco Villa” por sus andanzas en el pasado. Ese día se inicia la marcha hacia Ciudad Juárez. Le ha tomado un mes a Madero reponerse del desastre de Casas Grandes.

Roque González Garza, jefe de Estado Mayor de la columna, tiene 25 años. Nativo de Saltillo, Coahuila. Huérfano desde los nueve años, empleado ferroviario y aprendiz de imprenta. Tiene quebrado un incisivo superior derecho. Valadés ofrecerá un buen retrato del personaje: “Al mismo tiempo que es nervioso, revela todo un carácter. Con el labio inferior saliente y que aprieta con fuerza como para dar mayor énfasis a sus palabras; con una barbilla recta, enérgica; con una frente alta, con dos entradas profundas y unos ojillos que brillan tras de los espejuelos […] parece más un maestro de escuela que un político”.

Roque deja unas notas sobre la marcha hacia Juárez, “hacía mucho frío, una cosa tremenda”. Madero se bañaba en agua helada, en una zanja en la que había que romperle el hielo. Roque opera como “componedor” de las diferencias entre Villa y Orozco y los extranjeros. En la ruta Pancho y Pascual apostaron sus respectivos caballos con monturas muy buenas al que ganara en tiro al blanco con rifle. “Yo fui el juez […] se puso el blanco y se sorteó quién tiraba primero. Orozco tiraba mucho muy bien con rifle, pero en esa ocasión no pegó exactamente en el blanco, sino que pegó un poquito al lado, en cambio Villa nomás se hincó y ¡pas! En el mero centro le dio, de manera que Orozco no tuvo más remedio que entregar su cabalgadura”.

Una nueva concentración se produce en Estación Guzmán. Suena “El zopilote mojado”, himno de batalla de la nueva revolución. Impresiona la disciplina del grupo de Villa. Muchos de las partidas traen las banderas rojas o el listón rojo de los magonistas. A Madero, que ha dado orden de usar la bandera tricolor, no le hace mucha gracia. Al menos un tercio de la columna son “colorados” magonistas.

En el camino hacia el norte, un día que Madero estaba conferenciando con J. de la Luz, se les apareció un estadounidense contratista del ferrocarril que venía a quejarse de que Villa le robó dos caballos. En esos momentos Villa pasaba por ahí y Madero lo increpó. Villa le dijo al gringo que era un rajón.

—Villa, ya te he dicho que no andes abusando de la fuerza.

—Oiga, oiga, ¿y ese tal por cual no le dijo que también le había robado esta pistola? —y sacándola invitó al estadounidense a ir detrás de una lomita a pegarse de tiros con él.

—Villa, vete, vete, anda —y rejego Villa se fue retirando, sin devolver caballos ni pistola, claro.

El 8 de abril se concentran en el rancho Las Varas, a las seis llega la columna principal, a las nueve de la mañana la de Villa y a las once el tren con la columna de Orozco.

Villa es enviado a buscar provisiones.

Madero ordena el avance hacia el norte por el noroeste y luego hacia Casas Grandes. Las crónicas no parecen ponerse de acuerdo en quién lleva la vanguardia del ejército de unos dos mil hombres, si las columnas de Villa y Orozco o las de José de la Luz y Garibaldi. En el sur, las tropas gubernamentales acantonadas en Chihuahua permanecen inmóviles. Los federales abandonan Casas Grandes y se reconcentran en Ciudad Juárez. Sólo dejan una fuerza de contención en la estación Bauche, 17 kilómetros al oeste de la ciudad.

Allí se dará un combate el 15 abril. A los rebeldes los dirige Raúl Madero, ingeniero, el menor de los hermanos, 22 años. Se produce un fuerte enfrentamiento que dura poco tiempo y deja sobre el terreno siete soldados muertos. Villa dirá que apoyó a 100 hombres de José Orozco en el enfrentamiento. Los rebeldes pierden al capitán estadounidense Oscar Creighton, que durante los días previos había estado dinamitando los tramos de vía entre Ciudad Juárez y Chihuahua para cortar las comunicaciones federales.

Al día siguiente del conflicto que había involucrado a la vanguardia se producirá una grave crisis en el cuerpo central del ejército. Madero estaba molesto con los grupos magonistas que se habían unido a su columna. Las brigadas de Alaniz, Salazar y García se proclamaban socialistas, habían tenido intervenciones muy radicales en mítines y actos públicos donde se gritaban vivas al socialismo, portaban la escarapela roja y de facto querían y tenían una relativa autonomía respecto de Madero.

El asunto era más complicado que el de un caudillo único y una única insurrección. Los magonistas se habían ganado históricamente el derecho a la autonomía. Tras una oposición de casi 20 años, que incluía levantamientos militares contra la dictadura de Díaz en 1906 y 1908, sus clubes y su diario, Regeneración, los magonistas habían sembrado políticamente lo que hoy desde una posición mucho más moderada Madero estaba recogiendo.

El día 14 Madero había tenido un choque verbal con algunos de los jefes liberales que el 16, en Estación Guzmán, le entregaron una carta en la que pedían su separación del ejército rebelde “por las buenas o por las malas […] pues lo consideramos más tirano que Porfirio Díaz”.

Orozco, Roque González Garza y el bóer Viljoen no querían el enfrentamiento, pero Garibaldi insistía en que era necesario disciplinar a ese nuevo ejército. Madero apeló entonces a Pancho Villa (que estaba al margen de cualquier polémica política), y tras decirle que algunos jefes trataban de desconocerlo, ordenó que los detuviera y tratara de hacerlo sin que corriera sangre. Villa ni siquiera hizo preguntas y habrá de contar que “luego luego y con cuatrocientos hombres” se puso a la tarea. Suavemente, llegando con tropa armada hasta cercarlos, les dijo: “Dejen las armas y parque en el suelo”, aceptando un café mientras se aclaraba el asunto. En menos de cuatro minutos todo había terminado. No hubo muertos, aunque sí uno que otro golpeado.

García, José Inés Salazar y Alaniz quedaron detenidos junto con otros tres jefes bajo vigilancia de la escolta personal de Madero que dirigía Máximo Castillo. Orozco medió para impedir un motín y ofreció garantías a los detenidos y que se regresaran los fusiles a la tropa. Los soldados recibirán de vuelta sus armas y pasarán a formar parte de diferentes brigadas.

Por su intervención Villa recibirá un regalo de Madero: una yegua negra retinta. Esta historia,z que ha de pasar sin pena ni gloria en la crónica tradicional villista, es fundamental, significa la ruptura personal, el odio encanijado, la confrontación permanente e histórica de Villa con el otro sector radical de la revolución. En México, país de desencuentros, se había producido uno que habría de cobrar graves deudas en el futuro. Pancho Villa no lo sabía.

El 20 de abril los rebeldes acamparon en las goteras de Ciudad Juárez ante unos desmoralizados federales que se habían quedado en la ciudad. Ese es el momento en que el dictador Porfirio Díaz aprovecha en la ciudad de México para declarar ante una delegación oaxaqueña que lo visita: “La revuelta en Chihuahua, caballeros, no es cosa de importancia. Si llegan a cinco mil, a pesar de mis años iré yo mismo al campo de batalla”.

NOTAS

a) Fuentes: Para los momentos previos al 20 de noviembre: Almada: Vida, proceso y muerte de Abraham González. Bonilla: Diez años de guerra. Bauche: Villa. Alan Knight: La Revolución Mexicana. Benjamín Herrera: “Cómo murió Urbina, compadre de Villa”. Vargas: A sangre y fuego…

La reunión con Abraham en Chihuahua ha sido fechada erróneamente por Bauche el 17 de noviembre, cosa que repite Cervantes: Francisco Villa y la revolución. Alberto Calzadíaz: Hechos reales de la revolución, tomo 1 (basado en los testimonios de Manuel Machuca y Cirilo Pérez, que estaban allí y formaban parte del grupo de Pancho) la sitúa el 17 de octubre (aunque luego se infiere que es noviembre), pero Villa estaba el 17 de noviembre en su campamento en La Estacada y Cástulo se había alzado en armas en la sierra un día antes. Mucho más lógica es la fecha que da el texto de Serrano: Episodios de la revolución en México, libro que tiene la virtud de haber sido publicado en 1911, mucho más cerca de los acontecimientos. Además: Martín Luis Guzmán: “Villa y la revolución”.

El choque en la hacienda de Chavarría ha sido recogido en muchos de los textos anteriores y además en Almada: Revolución 1, citando un documento desaparecido: “Proceso en contra de Abraham González, Pascual Orozco y Pancho Villa y cómplices por los delitos de sedición y rebelión” y en Portilla: Una sociedad en armas.

La reunión del 19 de noviembre en Jesús Vargas: Máximo Castillo y la revolución en Chihuahua, que incluye las memorias de Castillo. Puente: Villa en pie. Friedrich Katz: Pancho Villa, sigue la versión de Antonio Ruiz. Calzadíaz: Hechos reales de la revolución, hace subir a 387 hombres el número de asaltantes de San Andrés. En versiones posteriores que se guían por el testimonio de Villa en Bauche, los 375 o 387 están bajo su mando. No hay tal. Además: Terrazas: El verdadero Pancho Villa. Almada: Revolución. Ceja: Cabalgando… Luz Corral: Pancho Villa en la intimidad. Calzadíaz: Hechos reales de la revolución, tomo 5. Frazier Hunt: One american and his attempt at education.

Hay un plano de Hurtado y Olín: Estudios y relatos sobre la Revolución Mexicana, que marca todas las escaramuzas de esa época. Los partes de los federales en Sánchez Lamego: Historia militar de la Revolución Mexicana en la época maderista. Los partes respecto de Villa en su ficha en el Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional, son escuetos. Puente: “La verdadera historia de Pancho Villa por su médico y srio. Ramón Puente”. Portilla: Una sociedad en armas, cubre muy bien la visión de los federales, pero no utiliza fuentes de los revolucionarios; es extraño, como si la revolución hubiera sido contada por la dictadura. José F. Rojas: “Raúl Madero irá pronto a México”.

El combate de los sombreros en Serrano: Episodios, narración de Urbina recogida por Terrazas: El verdadero… Bonilla: Diez años de guerra. Ramírez de Aguilar: “Vida y hazañas del audaz guerrillero Pancho Villa”. Puente: “Vida de Francisco Villa contada por él mismo”.

La comisión de paz: Nicolás Fernández en Urióstegui. Almada: Revolución… Sánchez Lamego: Historia militar… Fuentes Mares: Memorias de un espectador. Herrera: “Aquí Chihuahua.” Orozco: Roberto Fierro PHO 1/42. Michael Meyer: El rebelde del norte. Pascual Orozco y la revolución. Amaya: Madero.

Cerro Prieto. Valadés: “El movimiento de 1910 en Chihuahua. A partir del testimonio del general José de la Luz Blanco”, se equivoca y sitúa allí a Cástulo Herrera, que se había ido a Estados Unidos para ver a Abraham. Heliodoro Olea: Apuntes históricos de la Revolución de 1910-1911, dice que Salido nunca se entrevistó con Orozco, que las partidas de rebeldes marchaban independientemente. B. Herrera: reproduce un croquis muy preciso de la batalla. Teodosio Duarte: Memorias. Vasconcelos en el Ulises hace un homenaje a Francisco D. Salido aprovechando para llamar palurdos a Villa y Orozco que “eludían la batalla”. Rivas: ni Villa ni Orozco tomaron parte en este sangriento combate ya que habían tomado rumbos opuestos. Katz se sumará a esta duda y Víctor Santiago: “El primer combate de Villa en la revolución”, también lo hará.

La separación de Orozco: Brondo: La división del norte, la rectifica Roque González Garza, PHO 1/18. Katz, citando su hoja de servicios, dice que fue por municiones, pero Almada dice que se pelearon y que Villa dejó a Orozco antes de la batalla de Cerro Prieto.

En sus memorias, Villa/ Bauche invierte los acontecimientos, primero se produce el combate de Camargo y luego la emboscada del rancho del Tarais. Concepción López Valles y Humberto Payán: Pancho Villa el centauro infinito. Benjamín Herrera: Chihuahua, cuna y chispa de la Revolución. Regino Hernández Llergo: “Una semana con Francisco Villa en Canutillo”. Cervantes oyó la historia de Villa años más tarde. Rivas, corrigiendo (contradice el parte de los militares): “Llegaron a una casa abandonada, fue Frías el que oyó el ruido de sables y pasos. Villa gritaba órdenes a soldados imaginarios. Las armas se les calentaron de tanto disparar. Se impuso la salida”. Vargas: A sangre y fuego…

El ataque a Camargo y las acciones de marzo: Portilla: Una sociedad en armas. Calzadíaz: Hechos reales de la revolución, tomo 1. Bauche: Villa. B. Herrera: Aquí Chihuahua. Gonzalo G. Rivero: Hacia la verdad. Hay algunos telegramas de los federales en el Archivo Histórico de la Defensa que más que nada sirven para fijar las posiciones de Villa en este periodo. Celia Herrera sitúa lo acontecido el 13 de octubre de 1910. Vargas: Máximo Castillo. Alejandro Contla: “Mercenarios extranjeros en la Revolución Mexicana”.

El encuentro. Valadés: “Los tratados de Ciudad Juárez”, incluye la correspondencia de Abraham con Madero y de Villa con Madero permitiendo fechar correctamente el proceso. Puente: “La verdadera historia de Pancho Villa”. Valadés: Imaginación y realidad, reproduce el indulto que Madero le dará a Villa. Luis Aguirre Benavides: “Francisco Villa íntimo”. Nicolás Fernández se reclama como el enlace entre Madero y Villa, lo cual no parece ser cierto; en su memoria los alzados con Orozco eran “20 mil hombres” (Nicolás Fernández en Urióstegui). El País, 4 de abril de 1911. Por cierto que Urbina no participará en esta parte de la campaña porque anda desprendido con una columna que actúa en el sur de Chihuahua y baja hacia Durango.

Sommerfeld: Meyer: “Villa, Sommerfeld, Columbus y los alemanes”. Sandos: “A German involvement in Northern Mexico”. Katz: Pancho Villa, citando a Lechter. Valadés: Imaginación. Valadés: Tratados. Gonzalo Rivero: Hacia la verdad. Se reproduce una foto de él en el libro de Rivero, un Sommerfeld sin bigote, de rostro cuadrado, apenas con cuello, robusto, cejas pobladas.

Además: Quevedo: Los colorados. Hall: Revolución en la frontera. Carleton Beals: Porfirio Díaz.

b) Villa no sabía. Una de las muchas leyendas negras antivillistas dice que Pancho no estaba al tanto de los planes revolucionarios, simplemente andaba fugado por lo de Claro Reza y así lo sorprendió el alzamiento maderista. Siguiendo la secuencia de los hechos se habrá visto que no hay tal. Celia Herrera (la más antivillista de todos los antivillistas) sostiene que Abraham González nunca le pidió a Villa que participara en la revolución. De hecho, si Villa se incorporó, fue sólo por una coincidencia: estaba visitando a una novia en un pequeño rancho cuando una fuerza federal, creyendo que algunos revolucionarios se hallaban escondidos allí, lo atacó. Villa, convencido de que lo perseguían a él, devolvió los disparos y huyó. Entonces decidió unirse a Pascual Orozco junto con sus hombres. Orozco lo rechazó al principio porque no lo consideraba más que un bandido. Pero cuando estaban negociando, las tropas federales atacaron y Villa se sumó a los hombres de Orozco, el cual no pudo sino aceptarlo a regañadientes en su ejército. Se arrepentía de esta decisión, ya que más tarde Villa se robó la paga destinada a las tropas revolucionarias. (Teodoro Torres: Pancho Villa, una vida de romance y tragedia; y Celia Herrera: Francisco Villa ante la historia.)

c) Los estadounidenses. Se ha dicho que la brigada de Villa había sido reforzada por un grupo de 15 estadounidenses entre los que se contaban los capitanes Tracy Richardson, Sam Drebden y Oscar Creighton. No es real, el grupo formaba parte de la brigada de Garibaldi. Lo que es cierto es que abundaban los voluntarios estadounidenses en el ejército maderista; 80 de ellos estaban en Casas Grandes cuando se produjo el primer choque.

Oscar Creighton, de Boston, pertenecía a una familia aristócrata y tenía educación universitaria; fue corredor de bolsa en Wall Street y ladrón de bancos. Formaba parte de la tropa de Garibaldi y creó su “escuadrón de demolición con 40 exploradores extranjeros”. Sus más cercanos colaboradores fueron: Jack R. Rapide, “tiro rápido”, Crum, O. Turner y John M. Madison. A Oscar Creighton le apodaban Dynamite King o Dynamite Devil. En 1951 el gobierno de México le otorgó la Legión de Honor. (Alejandro Contla: “Mercenarios extranjeros en la Revolución Mexicana”. Lawrence Taylor: La gran aventura en México, el papel de los voluntarios extranjeros en los ejércitos revolucionarios mexicanos.)

d) Los más atravesados mexicanos. Hay un excelente texto de Francisco L. Urquizo, “Lo imprevisto”, que da cuenta de los primeros rebeldes maderistas: “Muy malos soldados éramos cuando fuimos maderistas; no teníamos noción alguna de lo que pudiera ser la disciplina y la instrucción militar. Nuestros jefes lo eran más por su valor que por su pericia, era lo que vulgarmente se dice en el norte, los más atravesados. A la hora del combate eran los jefes los que lanzándose sobre el enemigo esgrimiendo su arma, daban el famoso grito aquel de El que sea hombre que me siga, y como aquello era una cuestión de honor, seguíamos al valentón aquel aún a través de la lluvia de balas con la que solían saludarnos los federales […] En el combate, por instinto de conservación, gritaban todos, en diferentes tonos y tiempos: Ábranse, ábranse, para tomar en cierto modo una formación de tiradores. […] Constituía aquello una democracia por demás graciosa y ocurrente […] el jefe del grupo armado descansaba su confianza sobre su ‘secretario’, que era por lo general el más leguleyo del grupo y el encargado de redactar las pocas cartas que eran necesarias […] No había uniformes ni insignias y el único distintivo era un listón tricolor que se usaba en lugar de las toquillas de los sombreros” (en Cuentistas de la Revolución Mexicana, de Xorge del Campo)

e) Villa y Tom Mix. Mix, nativo de Pennsylvania, 1880, falso ciudadano de El Paso. La historia de Mix combatiendo en la Revolución Mexicana bajo las órdenes de Pancho Villa surge de la biografía que escribió su esposa, donde cita una carta de la madre que cuenta una fantasiosa historia sobre cómo el “bandido” Madero le pidió a Tom que bajara a México. Mix sólo una vez hizo referencia al asunto diciendo que había bajado a ayudar a un amigo. Tenía pasado militar, había estado combatiendo en Cuba y Filipinas. Su supuesta intervención fue en Juárez en 1911. La historia es reputada como falsa por el periodista de El Paso Dale L. Walker, quien sostiene que la versión del Mix villista fue una invención de la oficina de relaciones públicas de los estudios cinematográficos para los que comenzó a trabajar en 1913. (Tuck: “¿Espía alemán?” García Riera: Historia documental del cine mexicano. Ronald Atkin: Revolution México 1919-1920. Braddy: Cock of the walk. Elías Torres: Hechos.) De todo esto ha surgido una muy divertida novela, Tom Mix y Pancho Villa, de Clifford Irving, que juega y rejuega fantásticamente con la relación entre los dos personajes.

f) Los Madero. Además de Francisco son cuatro los hermanos que aparecen en esta historia: Emilio (1872), jefe de irregulares en el 10, posteriormente villista; Gustavo Adolfo (1875), hombre de negocios, cerebro político, ministro en el gabinete de transición, detenido y torturado hasta la muerte durante la decena trágica de 1913; Julio (1886) ingeniero, el hermano que se volverá carrancista; Raúl (1888), ingeniero, el villista más fiel.