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Podría escribir que me encontré con la figura de José Aranguren en algún momento de 2009, mientras trabajaba, bastante a destajo, todo hay que decirlo, en la preparación de lo que acabaría siendo un libro titulado Sereno en el peligro y subtitulado La aventura histórica de la Guardia Civil. Se trataba de un ensayo que, a partir de un resumen de los hechos más relevantes protagonizados por los guardias civiles en el siglo y medio largo de existencia del cuerpo, intentaba ofrecer una interpretación, forzosamente personal y subjetiva, pero lo más fundada posible, de la significación histórica de la institución en la España contemporánea, del carácter de sus miembros y de las claves profundas, y en absoluto casuales, que permitían explicar su pervivencia.

Podría sostener aquí, en efecto, que me encontré con Aranguren, de quien sólo tenía alguna noticia, somera y vaga, cuando, profundizando en el desempeño de la Guardia Civil en la Segunda República, en el alzamiento que acabaría por derribarla y en la guerra civil, se me apareció el personaje con su perfil humano singular, tal y como se desprendía de sus dichos y hechos en ciertos momentos cruciales, como el de su oposición al golpe en Barcelona o el de su fusilamiento. Podría afirmar que así me encontré con su temple, su sereno estoicismo, su mirada profunda y limpia que me recordaba la de mi abuelo Manuel, pero a medida que pasa el tiempo, incluso a medida que van creciendo estas páginas, tengo la sensación de que fue al revés: que Aranguren me terminó encontrando a mí. Porque no podía ser de otra manera, porque la suya era una historia que me estaba destinada, y porque su aventura personal, que ha cosechado la relativa indiferencia (cuando no la ignorancia deliberada y aun mezquina) de historiadores de uno y otro signo y el silencio casi total de los literatos, resonó al instante en mis oídos con un estruendo que no podía ignorar; que me imponía, de forma perentoria, el deber con el que ahora trato de cumplir.

En aquel libro ya dejé constancia de su peripecia y su personalidad, muy sumariamente, porque allí la suya era una historia entre muchas, pero con la intensidad suficiente como para que no pasara inadvertida al lector, al que también quise dejar huella con una de sus fotografías más significativas, debida a la cámara de Agustín Centelles, en la que aparece imponiendo la medalla militar a un féretro, en Barcelona, a finales de julio de 1936. Volví a recordarle, de modo más sucinto, en varias ocasiones más. Por ejemplo, en una pieza titulada «El otro Dragon Rapide», publicada en la revista Tinta Libre en octubre de 2013. En ella, a propósito de la figura del general Miguel Núñez de Prado y Susbielas, héroe de Marruecos e inspector general del ejército, que voló a cuerpo limpio hacia la muerte en un avión militar Dragon Rapide (mientras Franco volaba de incógnito hacia Tetuán en otro aparato del mismo modelo, civil y alquilado por sus partidarios), se evocaba a los militares africanistas que no se sublevaron contra la República, sino que arriesgaron, y muchos dieron, su vida por ella. También deslicé una breve alusión a Aranguren en la novela La marca del meridiano, donde dos guardias civiles viajan a Barcelona para esclarecer el asesinato de un compañero, ocasión en la que el protagonista recuerda al general que allí selló su suerte por atenerse a su código de honor.

Fue justamente esta mención la que provocó algo que refuerza mi sensación de que Aranguren me encontró a mí, tanto o más de lo que yo pude encontrarle a él. Sucedió el 23 de enero de 2013, cuando recibí en mi buzón de correo electrónico el siguiente mensaje, que transcribo, por su naturaleza personal y familiar, con permiso de su autor:

La Coruña, a 23 de enero de 2013.

Estimado Lorenzo:

Lo primero de todo, pedirte disculpas por el trato utilizado en estas breves líneas a la hora de dirigirme a ti, pero son varias las circunstancias que, de una forma u otra, nos vinculan aunque lejanamente. Me explico. Compartimos onomástica, ambos nacimos en 1966, yo soy Abogado y sé que tú has ejercido la profesión.

El motivo de este e-mail no es otro que el transmitirte mi más sentido y profundo agradecimiento por tu recuerdo a uno de los grandes olvidados de nuestra Guerra Civil: el General Aranguren.

Me comprenderás si te digo que mi padre se llamaba Lorenzo Rubio Aranguren; su madre, esto es, mi abuela, María de la O Aranguren de Ponte, y el padre de ésta, José Aranguren Roldán.

Conservo, con respeto y orgullo, la Cruz de oro que llevaba cuando lo fusilaron (uno de los poquísimos recuerdos personales que permitieron a sus hijas retirar), una pitillera de plata obsequio del propio Francisco Franco y firmada por éste, así como el fajín de General regalo de sus amigos, Jefes y Oficiales del Primer Tercio con motivo de su ascenso el 28/03/1936.

Por ello, quería hacerte partícipe de los sentimientos de alegría y orgullo que me atenazaron al leer, ayer noche, tu cita a mi bisabuelo en «La marca del meridiano».

En nombre de mi familia y en el mío propio, GRACIAS.

Un abrazo.

Lorenzo Rubio Sánchez del Valle.

Abogado.

Puede imaginarse el escalofrío que recorrió mi espalda al leer este mensaje, enviado por un descendiente del hombre sobre el que ya por entonces tenía el firme propósito de escribir un libro. Que su bisnieto se llamase Lorenzo, como yo, que hubiera nacido el mismo año, y que compartiéramos incluso la profesión de abogado a la que dediqué una década larga de mi vida y de la que nunca podré (ni tampoco deseo) desprenderme del todo, era un cúmulo de casualidades que incluso alguien como yo, nada proclive a creer en conexiones esotéricas, no podía dejar de recibir como una interpelación, añadida a la ya sentida cuando tuve noticia precisa de la historia de José Aranguren.

Quizá sea oportuno añadir aquí que una de las consideraciones que me impulsaban a emprender un proyecto literario sobre su figura era el hecho de que otro señalado y malogrado guardia civil presente en Barcelona en julio de 1936, el coronel y luego general Escobar, sí había tenido quien le escribiera, en la persona del novelista José Luis Olaizola, que con su novela La guerra del general Escobar, más tarde llevada al cine, y a raíz de ello bastante popular, había ganado el Premio Planeta en el año 1983. Sin negarle méritos a aquel coronel, que mandaba el Tercio urbano de la ciudad y que al frente de sus hombres se enfrentó en las calles con los militares sublevados (lo que también le costó morir fusilado, al final de la guerra), el papel de José Aranguren presentaba para mí un plus, que también añadía un plus de escarnio a su olvido: él era el superior de Escobar, y quien hubo de tomar la decisión que sus subordinados luego pusieron en práctica. Por sus manos pasó y sobre su corazón pesó la suerte de la sublevación en Barcelona, y así se le cobró, sin piedad y con intereses, por los vencedores.

Respondí de inmediato a mi tocayo y colega, poniéndole al corriente de que no era la primera vez que escribía acerca de su bisabuelo y trataba de rescatar su figura del olvido en que parecía yacer. Tanto dentro de la propia Guardia Civil como en Cataluña y más en concreto en Barcelona, donde por entonces yo vivía, y donde había comprobado, una y otra vez, que incluso personas de cierta formación lo ignoraban todo del papel desempeñado por la Guardia Civil, a las órdenes de Aranguren, en aquellos cruciales días de julio de 1936, en defensa de la Generalitat y para salvar Barcelona para la República. Como también desconocían el precio que por mostrarse leales a la autoridad legítima les tocó pagar a aquel general y a muchos de sus subordinados.

Le hice saber que tenía el firme propósito de escribir un libro sobre su bisabuelo, un relato novelado de los hechos en los que participó, de su comportamiento en aquella hora de incertidumbre y de la injusta y atroz represalia, disfrazada de grotesco procedimiento legal, a la que por ello fue sometido y que le llevó a ser condenado, por el delito de rebelión militar, justo por aquellos que habían sido los rebeldes. Que mi novela quería narrar todos esos acontecimientos, pero también, en la medida de lo posible, retratar al hombre: de dónde venía, quién era y por qué se comportó como lo hizo, pudiendo haberlo hecho de otra forma, que habría acabado siéndole más ventajosa. Y también, ya que tenía ocasión de hablar con él, lo que por razón de su elección vital acabó cayéndole a su familia. Como descendiente de derrotados, sabía de la penitencia que no sólo a ellos, sino también a los que les eran próximos, había tenido a bien imponer el régimen triunfante.

Al día siguiente, recibí otro mensaje, que creo que también merece la pena que transcriba, de nuevo con la autorización de su autor:

Estimado Lorenzo:

Tengo que reconocer que tu rápida contestación a mi anterior e-mail, así como las palabras que empleas al hablar de mi bisabuelo, me han emocionado profundamente, pero la verdad, más si cabe, el sincero interés que muestras en su persona y el proyecto de novela que sobre él me anticipas.

Es una pena que mi padre nos hubiera dejado tan prematuramente, pues él, como nadie, hubiera podido despejar cualquier duda sobre su abuelo del que, dicho sea de paso, heredó un gran parecido físico, su hombría de bien y las no pocas dificultades a las que tuvo que hacer frente, en su carrera militar, por el simple hecho de haber sido nieto del General Aranguren. Sin duda hubiera disfrutado rememorando su vida, sobre todo a sabiendas de que estaría aportando un pequeño grano de arena para hacer justicia a la memoria de aquel que antepuso un juramento de lealtad a su propia vida.

En una familia a la que la guerra civil tuvo el morboso capricho de enrolar en bandos opuestos a padre y a hijos, la memoria histórica, lejos de los histriónicos planteamientos oficiales, fundamentados en tesis mercantilistas, de oportunidad y partidismos (postergando, en definitiva, la realidad), sólo se ha entendido desde el sentimiento interiorizado de justicia y verdad.

En todo caso, quiero que sepas que mi familia, no sólo estaría dispuesta, sino encantada, de poder atender cualquier requerimiento de información que sobre el particular tuvieses a bien realizar. Quedo, en definitiva, a tu entera disposición.

A raíz de este mensaje inicié con mi tocayo una fluida comunicación epistolar por vía electrónica. En seguida me remitió a quien, una vez desaparecido su padre, era a su juicio el principal depositario de la memoria familiar: uno de los nietos varones del general, su tío José Antonio Cobreros Aranguren, cuyo correo y teléfono, amablemente, me facilitó. Y así fue como José Aranguren Roldán, el ser humano, empezó a dibujarse ante mí, con perfiles cada vez más definidos.