Un tema como el que nos hemos propuesto –la interrelación entre poesía y pensamiento– nos lleva forzosamente a sobrevolar problemas esenciales del ser humano. Y este planteamiento, a su vez, nos conducirá a poseer una visión global de la existencia y de los diversos sentidos que ésta puede adquirir. De entrada, yo hablaría de tres sentidos primordiales a la hora de ser fiel a este criterio de globalidad: un sentido poético de la existencia, un sentido científico de la existencia, un sentido sagrado de la existencia.
Al trazar ya este mágico y comprometido triángulo de la poesía, la ciencia y lo sagrado, la interrelación entre los tres vértices del mismo queda ya formalmente establecida. Luego, claro está, disponemos de la razón. El hombre reflexiona sobre esos tres vértices, unas veces por medio de conceptos iluminados y rigurosos, otras con una ligereza o un aburrimiento de dudosa utilidad. Pero, a fin de cuentas, la reflexión –como el sentimiento– nutre las fibras del ser y corre con los manantiales del conocimiento, cualesquiera que sean el caudal y la dirección que estos manantiales tomen o posean.
Ante tan compleja encrucijada, siempre me gusta recordar una frase de apoyo de Albert Einstein, densa y transparente como el más puro de los vidrios. Dice Einstein en su ensayo Mi visión del mundo: «La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emoción fundamental, la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia». Y añade para señalarnos el tercer vértice del triángulo a que antes me refería: «Fue la experiencia del misterio la que engendró la religión». Por otros caminos, dos versos de Antonio Machado me parecen un excelente complemento de los juicios del gran científico: «El alma del poeta / se orienta hacia el misterio».
Quien ha citado la palabra misterio es un poeta, pero antes la ha pronunciado uno de los científicos más lúcidos de nuestro tiempo. El humanismo profundo de ambos rompe la barrera de los férreos encasillamientos de los especialistas y sus ideas nos resultan de un valor incalculable. He visto siempre en este concepto de misterio un sinónimo de lo que he venido llamando, al hablar de temas de Poética, segunda realidad; es decir, una realidad que está detrás de la aparente, de la cotidiana, pero que –inaprensible– siempre ha subyugado y exaltado al hombre. El poeta –o lo que Anthony Shaftesbury llamó el segundo Hacedor– sería el encargado de interpretar y de desvelar esa segunda realidad.
Cerraré el círculo de este preámbulo recordando una nueva frase de Einstein; con ella recuperaré el término razón y nuestro triángulo iniciático se habrá transformado en un cuadrado. [Sentimos] –añade Einstein– «que existe algo que no podemos alcanzar», algo que nos conduce «a la razón más profunda y a la belleza más deslumbradora». ¿Razón profunda y belleza deslumbradora? Ya tenemos aquí juntos, o enfrentados –quién sabe– al pensamiento y a la poesía. Pensamiento y poesía son, pues, de entrada, caminos diversos que conducen a una misma meta, la que está detrás de la realidad aparente y engañosa: una realidad enquistada en el misterio y que es la que da sentido de trascendencia a los seres humanos.
La palabra en los orígenes
No hemos necesitado de los sistemas de pensamiento, ni de los espasmódicos esfuerzos de cualquier poética de vanguardia, para conocer una clara verdad: la de que, a la hora de plantearse los grandes temas del ser humano, la interrelación no es sólo una sino múltiple. Y debo aclarar también que de los conceptos de ciencia y poesía no he hecho uso con un sentido exclusivamente práctico, sino con aquel fin revelador, casi sagrado, de los románticos. Nada tiene que ver tampoco la ciencia con los abusos tecnológicos que nos han llevado en la actualidad a la crisis de la utopía de un desarrollo infinito, al saqueo de la naturaleza o a lo que Jünger ha reconocido radicalmente, en sus recientes Diarios, como el progresivo «exterminio de la clase campesina».
Sentido revelador de los románticos y también del hombre de los orígenes. Desde aquellos orígenes la poesía surge en una atmósfera misteriosa, de sentidos múltiples. En sus inicios, la palabra poética podía ser, a la vez, invocación, ensalmo, amenaza, imprecación, plegaria... Por ello, podemos afirmar que la poesía era simplemente el lenguaje de que el hombre se servía para hablar con los dioses. El hombre utilizaba entonces la palabra incluso para hablar con la Divinidad. O para imitarla. De esta manera, en las estéticas arcaicas –como afirmó Eliade– «las obras del arte humano son una mera imitación de las del arte divino».
La palabra poética le sirve también al hombre primitivo para desvelar ese misterio a que antes me refería y que no es un misterio necesariamente religioso, sino que más bien atañe al sentido sagrado de la naturaleza. No es extraño comprender que entre los primitivos la realidad es casi inexistente. Inexistente por terrible. Pero a la vez fue motivo de adoración. Desde su desconocimiento de tantos temas, para el hombre primitivo la realidad era, simple y llanamente, un misterio absoluto.
Más difícil nos sería precisar si el hombre primitivo accede a ese misterio como artífice o como artista; como un ser que labora la realidad o como un ser que la revela y la llena de trascendencia. La palabra poética (y esto es lo que sobre todo queremos señalar al remontarme a tan remotos orígenes), es una necesidad primordialísima del ser humano. La palabra poética posee un sentido que, desgraciadamente, hoy en buena parte ha perdido, pero que, a lo largo de los tiempos –como luego veremos– sí ha poseído de forma deslumbradora y profunda.
El que el hombre haya hecho uso desde los orígenes de esa palabra, ora como artífice, ora como artista, nos vuelve a sumergir de lleno en la vieja contienda entre pensamiento y poesía. Y por decirlo de una forma apresurada, pero radical, el pensamiento consecuentemente sería lo debido al hombre en tanto que la poesía sería lo debido a los dioses.
Pero esta división que hoy nos podría parecer impropia o radical en exceso es, en el fondo, pura falacia, pues las relaciones subterráneas entre ambos conceptos son muchas y, a lo largo de las distintas culturas, ha habido autores que se han encargado de fundir ambos conceptos en uno solo. Existe una verdad, pero también muchas verdades y, al mismo tiempo, no existe ninguna verdad. Esta especie de galimatías lo podemos clarificar enseguida si recordamos unas palabras decisivas de Platón: «Todo es uno y todo es diverso».
La palabra en armonía
No podríamos seguir adelante con nuestras conjeturas sin asentarlas sobre este pensamiento tan simplista, pero tan soberbio, que leemos en el Sofista; pensamiento que quizá proviene de más remotas fuentes. La sabiduría helénica descansa sobre el principio de unidad, pero el de unidad es concepto que resuena de otras músicas y, en concreto, de la del pensamiento primitivo oriental.
Cuando con Heráclito buscamos la unidad primordial y en movimiento de las cosas, no hacemos sino rememorar el deseo que Lao Zi sentía en sus sentencias de fundir los contrarios. Para el taoísmo, al igual que para los pitagóricos y para Platón, esta lucha de contrarios, esta contraposición terrible de tendencias, engendra la armonía. He utilizado estas digresiones nada nuevas para llegar a este concepto de armonía que tanto importa a la hora de buscar relaciones entre pensamiento y poesía, y que yo he intentado apresar, por la vía de la contemplación, en mis dos Tratados de armonía.
Pensamiento y poesía aparecen unidos de nuevo en la medida en que la armonía es condición que caracteriza a ambos conceptos, que a su vez comparten. Parece, en consecuencia, como si pensamiento y poesía no sirviesen por sí mismos para cumplir sus respectivas funciones e hiciese falta una confluencia de extremos para lograr resultados plenos, para alcanzar un conocimiento absoluto.
En ocasiones, la razón pura se ha mostrado incapaz de superar ciertos límites. La poesía –por cuanto dijimos al referirnos a la palabra de los primitivos–, por su carácter de ensalmo o de plegaria, parecía ascender a cotas más altas del conocimiento, aunque ello fuera a costa de seguir vías irreflexivas y senderos nada sistemáticos; abismos, en una palabra. La poesía rompe, sin más, la razón; la poesía quiebra el pensamiento para seguir su indagación a través del bosque umbrío, lleno de engañosos espejismos, del conocimiento humano.
En definitiva, para que el poeta pueda crear –según nos recuerda Platón en su Ión– necesita «haber dejado de ser dueño de su razón». No vamos a entrar aquí en el llamativo concepto –también platónico– de si el poeta está, o no está, «inspirado por un dios». Algo iremos entreviendo sobre este particular, pero tanto se ha abusado del carácter irreal, evanescente de la poesía, tan agotado está el concepto de «inspiración», que preferimos quedarnos de momento en los umbrales de la cuestión.
Lo cierto es que la creación poética lleva consigo un cierto grado de sinrazón, de enajenación, o como queramos llamarlo; extravío –«dislates», los llamó Juan de la Cruz en el prólogo a su Cántico– que están poderosamente en pugna con una exposición sistemática. El poeta –inspirado, como decía Platón, o entusiasmado, como exigían los románticos– se mueve dentro de otros límites. ¿O acaso no pone límite alguno a cuanto dice o pretende decir, y de ahí provienen sus conquistas y sus derrotas? No me gusta creer en un sentido trágico-prometeico de la palabra poética. Prefiero creer en esa armonía que funde musicalmente los extremos por medio de la palabra y que le niega a la vida su fin fatalista. O, simplemente, como pienso últimamente, habría que hablar de un muy especial estado de ánimo en plenitud.
Hay, por tanto, una desconfianza originaria de la poesía hacia la razón. Y viceversa. No hacia la reflexión, o hacia un cierto grado de reflexión. O hacia ese otro concepto –más común a ambas– que es el de meditación. ¿Pero puede verdaderamente la poesía, desde ese mayor grado de sinrazón, de irracionalismo, llegar más lejos, llegar más allá? ¿Han podido los saltos en el vacío y los excesos formales de las vanguardias contemplar, o sólo entrever, la luz de un conocimiento absoluto? Hoy ya casi nadie cuestiona la crisis del concepto de «vanguardia». O, al menos, de cuanto en este concepto hubo de más gratuito y provisional. (Lo veremos más adelante con más detalle en el capítulo que dedicamos al ensayo de Octavio Paz.)
Los hallazgos verbales, los fogonazos de la palabra de un Rimbaud, de un Mallarmé, de un Ezra Pound, ¿nos comunican toda la verdad o sólo son faros que se encienden y se apagan en la noche borrascosa del ser? ¿Faros que iluminan estelas en la noche marina o avanzadillas del acantilado, del abismo? ¿Existe ese sentido originario, primordial, de armonía –es decir, de sabiduría iluminadora– en los espasmódicos, cuando no irritados, logros de la vanguardia? ¿O, como afirmaba muy bien Machado, sucede simplemente que «en Arte los novedosos apedrean a los originales»?
Por razones distintas de las que aquí he expuesto, Adorno subraya en las primeras páginas de su Estética ese escepticismo hacia los logros de las vanguardias. «Los movimientos artísticos de 1910 se adentraron audazmente –nos dice–, por el mar de lo que nunca se había sospechado, pero este mar no les proporcionó la prometida felicidad a su aventura [...]. Y es que la libertad del Arte se había conseguido para el individuo, pero estaba en contradicción con la perenne falta de libertad de la totalidad.» Sin embargo, unas páginas más adelante, Adorno quizá yerra al considerar que la aventura poética de un Rimbaud fracasa por el hecho de que éste cambiara la poesía por lo que él llama un «trabajo de asalariado».
Naturalmente Rimbaud –como ya antes hicieran Hölderlin o Leopardi– no tuvo que elegir de forma tan burda entre poesía y negocios, sino entre poesía y silencio, entre poesía e impotencia, entre poesía y autoinmolación. Rimbaud no le da la espalda a la poesía por sentirse fracasado, sino quizá para buscar el silencio y, de esta forma, evitar –sin éxito, por cierto– su autoinmolación.
Aquí dejo contrastadas apresuradamente estas ideas, indicativas –escépticas– de que no siempre la irreflexión y la sinrazón sistemáticas que antes le atribuía a la creación poética es terreno firme, camino seguro para una iluminación total del hombre. Queden aquí señaladas esas ideas como expresión del divorcio existente entre pensamiento y poesía, entre los distintos medios que ambos utilizan para revelarse.
Claves para una Poética
¿No será, por tanto, necesario buscar una vía intermedia, un camino que goce, a la vez, de los dones de la reflexión y del sentimiento? ¿No será posible un punto intermedio? Y digamos ya nombres: ¿no ha sido posible esa fusión, ese entramado de pensamiento y de ensueño poético en Parménides, en Juan de la Cruz, en Novalis, en Antonio Machado, por citar sólo cuatro ejemplos, lo más dispares y lo más alejados entre sí en el tiempo? En los versos de Parménides, en el Cántico sanjuanista –comentados sus versos o no–, en los versos y prosas de Novalis, en los de Machado –apoyados o no en las disquisiciones de sus heterónimos–, ¿no hay ese fondo unificador, esa armonía de la palabra musical, esa fidelidad a verdades últimas?
En el tiempo existe una base de obras suficientes para afirmar que esa fusión se ha logrado. En ciertos hitos de la literatura universal se ha conseguido una palabra creadora que no sólo está definida por su carga de reflexión y de ensoñación. Disponemos de obras esenciales que vienen, ante todo, definidas por su verdad inmanente. Pero, con razón, uno podría preguntarse: pero, ¿qué es la verdad?, ¿qué es lo verdadero? ¿La verdad es el sentir o la verdad es el pensar? ¿No será, quizá, la verdad el revelar? En cualquier caso ya estamos de nuevo con el «nudo» deshecho, con la razón deshecha, que creíamos tan bien atada. Y, a modo de consuelo, volvemos a repetirnos con Platón: «Todo es uno y todo es diverso».
Simplifiquemos un poco más las cosas y veamos la posibilidad de atar de nuevo algunos cabos que vayan entramando esta exposición llena de riesgos. Pasemos una vez más por alto, para no extraviarnos, el posible carácter «divino» de toda poética seria; carácter divino que Machado –como una resonancia platónica– también nos recuerda: «El poeta –dice por boca de Mairena– se hace con el auxilio de los dioses». Y en otro momento, como ya hemos recordado atrás, afirma muy bien en dos de sus versos: «El alma del poeta /se orienta hacia el misterio».
Otros, por el contrario, afirmarán sin más que la poesía sólo es un género literario, que únicamente se distingue de la prosa por su disposición vertical, por la estructura cortada del verso. ¿Tiene la palabra poética –como han afirmado algunos–, un simple papel testimonial? Pero, en este caso, ¿no cumplirían mejor otros géneros –el artículo, el ensayo– ese papel de testimonio, de denuncia? Recordemos la sugerencia de Pound: «Nunca digas en un mal poema lo que puedes decir en un artículo excelente».
¿Y qué decir de quienes piensan que la creación poética es, sin más, el fruto del trabajo cotidiano, de un proyecto, metódico y voluntarioso de la mente? No cabe duda que entre la concepción divina de la poesía y la concepción de la misma como una simple labor del esfuerzo humano, de la voluntad, existe una notable diferencia. Una vez más hemos de reconocer que hoy el sentido primero, iluminador, de la palabra poética se ha extraviado, ha perdido su equilibrio, y ya no lleva consigo aquella «imitación de los arquetipos», aquella repetición de «gestos paradigmáticos» de los orígenes.
Creo que, en lo esencial, el poeta fundamental no describe, ni divierte, ni testimonia. En lo fundamental, la palabra poética revela. Aparece así la poesía como una vía de conocimiento, como una profundización en aquel misterio de la existencia a que comenzamos aludiendo, hacia el que según Machado el poeta se orienta y al que también se refirió Saint-John Perse con un mismo término. «Poesía –dijo Perse en su discurso de recepción del Nobel– es profundización en el misterio de la existencia.» La poesía es, pues, el hilo conductor que une por medio de la palabra la armonía del ser con la armonía del Todo. Y en esa unión, y en esa conducción –en esa prodigiosa analogía– el poeta va haciendo sus preguntas, que obtendrán, o no obtendrán, respuesta.
Pero, en realidad, ¿no estará haciendo el hombre las preguntas de siempre, las preguntas repetidas en el tiempo y diferentemente interpretadas en cada época, sobre el amor, la muerte, el tiempo, la naturaleza, lo sagrado? Bajo este punto de vista bien podemos aplicar el mito del eterno retorno al conocimiento poético, a un conocimiento que ha pretendido ser absoluto a lo largo de los tiempos.
La poesía sería, bajo tal perspectiva, un medio para «solidarizar al hombre con el Cosmos», con un tipo de realidad «trascendente e indestructible» que le conduzca a la unión de lo que un sufí, Abenarabí de Murcia, llamó las esferas del macrocosmo y del microcosmo, a la liberación, en una palabra.
La cadena iniciática: sus eslabones
Este proceso armonioso y unitivo se ha dado, como ya afirmamos, a lo largo de las distintas civilizaciones. La poesía revela una sabiduría perenne. Por eso, no tenemos por menos que sonreír cuando hoy se nos dice con ligereza que la poesía está en crisis frente a otros géneros más comerciales, o que puede incluso llegar a agotarse. Si la poesía ha perdurado desde el siglo XX antes de Cristo en China y desde Homero hasta hoy ¿por qué habría de desaparecer? Sabemos muy bien que ella es algo consustancial al ser humano, a la experiencia de ser y sentir.
Así que existe esa relación o cadena iniciática a lo largo de los tiempos, esa sabiduría perenne de la palabra iluminada e iluminadora. Una cadena que une la palabra inspirada, en la que, paradójicamente, poesía y pensamiento aparecen plenamente fundidas en sus momentos más cimeros. Bajo este punto de vista, el texto literario –su hermosa resistencia al paso del tiempo–, adquiere casi el carácter de texto sagrado, de palabra iniciática, de verdad inconmovible, que ora se pronuncia, ora se musita, ora busca el silencio pleno.
Mircea Eliade, refiriéndose a las doctrinas esotéricas, ha dicho algo que podríamos aplicar a esos textos literarios en los que se reproduce la milagrosa fusión entre el sueño y la razón. Basta que esos textos, afirma, sean «redescubiertos por un lector competente para que su mensaje resulte nuevamente inteligible y actual». Por eso, la sabiduría del verso se salva y propaga a cada momento gracias a las personas que con él sintonizan, que en él buscan la armonía de ser.
La cadena iniciática no es sino un canon, un desarrollo en el tiempo y en las culturas de «la idea presocrática de la unidad y de la infinitud del Universo». Esta coincidencia de opuestos «entre el universo físico, único e infinito, y el universo del yo, que tiende infructuosamente hacia esa infinitud y unidad», es la misma que recogiera o propugnara el sufí Abenarabí.
De estas identificaciones hablaremos enseguida. Ahora, lo que nos interesa subrayar es que cuando el hombre pierde o rompe esa cadena de verdades armoniosas, cae en el desgarro del sentimiento, en el desierto del empirismo analítico e infructuoso o en la ciencia deformada y llena de riesgos, que por nada está mejor representada en nuestros días –como ya dijimos– que por los abusos y excesos tecnológicos, por el saqueo de la naturaleza y por la muerte de la idea de «desarrollo infinito».
Por todo lo dicho, los autores de esa cadena nos conducen a una concepción esencial –vivificadora– de la literatura y del arte. No todo lo que se escribe es verdadera literatura; no cualquier literatura ha sido y es arte, máxime en estos tiempos en que la comercialización del fenómeno literario ha llegado a unos extremos de deformación increíbles. Hoy no hay una valoración objetiva de la creación, sino de «productos» más o menos novedosos que se imponen, consumen y olvidan.
Así que, fuera de esta cadena armoniosa, puede haber, qué duda cabe, poesía y pensamiento –literatura–, pero la encontraremos llena de ciegos impulsos y de desgarros, de angustia y de mediocridad formal, de ciega exaltación y de trágica existencia. No toda la literatura es Arte, es decir, música de la palabra, fruto de un vivir bien templado y acordado con la unidad primordial, con el Todo.
Vengamos ya a los eslabones de esa cadena que parte con uno nunca suficientemente recordado y valorado: el del primitivo pensamiento oriental. Hinduismo, taoísmo, budismo son raíces de un sentir y de un pensar que se prolonga en los presocráticos a través del misterioso hilo conductor del orfismo y sigue con los pitagóricos y Platón, con los neoplatónicos paganos y renacentistas, con las místicas árabe, judía y cristiana, con el romanticismo esencial, el centroeuropeo, y que –por cerrar con una autora de nuestros días, prodigiosa síntesis de lenguaje puro y de hondura conceptual– lo haríamos con la pensadora española María Zambrano, a la que más adelante dedicamos una sección de este libro.
De estos hitos de la literatura universal hay que señalar, aunque sea de forma apresurada e imperfecta, algunas características comunes: a) en ellos la palabra es algo más que palabra escrita, pues suele ir unida a una experiencia personal e interior, física; b) en los textos de esta cadena de autores se funde la poesía y el pensamiento, de tal forma que cualquiera que sea el continente –poemas, prosas poéticas, ensayos, tratados filosóficos– comparten el don del mismo contenido: el de una sabiduría que admite también conocimientos matemáticos, musicales o religiosos. De esta manera, los distintos géneros literarios se ven superados por un mensaje común a todos ellos, interdisciplinar; c) todos los autores que pudieran incluirse en esta cadena suelen ser, en sus tiempos respectivos, exponentes de una heterodoxia, sea ésta de tipo literario, filosófico o religioso; y d) en ellos vemos aunadas aquellas cuatro aspiraciones primeras del hombre primitivo que, tantos siglos después, un científico humanista, Albert Einstein, trataba de armonizar al máximo: arte, ciencia, religión, filosofía.
Tres ejemplos
Me detendré someramente en tres de esos decisivos momentos en los que el ser humano aspiró a un conocimiento más absoluto: la mística, el romanticismo y el caso peculiar y aislado de María Zambrano. Las tres ramas de la mística –como ya afirmara Asín Palacios en su obra El islam cristianizado– no son sino ramas del mismo tronco, el que llama «pensamiento búdico». Algo, por otra parte, que con medias palabras ya nos había recordado Menéndez y Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles, al rastrear las raíces del quietismo de Miguel de Molinos, último –y tantas veces olvidado– eslabón de la tradición mística cristiana. Dice, en concreto, Menéndez y Pelayo, al darnos una relación muy parcial de la cadena iniciática: «La genealogía de Molinos [...] no para hasta los budistas indios». El quietismo, decimos nosotros, no es en el fondo otra cosa que un taoísmo.
Señalada la raíz oriental del fenómeno místico nos queda la duda de si, a la larga, «toda poesía no será en último extremo una mística». A ello no sólo contribuye el hecho de que la mayoría de los místicos cristianos y sufíes hayan sido poetas, sino también el que, en muchos casos, la mística se desnuda de religiosidad –parece trascenderla– y aceptando a duras penas cualquier orden jerárquico, persigue la purificación extrema de la propia personalidad, el vaciado del pensamiento y del ánimo, hasta llegar a la pura contemplación; probablemente aquella misma contemplación que a Miguel de Molinos le valiera prisión y muerte. La idea oriental de unidad y de silencio nutre la noche mística. Juan de la Cruz la había fijado con otras dos palabras: «Obrar y callar».
Nada nuevo diré al afirmar que el caso de san Juan de la Cruz es –universalmente hablando– un paradigma en este sentido. Lo que san Juan persigue –cito de Llama de amor viva–, «no tiene forma ni figura, y segura va [la memoria] vacía de forma y de figura». Juan de Yepes es un caso límite, extremo, de esas ansias de unidad y, por tanto, como hemos venido señalando, de la no siempre fácil fusión entre poesía y pensamiento. El místico escoge unas veces el verso y otras la prosa para apresar ese deshacimiento, esa última y siempre esquiva verdad.
En el capítulo XIII de la Subida del monte Carmelo hay, sin embargo, unos versos que sintetizan, de la más desnuda de las formas, esa fusión del sentimiento y de la reflexión. Para ello, el místico ha debido renunciar a la intensidad del poeta y debe transparentar al máximo el hilo de la meditación:
Para venir a gustarlo todo
no quieras tener gusto en nada;
para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada;
……………………………….
para venir a saberlo todo
no quieras saber algo en nada.
San Juan escoge como medio de expresión una forma poética tradicional, pero, ¿de dónde proviene la música contenida de su mensaje, dónde tiene su origen ese eco afinado y sublime, esa verdad que él reconoce como vacía en negación pura, esas nadas de que nos hablara en la Subida? ¿De Lao Zi, de Plotino, de Ibn Abbad de Ronda? No importa.
Él nos transmite el mensaje de la forma más escueta e intensa posible. No en vano, cuando compone estos versos en el monasterio de Los Mártires, en Granada, al pie de la Alhambra, está terminando allí mismo su poema más ambicioso, el Cántico Espiritual, un poema de poemas. Fue sin duda un período de grandes hallazgos creativos, la madurez de unos frutos que habían comenzado a crecer muchos años antes, en la soledad del eremitorio castellano de Duruelo.
Vengamos al segundo de los ejemplos, al del romanticismo. «En el romanticismo –ha dicho María Zambrano– poesía y filosofía se abrazan, llegando a fundirse en algunos momentos con furia apasionada, como amantes separados largo tiempo, y que en su encuentro presienten que su unión no será duradera; se funden con la pasión que precede a la muerte.» De ahí proviene ese sentido trágico que siempre se le ha atribuido al romanticismo. Independencia, sensibilismo, subjetivismo, individualismo, apoteosis del yo...
La palabra poética, en el romanticismo esencial –el centroeuropeopone otra vez en orden y en armonía el mundo, y la naturaleza será el gran espacio ideal, la fuente que mana de continuo y que saciará la sed de lo infinito. En él se darán los más extremados deseos de fusionarse con el alma del mundo. La poesía, al ser «concordancia de grandes fuerzas universales», será también sinónimo de vida: de vida ideal.
Poetas y filósofos de la naturaleza hablan el mismo lenguaje y, a su vez, su mensaje llega a ser, en muchos casos, el mismo de los místicos profundos. El poeta romántico también ansía la unidad, y el vacío, y lo innombrable, pues como Hölderlin nos recuerda en uno de sus poemas:
Sólo en breves instantes puede el hombre sufrir
la plenitud divina.
La noche es –como para el místico– el símbolo por excelencia y el sueño será para el romántico como el aire que respira. Dos símbolos –noche y sueño– que Lamartine resumió en un solo verso:
Gemía la noche, llena del rumor de los sueños.
También el romántico sabe que el «origen de los infinitos sufrimientos» reside en el alejamiento de la naturaleza y que la plenitud salvadora se halla en la participación activa en ella. ¿No se vuelven a fundir los extremos, los contrarios terribles que desgarran al hombre, en los versos de Novalis?
Y las olas del goce se rompían
contra las rocas del dolor sin fin.
El hombre no era ya más que un sueño combatiente; ese hombre que Schlegel definiera como nadie: «Imagínate lo finito bajo la forma de lo infinito y pensarás en el hombre».
Hay, sin embargo, en el romanticismo una vertiente exacerbada de la que algunos autores son protagonistas. El «nada en exceso» no es principio que rija entre los románticos. Las vidas de un Hölderlin, de un Kleist, de un Leopardi, de un Keats, marcan esa dirección sublime y peligrosa.
Ellos no pudieron fusionar razón y corazón como lo hiciera Goethe, aunque éste, mirando hacia atrás, abrazando el engañoso concepto de lo «clásico», no hizo otra cosa que guardar –a su manera– fidelidad a la primitiva idea de armonía. Pero desafortunadamente, Goethe ignorará el sentido unificador, profundísimo, de los mejores románticos y juzgará equivocadamente el movimiento al considerarlo como «enfermizo».
Los conceptos de antigua unidad, de sueño, de infinito, de belleza, marcan también en las obras de los románticos el buen camino que, a lo largo del tiempo, han seguido los autores de la cadena iniciática, todos cuantos han sido fieles a la intensa unidad de la palabra. Pero, en muchos de estos autores –las columnas del mejor romanticismo– la razón no dejaba de quemarse incesantemente y sus circunstancias vitales, nada cooperaron a un equilibrio absoluto. Ambos, en sus deseos de fundirse con el Todo, superaron los límites.
Para terminar con el tercero de los ejemplos recordaré el nombre y la obra de la pensadora María Zambrano. Ella escogerá la prosa como medio de expresión formal, aunque en algunas de sus obras (San Juan de la Cruz, Diótima de Mantinea, Claros del bosque o «La condenación de los pitagóricos», integrada en El hombre y lo divino), podamos hablar de prosa poética en el más alto sentido de esta expresión. Porque, en estos textos más creativos que sistemáticos, ¿dónde comienza la prosa y dónde termina la poesía?
¿No estamos, una vez más, ante esa palabra unificadora y transparente como un cristal, de que comenzamos hablando? ¿No tenemos de nuevo fundidos poesía y pensamiento en esta autora olvidada, hasta su regreso del exilio, por sus compatriotas? ¿Qué podríamos decir de los textos citados –al igual que de los últimos libros de poemas de un Juan Ramón Jiménez– que no fuese una incitación a gozarlos, a leerlos?
Como los románticos esenciales, como los neoplatónicos y los místicos, María Zambrano ha sabido encontrar el extraviado hilo conductor de una verdad plena, la que comparte por igual los hallazgos del sueño poético y del rigor reflexivo. Luego, en un plano más teórico, ha desarrollado una obra amplia y sin fisuras. Este mensaje teórico yo lo resumiría en cinco puntos que me parecen la síntesis de su pensamiento, y síntesis, a su vez, renovada de cuanto tantos y tan buenos autores han escrito a lo largo del tiempo. Estos cinco puntos son, a mi entender, los siguientes:
1) María Zambrano desmitifica la tópica condenación platónica del poeta, algo que nadie había hecho hasta ahora; o, al menos, con su lucidez. «Platón –nos dice–, como Ulises ante las sirenas, tiene que taparse los oídos para no escuchar su música, pues si la escuchara ya no volvería a escuchar ninguna otra. Platón “el divino” tiene que cerrarse a toda justificación del poeta y tiene que alejarlo de su República, porque, si le diese entrada, ¿qué iba a hacer él, Platón, sino poesía?»
Qué fácil ha sido resuelta, a nuestro entender, con estas palabras, la vieja polémica entre filosofía y poesía en el pensamiento platónico, qué aclarada queda la exclusión del poeta de una república de ideas y qué absurda la peligrosidad de la escritura «divina» para el Estado. Platón también era, qué duda cabe, un poeta y sólo comprendiendo esto se puede aceptar su aparente –sólo aparente– «condenación» de la poesía.
2) «La poesía deshace la Historia, la desvive hacia el ensueño primitivo, donde el hombre ha sido arrojado.» Por tanto, si la poesía deshace la historia, la poesía no es otra cosa que «la verdadera Historia».
3) «La realidad poética no es sólo la que hay y la que es, sino la aún no habida o no habida ya, y la que no es.» Ello nos lleva a reconocer el profundo sentido de intemporalidad que la poesía posee. Por eso, en consecuencia, el lenguaje poético no es sólo el de hoy, sino también el del ayer y el del mañana.
4) «El poeta se mantiene como en vacío, en disponibilidad siempre»; aunque, partiendo de este vacío, tenga en todo momento la misión de «recrear el universo». Este afán de universalidad es el que nos lleva a desconfiar del papel meramente testimonial, transitorio, de la poesía y a buscar en ella esa forma de conocimiento ambiciosa, única, que no admite parangón.
5) «La poesía quiere reconquistar el sueño primero, cuando el hombre no había despertado de la caída.» Ello quiere decir que el poeta debe luchar y que no descansará hasta encontrarse en la plenitud del origen; es decir, «en un lugar y en un tiempo fuera del tiempo, en el que el hombre fuera otra cosa que hombre».
Pocas palabras sintetizan mejor cuanto hasta aquí hemos querido señalar a través de una exposición que no ha pretendido buscar antagonismos entre poesía y pensamiento sino acordar ambos conceptos. A estos cinco puntos que resumen precipitadamente (y esencialmente) el mensaje de María Zambrano respecto al tema que nos ocupa, yo añadiría una anécdota personal.
Visitaba yo en una ocasión a María Zambrano. Tras un buen rato de conversación ella dejó caer una frase que a mí me sorprendió por la aparente contradicción que encerraba. Ella me dijo: «Lo único que hay que hacer es descreer y orar». Yo le pregunté enseguida que cómo se podía descreer y orar al mismo tiempo. Y ella me respondió: «Orando como oran los poetas; orando con la poesía».
Evidentemente, para ella –que es lo más lejano de un ser descreído– el término descreer no significaba otra cosa que purificarse vaciando los sentidos. Como en los místicos, como en el Tao. El círculo de nuestra exposición se vuelve a cerrar.
La vía práctica: el ritmo, la respiración
Yo también voy a dejar de reflexionar. Y no porque piense con la trágica radicalidad de Hölderlin que «el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona», pues ya he señalado sobradamente la necesidad que el ser humano tiene de armonizar los contrarios, de fusionar, hasta donde le sea posible, poesía y pensamiento. Mi exposición ha estado llena, en muchos casos, de consideraciones extrapoéticas y nada ortodoxas a la hora de analizar el tema propuesto. Precisamente por ello quisiera terminar haciendo una valoración más práctica que teórica de ese armonioso vacío, de esa fusión ideal –pero posible– de poesía y pensamiento.
Desde los orígenes, dos senderos parecen conducirnos, entre las tinieblas de la duda, hacia la verdad: el sendero de la práctica o experiencia y el de la teoría a todos los niveles. Escojamos para terminar y resumir nuestra incursión uno de ellos; quedémonos con la vía de la experiencia. Y quedémonos con el que es símbolo por excelencia: con la palabra en armonía, con la palabra rítmica, con la respiración.
Curiosamente, la práctica de la respiración consciente ha tenido también su cadena de iniciados; una cadena que no es otra que aquella a que ya hemos aludido, la de quienes fundieron en su palabra sentimiento y reflexión fulgurantemente, para lograr además una doble salud: la física y la espiritual.
Las primitivas filosofías hindú y china fueron maestras en el arte de la respiración rítmica. En los Vedas el ritmo respiratorio dominará los «vientos cósmicos», las añagazas de la existencia. En China la respiración es el camino para una verdadera «fisiología mística». Luego, Heráclito nos recuerda que hasta bajo el Hades «las almas tienen olfato».
La mística musulmana asume estas prácticas. Los monjes ascetas hesicastas las enriquecen. Es precisamente uno de estos monjes, Nicéforo el Solitario, quien –por primera vez, que sepamos– nos dejará un testimonio escrito de la combinación de la plegaria cristiana con una técnica respiratoria. Para el romántico quien respira, respira infinito, pues según ellos la respiración es nada menos que «la fuente de toda vida».
Si la respiración es la unificación y la totalización ideal de la conciencia, de la experiencia física y de la aspiración hacia lo sublime, en ella podemos asentar las bases más seguras para un conocimiento poético-filosófico de la existencia, y, por extensión, para acordar todo tipo de contrarios.
Respiramos en el vacío. Respiramos vacío. Respiramos y callamos. Y, con Dante, oímos la polifonía del universo, comprendemos que, a la larga, el poetizar sólo es un poco de acqua mischiata da bella neve y el razonar un modo de isfogar la mente. Y María Zambrano, la última iniciada de la cadena, ¿no nos dijo que al respirar, «las almas respiran en la armonía, respiran en el ritmo»?
Hasta aquí deseaba llegar tras exponer las que algunos considerarían peregrinas reflexiones sobre el ritmo y sobre la respiración. «Las almas respiran en el ritmo...» ¿Y qué ritmo puede ser éste –me pregunto yo– sino el ritmo de la inspiración –aquí sí que utilizo este término con todas las consecuencias–, el ritmo de la palabra entre los labios, el ritmo del poema, el ritmo del verso?
Nos acordamos con el Todo respirando la palabra, respirando rítmicamente, musicalmente. Y nos acordamos con el Todo cuando estamos inspirados. Y el que respira musicalmente con el verso respira infinito, funde los extremos. Callamos, respiramos, oímos la música inaudible, la escribimos, la pronunciamos en el recitado…
En las puertas de lo misterioso, a las que llegamos a llamar desde el comienzo de esta exposición, nos espera Orfeo con sus acordes. Orfeo, o por decirlo con el diamantino verso de Garcilaso de la Vega, «la dolorosa lengua de Tracia». Orfeo, el puente que de la manera más sutil unirá las culturas de Oriente y de Occidente y que al unificarlas acordará el pensamiento humano.
Así que la palabra –poética o no– no es otra cosa que música dolorida; música que, por estar traspasada por la experiencia humana del dolor –del dolor de sentir, del dolor de pensar– funde, una vez más, poesía y pensamiento.
En definitiva, respirando con el ritmo del verso –del poema– existimos en el más alto grado de consciencia, sanamos y buscamos la liberación.