Friedrich Wilhelm Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 en Röcken, pequeña ciudad alemana de la Turingia. Tanto su padre, Karl Ludwig Nietzsche, como sus abuelos paterno y materno fueron pastores protestantes. Esta genealogía cumplía literalmente lo que él luego diría con amargo desdén del pensamiento teutón: «El pastor protestante es el abuelo de la filosofía alemana». La zona de la Turingia en que Nietzsche nació había tenido originariamente población eslava y, pese a haber sido conquistada por los germanos muchos siglos atrás, la población conservaba un fuerte componente eslavo en la sangre. La familia de Nietzsche se proclamaba descendiente de un conde polaco fugitivo, el conde Nicki, aunque la declaración que leemos en Ecce Homo afirmando: «Yo soy un aristócrata polaco pur sang, al que ni una sola gota de sangre mala se le ha mezclado y, menos que ninguna, sangre alemana», debe cargarse más a cuenta del tan acusado pathos de la distancia nietzscheano que a la de la exactitud genealógica. Es improbable que Nietzsche descendiera de aristócratas polacos; pero es seguro que quería diferenciarse lo más posible del pueblo alemán, representado a sus ojos por su madre y su hermana. Pocos rastros hay en Nietzsche de ese nacionalismo delirante y agresivo que distinguió a algunos de los que de él se reclamaron… Cuando Friedrich tenía dos años nació su hermana Elisabeth, que debía ser su compañera, amiga, confidente, carcelera, verdugo, enfermera y, probablemente, amante. En modo alguno puede reducirse el papel desempeñado por Elisabeth en la vida de su hermano al de falsificadora torpe e interesada de sus papeles póstumos. En primer término, porque si bien es cierto que manejó de modo excesivamente inescrupuloso y posesivo los papeles de su hermano y que no entendió su pensamiento más que en una medida muy reducida, no es menos cierto que, gracias a ella, se han salvado, conservado y ordenado papeles cuyo volumen e importancia son decisivos en la obra de Nietzsche. En ciertos casos más litigiosos, como el de la obra póstuma La voluntad de poder, su labor es discutible y muy incompleta, pero racional y, en buena medida, no desacertada. Dudo que el «objetivismo» de una ordenación cronológica hubiese sido más del gusto de Nietzsche que la agrupación «interesada» que su hermana dio a sus últimos escritos. Pero, en segundo lugar, lo importante y terrible de la intervención de Elisabeth hay que buscarlo en vida de su hermano, no tras su muerte. ¿Quién puede sondear suficientemente la feroz y absorbente pasión de la hermana por su hermano, en la que se mezclaron el orgullo, la ternura, el deseo, los celos y la compasión? ¿Quién puede comprender del todo la fascinación que Nietzsche sintió por Elisabeth, su aterrada atracción por esa Antígona a la que odiaba con desesperada dulzura, que fue para él la Mujer eterna, la insoslayable realidad de lo femenino? Sería completamente ingenuo resolver que Elisabeth, la torpe e hitleriana Elisabeth, fue sencillamente una desdicha en la vida de Nietzsche; que, sin ella, él se habría casado, hubiera llevado una vida sexual normal (¿qué puede significar esto?), no habría caído en la locura y hubiese logrado comprender y ordenar su obra personalmente. No: Nietzsche fue Nietzsche en buena medida por su hermana, ella le ayudó a ver, le provocó a pensar. Dice Cioran que toda desdicha tiene su utilidad en el plano metafísico, como estimulador del intelecto; esto es tan cierto en el caso de Elisabeth Nietzsche que ni siquiera tenemos derecho a considerarla un mal necesario.
Volvamos a la infancia de Nietzsche. El ambiente familiar era piadoso y algo pacato, pero no rigorista. El padre fue un hombre dulce y amable, enfermizo, que murió a los treinta y seis años, cuando Friedrich contaba cinco. Era el año 1849; al año siguiente, la familia se traslada a Naumburgo, en el Saale, donde Friedrich va a cursar sus estudios primarios y secundarios. Es interesante hacer notar que aprendió a hablar bastante tarde, como suele ocurrir a personas que van a estar dotadas en el futuro de gran brillantez verbal. En la escuela, parece que no se adaptó demasiado bien a la vida bulliciosa de los pequeños estudiantes; su carácter era más bien serio y retraído. Su hermana cuenta de esos primeros años escolares: En la escuela primaria se sentía completamente aislado. Este niño grave y reflexivo, de maneras dignas y corteses, parecía tan extraño a los otros niños que no había ningún acercamiento amistoso ni por una parte ni por otra, salvo en forma de hostigamiento. El mismo Nietzsche debió de tener toda su vida muy presente el recuerdo de su seriedad en la niñez, pues solía reír mucho al llegar a la edad adulta y le decía a su hermana que, en lo tocante a la risa, tenía que recuperar el tiempo perdido. No faltan los detalles que muestran hasta qué punto era respetuoso de las ordenanzas recibidas y excesivamente circunspecto para su edad: cierto día, su madre y su hermana le esperaban a la salida del colegio bajo un fuerte aguacero; todos los niños de la clase salieron corriendo, en busca de refugio; finalmente apareció él, caminando reposadamente bajo la lluvia; su madre le gritó para que se apresurase, pero él no se inmutó, y, cuando finalmente llegó junto a ellas, les dijo que se les había ordenado que no salieran del colegio corriendo y saltando, sino caminando con compostura. Según se nos cuenta de aquellos días, Nietzsche era un niño muy religioso, cumpliendo sus obligaciones en este sentido con verdadero escrúpulo. Se sentía muy vinculado a su hermana, a la que servía de mentor moral y orientador de sus lecturas. Ante todo, le recomendaba veracidad y dominio de sí misma. «Los descendientes de un aristócrata polaco no deben mentir, decía; eso queda para los otros.» En el año 1856, contando Friedrich doce de su edad, comienza a sufrir fuertes dolores de cabeza, probablemente debido a trastornos de la vista. Estos dolores le durarán toda su vida, amargándole muchos buenos momentos, y convirtiéndole la lectura y la escritura en un auténtico suplicio.
Al cumplir los quince años ingresó en la renombrada escuela de Pforta, para cursar en ella sus estudios secundarios. Toda su orientación intelectual posterior queda marcada por la sólida formación humanística que recibe en este centro. Nietzsche demostró gran capacidad para todas las materias, a excepción de las matemáticas, frente a las que mostraba una torpeza excesiva. Aumentó su afición a la música y sus aptitudes de intérprete y compositor; tocaba el piano con una brillantez y sensibilidad notables, teniendo gran facilidad para improvisar. Wagner le elogió en este sentido alguna vez, diciéndole que era demasiado buen músico para ser profesor. Respecto a su carácter, hizo esfuerzos por confraternizar con sus compañeros. Según el registro de castigos de la escuela, se le impuso una sanción el 14 de abril de 1863 por haberse emborrachado con cerveza en la estación de Kösen, en compañía de un condiscípulo; el hecho no deja de ser curioso, porque durante toda su vida se mantuvo alejado del alcohol y del tabaco, mitad por decisión ética y mitad por intolerancia física. Sus compañeros le respetaban pero no se hacía querer. Su mejor amigo fue Paul Deussen, más tarde orientalista y autor de una obra clásica sobre el Vedanta. Según su testimonio, Nietzsche no gozaba de excesiva popularidad, contribuyendo a ello su escaso interés y disposición para los ejercicios gimnásticos. Continuó padeciendo frecuentes jaquecas e incluso fue enviado alguna vez a su casa a reponerse. La influencia intelectual más fuerte que debió de experimentar en Pforta fue la de Steinhart, el gran traductor de Platón, que fue profesor suyo. El más insigne de los antiplatónicos fue, ante todo, un excelente conocedor de Platón. Por esa época comienza a leer a Schopenhauer, su mentor filosófico más indudable y señalado. Según su hermana, si Schopenhauer hubiese vivido todavía (murió en 1860), Nietzsche hubiese corrido a saludarle como a un amigo, como a un padre.
En 1864 acaba sus estudios secundarios en Pforta y se traslada a Bonn, para estudiar en esa universidad teología y filología clásica. Su madre todavía supone que se está preparando para ser pastor, como su padre y su abuelo. Acompañado de Deussen, se inscribe en la sociedad estudiantil Franconia, en un esfuerzo por confraternizar con otros jóvenes, pero el resultado no es muy satisfactorio. Al año siguiente, en una dolorosa discusión, confiesa a su madre que no ha de ser pastor, sino filólogo. En febrero de 1865, en un viaje a Colonia, solicita a un amigo la dirección de un restaurante y éste le proporciona la de un burdel. Al día siguiente le cuenta así la aventura a su amigo Deussen:
Me encontré repentinamente rodeado de media docena de criaturas vestidas de gasa y de lentejuelas, que me miraban ávidamente. En principio quedé clavado en el sitio. Luego, avancé instintivamente hacia un piano que me pareció el único ser dotado de sentimientos de aquella compañía y toqué algunos acordes. Disiparon mi estupor y pude salir de allí.
Más tarde, Nietzsche señalará esta época como la de su infección sifilítica, que quizá contribuyó a la locura de sus últimos años.1 Ese mismo año se traslada a Leipzig para estudiar filología clásica con el máximo especialista de su época, Ritschl. Son años de gran entrega a los estudios clásicos; funda una «Asociación filológica», en la que da conferencias sobre temas humanísticos. En el verano de 1867 estrecha una gran amistad con el también filólogo Erwin Rhode, quien, sin dejarse influir mucho por Nietzsche en lo profundo ni entenderle demasiado, conservó por él un vivo afecto hasta el fin de sus días. Por esa época hizo Nietzsche su servicio militar en un regimiento de caballería, sufriendo una caída desde su montura a la que también se atribuyen consecuencias en su parálisis posterior.
El año 68 conoce a Richard Wagner, en quien encuentra o cree en un principio encontrar a ese padre espiritual que la muerte de Schopenhauer le impidió tener. La joven esposa del compositor, Cósima, la Ariadna de las últimas invocaciones arrebatadas, establecerá entre ambos su importante y turbia mediación. La carrera académica de Nietzsche no puede ser más brillante: su maestro Ritschl le recomienda a la Universidad de Basilea como una de las grandes promesas de la filología alemana y su posible sucesor a la cabeza de ésta. A los veinticuatro años, sin título de doctor siquiera, Nietzsche es nombrado catedrático extraordinario de la Universidad de Basilea. Ese mismo año, consecuente con su antigermanismo, abandona la ciudadanía alemana y se hace suizo. Sus clases comienzan con un curso sobre «Homero y la filología clásica»; son seguidas con auténtica expectación y gran éxito entre los alumnos. Es un profesor brillante, dedicado en sus clases casi por completo a traducir, sin especial atención a la morfología o la sintaxis. Sin embargo, algunas de sus conferencias preparatorias de lo que luego será El nacimiento de la tragedia le ganan fama de extravagante y paradojista entre los filólogos profesionales, que ya comienzan a ventear que éste no es de los suyos… En esos años conoce a dos de sus mejores amigos: el historiador Jakob Burckhardt y el teólogo Franz Overbeck. Alentado por Richard Wagner, que espera de él un respaldo teórico para su música, Nietzsche comienza a escribir un libro, cambiando frecuentemente de título y amplitud de tema. Parte de él lo piensa en un permiso que solicita a la universidad para intervenir, como enfermero voluntario, en la guerra franco-prusiana. El libro, publicado finalmente en 1871, se titula: El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música.
La obra suscitó un asombrado silencio a su alrededor, sólo roto, al cierto tiempo, por el entusiasmo de Richard Wagner, que se consideraba gran beneficiario de la obra, y de Erwin Rohde, quien, no sin dificultad, logró publicar un artículo periodístico de alabanza. Pero los filólogos académicos consideraron el libro como un insulto personal y los enemigos del viejo Ritschl encontraron un excelente motivo para atacarle en la figura de su discípulo favorito. Hermann Usener, autor de una importante obra sobre El nombre de los dioses, dijo del libro que su autor estaba científicamente muerto. Ulrico von Wilamowitz Möllendorf, que no había ocultado su inquina contra el pronto nombramiento de Nietzsche como catedrático, calificándolo de «nepotismo», publicó un panfleto de 32 páginas titulado ¡Filología del futuro!, en el que arremetía contra la obra negándole todo valor científico, recusando la exactitud de los datos y pidiendo irónicamente a Nietzsche que se fuera con el tirso a pastorear panteras, como Dionisos, pero que no corrompiera intelectualmente a la juventud estudiosa de Alemania. Nietzsche no respondió personalmente a este ataque; lo hizo en su lugar Erwin Rohde, que se enzarzó con Wilamowitz en una resonante polémica. A consecuencia de esto, Nietzsche tuvo prácticamente que suspender sus clases el semestre siguiente, porque los alumnos no acudían a escuchar a un profesor tan sospechoso. Aunque todavía continuó su labor docente, con licencias temporales y altibajos, hasta 1879, puede decirse que su brillantísima y fulgurante carrera académica quedó hundida por su primera obra.
La segunda obra de Nietzsche la constituyen cuatro escritos de mediana extensión, que fue publicando por separado entre los años 1873 y 1876. Tituló a estos escritos Consideraciones intempestivas, pues significaban una ruptura con los vigentes modos de pensar modernos. Con un acerado talento crítico, Nietzsche zarandea las grandes veneraciones de su época: el «progresismo» religioso de los racionalistas, el historicismo positivista, la academia filosófica, el arte burgués… Se enfrenta sobre todo con el mito de la modernidad y el progreso, orgullo y plaga de su tiempo, como del nuestro. Entretanto, su salud empeora alarmantemente. Asiste a los primeros festivales de Bayreuth, que le decepcionan hasta lo más hondo. Comienza a ver en la música de Wagner un adormecedor de la inteligencia, que no colabora a devolverla al éxtasis dionisíaco sino al letargo cristiano; años más tarde, el Parsifal confirmará esta opinión. En 1876 pasa el invierno en Sorrento, donde se entrevista por última vez con el compositor; dos años más tarde romperá definitivamente con el matrimonio Wagner, con indecible desgarro íntimo. Entre 1875 y 1878 escribe la primera parte de Humano, demasiado humano, que acabará en 1880. En esta obra inaugura su estilo aforístico, la escritura nerviosa, briosa, de trazos incisivos: inventa la brevedad contra el Sistema. Por otro lado, su enfermedad ocular le impide escribir demasiadas horas seguidas, le impele hacia lo conciso. Su amigo Peter Gast –el músico Henrich Köselitz–2 le presta inestimables servicios como amanuense y como ayuda en todos los sentidos, incluso como chico de los recados. La enfermedad le hace cada vez más difícil valerse por sí mismo: jaquecas, dolores de ojos, vómitos constantes. Pero es privilegio de la fuerza utilizar hasta la enfermedad en provecho propio; así describe Nietzsche en Ecce Homo el lado útil de sus dolencias:
La enfermedad me proporcionó el derecho a dar la vuelta a todos mis hábitos por completo: me permitió olvidar, me ordenó olvidar; me hizo el regalo de obligarme a la quietud, al ocio, a esperar, a ser paciente…, ¡pero esto es lo que quiere decir pensar! Mis ojos, por sí solos, pusieron fin a toda bibliomanía, hablando claro, a la filología: yo quedaba «redimido» del libro, durante años no leí nada –¡el máximo beneficio que me he procurado!
Desde entonces hasta el final de su vida lúcida vagabundeará por Europa de un lado a otro. En 1879 se ha jubilado voluntariamente de la universidad, que le concede una pensión; con ella y los réditos del patrimonio familiar (el beneficio que saca de sus libros es prácticamente nulo) vivirá errante en la más austera estrechez. Riva, Génova, Sicilia, Rapallo, Niza, Sils-Maria (en la Alta Engadina), Turín…, etapas de un periplo laberíntico, en busca del sol, del aire puro de la montaña o de la orilla del mar. Vive en pequeñas pensiones, en modestos albergues de montaña; aterido de frío, a veces, en minúsculas habitaciones sin calefacción; luchando con velas baratas contra su mala vista, comiendo con absoluta frugalidad, sin vino, sin tabaco, sin mujeres, casi sin amigos, casi sin lectores, administrando con increíble parsimonia su escaso dinero… Así se gesta su obra pura y alegre, tónica y jubilosa, vertiginosa y lúcida.
En 1881 publica Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales. En 1882, en Roma, conoce a la extraordinaria Lou von Salomé, mujer de una belleza tan fuera de lo común como su inteligencia. Nietzsche pudo hablar con ella como nunca había hablado con ninguna mujer, quizá como nunca había hablado con nadie. Lógicamente, creyó haber encontrado la compañera que necesitaba, la auténtica hermana de su alma. Por dos veces la solicitó en matrimonio y por dos veces Lou von Salomé le hizo notar que le interesaba tanto como pensador cuanto le repugnaba como hombre. Tenía Lou por Nietzsche cierta inclinación de psiquiatra: le miraba como un caso, aunque reconoció de inmediato su talento. Por otra parte, Elisabeth se opuso inmediatamente a la forastera que amenazaba con robarle a su hermano. En 1882 publicó Nietzsche La gaya ciencia, donde se habla por primera vez del eterno retorno. Ese mismo año, en los diez primeros días de febrero, escribe la primera parte de Así habló Zaratustra, una de esas escasas obras que justifican por sí solas toda una cultura. Mientras, la soledad de Nietzsche y su enfermedad se acentúan: Lou se ha ido definitivamente y, desde lejos, le comunica su compromiso matrimonial con el doctor Andreas; su hermana Elisabeth se casa con Förster, una especie de siniestro plantador negrero, al que Nietzsche detesta por su antisemitismo, y le sigue a una plantación en Paraguay. Sus dolores de cabeza, abatimientos nerviosos y trastornos gástricos son casi constantes, tanto más desdichados cuanto que Nietzsche no es un pensador de gabinete, sino un peripatético que necesita salir al aire libre y caminar largamente para poder pensar de modo satisfactorio, lo que frecuentemente le está vedado por su estado de salud. Toma ya muchísimas medicinas, también bastantes drogas calmantes. Vive su eterna vida de huésped de pensión económica, charlando en la mesa con encanto, si su salud se lo permite, de pequeñas cosas ingeniosas con señoras ancianas o púdicas señoritas de balneario, a las que desaconseja la lectura de sus libros. En 1886 publica Más allá del bien y del mal y, al año siguiente, La genealogía de la moral. Lee a Dostoiewski por primera vez y comienza su correspondencia con su admirador, el dramaturgo August Strindberg. En 1888 escribe sin descanso y acaba dos escritos contra Wagner, El caso Wagner y Nietzsche contra Wagner, unos poemas (los Ditirambos de Dionisos), dos ensayos exasperadamente polémicos y anticristianos, El crepúsculo de los ídolos y El Anticristo, y una autobiografía: Ecce Homo. Es el último esfuerzo por decirlo todo, por saldar cuentas con el Crucificado…
A finales de 1888, Friedrich Nietzsche vive días exaltantes en la ciudad de Turín. Todo le entusiasma: las calles, por las que gusta pasearse, sin añorar el campo, la trattoria, en la que come la mejor comida a bajo precio, la excelente cocina piamontesa, la gente que encuentra en los comercios y que le mira con simpatía, la viejecita que le vende uvas dulces y le rebaja el precio… Nadie le toma por alemán, lo cual aumenta su alegría. Además, sus últimos escritos, sobre todo el Ecce Homo, le han dejado sumamente satisfecho. Este último libro lo comenzaba con esta frase enigmática: «Como preveo que dentro de poco tendré que dirigirme a la humanidad presentándole la más grave exigencia que jamás se le haya hecho…». Son momentos de plenitud, de afirmación sin reservas. Pasea por la calle vestido con su bata de estudiante, palmeando alegremente en el hombro a los viandantes, mientras les revela su nombradía: «Siamo contenti? Son dio, ho fatto questa caricatura…». Es la mañana, el día se afirma, se avecina el gran mediodía, el momento de la sombra más corta, de la aceptación de la sombra… Cuenta David Fino que por las tardes tocaba durante horas el piano y la hija de Fino, que era músico, reconoció al compositor que más interpretaba: Wagner. Incontenible, contradictoria, se abre paso una gran piedad para con el hermano animal: en el café de Turín que frecuentaba entablilla la pata rota a un perrillo accidentado, vendándola con su pañuelo; se abraza llorando al cuello de un viejo caballo de tiro, incapaz de seguir arrastrando su carga en la noche lluviosa, pese a los latigazos del cochero. Su inmensa alegría, la plenitud de su gozo, vista desde fuera, por los otros, es la imagen misma de la tristeza; todos los que le ven en esa época hablan de él como de un hombre taciturno, solitario, infinitamente melancólico. ¿Será posible que nadie pueda reconocer la dicha, a menos de compartirla? Escribe cartas y postales extrañamente jubilosas, enigmáticamente triunfales… A Peter Gast: «Mi maestro Pietro: Cántame una nueva balada: el mundo se ha oscurecido y todos los cielos se regocijan de ello». Firma: El Crucificado. A Georg Brandes, su descubridor danés: «¡Al amigo Georg! Después de haberme descubierto, no significa gran cosa encontrarme: lo difícil, ahora, es perderme…». A Jakob Burckhardt: «Ésta fue la pequeña broma con la que me justifico el tedio de haber creado un mundo. […] Yo, junto con Ariadna, sólo tengo que ser el equilibrio dorado de todas las cosas…». Y firma: Dionisos. Bajo la misma rúbrica escribe a Cósima Wagner: «Ariadna, te quiero». Comunica sus últimas disposiciones: convoca en Roma un congreso de casas reinantes europeas, con exclusión de los Hohenzollern; escribe a su querido hijo el rey Humberto de Italia y a su no menos querido hijo Mariani, cardenal secretario de Estado del Vaticano; decide «fusilar al emperador alemán y a todos los antisemitas»; se apresta a ocupar el lugar vacante del antiguo Dios, después de la deserción de éste… ¿Es la locura? ¿No hay acaso una férrea coherencia con el resto de sus producciones? Más razón tienen quienes rechazan toda su obra como el delirio de un loco que quienes redimen a Nietzsche de sus últimos escritos, de sus consignas definitivas. Bebe dos o tres garrafas de agua diarias; se cae en la calle y debe ser llevado por los transeúntes a su pensión: improvisa un estremecedor Oratorio al piano que asusta al vecindario. Es el comienzo del final: Burckhardt, al recibir su última carta, avisa alarmado a Overbeck. Este fiel amigo se traslada a Turín, el 8 de mayo de 1889, a la Piazza Carlo Alberto. Encuentra a Nietzsche acurrucado en un sillón, con las pruebas del Nietzsche contra Wagner en la mano. Es internado en una clínica de Basilea, con el diagnóstico de «reblandecimiento cerebral» y «parálisis progresiva». Su madre se lo lleva a Jena, a la clínica del doctor Biswanger. Nietzsche tiene cuarenta y cinco años: jamás volverá a pasear libremente por sus amados espacios abiertos, por la fría y pura montaña de la Alta Engadina, por la cálida orilla del mar, donde el último rayo de sol poniente hace que el pescador más humilde reme con remos de oro… Europa comienza a descubrir su obra; Peter Gast y su hermana se hacen cargo de sus obras completas. Trasladado de Jena a Naumburgo, de Naumburgo a Weimar, continúa inconexo, divagatorio, exultante o mortalmente triste. Grita, gesticula, se derrumba: frecuentemente no conoce a nadie. Se le intenta aplicar extraños remedios, drogas exóticas o la terapia por controversia del sospechoso doctor Langbehn. Freud acaba de escribir su ensayo sobre Charcot y la histeria, pero aún no ha patentado el psicoanálisis. La parálisis avanza, el estado general del paciente empeora. Está bajo vigilancia, primero, de su madre y luego, tras la muerte de ésta, bajo la exclusiva protección de su hermana Elisabeth. Hay momentos de desgarradora emoción, como éste contado por Gabriela Reuter: Kögel nos leía, con su voz joven y viril, vibrante de emoción, El Anticristo, todavía manuscrito. Y cuando se callaba un momento, oíamos salir de la habitación vecina –siniestro acompañamiento de ese himno heroico pletórico de audacia y de insolencia, lleno de la sangrante ironía con la que un poderoso espíritu demolía los altares levantados por la piedad de los siglos– un sordo gruñido, un rugido parecido al de una bestia cautiva. Era Nietzsche, enfermo y confinado, que había olvidado toda la obra ante la que nos inclinábamos temblorosos. Y, sin embargo, aún vivía.
El día 25 de agosto de 1900, a las puertas de un siglo que le convertiría en bandera y en martillo, tras once años de ese estado enigmático que llamamos «locura», una apoplejía acabó con la vida de Nietzsche. Su hermana Elisabeth, en cuyos brazos murió, describe su muerte con las palabras utilizadas años atrás por el propio Nietzsche para describir el final de Zaratustra: Movió los labios y los cerró, como si tuviera aún algo que decir y vacilase. Y los que le veían creyeron discernir en su rostro un vago rubor. Dice Elisabeth que su última mirada fue solemne e interrogadora.