1. Hay tiempo para elegir
“Si estás a la deriva, la única salida es rock.”
Riff. “Que sea rock”
Decir que en Buenos Aires se corría la coneja, sería algo inexacto, ya que en 1536 no había conejos en la pampa, que en verdad estaba repleta de indios y de tigres. También sería equívoco llamar tigres a los jaguares y, sobre todo, pumas, verdaderos señores de estas tierras. Ellos, y los indios que la historia bautizó como querandíes. Pedro de Mendoza, ilusionado con encontrar una nueva fuente de riquezas en los parajes del Mar Dulce –nuestro Río de la Plata–, se sintió estafado por su propia ilusión: la pampa era chata e inerte y los indios eran malos. No eran como las más amistosas tribus del Caribe, que se contentaban con espejitos y piedras relucientes, que tenían una buena predisposición para los que venían a “conquistarlos” y procuraban que no les faltase de comer.
Los historiadores no tienen la menor idea de qué fue lo que pudrió la relación entre los españoles al mando de Pedro de Mendoza y los querandíes, pero un buen día los indios dejaron de volver con pieles y comida. Las versiones más revisionistas, aseguran que los indios se cansaron del maltrato y la soberbia de los conquistadores; otras miradas, más mercantilistas, sostienen que los indios no se conformaban con los espejitos y en realidad se mostraban más interesados por las armas de fuego que les permitirían combatir a los “tigres”. Los españoles, que estaban cansados y hambrientos, pero que no compraban espejitos tampoco, supieron que esas armas que los indios querían, tarde o temprano, se usarían en su contra. No hubo trato.
El problema es que los “tigres” también tenían hambre y muy poca educación: se abalanzaban sobre el primer ser humano que divisaran y, en especial, sobre los caballos que montaban, los que no sabían muy bien qué hacer frente a esas bestias a las que no estaban habituados. De manera que se estableció un cerco perimetrando una parcela de lo que hoy es Buenos Aires, gracias al cual los españoles estarían a salvo de los “tigres” (hasta cierto punto, por que a veces las bestias saltaban el cerco) y de los indios, que ya habían dado indicio de su mal carácter despedazando a la expedición que fue a “preguntarles” el porqué de su súbita indiferencia. Esos malos modales indígenas causarían el enojo de Pedro de Mendoza que se decidió por hacer tronar el escarmiento.
El hambre se convirtió en un problema tal que hubo que tomar medidas drásticas, como castigar con la muerte a aquel que se comiese a los caballos. Agarraron a tres con la boca llena y los colgaron; al día siguiente, aparecieron sin piernas, las que sirvieron para alimentar a los más desesperados. La Maldonado, una de las pocas mujeres de la expedición, comprendió que se había llegado a un límite y desafió las órdenes, traspasando el cerco en búsqueda de comida. Los hechos son imprecisos y han sido deformados por el transcurso del tiempo y las múltiples narraciones.
Al límite de sus fuerzas, extenuada y hambrienta, la Maldonado se metió en una cueva a descansar. Aparentemente, se durmió y la despertó el ruido de un ejemplar de puma hembra, que le dejó al lado un pedazo de carne con el que la Maldonado recuperó fuerzas. Estas le sirvieron para devolver el favor, ya que la puma emtió un sordo rugido y se dejó caer sobre un costado: estaba dando a luz. La Maldonado se quedó a su lado hablándole tiernamente, acariciándola y ayudándola con los dos cachorros, para que estos pudieran salir con rapidez de su vientre y encontraran sin demora el lugar en su teta.
Las posibilidades se bifurcan de acuerdo a quien hubiese encontrado a la Maldonado cuando reanudó su viaje. Pero todo terminaba de igual manera: encarcelada por aquellos que salieron a buscarla, o bien por haberse encontrado con los indios quienes la habrían acogido en la tribu, o por haber desobedecido las órdenes de Pedro de Mendoza de no traspasar el perímetro. El castigo fue atarla a un árbol y abandonarla a su suerte. Fueron tres días interminables para la Maldonado, que padeció una suerte de crucifixión a la criolla. Pero las cosas empeoraron aún más cuando un puma se acercó a ella con ánimo alimenticio. Fue entonces que, de las sombras, la puma a la que ella había ayudado, seguida por sus cachorros, salió en su defensa y no permitió que el otro animal se le acercase. Hubo una feroz batalla entre ambos, y cuando surgió un vencedor, la Maldonado pensó que el final había llegado, porque la bestia se le acercó sigilosamente. Esperaba un salto y unas garras que la partieran en dos, pero sintió que el puma le lamía los pies.
El felino se quedó a su lado hasta que una patrulla de soldados fue a ver qué había sido de su suerte, pensando que en verdad podrían comer sus restos. Gran susto se pegaron cuando encontraron al puma custodiando a la cautiva. La Maldonado ya había muerto, pero tuvieron que matar al puma para poder comprobarlo. Otras narraciones dicen que la expedición disparó al aire para ahuyentar al animal y poner fin a la agonía de la mujer; cuando lo hicieron, un aullido desgarrador del puma hizo un tajo al aire. Y también se dice que, habiendo sobrevivido tan dura pena, y con un hecho sobrenatural como la presencia del puma, los soldados la desataron y la dejaron volver al perímetro, pensando que ya había purgado su falta.
Es curioso pero La Maldonado y Buenos Aires compartieron suerte: ambas fueron abandonadas. La primera atada a un árbol; la segunda, cuando Pedro de Mendoza murió de sífilis y la expedición decidió remontar el río Paraná hacia Asunción, donde la situación era mucho más benigna, con una indiada más sumisa y mayor cercanía a la ciudad de Lima, la verdadera “reina de la plata”. Prendieron fuego a lo que había y se tomaron el buque, literalmente. La historia de la Maldonado aconteció cerca de un curso de agua al que ella seguía para no deshidratarse. Su leyenda fue contada generación tras generación. Cuando la ciudad de Buenos Aires comenzó a tomar forma real, varios siglos después, el arroyo recibió el nombre de Maldonado en su honor.
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Buenos Aires se desarrolló con vocación de metrópoli en el despuntar del 1900, y necesitó imperiosamente expandir sus límites; en ese sentido, el arroyo Maldonado fue lo más parecido a una maldición, como si la mujer por la cual recibió su nombre se hubiese querido vengar de la tierra que le hizo padecer sufrimientos atroces. El arroyo era el desague natural de un montón de tierras que lo circundaban desde su nacimiento, cerca de la estación San Justo hacia el lado de Ciudadela, hasta desembocar en el Río de la Plata. Nadie quería vivir a su vera porque cada vez que llovía se desbordaba. Buenos Aires fue paulatinamente incorporando pueblos aledaños como Flores o Belgrano y el Maldonado era cada vez más un problema a solucionar, ya que limitaba el crecimiento y la comunicación. A medida que el parque automotor crecía, la situación empeoraba porque los puentes no daban abasto. Además, los desbordes se convertían a menudo en verdaderas inundaciones incontrolables que arrasaban lo que hubiera a su paso: caballos, personas, casas, vehículos. Cuando las aguas bajaban, sus márgenes quedaban convertidas en horrendos lodazales. Las tierras lindantes estaban completamente desvalorizadas.
La creciente población de Buenos Aires hizo que para 1920, el arroyo Maldonado fuera un problema dramático. Alguien sugirió hacerlo navegable y comunicarlo con el Riachuelo mediante canales transversales que atravesarían la ciudad. La idea de una Buenos Aires náutica no duró demasiado, pero en esas discusiones apareció otra mejor: entubar el Maldonado. El proyecto es diseñado en 1924, se aprueba cuatro años más tarde y, en 1929, comienzan las excavaciones para el entubado. Casi un lustro se tarda para que el arroyo quede aprisionado por un inmenso canal desde su desembocadura hasta la calle Bolivia. Se presenta un nuevo problema: ¿qué hacer con la traza que queda sobre el entubado? Ese problema no impide que las márgenes del Maldonado, con sus aguas ya canalizadas, comienzen a ser habitadas por familias de inmigrantes de todo tipo, entre las que predominan las españolas e italianas.
Pascual Napolitano, nacido en Cirò Marino, Italia, podría haberse quedado en su patria disfrutando de la fortuna familiar amasada en torno a los viñedos que poseían. Su temperamento emprendedor y algunos desacuerdos con su madre lo llevaron a buscar un destino diferente y lejano en la Argentina, país al que llegó con dieciocho años acompañando a un tío que era cura. Se radicaron en Elortondo, provincia de Santa Fe, donde el religioso encontró una iglesia en la que trabajar. Pascual estaba más interesado en la metalurgia que en la religión, hasta que descubrió que en aquel templo había una chica preciosa que enseñaba a leer y a escribir a aquellos fieles que no habían podido acudir al colegio, mientras también los instruía sobre el catolicismo. Se llamaba Vicenta Pensa, y no tardaría mucho en convertirse en su mujer. Tras el casamiento, la pareja decidió afincarse en el pueblo de Santa Isabel, un poco más al sur, donde Pascual podía encontrar mejores condiciones de trabajo con todo lo que fueran máquinas. Allí tuvieron a todos sus hijos en dos tandas, ya que Pascual quiso volver a Italia con su mujer para que sus padres la conocieran.
No fue una buena idea: Vicenta no le cayó nada bien a la madre de Pascual, que tuvo un trato de lo más descortés para con su nuera, a la que hacía comer con la servidumbre, en clara señal de desprecio. Pascual tuvo que callar porque Vicenta volvió a quedar embarazada, pero en su cabeza no dejaba de dar vueltas la idea de la independencia. No sería problema conseguir de su familia los fondos necesarios, no sólo para volver a la Argentina, sino para encarar su obra más ambiciosa: un taller metalúrgico. Su madre, disconforme con el matrimonio de su hijo, lo prefirió lejos y no obstruyó sus planes. Pero esta vez, la familia se quedó un tiempo en Buenos Aires, y alquilaron una casa quinta a un precio muy conveniente en la calle Bufano. La mayor parte del dinero que Pascual traía de Italia sirvió para comprar una propiedad nada menos que a la vera del Maldonado. Era un arriesgado: el arroyo no había sido entubado y cada dos por tres había inundaciones. Pero Pascual ya había apostado al futuro cuando por segunda vez eligió este país. Y no era un hombre que se echara atrás con facilidad. Por otro lado, las tierras cercanas al arroyo estaban poco menos que regaladas.
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Don Pascual retornó a Santa Isabel para terminar de conformar la familia y criar los hijos. Fueron doce hermanos, entre ellos un par de mellizos, uno de los cuales fue bautizado como Carlos, poco después de su nacimiento en el mes de mayo de 1917. Cuando la familia se completó y sus planes maduraron convenientemente, Pascual resolvió su radicación definitiva en Buenos Aires. Se instalaron en el terreno a la vera del Maldonado, ya edificado, donde vivieron y también trabajaron en el taller metalúrgico “Pascual Napolitano e Hijos”. De a poco y con paciencia, cada uno de los descendientes de Vicenta y Pascual fue aprendiendo el oficio de la construcción de calderas, al tiempo que el arroyo se iba entubando, lo que ayudaba enormemente a los planes de Pascual.
El barrio en el que se estableció la familia Napolitano había recibido el nombre de Villa General Mitre en 1908. No es capricho que se lo asocie con La Paternal, ya que el estadio de Argentinos Juniors queda dentro del perímetro de Villa General Mitre, que en un tiempo fue llamado “Flores Norte” por algunos desprevenidos. Con el entubamiento del Maldonado y la aprobación del proyecto de construir una avenida sobre la extensión de tierra que había quedado tras la obra concluida en 1934, Villa General Mitre comenzó a progresar en serio. Tres años más tarde, el 9 de julio de 1937, se inauguraba un símbolo de la modernidad porteña de mitad de siglo: la avenida Juan B. Justo, en honor al médico socialista, primer traductor de El Capital, de Marx, del alemán al castellano, fundador del periódico La vanguardia y creador de la Cooperativa “El hogar obrero”. Fue también diputado y senador.
Desde su inauguración, la serpenteante Juan B. Justo –que sigue la loca trayectoria del Maldonado– fue la comunicación más directa con el oeste de la ciudad, atravesando Palermo, Villa Crespo y Villa General Mitre hasta lo que hoy es la avenida Nazca. El crecimiento de la ciudad hizo necesaria la prolongación de Juan B. Justo hasta su cruce con la avenida General Paz, pero primero se intentó con un parche que prolongó su longitud hasta la avenida Segurola. Pasaría casi una década antes de que el proyecto se completara. Pero los Napolitano se encontraron con que en 1937 tenían su fábrica a la vera de la avenida que demostraba la pujanza de una Buenos Aires que crecía sin parar. El barrio entero acusaba el recibo del progreso, como siempre, con gente a favor de la nueva calle y gente que añoraba la vista del Maldonado.
Carlos Napolitano aprendió el oficio metalúrgico familiar, pero no por eso descuidó su pasión por el fútbol, la que lo llevaría a ser un jugador de primera división que vistió las casacas de Atlanta (en una sola ocasión), Almagro y Argentinos Juniors. La familia Napolitano era conocida y querida en el barrio; Carlos tenía muchos amigos y era popular, entre otras cosas, por ser futbolista, aunque sus incursiones en primera división serían breves ya que se perfilaba como uno de los hermanos que se integraría a la fábrica de calderas. De hecho, trabajaba con su padre y entrenaba a la vez. Los domingos, después de jugar, se bañaba y se vestía lo más rápido posible para el único momento de esparcimiento: los bailes del Club Brisas, que quedaba en la calle Artigas. Sin embargo, sus posibilidades de poder cabecear a una señorita para compartir un baile eran casi nulas, porque enseguida lo atajaban los muchachos para hablar de fútbol. Y Carlos jamás se negaba a los amigos. De manera que cuando la charla aflojaba, ya no quedaban compañeras para el baile. Y al otro día, había que madrugar para ir al taller.
A fines de los años treinta, las madres vigilaban a sus hijas desde una mesa no muy alejada de las pistas. Los domingos, cuando el sol comenzaba a menguar, Pascuala Leporace llevaba al baile a las dos hijas mujeres que tuvo con Orestes Torti, otro inmigrante italiano de Alessandría, que se había domiciliado en la calle Artigas. Norma y Ángela Torti podían bailar en el Club Brisas bajo la mirada más o menos atenta de su madre que las esperaba hasta la hora de volver a casa. Las jornadas no eran muy prolongadas, por lo tanto no había mucho tiempo que perder. Ángela vendía rifas de beneficencia que ayudaban a la manutención del Brisas. Cuando le ofreció una a Carlos Napolitano, un día que ayudado por la lluvia pudo llegar más temprano, éste le propuso comprarle todas las rifas que tenía si bailaba con él. Ella sonrió y le dijo: “Bueno, aunque más no sea por las rifas”.
Como el caballero que era, Carlos siguió prolijamente todos los trámites del cortejo, y un día le preguntó a Ángela si la podía ir a buscar a la salida del trabajo. Todos trabajaban en la familia Torti, salvo la madre de Ángela que se encargaba del hogar. Después de noviar un tiempo, Carlos subió el siguiente escalón y comenzó a ir a buscar a Ángela a su casa, pensando si ya no sería hora de hablar con su madre para manifestarle la seriedad de sus intenciones. Pero se llevó una sorpresa: una tardecita que fue a buscarla, vio que ella no bajaba sola sino con otro muchacho al que él conocía muy bien.
–¡Victorio! –suspiró Carlos–. ¿Qué hacés acá, vos?
–Yo vivo acá, Carlitos. ¿Cómo estás?
–¿Cómo que vivís acá?
–Sí, vive acá, es mi hermano –aclaró Ángela, que desconocía la amistad entre ambos.
–Vení, pasá –lo invitó Victorio.
De esa forma, Carlos Napolitano entró al hogar de los Torti no en el incómodo lugar del pretendiente de Ángela, sino por la más cálida puerta que le ofrecía su amistad con Victorio, que además era el hombre de la casa porque Orestes Torti había fallecido ese año. Y esa era una de las razones por las que la familia decidió mudarse de la vivienda de la calle Artigas que alquilaban a otra que estaba justo enfrente y que les parecía más adecuada.
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Carlos Napolitano y Ángela Torti estuvieron cuatro años de novios, un tiempo más que apropiado para conocerse bien y para los estándares de aquel entonces. Se casaron el 25 de octubre de 1941. Carlos ya había dejado el fútbol y se había incorporado de lleno al taller “Pascual Napolitano e Hijos”, que crecía vigoroso al compás de Villa General Mitre, a la vera de la avenida Juan B. Justo que le inyectaba dinamismo al lugar. Carlos y Ángela vivieron naturalmente en la casa de la calle Artigas donde los Torti alquilaban, y compartieron los días con la madre y los hermanos de Ángela que vivieron allí hasta que se fueron casando. Carlos Napolitano finalmente compraría la casa en 1959. Su única actividad relacionada con lo deportivo sería su asistencia a un club barrial cercano llamado El Sauce, del cual sería presidente tres veces, ya que los socios querían a ese hombre recto y bondadoso.
El matrimonio tuvo su primera hija en 1944 y la bautizaron Liliana Gladys Napolitano. Fue un nacimiento bastante complicado y Ángela estuvo a punto de morir; por eso, fue que Liliana nació en el hospital Álvarez, en Flores, y no en el hogar de Artigas, como solía ser costumbre de la época. En el momento más dramático, el médico se acercó a Carlos Napolitano y le dio a elegir entre la hija y la madre. “Salve a las dos”, le rogó el hombre. “Si no, a la madre”, decidió. “Si todo salía bien, se iba caminando a Luján. Y todo salió bien, y mi papá cumplió su promesa”, recuerda hoy Liliana. Tres años más tarde, nació su hermano Carlos Hugo Napolitano, que murió de una meningitis fulminante casi al año de vida. “Lo enterraron el día de su cumpleaños”, confirma Liliana. “Mi mamá nunca se recuperó: lo lloró toda la vida.”
La tristeza cubrió a la familia, que sufrió enormemente la pérdida de Carlitos, como lo llamaban para diferenciarlo de su papá. Ángela no podía dejarlo ir, entonces todas las mañanas recorría el trayecto al Cementerio de la Chacarita junto a Liliana, que también se sintió muy afectada por la pérdida de su hermanito, al que naturalmente estaba muy unida. “Era mi juguete”, recuerda. “Íbamos caminando todas las mañanas al cementerio, no quedaba lejos, y volvíamos alrededor del mediodía. Yo jugaba por ahí, y mi mamá se quedaba sentadita al lado de la tumba de Carlitos. Venía el cuidador y le decía: ‘mire, señora, usted tiene una nena, la vida sigue’. Pero no le hacía caso.” Y era verdad, la vida seguía, pero Angelita estaba anclada en la melancolía del hijo muerto. Haría falta la cercanía de una nueva desgracia para que despertase de su letargo. Para ir y venir del cementerio, Angelita y Liliana tenían que cruzar una barrera en la intersección de Warnes y Jorge Newbery. Un día, al regreso de la cotidiana excursión, Angelita estaba tan sumida en su dolor que no se dio cuenta de lo cerca que venía el tren; afortunadamente, un guardabarrera estaba observando la escena y corrió hasta alcanzar a tirarla al suelo antes de que el tren embistiera a madre e hija. “¡Señora! –la retó– ¡Por favor, va usted con una criatura! ¿Está bien? ¿Puedo llamar a alguien?” Los Napolitano no tenían teléfono en la casa, pero podían utilizar el de la panadería que todavía está al lado o llamar al taller, que fue lo que hicieron. Carlos fue a buscarlas de inmediato. “Ese día –asegura Liliana–, es como que mi mamá despertó de algo. Le hablaron mucho, y le hicieron ver que Carlitos, pobrecito, había muerto, pero que yo estaba viva.”
Angelita comprendió que las cosas no podían seguir así y comenzó a espaciar las visitas. Al comienzo, iba día por medio; después cada dos días y pronto una sola vez por semana, lo que constituía una frecuencia más aceptable. Pero Liliana también acusó el golpe y enfermó de hepatitis. No fue grave, pero hubo que cuidarla y prestarle atención por un buen tiempo. En medio del dolor, la madre no había reparado en que se trataba de un ser frágil de apenas cuatro años y que sufría la pérdida igual o más que todos.
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Angelita y Liliana fueron compañeras en la tristeza durante un largo tiempo. La vida seguía su curso, y el taller “Pascual Napolitano e Hijos” se expandía como el barrio. Habían comprado un buen terreno para poner un nuevo taller en la calle Remedios de Escalada de San Martín, entre Bufano y Caracas, y Pascual Napolitano había ido delegando en sus hijos cada vez más responsabilidades hasta el punto en que dejó de trabajar. Quisieron comprarle su parte, pero don Pascual no quiso saber nada con eso; ellos, entonces, se hicieron cargo de todo y de él también hasta el día de su muerte, en el mes de julio de 1950. El taller comenzó a llamarse “Napolitano Hermanos”, y en su mejor momento llegó a contar con cincuenta obreros. De los doce que constituían la familia, algunos trabajaban allí y otros en una tapicería, también en el barrio.
La tristeza comenzó a evaporarse cuando se confirmó que Angelita estaba nuevamente embarazada. Pero por miedo a algún infortunio resolvieron no contarle nada a Liliana hasta que el nacimiento estuviera próximo. Cuando la panza se tornó inocultable, tuvieron que decirle la verdad: “Si te portás bien, Dios va a ser bueno con vos y te va a devolver a tu hermanito”, le dijo Angelita con ese tono amable, de princesa, que solía utilizar aun en el peor de los enojos. No hubo nena más buena que Liliana hasta que el embarazo llegó a término y llamaron al doctor Urzi para que asistiese en el parto. El 10 de marzo de 1950, a las 5.40 de la mañana, Norberto Aníbal Napolitano pegó el primero de sus gritos en la casa de la calle Artigas. Era un bebé muy robusto, que nació con cuatro buenos kilos exactos, bien formado y con fuertes pulmones por lo que se pudo escuchar. “A mi mamá le gustaba Norberto para nombre de varón. A mi tía Elvira, la señora de un hermano de mi mamá, Cholo, le encantaba Aníbal, entonces quedó de segundo nombre.”
El nacimiento llegó cargado de alegría y hasta de un buen augurio de índole municipal: el día anterior se había aprobado el proyecto que extendería la avenida Juan B. Justo hasta el barrio de Liniers, en su intersección con la avenida General Paz, comunicándola así con los barrios del oeste de la provincia: Ciudadela, Ramos Mejía, Haedo, Morón, etc. La avenida sufriría más transformaciones, y el peronismo le robaría el nombre en 1951 para bautizarla 17 de octubre hasta el año 1955, cuando recuperó el del galeno socialista. La avenida mantendría su espíritu de vanguardia por un buen tiempo: primero con la construcción del puente que la eleva por sobre el cruce del tren con la avenida Córdoba en 1969, y también por ser una de las primeras en cambiar la iluminación tradicional de mercurio por la más moderna luz de sodio a comienzos de los años setenta. Pese a tanto adelanto, ese Mississippi porteño que era el Maldonado, seguía corriendo bajo la avenida, retobándose cada tanto y causando furiosas inundaciones. Pero el 10 de marzo de 1950 había visto nacer a su primer y más grande blusero.
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El hogar comenzaba a recuperar la alegría arrebatada. “Hasta el año fue igual al otro”, explicó Liliana y la referencia no es casual ya que como Carlos había muerto al año, lo que seguía a partir de ese tiempo que ella utilizó como ajuste, era Norberto puro. De acuerdo con el cuaderno familiar que Ángela fue completando con prolijidad, el primer juguete del niño fue una patita de plástico con sus hijitos, que, como era de esperar, nunca estaban completamente en fila. Su espíritu andariego se manifestó temprano, y a los seis meses gateaba como loco. Al año se puso a caminar, con la consiguiente pérdida de paz para la familia. A los siete meses peló sus primeros dientes y comenzó a mordisquear lo que se pusiera a su alcance, fuera materia viva o muerta. Su primera comida sólida fue una sopita de ajo –que le encantaba–, y una buena ración de puré de zapallo, que puso de manifiesto el poder de sus intestinos. Rafael Napolitano, el mellizo de su padre, más conocido como Hucho, le hizo un regalo premonitorio cuando cumplió un año y fue bautizado: un auto de carreras. Su papá Carlos le compró un sulky, quizá como un pedido anticipado de prudencia. Ángela, con su prolija caligrafía, le escribía a su hijo como si le enviara una carta a su futuro: “Pero qué poco te duraron los juguetes”, observó. Cuando su hijo ya estuvo más grandecito, lo definió con dos palabras tan apropiadas como geniales: “barullero brutal”.
“Si pedía la luna, hacíamos cola para comprársela”, confiesa Liliana que reconoce que “Norberto salió bastante bien por lo malcriado que fue”. No era para menos, además de los padres y Liliana, había tres tíos solteros y una abuela viviendo en la casa de la cual Norberto era centro indiscutido. Cuando creció no tardó en entender esa situación y se transformó en un chico cuyas travesuras no tuvieron fin. “Pero no era un mal chico, era bueno –continúa Liliana–; mis viejos nunca nos pegaban, no tenían necesidad de hacerlo: nos miraban y ya sabíamos que algo pasaba. Mi papá nos hablaba mucho más que mi mamá, él tenía como un idioma propio que era un modo de expresar cariño. Norberto no era de decir ‘te quiero’, pero te lo decía en sus cosas. En eso, él era más como mi mamá.” Liliana recuerda que la imaginación de Norberto siempre fue poderosa, aun de pequeño. “Inventaba personajes todo el tiempo, y ahí comenzó su manía de poner apodos a las personas. Cuando se le cayeron los dientes, le quedaron sólo los dos de adelante y parecía un conejo, entonces yo era la coneja Gusanta y él era el conejo Gus. Venía y me pedía que le diera una zanahoria, hablando como supuestamente hablan los conejos.”
Desde muy chico, Norberto comenzó a frecuentar el taller de la calle Remedios de Escalada, habituándose a la vasta familia Napolitano y críandose en la afición familiar que constituía el automovilismo. Hay que tener en cuenta que entre 1951 y 1958, prácticamente toda la infancia de Norberto, Juan Manuel Fangio desarrolló la carrera más rutilante que podía tener un piloto de F-1, además de que los hijos del mellizo de Carlos, Rafael, corrieron en categoría Karting. Obviamente, Carlos y Rafael eran sus mecánicos. Es una confusión que ha persistido la de tratar de entender la pasión fierrera de Norberto a través del taller mecánico de su padre que nunca existió: los Napolitano fabricaban calderas y también pailas de cobre. Sólo en los ratos libres se daban maña con la mecánica. Norberto también heredó el favoritismo por San Lorenzo, pero nunca fue muy futbolero. “En esta casa –dice Liliana– somos como un zoológico: cuervos y chivos”, por el gusto sanlorencista y por el cariño a la marca Chevrolet, cuya contra era Ford. “Los padres de mi abuela materna vinieron de Italia y fueron a Brasil –retoma Liliana–, y mi abuela nació en San Pablo, pero no tenía raíces. Después nacieron algunos hermanos de ella y se vinieron a la calle José Mármol en pleno Boedo. Entonces mi abuela se crió ahí y se hizo de San Lorenzo. Y mi papá y mi mamá: los dos eran de San Lorenzo. Y hasta yo me casé con un cuervo.”
Norberto también fue precoz con las señoritas. La primera novia que se le conoce data de sus cuatro/cinco años de edad. Se llamaba Adriana y vivía al lado, en la panadería que linda con el hogar de los Napolitano. Una tarde, Norberto jugaba en el patio con su primo Darío, y Adrianita llegó a ejercer sus derechos sentimentales.
–Ete ‘e mi novio –balbuceaba la niña que aún no había cumplido los tres.
–¿Cómo decís? –se atajó Norberto.
–Te estoy niciendo que so’ mi novio –insisitó ella.
–Noooo, a mi las negras no me gustan –interpuso Norberto.
Al rato, Angelita es convocada de urgencia por la dueña de la panadería, que le dice que vaya, que su nena está llorando. Y no sólo eso, lloraba porque su mamá se negaba a lavarla con lavandina para quitarle “la neglula” a la cual su novio no era adepto. Más adelante, el niño tendría novias de todos los colores, tamaños y edades, entre ellas, alguna negra como el carbón. Y feliz justamente por eso, lo que le costaría que la rubia con la que estaba noviando oficialmente le arrojara las cosas por la ventana, tal cual sucede en las películas.
Noberto se reveló como un niño hiperactivo. “A la noche dormía bien porque caía rendido”, confiesa Liliana. Y bien temprano dio muestras de un caracter caprichoso. “En aquellos tiempos, era normal que él o yo fuésemos a abrir la puerta, porque no existía la inseguridad –cuenta Liliana–; un día tocan el timbre y mi mamá le dice: ‘Betito, andá a fijarte quién es’. ‘No quiero’, le contestó. ‘Betito, si tu mamá te dice que hagas algo, lo tenés que hacer.’ ‘No quiero y no me podés obligar.’ Entonces, se fue corriendo y se escapó por el techo.” Los seis años que Liliana le llevaba a Norberto hicieron que ella quedara en un neto lugar de hermana mayor con responsabilidades casi parentales, no porque Angelita y Carlos no las ejercieran, sino porque hacían falta todos los ojos que hubiera disponibles para controlar al pequeño demonio.
Esa fue una de las razones por las cuales se decidió que, en 1956, Norberto comenzara primer grado inferior (en ese tiempo había hasta sexto grado, pero dos primeros, inferior y superior) en el mismo colegio que su hermana: la Escuela Nº 6 Alfredo Palacios, de la calle Caracas 2057, entre Camarones y San Blas, justo a la vuelta del hogar de los Napolitano. Pero era una escuela mixta hasta tercer grado, y como tantos otros chicos, cuando llegó el momento de pasar a un colegio de varones, Norberto se mudó al Avelino Herrera, en San Blas 2238, entre Caracas y Gavilán. En ese tiempo, Norberto era un chico gordito, aunque no obeso, y usaba lentes. Sin embargo, ya se había hecho notar en la escuela por dos razones: su indisciplina y su poca voluntad para el estudio. La primaria de Norberto Napolitano fue un suplicio para sus padres, que todo el tiempo tenían que ir al colegio a hablar con maestros y directores. Uno de los grandes problemas es que se peleaba todo el tiempo con otros chicos: no sabía resolver situaciones sin violencia. Pudo avanzar en los estudios por la enorme dedicación de su hermana Liliana que lo ayudaba a estudiar y, no pocas veces, le hacía los deberes. Ella lo hacía con gusto: adoraba a su hermano y no quería que se retrasase. A todos les quedaba claro que Norberto no carecía de inteligencia, sino todo lo contrario, lo que le faltaba era interés.
La vocación artística en Norberto despuntó temprano, mucho antes de que se topara con un instrumento musical en su camino. Era común que muchos niños tocaran el timbre de la casa de Artigas, con caramelos o bolitas, como ofrendas para Norberto. A cambio, se aseguraban una función de sus imitaciones, que en una temporada podía ser Piluso y, en la siguiente, Pepitito Marrone. El show se llevaba a cabo en el patio, ante las risas de los niños y la incredulidad de Angelita, a la que su hijo sorprendía con cada nueva idea. “Mi hermano era un artista completo”, reflexiona Liliana Napolitano.
Uno de los que recuerda el paso de Norberto Napolitano por el colegio Avelino Herrera es su amigo Emilio Villanueva, conocido en el ambiente rockero como “el saxo de La Paternal”, por haber integrado durante décadas el grupo Memphis La Blusera. Emilio es tres años menor que Norberto, pero había una conexión entre sus padres que le hizo notarlo. “Mi viejo era amigo de su papá –explica Emilio–, se conocían de las milongas en el Resurgimiento, un centro cultural que era la sede de Argentinos Juniors, donde se hacían grandes bailes de tango. Mi viejo bailaba con la tía de Norberto, y su hermana conocía a mi vieja de la Iglesia.” Carlos Napolitano solía trabajar en su taller con la radio a todo volumen, escuchando alguna audición de tangos. Norberto debe haber parado bastante la oreja y quizá esa haya sido su primera sintonía musical; si bien mantuvo oculto ese gusto, una de sus novias recuerda que décadas más tarde, en Uruguay, fueron a navegar a una laguna en uno de esos botes a pedal, y Norberto le dedicó una serenata de tangos de una hora y media de duración, cantada con letras perfectas y con una entonación sentida y afinada.
Emilio se acuerda de ese chico regordete y de anteojos, también porque Napolitano, o Napo, como solían decirle, era un peleador consumado. “Se hacía notar: estaba en dirección continuamente. En ese barrio, todos eran bravos. Los chicos parecían monstruos; todos eran grandotes. Muchos repetían, entonces tenían más edad de la debida. Norberto tenía problemas de conducta, y Angelita estaba en el colegio cada dos por tres. A eso hay que sumarle que el director del colegio, muy jodido él, era un militar retirado. A la primaria teníamos que ir con el guardapolvo pulcro, porque te revisaban siempre. Le teníamos bronca al tipo y él a nosotros, porque tenía que lidiar con muchachos complicados. Se agarraban en el patio y en la esquina también. Para pelearte tranqui tenías que irte a cuatro cuadras.” Emilio reconoce que él también era peleador. “Pero después me tranquilicé.”
Fue aproximadamente en 1954 cuando a Liliana le agarró la locura del piano. En la casa se escuchaba algo de música clásica porque el papá de Angelita era tenor y había pertenecido al teatro Colón; su muerte prematura, a los cuarenta y seis años, impidió que Liliana lo conociera. “A mi mamá le gustaban las óperas, las arias; a mí también me gustaban. Había una chica enfrente que se llamaba Mimí, tenía piano y lo tocaba; un día, una amiga me dijo que era el cumpleaños de Mimí y fuimos. Ella tocaba el piano, entonces a mí me agarró una locura y quise ir a la profesora de Mimí, a la vuelta de casa. No tenía piano, pero a los dos años, vine del colegio y había uno en el living. Sorpresa de mi papá.” De esa manera, Liliana comienza a estudiar piano. Y su hermano Norberto a escucharla desde el patio donde jugaba. Siempre recordó que “cuando era chico mi hermana estudiaba en la misma pieza donde yo dormía, entonces a las nueve de la mañana yo me ponía dos almohadas en las orejas para no escuchar el piano. Era terrible, pero creo que eso me ayudó”. Cuando se familiarizó con algunas piezas, comenzó a marcarle errores a su hermana.
–Nena, te equivocaste –le gritaba mientras daba vueltas con su bici en el patio.
“Y tenía razón”, se sigue maravillando hoy Liliana. “Norberto tenía oído absoluto. A mí me ponía loca cuando me marcaba los errores. Pero por lo general, era verdad.” Cuando fue más grande y pudo ponerle nombre a las notas que reconocía, Norberto comenzó a afinarle el piano a Liliana. “Claro, eso después me lo cobraba: tenía que hacerle tartas de atún, lustrarle las botas, hacerle masajes. Pero yo lo hacía con gusto porque era mi hermano.”
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Las vacaciones familiares solían repetirse todos los veranos en un largo circuito que la familia Napolitano se tomaba con absoluta calma. El primer destino era el pueblo de Santa Isabel, en Santa Fe, donde Carlos había nacido. A Norberto le encantaba el lugar y pasar todo el tiempo jugando al aire libre con sus primas. Después se iban hasta Villa Carlos Paz, donde tenían un chalet, a cuatro cuadras del reloj cucú. Y antes de volver, se daban una vuelta por San Huberto, en Traslasierra, Córdoba, donde una prima de Carlos Napolitano tenía una granja con todo tipo de animales. Allí Norberto enloquecía. Los animales lo fascinaban.
Pero un día, Norberto encontró otra cosa que comenzó a interesarle. Fue aproximadamente a los ocho años, y en su casa. Si bien nadie recuerda cómo es que había una guitarra en el hogar de la calle Artigas, su presencia no es difícil de justificar, ya que a fines de los años cincuenta, la Argentina era sacudida por lo que se llamó el “boom del folklore”, género telúrico que alcanzó una explosión de masividad gracias a la radio, a la primera televisión y, también, a que era un modo de hacer algo a una edad, la adolescencia, donde no había mucho para hacer, más que estudiar y prepararse para una vida adulta. El tango era percibido como una música para grandes, y el folklore era fácil de tocar ya que con unas criollas y un bombo, en el mejor de los casos, ya se podía armar una guitarreada. Los instrumentos no eran caros y estaban al alcance de la clase media argentina que por ese entonces era el segmento socioeconómico dominante en la estructura de la sociedad. El “boom del folklore” se vio potenciado en Buenos Aires por la importante cantidad de nacidos en el interior que fueron a buscar su destino a la gran ciudad. Existían muchísimas peñas donde adultos y jóvenes se reunían a tocar, a cantar y a pasar un buen rato en familia. Desde el Estado se favorecía este escenario de esparcimiento y argentinidad. Grupos como Los Chachaleros y Los Fronterizos alcanzaron una popularidad inaudita. Eso hizo que la venta de guitarras criollas adquiriera un nivel explosivo: todos los hogares querían tener una. Y se podía: no eran muy caras.
En un hogar como el de los Napolitano, con Angelita que entre comidas y quehaceres escuchaba música clásica y escribía poesía, que además era una casa de puertas abiertas y tránsito intenso por lo numeroso del clan Napolitano y los Torti, era inevitable que llegase una guitarra. Norberto no le hizo caso enseguida, y al comienzo la ignoró. Después comenzó a mostrar interés, y unos meses más tarde su mamá se dio cuenta y le propuso que estudiara guitarra con el profesor Caserta, que vivía a la vuelta y daba clases. Era un buen modo de comenzar. Por un lado, Norberto era un chico sobreprotegido, cosa lógica en un hogar donde un hermano había fallecido, pero también por su caracter impulsivo, Angelita no le sacaba un ojo de encima, y no lo dejaba alejarse sin su supervisión ni cruzar la calle sin permiso. Así que Caserta comenzó a ir a su domicilio a enseñarle los secretos de la guitarra a Norberto, a través de zambas simples y canciones populares del repertorio de aquel tiempo. No fueron muchas las clases, porque el niño pronto fue perdiendo interés en ellas.
–Mamá, no quiero tocar “Blanquita” –le confesaba Norberto a una sorprendida Angelita, que había creído encontrar algo que canalizara las inagotables energías de su hijo.
“Blanquita” era un vals indicado para enseñar a los principiantes a ubicar los dedos de su mano izquierda en diferentes posiciones (a veces al aire), mientras se arpegia con la derecha. Para Norberto era algo aburrido y carente de vida. Y siempre solía distorsionar la canción. Caserta puso su mejor buena voluntad, pero muy pronto fue a hablar con Angelita para decirle que no podía seguir enseñándole a Norberto.
–Mire, señora: no tiene sentido que yo trate de enseñarle algo que a él no le gusta. No sirve que le enseñe a leer o escribir sobre el pentagrama. A él le nacen cosas propias en la guitarra, que no sé muy bien qué son –le confesó el profesor en su renuncia indeclinable.
Sin embargo, aprendiendo valses y zambas, Norberto pronto pudo tocar algunos tonos simples en su guitarra. La menor, mi menor, sol mayor, re mayor, do mayor, re menor y mi mayor. Pero a él le provocaba mayor curiosidad lo que pasaba con las notas de a una: las escalas. Pero esos pocos acordes aprendidos le sirvieron para integrarse a un conjunto escolar que tocaba folklore. Ahí, Norberto Napolitano tendría su primer grupo: Las Churitas, un cuarteto que completarían su amigo David, Cachi y otro de apellido Retamero. En el Avelino Herrera causó asombro ver al peleador Napo en una actividad artística. “No sabés lo bien que tocaban y que cantaban”, asegura Liliana que como era mayor y estudiante de piano avanzada, ofició de coach de aquel grupito folklórico cuyos únicos shows fueron en el marco del colegio. “Me acuerdo de aquella fiesta escolar –dice Emilio Villanueva– porque yo también había comenzado a estudiar música, pero a mí se me había dado por el canto. Todos tocábamos lo mismo, los temas de la época: ‘Zamba de mi esperanza’, ‘Sapo cancionero’. Norberto ya estaba en sexto grado.”
Las Churitas jamás fueron pensadas como un proyecto profesional, y duraron sólo aquellos meses escolares. Cuando David parte con sus padres a vivir en Israel, Las Churitas se separan. Además se venían las vacaciones, y todos emigraban a colegios distintos para comenzar la secundaria. Los padres de Norberto se sintieron aliviados de haber logrado que hubiera podido terminar la escuela primaria. Liliana ya tenía dieciocho años y se había recibido de profesora de piano, teoría y solfeo. Es más, seguía estudiando con Billy Kreuser, del teatro Colón, y sus padres se iban haciendo a la idea de que iba a haber una artista en la familia. Una conciertista de piano. Norberto había dejado la guitarra por ahí tirada después de Las Churitas, y tenía tiempo para decidir su vocación.
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La secundaria arrancó en 1963 en un colegio católico y privado: el Instituto Santa Rita, en el pasaje Paula Albarracín de Sarmiento 2236, cerca de la esquina de Concordia y Camarones. Norberto Napolitano dejó allí un recuerdo imborrable entre algunos de sus profesores, que trece años más tarde tuvieron como alumno a su primo Néstor Laise, que al enterarse de su parentesco con Norberto emitieron un mismo diagnóstico: “¡Alumno travieeeeeeso!”.
Napo se hizo muy popular entre sus compañeros por las contestaciones a algunos profesores. “No me gusta estudiar”, solía repetirles cuando ellos le requerían mayor aplicación a sus materias. Angelita tuvo que ir no pocas veces a hablar con las autoridades del colegio por las bajas notas que lo encaminaban a una repetición segura, o bien por pelearse con otros compañeros. Después le dio vergüenza y comenzó a ir Liliana, que ya era mayor. Hasta que en determinado momento tuvo que hacerse presente Carlos, lo que Angelita y Liliana habían querido evitar. El director del colegio le habló con la verdad: “Mire, señor Napolitano, el mundo es demasiado grande. Busque algo que él tenga ganas de hacer. Estudiar, no”.
Carlos intentó que Norberto marcara el paso teniéndolo con él en el taller, cosa que a Norberto no le disgustaba para nada. Angelita no perdía las esperanzas de que Norberto finalmente madurara y llegara a ser el contador que los talleres Napolitano necesitaban. Su físico había cambiado, se había vuelto más estilizado y ahora era simplemente un muchacho robusto y sin anteojos. La voz se le iba volviendo más profunda, como la del padre. Quizá con el colegio adecuado podría encausarse. Al año siguiente, lo anotaron en el comercial Hipólito Vieytes, en Cucha Cucha y Gaona. También allí dejó su marca, una tarde en la que bajaba las escaleras con sus compañeros. Un preceptor apuró a uno de ellos, que utilizaba unas muletas canadienses por una parálisis.
–Apúrese –le dijo el muchacho al chico. En seguida sonó el vozarrón de Norberto.
–¿Por qué no me apurás a mí? –le dijo en voz bien alta.
–¿Quiere que lo amoneste, Napolitano? –contestó el preceptor antes de caer por las escaleras violentamente empujado por Norberto. No hubo amonestación. Le sacaron la roja: expulsión directa.
Las cosas se ponían malas: ya no había tiempo de comenzar el año en otra parte. Y en 1965, Norberto abordaría nuevamente la tarea de completar su primer año de secundaria, ya con quince y por tercera vez. Por eso, la familia decidió que esta vez fuera al Justo José de Urquiza de Flores, en Condarco 290, al turno noche. Pero para ese tiempo, Norberto ya había decidido otra cosa para su vida, por lo que un día habló con sus padres y les explicó la peligrosidad de seguir asistiendo a clases. “Los otros días pasó el tren y le enganchó el blazer a un chico –se quejó Norberto–. Por poco lo mata: es un peligro tener que cruzar la barrera a esa hora.” Era mentira: el blazer era suyo y el que por poco era arrastrado por el tren era él. La pregunta es: ¿qué hacía Norberto allí? Se había rateado: desde su casa no tenía que cruzar la vía que estaba pasando Bacacay, y el colegio estaba una cuadra antes, en Condarco y Bogotá.
La situación motivó una reunión familiar de urgencia. Lo cual era gracioso porque los cuatro solían estar juntos todas las tardes, una vez que Carlos hubiese vuelto del taller y después de su baño, para compartir el mate y las novedades del día. Lo que cambiaba era el escenario: en vez de ser en el patio o en la cocina, fue en el comedor diario. En esa ocasión, Angelita llevó la voz cantante.
–Queremos hablar con vos, Betito, fijate: tu hermana nunca se llevó una materia, siempre fue estudiosa...
–Mamá, no nos reunimos para alabarme –interrumpió Liliana.
–Evidentemente, no querés estudiar –intervino Carlos y llevó la cuestión al punto–. ¿Qué es lo que querés hacer? O trabajás o estudiás.
–Yo quiero ser músico –dijo Norberto para sorpresa de todos.
Hasta ese momento, Norberto no había manifestado ningún tipo de vocación, ni tampoco se había mostrado demasiado interesado en la guitarra, la que tocaba muy de vez en cuando. Como aquel día en que hizo llorar a su mamá; era el cumpleaños de Angelita y antes de apagar la torta, Norberto anunció que había una sorpresa, y le dio un disco a su mamá: era su primera grabación. Con la complicidad de Carlos, había registrado una canción en un acetato. Se trataba de “El regalito”, un tema de Horacio Guarany que había sido un éxito fulminante, entre otras cosas, porque lo había grabado la soprano china de la Ópera de Pekín, Liu Chufang. Sonaba bien la voz de Norberto cuando cantaba: “Hoy es tu cumpleaños, mamita linda/ Hoy es tu cumpleaños y he de cantarte/ Esta canción que ha nacido aquí en mi pecho/ Plena de adoración, de amor y de esperanza”.
Pero eso había sido casi tres años atrás y el recuerdo emotivo de aquel momento no afectaba la seriedad de la reunión familiar. No era la opción artística lo que sobresaltaba a sus padres, porque después de todo había habido en la familia un tenor, una profesora de violín que era nada menos que la mamá de Carlos, incluso dos de sus primos, Pedro y Emilio Napolitano, fueron violinistas del conjunto estable del Colón, así como una generación atrás Mafalda Napolitano lo había sido. Es más: a su lado, Liliana, parecía dirigida hacia un futuro de concertista. “Lo terrible es que quería ser rockero”, cuenta Liliana. Sin embargo, en aquella época, eso no quería decir nada, el rock era algo muy lejano. Pero sus padres no alcanzaban a comprender de dónde Norberto había sacado el interés por algo así.