PRÓLOGO

Hay padres que adquieren libros de temática similar a la de este con la sana intención de conseguir el mejor «desarrollo intelectual» para su hijo. No faltan en el mercado libros con métodos para lograr que nuestros niños sean más listos, más precoces, más inteligentes, en lo general, o mejores músicos, matemáticos, deportistas o lo que sea, en lo particular.

No obstante, y sin entrar a valorar la dudosa eficacia de muchos de estos métodos (y mucho menos su bondad), no estaría de más que los padres se plantearan antes unas preguntas sencillas. ¿Ser más listo hará que mi hijo sea más feliz? ¿El que consigamos que sea un poco más inteligente es sinónimo de que llegará a desarrollar todo su potencial en las diferentes áreas de la vida? ¿Será mejor persona por tener más conocimientos? E inclusive: ¿son inocuos todos estos métodos para mejorar la inteligencia?

Es posible que no tengamos respuestas para todas estas preguntas, pero el mero hecho de planteárnoslas ya apunta a que este libro no es un simple método para mejorar el desarrollo intelectual, sino que tiene otros objetivos.

Cuando pregunto a los padres qué es lo que desean para sus hijos en lo que concierne a su formación como futuros adultos (y más allá del consabido brindis: salud, dinero y amor), la mayoría no saben describirlo con palabras o resumirlo en una sola frase. La respuesta suele ser: «Queremos lo mejor para ellos». Está claro que quieren lo mejor para ellos. Pero… ¿qué significa «lo mejor»? La idea que subyace es que hay que prepararlos para este mundo tan complicado y dotarlos de los recursos para vencer los problemas que se les puedan presentar. Sin embargo, y con demasiada frecuencia, estos problemas se observan únicamente en clave académica y por eso también la solución que se busca es generalmente académica. Esto supone facilitarles conocimientos: que aprendan música, refuerzos de matemáticas, idiomas, por supuesto, y algún deporte.

Sin embargo, si insistimos preguntando a los padres, confirmaremos que desean que sus hijos tengan también otras cualidades sumamente útiles para la vida adulta, como lo son la seguridad en sí mismos, la resiliencia, la empatía, la capacidad de disfrutar, el respeto a los demás y tantas otras cosas que no se obtienen mediante la asimilación indiscriminada de conocimientos. Por el contrario, muchas de estas cualidades se pueden resentir si se lleva a cabo una mala educación de los niños a nivel intelectual, en un sistema competitivo que no deja margen a su creatividad, lo que los torna inseguros y sumisos, y a veces incluso acaban odiando lo que aprenden. Esa carrera contra reloj, intentando que asimilen lo que por su edad aún no están capacitados para aprender, y especialmente privándolos de cosas que necesitan para su correcto desarrollo en todas las esferas (como el acompañamiento afectivo y físico), va a ir en detrimento de la adquisición de esas cualidades que los padres desean para sus hijos y que van mucho más allá de las académicas.

Así pues, el objetivo principal de este libro no es hacer que nuestros niños sean más listos, sino hacer que sean más felices, que puedan desarrollar todo su potencial y convertirse en mejores personas.

¿Cuál es el camino para conseguirlo?

Evidentemente, el método debería ser diferente si los objetivos son diferentes. No se trata de estimular el cerebro del niño de una forma fría para incrementar en él conocimientos y procedimientos, sino de comprender el funcionamiento de su psiquismo para que nosotros, los padres, podamos interaccionar de una forma más eficiente con ellos y lograr no solo que se sientan más comprendidos y felices, sino también que puedan desarrollar todo lo que sean capaces de dar de sí.

Para ello hemos desarrollado esta obra en cuatro partes.

En la primera se aborda la evolución del cerebro del niño desde el punto de vista anatómico y fisiológico. Veremos cómo desde la concepción se va desarrollando esta magnífica estructura que es el cerebro, dentro del cual ocurre el milagro de la conciencia y el conocimiento. Por sus características es la parte que incluye el mayor número de términos técnicos y científicos, y la más teórica en un libro que pretende ser muy práctico. Pero la considero imprescindible por las múltiples referencias que posteriormente, a lo largo del libro, se hacen a términos explicados en esta primera parte, y porque permite entender qué nos diferencia de las otras especies animales.

En la segunda parte se hace un repaso de todas las etapas del desarrollo psicológico desde el nacimiento hasta pasados los diez años. Aquí se comenta qué sucede en cada etapa, de dónde se parte, qué procesos se van desarrollando y dónde culminan. Esto permite a los padres ponerse en el lugar de sus hijos y entender sus sentimientos, sus motivaciones y, por ende, sus actitudes. Así, por ejemplo, entenderemos por qué los niños que habían aprendido a guardar sus juguetes a los tres años lo «desaprenden» al crecer, o por qué hay etapas del crecimiento en las que resulta tan útil la psicología inversa. Estos conocimientos también nos permiten actuar para mejorar de una forma efectiva, y no meramente superficial, las aptitudes de nuestros hijos. Tener claro cuál es el mejor momento para hacer una intervención nos asegura una mayor tasa de éxito y, especialmente, evita que nos convirtamos en un disco rayado.

La tercera parte es similar a la segunda, solo que está enfocada claramente en el mundo educativo. Sienta las bases para que, desde la escuela, se realice una intervención acorde con la etapa de desarrollo del niño. ¿Qué duda cabe de que en la escuela se actúa directamente sobre la capacidad intelectual y sobre muchos otros aspectos relacionados con la infancia? Este libro ayuda a evitar muchos problemas en las aulas y también permite a los padres poder establecer unas directrices conjuntas con la escuela en el momento de actuar sobre problemas concretos, que pueden ir desde la retirada del pañal a cómo evitar conductas conflictivas en la escuela y fuera de ella.

En la cuarta y última parte se abordan de forma explícita los elementos que pueden actuar de manera negativa en el desarrollo intelectual y emocional de los niños. En ocasiones estos factores son inevitables, como cuando sufrimos experiencias traumáticas como accidentes, muertes de familiares, etc., pero incluso en estos casos ayudará mucho el saber reconocerlos para poder actuar sobre ellos y minimizar sus efectos negativos. Sin embargo, a menudo son totalmente evitables, ya que los genera el propio cuidador: unas ideas erróneas sobre la motivación y la educación pueden incrementar el estrés en los niños y tener efectos negativos superiores a los positivos que se pretendían. El estrés y el trauma son actualmente los dos enemigos más poderosos que el correcto desarrollo cerebral de su hijo va a tener.

Por último quiero resaltar que este libro ha sido escrito para ofrecer un aprovechamiento práctico de los conocimientos teóricos que en él se detallan. Para asegurar aún más este objetivo cada capítulo tiene un resumen a fin de destacar las ideas principales que se han desarrollado, y un apartado de preguntas frecuentes (FAQ), donde se exponen y se responden los interrogantes más comunes en torno al tema que se ha tratado. Al final de la obra, un glosario explica los términos utilizados (están marcados a lo largo del texto con un asterisco *), y una bibliografía al alcance de todos propicia que los lectores de este libro puedan profundizar en los aspectos que deseen.

Todo es posible es una obra que pretende explicar cómo obtener el mejor desarrollo personal del niño en general y no solo de un área en particular, como puede ser la intelectual. Nada hace más inteligentes a nuestros hijos que el amor y la ausencia de miedo.

Lleida, enero de 2013

PRIMERA PARTE

DESCUBRIENDO EL CEREBRO

capítulo

uno

Cómo se fabrica un cerebro

Alguien podría preguntarse

cómo un montón de células enmarañadas unas con otras

pueden dar lugar a un ser vivo que piensa y siente.

FRANCISCO MORA

¿Qué tienen en común los políticos y los pingüinos a la hora de tomar decisiones? Antes de que su sentido del humor se ponga en marcha y busque parecidos irónicos, le anticiparé que me refiero al cerebro.

El cerebro rige nuestras decisiones y nuestros movimientos. Gracias a él vivimos y mantenemos nuestras funciones vitales, pero sobre todo hablamos, amamos, aprendemos y tenemos recuerdos.

Los educadores en general, padres y maestros, se han dado cuenta de cuán importante es para el correcto desarrollo de un ser humano dotarlo de lo que en términos coloquiales se denomina un cerebro bien amueblado. Con esta expresión nos referimos tanto a la inteligencia, el lenguaje o el razonamiento como al saber amar, relacionarse socialmente o a la capacidad de empatizar. Por tanto, en la actualidad, padres y educadores se preguntan cómo desarrollar de la mejor forma posible ese órgano en sus hijos y alumnos, y ayudarlos, así, a convertirse en personas mejores y más capaces.

Llegado a este punto se habrá dado cuenta de que los pingüinos no hablan y que su capacidad de amar o de aprender también es limitada, así pues, habrá deducido que no todas las especies tienen el mismo cerebro.

¿Qué es, pues, lo que hace que nuestro cerebro sea diferente del de otros animales? Es más… ¿Por qué nuestro cerebro es único y distinto del de nuestro hermano?

Para responder a estas preguntas tenemos que incorporar previamente dos conceptos:

1.   Filogénesis:*1 hace referencia al origen y el desarrollo evolutivo de las especies —desde la forma más sencilla hasta el individuo actual—; desarrollo que es distinto en cada una de ellas. Por eso ni nuestro cerebro ni nuestra forma corporal son iguales a los de un pingüino.

2.   Ontogénesis:* se refiere al desarrollo que como individuos experimentamos desde el momento de la fecundación hasta la vida adulta, y que hace que cada ser humano sea único e irrepetible. Factores como la alimentación de nuestra madre durante el embarazo, nuestra alimentación desde que somos bebés y la genética harán de cada cerebro humano un órgano exclusivo.

La evolución del cerebro

(…) el hombre tiene más de mono que de ángel

y carece de títulos para envanecerse y engreírse.

Se imponen, pues, la piedad y la tolerancia.

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL

Dobzhansky decía que todo ser vivo deriva de una raíz común porque la vida solo se había originado una vez.

Me imagino la cara que pondrían aquellos a los que ya les parecía insultante que se dijera que provenimos del mono, cuando se enteraron de que los gusanos también forman parte de nuestro árbol genealógico. Y es que el llegar a ser lo que somos es el fruto de la evolución del primer ser microscópico. Así que cada vez que se cruce con un gusano cédale el paso porque él llegó antes a este planeta.

No obstante, los gusanos, los insectos y la mayor parte de los invertebrados no tienen cerebro como tal. Se puede hablar de un órgano similar pero que no rige todos sus actos. Esa es la explicación de por qué el macho de la mantis religiosa puede realizar el coito sin su cabeza. No todo depende de su cerebro.

Siguiendo la evolución, llegamos a los reptiles, en los que ya se puede hablar de un cerebro que rige todas sus funciones vitales (sin él no viven) pero que no los dota de sentimientos: las tortugas depositan sus huevos, pero no cuidan de sus crías y los cocodrilos no lloran pese al dicho popular. Son animales de sangre fría (y de corazón frío); su vida depende de las circunstancias ambientales, como la temperatura, por ejemplo. No pueden cambiar dichas circunstancias y si tuvieran emociones eso les provocaría sufrimiento, así como saber que una vez que ponen sus huevos no van a ver más a sus hijos. A los reptiles les va mejor vivir sin emociones, por eso su cerebro no va a desarrollarse ni evolucionar en este sentido, al menos por el momento.

Pasito a pasito en la evolución, aparecieron los mamíferos, cuyo cerebro, además de posibilitar y mantener las funciones vitales (como el de los reptiles), desarrolló estructuras relacionadas con las emociones; encargadas del cuidado y protección de la prole, de la búsqueda de placer y de la evitación del dolor. Los mamíferos, cuya característica principal es que en la primera fase de crecimiento se alimentan de la leche materna, no podrían realizar ese acto que les permite vivir si sus madres los abandonaran al nacer como hacen las hembras de los reptiles. Por eso, para que la especie pudiera sobrevivir, el cerebro de los mamíferos desarrolló el sistema límbico,* del que también depende el cuidado que los machos ofrecen a la prole, ya que si la madre debe amamantar, alguien debe proteger a la madre y a las crías.

El último paso en la evolución es la aparición de los homínidos —que son mamíferos en los que la corteza cerebral (córtex)*2 se ha ido desarrollando hasta generar áreas más evolucionadas que son las que conforman el neocórtex.*

De hecho, la evolución del cerebro y la formación de ese neocórtex —encargado de las funciones cerebrales más complejas— es lo que nos diferencia de otros primates. Podemos creer que fue la pérdida del vello corporal o el caminar erguidos, pero no fue así; lo que nos hizo «humanos» fue la capacidad de razonar y de hablar.

Nuestro cerebro actual presenta tres niveles que se originaron durante esa evolución:

a)   En el primer nivel tenemos una parte de nuestro cerebro similar al de los reptiles, ese que apareció hace más de doscientos millones de años. Algunos autores lo llaman el cerebro reptiliano. Es el que rige los mecanismos innatos que nos hacen vivir de forma instintiva, sin pensar. El encargado de regular el ritmo cardiaco, la circulación de la sangre, la respiración y de dirigir los comportamientos más usuales y automáticos.

b)   En el segundo nivel tenemos un cerebro heredado de los mamíferos no homínidos, que apareció hace más de sesenta millones de años. Un cerebro que nos permite amar y cuidar a los demás, pero también enfadarnos y sentir tristeza. Nos permite emocionarnos y tener empatía.

c)   Por último, tenemos un cerebro que permite funciones superiores como hablar y razonar (el córtex), que apareció con los primeros homínidos y se perfeccionó hasta llegar a nuestra actual estructura cerebral. Es flexible y adaptable, con lo que permite aprender del presente y proyectarse hacia el futuro.

La formación de nuestro cerebro desde la concepción

Es muy difícil saber lo que sucede

en el cerebro de un niño;

pero es imposible saber lo que sucederá en él.

GEORGES BERNANOS

No sé si recordará de su época de estudiante cómo nos explicaban de manera elemental que nos formábamos a partir de la unión de un óvulo, que ponía nuestra madre, y de un espermatozoide, que ponía nuestro padre. Tras esa unión comenzaba una división de células que daba lugar a diferentes tejidos que formaban nuestros órganos y así, poco a poco, durante nueve meses de gestación nos convertíamos en el bebé que todos hemos sido.

Pues bien, nuestro cerebro sigue esa misma evolución: una serie de células se van reuniendo formando los tejidos que poco a poco lo acabarán configurando.

El cerebro, junto con nuestro pequeño corazoncito, es de los órganos que más pronto aparecen en el embrión humano. De hecho, antes de que nuestras madres se dieran cuenta de que estaban embarazadas, nuestro cerebro ya se estaba formando, pues el tejido nervioso había empezado a hacerlo justo pocos días después de la concepción.

Acompañándonos de la ilustración podemos seguir la formación de nuestro cerebro y así veremos cómo hacia la segunda y tercera semanas se conforma un tubo (llamado tubo neural) en cuyo interior se desarrollarán las diferentes estructuras que constituyen el sistema nervioso.

Poco a poco, hacia la octava semana, este tubo se va diferenciando en dos partes: la parte delantera, que se llama sector cefálico (y que a la larga será el origen de nuestro cerebro), en donde ya pueden verse unos rudimentarios prosencéfalo,* mesencéfalo* y romboencéfalo;* y la parte trasera, llamada sector medular, que será el origen de nuestra médula espinal (en la columna vertebral) y nuestro sistema nervioso.

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Ilustración 1. Formación del cerebro

Volvamos por un momento al sector cefálico, en donde hemos explicado que hay tres zonas diferenciadas (prosencéfalo, mesencéfalo y romboencéfalo). Pues bien, esas zonas son las que conformarán las tres partes a las que hacíamos referencia cuando hablábamos de la evolución:

—El cerebro más primitivo (reptiliano) y que nos permite sobrevivir estará formado básicamente por el desarrollo del romboencéfalo.

—El cerebro que se encarga de las emociones y el cuidado (el de los mamíferos) estará formado básicamente por el desarrollo del mesencéfalo.

—El córtex cerebral y los hemisferios cerebrales* se formarán a partir del prosencéfalo.

¿Cómo conseguir un desarrollo óptimo en esta etapa?

Las primeras fases embrionarias son cruciales para nuestro desarrollo. Cualquier alteración en el sector medular puede provocar malformaciones como, por ejemplo, la espina bífida (cuando el tubo neuronal no se cierra bien); si hay alteraciones en el sector cefálico pueden dar lugar a déficits cognitivos y sensitivos de mayor o menor importancia; incluso a la anencefalia (deformación que consiste en ausencia total o parcial de los hemisferios cerebrales).

De ahí la importancia de que se extremen medidas de cuidado tanto para la madre como para el bebé que va a nacer y que las medidas políticas se tomen en este sentido. A modo de ejemplo se podría obligar a las empresas a explicar a las madres gestantes los productos con los que está en contacto por si alguno pudiera afectar a los bebés. No estaría de más que se fomentara desde los gobiernos la adecuación del lugar de trabajo a la mujer embarazada consistente en evitar hacer horarios nocturnos o en dejar más tiempos de descanso. Dar ayudas a las embarazadas para que su alimentación no sea deficitaria… En definitiva, medidas para procurar la correcta formación del feto. Nuestro país está muy avanzado en este sentido, pero desgraciadamente otros no y merece la pena pedir el establecimiento de medidas políticas para que los niños, futuros ciudadanos, nazcan más sanos.

Según Mulder,3 el estrés durante el embarazo, así como los déficits en la dieta de la gestante, pueden tener resultados sobre el desarrollo cerebral del bebé tanto a corto como a largo plazo.

Por lo tanto, si usted está embarazada extreme estas medidas de seguridad:

RESUMEN

  • Nuestro cerebro no fue así desde siempre. No es un órgano que surgió de la nada. Nuestro cerebro es el resultado de millones de años de evolución.
  • Nuestro cerebro presenta tres niveles que se originaron durante esa evolución:
    1. Un cerebro que nos mantiene con vida (que hemos heredado del cerebro reptiliano).
    2. Un cerebro que nos permite amar, cuidar a los demás (cerebro mamífero).
    3. Un cerebro que permite funciones superiores como hablar y razonar (el córtex cerebral), que apareció con los primeros homínidos y se perfeccionó hasta llegar a su capacidad actual.
  • El cerebro comienza a formarse a los pocos días de la concepción del embrión.
  • Lo primero que aparece es el tubo neural, cuya parte anterior formará nuestro cerebro y la posterior, nuestra médula espinal.
  • A partir de la quinta semana de gestación se puede observar que esa parte anterior se va dividiendo en tres partes —romboencéfalo, mesencéfalo y prosencéfalo— que darán lugar respectivamente al cerebelo* (que nos mantiene con vida), al sistema límbico (que nos permite emocionarnos y amar) y al neocórtex (que nos permite hablar y razonar).
  • Estas etapas tan tempranas son cruciales para nuestro desarrollo.
  • Por eso es tan importante vigilar la alimentación durante el embarazo, no consumir ningún tipo de droga ni alcohol, evitar exponerse a agentes químicos o radiaciones peligrosas, así como a ciertas enfermedades infecciosas.
  • Es importante el consumo de ácido fólico desde antes del embarazo (si puede predecirse) y de calcio durante el mismo.

PREGUNTAS

1.   Estoy esperando un bebé y no sé qué puedo hacer durante el embarazo para favorecer su óptimo desarrollo cerebral (y corporal).

Ante todo, enhorabuena por tu estado. En cuanto a tu pregunta, podríamos dividirla en tres objetivos muy sencillos:

  1. El primero, no estropear lo que por naturaleza tiende a ir bien. Esto es: no hacer nada que pueda interferir en el normal desarrollo del sistema nervioso y del cerebro del bebé. Es decir, como ya hemos comentado, evitar el consumo de tóxicos (drogas, alcohol), el estrés, las situaciones de riesgo por traumatismo y por infecciones (toxoplasma y otros) y finalmente ir con cuidado con ciertos fármacos.
  2. El segundo, facilitar que todo vaya bien, tomar todas las medidas preventivas necesarias para el correcto desarrollo del tejido nervioso del embrión: consumo de ácido fólico (recordar que se recomienda comenzar antes del embarazo), de vitaminas en la dosis correcta (evitar la hipervitaminosis), y establecer hábitos de vida saludables (alimentación variada y completa, ejercicio adecuado, suficientes horas de descanso, tranquilidad…).
  3. El tercero sería conseguir mejorar lo que la naturaleza en condiciones óptimas ya hace bien. Concierne más al tercer trimestre, en que el cerebro del bebé ya interacciona con el medio y es sensible a diferentes estímulos. Son las técnicas, clásicas o no, de hablarle, ponerle música…

Básicamente se trata de esto. Cabe recordar que el cerebro de nuestro bebé es como tantas cosas que están muy bien hechas: es difícil hacerlas mejores, pero no es tan difícil malograrlas. Así, pienso que lo principal es atender los dos primeros objetivos y no solo durante el embarazo, sino durante este y la crianza hasta la edad adulta.

2.   ¿Por qué es recomendable tomar el ácido fólico desde el momento en que te planteas el embarazo?

Como hemos explicado, la espina bífida es una malformación en el tubo neural y se produce en las primeras cuatro semanas de gestación, incluso antes de que la madre sea consciente de la primera falta. Está demostrado que el ácido fólico puede prevenir esta anomalía y por ello se recomienda que los niveles del mismo en el organismo de la gestante ya sean altos desde el inicio mismo del embarazo.

3.   Me han dicho que durante los primeros meses de gestación hay que extremar unas medidas de seguridad que a veces no hacen falta en el último trimestre de embarazo, ¿es así? Es que yo creo que cuando estás embarazada de poco tiempo no pueden afectarle tantas cosas al feto como cuando el niño ya está formado.

Precisamente hay muchos factores (enfermedades, fármacos, pruebas médicas como los rayos X, etc.) que son muy perjudiciales al principio porque el niño se está formando, en cambio, cuando el bebé ya está en la recta final del embarazo y ya está formado, los riesgos son menores.

Por ejemplo, realizar una radiografía (o radiar) a una madre al principio de su embarazo puede producir deformaciones en el feto de menos de veinte semanas, mientras que en un bebé a término ya no hay tantas complicaciones. Lo mismo sucede con la rubeola: si la madre la padece antes de las veinte semanas de gestación provoca muerte fetal; en el segundo trimestre provoca microcefalia, parálisis cerebral, sordera y retraso mental; y en el tercer trimestre el riesgo de anomalías se reduce al diez por ciento.

capítulo

dos

Cómo funciona el cerebro

Cerebro: aparato con que pensamos que pensamos.

AMBROSE BIERCE

Hasta ahora hemos visto cómo se forma nuestro cerebro casi desde el mismo momento de la concepción, incluso cómo se ha ido desarrollando y transformando a través de la evolución desde los orígenes del hombre. Pero… ¿cómo es su estructura? ¿En qué partes se divide? ¿A qué se dedica cada una de ellas? En definitiva: cómo funciona nuestro cerebro.

El cerebro por dentro

Si el cerebro humano fuese tan simple
que pudiésemos entenderlo
,
entonces seríamos tan simples
que no podríamos entenderlo.

ANÓNIMO

En el capítulo anterior hemos hablado de los tres niveles en que se puede dividir el cerebro. Vamos, pues, a localizarlos y a explicar mejor su funcionamiento y las relaciones entre ellos.

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Ilustración 2. Las partes del cerebro

En la imagen tenemos un cerebro al que imaginariamente hemos cortado verticalmente por la mitad, es lo que se denomina un corte sagital, y junto a la imagen la leyenda con el nombre de sus principales partes. Veamos qué partes forman cada uno de los tres niveles de cerebro de los que hemos estado hablando:

1.   Cerebro reptiliano.

Todos tenemos algo heredado de los reptiles. Por eso cuando alguien dice en plan despectivo que su suegra es una «lagarta», no sabe que en el fondo él también lo es.

Este cerebro reptiliano estaría formado por la médula espinal,* el bulbo raquídeo y el cerebelo (números 1, 2 y 3 del gráfico). Como se ve, es la parte situada en la zona inferior de todo el conjunto y es la responsable de nuestro comportamiento más ritual y más automático. Básicamente rige nuestras funciones vitales; regula el ritmo cardiaco, la circulación de la sangre, la respiración…

Es como un robot y actúa como tal respondiendo automáticamente a los estímulos, sobre todo con reacciones reflejas de defensa (lucha y huida) que le mandan desde el sistema límbico. Veamos algunos ejemplos:

Imagine por un momento que es de noche, va por el campo y cuando mira al suelo ve algo alargado que se mueve bajo sus pies. Seguramente, de forma instintiva pegará un salto para no pisar aquella serpiente venenosa. Ese es un comportamiento de huida básico y automático. Una vez ha pegado el salto, seguramente oirá risas de sus compañeros por haberse asustado de una inofensiva rama de árbol. Es una de las malas pasadas que nos puede jugar el cerebro primitivo, pero es mejor equivocarse de vez en cuando que no reaccionar cuando haya una serpiente de verdad.

Busquemos un segundo ejemplo más acorde con nuestra vida cotidiana: usted está tranquilamente paseando por la estación y de pronto nota que alguien le tira de la bolsa que lleva. Seguramente se girará con cara agresiva mientras atrae la bolsa con fuerza hacia usted. Este es un comportamiento de lucha básico y automático, como ya hemos explicado. Si acto seguido descubre que en realidad la bolsa se le ha enganchado en un banco, por ejemplo, respirará con alivio y pensará que ha sido un exagerado. Pero siempre es mejor comprobar que no ha pasado nada a lamentar que pase y no haber reaccionado a tiempo.

2.   Cerebro mamífero: el sistema límbico.

El sistema límbico estaría formado por la amígdala,* el hipotálamo,* la glándula pituitaria, el tálamo* y el cuerpo calloso* (números 4, 5, 6, 7 y 9 del gráfico).

Si los mamíferos sobrevivieron a los saurios (dinosaurios y otros reptiles en las épocas de las glaciaciones) fue, entre otras cosas, porque no dependían tanto del medio. Por ejemplo: los lagartos son de sangre fría, no regulan su temperatura y su metabolismo depende totalmente del calor exterior. Si el clima cambia y bajan las temperaturas, baja también su actividad. Pueden hibernar o incluso morir. Pero los mamíferos pueden regular su temperatura, y eso lo consiguen en parte por el sistema límbico, que no poseen los reptiles.

Otro ejemplo: los mamíferos sobrevivieron porque podían alimentar ellos mismos a sus crías y no las dejaban a merced de sus circunstancias. Pues bien, el cerebro mamífero se ocupa, entre otras tareas, de este tipo de cosas. Es el cerebro de las emociones puras. Emociones positivas como la afectividad, la empatía y el amor. El sistema límbico hizo que las madres sintieran por primera vez en la historia de la evolución el instinto maternal, hace más o menos sesenta millones de años, y esta emoción continúa vigente en la actualidad. Es, por tanto, el responsable de que la sociedad cuide de sus miembros más desprotegidos y de que vivamos en comunidad. Pero también es el cerebro de las emociones negativas y debido a él sentimos miedo e ira.

Ahora imagine la siguiente escena:

Juan ha tenido un mal día en el trabajo. Al salir debía ir a buscar a sus hijos al colegio y, como llegaba tarde, ha dejado el coche en doble fila. Cuando vuelve se da cuenta de que le han puesto una multa por estacionamiento indebido. Abre la puerta del auto, les dice a los niños que entren rápido, que llegan tarde a la clase de inglés, mientras estos se enzarzan en una discusión por unos cromos y no obedecen con celeridad. En ese momento Juan explota, les da un bofetón y grita: «¡¡¡Estoy harto!!! ¡¡¡Nunca obedecéis a la primera!!! ¡¡¡Siempre estáis discutiendo!!!».

A este tipo de acciones las denominamos secuestro amigdalar.*

En ese momento la situación nos provoca tal emoción negativa que la amígdala (quizás la parte más importante de nuestro sistema límbico y emocional) bloquea los lóbulos frontales* de nuestro córtex (en ese momento no podemos pensar) y obliga a actuar de forma automática a nuestro cerebro más primitivo con movimientos reflejos o alterando el ritmo cardiaco, por ejemplo. Es como si la amígdala secuestrara una parte de nosotros y nos obligara a actuar como ella quiere. Incluso muchas veces provoca que el cerebro reptiliano responda con movimientos automáticos. Por eso los niños pequeños cuando experimentan un secuestro amigdalar responden con conductas instintivas como morder, dar patadas o pegar, al igual que el padre de nuestro ejemplo. Tan solo recordar que un niño de dos años no puede controlarse y nosotros deberíamos poder hacerlo y no sobrepasar el límite.

3.   Córtex cerebral: el cerebro más humano.

Hay algunos animales que ya poseen un rudimentario córtex, pero no tan completo y grueso como el humano. Nuestro córtex es tan grueso y ocupa tanto que se ha tenido que replegar para poder caber en nuestro cráneo, de ahí su forma rugosa.

Del córtex (número 8 en el gráfico) dependen las funciones superiores, aquellas básicamente humanas: la capacidad de poder hablar, razonar, memorizar, inventar y planear el futuro.

Si el comportamiento del cerebro reptiliano lo podríamos definir como automático y «robotizado», el neocórtex es todo lo contrario: es inestable e impredecible. El córtex aprende y en función de las situaciones puede actuar de una forma u otra. Es lo que nos diferencia de las máquinas. Podemos calcular cuál es la mejor estrategia según el momento, según la voluntad y las ganas que tengamos.

Si pudiéramos mirar el cerebro desde arriba, descubriríamos que el córtex parece dividido por la mitad en dos partes: hemisferio derecho y hemisferio izquierdo, unidas ambas por una estructura llamada cuerpo calloso. Cada hemisferio se especializa en unas funciones diferentes: mientras que el izquierdo es racional, calculador, lógico…, el derecho es artístico, imaginativo, intuitivo y mejor en la percepción espacial.

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Ilustración 3. Hemisferios cerebrales

Para entender un poco más en qué está especializado cada hemisferio, podemos compararlos entre ellos:

El hemisferio derecho controla motóricamente la parte izquierda de nuestro cuerpo y el hemisferio izquierdo controla la parte derecha. Por eso (salvo en los zurdos) escribimos con la derecha, ya que el izquierdo es el responsable del lenguaje y la escritura.

El izquierdo se ocupa del texto y el derecho, del contexto. Se dice también que el izquierdo es el que hace las leyes y el derecho se encarga de interpretarlas. El izquierdo se ocupa del qué se ha dicho y el derecho de cómo se ha dicho.

El hemisferio izquierdo es secuencial (analiza las cosas una después de otra), por eso es bueno en la lectura, la escritura… Y el hemisferio derecho es simultáneo y sirve para reconocer caras, fotos…

IMPORTANTE

Aunque existen áreas diferenciadas en el cerebro, con funciones diferenciadas, ninguna de esas partes del cerebro trabaja separada de las demás. Todas están interconectadas y funcionan a la vez, aunque en ciertos momentos alguna pueda predominar sobre las demás.

El funcionamiento vertical: abajo-arriba / arriba-abajo

Si nuestra mente se ve dominada por el enojo,

desperdiciaremos la mejor parte del cerebro humano:

la sabiduría, la capacidad de discernir y decidir lo que está bien o mal.

DALÁI LAMA

Imagine nuestro cerebro como un gran centro comercial: hay tres diferentes niveles y cada uno está destinado a departamentos diferentes. Veamos cómo funciona nuestro centro comercial.

Las plantas más bajas suelen estar dedicadas a servicios básicos: normalmente el aparcamiento y a veces aseos. Debe ser de acceso rápido porque si el acceso es complicado la gente se irá a otro centro en donde tenga más facilidades. De la misma forma nuestro cerebro más primitivo está en la base para que nuestras necesidades más vitales sean solucionadas y no muramos en el intento.

Luego vienen las plantas de moda, complementos, juguetería… Menos necesarias y básicas, pero que también deben resultar accesibles si queremos que el centro funcione y las personas no busquen otra alternativa más cómoda. Estos productos son los que dan sentido a un centro comercial porque si solo hubiera aparcamiento y aseos, no sería un centro comercial. Así el cerebro emocional da sentido a la palabra cerebro, porque las funciones de supervivencia las pueden cubrir otras muchas áreas (las plantas sobreviven y no tienen cerebro), pero emocionarse y actuar por esa emoción solo es gracias a nuestro sistema límbico.

Por último, en la planta más alta suelen encontrarse el restaurante, la cafetería, zonas de lectura o de juegos, multicines, terrazas… Esto es lo que diferencia un centro comercial de una tienda: las tiendas no suelen tener zonas de ocio ni restauración y los centros comerciales sí. De la misma forma se distingue el cerebro de otros animales y el humano: porque nosotros tenemos un córtex que ellos no tienen y que nos hace pensar, planificar, tomar decisiones...

Bien, tenemos ese centro comercial y observamos que la zona baja funciona prácticamente sola (en el aparcamiento no hay operarios, como mucho un vigilante). De la misma forma, y como ya hemos explicado anteriormente, nuestro cerebro más primitivo funciona automáticamente.

Pero en la segunda planta ya hay muchos más empleados: los vendedores (de estos incluso varios por cada sección, pues deben atender al cliente, buscarle la talla adecuada y cobrar el importe) más el personal de limpieza, los vigilantes de seguridad (para que nadie se lleve nada sin pasar por caja…). Estos empleados reaccionan según el cliente que entra. Si no entran clientes el vendedor se aburrirá mucho, y si nadie se lleva nada el vigilante apenas actuará. Pero si entran muchas personas los vendedores no darán abasto y el vigilante deberá aguzar su vista. Si encima tenemos que esa multitud de clientes son muy exigentes, los vendedores deberán hacer verdaderos esfuerzos para no estallar. Pues bien, nuestro cerebro emocional también actúa en función de la información que va entrando.

En la última planta está la parte más humana, nuestro córtex es lo que nos diferencia de otros animales. En esa planta se puede pensar, descansar, planificar…

Imaginemos cómo sería un recorrido por nuestro cerebro comparado con un centro comercial:

Cuando el exterior entra en nuestro cerebro lo hace por la parte más primitiva, al igual que entramos por el aparcamiento del centro comercial. Esa zona funciona sola y apenas hemos de preocuparnos de ella. Nos mantiene con vida y solucionará problemas de cambios de luz, temperatura, dolor… y si no los soluciona, nos avisará con pequeñas molestias.

Pero cuando entramos en las tiendas provocamos en los trabajadores unas reacciones. De la misma forma cuando algo nos pasa nuestro cerebro emocional reacciona y puede provocar emociones positivas, negativas o ausencia de emoción. Por ejemplo, usted se prueba un traje que le gusta y según cómo le quede, puede que se alegre, que se entristezca o que le deje indiferente. Si el vestido le queda bien (se alegra) irá a la planta superior a celebrarlo, si el vestido le queda mal irá a la planta superior a tomar algo para superarlo y ya está. Siempre que nuestras emociones se ponen a funcionar, pasan esa información al córtex para tomar una decisión adecuada. Pero si el berrinche ante el vestido es muy grande, a lo mejor usted monta en cólera en la misma tienda (secuestro amigdalar) sin darle tiempo a llegar a la planta superior para valorar sus decisiones.

Lo importante para superar nuestras emociones es subirlas desde el sistema límbico a nuestro córtex. Allí, con la ayuda de nuestros hemisferios las solucionaremos. Eso es lo que llamamos el funcionamiento abajo-arriba.

Imagine que está muy enfadado porque han ascendido al sobrino del jefe en lugar de a usted. Ese hecho le ha provocado una emoción negativa (tristeza o rabia) y está en casa muy abatido.

Si en ese momento le dan otra mala noticia, si en ese momento parece que nadie de la familia lo entiende y encima se burlan de usted por estar abatido…, usted va a explotar. Sufrirá un secuestro amigdalar.

En cambio, si alguien viene y le dice: «Te debes de sentir mal por lo del ascenso, una injusticia así es difícil de asumir, a mí me hubiera pasado igual…», usted se siente reconfortado (al menos no aumentan su dolor), le dan la oportunidad de desahogarse y ya no hay un secuestro amigdalar.

Pero todavía es más efectivo cuando podemos solucionar, aunque sea en parte, el problema. Esto sería equivalente a decirle a usted en pleno bajón por no haber ascendido de categoría: «Te debes de sentir mal por lo del ascenso, una injusticia así es difícil de asumir, a mí me hubiera pasado igual… ¿Qué te parece si buscamos la forma de que no te vuelva a pasar? Quizás hay alguna fórmula para hablar con tu jefe o a lo mejor podemos plantearnos con tiempo buscar un nuevo empleo…». En ese momento hay un cambio de planta: nuestras emociones (sistema límbico) se calman y vamos a pensar una solución.

Con los niños pasa igual: cuando se enfaden primero intente consolarlos y comprender sus emociones y luego deles posibles soluciones para que elijan la que más les guste. Debe solucionar primero las emociones (la planta primera en donde está) y luego ayudarse del córtex (la planta superior, la parte más externa del cerebro).

La neurología, una de las ciencias que estudian el cerebro, ha demostrado que los sentimientos dependen del sistema límbico (cerebro emocional) y que el razonamiento depende del córtex cerebral. Ambas partes del cerebro tienen una curiosa propiedad: si se altera una, cuesta más que funcione la otra.

Por eso cuando estamos estresados (sistema límbico) nos cuesta pensar con claridad y razonar (córtex). Esa es la explicación de por qué al sujeto del ejemplo anterior le cuesta razonar y actuar: está bloqueado por sus emociones y por lo tanto que piense con el córtex será muy difícil. Es el secuestro de la amígdala del que hablábamos. Esa parte de nuestro sistema límbico «desconecta» los lóbulos frontales de nuestro córtex.

De ahí la frase del Dalái Lama con la que iniciábamos este apartado: «Si nuestra mente se ve dominada por el enojo, desperdiciaremos la mejor parte del cerebro humano: la sabiduría, la capacidad de discernir y decidir lo que está bien o mal», porque el cerebro emocional no dejará que funcione nuestro córtex, la ira o la tristeza nos bloquea la capacidad de decidir.

La única forma de sacar a una persona de ese estado es consolándola, y no llevándole la contraria en sus sentimientos (eso la puede herir y bloquearla todavía más), y luego intentaremos que conecte con su córtex, que piense y busque soluciones.

Pero el córtex también puede «desconectar» la amígdala y el pensamiento puede modular el sentimiento. Es el funcionamiento de arriba-abajo:

Imagine que está cocinando un pastel y se da cuenta de que acaba de poner medio kilo de sal en lugar de azúcar. ¡Todo el pastel a la basura! Seguramente se sentirá enfadado, pero en ese momento puede hacer que su córtex pare la emoción del sistema límbico. ¿Cómo? Por ejemplo, diciéndose a sí mismo que lo que le ha sucedido no es importante y que en lugar de perder el tiempo en compadecerse puede hacer otra tarta.

Hace poco vi una película de acción en que la protagonista se encontraba en una situación difícil en que corría peligro su vida. Estaba ofuscada y no sabía qué hacer. En un momento dado, respiró hondo y se dijo a sí misma: «Cálmate y piensa, si no, no saldremos de esta». Esa es la forma de funcionar de arriba abajo, ya que apelamos a nuestra cordura (córtex) para detener a nuestro sistema límbico.

Se ha comprobado que el córtex prefrontal izquierdo apacigua la amígdala. ¿Se acuerdan de la frase «El hombre propone y Dios dispone»? Es como si la amígdala propusiera un enfado y el córtex prefontal dispusiera qué hacer. Salvo casos en los que ha habido un secuestro amigdalar (en que la amígdala anula ese córtex), la mayoría de las veces podemos calmarnos apelando a nuestro córtex izquierdo.

Al leer esto alguien podría deducir que lo mejor es siempre utilizar el córtex y centrarse en pensar, pero las emociones ayudan a tomar buenas decisiones porque nos hacen tener en cuenta también lo que nos gusta o lo que no nos gusta, lo que nos hará sentir bien o mal…

O como dice Goleman:6

No es que pretendamos eliminar la emoción y poner la razón en su lugar —como quería Erasmo—, sino que nuestra intención es la de describir el modo inteligente de armonizar ambas funciones. El viejo paradigma proponía un ideal de razón liberada de los impulsos de la emoción. El nuevo paradigma, por su parte, propone armonizar cabeza y corazón.

Solamente mediante la integración de todas las partes de su cerebro trabajando juntas y coordinadas se pueden solucionar los problemas emocionales y tomar decisiones adecuadas.

Ese es el funcionamiento en vertical (abajo-arriba / arriba-abajo) de nuestro cerebro y que explicaremos con ejemplos en los siguientes capítulos para evitar y solucionar muchos conflictos con los niños (y los adultos).

Pero no es la única forma en que funciona nuestro cerebro, también funciona con un mecanismo horizontal de derecha-izquierda.

El funcionamiento horizontal: derecha-izquierda

Solamente quien tiene cerebro puede cambiar de idea.

E. WESCOTT

Explicábamos que nuestro córtex cerebral se divide en dos hemisferios: izquierdo y derecho. Cada uno de ellos tiene una forma de actuar que lo diferencia del otro. Así, el hemisferio izquierdo es el más lógico y racional mientras que el derecho es el de la creatividad y las ideas.

Si seguimos con el símil de nuestro centro comercial, es como si la última planta (nuestro córtex) estuviera separada en dos áreas: la zona para adultos con restaurantes y cafeterías para adultos, y la zona infantil con restaurantes para niños o de cadenas de comida rápida y centros de juegos.

Lo deseable es que en la zona de niños puedan entrar los padres y en las zonas de adultos se deje acceso a los niños. Si no lo hacemos así, las familias deberán separarse, los niños pequeños llorarán sin sus padres y los padres lo pasarán mal sin saber de sus hijos. ¿Qué familia volvería a ese centro comercial?

Lo mismo sucede en nuestro cerebro, que los dos hemisferios deben trabajar juntos, a la vez o en alternancia de momentos, para que todo fluya.

El hemisferio izquierdo es el orden, que está bien, pero es muy rígido y poco flexible, lo que puede perjudicarnos. Como vemos tiene su parte positiva y su parte no tan positiva. Al hemisferio derecho le pasa lo mismo, que tiene cosas positivas (es flexible, creativo, imaginativo…) pero es muy caótico y puede abrumarse con facilidad.

Salvo casos de ofuscación y secuestro amigdalar (en que las riendas las toma la amígdala), es nuestro hemisferio derecho el que se encarga de analizar nuestras emociones provenientes de circuitos inferiores (tálamo) y el izquierdo intenta calmar la amígdala para pensar con claridad y resolver y actuar como es debido. Veamos un ejemplo:

Usted tiene un problema porque le acaba de llegar la notificación de que le han puesto una multa de tráfico por un pequeño descuido, lo que le genera una emoción negativa (de eso ya se encargará su sistema límbico). Pero usted quiere solucionar ese problema porque es consciente de ese malestar. Eso quiere decir que su córtex está interviniendo con el funcionamiento en vertical que hemos explicado antes). Pero… ¿cómo funcionan los hemisferios?

Normalmente empieza a intervenir a través del hemisferio derecho, que se ha dado cuenta de esa emoción y empieza un traspaso de información derecha-izquierda (como un péndulo) para sopesar las diferentes opciones. Su cerebro izquierdo le dice que debe pagar la multa (es el hemisferio lógico, frío, calculador…), pero el derecho le dice que no se la merecía y que debe buscar la forma de no pagar (el hemisferio derecho es el que tiene ideas creativas). El izquierdo le hace ver que eso le saldrá más caro en inversión de tiempo e incluso puede que de dinero y que no vale la pena. Pero el derecho, que no aguanta las injusticias, ya ha planeado diversas estrategias para librarse (dirá que no es usted el de la foto, echará las culpas a su suegra para que le quiten los puntos a ella…). El problema acabará si la solución que busca es lógica y no le produce malestar emocional. Es decir, cuando ambos hemisferios se pongan de acuerdo para buscar un punto medio.

Esa es la llave del funcionamiento derecha-izquierda: integrar los dos hemisferios cerebrales para solucionar un problema emocional. Nadie trabaja solo con un hemisferio, pero a veces tendemos a ver las cosas solo desde un punto de vista que puede ser muy caótico con una predominancia derecha o muy rígido con una predominancia izquierda. Lo ideal es buscar el punto justo, ya que actuar con una predominancia marcada tiene sus pros y sus contras. Para hacerlo más comprensible vamos a explicar cómo funcionaría un padre que tuviera una predominancia hemisférica muy exagerada. ¿Qué va a pasar?

Pues si usted tuviera una predominancia del hemisferio izquierdo exagerada, sería un padre muy inflexible, autoritario y que necesitaría que se acatasen sus normas para sentirse bien. Reaccionaría con frialdad ante las emociones de sus hijos porque no las entendería (ya que de eso se encarga el hemisferio derecho) y los abrazaría o besaría poco. En definitiva: el peor educador emocional de un niño, pero seguramente los llevará siempre aseados y puntuales.

En cambio, si usted tiene una predominancia exagerada de hemisferio derecho, será un padre creativo, que propondrá gran cantidad de actividades o juegos diferentes. Un padre que se emocionará con facilidad y que descargará en su familia todas las emociones que siente (tanto si está muy enfadado como si está muy alegre). Seguramente será un padre muy divertido, pero poco responsable y ordenado.

Cuando dejamos que ambos hemisferios se integren es cuando sabemos elegir lo mejor de los dos mundos (sin llegar al extremo de cada uno) y lo proyectamos con armonía en todo lo que hacemos.

Daniel Siegel7 lo expresa así:

Cuando los cerebros izquierdo y derecho están integrados, podemos abordar la paternidad desde una posición racional, sólida, la del cerebro izquierdo —una posición que nos permite tomar decisiones importantes, resolver problemas e imponer límites—, y también desde una posición conectada emocionalmente, la del cerebro derecho, en la que somos conscientes de los sentimientos y las sensaciones de nuestro cuerpo y de nuestras emociones, para poder responder afectuosamente a las necesidades de nuestros hijos. De este modo, ejerceremos la tarea de ser padres con nuestro propio cerebro pleno.

RESUMEN

  • Aunque existen áreas diferenciadas en el cerebro, con funciones diferenciadas, nunca ninguna de esas partes del cerebro trabaja separada de las demás. Todas están interconectadas y funcionan a la vez, aunque en ciertos momentos pueda predominar alguna.
  • Existe una cierta organización vertical en nuestro cerebro. La parte inferior es la más básica y más antigua. La parte superior es la más exclusivamente humana y compleja.
  • Podemos tener en mente este esquema a la hora de enfrentar un problema o al ayudar a otra persona en una situación de conflicto. Llevar las decisiones al nivel más alto y huir de soluciones automáticas o demasiado emotivas generalmente es la mejor idea.
  • Por otro lado, también existe una división horizontal que divide nuestro cerebro en hemisferio izquierdo y hemisferio derecho. Anatómicamente son iguales y realizan funciones parecidas, pero lo hacen con un enfoque totalmente distinto.
  • El cerebro izquierdo es calculador, rígido, poco flexible y poco imaginativo, podríamos equipararlo al ejército. Las cosas son como son y las interpretaciones y las improvisaciones no son bienvenidas.
  • El cerebro derecho es creativo y libre, pero también caótico e irresponsable.
  • Hablamos de integración de los dos cerebros o de los dos hemisferios cuando las situaciones las ponderamos teniendo en cuenta factores propios de cada lado.
  • Los conflictos actúan generalmente en un primer momento sobre el cerebro derecho. A partir de ahí cada hemisferio o cerebro hace su aportación (más lógica y fría el izquierdo, más imaginativa y poco práctica el derecho) hasta llegar a un término medio en que la persona se siente de alguna forma cómoda con la solución.
  • La integración de ambos hemisferios es tan importante que la falta de ella puede generar disfunciones e incluso patologías. Hay técnicas de integración que mediante estímulos físicos consiguen que situaciones traumáticas que el sujeto solo pudo manejar a nivel emocional sean reevaluadas por el cerebro izquierdo, consiguiendo superar con ello traumas y fobias.

PREGUNTAS

1.   Tengo un hijo de cuatro años que es muy creativo y emocional, tiene una gran capacidad investigadora y es un gran explorador. Por lo que hemos leído, debe de tener una predominancia muy grande del hemisferio derecho. El problema es que su padre es muy racional y tolera muy poco el ruido que hace nuestro hijo o algunas de las actividades que elige. ¿Hay incompatibilidades hemisféricas?

Qué duda cabe de que la situación ideal es aquella en que tanto los padres como los hijos tienen los dos hemisferios perfectamente integrados y se mueven sin problemas en situaciones de predominio tanto del derecho como del izquierdo.

En esta situación los conflictos son menos porque ambos pueden asimilar que el otro adopte conductas dentro del rango de ambos hemisferios. En esta situación ideal, por ejemplo, los padres podrían aceptar que su hijo haya invitado a toda la clase a merendar sin avisar y asumir todo el trabajo que ello conlleva sin reñir a la criatura. Por el contrario, el niño podrá aprender de sus padres que hay situaciones en que uno debe acatar las normas sin más (situaciones de riesgo físico, por ejemplo) y que ya habrá otras ocasiones en que el comportamiento atolondrado está totalmente permitido.

Sin embargo, esto no es lo que sucede siempre y no es difícil encontrar personas con un predominio claro de un hemisferio que tienen a su cargo a niños con predominio del otro hemisferio. A esto es a lo que en la pregunta se hace referencia como incompatibilidades hemisféricas.

Estas incompatibilidades no son tales cuando el que ejerce la autoridad tiene predominio del cerebro derecho y el niño la tiene del cerebro izquierdo. Un niño especialmente rígido, planificador, amante del control, no tiene por qué pasarlo mal con un maestro o con un padre con predominio derecho, ya que este lo entenderá y, a pesar de que no pueda satisfacer todos los deseos de control, pulcritud, puntualidad, etc., que pide el niño, sí que intentará entenderlo y empatizar con él, por lo que el niño estará generalmente reconfortado.

La situación más complicada es aquella en que el cuidador es de predominio izquierdo, muy inflexible, y el niño es de predominio derecho, con mucha capacidad de generar caos e imprevisibilidad. En este caso sí que es conveniente hacer un trabajo sobre el padre intentando que sea el adulto quien realice la integración de ambos hemisferios, puesto que el niño aún es pequeño para ello. Hay que intentar que el adulto comprenda que la falta de entendimiento entre ambos no nace de la maldad del niño, ni de que sea un inconsciente o un maleducado, sino que su forma de ver el mundo es distinta, pero no necesariamente mala. Uno de los objetivos de este libro es ayudar a padres y a hijos a actuar con un cerebro integrado.

2.   Mi hijo de tres años se obceca con algunas cosas y si no pueden ser de esa forma se enfada mucho. El otro día se enfadó porque su vaso (con dibujos de coches) estaba sucio y le di otro para beber. O hace poco se enfadó conmigo porque no había puesto los coches «exactamente» en la línea que él quería. ¿Eso quiere decir que es de predominancia hemisférica izquierda?

No. Entre los dos y los cuatro años los niños tienen conductas de este tipo: ordenan las cosas y se molestan si no están en ese orden; quieren exactamente los mismos cubiertos para comer o el mismo plato; se enfadan si al contarles un cuento nos saltamos alguna frase… Eso no tiene nada que ver con lo que serán de mayores.

SEGUNDA PARTE

NEUROPSICOLOGÍA
PARA PADRES

capítulo

tres

Felicidad vs. inteligencia

Es grande ser grande, pero es mayor ser humano.

WILL ROGERS

Hace unos años descubrí una frase de Hoffman que me impactó: «Los árboles no crecen tirando de las hojas». Y eso es lo que hacemos a veces con nuestros hijos, tiramos y tiramos de ellos desde las hojas, los apuntamos a un sinfín de actividades, los machacamos a deberes y lo único que conseguimos es que estén más estresados y que odien estudiar. Lo que vamos a mostrar en este libro es cómo ser unos buenos jardineros: en lugar de tirar de ellos desde las hojas, les pondremos abono, les daremos riego, los podaremos en su momento, vigilaremos que no enfermen y si es así aplicaremos los tratamientos fitosanitarios que hagan falta, les hablaremos (hablar a las plantas da muy buen resultado, créame). Es decir, vamos a facilitarles las mejores condiciones para que sean árboles magníficos dentro de su especie. Y eso es importante porque nadie puede prometerle a un sauce que conseguirá que sus ramas miren al cielo, ni a una palmera que no se doblará ante los vientos tropicales ni a un baobab que tendrá las raíces pequeñas… Pero si se trata de un buen jardinero, seguro que puede ayudarlos a ser un excelente sauce, una hermosa palmera o un baobab admirable.

Por eso, estoy convencida de que intentar aumentar la inteligencia de un niño sin tener en cuenta otros factores de relevancia capital en la infancia, como son el emocional, el físico, el social…, raramente va a convertir a nuestro hijo en un niño más feliz o en un niño psicológicamente más sano, antes al contrario. Por otro lado, conseguir que un niño tenga una infancia feliz y acorde con sus necesidades probablemente haga de él un adulto feliz y con toda probabilidad, más inteligente.

Pero, para que este planteamiento se entienda mejor, necesitamos definir dos conceptos: felicidad e inteligencia.

Qué es la felicidad

El bien de la humanidad debe consistir en

que cada uno goce al máximo

de la felicidad que pueda,

sin disminuir la felicidad de los demás.

ALDOUS HUXLEY

Es una ardua tarea definir la felicidad. Lo sé. También sé que muchos consagrados investigadores del tema aún no se han puesto de acuerdo. Pero no pretendemos hacer el manual definitivo sobre el tema, sino plasmar unas pinceladas para tener una idea aproximada.

Lo que sí está claro es que la felicidad es un estado de ánimo positivo en el que uno siente paz interior, satisfacción y alegría por haber alcanzado alguna meta propuesta o por estar llevándola a cabo.

Para mí la mejor definición es:

La felicidad es un estado de bienestar mental.

Las personas felices piensan que la vida vale la pena vivirla y como no perciben las contradicciones o los errores como fracasos, sino como desafíos, eso las alienta a proponerse nuevas metas, lo que les genera más felicidad.

¿Usted alienta a su hijo a que realice sus propias metas o lo desalienta si estas no coinciden con las suyas? ¿Lo riñe ante un error o un fracaso o le enseña cómo superarlo? Enseñar a su hijo a ser feliz es un camino que empieza desde que él es muy pequeño y usted puede mostrárselo o puede escondérselo.

Hoy en día sabemos que hay personas felices e infelices en todos los estamentos de la sociedad, sin distinción de sexo, raza o edad. Por lo tanto, no existe «algo» que nos haga felices a todos, sino que cada uno debe encontrar el camino. Camino que puede empezar a marcarse desde el momento en que nacemos.

Qué es la inteligencia

Saber mucho no es lo mismo que ser inteligente.

La inteligencia no es solo información, sino también juicio,

la manera en que se recoge y maneja la información.

CARL SAGAN

En pleno siglo XXI, para muchos la inteligencia todavía es sinónimo de tener la capacidad de almacenar conocimientos y va muy ligada a la memoria y al aprendizaje académico. Pero hay personas con una gran memoria que no comprenden nada y son incapaces de resolver un problema sencillo. Recuerdo que cuando era pequeña en mi clase había una niña con una gran capacidad de estudiar y memorizar (y sacaba muy buenas notas, ¡claro!), pero era incapaz de relacionarse socialmente y fue incapaz de seguir estudiando de mayor cuando necesitaba comprender más que memorizar. Eso no es ser inteligente.

Hay gente que cree que es sinónimo de persona culta, o sabia, pero hay personas incultas muy inteligentes. El tener muchos conocimientos no nos hace más inteligentes ni más capaces de resolver un problema. De hecho, la literatura y el cine están llenos de historias en las que una persona muy culta es sacada de su «hábitat» y es incapaz de resolver pequeños problemas, ni tan siquiera los más elementales de subsistencia.

Pero esta concepción de la inteligencia está ya obsoleta.

De hecho, Howard Gardner postuló la idea de inteligencia múltiple, explicando que la inteligencia no se basa en una sola capacidad mental, sino en siete: la lógico-matemática, la espacial, la lingüística, la musical, la corporal, la interpersonal y la intrapersonal. Fíjese en los dos últimos apartados y verá como la habilidad de ser mejores con uno mismo y con los otros se considera un signo de inteligencia. Porque hasta el momento creíamos que la inteligencia servía para resolver cálculos matemáticos o problemas de física, sin ver que la capacidad para resolver problemas personales y de convivencia es aún más importante para tener éxito en la vida. Y en ese aspecto sí se puede trabajar para que su hijo sea más «inteligente».

Ahora sabemos que la inteligencia no era un mero aprendizaje de los libros, ni una habilidad estrictamente académica, ni un talento para superar pruebas. Más bien el concepto se refiere a comprender el entorno (y a manejarse en él).

En general, la inteligencia es la capacidad de comprender el entorno para procurarse una supervivencia y un bienestar.

Felicidad vs. inteligencia

¿Qué es la felicidad sino el desarrollo de nuestras facultades?

GERMAINE DE STAËL

La inteligencia es casi inútil a aquel que no tiene más que eso.

ALEXIS CARREL

La clave de todo radica en la última definición del apartado anterior, que es donde se unen felicidad e inteligencia, porque la inteligencia ha de servir para procurarnos ese bienestar, es decir, la felicidad. Si la inteligencia no nos sirve para poder sobrevivir y ser más felices, ¿es verdaderamente inteligencia? ¿Queremos fomentar un tipo de inteligencia en nuestros hijos que no les procure un bienestar?

Por eso puede que en el fondo de nuestros objetivos sí pretendamos formar niños más inteligentes, lo que sucede es que nuestro planteamiento es al revés de lo habitual: vamos a educar a los niños para hacerlos más felices, para conseguir ese bienestar mental y para que entonces, y solo entonces, vean la vida como una oportunidad de hacer cosas, llena de desafíos que les motivarán a aprender. Solo la felicidad puede aumentar nuestras expectativas de ser, de hacer y de aprender. La depresión y la tristeza (quizás los estados de ánimo que más se alejan de la felicidad) van acompañados de poca motivación por «ser» (ideas suicidas) y de poca motivación por «hacer» y «aprender».

Tengo muy claro, y espero dejarlo igual de claro a todos los lectores, que el desarrollo intelectual o académico no es el único que hay que tener en cuenta. A partir de ahora pretendo explicar cómo funciona el cerebro del niño en cada momento de su evolución para que se entienda qué necesita y qué puede hacerse. ¿Cuál es el objetivo de hacerlo así? Muy simple, para que no suceda que, pretendiendo mejorar algún aspecto (generalmente, el de los conocimientos o el del comportamiento), se malogren otros que se están adquiriendo en el mismo momento o que se frustre su bienestar, presente y futuro.

RESUMEN

  • La felicidad es un estado de bienestar mental. Los padres podemos poner a los hijos en el camino de conseguir su propia felicidad.
  • La inteligencia es mucho más que el simple acopio de conocimientos. Incluye campos muy distintos y entre ellos, la capacidad para mejorar nuestra propia situación y la de nuestro entorno.
  • El simple acopio de conocimientos o de habilidades no facilita la consecución de la felicidad, a menudo es al contrario.
  • Solo la felicidad puede aumentar nuestras expectativas de ser, de hacer y de aprender. La depresión y la tristeza van acompañadas de poca motivación por ser (ideas suicidas) y de poca motivación por hacer y aprender.

PREGUNTAS

1.   Mi pareja y yo adoptamos a nuestro hijo en el extranjero. Nos aseguramos de que el orfanato donde se crio tuviera el personal suficiente y cumpliera las condiciones mínimas. También nos aseguramos de que el niño no tuviera ninguna enfermedad mental. Sin embargo, comparado con otros niños de su edad que tenemos alrededor (e incluso confirmado por su pediatra y por las profesoras del parvulario), vemos que presenta un cierto retraso en cuanto a los aprendizajes (pintar, coger el lápiz, dibujo, reconocimiento de letras y números, etc.). ¿Por qué le sucede esto? ¿Hemos de trabajar más su inteligencia?

Los niños adoptados muchas veces han estado poco estimulados, de ahí también su retraso en algunas áreas. Además los niños adoptados también suelen llevar consigo un pasado traumático y poco feliz que ha provocado en ellos inseguridad y muchas veces no es solo que no los hayan estimulado, sino que ellos mismos tienen bloqueos emocionales que les impiden dedicarse a aprender porque deben dedicarse a sobrevivir. El abandono emocional que han sufrido les provoca estrés y el estrés bloquea la memoria y el aprendizaje. Esa es la explicación de lo que le sucede a su hijo. La ausencia de felicidad puede provocar retrasos en nuestro desarrollo.

No es cuestión de trabajar más su inteligencia (aunque pueden intentarlo) porque en muchos casos son niños a los que no les ha faltado tanto aporte de conocimientos como de cariño y estimulación. Conozco casos en que ya habían estado escolarizados o habían asistido a guarderías en sus países de origen, pero aun así su desarrollo era algo inferior al principio.

Por esto en estas situaciones se recomienda mucho contacto físico: abrazos y besos. Esta estimulación puede subsanar las carencias que ha tenido hasta la fecha. Pero lo más importante es ofrecerle seguridad. Por ahora no es seguridad en sí mismo, esto es algo que los padres no pueden dar, pero sí seguridad en el entorno. Se trata de que el niño aprenda que su entorno es seguro. Que si se hace daño y llora, alguien vendrá a atenderlo, que si tiene hambre se le dará de comer, y también de beber si tiene sed, que se le acompañará si necesita compañía o si tiene miedo. Priorice estos cuidados y verá que lo que usted llama inteligencia también evoluciona.

Es verdad que hay niños que suelen superar estas carencias muy pronto una vez son adoptados y tratados amorosamente por sus padres, pero también hay otros a los que les cuesta más. En estos casos recomiendo estimulación infantil y ayuda psicológica para minimizar las secuelas.

2.   ¿La inteligencia no es un camino para ser más felices?

Puede que lo sea porque no se conocen los caminos que llevan a la felicidad, pero mi opinión es que en demasiadas ocasiones no es así. Hace ya años que trabajo con niños de altas capacidades, cuyo nivel de inteligencia es muy elevado, y no todos ellos son felices, al contrario: hasta que no están adecuadamente detectados y tratados, la mayoría suelen tener problemas de autoestima y de inseguridad.

En cambio, sí que he comprobado que los niños que son felices suelen desarrollar más su potencial intelectual porque no tienen reparos en probar algo diferente y en ilusionarse en proyectos nuevos.

Así pues, no sé si la inteligencia es un camino para ser más felices, pero sí que sé que la felicidad nos ayuda a desarrollar nuestro potencial.

capítulo

cuatro

Soy valioso
El bebé de 0 a 6 meses

El cerebro no es un vaso por llenar,

sino una lámpara por encender.

PLUTARCO

Finalizábamos el capítulo anterior hablando de que íbamos a diseccionar cada etapa del crecimiento para conocer sus características. Esto nos permitirá entender mejor lo que le sucede al bebé o al niño, interpretar su conducta y sus reacciones, y por último, decidir qué podemos hacer para mejorar sus habilidades, tanto en el terreno intelectual como en el emocional y el social. Si bien cada niño es distinto, es una obviedad que el desarrollo no se detiene con el nacimiento, sino que seguimos cambiando y adquiriendo capacidades y habilidades hasta la edad adulta. Todos los bebés pasan por las mismas etapas, ya que de alguna manera seguimos una programación que llevamos en el ADN. Conocer las características de cada etapa y las peculiaridades de nuestro bebé nos permitirá ayudarlo en su desarrollo, mucho más que aplicarle un plan estándar de entrenamiento específico para tal o cual habilidad.

Características de la etapa

Cada bebé es único e irrepetible. Cada uno nacemos con un temperamento diferente y con una morfología diferenciada: ni siquiera los gemelos más idénticos son cien por cien iguales. Pero nuestro ADN humano hace que haya unas características y unas metas evolutivas que todos los bebés sanos presentan en cada etapa.

De cero a seis meses hay tres aspectos comunes a todos los bebés y que vamos a explicar:

El bebé es altricial

Si repasamos la historia nos daremos cuenta de que en la evolución del hombre ha habido dos grandes hitos: por un lado, el andar erguidos y por otro, que nuestro cerebro fuera mayor debido a un neocórtex más grande.

Pero ambas cosas son incompatibles porque para andar rectos tuvimos que estrechar nuestra pelvis (y el canal del parto), y el aumento de nuestro cerebro nos hizo más cabezones… ¿Cómo salir por una pelvis estrecha si ocupamos más volumen? La solución es que nacemos unos seis meses antes de lo que deberíamos nacer (así nuestra cabeza aún se ajusta al tamaño de la pelvis) y por eso, comparados con otros monos y primates, somos los recién nacidos más desvalidos, pues es como si nos faltaran meses de gestación.

Cuando una cría nace desvalida, como los humanos, y necesita que la cuiden mucho porque ella es incapaz de sobrevivir sola, se la denomina altricial.8 Nuestros bebés son altriciales. Por el contrario, los peces no lo son, pues no son cuidados por sus madres, que ni siquiera están presentes en el momento en que nacen de sus crías, como tampoco las tortugas. Por eso ese tipo de animales para asegurar la perpetuación de la especie suelen poner muchos huevos y tener muchas crías, ya que es más difícil que salgan adelante solos. En cambio, los altriciales solemos tener pocas crías (los primates y los humanos, generalmente solo una en cada parto), pero venimos programados para procurarles un gran cuidado y más en nuestro caso, en que se supone que nos faltan más de seis meses de gestación.

Así pues, los primeros meses de vida del bebé son en realidad una continuación de dicha gestación. ¿Y cómo se lleva a término esa exterogestación? Pues proporcionándole lo mismo que tenía cuando estaba en el útero materno.

Si a ese niño que nace se le recrean las mismas condiciones que tenía antes de nacer, seguirá con su evolución normal hasta que, poco a poco, dé muestras de que ya ha superado la etapa de exterogestación. Por eso es importante que a los bebés en estas etapas se les dé alimentación a demanda (como tenían en la barriga de su mamá), contacto continuado y mecimiento (como en el embarazo), y se les procure bienestar: eso y nada más propicia su correcto desarrollo.

En la siguiente ilustración podemos ver de una forma muy visual la evolución de la construcción del tejido nervioso cerebral y las arborizaciones dentríticas en un recién nacido, al mes de edad, a los tres meses y a los seis meses.9

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Ilustración 4. Evolución de la construcción del tejido nervioso cerebral

en un recién nacido, al mes de edad, a los tres meses y a los seis meses

Estas arborizaciones dentríticas serán más densas o menos según cómo tratemos a nuestro hijo o se verán mermadas si el niño no es atendido o satisfecho.

El que el niño o la niña se sienta atendido, satisfecho y estimulado influye decisivamente en la construcción de su tejido nervioso, enriqueciendo sus arborizaciones dentríticas y creando mayor contingente de sinapsis o, contrariamente, frustrando su desarrollo si es deficientemente atendido.10

Es decir, que si usted quiere un hijo más inteligente, procure que esté el máximo tiempo —por no decir todo el tiempo— atendido y satisfecho en lugar de dejarlo solo o llorando «para que se acostumbre». El contacto nos hace más inteligentes.

El bebé es un ser valioso (no en vano es un ser humano) si desde el momento que nace le dejamos claro que se le esperaba con amor, que nos dedicaremos en cuerpo y alma a él, es decir: que lo valoramos mucho; el bebé crecerá con una sana autoestima y seguridad en sí mismo. «Soy valioso —pensará cuando note nuestras reacciones—, debo de ser un ser que vale la pena cuidar.»

En cambio, si las consignas que recibe el bebé desde que nace son: «Que se espere, que llore, que se aguante, que no le pasa nada…», el bebé crecerá con inseguridad y con una baja autoestima. «No soy valioso —pensará—, debo de ser el último mono de esta casa porque no vale la pena cuidarme ni amarme. No merezco ser amado y cuidado.»

Entre los cero y los siete meses lo mejor que le puede decir a su hijo, tanto mediante las palabras como en los hechos, es lo valioso que es para usted.

Y eso se demuestra con amor y cuidado a tiempo completo. Los bebés de estas edades no distinguen entre el día y la noche y necesitan los mismos cuidados en cualquier momento del día.

Para que podamos realizar esa ardua tarea de cuidar a nuestro bebé altricial durante todo el día necesitamos invertir mucho tiempo como padres —es lo que se denomina inversión parental—. Es decir, que la dedicación de los padres de bebés altriciales ha de ser total porque si no sus crías podrían morir. ¿Cómo puede un bebé altricial «reclamar» ese cuidado de sus padres?

El bebé tiene un sexto sentido que capta cuando está solo o mal atendido. Numerosos estudios demuestran que cuando está separado de su madre puede llegar a modificar la temperatura corporal, su estado de humor, los niveles de cortisol…* Y para hacernos saber que se encuentra solo o mal atendido tiene una poderosa arma de comunicación: el llanto.

El doctor J. Mckenna monitorizó a bebés y mamás que dormían juntos y notó como el sueño y la respiración del bebé (entre otros factores) se modificaban dependiendo de si su madre estaba con él o no. ¡Incluso durmiendo notaban si faltaban sus madres! Pues ahora imagínese despiertos. El doctor Hoffer demostró que la separación de las madres (en este caso ratitas) alteraba más de quince funciones vitales del bebé, entre ellas, la temperatura, la frecuencia cardiaca, la tensión arterial, los periodos de sueño y la actividad de células inmunitarias. Nuestros hijos, si se «notan» solos, reclaman un cuidador cerca porque no se «sienten» bien. Esa es la explicación de por qué un bebé puede llorar a pesar de que «parece» que no le ocurre nada: llora porque se encuentra solo.11

El bebé necesita que se le dedique una gran inversión de tiempo y amor por parte de los padres. La falta de dedicación (y ya no digamos la falta de afecto) no desarrollará óptimamente el cerebro del niño. Y uno de los objetivos de este libro quedará sin cumplir.

¿Tan importante es la falta de amor y de contacto?

Harlow puso a monos bebés separados de sus madres en una jaula. En ella había un dispensador de leche dentro de una estructura de alambre que recordaba un poco a una madre y a su lado una recreación en peluche —mucho más lograda— de una mamá mona. Harlow pensó que los monitos se pasarían todo el día junto al dispensador de leche porque… ¿qué beneficios podían sacar de un peluche? Pues bien, se dio cuenta de que aquellos bebés mono se pasaban todo el día abrazados al peluche que les recordaba a su madre y, solamente cuando tenían mucha hambre, se acercaban al dispensador de leche por breves momentos. Cuando eran más mayores podían separarse de esa mamá de peluche, pero si algo iba mal, volvían a ella para consolarse. Era su figura de apego.

Harlow intuyó que la primera necesidad de los primates (nosotros también lo somos) es el contacto, el cariño y diseñó otro experimento: puso a bebés mono en la jaula solo con dispensadores de leche. Bien, esos monitos crecieron y se hicieron grandes porque la leche los alimentaba, pero nunca pudieron ser reintegrados a la manada porque eran agresivos con los otros monos e incluso con ellos mismos. Harlow concluyó que la primera necesidad de todo primate es la de amor y contacto y que su falta provoca agresividad, inestabilidad emocional e incapacidad para vivir en sociedad.

O explicado en palabras de Siegel:12

Cuando los progenitores son egoístas y no cumplen con dedicación y afecto esta función, se pueden frustrar algunas expectativas del desarrollo, generando dificultades en la maduración y en la interrelación del niño con el entorno natural y social.

Más recientemente, Sue Gerhardt13 ha demostrado cómo la influencia del afecto es de vital importancia en el desarrollo mental y emocional del bebé. Cómo gracias a estos cuidados los niños crecen psicológicamente más sanos. La misma autora en una entrevista14 dice:

(…) el tacto está resultando muy importante para el desarrollo. Así que hay que sostener en brazos al bebé, llevarlo con nosotros, tocarlo. Todo lo que genere placer, de hecho; porque las pruebas parecen demostrar que las sustancias bioquímicas relacionadas con el placer y con todo lo que lo genera ayudan a que se desarrollen las funciones superiores del cerebro. Por tanto, mantener el contacto visual, sonreír, jugar y divertirse con el bebé… Tenerlo en brazos, tocarlo, masajearlo… Todas estas medidas ayudan mucho en lo referente a la gestión del estrés.

Si queremos niños emocionalmente sanos y capaces de vivir en sociedad, es fundamental el contacto físico desde el momento del nacimiento: hágales saber lo muy valiosos que son para usted.

El bebé es emocional

En los capítulos anteriores hablábamos de que teníamos tres niveles en nuestro cerebro: el más básico y que nos permite sobrevivir; el mamífero relacionado con las emociones y el córtex que nos permite pensar.

Pues bien, los niños nacen con el primer nivel y el segundo prácticamente formados (eso les permite vivir y experimentar emociones), pero su córtex no está terminado. Bueno…, estar, está, pero es como cuando compramos un ordenador: está, pero aún no funciona porque falta que le instalemos ciertos programas. ¿Qué es lo que le falta al córtex infantil? Pues la capa mielina, que viene a ser una sustancia que recubre las neuronas para que funcionen mejor y más rápido. Esa mielinización* del córtex no está prácticamente terminada hasta los tres años.15

Esa es la explicación de por qué los bebés no pueden pensar o razonar mínimamente hasta esas edades, siendo esclavos de sus emociones, ya que el sistema límbico (y la amígdala) funcionan perfectamente, pero el córtex no. El bebé es un ser plenamente emocional.

Comentábamos en la primera parte del libro cómo, cuando nos emocionamos, el córtex prefrontal izquierdo puede detener la amígdala para pensar con más calma (funcionamiento vertical arriba-abajo). Si nuestro hijo no puede utilizar ese córtex prefrontal para frenar la amígdala, entonces puede ser pasto de sus emociones. Por eso a la mínima contradicción lloran a mares y su amígdala se adueña de todo si no los atendemos pronto. No se puede razonar con ellos porque no pueden discernir ni pensar adecuadamente.

¿Y qué sucede si no los atendemos?

Ya explicábamos en el apartado anterior cómo el bebé tiene un radar que le notifica cuándo no está siendo atendido. La única diferencia es que algunos se dan cuenta antes y otros lo hacen más tarde, pero todos se dan cuenta y protestan con ese mecanismo que la naturaleza les ha dado para hacernos saber que no están bien: el llanto.

En esos momentos el bebé sufre una situación de estrés que si dura mucho tiempo va a colapsar su cerebro porque al no tener desarrollado por completo el proceso de mielinización del córtex cerebral, no pueden parar esa activación.

La única persona que puede ayudar al bebé a enfrentarse con ese estrés es la figura de apego primaria (y más tarde, conforme crezca un poco más, también se calmará con otras figuras de apego). Es como los monitos de Harlow que solo podían calmarse con esa mamá suave de peluche. Poco a poco los bebés dejan de necesitar esa «ayuda externa» porque su cerebro es capaz de lidiar con ese estrés y han aprendido a autorregularse con la ayuda de su madre.

En palabras de Sue Gerhard: «Para que un ser humano sea realmente independiente, debe haber sido primero un bebé dependiente».16

Si ese estrés no se frena, se dispara el cortisol, que es una de las hormonas del estrés. El cortisol «mata» neuronas —por eso no es bueno estar estresado a ninguna edad— y si se segrega a menudo el desarrollo cerebral de nuestro bebé no será el óptimo.

(…) desde el momento del nacimiento hasta los dos o tres años, se desarrollan muchos sistemas importantísimos en el cerebro, especialmente los que utilizamos para gestionar nuestra vida emocional: la respuesta al estrés, por ejemplo. Los diferentes circuitos bioquímicos cerebrales en el cerebro superior, concretamente en la región orbitaria frontal, se empiezan a desarrollar en ese periodo.17

Pero, aparte de lo importante que es para un bebé no llorar ni estresarse en estas etapas primeras, ya que no gestiona su estrés y eso puede producirle la muerte de neuronas, hay nuevos descubrimientos de la neurología que nos llevan a asegurar que los buenos tratos durante el periodo de la primera infancia son cruciales para el desarrollo. Uno de esos descubrimientos fue el axioma de Hebb.

Donald Hebb se dio cuenta de que, desde que nacemos, nuestras neuronas ya están en nuestro cerebro, pero con pocas conexiones (ver ilustración de la p. 66), y que a partir de aquí se instauraban unos caminos y unas conexiones que dependían de lo que el bebé sentía y vivía. Los caminos que más se repetían tendían a marcarse más en el bebé y a reproducirse en el futuro. A esto Hebb lo llamó desarrollo cerebral dependiente de la experiencia.

Por lo tanto, llegó a la conclusión de que si se estimulan los centros de placer del bebé las conexiones aumentan y los caminos que se graban son de confianza, seguridad, autoestima… Y más adelante tendremos un niño (y un adulto) seguro, con una alta autoestima. Pero si dejamos que el bebé llore o no lo atendemos, las conexiones neuronales se empobrecen y las que se van grabando son las de inseguridad, temor, baja autoestima…

Dejar que un bebé tenga experiencias negativas, se estrese o llore en su más tierna infancia es muy negativo para su correcto desarrollo no solo cerebral, sino psicológico y social.

El bebé es sensorial, motor y social

Hasta el momento hemos explicado cómo el cerebro del bebé se va formando a lo largo de su vida y que, dependiendo de sus experiencias y el cuidado que reciba, lo moldeará de una u otra forma. Pero el bebé no llega a este mundo sin nada: el bebé viene con una dotación de base importante para garantizarse mínimamente la supervivencia.

El ser humano nace con pautas o disposiciones para procesar la información relevante del medio; tiene una mente física, una mente social y una mente lingüística, que le capacita para responder eficaz y adaptativamente a las exigencias en los respectivos dominios.18

Los bebés nacen con una dotación sensorial, motriz y social importante cuyo objetivo es mantener al cuidador cerca (llanto, sonrisa, morfología facial), procurarse alimento (huelen la leche de su madre y saben reptar hasta ella) y sobrevivir (reflejo de moro para las caídas, reflejo de extrusión).

Sin querer hacer un listado exhaustivo, vamos a explicarlos uno por uno:

1.   Dotación sensorial

A nivel sensorial son capaces de percibir todo aquello que les pueda ser útil:

2.   Dotación motriz

Al nacer, apenas tiene unos reflejos que le sirven para sobrevivir (de moro, de extrusión…). Pero poco a poco aprende a llevarse las cosas a la boca (que es su órgano táctil por excelencia, como ya hemos comentado), y empezar a conocer objetos, gustos, textura. También aprende a sostener su cabecita, a sentarse y a gatear, lo que le permite aprender a ver el mundo desde otros ángulos, a desplazarse autónomamente y a separarse de los brazos de su madre. Las conductas de arrastre y los inicios del gateo suelen darse en estos meses.

3.   Dotación social

Nuestros bebés necesitan que se establezcan lazos afectivos entre él y su cuidador y para ello no es que tenga muchas estrategias sociales de conversación o encanto personal, pero tiene las suficientes. Por un lado, sus rasgos morfológicos: los bebés de todos los mamíferos y aves tienen «cara de bebés» porque son seres altriciales que necesitan cuidados y así se procuran un cuidador. Esas caritas, esos ojitos, esas naricillas… nos enternecen. De ahí la compra compulsiva de cachorros-mascota. Luego el animal adulto ya no hace tanta gracia.

Además sonríen (la sonrisa es una poderosa arma para mantener a alguien cerca), y empiezan a balbucear como respuesta a la voz de personas conocidas.

Por lo tanto, deberíamos potenciar esas habilidades sensoriales, motrices y sociales, que harán que nuestro hijo vaya «progresando adecuadamente». Si no le dejamos practicarlas o interrumpimos sus actos reflejos (por ejemplo, reñirle si se lleva las manos a la boca), no estaremos propiciando su correcto desarrollo. Y encima vamos a provocar que sea menos feliz.

¿Cómo conseguir su desarrollo óptimo?

Antes de explicar qué se puede hacer en estas etapas tan precoces me gustaría reflexionar sobre unas premisas que considero muy importantes:

  1. Ante todo hay que garantizar las necesidades básicas de salud y nutrición del bebé. Ya sé que muchos de ustedes pensarán que soy una exagerada porque quien más y quien menos ya cubre ese tipo de necesidades básicas. Pero haga un esfuerzo por informarse porque, muchas veces, algún producto que le venderán como muy beneficioso para su bebé en realidad no lo es tanto. Y no me refiero solo a las leches artificiales.
       Extreme también las medidas de seguridad en casa, ya que la mayor parte de los accidentes infantiles ocurren en el hogar. ¿De qué nos sirve trabajar en un desarrollo óptimo del bebé si a la mínima está hospitalizado? Las secuelas que puede dejar una hospitalización en estas épocas tan tempranas del desarrollo no se pueden solucionar con programas de estimulación.

  2. Muchas veces con los bebés «menos es más». No se agobie con ejercicios. A veces un exceso de estimulación sensorial provoca un incremento de estrés y cortisol en su bebé. Piense que el mejor ejercicio es conseguir la felicidad de su hijo.

    Cuando los padres se ponen nerviosos en relación con los hitos, cuando dedican más tiempo a cultivar a su bebé que a reconfortarlo, también este puede estresarse. Si se inunda el cerebro infantil de hormonas de estrés como la adrenalina* y el cortisol, el cambio químico puede ser permanente con el tiempo y dificultar el aprendizaje o el control de la agresividad en la vida posterior, así como aumentar el peligro de depresión.19

  3. Para realizar alguno de los ejercicios que le proponemos asegúrese de que el niño no está muy cansado, ni irritable, ni soñoliento. El bebé debe estar en alerta tranquila.

A partir de aquí vamos a ver cómo podemos ayudar a nuestro hijo teniendo en cuenta sus necesidades y sus habilidades

Desarrollo óptimo del bebé como ser altricial

Ya hemos visto cómo el bebé es un ser altricial que necesita cuidados. Si no se los damos su desarrollo cerebral se ve truncado. Si no recibe contacto prolongado y atención, las conexiones entre sus neuronas serán menores y su agresividad será mayor… Por lo tanto, le recomendamos que extreme los cuidados y el contacto con su hijo. Dígale con su actitud que es muy valioso para usted.

ACTIVIDADES

Desarrollo óptimo del bebé como ser emocional

El estrés y el llanto no son buenos para el bebé. El bebé no tiene «terminado» su córtex hasta los dos o tres años y por lo tanto no puede gestionar sus emociones adecuadamente, ya que carece del mecanismo vertical para apaciguar su ánimo. En ese estado, el cortisol inunda el cerebro infantil produciendo muerte neuronal.

Aparte de eso, como ya hemos explicado en palabras de Donald Hebb, los caminos que se graban en su cerebro varían según las experiencias que haya repetido más tiempo. Intente marcar en su hijo el camino de la seguridad y evite el de la tristeza, el miedo o la vulnerabilidad: no ignore su llanto e intente consolarlo con premura.

ACTIVIDADES

Desarrollo óptimo del bebé como ser sensorial, motor y social

Cuando nacemos ya somos diferentes. Básicamente, las diferencias individuales que se pueden apreciar se basan en cuatro aspectos:

Cada niño es un individuo único con su propia forma de ser, su temperamento, estilo de aprendizaje, familia, sexo, raza, y con patrones diferenciados de crecimiento. Sin embargo, hay secuencias universales y predecibles en el desarrollo que ocurren durante los primeros años de vida y que responden a la esfera sensorial, motriz y social. La mayoría de test para medir el desarrollo de los niños en estas etapas suelen repetir unos ítems que son comunes en todos los niños sanos nacidos a término (si su hijo es prematuro hay que modificar el baremo).

Veamos los hitos más importantes por edad.

1 mes

Agarra tu dedo.

Mantiene algunos movimientos reflejos (succión, marcha, moro).

Llora ante cualquier estímulo de incomodidad o malestar.

Empieza a controlar el movimiento de la cabeza.

Se calma cuando se le mece.

2 meses

Sigue un objeto con la mirada.

Sonríe a su cuidador/a.

Levanta la cabeza de la cuna.

Se vuelve hacia la voz.

Empieza a emitir sonidos.

Precisa estímulos.

3 meses

Se gira en dirección a los ruidos.

Reconoce el pecho o el biberón y se alegra.

Agita un sonajero.

Sonríe si se le habla.

Mantiene la cabeza erguida.

Alcanza y descubre manos y pies.

4 meses

Levanta la cabeza y el tórax en la cuna.

Empieza a balbucear.

Sonríe y ríe.

Agita y mira el sonajero.

Se gira con rapidez si se le llama.

5 meses

Le gusta balbucear y escucharse.

Puede mantenerse sentado poco tiempo con algo de ayuda.

Tiende la mano a los objetos que se le ofrecen.

Sonríe y babea ante el espejo.

6 meses

Soporta parte de su peso de pie.

Diferencia entre conocidos y extraños.

Rueda sobre sí mismo.

Permanece sentado bastante tiempo con apoyo.

Se balancea sobre manos y rodillas, preparándose para el gateo.

Se interesa por los pies, se los lleva a la boca.

ACTIVIDADES

Si observa cualquier retraso en su hijo ante alguno de estos logros, consulte en primer lugar a su pediatra antes de lanzarse como loco a hacer ejercicios: a veces nuestras percepciones como padres pueden no ser las reales. El pediatra le indicará qué ejercicios (y qué profesional, si lo necesitara) son más adecuados en caso de que su hijo presente algún trastorno.

Imaginen por un momento que la vecina viene a visitar a nuestro bebé. De repente cambia su semblante, se inclina hacia donde está el bebé, pone casi su cara encima de la de nuestro hijo y con voz chillona le dice: «¡Ay, qué guapo es mi niñooooo!». Luego pedirá cogerlo en brazos y aunque el niño no le diga nada, lo mecerá rítmicamente y le dará suaves palmaditas en el culito. ¿Qué mueve a nuestra vecina a actuar de esa forma?

Se ha comprobado que los bebés reaccionan mejor a las frecuencias auditivas agudas que a las graves, es por eso que ya, instintivamente, a todas las madres de todos los países les da por hablar con sus bebés con voz más aguda, más chillona.

Los niños de pocos meses enfocan visualmente a unos treinta centímetros cuando son pequeños, y cuando son mayores ya pueden hacerlo a otras distancias más grandes. Inconscientemente todas las personas cuando le hablan a un bebé suelen acercar mucho su rostro al del niño, algo que no hacemos cuando nos dirigimos a un adolescente.

Se ha comprobado que el tocar, acariciar y mecer al bebé le va muy bien para su desarrollo. Es por eso que la mayoría de las personas sienten unas necesidades terribles de cogerlo en brazos.

Aunque no tengamos estudios de psicología ni de pedagogía, la naturaleza ya nos guía para que podamos fomentar aquellos comportamientos que nuestro bebé necesita. Esa es la explicación de por qué la gente que viene a visitar al bebé realiza este tipo de acciones. Por eso no hace falta competir como locos para ver quién le pone más música al bebé o lo estimula más, ya que con nuestra interacción diaria cubrimos la mayoría de sus necesidades emocionales, sensoriales y motrices.

Por eso, si su hijo no presenta ninguna alteración y va cumpliendo mes a mes con las expectativas, no hace falta hacer nada especial, las tablas de desarrollo son para seguir al niño en su evolución: no son para que intentemos que evolucione antes. No se empeñe en que gatee o balbucee antes de tiempo, ahórrese ese esfuerzo, aunque sí hay gestos cotidianos que le pueden ayudar:

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CONCLUSIONES

Imaginen a un bebé en brazos de su madre, calmado, amamantado, oliendo la piel de su madre, tocándola, mirándola a los ojos, oyendo su voz… Eso es una estimulación total y agradable. En estas tempranas edades, ningún CD con ejercicios, ningún programa de fichas visuales pueden estimular tanto y tan adecuadamente a nuestro bebé como el contacto y la interacción con sus padres.

En la actualidad los expertos en psicología y desarrollo infantil coinciden en que el establecimiento de un vínculo fuerte con uno o más cuidadores en esta etapa es la base de todo el desarrollo infantil y todo el aprendizaje posterior. Fomente, pues, ese vínculo en lugar de estimularlo sin más: intente estar con su hijo siempre que pueda, béselo, abrácelo…, déjese guiar por sus instintos de amor.

RESUMEN

  • Desde que nace hasta los seis meses, el bebé humano cumple rigurosamente estas tres características: es un ser altricial, fuertemente emocional y que viene dotado de unas habilidades sensoriales, motrices y sociales, que le ayudarán a asegurarse la supervivencia.
  • La especie humana es altricial. Nacemos mucho antes de poder ser independientes y necesitamos que otro ser vivo (a poder ser, también humano) nos cuide. En los primeros meses, cuanto más se esté en contacto con el bebé, mejor. Los circuitos neuronales se están formando a esta edad, y las sensaciones que más se repiten se implementan mejor neuronal y sinápticamente, por lo que es importante que abunden las sensaciones positivas.
  • El bebé es fuertemente emocional. Los circuitos emocionales en el cerebro son más primitivos y el bebé ya nace con ellos. No puede modularlos porque los superiores (en el córtex) aún están en construcción. Las emociones en nuestro cerebro tienen un importante componente químico. Las negativas producen toda una cascada de neurotransmisores y hormonas que son tóxicas para el propio cerebro.
  • El bebé tiene una gran aptitud sensorial y es capaz de reconocer aquello que le asegura la existencia (la cara del cuidador, el olor de comida…) y también de percibir si está siendo cuidado o no, incluso puede de alguna manera captar si su cuidador está a su lado o no. El tenerlo lejos le provoca malestar y alarma. Por eso reclamará su presencia mediante el llanto: su única forma de comunicación que está evolutivamente programada para generar mucha ansiedad en el adulto humano.
  • Otra habilidad es la motriz, con reflejos como el de succión o el de moro, o la capacidad de encontrar el pezón para empezar a mamar.
  • Por último, sus habilidades sociales se manifiestan ya a esta temprana edad, con la capacidad de sonreír y de dirigir su atención a quien se la reclame.
  • Cada bebé nace único, en función de cómo ha ido el embarazo, el parto, su herencia genética y su temperamento. Sin embargo, hay un cierto progreso común que hace que la mayoría de los bebés tengan un desarrollo similar. Esto está recogido en multitud de tablas publicadas. Cabe recordar que son meramente orientativas y que ante la duda puede consultarse al pediatra.
  • Para conseguir un desarrollo óptimo en esta etapa de la vida, lo mejor es asegurar una gran inversión parental. Dedíquele el máximo de tiempo posible con contacto corporal incluido y evite los factores negativos (cuanto menos llore, mejor).

PREGUNTAS

1.   ¿Por qué se dice que no hay que dejarlos llorar? ¿Es de veras tan terrible?20

Detrás del llanto de un niño siempre hay una causa, así que hay que atender ese llanto mientras intentamos averiguar esa causa. A veces sucede que el motivo es importante (una enfermedad, necesidad de ser alimentado, terrores nocturnos…), otras veces suele interpretarse por los padres como más trivial (necesidad de abrazos, consuelo, seguridad…), pero ello no quiere decir que para el niño no tenga importancia, por eso hay que atenderlo igual.

Además se ha comprobado que el llanto provoca en muchas ocasiones alteraciones emocionales y otras patologías en el menor. No obstante, aunque no provocara ninguna alteración en el niño, pienso que ignorar el llanto, aunque haya quien lo considere un método conveniente en según qué casos, es un acto inhumano. El fin nunca justifica los medios.

2.   Mi hijo de seis meses aún no gatea y mi madre me dice que yo a esa edad ya gateaba, ¿debo intentar que lo haga? ¿Hasta cuándo se considera normal que empiece a gatear?

Aunque muchos niños hacia los seis meses inician conductas de arrastre para desplazarse, la mayoría no gatean hasta más adelante, así que no hace falta que lo fuerces porque aún no presenta ningún tipo de retraso.

La mayoría de los niños gatean en el periodo comprendido entre los ocho y diez meses, pero también es cierto que los hay que no han gateado nunca y un día se ponen en pie y empiezan a andar. El gateo no es una condición indispensable para poder caminar.

En cuanto a lo que me cuentas de que tú ya gateabas con seis meses, solo decirte, para tranquilizarte, que cada niño es único y no porque tú lo hicieras tan pronto tu hijo debe hacerlo a la misma edad.

3.   Intento darle a mi hijo un ratito de masaje cada día. ¿Ayuda eso a su estimulación cerebral?

No seré yo quien descubra a estas alturas los beneficios del masaje infantil. Hay cantidad de libros y estudios que lo demuestran. Así que mi respuesta debe ser «sí».

Además, si te fijas en lo que comentábamos en el capítulo, cuanto más contacto tengas con tu hijo desde que nace (como los monos de Harlow), crecerá psicológicamente más sano y apto para vivir en sociedad.

No obstante, me gustaría recomendarte que, aparte de pensar en todo ello, cuando des un masaje a tu bebé no lo hagas por si será más inteligente o más sano psicológicamente, hazlo porque a él le gusta o porque a ti te gusta. Si lo haces con el sano propósito de disfrutar un rato cada uno de la presencia más intensa del otro, los beneficios son mayores que cuando se hace de forma automática y fría.

capítulo

cinco

Soy respetado
El bebé de 7 a 24 meses

El primer efecto del amor

es inspirar un gran respeto;

se siente veneración por quien se ama.

BLAISE PASCAL

Seguramente la mayoría de los padres le hayan demostrado a su hijo durante el primer semestre de su vida cuán valioso es; lo han abrazado, le han dado besos y han intentado hacerlo feliz. Quizás lo más importante que puedan dejarle en herencia a su hijo durante esos seis primeros meses de vida es haberlo hecho sentirse apreciado y feliz.

Pero al llegar los siete meses parece que se abre una veda en la que los padres ya cambian el chip y, amparándose en la premisa de «cuanto antes mejor», intentan que su hijo haga cosas que aún no está preparado para hacer. No respetan su evolución normal y lo fuerzan para conseguir metas inalcanzables. Esto provoca alteraciones a nivel emocional que implican cambios en la formación de sus estructuras corticales superiores, que son las responsables del habla y del pensamiento.

Características de la etapa

El niño necesita sentirse respetado (y no forzado)

No es extraño que los padres de un bebé de entre siete y veinticuatro meses oigan exclamaciones por parte de familiares y amigos del tipo «¡Por Dios…, ya tiene siete meses y todavía no toma papilla de chirimoya!», «¡A los dos aún no lo lleváis a la guardería!», «¡El mío a esta edad ya andaba!»...

Cada niño es único e irrepetible y no sigue el mismo ritmo que otro niño de su edad. Ni siquiera si son hermanos. Yo era la mayor de una familia numerosa... ¡Cuántas veces he oído a mis padres explicando anécdotas de cuando éramos niños, lo diferentes que hemos sido todos! El que empezó a caminar pronto llevó el chupete muchos años; el que comía bien, dormía mal; el que dejó el pañal rápido fue al que le costó más hablar… Todos teníamos ventajas e inconvenientes, pero mis padres sabían que eran desajustes propios de la edad. Éramos niños normales y ahora somos adultos normales.

Pero en la actualidad ya no respetamos el normal desarrollo de nuestros hijos. No nos conformamos con que haga lo que puede hacer por edad, sino que queremos que sea el primero en hacerlo.

Y entonces empieza una carrera contrarreloj en la que el niño va a oír frases como «¡Pues ya debería andar porque tiene un año!», «¡Su prima a esta edad era más habladora! ¿Y si lo llevamos al logopeda?», «¡A ver si aprendes a comer solo, que tu hermano cuando era como tú ya lo hacía!»…

¿Qué sensación le va a quedar al niño? Como mínimo le va a bajar la autoestima dos o tres puntos. Se dará cuenta de que nadie respeta su ritmo y que no es merecedor de ese respeto por parte de los demás. Todo lo valioso y feliz que se había sentido los primeros meses va a ir desapareciendo.

En cambio, el niño al que se le valora lo que va haciendo y, mientras esté en un periodo normal, y a quien no se le forzará a hacer lo que todavía no hace, ese niño se siente respetado y no acosado. Y no se resentirá su autoestima.

A modo de ejemplo, y sin querer ser exhaustivos,21 explicaremos algunos hitos en los aspectos más básicos de estas edades para que vea que en la mayor parte de los casos no hay que agobiarse ni precipitarse.

7 meses

Se mantiene sentado sin apoyo.

Estando bocabajo, se yergue y alarga un brazo para agarrar objetos.

Se cambia objetos de mano.

Escucha cuando se le habla, entiende más de lo que parece.

8 meses

Se incorpora hasta quedarse sentado.

Se destapa.

Busca el objeto que se le ha caído.

Juega (golpea objetos, presta atención al escondite).

9 meses

Intenta gatear.

Se agarra a muebles para levantarse o mantenerse.

Agarra objetos pequeños con el índice y el pulgar.

Entiende su nombre y las palabras más sencillas.

Aplaude, saluda, se despide con las manos.

Llora si se alejan sus padres.

12 meses

Obedece órdenes sencillas.

Busca objetos que no puede ver.

Introduce objetos dentro de otros.

Copia sonidos.

Puede decir tres palabras con significado.

Repite actos que provocan risa.

Da pasos cogido a los muebles.

15 meses

Puede andar, detenerse, agacharse y recoger algo del suelo.

Puede subir escaleras gateando.

Responde «no» a órdenes.

Hace garabatos a petición.

Bebe solo del vaso con asa.

Señala partes de su cuerpo.

18 meses

Manipula objetos pequeños. Mete y saca cosas de un frasco.

Intenta chutar la pelota.

Apila hasta tres o cuatro bloques.

Mantiene buen contacto visual.

Imita gestos.

Sabe pasar páginas.

Usa hasta diez palabras. Diferencia entre «yo» y «tú».

2 años

Sube y baja escaleras con ayuda.

Salta con los dos pies.

Hace preguntas sencillas.

Puede usar su nombre para referirse a sí mismo.

Imita actividades domésticas.

Juega con otros niños sin ayuda de los padres.

Es capaz de apilar seis cubos.

Señala más de cinco partes del cuerpo en un dibujo.

Alinea cubos formando un tren.

Si su hijo sigue un desarrollo normal en general, y su pediatra no observa nada de especial, déjelo y no lo agobie. Ningún niño sigue los manuales al pie de la letra. Tan solo debe esperar que cumpla con la mayoría de las cosas aceptables a su edad, y no que las cumpla todas sin excepción.

El niño se estresa

En el capítulo 4 ya hemos hablado de cómo el pequeño, que es pura emoción, se puede estresar. Explicábamos como no podía parar por sí solo cuando su sistema límbico y la amígdala se alteraban en exceso. Hemos visto como el córtex, responsable de modular al sistema límbico, no estará preparado para ello hasta los dos o tres años de edad. Así, concluíamos, la única forma que tenía el bebé de calmarse era mediante la presencia de un cuidador que lo relajara y lo ayudara a salir de ese caos emocional.

Pues bien, ante un recién nacido, cualquiera —más o menos— puede hacer de modulador y calmar al niño (el papá, la mamá, la abuela, una enfermera…) siempre y cuando el niño no tenga hambre y necesite ser amamantado. Y si el niño está tranquilo se deja coger por cualquiera que venga a verlo.

Pero conforme crece se hace selectivo y empieza a distinguir a las personas y a mostrar preferencia por sus principales figuras de apego (mamá, papá…). ¿Por qué? Pues porque el niño evoluciona e inconscientemente divide a los individuos en dos grupos: Grupo A = personas de las cuales me fío; Grupo B = personas que no sé si son de fiar. Por lo tanto, si me siento estresado solo me calmaré si estoy con una persona del grupo A.

Ahora imagine por un momento que se encuentran por la calle dos amigas. Una va sola y la otra con su hijo de nueve meses en brazos. Hace tiempo que no se ven (desde poco después de que naciera el bebé). Seguramente la primera dirá: «¡Cuánto tiempo! ¡Qué guapo está el niño! A ver, déjame cogerlo…», y alargará sus brazos hacia el bebé. ¿Qué va a suceder? Pues seguramente que el pequeño mirará asustado a la amiga en cuestión y se abrazará con fuerza al cuello de su madre para que no lo deje.

Una amiga normal no insistiría más y respetaría la decisión del niño (ya hemos explicado anteriormente lo importante que es respetar al niño en estas edades). Pero imaginemos que esta no es una amiga normal, sino que es de aquellas a las que les gusta dar lecciones y seguramente dictaminará: «¿Ves cómo se ha malcriado por llevarlo en brazos? Cuando nació se iba conmigo sin problemas y ahora… ¡Ya ves!».

Pues no, eso no es lo que pasa. Lo que sucede es que el niño es más inteligente ahora que cuando era pequeño y como está en brazos de una persona «de fiar», como es su madre, no se irá con una persona que no conoce.

Fíjese si es inteligente su hijo que incluso establece una jerarquía entre las personas que para él son de fiar. En el primer lugar estaría su principal figura de apego, que estadísticamente es la madre, luego vienen las otras figuras de apego por orden o de contacto o de actividad con el niño. Por ejemplo: si estoy con mamá, no me dejo coger con la abuela, pero si mamá no está, me dejo coger por la abuela antes que por la vecina. Si estoy con mamá, no me gusta que me bañe papá, pero si estoy con la canguro, prefiero que me bañe papá… Si quiero cosquillas, busco a papá (y aunque venga mamá le digo que no porque papá las hace más divertidas), si quiero una canción, busco a mamá (y si viene papá, le digo que no porque su voz no es tan suave).

El niño tiene sus prioridades y le cuesta «despegarse» de esas figuras que le procuran calma y protección. Sin ellas el niño se altera mucho y busca su contacto para modular su estrés.

A esto los psicólogos lo llamamos angustia de separación y es muy típica entre los ocho y los dieciocho meses, aunque puede empezar antes y alargarse hasta pasados los dos años.

Esta «angustia de separación» no solo se da cuando se separa al niño de su madre (que es la forma más corriente y observada), sino que muchos padres que llevan a los niños a la guardería explican como el niño llora cuando se separan de ellos (lógicamente, prefieren a su padre antes que a la señorita). Y más tarde la profesora del menor explicará como no entiende que el niño llore cuando se queda con ella porque luego no se despega de sus faldas (lógicamente, prefiere a «SU» señorita antes que a las otras cuidadoras).

Como ve, el niño tiene sus preferencias en cuanto a personas y situaciones y eso a veces se malinterpreta: «Te toma el pelo porque, cuando lo llevas a la escuela, llora porque no se quiere separar de ti y luego está con su señorita la mar de bien y no hay quien lo separe de ella en todo el día».

El niño, para superar ese estrés, esa ansiedad de separación, necesita el contacto y la presencia constante de un cuidador. Y eso en nuestra sociedad actual está mal visto. Vean el siguiente ejemplo:

La mamá de Roger, un hermoso niño de un año y medio, recibe el informe trimestral de su hijo. En él se hacía constar que era algo inmaduro porque (citamos textualmente): «Reclama la presencia constante del cuidador». Nosotros ahora entendemos por qué: no es que sea inmaduro, sino que es más listo y no se fía de todo el mundo. Pero como anécdota (aunque no venga al caso) les voy a contar lo que le contestó la madre de Roger a su profesora. Fue a verla y le dijo: «Mire, no es solo el niño el que reclama la presencia constante del cuidador. Yo también la reclamo: si me entero de que esa presencia falta en algún momento, les va a caer una…».

Antes de los dos años es difícil que un niño supere esa necesidad de estar con una persona de referencia para superar sus miedos. No le fuerce en dirección contraria

El niño empieza a pensar y a hablar

Quizás no se note tanto a los siete meses, pero es muy evidente a los dos años: el niño empieza a hablar y a razonar. Las estructuras corticales (córtex) que se encargan de estos procesos se van mielinizando (su conexión es mejor y más rápida), aunque no se desarrollarán del todo hasta etapas posteriores.

Paulatinamente el metabolismo se incrementa en la corteza cerebral, especialmente en la zona prefrontal, incrementándose sensiblemente a partir del segundo año de vida.25

El niño empieza a hablar: al principio balbucea, luego señala objetos mientras dice algo que fonéticamente se asemeja a la palabra (abua por agua, oto en lugar de moto…), para finalmente decir palabras con significado y pronunciación completa. Poco a poco irá juntándolas de dos en dos o más… Si el niño en este proceso se equivoca, todos reímos por las «meteduras de pata» de nuestro hijo. Antes de los dos años nadie se preocupa por el lenguaje del pequeño a no ser que no diga ni «mu» (ni muestre intención de hacerlo). Incluso, como ya hemos dicho, es causa de anécdotas en la familia debido a las situaciones divertidas derivadas de esa lengua de trapo.

Pero el niño empieza a pensar, a razonar, sobre todo hacia los dos años. Y ahí ya no nos hace tanta gracia si se equivoca o no lo hace correctamente, porque creemos que lo hace adrede. Que si no hace bien una cosa que le hemos enseñado es porque no quiere, que como entiende cosas simples puede entender las complejas también, pero no es cierto.

Los niños entienden antes que hablan. Por eso, aunque su nivel de lenguaje y de construcción de frases sea pobre (dos o tres palabras juntas), pueden entender frases más complejas. Un niño al año y medio puede entender: «Cariño, dame el patito del suelo», pero es incapaz de elaborar esta frase. De hecho, si quisiera pedírselo él a su madre, diría señalando: «Mamá, patito».

Pero como nos entiende creemos que lo puede comprender todo. Y aquí es donde nos equivocamos. Todas aquellas cosas que les digamos que impliquen procesos superiores no las van a captar. Por ejemplo: memorizar una secuencia (como vestirse, poner la mesa, etc.); puede que recuerden alguna cosa y coloquen algún objeto en su sitio o que si usted se lo va recordando lo hagan bien (ahora vamos a poner los vasos. Ahora vamos a poner las servilletas…), pero esperar que lo haga todo, que memorice una secuencia de más de tres pasos es abocarse al fracaso.

Y entonces viene el castigo. Es decir, le enseñamos un día al niño a vestirse, repasamos con él lo que se debe hacer y creemos que puede recordarlo perfectamente al día siguiente (total, si es capaz de recordar casi todo el diálogo de su cuento preferido), y como no lo hace, es que no quiere. No, no es que no quiera, es que no puede. De la misma forma que no puede dar un discurso aunque le entienda el suyo.

Su córtex no está finalizado, hay cosas que sencillamente no puede hacer. ¡Qué triste ser castigado cuando no se sabe por qué o cuando se es incapaz de hacer algo! Es como castigar a un cojo por no correr deprisa. El sentimiento de impotencia, de indefensión, es absoluto en su hijo. Y lo que es peor, es malo para el niño pero también para el educador, que piensa que no le ha enseñado bien y se siente frustrado.

Imagínese a usted intentando enseñar a niños de dos años a preparar un sándwich vegetal en este orden: pan, lechuga, tomate, atún (¿por qué los sándwiches vegetales llevaran atún?) y pan, en este orden. Puede que entiendan las palabras que les diga, incluso que en el mismo momento le repitan lo que lleva el sándwich. Pero si al día siguiente los deja con diez ingredientes en la cocina para hacer un sándwich vegetal, el resultado puede ser cualquier cosa. Entonces, o les echará la culpa a los niños («es que no quieren hacer el sándwich bien hecho porque entender entienden y ayer sabían hacerlo»), o se la echará a usted («no lo sé hacer bien»). En ambos casos son los niños los que suelen acabar castigados.

Vean esta anécdota de una guardería de Barcelona:

Francisca recoge el último día de guardería el informe de su hijo Alan, de dos años. En él la profesora se queja porque el niño hace unos dibujos… «¡¡¡¡muy infantiles!!!!».

A ver: los niños de dos años no saben dibujar, puede que hagan sobre un papel garabatos y rallotas de colores y les otorguen un significado «esta es mamá»; pero no saben dibujar. Podría pasar que Alan fuera un genio y ya empezara a dibujar saltándose todas las estadísticas de su edad. Entonces… ¿cómo deberían ser sus dibujos? ¡¡Pues infantiles!!, ¿no?

Me imagino a la pobre profesora de Alan trabajando duramente para que los niños de dos años dibujasen con esmero o incluso para que escribiesen su nombre sin obtener ninguna recompensa en la mayoría de los casos. Puede que pensara que es una pésima maestra o que le había tocado un grupo muy malo… El resultado es que los tutores, padres o educadores van a acabar de los nervios porque verán que sus pautas educativas no funcionan y los niños serán forzados a hacer cosas para las que no están preparados, con lo que se cargarán de ansiedad (y de castigos).

Hasta que su hijo no tenga unos tres años, en lo que respecta a todos aquellos aprendizajes que impliquen estructuras que dependan del córtex (razonamiento, memoria procedimental, etc.), es mejor esperar.

¿Cómo conseguir su desarrollo óptimo?

Desarrollo óptimo del niño desde el respeto (sin forzar)

Me gustaría recordarle la última frase del apartado anterior, dedicado a este tema:

Si su hijo sigue un desarrollo normal en general, y su pediatra no observa nada de especial, déjelo y no lo agobie. Ningún niño sigue los manuales al pie de la letra. Tan solo debe esperar que cumpla con la mayoría de las cosas aceptables a su edad, y no que las cumpla todas sin excepción.

Para enseñar respeto a su hijo debe primero respetarlo a él como persona. Porque una cosa muy loable es fomentar los aprendizajes, y otra muy diferente es agobiarlo y hacerle creer que nada de lo que hace está bien.

Hay que facilitar las mejores condiciones para que su hijo aprenda y progrese, rodearlo de los estímulos adecuados para que pueda conseguir sus metas según su edad, pero no lo haga sentir mal si no lo consigue o no intente que haga lo que no está preparado para hacer.

Es lo que se denomina experiencia adecuada a la edad. Es decir, hay que rodear al niño de experiencias sensoriales, sociales y emocionales adecuadas a su edad para que pueda desarrollarse, porque en un mundo con una estimulación pobre, los niños así criados presentan déficits en su desarrollo. Pero cuando nos pasamos y pretendemos que adquieran destrezas y aprendizajes inalcanzables por edad y maduración, se produce también un efecto rebote, pues el niño sometido a estrés se bloquea y tarda más en aprender.

Hay que saber que los niños, desde el momento que nacen, tienen desarrolladas sus estructuras de nivel inferior (el cerebro reptiliano y el emocional) y que sus estructuras superiores (córtex) no estarán listas hasta más tarde: intentar que adquiera destrezas o conocimientos que impliquen esas estructuras superiores antes de tiempo es contraproducente.

Ya que los circuitos de nivel inferior maduran pronto y los circuitos de nivel superior lo hacen más tarde, los diferentes tipos de experiencia son de importancia vital en las distintas edades para lograr un óptimo desarrollo cerebral, que es un concepto denominado experiencia adecuada a la edad.26

La idea de respetar al niño en su desarrollo es permitir que el niño pueda hacer de niño (no le vamos a exigir aquello que no está preparado para hacer) y que cuando lo haga no tengamos que reñirlo porque no lo ha hecho bien, sino que fomentaremos que pueda probarlo y rehacerlo tantas veces como sea necesario. Es muy importante procurarles «experiencias adecuadas a la edad». Tan negativo es dar menos como dar más (y encima exigir).

ACTIVIDADES

Hay que fomentar que su hijo pueda moverse autónomamente por la casa y pueda desarrollarse y explorar como niño, sin ser censurado por hacerlo. Para ello:

1.   Extreme las medidas de seguridad.

¿Por qué en las escuelas no deben preocuparse por que los niños introduzcan los dedos en los enchufes? Pues porque los tienen a metro y medio de altura. Tampoco sufren por si se pillan los dedos con las puertas, pues están protegidas, ni tienen cuchillos en las clases… Adecue la casa a su hijo y este podrá experimentar sin que usted deba reñirlo ni coartarle sus ganas de aprender (y sin que usted sufra por él).

2.   Ponga a su alcance las cosas que necesite.

Si tiene el vasito o el botellín de agua a mano, a lo mejor lo alcanza solo. Si llega a la estantería del pan y el jamón, tal vez pueda coger la merienda. Pero si deben pedir todo y esperar a que se lo demos, a lo mejor desisten o pierden interés en hacerlo.

3.   Ponga el mobiliario de su tamaño o adáptelo para que pueda utilizarlo autónomamente.

¿Qué cuesta comprar una mesita pequeña y una sillita para comer o dibujar? A los niños de dos años les cuelgan las piernas cuando se sientan en las sillas de los mayores y al cabo de diez minutos se les han dormido los pies y necesitan moverse en la silla (o bajarse) para restablecer la circulación (pruebe usted mismo a sentarse diez minutos encima de una mesa y con los pies colgando…). Si usted no tiene en cuenta estas pequeñas molestias, seguramente sus hijos acabarán castigados por levantarse de la mesa. Si pone una tela cubriendo el sofá, no deberá sufrir por la tapicería. Y si adapta el inodoro, a lo mejor hace pipí dentro antes de lo esperado.

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En general se trata de que los niños puedan explorar su entorno (eso beneficia sus aprendizajes y conexiones neuronales), pero desde el respeto: sin agobiarlo para que haga cosas que no puede y sin censurarlo si hace las que puede pero a usted no le va bien.

La gran pedagoga y psicóloga María Montessori lo definía con estas palabras:

Apenas se deja abierto el camino a la expansión, el niño muestra una actividad sorprendente y una capacidad verdaderamente maravillosa de perfeccionar sus acciones. Pero las cosas que lo circundan son tan desproporcionadas con sus fuerzas y las pequeñas dimensiones de su cuerpo que el ambiente forma enseguida un impedimento para su actividad. El problema práctico de la educación reside en presentar al alma del niño un ambiente libre de obstáculos.

Desarrollo óptimo del niño atendiendo a su estrés

Intente no separar a su hijo excesivamente de usted. A estas edades los niños ya se desplazan autónomamente: hacia los siete meses tienen conductas de arrastre, posteriormente de gateo y a partir del año empiezan a andar. Tan solo debemos fomentar estar cerca y si quieren ya vendrán o nos llamarán: se trata de estar disponibles pero sin agobiar.

ACTIVIDADES

1.   Juego del explorador:

¿Qué hace un explorador cuando debe explorar un territorio desconocido? Monta un campamento base en un lugar seguro. A partir de ahí, cada día, explora un terreno asegurándose de que podrá volver al campamento base por la noche. Cuando ya tiene un espacio nuevo controlado y sin peligros, traslada el campamento base a ese nuevo territorio y sigue la exploración. Pero siempre regresa al lugar seguro.

Los padres (y cuidadores) somos los campamentos base, el lugar seguro desde el que nuestro hijo descubrirá nuevos mundos. Pero nuestro pequeño explorador no saldrá si no nos tiene cerca, ya que se sentirá inseguro: ningún explorador sale sin tener un lugar resguardado y a salvo al que regresar en caso de necesitarlo.

Pero tampoco puede explorar si estamos encima de él con ideas como «no corras», «ven aquí», «no te alejes»… Hay que saber estar y dejar hacer al mismo tiempo. No es fácil, pero se consigue con un poco de voluntad.

El juego consiste en buscar un lugar libre de peligros en que el niño pueda hacer lo que quiera sin dañarse. No vale el parque si tiene que ir advirtiéndole que no haga tal o cual cosa o que no se aleje. Ni vale una habitación que ofrezca pocos estímulos. Lo ideal sería una sala tipo ludoteca o similar a un aula de guardería: con los suficientes alicientes para que explore (si quiere), pero sin que pueda hacerse daño alguno.

2.   Cucú-tras (para niños de siete a quince meses):

En casi todas las culturas existe un juego similar: se trata de esconder un instante el rostro de mamá detrás de las manos cerradas para posteriormente aparecer. Los menores al principio reaccionan extrañados porque su madre ha desaparecido (para un niño de siete meses lo que no se ve, no está ni existe), pero se alegran cuando vuelve a aparecer.

Poco a poco aprenden que mamá está y no está. Aprenden por unos momentos a soportar la leve desaparición de su madre sin que eso les genere angustia. Poco a poco, cuando su madre hace el juego, ellos ya se anticipan y separan las manos de mamá porque saben que está detrás y posteriormente ellos se esconden tras las manos para que su madre los encuentre o se sorprenda cuando hagan su aparición.

Se puede jugar a todas las edades, pero a los niños mayores de quince meses ya suele resultarles aburrido y por eso no lo recomendamos. Pero si a su hijo le divierte, aunque sea mayor, ¡adelante!

Desarrollo óptimo del niño atendiendo a su pensamiento y lenguaje

El desarrollo del pensamiento y del lenguaje van unidos. Ya lo dijo Vigotsky hace casi un siglo. Y es que las estructuras cerebrales que se necesitan para una función se necesitan para la otra. De hecho, ambas dependen del córtex.

ACTIVIDADES

1.   Juego libre.

¿Quiere que su hijo desarrolle su pensamiento y su lenguaje? ¡Déjelo jugar libremente! No me refiero a dejarlo jugar con puzles o con juguetes educativos (que también es bueno), sino a jugar con objetos de casa. Objetos cotidianos que se vaya encontrando a los cuales los niños de estas edades les van atribuyendo un significado imaginario. De esta forma desarrollan su imaginación, pero sobre todo la función simbólica que culmina esta etapa y de la cual ya hablaba Piaget.

Los juegos de ficción implican una actitud proposicional, aunque todavía no esté presente el lenguaje. Cuando un niño juega con un palo entre las piernas como si montara a caballo, el niño tiene una representación correcta del palo y de sus propiedades, y a la vez tiene una representación del caballo. Fingir o simular que un palo es un caballo implica distinguir entre actitud proposicional y contenido proposicional. Los juegos de ficción implican atribuir a uno mismo, a los compañeros de juego o a los objetos del entorno propiedades y características que no se corresponden con la realidad. Un sofá puede ser un campo de batalla entre indios y soldados, que en realidad son trozos de plástico informe. En un juego los niños simulan ser padres o madres, médicos, profesores y despliegan los roles correspondientes, etc.27

Propiciar este tipo de juego implica no censurar al niño (al menos no siempre) cuando utilice las ollas de la cocina como tambores, o cuando el peine sea un barco que navega por los mares de las sábanas de su dormitorio o la tostada de mermelada del desayuno se convierta en un avión. El niño de siete a veinticuatro meses aún no tiene las estructuras mentales preparadas para aprender buenos modales en la mesa (ya lo hará), y ahora es más importante que pueda jugar con su imaginación.

Estimulando su imaginación mediante el juego libre estamos trabajando sus estructuras superiores y fomentando su lenguaje y su pensamiento sin forzar y sin agobiar al niño. ¿Alguien da más?

2.   Déjelo participar en las tareas del hogar.

No se trata de que el niño haga la cama o las tareas del hogar. Ya hemos explicado como todavía no está capacitado para ello. Y, aunque alguna vez lo consiga, no quiere decir que a partir de ese momento siempre y por sí mismo sea capaz de hacerlo.

Se trata de algo muy simple: de invitarlo a hacer con usted cosas sencillas como poner la mesa. Si el niño no quiere no pasa nada. Pero normalmente, hacia los dos años, sienten predilección por hacer lo mismo que sus padres y les encanta barrer cuando su padre barre, limpiar los cristales con su mamá o hacer un intento de doblar las sábanas cuando su madre guarda la ropa.

Aproveche esos momento y vaya explicándole las secuencias de lo que hace para favorecer y trabajar su memoria, amén de ampliar vocabulario. Por ejemplo, si usted está haciendo una tortilla, contarle los pasos que va siguiendo (ahora ponemos el huevo, luego una pizca de sal, ahora lo batimos con el tenedor…) o si está limpiando cristales, explicarle que debe hacerlo en la misma dirección o en círculos, tal y como tenga usted la costumbre de hacerlo.

3.   ¿Quién está ahí? Permanencia del objeto.

Hay diversas versiones de este juego. Cuando son más pequeños puede esconder un objeto, incluso la cara de la propia madre detrás de un pañuelo, y preguntarle: «¿Dónde está…?».

Luego se hace con personas detrás de una cortina, por ejemplo, y alguien lo ayuda diciendo «¿Quién está ahí?». De esta forma aprende a reconocer a la gente de su entorno por sus características (voz, tamaño, etc.).

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RESUMEN

  • A partir de los siete meses empieza claramente la presión del entorno para comparar los avances de nuestro bebé con la «normalidad». Conviene recordar que es mucho más beneficioso que el bebé se desarrolle a su ritmo que forzarlo a cumplir o incluso a adelantar las etapas al ritmo de la media.
  • El niño necesita sentirse respetado (y no forzado). Hay que valorar los avances del bebé y no compararlo ni presionarlo. Así le reforzaremos la autoestima y lo haremos sentir respetado y valorado.
  • El niño se estresa. A esta edad empieza a identificar a personas y situaciones y prefiere a unas frente a otras. Característicamente se produce la «angustia de separación». El niño tiene sus prioridades y le cuesta «despegarse» de las figuras que le dan calma y protección. Sin ellas se estresa mucho y busca su contacto para modular su estrés.
  • El niño empieza a pensar y a hablar. Cada vez enlaza más palabras y va probando frases. Entiende más de lo que habla. Por otro lado, hay muchos procesos mentales que todavía, por falta de desarrollo cerebral, no puede realizar. Insistir en enseñar lo que no puede ser aprendido solo consigue frustrar al cuidador y confundir y estresar al niño. Hay que evitar esta situación, ya que a menudo el cuidador descarga la frustración riñendo y castigando al pequeño.
  • Si su hijo sigue un desarrollo normal en general, y su pediatra no observa nada de especial, déjelo y no lo agobie. Ningún niño sigue los manuales al pie de la letra. Tan solo debe esperar que cumpla con la mayoría de las cosas aceptables a su edad, y no que las cumpla todas sin excepción.
  • Desarrollo óptimo: el respeto. Hay que facilitar las mejores condiciones para que su hijo aprenda y progrese, rodearlo de los estímulos adecuados para que pueda conseguir las metas acordes a cada etapa de su desarrollo. Es lo que se denomina experiencia adecuada a la edad.
  • Desarrollo óptimo: el estrés. Evite separarse mucho del niño. A esta edad se trata de estar disponible, pero sin agobiar. Facilitar entornos seguros y permitir al pequeño que explore libremente y que vuelva al entorno seguro del cuidador cuando lo necesite.
  • Desarrollo óptimo: pensamiento y lenguaje. Es muy importante el juego libre. No lo limite innecesariamente (las ollas aguantan unos cuantos golpes y, aunque parezca mentira, el ruido no necesariamente nos causa dolor de cabeza). Deje que participe en sus actividades y explíquele lo que están haciendo (no para que lo memorice, sino para que mejore el lenguaje). No espere que él solo sea capaz ni que quiera hacer las actividades que han hecho entre los dos en otra ocasión.

PREGUNTAS

1.   A mi hijo de veinte meses le hemos empezado a enseñar a que debe ordenar su habitación. Y hace un par de meses que lo habíamos conseguido: le dejábamos una caja y él ponía los juguetes dentro a la hora de recoger. Pero desde hace unos días se niega en redondo, no quiere. Sabemos que sabe hacerlo, ¿debemos insistir? ¿Debemos reñirlo si no lo hace?28

A los veinte meses un niño no puede aprender lo que es «tener una habitación ordenada» porque la idea de orden o desorden no la conoce, para él todo está bien. Hasta ahora lo único que hacía era jugar a un juego con sus padres que se llamaba poner las cosas en la caja y cuando ese juego ya no le gusta no quiere jugar más.

Por eso no hace falta reñirle. Solo debéis esperar a que sea un poco mayor para que entienda que las cosas hay que guardarlas y para que sepa lo que es el orden. Pero antes de que pueda entender estos conceptos, el ordenar simplemente será un juego para él, que si le gusta lo hará y si no, va a protestar.

No obstante, a estas edades es más beneficioso para él jugar un ratito más que recoger. Es decir, es mejor que el tiempo que invertís como padres en ordenar lo invierta en seguir jugando. Psicológica y cognitivamente es mucho más beneficioso para el niño lo que le aporta el juego libre que el recoger. Si usted quiere ir insistiendo en que el niño ordene (sin agobiar) puede hacerlo, pero si no lo hace aún, no se preocupe.

2.   Mis suegros son muy buenos con mis hijas (de dos años), sin embargo, ellas no quieren que vengan a casa. Un par de días a la semana se encargan de cuidarlas, pero cuando los ven entrar por la puerta les dicen que se vayan, que no los quieren allí. A mí me dicen que no quieren que vengan, pero no me explican el porqué, ya que son pequeñas y tampoco tienen tantos recursos lingüísticos. El resto de los días las cuidan mis padres y no tenemos este tipo de problemas. No sé qué hacer. ¿Les digo a mis suegros que no vengan? ¿Fuerzo a las niñas a estar con ellos?

Ya hemos dicho al principio del capítulo que a los niños de estas edades no hay que forzarlos ni estresarlos, por eso no vamos a forzarlos a que estén con sus abuelos. Lo que hay que hacer es solucionar esa relación.

Muchos niños son cuidados amorosamente por sus abuelos y manifiestan que no quieren ni verlos. Eso sucede no porque no los cuiden bien, sino porque es la constatación de que sus padres no van a estar. Intuyen que cuando vienen unos los otros se van a marchar, por eso no quieren que vengan. No es cuestión de que no vengan los abuelos, sino de que el hecho de que ellos estén no implique que los padres no estén. Es cuestión de promover actividades lúdicas con los niños en momentos en que tanto padres como abuelos estén con los niños. De esta forma los pequeños no asocian a los abuelos con el hecho de que sus padres no están.

El que lo hagan con unos abuelos sí y con otros no responde a que con esos abuelos realizan actividades que «los distraen más» de la idea de que sus padres no están. No quiere decir que los cuiden mejor ni peor, tan solo que lo que hacen les resulta más de su agrado.

No es cuestión de forzar a las niñas (les van a coger más manía a los pobres abuelos) ni de decirles a ellos que no vayan (si las tratan bien), es cuestión de fomentar la interrelación.