Mammut americanum
La extinción tal vez sea la primera idea científica a la se enfrentan los niños en nuestros días. Los niños de un año, que a duras penas caminan, ya juegan con dinosaurios, y los de dos años entienden, aunque sólo sea de una forma vaga, que aquellas pequeñas criaturas de plástico representan animales de gran tamaño. Si son rápidos de entendederas (o, alternativamente, si tardan en aprender a hacer sus cosas), niños que todavía llevan pañales pueden explicarte que en otro tiempo hubo muchos tipos de dinosaurios pero que todos desaparecieron hace muchos años. (Mis propios hijos, cuando empezaban a caminar, solían pasar muchas horas con un juego de dinosaurios que podían colocar sobre una esterilla de plástico que representaba un bosque del Jurásico o el Cretácico. En la escena había un volcán que expulsaba lava y que, si se presionaba, emitía un estruendo deliciosamente terrorífico.) Todo eso nos dice que hoy en día la extinción nos parece una idea obvia. Pero no lo es.
Aristóteles escribió una Historia de los animales en diez volúmenes sin considerar en ningún momento la posibilidad de que los animales realmente tuviesen una historia. La Historia natural de Plinio incluye descripciones de animales reales y de otros fabulosos, pero no hay descripciones de animales que se hayan extinguido. La idea no se abrió paso tampoco durante la Edad Media o durante el Renacimiento, cuando la palabra «fósil» se usaba para referirse a cualquier cosa que se sacara del suelo (de ahí el término «combustibles fósiles»). Durante la Ilustración, la idea dominante era que toda especie constituía un eslabón de una enorme e irrompible «cadena del ser». En palabras de Alexander Pope en Ensayo sobre el hombre:
Todo forma parte de un todo estupendo,
cuyo cuerpo es la naturaleza, y Dios el alma.
Cuando Carlos Linneo introdujo su sistema de nomenclatura binomial, no estableció ninguna distinción entre lo vivo y lo muerto porque, a su modo de ver, no era necesario. La décima edición de su Systema Naturae, publicada en 1758, contiene sesenta y tres especies de escarabajos peloteros, treinta y cuatro de conos (moluscos), y dieciséis de peces planos. Sin embargo, en Systema Naturae sólo hay un tipo de animales: los que existen.
Esta manera de ver las cosas persistió a pesar de un considerable número de indicios que sugerían lo contrario. En Londres, París y Berlín, los gabinetes de curiosidades estaban repletos de restos de extraños organismos que nadie había visto nunca: restos de animales que hoy identificamos como trilobites, belemnites y amonites. Algunos de estos últimos eran tan grandes que sus conchas fosilizadas se acercaban al tamaño de los vagones de ferrocarril. Cada vez con mayor frecuencia, durante el siglo XVIII fueron llegando a Europa desde Siberia huesos de mamut, pero también éstos se metieron en el sistema con calzador: puesto que claramente no había elefantes en Rusia, se decidió que aquellos debían de pertenecer a bestias que el Diluvio Universal del Génesis había arrastrado hasta el norte.
El concepto de la extinción surgió, y seguramente no por casualidad, en la Francia revolucionaria. Y lo hizo en parte gracias a un animal, el que hoy conocemos como mastodonte americano, o Mammut americanum, y gracias a un hombre, el naturalista Jean-Léopold-Nicolas-Frédéric Cuvier, conocido en honor a un hermano muerto simplemente como Georges. Cuvier es un personaje equívoco en la historia de la ciencia. Fue mucho más avanzado que sus coetáneos en algunos aspectos, pero los mantuvo retrasados en otros; podía ser cautivador pero también despiadado; fue un visionario pero al mismo tiempo un reaccionario. A mediados del siglo XIX muchas de sus ideas habían quedado desacreditadas. Sin embargo, los descubrimientos más recientes han tendido a apoyar aquellas de sus teorías que más se habían denigrado, y la visión de Cuvier de la historia de la Tierra, esencialmente trágica, hoy nos parece profética.
No está claro cuándo fue la primera vez que los europeos encontraron huesos del mastodonte americano. En 1705 llegó a Londres un molar aislado descubierto en un campo del norte del estado de Nueva York; recibió el sobrenombre de «diente de un gigante».1 En 1739 se descubrieron los primeros huesos de mastodonte que fueron sometidos a lo que hoy, de manera anacrónica, podríamos calificar de estudio científico. Aquel año, Charles le Moyne, el segundo barón de Longueuil, bajaba por el río Ohio con una tropa de cuatrocientos, algunos franceses como él mimo, la mayoría algonquines o iroqueses. El viaje era arduo y las provisiones escasas. Según recordaría un soldado francés,2 en uno de los trayectos las tropas se vieron obligadas a sustentarse con bellotas. En cierto momento, posiblemente durante el otoño, Longueuil y sus tropas sentaron campo en la ribera oriental del Ohio, no lejos de lo que hoy es la ciudad de Cincinnati. Varios de los nativos americanos salieron a cazar. A los pocos kilómetros llegaron a una zona pantanosa que desprendía un olor sulfuroso. Hacia el pantano llegaban rastros de búfalos desde todas las direcciones, y cientos de grandes huesos, tal vez miles, emergían del cieno cual restos de la arboladura de un barco naufragado. Los hombres regresaron al campamento con un fémur de un metro de largo, un inmenso colmillo y varios dientes enormes. Los dientes tenían raíces del tamaño de una mano humana, y cada uno pesaba más de cuatro kilos.
Longueuil quedó tan intrigado por los huesos que cuando levantó el campamento ordenó a sus tropas que los llevasen consigo. Cargando con aquellos enormes molares, el fémur y el colmillo, los hombres siguieron avanzando por aquellas tierras salvajes. Por fin llegaron al río Misisipí, donde se unieron a un segundo contingente de tropas francesas. Durante los meses que siguieron, muchos de los hombres de Longueuil murieron por enfermedades, y la campaña a la que habían ido a luchar, contra los chickasaw, acabó en humillación y derrota. Pese a ello, Longueuil mantuvo los extraños huesos a buen recaudo. Se dirigió a Nueva Orleans y desde allí envió a Francia el colmillo, los dientes y el fémur gigante. Fueron un presente para Luis XV, quien los instaló en su museo, el Gabinete del Rey. Décadas más tarde, los mapas del valle del río Ohio seguían estando prácticamente vacíos, salvo por el Endroit où on a trouvé des os d’Éléphant, el «lugar donde se hallaron los huesos de elefante». (En la actualidad, el «lugar donde se hallaron los huesos de elefante» es un parque natural estatal de Kentucky conocido como Big Bone Lick.)
Los huesos de Longueuil desconcertaron a todos los que los examinaron. El fémur y el colmillo tenían todo el aspecto de haber pertenecido a un elefante o, lo que para la taxonomía de entonces era casi lo mismo, un mamut. Pero los dientes del animal eran un enigma. Se resistían a cualquier categorización. Los dientes de los elefantes (y también de los mamuts) tienen la corona plana con finas crestas que discurren de un lado al otro, de manera que la superficie de masticación recuerda la suela de una zapatilla de correr. En cambio, los dientes de mastodonte forman cúspides. De hecho, parecen haber pertenecido a un humano gigantesco. El primer naturalista que los estudió, Jean-Étienne Guettard, rehusó incluso conjeturar sobre su procedencia.
«¿De qué animal proceden?»,3 se preguntaba quejumbrosamente en un artículo leído en 1752 ante la Real Academia de las Ciencias francesa.
En 1762, el conservador del Gabinete del Rey, Louis-Jean-Marie Daubenton, intentó resolver el enigma de aquellos curiosos dientes declarando que «el desconocido animal de Ohio» no era siquiera un animal, sino dos. El colmillo y el fémur eran de elefante, pero los molares procedían de otro animal completamente distinto. Y decidió que ese otro animal probablemente era un hipopótamo.
Más o menos por la misma época llegó a Europa un segundo envío de huesos de mastodonte, esta vez a Londres. Estos restos, también de Big Bone Lick, mostraban la misma y desconcertante pauta: los huesos y colmillos eran parecidos a los del elefante, pero los molares estaban coronados de protuberancias. A William Hunter, el médico personal de la reina, la explicación que daba Daubenton de la discrepancia le pareció insuficiente, y propuso otra explicación, la primera que se acercaba a la realidad.
«El presunto elefante americano»,4 sugirió, era un animal totalmente nuevo «que los anatomistas desconocían». Decidió que se trataba de un carnívoro, de ahí sus temibles molares, y apodó a la bestia incognitum americano.
El más destacado naturalista francés, Georges-Louis Leclerc, Conde de Buffon, añadió un nuevo elemento al debate. Argumentó que los restos en cuestión no correspondían a uno ni a dos, sino a tres animales distintos: un elefante, un hipopótamo y una tercera especie, todavía desconocida. Con gran turbación, Buffon admitió5 que esta última especie, «la mayor de todas ellas», parecía haber desaparecido, y propuso que era el único animal terrestre que lo había hecho nunca.
En 1781, Thomas Jefferson, se vio atraído por la controversia. En sus Notas sobre el estado de Virginia, escritas justo después de dejar de ser gobernador de aquel estado, Jefferson elaboró su propia versión del incognitum. Como Buffon, sostenía que el animal era la mayor de todas las bestias, «de cinco a seis veces el volumen cúbico del elefante». (Esto refutaría la teoría, popular entonces en Europa, de que los animales del Nuevo Mundo eran más pequeños y más «degenerados» que los del Viejo Mundo.) Jefferson se mostraba también de acuerdo con Hunter en que probablemente se tratase de un carnívoro. Pero todavía debía de estar vivo en algún lugar. Si no se podía encontrar en Virginia, debía de andar por aquellas partes del continente que «persisten en su estado aborigen, todavía sin explorar y sin perturbar». Cuando, ya siendo presidente, envió a Meriwether Lewis y William Clark al noreste, Jefferson albergaba la esperanza de que pudieran encontrar algunos incognita vivos paseando por sus bosques.
«Tal es la economía de la naturaleza —escribió— que no se podría hallar caso alguno en que permitiera que alguna de sus razas de animales se extinguieran; de que forjase en su gran obra un eslabón tan débil que se haya roto.»
Cuvier llegó a París a principios de 1795, medio siglo después de que se encontraban ya en la ciudad los restos del valle del río Ohio. Contaba entonces veinticinco años, y tenía los ojos grises y bien separados, la nariz prominente y un temperamento que un amigo compararía6 con el exterior de la Tierra: habitualmente frío, pero capaz de violentos temblores y erupciones. Cuvier había nacido en una pequeña ciudad de la frontera con Suiza y tenía pocos contactos en la capital. No obstante, había conseguido hacerse allí con una posición prestigiosa, gracias en parte al final del ancien régime y en parte a la sublime estima en que se tenía a sí mismo. Un colega mayor que él diría más tarde7 que había aparecido en París «como una seta».
El trabajo de Cuvier en el Museo de Historia Natural de París, el sucesor democrático del Gabinete del Rey, era, oficialmente, el de enseñar. Sin embargo, en su tiempo libre se sumergió en la colección del museo. Dedicó largas horas a estudiar los huesos que Longueuil había enviado a Luis XV, comparándolos con los de otros especímenes. El 4 de abril de 1796 (o, de acuerdo con el calendario revolucionario al uso, el 15 de germinal del año IV), presentó los resultados de su investigación en una conferencia pública.
Cuvier comenzó hablando de los elefantes. Los europeos sabían desde hacía mucho tiempo que había elefantes en África, que se consideraban peligrosos, y elefantes que residían en Asia, que se consideraban más dóciles. Con todo, los elefantes eran vistos como elefantes, igual que los perros como perros, unos más mansos y otros más feroces. A partir de su examen8 de los restos de elefante del museo, entre ellos un cráneo especialmente bien conservado de Ceilán y otro de Cabo de Buena Esperanza, Cuvier había reconocido (correctamente, por supuesto) que los dos pertenecían a especies distintas.
«Es evidente que el elefante de Ceilán difiere más del de África que el caballo del asno o la cabra de la oveja», declaró. Entre las muchas características distintivas de los animales están sus dientes. El elefante de Ceilán tenía molares con crestas onduladas en su superficie «como si estuviera adornado con cintas», mientras que los dientes del elefante del Cabo de Buena Esperanza tenían crestas dispuestas en forma de rombos. El examen de animales vivos no habría revelado esta diferencia, pues ¿quien cometería la imprudencia de mirar en el interior de la boca de un elefante? «Solamente a la anatomía9 debe la zoología este interesante descubrimiento», declaró Cuvier.
Tras conseguir, por así decirlo, escindir el elefante en dos, Cuvier prosiguió con su disección. Acerca de la teoría generalmente aceptada sobre los huesos gigantes de Rusia, Cuvier llegó a la conclusión, «tras un detenido examen», de que era incorrecta. Los dientes y las mandíbulas de Siberia «no se parecen de manera exacta a los de un elefante». Claramente pertenecían a otra especie. En cuando a los dientes del animal del río Ohio, una simple mirada «bastaba para ver que diferían incluso más».
«¿Qué ha pasado con estos dos enormes animales de los que ya no se encuentra rastro alguno de ejemplares vivos?», se preguntó. La pregunta, tal como la formulaba Cuvier, se respondía a sí misma. Eran espèces perdues, especies perdidas. Cuvier acababa de doblar el número de vertebrados extinguidos de (posiblemente) uno a dos. Y no había hecho más que empezar.
Unos pocos meses antes, Cuvier había recibido unos bosquejos de un esqueleto que se había descubierto en las riberas del río Luján, al oeste de Buenos Aires. El esqueleto, de 3,6 metros de largo por casi 2 de alto, había sido enviado a Madrid, donde lo habían montado con suma laboriosidad. A partir de los dibujos, Cuvier había identificado a quién pertenecían (una vez más, correctamente): una suerte de perezoso de tamaño descomunal. Le dio el nombre de Megatherium, que significa «bestia gigante». Aunque nunca había estado en Argentina, o, de hecho, en ningún lugar más allá de Alemania, Cuvier estaba convencido de que el Megatherium ya no podía verse desplazándose pesadamente por los ríos de Sudamérica. También esta especie había desaparecido. Lo mismo podía decirse del llamado animal de Maastricht, cuyos restos (una enorme mandíbula afilada tachonada de dientes parecidos a los del tiburón) se habían encontrado en una cantera holandesa. (Con la reciente ocupación de los Países Bajos en 1795, los franceses se habían apropiado del fósil de Maastricht.)
Y si había cuatro especies extinguidas, declaró Cuvier, debía de haber más. Era una propuesta arriesgada a la luz de la evidencia que tenía. A partir de unos pocos huesos esparcidos, Cuvier había concebido toda una nueva manera de ver la vida. Las especies también se morían. No se trataba de un hecho aislado, sino de un fenómeno extendido.
«Todos estos hechos, coherentes entre sí y que no se oponen a ningún informe, creo yo que demuestran la existencia de un mundo anterior al nuestro», concluyó Cuvier. «Pero ¿cómo era esa Tierra primitiva? ¿Y qué revolución pudo acabar con ella?»
Desde los tiempos de Cuvier, el Museo de Historia Natural se ha convertido en una gran institución con centros por toda la geografía francesa. Sin embargo, sus edificios principales todavía ocupan el lugar de los antiguos jardines reales en el quinto arrondissement. Cuvier no se limitó a trabajar en el museo; durante la mayor parte de su vida adulta también vivió en el mismo recinto, en una gran casa de estuco que desde entonces se ha convertido en espacio de oficinas. Hoy, al lado de la casa hay un restaurante y junto a él una casa de fieras en la que, el día de mi visita, unos ualabíes se calentaban al sol tumbados en la hierba. Al otro lado de los jardines hay un gran edificio que acoge la colección de paleontología del museo.
Pascal Tassy es un director del museo especializado en proboscidios, el grupo que incluye los elefantes y sus parientes extintos, como los mamuts, los mastodontes y los gonfotéridos, por citar unos cuantos. Me acerqué a verlo con la promesa de que me enseñaría los mismísimos huesos que Cuvier había examinado. Encontré a Tassy en su mal iluminada oficina, en el sótano que hay debajo de la sala de paleontología, sentado en medio de un montón de cráneos digno de una morgue. Las paredes de la oficina estaban decoradas con las tapas de antiguos libros de Tintín. Tassy me explicó que había decidido ser paleontólogo a los siete años, después de leer una aventura de Tintín en una excavación.
Charlamos un rato sobre los proboscidios. «Son un grupo fascinante», me dijo. «Por ejemplo, la trompa, que es una modificación de la anatomía de la región facial realmente extraordinaria, evolucionó por separado en cinco ocasiones. En dos ocasiones, eso sería sorprendente. ¡Pero cinco y de forma independiente! Los fósiles nos obligan a aceptar que fue así.» Hasta el momento, dijo Tassy, se han identificado unas 170 especies de proboscidios, algunas de las cuales se remontan a hace 55 millones de años, «y estoy seguro de que la lista está lejos de ser completa».
Subimos las escaleras hasta un anejo unido a la parte de atrás de la sala de paleontología, como si fuera un furgón de cola. Tassy abrió la puerta que daba acceso a una pequeña habitación abarrotada de armarios de metal. En el interior de la sala, justo al lado de la puerta, había algo parecido al pie de una sombrilla, pero peludo. Aquello, según me explicó Tassy, era la pata de un mamut lanudo que se había hallado, congelada y deshidratada, en una isla al norte de Siberia. Cuando la examiné más de cerca, pude observar que la piel de la pata había sido cosida como un mocasín. El pelo era muy oscuro, e incluso después de más de 10.000 años parecía conservarse perfectamente.
Tassy abrió uno de los armarios de metal y colocó su contenido sobre una mesa de madera. Eran los dientes que con tantas penurias Longueuil había transportado río abajo por el Ohio. Eran enormes, llenos de protuberancias y estaban ennegrecidos.
«Éste es el Mona Lisa de la paleontología», dijo Tassy mientras señalaba al más grande del grupo. «El principio de todo. Es increíble porque el propio Cuvier hizo el dibujo de este diente. Así que se lo miró con mucho detenimiento.» Tassy me hizo ver los números de catálogo originales, que habían sido pintados en los dientes en el siglo XVIII y ahora estaban tan gastados que apenas podían leerse.
Cogí con ambas manos el más grande de los dientes. Era sin duda un objeto singular. Medía unos veinte centímetros de largo por diez de ancho, el tamaño de un ladrillo, y era casi igual de pesado. Las cúspides, en cuatro grupos, era puntiagudas, y el esmalte permanecía casi intacto. Las raíces, gruesas como cuerdas, formaban una masa sólida de color caoba.
Desde una perspectiva evolutiva, en los molares de un mastodonte no hay en realidad nada de extraño. Los dientes del mastodonte, como la mayoría de los dientes de los mamíferos, están compuestos por un núcleo de dentina rodeado de una capa más dura, pero también más quebradiza, de esmalte. Hace unos 30 millones de años, el linaje de los proboscidios que daría paso a los mastodontes se separó del linaje que conduciría a los mamuts y los elefantes. La evolución de estos últimos los llevaría con el tiempo a producir sus dientes más sofisticados, formados por placas recubiertas de esmalte y unidas en una forma un tanto parecida a la de una hogaza de pan. Esta disposición resulta ser mucho más dura, lo que permitió a los mamuts (y aún hoy a los elefantes) consumir una dieta altamente abrasiva. Los mastodontes, en cambio, mantuvieron sus molares relativamente primitivos (igual que los humanos) y siguieron masticando como siempre. Naturalmente, como Tassy me hizo notar, la perspectiva evolutiva es precisamente lo que Cuvier no tenía, lo que en cierto modo hace que sus logros sean todavía más impresionantes.

Este grabado de dientes de mastodonte fue publicado por Cuvier, acompañado de una descripción, en 1812. Paul D. Stewart/Science Source.
«Cometió errores, qué duda cabe», dijo Tassy. «Pero sus trabajos técnicos, en su mayor parte son espléndidos. Fue un anatomista realmente fantástico.»
Examinamos los dientes un rato más y luego Tassy me acompañó arriba, a la sala de paleontología. Justo detrás de la entrada, montado sobre un pedestal, se exhibía el fémur gigante que Longueuil había enviado a París. Era tan ancho como un poste. Unos escolares franceses pasaron corriendo y gritando con excitación. Tassy sostenía un gran aro de llaves, que usó para abrir varios de los cajones que había bajo las vitrinas de exposición. Me mostró un diente de mamut que Cuvier había examinado y fragmentos de varias especies también extinguidas que Cuvier había sido el primero en identificar como tales. Entonces me llevó a ver el animal de Maastricht, que aún hoy es uno de los fósiles más famosos del mundo. (Aunque los Países Bajos han solicitado en varias ocasiones que se lo devuelvan, los franceses lo retienen desde hace más de doscientos años.) En el siglo XVIII, unos creían que el fósil de Maastricht pertenecía a un extraño cocodrilo y otros que se trataba de una ballena con dientes prominentes. Cuvier, sin embargo, acabó identificándolo, una vez más correctamente, como el cráneo de un reptil marino. (Más tarde recibiría el nombre de mosasauro.)
Hacia la hora de comer, acompañé a Tassy de vuelta a su despacho. Luego paseé por los jardines de camino al restaurante que hay junto a la antigua casa de Cuvier. Como me pareció que era lo que tocaba, pedí el Menu Cuvier: un plato principal a elegir y un postre. Mientras me deleitaba con el postre (una deliciosa tarta de crema), comencé a sentirme incómodamente saciada. Recordé entonces una descripción de la anatomía del anatomista. Durante la Revolución, Cuvier era delgado.10 En los años que vivió en la finca del museo, se fue haciendo más grueso y corpulento hasta que, hacia el final de su vida, era una persona obesa.
Con su conferencia sobre «las especies de elefantes, vivas y fósiles», Cuvier había conseguido establecer la extinción como un hecho. Pero su afirmación más extravagante, que había existido todo un mundo perdido, lleno de especies desaparecidas, se quedó sólo en eso. Si realmente hubiera existido un mundo como ése, debería ser posible encontrar restos de otros animales extintos. Así que Cuvier se dispuso a encontrarlos.
Por fortuna, el París de la década de 1790 era un buen lugar para ser paleontólogo. Las colinas del norte de la ciudad estaban repletas de canteras para producir yeso, el principal ingrediente de los estucos y enlucidos de París. (La capital creció de forma tan desordenada por encima de tantas minas que en tiempos de Cuvier los desplomes eran un riesgo constante.) No era raro que los mineros encontrasen huesos extraños, muy apreciados por los coleccionistas, aunque no supieran realmente qué estaban coleccionando. Con la ayuda de uno de aquellos entusiastas, Cuvier no tardó en juntar las piezas de otro animal extinto, al que llamó l’animal moyen de Montmartre, el animal de tamaño medio de Montmartre.
Al mismo tiempo, Cuvier no dejaba de solicitar especímenes a otros naturalistas de diferentes partes de Europa. Dada la reputación que se habían ganado los franceses de apropiarse de objetos de valor, pocos fueron los coleccionistas que le enviaron los fósiles originales. Pero comenzaron a llegarle dibujos detallados, entre otros lugares, de Hamburgo, Stuttgart, Leiden y Bolonia. «Debo decir que he sido ayudado11 con el más ardiente entusiasmo ... por todos los franceses y extranjeros que cultivan o aman las ciencias», escribió Cuvier, agradecido.
En 1800, es decir, cuatro años después del artículo sobre el elefante, el zoo de fósiles de Cuvier había crecido hasta incluir veintitrés especies que consideraba extintas. Entre ellas se hallaba un hipopótamo pigmeo cuyos restos había descubierto en un almacén del museo de París, un alce de enorme cornamenta cuyos huesos se encontraron en Irlanda y un gran oso, que hoy conocemos como oso de las cavernas, procedente de Alemania. Para entonces, el animal de Montmartre se había dividido, o multiplicado, en seis especies distintas. (Es poco lo que sabemos incluso hoy en día sobre estas especies, salvo que eran ungulados y vivieron hace unos treinta millones de años.) «Si se han podido recuperar tantas especies perdidas12 en tan poco tiempo, ¿cuántas más podemos suponer que habrá todavía profundamente enterradas?», se preguntaba Cuvier.
Gracias a sus dotes para el espectáculo, mucho antes de que el museo contratara profesionales de las relaciones públicas, Cuvier ya sabía cómo captar la atención. («Hoy podría haber sido una estrella de la televisión», me dijo Tassy.) En cierto momento, las minas de yeso parisinas entregaron un fósil de un animal del tamaño de un conejo con un cuerpo estrecho y una cabeza más bien cuadrada. Basándose en la forma de sus dientes, Cuvier llegó a la conclusión de que el fósil pertenecía a un marsupial. Era una afirmación muy osada, pues no se conocía ningún marsupial del Viejo Mundo. Para aumentar el tono teatral, Cuvier anunció que sometería su identificación a una prueba pública. Los marsupiales tienen un distintivo par de huesos, hoy conocidos como «huesos epipúbicos», que se extienden desde la pelvis. Aunque estos huesos no eran visibles en el fósil tal como se le presentó, Cuvier predijo que si se rascaba un poco aparecerían los huesos en cuestión. Invitó entonces a la élite científica de París para que se reunieran y observaran cómo rascaba el fósil con la ayuda de una fina aguja, et voilà, aparecieron los huesos. (En la sala de paleontología de París se exhibe un molde del fósil de marsupial; el original se considera demasiado valioso para mostrarlo y se guarda en una cámara especial.)
Cuvier dio una muestra más de su arte teatral paleontológico durante un viaje a los Países Bajos. En un museo de Haarlem, examinó un espécimen que consistía en un gran cráneo con forma de media luna unido a un fragmento de la columna vertebral. Aquel fósil, de alrededor de un metro de longitud, se había descubierto casi un siglo antes y se había identificado (curiosamente, dada la forma de la cabeza) como un humano. (Incluso se le había asignado un nombre científico: Homo diluvii testis, el «hombre que fue testigo del diluvio universal».) Para refutar esta identificación, Cuvier primero se agenció un esqueleto de salamandra. Luego, con la aprobación del director del museo de Haarlem, comenzó a picar la roca alrededor de la columna del «hombre del diluvio». Cuando quedaron expuestos los miembros anteriores13 del animal fósil, resultaron tener, tal como había predicho, la misma forma que los de una salamandra. Aquel animal no era un humano antediluviano sino algo mucho más extraño: un anfibio gigante.
Cuantas más especies extintas revelaba Cuvier, más parecía cambiar la naturaleza de aquellas bestias. Los osos de las cavernas, los perezosos gigantes, incluso las salamandras gigantes, guardaban cierta relación con especies que todavía vivían. Pero ¿qué pensar de un extraño fósil hallado en una formación caliza de Bavaria? Cuvier recibió un grabado de este fósil de uno de sus muchos correspondientes. En él se podía apreciar una maraña de huesos, entre ellos lo que parecían ser brazos extrañamente largos que acababan en unos dedos delgados, así como un pico. El primer naturalista que lo examinó había conjeturado que debían de ser restos de un animal marino que usaba sus largos brazos como remos. A partir del examen del grabado, Cuvier determinó, sorprendentemente, que el animal era en realidad un reptil volador. Lo llamó ptero-dáctilo, que significa «alas en dedos».
El descubrimiento de Cuvier de la extinción, de «un mundo anterior al nuestro», fue un acontecimiento sensacional, y la noticia no tardó en cruzar el Atlántico. Cuando unos granjeros de Newburgh, en el estado de Nueva York, desenterraron un esqueleto gigante casi completo, se reconoció como un hallazgo de gran importancia. Thomas Jefferson, para entonces vicepresidente, hizo varios intentos por conseguir los huesos. Fracasó. Sin embargo, un amigo suyo todavía más persistente, el artista Charles Willson Peale, que recientemente había establecido el primer museo de historia natural de la nación, en Filadelfia, lo consiguió.
Peale, más dotado aún que Cuvier para el espectáculo, pasó meses ensamblando los huesos que había adquirido de Newburgh y fabricando las piezas que faltaban con madera y pape maché. Presentó el esqueleto al público el día de Nochebuena de 1801. Para dar publicidad a la exposición,14 Peale hizo que su sirviente negro, Moses Williams, tocado con un penacho indio, cabalgase por las calles de Filadelfia a lomos de un caballo blanco. La bestia reconstruida se alzaba por encima de tres metros en la cruz y medía cinco metros de largo, de los colmillos a la cola, un tamaño un tanto exagerado. Los visitantes tenían que pagar cincuenta céntimos (un suma considerable en aquellos tiempos) para poder verla. Todavía no se había acordado un nombre para aquel animal (un mastodonte americano), de modo que se le conocía indistintamente como incognitum, animal de Ohio y, lo más confuso de todo, mamut. Fue la primera exhibición que se convirtió en un éxito de taquilla, y desató una oleada de «fiebre del mamut». La ciudad de Cheshire, en Massachusetts,15 produjo un «queso mamut» de 560 kilos, un panadero de Filadelfia produjo un «pan mamut» y los periódicos difundían noticias sobre un «nabo mamut», un «peral mamut» y un individuo que «comía como un mamut», capaz de «zamparse 42 huevos en diez minutos». Peale consiguió montar un segundo mastodonte con otros huesos hallados en Newburgh y otros pueblos cercanos del valle de Hudson. Tras una comida de celebración ofrecida bajo la espaciosa caja torácica del animal, envió su segundo esqueleto a Europa a cargo de dos de sus hijos. El esqueleto se exhibió durante varios meses en Londres, en el transcurso de los cuales el joven Peale decidió que los colmillos de aquellos animales debían apuntar hacia abajo, como los de una morsa. Su plan era llevar el esqueleto a París y vendérselo a Cuvier, pero cuando todavía estaban en Londres, estalló la guerra entre Gran Bretaña y Francia, lo que hizo imposible viajar entre los dos países.
Cuvier dio finalmente su nombre al mastodonte en un artículo publicado en París en 1806. La peculiar designación proviene del griego y significa «dientes de pecho»; al parecer, las protuberancias de los molares de este animal le recordaban los pezones. (Para entonces, el animal ya había recibido nombre científico de un naturalista alemán; lamentablemente, este nombre, Mammut americanus, ha perpetuado la confusión entre los mastodontes y los mamuts.)

Reproducción con permiso de Rare Book Room, Buffalo and Erie County Public Library, Buffalo, Nueva York.
Pese a las hostilidades que mantenían británicos y franceses, Cuvier consiguió obtener dibujos detallados del esqueleto que los hijos de Peale habían llevado a Londres, que le ofrecieron una imagen mucho mejor de la anatomía del animal. Comprendió que el mastodonte estaba mucho más alejado de los elefantes modernos que el mamut, y le asignó un nuevo género. (En la actualidad, los mastodontes no sólo están en su propio género, sino también en su propia familia.) Además del mastodonte americano, Cuvier identificó cuatro especies más de mastodonte, «todas ellas igualmente ajenas a la Tierra actual». Peale no supo del nuevo nombre asignado por Cuvier hasta 1809, pero en cuanto se enteró, lo abrazó sin reservas. Escribió a Jefferson16 para proponerle un «bautizo» del esqueleto de mastodonte en su museo de Filadelfia. Jefferson no se mostró muy entusiasmado17 con el nombre que le había dado Cuvier («puede ser tan bueno como cualquier otro», comentó con desdén) y no se dignó a responder a la idea del bautizo.
En 1812, Cuvier publicó un compendio en cuatro tomos de sus trabajos sobre los animales fósiles: Recherches sur les ossemens fossiles de quadrupèdes. Antes de que iniciara sus «recherches», había, dependiendo de quien hiciera la cuenta, de cero a un vertebrado extinto. Gracias en buena medida a su propio trabajo, ahora había cuarenta y nueve.
A medida que la lista de Cuvier medraba, también lo hacía su prestigio. Pocos eran los naturalistas que se atrevían a anunciar sus descubrimientos en público antes de que él los hubiera refrendado. «¿No es Cuvier18 el mayor poeta de nuestro siglo?», se preguntaba Honoré de Balzac. «Nuestro inmortal naturalista ha reconstruido mundos a partir de unos huesos blanqueados; reconstruido, como Cadmo, ciudades a partir de un diente.» Cuvier fue distinguido por Napoleón y, cuando por fin acabaron las guerras napoleónicas, fue invitado a Gran Bretaña, donde fue presentado ante la corte.
Los ingleses acogieron con entusiasmo el proyecto de Cuvier. En los primeros años del siglo XIX, coleccionar fósiles se hizo tan popular entre las clases altas que emergió toda una nueva profesión. Era «fosilista» quien se ganaba la vida buscando especímenes para sus adinerados clientes. El mismo año que Cuvier publicó sus Recherches, uno de aquellos fosilistas, una joven mujer llamada Mary Anning, descubrió un espécimen particularmente extravagante. El cráneo de aquel animal, hallado en los acantilados de caliza de Dorset, medía casi 1,2 metros de largo y tenía unas mandíbulas que recordaban unos alicates de boca larga. Las cuencas de los ojos, peculiarmente grandes, estaban cubiertas por placas óseas.

El primer fósil de ictiosaurio que se descubrió fue expuesto en la Sala Egipcia de Londres. The Granger Collection, Nueva York.
El fósil acabó en Londres en la Sala Egipcia, un museo privado no muy distinto del de Peale. Se exhibió primero como un pez y luego como un pariente del ornitorrinco antes de ser identificado como un nuevo tipo de reptil, un ictiosaurio o «pez lagarto». Unos años más tarde, otros especímenes recolectados por Anning proporcionaron fragmentos de otro animal todavía más fantástico que recibió el nombre de plesiosauro o «casi lagarto». El primer profesor de geología de Oxford, el reverendo William Buckland, describió el plesiosauro como con «la cabeza de un lagarto» unida a un cuello «semejante al cuerpo de una serpiente», con «las costillas de un camaleón y las aletas pectorales de una ballena». Enterado del hallazgo, a Cuvier la descripción del plesiosauro le pareció tan extravagante que se preguntó si no se habrían manipulado los especímenes. Cuando Anning descubrió otro fósil de plesiosauro, esta vez casi completo, Cuvier fue informado una vez más del hallazgo, y hubo de reconocer que estaba equivocado. «No cabe esperar19 que aparezca nada más monstruoso», le escribió a uno de sus corresponsales ingleses. Durante la visita de Cuvier a Inglaterra, se acercó a Oxford, donde Buckland le mostró un nuevo fósil extraordinario: una enorme mandíbula de la que emergía un diente curvado como una cimitarra. Cuvier identificó este animal, una vez más, como algún tipo de reptil. Décadas más tarde, se reconocería que la mandíbula pertenecía a un dinosaurio.
Por aquel entonces el estudio de la estratigrafía todavía estaba en pañales, pero ya se había comprendido que las distintas capas de las rocas se habían formado en periodos distintos. El plesiosauro, el ictiosauro y el todavía anónimo dinosaurio se habían encontrado en depósitos de caliza que se atribuían a lo que entonces se llamaba era Secundaria y hoy conocemos como era Mesozoica. A la misma era pertenecían el pterodáctilo y el animal de Maastricht. Esta pauta llevó a Cuvier a desarrollar otra idea extraordinaria sobre la historia de la vida: tenía una dirección. Las especies perdidas cuyos restos se encontraban cerca de la superficie de la Tierra, como los mastodontes y los osos de las cavernas, pertenecían a órdenes de animales que todavía vivían. Si se cavaba más hondo, se encontraban animales como el de Montmartre, que ya no tenían ningún equivalente actual obvio. Si se seguía cavando, los mamíferos desaparecían completamente del registro fósil. Y por fin se llegaba a un mundo no ya previo al nuestro, sino incluso a aquel otro, un mundo dominado por reptiles gigantes.

El animal de Maastricht todavía se exhibe en París. © The British Library Board, 39.i.15 pl.1.
Uno podría pensar que las ideas de Cuvier sobre la historia de la vida —que era larga, cambiante y llena de animales fantásticos que ya no existían— debería haberlo convertido en un defensor natural de la evolución. Sin embargo, Cuvier se oponía al concepto de evolución, o transformismo, como se conocía en el París de su tiempo, e intentó (al parecer, por lo general con éxito) humillar a cualquiera de sus colegas que apoyara esta teoría. Curiosamente, fueron las mismas habilidades que lo llevaron a descubrir la extinción las que hicieron que la evolución le pareciese absurda, tan inverosímil como la levitación.
Como a Cuvier le gustaba observar, depositaba su fe en la anatomía; era ésta la que le había permitido distinguir los huesos de un mamut de los de un elefante y reconocer como una salamandra gigante lo que otros habían tomado por un hombre. En lo más hondo de su ciencia de la anatomía estaba una idea que denominaba «correlación de partes». Con ello se refería a que los componentes de un animal encajan entre sí y tienen un diseño óptimo para su particular forma de vida; así, por ejemplo, un carnívoro tendrá un sistema intestinal apropiado para digerir la carne. De igual modo, sus mandíbulas estarán
hechas para devorar su presa;20 las garras, para agarrarla y desgarrarla, los dientes para cortar y partir su carne; el sistema entero de sus órganos locomotores, para perseguirla y capturarla; sus órganos de los sentidos para detectarla desde lejos.
En cambio, un animal de pezuña necesariamente será herbívoro, pues carece de «medios para capturar presas». Tendrá «dientes con la corona plana, para triturar hierbas y semillas», y una mandíbula capaz de realizar movimientos laterales. Si se alterase cualquiera de estas partes, se destruiría la integridad funcional del todo. Un animal que hubiera nacido, pongamos por caso, con dientes u órganos de los sentidos que fuesen de algún modo distintos de los de sus progenitores no podría sobrevivir, cuando menos dar origen a todo un nuevo tipo de organismo.
En tiempos de Cuvier, el más destacado defensor del transformismo era uno de sus superiores en el Museo de Historia Natural: Jean-Baptiste Lamarck. Para Lamarck, existía una fuerza, la «fuerza de la vida», que empujaba a los organismos a hacerse cada vez más complejos. Al mismo tiempo, los animales, pero también las plantas, a menudo tenían que enfrentarse a cambios en su entorno, y lo hacían ajustando sus hábitos. Estos hábitos, a su vez, producían modificaciones físicas que luego eran transmitidas a su descendencia. Las aves que buscaban sus presas en los lagos extendían los dedos al tocar el agua, y de este modo con el tiempo habían desarrollado membranas interdigitales y se habían convertido en patos. Los topos, al mudarse a vivir bajo el suelo, habían dejado de usar la vista, de manera que con el paso de las generaciones sus ojos se habían tornado pequeños y débiles. Lamarck, por su parte, se oponía ardientemente a la idea de Cuvier de la extinción; no podía imaginar ningún proceso capaz de acabar completamente con un organismo. (Curiosamente, la única excepción que consideraba era la propia humanidad, la cual, según concedía Lamarck, era capaz de exterminar ciertos animales de tamaño grande y reproducción lenta.) Lo que Cuvier interpretaba como espèces perdues, para Lamarck eran sencillamente aquellas que se habían transformado de una manera más drástica.
A Cuvier la parecía absurda la idea de que los animales pudieran cambiar a conveniencia su tipo corporal. Se burlaba de la idea de que «los patos, a fuerza de bucear,21 se convirtieron en lucios; los lucios, a fuerza de saltar sobre la tierra, se convirtieron en patos; las gallinas que buscaban su alimento en las riberas, al esforzarse por no mojar los muslos, lograron alargar tan bien sus patas que se convirtieron en garzas o en cigüeñas». Cuvier descubrió lo que, al menos a su entender, era la prueba definitiva contra el transformismo en una colección de momias.
Cuando Napoleón invadió Egipto, los franceses, como era su costumbre, se habían apoderado de todo cuanto les había interesado. Entre las cajas del botín22 que enviaron a París había un gato embalsamado. Cuvier examinó la momia en busca de señales de transformación. No halló ninguna. Aquel antiguo gato egipcio era, desde un punto de vista anatómico, indistinguible de cualquier gato callejero de París. Aquello demostraba que las especies era fijas. Lamarck objetó23 que los pocos miles de años que habían transcurrido desde que se había embalsamado el gato egipcio representaban «una duración infinitamente pequeña» en comparación con la vastedad del tiempo.
«Sé que algunos naturalistas24 se amparan mucho en los miles de siglos que amontonan con un trazo de su pluma», respondió Cuvier desdeñosamente. Llegado el momento, Cuvier recibió el encargo de escribir un panegírico para Lamarck, lo cual hizo más con el espíritu de enterrar que con el de alabar. De acuerdo con Cuvier, Lamarck había sido un soñador. Al igual que «los palacios encantados25 de nuestros viejos romances», sus teorías se habían construido sobre «cimientos imaginarios», y aunque pudieran «entretener la imaginación de un poeta», no podían «de ningún modo resistir el examen de quien haya realizado la disección de una mano, una víscera o siquiera una pluma».
Tras descartar el transformismo, Cuvier se quedó con una enorme laguna. No tenía ninguna explicación de cómo aparecían los nuevos organismos, ni de cómo el mundo podía haber acabado poblado por distintos grupos de organismos en distintos momentos. Pero no parece que eso lo preocupase en absoluto. Al fin y al cabo, lo que le interesaba no era tanto el origen de las especies como su desaparición.
La primera vez que habló sobre el tema, Cuvier dio a entender que conocía la fuerza que había detrás de la extinción, aunque no el mecanismo exacto. En su conferencia sobre «las especies de elefantes, vivas y fósiles», había propuesto que el mastodonte, el mamut y el Megatherium habían desaparecido a causa «de algún tipo de catástrofe». Cuvier dudó en especular sobre la naturaleza precisa de aquella calamidad («No debe concernirnos el vasto campo de conjeturas que se abre con estas cuestiones», dijo), pero al parecer por aquel entonces creía que habría bastado con un solo desastre.
Más tarde, al crecer su lista de especies extintas, modificó su posición. Decidió entonces que se habían producido varios cataclismos. «La vida en la Tierra se ha visto perturbada con frecuencia por acontecimientos terribles», escribió. «Innumerables organismos vivos26 perecieron víctimas de estas catástrofes.»
Al igual que sus ideas sobre el transformismo, la creencia de Cuvier en los cataclismos encajaba en sus convicciones sobre la anatomía, incluso podría decirse que se seguía de éstas. Como los animales eran unidades funcionales, idealmente ajustados a sus circunstancias, no había ninguna razón por la cual, en el curso normal de los acontecimientos, debieran extinguirse. Ni siquiera los más devastadores eventos conocidos en el mundo contemporáneo, como las erupciones volcánicas o los incendios forestales, bastaban para explicar la extinción; enfrentados a tales cambios, los organismos sencillamente se desplazaban27 y sobrevivían. Por consiguiente, los cambios que habían causado extinciones debían haber sido de una magnitud mucho mayor, tanto que los animales no habían sido capaces de sobreponerse a ellos. Que ni él ni ningún otro naturalista hubiese observado eventos tan extremos era una indicación más de la mutabilidad de la naturaleza: en el pasado, había operado de un modo distinto, de una manera más intensa y violenta que en el tiempo presente.
«Se ha roto el hilo de las operaciones», escribió Cuvier. «La naturaleza ha cambiado de curso, y ninguno de los agentes que emplea en la actualidad habría bastado para producir sus obras de antaño.» Cuvier pasó varios años estudiando las formaciones rocosas de los alrededores de París (junto a un amigo, produjo el primer mapa estratigráfico de la cuenca de París) y también aquí vio señales de cambios cataclísmicos. Las rocas enseñaban que la región había estado sumergida en distintos momentos. Los cambios de un ambiente a otro (de terrestre a marino, o, en otras ocasiones, de aguas marinas a aguas continentales) no habían sido, en opinión de Cuvier, «lentas de ningún modo»; al contrario, habían sido causados por súbitas «revoluciones de la superficie de la Tierra». La más reciente de estas revoluciones debía de haberse producido en tiempos relativamente recientes, pues todavía quedaban restos de ella en muchos lugares. Este evento, creía Cuvier, se hallaba justo en los límites de nuestra historia; había observado que muchos mitos y leyendas, incluido el Viejo Testamento, aludían a algún tipo de crisis, a menudo un diluvio, que precedió al orden presente.
Las ideas de Cuvier sobre un mundo asolado periódicamente por cataclismos resultó ser casi tan influyente como sus descubrimientos originales. Su principal ensayo sobre el tema, que se publicó en francés en 1812, fue editado casi de inmediato en inglés y exportado a Estados Unidos. También apareció en alemán, sueco, italiano, ruso y checo. Pero buena parte se perdió, o al menos se malinterpretó, en las traducciones. El ensayo de Cuvier era decididamente secular. Citaba la Biblia como una más (y no del todo fiable) entre tantas otras obras antiguas, junto a los Vedas hindúes y los Shujing. Esta suerte de ecumenismo resultaba inaceptable para el clero anglicano que constituía los cuerpos docentes de instituciones como Oxford, de manera que cuando el ensayo se tradujo al inglés, Buckland y otros lo reinterpretaron como una prueba del diluvio universal.
En la actualidad, la mayoría de los fundamentos empíricos de la teoría de Cuvier se han rechazado. Los indicios físicos que los convencieron de una «revolución» justo antes de nuestra historia (y las que los ingleses interpretaron como prueba del diluvio universal) eran, en realidad, restos dejados por la última glaciación. La estratigrafía de la cuenca de París no refleja «irrupciones» repentinas de agua sino más bien cambios graduales en el nivel del mar y los efectos de la tectónica de placas. En todas estas cuestiones, según sabemos hoy, Cuvier se había equivocado.
Por otro lado, algunas de las afirmaciones de Cuvier que entonces sonaban más extravagantes han resultado ser sorprendentemente precisas. La vida en la Tierra se ha visto, en efecto, perturbada por «acontecimientos terribles», de los que han sido víctimas «innumerables organismos». Esos eventos no se pueden explicar por las fuerzas, o «agentes», que actúan en nuestros días. La naturaleza, a veces, «cambia de curso», y en esos momentos es como si se hubiera roto «el hilo de las operaciones».
Por lo que se refiere al mastodonte americano, Cuvier resultó tener razón, y con una precisión casi inexplicable. Decidió que aquella bestia había desaparecido hace unos 5.000 o 6.000 años, en la misma «revolución» que había matado al mamut y al Megatherium. En realidad, el mastodonte se desvaneció hace unos 13.000 años. Su eclipse formó parte de una oleada de desapariciones que hoy conocemos como extinción de la megafauna. Esta oleada coincidió con la expansión de los humanos modernos, la cual se interpreta cada vez más como su causa. En este sentido, la crisis que Cuvier había discernido justo en los límites de nuestra historia fuimos nosotros mismos.