6

OLEADAS CELTAS

LA ARGAMASA EUROPEA

 

p006.jpg

 

Torque céltico de oro en forma de collar.

 

 

Originarias de las estepas asiáticas, las tribus arias llamadas indoeuropeas por su doble migración hacia el Indostán y Occidente, llegaron a Europa durante el tercer milenio buscando pastos y botines de guerra.

Los celtas son una rama principal entre los descendientes de aquella invasión, cuya simiente fecundó una gran parte del territorio europeo y contribuyó a la configuración étnica y cultural de la España antigua, primero como la argamasa que dio consistencia a tribus fragmentarias del norte y el oeste, en una segunda oleada estableciendo una cultura guerrera que habitó ciudadelas fortificadas y, finalmente, como elemento de fusión cuando se unió lo celta con lo íbero en la Celtiberia que conocieron cartagineses y romanos. Lo celta es, por tanto, símbolo de lo europeo como antecedente remoto de la identidad española, un fermento que impregnó dos tercios peninsulares y un injerto sustancial en su filogénesis histórica. La primera invasión conocida.

 

 

 

 

Los arios penetran por la cuenca del Danubio y allí se establecen varios siglos hasta dar lugar a la cultura veteroeuropea balcánica, la primera que según Bosch Gimpera se desarrolla con independencia tanto de las culturas eneolíticas del occidente europeo (escandinava, ligur, tartésica arcaica y otras) como de las nacidas en Mesopotamia (protosumerios). El resultado de esta migración fue, según la reconocida antropóloga Marija Gimbutas, que adquirieron la noción de poseer la tierra, objetivo estratégico de supervivencia y anhelo psicológico desde que partieron de las altas mesetas del Pamir asiático. Al abrigo de las bocas del Danubio y sus bosques, los indoeuropeos adoptaron la idea de «hogar» tribal, el Hinterland originario del universo ario que evolucionó a la Vaterland o «tierra padre» de los pueblos germánicos, así como a la Hélade de los griegos. No obstante, la cultura indoeuropea no se limitó a estos espacios periféricos del hemisferio occidental, sino que continuó su impulso dinámico y generó sustratos culturales en todas direcciones del Neolítico europeo. El tiempo corrió de su lado, creó subdivisiones y tipos e hizo que ampliara territorios. Los futuros celtas buscaron la luz del oeste; otros indoeuropeos, como los dorios, la meridional. Su llegada simboliza el declive del matriarcado mediterráneo y la imposición de modelos masculinos en torno al clan, los caudillos y la guerra como forma de vida.

La rama que se asentó en el centro europeo durante la Edad del Bronce se vio obligada a una nueva migración por el empuje de los escitas y otros pueblos del este. Transformados en la comunidad de la Keltiké, llegaron a los confines continentales (Galicia, Bretaña, Gales, Irlanda). Éstos son los protoceltas. Se ha identificado una segunda oleada, de nuevo hacia el oeste y también hacia el sur en la Edad del Hierro, y dos más en torno al 800 y el 600 ane, cuyas culturas reciben los nombres de Hallstatt y La Tène por sus respectivos yacimientos en Austria y Suiza. Son los denominados celtas históricos, que también alcanzarán la Península ibérica.

Los protoceltas eran un pueblo de marcada personalidad que no vivían en poblados sino en chozas junto a lagos o cauces de grandes ríos. Guerreaban desnudos y llevaban distintivos metálicos para señalar su graduación social y guerrera. Se llamaban a sí mismos Gal, de donde proceden topónimos y patronímicos tales como Galicia, Gales, Galia y gálata. Los griegos los descubrieron en el siglo VI y les llamaron Keltoi («los ocultos») o «hiperbóreos», según los textos de Hekateo y el relato de Heródoto, quien acuñó el término Keltiké para el conjunto o nación de pueblos de piel blanca y cabello claro que se extendían por el occidente europeo. El símbolo más representativo de aquellas tribus aguerridas fue el torque, un collar o brazalete que podía ser de oro, plata, bronce o esparto, según fuera la jerarquía de su portador. En sus extremos, los torques de los caudillos llevaban repujadas pequeñas cabezas de caballo o león y a menudo estaban hechos con haces entrelazados. Su significado simbólico alude al ciclo de la Naturaleza con su eterno retorno, el principio y final que abarca la vida. Simbolizan también el coraje, la valentía y la virilidad.

 

La frontera del mar

 

La primera oleada celta que atravesó los Pirineos y llegó hasta el borde galaico puede estar relacionada con el nombre de Ophiussa que los antiguos griegos dieron a la Península Ibérica, según cuenta Rufus Avienus Festus en su Ora Maritima —como hemos visto en el capítulo 3—, donde cuenta la invasión de serpientes del país llamado Oestrimnia (la franja lusitana con el añadido de otra franja desde Asturias hasta Huelva, es decir, la parte peninsular plenamente atlántica). La plaga de ofidios habría acabado con la mayoría de los pobladores neolíticos aborígenes, obligando a huir al resto. Las serpientes serían aquí una metáfora de los protoceltas saefes, quienes tenían al ofidio como animal totémico cincelado en los cascos de sus jefes.

Esta primera aportación indoeuropea a la idiosincrasia peninsular es una cuestión admitida por prehistoriadores como Bosch Gimpera o Martín Almagro y corroborada por lingüistas como Antonio Tovar. El contingente migratorio habría traído a la Península una lengua indoeuropea precelta llamada lusitano, que se extendió por las regiones atlánticas hasta quedar arrinconada por los celtas históricos. Su universo antropológico aparece en el horizonte de Cogotas, yacimiento abulense de una primera ocupación durante el Bronce Final (Cogotas I) que se extendió por la ribera del Duero, así como una posterior en el Hierro Medio (Cogotas II) que lo hace hacia el Tajo. La economía de estas tribus era sobre todo ganadera, tanto estable como de trashumancia, lo que provocó contactos con los pobladores peninsulares más alejados.

Los protoceltas trajeron creencias y costumbres ancestrales indoeuropeas, como la idea de la reencarnación, la noción de un paraíso para los héroes en el Más Allá, la ofrenda de armas a las aguas durante los ritos funerarios tras las grandes batallas, o los altares labrados en la roca, como los de Ulaca (Ávila) y Peñalba de Villastar (Teruel), donde se realizaban ofrendas animales múltiples al dios padre Lug, la diosa de la guerra Epona o la infernal Atecina, a la que consagraban su vida para reforzar la protección del caudillo. En las grandes ocasiones organizaban rituales sacrificiales multitudinarios, hecatombes, como las denominó Estrabón, en las que no faltaban víctimas humanas. Las tradiciones de la cultura atlántica introducidas en esta época muestran afinidades de la Keltiké temprana entre las Islas Británicas, Bretaña y la franja peninsular, cuyo origen y características no pueden explicarse por invasiones célticas desde la Europa central.

Durante la segunda avenida indoeuropea, ya en el Hierro, serán los celtas de los Campos de Urnas quienes, alrededor de 1200 ane, se establezcan al este por la actual Cataluña, bajo valle del Ebro y Sistema Ibérico, mientras que al oeste lo harán en grandes zonas de Galicia, León, Salamanca, Extremadura, Huelva y mitad sur lusitana. Con ellos aparece la cultura castreña y las necrópolis de incineración. El contacto con los tartesios afirmó su personalidad, enriqueciendo una cultura que llegó a diferenciarlos de los celtas continentales, por lo que España ofrece el mejor conjunto epigráfico céltico anterior a las tradiciones literarias irlandesas medievales.

Las últimas oleadas, ya durante el I milenio ane, se identifican con los celtas de Hallstatt y La Tène, los yacimientos europeos. Los primeros habían logrado un gran poder merced a la industria del hierro, por las ventajas que ofrecía en la guerra. Los segundos se caracterizaban porque atacaban en medio de una algarabía brutal de voces e instrumentos musicales, capaz de poner en fuga ejércitos enteros por puro terror. Además de sus veloces caballerías, contaban con carros de llantas de hierro que aumentaron enormemente su capacidad de penetración. A los íberos debieron causarles perplejidad aquellas gentes tan distintas que, sin ser refinados ni amar el lujo, se adornaban ostensiblemente y se comportaban de modo jactancioso. Su apariencia era lo más preciado que poseían. Altos, rubios, de ojos claros y complexión atlética muchos de ellos, les hacían una muesca en el cinturón a los muchachos de diecisiete años, que no debían sobrepasar en la madurez, pues detestaban la obesidad. Quienes no tenían el pelo claro se lo desteñían con cal y adornaban sus largas cabelleras con cuentas de oro y plata. Las mujeres, aunque más sobrias, combatían a menudo al lado de los hombres y se ocupaban de impartir justicia y curar a los enfermos. No estaban en absoluto relegadas a un segundo plano como entre los pueblos semitas o los indoeuropeos helénicos.

A partir del siglo VI ane, los celtas peninsulares se expanden sobre el sustrato antiguo, aprovechando la afinidad cultural con los pueblos del centro peninsular como carpetanos, vacceos y vettones, lusitanos, así como galaicos, astures, cántabros, berones, turmogos, pelendones, várdulos, caristios y autrogones del norte. Esta fusión se produjo a dos bandas en zonas de Teruel, Soria, Guadalajara y el Sistema Ibérico, por impregnación paralela de la idiosincrasia íbera. El resultado fue los titos y otras tribus que los romanos llamaron Celtiberia. Y ha sido esta fusión lo que ha desdibujado la importancia del origen celta en la formación peninsular, hasta el punto de quedar restringido al ámbito cantábrico y galaico.

Valorar el factor celta en el crisol de España implica considerarlo como un largo y diferenciado proceso antropológico. Así se explica que los celtas gallegos sean básicamente atlánticos y similares a los galli franceses, mientras que los celtici de la Bética se parezcan más a los germánicos. La superposición de distintas capas célticas produjo un efecto de fusión que favoreció la aparición de pueblos con rasgos de nación como los vettones, tribu ganadera y belicosa que ocupó gran parte de Salamanca, Ávila, Zamora y norte de Cáceres, como vecina hostil de los aristócratas agricultores vacceos y los lusitanos, otros pastores que también se dedicaban al bandidaje. Los vettones vivían en castros de casas redondas, observaban un culto animista a peñas y aguas, esculpían verracos totémicos en la roca granítica que situaban en límites de pasto o caza y eran extremadamente pulcros con su higiene y vestimenta, vestigio arcaico de los arios que también llegó a los espartanos a través de los aqueos.

Del legado celta proceden muchos nombres de lugar como Helmantika o Segovia y ríos como el Deva o el Tagus. De sus costumbres quedan las hogueras de San Juan, el Árbol de Mayo y el poder curativo de las fuentes nacidas en las cuevas, además de la cerveza, que incluso ha mantenido su nombre céltico cerevisia. Sus estelas funerarias, túmulos, cruces votivas y esculturas son testimonio de una marcada personalidad que ha tenido una importancia crucial como injerto en la idiosincrasia española. Los españoles pueden deber a esta procedencia aria —como sostiene Salvador de Madariaga— parte de su idealismo y capacidad de acción, la terquedad en sus propósitos y la fanfarronería que se enerva en provocación. Una amalgama que ha alimentado durante siglos el hipertrofiado sentido del honor en el hidalgo español, tan digno como patético.

A propósito de la mentalidad aria, el antropólogo Donald Ward retoma la distinción, introducida por la genial Margaret Mead, entre shame cultures o «culturas de la vergüenza» y guilt cultures o «culturas de la culpa». En las primeras, la noción ética primordial es el honor, cuya atosigante presencia llega a implicar a un clan entero: un crimen, acto despreciable o traición quita honor al patronímico y, en consecuencia, atañe a ancestros y descendientes. En las culturas de la culpa, la falta se asume como ofensa al Ser Supremo que imparte justicia entre los seres humanos, sanciona sus pecados y eventualmente les perdona si median el arrepentimiento y la penitencia. Según Ward, la noción de vergüenza, común a griegos, latinos, celtas y germanos, es típicamente indoeuropea, por oposición a la noción de pecado, característica de los grandes sistemas monoteístas de origen abrahámico y semita. Es entre estos dos polos donde surge la tensión del alma española atormentada, sujeta a la apariencia del honor pero también sincera arrepentida, digna de perdón, cuando la ocasión lo requiere. Ausente de sentimiento de culpa, lo que la cultura celta aporta es su ilimitada capacidad para la ilusión, el amor apasionado por la vida y sus ciclos de regeneración de la Naturaleza. Al contrario que en la mentalidad judeo-cristiana o islámica, hicieron de la existencia su propia eternidad escamoteando espacio a la muerte, como demuestran los largos festivales solunares y los hedonistas banquetes comunitarios en los que se bebía cerveza y se narraban las sagas cantadas por los bardos. Esa mentalidad les impidió dejar por escrito su sabiduría y las hazañas de los antepasados. Las leyendas épicas se transmitían oralmente, permanecían vivas en la memoria entrenada de los vates, mientras que la casta sacerdotal de los druidas mantenía el legado ritual, la mitología, las fórmulas medicinales. Por esta razón disponemos de un registro tan escaso de su cultura inmaterial, ya que la mayor parte viene dada por los testimonios, a menudo sesgados, de fuentes grecorromanas.