PRÓLOGO

La magnífica semblanza que Antonina Rodrigo nos ofrece en este libro de María Teresa Toral Peñaranda nos certifica con admirable rigor lo que de extraordinario tuvo esta mujer desconocida para el gran público. Y cuando empleamos el adjetivo de «extraordinaria» nos referimos no sólo a sus altos valores morales e intelectuales, sino también a las inusitadas y extrañas condiciones de su difícil vida, que la convierten en un caso particularmente elocuente de lo que constituyó el exilio, donde se conjugan tanto el exilio exterior como el interior. Precisamente, por eso esta biografía nos incita a la reflexión sobre uno y otro.

A los que hemos dedicado mucho tiempo y esfuerzo a recuperar el exilio español tras la guerra civil, se nos ha llamado la atención sobre lo inadecuado de referirse con ese nombre a los que, opuestos a la dictadura franquista, se quedaron en España y fueron perseguidos por ello. «Exilio interior», se nos dice, es una contradicción de ambos términos, inadmisible semánticamente cuando se aplica al mismo sujeto. Si está exiliado no puede permanecer en el interior, pues lo uno excluye lo otro. A pesar de ello, los que emplean la expresión apelan a un uso metafórico del término para referirse a aquellos que fueron reprimidos y perseguidos de tal manera que les colocan existencialmente fuera del sistema; se les niegan derechos y libertades propias de la condición humana y, desde esa perspectiva, se les convierte en exiliados dentro de la dictadura.

Este uso metafórico de la palabra nos coloca en una situación particularmente favorable para la reflexión sobre su contenido ideológico. Desde este punto de vista, resulta que la expresión «exilio interior» refuerza y reduplica la misma condición del exilio, al que la represión política no sólo le sitúa fuera del sistema, sino que le impide el ejercicio de la libertad que define por naturaleza el oficio del intelectual. En ese sentido, el exiliado interior no sólo es un exiliado, sino que lo es doblemente.

Esta caracterización nos sitúa en una perspectiva señaladamente positiva, cuando tratamos de recuperar sus valores para la patria de origen, pues el exiliado propiamente dicho no ha perdido la libertad que le ha permitido realizar una obra conocida por el gran público: escribir, publicar, difundir —lo que al exiliado interior le ha estado prohibido—. El exiliado ha realizado una obra fuera de su país, y la recuperación de esa obra podrá hacerse cuando cambien las circunstancias políticas. El problema es cuando —por falta de libertad— a ese exiliado se le ha impedido precisamente realizar esa obra. Ésta es la situación vivida por hombres que, conscientes del drama a que se les abocó, decidieron crear un término nuevo, muy expresivo y contundente: es lo que uno de ellos llamó expelidos. Hemos recogido este neologismo de una de las cartas que Pablo de Andrés Cobos escribió a su amiga María Zambrano, y nos ha parecido sumamente sugerente y oportuno para resolver la contradicción que «exilio interior» representa.

En el caso de María Teresa Toral ese término resulta especialmente adecuado, y no sólo por las dificultades que tuvo que sufrir en España, sino porque finalmente tuvo que tomar la opción de marcharse a México, donde pasó varios años. El hecho es que Toral fue las dos cosas: expelida y exiliada, y ambas de modo extremo.

Es bien sabido que el llamado «exiliado interior» tuvo que valerse de formas subrepticias y elípticas al objeto de expresar un pensamiento crítico que de haberse hecho de modo directo y explícito habría encontrado la oposición de la censura. Pero en el caso de María Teresa no sólo topó con esa primera y obvia dificultad, sino con muchas otras que provenían de su condición de mujer.

Antonina Rodrigo ha sido siempre una experta en la recuperación de este tipo de mujeres, pero en este caso concreto podemos decir que se supera a sí misma, probablemente por la admiración que despierta en ella el personaje. Y es que María Teresa Toral no sólo no es una mujer corriente, sino que destaca de forma eminente en actividades que siempre se han tenido por extrañas a su condición de mujer.

Es conocida, por ejemplo, la habitual cerrazón del mundo universitario a las mujeres, y en esto Toral fue radical, aunque quizá no tan avanzada como sí lo fue ya en otros campos. Desde los años de la Segunda República —o incluso antes— había un amplio grupo de mujeres universitarias que constituían un fermento de nuevas actitudes. Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos, María Lejárraga, María Zambrano, María de Maeztu, Clara Campoamor, Margarita Nelken, Victoria Kent, María Teresa León, son ya nombres suficientemente significativos. Por otro lado, las actividades progresistas de la FUE, tan influyentes en el ámbito universitario, fueron decisivas al respecto.

Mucho más valiente en este sentido fue su decisión de incorporarse al mundo de la investigación científica. Estudió Farmacia y también en la Facultad de Física y Química, convirtiéndose en discípula preferida de Enrique Moles. Aprovechó sus conocimientos químicos para hacer explosivos con botellas de gasolina, convirtiéndolas en instrumentos para la «defensa de Madrid». Como consecuencia de sus actividades hostiles al régimen franquista sufrió prisión en cárceles de Ávila, Madrid y Segovia, lo que la colocó en una situación muy difícil para sobrevivir desde el punto de vista profesional. Al fin, en 1956 pudo escapar clandestinamente de España, llegando a México, donde siguió involucrada en actividades científicas. El recuerdo que conservaba de ella el pintor Antonio Lorenzo nos da un retrato muy vivo de su gran personalidad:

Conocí a María Teresa hacia 1946. Le tuve mucho aprecio porque tenía una inteligencia fuera de lo común y también me atraía su antifranquismo. Era una mujer librepensadora por su formación intelectual. Su inteligencia estaba muy por encima del ambiente de la época. Leía en varios idiomas, incluso el ruso. Tenía un esquema sistemático científico que podía expresarse, sobre todo en lo relacionado con la ciencia. Ella esencialmente era científica, pero le interesaba mucho la música, vamos, el arte en general. Manteníamos largas conversaciones que abrían mundos insospechados en aquel pobre ambiente. Cuando se fue me dejó discos de Brahms y de Mozart. Estuvo enamorada de un pintor abstracto, norteamericano, llamado Arnold, que conoció en la cubierta de un barco, en un viaje a Mallorca. Cuando se fue quiso seguirlo a Estados Unidos, pero tenía problemas para obtener el pasaporte. Ella era de una sabiduría muy grande, pero, al mismo tiempo, muy inocente. Psicológicamente la podía engañar cualquiera. En el plano político arriesgó su vida al ayudar a gente. Recuerdo que mandaba paquetes de comida a la cárcel, desplegaba gran actividad en este terreno, porque ella era muy activa, pues el régimen seguía una lucha fratricida. Su cara estuvo siempre marcada por la tortura. Dicen que era enamoradiza. Yo creo que no, eso es una leyenda, lo que ocurría es que tenía confianza en las personas, y eso siempre es un riesgo. La gente era poco responsable, ella tenía la responsabilidad de la ciencia.

Los años que vivió en México se dedicó al grabado, alcanzando un gran reconocimiento; en el grabado encontró María Teresa un medio de expresión donde podía desarrollar sus conocimientos científicos con sus dotes artísticas. En esos años tuvo una relación amorosa privilegiada con Lan Adomian, que había sido brigadista de la Abraham Lincoln durante la guerra civil; era de origen judío y un músico extraordinario, cuya obra pudo ser culminada gracias a los conocimientos musicales de María Teresa. Como vemos, una mujer de conocimientos muy variados, de una inteligencia poco común y de una versatilidad profesional extraordinaria.

Desde este punto de vista, considero que esta obra de Antonina Rodrigo es un hito, al poner de relieve el excepcional papel de María Teresa Toral en la evolución de la mujer, constatando con su ejemplo que «la creencia atávica de la superioridad del hombre es un hecho cultural, adquirido jerárquicamente». Estas palabras de Antonina son sin duda las mejores para poner fin a este prólogo.

JOSÉ LUIS ABELLÁN