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EL SILENCIO DE LAS MUÑECAS

El aprendizaje de la comunicación comenzó por el método Borel-Maisonny, con una ortofonista, mujer extraordinaria, que supo escuchar la tristeza de mi madre, aguantar su cólera, sus lágrimas. Ella jugaba conmigo a muñecas y a comiditas. Mostró a mi madre que era posible tener una relación conmigo, hacerme reír, para que yo continuara viviendo como «antes» de que ella se enterase de mi sordera.

Aprendí a oralizar las «A», las «B», las «C»; me representaban las letras por movimientos de la boca y gestos con la mano.

Mi madre asistía a las sesiones, como si asumiera una relación madre-hija. Gracias a la identificación con esa mujer, mi madre volvió a aprender a hablarme. Pero nuestra manera de comunicarnos era instintiva, animal, yo la llamo «umbilical». Se trataba de cosas sencillas como comer, beber, dormir. Mi madre no me impedía hacer gestos, aunque se le había recomendado que no lo hiciera. No tenía valor para prohibírmelo. Para nosotras había otros signos, completamente inventados. Según explica mamá:

—¡Tú me hacías reír hasta saltárseme las lágrimas intentando comunicarte conmigo por todos los medios! Yo volvía tu cara hacia la mía, para que intentaras leer palabras sencillas, y tú hacías gestos al mismo tiempo. Era bonito e irresistible.

¿Cuántas veces hizo ese gesto de hacerme volver la cara hacia la suya, ese ademán fascinante y terrible de encararse madre-hija que nos sirvió de lenguaje?

Desde aquel momento ya no hubo mucho espacio para el otro, mi padre. Cuando mi padre volvía del trabajo, era más difícil, yo pasaba poco tiempo con él, no teníamos la clave «umbilical». Yo articulaba algunas palabras, pero él no me entendía casi nunca. Mi padre sufría al ver a mi madre comunicarse conmigo en un lenguaje de una intimidad que se le escapaba. Se sentía excluido. Lo estaba, naturalmente, porque no era una lengua que pudiéramos compartir los tres, ni con nadie más. Y él quería comunicarse directamente conmigo. Esta exclusión le sublevaba. Por la noche, cuando volvía, no podíamos intercambiar nada. A menudo yo tiraba del brazo a mi madre para saber qué era lo que él decía. Yo habría querido tanto «hablar» con él... Saber tantas cosas de él...

Comenzaba a pronunciar algunas palabras. Como todos los niños sordos, llevaba un aparato auditivo que soportaba más o menos bien. Ese aparato introducía ruidos en mi cabeza, todos iguales, imposibles de diferenciar, imposibles de utilizar. Era más fatigoso que otra cosa. Pero había que llevarlo, según los reeducadores. ¿Cuántas veces cayeron los auriculares en la sopa?

Dice mamá que la familia se consolaba con frases intrascendentes:

—Es sorda, pero muy bonita.

—¡Será muy inteligente!

Tengo una estupenda colección de muñecas. No sé cuántas. Pero tengo muñecas. ¿Qué edad tengo? No lo sé. La edad de las muñecas. Es la situación de las muñecas. En el momento de ir a dormir es necesario que las ordene, que queden bien alineadas. Les arreglo la ropa de la cama, las manos tienen que estar encima de la colcha. Les cierro los ojos. Paso mucho tiempo ocupada en esta tarea antes de acostarme. Quizás les hablo, seguramente, con la misma clave que mi madre. El signo de dormir. Una vez todo el mundo de las muñecas está en la cama, puedo ir a acostarme y dormir.

Es extraño: alineo mis muñecas con un orden metódico, en tanto que mi cabeza se encuentra completamente desordenada. Todo es vago y mezclado. Todavía busco por qué lo hacía. Por qué pasaba siglos alineando las muñecas. Me meten prisa para que vaya a acostarme. Eso pone nervioso a mi padre, eso pone nervioso a todo el mundo. Pero yo no puedo dormir si mis muñecas no se encuentran alineadas. Tienen que estar perfectamente alineadas, con los ojos cerrados, la colcha casi al milímetro, los brazos encima. Es una precisión diabólica, mientras que en mi cabeza todo es desorden. Quizás me encuentro ordenando todo lo que he vivido durante el día y que está en desorden antes de ir a dormir. Quizás tengo que expresar la organización de ese desorden. Durante el día soy desorden. Por la noche duermo bien ordenada, en calma, como una muñeca. Una muñeca no habla.

Viví en el silencio porque no comunicaba. ¿Acaso es ése el verdadero silencio? ¿La negrura completa de lo incomunicable? Para mí todo el mundo era negro silencio, excepto mis padres, sobre todo mi madre.

El silencio tiene, pues, un sentido que me pertenece sólo a mí: el de la ausencia de comunicación. Por otra parte, no he vivido en un completo silencio. Tengo mis ruidos personales, inexplicables para una persona que oiga. Tengo mi imaginación, y ésta tiene sus ruidos en imágenes. Imagino sonidos en colores. Mi silencio, para mí, tiene colores, no está nunca en blanco y negro.

Los ruidos de los que oyen me aparecen también en forma de imágenes, de sensaciones. La ola que rueda sobre la playa, calmada y dulce, es una sensación de serenidad, de tranquilidad. Aquella que se eriza y galopa levantando mucho el lomo, es la cólera. El viento son mis cabellos que flotan al aire, el frescor o la dulzura sobre mi piel.

La luz es importante, me gusta el día, no la noche.

Duermo en un canapé en el salón del pequeño apartamento de mis padres. Mi padre es estudiante de medicina; mi madre, institutriz. Ella ha interrumpido sus estudios para educarme. No somos muy ricos; el apartamento es pequeño. Nociones que yo ignoro entonces, dado que la organización de la sociedad, del mundo de los que oyen, me es totalmente extraña. Por la noche duermo sola en el diván. Todavía lo veo perfectamente hoy, ese diván de color amarillo y naranja. Veo una mesa de madera marrón. Veo la mesa del comedor, blanca, con tablas. Siempre hay una relación entre los colores y los sonidos que imagino. No puedo decir que el sonido que imagino sea azul o verde o rojo, pero los colores y la luz son soportes que me ayudan a imaginar el ruido, la percepción de cada situación.

En la luz puedo controlarlo todo con mis ojos. El negro es sinónimo de no-comunicación, y por tanto de silencio. Ausencia de luz: pánico. Más tarde aprendí a apagar la luz antes de dormir.

Tengo un flash de recuerdo del negro de la noche. Estoy en el salón, estirada sobre la cama, y veo por la ventana el reflejo de los faros en el muro. Eso me asusta, todas esas luces que llegan y se van. Todavía conservo la imagen en mi mente. El salón y la habitación de mis padres se comunican; es una gran estancia abierta, sin puerta. Hay un sillón y una cama y el gran canapé con cojines por todas partes, donde duermo. Me veo como una niña, pero no sé la edad que tengo. Tengo miedo. Siempre tengo miedo, por la noche, de esos faros de coches, de esas imágenes que llegan a la pared y se van.

A veces mis padres me explicaban que iban a salir. Pero ¿acaso había comprendido bien esa historia de las salidas? Para mí era una marcha, un abandono. Los padres desaparecían y volvían. Pero ¿acaso iban a volver? ¿Cuándo? No tenía noción de cuándo. No tenía palabras para decírselo, no tenía lenguaje, no podía expresar mi angustia. Era horrible.

Creo que quizás adivinaba por su comportamiento, un poco nervioso, que iban a «desaparecer». Pero siempre era una sorpresa para mí esa marcha, porque me daba cuenta de ella por la noche. Me hacían cenar, me acostaban, se esperaban hasta que me durmiera y cuando mis padres suponían que yo dormía profundamente, pensaban que podían partir y yo no lo sabía. Y me despertaba sola. Me despertaba, quizás, a causa de esa salida. Y tenía miedo de los faros como de unos fantasmas sobre aquella pared.

No podía ni hablar de ese miedo, ni explicarlo. Mis padres debían de creer que no había nada que pudiera despertarme porque era sorda. Pero las luces eran sonidos imaginarios, desconocidos, que me angustiaban enormemente. Si hubiera podido hacerme comprender, no me habrían dejado sola. Un niño sordo necesita que haya alguien con él por la noche. Alguien, necesariamente.

Tengo también una pesadilla. Me encuentro dentro de un coche, en la parte de atrás, y mi madre conduce. Llamo a mi madre, le quiero hacer unas preguntas, quiero que me conteste, la llamo y ella no vuelve la cabeza. Insisto. Cuando, finalmente, se vuelve para responderme, ocurre el accidente, el coche termina en un barranco, después en el mar. Veo agua a mi alrededor. Es horrible. Insoportable. El accidente ha ocurrido por mi culpa, y eso me despierta en plena angustia.

Durante el día llamo muy a menudo a mi madre para que nos comuniquemos. Quiero saber lo que pasa, quiero estar siempre al corriente, es una necesidad. Ella es la única persona que me comprende verdaderamente, con ese lenguaje inventado desde el principio, ese lenguaje «umbilical», animal, esa clave particular, instintiva, hecha de mímica y de gestos. Tengo tantas cosas embrolladas en la cabeza, tantas preguntas, que siento necesidad de ella en todo momento. Esa pesadilla en la que ella no contesta, no vuelve la cabeza para mirarme, era mi angustia profunda de aquella edad mía de entonces.

Para los niños que aprenden muy pronto el lenguaje de signos, o que tienen padres sordos, es diferente. Éstos hacen progresos notables. Estoy estupefacta de cómo adelantan. Yo estaba claramente retrasada; no aprendí esta lengua hasta los siete años. Antes seguramente era como una «deficiente», una salvaje.

Es extraordinario. ¿Cómo funcionaba todo antes? Yo no tenía lenguaje. ¿Cómo pude construirme? ¿Cómo comprendí? ¿Qué hacía para llamar a la gente? ¿Qué hacía para pedir algo? Me veo a menudo haciendo gestos.

¿Acaso pensaba? Sin duda. Pero ¿en qué? Sólo en mi furia por comunicarme con los demás. En esa sensación de estar encerrada detrás de una puerta enorme, que no podía abrir para hacerme comprender por los demás.

Y yo tiraba de la manga del vestido de mi madre, le enseñaba objetos, montones de cosas, y ella comprendía, me respondía.

Progresaba lentamente. También imitaba palabras. «Agua», por ejemplo, fue la primera palabra que oralicé. Imitaba lo que veía en los labios de mi madre. No lo oía, pero yo hacía «O», con la boca en «O». Una «O» que producía una vibración de mi garganta y por consiguiente un ruido particular para mi madre. Y así todas las palabras se convertían en palabras para mí y para ella, palabras que nadie podía comprender. Mamá quería que me esforzase en hablar; yo también lo intentaba para ayudarla, pero sobre todo tenía deseos de mostrar, de señalar. Para pedir hacer pipí, enseñaba el cuarto de baño; para comer, señalaba lo que quería comer y me metía la mano en la boca.

Hasta la edad de siete años no hay palabras, no hay frases en mi cabeza. Sólo imágenes. Cuando tiraba de mi madre para decirle alguna cosa, yo no quería que mirase hacia otro lado; era yo, mi cara, ninguna otra cosa, lo que ella debía mirar. Me acuerdo de eso. Había, pues, un pensamiento, dado que yo «pensaba» en la comunicación, la quería.

Se daban situaciones particulares. Por ejemplo, en una reunión de familia. Mucha gente que movía mucho la boca. Yo me aburría. Me iba a otra habitación, iba a mirar los objetos, las cosas. Los cogía en las manos para verlos bien. Después de eso volvía a colocarme en medio de la gente y tiraba de mi madre. Tirar de mi madre significaba llamarla para que ella me mirase, para que pensara en mí. Era difícil cuando había gente: yo perdía la comunicación con ella. Estaba sola en mi planeta y quería que ella volviera a él. Mi madre era mi único lazo con el mundo. Mi padre nos miraba, seguía sin comprender nada.

Veo a mi padre encolerizado. Veo una expresión particular. Pregunto:

—¿No va bien?

Imito la cólera de papá. Éste responde:

—¡No, no va bien!

Quizás voy a tirar de mamá para que ella traduzca, porque quiero saber más, quiero comprender lo que pasa. Por qué. Porque, porque... he visto la cólera en la cara de papá. Pero ella no siempre puede traducir. Entonces vuelvo a encontrarme en el negro silencio.

Cuando hay gente, miro mucho las caras. Observo todos los tics, todas las manías de la gente. Hay gente que no mira a su interlocutor de la mesa mientras habla. Juegan con los cubiertos. Se toquetean los cabellos. Son imágenes que hacen cosas. No puedo decir el efecto que me causa. Veo. Veo si están contentos o no. Veo si están disgustados. O si no escuchan a los demás. Tengo ojos para comprender, pero resulta limitado. Veo que se comunican entre ellos con la boca; mi diferencia debe de radicar ahí. Ellos hacen ruido con la boca. Yo no sé lo que es el ruido. Y tampoco el silencio. Estas dos palabras no tienen sentido.

Salvo que en mi interior no existe el silencio. Oigo silbidos muy agudos. Creo que vienen de otro sitio, del exterior de mí; pero no, son mis ruidos, no hay nadie más que yo que los oiga. ¿Acaso soy ruido interior y silencio exterior?

Tuvieron que ponerme un aparato a los nueve meses. Los niños sordos a menudo llevan aparatos con auriculares conectados a un cordón en forma de Y y con un micro sobre el vientre; es un aparato monofónico. No recuerdo haber oído cosas con él. ¿Ruidos quizás? Pero ruidos que sigo oyendo, como la vibración de los coches que pasan por la calle, la vibración de la música; con el aparato, son insoportablemente fuertes. Pero ¿ruidos de niños? No. Los juguetes son mudos.

Esos ruidos demasido fuertes me cansaban; esos ruidos sin significado, que no me aportaban nada. Me quitaba el aparato para dormir; el ruido me angustiaba. Un ruido fuerte sin nombre, sin relación, me agobiaba. Mamá explica:

—El ortofonista nos dijo que no nos inquietáramos, que hablarías. Nos dio esperanzas. Con la reeducación y los aparatos auditivos te convertirías en «oyente». Con retraso, sin duda, pero llegarías. Se esperaba también, pero era completamente ilógico, que un día realmente acabarías por oír. Como una magia. Era tan difícil aceptar que hubieras nacido en un mundo diferente del nuestro...