Pedro de Alemán se dijo que, a esas alturas de su vida, que tampoco eran muchas, voto a bríos, pocos resquicios quedaban para las sorpresas. Sin embargo, eso, sorpresa, fue lo que experimentó cuando a primera hora de la mañana de ese martes de Pascua vio aparecer por la oficina del abogado de pobres, situada en la Casa del Corregidor, en la plaza de la Justicia, a un muchachuelo vestido de monaguillo que decía llamarse Luis —«Aunque el páter y todos me llaman Luisillo, señor»— y aseguraba venir de parte del cura párroco de San Miguel, don Ramón Álvarez de Palma.
—¿De parte de don Ramón? —preguntó, sorprendido, Pedro. No conocía personalmente al buen cura ni se le ocurría asunto que pudiese justificar su requerimiento.
—De su parte.
—¿Y que puede don Ramón necesitar de mí?
—Pues él se lo dirá, imagino.
—¿Un asunto relacionado con el espíritu, Luisillo? —preguntó, perplejo y torpe—. ¿O con las leyes, quizá?
La voz del camilo era puntiaguda y aflautada, denotando que el mozo ni siquiera había llegado aún a la adolescencia. Era, sin embargo y por lo que se veía, listo el pilluelo.
—Pues yo diría que con lo segundo —fue lo que contestó el monaguillo—, porque está la ronda en las puertas de la iglesia y no deja entrar ni salir a nadie. Y la misa de ocho se ha ido al garete, ¿sabe usted? Y ni confesarse han podido las beatas. Así que yo diría que es asunto de leyes, señor.
—¿La ronda en las puertas de la iglesia?
—Como le digo.
—¿Y con motivo de qué?
—Pues algo he oído de que un hombre se ha acogido a sagrado, señor. O algo así. El hombre al que precisamente perseguían el alguacil y los corchetes. Según creo, claro.
—¡Pardiez!
El acogimiento a sagrado por parte de quienes eran perseguidos por la justicia era figura antigua en España y en todos los países civilizados. En España, en concreto, desde los tiempos del Fuero Juzgo ya se había legislado al respecto. Significaba que quien, perseguido por la ley, entraba en una iglesia y proclamaba acogerse a sagrado no podía ser prendido ni podían los justicias entrar en el templo con ese propósito. Lo cual había provocado antaño que no en pocas ocasiones las iglesias y conventos más pareciesen un albergue de pillos, granujas, putas y facinerosos que un lugar sacrosanto. En el siglo dieciséis, y para evitar los abusos y esas aglomeraciones que afrentaban la liturgia, el papa Gregorio Catorce había regulado el procedimiento mediante una bula según la cual quedaban excluidos de la protección de la Santa Madre Iglesia quienes eran reos de delitos graves. El asilado, en tal caso, debía permanecer en la cárcel del obispado y se abría procedimiento para que un juez eclesiástico decidiera si existía derecho de asilo. Y aunque la realidad era que la Iglesia había sido celosa guardiana de ese privilegio —había dictado decretal estableciendo que «nunca se permitirá pongan guardias dentro de la iglesia sino fuera y a debida distancia, por lo menos de diez pasos»—, no era menos cierto que en estos tiempos el acogimiento a sagrado no era conducta frecuente. De ahí la sorpresa de Pedro de Alemán.
—¿Y qué desea don Ramón de mí, muchacho? —preguntó.
—Pues, por lo que he entendido, es necesaria la presencia allí de un abogado, señor.
Pedro derramó la vista sobre su pequeña oficina del corregimiento y contempló las paredes descalichadas, la mancha de humedad que había en una de las esquinas del techo, los muebles viejos, la estantería con los pocos libros de que allí disponía, y de entre ellos sólo un par valioso —un ejemplar del Tratado del cuidado que se debe tener con los presos pobres, de Sandoval, una segunda impresión de principios del siglo anterior, y uno de los seis volúmenes de los Comentariorum iuris civilis in Hispaniae regias constitutiones, de Alfonso de Acevedo, con mala conservación—, el mapamundi con los colores desvaídos y el papel lleno de máculas, y se dijo que la vida era curiosa. Allí seguía él, después de… ¿de cuántos…? ¿Siete, ocho años…? Hizo las cuentas y por poco se llevó las manos a la cabeza. ¡Llevaba casi nueve años en el oficio de abogado de pobres! ¡Nueve años, Dios bendito! ¡Y lo que la vida le había cambiado desde entonces! Recordó sus comienzos, endeudado y fullero, destilando resentimiento cada día, abusando del cargo y de quienes se confiaban a ese cargo, siempre al borde del precipicio. Respiró con fuerza. Y se dijo que sí, que la vida había cambiado, pero que también él había cambiado a la vida. Y ahora, ese requerimiento de don Ramón Álvarez de Palma, el cura párroco de San Miguel, uno de los más preclaros prohombres jerezanos…
—¿Le pasa a usted algo, señor?
La voz fina del monaguillo lo sacó de su abstracción y sonrió por dentro cuando se apercibió del gesto confuso del muchacho, que lo contemplaba perplejo, pensando que a aquel hombre, joven aún, con su traje negro lleno de brillos, el cabello castaño despeinado y escaseándole y la mirada curiosa, le había dado un vahído, pues se le veía pasmarote total. Sonrió ahora por fuera y vio cómo el camilo le sonreía a su vez, tranquilizándose a medias.
—Vamos —dijo, levantándose de su sillón frailero—, que no es don Ramón hombre a quien se le deba hacer esperar ni decir que no.
Salieron ambos, monaguillo y letrado, a aquella mañana de abril que, a pesar de ser de primavera, había nacido friolenta y llena de grisuras. Aunque el viento había menguado un tanto, apaciguado con el alba. La plaza del Arenal, como cada día, rebullía repleta de trajines, ajena a lo que se cocía por San Miguel. Y los edificios de las Carnecerías y de las Pescaderías ya mostraban su habitual ajetreo. Y el de la Alhóndiga. Cortaron por la calle de los Fate por la acera de la Cuna y desde allí llegaron a la iglesia. Una multitud de curiosos se agolpaba en los derredores, atenta a todo cuanto allí acontecía. A Pedro lo recibió en la esquina de la calle de las Novias el gesto ceñudo del alguacil Benito Andrades, viejo conocido del letrado, quien le dedicó un saludo áspero.
—¿Qué hace usted por aquí, abogado? —preguntó el alguacil suspicaz después de un desabrido «buenos días».
—He sido llamado, alguacil.
—¿Por quién y a santo de qué? —interrogó el ministro, que ya se había encontrado al letrado en más de una ocasión en tesituras como aquélla.
—A la primera pregunta le respondo diciéndole que quien me requiere es el cura párroco de este templo. Y en cuanto a la segunda, y según creo, el santo es el mismo a quien usted hace novena.
—Pues en la iglesia no se puede entrar ahora mismo.
—¿Quién prohíbe entrar en la casa de Dios?
—Se han acogido a sagrado, abogado. Un delincuente que ha sido objeto de denuncia por delito grave y a quien perseguíamos. Y hasta tanto el asunto no se ventile, de ahí dentro no sale nadie y tampoco entra nadie desde aquí fuera. Ésas son las órdenes que tengo.
—Supongo que esas órdenes no afectan al rapaz, ¿no? —preguntó Pedro señalando al monaguillo, que asistía curioso a aquel intercambio.
Benito Andrades se quedó dubitativo.
—Bueno —admitió, al fin—, el monaguillo sí puede entrar, puesto que de hecho salió de dentro no ha mucho, pero usted no.
—Pues muy bien —adujo Alemán; y volviéndose al acólito—: Luisillo, ya has oído al alguacil: puedes entrar en San Miguel. Así que corre y dile a don Ramón que aquí me hallo, a la espera de ser admitido.
El monaguillo asintió, se recogió los faldones de la sotanilla y salió a toda velocidad hacia la puerta del Evangelio de San Miguel. Abogado y alguacil, a quien escoltaba un par de corchetes, quedaron en el exterior del templo, en silencio y soportando el airecillo crudo de aquella mañana. Al poco dieron las nueve en el carrillón de la iglesia. Tras unos minutos apareció por la puerta del templo la figura espigada de don Ramón Álvarez de Palma. De mediana edad, vestido con inmaculada sotana negra, descubierta la testa y con el cabello canoso agitado por el vientecillo matinal, era hombre de buen porte y cuya estampa transmitía autoridad.
—Abogado —dijo, con su voz sonora de tantos años de púlpitos—, puede usted entrar.
—Don Ramón —intervino el alguacil—, disculpe su reverencia, pero yo tengo órdenes de…
—Andrades, el abogado puede pasar.
Fue la voz de don Manuel Cueva Córdoba, caballero veinticuatro y alguacil mayor del concejo, que asomó por la puerta del templo en esos instantes, la que resonó, potente y grave, en la mañana de Jerez. Mañana que si no se adormilaba, con lo gris y cansina que estaba, era por la tensión que se vivía por los alrededores de la iglesia de San Miguel, con la ronda a sus puertas, el párroco con el semblante airado, el alguacil mayor descabellado y con la casaca mal abrochada y un numeroso grupo de curiosos que no querían perderse el final del entremés. Que no era, por demás, de los que se veían a diario por estos lares.
Pedro de Alemán siguió a cura y veinticuatro al interior del templo. Se admiró una vez más con la grandeza del edificio, la impresionante nave central con sus columnas de estilo gótico florido adornadas con doseletes y la magnífica bóveda de crucería. Las urgencias de ese día habían hecho que pocos velones estuviesen encendidos y la iglesia estaba penumbrosa, con la luz grisácea de la mañana penetrando a duras penas por las vidrieras de la iglesia.
—Síganos, por favor.
La voz de don Ramón retumbó en el silencio del templo y después lo hicieron los pasos de los tres hombres sobre su suelo ajedrezado. El abogado continuó en silencio, aunque de sus labios pugnaba por escapar más de una pregunta. Se dijo, empero, que ya le darían respuestas y que no era bueno ser impaciente, pues la impaciencia era por lo habitual signo de falta de templanza. Dejaron atrás las capillas que se abrían en la margen izquierda de la nave principal, entre ellas las del Sagrario, aún en obras, para cuya finalización no debía de quedar mucho, y el espléndido retablo de los maestros Martínez Montañés y José de Arce.
—Por aquí —indicó el párroco.
Llegaron a la sacristía, que Alemán ya conocía pues en ella se celebraban las sesiones del tribunal eclesiástico jerezano. Y allí, sentado en una banqueta, descompuesto y sudoroso a pesar del ambiente nada cálido ni de la mañana ni del templo, se topó con un hombre de edad más bien avanzada, pues no cumpliría ya los cuarenta, con la mirada, que en ese momento tenía enterrada en las losas del suelo, trasminando tribulaciones, y con el ademán de quien está sometido a grandes amarguras.
—Don Antonio —anunció el páter—, este señor es el abogado de quien le hablé, don Pedro de Alemán.
El dorador levantó la mirada de su enterramiento y contempló angustiado al abogado de pobres sin decir palabra. Pedro lo examinó a su vez, sorprendido de que su aspecto fuese tan digno a pesar de la mortificación que lo ataviaba; pensaba encontrarse con un delincuente con traza de tal y no con un caballero regularmente vestido del que nada decía estuviese habituado a ser perseguido por la ronda y los justicias. Por más que el miedo que titilaba en sus pupilas desluciera el conjunto. Y también, se dijo Pedro, un sesgo extraño, un halo de tensión que no estaba provocado únicamente por la coyuntura que vivía, como si algo pujara en su interior por aflorar y sólo una contención extrema lo evitara. No acabó de gustarle del todo lo que veía, aunque decidió no dejarse llevar por las apariencias. A su lado, el alguacil mayor don Manuel Cueva resoplaba ruidosamente, como si el exceso de grasas que guarnecía su cuerpo le impidiera respirar en condiciones.
—Mucho gusto, señor —saludó Pedro—, y confío en que mi presencia aquí sirva para algo.
Galera asintió, contemplando fijamente al letrado, pero continuó sin despegar los labios.
—¿Desea usted que hablemos de lo que le ocurre, caballero? —preguntó Alemán.
—¿Podrá usted ayudarme, abogado? —fueron las primeras palabras que pronunció el asilado.
—Pues dependerá de lo que tenga que contarme. Y una vez conozca su historia, le diré si puedo ofrecerle ayuda o no.
El dorador Galera examinó, desconfiando, la figura oronda del veinticuatro Cueva Córdoba, que, recostado en uno de los muebles de la estancia, y amansados sus resoplidos, observaba en silencio el diálogo entre abogado y prófugo.
—Tal vez fuera más conveniente, páter —expuso Alemán, dirigiéndose al párroco don Ramón Álvarez de Palma—, que nos dejaran a solas a este caballero y a mí. Lo que el cliente ha de relatar a su abogado sólo debe ser oído por éste. Sin querer ser impertinente o irrespetuoso, por supuesto. Pero, como comprenderá su reverencia y supongo que también don Manuel, alguacil mayor del concejo, al igual que la confesión es algo reservado entre cura y penitente, de la misma forma lo es la confidencia entre cliente y letrado.
—Ejem… Sí, claro —reconoció don Ramón, tras unos instantes de duda. Pues no estaba acostumbrado a que se le dieran órdenes y mucho menos en su parroquia—. Don Manuel, si tiene a bien acompañarme, podemos esperar en la antesacristía.
—Pues usted dirá, caballero —dijo Pedro cuando los pasos de cura y veinticuatro abandonando la sacristía dejaron de oírse y cuando el ruido de su portalón encajándose en las jambas clausuró la estancia—. Aunque mejor será que busquemos lugar donde sentarnos.
Hallaron acomodo en dos sillones tapizados en terciopelo rojo que había en el lugar destinados a los curas, y de una jarra de agua que había en una de las cómodas cajoneras sirvió el abogado de pobres dos vasos bien colmados, uno de los cuales ofreció al dorador, que bebió de buen grado, y otro apuró el letrado.
—Antes de que tenga a bien contarme lo que le ocurre —explicó Alemán al prófugo—, he de hacerle saber que cuanto me relate será, como antes le he dicho a don Ramón y a don Manuel, igual que secreto de confesión. Jamás repetiré a nadie, sin su consentimiento, lo que usted me cuente. ¿Lo ha entendido, señor mío?
—Sí, lo he entendido, y se lo agradezco.
—¿Pues qué tal si comenzamos por su nombre, señas y oficio?
—Me llamo Antonio Galera y soy dorador. Vivo en la calle Monte Corto, en la collación de San Marcos, en su mitad más o menos. Y soy caballero jurado del concejo por herencia de mi difunto padre.
Pedro compuso ademán de extrañeza. No era el de jurado en Jerez un cargo sin poderes ni de relevancia baladí, y experimentó profunda sorpresa al advertir que la ronda, con el alguacil Benito Andrades a la cabeza, que tampoco era de los que solían jugársela sin tener buena mano, no había tenido reparos en perseguir e intentar aprehender a quien estaba revestido de la dignidad de la juraduría. Lo cual sirvió para su alarma y para que su prevención se acrecentara, pues, si así habían actuado los justicias, en buenas razones se ampararían. Dado que, de no tenerlas, se exponían a sufrir las iras del concejo, porque, desde tiempos del buen rey Juan Segundo, era norma concejil amparar y defender a uno de los suyos hasta que fuere sobre ello «llamado a juicio y oído y vencido por fuero y por derecho». Y se dijo que graves debían de ser los cargos por los cuales Andrades y sus corchetes habían perseguido al jurado hasta el punto de obligarlo a acogerse a sagrado.
Frunció el entrecejo y observó a Antonio Galera. Reparó en sus ojillos pequeños, marrones, con el color de la camisa de las castañas, y los vio asustados y confundidos. Con la mirada errabunda. Tenía la tez empalidecida y todo en él hablaba de consternación y miedos. Y de algo más también que el abogado no supo en esos instantes dilucidar.
—Pues dígame qué le ha ocurrido, don Antonio.
—¿Desde el principio?
—¿Es que hay otras maneras de comenzar acaso?
—Está bien —dijo el dorador, que apuró su vaso de agua y lo dejó sobre la mesa central de mármol a cuyo lado se sentaban. La mano que había sostenido el vaso lo había hecho temblorosa y de igual manera se retiró. Suspiró y en su suspiro pareció se le fueran muchas de sus energías—. Todo comenzó ayer noche, en mi obrador.
Y meneó la cabeza y detuvo su relato recién iniciado, como si le costara recordar detalles y episodios que deseara olvidar. Tuvo Pedro que animarlo a que prosiguiera.
—Mire usted —le explicó—, cuanto antes yo sepa lo sucedido, antes podré adoptar las medidas que procedan. Según me ha dicho el alguacil, el delito que se le imputa es de los considerados graves, y en esas circunstancias de poco le va a valer el haberse acogido a sagrado.
—¿Es que pueden sacarme a rastras de San Miguel?
—No, pero sí pueden llamar al juez eclesiástico para que dictamine si tiene usted derecho a la protección de la Iglesia. Y le hago ver que, desde los tiempos del penúltimo papa Gregorio, las cosas ya no son como eran.
—¿Cuál ha sido la mudanza? Pensaba que, estando en lugar sagrado, la ronda no podría prenderme.
—Salvo que el delito que se le atribuya sea grave, en cuyo caso el juez canónico puede ordenar su expulsión del recinto y que sea usted puesto a disposición de los justicias mayores del concejo. Así que, se lo repito, lo que procede es que yo sepa de qué delito estamos hablando para que pueda actuar como sea menester, ¿no cree usted? Así que dígame: ¿de qué se le acusa?
—Violación, me temo.
—¡Por vida del rey! ¿Violación? ¿Usted?
—Mas la acusación es falsa, desde ya se lo digo.
—Sangre de Cristo, pues sí que el asunto es grave. Cuénteme, por favor, qué ha sucedido. Y con el máximo detalle, se lo ruego. Y dígame quién lo acusa y por qué lo hace falsamente.
—Todo ocurrió ayer noche, en mi obrador de dorados, como le decía. Ya había acabado la jornada y estaba apagando crisoles y guardando paletas, cuchillas y pinceles en sus cajones y el pan de oro a buen recaudo, que ya sabrá usted que el oro suele llamar a voces a los rateros. Y entonces entró en mi taller, cuando estábamos solos en la casa, la moza Evangelina González.
—¿Quién es la tal Evangelina?
—Una moza que trabaja en mi casa desde hará cosa de año y medio, no más. Fregando y limpiando la casa y el taller, a cambio de lo cual le pago comida, ropa, techo, casi dieciocho reales al mes y aguinaldo.
—Entonces, ¿esa muchacha vive en su casa?
—Así es, en efecto.
—Está bien. Continúe.
—Le estaba diciendo que la criada entró en mi taller cuando estaba recogiendo y dejándolo todo preparado para el día siguiente. Y no tenía razón ninguna para entrar en mi obrador, pues es sólo cuando yo lo abandono cuando ella ha de entrar para limpiar el suelo, fregarlo después y recoger las barreduras. Sin embargo, ayer noche entró estando yo, y en cuanto lo hizo observé que algo raro ocurría. La vi, no sé, diferente, y no llevaba consigo ni cubo ni escoba ni aljofifa. Y le pregunté qué se le ofrecía antes de regañarla, pues suelo ser considerado y amable con mis criados y mis aprendices. Ella, en vez de responderme, se acercó a mí y… no sé cómo explicarlo… se me lanzó encima, así, sin más, al mismo tiempo que se rasgaba las ropas, dejando al descubierto las piernas y los pechos, con perdón, para a continuación ponerse a arañarse a sí misma como una loca. Por los muslos y por otras partes del cuerpo. Ya sé que le parecerá mentira, porque a mí mismo me lo parece, pero eso fue lo que en verdad ocurrió.
Pedro de Alemán contempló con sorpresa al hombre, que, sentado frente a él, parecía haberse derrumbado tras relatar tan extravagante historia.
—Ejem… pues… Bueno, don Antonio —preguntó, más bien tardo—, ¿y eso fue todo? ¿No ocurrió nada más?
—Qué va. Intenté desasirme de sus brazos, que me habían rodeado el cuello, y quitármela de encima. Pues encima se me había echado, la muy perdida. Como una loca, ya le digo. Pero ella se aferraba a mí como la cabra al risco e intentaba besarme. Hasta que al fin pude apartarla, no sin esfuerzo. Y fue entonces cuando comenzó a gritar y a amenazarme.
—¿Amenazarle?
—Como lo oye, y chillando como una posesa. Me gritaba que iba a llamar a la ronda, que me iba a denunciar ante los justicias, pues decía que yo la había forzado, que había desgraciado su virtud, que le había robado virginidad y honra. Y que iba a iniciar proceso contra mí a no ser que le diera palabra de matrimonio. ¿Se lo puede usted figurar?
—¿Y qué hizo usted?
—Negarme, por supuesto. Claro que me negué, a fe mía.
—¿Y eso fue lo que le dijo? ¿Qué iba a iniciar proceso?
—Tal cosa fue lo que dijo, en efecto, abogado.
—Raras palabras son para una moza, ¿no cree usted? Eso de «iniciar proceso».
—Bueno, tal vez no lo dijera con esas palabras que, verdad es, no son del vulgo. Pero utilizaría otras parecidas. Comprenda usted que, en la disposición en que me hallaba, lo que intentaba era quitarme a la hembra de encima y no registrar sus palabras.
—Ya. ¿Y qué ocurrió luego?
—Que prosiguió con su desvarío. Continuó arañándose, descubrió su natura y con sus uñas se hirió hasta sangrar en tan delicado sitio. Y se rasguñó en los pechos y yo no sé dónde más. Y persistió en sus conminaciones, en eso de formular denuncia y llamar a la ronda si no accedía a desposarla. ¡Qué locura, Virgen santa!
—¿A qué hora ocurrió todo eso, don Antonio?
—Pues serían las nueve o nueve y media de la noche cuando apareció por mi taller. Y las diez o cosa así cuando todo terminó. Más o menos.
—Y entre entonces y ahora, ¿qué sucedió? Pues ha transcurrido toda una madrugada, si no más.
—Ah, bien. Intenté tranquilizarla, hacerle ver que todo era un desatino, un disparate, que se estaba jugando su libertad y su futuro, pues yo también pensaba denunciarla, por supuesto. Por esas amenazas y por las lesiones que me había provocado. Pero ella…
—¿Le provocó lesiones? —lo interrumpió Pedro.
—Bueno, no —reconoció el dorador. Y desabrochándose la camisa y descubriéndose el cuello, añadió—: O apenas. Tal vez algún moratón por aquí, ¿ve usted? Aunque creo que ya se me ha ido.
—Me decía que intentó tranquilizarla.
—Eso es. Hacerle ver que su actitud era un despropósito que no la iba a conducir a nada. Le rogué que se calmara, que reconsiderara su conducta y que cesara en su ofuscación y en sus malos propósitos. Que a la mañana siguiente podríamos hablar con mayor tranquilidad y hacer que las aguas volvieran a su cauce. En fin. Esas cosas.
—¿Y cómo reaccionó la tal Evangelina?
—Bueno… Se calmó un punto, a Dios gracias. Aunque me dijo que a la mañana siguiente pensaría igual. Que yo la había violentado y que tendría que salvaguardar su honra matrimoniándola. Pero conseguí que se marchara a su cuarto, confiando en que todo fuera un arrebato, o un mal consejo, cualquiera sabe, y que al alba viese las cosas de otra manera y se apercibiera de que se estaba buscando la ruina. Qué iluso fui.
—¿Por qué?
—Porque en cuanto me levanté esta mañana, aun antes de que amaneciera, y fui a su cuarto en la confianza de verla con la cordura recobrada, advertí que no estaba en su alcoba y supuse que habría huido de la casa buscando a la ronda, que en cualquier momento vendría a por mí.
—¿Y qué hizo usted?
—Salir de la casa, desorientado y sin saber qué hacer. Confundido, porque ¿qué hombre puede mantener la compostura en ese brete? Y al ir a tomar la Tornería, vi cómo desde la puerta de Sevilla subía el coche de la ronda. Y aquí me tiene usted, inocente, sin haberle hecho mal a nadie y, a pesar de ello, voto a bríos, perseguido como un vulgar delincuente y acogido a sagrado.
Pedro de Alemán contempló a Galera durante un cierto rato, intentando asimilar la deslavazada historia. Presumía, después de tantos años de abogado y bregando con culpables e inocentes, de conocer la naturaleza humana y de saber desentrañar en las palabras de sus clientes la verdad y la mentira como quien separaba la paja del grano. Con ese caballero jurado, en cambio, se sentía enmarañado, confuso e indeciso, sin saber hacia qué lado decantar la balanza de su escrutinio.
—Lo que no acabo de entender —arguyó al fin— es que huyera, don Antonio. Siendo usted caballero jurado y no existiendo en su contra más prueba que la sola palabra de esa moza…
—¿Me perjudicará haberlo hecho?
—No lo sé, posiblemente no. O sí, ya veremos. Lo que le decía es que no comprendo sus razones para huir.
—Ya. Pero es que, cuando se tiene encima el coche de la ronda y se imagina uno engrilletado y encerrado en una celda inmunda, ¿qué quiere que le diga? Soy de los que piensan que la justicia, con tanto trapo tapándole los ojos, puede en muchas ocasiones equivocar su estocada.
—Pero, le insisto, es usted jurado del concejo. Y hombre de reputación, por tanto, supongo. Así que me cuesta sobremanera comprender su reacción. Mire usted, señor mío, llevo años lidiando en juicios y contendiendo entre los curiales, y en esas contiendas llega uno a ser capaz de escudriñar en los bajíos de la justicia, y créame si le digo que la justicia y el poder son amantes que suelen compartir el mismo lecho. Así que no veo razón para que usted huyera.
—Yo sí la vi, y sus palabras de ahora me dan la razón, ¿no cree? Y motivos para no arrepentirme de lo que he hecho, señor De Alemán. Porque mire cómo nos hallamos. Viene usted a reconocer que la justicia es corta, y yo le digo que donde hay poca justicia es peligroso tener razón. Así que ya ve.
—Bien, de nada nos va a valer lamentarnos de lo que se ha hecho, pardiez. La cuestión ahora es decidir qué hacemos.
—Entiendo, pues, que acepta usted ser mi abogado.
Pedro cerró los ojos durante un brevísimo instante. Durante ese tiempo diminuto se planteó las dudas que la insólita historia del dorador le había suscitado, la desconfianza que durante algunos instantes experimentó al escuchar cómo esa historia era narrada, y por primera vez durante el tiempo de su oficio vaciló a la hora de aceptar un cliente.
—¿Qué le ocurre, don Pedro? —preguntó el dorador, extrañado ante el mutismo de Alemán.
—No, nada, nada. Discúlpeme. Reflexionaba sobre algunas de las cosas que me ha relatado, sólo eso.
—Entonces, ¿entiendo que acepta usted mi caso?
—Pues… sí, sí, claro —solucionó Pedro al cabo.
«¿Quién soy yo para resolver sobre la inocencia o la culpabilidad de un hombre? —se preguntó, ofuscado—. ¿Quién, para juzgar a nadie? Yo únicamente soy abogado y mi misión es procurar la justicia, y no administrarla. Así que ¿en qué diantres pienso, pardiez? ¿O es que cada día se me ofrece la ocasión de defender a un jurado?».
—Sí, don Antonio, acepto su caso. Lo primero que tendremos que hacer es requerir la presencia de un escribano, para que pueda usted apoderar a un personero que lo represente. ¿Tiene alguno de su preferencia?
—No conozco a ningún procurador, señor.
—Don Jerónimo de Hiniesta es mi procurador, si no tiene usted objeciones.
—Ninguna, vive Dios. Lo que usted decida, bien está.
—Gracias.
—Una cosa más. Me dijo don Ramón, el páter, que es usted abogado de pobres.
—Así es. Soy el abogado de pobres del concejo. ¿Supone eso algún problema para usted?
—Pues sí, la verdad.
—Dígame entonces —instó Pedro, desconcertado—. ¿De qué problema me habla? ¿De qué inconveniente?
—Pues que yo no lo soy.
—¿Que usted no es qué?
—Pobre, pardiez.
—No le entiendo.
—Pues está claro, don Pedro. Que yo no soy pobre y no tengo derecho a ser defendido por usted, teniendo maravedíes para pagar abogados.
—Ah, ahora le alcanzo. También tengo bufete privado, señor. Pues así lo permiten las pragmáticas.
—¿Y puede usted defenderme como abogado de pago?
—Sí, si así usted lo desea.
—¿Podrá sacarme del embrollo en que me encuentro?
—Podré intentarlo, y no le quepa a usted la menor duda de que lo haré. Con todas mis fuerzas. Otra cosa no puedo prometerle, a fuer de ser sincero con usted. El abogado no hace justicia, sino que la impetra. Y eso es lo que puedo asegurarle que haré: demandar justicia en su nombre.
Ahora fue el turno del dorador de quedar cogitabundo. Contempló a Pedro de Alemán, frunciendo los ojos, y le gustó lo que vio: decisión, mirada clara, juventud no excesiva pero sí la suficiente para presumirlo brioso, y un brillo de inteligencia en sus ojos que, si no era sobrada, se dijo, le era conveniente. Y además, venía recomendado por don Ramón Álvarez de Palma, uno de los más esclarecidos clérigos jerezanos a quien lo último que se le ocurriría sería apadrinar a un picapleitos o patrocinar a un leguleyo.
—Pues hecho —concluyó—. Desde este mismo instante es usted mi abogado. ¿Puedo saber, señor, cuáles serán sus honorarios?
—Le enviaré enseguida detalle a su casa. O iré a verle, más bien, y convendremos entonces la minuta. Mañana, posiblemente, si no se me tuerce nada.
—¿Mañana? ¿Es que espera que mañana pueda estar yo en mi casa, letrado?
—En ello confío.
—¿Qué se propone?
—Mire, don Antonio, es usted jurado del concejo, hombre de bien mientras un juez no sentencie lo contrario, y de fortuna según he creído entender. ¿O es que se puede ser pobre y trabajar con oro? Siendo así, tiene usted más que celebrar que temer de las leyes del reino. Que disponen que no siempre la acusación de delito ha de llevar aparejada prisión y que, en cualquier caso y de proceder ésta por la gravedad de los cargos, el arresto puede no efectuarse en la cárcel pública, sino que, tratándose de personas «de buen lugar, u honrado por riqueza, o por ciencia», es decir, nobles, caballeros y gente de posibles como usted es, el juez puede acordar su prisión en algún lugar seguro. Y por tal se entiende, y tal vez en más veces de las debidas, la propia casa del reo, la casa del cabildo, una fortaleza e, incluso, toda la ciudad si el delito y la confianza del preso lo permiten.
—No sabe usted cuánto me tranquilizan sus palabras, letrado. ¿Qué va a hacer al respecto, pues?
—Lo primero, procurar que un escribano venga a verlo de forma tal que pueda usted otorgar los poderes de que antes le he hablado. Y lo segundo, presentarme ante don Rodrigo de Aguilar y Pereira, juez de lo criminal del concejo, y ante el nuevo promotor fiscal don Bernardo Yáñez y de Saavedra, y convencerlos de que no les merece la pena enzarzarse en contiendas con el juez eclesiástico para resolver su acogimiento. Y que está usted dispuesto a salir de San Miguel y aceptar su jurisdicción y competencia siempre que, a cambio, se disponga, como medida más grave, su arresto domiciliario hasta que el juicio se celebre y la cuestión se resuelva. ¿Qué le parece?
—Pues que serán, los que le pague a usted, los escudos de oro más bien empleados en mi vida, si es que es usted capaz de hacer que tal cosa suceda. Por vida del rey.