Contemple el lector estas dos fotos de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler. En la primera vemos la sonrisa seductora de un tipo que quiere agradar; en la segunda, tomada solo unos instantes después, una expresión de odio concentrado.
El encuentro de Goebbels con el fotógrafo judío Alfred Eisenstaedt.
Ginebra, 1933.
¿Qué ha ocurrido entre esas dos fotos?
Antes de desvelarlo, permítanme un breve inciso. Cuando me propuse contar con sencillez la segunda guerra mundial, empecé por lo que yo creía el principio, cuando en la madrugada del primero de septiembre de 1939 los alemanes invaden Polonia. Seguí en ese tono, trabajando como una hormiguita, nulla dies sine linea, pero a medida que avanzaba crecía en mí la mortificante sospecha de que algo esencial se escapaba de mi relato. Cuando ya iba por el desembarco de Normandía, con los paracaidistas americanos descendiendo del cielo como copos de nieve, caí en la cuenta del motivo de mi zozobra: que probablemente el lector hubiera preferido que empezara no por los tiros sino por la causa de los tiros, los antecedentes de la guerra, sus causas próximas, que, a su vez, como suele ocurrir en todos los conflictos humanos, se apoyan y son consecuencia de causas remotas. Por eso he vuelto sobre mis pasos hasta el principio del libro y he pensado: empezaré por las fotos de Goebbels en el jardín del hotel Carlton de Ginebra, año 1933.
Aquel año, Goebbels asistió a una reunión de la Liga de Naciones en Génova. Satisfecho de su propia importancia, posó en el jardín del hotel con su mejor sonrisa para el fotógrafo de la revista Life Alfred Eisenstaedt. De pronto, uno de los periodistas de su séquito le pasó un folio con la nota: «Este fotógrafo es judío». En la siguiente foto, Eisenstaedt captó la mirada de odio concentrado de Goebbels, las manos engrifadas sobre los brazos del sillón, como a punto de saltarle a la yugular.
—Oiga, ¿y no se asustó?
—Me miró con sus ojos de odio, esperando que retrocediera —explica Eisenstaedt—. Pero no retrocedí. Cuando tengo una cámara en las manos, no conozco el miedo.