Introducción

Decía Niels Bohr, uno de los padres de la física atómica, que era «muy difícil hacer predicciones, y más sobre el futuro». Sin embargo, este libro va a cometer la imprudencia de hacerlas. Además, con un método que se basa fundamentalmente en el carácter repetitivo de todos los procesos económicos, por más que discurran en períodos históricos muy diferentes ya que, al fin y al cabo, quienes vivieron hace cien o doscientos años (por no decir mil o dos mil) no eran tan distintos de los que vivimos ahora. Y no sólo es que fueran igual que nosotros, sino que además se encontraron con un entorno en el que todo respondía a las mismas leyes fundamentales, con la regla del tipo de interés compuesto como la reina, y a los mismos estímulos que están presentes en el momento actual y en los que el comportamiento maníaco-depresivo desempeña un papel fundamental. Dicho comportamiento se caracteriza por la ciclotimia, un estado que alterna la euforia inversora con la depresión cuando hay pérdidas; que contrapone los momentos de crecimiento y los de recesión; que se exalta con las expectativas creadas por los inventos y las nuevas tecnologías y se decepciona al comprobar que éstas no se cumplen, por lo menos a la velocidad esperada cuando se pretende que el futuro llegue más deprisa; que alterna los ataques de codicia con los accesos de miedo; o que fomenta el espejismo de desear obtener muchas ganancias con poco riesgo y se da de bruces con la realidad al caer en manos de supuestos gestores de las inversiones que terminan revelándose como auténticos estafadores… Todo ello no significa, sin embargo, que cada ciclo no tenga su propio ritmo e idiosincrasia y, por tanto, que no sea muy difícil encontrarle el punto.

En octubre de 2002 presenté en público por primera vez unas predicciones sobre el comportamiento futuro de la economía y de las bolsas en las que había aplicado el mismo método que utilizo aquí. La presentación se realizó en la sede de la Bolsa de Madrid, ese edificio con columnas que ahora los telediarios muestran siempre vacío o, como mucho, ocupado por alguno de los antiguamente llamados «barandilleros», que vuelve con nostalgia una y otra vez al sitio donde en otra época lo pasaba bomba. Eran los años en que las transacciones o compraventa de valores en bolsa tenían lugar en corros de operadores y a voz en grito.

La Bolsa española fue una de las primeras del mundo en tecnificarse, con lo que toda la diversión en directo desapareció de su sede para trasladarse a las salas de operaciones de sociedades de valores y bancos. Pero los telediarios siguen mostrando esas imágenes del parqué con sólo unos pocos habitantes en la casa vacía, entre enormes pantallas y profesionales de los medios que transmiten sus crónicas desde ese templo que se ha quedado sin oficiantes ni parroquianos.

En aquella presentación en el salón de actos de la Bolsa de Madrid por primera vez comenté públicamente mi tesis de que se había iniciado un nuevo período para las economías y para las bolsas de todo el mundo. Éste mostraba, igual que en otras ocasiones en el pasado, un gran estancamiento en la evolución de los índices bursátiles, que habían alcanzado un máximo en el año 2000 y que se tardaría muchos años (diecisiete) en superar y consolidarse por encima de él. En consecuencia, quien comprara acciones de las empresas que componen un índice de bolsa se tendría que conformar durante esos diecisiete años con cobrar el dividendo que pagaran esas empresas ya que el precio de las acciones oscilaría sin cesar y le llevarían a perder en un año lo que hubiera ganado en el anterior. Yo lo definía entonces como «movimiento lateral con grandes oscilaciones». Las economías evolucionarían de forma parecida, en estrecha vinculación con el movimiento de las bolsas.

Para mi sorpresa, el impacto de mis palabras no fue muy grande en ese momento. Los asistentes, muy numerosos e invitados por la empresa de análisis de fondos de inversión Lipper para hablar de las nuevas tendencias en el mundo de los fondos de inversión, me miraban con incredulidad y con cara de pensar que les estaba haciendo perder el tiempo; al fin y al cabo, donde te cuenten las maravillas de un fondo de fondos que invierte en Surinam, que se quite lo demás. Incluso, por el rabillo del ojo, creí observar que un antiguo colaborador mío en lo que hoy se llama Bankia Fondos, y que se sentaba a mi lado en la presidencia del acto, se había quedado dormido. ¡Qué cosas! Alguien lo entrega todo, en un esfuerzo por dibujar el futuro de la humanidad, y, junto a él, otro individuo cae presa de un profundo sopor. Sólo una persona no perdía ripio…

En los días siguientes recibí unos cuantos correos electrónicos en los que algunos de los asistentes al acto me preguntaban si con mi exposición había estado bromeando o si se trataba de una simple provocación.

Después, todo se olvidó.

En los cinco años que pasaron entre ese momento de 2002 y mediados de 2007 la tesis pasó por dos fases. El primero parecía de acierto. Las bolsas recuperaron poco a poco sus niveles anteriores al pinchazo de la burbuja tecnológica y las economías, bien que renqueantes, recobraron su vigor, sobre todo la norteamericana, para la que se llegó a especular sobre la amenaza de depresión. Alemania sufrió dos minirrecesiones, mientras que España, en alas de la burbuja inmobiliaria, prosperaba sin inmutarse. Hasta que llegó mayo de 2006. En ese momento, según el proceso que yo había explicado en la presentación en la Bolsa, las economías comenzarían a desacelerarse y las bolsas, tras casi alcanzar sus máximos anteriores, deberían empezar a caer. Y sí, hubo un amago de que eso iba a suceder, pero después todo continuó al mismo ritmo que antes: la economía norteamericana, que era el eje sobre el que las predicciones estaban hechas, siguió su proceso de expansión hasta finales de 2007 y la Bolsa de Nueva York (medida por el índice Dow Jones Industrial) superó su máximo del año 2000 en un 20 por ciento. ¡No hubo manera de detenerla antes!

Pero en este momento, la predicción volvió a encontrar el rumbo: las bolsas, lejos de consolidar esos niveles máximos, perdieron a continuación más de la mitad del nivel máximo que habían alcanzado. Desde entonces han seguido, tanto las economías como las bolsas, el patrón general marcado, si bien se han salido por los márgenes en determinados momentos.

¿Cuál fue, pues, la virtud de aquella predicción? Vaticinar que el proceso de expansión de las economías en general, y de la de Estados Unidos en particular, no se prolongaría ininterrumpidamente, sino que se detendría, lo que no tardaría mucho en ocurrir, sólo un año más tarde de lo previsto, y que las bolsas no consolidarían su subida, aunque la caída se retrasara casi un año y medio.

Entonces, ¿tiene alguna utilidad el método que, en este libro, he optado por llamar «chartismo histórico»? Decididamente sí, y por dos razones. Primero, porque permite disponer de una hoja de ruta para los acontecimientos de los próximos años, por mucho que el mapa en el que ésta se plasma sea bastante impreciso y, segundo, porque no hay nada mejor disponible.

Como todo conocimiento con cierto grado de imprecisión, este método exige un adecuado nivel de pericia, que se despliega en dos sentidos completamente diferentes. Por una parte, aunque permite tener presentes los cambios bruscos que inevitablemente se producirán, sólo establece de forma vaga en qué momento sucederá cada uno, por lo que es fundamental ir acumulando experiencia para poder identificar con cierta antelación cuándo se van a producir esas transformaciones.

Por otra parte, este método también requiere de cierta dosis de confianza, algo que, como en otras tantas ocasiones de la vida, los demás pueden interpretar como una enorme dosis de cabezonería. Pero esto es inevitable: quienes tienen grandes aciertos, lo mismo que quienes cometen enormes errores, pasan por momentos en que son calificados por los que les rodean como personas muy testarudas.

Y es que, a veces, la impresión del día a día hace que hasta quienes aciertan de pleno parezca que están equivocados. Es la diferencia entre ver madurar las cosas con el tiempo o no tener la paciencia para esperar. En otras ocasiones hay una equivocación sin más.

Por ejemplo, cuando el método chartista histórico señala una caída de la bolsa pese a que todo apunta de manera optimista que no va a ocurrir así, yo suelo afirmar: «No importa; la bolsa tiene que bajar y algo inesperado sucederá para que así suceda.» Naturalmente, las risas de mis amigos al escuchar esa respuesta revelan su condescendencia. Pero luego, cuando mi predicción funciona, ponen caras de asombro: «¿Y si tiene razón?»

Otras veces no ocurre así, y entonces me preguntan con una sonrisa de medio lado: «¿Es que ha fallado tu método?» Al final no hay nada como tener a mano un buen número de respuestas, y para esas ocasiones yo elijo una de las preferidas de Andy Warhol: «No. No ha fallado mi método. Soy yo el que le ha fallado a mi método», con lo que la discusión se zanja en medio de las carcajadas de todos; suyas y mías.

Insisto, ¿tiene todo esto alguna utilidad? Sigo creyendo que sí, igual que a los navegantes de los siglos XV y XVI les servían las cartas de navegación imperfectas que utilizaban, en las que estaba plasmado lo fundamental, pero que además incluían enormes masas de tierra señaladas como «Terra Incognita». De resultas, tenían que emplear esas cartas de navegación, a falta de algo mejor, pero además la observación y el método de prueba y error les permitían desenvolverse entre enormes peligros.

En nuestro caso, la ventaja que tenemos frente a los navegantes es que los peligros están mucho más acotados. Excepto en situaciones como la vivida en septiembre de 2008 y, de nuevo, en diciembre de 2011. Situaciones en las que un error en la toma de decisiones por parte de las autoridades políticas y monetarias puede transformar un gran problema en otro de dimensiones incalculables. Por suerte, tanto en el otoño de 2008 como en diciembre pasado los gobiernos y los bancos centrales adoptaron las decisiones que, con todos los inconvenientes que llevaban aparejados, evitaron que la crisis económica se convirtiera en una nueva Gran Depresión: en el primero de esos dos momentos, salvaron al sistema financiero internacional del colapso inminente y, en el segundo, el Banco Central Europeo concedió préstamos a tres años a los bancos de la eurozona y les dio así un respiro de tres años en los que poder provisionar las pérdidas que apuntan en sus balances.

El método «chartista histórico» señalaba que, en ambas ocasiones, la crisis se iba a desarrollar de esta manera y que la solución llegaría a tiempo. De ahí que yo siempre la haya caracterizado como una de las más importantes de la época, pero de una intensidad mucho menor que la Gran Depresión. Quien albergue dudas, que recuerde esto: en la Gran Depresión el Producto Nacional Neto de Estados Unidos cayó un 53 por ciento. Nada comparable ha sucedido ahora. Y su bolsa cayó un 83 por ciento, mientras que esta vez ese descenso se ha limitado al sesenta por cien en el peor de los casos.

Esto no resta importancia a la gravedad de la crisis. Ni comporta que el uso del chartismo histórico pueda ser inadecuado. Por muy bueno que sea el método no libera a nadie de la necesidad de utilizar la inteligencia, algo que, por otra parte, es habitual en todos los ámbitos de la vida cotidiana o profesional e incluso en el campo de las ciencias experimentales, en el que todos esperamos que las cuestiones se zanjen sin más en un laboratorio, si bien esto es bastante inexacto: ni Pasteur, ni el doctor Fleming alcanzaron resultados automáticos. Es más, el primero tuvo ocasión de medir sus tesis con un contrincante que le desautorizó en un experimento. Pero, efectivamente, aunque el experimento de Pasteur era erróneo, su tesis era la correcta.

Otro tanto puede decirse de experimentos relacionados con la física de las altas energías y la última frontera de la investigación en física cuántica: ¿viajan los neutrinos a más velocidad que la luz o no? Y todo ello entre grandes inseguridades de quienes han hecho el experimento que da una respuesta afirmativa a esa pregunta.

Si estas dudas surgen en el ejemplo supremo de la ciencia, la física apoyada en matemáticas avanzadas y con presupuesto elevado para realizar experimentos, surgen esas dudas, ¿qué decir de las demás ramas del saber? Ni los presupuestos ni las matemáticas libran de una ingrata, a la vez que gozosa, tarea: la de utilizar las herramientas del conocimiento y de la experiencia adquirida al mismo tiempo que las de la propia inteligencia. Además, sin que el éxito de un día dé ninguna garantía sobre el resultado que se obtendrá al día siguiente.

Y todo esto para introducir un libro que puede servir de orientación entre las tinieblas de los años que vienen. Que no pretende exagerar los peligros, pero tampoco hacer una lectura optimista que esté fuera de lugar.

Aquí no se trata de ser optimista o pesimista, sino de saber evaluar bien la situación en cada momento. El hecho de parecer optimista o pesimista resultará, en cada ocasión, del contraste con la visión general que en ese instante impere. Pero, eso sí, con la perspectiva de que tras unos cuantos años más de dificultades vendrá de nuevo un largo período de crecimiento sostenido de las economías. No obtante, cuando esa etapa llegue, los contemporáneos tardarán, también como en el pasado, un poco más de la cuenta en reconocerlo.