Si pensaba en A, me entraba enseguida un dolor sordo en el pecho, un peso sobre la caja torácica, un peso que me hacía sentir que menguaba, que me hacía más pequeña cada vez. Pensaba a menudo en él solo para hacerme daño, para frenar esas ganas de hacer lo que me pasara por la cabeza, lo que me apeteciera. Yo me había abierto completamente, me había revelado ante él. En una sola imagen, era como si hubiera tenido siempre la piel completamente cerrada mediante una línea imaginaria, en medio del cuerpo, que me atravesara desde la frente a la vagina sin interrumpirse nunca; una línea de color marrón castaño, nítida y trémula que, como el río que hay cerca de casa de los abuelos, emergiera en determinados puntos, desde el ombligo al bajo vientre por ejemplo, para que yo la pudiera recorrer. Es la misma línea que nuestras mujeres (¿las nuestras? ¿Ahora hablas como ellas, como si fueras una de ellas?) se tatuaban en medio de la frente, en medio de la barbilla hasta debajo del cuello, las más atrevidas hasta el comienzo de los pechos. Se tatuaban cuando eran unas musulmanas felices y analfabetas que se habían apropiado de la religión de Mahoma y la habían transformado en algo suyo, en una amalgama de rituales paganos y musulmanes. Ahora no se tatúan porque los expertos que salen en televisión les han dicho que era una práctica pecaminosa, prohibida, haram. Y no solo no se tatúan los últimos vestigios de la letra de una lengua que hace siglos que solo se escribe sobre su piel, sino que algunas se han sometido a dolorosos procesos para borrarse los dibujos que se hicieron cuando eran jóvenes. Mi madre nunca se ha tatuado, yo aún menos, pero esa línea que imagino la veo muy claramente, y me recorre de arriba abajo. Como una cicatriz que no sé cuándo se cerró sobre mí para hacerme tal como soy, con muchas cosas dentro que solo salen en circunstancias excepcionales. Intuyo que en algún momento, hace muchos años, era al contrario, y esta piel me acompañaba, me protegía, me envolvía y era agradable, me daba fuerza y empuje para dirigirme hacia el mundo como si fuera todo para mí, como si pudiera abarcarlo entero. En algún momento que no he podido recordar nunca, esta piel me enclaustró para protegerme.

Solo una vez, solo una, he sentido que me la abría por el punto preciso y me la arrancaba: fue para enseñarle a A todo lo que escondía. Toma, mira, esto es lo que tengo, lo que soy, lo que querría ser, lo que me asusta, lo que me hace feliz, lo que lloro y lo que añoro y lo que deseo. Todo está aquí dentro, tal como lo ves. Y él, que me quería, no me quiso así, con aquella intensidad insoportable, y yo, como si nada, volví a cerrarme la piel. Lo único que me quedó de aquello fue una imagen diferente de mi cuerpo que, además de la cicatriz que lo atravesaba, ya no supe ver nunca más sin esa herida profunda en medio de la cabeza. A veces, aún me toco por si la encuentro, inundada de sangre espesa. Por supuesto, A no ha sabido nunca nada de eso, y la última vez que nos vimos nos despedimos como siempre después de pasarnos horas hablando de poesía trovadoresca. A y yo somos expertos en amor; en el teórico, claro. Bueno, yo soy la teórica, él tiene su vida aparte, una vida feliz y bien ordenada de la que no hablamos nunca.

Cuando quería hacerme daño, me provocaba de nuevo esos pensamientos. No lo hacía para sentir lástima de mí misma, sino para manifestar ese dolor que me servía como castigo por lo que había hecho y por lo que no había hecho.

Me quedaba muy quieta frente al espejo y pensaba en eso para justificar mi pasividad ante lo que sucedía a mi alrededor, para justificar cómo escuchaba lo que se decidía por mí y yo me lo tomaba como si no fuera conmigo. Nunca serás valiente, me decía encerrada en el lavabo, porque él no te quiso, y el espejo me devolvía el rostro de una desconocida hambrienta, con los pómulos marcados en las mejillas y los labios más oscuros. Me peinaba el pelo, liso por fin. Dominado por fin. Si alguien me hubiera conocido entonces no habría sabido nunca que yo tenía el pelo rizado, voluminoso, y que ese pelo me enmarcaba el rostro como una hoguera. Ahora no, ahora, después de los tratamientos químicos, de los suavizantes, la crema, las secadoras y las planchas, por fin tenía el pelo lacio, sin problemas. Dulce y dócil. Tal como lo había soñado siempre mi madre para mí y como yo creía también haberlo soñado, nuestro ideal conjunto, nuestra lucha común contra aquella inherencia rizada.

Dejé de mirarme, me senté de nuevo en la taza del váter, y cogí el libro Así habló Zaratustra. Me reí de mí misma, una lectura muy adecuada la tuya, me dije. Tu situación es de titular: una chica marroquí (?) lee a Nietzsche encerrada en el baño y no hace absolutamente nada para decidir sobre su propia vida.

Dejo el libro, que siempre me produce la impresión de ser la obra de un loco, un delirio particular y patológico, más que un modo plausible de entender la naturaleza humana, y recorro otra vez la línea que me atraviesa el cuerpo. Siempre me la toco desde la barbilla y voy bajando, así que la mayoría de las veces acabo provocándome un orgasmo. Hoy también me tentaría esa idea, si no fuese porque hay invitadas en la sala.

Oímos el timbre hacia las cuatro y media, y mi madre saltó de la cama como un resorte. Su siesta es sagrada. Pase lo que pase, sean buenos tiempos o tiempos de tragedia, haga frío o calor, tengamos toda la baraka del mundo o una vida miserable. Esté contenta o triste, cansada o exultante, mi madre, un rato después de comer, tras haberse lavado para la oración del mediodía, después de recoger un poco la cocina y haberme mandado a mí continuar con las tareas, se iba a su cama, se tumbaba de medio lado con las rodillas dobladas y ponía la mano que le aguantaba la cabeza bajo la almohada. Entornaba los ojos y enseguida le venía el sueño, y la respiración se le volvía de una cadencia pausada, pacífica.

Cuando sonó el timbre, me la imaginé saltando y haciendo el primer gesto, el más importante de todos, el de llevarse las manos a la cabeza para ver adónde había ido a parar el pañuelo en el trascurso del descontrol que suponía aquel rato de sueño. Diestra, veloz, se habría deshecho a toda prisa el nudo de la nuca y se habría vuelto a colocar el trozo de tela sobre el pelo, dejando solo al descubierto un par de dedos como recordatorio de su preciada joya corporal.

Antes de abrir ya me había dicho que pusiera agua a hervir y yo, que estaba tumbada sobre los mtarbaz del comedor, absorta en la lectura de Ramona, adiós, buscaba con los pies las zapatillas de casa, porque, cuando me recostaba sobre los asientos de espuma caliente, sufrían la extraña inercia de volverse la una hacia un lado y la otra hacia el contrario. Yo no me buscaba el pañuelo, ese gesto nunca sería mío. Colocaba los grandes cojines, con sus estampados de formas aterciopeladas, tan marroquíes como los dibujos de los platos chinos, ordenados contra la pared.

Llené el hervidor del agua y cogí la menta para elegirla rama a rama; coloqué las ramitas en la mano formando un ramo, despuntando los tallos del principio, que se habían ennegrecido por donde los habían cortado; también puse ese ramo perfecto bajo el grifo y después lo sacudí para quitarle el agua agitándolo con fuerza sobre el fregadero. Desde la cocina oía a las señoras parloteando con una letanía antigua que se repetía siempre que se encontraban. Cogerse de la mano, sostenerla bajo la barbilla mientras se besaban. Un beso en una mejilla y después otro en la otra, otro y otro y todos los que sean. El rebote de besos de nuestras mujeres, besos infinitos si hacía mucho tiempo que no se veían, acortados cuando la relación era más habitual, pero siempre repitiéndose, mejillas repicando, labios estallando contra mejillas o en el aire mientras, con cada movimiento, repetían una fórmula que, sin saberse cómo, alternaban las dos besadoras sin interrumpirse la una a la otra pero, a la vez, sin dejarse ni un minúsculo espacio de silencio: ¿Cómo está? Labas? Mlih? ¿Cómo está la familia? ¿Qué tal la salud? Y un largo etcétera. De hecho, todo son preguntas porque, al final, una única respuesta sirve para resumir todas las respuestas: gracias a Dios. Lhamdu li-L-lah. Todo está bien porque todo es voluntad de Dios. Pues entonces, ¿para qué perdéis el tiempo preguntándoos las cosas?¿Para qué tanta letanía vacía y sin finalidad?

En ese sentido, yo he sido siempre una saludadora nefasta. No doy la réplica, cojo a la señora de la mano, doy los mínimos besos que me permita su enérgico vaivén y a duras penas pregunto cómo está. Lo peor de todo es que soy incapaz de decir gracias a Dios, ¿gracias de qué? ¿Quién es Dios? ¿Dónde está? ¿Cómo sabéis que existe? ¿No veis que todo eso es un gran invento de las personas que desde hace siglos intentan: 1) encontrar un sentido a su existencia, y 2) dominaros a vosotras, pobres ilusas analfabetas, y dominar a todo el que tenga una pizca de miedo a la vida, vamos, a todo el mundo? Pero, claro, no digo nada de todo esto a esas mujeres envueltas en telas que siempre acaban encontrando en sus relatos una lección moral, una razón más para temer a Dios o para temer a algo, sea lo que sea. Me conformo con haber erradicado desde hace algún tiempo todas las expresiones de nuestra-su lengua que remiten a ese ser superior y supremo desconocido para mí. No digo bi ismi Al-lah, en nombre de Dios, al empezar a comer, ni Incha’ Al-lah para desear que algo suceda, ni Istagfiru Al-lah cuando alguien estornuda, ni aún menos cualquier expresión para desear que Dios te conceda esto o aquello, o que Dios te proteja. Por eso la riqueza de mi lengua se ha visto súbitamente reducida desde que he dejado de creer en Dios. Ahora me doy cuenta de que puedo decir cualquier cosa con la mitad de palabras. Pienso en todo esto mientras mi madre y yo saludamos a las señoras, cogemos las chilabas que se quitan al entrar y las acompañamos al comedor. Adiós a Ramona, adiós, aquí Montserrat Roig, aquí las mujeres de mi pueblo. Las presento secretamente y me río mientras cierro el libro y observo a las mujeres parlotear como gallinas. Me recuerdo a mí misma que me gusta escucharlas, que no poder hablar con ellas de según qué temas, no poder discutir de según qué, no poder plantear ninguna cuestión que para mí sea realmente apasionante o trascendental no es un obstáculo en sí porque así ha sido toda la vida, así es como he aprendido a ser con ellas desde siempre. Nada de mezclar mundos, a cada uno la conversación que le toca y así todos felices. Sí, me gusta que hablen y escucharlas sin implicarme, como si leyera un libro, que ya está escrito y en el que no puedes intervenir para cambiar nada. Me gusta cómo se van apaciguando, cómo van perdiendo la excitación inicial, cómo se les va ralentizando la respiración, que traían acelerada desde la calle. Iwa? Iwa. Estos iwas se repiten para irse acomodando, para pasar a formar todas, las anfitrionas y las bienvenidas, un único cuadro. Aquí estamos, responde una, Lhamdu li-L-lah, interviene la segunda. Ya empezamos, pienso yo, y me voy a la cocina a hacer lo que corresponde, a preparar la bandeja con los vasos pequeños («ahlan wa sahlan», pone), la tetera (ahora sí que es la palabra exacta, una tetera bien llena de té, sin equívocos de ningún tipo), las pastas en un platito y las almendras (no vulgares cacahuetes como cuando éramos pobres y nos teníamos que conformar con ese fruto seco de segunda).

Ven, ven. Ven a sentarte, mujer, que por nosotras no hace falta nada, por Dios te lo digo, que no tienes que hacer nada. Acabamos de comer. Mi madre les dice que solo es una tetera, que no les hará ningún daño y les ayudará a reponerse del camino. Pero ellas me llaman de nuevo e insisten en que me siente, que no me tome tantas molestias.

Me siento cuando ya he dejado la bandeja encima de la mesa (también de fórmica, pero esta de fórmica marroquí traída en una furgoneta destartalada por uno de esos trasportistas que van y vienen del pueblo). Ellas hablan, cuentan que han pasado por casa de no sé quién, de alguien que, como siempre, yo no sé quién es ni me interesa saberlo, otra mujer como ellas, y que la han visitado porque se le había muerto el suegro, allí abajo, claro, y la visita de pésame es obligada. Que, como al casarse se habían ido a vivir a un pisito en la ciudad, ella, al padre de su marido, no lo conocía demasiado. Sabía de su carácter severo y distante, pero no tenía demasiada relación con él. Únicamente al principio, porque les había criticado bastante que dejasen la casa familiar, el campu, donde ya habían construido las habitaciones para cada hijo, y se hubieran ido a vivir solos. ¿Dónde se ha visto eso? Después, como el hijo emigró y ella no podía quedarse sola en la ciudad, que una mujer sola siempre da que hablar, en vez de irse a vivir con los suegros se volvió con su propia familia, que también era de ciudad. Mi madre intervenía para dar su pertinente opinión: la vida en el campo es aburrida y dura, sobre todo para las que no están acostumbradas. Para las mujeres de ciudad siempre ha sido muy difícil, y más en aquellos tiempos, sin electricidad ni nada. Sí, responde una de las señoras, sin electricidad, y lavándonos con agua del río, llena de meados de sapo. Así es como rompen a reír. ¿Tú crees? Claro que sí, mujer, tú porque ahora no lo recuerdas y cuando estabas allí no te enterabas porque no veías ninguna otra vida posible, pero ahora, mirado desde aquí… Ahora ya comenzamos a rememorar, cada una desde donde más le apetece, aquellos tiempos, los tiempos remotos de la infancia y la juventud; cada una inicia el recuerdo desde un punto determinado, pero nunca gratuito, porque muy a menudo esconde un dolor íntimo ya cicatrizado. Mientras hablan pienso en la charla apresurada de Mundeta y lamento constatar que nadie reproducirá nunca la charla apresurada de estas señoras en ningún libro, por el simple hecho de que utilizan una lengua que es del todo ajena al papel y se trasmite por el aire sin dejar rastro alguno.

Me voy de allí con un oído puesto en esa conversación, que me sirve de sonido ambiente; sé que lo registro todo sin querer y que cuando necesite algo de lo que acaban de decir lo sabré rescatar de la memoria como si les hubiera prestado atención. Así he funcionado siempre, y por eso soy capaz de recordar conversaciones muy concretas que se produjeron a mi alrededor cuando a duras penas entendía lo que se decía. Ahora entiendo el parloteo de esas gallinas cluecas, pero la escena me resulta estrecha, limitada; sus recuerdos, sus detalladas descripciones de la vida rural me complacen, pero se me quedan pequeñas, y consigo evadirme a medias para permanecer aquí sin sentirme encerrada. Hasta que… hasta que una de ellas vuelve al presente y me pregunta por el «tema», que de hecho debe de ser lo que las ha llevado a hacernos la visita. Enhorabuena, chica, menuda sorpresa. No nos hubiéramos imaginado nunca que serías la primera, ya dábamos por sentado que tú seguirías estudiando. Me apresuro a contestar como si me lo creyera: Seguiré estudiando, pero más adelante.

Y mi madre, que no puede disimular la alegría: lo hemos acordado así con mi hermano, le he dicho que mi hija es muy inteligente y ha llevado siempre muy bien los estudios. No hay nada malo en estar casada y estudiar, me ha dicho él. Por supuesto que no, se ha apresurado a añadir una de ellas, estudiar o trabajar no es el problema, el problema es si la mujer se comporta como es debido o no. La que es una faq shger, una «partidora de tareas» lo es dentro y fuera de casa, y, si algo es tu hija, es tranquila y discreta.

Mi madre no quiere dejarle el protagonismo a la invitada y se apresura a detallar la información referente a mi compromiso. Yo la escucho como si hablara de otra, aunque el corazón me late tan fuerte que me parece que todas deben de oírlo. Poco a poco voy perdiendo partes de su discurso: no sé qué no sé cuánto, ya tendrá tiempo de estudiar, bla bla bla, no es bueno que las chicas se casen demasiado mayores y ella cumplirá pronto diecinueve, que si esto que si lo otro, mi sobrino es un ejemplo de persona, tralarí tralará, que si celebraremos la ceremonia y el acto del casamiento para hacer los papeles… Cuando ya solo oigo palabras sueltas, me levanto de golpe y me voy al lavabo, me encierro y cojo el libro. Pero no me sirve de nada. A lo mejor si me hago un orgasmo me oirán.

Mirándome al espejo me digo: no es tan grave, no es para tanto. No es una boda de conveniencia porque te lo han preguntado y has dicho que sí, que por qué no. En realidad te lo preguntan desde que eras una niña: le caías tan bien al hermano de tu madre, que desde que eras muy pequeña decidió que serías para su Driss, un chico que entonces ya debía de acercarse a la veintena. A ti Driss no te caía mal, lo encontrabas simpático, ¡lo conocías! ¿Qué más quieres? ¿Cuántas mujeres de tu pueblo han tenido ese privilegio, casarse con un hombre al que conocían? Sus padres siempre te han tratado como una princesa, te regalaron un anillo de oro cuando naciste. Además, ¿cuántos matrimonios de conveniencia han acabado siendo de amor? ¿Acaso no puede surgir ese sentimiento tan sobrevalorado de la convivencia conveniente? No importa que leas a Nietzsche o a Fromm. ¿El arte de amar? Ya lo practicarás cuando te cases, cuando estés tranquila, sin toda esta gente que, desde hace tanto tiempo, se preocupa por ti, por tu reputación, la de tu madre sola contigo, la de tu virginidad y tu honor. Una vez casada te dejarán tranquila y ya podrás hacer lo que quieras. Trabajar, estudiar, lo que quieras. Ya no tendrás que demostrar nada. Me digo todo esto mirándome al espejo, viendo que la piel empieza a pegárseme al hueso de la mejilla, prominente, no tan regio como el de mi madre. Todo eso no tiene nada que ver con la herida, ni con la que te atraviesa el cuerpo ni con la de A en la cabeza. Soy yo la que decide, él no tiene nada que ver. Me miro a los ojos y me insisto: cásate y serás libre. Cásate y tu madre será libre.