Para tratar de entender un poco qué es lo que nos pasa cuando llega un bebé y el porqué del afloramiento repentino de nuestra vena más empalagosa, voy a empezar con un análisis sin base científica alguna (pero muy creíble) acerca del tipo de experiencia que es la maternidad/paternidad.
Hay experiencias únicas que son maravillosas, como realizar un safari fotográfico con teleobjetivo (para qué jugársela) o degustar unas buenas ostras y no terminar con diarrea.
También hay experiencias únicas que no son maravillosas, como pasar la noche en un calabozo en una república bananera o pisar una caca de ornitorrinco. En definitiva, vivencias poco habituales pero poco o nada gratificantes.
Y en tercer lugar están las experiencias maravillosas que no son únicas, como parar a mear en una gasolinera después de tres horas de viaje, o pegarle un puñetazo a la impresora. Máximo placer pero exclusividad cero.
Pues bien, tener un bebé es el paradigma de este último tipo de experiencias: es maravillosa, grandiosa, plena, definitiva, quizá lo más alucinante que te pueda pasar..., pero tan habitual como que la dichosa impresora te deje tirado en el peor momento.
Basta con echar un vistazo alrededor para darse cuenta de ello. Te propongo un sencillo experimento: sal a la calle, mira a la gente, fíjate en cualquier persona, desde la más normal y anodina hasta la más singular y extravagante. Pues bien, todas, incluso quien menos te imaginas, es hijo o hija de alguien. Increíble, ¿verdad? La conclusión del experimento es que tener hijos es una experiencia común, incluso se podría decir que mundana.
Y probablemente sea por la confluencia de estas dos cualidades (maravillosa y habitual) por lo que surgen la confusión y el comportamiento tan cargante que nos invade a los padres en general cuando llegan los bebés. Sentimos las ganas de transmitir y compartir nuestra emoción como quien se ha ido de safari, sin darnos cuenta de que para los demás puede ser como si hubiéramos parado a mear en la gasolinera.
Afortunadamente, hemos dejado muy atrás los tiempos en los que tener hijos era como contratar mano de obra barata para la huerta familiar. La experiencia del recién llegado se vive ahora con ternura, delicadeza y la colaboración de ambos progenitores (y si no es así, debería serlo), pero junto con ello se han instalado la cursilería como estética omnipresente y la ñoñería como corriente única de pensamiento.
Hay padres y madres a los que no se les reconoce de lo tontones que se ponen, y también hay otros que se sienten raros o fuera de lugar por no tener ganas de ponerse tan tontones.
Ojo, la ñoñería bien administrada no es mala, pero no es la única opción. Espero que este manual sirva para ofrecer alternativas y también para dar apoyo a quienes la padecen en silencio.