La primera vez que el niño Gervasio García de la Lastra experimentó aquellos extraños fenómenos, que los miembros más píos de la familia atribuyeron a causas sobrenaturales y el resto, más escépticos, a puros fenómenos físicos operando sobre una delicada sensibilidad, fue, según consta en los dietarios del coronel de Caballería, ya fallecido, don Felipe Neri Luna (1881-1953), en la velada familiar del sábado 11 de febrero de 1927, aunque, conforme se desprende de esos mismos cuadernos, tres días antes ya se produjeron ciertos indicios, una vez que el pequeño irrumpió como un huracán en el gabinete de su abuelo materno, don León de la Lastra, mientras éste merendaba su habitual chocolate con picatostes, y le preguntó a bocajarro:
—Papá León, ¿puedo ser héroe sin morirme?
(Los nietos le llamaban papá León, del mismo modo que Crucita, la primogénita, había llamado siempre mamá Obdulia a su esposa, mujer robliza y de actitudes mayestáticas que, por inexplicable paradoja, perdía la ecuanimidad ante vocablos sonoros que de alguna manera pudieran evocar la muerte y las postrimerías. En el diccionario existían palabras rotundas, como catafalco, sepultura y miserere, que no podían pronunciarse en su presencia. Referencias fidedignas atestiguan, sin embargo, que no puso objeción a la voz abuela hasta que su hija Zita, casada, bien a su pesar, con el doctor en Medicina Telmo García, alumbró una hermosa niña de cuatro kilos de peso, y la elevó a tan noble condición. A partir de ese acontecimiento, doña Obdulia reparó en algo que, no por obvio, había tenido en cuenta hasta entonces, esto es, que la abuela, como cabeza del clan familiar, y dentro de una lógica sucesión de generaciones, era, con el abuelo, la candidata más firme al deceso y, en consecuencia, la más próxima al catafalco, el miserere y la sepultura, conceptos abolidos en palacio. Ante tan enojosa evidencia, el término abuela fue incorporado al repertorio de voces prohibidas, y considerando que esta palabra no era, en rigor, más que una redundancia (madre de madre o madre de padre), la cuestión fue resuelta salomónicamente matizando el nombre de pila con el rango de la maternidad. La expresión mamá Obdulia venía a ser, así, no un sucedáneo caprichoso, sino una fórmula valedera (mamá de mamá) para designar su preeminencia familiar. Y como quiera que su esposo legalmente reconocido, don León de la Lastra, compartía con ella bienes, títulos y dignidades, dejó, asimismo, de ser el abuelo para pasar a ser papá León, eufemismo que su hijo Vidal, único varón de su prole, calificó como «la típica patochada de mamá», en tanto sus hijas Zita y Cruz, rendidas admiradoras del ingenio materno, lo aceptaron a cierra ojos.)
Papá León se acarició la rala barbita amarillenta, miró a su nieto a través de los ovalados cristales de sus lentes, enarcando las débiles cejas (que se repetían en profundas arrugas a ambos lados de la frente), y respondió con candorosa solicitud:
—Ji, ji, ji. Claro que puedes ser héroe sin morirte, aunque es más fácil serlo con cuatro tiros en la barriga.
La cuitada sonrisa del pequeño ya demostraba sus preferencias por el heroísmo de supervivencia, pero todavía quiso garantizar más su integridad:
—¿Y sin quedar cojo, ni nada?
—Sin quedar cojo, faltaría más —tornó a reír papá León con su espontánea risa de colegial al tiempo que trataba de inmiscuirse en el proceso especulativo de su nieto—: pero ¿puede saberse qué mosca te ha picado hoy?
El niño quedó unos instantes pensativo y, sin responder, se arremangó torpemente la manguita de su jersey y señaló con el brazo desnudo la gran bocina verde del fonógrafo que reposaba sobre el bargueño del rincón:
—Si pones música de tu guerra —dijo en tono confidencial— te voy a decir un secreto.
Papá León había acogido, en su día, el nacimiento de su nieto con ese júbilo desproporcionado de quienes únicamente consideran a los varones dignos propagadores de la estirpe. A las niñas, Crucita y Flora, apenas les prestó atención, pero en el bebé mofletudo que llegó en tercer lugar y cuyos berridos denotaban dotes de mando y viriles exigencias, vio no sólo un altivo heredero, sino un soldado digno de recibir el testigo. Acuciado por la mirada inocente del bebé, papá León reconstruía a menudo los gloriosos días del asedio de Bilbao, la calculada estrategia del general De la Concha y el valor temerario de don Cástor Arrázola, a quien durante más de un año sirviera de ayudante de campo. Aquel niño venía a encarnar cuanto de valioso y audaz atesoraba su pasado —su oposición a don Amadeo y a la República, su probada fidelidad a la legitimidad de don Carlos— y papá León se miraba en él, velaba sus sueños, vigilaba sus comidas, curioseaba sus atributos y, tan pronto empezó a valerse por sí mismo, solía conducirlo a su gabinete, lo sentaba en la descalzadora y le hacía escuchar durante horas marchas militares en el viejo fonógrafo. Más tarde, cuando Gervasio creció, se complacía en relatarle episodios bélicos, tan a lo vivo que el niño, desde los cuatro años, empezó a considerar pasatiempos melifluos los cuentos de hadas que le narraba tía Cruz durante las largas convalecencias de la gripe:
—¿No te gusta el cuento?
—No, tía.
—¿Por qué no te gusta el cuento?
—Es de niñas.
—¿Quién te ha dicho a ti que es de niñas?
—Yo, tía.
La tez blanca, harinosa, de augusto de circo, de tía Cruz se encendía levemente, recogía la calceta y se iba al cuarto de costura, a desahogarse con su hermana:
—Zita, no me extrañaría nada que papá León estuviese metiendo en cantares al pequeño. Lo encuentro raro.
Luego, cuando Gervasio refería el incidente a papá León, éste se atragantaba de tanto reír, le propinaba un golpecito con la yema del dedo índice en lo alto del pecho, en el esternón, y le decía con un guiño cómplice:
—Tú eres un soldado, ¿eh, perillán?
El aplomo del niño le había impresionado ahora, hasta el extremo de que sus manos esqueléticas, surcadas de azules venitas relevantes, no acertaban a acoplar la trompa al carro del fonógrafo, ni a darle cuerda. Cuando al fin lo consiguió y sonaron despintados los primeros compases, Gervasio, acodado en la mesa camilla, quedó inmóvil, la fina cabeza ladeada, fijos los ojos pajizos, la oreja alerta (como el Don, el viejo braco del que papá León se acompañaba para cazar la sorda en los robledales vascos con sus conmilitones Trifón de la Huerta y Mikel Lekuona a finales de siglo), y, conforme el chinchín de la marcha se fue afirmando, adquiriendo ritmo y vivacidad, el niño fue adelantando su bracito desnudo hasta colocarlo bajo las barbas entecas del abuelo:
—Mira —dijo con voz húmeda.
Don León de la Lastra aproximó sus lentes de présbita al antebrazo del pequeño y observó estupefacto cómo los minúsculos pelitos rubios que lo recubrían iban erizándose uno a uno, como tropilla que se yergue al toque de llamada, y la piel se escarapelaba, como alón de pollo:
—Pero... pero ¡se te ha puesto carne de gallina!
Su agudo tono de voz se tornaba casi grave al registrar el fenómeno, pero el niño seguía imperturbable, el bracito desnudo sobre la mesa, hasta que papá León, desconcertado, se puso en pie y desconectó el fonógrafo. Gervasio pareció salir entonces de su ensimismamiento, miró sorprendido a su abuelo, se bajó la manguita del jersey y, como un dócil paciente tras la meticulosa exploración del doctor, se quedó con los brazos cruzados esperando el diagnóstico. Pero papá León, desencajado ante la inesperada revelación, sólo acertó a decir:
—¿Cuánto... cuánto tiempo hace que te ocurre esto? —sus anteojos, de montura de hilo de plata, resbalaron hasta la punta de la nariz.
El niño levantó los hombros avergonzado, como si le atribuyese una acción reprobable:
—Desde Navidades —dijo.
—Y, dime, hijo —prosiguió el abuelo—, aparte la piel de gallina, ¿qué notas? —cruzó una pierna sobre otra (el muslo se traslucía a través de la franela del pantalón, delgado, tieso y duro como una maroma) y aproximó el rostro al de su nieto:
—Como frío por la espalda; como si la espalda se me hiciese de gaseosa.
—¿De gaseosa? —sonrió—. Es curioso. ¿Y únicamente te sucede esto cuando oyes música?
—Sí, abuelo —trasgredió la norma—. Pero tiene que ser música de tu fonógrafo.
De esta manera empezó a desvelarse la singularidad del pequeño Gervasio García de la Lastra. El sábado siguiente, 11 de febrero, en la bulliciosa velada familiar, ante los pesados muebles y los oscuros cuadros del salón (presididos por una copia de la Resurrección, del Giotto, que coronaba la chimenea, cuyo centinela dormido, al decir del tío Vidal, era un vivo retrato de mamá Zita), papá León, después de una serie de rodeos y circunloquios, comunicó a sus hijos e hijos políticos su descubrimiento: Gervasio, su nieto, parecía llamado a muy altos destinos; tal vez a ser un héroe. La música militar le conmovía hasta tal punto que operaba en él una auténtica metamorfosis.
Como solía acontecer en las semanales reuniones familiares, las reacciones fueron encontradas y violentas. Tía Cruz se emocionó, siquiera la palidez de yeso de su cutis apenas dejara traslucir sus sentimientos. Su marido, don Felipe Neri Luna, comandante de Caballería (que desde hacía unos minutos luchaba con la náusea que bullía en el lado derecho de su estómago y se manifestaba en las muecas viscosas de sus labios descoloridos), comentó, con voz insegura, que algo indefinible en los ojos del pequeño le había llevado a pensar en ocasiones que no era un niño como los demás, comentario que espoleó al tío Vidal (celoso de la propia progenie, sentado en el diván recamado junto a tía Macrina, su esposa, frente a la copia de la Resurrección del Giotto) y le llevó a vocear que papá León, «con sus dichosas historias de guerra y sus músicas celestiales, era el responsable de los trastornos del niño», lo que aparte un grave delito, era un abuso de autoridad. Tía Macrina, su esposa (que tenía muy juntos los hermosos ojos garzos y una nariz incorrectamente respingona), se solidarizó con su marido y agregó, con lúcida pertinencia, que le dijeran de un niño, uno solo —recalcó— que a los siete años no hubiese aspirado a ser héroe o bombero. Su apostilla hirió en lo más hondo a mamá Zita, la más directamente afectada y a quien las palabras de papá León habían sonado a elogio (algo así como si hubiese vaticinado para su nieto Gervasio el capelo cardenalicio), lo que la indujo a recabar el «orgullo de ser madre de ese niño que escapaba de la norma» y a encarecer comprensión de quienes no habían tenido «la misma suerte», alusión que tío Vidal cogió al vuelo y le obligó a levantarse e ir hacia ella fuera de sí, murmurando entre dientes su vocablo preferido para motejar a sus hermanas: «Majadera, majadera, majadera». Acto seguido, con ese refinado menosprecio que los hijos varones únicos suelen sentir hacia sus hermanas, le voceó que no creyera que el heroísmo era una profesión, sino un don que un buen día bajaba del cielo para adornar tal vez al ser más insignificante del mundo, a lo que papá León, ufano de la polvareda que había armado, argumentó que eso no impedía que Dios manifestase sus preferencias mediante un signo visible, y que cuando él afirmaba que su nieto Gervasio parecía «llamado a muy altos destinos», no lo hacía sin fundamento, sino basándose en «una serie de indicios» que había observado en él. La calva rosada y brillante de tío Vidal empezó a girar entre las sombras oscuras de los muebles como un satélite, denegando con impaciencia, y tío Felipe Neri, que momentáneamente había conseguido acallar la náusea, se dirigió a papá León, preguntándole si es que «aparte de los deseos manifiestos del chiquillo» se había producido alguna señal que los corroborase, a lo que papá León, con su mirada ladina, sus ralas barbitas amarillas, asintió por dos veces, para sentenciar, al cabo, con su vocecita atiplada, «¡Pues naturalmente que se han producido!», exclamación que tío Vidal acogió con gesto socarrón y una risa hueca, huérfana y destemplada, tratando de destruir el clima mirífico que se iba creando en la reunión, y que se acentuó una vez que papá León arrastró sobre la alfombra de nudos el velador de caoba (en el que previamente había colocado el fonógrafo) hasta el centro de la sala, y rogó a su hija en un aparte, como si todo hubiera sido ensayado:
—Cruz, ¿te importa traer al pequeño?
Y tan pronto como tía Cruz compareció por la puerta del falsete con el niño de la mano y papá León le dijo, «No te asustes, hijo, vamos a hacer una prueba», y le remangó el jersey hasta los codos, colocándole ante el velador con los desnudos bracitos en alto, se abrió en el salón un silencio expectante. Ante los atónitos ojos de la concurrencia, papá León pulsó el resorte, el rodillo giró y los compases marciales y románticos de Boinas rojas (un tanto rasposos, un tanto agrios, un tanto distantes, debido a la antigüedad del cilindro) se difundieron por la sala. Y, conforme el tono de la pieza se enardecía, los rubios pelitos acostados de los antebrazos de Gervasio empezaron a enderezarse, al tiempo que su piel, asedada y suave, se erizaba como la superficie de un líquido que entrara en ebullición. Los pasmados ojos de los asistentes, pendientes de los brazos del niño, no repararon en los pelos del colodrillo, que igualmente se iban levantando, ni en el flequillo, encrespado como si Gervasio caminara contra viento, ni en el despeluzamiento progresivo de las templas y la morra que, al ahuecar su cabeza, convertían al pequeño en un monstruito de barraca de feria. Papá León, que había buscado la sorpresa ajena, no salía de la suya, enarcaba estupefacto la ceja derecha (triplicada por las arrugas de la frente) y, al observar la inesperada propagación del fenómeno, voceó con excitación senil:
—¡Ojo, la cabeza, daos cuenta! ¡La cabeza también!
En un arranque histérico, entre emocionado y aprensivo, tía Cruz tomó una mano del pequeño entre las suyas, como para protegerlo de algún mal, y chilló: «¡Está helada!», mientras mamá Zita, asustada, se cubrió los ojos con las manos y murmuró en un tono indescifrable: «Hijo mío, hijo mío», pero el niño, pagado de su protagonismo, permanecía quieto, entrecerrados los ojos, los espeluzados bracitos levantados, prietos los labios, los cabellos desbocados apuntando al techo. En ese instante se apagó la luz, tía Macrina gritó, «¡Basta ya; esto es cosa del diablo!», tío Vidal gruñó, papá León se interpuso entre sus hijos y el fonógrafo, tío Felipe Neri hizo unos ruiditos extraños como si chupetease algo, con lo que la reunión, apenas iluminada por las rojas brasas de la chimenea, adquirió una apariencia fantasmagórica. La pulida calva de tío Vidal giraba en la penumbra, y su voz de yunque sobrecogió a los presentes:
—¿Es que pretendéis que el Vaticano nos excomulgue a todos? ¡Esto es peor que una misa negra!
Mamá Zita gritó angustiada: «¡El niño, el niño!» y, en ese momento, volvió la luz. Gervasio continuaba inmóvil, los bracitos en alto, los ojos entreabiertos, los cabellos encrespados, pero, a medida que se agotaba la cuerda del fonógrafo y la marcha languidecía, los antebrazos iban recobrando su habitual tersura, el vello rubio se doblegaba, la enorme cabeza aleonada se reducía a ojos vistas como un globo que se desinfla. Repicado aún, advertía en derredor un revuelo de expectación, pero tan pronto papá León desconectó el aparato, bajó los brazos, volvió la cabeza y envió a mamá Zita una sonrisa que ella agradeció estrujándole medrosa contra su pecho, como si el pequeño, en el experimento, hubiera enajenado algo de su terrenidad.
A Gervasio le envanecía sentirse centro de la atención general, promotor de la airada y gesticulante controversia que tenía lugar ante sus ojos, pero como si intuyese que el proceso no se desarrollaría totalmente en su presencia, simuló un sueño invencible, problema que mamá Zita resolvió acostándolo en un sillón de la biblioteca, donde apenas alcanzaba la luz de la sala. De vuelta, mamá Zita se topó en la puerta con tía Cruz y ambas se abrazaron en silencio, emocionadas, y aquélla musitó entre lágrimas: «Se diría un presagio del cielo», pero tío Vidal, que andaba al quite, volvió a gritar «¡Majaderías, majaderías, puros fenómenos físicos!», y tía Cruz, en los brazos de su hermana, le indicaba por señas la proximidad del niño, para que bajase la voz y no lo despertase. Pero Gervasio, arrodillado en el butacón, observaba la escena por encima del respaldo, veía los cómicos visajes de papá León, culeando, tratando de proteger el fonógrafo del alboroto, y a tío Felipe Neri acercarse a tía Cruz, besarla en la frente y murmurar: «Portentoso, portentoso», apretando los párpados, como si convocase a una lágrima remisa, en tanto tía Macrina, proclive como buena madrileña a ver provincianismo en los modales y manifestaciones de sus cuñadas, que casi le doblaban la edad, las llamaba crédulas y papanatas, lo que dio ocasión a su marido para vocear de nuevo, «Majaderías, majaderías, puros fenómenos eléctricos. El cuerpo humano es como una pila de Volta». Y, conforme discutían, el grupo, convertido en una olla de grillos, se iba desplazando hacia las puertas correderas, pero, antes de que nadie las abriera, mamá Zita se interpuso y, limpiándose una lágrima furtiva con un pañuelo de encaje, levantó sus mansos ojos bovinos y encareció:
—A Telmo ni una palabra, os lo suplico. Sería horrible que esto llegara a sus oídos.
Tío Vidal, a quien indignaba que las mujeres se dieran importancia, sonrió con desprecio y objetó que nada tan grotesco como atribuir influencias sobrenaturales a miembros de nuestra propia familia por hechos nimios, fácilmente explicables, y que recordaran sin más el bochorno del abogado Emigdio de Lucas, cuando editó un impreso canonizando, o poco menos, a un hijo suyo muerto meses atrás, pero tía Cruz, a quien los desplantes de su hermano acobardaban desde niña, le daba golpecitos complacientes en el antebrazo, llamándole herejote, tratando de aclararle que lo de Emigdio de Lucas era cosa distinta, que aquí nadie pretendía beatificar a Gervasio, mas el acaloramiento de tío Vidal, lejos de remitir, aumentaba, y, rehusando altivamente la controversia con una mujer, gesto muy suyo, se encaró con papá León y lo acusó de haber convertido la casa en un manicomio, con su fonógrafo y su guerra, imputación que el abuelo escuchaba achicado, mirándolo a través de los cristales de los lentes, con sus pupilas fijas, como dos lentejas, las cejas multiplicadas en arrugas sobre la frente, mudo, sin osar darle réplica, como un párvulo, hasta que, una vez que mamá Zita abrió las puertas correderas, se escabulló pasillo adelante y no se detuvo hasta tropezar con la Amalia, la doncella, que tocada de cofia sostenía muy erguida la puerta de la calle, como cada vez que oía la doble timbrada de advertencia de mamá Zita. Y tras los tíos Macrina y Vidal, que comentaban excitados las incidencias de la noche, bajaron tía Cruz y tío Felipe Neri, sobrecogidos, en reverencioso silencio, como si acompañaran al Santo Viático, en tanto papá León observaba a todos por encima del hombro de la Amalia con mal reprimido enojo, como un niño que, harto de jugar toda la tarde con un amigo posesivo, viera su marcha con alivio para poder seguir jugando él solo con sus juguetes.
Dos días más tarde, al regresar Flora y Gervasio del colegio, papá León les chistó desde la puerta de su gabinete y, después de asegurarse de que en el oscuro pasillo no había nadie, se encerró con ellos, recomendándoles silencio. Descubridor de la peculiaridad de su nieto, se proponía fijar sus límites, pero consciente de la hiperestesia familiar, había resuelto actuar con discreción y evitar que el niño fuera presa de engañosos estados emocionales. Así, en principio, se interesó por los estímulos, esto es, si Gervasio, sensible a la música militar, reaccionaba tan vivamente ante incentivos de otra índole. El niño representaba su papel de protagonista adoptando una fatigada actitud de disponibilidad (análoga a la que mostraba ante don Justino, el médico de familia, cuando éste tamborileaba sobre su vientre con sus dedos cortos y expeditivos para medir el alcance de una indigestión), reservando su aire jactancioso para su hermana Florita, que, en su relación con él (por edad, vivacidad e imaginación), había llevado siempre la voz cantante. Ahora, en cambio, cada vez que papá León, en sus pesquisas, les relataba historias de santos, el niño miraba a su hermana por encima del hombro como diciéndole: «Si yo quisiera, podría ser como ése», mientras el abuelo escudriñaba la morra y las templas del pequeño, por ver si se producía alguna alteración. Pero la prueba literaria fue un fracaso; ni la hagiografía, ni las epopeyas, ni las leyendas despertaron en el niño la menor emoción. Tan sólo si papá León las acompañaba de un tenue fondo musical Gervasio se conmovía y hasta podía llegar a producirse un conato de ostento. Esto le llevó a orientar la investigación por otro lado. Apeló a los grandes maestros (Beethoven, Mozart, Haydn, Bach, Chopin, Schubert), pero Gervasio escuchaba las piezas, rollo tras rollo, impasible, salvo una tarde, en que, ante el «Coro de los esclavos» del Nabucco de Verdi, los pelos del colodrillo se inquietaron y por dos veces le abanicaron el cogote, en trance de erizarse. Paciente, objetivo, meticuloso, científico, responsable, papá León intensificó su exploración, tanteó esto y aquello (orfeones, masas corales, música sinfónica, óperas), pero los resultados fueron nulos, de lo que dedujo que la epidermis del niño sólo se alteraba con música militar y, si acaso, débilmente, por pura simpatía, con coros masculinos muy vigorosos que, por su virilidad, pudieran sugerir la marcialidad. Después de cada sesión, como despedida, el abuelo emplazaba en el fonógrafo un cilindro de viejas marchas simplemente para recrearse en el despliegue capilar del nieto y examinar de cerca los disparados cabellos sobre los que colocaba la palma de la mano temblona y comentaba para sí: «Son fuertes y punzantes como alfileres». Mas aquellas sesiones interminables aburrían a Florita, que, persuadida de que el fenómeno era deliberadamente provocado por su hermano, aunque desconociera la técnica a emplear, apenas prestaba atención.
Los jueves, papá León recibía a sus conmilitones Lucio Viana y Trifón de la Huerta y jugaban al tresillo durante largas horas en el gabinete, por lo que los experimentos con Gervasio habían de anticiparse, pero un día en que el abuelo se demoró, don Trifón sorprendió al niño en pleno trance y papá León, incapaz de ocultar por más tiempo el secreto a su amigo de juventud, apuntó tímidamente:
—Ahí tienes a mi nieto de muestra, Trifón. ¿Qué te parece?
Y don Trifón de la Huerta, hombre bien barbado a lo largo y a lo ancho («barbas marxistas», decía tío Vidal), que había cazado sordas con Mikel Lekuona y el abuelo en los espesos bosques de Durango, se aproximó al niño, le inspeccionó de arriba abajo como a un animalillo raro, y sentenció con voz profunda:
—Es cierto que recuerda al Don cuando hacía la parada. También a él se le erizaban los pelos del espinazo, ¿recuerdas?
Mamá Zita, que a partir del primer repeluzno atendía al niño con medroso distanciamiento, como a algo santo o diabólico, no osaba acariciarle la cabeza, y si, por azar, se la rozaba al bañarle por las mañanas en la bañera de zinc, sentía una especie de descarga, lo que acrecentó su respeto y la indujo a interponer una esponja entre su mano y la pelambrera del pequeño. Y con objeto de que su hijo no atribuyese a desapego lo que, en el fondo, era homenaje, le formulaba durante el aseo preguntas triviales, sin forzar la respuesta, como diciendo: «Si no quieres no me contestes; lo que me interesa que sepas es que estoy a tu lado». Y cuando le veía corretear por el pasillo o regañar por naderías con su hermana Flora, se decía conmovida: «Viéndole así, parece un niño corriente». Pero cada vez que evocaba el ostento del 11 de febrero, la eclosión de su cabello, los pelos como cohetes, escuchando Boinas rojas, se estremecía y las lágrimas afloraban dulcemente a sus ojos. Mamá Zita, mujer de ideas religiosas primarias, identificaba heroísmo y santidad, propendía a ver en su hijo antes al devoto que al valiente, punto de vista que su hermana Cruz extremaba y, en sus flébiles ensueños, conducía a dramáticas situaciones plásticas: Gervasito decapitado, la cabeza erizada dentro de un balde, y, alrededor, un coro de infieles (ella casi podría asegurar que eran negros) danzando ante el hechicero a los acordes del tam-tam. La representación de la escena era tan vívida y la relataba con tal lujo de pormenores, que ambas hermanas se miraban y rompían a llorar desconsoladas, cogidas de las manos, los ojos en los ojos, interrogándose por lo único que quedaba por dilucidar: «dónde, cuándo, cómo». Y tía Cruz, elevándose después a las más altas cimas místicas, divagaba en torno al amor de Dios y sus inescrutables designios, para terminar preguntando a mamá Zita por papá Telmo, si sabía algo sobre el particular, a lo que mamá Zita, alarmada, replicaba que eso lo último, que antes la muerte, que encontraba a Telmo especialmente distante esta temporada, porque era incuestionable que la medicina naturista, sobre desmerecer en el aspecto social, inducía al hombre al materialismo.
Una tarde, hallándose ambas hermanas de charla en torno al costurero, irrumpió papá León desaliñado, las zapatillas en chancleta, mostrando el pijama por el escote del batín y, por los bajos, dos pantorras depiladas, delgadas y blancas como dos palos. Los lentes sobre la punta de la nariz, en sus ojillos brillaba aquella chispa pueril de conjurado que ambas hermanas conocían de atrás. Cerró la puerta con cuidado, se llevó un dedo a los labios y, aproximándose a ellas de puntillas, se sentó en el borde del canapé y empezó a hablar ingenuamente de sus experiencias con Gervasio, precisando que al niño no le seducía el martirio sino el heroísmo castrense y, sin reparar en las miradas reprobatorias, casi indignadas, de mamá Zita, puntualizó que, tras un mes de investigaciones, podía concluir que la sensibilidad del pequeño únicamente vibraba con las marchas militares y que si, por excepción, reaccionaba ante otros estímulos, se trataba con seguridad de coros masculinos muy vitales que, de alguna manera, evocaban el desfile de los soldados.
Mamá Zita, sin poderse contener, se había puesto en pie, rígida, descompuesta, y lo miraba como diciendo, «Conque experiencias tenemos, ¿eh?», «Conque marchas militares, ¿eh?», «Conque otros estímulos, ¿eh?», de tal manera que, cuando avanzó resuelta hacia el canapé, papá León se incorporó, encogido, como un can apaleado, y cerró los ojos ante la avalancha que se le venía encima. Mamá Zita le voceó, entonces, que se habían acabado los experimentos, que Gervasio era un niño, no un cobaya, y que si continuaba con ellos agarraría «el trasto ese» (mamá Zita se refería al fonógrafo) y lo tiraría al cubo de la basura. Papá León, que poco a poco había abierto los ojos, protegía los lentes con el antebrazo, reculaba en actitud defensiva y sus labios rojos, entre las ralas barbitas, mascullaban justificaciones, pero mamá Zita le asediaba, y, sin concederle tregua, le advirtió, «por última vez», que dejase en paz a Gervasio, que se mantuviese al margen del asunto, ya que si un día el Señor tenía a bien manifestar sus preferencias por él, ahí lo tenía, sin necesidad de su mediación. Ante tamaño acoso, papá León dio media vuelta y escapó como un perrillo amedrentado por la puerta que mamá Zita sostenía, arrastrando los pies, mientras su hija volvía a cerrar aquélla y se sentaba frente a su hermana, el costurero por medio, la sotabarba fruncida como el ángel dormido de la Resurrección del Giotto:
—Discúlpame, Cruz —dijo con voz temblorosa—. Tal vez me haya excedido con papá, pero estoy muy nerviosa esta temporada. No puedo soportar que maneje al niño como a una rata de laboratorio. Eso, por de pronto, se ha terminado.