Una columna de sesenta metros de alto, coronada por la figura de un hombre con el brazo derecho extendido y el dedo índice señalando hacia el mar, preside el puerto de Barcelona. Conmemora al navegante que llegó a la ciudad en 1492 para informar al rey de Aragón y a la reina de Castilla, Fernando e Isabel —que se encontraban de visita en la ciudad en ese momento—, de que venía de descubrir nuevos territorios en ultramar. Se llamaba Cristóbal Colón y se hizo famoso por ser considerado el europeo que descubrió el continente americano. Las aguas del puerto estaban en calma. Se extendían, a lo lejos, hasta la línea del horizonte. Y ahí estaba yo, pensando en la hazaña de Colón y en lo valiente que tuvo que ser para navegar esa distancia tan grande, surcando los mares en dirección a un nuevo mundo, cuando una voz interrumpió mis ensoñaciones.
—¿Estás pensando en la estatua? —dijo la voz.
Me volví para ver quién era. Se trataba de un niño vestido con una camiseta gris, sin mangas, y unos pantalones cortos de color verde. Tenía el pelo negro y alborotado y unos ojos muy brillantes. Me miró desde su corta estatura y repitió la pregunta. Yo estaba algo confuso y no sabía muy bien qué responder. Él continuó:


—Debe de haber sido una persona importante para tener una estatua tan alta. ¿Qué hizo?
—¡Oh!, descubrió el Nuevo Mundo y esa es la razón por la que vino aquí, para contárselo al rey y a la reina.
—¿Quieres decir que nadie sabía nada de ese Nuevo Mundo antes de que él lo descubriera? ¡Suena como si se tratara de un planeta lejano! ¿Y lo descubrió él solo? ¡Es increíble! ¿Así que ese Nuevo Mundo era realmente nuevo? ¿Nadie más sabía de su existencia?
—¡Eh, eh! ¡Cuántas preguntas! ¿Quién eres tú?
Me intrigaba su repentina aparición.
—Bueno, yo iba a hacerte la misma pregunta, porque es evidente que sabes mucho sobre este monumento. Así que, si me cuentas más cosas, yo te cuento quién soy; porque estoy aquí solo de visita.
Asentí con la cabeza y él siguió:
—Soy un principito y vengo de un lejano planeta donde mi padre es el rey. Me dejó que viniera para hacer una visita rápida, pero mi nave espacial se ha estropeado y tengo que llevarla a arreglar. ¿Lo ves? Parece que está rota —me dijo señalando un monopatín que tenía a sus pies.
Yo veía que aquello era un monopatín y que no parecía en absoluto una nave espacial. Pero decidí seguirle la corriente y fingí que me creía su historia. Parecía estar triste y tomarse aquello en serio, así que no quería que se disgustara.
—Sí, ya veo que tu nave espacial no tiene buen aspecto. Tal vez te pueda ayudar a repararla. Pero, una cosa: no puedo seguir llamándote «principito», porque suena raro. ¿No tienes otro nombre?
—Mis amigos me llaman Eduard.
Sonrió, y la sonrisa iluminó su cara.
—Puedes llamarme Eduard, si quieres. No es un mal nombre. Solo me llaman «principito» en palacio. Ahora cuéntame quién eres tú y quién era ese hombre que descubrió el Nuevo Mundo.
—Bueno —contesté—, yo soy una persona que escribe sobre cosas que han pasado. Me llaman «historiador». ¿Quieres que intente responder a tus preguntas?
Contestó que sí con la cabeza, moviéndola enérgicamente, así que empecé a explicarle. Nos sentamos juntos frente al mar y él se dispuso a escuchar, muy atento...
«Nuevo Mundo» era el nombre que solía darse al continente americano porque los europeos no lo conocían antes de finales del siglo XV. El vasto océano que se extendía entre la costa este del Nuevo Mundo y Europa constituía una enorme barrera que muy pocos habían conseguido superar. Por el otro lado, el de la costa oeste de América, los pueblos asiáticos tampoco sabían de su existencia. El aislamiento del continente americano de lo que podemos llamar el Viejo Mundo tuvo una serie de interesantes consecuencias.
En Europa existían, y habían existido, pueblos e imperios de fama reconocida, como los griegos y los romanos; pero el Nuevo Mundo también estaba habitado por millones de personas que, en determinadas épocas históricas, habían alumbrado grandes civilizaciones: formas de vida completamente distintas a las europeas.

La mayoría de los americanos vivían de manera bastante sencilla, trasladándose todos los años de una zona a otra porque necesitaban grandes territorios de los que obtener comida y otras cosas imprescindibles para su supervivencia. Esas tribus nómadas se dedicaban a la caza, a la pesca y al cultivo de productos que podían intercambiar cuando surgía la necesidad. Pero existían otras tribus que, con el tiempo, habían desarrollado una forma de vida más sedentaria: acabaron viviendo en ciudades, usando la piedra para construir casas y templos, y estableciendo alianzas entre ellos para tener más fuerza a la hora de enfrentarse con sus enemigos. Los consideramos «imperios» porque acumularon realmente mucho poder, al menos durante un tiempo. En Centroamérica, el más conocido fue el de los aztecas, que encarnaron el núcleo de un estado formado durante el período que en Europa se conoce como el siglo XIV. Mucho más al sur existía también una gran alianza de pueblos, los incas, que se desarrolló también en esa época. En otras zonas del continente florecieron otras civilizaciones, como la de los mayas de la península de Yucatán, que vivían en comunidades dispersas.
Durante siglos, todos esos pueblos del Nuevo Mundo estuvieron bastante aislados entre sí y del resto del mundo. Eso se debió, principalmente, a que nunca llegaron a construir grandes embarcaciones que les permitieran surcar los mares. Y presentaban también otra serie de características que los diferenciaban bastante de los europeos: no tenían metales suficientemente duros, como el hierro, de manera que, por lo general, no contaban con armas o herramientas metálicas; cuando querían tallar una piedra lo hacían con otra piedra. Para ellos, el oro era un metal blando e inútil. Tampoco conocían la rueda, el invento que nos permite trasladar objetos pesados de un lugar a otro. En vez de eso, si querían trasladar algo de esas características se veían obligados a empujarlo y a tirar de ello. No tenían bestias de carga que los ayudaran, ni ganado, ni caballos. Tampoco tenían casi ninguno de los animales que eran normales para los europeos, y eso significaba que consumían muy poca carne; su dieta era principalmente vegetariana, aunque incluía el pescado. Con algunas raras excepciones, lo normal era que no supieran escribir, por lo que no pudieron dejar testimonio escrito de su historia, su literatura o sus creencias. Por lo general, lo que sabemos de ellos se basa en los dibujos y grabados que dejaron en estatuas y edificios sagrados. Curiosamente, tampoco tenían muchos instrumentos musicales.
—Dios mío —dijo Eduard, muy serio—, parecen tan primitivos como alguna de las gentes de los planetas que visita mi padre.
—En absoluto —le aseguré—. No eran primitivos, sino distintos.
Lo increíble es que consiguieran hacer lo que hicieron sin la ayuda de la rueda o de herramientas metálicas. Construyeron enormes edificios con ladrillos y piedras perfectamente talladas, e imponentes pórticos de entrada que aguantaban en pie a pesar de que no conocían la técnica del arco arquitectónico. Transportaban enormes rocas desde los valles para construir sus templos en las cumbres de las montañas más altas. Los incas inventaron incluso un método para subir el agua colina arriba para regar el maíz que sembraban en terrazas en las laderas de los montes. Tenían un servicio de correos formado por corredores que llevaban los mensajes con una eficacia y rapidez sorprendentes. Y, sobre todo, se preocupaban por el bienestar de su gente de un modo que nadie había hecho, ni hace en nuestros días. Cuando recogían una buena cosecha, los incas almacenaban el grano sobrante en grandes silos y así podían utilizarlo en años de escasez para que nadie pasara hambre. Además, entre ellos no existía división entre pobres y ricos: se cubrían las necesidades de todo el mundo y, dado que el robo y la delincuencia eran casi desconocidos, la gente siempre dejaba sus casas abiertas. Como puedes ver, se trataba de un tipo de civilización que no se parece a la que tenemos nosotros hoy en día. Y las guerras estallaban muy pocas veces: ¿para qué iban a pelearse? De hecho, los aztecas inventaron una forma especial de juego de guerra, la guerra florida, que tenía también un significado religioso y que consistía en que, durante épocas de paz, equipos de guerreros tenían que combatir entre sí. A menudo (siento decirlo), el equipo que perdía era sentenciado a muerte y «sacrificado». Pero ese tipo de prácticas no existían en el resto del continente.
—Parece como si los habitantes del Nuevo Mundo fueran felices, pero en su forma de vida también había algunas cosas que no me gustan nada —señaló el principito—. Tal vez no fuera tan malo que estuvieran separados del resto de la humanidad. ¿Tenían dinero? ¿Cómo usaban el oro?
—No, no conocían el dinero —respondí—. En vez de eso, intercambiaban unos productos por otros. Los impuestos se podían pagar con maíz o con insectos raros. Y el oro lo usaban solamente para hacer objetos decorativos o de uso doméstico.


—¡Eso sí que los hace diferentes! ¡Era un mundo verdaderamente distinto!
—Creo que tienes razón —asentí—. Esas características suyas tan especiales hacían que no estuvieran bien preparados para entrar en contacto con otros. E, inevitablemente, esos otros acabaron llegando.
—¿Eso fue cuando llegó ahí el hombre de la estatua?
—En absoluto —le dije.
Tradicionalmente se le atribuye a él, a Colón, el honor de haber sido el primero en «descubrir» el Nuevo Mundo, pero, evidentemente, no podemos hablar de «descubrimiento», porque ese continente ya estaba ahí y parece que no pocas personas sabían de su existencia. En Europa se hablaba de muchos otros navegantes que lo habían precedido. Entre los marineros corrían muchos rumores según los cuales había otras tierras más allá del océano y, por lo tanto, Cristóbal Colón no habría descubierto nada nuevo. Siglos antes ya se había tenido noticia de una expedición vikinga que había llegado a las costas de la actual Nueva Inglaterra. Y tampoco deberíamos descartar a quienes sostienen que fue un barco chino el primero que, atravesando el Pacífico, llegó al Nuevo Mundo desde el este. Todos esos pueblos tenían embarcaciones aptas para la navegación en mar abierto, así que ninguna de sus reivindicaciones de haber «descubierto» el Nuevo Mundo es improbable del todo.

La primera expedición completamente documentada fue, ciertamente, la de Colón. Pero, incluso en su caso, hay algunos datos confusos: ¿quién era él? ¿Por qué vino a España? Gran parte de su vida es un misterio, pero parece que nació hacia 1450 en Génova, Italia. Siendo un adolescente empezó a trabajar como marinero en distintos barcos y fue acumulando un gran conocimiento tanto de las costas mediterráneas como de las atlánticas. Desarrolló un profundo interés en el mar y también leyó y estudió textos sobre navegación oceánica. Desde los 26 años vivió en Lisboa, donde se casó. Ahí fue donde sus lecturas le hicieron pensar que podría alcanzar el continente asiático y sus riquezas navegando hacia el oeste a través del Atlántico. Puesto que ya se sabía que la Tierra es redonda, no era impensable que uno pudiera llegar al este navegando hacia el oeste.
Los castellanos no tenían gran experiencia como navegantes porque hasta el siglo XV su territorio no dispuso de ningún puerto importante. En España, los mejores marineros eran los habitantes de las costas, como los vascos y los catalanes. Los principales avances de la época en equipamiento, navegación y transporte marítimo fueron el resultado del trabajo de naciones costeras, muy especialmente de los portugueses. Era lógico que Colón iniciara su búsqueda de patrocinio en Lisboa, antes que en España, en 1485. Pero también buscó apoyo en otras cortes europeas, incluidas la inglesa y la francesa, y solo vino a España porque fue rechazado en esos otros sitios. Su idea era intentar navegar hacia el oeste para llegar a las tierras orientales de Asia, concretamente a Catay (lo que hoy llamamos China) y a Cipango (el actual Japón). Sin embargo, el coste de semejante viaje era claramente un obstáculo. Tenía que comprar barcos y equipamiento, y contratar marineros. Las credenciales del propio Colón para liderar tamaña expedición eran bastante endebles. Los expertos que han estudiado su vida plantean dudas sobre cuál era su verdadero nombre, su nacionalidad, su titulación e, incluso, su religión. En aquellos momentos, la imagen que sus posibles patrocinadores tenían de él era la de un oscuro y algo fantasioso marinero italiano. Por consiguiente, en un primer momento los reyes de España, Fernando e Isabel, lo rechazaron cuando se presentó ante ellos en 1486. Sin embargo, seis años más tarde consiguió su respaldo después de haber recibido la promesa de apoyo económico por parte del banquero aragonés Luis de Santángel.
Los reyes recibieron a Colón en su pabellón de campaña, cerca de Granada, la ciudad musulmana que estaban sitiando en ese momento. Le prometieron que, si tenía éxito en su viaje, le concederían un título nobiliario, el de almirante del Mar Océano, además de una serie de derechos sobre los territorios que pudiera descubrir. Así pues, tras una espera muy larga, las tres pequeñas carabelas, tripuladas por un total de noventa marineros, partieron del pequeño puerto andaluz de Palos (Huelva), en agosto de 1492. Aunque actualmente nadie consideraría que la Niña, la Pinta y la Santa María eran embarcaciones capaces de cruzar el océano.
Colón capitaneaba la Santa María; la Pinta quedó a las órdenes de Martín Alonso Pinzón y la Niña a las de Vicente Yáñez Pinzón. Zarparon de Palos para dirigirse a las Islas Canarias, donde se aprovisionaron de agua y víveres, y en septiembre partieron rumbo al oeste.
Fue un viaje muy largo y lleno de incertidumbres a través del océano Atlántico. Duró más de dos meses. A principios de octubre Colón tuvo que enfrentarse con un motín que empezó primero en la Santa María y luego se extendió a las otras naves, incluyendo entre los amotinados a los hermanos Pinzón, quienes le dieron tres días de plazo para arribar a alguna parte. De lo contrario, deberían regresar. Por suerte para él, en esos primeros días de octubre empezaron a aparecer algunos indicios de que estaban cerca de su destino. En su Diario de Viaje, Colón anotó, con fecha jueves 11 de octubre, lo siguiente:
Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo, y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla. Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramojos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos... y porque la carabela Pinta era la más velera e iba adelante del Almirante, halló tierra y hizo las señas que al Almirante había mandado.

Un marinero llamado Rodrigo de Triana fue el primero en avistar tierra. Desembarcaron el 12 de octubre en una pequeña isla de las Bahamas a la que Colón puso por nombre San Salvador.
Él pensaba que ese viaje lo iba a llevar a los opulentos reinos de Asia. Sin embargo, las naves se encontraron en unas islas tropicales habitadas por unas gentes pobres y primitivas. Navegando un poco más descubrieron Cuba y La Española, pero no llegaron a desembarcar en el continente propiamente dicho. Colón creyó que había llegado a las proximidades de Asia y se dedicó a reunir objetos de oro y a capturar nativos de las islas, iniciando así la práctica de la esclavitud en América. Después de explorar la zona un poco más, emprendieron el viaje de regreso, dejando allí a un pequeño grupo de españoles para que empezaran a construir un asentamiento. El mal tiempo los hizo refugiarse en Lisboa y llegaron a Palos en marzo de 1493. Colón partió inmediatamente a informar al rey y a la reina, que estaban en ese momento en Barcelona.
Los monarcas creyeron y respaldaron su informe, asumiendo que había descubierto una nueva ruta hacia las riquezas de Asia. Rebosantes de satisfacción, confirmaron inmediatamente los títulos y promesas que le habían hecho. Y esa es la razón por la que, cuatro siglos más tarde, las autoridades de Barcelona decidieron levantar aquí una columna con su estatua en lo alto.
—¡La suya fue verdaderamente una gran hazaña! —dijo Eduard—. Pero, ¿por qué lo hicieron? A mí me encanta viajar de un planeta a otro con mi nave espacial. Pero, claro, para mí es mucho más fácil. ¡Y no corro ningún riesgo! ¡No tengo que demostrar nada! —sonrió, satisfecho, el principito.
Era evidente que Colón estaba cumpliendo sus sueños de explorador. Al mismo tiempo se vio favorecido por la circunstancia de que los países europeos competían entre sí por el descubrimiento de nuevos territorios para expandir su poder. Y todos ellos querían más riquezas, que fue exactamente lo que Colón intentó llevarles a los reyes. El hecho de que Martín Pinzón y los hombres de la Pinta hubieran encontrado oro se convirtió en la principal obsesión. Los españoles habían comprobado con asombro que algunos de esos nativos, a quienes ellos consideraban seres primitivos, comían en platos de oro. Los indígenas y el oro que Colón trajo consigo fueron motivo suficiente para despertar un alto grado de interés no solo en España, sino en toda Europa.
En aquellos tiempos, el papa de Roma era reconocido por los europeos como la principal autoridad legal en el mundo. Fernando e Isabel presentaron inmediatamente una solicitud de titularidad de las nuevas islas ante el papa (Alejandro VI, español) y este publicó una serie de decretos, uno de ellos llamado Inter caetera (1493), que confirmaba la titularidad española. Su redacción era demasiado vaga y, por eso mismo, demasiado amenazante para los descubrimientos portugueses. De modo que los Reyes Católicos negociaron con Portugal y, en virtud de un tratado firmado en 1494, aceptaron mover la línea que delimitaba los territorios «españoles» más hacia el oeste. Y resultó que la línea concedió a los portugueses el suficiente territorio de Nuevo Mundo como para permitir que Portugal reclamara para sí lo que más tarde sería Brasil.
El entusiasmo que produjeron los descubrimientos de Colón quedó reflejado en el tamaño de la siguiente expedición, que partió de Cádiz poco después, en septiembre de 1493. Estaba compuesta por diecisiete naves y mil doscientos hombres, incluidos doce sacerdotes misioneros (a diferencia de la primera expedición, en la que parece que no iba ninguno). La intención era crear asentamientos en la fértil isla de La Española (la actual Haití), pero cuando llegaron se encontraron con que los hombres que habían dejado el año anterior habían muerto, principalmente debido a las enfermedades. La nueva colonia tampoco prosperó: pronto iban a descubrir que la vida en ese clima tropical era más difícil de lo que esperaban.
A Colón se le suele considerar «el descubridor» de América, aunque, como hemos visto, otros navegantes probablemente habían «descubierto» el Nuevo Mundo algún tiempo antes que él. En aquellos años, muchos marineros europeos llegaron a distintos puntos del continente americano, y entre estos se encontraban los hermanos italianos Giovanni y Sebastiano Caboto, que vivían en Inglaterra y encontraron apoyo financiero en el monarca inglés. Giovanni descubrió una parte de Canadá en 1497 y Sebastiano navegó a lo largo de las costas de Nueva Inglaterra en 1498. En ese mismo año, el gran marino portugués Vasco de Gama bordeó el extremo sur de África y llegó a Asia.
Era la primera vez que los europeos seguían esa ruta, y en aquel momento se consideró una hazaña mayor que la de Colón, que había intentado llegar a Asia navegando hacia el oeste, mientras que Vasco de Gama lo había conseguido navegando simplemente hacia el este. Los portugueses ya se mostraban activos en el Atlántico, ocupando las islas de Madeira, las Azores y prestando una ayuda inestimable a los castellanos en la conquista de las islas Canarias. Los franceses tampoco permanecían de brazos cruzados. Como podemos observar, los viajes de los españoles no fueron los únicos en esa época.
De Gama pretendía establecer contacto con las ricas civilizaciones del este y volvió con un cargamento de especias orientales, sobre todo de pimienta. Pero su viaje tuvo una duración de dos años, de los cuales trescientos días fueron de navegación, y más de la mitad de los integrantes de la expedición perdieron la vida, principalmente debido a las enfermedades.

Un año después de que De Gama iniciara su viaje, el comerciante italiano Américo Vespucio ayudó a financiar una expedición española (al mando de Alonso de Ojeda) formada por cuatro navíos que cruzaron la parte sur del Caribe, pasaron por Trinidad y se dirigieron hacia una costa que a los marineros les pareció tan hermosa que la llamaron «pequeña Venecia» o «Venezuela». Algunas de las naves se separaron de la flota principal y, a las órdenes de Vespucio, se dirigieron más hacia el sur, donde parece que entraron en el estuario del río Amazonas, además de tocar, con toda certeza, la costa de Brasil, aunque no pudieron seguir más hacia el sur debido a las fuertes corrientes. Al año siguiente, el marino portugués Pedro Cabral partió al frente de trece navíos en dirección a la India. Con toda seguridad, su flota también tocó la costa de lo que luego sería conocido como Brasil. Exceptuando a De Gama, ninguno de esos exploradores encontró nuevos territorios con grandes riquezas. Poco a poco, a medida que nuevas expediciones fracasaban en su intento de alcanzar las ricas civilizaciones orientales, empezó a cundir el desánimo. No iba a haber una ruta más corta hacia Asia y las riquezas se limitaban a algo de oro y a unos cuantos esclavos. En resumen, fue una época de mucha actividad viajera y exploradora.
Colón, que volvió de su segundo viaje en junio de 1496, cruzó el océano otras dos veces. El 30 de mayo de 1498 partió de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) con seis naves en dirección al Nuevo Mundo. Tres de los barcos pusieron proa directamente hacia La Española, cargados con provisiones largo tiempo esperadas, mientras que Colón se dirigió con las otras tres a realizar una exploración de lo que podría haber al sur de las islas caribeñas. Fue en este tercer viaje cuando sus naves tocaron tierra por primera vez en el continente sudamericano. Siguieron una ruta más hacia el sur, pasando por una isla que bautizó con el nombre de Trinidad, porque parecía estar formada por tres montañas unidas por su base. Cuando desembarcaron, establecieron contacto con muchos indios, pero quedaron decepcionados al no encontrar metales preciosos. Sin embargo, aquella parte del continente era tan fértil y hermosa que Colón creía firmemente que había llegado al paraíso terrenal. Además, los nativos parecían tener una gran cantidad de perlas que sacaban del mar.
A continuación puso rumbo de vuelta a La Española, donde se encontró con problemas para los que no estaba preparado. Habían surgido considerables disputas entre los españoles, muchos de los cuales se oponían a la autoridad ejercida en la isla por los familiares del almirante. Los acontecimientos se agravaron de tal manera que un representante de la corona acabó arrestando al propio Colón y enviándolo de vuelta a España como prisionero. Más adelante, el Estado español iniciaría un proceso judicial contra él y sus familiares por la manera tan cruel que tuvieron de gobernar la isla.

Su último viaje, en 1502, fue apoyado por los reyes en un intento de competir con los portugueses, que ahora parecían estar consiguiendo grandes éxitos. Se le dieron instrucciones sobre cómo debería tratar con los reyes de Asia en caso de que llegara a estar en su presencia. Acompañado por un hermano y por su hijo Fernando, de trece años, partió de Cádiz, en mayo de 1502, con su buque insignia, la Santa María y otras tres naves. Pero la expedición resultó ser un notorio fracaso al no descubrirse nada de importancia. Colón pasó dos meses explorando con sus hombres las costas de Honduras, pero no encontró nada de valor. Durante un año, 1503, él y sus barcos permanecieron atracados en la isla de Jamaica porque la Santa María estaba tan deteriorada que tuvieron que construir otro barco. Finalmente, volvieron a Sanlúcar en noviembre de 1504. Fue su viaje más largo y el menos productivo.
El informe que hizo sobre el mismo es bastante confuso. Su continua insistencia en que había llegado a Asia y sus bonitas fantasías sobre el supuesto significado de sus descubrimientos hacían ver que Colón no tenía las ideas muy claras. Hoy en día lo consideramos el descubridor del Nuevo Mundo, pero él mismo nunca pensó que lo era, porque siempre creyó que había llegado al continente asiático. Por otra parte, su positiva contribución a la expansión de los horizontes europeo e ibérico fue inmensa y su proeza como navegante abrió caminos para otros. Gracias a sus viajes, los españoles sintieron por primera vez el impulso de arriesgar sus vidas y haciendas en exploración y conquistas al otro lado del océano.
Colón murió en 1506, en Valladolid, siendo un hombre rico y todavía en posesión de todos sus títulos y honores, pero desilusionado por el resultado de sus esfuerzos. Todo el mundo cuestionaba su convicción de que había llegado a Asia y su familia se había ganado la envidia y hostilidad de muchos. Resulta increíble saber que, incluso después de muerto, siguió viajando: sus restos fueron trasladados de Valladolid a Sevilla, más tarde a Santo Domingo, en La Española; después a La Habana (1795) y, finalmente, otra vez a Sevilla (1899). Con tantos cambios de tumba, actualmente nadie está muy seguro de dónde están los verdaderos restos del almirante.
—¡Y aquí también está, pero en lo alto de una columna! —exclamó Eduard—. ¡Tuvo una vida muy interesante y se merece la estatua que le han hecho! ¿Así acaba su historia? ¿Qué pasó después? ¿Le pusieron algún nombre al Nuevo Mundo? ¿Fue más gente hacia allá?
Lo miré con admiración: tan joven y tan lleno de curiosidad. Todavía no sabía nada de él y consideraba que era mi turno de hacer preguntas. Pero me contuve y continué con mi relato.
Aunque parezca extraño, al Nuevo Mundo no le dieron el nombre de Colón. Poco tiempo después, Américo Vespucio escribió un libro en el que narraba sus viajes al nuevo continente y la gente acabó llamándolo «América», que es el nombre que ha permanecido.
Y se produjo otro curioso fenómeno. Durante más de veinte años, pocos demostraron interés en América, porque estaba demasiado lejos —lo sigue estando, aunque hoy podamos viajar mucho más deprisa, por avión— y porque se necesitaban costosas embarcaciones e instrumentos y mapas de buena calidad para poder llegar hasta allí. Ni siquiera en España había, al principio, demasiado interés. Pero eso cambió cuando, en 1516, subió al trono un nuevo rey. Carlos, el nuevo soberano, nieto de Fernando, sucedió a su madre, Juana la Loca. Se le conoce normalmente como Carlos V porque, además de rey de España, fue coronado también emperador de Alemania. El quinto con ese nombre.
La falta de interés en América indica que, en aquellos años, los europeos parecían haberse olvidado del Nuevo Mundo. En general, lo único que encontraron en las islas del Caribe fueron pequeñas tribus primitivas. Sin embargo, la insatisfacción sirvió como estímulo para emprender nuevas expediciones a la búsqueda de riquezas.
A América empezó a ir gente de distintas partes de Europa, no solo de España sino también de Portugal, Italia y Alemania, así como de otros países. Y no solo iban hombres. También fueron muchas mujeres en busca de una nueva vida. Unos cuantos pioneros se aventuraron a explorar los territorios del continente. Empezaron a surgir pequeños asentamientos, como los de Cartagena, Santa Marta y otros lugares. Espíritus más valerosos se atrevieron a adentrarse en la densidad de las junglas. Uno de ellos, Vasco Núñez de Balboa, se abrió paso a través del istmo de Panamá y, en 1513, fue el primer europeo en contemplar la brillante inmensidad del océano Pacífico. En esa costa se fundó la ciudad de Panamá, en 1519.
Otros dos importantes acontecimientos tuvieron lugar en ese mismo año de 1519. Primero, durante la primavera, un aventurero llamado Hernán Cortés desembarcó en la costa de México y comenzó una ofensiva legendaria que acabó con la caída del Imperio azteca. Segundo, en esos mismos días, cinco pequeñas naves partieron del puerto de Cádiz a las órdenes del capitán portugués Fernando de Magallanes, con una tripulación de doscientas sesenta personas. Querían llegar a esos lejanos reinos orientales que Colón nunca había conseguido encontrar, así que decidieron atravesar el océano Atlántico siguiendo una ruta por el sudoeste.
—¡Dios mío! —exclamó, de pronto, el principito—. ¡Se está haciendo tarde! ¡Tu historia ha sido tan interesante que casi se me había olvidado!
Se frotó los ojos con gesto de cansancio y yo también me di cuenta de que habíamos estado alrededor de una hora hablando sobre Colón y América.
—Me tengo que ir a comer —explicó—. ¡Mi madre, la reina, se va a poner nerviosa si ve que no llego!
—Pero si tu nave espacial está averiada no puedes viajar, ¿no? —pregunté.
Él me sonrió y recogió el monopatín del suelo.
—¡No te preocupes! Puedo llegar a pie muy fácilmente, porque me está esperando al final de la calle. ¡No tardarán mucho en arreglarme la nave espacial! Pero después de comer quiero que hablemos un poco más y que me cuentes qué otras cosas pasaron en América. Además —añadió, con aire misterioso—, hay algo que aún no te he explicado. ¡Yo quiero conocer de verdad a esos hombres tan interesantes, Cortés y Magallanes y todos los demás.
—¿Qué quieres decir con lo de «conocer»? ¿Sabes que vivieron y murieron hace mucho tiempo, mucho antes de que tú y yo naciéramos?
Lo que acababa de oír me había dejado atónito, pero no tuve oportunidad de decir nada más.
—¡Adiós! —me dijo, mientras se alejaba alegremente con su averiada nave espacial bajo el brazo—. ¡Nos vemos aquí después de comer!
