Ahora, un cuento. El del niño mendigo que a los siete años de edad soñó hallar una ciudad y treinta y nueve años después se marchó, muy lejos, buscando y buscando, y no sólo encontró la ciudad sino también un tesoro, un tesoro tan maravilloso como el mundo entero. No se había visto nada igual desde los hallazgos de los conquistadores del Nuevo Continente.
El cuento es la vida de Heinrich Schliemann, una de las figuras más asombrosas no sólo entre los arqueólogos, sino entre los hombres.
La historia comenzó así. Érase un niño pequeño que se hallaba ante una sepultura del cementerio de su pueblo natal, al norte de Alemania, en Mecklemburgo. Allí yacía, enterrado, el malvado Hennig, llamado Bradenkierl, del que se contaba que había asado vivo a un pastor, y además, cuando ya estaba asado, todavía le había dado una patada. Y para purgar tal delito decíase que, todos los años, el pie izquierdo de Bradenkierl, calzado con fina media de seda, aparecía fuera de la tumba.
El niño esperaba ver tal prodigio, pero allí no sucedía nada. Entonces rogó a su padre que cavase, que buscase dónde estaba aquel año el famoso pie.
No muy lejos de allí había una colina de la cual se decía, también, que tenía enterrada una cuna dorada. El sacristán y su madrina se lo habían dicho. Y el niño preguntó al padre, un pastor pobre y mal vestido: «Ya que no tienes dinero, ¿por qué no desenterramos la cuna?».
El padre explicaba al niño muchos cuentos y leyendas. Le contaba también, cual viejo humanista, la lucha de los héroes de Homero, de Paris y Helena, de Aquiles y de Héctor, de la fuerte Troya, incendiada y destruida. En la Navidad del año 1829, le regaló la Historia universal ilustrada, de Jerrers, donde había una lámina en la que se veía a Eneas llevando a su hijo de la mano y a su anciano padre en su espalda, mientras huía del castillo ardiendo. El niño contemplaba aquella lámina, y observaba los recios muros y la gigantesca puerta Escea.
—¿Así era Troya?
El padre asentía con la cabeza.
—¿Y todo esto se ha destruido, destruido completamente? ¿Y nadie sabe dónde estaba emplazada?
—Cierto —contestaba el padre.
—No lo creo —comentaba el niño Heinrich Schliemann—. ¡Cuando sea mayor, yo hallaré Troya, y encontraré el tesoro del rey!
Y el padre se reía.
Todavía a los sesenta y uno de edad, cuando ya era un excavador mundialmente famoso, pensaba si no tendría que examinar la tumba del malvado Hennig, una vez que por azar volvió a su pueblo nativo.
Y en el prólogo de su libro sobre Ítaca escribía:
«En el año 1832, a los diez años, regalé a mi padre, con motivo de la Navidad, una composición sobre los acontecimientos principales de la guerra de Troya y las aventuras de Ulises y Agamenón, sin sospechar aún que treinta y seis años después ofrecería al público todo un tratado sobre el mismo tema, después de haber tenido la dicha de ver con mis propios ojos el teatro de aquella famosa guerra y la patria de los héroes cuyo nombre inmortalizó Homero».
De de sus cartas y de sus dos autobiografías se desprende que siempre, y en todas partes, seguía acariciando el sueño de su juventud de ver algún día los lejanos parajes de las hazañas homéricas y dedicarse a su exploración. Esta pasión llegó a cohibirle de tal modo, que sentía una vergüenza extraña, sentía siempre miedo de acercarse a la lengua griega, por temor a perderse en su encanto y abandonar sus negocios antes de haber logrado la base indispensable para un trabajo científico libre. Y así, lo iba dilatando. Por fin, en 1856 comenzó el estudio del griego moderno, que logró dominar en seis semanas. Y en otros tres meses, vencía las dificultades del hexámetro homérico, Pero ¡con qué ímpetu lo hizo!
—Estoy estudiando a Platón tan a fondo —decía—, que si el filósofo griego pudiese recibir una carta mía dentro de seis semanas sin duda me entendería.
Por dos veces, en los años que siguieron, estuvo a punto de pisar el suelo de los héroes homéricos. En un viaje que hizo hasta la segunda catarata del Nilo, a través de Palestina, Siria y Grecia, una repentina enfermedad le impidió visitar también la isla de Ítaca.
En 1864, a punto de visitar la llanura troyana, se decidió a emprender un viaje alrededor del mundo, que realizó en dos años, y cuyo fruto fue su primer libro, escrito en francés.
Entonces era un hombre libre. En aquel hijo de un pastor del Mecklemburgo se había desarrollado el extraordinario sentido comercial de un self made man, del tipo de los «pioneros» americanos. En una carta hablaba de «su corazón duro», cuando en 1853 obtenía grandes beneficios comerciales de la guerra de Crimea y de la guerra civil americana, y lo mismo un año después con la importación de té. Siempre le acompañó la diosa Fortuna. Durante la guerra de Crimea, y mientras hacía apresuradamente dos transbordos de cargamento en Memel, en los tinglados de dicho puerto declaróse un incendio y toda la mercancía depositada quedó destruida. Únicamente se salvó la de Heinrich Schliemann, que por falta de espacio había sido almacenada aparte en un cobertizo de madera.
Entonces pudo escribir, con una modestia de expresión que revelaba mucho orgullo: «El cielo había bendecido de modo milagroso mis empresas comerciales, de modo que a finales del año 1863 poseía una fortuna que ni mi ambición más exagerada hubiera podido soñar». Luego, tras estas líneas, viene un párrafo que por su naturalidad nos parece increíble, consecuencia completamente inverosímil, pues obedecía a una lógica que solamente Heinrich Schliemann comprendía. «Por lo tanto —decía sencillamente—, me retiré del comercio para dedicarme únicamente a los estudios que más me ilusionaban.»
En 1868 se trasladó a Ítaca, por el Peloponeso y por la Tróade. En 31 de diciembre del mismo año está fechado el prólogo de su libro Ítaca, cuyo subtítulo reza: Investigaciones arqueológicas de Heinrich Schliemann.
Se conserva una fotografía suya, hecha durante su estancia en San Petersburgo. En ella se ve a un señor vestido con un pesado abrigo de pieles. Al dorso lleva la jactanciosa dedicatoria con que se la mandó a la mujer de un guardabosques que había conocido de niña: «Fotografía de Henry Schliemann, antes aprendiz del señor Hückstaedt, en Fürstenberg, y hoy comerciante de primera categoría en San Petersburgo, ciudadano honorario ruso, juez en los tribunales comerciales de San Petersburgo y director del Banco Imperial del Estado de San Petersburgo».
¿No parece un cuento el que un hombre que tiene en su mano los mayores triunfos comerciales abandone sus negocios para emprender el camino soñado en su juventud? ¿Que un hombre —y con ello llegamos al nuevo episodio de aquella gran vida— se atreva, con el único bagaje de su Homero, a desafiar al mundo científico que no creía en Homero y, haciendo caso omiso de las plumas de los más famosos filólogos, prefiera aclarar con la piqueta lo que cientos de libros aparecidos hasta entonces habían enmarañado?
Homero, en efecto, era considerado en los días de Schliemann como el simple cantor de un mundo antiquísimo desaparecido, pero se dudaba de su existencia y de cuanto relataba, y a los sabios de la época no les cabía en la cabeza el concepto que se ha expresado más tarde cuando audazmente se le ha llamado «el primer corresponsal de guerra». El valor histórico de su relato de la lucha en torno al castillo de Príamo se consideraba igual al de las antiguas gestas e incluso se creía perteneciente al mundo tenebroso de la mitología.
¿No empieza diciendo la Ilíada que «Apolo, que da en el blanco desde lejos», envía una enfermedad mortal a las filas de los aqueos? ¿Es que Zeus mismo no interviene en la lucha, así como Hera, «la de los brazos de lirio»? ¿Acaso los dioses no se convierten en personas y son vulnerables como éstas, e incluso la diosa Afrodita sufre una herida de lanza?
Mitología o leyenda, desde luego, llena del destello divino de uno de los más grandes poetas; pero poesía y leyenda, fantasía, nada más.
Sigamos aún. La Grecia de la Ilíada tuvo que haber sido un país de gran cultura. Pero en la época en que los griegos entran a la luz de nuestra Historia se nos presentan como un pueblo insignificante que no se distingue ni por el esplendor de sus palacios, ni por el poderío de los reyes, ni por las flotas compuestas por millares de naves. Todo ello contribuía, pues, a afirmar la creencia en una inspiración fantástica del hombre Homero, al imaginar una época de elevada civilización a la que habría seguido otra de descenso a la barbarie, y de ésta se hubiera remontado de nuevo a la cima de la cultura clásica que conocemos. Pero tales ideasno consiguieron apartar a Schliemann de su fe en los mundos homéricos. Para él, cuanto leía en su Homero era pura realidad.
Al leer en la descripción del escudo gorgónico de Agamenón que la correa del escudo tenía el aspecto de una serpiente de tres cabezas, y al saber cómo eran los carros de combate, las armas y demás utensilios que allí se describían con todos sus detalles, para él no cabía la menor duda de que tenía ante sí la descripción de una auténtica realidad de la historia griega. Todos aquellos héroes, Aquiles y Patroclo, Héctor y Eneas, sus hazañas, sus amistades, su odio y su amor, ¿podían ser solamente invenciones?
Creía en la existencia real de todo aquello y su creencia comprendía toda la antigüedad helénica y los grandes historiadores Heródoto y Tucídides, que siempre habían opinado que la guerra de Troya había sido un acontecimiento histórico, y a todos cuantos habían participado en ella los consideraba como personalidades históricas.
Provisto de este convencimiento el ya millonario Heinrich Schliemann, a los cuarenta y seis años, no se trasladó a la Grecia Moderna, sino que fue directamente al reino de los aqueos. Recordemos la anécdota de que para afirmarle en su fe y para evitar su entusiasmo, en su primer encuentro con un herrador de Ítaca, éste le presentó a su mujer, que le llamaba Penélope, y a sus dos hijos, Ulises y Telémaco.
Parece inverosímil, pero aquello sucedió así: En la plaza del pueblo estaba sentado, una noche, aquel extranjero rico y extraño que leía a los descendientes de los que habían muerto hacía tres mil años el canto XXIII de la Odisea. Vencióle la emoción y lloró; y con él lloraron los presentes, hombres y mujeres.
A pesar de todo, es asombroso lo que entonces sucedió. Pues ¿en qué otros casos de la Historia el simple entusiasmo ha conducido al éxito?
El azar, que a la larga solamente sonríe al que más vale, no es aplicable aquí. Pues Schliemann, en el estricto sentido de la arqueología como ciencia, no era un experto, es decir, un hombre de grandes conocimientos, al menos en los primeros años de su labor investigadora. Y, sin embargo, la suerte le favoreció como a ningún otro.
La mayoría de los sabios contemporáneos designaban como el lugar donde presuntamente se había levantado Troya el pequeño pueblo de Bunarbaschi, que solamente se distinguía por tener en cada una de sus casas hasta doce nidos de cigüeña. Pero también había dos fuentes que impulsaban a los audaces arqueólogos a creer en la posibilidad de que allí hubiera existido realmente Troya.
«Allí brotan dos fuente rumorosas de las que nacen dos riachuelos afluentes del turbulento Escamandro. La una mana siempre agua caliente, como el humo del fuego ardiente; la otra está siempre fría como el granizo, incluso en verano, y en invierno arrastra trozos de hielo.»
Datos que nos dejó escritos Homero en el canto XXII de la Ilíada, versos 147 a 152.
Schliemann contrató un guía por cuarenta y cinco piastras, montó en un rocín sin riendas ni silla y echó el primer vistazo al país de sus juveniles ensueños.
«Confieso que me costó trabajo dominar mi emoción cuando vi ante mí la inmensa llanura de Troya, cuyo aspecto ya había soñado en mi primera infancia.»
Pero esta primera ojeada le decía, sin embargo, que aquél no podía ser el lugar de la antigua Troya, alejado como estaba, a tres horas de la costa, mientras que los héroes de Homero eran capaces de correr a diario varias veces de sus barcos al castillo. Y en aquella colina, ¿podía haber estado el castillo de Príamo con sus sesenta y dos estancias, sus ciclópeas murallas y el camino por donde el famoso caballo de madera del astuto Ulises había sido llevado a la ciudad?
Schliemann estudió el emplazamiento de las fuentes y movió la cabeza. En un espacio de quinientos metros no contó dos como decía Homero, sino treinta y cuatro. Y su guía pretendía aún que había contado mal, ya que eran cuarenta, por lo cual aquel lugar era denominado «Kirk Gios», es decir, «los cuarenta ojos».
¿Acaso Homero no había hablado de una fuente caliente y otra fría? Schliemann, que interpretaba a su Homero literalmente, sacaba el termómetro del bolsillo, lo hundía en cada una de las treinta y cuatro fuentes y en todas hallaba la misma temperatura de diecisiete grados y medio.
Vislumbraba aún más. Abría la Ilíada y leía los versos donde se narra la lucha terrible de Aquiles contra Héctor; cómo Héctor huía del «corredor audaz» y cómo daba la vuelta a la fortaleza de Príamo, por tres veces, mientras los dioses le contemplaban.
Schliemann recorrió el camino descrito y halló una pendiente tan empinada que se vio obligado a trepar por ella andando a gatas. Esto le confirmaba en su convicción de que Homero, cuya descripción del país le parecía una auténtica topografía militar, nunca pudiera haber pensado en hacer trepar a sus héroes por tres veces cuesta arriba y, además, «corriendo».
Y con el reloj en una mano y el libro de Hornero en la otra, andaba y desandaba el camino entre la colina donde suponía haberse hallado Troya y los montículos de la costa, junto a los cuales se decía que se habían guarecido los barcos aqueos. Recordó el primer día de combate de la lucha troyana, tal como lo describen los cantos segundo al séptimo de la Ilíada, y observó que si Troya hubiera estado situada en Bunarbaschi, los aqueas, en nueve horas de combate, habrían recorrido ochenta y cuatro kilómetros.
La completa justificación de sus dudas sobre la tesis de que allí hubiera estado Troya la halló en la carencia de toda huella de ruinas; incluso de esos trozos de cerámica por cuya frecuencia alguien ha manifestado:
«De los hallazgos de tumbas hechos por los arqueólogos parece a primera vista deducirse que los pueblos antiguos sólo se preocupaban de la producción de vasos, y poco antes de su decadencia se dedicaban a romperlos todos, convirtiendo las más hermosas piezas en una especie de rompecabezas».
«Micenas y Tirinto —escribía Schliemann en 1868— han sido destruidas hace 2.335 años, y a pesar de ello las ruinas que se han encontrado son de tal índole que seguramente aún durarán unos 10.000 años.» Troya fue destruida 722 años antes. No es posible que murallas ciclópeas desaparezcan sin dejar huellas, y, a pesar de todo, allí no existía el menor resto de muralla.
Allí sí; pero no en otro lugar, y estos buscados restos se presentaron a la vista del explorador entre las ruinas de Nueva Ilión, pueblo ahora llamado Hisarlik, que significa palacio, situado a dos horas y media de camino al norte de Bunarbaschi, y sólo a una hora de distancia de la costa. Por dos veces, Schliemann se quedó admirando la cima de aquella colina que presentaba el aspecto de una meseta cuadrangular y llana, de 233 metros de lado. Entonces sí quedó convencido de haber hallado Troya. Fue reuniendo pruebas. Y descubrió que no era sólo él quien tenía tal convicción, aunque la compartían muy pocos. Por ejemplo, uno de ellos era Frank Calvert, vicecónsul americano, inglés de nacimiento, dueño de una parte de la colina de Hisarlik, donde poseía una villa, y había realizado algunas excavaciones que le habían llevado a la misma teoría de Schliemann, pero sin llegar a otras consecuencias. Otros eran también el investigador escocés Charles Mac Laren y el alemán Gustav von Eckenbrecher, cuyas voces nadie escuchaba.
Pero ¿dónde hemos dejado las famosas fuentes de Homero, argumento principal de la teoría de Bunarbaschi? Schliemann tuvo un instante de vacilación al ver que allí sucedía lo contrario que en Bunarbaschi, pues en este nuevo lugar no encontró fuente alguna, mientras que allí había hallado treinta y cuatro. Recurrió a la observación de Calvert: con el transcurso del tiempo, en suelo volcánico suelen desaparecer las fuentes de agua caliente y otras veces aparecen de nuevo. Otra observación secundaria eliminó entonces las dudas que hasta aquel momento los sabios habían considerado tan importantes. Y, además, lo que allí le había servido de argumento negativo, aquí le servía de prueba. La lucha de persecución entre Héctor y Aquiles ya no tenía nada de inverosímil, pues en este lugar se extendían suavemente las pendientes de la colina. Aquí habrían tenido que recorrer quince kilómetros para dar tres veces la vuelta a la ciudad, y esto, por su propia experiencia, ya no le parecía demasiado para un guerrero animado por el ardor de un combate encarnizado.
Otra vez la opinión de los antiguos fue para él más valiosa que la ciencia del día. Heródoto había dicho que Jerjes se había presentado en Nueva Ilión, había inspeccionado los restos de la «Pérgamo de Príamo» y había sacrificado mil terneros a la Atenea ilíaca.
Según Jenofonte, el caudillo militar espartano, Míndaro, hizo lo mismo. Así como, según Arriano, Alejandro Magno, no satisfecho con los sacrificios, tomó también armas de Troya y se las hizo llevar por su guardia personal al combate como mágico símbolo de fortuna. Y César, ¿no se preocupó por Ilium Novum, en parte porque admiraba a Alejandro, y en parte también porque se creía descendiente de los troyanos?
¿Es posible que todos ellos hubieran perseguido solamente un sueño, o falsas noticias de su época?
Pero al final de este capítulo, en el que Schliemann iba acumulando las pruebas, dejó aparte toda erudición, contempló maravillado el paisaje y escribió tal como había exclamado sin duda de niño: «… así, puedo añadir que apenas pisa uno la llanura de Troya, queda asombrado al punto por la vista de la hermosa colina de Hisarlik, que por su naturaleza estaría predestinada a sostener una gran ciudad con su ciudadela. En efecto, esta posición, hallándose fortificada, dominaría toda la llanura de Troya y en todo el paisaje no hay un solo punto que se pueda comparar con éste.
»Desde Hisarlik se ve también el monte Ida, desde cuya cima Júpiter dominaba la ciudad de Troya».
Así, pues, emprendió su trabajo con el empeño de quien está absorto en su tarea.
Toda la energía que había convertido al aprendiz de tendero en millonario, se aplicaba ahora a la realización de un lejano sueño. E incansable, empleó todos sus medios materiales y sus propias energías.
En 1869 se casó con la griega Sofía Engastrómenos, hermosa como la imagen que él tenía de Helena, que pronto se entregó por completo, como él, a la gran tarea de hallar el país de Homero; juntos compartían las fatigas, las penalidades y las adversidades.
En abril de 1870 empezaron sus excavaciones, que en 1871 duraron dos meses, y en los dos años siguientes cuatro meses y medio en cada uno. Tenía unos cien obreros a su disposición. Estaba intranquilo, impaciente y nada le detenía; ni las malignas fiebres palúdicas que los mosquitos transportaban de los pantanos, ni la carencia de agua, ni la rebeldía de los obreros, ni la lentitud de las autoridades y la falta de comprensión de los científicos del mundo entero, que le consideraban como un loco o cosa peor.
En lo alto de la ciudad se había erguido el templo de Atenea; Poseidón y Apolo habían construido la muralla de Pérgamo. Así decía Homero.
Por consiguiente, en medio de la colina debía de levantarse el templo, y a su alrededor, con sus cimientos bien clavados en tierra, la muralla de los dioses. Empezó a excavar en la colina y halló resistencia de muros que le parecían insignificantes; y, en efecto, venció tal resistencia derribándolos. Halló armas, utensilios domésticos, joyas y vasos, testimonio irrefutable de que allí había existido una rica ciudad; pero hallaría aún otra cosa que por primera vez haría sonar el nombre de Heinrich Schliemann por el mundo entero. Bajo las ruinas de la Nueva Ilión halló otras ruinas, y debajo de éstas, otras más, pues aquella mágica colina parecía una inmensa cebolla cuyas capas habría que ir deshojando una tras otra. Y cada una de estas capas parecía haber sido habitada en épocas muy distintas; en ellas vivieron pueblos que luego habían desaparecido; allí se habían construido ciudades y se habían derrumbado, habían dominado la espada y el incendio, pero una civilización había sucedido a otra, y cada vez se había vuelto a elevar una nueva ciudad de seres vivos sobre la antigua ciudad de los muertos.
Cada día traía una nueva sorpresa. Schliemann había ido para hallar la Troya homérica; pero en el curso de los años, él y sus colaboradores hallaron siete ciudades sepultadas, y más tarde ¡otras dos! Nueve miradas a un mundo insospechado y del que nadie tenía noticia.
Pero ¿cuál de estas nueve ciudades era la Troya de Homero, la Troya de los héroes y de la lucha heroica? Estaba claro que la capa más profunda era la prehistórica, la más antigua, tan antigua que sus habitantes aún no conocían el empleo del metal, y que la capa más a flor de tierra tenía que ser la más reciente.
Schliemann excavaba y buscaba. Y en la penúltima y antepenúltima capas halló huellas de incendio, ruinas de fortificaciones poderosas y restos de una puerta gigantesca. Entonces estuvo seguro: aquellas fortificaciones eran las que rodeaban el palacio de Príamo, y aquélla era la famosa puerta Escea.
Y fue hallando tesoros, tesoros, desde el punto de vista científico. Por lo que remitía a su casa y lo que daba a los expertos para su valoración, se iba perfilando la imagen de una época lejana, de un cuadro acabado en el cual se distinguían todos los detalles.
Una oleada de entusiasmo recorrió el mundo entero. Y a Schliemann, que con sus obreros había removido más de 250.000 metros cúbicos de tierra, le pareció que tenía derecho a respirar un poco. Empezó a dirigir su mirada a otras tareas. Y señaló la fecha del 15 de junio de 1873 como último día para la excavaciones. Y luego, un día antes de dar el último golpe de pico, halló lo que coronaría su trabajo con legítimo brillo dorado e inundaría al mundo de admiración.
El suceso fue tan dramático, que aún hoy día asombra a cuantos leen tal descubrimiento. Era en las primeras horas de un día caluroso. Schliemann, como de costumbre, inspeccionaba con su esposa las excavacionesAunque estaba convencido de que ya no hallaría nada importante, siguió los trabajos lleno de atención. Había llegado a unos veintiocho metros de aquellos muros que Schliemann atribuía al palacio de Príamo, cuando su mirada se fijó repentinamente en un punto que animó de tal modo su fantasía que se vio inmediatamente impulsado a obrar como bajo una sensación violenta. Y, ¡quién sabe lo que aquellos obreros hubieran hecho si hubiesen sido los primeros en ver lo que vio Schliemann! Tomó a su mujer del brazo, y le murmuró:
—¡Oro!
Ella lo miró, asombrada.
—¡Pronto! —dijo—, manda a casa a los obreros, inmediatamente.
—Pero… —empezó la hermosa griega.
—Nada de peros; diles lo que te parezca; que es mi cumpleaños, que te has acordado de pronto… y que todos tienen que celebrarlo con un día libre. Pero pronto, muy pronto.
Los obreros se alejaron.
—¡Aprisa! Vete en busca de tu pañuelo encarnado —gritó Schliemann mientras saltaba a la fosa y con un cuchillo escarbaba como un loco. Enormes moles de piedra, escombros de millares de años, quedaban suspendidos de modo cada vez más amenazador sobre su cabeza. Pero no le preocupaba el peligro.
Con la mayor presteza, separó el tesoro con un cuchillo, cosa que no era fácil sin gran esfuerzo y mayor peligro de la vida, ya que la gran muralla de la fortificación bajo la cual tenía que cavar amenazaba enterrarle a cada momento. «Pero a la vista de tantos objetos, cada uno de los cuales tenía un valor inmenso, me volvía audaz y no pensé en peligro alguno», cuenta él mismo.
El marfil brillaba discretamente; el oro tintineaba. Su mujer tendió el pañuelo, que se fue cubriendo de tesoros de valor incalculable.
¡El tesoro de Príamo! ¡El dorado tesoro de uno de los reyes más poderosos de los tiempos más remotos, amasado con sangre y lágrimas; las joyas de personas semejantes a los dioses, un tesoro enterrado durante tres mil años y sacado a la luz de un nuevo día bajo las murallas de siete reinos olvidados! Schliemann no dudó ni un instante de que había hallado el tesoro. Pero poco antes de su muerte se demostró que se había dejado llevar por la embriaguez de su entusiasmo, y que la Troya homérica no correspondía a la segunda ni a la tercera capa, sino a la sexta, contando desde la más antigua, y que aquel tesoro pertenecía a un soberano mil años más antiguo que Príamo.
Los esposos ocultaron aquellas riquezas en una choza, cual si fuesen ladrones. Y luego, llegó el momento en que sobre una mesa de tosca madera se derramó aquel tesoro. Había diademas y brazaletes, cadenas, broches y botones, fíbulas, serpientes e hilos. «Probablemente, algún miembro de la familia de Príamo guardó este tesoro en una caja, apresuradamente, sin tiempo para echar la llave, y en la muralla debió ser alcanzado por alguna mano enemiga o por el fuego, y se vería obligado a abandonar la caja, que quedó en el acto cubierta por cinco o seis pies de ceniza ardiente y piedras del palacio que se derrumbaba.»
Y Schliemann, el soñador, toma unos zarcillos y un collar y se los pone a su joven esposa.
¡Joyas de tres mil años para aquella mujer griega que no pasa de los veinte! Hechizado, la contempla.
—¡Helena! —murmura.
Pero ¿adónde dirigirse con aquel tesoro? Schliemann no puede ocultarlo, y la noticia del hallazgo se hace pública. Recurriendo a medios azarosos, saca el tesoro con ayuda de unos parientes de su mujer y lo lleva a Atenas, y de allí a otra parte. Cuando, por orden del gobernador turco, se incautan la casa de Schliemann, los funcionarios ya no encuentran huella alguna de oro.
¿Es un ladrón? La legislación turca respecto de los hallazgos antiguos se prestaba a muchas interpretaciones. Allí reinaba el capricho. ¿Es motivo para maravillarse o sorprenderse que aquel hombre que había entregado su vida a un sueño, al verse coronado por el triunfo, intentara salvar para sí y para la ciencia de Europa aquel tesoro?
Setenta años antes, Thomas Bruce, conde de Elgin y de Kincardine, ¿no había obrado de modo parecido con un tesoro muy diferente? Atenas, entonces, era todavía turca. Lord Elgin había recibido un firmán que contenía la observación de «que nadie le impidiera sacar de la Acrópolis piedra alguna con inscripciones o figuras». Elgin interpretaba esta frase con mucha amplitud, y doscientos cajones repletos del tesoro del Partenón fueron enviados a Londres. Durante años enteros se discutió el derecho de posesión de estos maravillosos ejemplares del arte griego. La adquisición había costado a lord Elgin 74.240 libras. Cuando, en 1816, por una resolución del Parlamento, fue comprada esta colección, no se le pagó ni siquiera la mitad, o sea ¡35.000 libras!
Cuando Schliemann sacó el «tesoro de Príamo» se sentía en la cima de su vida.
¿Podría ser superado aún tan resonante triunfo?