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Yo estaba esperando nerviosa ante el ventanal de nuestra sala de estar, tratando de ver algo a través de los cristales empañados por el frío. De un momento a otro, el Volvo familiar de Randy subiría por la rampa de la entrada. Randy había ido al aeropuerto Logan a recoger a su hijo Elec, que iba a pasar un año con nosotros porque su madre se iba al extranjero por motivos de trabajo.

Randy y mi madre, Sarah, solo llevaban casados un par de años. Mi padrastro y yo nos llevábamos bien, pero tampoco puedo decir que estuviéramos muy unidos. Esto es todo lo que sabía sobre la vida anterior de Randy: su exmujer, Pilar, era una artista ecuatoriana afincada en la zona de la bahía de San Francisco, y su hijo era un punk tatuado a quien, según él, siempre le dejaban hacer lo que quería.

Yo nunca había visto en persona a mi hermanastro, solo lo conocía por una fotografía que le habían hecho hacía años, poco antes de que Randy se casara con mi madre. Por la foto, se veía que seguramente había heredado el pelo oscuro y el tono bronceado de la piel de su madre sudamericana, pero también tenía los ojos claros y las facciones más finas del padre. Tenía un aspecto pulcro. Pero Randy decía que últimamente Elec se había vuelto muy rebelde. Y eso incluía hacerse tatuajes cuando solo tenía quince años, meterse en líos por beber aunque aún no tenía la edad y fumar porros. Randy le reprochaba a Pilar que fuera tan permisiva, que se centrara demasiado en su carrera y dejara que Elec se saliera siempre con la suya.

Y por lo que decía, la había animado a aceptar un puesto temporal dando clases para una galería de arte en Londres para que Elec, que ahora tenía diecisiete años, pudiera venir a vivir con nosotros.

Porque, aunque Randy viajaba un par de veces al año al oeste, no estaba allí de forma continuada para poder disciplinar a su hijo. Eso era algo que le carcomía, y decía que estaba impaciente por tener la oportunidad de meterlo en vereda durante el año que iba a pasar con nosotros.

Yo seguía mirando la nieve sucia que bordeaba la calle, con una fuerte sensación de hormigueo en el estómago. Mi hermanastro californiano no se iba a sentir muy bien acogido con aquel gélido tiempo de Boston.

Tenía un hermanastro.

La idea me resultaba rara. Ojalá nos lleváramos bien. Yo era hija única, y siempre había querido tener un hermano. Me reí por ser tan idiota y pensar que de la noche a la mañana nos íbamos a convertir en almas gemelas, como los dichosos Donny y Marie Osmond, o Jake y Maggie Gyllenhaal. Esa mañana, había oído una vieja canción de los Coldplay que ni siquiera sabía que existía, «Brothers and Sisters». En realidad no habla de hermanos de verdad, pero me convencí a mí misma de que era un buen presagio. Todo iría bien, no había por qué tener miedo.

Mi madre no dejaba de trajinar mientras acababa de preparar la habitación de Elec, y parecía tan nerviosa como yo. Había convertido el despacho en un dormitorio. Mamá y yo habíamos ido juntas a Walmart a comprar sábanas nuevas y otras cosas. Me resultaba extraño elegir cosas para alguien a quien no conocía. Nos decidimos por el azul oscuro para la ropa de cama.

Empecé a musitar por lo bajo, pensando en lo que le iba a decir, de qué podríamos hablar, qué cosas nuevas podía enseñarle aquí. Era emocionante, pero por otro lado también me ponía muy nerviosa.

Oí el sonido de la puerta de un coche, me levanté como movida por un resorte del sofá y me puse a plancharme la falda.

Tranquila, Greta.

La llave giró en la cerradura. Randy entró solo y dejó la puerta un poco entornada, así que el aire gélido se coló en la habitación. Unos minutos después, oí el crujir de pasos sobre la capa de hielo que cubría el camino, pero Elec seguía sin aparecer. Seguramente se había quedado plantado ante la entrada. Randy asomó la cabeza por la puerta.

—Entra de un puta vez, Elec.

Cuando apareció en el umbral, se me hizo un nudo en el estómago. Tragué con fuerza y lo observé durante unos segundos, mientras sentía que el corazón me latía más y más deprisa, porque aquel chico no se parecía en nada al de la foto que me habían enseñado.

Elec era más alto que Randy, y el pelo corto de la fotografía se había convertido en un revoltijo negro y desordenado que casi le tapaba los ojos. Olía a cigarrillos, o a lo mejor era tabaco de pipa, porque el olor era más dulzón. Llevaba una cadena colgando de los vaqueros. Elec no me miró, así que aproveché para seguir observándolo mientras él tiraba su bolsa al suelo.

Plop.

¿Había sido mi corazón o su bolsa?

El chico miró a Randy, y habló con voz rasposa.

—¿Dónde está mi cuarto?

—Arriba, pero tú no te vas a ningún sitio hasta que no le digas hola a tu hermana.

Cuando oí aquella palabra me encogí y sentí que todos los músculos de mi cuerpo se ponían en tensión. Yo no tenía ningunas ganas de ser su hermana. Primero, porque cuando se volvió hacia mí parecía que tenía ganas de matarme. Y dos, porque en cuanto pude verle la cara, me di perfecta cuenta de que, si bien mi mente recelaba de él, mi cuerpo se había quedado prendado, y hubiera dado lo que fuera porque no fuera así.

Sus ojos se clavaron en los míos como puñales, pero no dijo nada. Yo me adelanté unos pasos, me tragué mi orgullo y extendí la mano.

—Soy Greta. Encantada de conocerte.

Él siguió sin decir nada. Pasaron unos segundos, y al final me cogió de la mano a desgana. Me la apretó desagradablemente fuerte, casi me hizo daño, y la soltó enseguida.

Yo carraspeé.

—Eres distinto… a como te había imaginado.

Él me miró pestañeando.

—Y tú pareces muy… normalita.

Me sentía la garganta como si estuviera a punto de cerrárseme. Por un momento, había pensado que me estaba dedicando un cumplido, pero eso fue antes de que rematara lo de «muy» con «normalita». Lo más triste es que si me hubierais preguntado cómo me sentía allí plantada ante él, seguramente habría dicho eso mismo, como alguien demasiado normalita.

Sus ojos me miraban de arriba abajo con expresión glacial. Aunque su personalidad me resultaba odiosa, físicamente me parecía alucinante, y eso me ponía mala. Tenía una nariz recta, la mandíbula marcada. Unos labios perfectos, demasiado perfectos para toda la mierda que estaba segura que salía de ellos. Físicamente, era el hombre de mis sueños, pero en todo lo demás, era mi peor pesadilla. Y aun así, no estaba dispuesta a dejar que viera que sus palabras me afectaban.

—¿Quieres que te enseñe tu cuarto? —le pregunté.

Él no hizo caso. Recogió sus bolsas y fue hacia las escaleras.

Genial. Está yendo genial.

Mi madre apareció entonces por las escaleras y le dio un abrazo a Elec.

—Me alegro tanto de poder conocerte por fin, cielo.

Él se puso totalmente rígido y se apartó.

—Ojalá pudiera decir lo mismo.

Randy fue como una exhalación hacia las escaleras, señalando con un dedo.

—Déjate de hostias, Elec. Dile hola a Sarah como Dios manda.

—Hola a Sarah como Dios manda —repitió él con voz monótona mientras empezaba a subir las escaleras.

Mi madre apoyó una mano en el hombro de Randy.

—No pasa nada. Ya se le pasará. Déjalo tranquilo. No debe de ser fácil para él mudarse a la otra punta del país. Y aún no me conoce. Solo está siendo un poco aprensivo.

—Está siendo un cabrón maleducado.

Guau.

Debo decir que, a pesar de lo mal que se estaba portando Elec, me sorprendió oír a Randy hablar así de su hijo. Mi padrastro nunca utilizaba ese tipo de vocabulario conmigo, pero también es verdad que yo nunca había hecho nada para merecerlo. Pero sí, Elec estaba portándose como un cabrón maleducado.

Esa noche, el chico se quedó en su cuarto. Randy entró una vez, y oímos que discutían, pero mamá y yo decidimos dejar que se arreglaran entre ellos y nos mantuvimos al margen de lo que fuera que estaba pasando.

Cuando subí arriba para ir a mi cuarto, no pude evitar detenerme un momento ante su puerta. Y pensé si aquel aislarse de nosotros era un indicio de cómo iban a ir las cosas aquel año, si es que realmente aguantaba un año allí.

Fui al cuarto de baño para lavarme los dientes y cuando abrí la puerta pegué un bote, porque me encontré de cara con él, desnudo, secándose, recién salido de la ducha. El vapor y el olor a gel de baño masculino impregnaban el aire. Por alguna razón incomprensible, en vez de salir corriendo, me quedé petrificada. Y, lo más perturbador, él, en vez de cubrirse con la toalla, la dejó caer al suelo con indiferencia.

Abrí la boca como una idiota.

Mis ojos se quedaron clavados en su pene unos segundos y luego subieron hasta los dos tréboles que tenía tatuados en el torso musculoso y el tatuaje que le cubría todo el brazo izquierdo. Tenía el pecho empapado. Y llevaba un piercing en el pezón izquierdo. Cuando mis ojos se posaron por fin en su cara, fueron recibidos por una sonrisa perversa. Traté de decir algo, pero no me salían las palabras.

Finalmente, sacudí la cabeza.

—Um…, oh, Dios —dije—. Pero qué… qué… es mejor que me vaya.

Me di la vuelta para salir, pero su voz me hizo pararme en seco.

—Te portas como si nunca hubieras visto a un tío desnudo.

—En realidad no.

—Pues lo siento por ti. Lo vas a tener muy chungo para encontrar otro que esté a la altura.

—Te lo tienes un poco creído, ¿no?

—Tú dirás. Motivos no me faltan.

—Jo, te portas como un…

—¿Como un gili-pollas gigante?

Era como estar ante un accidente de coche y no ser capaz de apartar la mirada. Me había puesto a mirarle otra vez de arriba abajo. Pero ¿qué me estaba pasando? Lo tenía desnudo delante de mí y era incapaz de moverme.

Madre mía… lleva un piercing en la punta del pene. Menuda forma de ver mi primer pene.

Elec interrumpió mi estado de contemplación.

—Oye, no sé si hay mucho más que decir, así que si no piensas hacer algo, lo mejor es que te abras y me dejes acabar de vestirme.

Yo sacudí la cabeza con incredulidad y cerré de un portazo al salir.

Corrí a mi habitación con las piernas temblorosas.

¿Qué ha pasado?