
a familia gigante vivía en una casa gigante. Antón, el hijo, iba todos los días a la escuela y se sentaba en el último banco para que sus compañeros pudieran ver a la profesora.
La familia enana vivía en una casa diminuta. Martina, la hija, iba cada día a la escuela y se sentaba en la primera fila, porque si no, no veía nada de nada.
Una mañana, Antón llegó muy enfadado de la escuela.
–No me dejan jugar con ellos –protestó Antón–. Dicen que soy demasiado grande. Bueno, solo quieren jugar conmigo al escondite, porque me encuentran enseguida.
–La verdad es que ser gigante es un fastidio, yo no puedo aparcar la bici cuando voy al pueblo: todos se quejan porque ocupa cuatro plazas –confesó Papá Gigante.
–A mí me lo vais a decir –repuso Mamá Gigante–. No os imagináis lo difícil que es encontrar ropa de nuestro tamaño. Y platos y vasos y sillas...

–¡Tenemos que hacer algo! –propuso Papá Gigante.
En casa de los enanos las cosas tampoco eran fáciles.
–¡Estoy harta de ser una enana! –dijo Martina al llegar de la escuela–. No me dejan jugar al fútbol porque no me ven si estoy detrás de la pelota.
–Te entiendo, hija mía –murmuraba Papá Enano–. A mí en la tienda se me cuelan todos y luego dicen que no me han visto.
–Sí, tenemos que ir gritando todo el rato para que no nos pisen –se lamentó Mamá Enana–. ¡No puede ser! ¡Tenemos que hacer algo! –propuso con entusiasmo.
Y las dos familias pensaron en la misma solución.
–¡La Maga Hechicera! –exclamó Mamá Gigante–. Le llevaremos de regalo un bote de mermelada de pera.

Antes de que la familia Gigante saliera de su casa, la familia Enana, que llevaba de regalo unos pendientes de plumas de jilguero, ya se encaminaba hacia la cueva donde vivía la Maga Hechicera, que era una mujer muy lista que conocía un montón de pociones y recetas mágicas que lo curaban todo.

Los gigantes, con sus zancadas gigantescas, fueron los primeros en llegar. Después de escuchar atentamente sus problemas, la Maga estuvo pensando un rato.
–Aquí tenéis estos polvos mágicos –dijo mientras les ofrecía una bolsita–. Echad una pizca en una calabaza y luego coméosla. Hacedlo durante un mes. Pero recordad: una pizquita y poco a poco.
La familia gigante se fue muy contenta, así que no se dieron cuenta de que, cuando ellos salían, entraban los enanos en la cueva. La familia enana también le contó a la Maga sus problemas.

–En esta bolsita hay unos polvos mágicos. Tenéis que echar un pellizco en un guisante y luego coméoslo. Hacedlo durante un mes. Pero que no se os olvide: un pellizquito y poco a poco.
Los enanos se fueron muy contentos, habían dado con la solución a sus problemas.
Antes de llegar a su casa, los gigantes pasaron cerca de un campo de calabazas.
–¿Y para qué vamos a esperar un mes? –preguntó Papá Gigante.
–Es verdad. Eso es mucho tiempo –dijo Mamá Gigante.
Papá Gigante entró en el sembrado, cogió una calabaza bien gorda, la cortó en tres partes y esparció los polvos mágicos. En dos minutos se lo habían comido todo.
A los enanos les pasó algo parecido. Al bordear una huerta vieron una mata de guisantes y, para no tener que esperar un mes, Papá Enano cogió una vaina con tres guisantes y echó todos los polvos mágicos. Luego se los comieron. Y como su casa estaba algo lejos, decidieron dormir debajo de un castaño.
Al día siguiente, cuando Antón se despertó, creía que seguía soñando. Su cama era como un campo de fútbol. Toda la familia gigante estaba muy alterada. Su casa, que antes era enorme, ahora parecía más grande porque ellos habían encogido.
–¡Viva! ¡Y viva! –gritó Mamá Gigante–. El remedio de la Maga ha funcionado.
–Sí –dijo Papá Gigante–. Ahora somos gigantillos.
Cuando Martina se despertó, el castaño era pequeño como una maceta y, desde su nueva altura, podía ver hasta el pueblo.

–¡Estupendo! –exclamó Mamá Enana–. ¡Ha funcionado! Ya no somos enanos.
–Sí –dijo Papá Enano–. Ahora somos enanones.
Todos estaban muy contentos. Pero enseguida se dieron cuenta de que tenían un montón de problemas nuevos. Para los gigantillos todo era demasiado grande y para los enanones todo demasiado pequeño. Fueron a ver a la Maga.
–Cambiad vuestras casas y dejadme en paz. Ya os lo advertí, que poco a poco, y no me hicisteis caso.
Y así lo hicieron. Al principio todos estaban contentos, pero al cabo de unos días Martina llegó enfadada de la escuela.
–No me dejan jugar a nada. Dicen que, aunque sea una enanona, soy demasiado grande.
–Dicen que soy muy pequeño –protestaba Antón–, incluso para ser un gigantillo.
–Pues habrá que buscar una solución –dijeron a la vez Papá Gigantillo y Papá Enanón en sus casas.
–O no –suspiraron Mamá Enanona y Mamá Gigantilla.
