II
Los primeros capos

No es nada personal, es cuestión de negocios.

SAL TESSIO —entre otros— en El padrino

LA PREHISTORIA DEL NARCOTRÁFICO EN COLOMBIA

La participación de Colombia en el mercado mundial de las drogas ilícitas se remonta a las primeras décadas del siglo XX, pues ya en los años treinta se mencionaba el país como punto intermedio de tráfico hacia Europa y América del Norte. Igualmente, como bien señala el académico Eduardo Sáenz Rovner, en 1925 las autoridades colombianas habían encontrado cultivos de marihuana y su consumo crecía entre “marineros, estibadores y prostitutas en los puertos”{4}, aunque pronto el Gobierno prohibió las plantaciones y ordenó su destrucción. No obstante estas medidas, durante los años treinta y cuarenta siguieron observándose casos de marihuana en varias ciudades del país, lo cual logró endurecer las leyes y medidas contra los cultivadores, expendedores y consumidores. Asimismo, un informe de las autoridades estadounidenses afirmó en los años treinta que desde Colombia, Panamá y Honduras se desviaban frascos de cocaína alemana —que era usada con fines médicos— para contrabandearlos hacia Estados Unidos. Esto se evidenció con la captura, en esos años, de algunos colombianos en posesión de varios gramos de cocaína para la venta —Pedro Aurelio Ortiz, Simón Baena Calvo, Rosa Espinosa de Fernández— y con el robo frecuente en varias ciudades del país de drogas encargadas por droguerías colombianas a la casa alemana Merck.

Posteriormente, durante toda la década de los cincuenta se encontraron plantaciones de marihuana en varios lugares del país (Magdalena, Antioquia, Caldas, Huila, Tolima, Cundinamarca, Arauca) y pequeños laboratorios de procesamiento de cocaína. Asimismo, se capturó a algunos traficantes que dejaron en evidencia los contactos de grupos colombianos con “narcos” cubanos, quienes, en muchos casos, asociados a mafiosos italoamericanos, introducían el producto a Estados Unidos. Entre ellos, los Herrán Olózaga, miembros reconocidos de la élite paisa, quienes podrían ser considerados como pioneros del narcotráfico en Colombia, pues, aprovechando sus conexiones, su posición social y sus recursos (eran dueños de la farmacia Unión en Medellín), desviaron, por medio de contactos en el Ministerio de Salud o en centros clínicos oficiales, las sustancias ilícitas que se importaban con fines médicos y posteriormente optaron por procesar y exportar drogas entrando en contacto con las redes internacionales que manejaban la distribución mayorista de cocaína en Estados Unidos.

Ya para comienzos de los años setenta, se supo que algunas organizaciones colombianas de tráfico de cocaína (como la de Benjamín Herrera Zuleta, “El Papa Negro de la cocaína”) se relacionaron con algunos grupos de traficantes chilenos, los cuales, por lo menos hasta el golpe de Estado de Pinochet en septiembre de 1973, fueron muy influyentes en el establecimiento de contactos entre las zonas productoras de Perú y Bolivia y los grupos cubanos que distribuían el producto en los centros de consumo de Estados Unidos. Sin embargo, el protagonismo de los chilenos en el negocio llegó a su fin cuando el régimen militar de Pinochet extraditó a 19 narcotraficantes.

De esta manera, una buena cantidad de la cocaína distribuida hasta los años setenta por las redes cubanas e italoamericanas en Estados Unidos fue suministrada, entre otros grupos delincuenciales de diferentes países, por algunos traficantes colombianos, los cuales vendrían a ser los abuelos en el negocio de los grandes traficantes de los años ochenta, es decir, del poderoso y próspero Cartel de Medellín.

LA BONANZA MARIMBERA

La llamada “bonanza marimbera” fue la que ocupó desde finales de los años sesenta las primeras páginas de los periódicos del país, pues Colombia rápidamente desplazó a Túnez, Argelia, Libia, Jamaica y México, principales proveedores de marihuana (“marimba”) a Estados Unidos hasta ese momento. Es bien sabido el papel preponderante que desempeñaron en la bonanza marimbera algunos de los estadounidenses que llegaron al país con los Cuerpos de Paz, contingentes de civiles que arribaron a los países de América Latina como parte de la estrategia que el Gobierno de John F. Kennedy desarrolló para impulsar la Alianza para el Progreso, que buscaba, ante el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 y el auge de las ideas de izquierda, contribuir al desarrollo y crecimiento económico de estos países y frenar las llamadas “causas objetivas” del surgimiento de una revolución comunista.

Así, varios de estos individuos, inmersos en la contracultura hippie y consumidores frecuentes de marihuana, dinamizaron en gran forma el tráfico del producto hacia Estados Unidos al encontrar, en la parte noroccidental de la Sierra Nevada de Santa Marta, una variedad de droga tan potente que causó sensación en los focos de fumadores y en los bajos fondos urbanos, y que fue bautizada con el diciente nombre de Santa Marta Gold. Los traficantes estadounidenses que se involucraron en la actividad, apoyados para transportar el producto en antiguos pilotos de la Guerra de Vietnam, empezaron a trabajar con algunos integrantes de familias tradicionales de Santa Marta y Barranquilla, como fue el caso de los Dávila Armenta y Dávila Jimeno, los Lafaurie, los Lacouture, los Dangond y los Noguera.

El carácter abierto del negocio le dio paso también a antiguos contrabandistas guajiros, quienes aportaron su gran conocimiento de la topografía de la zona y su tradicional experiencia en el contrabando por Venezuela y el Mar Caribe para tener éxito en el negocio de la marimba, volviéndose famosos los nombres de ostentosos personajes como “Lucho” Cabarcas “Panamérica”, Luis Quesada “Lucho Barranquilla”; “Monchi” Barros, Alfonso y “Lucky” Cotes, Emiro Mejía, Julio Calderón, Yesid Palacios, Rafael Aarón Manjarrez “Maracas”; Raúl Gómez Castrillón “El Gavilán Mayor”, entre muchos otros, quienes se caracterizaron por hacerse muy visibles por sus altas expresiones de violencia, el patrocinio a grupos vallenatos, una vistosa vestimenta, ostentosas camionetas Ranger y un comportamiento desmedido y rimbombante. De hecho, se conocen casos como el del famoso “Lucho Barranquilla”, quien, según se dice, le prestó dinero al municipio de Santa Marta en 1976 para pavimentar toda una zona de la ciudad, o el de otro traficante apodado “Juan Billetes”, quien se hizo muy popular pues arrojaba grandes sumas de dinero a la calle desde la ventana de su camioneta cada vez que llegaba a un pueblo del Caribe colombiano.

Además del dinero que llegaba por la marihuana, el país vivió en la década del sesenta una gran bonanza cafetera causada por las heladas que sufrieron los cultivos del Brasil, las cuales hicieron subir el precio del café a niveles históricos. Esto llevó a la creación de la denominada “ventanilla siniestra”: para repatriar los capitales de la bonanza cafetera, el Banco de la República empezó a comprar dólares sin hacer muchas preguntas.

Puesto que el valor de las exportaciones de marihuana se había calculado en 1978 en unos 1400 millones de dólares, hubo una primera propuesta de legalización por parte del entonces presidente de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (ANIF) Ernesto Samper Pizano, quien, en un detallado estudio sobre el fenómeno, afirmó que no se podía perseguir a los campesinos involucrados en el cultivo o a los trabajadores que participaban de la actividad, si no se implementaba una alternativa económica de sustitución. samper también adujo que la persecución de la marihuana había generado la corrupción de los organismos de seguridad, de los jueces y de los funcionarios de las aduanas, lo cual había transformado, incluso, las costumbres políticas de la región caribe. Por último, Samper señaló que con un tratamiento diferente de esa actividad el país podría aprovechar la gran cantidad de dinero que llegaba para involucrarlo en el flujo oficial de la economía.

No obstante ese juicioso análisis, la política represiva se impuso, por lo que en 1978, ante la presión del Gobierno estadounidense, el Gobierno colombiano fumigó todos los cultivos de la Sierra Nevada con el exfoliante Paraquat. Igualmente, hechos como la puesta en marcha de la Operación Fulminante, con 10 mil soldados encargados de perseguir a los involucrados en la actividad, entre ellos a las figuras más representativas del negocio en Colombia; la falta de organización de los traficantes; el derroche exagerado; los excesos violentos de los “marimberos”, y sobre todo la producción de la variedad “sinsemilla” en Estados Unidos acabaron con la famosa bonanza, dejando en la ruina a muchos de los protagonistas de la actividad, mientras que otros —muy pocos— como Rafael “El Mono” Abello, Julio Calderón, Antonio y Enrique Caballero Aduen, Adolfo León y Jorge Darío Gómez Van Griecken, Julio y Víctor Dangond Noguera; Orlando y Rafael Noguera, y Álvaro y Rafael Donado Álvarez, terminaron al servicio del Cartel de Medellín, exportando cocaína.

LOS ESMERALDEROS Y EL NARCOTRÁFICO

La explotación y comercialización de esmeraldas que se dio en un entorno de semilegalidad, ausencia parcial del Estado, sobrefacturación del producto, fuerte control privado de los bienes públicos y existencia de poderosos grupos armados contó con grandes redes de exportación hacia Estados Unidos, Suiza, Japón y Hong Kong, entre otros. Esto favoreció que algunos individuos vinculados a la actividad de las esmeraldas transitaran hacia el tráfico de cocaína, pues las redes y conexiones existentes facilitaban la exportación directa del producto o la puesta en marcha de otras actividades relacionadas como el lavado de dólares. Por otro lado, la entrada de empresarios japoneses al negocio de las esmeraldas con imitaciones de calidad diversa causó que antiguos “planteros”{5} se involucraran más bien en la siembra de hoja de coca y el tráfico de cocaína, pues habían empezado a sufrir una fuerte baja en sus ganancias (sin contar con que decidieron declararle la guerra a los japoneses, asesinando a tres de ellos e intimidando a otros cuantos).

De hecho, ya para 1972 se habían encontrado plantaciones de coca en los Llanos Orientales y el suroccidente de Boyacá, paquetes de cocaína y un pequeño laboratorio de procesamiento en Bogotá de propiedad del gran “patrono” de las esmeraldas Isauro Murcia, quien tuvo algunos negocios con el emergente bandido antioqueño Pablo Escobar durante los años setenta.

Así, en los mismos tiempos en que el Gobierno perseguía a los marimberos de la costa Caribe, varios de estos grupos de esmeralderos colonizaron selvas en el oriente del país para involucrarse directamente con el tráfico de marihuana y posteriormente de cocaína. De esta manera, la denominada “clientela” esmeraldera se transformó a su vez en “cuadrilla” y desarrolló todos los pasos para la siembra, procesamiento y transporte de cocaína hacia el interior del país o hacia los grandes laboratorios que cerca de allí se construyeron. El sociólogo Alfredo Molano narra esa herencia al referirse a Jesús María Ariza “Pataegansa”, un antiguo guardaespaldas de Efraín González, quien “sembraba directamente o hacía contratos de asociación con pequeños cultivadores a quienes, como en la época del caucho o de las pieles, adelantaba dinero para luego comprarles la hoja. Así sembró o controló, según dicen, cientos de hectáreas”{6}.

Asimismo, tal y como señala Eduardo Sáenz Rovner, desde antes de la bonanza marimbera y del auge de la exportación de cocaína, individuos asociados al comercio de esmeraldas en el barrio San Victorino de Bogotá (Yvonne Delgado, Jaime Rivera, Julián Martínez, Ernesto Ardila, entre otros) recibían pasta de coca desde Perú, la procesaban en laboratorios cercanos a Bogotá y enviaban cocaína (unos cuantos gramos o a lo sumo unos pocos kilos) a diferentes ciudades de Estados Unidos a través de narcos cubanos, como Armando Dulzaides, o por medio de “mulas”.

En los años setenta, las cumbres de la mafia contaron con la participación de varios esmeralderos, como algunos integrantes del poderoso clan Murcia, quienes hicieron negocios con narcotraficantes antioqueños como Jesús Emilio Escobar y Fabio Restrepo Ochoa. De igual manera, se ha señalado a esmeralderos como Benito Méndez de haber alquilado su gran flota de aviones para el transporte de droga. Este tipo de contactos continuó siendo constante durante los años ochenta, pues poderosos líderes de la zona esmeraldífera participaron en distintas actividades emprendidas por el Cartel de Medellín, como el desarrollo del paramilitarismo en Puerto Boyacá, el asesinato de dirigentes y simpatizantes de los partidos políticos de izquierda, la compra de grandes haciendas en el Magdalena Medio y los Llanos Orientales, el entrenamiento de asesinos y terroristas por parte de mercenarios extranjeros y, por supuesto, la realización de gigantescas y ostentosas fiestas. De hecho, se ha dicho que poderosos patronos de las esmeraldas como Gilberto Molina, Víctor Carranza y Juan Beetar se beneficiaron de los cursos de adiestramiento que organizó Gonzalo Rodríguez Gacha en el Magdalena Medio, pues, además de su supuesta participación en la denominada “guerra sucia”, sus grupos de guardaespaldas, conocidos como Los Tesos y Los Carranceros, recibieron instrucción de Yair Klein y compañía.

No obstante lo anterior, muchos de estos personajes han tratado de minimizar su relación con los narcotraficantes de los ochenta, afirmando que sus contactos fueron circunstanciales. Sin embargo, es evidente que Molina y Carranza mantuvieron en su momento, de una forma u otra, vínculos con la cúpula del denominado Cartel de Medellín. Igualmente, legendarios narcotraficantes como Verónica Rivera de Vargas “La Reina de la Coca”, fueron muy cercanos al mundo de los esmeralderos y se ha dicho que su muerte fue causada por ese tipo de contactos en el marco de la llamada “segunda guerra verde”.

No hay que olvidar que uno de los más poderosos narcotraficantes del Cartel de Medellín, Gonzalo Rodríguez Gacha “El Mexicano”, provino de un espacio directamente influenciado por la zona esmeraldífera como es la provincia de Rionegro, en Cundinamarca, por lo cual tuvo constantes relaciones con esmeralderos como los ya mencionados Molina, Carranza y Beetar, así como con Ángel Gaitán Mahecha, un hombre muy cercano al narcotráfico y a los grupos de justicia privada, Ramiro “Cuco” Vanoy, esmeraldero, narco y futuro comandante de las AUC, y Alfonso Caballero, quien en su momento también estuvo conectado con el mundo del narcotráfico.

Es claro que si bien hubo constantes roces, enfrentamientos y pugnas entre esmeralderos y narcotraficantes, la relación siguió siendo —directa o indirectamente— permanente, con diferentes grupos que continuaron ligados entre sí y mantuvieron constantes intereses en estas dos actividades. (De hecho, muchos de esos grupos han sido catalogados como integrantes del Cartel de Bogotá.) Así, varios de los más poderosos narcotraficantes de los últimos años han provenido del mundo de las esmeraldas: Luis Murcia Sierra “Martelo”, hijo de Luis Murcia Chaparro “El Pequinés”; Julio Lozano Pirateque “Don Julio”, gran jefe de una poderosa junta del narcotráfico que paso desapercibida por más de una década; Yesid Nieto, uno de los promotores del paramilitarismo de los años noventa y quien murió buscando convertirse en el nuevo “zar de las esmeraldas”; Néstor López “El Enano”, quien trabajó con Vicente Castaño y “Don Mario” en el control de laboratorios de procesamiento de cocaína en los Llanos Orientales, y José María “Chepe” Ortiz, Gilberto Garavito “Ceviche” y Pedro Rincón “Pedro Orejas”, quienes tenían una sociedad para la explotación de esmeraldas en la mina La Pita y han sido señalados de estar involucrados en actividades de narcotráfico{7}.

LA PRIMERA GENERACIÓN DE CAPOS PAISAS

La mafia de la cocaína se estructuró en el departamento de Antioquia a partir de poderosas organizaciones dedicadas al contrabando, las cuales habían desarrollado sólidas rutas comerciales y establecido contactos entre Colón, Panamá, Tolú y Turbo. Este grupo de contrabandistas, manejado por no más de una docena de personas, pasó del comercio esporádico de marihuana al tráfico de cocaína, dándole espacio también a sectores del hampa antioqueña (atracadores de bancos y joyerías, estafadores, apostadores ilegales, carteristas, “jaladores” de carros, tahúres y piratas terrestres), entre los que se encontraban algunos de los futuros dueños del negocio.

De ese contexto existe un mito (que al parecer no tiene bases verdaderas) sobre la manera como se dio la conexión de estos contrabandistas con el narcotráfico: según Mario Arango, algunos delincuentes estadounidenses indagaron a sus colegas colombianos acerca de la cocaína, dada la confusión que había existido entre norteamericanos y europeos con los nombres de Colombia y Bolivia, sobre todo porque esta última era ya conocida como la mayor productora de coca del mundo. Y si bien las actividades relacionadas con el tráfico de cocaína en Antioquia ya se podían rastrear desde los años treinta del siglo XX, estas redes paisas de contrabando entraron de lleno, según se dice, en contacto directo con traficantes internacionales de alcaloides alrededor de 1973, con pequeñas importaciones de cocaína y posteriormente con enlaces en las zonas productoras de pasta de Bolivia, Perú y Ecuador.

De esta manera, la organización de narcotráfico en Antioquia se conformó inicialmente con individuos que pertenecían en su mayoría “... a familias enmarcadas en la tradicionalmente llamada gente bien”{8}, con negocios ubicados principalmente en los barrios Guayaquil y Antioquia, de Medellín. Dichos grupos, en un comienzo, fueron pocos y procuraron mantener un bajo perfil que se favorecía por la escasa persecución oficial (al ser visto el narcotráfico en el país como otra forma de contrabando), destacándose los nombres de antiguos contrabandistas como Alfredo Gómez López “El Padrino”, Fabio Restrepo Ochoa y Jaime Cardona Vargas “El Rey del Marlboro”, quienes, junto a individuos como Gustavo Sanín, Ramón Antonio Aristizábal “Ramón Cachaco” Aristizábal; “Mario Cacharrero”, los hermanos Miguel Ángel, Jaime y Joaquín Builes, Bernardo Londoño, Alberto Prieto y Martha Upegui de Uribe, estructuraron —en ocasiones por separado, en ocasiones conjuntamente— el tráfico de cocaína rumbo a Estados Unidos, principalmente por medio de “mulas”, o personas que pasaban por aeropuertos y aduanas pequeñas cantidades de droga adherida a sus cuerpos.

En este mundo del tráfico de drogas paisa sobresalieron también los nombres de Griselda Blanco “La Madrina”, así como de José Antonio “Pepe” Cabrera y sus socios Carlos y Alberto Bravo, quienes fueron conformando sus organizaciones en los barrios populares de Medellín mediante un método muy simple: la base de coca era arrojada a la pista del Aeropuerto olaya Herrera y varios de los habitantes del barrio Antioquia —ubicado cerca de ahí— recogían el producto y lo llevaban a los laboratorios para su procesamiento y posterior traslado a Estados Unidos. Entre quienes manejaban ese sistema hay que mencionar a antiguos miembros del hampa paisa, como Carlos Trujillo, un antiguo camaján que empezó como “cosquillero”{9} y que dirigía un grupo de carteristas que robaba en Nueva York, Panamá, Caracas y Puerto Rico, y que, luego de casarse con Griselda Blanco, pasó a exportar marihuana y cocaína, y se volvió pionero en el uso de avionetas, al lado de Jaime Cardona y Alberto Prieto, con quienes conformó empresas fachada en Colón, Guayaquil y Quito.

En ese contexto, el carácter abierto del negocio y el amplio mercado en continuo crecimiento impulsó también la entrada de policías y militares, los cuales se hacían los de la vista gorda con los cargamentos y “ponían a sus [hombres] a cargar los barcos y los aviones con marihuana y cocaína”{10}. De igual manera, antiguos empleados de las aduanas y de los controles fronterizos, como Santiago Ocampo Zuluaga, natural de Santuario, Antioquia y exfuncionario de la frontera colombo-venezolana en Cúcuta, ingresaron a la actividad luego de ver la gran cantidad de extranjeros que sacaban el producto desde Colombia en envases de talco Mexsana. Ocampo, a quien la revista Selecáones catalogó, a comienzos de los años setenta, como el gran capo de la mafia colombiana, fue quien estableció, según el abogado Gustavo Salazar Pineda, algunas de las primeras rutas entre Panamá, México, las Bahamas y Estados Unidos, así como las salidas de cocaína por el puerto de Buenaventura, en el Océano Pacífico colombiano.

Fue en esa época (1976) en que se dieron las primeras cumbres de la mafia en Bogotá, en donde los antiguos contrabandistas y exportadores de cocaína se reunieron con otros sectores involucrados en el negocio, como antiguos esmeralderos del occidente de Boyacá.

Por último, no se pueden dejar de mencionar los nombres de Benjamín Herrera Zuleta “El Papa Negro” y de Jaime Caicedo “El Grillo”, quienes, establecidos en la ciudad de Cali, mantuvieron en algún momento contactos con sus colegas antioqueños.

Todo ese proceso de conformación de la mafia paisa fue paralelo a la bonanza marimbera, aunque con menor publicidad, en parte porque a diferencia de la cocaína “. la marihuana fue cultivada en Colombia, y en tanto que las ganancias de la cocaína se concentraron en unas pocas manos, el auge de la marihuana benefició a un número relativamente alto de personas”{11}. Igualmente, la mayor racionalidad, organización y audacia de los empresarios de la cocaína (con respecto a los marimberos), los menores volúmenes de transporte del producto, el mayor precio de la cocaína y el alto crecimiento en el consumo en América del Norte generaron la acumulación de grandísimos capitales en muy poco tiempo y los llevaron a sobrevivir de su actividad por muchos años más.

De la misma forma, esos primeros dueños del negocio de la cocaína contaron con excelentes relaciones dentro de las élites nacionales e internacionales, lo cual les abrió las puertas a sus millonarias inversiones. Por ejemplo, se afirma que Jaime Cardona “El Rey del Marlboro” tuvo fuertes vínculos con el dictador nicaragüense Anastasio Somoza, y que Alfredo Gómez López “El Padrino” fue considerado “un gran señor” en Panamá, Honduras y el Salvador, donde tenía grandes negocios. Igualmente, se dice que Santiago Ocampo Zuluaga compartió una estrecha amistad con el “hombre fuerte” de Panamá Omar Torrijos y el presidente colombiano Alfonso López Michelsen.

Sin embargo, esos años no fueron de tranquilidad absoluta, pues, además de la parcial persecución oficial que sufrieron algunos de estos traficantes, también se presentaron fuertes conflictos internos como la denominada “Guerra del Marlboro”, la cual generó, desde 1973, la muerte de más de sesenta personas vinculadas al contrabando y al hampa antioqueños, y que el futuro capo Pablo Escobar catalogó como “el preludio de todas las guerras que vinieron después (...) de donde salieron los primeros capos y de donde salieron los primeros sicarios”{12} .

La causa de dicho conflicto fue la gran cantidad de camiones que llegaron en cierto momento atestados de cigarrillos de contrabando, unos pertenecientes a “El Padrino”, otros a “El Rey del Marlboro” y otros a Alberto Prieto, lo cual llevó a la saturación del producto en las esquinas, al crecimiento de la competencia, a la caída de los precios y, en consecuencia, a la pérdida de grandes cantidades de dinero.

El asunto se puso “caliente” en Medellín, Bogotá, Pereira y posteriormente Miami porque empezaron a ser asesinados los integrantes de estos grupos de contrabandistas, cuyos primeros muertos fueron los famosos pistoleros y traficantes de la época: Evelio Antonio Giraldo y, poco tiempo después, su socio y presunto asesino, Ramón Antonio Aristizábal alias “Ramón Cachaco”, ultimado por Pablo Escobar y Gustavo Gaviria en una bomba de gasolina cuando oía música salsa en su ostentoso campero Nissan Patrol. No sobra anotar que el asesinato de “Ramón Cachaco” se hizo desde una motocicleta en movimiento, modus operandi que años después se popularizaría en muchos de los crímenes ejecutados por el Cartel de Medellín.

Sin embargo, a pesar de que los cuerpos encontrados en potreros, carreteras y lotes abandonados en varios de esos conflictos empezaron a hacerse frecuentes, esta situación contó con la parcial indiferencia de la población, la cual la consideraba como un asunto exclusivo de delincuentes, pues “la sociedad y el Estado asumían esta nueva violencia como cosa ajena, [construyendo] así un razonamiento que aceptaba que los ‘otros’ murieran. Ante estos casos, se rumoraban con insistencia refranes del tipo ‘algo debía’ o ‘el que nada debe nada teme’, [abriendo] las puertas a formas paralelas de ‘hacer justicia’”{13}.

La Guerra del Marlboro fue el preámbulo de varias de las prácticas violentas que la mafia antioqueña implementaría posteriormente, no solo entre los integrantes de esas organizaciones delincuenciales, sino también contra sectores del Estado y del resto de la sociedad.

Poco tiempo después, esta primera generación de capos paisas sería desplazada por individuos que harían crecer la actividad del narcotráfico a niveles insospechados y que con el tiempo serían conocidos como los grandes capos del Cartel de Medellín.