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LA RETIRADA DE LOS GLADIADORES MUERTOS

Roma

107 d.C.

El retiarius se acerca.

Marcio sigue intentando alzarse, pero no puede. La espada, enredada con la red de su enemigo, está inutilizada y ha perdido el escudo al caer. Sólo podrá protegerse con la manica de su brazo derecho cuando el retiarius se lance sobre él. El público grita.

—¡Senex, Senex, Senex!

Quieren que se levante.

Pero no puede. El retiarius, por fin, se lanza; intenta clavarle su pugio. Marcio desvía la primera puñalada con las protecciones de su brazo derecho aunque siente que lo han herido también en esa extremidad.

El retiarius no cede en su empeño mortal.

Marcio piensa en Alana y Tamura, su esposa y su hija, perdidas en algún rincón desconocido al norte de la Dacia.

—¡Aagggh! —El viejo gladiador ase con las dos manos el tridente y se lo extrae de la pierna. La sangre mana de los tres agujeros de la parte posterior de la espinilla. No puede ponerse en pie ni usando el tridente como bastón, pero el retiarius, al ver a su enemigo de nuevo armado, siente pánico y retrocede. Va corriendo a... no sabe dónde: no se puede huir en el Anfiteatro Flavio. Marcio sonríe. No sabe si sobrevivirá o no, tiene muchas heridas y está sangrando más que nunca, intuye que es el fin; pero sí sabe que hay algo que el público no perdona: la cobardía.

Marcio, haciendo un esfuerzo sobrehumano, asistiéndose con el maldito tridente, se pone en pie. La masa del populacho aúlla con más fuerza que nunca.

—¡Senex, Senex, Senex!

Trajano, sin darse cuenta, se levanta con la copa fuertemente asida. Quieto mira hacia aquel viejo gladiador contra el que se enfrentó en el pasado. Era innegable que tenía un espíritu de combate admirable. Como militar, el norteafricano no podía dejar de reconocer el valor de un guerrero nato.

Marcio avanza cojeando y dejando un reguero de sangre por la arena. El retiarius había ido, por puro instinto, en busca de la porta sanavivaria, la puerta por donde salen vivos los gladiadores victoriosos. Pero, como todas las puertas del anfiteatro, está cerrada. Su gesto, además, ha irritado al público, que lo abuchea y le escupe y le insulta con tanta brutalidad que el retiarius aturdido vuelve hacia el centro de la arena. Recuerda que él también está armado y se aferra a su puñal con rabia.

Marcio lo ve regresar hacia él. Lo ha visto en otras ocasiones. Hay veces en las que un gladiador pierde el valor y piensa en la absurda idea de huir, pero muchos se rehacen y vuelven a intentar combatir. Pero el público ya se ha puesto del lado del que en ningún momento ha mostrado temor, que no es otro que él mismo.

Marcio lo ve acercarse. Sabe que ha de jugar con su miedo.

—¡Ahhh! —grita y levanta el tridente con el brazo derecho herido como si fuera a arrojarlo como un pilum. El retiarius vuelve a asustarse. Marcio sabe que su oponente, cegado por el miedo, no se da cuenta de que él está herido en el brazo con el que sostiene el tridente y que apenas tiene fuerzas ni para asirlo, y menos aún para arrojarlo, pero al esgrimirlo, amenazar con lanzarlo y gritar, el pavor absoluto se apodera de nuevo del retiarius y éste corre hacia otra de las puertas.

Marcio aprovecha el momento. Apenas le quedan fuerzas y levanta los brazos, tridente asido en su mano, y vuelve a gritar justo desde el centro del anfiteatro. Y el pueblo le responde coreando una vez más su sobrenombre:

—¡Senex, Senex, Senex!

La gente lo quiere.

Habet, hoc habet! —grita la plebe de Roma. «¡Lo tiene, lo tiene!» Eso piensa el pueblo. Y todas las miradas se vuelven hacia Trajano.

El emperador hace un gesto. Hay que premiar tanto el valor como castigar la cobardía.

Se abren varias puertas y salen los confectores, ejecutores armados con palos gruesos. En un momento rodean al retiarius, que se arrodilla aterrado. Ni siquiera esgrime el puñal, sino que lo deja caer.

—¡No, por todos los dioses! ¡No, no, no!

Y se protege con los brazos en un intento inútil de guarecerse de una interminable lluvia de palos. Los esclavos le golpean con una saña bestial, como si fuera un perro rabioso, una alimaña perniciosa que hay que aniquilar con la mayor brutalidad posible. La sangre los salpica mientras siguen asestándole, uno tras otro, golpes salvajes en piernas, espalda, brazos y cabeza. Se oye un «crac» en particular cuando el palo de uno de los confectores choca contra la cabeza sin casco del retiarius.

Entretanto, un liberto que trabaja para el anfiteatro se acerca hasta el centro de la arena donde, con gran esfuerzo, Marcio sigue en pie. Sabe que la apariencia es fundamental y no debe derrumbarse o perderá el favor del público. El liberto le entrega a Marcio, al que todos siguen aclamando como Senex, la palma lemniscata de la victoria y un buen puñado de monedas que le da una a una. A Marcio aquella cuenta lenta de las monedas que se le van entregando se le hace eterna, pero ha de resistir como sea. Al fin, la cuenta termina y el liberto se hace a un lado. Dos esclavos se acercan a Marcio y se ofrecen a ayudarlo para conducirlo hasta la porta sanavivaria: él sí se ha ganado el derecho legítimo a salir por ella. A estas alturas, ya le está permitido aceptar la ayuda de los esclavos y se apoya en ellos. Apenas puede caminar, y usa a los dos jóvenes esclavos como si de muletas se tratara, pero el público sigue aclamándolo sin parar. Si la victoria hubiera sido más brillante, quizá el emperador le habría dado la rudis, la espada de madera que simboliza la recuperación de la libertad por parte del gladiador. Eso le habría permitido salir de allí y emprender un nuevo viaje al norte en busca de Alana y Tamura.

Ya lo hizo una vez y podría haberlo hecho otra, pero esta victoria había sido muy ajustada y no muy lucida, basada más que otra cosa en la cobardía de su oponente. Eso, no obstante, le había salvado la vida, pero con aquellas heridas, si sobrevivía, estaba persuadido de que el siguiente combate sería el último y definitivo.

Mientras todos esos pensamientos se agolpaban en la torturada mente de Marcio, lo condujeron por los túneles del anfiteatro hasta llegar a la sala de curas, donde un esclavo que hacía las veces de improvisado médico empezó a examinar las heridas.

Entretanto, en la superficie, en la arena del anfiteatro, otro esclavo disfrazado de Caronte, el barquero del Hades, empuñaba un hierro candente con el que atravesaba el cuerpo del retiarius para asegurarse de que estaba completamente muerto. El gladiador permanecía inmóvil y Caronte se apartó para dejar paso a los libitinarii, los esclavos encargados de retirar a los gladiadores muertos. Arrastraron el cuerpo mientras los arenari empezaban a alisar la arena con rastrillos para dejarlo todo preparado para el siguiente enfrentamiento.

Pero el combate anterior seguía abajo, en los sótanos.

—¡Ahhh! —gritó Marcio tumbado en una especie de mesa de operaciones. Aquel esclavo no parecía saber nada de heridas. Si hubiera tenido su gladio de mirmillo a mano se lo habría clavado de buen grado en el costado. Sobrevivir a los no muy buenos medici del anfiteatro era una segunda audacia para la que Marcio no estaba seguro de disponer de las energías suplementarias necesarias. Suspiró. Estaba demasiado débil.

Se oyeron voces.

—¡Paso al jefe del pretorio! ¡Paso, malditos perros, paso!

Marcio, tumbado, giró el cuello y vio a un montón de pretorianos entrando en la sala subterránea. Todos se apartaban de inmediato. Lo mejor fue que el liberto que hacía de medicus también lo dejó en paz.

—¿Es éste el mirmillo? —preguntó Liviano con voz rotunda, pues habían retirado el casco y las protecciones al herido y ya no era tan fácil identificarlo. Los esclavos asintieron. El pretoriano se acercó a Marcio y levantó su brazo derecho presentándole una espada de madera. Marcio no podía dar crédito. Era la rudis, la espada de la libertad; ya no tendría que luchar más. No podía creerlo. Los esclavos también estaban pasmados. Todos habían oído historias de que la rudis, en ocasiones muy especiales, se entregaba no en la arena misma, sino después del combate a un gladiador que el editor de los juegos o el propio emperador deseara liberar por su valor exhibido en la lucha. Todos habían visto el combate y la verdad era que a nadie le pareció que aquella espada fuera entregada de forma impropia: para todos ellos el viejo Senex había luchado de un modo valeroso hasta el final y con energía sorprendente en un gladiador de su edad. Se la merecía.

—Eres libre, gladiador —dijo Liviano—. Ahora levántate y sígueme.

Marcio intentó incorporarse pero no podía. Ni brazos ni piernas parecían responderle ya.

Liviano pareció contrariado. Tenía órdenes precisas del emperador de conducir a aquel gladiador a palacio lo antes posible y Liviano no era oficial que gustara de desatender los deseos imperiales porque alguien tuviera alguna herida que otra. El hecho de que Marcio hubiera matado a pretorianos en el pasado tampoco alimentaba su misericordia.

—¡Levántate, imbécil! —insistió el jefe del pretorio, pero como vio que los gritos no parecían surtir efecto se dirigió a dos de los esclavos que se arracimaban en las paredes de la sala subterránea—. ¡Tú y tú! ¡Levantadlo y seguidme!

Los esclavos no dudaron en acudir prestos a la mesa donde estaba tumbado un Marcio que apenas tenía ya percepción de lo que ocurría a su alrededor. Todo estaba borroso. Pero antes de perder el conocimiento pudo oír otra voz potente.

—¡Dejad a ese hombre donde está!

Liviano se volvió y vio a Critón, el médico del emperador.

El jefe del pretorio no se dejó intimidar por el medicus griego. Tenía una orden.

—El César quiere a ese gladiador en palacio lo antes posible.

—¡Y el César me ha ordenado que vele por la salud del gladiador, vir eminentissimus! ¡Este hombre está demasiado débil! Es evidente que ha perdido muchísima sangre. Lo sacaremos de aquí cuando detengamos todas las hemorragias. Imagino que el César querrá al gladiador vivo, ¿no crees, vir eminentissimus? El emperador te ha ordenado que lo conduzcas a palacio «lo antes posible». Yo me hago responsable de interpretar cuándo es «lo antes posible».

Liviano, muy serio, se hizo a un lado y dejo pasar al medicus. Uno de verdad.