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Cayetano Brulé se atavió con su mejor tenida —traje de poliéster brilloso por el paso del tiempo, camisa amarilla de cuello largo y corbata lila salpicada de guanaquitos—, se arrebujó en la gabardina de siempre y salió al pasaje Gervasoni premunido de un paraguas. Iba a confirmar su vuelo a Cuba. Eran las diez de la mañana. Llovía a cántaros.

Mientras el funicular descendía a sacudidas entre el cerro y los edificios, experimentó que una dicha insólita, embarullada con la incontenible curiosidad por conocer a Plácido, lo embriagaba con solo imaginar que pronto volvería a su patria.

Había abandonado la isla en la década del cincuenta, seis años antes de que Fidel Castro y sus guerrilleros verde olivo asumieran el poder entre el aplauso de la población, harta ya de la tiranía de Fulgencio Batista. En aquel tiempo la crisis económica era de tal magnitud que su padre, trompetista de una de las numerosas orquestas cubanas de mambo, se había marchado con la familia a probar suerte en Nueva York.

Pero el contrato que llevaba don Gastón Brulé en el bolsillo para integrarse a la farándula no fue reconocido por un agente de espectáculos de Estados Unidos, lo que lo condenó a tocar los fines de semana en una orquestica de dudosa calidad del Bronx. Como si fuera poco, el frío y los alquileres altos, amén de la competencia desleal de grupos musicales mediocres amparados por gánsteres, llevaron al trompetista en enero de 1959, justo cuando triunfaba la revolución y Cayetano cumplía los quince años, a trasladarse a Key West, donde se empleó como torcedor de tabaco en la empresa de Hidalgo-Gato, a pocos metros del puerto. Allí el joven fue testigo del arribo de los miles de compatriotas que huían de los barbudos.

Vivió hasta 1971 en los cayos de la Florida, año en que se enamoró de Ángela Undurraga, una chilena burguesa revolucionaria que estudiaba en Miami, y una tarde de primavera lo introdujo, aún no sabía bien por medio de qué artificios de la dialéctica materialista, en una nave de Panam con destino a Chile.

—Allá tendrás la oportunidad de comprometerte con los profundos cambios sociales que necesita nuestro continente, cosa que no hiciste en Cuba por culpa de don Gastón —le dijo Ángela poco antes de que él abandonara su insignificante trabajo como auxiliar de mecánico de motores fuera de borda, en Key West, y viajara al Chile de la Unidad Popular.

Mas, para hacer honor a la verdad, debía admitir que la decisión de entonces se había debido en parte a su sed de aventura, a que estaba hastiado de contemplar desde la orilla cómo otros se alejaban mar adentro mientras él permanecía solitario y triste, escuchando el cristalino diálogo de las olas con los pilares del muelle.

Fue un error, lo reconocía ahora. Entonces el mundo parecía algo maleable y la vida irremediablemente eterna, se dijo Cayetano mientras una mujer de delantal raído desentrababa la puerta del funicular y se perdía en la penumbra, seguida por él y los demás pasajeros, para situarse junto al molinete.

Del Chile de entonces aún persistían en su retina los enfrentamientos callejeros, el desabastecimiento galopante y la sensación de que cualquiera de ambos bandos podía terminar controlando un país que se hundía en el caos. Recordaba con claridad el golpe militar, los tiroteos y los muertos en la calle, los desaparecidos, el inicio del exilio de tantos.

Dos años después de que Augusto Pinochet se adueñara del poder, Ángela abandonó a Cayetano para marcharse a Francia con el charanguista de un conjunto folclórico de Valparaíso. El matrimonio entre la revolucionaria burguesa y el ingenuo de entonces había derivado en un fracaso entre batallas campales, paros, toques de queda y asesinatos.

—¡Me voy porque los caribeños solo sirven en el Caribe, en el Cono Sur se pasman! —le espetó Ángela en el aeropuerto de Pudahuel, adonde había acudido para rogarle que permaneciera a su lado, poco antes de su despegue hacia París.

Fue, menos mal, su último reproche. Solo años más tarde tomó conciencia de que ella se había casado con él para contribuir a la unidad continental antiimperialista y a la fusión entre la intelectualidad revolucionaria y el pujante proletariado. Cayetano, ajeno al cálculo ideológico, había incurrido en el error de casarse solo por amor.

La etapa de la dictadura le resultó particularmente sombría. Para los militares era sospechoso por ser cubano de La Habana, para los izquierdistas por ser cubano de Miami. Entonces, en medio de una pasmosa soledad, solo paliada por el afable Bernardo Suzuki, dueño del Kamikaze, un timbiriche de fritangas en la zona del puerto, había intentado subsistir con un modesto taller mecánico, que terminó reducido a escombros y cenizas durante uno de los voraces incendios que asuelan regularmente a Valparaíso.

Solo en ese momento cayó en la cuenta de que disponía de un diploma de detective de un instituto de estudios a la distancia de la Florida. Colgó, pues, el cartón en una pieza del entretecho del edificio Turri, que convirtió en una oficinita de investigación privada, y apostó por el éxito, a sabiendas de que los chilenos dan por sentada la calidad de todo cuanto viene de Estados Unidos y Europa. Y las cosas comenzaron a marchar.

Si bien arribaban clientes cuyos asuntos eran de poca monta y escasos honorarios, ellos le permitían pechar y confiar en que sus perspectivas mejorarían. Luego conocería a Margarita de las Flores, su amante voluminosa, la dueña de la agencia de colocación de empleadas domésticas La Porteña, sin cuya cooperación jamás habría esclarecido numerosos enigmas.

Dejó atrás el funicular y salió a Prat estimulado por la esperanza de regresar a su tierra, que no visitaba desde hacía dos años, cuando acudió a investigar el asesinato de un joven empresario viñamarino de apellido Kustermann. Cruzó la calle, donde lo envolvieron el esmog, los gritos de los vendedores ambulantes y el estrépito de taxis y buses, e ingresó al edificio Turri.

—¿Qué volá, acere? ¿Aún gotea esta empresa? —preguntó al abrir la portezuela de la salita en el entretecho del edificio. Se despojó del impermeable y lo colgó en el clavo detrás de la puerta, donde pendía la parka de su ayudante—. ¡Cuidado con caerte, que después te tengo que indemnizar como blanco!

Suzuki, hijo de un japonés y una chilena, de la cual solo había heredado la nacionalidad y la lengua, pues todos sus rasgos correspondían a los de un asiático de tomo y lomo, se equilibraba a duras penas en el borde del escritorio para clavar una tabla en el techo, por donde se filtraban goterones.

—Vino a cobrar el dueño de este tugurio, jefecito —anunció sin cesar de martillar—. Dijo que si no quería que lo lanzara, que pague los cinco meses atrasados.

Cayetano palpó la cafetera que descansaba sobre el anafre, aún estaba tibia, y escanció café en su tacita.

—Te pido que te bajes de mi escritorio —dijo—, en primer lugar, porque estás pisando los únicos casos que tenemos, y en segundo, para que te anudes la corbata que guardo en el cajón y parezcas caballero, aspecto clave en este mundo cuando de cumplir trámites se trata.

—Si usted piensa que ella me ennoblece, al pescuezo me la pongo —replicó el japonés y diciendo esto saltó del escritorio con proverbial agilidad y extrajo del cajón central la prenda, en la que unos minúsculos guanacos pastaban sobre un fondo de color lila tan encendido que hería los ojos—. Ahora, si esto sirve a sus propósitos, ya es harina de otro costal.

—Mal no nos vemos —opinó deleitado el detective y se miró de reojo la corbata, después de anudar la de Suzuki. Las había comprado en el mercado de las pulgas, en una promoción de dos por el precio de una—. Pensarán que somos promotores de alguna compañía boliviana, cosa nada desdeñable en una época en que están en boga las ideas integracionistas. Pero acompáñame, que por el camino te relataré con pelos y señales una historia increíble.

Media hora más tarde, y después de que Cayetano narrara a su asistente lo acaecido en la mañana, ingresaron a una agencia de viajes que olía a parafina. La encargada de reservaciones inspeccionó el pasaje y consultó una pantalla. El detective aguardaba tenso, desconfiando aún de que se tratase de un pasaje auténtico.

—¿Y usted desea confirmar la fecha del viaje para este jueves? —preguntó ella escrutando los abultados bigotazos del cliente.