
CAPÍTULO I (1)
De cómo el caballero menesteroso disputó a dos follones la puente de Font Frida1
¿Qué vemos en el retablillo de nuestro cuento? Cien o doscientos títeres: reyes, arzobispos, caballeros, mesnaderos, trovadores, moros, ganapanes, putas y otra gavilla menuda.
Empecemos por este viajero que desciende por el puerto de la Vella, en los montes Pirineos, una radiante mañana de abril del año mil y doscientos doce.
La tez pavonada por el sol, el atuendo raído, el escaso hato, las desfondadas botas militares y el jamelgo encanecido y flaco que cabalga revelan a un caballero menesteroso que viene de lejos.
El caballero se recrea honestamente en el olor del espliego, en los lirios en flor que la brisa agita, en el fresco y verde prado que despliega sus gramíneas y se salpica de amapolas. Son campos lindos de mirar y cabalgar, cuando florece el olivo y canta el cuco, cuando la rana de san Antonio atruena el arroyo con su ronco canto y el lucio desova entre las piedras pulidas del claro riachuelo.
Poco le va a durar el gozo al caballero. En la puente de piedra que cruza el barranco de Font Frida, dos hombres de aspecto ruin, un cincuentón barbudo y un treintañero imberbe, disputan una partida de ajedrez.
El barbudo, que es ancho de cara y recio, medita la jugada mientras se rasca, distraído, la pelambre del pecho.
—Viene gente —le avisa el otro.
Levanta los ojos del tablero. Mira al viandante. Le parece un peregrino de los que van a San Yago, a postrarse ante la tumba del apóstol, lo que es de mucho beneficio para las ánimas. Repara en la espada de cinco palmos de la manzana a la punta que pende del hatillo. Un peregrino armado no concuerda, más bien discuerda.
—Vamos a ver lo que nos trae éste —dice el barbudo.
Los truhanes empuñan sus chuzos y salen al encuentro del viajero.
—Dios guarde —saluda el barbudo. Y levanta la mano como diciendo: «No pases de ahí.»
—Que Él os guarde —responde el caballero tirando de la rienda. Y descabalga, que es señal de humildad y buena crianza.
Es el caballero alto y membrudo y no aparenta más de treinta y cinco años. Se lee en su semblante reposado que antes quiere tranquilidad que bullicio. Este caballero ha padecido muchas labores de guerras en mares hondas y en tierras paganas. Esas tristuras de pobre y apretada vida otorgan al hombre pausada condición y lo hacen desaprobador de pendencias y ruidos.
El barbudo del puente, como no sabe con quién se las ve, se echa el chuzo al hombro, displicente, y dice, con mucha desfachatez, como si su pelaje no descubriera el embuste: «Somos criados del conde de Foix.» Y luego añade: «Su señoría nos tiene aquí para cobrar el pontazgo. ¿Adónde vais?»
—A Zaragoza —responde el caballero.
—Aflojad dos maravedíes y todo el camino es vuestro —le dice el follón—. ¿Eso que lleváis ahí es una espada? —añade señalando el arma que, por mengua de funda, va envuelta en un pañizuelo encerado.
El caballero menesteroso la mira y asiente.
—¡Uy, qué miedo! —se burla el barbudo, y se vuelve hacia su compinche a ver si le aprecia la gracia.
El otro la celebra con una risita amujerada.
El caballero mira al bellaco. Una cara más larga de lo prudente con un belfo bermejo y salivoso, lo que denota alguna imbecilidad cuando no burricie, según la fisiognomía del sabio moro Avicena. Además, se apoya en el chuzo como un pastor en el cayado, cosa que un soldado sabedor de su oficio jamás haría. Dos truhanes miserables, piensa resignado el caballero, dos bautizos que malgastó el cura, carne de infierno, que a lo mejor me quieren jorobar, con el día tan bueno que hace.
—¿En qué posada has robado la espada? —le pregunta el barbudo.
«Además de mal encarado, insolente y faltón», piensa el caballero.
—Es mía —declara. Y, en tono humilde, como si se disculpara, añade—: Soy caballero.
—Caballero, ¿eh? —dice el barbudo. Y al reírse enseña dos incisivos amarillentos y un canino negro, podrido—. ¿Y no te da apuro montar ese rocín anciano?
El del belfo colgante emite otra risita nerviosa y se limpia la baba con el dorso de la mano.
—Rozagante se llama —informa el caballero. Palmea con afecto el pescuezo de la bestia y añade, resignado—: No puedo comprarme uno mejor.
El barranco y el puente están en medio de una verde pradería salpicada de flores blancas, gualdas y bermejas, entre las que revolotean moteadas mariposas. Huele la brisa a lavanda, a tomillo y a jara. Al caballero no le importa prolongar la parla. No tiene prisa ninguna por estropear tan lindo día de primavera.
—Vengo de ultramar —declara—. Vendí cuanto poseía para pagarme el pasaje en la fusta veneciana que me devolvió a mi tierra, sorteando vientos del segundo cuadrante.
El barbudo lo mira burlón, perdonavidas.
«¿No estaré malgastando la prosa?», piensa el caballero.
—Mi historia es la de una larga peregrinación que no os concierne —añade.
—Nos gustan las historias —asevera el barbudo—. Cuéntala y, si es buena, te dejamos pasar de balde.
Y mira a su secuaz, pavoneándose.
El caballero ha reconocido el pesado acento con que los francos pronuncian la parla occitana. «Dos brabanzones —piensa—, o quizá sólo sean dos chusmeros venidos de la Isla de Francia, la región donde los capetos tienen su reino.»
Al Languedoc acuden, como buitres a burro muerto, la caballería y la truhanería de la Cristiandad desde que el papa decretó, dos años atrás, la cruzada contra los herejes de la Cataria. Numerosos caballeros de la Isla de Francia y otros lugares de las Galias han testado ante escribano, se han despedido de los suyos y concurren a la cruzada con una cruz de cintas en el hombro.

CAPÍTULO II (2)
En el que prosigue la historia y lo entenderá quien lo oyere o leyere
Unos meses atrás, el caballero habría castigado la insolencia de estos tuercebotas, pero en el momento presente ¿quién quiere meterse en disputas? Recién regresado de diez años de fatigas, trabajos y desventuras en ultramar, el viajero se esfuerza en ejercitar las virtudes caballerescas, una de las cuales es la paciencia o mansuetudo.
A los cruzados no se les cobra pontazgo ni otras gabelas de paso y nuestro caballero menesteroso, escaso como anda de dineros, ha tomado por costumbre hacerse pasar por cruzado. Es un embuste venial ya que en otro tiempo fue cruzado y derramó su sangre por la causa de Cristo o por lo menos eso pensaba él, ahora ya no está tan seguro.

CAPÍTULO III (3)
De las cualidades del caballero
Los que ignoréis las virtudes que cumple poseer a un caballero sin reproche habéis de saber que la primera es la paciencia o mansuetudo (otros la llaman mesura o moderatio), en la cual se comprende la paciencia para tratar con los innumerables tontos que en el mundo son y la clemencia con los vencidos. La segunda es la facundia, o elocuentia; la tercera, la facetia, o humor e ingenio; la cuarta, la limpiedad o decorum, que tanto nos aleja de los moros malolientes como de los cristianos menguados de higiene; la quinta, la gentileza o affabilitas, y la sexta, la largueza. De ésta usó san Martín, el patrón de los caballeros, cuando, impecune, partió su capa con un mendigo. De la clemencia usó Ricardo Corazón de León, el hermano de vuestra reina Leonor de Plantagenet, cuando un niño le acertó con una flecha en el hoyuelo de la clavícula, hará de eso doce años o así. «Es un rasguño», se dijo, porque la flecha iba sin fuerza, y no se clavó apenas, pero el rey venía sudado y la herida se gangrenó y le acarreó la muerte. En su agonía, Ricardo convocó al niño causante de su desgracia y le preguntó: «¿Cómo te llamas?» Y el niño, que estaba asaz compungido, le respondió: «Fourmil, messire.» Ricardo advirtió que Fourmil, en la lengua de Francia, es hormiga, y recordó que una adivina le había pronosticado: «La hormiga matará al león.» Eso le dijo después de observar la caída de un puñado de hojas secas, como en Tierra Santa se estilan las adivinanzas por agüero (acá sin embargo buscamos águila en el cielo o corneja). Ricardo le dijo al niño: «Vive y sigue viendo amanecer cada día, ya que yo no podré.» Y encomendó a sus escuderos que le entregaran cien monedas y lo soltaran, pero tan pronto como el rey murió, su capitán, Mercadier se llamaba, despellejó al niño y colgó la piel rellena de paja en una almena. No le dio las cien monedas, claro, a ver para qué quiere un muerto cien monedas.

CAPÍTULO IV (4)
Que regresa al asunto que traíamos entre manos
Me he distraído de mi cuento. Atentos, que vuelve la burra al trigo. Decía que el caballero menesteroso quería superar aquellos años de malaventuranza, como si el río del tiempo pudiera remontar las aguas. Ya dijo el sabio Boecio que es tontería bregar con el tiempo: lo pasado nos habita y es parte de nosotros, bueno o vil. Por eso nuestro caballero don Gualberto razona con los truhanes y les explica, con mucha mansuetudo:
—Soy señor de Marignane, vasallo del conde de Provenza y, por lo tanto, del rey de Aragón. Me encamino a Zaragoza para unirme a la mesnada real. ¿No os habéis enterado de que el papa ha convocado una cruzada contra los sarracenos de allende el Pirineo?
—Estamos al tanto —miente el truhán de la barba.
—Entonces sabréis que los cruzados estamos exentos de pontazgo y de cualquier otro tributo. Es privilegio pontificio que debe respetar todo buen cristiano, como lo sois vosotros, sin duda.
El truhán mira a su socio como diciendo: «Otro que se resiste a aflojar la bolsa.» Se rastrilla con las uñas quebradas y negras la sarna del pecho, y le dice al caballero:
—Sin estipendio no cruzas el puente. Aunque me jures que vienes de parte de Cristo Dios, no pasas. —El compinche le jalea la ocurrencia con otra risita—. Ahora bien, si no tienes con qué pagar, puedes desviarte hasta el vado más cercano, barranco abajo, a tres leguas de aquí. Por allí pasarás de balde, tan ricamente, y de paso puedes coger una ramita de hinojo y la vas mordisqueando, que te quite el hambre.
El caballero acoge la insolencia con gran temperantia, una actitud en la que el truhán entiende erróneamente que se amilana. «A ver qué hago —piensa el caballero—, acato el quebranto y pago el pontazgo, o busco el vado y pierdo la jornada. Claro que también puedo olvidar la mansuetudo y desengañar a este par de imbéciles.»
Dos dineros. La tarifa no es abusiva. En otras circunstancias, don Gualberto la hubiera satisfecho gustoso por evitar pesares, pero en este preciso momento anda apurado de caudal. Además, la insolencia del pícaro empieza a incomodarlo. Mira al suelo y remueve un canto con la puntera de la bota.
—Os lo juego al ajedrez —propone—. Si gano, paso de balde; si ganáis vos, os pago el doble.
El barbudo lo observa con una sombra de duda en el semblante. Otra risita de su compinche lo encorazona, no vaya a parecer que le tiembla la barba.
—Venga.
Se sientan en una peña. Disponen las piezas sobre el tablero. El caballero menesteroso gana la partida a las pocas jugadas.
—Jaque mate.
—¡Has hecho trampa! —le grita el truhán.
—¿Qué trampa he podido hacer? Aquí no hay naipes ni dados.
—Pero me has ocultado que sabes mucho de esto —replica el otro, amenazante—. Vienes de ultramar, ¿no? Allí conocen trucos y hechicerías. Te advierto que de mí no se burla nadie.
Se levanta de un salto y desenvaina el cuchillo que lleva a la cintura, pero el caballero se le adelanta y lo descalabra con el canto del tablero, que es de roble, dos dedos de grueso. Unos trebejos caen al barranco y otros al empedrado del puente.
El truhán se desploma con la cabeza abierta como un melón pisado por un buey.
Ved ahora cómo el caballero se vuelve hacia el otro bandido justo a tiempo de esquivar su lanzada. Trastabilla el baboso al dar en vacío, lo que su contrincante aprovecha para aporrearlo con el plano del tablero. Crujen la madera y el cráneo, dos o tres escaques y una porción de sesada saltan por los aires y el de las risitas se desmorona, sin un gemido, muerto cabal.
Vuélvese el caballero hacia el barbas, que agoniza laboriosamente, tendido boca arriba.
—Que Dios te acoja, hermano —le dice—. Nada de esto era necesario.
Al bandido, ya que menearse no puede, le placería insultar por lo menos a su matador, mentarle la madre o cagarse en sus muertos, caballeretes de mierda que vais por el mundo atropellando a la gente honrada, pero no le salen las palabras, que tiene la lengua trabada y obtuso el entendimiento. Pasa de este mundo al otro con esa pena.
—¡Vaya estropicio! —se duele el caballero.
El caballo Rozagante, que todo lo ha mirado, resopla como diciendo: ¡A ver!
Observa don Gualberto el campo en derredor por si hubiera mirantes. Nadie. La mañana tranquila sigue su curso con su cielo azul, su prado esmeralda, que tapiza los cerretes hasta la linde del bosque, y la sierra ceniza a lo lejos. El caballero registra la faltriquera del barbudo y encuentra un par de monedas de plata y alguna calderilla de cobre.
—No nos demoremos —le dice a Rozagante, y despeña a los difuntos la puente abajo.
En el verde prado pasta el penco de los truhanes, tan viejo y flaco que se le señala el costillar. El caballero le acerca la palma de la mano a los ollares. El animal la ventea y baja la cabeza como diciendo: «Tú hueles mejor que los otros amos.»
—¡Buen jaco! —le dice el caballero—. Tú también padeces laceria, ¿eh? ¿Cuánto hace que no ves la cebada? A poca suerte que topemos, te remediaré. Como te veo más taciturno que alegre, te llamaré Cascabel.
Apareja el caballero a Cascabel con el despojo cobrado en la fiera batalla: un cuchillo mediano, los hierros de los chuzos, una manta harapienta, una calabaza mediada de mosto, un poco de tocino, los atalajes del caballo y un perpunte remendado y astroso, antiguo, de los que alcanzan a media pierna. Con los caballos en reata, pasa la puente, y prosigue su camino, a paso un poco más vivo que de costumbre.

CAPÍTULO V (5)
Donde el caballero menesteroso ajusta por criado a un mancebillo
A nuestro caballero le anochece poco antes del lugar que dicen Merens, media docena de casuchas miserables, en la vía que asciende al puerto de la Vella. De no humear las chimeneas pensarais que están deshabitadas porque a esa hora las buenas gentes se han recogido y hacen la sopa.
Delante de la iglesia un muchacho como de trece años padece prendido por el cuello en el cepo de la justicia. Descabalga el caballero y se le acerca. ¡Cómo hiede a meados cocidos al sol! Allá como acá es costumbre que las buenas gentes penitencien al penado meándosele encima y bautizándolo con ceniza caliente y cieno de porqueriza.
El caballero le pregunta:
—Muchacho, ¿qué vileza has perpetrado para verte de esta guisa?
Desde el cepo, que lo fuerza a mirar al suelo, el muchacho, que ya se tenía por meado de nuevo, levanta la cabeza para catar al samaritano que se apiada de él.
—Messire —le dice—. Mi pecado es sido entrar en la iglesia por la puerta mayor.
—Entrar en la iglesia es propio de buenos cristianos —observa el caballero.
—Es que soy agote, messire.
El caballero menea la cabeza asintiendo. Sabed que los agotes son una casta leprosa y maldita de la que los buenos cristianos se apartan. No son muchos, apenas cien familias desterradas en los lejíos del Pirineo. Es obligado que entren en la iglesia por la puerta chica de los perros, y que se queden al fondo, sin osar traspasar el arco del coro. Los curas les dan de comulgar en el extremo de un palo, los bautizan en una pila reservada, no en la de los otros cristianos, y los sepultan fuera del camposanto.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta el caballero.
—Gahete, messire.
—Yo soy el caballero Gualberto de Marignane. Y dime, ¿por qué entraste por la puerta prohibida si eres agote?
—Entré tras un muchacho que me restregó una boñiga por la cara, messire. El sacristán me priso y me puso en el cepo.
—La ira nos pierde —comenta don Gualberto con gran pensamiento.
Parece que, satisfecha su curiosidad, el caballero va a proseguir su camino, pero actúa como persona piadosa: empapa un pañizuelo en la fuente y limpia de inmundicias la cabeza de Gahete. No le importa contaminarse con su cuerpo impuro de agote, advierte el muchacho agradecido. Quizá proviene de una tierra donde no hay agotes. El caballero le palpa los brazos y los hombros y le mira los dientes, que encuentra buenos y enteros. Tienta las manos encallecidas, hechas a cortar leña, a trenzar sogas y canastas, a herbear, a segar y a los más diversos menesteres.
—Estás fuerte y sano —le dice—. ¿Y tu padre?
—Sólo tengo madre, messire —responde Gahete. No le dice que ni su madre sabe de quién lo engendró. Por Merens pasan muchos arrieros a los que, con un cuartillo de vino en la barriga, no les importa holgar con una agote.
La campana parroquial, poco más que un cencerro, tañe a cubrefuegos señalando el término del día. Ved al sacristán, un anciano patibulario que sale de la iglesia con su tintineante manojo de llaves, y libera al penitenciado.
—No os apiadéis de él, messire —le advierte al forastero—. Es un agote, más vil que el demonio y perito enseñado en pillerías. ¡Antes de que le salga el bozo se mecerá en la horca!
El caballero no mira al sacristán. Con Rozagante de la rienda, acompaña a Gahete, torrente abajo, a donde moran los agotes, chozas de barro con techos de hierba en los vanos de una cantera agotada.
La madre que los ve llegar prorrumpe en lamentos:
—Messire, no puedo con él. ¡Ay, qué desgracia tan grande y qué desapacible vejez me espera en cuanto pierda la lozanía de estas carnes!
—No vengo a quejarme de nada —le advierte don Gualberto—. Necesito un paje y me parece que tu muchacho, puliéndolo un poco, me servirá. Te advierto que hasta que mude mi fortuna no podré pagarle, tan sólo el conducho, pero no lo maltrataré, le enseñaré cosas de provecho y yendo conmigo por lo menos estará a salvo de los buenos cristianos de Merens.
A la madre de Gahete le parece un trato razonable.
—Os lo presto por un año..., o dos —concede.

CAPÍTULO VI (6)
Donde sabremos el linaje
y vida del caballero don Gualberto
Sabed que don Gualberto de Marignane es infanzón de la nobleza chica de Provenza, desheredado por las leyes de mayorazgo que entregaron la heredad familiar a su hermano Carlos, primogénito de la estirpe. No penséis en una gran fortuna: sólo un castillo medio derruido, y unas tierras esquilmadas por aparceros codiciosos, cerca de Marsella. A don Gualberto sólo le quedó el apellido y el entrenamiento militar, base de la educación de un noble. Con ese bagaje, recién cumplidos los veinte y cuatro años, marchó a Italia, donde contendían güelfos con gibelinos y un hombre de armas puesto a sueldo podía hacer fortuna.
Don Gualberto entró al servicio de Bonifacio, marqués de Monferrato, en calidad de sargento de armas aspirante a caballero, y después de la pescozada, acompañó a su señor a la fallida cuarta cruzada, la que saqueó Constantinopla en el año del Señor de mil y doscientos cuatro.
Mientras su hermano Carlos terminaba de dilapidar la casa, don Gualberto amasó una mediana fortuna con la que recompró a unos banqueros lombardos el hipotecado feudo familiar. Finalmente, tras diez años de ausencia, movido del amor y buena voluntad que todo hombre debe a la tierra de la que es natural, regresó al hogar, cansado de guerrear, para retirarse a sus propiedades. Las calamidades pasadas en tierras de paganos las había sobrellevado con el pensamiento de regresar a Provenza algún día para restituir su blasón familiar a la prosperidad de sus antepasados. Tomaría nuevos aparceros, y con prudente gobierno y prudente intendencia, Marignane le daría para comprar algunas vacas y para restaurar los techos del castillo. Eso le bastaba además de una lumbre de encina en la chimenea, una docena de libros de trovas y devoción, y un par de perdigueros con los que salir de caza en otoño, pero si la fortuna lo trataba con largueza quizá pudiera aspirar, además, a adecentar la vivienda señorial con tarimas, esteras, tapices de Flandes, y una capilla con un San Jorge y una Santa María pintados al fresco en el testero del altar.
En su imaginación, don Gualberto se veía feliz y asentado después de tantos tumbos por el mundo.
¡Ah, los sueños terrenales de prosperidad y dicha, qué prontamente topan y se desvanecen cuando los contrastamos con la realidad! Cuando don Gualberto desembarcó en Marsella, halló su país de Oc invadido por los barones de la Isla de Francia, de Germania y de muchos otros lugares en los que el papa había hecho predicar su cruzada contra los albigenses. Habéis de saber que, aunque el motivo era santo, la defensa de Jesucristo y Santa María y las veraces doctrinas romanas, los cruzados hacían muchos daños y cometían muchas maldades no distinguiendo a los herejes de los buenos cristianos obedientes del papa. En fin os diré, por abreviar el cuento y excusar prolijidad, que los títulos de propiedad sobre la heredad de Marignane que el caballero don Gualberto traía en un canuto de hojalata, registrados por los Tolomei de la oficina de Pera, con todos los sellos legales, no valían más que una nuez vana. Los taimados banqueros le habían ocultado a don Gualberto que la heredad de su linaje estaba confiscada porque el inquisidor la había decretado propiedad de un hereje. ¡Ved el descalabro del caballero! Para liquidar la deuda de su hermano había entregado todas las ganancias de su vida y pignorado hasta la loriga persa, que era su posesión más preciada.
¿Qué fue de su hermano Carlos?, os preguntaréis. A don Gualberto le contaron que había muerto en deshonrosa reyerta tabernaria, sin caballería ni grandeza. En cuanto al feudo de Marignane, el legado papal se lo había adjudicado al conde Hugo de Tours, uno de los barones franceses que comían a la mesa de Simón de Monfort, el caudillo de la cruzada.
Sabed que en el tiempo que estamos contando, la guerra del Languedoc proseguía muy enconadamente, pero don Gualberto, siendo buen cristiano y obediente del papa de Roma, prefirió no involucrarse. En su conciencia hallaba igualmente doloso combatir contra los cruzados, como contra sus vecinos y parientes, los barones del Languedoc. Viéndose en tan gran tribulación y sin cosa de la que yantar que no fuera su espada, decidió seguir el camino de la justicia y reclamar sus derechos al conde francés que usurpaba sus tierras.
Con ese propósito don Gualberto se encaminó a Marignane, el castillo familiar donde había pasado su infancia. Allí supo que don Hugo de Tours, el nuevo propietario, era partido a la cruzada de España.
Preguntó don Gualberto:
—¿Qué cruzada? ¿Es que hay otra?
—¿Es que no atendéis a las predicaciones de los legados del papa? —le espetó el mayordomo—. Los que abominamos de la herejía y atendemos a misa como fieles hijos de la Iglesia estamos sobradamente informados de la cruzada contra los sarracenos de España. La han pregonado en todas las iglesias de la Cristiandad. Saldrá de un burgo llamado Toledo para la octava de Pentecostés. El papa ha comisionado al arzobispo de Narbona, don Arnaldo Amalarico, para que reparta los despojos y tesoros del sarraceno, aparte de administrar los beneficios espirituales, naturalmente.

CAPÍTULO VII (7)
Donde el caballero Gualberto habla de caballos
Estos pensamientos desvelan a don Gualberto mientras pasa la noche más velando que durmiendo. Con las claras del día, recoge a Gahete en la cantera de los agotes y se remonta el río Ariela, por donde el camino asciende, entre hayedos y helechales, hasta el collado del Pimorent.
Ved a caballero y escudero sentados bajo un roble en el primer vagar, mientras Rozagante y Cascabel pastan la hierba tierna de las riberas.
—Si has de ser mi paje y escudero —encomienda don Gualberto al muchacho—, tu primera labor será limpiar mi espada y velar por ella cuando repose y no la lleve al cinto. Mírala aquí: se llama Melipicra. También cuidarás de los caballos, y mirarás por ellos más que por mí. ¿Sabes algo de caballos, Gahete?
—He visto algunos, messire —responde el muchacho—, pero nunca me he acercado a ninguno. En Merens no hay caballero alguno y tan sólo el cura tiene un asno.
—Pues ahora aprenderás de equinos —le dice el caballero—. Debes saber que el caballo es un animal fino y de mucho carácter y que tu obligación como escudero es conocerlo para reforzarle las buenas inclinaciones y corregirle las viles. De estos dos que desde hoy estarán a tu cuidado, el alazano se llama Rozagante, y el morcillo, Cascabel. Son, como ves, buenos caballos, nobles y valientes, aunque algo ancianos. Viendo más equinos por donde pasemos te ampliaré las enseñanzas, pero por ahora bástete saber que existen tres clases de caballos; el destrier, o caballón de gran alzada, potente, bueno para la guerra, pero asaz caro de mantener; el coursier, más ligero, que es el mejor para la caza, y el rouncey, que sirve para todo, aunque menos que los otros.
—Messire —dice Gahete—, ¿y estos vuestros qué son? ¿Destrieres?
—¡Pluguiere a Dios que lo fueran! —responde el caballero menesteroso con señas evidentes de pesar en el semblante—, pero sólo son rounceys, mansos y obedientes, no muy buenos ni jóvenes, me temo, aunque el apaño lo hacen. Aguardemos tiempos de más fortuna.
Reanudando el camino, el caballero Gualberto amplía la lección al muchacho:
—Has de saber que los caballos, como las personas, quieren agradar. Háblales amistoso, ve a ellos despacio, ya que de cerca ven mal, por eso ladean la cabeza queriendo distinguir quién llega, acaríciales los ollares, que resoplen y te huelan, ráscales debajo de la quijada, en la carne tierna, háblales con voz amistosa y los tendrás sumisos y prestos a aprender.
En otro descanso le enseña a Gahete a almohazar: se frota el pecho y los lomos del animal con puñados de hierba fresca y eso le evita los calambres y, al calentarle la sangre, disipa los humores malignos.
—Otro día te enseñaré a montar.
—Señor, soy agote. Nos está prohibido montar en bestia.
—En adelante no se lo dirás a nadie. Olvídate de lo que fuiste. Ahora eres mi paje y vienes conmigo de Provenza. Si aprendes, serás un buen escudero.
Mira Gahete al caballero menesteroso y le parece que es el padre que le hubiera gustado tener.
Caballero y escudero almuerzan en un alcor soleado y herboso. Mientras las cabalgaduras pacen, el caballero Gualberto saca del zurrón un tasajo de tocino rancio y media hogaza de pan de la que corta dos rebanadas medianas.
—Fames optimus est cocus, el hambre es el mejor cocinero —murmura, como si hablara consigo. Tras bendecir el pan, lo comen en silencio.
Gahete advierte que el caballero Gualberto cuida más del bienestar de los caballos que del suyo propio. A menudo descabalga y hace el camino a pie, por preservar a los rocines. Si encuentran un prado de buen pasto, allí vagan.
En una arboleda se les hace de noche. Acampan al resguardo de unas peñas, junto a un arroyo que baja cristalino de la montaña. Con Melipicra, el caballero siega un montón de helechos y hace el camastro.
Arrebujado en su manto de viaje, el caballero se duerme enseguida; Gahete, despierto, se regocija por haber dejado atrás su pueblo y a los buenos cristianos que lo martirizaban a diario. Se abre delante de él un mundo novedoso. En su fantasía de mozo querría ver gentes, visitar ciudades, recorrer caminos, conocer el desierto y el mar... Con esas ensoñaciones se adormece y no despierta hasta que, con las primeras luces de la alborada, don Gualberto le toca el hombro y le dice:
—Arriba, hijo, o nos tomará el sol en la cama.
Ese día alcanzan la cima de la Cabaneta y faldean la montaña hasta la Fuente Negra, el abrevadero de los corzos y los osos. Gahete, que nunca se ha alejado de su aldea más de una legua, se asombra de la grandeza del mundo: subes a una montaña y detrás hay otra, y otra. Don Gualberto se sonríe de sus ocurrencias.
—Esto no es nada, hijo. El mundo es ancho sobre toda ponderación. Ningún hombre vive tan larga vida que pueda conocer todas las tierras: caminarás años hacia oriente y no le verás el fin. Lo único que sabemos es que empieza en el Finisterre del Campo de la Estrella, donde los peregrinos visitan la tumba de san Yago.
—¿Y vos habéis estado en esos lugares, messire? —le pregunta.
—He conocido a gentes que han estado y a otras que se han postrado ante el Santo Sepulcro de Nuestro Señor, en Jerusalén. Algunos viajeros incluso conocen el río de Libia, el de las pirámides, que abraza la tierra por el meridión.
El arroyo que discurre al lado del camino se empoza en una alberca. Espejea el sol caliente sobre las aguas cristalinas iluminando los guijarros del fondo. Brillantes libélulas se posan en la quietud del agua, con sus luengas patas, antes de reemprender el vuelo. Don Gualberto decide vagar allí, se desnuda y se mete en el agua. Sentado en la hierba de la ribera, Gahete advierte que el caballero tiene el cuerpo señalado con cicatrices de antiguas heridas.
—¿Y vos adónde habéis llegado, messire? —le pregunta.
Don Gualberto se abisma en gran pensamiento, como si una nube ensombreciera su semblante.
—A Bulgaria —responde—. Una tierra bañada de anchos ríos donde se crían grandes yeguadas.
Sale el caballero del agua y se tiende en los helechos, al sol. Tiene el cuerpo muy blanco, pero los brazos y la cabeza los tiene atezados.

CAPÍTULO VIII (8)
Donde se habla del mundo y sus naciones así como de España, y dícense cosas de mucho aprovechamiento al discreto aunque no viaje
Sabed que el caballero don Gualberto vivió un tiempo en Constantinopla, la mayor ciudad del mundo. Allí, en la sala del palacio Bucoleón, existe un mosaico que representa el mundo que el Criador hizo en siete días. A los que nunca habéis salido del terruño donde os criáis, engendráis vuestros hijos o los del vecino y luego morís y volvéis a la tierra, os diré que el mundo tiene forma de anillo. No un anillo redondo, sino chato de dos lados y luengo de los otros dos, como la velorta que abraza la telera y el timón en el arado. En medio de ese anillo largo está el mar de los romanos, con sus islas y sus sirenas, por donde navegan las fustas, las galeras y los otros barcos chicos y grandes. La tierra que lo rodea está poblada de gentes, más numerosas cuanto más se acercan al agua, porque en alejándose del mar ya no se puede vivir pues hay inmensidades de arena o de nieves a las que nadie ha visto el fin. De ese anillo que os digo, los sarracenos ocupan la mitad del meridión, y limitan con desiertos de arena y piedras donde se padece tanto calor que el que se aventura a cruzarlos muere del sofoco. La mitad que ocupamos los cristianos, el septentrión, limita en montañas tan frías que el agua se hace piedra, como cuando graniza, y vivir no se puede. Eso en cuanto se refiere a los lados más chatos del anillo, pero si nos vamos a los anchos, donde sale el sol, más allá de Tierra Santa, hay otros desiertos habitados de grifos, unos monstruos carniceros con cuerpo y garras de león y alas y pico de águila. Y por el opuesto lado, donde se pone el sol, en el Finisterre, se extiende la mar océana, un espacio infinito de agua amarga, habitado por el pez Leviatán, grande como una montaña, el engullidor de naves, sólo sujeto a Dios.
Sabed ahora que los vivientes estamos encerrados en ese anillo, la tierra que da el pan, la leña y la caza. Poca y trabajosa tierra es porque los vivientes somos muchos. Por eso hay tantos conflictos y guerras. La tierra pertenece a los sarracenos en la parte de Libia y Marruecos. En la parte opuesta, cruzando el mar romano, es toda de la Cristiandad. Cada uno codicia la tierra del otro, pero no son ésas las únicas guerras que se riñen en el mundo. Los príncipes sarracenos contienden con otros sarracenos, y los cristianos, con otros cristianos. La codicia nos mueve por igual tanto a los moros seguidores del falso profeta como a los cristianos. ¿Qué afán tiene el hombre en su fugaz existencia sobre la tierra? Sólo uno: juntar, tener más, arrebatarle los bienes al vecino, ganar más contento que los otros en haberes y en cuanto hace la vida deleitosa: ésa es la única verdadera pasión del hombre, sea pagano o cristiano.
Ved ahora a nuestro caballero pararse y mirar lejos con los ojos que tanto vieron.
—Esta tierra que hay detrás de esas montañas se llama España —le dice a Gahete.
—¿Messire la conoce? —pregunta el niño.
—No, es la primera vez que la piso, pero algo sé de ella. Dicen que son tierras yermas y pródigas en garrapatas; tierras de mala entraña en las que el viajero camina con la barba al hombro, por si lo asaltan golfines, pernocta en malas posadas, en camas no menguadas de chinches y liendres y bebe en hontanares amargos nadados de sanguijuelas. Ese yermo que nunca vio un verdor se reparte entre cinco reyes cristianos desavenidos, envidiosos y enconados, que contienden por un almendro o una oveja y se borran las lindes, como labriegos miserables. Están emparentados, lo que envenena más aún sus querellas, porque, debido a las herencias enrevesadas, cada uno reclama derechos sobre la tierra del otro. Al meridión de esa tierra disputada se encuentran los sarracenos que ganaron España hace muchas generaciones, pero los reyes cristianos no se conciertan para echarlos y reconquistar la herencia de sus bisabuelos. Quizá lo consigan ahora que el papa ha declarado la cruzada.
—Por Merens, estos días han pasado algunos hombres de armas con la cruz en el manto —dice Gahete—. ¿Cómo es que vos no lleváis la cruz, messire?
—No soy cruzado ni he venido a guerra alguna. Solamente busco a un caballero al que debo reclamar mi hacienda. Me han dicho que lo encontraré en la corte del rey de Aragón, nuestro señor.
Pasadas las montañas, el caballero y el paje descienden a los valles y buscan el camino de Zaragoza.
—El rey de Aragón —explica don Gualberto— es feudatario del papa y, como tal, se ha cruzado para la guerra contra los sarracenos.
En la escasa talega del caballero, que ahora alimenta a dos bocas, las viandas menguan. A un labriego le cambia don Gualberto dos hierros de chuzo, de los que bien podría hacer una azada, por un saquete de manzanas agrias y algunas cebollas.
Cae la tarde. Don Gualberto ha montado su ballesta cervera y ha cazado un corzo. Los dos caminantes comen carne sangrienta hasta hartarse y, tras sestearlo, prosiguen el camino por la senda del bosque. Gahete, que camina detrás, sobre Cascabel, mira a su benefactor con aprecio. Si no fuera por la pobreza de su atuendo y la modestia de la cabalgadura, le hubiera parecido que su amo no tiene que envidiar a aquellos héroes valerosos y arrojados cuyas hazañas cantan los juglares. Don Gualberto es piadoso y generoso, eso le parece, pero sus largos silencios en el camino o frente a la hoguera nocturna inducen a pensar que arrastra consigo una gran congoja del alma, y que no tiene a quien abrirle el corazón.

CAPÍTULO IX (9)
Donde gentes diversas se juntan para la cruzada, cada cual de su pelaje, y no todos por santidad ni devoción
Mirad Ainsa, la villa fuerte y castillo del rey de Aragón. Mucha tropa se ve vivaquear en los ejidos mientras las chimeneas humean. Acá acampan poderosos señores de pendón y caldera. He aquí las mesnadas de unos caballeros francos que concurren a la cruzada.
Don Gualberto y su paje discurren por la rúa mayor, entre tenderetes, los caballos de reata. Don Gualberto mirando poco, como el que sabe, y el niño Gahete mirando mucho, como quien está en la edad en que todo causa asombro (algún día se desinteresará de casi todo, no lo dudéis).
¡Guerreros de muchas trazas y señas, que parlan lenguas distintas, se allegan acá para la cruzada del papa! En todos los púlpitos de la cristiandad se ha predicado remisión de los pecados y un asiento en el paraíso de los santos a aquel que tome la cruz y haga armas contra los sarracenos de España. Los que perezcan en batalla se sumarán con la palma verde al número de los mártires dioclecianos, los que murieron bajo la cruz de Cristo. Muchos francos de Simón de Monfort han desamparado la cruzada contra los cátaros para acudir a ésta. ¿Creéis que vienen por devoción, porque anhelan librar su alma de las penas del infierno? ¡Si pudiéramos leer en sus intenciones veríamos cuántos de ellos acuden por la codicia del despojo! Los acólitos de los predicadores, los que van de pueblo en pueblo, después del sermón, en la taberna, los mueven a codicia. Cuentan que los sarracenos de Sevilla y de Marruecos duermen en lechos de oro guarnecidos de perlas. Cuentan que en sus despensas guardan serones de canela y pimienta, junto a cajas de azafrán y algalias. Cuentan que llevan consigo muchas yeguadas de caballos finos, ligeros como el viento, y carromatos de muchachas de orondas caderas y ojos negros y profundos con la natura depilada y perfumada de esencia de nardo.
Don Gualberto, al cruzar el campo, se sorprende de unas tiendas rastreras, pardas, sin mástil ni manzana, sostenidas por chuzos: «Brabanzones», murmura. ¡Bien los conoce como quien un día los comandó! Sabed que los brabanzones son gentes depravadas, apenas cristianas, que viven de la guerra y no conocen lindes ni señores. Uno de ellos, Valmor se llama, el que lava en vinagre tripas de oveja para el guiso, ve pasar a don Gualberto y le da con el codo al compañero, llamado Corbario, que se entretenía haciendo nudos: «Mira quién está aquí y qué mal jamelgo cabalga.»
El otro mira a don Gualberto, lo reconoce, y comenta: «Lo que son las vueltas de la fortuna: el que tanto tuvo entonces ahora parece que no tenga nada.»
En el fuego del campamento, al caer la tarde, se cuentan historias sobre las fabulosas riquezas de los sarracenos.
—Acumulan los tesoros de Roma y de Bizancio —cuenta el trovador Guillem de Cabestany a los embobados mesnaderos y muleros que hacen corro para escucharlo—. Habéis de saber que, felones como son de natural, los sarracenos no se fían de nadie, menos aún de los deudos y amigos que dejan en su tierra. Por eso cuando marchan a la guerra llevan consigo sus oros y caballos, sus tapices y joyas, y hasta sus mujeres y sus hijos. Otros dicen que no lo hacen por recelo de sus parientes, sino porque así se lo impone su señor, el rey de Marruecos, que de esa guisa los obliga a esforzarse más en la lid, por miedo a perder todo lo que estiman si el enemigo los vence.
Los chusmeros se regocijan mucho de escuchar estas nuevas del trovador. Uno se vuelve a sus compadres y dice:
—¿Habéis oído? Si les tomamos los hatos, volveremos ricos a Francia, tendremos criados, comeremos y beberemos de lo mejor y hasta las más remilgadas damiselas nos recibirán a porta gayola.
¡Ah, el trovador! ¡Cómo brillan los ojos de los que lo escuchan! Sabed que Guillem de Cabestany es hermoso y guapo y habla con una voz modulada como de ángel, ora grave, ora más fina, según requiera el cantar. Embobados lo escuchan como si ángel fuera y las soldaderas le miran las calzas cómo abultan y piensan: «¡Ay, yo se lo haría de balde!»
En otro corro nocturno, Pietro Pitaluga, capataz de los ballesteros genoveses, hombre asaz viajado que tiene parientes en Roma y en la mar, les dice a los suyos:
—Las tierras cristianas de España solían estar protegidas por una gran fortaleza nombrada Salvatierra, «la que salva la tierra». Los sarracenos no osaban acercarse a ella, tan fuerte era, pero hace un año reunieron un gran ejército y la tomaron, lo que llenó de pesar al Santo Padre y lo decidió a convocar la cruzada. Desde Salvatierra, los paganos que rezan con el culo en pompa tienen a su merced los reinos cristianos de España y la Cristiandad toda. El rey de Castilla, en cuyas tierras se perdió Salvatierra, ha convocado a los otros cuatro reyes de España, sus primos y vecinos.
Uno de sus ballesteros le pregunta:
—¿Cómo es que son primos los reyes?
—Es la costumbre de los que se coronan —responde Pitaluga—. Todos los príncipes de la Cristiandad son parientes y no hay más que ver la cantidad de tontitos y tarados que resultan de esas bodas, menos mal que las reinas de vez en cuando refrescan la sangre con la de algún mozo de cuadra o con la de un capellán verriondo.
Es domingo y la iglesia de Ainsa está atestada de guerreros que han tomado la cruz. Mientras Gahete guarda los caballos y el hato, don Gualberto, como caballero, entra a oír el sermón. Desde el altar predica la cruzada un fraile calvo de estameña y báculo, los ojos como dos tizones encendidos en la oquedad de la calavera.
—¡Hermanos que os cruzáis para la gloria del Criador, perseverad en vuestra fe! ¡No os habéis puesto en camino por una ciudad o un territorio! ¡Esta cruzada se encamina a quebrantar el espinazo de Mafomede y su falso dios, a quemar el Alcorán estofado de mentiras, a restaurar, en sólo un día memorable, la gloria de Dios! ¡Vais a ganar la redención de vuestros pecados en un praelium, una sola batalla campal como nunca se vio en el mundo desde Moisés y el santo rey David! ¡Dios aplastará las entrañas del maligno, crujirá bajo vuestra planta la cabeza de la serpiente islamita, la alancearéis por la boca hedionda como ese san Miguel de las pinturas alancea a su bestia! ¡Ved que os encamináis a una sola jornada de sangre tras la que resplandecerá como nunca antes el imperio de Dios! ¿Quién puede hurtarse a esa gloria, quién no ganará el cielo ese día memorable? ¡Yo os juro debajo de estas bóvedas, en presencia de los santos, que los mártires que perezcan comparecerán en la presencia divina antes de que acabe el día!
Una batalla campal. Don Gualberto comprende por qué sólo encuentra carros de vianda ligera. Nadie concurre con engranajes de ingenios de asedio ni se ven herramientas ni peritos para fabricarlas: sólo armas y caballos, ballesteros, muleros y peones. Los peritos de la guerra evitan las batallas campales. Sabed los que me escucháis que una batalla campal, aunque se gane, resulta demasiado onerosa. Una generación entera puede perecer en ella. Un reino puede quedar desprovisto de defensores y a merced de sus enemigos durante muchos años. ¿Quién puede permitirse tal locura? Solamente bárbaros aquejados de hambre y cargados de hijos como los que don Gualberto conoció en los desiertos de Bulgaria, donde el que tiene cuatro cabras es príncipe y el que no tiene un caballo es un mendigo miserable.

CAPÍTULO X (10)
Donde don Gualberto conoce a una dueña de gentil continente que ahincadamente lo mira
No os contaré los días de camino que discurren sin suceso de nota. Salto hasta el día en que los caminantes ven, a lo lejos, un burgo grande defendido de altos muros y muchas torres que se levantan al cielo. Tamaña ciudad está bañada por un río caudaloso y apacible por el que discurren fustas y barcas de diversas hechuras y grandezas.
—¡Zaragoza! —señala un viandante—. Aquel palacio fuerte que veis, con una gran torre maestra en medio y otras torres altas alrededor, es la Aljafería, como acá llamamos a la posada del rey Pedro.
—Éste es el término de nuestro viaje —dice don Gualberto—. Ahí arreglaremos el negocio que nos trae y regresaremos a la Provenza.
Cerca de Zaragoza, en un ribazo de higueras que sombrean el camino, varias mujeres, así dueñas como doncellas en cabello, colectan higos. Catad que lo hacen más por divertimiento que por necesidad a juzgar por las risas descompuestas con las que acompañan sus labores, como las féminas suelen hacer cuando están solas y desmelenan las lenguas en despellejamiento de ausentes o encomio, detrimento o comparanza de calibres.
Ved a esta muchacha joven que pugna por derribar una breva temprana con ayuda de una caña. Llegando cerca en su camino, don Gualberto la contempla a su sabor, sin ser notado. No es muy alta, pero se aventaja en armoniosas hechuras. Bajo la saya encordada se adivinan piernas y muslos gruesos, como son al gusto del caballero, así como la cintura angosta y las tetas más grandes que chicas. Hubiera sido de gran perfección si tallara un palmo más, pero los que bien conocen la ciencia mujeril saben que las dueñas chicas mejoran a las grandes en agudeza e ingenio y en que lo tienen todo más a mano.
Acercándose por el camino, mira don Gualberto la cara de la dueña, y le parece su rostro bello y sereno más en su conjunto que en sus rasgos particulares. Como mujer casada, lleva la cabellera recogida en una cofia, pero algunos bucles rubios escapan por la nuca y muestran la color del pelo. Don Gualberto, al pasar junto a ella, quiere cumplir una galanura y desviando el caballo se alza sobre la estribera y le alcanza el fruto que pretendía. Con la mano le ofrece la breva jugosa y negra al tiempo que le dice en la lengua de Francia:
—¿Me permitís, señora?
Ella lo mira a los ojos al tiempo que recibe el presente, sus dedos rozando brevemente los del caballero. Vedla azorarse y llevar la nívea mano al lindo cuello de garza, por recatar su garganta desnuda. La ayuda él a salir del rodrigón tumbado de la higuera sobre el que estaba y, al ofrecerle la mano, la encuentra caliente y la piel suave como las uvas, y ella, sofocada, quiere desasirse, pero mantiene la mano en la del caballero galán un punto más de lo necesario.
Don Gualberto le sonríe entre entregado y burlón. Ella se sonroja más cuando piensa: «Quizá crea que guardo melindres de doncella impropios de una casada que tiene ya recorridos los senderos del bosque del amor y ha bebido de todas sus fuentes y explorado sus recovecos.»
¡Ay, callados estremecimientos de la carne, cuánto estrago hacéis en las filas de los impensados amadores, los que se cruzan una vez en la vida, se lanzan flechas en la mirada y en ellas dejan suspiros que caldean corazones!
Ved ahora a las otras mujeres que con la garrida están. Entre ellas destaca una dueña de más edad, cincuentona acaso, bella y de muy buenas hechuras bajo unas tocas que pregonan muy gentiles formas. Está dos higueras apartada, y recoge, en botecito de cristal soplado, la leche que destila del pezón de los higos, la cual, según el docto Dioscórides, aplicada con harina de trigo, limpia y purifica la sarna, cura las llagas manantías y borra los empeines.
Dejadme decir que tan alta dama no es sarnosa, que bien limpia parece. Antes bien quiere la leche para las cataplasmas de las úlceras y blanquear la tez de las moreneces del sol.
En las otras higueras, tres criadas recogen higos con muchas risas.
—Gracias, messire —dice la dueña de los botes mostrando quién manda en todas.
—A vuestro servicio, señora —la saluda don Gualberto—. ¿Os ayudo con las brevas altas?
—Si sois tan amable... —acepta ella—. Llegan las gentes de la cruzada y pronto no dejarán nada en el campo.
—¡Gahete! —ordena don Gualberto—: trepa hasta ese rodrigón y recoge las brevas maduras. Cuídate de las avispas.
Mientras don Gualberto supervisa la operación, la dama mayor se aparta unos pasos para mirarlo a su sabor. Lo encuentra hermoso, de anchas espaldas, culo apretado y firmes muslos, y no mal parecido. Lástima del atuendo desaguisado, de los caballos matalones y del hato escaso. Lo toma por un mesnadero en busca de amo, o un escudero de casa noble que ha aprendido cortesía de sus señores como los cuervos de lengua gorda aprenden a saludar.

CAPÍTULO XI (11)
Donde conocemos a la abadesa de Fontevraud, doña Ermengarda de Mercia y sus saberes de plantas, cocciones y de la vida
La señora que con tanto interés mira a Gualberto se llama doña Ermengarda de Mercia y es abadesa del monasterio de Fontevraud, en el valle del Loira, donde también profesa de boticaria y física. No imaginéis una monja pálida y mustia, de esas amargadas porque dejaron pasar la flor de la vida y nunca pareció que el Señor se lo agradeciera. Antes bien, representaos a una lozana viuda de dos maridos, una mujer de muy buen ver, frondosa, risueña, mundana, conocedora de la vida e inclinada a los deleites que el Hacedor pone en nuestro camino para disfrute de sus criaturas. Pensad en una mujer briosa que gastó su primera juventud en la corte sin privarse de placer alguno. Si ahora invierte en un convento la segunda juventud, esa fogarada de vida que sigue a la viudez, lo hace más por voluntad libre que por sujeción.
Os referiré su historia. Huérfana en la más tierna niñez, la enviaron a Renania con una tía, la cual, como tuviera ya sus hijos casados, dijo: «No tengo ánimo para cuidar de infantes», y la ingresó más pronto que tarde en el monasterio de Rupertsberg, Bingen. No sé si habréis oído hablar de ese monasterio, que es de los más famosos de Germania. Allá reinaba a la sazón, más que un papa en Roma, la anciana abadesa sor Hildegarda Fonbingen, también llamada, por su mucha sapiencia, la sibila del Rin. La señora, estando ya al cabo de la vida y no habiendo parido de su natural, le tomó mucha afición a la niña, como las abuelas quieren a sus nietas, y la instruyó personalmente en música, astronomía y todo lo tocante a boticaria y medicina, saberes en los que la anciana abadesa descollaba. A la muerte de su protectora, doña Ermengarda, que ya se había hecho mujer de sereno juicio y mucha belleza, dejó el convento y regresó a Francia, donde el rey la casó con un barón de su séquito el cual murió de una pedrada de trebuquete, noventa libras pesaba la peladilla, en el asedio del castillo de Le Vaudreuil, dejándola viuda y asaz rica, con veinte y cinco años y el ardor intacto. Entonces el rey la tornó a casar con otro de sus nobles, un duque de la Isla de Francia, que murió aplastado entre dos caballos frisones en la famosa justa de Verneuil por pavonearse ante una dama inglesa que le había enseñado, a gran favor, un tobillo rollizo. ¡Así castiga el Señor Dios las vanidades del mundo y sus jactancias: sin piedra ni palo!
Imaginaos a doña Ermengarda escandalosamente rica y reviuda a los treinta y dos años. ¡Bien me creeréis que le salieron muchos pretendientes que por alcanzar su mano importunaban al rey! Pero ella se les adelantó y manifestó a Su Majestad su vocación de retraerse del mundo y consagrarse a Dios en la abadía de Fontevraud, la de los bosques, jardines y fuentes, donde las damas nobles visten tocas monjiles y, aparte de alabar al Criador, reparten sus ocios en pasear y tañer vihuelas por los soleados claustros, en tejer punto de cruz y encajes, en escribir cartas a sobrinas remotas o a confesores contiguos, en pintar ángeles miniados, en dorar estampas, en hacer flores de trapo, en todas las labores nobles, en fin, que imaginar podáis, sin renunciar por ello al mundo ni dejar de profundizar en los placenteros misterios del amor. Es privilegio de Fontevraud, signado por nueve papas, que sus altas monjas puedan tener criados, cocineros y doncellas que las sirvan, y capellanes particulares que les lean vidas de santos y las atiendan en sus menesteres así espirituales como mundanos.
Doña Ermengarda tuvo de su primer marido una hija, casada en París, que murió de sobreparto, en la que a ratos piensa, y cuando lo hace profiere hondos suspiros. En el presente momento de nuestra historia vedla sin más familia que un hermano, el duque don Simón de Mercia, magnate de alta nobleza y señor de muy buenos estados.
Ha salido doña Ermengarda de su monasterio con dispensa papal para acompañar a don Simón de Mercia a la cruzada, porque es muy versada en boticas y medicinas, en triacas prepósitas, en píldoras de miel sedativa y otros remedios por los que será de mucha ayuda en el cuidado de los llagados y enfermos. Lleva con ella tres carromatos muy pintados de flores y ángeles, el primero para su ropa y vajilla, que viaja en arcas herradas; el segundo para la cocina de maese Marmite, su maestro guisador, que también la acompaña, por cuya ausencia queda el monasterio en mucha cuita; y el tercero para sus ungüentos y remedios, por dentro ordenado en anaqueles, cajones y botes en los que guarda los elementos de la espagiria natural.
Doña Ermengarda viste tocas marfileñas, limpias y sahumadas con hierbas de olor antes que con incienso («El incienso, para Dios», dice). Lleva al cuello una medallita en cuya orla pone: «Amor omnia vincit», regalo de una abadesa inglesa, íntima suya, sor Eglantine.
Es doña Ermengarda de muy buen trato, risueña y atenta, la voz fina, como de cristal, con un deje ronco muy agradable de oír, como el de la arena que arrastra la marola cuando paseas por la playa, nocturno y solo.
Doña Ermengarda lleva consigo a un criado mudo, un pollancón de dieciocho años, fornido, los brazos como palancas, las manos fuertes, y una natura tan cumplida como la de un caballo, lo que es de mucha admiración y envidia cuando se baña desnudo en el Loira y las lavanderas acuden a mirarlo y a mofarse de sus ausentes maridos. Gozo se llama el mozo, y es tan inocente que sigue a doña Ermengarda a todas partes, embobado de su belleza, y duerme a su puerta, a veces incluso dentro de la alcoba, cuando la abadesa lo requiere por susto a los ratones que con sólo entrar el mozo ya se espantan, asevera. A Gozo lo encontraron las monjas recién nacido en la capilla del convento, expósito. Se sospecha que es hijo de una dama encumbrada a la que montó un ciervo en un desmayo. Ello se denota en que a Gozo lo sobresaltan los olifantes cuando convocan a los cazadores y en que se le saltan las lágrimas cuando mira a un ciervo herido en montería.
Gozo sirve a doña Ermengarda con devoción filial, le lava la ropa y en paraje fragoso o vado la toma en sus brazos y la pasa al otro lado como san Cristóbal a Jesucristo. Cuida de ella como un hijo cuida de su madre. Cuando la abadesa se baña, lo que hace cada sábado muy puntualmente, para entrar limpia en el día del Señor, entra con ella en la sala de tablas y le frota la espalda con mucha sutileza. Las novicias que pegan la oreja a la puerta la escuchan reír, por las cosquillas. Cada día, al término de la jornada, le refresca los pies en una palangana de plata sobrenadada de pétalos de rosas o de flores del campo. Gozo sabe algo de hierbas y acompaña a doña Ermengarda al campo y la ayuda a recogerlas y a secarlas. Suda poco, se sospecha que por la paternidad cérvida, y a veces huele a ambrosía. La abadesa lo premia a veces con un cubilete de letuario caliente de jengibre, abrojo verde, colleja, saxífraga, canela y miel, todo ello desleído en vino fuerte, medicina que, como se sabe por Hipócrates, vigoriza y aumenta mucho el joder.
Volviendo a lo del encuentro de don Gualberto, habéis de saber que las tres criadas de doña Ermengarda acuden a ver al forastero y cuchichean entre ellas ponderando su apostura. Dice una: «De buen talante le diera un unto de manteca, que debe de traer el culo escocido de la silla.» Y la otra: «Pues yo me avendría a darle una friega con agua sal en esos hombros anchos y redondos antes de bajar a aliviarle los bajos...» En fin, esas borricadas que a veces se dicen las mujeres cuando creen que no las oímos.
Sino que yo, el romancero, oigo todo lo que mis personajes dicen y hasta lo que piensan. Para eso es mío el cantar.
—Soy la hermana del duque Simón de Mercia, que concurre a la cruzada —se presenta doña Ermengarda a don Gualberto.
Nota las botas remendadas del caballero, las ropas raídas y sucias, la espada de cinco palmos envuelta en trapos, los caballos desensillados y matalones que entregarán los bofes a la más leve galopada, pero todas esas tachas las contrarresta en la balanza de su corazón la hermosura de cuerpo, la nobleza de la mirada y la gentileza de sus gestos. Por eso le dice:
—La mesnada de mi hermano, el muy alto señor don Simón de Mercia, acampa junto al castillo. Si os acercáis y le decís a un sargento que vais de parte de la abadesa doña Ermengarda, os proporcionará cena y cobijo. Y ahora habréis de disculparnos, que cae la tarde y hemos de recogernos a las oraciones y horas.
Don Gualberto ve alejarse a las mujeres secreteando entre ellas. La más boba de las criadas, aunque otras virtudes tendrá, se retrasa adrede, vuelve la vista atrás, profiere una risita y aprieta el paso como si huyera, coqueta, recogiéndose las faldas por delante para que se ajusten al culo y le marquen las formas. Cuando digo formas me refiero a un trasero orondo y bello como la luna, buenas caderas y una cinturita estrecha, lo aclaro porque siempre hay algún oyente que no se entera. A la picardía de la criadita, don Gualberto sonríe un poco, con algo de congoja, como quien, alejado de la verde juventud y de los afanes del amor, contempla una fuente fresca de la que no ha de beber. Le acude a la memoria, vaya usted a saber por qué, una lejana fortaleza búlgara, en medio de un desierto, en la que una guarnición olvidada teme, y al propio tiempo anhela, la acometida de los bárbaros.

CAPÍTULO XII (12)
Donde se da noticia de doña Eliabel de Nemours, la malmaridada de esta verdadera historia
La casadita joven que se ha estremecido al tocar la mano del caballero se llama Eliabel de Nemours. De buena gana se hubiera vuelto a mirarlo, pues desde que lo vio siente un hormigueo en el vientre que no se le acaba de disipar. Ved cómo reprime el impulso, por no parecer alocada y ligera como la criadita boba de marras.
Camina doña Eliabel, muy erguida y señora, junto a doña Ermengarda y responde distraída a las preguntas de la abadesa. Don Gualberto, mientras, la mira alejarse y rememora su mucha belleza así como la blancura de su cara y de sus manos y piensa que, si tan bella es en lo aparente, no en menos se deben de estimar las partes encubiertas de su corporal naturaleza.
Sabed que doña Eliabel procede de una familia ilustre venida a menos. Dos hermanos asaz endeudados, y deseosos de ganar un valedor poderoso en la corte capeta, la han casado con un conde de la Isla de Francia, un hombre feroz del que se rumorea que mató a su anterior mujer de una patada en el vientre porque, después de seis años de matrimonio, no le daba un heredero que prolongara su esclarecido linaje.
¡Malhaya el que levanta la mano a mujer!

CAPÍTULO XIII (13)
En el que se cuenta la querella habida entre don Gualberto y don Hugo de Tours
Ved la Aljafería donde posan los reyes de Aragón. Por fuera es un castillo guarnecido de torres y cercado por un foso de verdes aguas en el que nadan muchos galápagos. Por dentro es un palacio blanco donde no faltan salas amenas, baños y todos los agrados que una persona mortal pueda pedir.
Es Zaragoza una ciudad ilustre, de muy buenos linajes, poblada y habitada de gentes laboriosas y en todo contrarias a mudar de parecer. Muchos vasallos de Aragón acuden al apellido real de una parte y de otra del Pirineo con buenos caballos y armas de mucho lustre. Vedlos levantar muchas tiendas de buenos hastiales y paños en las riberas amenas del río y muchos chozos pastoreros en los ejidos, donde posa la chusma y el puterío que a la tropa sirve.
Acá llega don Gualberto. Ha dejado los matalones al cuidado de Gahete, no sea que algún desventurado más pobre que él se los robe, y se dirige a una tienda capaz sobre la que campea un pendón posadero con la cruz languedociana. Llégase al que guarda la entrada, que está espulgando sus calzas, a sotavento, como debe ser, y le pregunta por don Hugo de Tours.
—Ese que decís es franco, ¿no? —responde el doncel lendrero—. Entonces debéis buscarlo al otro lado del río. Acá posamos los del Oc, allá los del Oil. Se han apropiado con el mejor sitio, esos cabronazos. E id con cuidado, que todos son de la estirpe de Caco, el ladrón.
El caballero se encamina al campamento de los francos. Le indican una tienda enorme, de anchos hastiales, de las de contubernio, plantada sobre un altozano despejado. Del interior de la tienda llega algún son de dados en cubilete y muchas risas y pesias de jugadores.
—Vengo a ver al barón don Hugo de Tours —le indica don Gualberto al que guarda la entrada.
El hombre entra a avisar a su señor. Un momento después, un manotazo aparta la cortina y aparece don Hugo de Tours, alto y robusto, la cara de caballo marcada por una cicatriz cárdena que le parte en dos una ceja y la nariz.
—¿Quién eres y qué quieres? —le pregunta a don Gualberto notando sus ropas de poco precio—. Abrevia porque me has interrumpido la partida.
A las narices del visitante llega un aliento a vinazo.
—Soy don Gualberto de Marignane —se presenta el caballero menesteroso.
—Quizá seas Gualberto, pero ya no eres de Marignane —replica don Hugo—. Marignane me pertenece ahora —añade señalándose con un dedo recio y peludo—. ¿No estabas en ultramar? ¿Has venido al entierro de tu hermano, el borracho? Pues vuélvete y que Dios te ampare.
Va a dar por zanjada la conversación y aparta la cortina de la tienda para regresar a los dados, pero don Gualberto lo retiene por el brazo. Bajo la manga se tensan unos músculos duros como pedernal.
—¡El feudo me pertenecía a mí, messire, no a mi hermano! —protesta don Gualberto—. ¡Yo lo compré a los banqueros lombardos que lo tenían hipotecado!
Hugo de Tours se suelta con un gesto brusco.
—Ahora me pertenece a mí —zanja la discusión—. Me cupo en el reparto de los bienes de los herejes. Si quieres, reclama al arzobispo Amalarico. No hay más que hablar. Largo de aquí.
Sin aguardar respuesta entra en la tienda. La pesada cortina cae tras él.
—Será mejor que vuelvas con los tuyos, hijo de Cataria —le aconseja el guarda, la mano distraída en la manzana de la daga.
Don Gualberto duda. «Entre tantos francos es tontería que bregue —piensa—: me apiolan, me entierran en un muladar y si alguien pregunta dirán que era hereje.»
Hombre prudente y trabajado por la vida, don Gualberto se guarda su ira para mejor ocasión y acopia mansuetudo. Regresa junto a Gahete con semblante resignado. «Vayamos al mercado a comprar viandas», le dice.
El mercado, una veintena de puestos al amparo de las murallas, está asaz concurrido. Oled en el aire el vinagre de los adobos fritos y la manteca de las calderas de sopa soldadera. ¿Tragáis saliva? Aguardad, que aún no menciono los tendales de tajadas de carnero y vaca, las ristras de salchichas, los madejos de tripas, los racimos de morcillas, todo ello negro de moscas, pero si las espantáis aparece debajo el color de cada vianda. Tampoco faltan los lebrillos de bofes y adobos, ni los pasteles de sobras y menudillos, ni los quesos y los panes calientes que salen del horno, unos de escanda y otros de cebada.
Sentados sobre un roquedo que mira a la caída del sol, don Gualberto y Gahete comparten un tazón de sopa de liebre y un pan coruscado con tocino derretido.
El caballero anda en gran pensamiento y habla poco. No le mintieron los que advertían que don Hugo de Tours es grosero y descortés, así como gran hacedor de yerros y desaguisados, el perro de presa del rey capeto, como lo llaman. ¿Servirá de algo reclamar su feudo ante el arzobispo Amalarico? Sabe don Gualberto que este cisterciense bendice las tropelías de los cruzados en el Languedoc. No espera encontrar justicia en él, pero, a pesar de todo, acudirá en demanda de su feudo antes de apelar a otras instancias. Es lo único que le resta, la esperanza de que alguien atienda su justa causa.

CAPÍTULO XIV (14)
En que don Hugo de Tours agasaja a su esposa como marido cumplido
Don Hugo de Tours, el asolador de aldeas, el taimado en la guerra y peligroso en la paz, se retira de la partida muy sañudo pues ha perdido cincuenta sueldos y un caballo. Vedlo regresar a su posada abriendo puertas a patadas y descerrajando postigos. Los criados se han retraído al pajar y se fingen dormidos. Sólo la joven esposa lo aguarda con la cena: medio pernil de jabalí, una jarra de vino, una rebanada de pan gruesa como el canto de una puerta y una fuente de brevas frescas que ella misma ha recogido por la mañana.
La dama ha pasado toda la tarde un poco ausente, recordando con placer el roce de su mano con la de don Gualberto, soñando fantasías y, al propio tiempo, sintiéndose muy desventurada del mal casamiento. Una dama malmaridada de tantas.
Cena taciturno don Hugo y apura dos jarras de vino. Un poco borracho, toma a su mujer de la mano y la arrastra por la angosta escalera que conduce al aposento, una cámara de techo bajo con una gran chimenea en la que crepita un tronco de encina. Don Hugo empuja a su joven esposa contra la cama doselada, la vuelve de espaldas, le levanta las haldas con rudeza castrense, se alza las suyas, que huelen a sudor y a cuero, y tras espabilarse el miembro hasta que alcanza la dureza de un cuerno, la posee violentamente.
—¡Préñate! —le susurra al oído mientras la aplasta y la lastima—. Préñate o te deslomaré a latigazos y dormirás con los lebreles. Si quieres que te trate como a una esposa, dame un hijo, bruja de la Cataria.
La Cataria, la tierra de los cátaros. Habéis de saber que, para los barones del norte, los hijos del Languedoc son herejes y sus mujeres, aquellas damiselas que aprenden a leer y a tañer músicas trovadorescas en lugar de batir mantecas y manejar la rueca, no son muy de fiar. Más bien les parece que tiran a perdidas o brujas.
Otras veces, la esposa de don Hugo ha aguantado los maltratos y el forzamiento sin lamentos, pero esta vez el perturbador recuerdo del hombre gentil que ha conocido por la mañana la espolea a no conformarse con su destino. Se atreve a protestar y dice: «¡Si quieres que te dé un hijo, trátame como a una mujer!»
Vierais a don Hugo encenderse en toda su furia: «¿Como una mujer? —grita—. ¿Como una mujer, dices? ¿Quién te crees que eres? ¡Te he comprado, te he alimentado, te he vestido! ¡No eres nadie! ¡Si no te saco de la casa de tus hermanos estarías hambreada y putearías por un cacho de pan, bruja cátara! ¡Muerde la mordaza!»
Tendida en la cama, Eliabel muerde la almohada y cuenta con gemidos los quince cintarazos con que don Hugo le castiga el albo trasero y los fastuosos muslos.
¡Cuánta saña! ¡Qué atropellada justicia! Notad cómo salta la sangre limpia en aquellas carnes blancas, hermosas, de perfección divinal, más aparejadas para holgarlas y hozarlas en amorosa contienda que para atormentarlas ni lastimarlas.
Los entendedores de almas sepan que es la misma punición que el vil caballero recibía de su padre cuando era niño y cometía un yerro.

CAPÍTULO XV (15)
De los pensamientos de don Gualberto de Marignane
Mientras doña Eliabel hipa y solloza y se unta las doloridas llagas con aceite de romero, vayamos a la linde del bosque, donde nuestro caballero don Gualberto, irritado por su encuentro con el tirano, no consigue conciliar el sueño. ¡Sombríos pensamientos acuden a su cabeza y entre ellos no es el menor desafiar al usurpador a limpia justa a todo trance, con armas de muerte, y en ella matarlo y descabezarlo!
Los discretos que me oís sabéis que cada hombre lleva consigo, como un zurrón constante, lo que ha sido en la carrera de la vida. En el zurrón de don Gualberto, junto a victorias y prosperidades ya olvidadas, pesan sinsabores y pesadumbres. Ha cumplido treinta años y, después de tantos padecimientos y trabajos, no tiene más hacienda que sus manos desnudas y la espada Melipicra. Por eso, a menudo, incluso en momentos de gran ceremonia, se abstrae y pone su pensamiento en disparatadas empresas de una juventud que ya ha gastado sin beneficio.
Aquella dueña joven que ha conocido por la mañana le ha recordado, después de mucho tiempo de renuncia, al que fue en otro tiempo. Sabed que el caballero menesteroso, y también desengañado, albergó en su día la vaga ilusión de tener una mujer, unos hijos, unos caballos, unos criados, unos lebreles, unos amigos, una casa, una vihuela y media docena de libros.
Luego de soñar, regresa al momento y se desengaña. Cuando siguió a la cruzada al marqués de Monferrato, la mudable Fortuna le prometía hacienda y honores. Después, se oscureció la vida, se desbarataron los planes, pereció su señor, naufragaron sus ilusiones. Ahora el adverso destino lo devuelve a su tierra tan desnudo y pobre como al principio. Con más experiencia si acaso y menos confiado en las promesas de los poderosos.
«No tengo más algo que mi espada firme y tajadora», se dice.
Mirad el cuadro: es abril, la noche está fría y, en el cielo, titilan las estrellas.
Noches como éstas le acuden a la memoria, noches de contento, debajo de una manta pelliza, en cama suave, perfumada y algaliada, el trasero ebúrneo de Anna Comnena, su vientre cálido, sus pendejitos suaves como marta cibelina, sus brazos abrazadores, don Gualberto despierto contemplando su sueño, acercando sus narices a las de ella, respirando el aire perfumado que exhala, el aliento embriagador de la mujer, cautivo de su cautiva, ciego amor, llaga de luz que lo alivia al quemarlo. Oíd suspirar al caballero: «¡Ay, Anna Comnena, en qué desamparo me dejaste! ¿Por qué pienso en ti, si estabas largo tiempo olvidada?» Mira en su ensueño la blanca garganta de Eliabel, cuando miraba a Gahete coger las brevas.
«Duérmete —se dice—. No pienses en una mujer, mucho menos si está casada. Dedica tus fuerzas a recuperar lo tuyo. Cuando tengas Marignane, ya veremos la deriva del vivir. Quizá el arzobispo Amalarico te compense.»
Rememora el caballero la carcomida torre de Marignane, que su hermano dejó arruinarse por mengua de reparos. Se asoma en su pensamiento a las cuadras vacías sin caballos, a los cabalhustes sin sillas, a los graneros saqueados, sin costales ni harneros, a los lagares secos sin olor de bodega, al muro aportillado del que los vecinos roban las piedras... Todo lo ve decaído y arruinado.
La dueña joven vuelve con reiteración a sus mientes embargando todo otro pensamiento. «¿Dónde estás, la bella?» Lo apena imaginarla en aquellas tiendas de los francos, al otro lado del río, en un catre de campaña, la mano atezada y áspera de algún marido entre sus muslos de nácar.
Desvelado, rememora versos antiguos que en otro tiempo susurró en los oídos de Anna Comnena: «Más blanca, Galatea, que las hojas nevadas de la alheña.»2
¡Aquellos ojos grises de mirar brillante y terciopelo, los bellos ojos que expresaban viveza y hondura del ánima! ¡Oh, fugaz recuerdo que caldeas el corazón atribulado! Lleva el caballero en su zurrón la única pertenencia que trajo de ultramar, aparte de la espada Melipicra: un códice ovidiano hallado en un palacio de Pera, cuando el saqueo de Bizancio.
Gira la noche sobre el lucero y la memoria del caballero desvelado se abandona a los versos de Ovidio pronunciados por aquellos labios que nunca lo saciaron: «más suave que la concha pulida por el mar», «más dulce que la uva madura», «más suave que la pluma del cisne y que la leche cuajada».3
Si existe la comunión de las ánimas en la distancia, como aseguran los trovadores, esta noche dos almas velan soñando encontrarse. La esposa de Tours moja la almohada en quedos sollozos, ceñida por el pesado brazo del bruto que ronca a su lado. Con las primeras luces del alba concilia el sueño. Ya luce la luz del día cuando la despierta una caricia.
Don Hugo de Tours, resacoso y espeso de mente, acaricia delicadamente, con su áspera mano, los moratones de su mujer. Compungido, la besa en el hombro desnudo y reprime un sollozo. ¡Si olierais cómo apesta a sudor agrio en la cama algaliada!
—Bien que me pesa, esposa mía —le dice—. Aunque tenga la mano fácil, debes saber que te aprecio. Sólo deseo que aprendas a conducirte como la esposa de quien eres. Yo sé que eres buena y lista y que te vas a esforzar. Cuando destierres tus ínfulas provenzales seremos felices. ¿Te esforzarás? ¿Qué me dices? ¿Por qué me miras con desprecio?
—No os miro con desprecio, messire.
—¡Sí me miras! ¡Yo sé leer en la mirada! Ahora eres una señora de la Isla de Francia y tienes que comportarte como tal con tu marido. Pregúntale a doña Ermengarda, que estuvo casada con dos barones de mucha alcurnia. Ella te guiará. Ella te enseñará a servir y a desvivirte por tu esposo. Que te recuerde si no es el primer deber de una buena esposa dar al marido hijos robustos que perpetúen su linaje. Debes esforzarte en darme un hijo y después otro, uno por año, hijos fuertes y sanos, que alegren el castillo de Tours y me acompañen a las caballerías monteras.
Ella asiente, compungida.
—Ven ahora —la atrae hacia él con brusquedad—. Te voy a hacer ese hijo.
Tours la toma de nuevo, esta vez boca arriba. ¡Pobre mujer! Cada embestida conyugal aviva la quemazón de los cintarazos, aplastados los verdugones contra la colcha de lino. Le muerde los pezones como si quisiera arrancárselos con aquellos dientes grandes y amarillos. Eliabel soporta el dolor sin gemido. En tres meses de casada ha aprendido a no quejarse porque don Hugo confunde las quejas con gemidos placenteros y arrecia. Ved que la infeliz intenta aliviar la repulsión del acto rememorando escenas de su infancia o descifrando las figuras caprichosas que la luz de las contraventanas dibuja en el techo.
Cuando alcanza el espasmo placentero, don Hugo descabalga y abandona el lecho. Ved como llena la angosta alcoba con su desmedida humanidad, la cabeza inclinada por la bajura de las vigas. Se asoma al ventanuco mientras se ata las cintas de las bragas. Su torso poderoso tapa la lumbrera y deja la estancia en penumbra. Afuera, en las perreras, laten nerviosos los lebreles olfateando la caza. El ogro siente apetito de carne y sangre, como cada vez que desbarriga en hembra. Embutido en su coleto de cuero de búfalo, lo espolea el pensamiento de la caldera humeante, junto al río, donde sus conmilitones almuerzan gachas y tocino antes de la montería.
—Volveré a media tarde —advierte a su esposa mientras se calza las botas militares.
Suena potente un olifante en la ribera. El paje de cámara, Denis se llama, tose al pie de la escalera. Desde la puerta, don Hugo se torna hacia la mujer, que permanece en la cama, la dolorida natura púdicamente cubierta con una toca.
—¿Lo has pasado bien? —inquiere.
No responde Eliabel. Se finge dormida, la cara oculta en el cabezal.
—En fin —suspira el conde—. Cuando media docena de robustos mamoncetes te den guerra alrededor te volverás menos melindrosa. Habla con la señora Ermengarda y que te explique las costumbres de la corte de Francia. El año que viene, por primavera, te llevaré a que te conozcan mis hermanas. Te enseñaré Tours, el feudo y el castillo, te llevaré a cabalgar por el bosque de Saint Bertevin y nos bañaremos desnudos en la poza de Bonasieux. Coserás y bordarás con mis primas, y cuando unjan a un rey nuevo me acompañarás a París, a Saint-Denis, con el vestido que mi madre llevaba en las solemnidades. Te gustará aquella vida. Allí somos verdaderos hombres y verdaderas mujeres.
Suena de nuevo el cuerno que convoca a los cazadores. Don Hugo sale y cierra la puerta. Bajo sus pisadas poderosas crujen los peldaños de la escalera.
Verdaderos hombres, ha dicho el conde. ¿Es ésa la vida que le espera a doña Eliabel en los feudos del norte, bajos cielos encapotados, sin sol? Pesarosa y vencida, la malmaridada piensa en colgarse de una viga o en cortarse las venas, aun a sabiendas de que llegado el momento le faltará valor. Después de rumiar sus miserias, se encorazona y muda de parecer. Vedla ahora en el semblante sereno y serio de la mujer despechada que ha determinado vengarse de ese marido zafio y de la vida desatenta que le procura. Se buscará un amigo como otras hacen, entregará su cuerpo cuando un enamorado la corteje. ¿No es eso lo que más concome a los barones del norte, donde el amor cortés es traición y ramerío? Piensa de inmediato en el caballero menesteroso de la víspera. Entre hipidos, acurrucada bajo el pellote, los ojos cerrados y llorosos, se recrea en el deshonesto pensamiento y adorna a su enamorado con cualidades que no digo yo que no las posea, sino que son más producto de su imaginación inflamada que del conocimiento.
¡Ah, dama malmaridada, quizá te apiadarías de don Gualberto si conocieras el fardo de amarguras que carga su henchido corazón!

CAPÍTULO XVI (16)
De los hombres de ingenio que acompañan a la tropa
Si escuchásedes ahora, me haréis merced delante de este cuadro que os señalo. Éstos son los hombres de ingenio que mucho habéis de honrar pues sin armas combaten y sin llagas ni cicatrices padecen en sus almas sensibles la suerte adversa de los héroes y las lágrimas de las doncellas desventuradas. Miradlos estar atentos los del mester de juglaría, el jocularis de gesta y voz, compositor y recitador, que divierte y ensalza, que lustra al bueno y maldice al malo, los juglares que saben tañer instrumentos, los segreles que saben trovar, los remedadores que fingen personajes altos o bajos y lo mismo prestan voz a Alejandro, el ilustre, que a César, el romano, o al rey David, el tañedor de lira. De los trovadores hablo, los que componemos con destreza y diligencia canciones, danzas, coblas, baladas, sirventeses y albas. No nos confundáis, por vuestra vida, con los cazurros, trasechadores y nigromantes, esos truhanes de vil conducta que al vulgo entretienen con chabacanas ocurrencias y burlas en plazas y tabernas, los que fingen mascar el fuego, o se meten cuchillos por la boca o hacen subir una cabra a una escalera sobre la que han puesto un almirez del revés como si mérito fuera que el maligno bicho junte las patas en concuño. Hablo de los que imitan pájaros o rebuznos, o hacen pedos de sobaco y pedorreta de labio y otras groserías que deleitan a nocherniegos beodos. Hablo también de los bufones que se fingen locos, mesan barbas, magrean escotes, disparan cohombros de sangre, ofenden a los menudos con el beneplácito de los poderosos y provocan altercados y riñas de sangre por haberse pasado de la raya. También meto en este saco a los tontos como el bufón Zapatitos que se fingen listos y hablan parlas vacías y arengas que parecen sensatas haciendo burlas de la sensatez misma.
¡No es ese oficio de juglar ni de trovador! Nuestro menester es más elevado ya que nacimos para mover a los buenos a la alegría y al honor, para esclarecer lo oscuro, para guardar lo memorable de los pueblos, por hazañoso o por luctuoso en lo que los oyentes tiernos o talludos puedan tomar ejemplo y escarmiento.
Ved al juglar Guillem de Cabestany, parejamente diestro en el mester de Arturo de Bretaña como en el de Carlomagno de Francia, así como en los cantares de Alejandro y las proezas de Oriente. ¡Oyéraislo cantar los gozos y desventuras de Tristán e Isolda, la de las manos blancas, que mueven al llanto a los corazones duros! El rey de Irlanda la Verde concertó el matrimonio de la bella Isolda, su hija, con el anciano rey Marcos de Cornualles. Marcos, deseoso de consumar el himeneo, envió a buscarla a su sobrino Tristán, un joven apuesto y alegre, de talle fino, gran caballero y diestro en varias artes. Hubieran regresado en perfecta castidad, pero bebieron sin saberlo una pócima de amor y cayeron uno en brazos del otro. Enamorados, huyeron a las altas montañas a gozar de su dicha, pero el burlado rey les envió la desgracia y murieron en un abrazo.
Doña Eliabel escucha la trova y se siente Isolda, la de las manos blancas. ¡Cuán alegremente daría la vida por conocer el amor que enseña a los amantes ese huerto cerrado donde anida la verdad de nuestros cuerpos y nuestras ánimas!

CAPÍTULO XVII (17)
Del encuentro entre don Gualberto
y don Simón de Mercia en el trato del caballo
Mirad ahora cómo se levanta la mañana, cómo humean las chimeneas de la ciudad y las cocinas del campamento. En la torre mayor de la Aljafería ondea la enseña de Aragón.
Después de desayunar, don Gualberto deja a Gahete almohazando a los caballos y sale a pasear por entre las mesnadas.
En los rediles, junto al río, un noble franco de pelo cano y aventajada estatura examina un soberbio tordo rodado de gran alzada, un verdadero destrier capaz de llevar encima a un hombre corpulento cargado con todas sus armas. Le mira la dentadura, le palpa las carnes y los tendones y realiza cuantas operaciones conducen a comprobar el estado del animal. Mientras, el mercader que se lo quiere vender revolotea a su lado loando las altas cualidades del animal.
—Venturero se llama. Es un buen caballo, un verdadero destrier de batalla —lo alaba el tratante—: frisón, bien entrenado, bien cuidado, perteneció a las cuadras del conde de Gevaudan. Lo tuvo que vender para pagar su rescate, de lo contrario jamás se hubiera desprendido de él.
Don Gualberto se apoya en la empalizada del corral y contempla al caballo y a los que discuten su precio. ¡Bien conoce el cuadro! En Bulgaria ha tenido caballos tan buenos como aquél, nada que ver con los penosos rocines que ahora lo acompañan y de los que, la verdad, se avergüenza. Tras el examen, el noble franco parece satisfecho y pregunta por el precio.
—Montadlo y después hablamos —le propone el mercader.
Un escudero se adelanta con la silla cocera del señor y ensilla a Venturero. Los mirantes despejan y se arriman al redil. El escudero monta y cabalga un par de veces un buen trecho, primero a trote pausado, luego veloz, suelta la rienda, hasta que Venturero se pone a espuela hita. Prueba después cómo responde a la sofrenada, lo hace marchar a diestra y siniestra, con la sola puntera de la bota presionando el lomo. El caballo se muestra en todo obediente y disciplinado.
El probador regresa a donde aguarda su señor y con ligereza salta a tierra.
—¿Y bien? —pregunta el franco—. ¿Qué os ha parecido?
—Es un buen caballo, messire. Un poco bronco en la rienda, pero animoso y fuerte de las patas traseras. Tiene la arrancada rápida y parece equilibrado de carácter. —Le rasca en la barbilla y el animal se abandona a la caricia mansamente—. Es deliberado y firme, messire, pero dócil a la espuela.
—¡Ya os dije que es excelente! —corrobora el tratante.
Mientras el comprador vacila, el tratante le guiña el ojo a un criado suyo que apercibido está para que tome la rienda y haga trotar a Venturero, en corto, alrededor del corral, a fin de mantener despierto el deseo de poseerlo. Demanda una cantidad crecida. Mientras regatean, don Gualberto nota que, aunque buen caballo, Venturero hace a veces un extraño dificultoso de notar cuando apoya la mano derecha.
—No es nada barato, pero lo mercaré —decide por fin el noble.
—Messire, ese destrier tiene una tacha —interviene entonces Gualberto desde su distancia.
El comprador y el tratante se tornan hacia el entrometido mirante.
—¿Qué defecto? —pregunta el noble, amoscado—. ¿Por ventura creéis que no sabemos apreciar un buen caballo?
—De cerca no se le nota mucho, messire —prosigue don Gualberto acercándose—, pero de lejos sí. —Acaricia al caballo con mano experta en la quijada y se deja oler las manos—. Este animal se resiente de la mano delantera.
Altercan sobre ello él que sí, el tratante que no hasta que don Gualberto examina la pata del animal, la levanta hasta apoyarla en su muslo y tantea las coyunturas de la rodilla y del pie, sin hallar tacha. El casco está bien calzado, con herradura de siete agujeros, y la uña bien recortada, pero un poco raspada y untada de aceite frito con romero. El mismo tinte no parece tan intenso en los otros cascos. Don Gualberto lo deposita en tierra y con un guijarrito propina pequeños golpes en distintos lugares de la uña. Repite la operación con la uña de la otra mano. La diestra suena distinta, como a hueco.
Don Gualberto se incorpora.
—Messire : este animal padece hormiguillo en esta mano, debajo de la uña. El mal todavía está empezando y apenas se nota, pero si no se remedia, dentro de un mes sonará como un tonel vacío y cojeará al correr.
—¿Hormiguillo? —replica el tratante mirando al entrometido que le está arruinando el trato con dos ojos como venablos buidos—. ¿Estáis loco?
—No, no lo estoy —Gualberto se afirma—. Le habéis raspado la uña y la habéis teñido para disimular la caspa, pero el hormiguillo está ahí.
—No lo creáis, messire —protesta el tratante—. Este hombre no sabe lo que dice. Era el caballo favorito del conde de Albert. Se tuvo que desprender de él porque vino a la ruina después de perder sus tierras. Tengo otros dos compradores que me lo quitarán de las manos.
—No me extraña que el de Albert perdiera el feudo si éste era su caballo favorito —dice el noble—. Quede el trato en suspenso. Os enviaré un albéitar que examine el animal más despacio.
Incomodado y frustrado, el noble se desentiende del tratante y le dice a don Gualberto:
—Me habéis librado de comprar un caballo defectuoso. ¿Sois albéitar?
—No, messire, soy caballero, aunque no lo parezca con estos andrajos que la adversa fortuna me obliga a vestir. Me llamo don Gualberto de Marignane y provengo de una antigua familia enfeudada al conde de Provenza. Los Marignane no somos dueños de grandes estados, pero tampoco criamos liendres.
—Soy don Simón de Mercia —se presenta el franco—, vasallo de Aragón por mi feudo de Agen, en el condado de Tolosa, aunque mis principales tierras las tengo en la Isla de Francia. ¿En qué mesnada servís?
—En ninguna, messire. No soy cruzado.
—¿Dónde habéis aprendido de caballos?
—En Bulgaria, messire. Entre los tártaros.
—Bulgaria, ¿eh? Pero vos sois occitano, si no yerro.
—Acertáis, messire. Serví a Bonifacio, el marqués de Monferrato, en la cruzada que no llegó a Tierra Santa. Con las vueltas de la fortuna terminé en Bulgaria.
Mercia lo mira con fijeza.
—La cruzada de Bonifacio de Monferrato... —evoca tristemente—. Algunos amigos perdí en ella... Fue un gran descalabro para la Cristiandad. Sabed que intenté alistarme, pero quiso mi desventura que me postraran unas fiebres cuando estaba a punto de partir. Y, decidme, ¿estuvisteis en lo de Constantinopla?
Se refiere Mercia al saqueo de Bizancio que acá llamamos Constantinopla.
—Sí, messire. Permanecí al lado de mi señor Bonifacio de Monferrato hasta su muerte en batalla con los búlgaros. Después serví diez años al rey de aquellas tierras.
—¿Puedo preguntaros qué hacéis en Zaragoza si no sois cruzado?
—He venido para reclamar mi feudo, que me han arrebatado contra derecho.
—¿Quién os lo ha arrebatado?
—Un barón del norte, messire, don Hugo de Tours se llama.
Simón de Mercia asiente, con grave semblante.
—No es por desalentaros, pero conozco algo a don Hugo de Tours. Es un hombre obstinado, un gran barón ejercitado en todas las guerras de Felipe Augusto. Me parece que si él tiene vuestras tierras, os va a ser difícil recuperarlas. Supongo que las habrá recibido por derecho, en términos legales.
—Yo les había comprado los derechos a los genoveses a los que hipotecó el feudo mi hermano, messire. Estaba ausente cuando me lo arrebataron y no pude reclamar mi derecho. Soy un buen católico, aunque haya nacido en la Cataria.
Mercia asiente.
—Quizá el arzobispo Amalarico pueda compensaros. Intercederé por vos.
—Os quedaré grandemente agradecido si lo hacéis, messire.
—Lo malo es que el arzobispo no está aquí sino en Navarra, en la corte del rey Sancho —reflexiona Mercia—. El santo padre le ha encomendado que persuada al rey a participar en esta cruzada.
—Iré a verlo a Navarra, entonces.
—Os será más fácil verlo en Toledo. Los cruzados estamos citados allí para la octava de Pentecostés. Si os interesa, podéis uniros a mi mesnada. Un caballero probado nunca sobra.
—No tengo armas ni coursier, messire —confiesa Gualberto—. Tan sólo mi espada.
—Yo os proveeré de cuanto os falta.
Los dos caballeros pasean por la ribera del río seguidos por el sargento y el paje de la escolta. Hablan de los pueblos que don Gualberto ha conocido en lejanas tierras y de las caballerías que allá se hacen. A don Simón le hubiera complacido viajar más, ver mundo, pero ésta es la primera vez que sale de Francia, cuando ya bordea las lindes de la ancianidad.

CAPÍTULO XVIII (18)
Donde se explican los reinos de España y por qué en ella hay moros, siendo tierra de cristianos
En su conversación por las amenas arboledas de la ribera del Ebro, don Simón instruye a don Gualberto sobre los reyes que se reparten España.
Hace cinco siglos, los sarracenos conquistaron el reino godo de Hispania. Los fugitivos de aquella morisma, nobles y villanos, sanos y llagados, se acogieron a las montañas astures, en el norte, unas tierras tan fragosas que malamente puede entrar en ellas un moro sin muchos trabajos, aparte de que llueve mucho y cuando sus albornoces se mojan hieden a guano. Desde allí, poco a poco, los cristianos cobraron algunas tierras perdidas y en ellas fundaron los cinco reinos que ahora tienen, no todos a un tiempo sino primero el de León y después, como hijuelos suyos, los de Navarra, Aragón, Castilla y Portugal. Hermanos como son y creyentes en Nuestra Señora y en el Criador, sin embargo, siempre andan enzarzados en pleitos por fronteras y no es raro que dos que no lindan se concierten para repartirse las tierras del vecino común, de lo que resultan feroces enemistades que se guardan y alientan durante generaciones. Esta codicia de la tierra ajena los mueve tanto a la violencia como a la astucia.
—Traigo observado de Oriente que las tierras pobres son fértiles en reyes y condes marrulleros e intrigantes —reflexiona don Gualberto—. Quizá sea porque maquinar es más barato que guerrear.
—Tenéis razón, messire. Estos reyes españoles aprovecharán cualquier flaqueza del vecino para moverle cruda guerra y despojarlo, pero otras veces recurren a la astucia y conciertan matrimonios con la esperanza de heredarse. Por eso se han convertido en una misma y única familia en la que los primos se casan con primas, los tíos con sobrinas y los sobrinos con tías. Las ramas de esos árboles genealógicos se han enredado tanto que ya forman una selva inextricable, una sola familia unida más por los odios y la codicia que por el afectuoso parentesco. Ahora los que más se odian son los reyes de Castilla y León, los dos Alfonsos. Y mirad que no hace muchos años eran tan estrechos parientes y amigos que el leonés se casó con la hija del castellano y prima suya, Berenguela, y le hizo cinco hijos.
—Si son consuegros, ¿por qué andan tan enemigos? —pregunta don Gualberto.
—¡Ahí está el daño! —dice don Simón—. Como el rey de León y Berenguela eran primos, el papa Celestino les otorgó la dispensa necesaria para casarse, pero el papa siguiente, Inocencio III, al que todos servimos, la ha anulado. No nos toca a nosotros decir si está bien o mal; eso es lo que hay.
Parlan los dos caballeros de otras mil razones de caballerías, contiendas, paces y reyes con gran provecho de los dos pues lo que uno sabe lo ignora el otro y ambos se complacen en aprender cosas y son muy emparejados de carácter y de buen talante. Antes de despedirse, don Simón le dice a don Gualberto:
—Esta noche don Pedro de Aragón, nuestro buen rey, celebra un festín en la Aljafería contando con que los que salieron a cazar aporten las viandas. Venid y os presentaré al monarca.
—Os agradezco tanto honor, messire, pero ved que no tengo ropas guisadas para comparecer dignamente ante tan alto señor.
—Eso no será impedimento —le dice don Simón—. Venid a mis tiendas y lo remediaremos. El sargento Pontoise os acomodará a vos y a vuestro paje.
Pontoise, un bretón fornido y colorado que sigue al conde de Mercia como una sombra, conduce a don Gualberto a las tiendas de la mesnada. ¡Cómo se regocija Gahete al ver y oler las humeantes calderas, al contemplar la abundancia de caballos y armas! ¡Más que por su suerte se alegra por la de su señor, al que de buen corazón tanto aprecia!
Vedlos ahora en una buena tienda con otros dos caballeros de la mesnada languedociana de los que, en discreta averiguación, don Gualberto viene a saber que don Simón de Mercia es uno de los principales magnates de Felipe Augusto, el rey Capeto, al que ha acompañado en sus conquistas normandas y él lo ha recompensado con extensas propiedades en Normandía y hasta le confió el mando de las mesnadas reales en la pacificación del valle del Loira y las expugnaciones de Poitiers, Loches y Chinon. Cuando el papa decretó la cruzada contra los cátaros, el propio pontífice solicitó de Felipe Augusto que don Simón de Mercia acompañara a sus barones y evitara las rencillas entre ellos. En la toma de Béziers, don Simón de Mercia protestó por la matanza de la población y se distanció de Monfort. Por eso, de común acuerdo con el arzobispo de Narbona, don Arnaldo Amalarico, su amigo, ha accedido a combatir a los sarracenos de España dejando a Monfort la campaña contra los cátaros.
Por la tarde, Pontoise acompaña a don Gualberto a las casas principales de Zaragoza, donde don Simón de Mercia tiene posada. Doña Ermengarda, la abadesa, a la que una doncella peina en el mirador, bajo el verde emparrado, lo ve entrar en el patio.
—¡Pero si es mi caballero menesteroso!
—¿Cómo es esto, hermana? —pregunta don Simón—. ¿Conocéis por ventura a ese caballero?
—Sí, por cierto. Ayer nos ayudó a recoger brevas en la ribera. Es un hombre de mucha gentileza y buena crianza, aunque, a lo que parece, no muy afortunado de bienes, casi pobre de pordiosear.
—Me alegro de oír bondades de él —dice Mercia—, porque lo he agregado a mi mesnada. Sabe mucho de caballos. Le diré que suba a saludaros.
Don Gualberto besa la mano de doña Ermengarda con gran placer de volver a encontrarla y de que sea hermana de su benefactor.
—¡Mi chevalier servant! —lo acoge ella con femenil agrado—. Ya me pareció ayer que vuestros modales no eran los propios de un ballestero. Ahora os pido perdón por no haberos tratado con mayor rango. ¡No consentiremos ni un instante más que andéis vestido tan humildemente!
Doña Ermengarda llama a su lencera y le encomienda que busque en las arcas la vestimenta que cumple a tal caballero: bragas, camisa, calzas, una saya encordada y un manto.
Ya vestido, con gran contento de todos de verlo tan lucido y gallardo, brindan con hipocrás y hablan de cortesanías y nuevas.
—¿Sabéis, hermana, que nuestro buen amigo asistió a la cruzada de Constantinopla? —dice don Simón.
—¿Es eso cierto? —pregunta la abadesa—. Tenéis que contarnos cosas de allí, de los palacios, las damas, el lujo... Las iglesias, naturalmente.
—Yo iba a alistarme para aquella cruzada —se lamenta don Simón—, pero unas inoportunas fiebres me dejaron postrado en el lecho, tan abatido que no podía ni levantar la cabeza para beber las tisanas de sor Ermengarda. Mi hermana sabe tanto de jarabes salutíferos como vos de caballos.
Don Simón estrecha amorosamente la mano de doña Ermengarda, que lo mira con ternura:
—Sí, querido hermano —dice—. Fue una pena que no acudierais a la cruzada, como algunos de vuestros amigos y vecinos. No todos murieron en Oriente —añade la abadesa con un punto de ironía—, algunos regresaron, pobres como ratas y con un brazo de menos, como el de Bournet, pero regresaron.
Don Gualberto no está seguro de que la abadesa lamente realmente la ausencia de su hermano en tan alta ocasión, pero, como discreto, se abstiene de comentar que aquello fue una calamidad y no sirvió de nada.
Doña Ermengarda deposita en la bandeja su vaso de hipocrás, que apenas ha probado, y se dispone a marchar.
—Tendréis que excusarme ahora, mi gentil amigo, he de ir a buscar a doña Eliabel, la dama a la que ayudasteis ayer. La recordáis sin duda, ¿verdad? ¡Ah, qué ocurrencias tengo! Doña Eliabel atesora tan altas prendas que sería ofensivo que no la recordarais.
Don Gualberto asiente con cierta torpeza y se levanta cortésmente a la salida de la dama. Después él y don Simón tornan a sentarse y reanudan su conversación y amistad.

CAPÍTULO XIX (19)
De las razones que han doña Ermengarda, la prudente y muñidora, y doña Eliabel, la cuitada malmaridada
Ved el patio de la casa principal donde la silla de manos aguarda con cuatro fornidos portadores.
Doña Ermengarda se dirige a la posada de doña Eliabel. El paje portero le franquea la entrada con una reverencia y le indica que la señora está en el cuarto de arriba.
Doña Eliabel está sentada en la penumbra de la alcoba conyugal, casi a oscuras.
—¿Qué es esto, mi niña? —se alarma la abadesa—. ¿Hay algún luto? Pensé que estaríais compuesta y guapa para comparecer ante la corte del rey Pedro.
Doña Eliabel, la desdichada, se cubre el rostro con las manos y estalla en sollozos. Acude doña Ermengarda a consolarla y deja que se desfogue en su hombro.
—¿Os ha maltratado nuevamente? —inquiere con suavidad.
Doña Eliabel asiente mientras se sorbe las lágrimas.
Doña Ermengarda cierra los ojos, abraza más estrechamente a su joven amiga, y le dice:
—Hija mía, mujeres somos y, como tales, sujetas a la obediencia y a los abusos de los maridos y padres tiranos, pero una cosa te digo: las mujeres tenemos dos potencias, una en la cabeza y otra en el coño, con las que podemos redimirnos de esa servidumbre y hasta llegar a ser señoras de ellos con tal de que no se percaten.
No atiende a esas razones doña Eliabel sino que redobla el llanto. A lo que doña Ermengarda replica:
—Fortitudo, Eliabel querida. Ese mal vuestro no será eterno, creedme en poridad. Quizá se remedie antes de lo que pensáis. Dios provee. Anoche consulté a las cenizas y a las estrellas y unas y otras me dieron buenas nuevas.
Habéis de saber que las abadesas de Fontevraud tienen poderes de mucha fuerza, y así como los reyes ungidos de Francia curan la erisipela, ellas ven lo porvenir y muchas veces aciertan sobre pronósticos. También doña Ermengarda tiene algo de estrellera como todo perito en filtros, mixturas y boticas, por lo que muchas familias nobles de la Isla de Francia y aún de más lejos le envían a sus hijos recién nacidos para que los bendiga. Ella asegura que no es virtud del báculo abacial sino que le viene de familia porque su bisabuela fue hija de un noble franco y de una ondina del bosque, eso se cuenta, y a ella mucho le agrada porque así no le parece que esté sujeta a las contingencias de los comunes mortales.

CAPÍTULO XX (20)
De la junta en la Aljafería donde habla el rey Pedro y de los eventos ocurridos entre el caballero menesteroso y la malmaridada
A media tarde, los magnates y barones, vestidos de sus mejores galas, con escuderos y pajes, dejan sus posadas y se dirigen al palacio de la Aljafería, donde el rey Pedro los recibe. ¡Oh, bullicio de mirantes, en calles, finiestras y tejados! Es cosa de ver cómo el pueblo llano, mujeres y hombres, dueñas y doncellas, niños y criados desamparan sus quehaceres por admirar y agasajar la grandeza de los poderosos, el boato, el lujo, la trompetería, los buenos corceles engualdrapados, los séquitos muy lucidos de pajes y escuderos y todo lo que, saliendo de sus pechos y gabelas, con el sudor de sus frentes pagan.
En el empedrado que conduce al palacio, los maestresalas del rey han mandado esparcir juncia y lirios ribereños que, aplastados por los cascos de los caballos y los borceguíes de los andantes, despiden verde y rico olor, si bien matizado por el del estiércol que algunas cabalgaduras, ajenas a la solemnidad del acto, inoportunamente exoneran de sus vientres. Ved las damas que comparecen muy adobadas de vestidos y afeites, redecillas y crispinas en las cabezas, tocas y capiellos, sayas y briales, almejías y alquiceles de muy diversas hechuras y colores, con perlas y piedras de olor, unas en sillas de mano y otras en hacaneas, a lomo de mulas mansas, de paso reposado, mecedoras, conducidas por donceles.
Lucen los caballeros capiellos y sombreros, buenas galas de sayas y garnachas y mantos de mucho precio y buenas zapatas y estivales. Los más altos llevan sortijas y cadenas de oro que valen un patrimonio.
Ved ahora el palacio. ¡Quién pudiera describir cabalmente la belleza de la Aljafería, la posada ilustre de los antiguos reyes moros!: sus altos muros bermejos, sus blancas almenas, las macizas torres redondas que se duplican en el reflejo del profundo foso, en cuyas quietas y verdes aguas despuntan cabecitas los galápagos como si se asomaran a ver, entre las ovas, la grandeza y galanura que desfila por la orilla.
¿Cómo describir los adentros de tan ilustre posada? Mejor sería pintar que decir, las sucesivas salas y patios columnados, los paneles de ricos atauriques y yeserías, los alabastros y balaustradas, los jardines, huertos y albercas.
—No hay cosa igual en tierra de cristianos —alaba don Simón.
Don Gualberto, que cabalga a su lado, en un caballo presentable, asiente como discreto, aunque en su corazón tiene que no hay bajo la bóveda del firmamento palacios como los de Constantinopla ni ciudad como aquélla.
Llegados al apeadero, descabalgan y entregan las riendas al sargento Pontoise. Pasan por debajo del arco que da a la iglesia.
La ajada belleza del palacio no disimula, más bien pregona, que el rey de Aragón anda más sobrado de nobleza y alcurnia que de posibles y dineros.
Mirad los haces de juncia esparcidos sobre las losas partidas, arcones ferrados y esteras de trapo disimulando muros reventados por la humedad, remendados doseles bajo techos descoloridos por viejas goteras, desconchaduras raspadas y enjabelgadas la víspera, cuya cal impregna las sayas de los que inadvertidamente se rozan: todo muestra, al discreto que sepa ver, que Aragón, con ser reino tan ilustre y principal, ha conocido tiempos mejores.
—El reino no es rico, ni pasa por su mejor momento —murmura don Simón al oído de don Gualberto.
Llegan, atravesando patios y estancias, al salón dorado, el del gran protocolo, y allá se separan los entrantes, para unirse cada cual a sus pares, en las filas delanteras o en las zagueras. Don Gualberto, discreto, se rezaga al fondo de la sala y busca acomodo entre los infanzones de medio pelo y las mujeres.

CAPÍTULO XXI (21)
Del rey Pedro y de lo pasado en el salón dorado, lo que es de mucho interés en esta verdadera historia
Mirad acá al rey Pedro de Aragón, de 35 años, en la flor de la edad y la potencia, alto, que a todos sus caballeros saca una cabeza, y bien proporcionado y no mal parecido. Recibe sentado al extremo en un trono forrado de terciopelo carmesí tan gastado que se ve más la trama de saco que lo rojo del tejido.
El salón dorado tiene altos techos y anchos muros. De los muros penden tapices venerables, ajados y descoloridos de la edad, juntos y hasta sobrepuestos, que, más que al exorno y boato, atienden al cubrimiento de paredes bofadas por la humedad.
Oled el incienso, el palo de olor y la alhucema que arde en los pebeteros para deleite de las narices y ahuyentamiento de la sobaquina.
Acá se congrega la flor de la caballería y la nobleza, en cantidad como no se viera desde la Liga de Aquisgrán, cuando fueron tantos que hundieron el suelo de la torre maestra sobre el pozo negro y ello esparció los lutos sobre las casas reinantes de la cristiandad toda.
Catad ahora el noble continente de los que cumplimentan al monarca de Aragón, sus ricos hombres de pendón y caldera y sus hidalgos venidos de las tierras a un lado y otro del Pirineo. Acá llega, entre dos maceros de sobrevesta barreada, el maestro de ceremonias, calvo y enjuto, con la librea de san Jorge y las cuatro cabezas de moro pintadas en ella. Vedlo acomodar a los llegantes con muchas reverencias y graves cortesías. A los monseñores en los tres bancos de las primeras filas, asaz apretados, y a la nobleza menuda en las zagas y costaneras donde los corrales de cordones zogueros marcan las juntas por estirpes y naciones, acá aragoneses, allá catalanes, acullá montpellerinos, más allá de acullá narboneses y, en la aculladísima lejanía, provenzales de caras coloradas y tolosanos de luengas narices. Y los francos de las Francias septentrionas heredados en la Cataria aragonesa, entre los que conoceréis a don Simón de Mercia y a don Hugo de Tours, éste sudado bajo su manto ceremonial que se embutió encima de la camisa de cazador.
¿Veis a doña Ermengarda y a doña Eliabel allá al fondo, en el estrado de las damas, acompañando a la amiga del rey, María de Monferrato, que muy gentilmente ha mandado quitar las celosías y bancos para ganar espacio y que nadie se pierda la ceremonia?
¿Veis aún más allá a don Gualberto? Miradlo entre los infanzones y sargentos, los postreros, los que alargan los pescuezos para ver al rey, los que poco faltó para que se quedaran fuera, en el patio, con los pajes y fámulos.
Notad ahora cómo, por un lance caprichoso de la traviesa Fortuna, sin pretenderlo, nuestro caballero menesteroso ha resultado cabe doña Eliabel. No la reconoce y la toma por dama aragonesa pues la mira de espaldas, la dorada cabeza cubierta con una cofia de terciopelo granate guarnecida de abalorios, mucho más rica que la de cuando las brevas.
Doña Eliabel ignora también la vecindad del caballero. Mirad sus ojos henchidos del llanto de marras, catad el pecho que aún se levanta en callados suspiros, serenándose. Vencidas sus primeras congojas, ha encorazonado su corazón para acompañar a doña Ermengarda, y no alcanzando a ver la ceremonia ni entendiendo las palabras que los heraldos dicen en la lontananza de la sala, distrae sus pesares contemplando los atauriques y dibujos del muro. ¡Ah, las filigranas de yeso, primores intrincados y leves, labrados por manos anónimas largo tiempo muertas que acudís a recordarle a la dama la fugacidad de la belleza y ligereza del vivir!
La nevada mano de doña Eliabel impensadamente acaricia el relieve coloreado de oro, azul y rojo de una bellota o una flor. A su espalda, casi a su oído, la voz del caballero que la mira susurra: «¡Palacio de la Alegría! ¡Salón Dorado! Por vosotros colmo mis deseos. No anhelo otra cosa sino lo que contenéis para mí.»4
¡Esa voz! ¡Él! Notad el estremecimiento placentero que le recorre la espalda al percibir en la nuca desnuda el aliento cálido del caballero de las brevas. ¡Y temía que quizá no lo vería más! Un calorcillo se le posa en el vientre.
—¿Vos? —murmura la dama sin volverse del todo.
—¿Me esperabais? —le susurra la voz.
Doña Eliabel se sonroja, baja la mirada, niega breve con la cabeza, como niña cogida en falta. ¿Qué le ocurre? Mira de soslayo a doña Ermengarda y a las otras dueñas que la acompañan. Para su alivio, atienden a las palabras del rey, que llegan, apagadas, desde la lejanía de la tarima real.
Catad, oyentes y mirantes, cómo el apetito y la voluntad de las mujeres se reparten de muchas maneras. A esta dama malmaridada la saca del hondo pozo de sus desdichas soñar con el galán que le eriza el vello de la nuca con su cálido aliento.
Os preguntaréis: ¿la ha buscado el caballero o un hado travieso los ha unido en medio de aquella muchedumbre? Eso mismo se pregunta ella: ¿es el destino que veneran los paganos o es Aquel que todo lo puede el que, atendiendo a sus súplicas y a sus ardientes lágrimas, lo pone en su camino como triaca de sus achaques y compostura de sus malaventuras?
La voz murmura a su oído nuevas invocaciones de paisajes, perfumes, colores. Aquella leve presión en su cadera, aquel roce en su espalda, ¿son producto casual de las estrechuras a que obliga la concurrencia o furtivas caricias del caballero? ¡Ay, menguada de amor, huerto mal regado, jardín sin jardinero, noche sin luna, alberca sin nenúfar! Ved cómo le tiemblan las piernas a la gentil malmaridada, a la delicada flor provenzal que se ha criado soñando con endechas y finezas de trovadores antes de que sus hermanos codiciosos la entregaran a un rústico con cara de caballo que pretende domarla con trompadas, sevicias y malas palabras.
¡Ay, arrojo del amor, más osado que Alejandro, el que descendió los mares! Inflamada por la vecindad de aquella presencia turbadora que se aprieta contra ella, ¿o es ella la que se retrae y aprieta contra él, con el achaque de las angosturas?, lejos de hurtarse, doña Eliabel se complace y abandona a la alteración de los sentidos, los ojos entornados, el aliento arrebatado.
¡Ay, tormentos del cielo, cómo se engaña la cuitada! Don Gualberto no le está declarando su amor. Tan sólo lee, como para sí, en un susurro, los versos inscritos en los atauriques, las lisonjas y encomios que la letra morisca consagra a los placeres del rey que edificó un palacio, loores a la belleza, al amor y al placer que encerraban aquellos muros, atisbos de un mundo desvanecido en el que una vez reinaron la armonía y la dicha. La infeliz muchacha se apodera de las palabras del caballero y las vuelve en bálsamo de su desventura, en mensaje arrebatado de amor, en suave licor que te embriaga y te cautiva, inadvertido engaño sin el que ya no podría vivir lo que le reste de vida.
Leo el pensamiento de algunos de vosotros. Los ríspidos de ánima y pajizos de tez pensáis que esta mujer putea. Si yo fuera un goliardo desvergonzado, cosa que no soy, antes que buen cristiano certificado y observador de todos los preceptos de la santa religión, os replicaría: en los púlpitos habéis oído Fornicatio mulieris in extolentia oculorum et in palpebris illius agnoscetur, lo que vertido al román quiere decir «la liviandad de la mujer se muestra en el descaro de su mirada y en el pestañeo de sus ojos».5 Bien está que esta y otras tonterías se prediquen en latín, cuya virtud es ennoblecer como sabias sentencias los más roncos rebuznos. Si fuera goliardo, digo, os preguntaría en retórico: ¿no bulle la sangre de la vida más verdadera y más palpitante que esos libros enmohecidos y caducos en los que justifican sus atropellos los que viven de no dejar vivir a los demás, los sepulcros blanqueados que visten faldas negras hasta el suelo y en las fiestas se adornan con albardas de seda y oro?
Pero como goliardo no soy, no lo digo. Que conste.

CAPÍTULO XXIII (23)
De las solemnes palabras pronunciadas en el salón dorado y otros extremos tocantes a la verdadera religión
Un clarinazo del heraldo quiebra el hechizo y retorna a doña Eliabel al presente de una sala húmeda abarrotada de cortesanos, toses, carraspeos y exudaciones de muchedumbre propensa a las habas con tocino. Un macero golpea tres veces el suelo en demanda de silencio. El rey Pedro, mirando por su patrimonio, constata que el elemento le ha partido en tres la baldosa golpeada, una de las pocas que quedaban enteras.
Se acallan las conversaciones. La voz engolada y solemne del canciller enumera los títulos del rey de Aragón. Pedro saluda a los cruzados de ultrapuertos, sean o no súbditos suyos, y exalta la hermandad de los allí concurrentes que se juramentan para servir al Criador y quebrantar el poder sarraceno. «Hoy todos somos parientes bajo el manto de Santa María —dice—. Todos somos de una misma voluntad: provenzales, catalanes, castellanos, navarros, leoneses, aragoneses, gallegos, ¿qué más da? Todos descendemos de los godos de Hispania a los que el moro usurpó su reino; todos formamos una sola familia, como los dedos que salen de la palma, todos formamos una mano, como las espigas de la gavilla, todos un haz sujeto por la ligadura ramal de la religión.»
El arzobispo de Tarragona asiente solemnemente a los asertos del monarca, los ojos cerrados, muy en su papel.
—El Criador ha querido que nos juntemos, como nunca antes, los reinos de España —prosigue el buen rey Pedro—, los animosos aragoneses, los esforzados castellanos, los... —En ese punto se interrumpe, dado que no es seguro que concurran a la cruzada navarros, leoneses ni portugueses, así que, por salir del paso, dice—: Y los otros que bajo el cielo alaban a Nuestra Señora.
El canciller emite un breve suspiro y le murmura al oído al arzobispo de Tarragona: «Ya erró. Menos mal que casi nadie se entera.» A lo que el arzobispo repone: «Están como en misa, cada cual repasando sus asuntos, la mente a muchas leguas de aquí, cuando no pecando de pensamiento, que en esas cortes de ultrapuertos se gasta mucho vicio.»
Termina el rey su arenga y le cede la palabra al arzobispo. El prelado acude a las sufridas Escrituras y loa muy elocuentemente a Sansón, el que mató a los moros filisteos; a san Jorge, a san Miguel, a san Mauricio, a san Bonoso y a otros santos militares, amén de san Bernardo de Claraval, el reformador del Císter ante los teólogos de Troyes.
—Recordemos, amadísimos hijos —dice—, que San Bernardo motejó a la orden caballeresca de gran error y de locura intolerable cuando contiende, a costa de grandes gastos y trabajos sin otra recompensa que la muerte, pero señaló que es gran virtud y seguro instrumento de salvación cuando su valor y sacrificio sirven a la santa religión. ¡Oh, camino de virtud y verdad que habéis abrazado cuando señalasteis la cruz en vuestros vestidos! Recordad y llevadlo siempre, como sello en vuestro corazón, para que en él fructifique, que la tierra que pisamos es propiedad de Jesucristo, que la administra a través del Santo Padre, su vicario en la Tierra. Por él se ordenan los reinos y los linajes; a él servimos todos, unos con su palabra que salva las almas; otros con la espada, que salva los cuerpos; otros con el arado que procura los mantenimientos a todos. Ahora Jesucristo, a través del Santo Padre, os convoca a cruzada. ¡La Cristiandad no puede sufrir que la tierra de Dios pertenezca a los moros! ¡Militemos bajo los lábaros de don Pedro de Aragón, fiel hijo de la Iglesia, enfeudado con la Santa Sede, y abatamos el poder de los malos para beneficio de la religión y salvación de nuestras ánimas!
Terminada su plática, el arzobispo recupera el báculo que le sostenía un canónigo e imparte con él una bendición que los presentes toman de hinojos y en la cual promete la remisión de los pecados y el disfrute del Cielo al que perezca en la empresa.
Oíd ahora la plática del tesorero Chozalhombro, que es el más atendido de todos, sobre el reparto de raciones a los caballeros y peones de las mesnadas. Se cobrarán en Toledo, dice, con los aumentos y atrasos. Oíd el murmullo de reprobación y desencanto que se eleva del salón dorado, no os mentiré por mi ánima, aunque acá veo al cronista real que escribe en su tablilla «general satisfacción de los concurrentes». La murmuración entre los ricoshombres, los caballeros y los otros, cada cual con su igual, no alcanza a protesta para que no parezca que el interés por los conduchos, talegas y ganancia prevalece sobre el del beneficio espiritual que el prelado ha previamente explicado en todas sus excelencias.
Os diré lo que sólo los más avisados conocen: la insolvencia del rey de Aragón que si tiene con qué cenar es gracias a las diez mil mazmutinas de oro que le ha prestado Sancho de Navarra (contra el castillo de Trasmoz, que se queda en prendas). El papa, conocedor de sus apuros, como hurgador de todas las conciencias y bolsillos de la Cristiandad, le ha condonado el pago de su contribución para compensarlo por los detrimentos y quebrantos que le ocasiona la cruzada cátara en sus posesiones del ultrapirineo. Aun así, don Pedro padece gran mengua de numerario hasta el punto de que en las rúas de Zaragoza no se encienden luminarias de noche, y en su consecuencia préñanse las viandantas.
—Bastante es que no nos pida subsidios —oye don Gualberto murmurar a un noble catalán.
—Nada, nada, dejemos Zaragoza y marchemos cuanto antes a Toledo —dice otro—. De aquí no sacaremos más jugo que estrujando una piedra. Además tengo oído que las toledanas son muy femeniles y han muy buenas posaderas y muslos muy firmes y ejercitados de subir cuestas.
—Saldremos de aquí a dos días —anuncia el heraldo—. Primero los de allende el Pirineo, con los aposentadores del rey, y al otro día los de aquende. Y ahora, señores, vayamos en buena paz a nuestras posadas porque mañana celebraremos un convite de gran aparato.
Va a bendecir nuevamente el arzobispo, como es costumbre en las solemnidades de la corte, pero ha sido oír lo del convite y los allí estantes salen en tropel, estrujándose en las puertas, atropellando protocolos y finezas. A doña Eliabel, en el barullo, le palpan las tetas por encima del brial, lo que ella tolera gustosa pensando ser las manos de su enamorado, mas luego nota que son otras y se recata de ellas, como manda el pudor.

CAPÍTULO XXIV (24)
Del convite y agasajo que el rey Pedro celebra en la amena orilla del Ebro
Venido el día detrás de la noche estrellada, y, según los varios paresceres humanales, dormida, velada o folgada, acuden al famoso convite todos los campantes bajo viga o lona, engalanados en sus mejores hábitos.
Nunca se viera tan concurrida de gentes de buen comer la ribera rumorosa del Ebro. Desde temprano humean calderones de volatería, salchichas y tripas al tiempo que, en candelas de encina, sobre rejas de ventana, se asan bueyes abiertos, ciervos, puercos, conejos, hurones y todo lo cazado la víspera en los cotos del rey que ha pasado la noche al oreo colgado de ganchos debajo de los corpudos árboles, con guardas embozalados; aparte de las polentas, migas y potajes de habas, garbanzos, lentejas, tocinos y otros manjares viles que hierven, asan, coruscan y cochan en las colaciones de las huestes, pajes y gente menuda.
Aquí el lucimiento de maese Marmite, que ha preparado para la mesa real un lechazo con caldo dorado de jengibre, canela, vinagre, miel y yemas de huevo del que la amiga del rey, doña María de Monferrato, que es de muy apacible y delicado gusto, ha exclamado al probarlo: «¡Grandeza de Dios! ¿No es esto lo que los ángeles gustaran en el Paraíso si allá hubieran cordero?» Y doña Ermengarda, muy en abadesa, le ha respondido: «¡Oh, señora delicada a la que me place servir! ¿No ha de haber corderos en el Cielo? ¿Qué otra cosa sino cordero es el Agnus Dei, Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, el que siempre acompaña a lo divino? Pues ¿cuál es el atributo de Juan el Bautista, el que vestido de piel de camello bajó del desierto a bautizar a Nuestro Señor? ¿Y qué me decís del recental que acompaña a santa Agnes en probanza de su virginal inocencia? Si tanto os agrada este plato, pediré al maestro Marmite que le dicte la receta a un notario designado por vuestra gracia para que la ponga en buena letra y vuestros cocineros la puedan preparar en gusto y sazón.»
¡Convite excelso tanto para los paladares finos como para los que buscan hartazgo! ¿Las jarras, decís? ¿Los cántaros y pellejos que allá se ven, henchidos e impacientes porque el catador los pruebe y designe cuáles han de servirse en las mesas reales una vez colados de los pizcos de la pez y otras grosuras? Ved el vino y el hipocrás y los otros gentiles beberes de uvas y endrinas preparados en las boticas de los vinateros y en las almunias del rey. Ved armadas y manteladas las mesas de Pedro y sus ricoshombres de pendón y caldera, así como las de la nobleza allegada a la ceremonia, y junto a ellas, por escalafón, las de la nobleza más menuda, los infanzones y la caballería, todos lavados y despulgados, sentados cada cual en el lugar de su rango, amigos con amigos, compadres con compadres, parientes con parientes, yernos con cuñados y consuegros con consuegros, la reina y sus damas juntas en el corral aparte a ellas reservado con cortinas de lienzo, bajo los copudos árboles donde el sol no las ofenda. Allá vierais a doña Ermengarda, a la que el criado Gozo lleva en custodia su plato de oro con su nombre cincelado en la cenefa del borde, en preciosa letra gótica picuda de Colonia, y un repujado que representa a Cristo en las bodas de Caná, con el puntito alegre que lo tomó y que lo arrancó al milagro.
Ved también el plato de plata de doña Eliabel, en figura de catino, con guirnalda de flores en el levantado de las alas. Ved, en fin, a las damas principales de Aragón, todas con sus vajillas de alcurnia, sus cuchillos buenos y sus servilletas y toallas, a cual más preciada, compitiendo en boato como algunas hacen, que mirando a otra más aderezada luego se quejan al marido y se muestran las ofendidas y le dicen: «Vos me tenéis como una cualquiera, que doña Fulana tenía más apaños que yo.» Y no le pondrán cara buena al desventurado hasta que vaya al platero y se lo compre para la ocasión venidera.
Doña Ermengarda, ¡qué placentero es verla yantar con tanta etiqueta, sin mancharse ni abrir la boca, que tiene pequeña, suave y bermeja, y se limpia la pringue de los labios con una servilleta inmaculada, nunca con una miga de pan ni con el contrafilo del cuchillo. Y si un delicado eructo se le escapa, antepone la mano y murmura un perdón.
No diré más porque acá veo al mayordomo que señala a su faraute, el cual echa el alma en un trompetazo para que comience la colación. Ved llegar la variedad de condumios y yantares que abarca cuanto nada, vuela, camina o se arrastra, amén de cuanto crece encima de la tierra o debajo de ella, todo cuanto contiene los cuatro humores de Galeno, desde lo caliente a lo frío y desde lo seco a lo húmedo. Al momento aparece, ligera como en espolonada, una turba de talladores y sobrecocineros, que prevenidos estaban fuera de la carpa. Vedlos llevar en alto bandejas anchas como paveses, todas humeantes de olor a adobos y aliños, ajos y galilgales, vinagres y especiuras, lo que mucho aviva las glándulas y compulsa el tragar. Ved que al tiempo circulan pródigamente canastas de panes y tortas, así de espelta como de flor de trigo, y perolas y fuentes de tajadas y salchichas, lebrillos de salsas, jarras de hidromiel y vino, así como almojábanas y otras suertes de escogidos manjares.
Así da comienzo la tragantona mientras músicas, chirimías y zampoñas alegran los oídos y amansan los humores que, como no ignoráis, se presentan en el ánimo por capas, como las vetas del tocino.
¡Oh, gran regodeo y hartazgo de los estantes y los llegantes, los que tomarán entripado y resaca! ¡Más de un sanguíneo y colorado amanecerá mañana en la tienda del barbero a que lo sangre y restituya en su salud!
Ved por contra el ceño adusto de don Pedro del Afán, el riguroso tesorero del rey Pedro. Mirad cómo tuerce el gesto, disgustado, asistiendo a la ricia y sin apetito no come sino que le comenta al maestresala, su compadre, que al lado tiene: «¿Sabéis qué os digo, don Celedón? ¡De estas prodigalidades no se repone el reino en un lustro! ¿Son acaso éstas bodas de emperador que han de ser notadas por cronistas en un milenio? ¿Quién decretó diente libre sin la firma del canciller ni el sello de este desventurado tesorero? ¿Dónde está Heliogábalo, que no me ha saludado? ¿Es que, por ventura, el Criador castiga nuestros pecados con plaga de gazuza viva? ¿Suspendió acaso el Santo Padre el pecado de la gula? ¿No es temperancia ya virtud? ¿Por ventura nos tomó a saco hueste enemiga? ¿Vos lo notasteis, don Celedón? ¿Qué clase de tropa hace este descomedimiento y daño so capa de acatamiento a su señor? ¿No advertimos en la convocatoria de la cruzada que los señores de pendón y caldera habían de traer talega y ración? Miradlos trasegar, don Celedón: miradlos cómo con una mano devoran y con la otra se alargan a la bandeja que pasa, miradlos hozar en las tajadas con la pringue en las narices y hasta las muñecas. ¿Habremos de proveerlos de cebaderas de mulo? ¿Qué hambres son éstas, don Celedón? ¿Somos lobos carniceros? ¿Hurones somos que devoran más que pesan? ¿Buitres acaso que rompen el hueso y toman hasta la médula? ¡Ay, cuitado, lo que habré de manejar el ábaco antes de repostar de nuevo el pósito real y la cilla del palacio? ¿Y a quién me quejaré si el rey no me escucha y me arguye que la prodigalidad es condición de caballero?»
Don Pedro del Afán, al que llaman Chozalhombro porque en un mismo año mudó cuatro veces de morada, siempre a una más barata, evalúa con ojos de gran desolación el estropicio que en su derredor cunde, las caras coloradas, las barrigas prietas, las hablas disminuidas y los perros royendo huesos bajo las tablas. Descorazonado le dice a su compadre:
—Me excusaréis si el rey pregunta por mi persona. He de irme a mi casa y reposar en lo oscuro antes que me dé una estupefacción y pasmo de los nervios de presenciar tanto estrago. ¡Malhaya la orden de caballería que tales gulas consiente! Menos dañoso sería al rey nuestro señor entregarse a moros de aduar, chupados y famélicos, que a tales amigos y súbditos.

CAPÍTULO XXV (25)
De la conversación habida entre don Hugo y doña Ermengarda tocando a preñeces por la escuela de Salerno y otros extremos cumplideros a esta historia
En esta viñeta ved a don Hugo de Tours que descabalga junto al carro de las medicinas y, con humildad manifiesta, se dirige a doña Ermengarda, que está atareada majando semillas de azafrán y cantueso en un morterillo de plata.
—Señora —dice don Hugo—. Os quisiera consultar una cuita por si, entre vuestras hierbas, hubiera remedio para cierto mal y carencia que me aqueja mucho.
Doña Ermengarda suspende el majado y le dice:
—Sentaos a mi lado, messire, y participadme vuestra cuita que si en mi mano está me desviviré por serviros y remediaros como amigo que sois de mi hermano don Simón, además de esposo de doña Eliabel, a la que quiero como a una hija, títulos que serían sobradamente suficientes si además no fueseis tan buen caballero, defensor de la religión y temeroso de Dios.
Don Hugo carraspea un poco, mira a los lados por ver que nadie lo oiga, se rasca nervioso la cicatriz blanquecina de la cara y, en voz humilde, gacha la mirada, empieza a decir:
—Es el caso, señora, que va ya a hacer un año que tomé a doña Eliabel por esposa, como sabéis, y desde entonces he desbarrigado en ella casi cada día, constante como el batán del arzobispo. Quiero decir que frecuento el himeneo matrimonial y siembro en ella grandes calderadas de mi viril simiente, ahondando hasta dentro de sus entrañas con la longura de mi miembro, que es bien cumplida. Y si tocamos al grosor os puedo certificar que podría servir para calibrar lanzas azconas. Con ese aparato que os digo la monto y arremeto conyugalmente cada día, a veces dos o tres veces si se aparejan, y por más que me refocilo en sus carnes, sin embargo nunca la preño. En mis cavilaciones he dado en pensar si no habrá sortilegio malo de por medio porque por defecto de simiente y reiteración en el acto os puedo asegurar que no es.
Escucha doña Ermengarda con gesto serio y concentrado y dice:
—Sabed, buen conde, que no todos los momentos son buenos ni aparejados para el acto genésico, antes bien los hay malos y los hay del todo funestos, ya que, como reza el poema salernitano: «Cuando Virgo ve pasar la Luna, no te cases»; y aun hay otro que dice: «Durante Libra anda en sus pujos, deja en reposo tus bandujos»; y un tercero que señala: «Cuando la Luna cruza el signo de Piscis, si engendras varón saldrá epiléptico.» Ved a qué grandes fincamientos os sometéis al ejercitar vuestro derecho conyugal tan liberalmente.
—Ignoraba que hubiera tantos fincamientos en una materia de tan simple apariencia que hasta los más humildes siervos la hacen y dejan a sus mujeres preñadas, sin contar a los cerdos y a los asnos y a los gallos con las gallinas y no digamos ya a los conejos con las conejas, que cada poco paren. ¿Qué confabulación hay en los astros para que yo me salga de esos cauces naturales que hasta las propias bestias recompensan con progenie?
—Ninguna ciertamente, messire —dice doña Ermengarda—, mas ved que gallos y gallinas, conejos y conejas, y siervos y siervas, faltos de nobleza como están, quedan al margen de la atracción y retracción de las contingencias zodiacales, no como vos, que, debido a vuestra sangre ilustre, estáis sujeto a la nobleza de los planetas, que, en tratando de altas personas, se obligan por cauces más estrechos. Por otra parte, habéis de saber, buen conde, que el célebre médico Constantino el Africano, en su libro sobre el coito, determina que la reiteración coital empobrece la semilla de la mujer y dificulta su concepción. Pensad que el heredero que deseáis dependerá de la semilla de ella tanto como de la vuestra. Dejad en reposo a doña Eliabel hasta que la conjunción astral os sea favorable y sin duda engendraréis un varón fuerte como vos que os alegre la vejez y prolongue y acreciente vuestra estirpe.
—¡No hay nada que desee más en el mundo, abadesa! —dice don Hugo.
—En este caso, conteneos, messire, porque la excesiva frecuentación del coito elimina la humedad natural, debilita la vista, provoca calvicie y afecta a los riñones. ¿No habéis sentido molestias en los riñones últimamente?
—Sí —reconoce don Hugo—, pero las achacaba al mucho cabalgar.
Niega con la cabeza la abadesa y sigue:
—Sois un hombre vigoroso, don Hugo. Es el mucho cabalgar a vuestra esposa y quizá a otras mujeres lo que os afecta. Ya he atendido otros casos parecidos, incluso en lo más alto.
Doña Ermengarda, al decir esto, apunta con el índice al cielo y bajando la voz repite:
—En lo más alto. ¿Seréis capaz de guardarme un secreto, don Hugo?
—Mi boca está sellada, madre —responde el caballero besando la cruz que hace con sus dedos pulgar e índice.
Doña Ermengarda mantiene su tono confidencial, baja la voz:
—Vuestra cuita tiene el mismo origen que la de nuestro rey Felipe Augusto, al que Dios guarde. Después de enviudar de su primera esposa, de la que sólo engendró a Luis, el príncipe enfermizo, como lo obsesionara la idea de dar a Francia un heredero más robusto, capaz de soportar sobre sus hombros el peso de tan abrumadora corona, se casó con Isambur, la danesa, que procede de familia muy paridora, como es notorio. Se encontró con ella en Amiens, un catorce de agosto, hace ahora diez años, lo recuerdo bien porque yo estaba en la corte e hice el pronóstico. Se casaron bajo el signo del León en Saturno y Marte en lugar de aguardar la conjunción favorable de Venus y Marte, planetas muy proclives a la fecundidad. Es fama, atestiguada por los físicos y los notarios de la corte, que aquella misma noche usó el rey del matrimonio seis veces con la rubia y hermosa Isambur. ¿Qué ocurrió? Ya mi maestra, la abadesa Romina de Alchamps, se lo había advertido. En esa conjunción desfavorable no sólo se malogra la fecundación sino que el vientre, al probar el esperma amargo, debido a la adversa influencia de Saturno, se contrae y ya en adelante lo rechaza y el miembro del varón se inhabilita para esa mujer. Ésa es la causa, y no otra, por la que tras la primera noche el rey misteriosamente rechazó a su mujer. También es la causa de que este Pedro de Aragón, cuya hospitalidad disfrutamos, haya rechazado a la suya legítima y ande con una amiga. A Felipe Augusto le recetaron sus ignorantes médicos dieta de buches de ajiaceite, tres al día, y no yacer con la mujer más de una vez por mes, menos en Cuaresma, y eso con cabalgadas contadas que no pasaran de quince las viriles arremetidas, y aun menos si antes vertiera la seminal sustancia. Como súbdito de Felipe, ved el trastorno que acarrea el mal uso de la legítima y la precipitación en la coyunda, que no sólo malquista al rey sino a Francia toda.
Asiente el conde, preocupado por lo que oye. La abadesa alude a lo que todo el mundo sabe: los problemas del rey de Francia con el papa. Después de aquella primera noche de amor emponzoñado por adversos planetas, Felipe Augusto encerró a su esposa danesa en un convento y se casó con otra, pero el papa invalidó el nuevo matrimonio y lo obligó a readmitir en su lecho a Isambur. Felipe tuvo que plegarse cuando el papa puso a Francia en interdicto, lo que invalidaba sacramentos y funerales en todo el reino.
—Ved, messire, los inconvenientes de usar indebidamente del coito —termina la monja.
—¿Qué he de hacer, sor Ermengarda? —inquiere don Hugo, francamente preocupado.
—Si deseáis que vuestra mujer conciba, no la fecundéis más que en la conjunción favorable de planetas —decreta la religiosa.
—¿Y cuándo será eso?
—Consultaré los astros esta noche y os lo avisaré. Mientras tanto, cuando el rijo os oprima, podéis darle al carrizo, en solitario, o solazaros con otras. Soldaderas no faltan en el campamento.
—Prefiero guardarme para mi legítima.
—No os guardéis, messire. Que ella guarde su simiente no acarrea de necesidad que vos tengáis que guardar la vuestra. Antes al contrario debéis prodigarla. Ved que sois blanco y velludo, lo que denota una complexión cálida y húmeda. Según la escuela de Salerno, la contención de esos humores os haría enfermar. Dad salida liberalmente a vuestros deseos con otras o acaso con una oveja y desaguaos de la humedad superflua. Ahora necesito vuestra orina para observar cómo opera en ella la conjunción astral.
Doña Ermengarda le tiende una vasija al conde.
Don Hugo, un tanto avergonzado, se vuelve contra el carromato y, levantándose la túnica, orina en la vasija. Terminada la operación se la entrega a la abadesa.
—También preciso la orina de doña Eliabel. Yo misma se la pediré. Marchad ahora a vuestras obligaciones, buen conde, y mañana os diré en qué día tendremos una conjunción astral favorable.