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El quinto día de diciembre, a eso del mediodía, un viajero procedente del sur que había pasado la noche en el priorato de Bromfield, a una décima de legua de distancia, y había tenido la suerte de encontrar transitable el camino real, llegó a la abadía de Shrewsbury con un mensaje urgente. El prior Leonardo de Bromfield había sido monje de Shrewsbury antes de su nombramiento, era un viejo amigo de fray Cadfael y conocía sus habilidades.

—La noche pasada —explicó el mensajero— unas buenas gentes de este lugar llevaron al priorato a un hombre malherido que encontraron al borde del camino, desnudo, acuchillado y dejado por muerto. Medio muerto está, y su situación es muy grave. De haber permanecido toda la noche en medio de la escarcha, por la mañana le hubieran encontrado congelado. El prior Leonardo me ha pedido que os lo comunique porque, aunque ellos tienen ciertos conocimientos, este caso les supera. Vos tenéis experiencia de la guerra y quizá podréis salvar al desdichado. Si pudierais venir y quedaros hasta que mejore, ¡o hasta que exhale el último suspiro!, sería un gran consuelo y una gran ayuda.

—Si el abad y el prior me dan su venia —contestó Cadfael, preocupado—, lo haré con mucho gusto. ¿Salteadores de caminos, acechando tan cerca de Ludlow? ¿Cómo están las cosas en el sur?

—El pobrecillo es un monje, lo han descubierto por la tonsura.

—Venid conmigo —dijo Cadfael— y le expondremos la cuestión al prior Roberto.

El prior Roberto escuchó el relato con benevolencia y no puso ningún reparo, porque no sería él quien tuviera que cabalgar a toda prisa por los caminos en medio de las inclemencias invernales. Presentó a su vez la petición al abad y regresó con su aprobación.

—El padre abad os ruega que elijáis un buen caballo de los establos. Tenéis su permiso durante todo el tiempo necesario. Entretanto, mandaremos llamar a fray Marcos a San Gil, pues no creo que fray Oswin sea lo suficientemente experto como para quedarse solo al cuidado del herbario.

Cadfael se mostró fervientemente de acuerdo, aunque procuró disimularlo. El muchacho era voluntarioso y aplicado, pero no estaría en condiciones de atender todas las dolencias invernales que tal vez surgieran durante la ausencia de su mentor. Marcos abandonaría a regañadientes a sus leprosos de las afueras de la ciudad, pero no sería por mucho tiempo.

—¿Cómo están los caminos? —le preguntó Cadfael al mensajero que estaba estabulando a su cabalgadura mientras él elegía a la suya—. Habéis viajado muy rápido hasta aquí, y lo mismo debo hacer yo hasta allí.

—Lo peor es el viento, hermano, aunque ha dejado limpio casi todo el camino real, exceptuando algunos puntos aislados. Los desvíos están enterrados bajo la nieve. Si os vais ahora, no tendréis muchas dificultades. Mejor viajar hacia el sur que hacia el norte; por lo menos, tendréis el viento de espaldas.

Cadfael llenó con mucho cuidado su bolsa con ciertas medicinas, ungüentos y febrífugos que no se encontraban en todos los armarios de las enfermerías. En Bromfield hallaría, sin duda, los remedios más comunes. Cuanto menos peso llevara, tanto más rápido podría viajar. Se calzó unas recias botas y se echó sobre el hábito una gruesa capa de viaje, cuyos pliegues se ciñó alrededor de la cintura. Si la misión no hubiera sido tan lamentable, se hubiera alegrado de hacer un viaje justificado al mundo exterior y de elegir el mejor caballo de los establos. Había hecho campañas tanto en invierno como bajo el ardiente sol del verano; la nieve no lo acobardaba, aunque había aprendido a respetarla y a tratarla con cautela.

Durante los cuatro días transcurridos desde la primera nevada, el tiempo había seguido una pauta invariable; un poco de sol al mediodía, algunas nubes después, una nevada al anochecer, que se prolongaba hasta bien entrada la noche, y persistentes heladas. Las nevadas en los alrededores de Shrewsbury habían sido ligeras y en forma de polvo, por lo que la blancura de la nieve y la oscuridad de la tierra alternaban constantemente según la dirección en que soplara el viento. Sin embargo, mientras Cadfael cabalgaba hacia el sur, los campos se volvieron cada vez más blancos y las zanjas se llenaron de nieve. Las ramas de los árboles se inclinaban a causa del peso y, a media tarde, unas nubes negro azuladas se condensaron en el cielo plomizo. Como la situación se prolongara, los zorros hambrientos bajarían de las colinas y empezarían a merodear las moradas de los hombres. Mejor ser un erizo durmiendo bajo un seto vivo durante el invierno, o una ardilla, cómodamente oculta en su escondrijo con sus provisiones de comida. Había sido un buen otoño para las nueces y las bellotas.

Cabalgar era un placer para Cadfael, aunque viajara solo en medio del cortante frío. Raras veces tenía ocasión de hacerlo últimamente, a pesar de ser uno de los deleites que había abandonado en favor del silencio del claustro y la convicción de haber descubierto su verdadero lugar. En todas las decisiones tenía que haber algún pesar. Encorvó la espalda para protegerse de la crueldad del viento y vio los primeros copos de nieve tan finos como el polvo arremolinándose a su alrededor y adelantándose a su caballo. No sentía ningún frío gracias a la protección del hábito y la capa. Pensaba en el hombre que le aguardaba al final de su viaje.

Era un monje, dijo el mensajero. ¿De Bromfield? Indudablemente, no. De haber sido uno de los suyos, hubiera mencionado su nombre. ¿Un monje solo por los caminos en mitad de la noche? ¿En qué misión? ¿O huyendo de qué? Otros debían de haber recorrido la misma campiña, huyendo del saqueo de Worcester, ¿dónde estarían en aquellos momentos? ¿Y si aquel monje vagabundo hubiera huido dolorosamente del mismo holocausto?

La nevada se intensificó. Dos cortinas de espuma bajaban a su derecha y a su izquierda, hendidas por su vigoroso cuerpo, y se extendían por delante como los extremos de un pañuelo de gasa que le invitara a seguir cabalgando. Unas cuatro veces durante el camino había intercambiado saludos con otras criaturas humanas que regresaban a sus casas. En semejante estación sólo los desesperados emprendían viajes.

Ya era de noche cuando llegó a la caseta de vigilancia de Bromfield, cruzando el puente del pequeño río Onny. Su caballo ya estaba cansado, expulsaba vapor a través de los ollares y experimentaba nerviosas sacudidas en la espalda y los costillares. Cadfael desmontó con alivio bajo las antorchas de la entrada y dejó la brida en manos de un hermano lego. Ante él se extendía el conocido patio, más recto que el de Shrewsbury, y las moles de los edificios monásticos, iluminados aquí y allá por las doradas llamas de las antorchas. La iglesia de Santa María se levantaba en la oscuridad, grande y majestuosa a pesar de la modestia del convento. De entre las sombras, emergió la figura del prior Leonardo, alto y desgarbado como una garza, con el afilado pico extendido hacia adelante y moviendo los brazos como si fueran alas. El suelo del patio, barrido sin duda durante el día, ya estaba cubierto por una suave y frágil capa de nieve. Por la mañana, ésta sería crujiente y espesa, a menos que el viento que la había traído se la llevara hacia otro lugar.

—¿Cadfael? —El prior era corto de vista y tenía que entornar los ojos incluso de día, pero buscó a tientas una mano extendida, la tomó y la reconoció—. ¡Gracias a Dios que habéis venido! Temo por él..., pero este viaje bajo la nevada... Entrad, entrad, ya os tengo preparada la cena. Debéis de estar muy hambriento y cansado, ¿verdad?

—Primero dejadme verlo —contestó Cadfael, cruzando a grandes zancadas el patio, en cuyo suelo cubierto de nieve dejó impresas las huellas de sus botas.

El prior Leonardo se situó a su lado y, sin dejar de hablar, adaptó el paso de sus largas piernas al paso más corto de su amigo.

—Lo tenemos en una estancia aparte para que esté más tranquilo, y lo vigilamos constantemente. Respira, pero roncando, como un hombre que tuviera la cabeza rota. No ha hablado ni abierto los ojos desde que lo trajeron. Tiene el cuerpo cubierto de oscuras magulladuras, pero eso se cura. Lo peor es que lo apuñalaron y ha perdido mucha sangre, aunque ahora la herida ya está restañada. Por aquí..., la estancia interior no es tan fría...

La enfermería se encontraba un poco apartada y protegida del viento por la mole de la iglesia. Entraron y cerraron la pesada puerta contra las inclemencias de la noche. Leonardo se adelantó en la pequeña y desnuda celda en la que una lámpara de aceite ardía junto a la cama. Un joven monje se levantó al verles entrar y se apartó del enfermo para dejarles sitio.

El paciente yacía bajo unos cobertores doblados, tendido boca arriba como si estuviera dentro de un ataúd. Respiraba con dificultad y la aspiración del aire apenas levantaba la manta que le cubría el pecho; el rostro estaba inmóvil, con los ojos cerrados y las mejillas hundidas y azuladas bajo los afilados huesos. El vendaje de la cabeza le cubría la tonsura, y la frente aparecía hinchada, magullada y tan deformada que un ojo se perdía entre los pliegues de la carne desgarrada. Nadie hubiera podido adivinar su aspecto de sano, pero Cadfael dedujo que era bien parecido y joven, probablemente no rebasaba los treinta y cinco años.

—Lo curioso es que no tenga ningún hueso roto —dijo Leonardo en un susurro—. A menos que el cráneo..., pero ya le examinaréis vos más tarde...

—Ahora es el mejor momento —dijo Cadfael, quitándose la capa y dejando la bolsa sobre el suelo de piedra. A pesar de que en un rincón de la estancia ardía un pequeño brasero, cuándo deslizó la mano bajo los cobertores para tocar el costado, el muslo y el pie del enfermo, notó que la carne estaba mortalmente fría. Le habían tapado muy bien, pero no lo suficiente—. Calentad unas piedras en la chimenea de la cocina y envolvedlas en franela. Lo rodearemos de calor e iremos cambiando las piedras a medida que se enfríen. Esto no se debe al frío invernal sino a los malos tratos de los hombres. Tenemos que hacerle entrar en calor, de lo contrario, ya no despertará. He conocido a hombres destrozados por el horror o la crueldad que han vuelto la espalda al mundo y han muerto a pesar de no sufrir ninguna dolencia mortal. ¿Le habéis dado de comer o de beber?

—Lo hemos intentado, pero no puede tragar. Hasta un sorbo de vino se le escapa de la boca.

Una boca destrozada por los puños o los garrotes. Probablemente habría perdido los dientes. Pero no, Cadfael levantó cuidadosamente el labio superior y vio unos dientes blancos y grandes, fuertemente apretados.

El joven monje se había retirado en silencio para calentar piedras o ladrillos en la cocina. Cadfael apartó los cobertores y contempló el cuerpo de la cabeza a los pies. Le habían dejado desnudo bajo una sábana de lino para que sólo su limpia y suave superficie rozara los múltiples arañazos y magulladuras. La herida de puñal justo por debajo del corazón estaba vendada. Cadfael no retiró la venda; estaba seguro de que la herida había sido escrupulosamente limpiada y curada. No obstante, deslizó los dedos por debajo de los pliegues superiores para palpar los huesos.

—Pretendían acabar con él, pero el cuchillo tropezó con la costilla. Estando sano, debe de ser un hombre magnífico..., fijaos en su figura. Esto se lo han hecho por los menos tres o cuatro personas.

Hizo todo lo que pudo por las muchas lesiones que mostraban indicios de enconarse, utilizando distintos ungüentos de eficacia comprobada a lo largo de los años, pero no tocó las erosiones leves. Dos o tres jóvenes monjes trajeron las piedras calentadas y las colocaron alrededor del cuerpo del enfermo, muy cerca, pero sin tocarlo, y fueron presurosos a calentar otras. Un buen ladrillo caliente junto al pie largo y huesudo; porque, cuando los pies están fríos, todo está frío, dijo Cadfael, retirando las vendas de la apaleada cabeza mientras Leonardo sostenía al enfermo por los hombros. Inmediatamente apareció la tonsura. El tupido cabello castaño enmarcaba una coronilla desgarrada por dos o tres heridas de las que todavía manaba sangre. El cabello era tan fuerte y vigoroso que bien pudo haberle salvado de una fractura. Cadfael recorrió delicadamente con el dedo la cúpula ósea y no percibió ninguna depresión. Lanzó un cauteloso y esperanzado suspiro de alivio.

—Aunque ha perdido el conocimiento, creo que el cráneo está entero. Volveremos a vendarlo para que esté más cómodo y conserve mejor el calor. No encuentro ninguna fractura.

Cuando terminaron, el cuerpo quedó igual que antes. Hubiera sido difícil advertir algún cambio que no se debiera a acciones ajenas. Sin embargo, las piedras calientes, diligentemente renovadas a medida que se enfriaban, habían surtido efecto. Su carne resultaba más suave y humana al tacto y parecía capaz de sanar.

—Ahora podemos dejarle —dijo Cadfael, mirándole con el ceño fruncido—. Le velaré durante toda la noche y mañana dormiré de día, cuando veamos cómo reacciona. Creo que vivirá. Padre prior, con vuestro permiso, ahora no me vendría mal la cena que me habéis prometido. Pero, ante todo, dejad que uno de estos fornidos jóvenes me quite las botas, yo estoy demasiado entumecido para hacerlo.

 

 

El prior Leonardo le sirvió personalmente la cena y le confesó su alivio por el hecho de contar con un experto médico..

—Nunca tuve vuestros conocimientos ni los medios de adquirirlos, pero bien sabe Dios que jamás habían dejado en mi puerta una criatura tan maltrecha y destrozada. Pensé que se moriría en mis brazos antes de llevarle dentro para intentar restañar la hemorragia y abrigarle contra el frío. Puede que nunca sepamos cómo llegó a esta situación.

—¿Quién le trajo? —preguntó Cadfael.

—Uno de nuestros aparceros de Henley, Reyner Dutton, un buen labrador. Era la primera noche de nieve y escarcha, y Reyner había perdido una vaquilla, una de esas bestias juguetonas que se escapan sin que uno se dé cuenta, y salió en su busca con dos de sus hijos. Tropezaron con este pobrecillo al borde del camino y lo trajeron aquí a toda prisa. Era una noche muy desapacible, soplaban frías rachas de viento y llegaron casi a tientas. Dudo que llevara mucho rato allí, de lo contrario, el frío habría acabado con él.

—¿Y los que lo socorrieron no se cruzaron con ningún salteador de caminos? ¿No vieron nada sospechoso?

—Nada. Aunque apenas se podía ver a más de doce pasos de distancia. Quizá pasaron cerca de alguien sin darse cuenta. Tuvieron suerte de no sufrir la misma desgracia, aunque el hecho de que fueran tres quizá hubiera desanimado a un salteador. Conocen esta campiña como la palma de su mano. Un forastero hubiera tenido que permanecer oculto hasta conseguir orientarse. En medio de estas borrascas, estos vendavales y esta nieve tan seca y fina, los caminos aparecen y desaparecen dos veces al día o más. Recorre uno un trecho del camino, pensando que conoce todos los detalles del paisaje, y a la vuelta no reconoce nada de lo que antes ha visto.

—Y a este hombre... ¿nadie le conoce?

El prior Leonardo miró a Cadfael, sorprendido y azorado a la vez.

—¡Por supuesto que sí! ¿Acaso no lo sabíais? El mensajero partió con tantas prisas que no hubo tiempo para explicaciones. Sí, se trata de un monje benedictino de Pershore, que vino enviado por su abad. Mantuvimos tratos a propósito de una falange de un dedo de santa Eadburga, de cuyas reliquias son custodios, como sabéis, y este monje recibió el encargo de traérnosla en un relicario. Nos la entregó hace unos días. Llegó a nuestra casa la noche del primer día del mes y se quedó para asistir a las ceremonias de colocación de la reliquia.

—¿Cómo es posible —preguntó Cadfael, boquiabierto de asombro— que lo recogieran en la nieve y os lo trajeran medio muerto uno o dos días más tarde? ¡Confieso que sois un poco negligente con vuestros huéspedes, Leonardo!

—¡Pero si ya se había ido, Cadfael! Anteayer nos dijo que saldría a primera hora de la mañana. Se fue ayer después del desayuno, y os aseguro que iba bien provisto para la primera etapa de su viaje. No acertamos a comprender cómo pudieron asaltarle tan cerca de aquí. Nadie sabe dónde estuvo entre el amanecer de ayer y esta noche, pero ciertamente que no fue donde le encontraron; de lo contrario, a estas horas estaríamos tocando a muerto por él.

—Bien, al menos le conocéis. ¿Qué sabéis de él? ¿Os dio su nombre?

El prior encogió sus huesudos hombros. ¿Qué podía aclarar un nombre sobre una persona?

—Se llama Elías. Creo, aunque él no lo dijo, que ya no está en el claustro. Era un hombre taciturno... y me parece que no le gustaba demasiado hablar de sí mismo. Analizaba el clima con cierta inquietud. Nos pareció natural que lo hiciera dado que tenía que regresar a casa, pero ahora creo que se trataba de algo más que eso. Nos habló de un grupo que dejó en Foxwood y al que acompañaba desde Cleobury; huían de Worcester y él los instó a que se refugiaran aquí, pero prefirieron cruzar las colinas y dirigirse a Shrewsbury. La muchacha, dijo, era muy decidida y llevaba la voz cantante.

—¿La muchacha? —Cadfael se irguió y aguzó el oído—. ¿Una muchacha llevaba las riendas?

—Eso parece —contestó Leonardo, sorprendiéndose de que semejante detalle suscitara tanto interés.

—¿Dijo quiénes la acompañaban? ¿Habló acaso de un niño? ¿O de la monja que iba con ellos?

Cadfael comprendió la insensatez de la situación. ¡La muchacha llevaba la voz cantante!

—No, no dijo nada más. Pero me pareció preocupado por ellos. Cuando él ya había llegado aquí, empezó a nevar, ¿sabéis?, y, en aquellas colinas tan desoladas... Su preocupación era muy comprensible.

—¿Pensáis que pudo ir en su busca? ¿Para cerciorarse de que habían cruzado sanos y salvos las colinas y se dirigían a Shrewsbury por un camino transitable? No hubiera necesitado desviarse mucho de su camino.

—Tal vez —contestó Leonardo, contemplando el rostro de Cadfael en silencio, como si esperara algún esclarecimiento.

—¡Quizá los encontró... y los traía aquí para que vos les dierais cobijo!

Cadfael hablaba solo dado que el prior estaba absorto en la silenciosa contemplación de su rostro.

Y, si les traía —pensó—, ¿qué habrá sido ahora de ellos? Su único protector había sido atacado y dado por muerto, y ellos tres, ¿dónde estarían? En realidad, no había ninguna prueba de que se tratara de los desventurados hermanos Hugonin y de la joven monja. Muchas pobres almas, entre las que figuraban numerosas muchachas, habían huido del saqueo de Worcester.

¿Jóvenes decididas que llevaban la voz cantante? Él había conocido a más de una en las cabañas y los castillos, en las granjas y en las alquerías, e incluso entre las familias de los siervos de la gleba. Las mujeres eran tan variadas como los hombres.

—Leonardo —dijo, inclinándose sobre la mesa—, ¿no habéis recibido notificación del alguacil sobre dos jóvenes de Worcester extraviados en compañía de una monja del convento de allí?

El prior sacudió la cabeza y le miró con expresión turbada.

—No recuerdo semejante mensaje, no. ¿Me estáis diciendo que esos...? Fray Elías estaba algo inquieto. ¿Pensáis que las personas de quienes nos habló son las que busca el alguacil?

Cadfael le refirió a su amigo la historia de la huida, la búsqueda y la apurada situación de su tío, amenazado con ir a parar a la cárcel en caso de atreverse a cruzar las fronteras del rey para buscarlos.

Leonardo le escuchó cada vez más consternado.

—Bien pudiera ser. ¡Si este pobre monje pudiera hablar!

—Ya habló. Os dijo que los había dejado en Foxwood y que pensaban cruzar las colinas en dirección a Shrewsbury. Eso significa que tendrían que correr el riesgo de rodear Clee para trasladarse a Godstoke, donde ya estarían a salvo por hallarse en las tierras del priorato de Wenlock.

—Pero el camino es muy duro y difícil —dijo el prior, aterrado—. Y la noche siguiente hubo una nevada muy fuerte.

—No podemos estar seguros de que sean ellos —le recordó cautelosamente Cadfael—. Es sólo la sombra de una sospecha. Una cuarta parte de los habitantes de Worcester siguió este mismo camino para escapar de la matanza. En lugar de perder tiempo en vanas conjeturas, será mejor que vaya a velar a nuestro paciente. Sólo él puede revelarnos otros detalles. Además, a él ya lo tenemos, y debemos conservarlo. Id a completas, Leonardo, y rezad por él. Yo haré otro tanto junto a su lecho. Si habla, perded cuidado que estaré despierto para escucharle por el bien de todos nosotros.

 

 

Durante la noche tuvo lugar un mínimo y repentino cambio. Fray Cadfael estaba acostumbrado a dormir con un ojo abierto y con ambos oídos alerta. En un escabel junto a la cama, se quedó adormilado con los brazos cruzados, la cabeza inclinada y un codo apoyado en el armazón de madera del lecho para así despertar al menor movimiento. Sin embargo, fue el oído el que le despertó, obligándole a contener la respiración e inclinarse sobre el herido. Elías acababa de inspirar aire por primera vez sin ninguna dificultad, y el profundo movimiento se había extendido por todo su magullado cuerpo, desde la garganta hasta los pies, arrancándole un gemido de dolor. El estertor que se escapaba de su garganta se había suavizado, y la aspiración del aire, por más que le resultara dolorosa, le llegaba hasta el diafragma, que la recibía como recibe un hambriento la comida. Cadfael observó que un estremecimiento le agitaba el rostro lacerado y le separaba los labios tumefactos. La punta reseca de la lengua trató de humedecerlos, pero el dolor la indujo a retirarse aunque los labios permanecieron entreabiertos. Los dientes se separaron para dejar escapar un prolongado gemido.

Cadfael había puesto a calentar junto al brasero una jarra de vino con miel. Vertió unas gotas entre los hinchados labios y tuvo la satisfacción de ver que el inconsciente rostro se contraía en un espasmo muscular y que la garganta se esforzaba por tragar. Cuando acercó un dedo a los labios nuevamente cerrados, éstos se entreabrieron en sedienta respuesta. Gota a gota y con mucha paciencia, una buena parte de la bebida bajó por la garganta. Cuando ya no obtuvo respuesta, Cadfael abandonó la tarea. Una fría e inmémore ausencia se había trocado gradualmente en sueño, ahora que el herido había recibido un poco de calor tanto por dentro como por fuera. «Algunos días de reposo en la cama para que desaparezca la confusión de su mente —pensó Cadfael—, y lo tendremos de nuevo entre nosotros. Pero que pueda recordar lo ocurrido, eso ya es otra cuestión.» Cadfael sabía de algunos hombres que, tras sufrir lesiones en la cabeza y recuperar el conocimiento, recordaban todos los detalles de su infancia y de los años anteriores, pero no conservaban el menor recuerdo de la reciente lesión.

Retiró el ladrillo de los pies, que ya se estaba empezando a enfriar, fue a buscar otro a la cocina, y se sentó para reanudar la vigilia. El hombre dormía, pero con un sueño interrumpido por gemidos y súbitos estremecimientos que le recorrían todo el cuerpo. Una o dos veces, Elías hizo un visible esfuerzo mientras sus labios, su garganta y su lengua trataban de articular alguna palabra, aunque sólo consiguió emitir angustiados sonidos indescifrables. Cadfael se inclinó hacia él para captar la primera expresión que tuviera algún significado, pero pasó la noche, y la vigilia no le reportó ningún resultado positivo.

Tal vez los sonidos que marcaban la jornada claustral podrían llegar hasta el núcleo más hondo de su ser, dado que, en cuanto sonó el primer toque de la campana de prima, se quedó súbitamente inmóvil mientras sus párpados se estremecían y trataban de abrirse, aunque inmediatamente volvieron a cerrarse como si no soportaran ni siquiera las primeras luces del alba. Su garganta experimentó un trémulo movimiento y sus labios entreabiertos trataron de hablar. Cadfael se inclinó hacia él y acercó el oído a su boca.

—... locura —dijo Elías, o eso creyó entender Cadfael—. Por Clee —añadió en tono quejumbroso— y con tanta nieve... —Movió la cabeza sobre la almohada y emitió un entrecortado gemido de dolor—. Tan joven... testaruda... —Antes de sumirse en un sueño más profundo y reparador, musitó con un hilillo de voz, claramente comprensible—: El chico hubiera venido conmigo.

Eso fue todo. Después, se hundió de nuevo en la inmovilidad y el silencio.

—Ya empieza a mejorar —dijo Cadfael cuando llegó el prior Leonardo en cuanto terminó el rezo de prima—, pero la recuperación será lenta. —Un solícito y joven monje aguardaba para relevarle—. Cuando se mueva, podéis darle de beber un poco de vino con miel; comprobaréis que ahora ya puede tragar. Sentaos a su lado y tomad nota de todas las palabras que pronuncie. Dudo que podáis hacer otra cosa por él mientras yo duermo, pero aquí hay un aguamanil para su uso si lo necesitara. Si empezara a sudar, procurad que no se destape, pero humedecedle el rostro. Si Dios quiere, dormirá. El sueño es una medicina más eficaz que los cuidados que pueda prodigarle un hombre.

—¿Estáis satisfecho de sus progresos? —preguntó ansiosamente Leonardo—. ¿Se recuperará?

—Se recuperará muy bien, con tiempo y reposo —contestó Cadfael, bostezando.

Antes de irse a la cama, quería desayunar. Más tarde, tras echar un nuevo vistazo a los vendajes de la cabeza y las costillas y a los cortes que amenazaban con supurar, trataría de establecer el mejor medio de atender a fray Elías y proseguir la búsqueda de los hermanos desaparecidos.

—¿Ha hablado? ¿Ha dicho alguna palabra comprensible? —le apremió Leonardo.

—Ha hablado de un muchacho y de la insensatez de cruzar las colinas con tanta nieve. Sí, creo que encontró a los hermanos Hugonin y a la monja e intentó traerlos consigo aquí. La joven se empeñó en ir por su cuenta —dijo Cadfael, meditando sobre aquella mozuela desconocida que había osado cruzar las colinas en pleno invierno y en medio de la anarquía reinante—. Joven y testaruda, dijo. (Pero, por muy alocados e importunos que sean, los inocentes no se pueden abandonar.) Dadme de comer —añadió Cadfael, regresando a sus necesidades más inmediatas y llevadme a una cama. Dejaremos a los ausentes para más tarde. No abandonaré a fray Elías mientras me necesite, pero os diré lo que podríamos hacer, Leonardo, si algún huésped de vuestra hospedería tiene que ir a Shrewsbury. Podríais encomendarle que comunique a Hugo Berengario que aquí tenemos, si no me equivoco, las primeras noticias sobre los jóvenes desaparecidos.

—Así se hará —contestó el prior Leonardo—. Hay un mercader de tejidos que regresa a casa para pasar las fiestas de la Natividad con los suyos y se pondrá en camino después del desayuno. Iré a comunicarle el mensaje ahora mismo, y vos ya podéis iros a descansar.

 

 

Antes del anochecer, fray Elías volvió a abrir los ojos y esta vez, aunque la luz le molestó un poco, los mantuvo abiertos y, momentos después, miró asombrado a su alrededor. Sólo cuando el prior Leonardo se inclinó sobre los hombros de Cadfael, apareció en los ojos del enfermo un brillo de reconocimiento. Al parecer, conocía aquel rostro. Sus labios se entreabrieron y de su garganta escapó un ronco y esperanzado susurro inquisitivo:

—¿Padre prior...?

—Aquí estoy, hermano —contestó Leonardo en tono tranquilizador—. Estáis a salvo con nosotros en Bromfield. Tenéis que descansar y recuperar fuerzas. Habéis sido gravemente herido, pero ahora estáis entre amigos. No os inquietéis por nada..., pedid cualquier cosa que necesitéis.

—Bromfield... —musitó Elías, frunciendo el ceño—. Tenía una misión que cumplir en este lugar —añadió en tono preocupado, tratando de levantar la cabeza de la almohada—. El relicario..., oh, ¿se ha perdido...?

—Lo trajisteis fielmente —contestó Leonardo—. Se encuentra aquí, en el altar de nuestra iglesia, vos velasteis con nosotros cuando lo colocamos. ¿No os acordáis? Cumplisteis vuestra misión. Hicisteis todo lo que se os pidió.

—Pero ¿cómo... ? Me duele la cabeza... —La trémula voz se perdió mientras las oscuras cejas se juntaban con expresión de ansioso dolor—. ¿Qué es esta congoja? ¿Cómo he llegado a semejante situación?

Le explicaron con delicada cautela que había salido del priorato para regresar a su abadía de Pershore y lo habían devuelto malherido, apaleado y dado por muerto. Al oír mencionar Pershore, se animó y, a partir de aquel momento, recordó que se había puesto en camino para llevar una falange de un dedo de santa Eadburga a Bromfield, evitando el peligro de pasar por Worcester. Poco a poco, recordó también Bromfield. Pero, de todo lo ocurrido tras su partida, no recordaba nada. Sus atacantes habían desaparecido por completo de su trastornada mente. Cadfael se inclinó hacia él y lo apremió suavemente.

—¿No volvisteis a verles? ¿A la muchacha y el niño que se empeñaron en atravesar las colinas en dirección a Godstoke? Fue una locura, pero la muchacha quiso seguir adelante y su joven hermano no logró disuadirla...

—¿De qué muchacha y de qué niño me estáis hablando? —preguntó Elías, perplejo, frunciendo nuevamente el ceño.

—Y la monja..., ¿no recordáis a la monja que viajaba con ellos?

Los infructuosos intentos de recordar le causaban una angustia indecible. Buscaba en su memoria y sólo tropezaba con la aterradora desesperación de un fracaso que, en su confuso estado mental, interpretaba como una culpa. Toda suerte de imaginarias obligaciones incumplidas pasaban por su mente. El sudor le empapó la frente y Cadfael se lo enjugó con un lienzo.

—No os inquietéis, descansad y dejadlo todo en manos de Dios y, después de Dios, en las nuestras. Cumplisteis vuestro encargo, ahora podéis descansar.

Atendieron sus necesidades corporales, aplicándole ungüentos en los cortes y las heridas, le prepararon un caldo de carne con hierbas y gachas de avena, utilizando los escasos recursos de la enfermería, mientras él trataba de apresar sus escurridizos recuerdos. Por la noche, en las horas en que el espíritu cruza o se retira del umbral del mundo, el durmiente fue sacudido por un recuerdo mezclado con un sueño. Pero sus palabras eran inconexas y tan claramente perjudiciales para su recuperación que Cadfael, que se había reservado la parte más difícil de la vigilia, empleó todas sus energías en apartar aquel suplicio de la mente del convaleciente para que pudiera sumirse de nuevo en su saludable sueño. Cuando le relevaron antes del amanecer, Elías seguía durmiendo. El cuerpo sanaba y recuperaba las fuerzas. La mente divagaba y no conseguía recordar.

Cadfael despertó al mediodía y, cuando fue a ver a su paciente, lo encontró despierto y más tranquilo que cuando dormía, sin demasiados dolores y muy bien atendido por un anciano monje con larga experiencia en el cuidado de los enfermos. El día estaba despejado y la luz duraría bastante. Aunque la escarcha se mantenía intacta y sin duda volvería a nevar por la noche, en aquellos momentos el sol y las restantes horas de luz diurna resultaban muy tentadoras.

—Está muy bien atendido y puedo dejarle unas cuantas horas sin ningún reparo —le dijo Cadfael al prior—. Mi caballo ya ha descansado y los caminos estarán transitables hasta que vuelva a nevar o se levante viento. Me acercaré a Godstoke y preguntaré si aquellos jóvenes llegaron allí y, en caso afirmativo, si siguieron adelante y por qué camino. Han transcurrido seis días desde que fray Elías se separó de ellos en Foxwood, según me dijisteis. Si llegaron sanos y salvos a las tierras del priorato de Wenlock, es muy posible que a estas horas ya estén en Wenlock o en Shrewsbury y que todo el trastorno causado por su desaparición haya terminado. En tal caso, todos podremos respirar tranquilos.