II
La genealogía intelectual

Antonio Caso, uno de los intelectuales cuya intensa actividad cultural influiría, en distinta forma y medida, en Gómez Morin, Lombardo Toledano y varios de sus condiscípulos.

El legado ateneísta

Ninguno de los dos jóvenes provincianos llegó a participar de la tradición positivista que había sido la filosofía oficial del régimen porfiriano. Aun cuando sus estudios preparatorianos fueron hechos según el molde positivista, ninguno conservaría huella de las creencias positivistas o de sus impulsores.

Varias razones tienen que ver con el desencuentro. Primero, desde luego, la edad. En 1909, cuando Lombardo vivía ya en México y Gómez Morin estudiaba en León, el positivismo daba muestras públicas de descrédito, tanto por las críticas de varios impugnadores como por las declaraciones de los antiguos positivistas que comenzaban a declararse escépticos. Por otra parte, para 1909 varios de los más ameritados profesores positivistas ya eran muy viejos, estaban retirados, como es el caso de Justo Sierra, o impartían sus clases de manera reiterativa, sin el entusiasmo de 10 o 20 años atrás. Un ejemplo de la decadencia académica fue, en sus últimos días, el doctor Porfirio Parra, heredero espiritual de Gabino Barreda. Parra impartía clases en el último año de la escuela y en 1912 fue profesor de lógica de Lombardo; pero sólo por unos meses, porque falleció por esos días. El único positivista con quien los dos provincianos tuvieron alguna relación fue el ingeniero Agustín Aragón. Lo veían como una figura simpática, un poco anacrónica, sobre todo por las defensas de su credo que publicaba en su propia Revista Positiva.

Si Vicente Lombardo Toledano tuvo poca o nula relación con el positivismo, menos aún pudo tenerla Gómez Morin, quien llegó a la capital justamente cuando el ministro de Instrucción Pública del régimen de Victoriano Huerta, Nemesio García Naranjo, arriaba definitivamente la bandera del positivismo en la Preparatoria, lo que ocurrió en la ceremonia de iniciación de cursos de 1914. Por otra parte, los textos que Gómez Morin había estudiado en León, publicados bajo la dirección del cardenal Mercier de la Universidad de Lovaina, eran opuestos al positivismo.

A los intelectuales de más renombre del porfirismo, el grupo de «los Científicos», estos jóvenes ni siquiera llegaron a verlos. En la época porfiriana algunos de «los Científicos», como Pablo Macedo o Joaquín Casasús, impartían cátedra en la Escuela Nacional de Jurisprudencia; pero en 1915, cuando los jóvenes recién ingresaban a esa escuela, aquellos personajes vivían ya cómodamente en Europa, lejos de la Revolución.

Hubo, en cambio, un grupo de intelectuales que desarrolló una intensa actividad cultural en los últimos años del régimen porfiriano y cuya influencia sería discernible, en distinta forma y medida, en Gómez Morin, Lombardo Toledano y varios de sus condiscípulos. El núcleo central de este grupo lo formaban los abogados Antonio Caso, Ricardo Gómez Robelo, José Vasconcelos, el escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña, el estudiante Alfonso Reyes y el arquitecto Jesús T. Acevedo. Todos ellos nacidos en la década de mil ochocientos ochenta.

Si Francisco I. Madero proponía una apertura política, estos jóvenes intelectuales también pugnaban por una cultural. La práctica intelectual de este grupo tenía el sentido de una renovación respecto de las últimas expresiones artísticas y corrientes ideológicas de Europa.1 A diferencia del grupo de escritores del modernismo, estos literatos y pensadores intentaban vincular la literatura (su práctica y su enseñanza) con la academia.2 Esa tendencia didáctica se manifestó, hacia 1907, en la idea de revivir la práctica de las conferencias, que había sido olvidada en los ámbitos académicos positivistas. En ese año fundaron una Sociedad de Conferencias y organizaron una primera serie en un teatro público, para presentar temas relacionados con la vida y obra de escritores y artistas desconocidos o ignorados en los planes de estudio vigentes.3

Este afán didáctico, la idea de integrar la enseñanza de las humanidades en los planes de estudio de la Preparatoria, casó muy bien con una vocación intelectual a toda prueba en todos ellos, caracterizada al principio por una asepsia aparente de inquietudes y participación políticas. El clima platónico había llegado a extremos, por ejemplo en 1907 cuando los conferencistas decidieron impugnar públicamente a un poeta poblano que pretendía resucitar la Revista Azul. Organizaron una manifestación hasta la Alameda; al frente, alguno cargaba un estandarte con el lema: POR UN ARTE LIBRE.4 Alfonso Reyes, uno de los indignados manifestantes, recordaría –con algún rubor– siete años más tarde, en épocas de turbulencia, la escena platónica: «Por primera vez en México se vio desfilar a una juventud clamando por los fueros de la belleza y dispuesta si hubiera sido menester (¡oh santas locuras!) a defenderla con los puños».5

De las conferencias de 1907 pasaron a impartir otra serie en el Conservatorio Nacional. La protección y el impulso económico e intelectual de Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública de Díaz, desempeñó un papel importante en el prestigio que adquirió el grupo; él fue quien los incitó en 1908 a incursionar en las últimas manifestaciones del pensamiento europeo y los incorporó a las nuevas instituciones que fundó y reabrió precisamente el año del Centenario: la Escuela de Altos Estudios y la Universidad Nacional.6

En octubre de 1909 formaron una sociedad que ampliaba la de Conferencias, la denominaron Ateneo de la Juventud. Uno de los primeros actos públicos de la nueva institución fue impartir una serie de conferencias durante las fiestas del Centenario, con la presencia de algunos «Científicos» y ministros del gabinete. En una de ellas, José Vasconcelos impugnó brillantemente la filosofía positivista, sin temor a represalias. Cuando la revolución maderista comenzó, el Ateneo apenas iniciaba su labor como una gran Sociedad de Conferencias; el propio «Científico» Pablo Macedo costeó la lujosa edición de esas conferencias del Centenario.7

El Ateneo de la Juventud vivió hasta mediados de 1914. Su población total llegó a ser de cerca de cien miembros: poetas en su gran mayoría (32 por ciento), pintores (16 por ciento), arquitectos y musicólogos (5 por ciento), tenía escasos ensayistas (tres), pocos filósofos (dos) y apenas un especialista en cuestiones agrarias. Esta heterogeneidad en la planta de la institución no le confirió mayor vitalidad. Con la premura de otras actividades, las políticas sobre todo, el Ateneo fue cada vez más sólo sus miembros más activos: Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Antonio Caso.8 La única empresa común que el Ateneo intentó en sus años de vida fue la creación de otra institución: la Universidad Popular Mexicana, fundada en septiembre de 1912.

La idea de que el Ateneo creara su propia «extensión universitaria» hacia el pueblo, se debía al escritor español Pedro González Blanco, que residió durante algún tiempo en la ciudad, y a Pedro Henríquez Ureña.9 La misión de la Universidad fue condensada por Alfonso Reyes en el prólogo al folleto La Universidad Popular Mexicana y sus primeras labores, aparecido en 1913:

«La escuela primaria no puede satisfacer las necesidades de ningún hombre actual. Para colmar este anhelo de mayor cultura, los privilegiados de la sociedad cuentan con escuelas superiores y profesionales. Mas los no privilegiados que forman el pueblo, que tiene que atender de preferencia al diario sustento, no van a la escuela. Si el pueblo no puede ir a la escuela, la escuela debe ir al pueblo. Esto es la Universidad Popular, la escuela que ha abierto sus puertas y derramado por las calles a sus profesores para que vayan a buscar al pueblo en sus talleres y en sus centros de agrupación».10

El proyecto humanitario de la Universidad Popular estaba pensado exclusivamente para adultos; no confería títulos, los profesores no recibían remuneración y estaba prohibido tratar cuestiones políticas o religiosas en clase.11

Hasta el mes de febrero de 1913 la Universidad Popular había organizado seis conferencias. La caída del presidente Madero y la decisión del primer rector de la Universidad, Alberto J. Pani, de sumarse a la revolución constitucionalista, harían que la Universidad pospusiera sus actividades hasta el año de 1915, y ya plenamente el de 1916, año en que un nuevo grupo de conferencistas, más numeroso que el de los platónicos de 1907, al que nuestros dos provincianos pertenecían, dictaría, junto con los escasos ateneístas que quedaban entonces en la ciudad, 222 conferencias.12

El afán didáctico de los ateneístas hallaba un nuevo tipo de público, al menos en teoría: el pueblo. La revolución maderista debió precipitar los deseos de educar al pueblo. En el Congreso se debatía acaloradamente sobre la conveniencia de fundar escuelas que más tarde pudieran ser, según frase de la época, «fábrica de zapatistas»; el rector de la Universidad Popular, Alberto J. Pani, pensaba en 1912 que «el problema de México consistía en higienizar física y moralmente a la población»,13 y la fundación de la Universidad Popular llevaba claramente esos propósitos. Es una de las primeras incursiones de la Revolución en el mundo cultural de la ciudad:

«Su numeroso profesorado, difundido por las ciudades, cumple su misión de modo simultáneo, eficaz, día a día y aprovechando, si fuera posible, todas las horas de descanso del pueblo, todos los instantes en que duermen el telar y el martillo. Porque es fuerza apresurarse: la verdad es grande y la vida es breve. De manera que la Universidad Popular, en razón de su elasticidad y amplitud, es la más adecuada para responder a las necesidades del pueblo, para auscultar en todo momento su corazón y para someterle, según la clásica expresión, los Remedios del Alma».14

Los principales miembros del Ateneo que en 1913-1914 no se habían sumado a la revolución constitucionalista, u ocupado algún puesto en el régimen de Victoriano Huerta, mostraban el mayor interés en afianzar instituciones culturales como la Universidad Popular, creada por ellos, o la Escuela de Altos Estudios y la Universidad Nacional, obras de Justo Sierra. Pedro Henríquez Ureña se recibió de licenciado en derecho en 1914 y su tesis trató acerca de la Universidad y su autonomía respecto a los avatares de la política: un alegato en favor de la Universidad como casa intemporal de la cultura.15 Henríquez Ureña contribuyó a idear los nuevos planes de estudio que el ministro de Instrucción Pública de Victoriano Huerta, García Naranjo –antiguo ateneísta–, pondría en vigor en 1914. Escribió ensayos que fundamentaban las reformas que proponían en la enseñanza de las humanidades. Fundó en 1913 una subsección de estudios literarios dentro de la Escuela de Altos Estudios, con el objeto de formar profesores de humanidades, literatura y filosofía, primordialmente, así como críticos e investigadores de arte y literatura.16

Aunque muchos de sus miembros hicieron continua profesión de fe apolítica, y no obstante que en apariencia el interés de los ateneístas era exclusivamente cultural, lo cierto es que, visto desde una perspectiva más amplia, el proyecto y la práctica social del Ateneo comenzaban de alguna forma a ser políticos. Era imposible que el mundo de la cultura se sustrajera al momento de efervescencia política. Ninguno habitaba ya una torre de marfil. Las actitudes «puristas» de los poetas del modernismo les comenzaban a parecer no sólo excesivas sino cursis. Incluso en los momentos más platónicos, como en la manifestación por el «arte libre», se revela ya un impulso político, político-cultural si se quiere: un impulso por cambiar los asuntos de la cultura y la academia.

La renovación que propugnaban los ateneístas, en crítica abierta al positivismo oficial, era de carácter similar a la de la apertura maderista. Una nueva generación intelectual también quería desplazar a la gerontocracia cultural gobernante, desplazarla de sus puestos y de su ideología, y modernizarse. Por ello discurrieron formas de práctica cultural abiertas al público, como las conferencias; también por eso se dan los principales apoyos del ministro Justo Sierra en su obra de reabrir la Universidad, fundar la Escuela de Altos Estudios y crear la aristocracia cultural que, según dictaba su maestro Renan, muy leído entonces, debería gobernar el país. De carácter eminentemente político y ya insertada en un momento de conciencia social de la Revolución, se funda la Universidad Popular, proyecto que jamás fue pensado o propuesto en tiempos de paz porfiriana. El ingreso casi global de los ateneístas en los puestos públicos, durante el régimen de Victoriano Huerta, resulta la prueba más clara de la politización de su proyecto: un intento de «sofocracia».

El grueso del grupo ateneísta se disolvió en 1914 porque la mayoría de sus miembros salieron del país; unos, los más, por haber tenido puestos en el gabinete de Victoriano Huerta; otros, por haberse sumado a una facción derrotada de la Revolución; otros más, en un exilio voluntario. Ni Lombardo ni Gómez Morin tuvieron un contacto estrecho con los ateneístas antes del exilio, de modo que no pudieron recibir de ellos una doctrina. El legado que recibieron del Ateneo fue de otro tipo: los ateneístas fueron protegidos de Justo Sierra, colaboraron con él en la fundación de la Escuela de Altos Estudios y en la reapertura de la Universidad; los ateneístas, además, fundaron la Universidad Popular con el lema: LA CIENCIA PROTEGE A LA PATRIA. Todas esas instituciones quedarían vacías de profesorado con la Revolución. Con los positivistas muertos o ancianos y los ateneístas exiliados, los jóvenes de la siguiente generación tendrían que recibir una herencia político-académica: la responsabilidad de hacerse –de improvisarse– profesores muy pronto, a riesgo de que, de no hacerlo, pudiesen ver destruida la obra conformada por los ateneístas, a quienes comenzaban a considerar como antecesores. Había una antorcha que llevar, originada en Justo Sierra y los ateneístas: salvar la Grecia mexicana.

Más que una ruptura generacional o un proyecto generacional fallido, aunque hay algo de eso, podría hablarse de un relevo generacional. De haber permanecido en México, los ateneístas habrían seguido la ruta de fundadores de instituciones, maestros del «pueblo», nuevos directores de la vida académica. Al dispersarse con la Revolución, la generación del Ateneo cedió esa responsabilidad a la generación siguiente, a la que pertenecían Lombardo y Gómez Morin, nacida en la última década del siglo. Esta generación de estudiantes recibió un legado de acción, de movimiento, una responsabilidad político-cultural en vez de una doctrina: proteger, mejorar y acrecentar las instituciones (escuelas, planes de estudio) que los ateneístas apenas tuvieron tiempo de fundar.

La imposible erudición

Este relevo ocurrió paulatinamente. Así lo atestiguó muchos años más tarde Manuel Gómez Morin. Temeroso, acosado muchas veces por su inocencia provinciana, Gómez Morin conoció muy pronto a quien sería su primer maestro fuera de cátedra y condiscípulo en la Escuela Nacional de Jurisprudencia a partir de 1915: el joven erudito, crítico y sarcástico profesor de literatura mexicana de la Escuela Preparatoria, Alberto Vásquez del Mercado. Nacido en Chilpancingo, Guerrero, cuatro años antes que Gómez Morin, fue hijo de Jesús Vásquez del Mercado, un antiguo leal al presidente Lerdo, secretario de juzgado de Chilpancingo por muchos años; don Jesús terminó sus días en 1903 en parte a causa de su militancia antiporfirista: durante una rebelión organizada en Guerrero contra Porfirio Díaz, y sofocada por el coronel Victoriano Huerta, concedió amparos a los rebeldes, por lo cual se le acusó de enemigo del régimen y se le deportó a Aguascalientes, donde murió. Alberto Vásquez del Mercado cursó parte de la preparatoria en Chilpancingo además de realizar estudios literarios, con tal profundidad que el mismo Henríquez Ureña resultó sorprendido cuando lo conoció. A partir de 1911 y junto con dos de sus más cercanos amigos, Manuel Toussaint y Antonio Castro Leal, Vásquez del Mercado siguió los pasos de los ateneístas sin llegar a integrarse formalmente al grupo.

Agradecido porque gracias a él se salvó de una merecida reprobada en literatura, Gómez Morin vivió cerca de Vásquez del Mercado los últimos días de trabajo puramente intelectual nacidos del proyecto humanista del Ateneo, cuyos principales exponentes (Henríquez Ureña y Reyes) habían salido al exilio. Quizá sin comprenderlo todavía, Gómez Morin podía contemplar cómo en la breve historia intelectual de Vásquez, Castro Leal y Toussaint se resumía la caída del interés purista por las letras, y el ascenso del interés por los problemas sociales de un mundo en guerra y un país en plena revolución.

En 1912, en cuarto año de preparatoria, Vásquez del Mercado, Castro Leal y Toussaint tomaron las clases de literatura inglesa que impartía Henríquez Ureña en la Escuela de Altos Estudios. Un año después cursaron literatura española con él. Entonces presumían ya de ser parte de los muy escasos discípulos escogidos del maestro, de «Sócrates», como sus propios compañeros lo llamaban.17 Julio Torri, un cuentista original, profesor de literatura y por entonces (1913) secretario particular del director de correos del gobierno de Victoriano Huerta, el arquitecto ateneísta Jesús T. Acevedo, recordaría años más tarde la pasión pedagógica del maestro dominicano18 y su afición a formar listas: «de los veintisiete nombres de la aristocracia intelectual de España … de las nueve o diez … gentes de más valor espiritual en México; los veintisiete libros esenciales de la literatura hispanoamericana».19 Los tres estudiantes, Vásquez, Toussaint y Castro Leal, que el maestro llamaba «los Castros», no sólo formaban parte de esas listas sino que ellos mismos elaboraban listas. En 1913, por sugerencia del maestro, «los Castros» se sumergieron en los papeles depositados en la vieja Secretaría de Instrucción Pública de Justo Sierra, donde Henríquez Ureña había trabajado para la Antología del Centenario. La idea era elaborar una moderna antología de poetas mexicanos desde la Independencia. Como un acicate les sirvió el artículo que Henríquez Ureña publicó en la revista Nosotros, en que criticaba una antología sobre poetas castellanos editada en Londres.20 En junio de 1914, después de la salida del maestro de la ciudad, apareció publicado el pequeño libro Las cien mejores poesías líricas mexicanas; fue el primero y último libro escrito en conjunto por «los Castros». Con éste la casa Porrúa iniciaba su labor editorial con libros hechos en México. Costaba un peso.

«Los Castros» deseaban seguir la ruta intelectual del maestro y del Ateneo. Una de las maneras que discurrieron para hacerlo fue fundar una sociedad de estudios literarios que incorporara las inquietudes eruditas del Ateneo, sin los defectos de su heterogeneidad. A principios de 1914, Henríquez Ureña le escribía a Alfonso Reyes ponderando los logros de sus hijos intelectuales: «“Los Castros” … ya fundaron la Sociedad Hispánica de México con ocho miembros solamente. Esto está mucho mejor hecho que el Ateneo … pondrán muchas exigencias para el ingreso, ayudarán a la Universidad Popular y tendrán local en Altos Estudios».21

Por esa misma época –de diciembre de 1912 a junio de 1914– «los Castros» publican, junto con los poetas normalistas miembros de la Sociedad Hispánica, la revista Nosotros. Éstos le daban el ornamento poético, mientras que «los Castros» –hijos fieles– se proponían recoger la obra de los ateneístas dispersos, los que acompañaban a las tropas villistas, como Vasconcelos y Martín Luis Guzmán, y los exiliados como Alfonso Reyes.

La Sociedad Hispánica de México apareció fotografiada en las páginas de un elegante semanario ilustrado de la capital, pero su actividad y frutos se limitaron a la edición de la Antología. «Los Castros» dedicaban su tiempo, como el maestro, no sólo a labores editoriales y eruditas sino a su propia preparación como profesores de literatura en las clases que Henríquez Ureña instituyó en la Escuela Nacional Preparatoria. Fueron los primeros frutos de la subsección de estudios literarios de la Escuela de Altos Estudios, creada por el maestro dominicano. En 1914 Castro Leal impartía literatura universal; Toussaint, gramática; Vásquez del Mercado, a los 21 años era profesor titular de literatura mexicana e hispanoamericana. Era él quien antes de clase daba a los otros profesores de la materia el guión de la cátedra, entre ellos Ramón López Velarde y Enrique González Martínez.22 En 1924 el mismo Toussaint escribía acerca de Vásquez del Mercado: «Era campo casi virgen para sus afanes y así logró que su curso fuera considerado el mejor de la materia que entonces existía. De perseverar en él Vásquez del Mercado hubiera escrito, a no dudarlo, la historia de nuestras letras».23

Todas esas actividades académicas de «los Castros» concluyeron en junio de 1914, con el exilio de Henríquez Ureña y la disolución del Ateneo. Se suprimirían sus plazas de profesores. La revista Nosotros, financiada por José María Lozano, secretario de Comunicaciones del gobierno de Huerta, dejaría de aparecer. La Sociedad Hispánica sería disuelta.

A principios de 1914, desde su exilio en España, Alfonso Reyes sintió la necesidad de historiar por primera vez al grupo ateneísta; con las noticias que llegaban de México acerca de la dispersión de los compañeros, presentía quizá la terminación de un ciclo. Escribió un artículo llamado «Nosotros», que aparecería en el último número de la Revista de América dirigida por «los Castros». Después de recorrer la obra y los rasgos personales de todos los amigos que junto con él habían sido testigos de las épocas platónicas, Reyes terminaba con una referencia a «los Castros», como confirmando que con ellos se cerraba una etapa:

«Esos precoces eruditos, esos críticos imberbes [Castro, Vásquez del Mercado …], esos poetas niños, abrirán una nueva senda en el pensamiento mexicano. No los acusemos, no les desconfiemos por prematuros; el arte es grande y breve el plazo; y mientras más tiempo se goce de los bienes de la inteligencia, mejor. Ya vemos en ellos a los investigadores y a los poetas del mañana. Han aprendido ya, y han comenzado a cumplir, las dos superiores leyes del oficio: conocer todos los libros, probar todas las emociones. Hoy los días son negros. No importa: a su tiempo lucirá el sol y al amanecer del día siguiente hallaréis que los panales estaban rebosantes de miel porque las abejas habían trabajado toda la noche».24

«El inmediato magisterio de la presencia» de Henríquez Ureña (la frase es de Jorge Luis Borges) surtió efectos permanentes en los tres «Castros». En años posteriores, los tres seguirían tendiendo a la erudición y a la investigación, que fue la marca dejada por el maestro dominicano. Sin embargo, en cierta forma podría pensarse que los «panales» que esperaba Alfonso Reyes no habían amanecido «rebosantes». Los días eran en verdad negros. El propio Reyes, desde su exilio madrileño, dibujaba en el mismo artículo «Nosotros» el paisaje intelectual de los años 1913-1914:

«La evolución de las letras mexicanas, desde la era del modernismo hasta nuestros días, queda definida por esta fórmula: Un ritmo, una sucesión casi prevista o previsible, quizá necesaria, entre los virtuosos del talento poético y los sedientos de una nueva atmósfera de ideas. Hay en la generación que ahora oficia, como tenía que ser, poetas verdaderos, pero sumergidos en la superior tendencia ideológica, quiéranlo o no y así lo confiesen o lo nieguen. Reflejo, por otra parte, de lo que en todo el mundo sucede; no es hoy el día del cuento maravilloso ni del poema excelso, no es el día de la invención, sino de la crisis intelectual, el de la tormenta de valores. Y el general desconcierto, en medio del naufragio crítico, como todas las aspiraciones vagas a la vez que intensas, busca alivio en la religión, ¿lo hallará?»25

Desde 1908 existió en el Ateneo una tendencia intelectual contraria al purismo literario y académico. Sus propulsores principales fueron José Vasconcelos y Antonio Caso. Vasconcelos leía a Schopenhauer (su «irónico Maestro»), a los filósofos orientales en busca –según sus propias palabras– de la «gloria» y lo absoluto.26 Antonio Caso no compartía los afanes eruditos de Henríquez Ureña y de sus discípulos. Uno de ellos, Julio Torri, llegó a polemizar hacia 1914 con Caso en un ensayo que tituló: «La oposición del temperamento oratorio y el artístico». El epígrafe tomado de Bernard Shaw casi lo decía todo, «I don’t consider human volcanoes respectable».27 En el mismo sentido, Henríquez Ureña también había criticado públicamente a Caso en 1909:

«La personalidad que ahora vemos en Antonio Caso es la del amante de las cuestiones filosóficas, poseedor del abundante don de la palabra. Dos elementos que pueden ser antagónicos, se dirá: en efecto, en Caso, el afán de precisión conceptual vuelve inelegante, iterativa la frase muchas veces; otras, el flujo verbal desvirtúa las ideas o las engendra falsas. Si el primer defecto es leve, el segundo es grave … gran parte de [sus] errores … [son] hijos de esa censurable confianza en el poder verbal».28

Pero en 1914, cuando Reyes escribió el ensayo «Nosotros» y Gómez Morin conoció a Vásquez del Mercado, estas tendencias «volcánicas» intelectuales cobraban fuerza; existían razones objetivas que dificultaban el trabajo literario, erudito y académico. El Ateneo se dispersaba, el país entraba en la etapa más intensa de la Revolución y Europa empezaba a vivir la gran guerra. El fracaso de «los Castros» y su proyecto puramente erudito o cultural coincidió en México –como en otras partes del mundo– con el surgimiento de grupos intelectuales que no buscaban la verdad sino la revelación. Nacían actitudes místicas cuyo origen más evidente era la quiebra de las creencias tradicionales y la búsqueda de explicaciones, fórmulas, frases y personajes que pudieran ocupar el sitio de todo lo que había correspondido a las épocas de paz. Cuando Reyes hablaba del «alivio de la religión», se refería seguramente a las actitudes de misticismo –cuya casuística fue ilimitada– que acompañaron a los años de guerra. En los ateneístas exiliados y eruditos, estas actitudes místicas aparecerían atenuadas. Reyes y Henríquez Ureña apenas las dejaban aflorar en momentos de nostalgia; por el contrario, José Vasconcelos había dado muestra de ellas mucho antes de 1910, al igual que Antonio Caso. En «los Castros», puede contemplarse nítidamente cómo se desvanece la última estela humanístico-literaria del Ateneo. Detrás de «los Castros», y por lo menos hasta 1917, los jóvenes buscarían el «alivio de la religión».

Paul Valéry escribió en 1919 una imagen del paisaje espiritual de Europa durante la guerra. Sus palabras también habrían podido escribirse para dibujar la vida espiritual de los ámbitos académicos de la ciudad de México durante los años de la gran guerra y de la revolución constitucionalista: «Nunca se ha leído tanto, ni tan apasionadamente, como durante la guerra; preguntad a los libreros. Nunca se ha rezado tanto, ni tan profundamente; preguntad a los sacerdotes. Se ha evocado a todos los salvadores, fundadores, protectores, mártires, héroes, padres de patrias, santas heroínas, poetas nacionales …»29

Cuando abrieron los ojos al paisaje espiritual, Gómez Morin y Lombardo Toledano conocieron la exaltación mística que había desplazado a la imposible erudición.

Memorias de la Revolución

«Nuestro grupo se ha disuelto: usted en París, Martín en la revolución, Pani en la revolución, Vasconcelos en la revolución, Pedro en vísperas de marchar a Londres, Acevedo y Julio Torri dirigiendo la administración postal, yo, solo, completamente solo. Hube de vender mi biblioteca, parte de mis libros para poder comer; tengo una hija más que no pongo a disposición de usted ni de nadie y extraño sobremanera nuestros días de largas charlas fáciles, nuestros bellos días de la dictadura porfiriana “a mil leguas de la política”, como dice Renan, aquellos días de pláticas deliciosas y “libres discusiones platónicas …”»30

A fines de 1913 así escribía Antonio Caso a Alfonso Reyes, quien entonces vivía en París. La revolución de 1914-1915 llegaba a desintegrar la vida cotidiana de los ateneístas que auguraba éxitos académicos, sociales y aun políticos. Junto con las conversaciones platónicas se disolvió también una vida de cofrades epicúreos. Caso empezaba a hablar de barbarie para explicar lo que sucedía en 1913. Sus compañeros ateneístas, derrotados en la política, comenzaron a desarrollar un tipo singular de literatura que trataba de modo recurrente las bondades de la vida desinteresada, de la vida del espíritu, por sobre todas las variedades de la otra vida, la práctica, la política. Buena parte de la literatura publicada por Julio Torri, escrita entre 1913 y 1915, revela un interés por deslindar la actitud puramente intelectual de todas las restantes. Los ateneístas llegaron incluso a acuñar un término que condensaba el sentido de esa vida deseable: la atelesis.

Desde el cuartel villista, Martín Luis Guzmán envió en 1914 a la revista Nosotros, editada por «los Castros», un ensayo breve con el nombre «La vida atélica». El atelismo es en cierta forma también el leit motiv de la primera obra consagrada de Vasconcelos, Pitágoras (1915), o la de Caso, La existencia como economía y caridad (1916) y, principalmente, El suicida, de Alfonso Reyes (1917).

En abril de 1914, dos meses antes de la caída de Victoriano Huerta, Pedro Henríquez Ureña partió hacia la Universidad de Minnesota, donde impartiría clases hasta su retorno al país en 1921. Desde allí envió colaboraciones esporádicas a revistas de la capital. En alguna ocasión escribió un artículo que tituló «Lacrimae Rerum», muestra acabada de atelismo:

«¿Todo habrá sido mancillado, deshecho, por manos implacables? El Asia, con imaginación curiosa, con mano paciente, labró polícromos jarrones: ¿Vendrá la mano dura, sin imaginación que la guíe, a destruir en un instante el fruto de años lejanos? Sobre la hollada alfombra, los destrozados sitiales, la biblioteca dispersa, ¿podrá alcanzarse vida fecunda? No sé si en la incomprensible justicia de los dioses haya compensaciones reales cuando la destrucción material es también la destrucción de la vida espiritual».31

Al decidirse la contienda revolucionaria a favor de la fracción carrancista, los ateneístas en su mayoría comenzaron a tener una visión apocalíptica del país; la razón más terrenal de su pesimismo era su derrota política. Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos, convencionistas ambos y por ello derrotados, compartirían esa visión del país irredento.

«Nada es posible sin la regeneración moral de algunos», sentenciaba Martín Luis Guzmán en su folleto La querella de México, aparecido en 1915, donde agregaba:

«Perdemos el tiempo cuando de buena o mala fe vamos en busca de los orígenes de nuestros males hasta la desaparición de los viejos repartimientos de tierra y otras causas parecidas. Éstas, de gran importancia en sí mismas, por ningún concepto han de tomarse como decisivas. Las fuentes del mal están en otra parte: están en los espíritus de antaño, débiles e inmorales, de la clase directora; en el espíritu del criollo, en el espíritu del mestizo, para quienes ha de pensarse la obra educativa».32

Con ironías, con diatribas, los ateneístas reaccionaron ante la Revolución como hombres que fueron sorprendidos y luego expulsados por ella. En 1915 la mayoría pasaba ya de los treinta años, lo cual ayudó a forzar en ellos un compromiso político seguido, en la gran mayoría de los casos, de una derrota. La Revolución los había asaltado cuando ya tenían un pasado a cuestas; pasado intelectual, profesional, político. La mayoría hubiese suscrito las nostálgicas páginas de Caso a Reyes a fines de 1913:

«Vivimos en un desquiciamiento infernal … los estudios superiores … nada tienen que ver con un país en el que la barbarie cunde como quizá nunca ha cundido en nuestra historia … “Celo sin fe” según la frase de oro de Taine; sí, mi querido Alfonso, devoción sin entusiasmo, esfuerzos y esfuerzos sin premio, es lo que ha de formar nuestra divisa, principalmente en los días aciagos de batallas y crímenes. Ser mexicano culto es una de las inadaptaciones más incuestionables del mundo, ¡qué remedio!»33

Los ateneístas más jóvenes, que permanecieron en la capital, desarrollaron una actitud levemente distinta, la de «exilio interior»; Julio Torri, Carlos Díaz Dufoo hijo, Mariano Silva y Aceves y uno de «los Castros», Antonio Castro Leal, pensaron alquilar una casa alejada de la ciudad, en San Ángel tal vez, para aprender griego, dialogar y leer. Se declaraban a sí mismos aquello que Castro Leal predicaba a Díaz Dufoo: «Enemigo declarado del triste espectáculo del mundo». Eran –recordaba Castro Leal– un grupo de anacoretas; hombres decididos a preservar la pequeña flama de la cultura en medio de los días más violentos de la Revolución. Vivían en la actitud de quien soporta la Revolución como un chubasco; por eso, mucho tiempo después, las memorias de la Revolución que escribió Castro Leal se resumían con estas palabras: «En aquellos momentos en que la Revolución aislaba a la gente …»34

Igual que sus dos amigos, Alberto Vásquez del Mercado vivía la desilusión de haber sido destituido de su cátedra de literatura, por las nuevas ideas del gobierno carrancista sobre instrucción pública: la introducción de la high school norteamericana, bien lejana de la concepción humanista de Henríquez Ureña. Por unos días, a principios de 1915, Vásquez del Mercado fue también jefe del Departamento de Publicaciones del Museo de Historia, designado para ese cargo por José Vasconcelos, ministro de Educación Pública del efímero gobierno de la Convención. Con el triunfo carrancista, Vásquez del Mercado fue cesado también de ese puesto. Deambuló indeciso unos meses, y por fin decidió matricularse a fines de 1915 en la Escuela de Jurisprudencia. Como un gesto que lo separara de sus afanes literarios anteriores y del ensimismamiento de los anacoretas, vendió su biblioteca literaria, pequeña pero selecta.35 Junto con él entraron Antonio Castro Leal y Manuel Toussaint, el «Castro» restante. Castro Leal, Toussaint y los ateneístas del exilio interno no se dieron enteramente por vencidos en su vocación: comenzaron a editar en 1915 revistas literarias que siguieron la ruta de Nosotros y recogieron la obra de los exiliados externos. En 1916 comenzaron una fructífera labor editorial con la fundación de la editorial Cultura, que se proponía divulgar obras de la literatura universal contemporánea:

«Parece increíble», recordaba Alfonso Reyes, «que, en aquellos días aciagos, Castro Leal escribiera revistas teatrales en pro de la Cándida de Bernard Shaw; que el marqués de San Francisco tuviera la calma para continuar sus investigaciones sobre la miniatura en México; o Torri aprovechara el fuego mismo del incendio para armar sus trascendentales castillos de artificio».36

La revolución constitucionalista y, más tarde, la lucha de facciones entre 1914 y 1915, no fue asimilada por los estudiantes más jóvenes estrictamente como una catástrofe o el triste espectáculo de barbarie que había que soportar, en ellos apuntaba una nueva actitud. En 1915 Vicente Lombardo Toledano tenía 21 años y Gómez Morin, 18. Eran lo suficientemente jóvenes como para haber podido evitar por ese solo hecho, de manera involuntaria, un compromiso político como el que asolaba a la generación ateneísta. Eran, además, en general, jóvenes de clase media cuyas familias no estaban de acuerdo con la Revolución, y habían llegado a la ciudad, o permanecían en ella, para resguardarse. Aunque el viaje de Gómez Morin y su madre a México hubiese ocurrido de cualquier modo, es de suponerse que estaba planeado para el momento en que él terminara sus estudios preparatorianos en León, lo cual habría ocurrido a fines de 1915. Pero casi al terminar 1913 ya se habían establecido en una accesoria de la calle de San Lorenzo.37 En actitud de resguardo permanente vivió la familia Lombardo Toledano, que sin duda sufrió enormemente con la Revolución. El primer resguardo fue la capital; pero luego, al enterarse el padre de Lombardo Toledano de que Victoriano Huerta militarizaba a los preparatorianos con la intención de enviarlos a luchar contra los zapatistas y no contra los yanquis, decidió que el sitio del resguardo debía ser, de nuevo, Teziutlán. Más tarde, durante los años 1915 y 1916, y aun hasta 1917, las cartas de Vicente Lombardo Toledano, recogidas en su copiador, denotan una situación de tensión continua por la salud del padre y por las noticias de epidemias de tifo que llegaban a Teziutlán e inquietaban a la familia. Durante todos esos años vivieron con el «horizonte amenazado», como explicaba Vicente Lombardo a su hermano Luis en 1917. Moviéndose geográficamente y asediados por el caos de la economía y la armonía familiar que se desintegraban.38

La vida cotidiana de aquellos estudiantes estaba rodeada de exigencias e irregularidad. Uno de sus condiscípulos, Alfonso Caso, cursó estudios preparatorianos en el Colegio de Mascarones, la preparatoria católica. En 1912 esta escuela dejó de funcionar y Caso continuó sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso. Allí fue condiscípulo de Vicente Lombardo Toledano, que había seguido idéntica trayectoria también por el cierre del Internado Nacional. Los recuerdos estudiantiles de Caso hablan de esa vida «provisional» de 1914-1915, provisional a los ojos de un joven «decente» de clase media:

«Estudiamos en medio de todas las dificultades inherentes a la lucha armada que entonces había en el país. Frecuentemente teníamos que ir a pie a nuestras casas, pues no había tranvías ni camiones, y en algunas ocasiones, un carro tirado por mulas, que sospechábamos por el olfato que había sido utilizado para transportar abono, nos servía de medio de locomoción.

»La ciudad frecuentemente carecía de luz y de agua, y de prácticamente todos los servicios municipales. Algunas veces la Universidad tuvo que festinar los exámenes de fin de curso porque se anunciaba la toma de la ciudad por alguno de los grupos revolucionarios, y no era difícil que hubiera un cambio total de autoridades. Entonces los exámenes se hacían al vapor y llegó una ocasión en que un día tuvimos que presentar todos los exámenes del año».39

Daniel Cosío Villegas, estudiante de cuarto año de preparatoria en 1915, vivía el momento con una mezcla de temor y aventura:

«Yo vivía en la calle de Nezahualcóyotl, muy al sur de la ciudad, y tenía que ir a mis cursos en la Escuela Nacional Preparatoria, lo cual significaba atravesar la Plaza de Armas … mientras iba caminando por las calles no sentía mayor temor porque en caso necesario iba pegado a las paredes o se encontraba algún zaguán … Pero cuando llegaba uno a la Plaza de Armas, ni qué hablar de que no la cruzaba uno. Yo tomaba lo que es el Portal de Mercaderes, siquiera para salvar el costado de la Plaza … y después para tomar el costado de la Catedral. Para la actual Argentina ya todo era al descubierto … Estando en la Escuela Preparatoria comenzaban los tiroteos y a veces se usaban pequeños cañones. El ruido y el estruendo eran de tal naturaleza, que los mismos profesores acababan por darnos el pase y regresábamos a nuestros hogares».40

Los letreros con los que se encontraron al abrir los ojos en esa época estudiantil, sin un pasado intelectual, profesional o político en el cual comparar, no fueron nada festivos o sensuales. La primera poesía escrita por Gómez Morin a su arribo a la capital estaba muy lejos de la moda modernista que él, por otra parte, no conocía: fue una poesía patriótica. Años más tarde sus memorias de la Revolución evocaban el país «como campamento»:

«Fue la época en que los salones servían de caballeriza; se encendían hogueras con confesionarios, se disparaba sobre los retratos de ilustres damas “científicas” y la disputa por la posesión de un piano robado quedaba resuelta con partirlo a hachazos lo más equitativamente posible. La época en que se volaban trenes y se cazaban transeúntes. En que se fusilaban imágenes invocando a la virgen de Guadalupe. En que, con el rifle en la mano, los soldados pedían limosna».41

No era barbarie la sensación que les quedaba del espectáculo revolucionario sino irregularidad, provisionalidad, exigencia. «Dejamos de ser borrachitos», explicaba Gómez Morin años más tarde, orgulloso de las muchas horas que entregaba al estudio y a la lectura junto con sus compañeros.42 Lo habían dejado de ser, primero, por vivir, hasta mediados de 1914, en un mundo marcial, como estudiantes militarizados por orden de Victoriano Huerta. Luego, a causa del necesario trabajo de «pan ganar» que la mayoría tuvo que iniciar cuando la Revolución arreció. Sus diversiones no podían ser ya tan epicúreas como lo habían sido para los ateneístas de 1909. Ahora, en 1914, estudiantes como Alfonso Caso, Vicente Lombardo Toledano y Manuel Gómez Morin, se reunían a jugar bacará en el tapanco de la Librería Porrúa, para matar el tiempo.43

Mientras Vicente Lombardo Toledano hacía lo posible por retrasar el crepúsculo familiar, Gómez Morin comenzó a trabajar en 1915, cuando cesaron los envíos de dinero (100 pesos mensuales) que le llegaban de Parral. Su madre, joven y viuda, se había consagrado por entero a su hijo, y él, obviamente, tenía que corresponder y convertirse en su sostén. Fue redactor de La Vanguardia, un diario efímero dirigido por el «Dr. Atl» en sus épocas de líder de «los Batallones Rojos». Fue corrector de pruebas de El Demócrata, profesor de las escuelas de tropa, responsable de las cátedras de civismo, geografía y lecturas que se daban a los soldados. El 18 de septiembre de 1915 obtuvo el puesto de escribiente adscrito al 4º juzgado correccional dependiente de la Secretaría de Justicia; en 1916 comenzó a trabajar en el Ministerio de Fomento, como oficial de la Dirección General de Estadística.44 Los ateneístas vivieron exiliados, interna y externamente, durante la Revolución. Sus discípulos, entre los cuales estaban Lombardo y Gómez Morin, se enredaron en la cotidianidad de la Revolución, sin participar en ella.

El hecho de no participar activamente en la Revolución, de ser capitalinos, ciudadanos no armados, neutrales, debió acrecentar en esos estudiantes la aspiración mística, en tanto se hallaban ante un mundo de acontecimientos nuevos, un mundo que cambiaba, en cuyo movimiento no participaban y para el cual, además, no tenían a la mano teorías o explicaciones. Las actitudes de exaltación mística hallaron terreno fértil en Manuel Gómez Morin y Vicente Lombardo Toledano, quienes vivían cada uno –cuesta abajo y cuesta arriba– situaciones de inestabilidad económica cotidiana.

Una faceta de la aspiración mística del momento, que envolvió a muchos habitantes del pequeño mundo cultural de la ciudad-resguardo, fue la de elevar a la categoría de revelación los hallazgos temáticos de los pintores y poetas que figuraban en 1915. Gómez Morin era amigo de Saturnino Herrán y, un tiempo después, vecino del poeta Ramón López Velarde. Herrán pintaba por aquellos días la cara cotidiana de México; imposibilitado como estaba para recibir los últimos modelos de la pintura europea, ya que Europa vivía los primeros años de la gran guerra, Herrán retrataba las calles, a los indígenas y mestizos, las costumbres de la gente humilde. En 1913 pintó El jarabe, bailado por una pareja de criollos, en donde aparece un sombrero ancho y un indio escondido rasgueando la guitarra. En La ofrenda aparecían en una chalupa, en Xochimilco, remeros, niñas indígenas, itacates, rebozos, flores. Herrán pintó también El gallero, La indita, La tehuana y otras telas con escenas populares.45

«Herrán pintaba a México», recordaba Gómez Morin, y Ramón López Velarde «cantaba un México que todos ignorábamos viviendo en él».46 Miguel Palacios Macedo decidía aprender náhuatl, mientras que Manuel Toussaint, uno de «los Castros», liberado de la carrera de leyes, comenzó a publicar en la revista Pegaso (1917) una larga serie titulada «Bocetos coloniales», estudios sobre la catedral de México, la capilla del Pocito, las casas del siglo XVI, el mismo paisaje cotidiano que plasmaba Herrán y otros pintores, como los hermanos Garduño, que ponían la ciudad en el fondo de sus telas. Carlos González Peña, un antiguo ateneísta, publicaba en octubre de 1915 un diálogo con Herrán:

«Razón le sobra a usted para decirme que para crear la pintura nacional hay que hacer algo exclusivamente nuestro; observar lo de aquí, sentirlo; yo nunca he entendido por qué los mexicanos van a pintar cocotas a París, aldeanas a Bretaña, canales dormidos a Brujas o desoladas llanuras a la Mancha … ¿No ha despuntado ya Manuel Ponce, armonizando las canciones que de niños usted y yo y los payos todos nos hartábamos de oír en boca de los ciegos que mendigaban tocando el arpa o en la de las criadas que solían plañirlas al obscurecer …? Ir a lo nuestro, observándolo … ¡He aquí la salvación!»47

De esas múltiples expresiones de «lo mexicano», Gómez Morin recordaba haber vivido un nuevo «descubrimiento de México»:

«Y con optimista estupor nos dimos cuenta de insospechadas verdades. Existía México. México como país, con capacidades, con aspiración, con vida, con problemas propios. No sólo era esto una fortuita acumulación humana venida de fuera a explotar ciertas riquezas o a mirar ciertas curiosidades para volverse luego. Ni era nada más una transitoria o permanente radicación geográfica, estando el espíritu domiciliado en el exterior. Y los indios y los mestizos y los criollos, realidades vivas, hombres con todos los atributos humanos. El indio no mero material de guerra y de trabajo, ni el criollo, ni el mestizo, fruto ocasional con filiación inconfesable, de uniones morganáticas entre extranjeros superiores y nativos sin alma. ¡Existían México y los mexicanos!

»¡Y qué riqueza de emociones», explicaba también, «de tanteos, de esperanzas nacieron de este descubrimiento! Sobre todo, qué abismos de ignorancia de nosotros mismos se abrieron luego, incitándonos –incapacitados como estábamos a investigarlos y todos llenos de misterio–, a salvarlos con el salto místico de la afirmación rotunda, de la fe en una milagrosa revelación, de la confianza en nuestra recién hallada vitalidad».48

Aquellos estudiantes, de una u otra forma, vivían «llenos de misterio». Algunos buscaban la revelación en la poesía. Enrique González Martínez, el poeta preferido de aquella pequeña cofradía académica, los invitaba a descubrir «el sentido oculto de las cosas», en una incitación panteísta que Gómez Morin, por ejemplo, recogió como suya:

«No en vano vivimos la época en que “se tuerce el cuello al cisne” y nuestro espíritu inquieto pide algo más que la helada caricia de la forma … El arte torna a la vida, quiere penetrar la esencia de las cosas y darnos el alivio de encontrar en ellas algo amable y espiritual que las asemeje con nosotros y nos revele nuestra profunda relación con ellas».49

Palabras cotidianas eran: milagro, heroísmo, entrega, fe, lucha, sacrificio, anhelo… Alumnos más jóvenes, como Narciso Bassols, se entregaban también a un optimismo lírico extraído seguramente de la lectura del Ariel de Rodó. En un discurso del día de la Raza en 1915, Bassols dijo refiriéndose a América:

«Vivamos libres, vivamos contentos, vivamos grandes porque la libertad, con el amor y la justicia, mantienen vivo el universo. Todo es de nuestra parte, todo se presta, todo nos favorece; si caemos, si por ineptos sucumbimos, la culpa es nuestra. Pero no puede ser así, con fe, con la convicción y la seguridad muy hondas, podemos exclamar: el mundo es nuestro».50

Gómez Morin tuvo en Vásquez del Mercado un primer maestro, que le dio una disciplina y un ejemplo en el esfuerzo intelectual y la intolerancia ante la improvisación, lo cual pudo ser un contrapeso de aquella borrachera mística. El espíritu crítico de Vásquez del Mercado lo acercó a otras revelaciones intelectuales. Juntos leyeron a Fernando González Roa, el único ateneísta especializado en cuestiones sociales ( Varios proyectos de ley relativos a la cuestión agraria, 1914, y el problema ferrocarrilero, 1915), a Henry George (El libre cambio, Problemas sociales, 1898), a Joaquín Costa (Colectivismo agrario en España, 1898), a José Diego Fernández y sus libros sobre el petróleo nacional «como fuerza para el país» (1916) y a Wistano Luis Orozco (La organización de la República, 1914). Revelaciones sociales que hacían bajar a Gómez Morin y a Vásquez del Mercado del mundo de la abstracción:

«El problema agrario, tan hondo, surgió entonces con un programa mínimo definido ya, para ser tema central de la Revolución. El problema obrero fue formalmente inscrito, también, en la bandera revolucionaria. Nació el propósito de reivindicar todo lo que pudiera pertenecernos: el petróleo y la canción, la nacionalidad y las ruinas. Y en un movimiento expansivo de vitalidad, reconocimos la sustantiva vitalidad iberoamericana extendiendo hasta Magallanes el anhelo».51

El interés de Lombardo Toledano se inclinaba más a las lecturas educativas. Los asuntos económicos no le interesaban –¿envuelto, como estaba, en los propios?–. Prefería a Ellen Kie, la educadora sueca, y sus libros El siglo de los niños y Amor y matrimonio.52

Mi general Caso

El 13 de enero del año 1915 José Vasconcelos, ministro de Educación Pública del gobierno de la Convención de Aguascalientes, convocó a un plebiscito entre maestros y estudiantes para elegir al nuevo director de la Escuela Nacional Preparatoria. La votación favoreció ampliamente a Antonio Caso, que desde la salida de Henríquez Ureña, en julio de 1914, se había convertido en un personaje central en la vida académica de la ciudad.53

Al día siguiente aparecieron publicados en La Opinión los discursos de la toma de posesión. El ministro Vasconcelos había felicitado a maestros y alumnos por haber elegido a quien representaba el bastión de la cultura frente a la lucha fratricida. Caso, por su parte, comenzaba a desempeñar ese papel; durante el gobierno de Victoriano Huerta, Caso había mostrado ya su pública inconformidad con la militarización de la preparatoria. Predicaba a todo el mundo las palabras de Joaquín Costa: «Haced de cada cuartel una escuela y no de la escuela un cuartel».54 En su toma de posesión declaró: «Laboraré en primer término por la Escuela Nacional Preparatoria, en seguida por la Universidad Nacional y, en general, por la patria, que tan desgarrada está … digo, con Emerson, que trabajaré como si mis pensamientos hubieran de devolvérmelos las trompetas que llamen a juicio final …»55

A unas cuantas cuadras del Salón del Generalito, en el edificio de la Escuela Nacional Preparatoria donde se efectuaba la toma de posesión de Caso, se llevaban a cabo las tumultuosas sesiones de la Convención, con abundante oratoria y citas de Danton, Marat, Kropotkin, Marx, Ferrer, Guardia, Nietzsche. Algo debía también a ese momento oratorio el tono de los discursos de Caso por esa época, aunque su vena de orador ya se había manifestado mucho antes.

Con el desmembramiento del grupo ateneísta y la salida de su crítico, Henríquez Ureña, Caso se había quedado, como él mismo decía, «completamente solo». Entre los años de 1915 y 1919 los cuadros de profesores de materias humanísticas se redujeron a unos cuantos elementos y a Caso como guía de todos ellos. Algunos antiguos positivistas que quedaban cedieron al joven Caso sus cátedras convencidos –según declaraban– de la falsedad de los dogmas comtianos que habían profesado. En 1915, al mismo tiempo que director de la Escuela Nacional Preparatoria, Caso era profesor de ética, psicología, lógica, y problemas filosóficos. En la Escuela de Altos Estudios, Caso instauró los estudios filosóficos donde llegaron a inscribirse varios alumnos de leyes, ingeniería, medicina, y de la Escuela Normal para Señoritas. Las materias principales eran ética, estética, metodología e introducción a los sistemas filosóficos, todas impartidas por él. Con la salida del titular, Carlos Pereyra, Caso era el más celebrado maestro de sociología en la Escuela Nacional de Jurisprudencia.56 Si Caso hubiera llegado a exiliarse, como sus amigos, es muy posible que el estudio de las humanidades en la capital se hubiera suspendido por falta de un líder cultural.

A mediados de 1915 apareció su primer libro: Los problemas filosóficos.57 En éste se reflejaba una nueva actitud de Caso: la de educador de la juventud; una prédica antiintelectualista que ponderaba la acción como forma de vida y la intuición como forma de conocimiento; el libro contenía frases similares a las que repetía en sus clases: «Iguala con la vida el pensamiento».

La Editorial Porrúa encomendó el cuidado de la edición a Vásquez del Mercado. Como crítico severo y buen discípulo de Henríquez Ureña, Vásquez se sintió obligado a publicar una breve nota en el semanario Revista de Revistas. El título adelantaba las opiniones de la nota: «Antonio Caso y sus “problemas filosóficos”». Criticaba la exaltación de Caso por el espíritu religioso; la creencia en la capacidad curativa de la gran guerra le parecía inocente; sostenía que el entusiasmo optimista de Caso se explicaba por su desconocimiento de los intelectuales ingleses más significativos, como George Bernard Shaw: «Caso ha logrado la destrucción del positivismo, labor negativa, pero no ha encauzado a la juventud hacia una nueva filosofía y no ha visto coronada su obra, como su colaborador y amigo, Henríquez Ureña, con frutos sustantivos».58

Es obvio suponer que «los frutos sustantivos» eran él mismo y los otros dos «Castros». Sin embargo, cuatro días antes de publicada la nota, Antonio Caso escribía a un discípulo suyo en la clase de estética, compañero de Gómez Morin y de Lombardo Toledano en la Escuela de Altos Estudios, una carta que revela por lo menos la existencia de otros «frutos sustantivos». La aspiración mística no sólo buscaba revelaciones en los poemas, las pinturas o los libros, requería de la función de guía que comenzó a ejercer Caso:

«Querido amigo y discípulo. Leí en el periódico de ayer lo que usted piensa de mi libro titulado: Problemas filosóficos. Lo leí con encanto y lo recordaré siempre. Yo tenía conciencia de haber trabajado con sinceridad, pero no sabía que mi obra estaba a punto de florecer en la nueva generación escolar a que usted pertenece. Usted me ha proporcionado el convencimiento del fruto de mis acciones.

»Amigo mío, a ustedes, mis discípulos, toca defender nuestro ideal común. Pongamos nuestra juventud en tal defensa y triunfaremos, por más que nos combata la generación positivista que es la causa de la tremenda crisis moral que sufre la República; “tenemos la vida por delante”».59

Los diarios comenzaban a publicar los graves trenos del maestro Caso, lamentos de la guerra en Europa:

«Que sufra su profundo castigo. Que se lave en la sangre caliente y perversa que corre a raudales, que el militarismo se una al industrialismo. Ya morirán ambos de su común locura. Mañana surgirá del dolor la redención verdadera. Un renacimiento religioso y moral pondrá sus destellos divinos sobre las ruinas de la civilización mercantil, que simbolizarán en la historia el fracaso de un siglo de egoísmo».60

Sus discípulos recordarán, sobre todas, una serie de conferencias acerca de «La psicología del cristianismo» que Caso impartió en el invierno de 1915 en la Universidad Popular Mexicana, donde se manifestó más claramente su exaltación mística. Los estudiantes caminaban de la cercana calle de San Ildefonso a la de Aztecas, donde estaba el local de la Universidad, en el teatro Díaz de León. Eran días en que los servicios municipales se interrumpían y a las seis de la tarde, hora en que se iniciaban las pláticas, no había ya luz eléctrica.61

A la luz de las velas que habían llevado sus discípulos, Caso hablaba. Predicaba el mensaje de las vidas de san Agustín, santa Teresa, y las de los grandes cristianos no santificados, Pascal, Tolstoi, Lutero y Carlomagno, entre otros. Habiendo sido lector asiduo de Plutarco y Carlyle, Caso concedía gran importancia al heroísmo humano. El mentón pronunciadísimo; un mechón de pelo abundante y desordenado; las manos, los ojos y la voz vehementes, llenaban todo aquello con un clima de homilía y catacumbas. La frase que cerró sus conferencias pasaría idéntica a cerrar su libro La existencia como economía y caridad, publicado en 1916, que con frecuencia ha sido considerado como el núcleo central de su filosofía. El libro resumía el sentido de las conferencias en las que Caso había presentado su particular versión del «atelismo», la oposición de todas las formas de la vida egoísta, económica, con la forma superior del desinterés, la caridad:

«Ve y comete actos de caridad … tu siglo es egoísta y perverso. Ama, sin embargo, a los hombres de tu siglo, que parecen no saber ya amar, que sólo obran por hambre y por codicia. El que hace un acto bueno sabe que existe lo sobrenatural. El que no lo hace, no lo sabrá nunca. Todas las filosofías de los hombres de ciencia no valen nada ante la acción desinteresada de un hombre de bien».62

En 1915 alrededor de Caso, explicaba Samuel Ramos hacia 1927, no sólo había fervientes seguidores que comenzaban a predicar por cuenta propia las doctrinas, o silenciosos devotos que se limitaban a escuchar atentamente, también había mujeres cerebrales, damas y caballeros que asistían a la Universidad. «Toda esa gente repetía sus frases y aun los gestos del filósofo; discutía sus ideas formando una atmósfera de lo que pudiera llamarse casismo.»63

Concha Álvarez, una joven normalista que decidió entrar en la Escuela de Altos Estudios para seguir estudios de filosofía con Caso, ha dejado una de las pocas crónicas escritas de lo que era en aquellos años una clase de Antonio Caso para esos jóvenes. Entre los oyentes, recordaba alumnos de leyes como Vicente Lombardo Toledano, Alfonso Caso (hermano del maestro), Teófilo Olea y Leyva (paisano de Vásquez del Mercado) y Manuel Gómez Morin; de ingeniería llegaban Vicente N. Ortiz y Daniel Cosío Villegas; de medicina, Pedro de Alba. No faltaban los pintores de moda en aquella pequeñísima cofradía intelectual, Saturnino Herrán y los hermanos Garduño; los poetas Ramón López Velarde y Enrique González Martínez. El Ateneo había desaparecido, pero Antonio Caso se encargaba de mantener vivas las «conversaciones platónicas», aunque a veces mezclara el ágora con el púlpito:

«Se hizo el silencio expectante. Empezó a hablar el maestro. El tema del día era Sócrates. Ante nuestros ojos asombrados resucitó la sociedad fastuosa y refinada de Atenas, la ciudad llena de las obras de arte más grandes de todos los tiempos; la vida del ateniense fuera de su casa, siempre en el ágora, en el gimnasio, en el liceo, en la asamblea, en las calles de su querida Polis.

»Y la política apasionando su espíritu, su democracia amenazada por ambiciones ávidas de la herencia de Pericles.

»En ese ambiente situó a Sócrates. “Feo, chato, ventrudo, allí donde todos los hombres eran hermosos. Recorría las calles de Atenas inquietando los espíritus de sus conciudadanos, con preguntas capciosas: ¿Qué es el bien? ¿Qué es la virtud? ¿Es una ciencia? ¿Se puede enseñar?”

»Los atenienses se irritaban; sentíanse lastimados, confundidos. La ironía de Sócrates rompía la cáscara de su vida fácil, les preocupaba. Y Atenas empezó a odiar al terrible dialéctico. Sócrates, indiferente, recorría la plaza pública desempeñando su oficio perpetuo de despertar almas e inquietar con las grandes inquietudes las conciencias.

»Y así continuó la cátedra, hasta la muerte del filósofo que describió según la célebre Apología de Platón: “Sentí que mis lágrimas corrían en abundancia y me cubrí la cara con el manto para llorar sobre mí mismo. Pues no era la desgracia de Sócrates la que lloraba sino la mía, el pensar en el amigo que iba a perder”.

»Terminó la clase. Nadie se movió de su asiento. Un silencio recogido, emocionado, siguió a sus últimas palabras. Fue después, pasada un poco la emoción, que estalló el aplauso».64

Uno de los alumnos, Daniel Cosío Villegas, explicaba así la influencia de Caso:

«Puede decirse que tuvo dos aspectos: uno el de darnos la impresión de un gran maestro, un maestro excepcional, un maestro que nos parecía extraordinariamente culto e inteligente con cierta flama interior capaz de despertar la adhesión, el entusiasmo y el propósito de seguirle … ahora bien, no solamente Caso polarizó nuestra atención, sino que sirvió para no desprendernos de la generación del Ateneo».65

A Antonio Caso se le seguía. Era realmente un caudillo más en esa época de caudillos, un caudillo cultural. Sus discípulos cercanos acostumbraban acompañarlo hasta su casa de la Alameda de Santa María, donde en los años de 1908 había sostenido aquellas «deliciosas conversaciones platónicas» con sus compañeros conferencistas. Hasta allá iban Olea y Leyva, Gómez Morin y, principalmente, Vicente Lombardo Toledano, a quien el maestro Caso consideraba entonces y consideró por mucho tiempo su discípulo más fiel y preferido.66

Gómez Morin explicaba años después el sentido de la prédica de Caso: «La palabra que exteriormente podía condenar la revolución, llevaba el mismo ritmo interior que ella. Despertó en muchos el sentido de tragedia y de “humanidad”, que el positivismo había repugnado …»67

Lombardo Toledano declaraba también, mucho más tarde: «Don Antonio Caso fue para mí y sigue siendo en el recuerdo y en mi afecto personal, el maestro por antonomasia, primero en el bachillerato, más tarde en la Escuela Nacional de Jurisprudencia y, simultáneamente a mis estudios de derecho, en la Escuela de Altos Estudios …»68

¿Cuál fue finalmente la herencia que legó Caso a esa generación de estudiantes que lo seguía?

Para poder delinear los rasgos más claros de esa influencia habría que recordar las críticas que uno de sus discípulos, Samuel Ramos, dirigiría a su maestro en 1927. De manera no jerárquica fueron:

1. El pragmatismo que Caso trataba de inculcar es un concepto activista de la existencia; estima esencial en ésta la acción, no la contemplación especulativa … Llevando, pues, los principios pragmatistas a sus últimas consecuencias lógicas, descubrimos que no es propiamente una nueva especie de filosofía sino un intento de suprimirla.

2. Caso tiene una pasión moralista por las vidas ejemplares … Tiene un desmesurado concepto del heroísmo; para él todos los genios de la filosofía son gigantescas montañas.

3. Caso ha tenido siempre la entonación solemne del sacerdote, de la devoción del que maneja cosas sagradas, el «beatismo de la cultura».

4. Romántico de temperamento, nos parece que sus afinidades filosóficas han sido sentimentalmente determinadas.

5. Su técnica ha sido eficaz para espíritus más sensibles al aliento oratorio que al rigor reflexivo.

6. Falta de sentido de la investigación en Caso. Este espectáculo de la inteligencia trabajando nunca nos lo ha ofrecido Caso. A sus libros les falta movimiento discursivo.

7. Falta en sus libros el encanto de la verdad que va apareciendo gradualmente. Desde la primera página, de una plumada, queda resuelto el problema … Un artículo o un libro de Caso se leen con el mismo interés con que se leería una novela que empezara por el desenlace.

8. Su obra ha dado siempre la impresión de vejez, por vaciar su pensamiento en los moldes rígidos y convencionales del estilo académico. Mientras en sus lecciones pudo comunicar a sus ideas un ímpetu entusiasta, daban la ilusión de ser juveniles. Pero ya entonces, cuando pasábamos de la expresión oral a la escrita, había como un descenso de temperatura y vagamente suponíamos que era la presencia del maestro la que daba vitalidad a las ideas.69

Con seguridad sus críticas sirven más para entender al filósofo Ramos de 1927 que al Antonio Caso de 1915. Sin embargo, el testimonio de Ramos es útil, por lo menos, como una descripción. Todas las actitudes de Caso, que sólo se le revelaron al discípulo Ramos luego de la estadía de éste en Europa, pueden ser halladas en algunos de los discípulos de Caso, incluso como huellas permanentes. Sin duda alguna los alumnos que con mayor frenesí siguieron al maestro como guía y ejemplo fueron Gómez Morin y Lombardo. El clima de prédica, de exaltación de las clases de Caso, casaba muy bien con la aspiración mística del momento, parecía ser una traducción de la lucha revolucionaria a la vida cultural. Algún poeta ironizaría en 1922 el estilo académico de Caso calificándolo de «entusiasmo pedagógico». La genealogía intelectual existe, pero no en el sentido de lo que se sabe o se predica sino en el de cómo se sabe y cómo se predica. Samuel Ramos dudaba en 1927 que Caso hubiera dejado tras de sí un solo discípulo. Quizá pudiera demostrarse que Caso sí tuvo discípulos, y discípulos fieles, incluso a pesar de sí mismos. Pero menos por su enseñanza pragmatista y antiintelectualista que por la actitud que la precedía: la actitud del predicador, del maestro y caudillo cultural. Blandir, más que enseñar, filosofía.