
Vicente Lombardo Carpio e Isabel Toledano, padres de Vicente Lombardo Toledano. Teziutlán, 1903.
A mediados del siglo XIX el reino de Piamonte vivía tiempos de inusitada expansión industrial y comercial. Allí, durante los años de 1852 a 1856, algunos historiadores han registrado el surgimiento de un nuevo espíritu de empresa, pleno de confianza y de ánimo de aventura. Es la época en que en la mente de todos está la fiebre del oro, desencadenada por los recientes descubrimientos en California y Australia.1 Son los años en que un joven piamontés, veterano de las luchas garibaldinas, decide viajar al Nuevo Mundo a probar fortuna. Se llamaba Vincenzo Lombardo Catti; había nacido en 1836.
El 9 de octubre de 1858 salió de Turín en compañía de algunos compañeros que viajaban por motivos similares, y de su perro Pio Nono. El día 12 del mismo mes partió de Génova el bergantín que lo llevaría a México. Después de tres meses de travesía el barco atracó en la barra de Tecolutla, al norte del puerto de Veracruz.2
Son escasas las noticias de sus primeros treinta años en México: una breve temporada en Papantla, donde comienza a trabajar como labrador en una colonia de inmigrados italianos;3 un encarcelamiento por motivos no dilucidados, que lo lleva a la ciudad de México, donde poco tiempo después halla trabajo en una feria, y fortuna, al sacarse una lotería con la ayuda providencial de un número grabado en un huevo de gallina.4 El regreso a Veracruz, ya con mejores medios económicos, le permite asociarse con unos paisanos suyos y dedicarse a la extracción de fibras y chicle, y a la exportación.5
En esa segunda estadía en Papantla (o Gutiérrez Zamora) conoce a Marcelina Carpio, de Tianguistengo, Hidalgo, con quien se casa en 1885. Con ella procrea un primer hijo, Luis, en 1868, y seis más: Vicente, Emilia, Marcelina, Alejandro, Pedro y María, en el periodo que va hasta el año de 1889.6 En Veracruz participa en una contienda política que le cuesta un segundo –y último– encarcelamiento: durante un acto público, en presencia del gobernador del estado, tiene la osadía de tachar de corrupto y malversador de fondos al jefe político de Gutiérrez Zamora. Esos embrollos y, muy probablemente, otras obsesiones que debió traer desde su nativo Piamonte, lo decidieron a mudarse a Teziutlán, un pueblo de 12 mil habitantes en la sierra del noroeste de Puebla, que entonces tenía una actividad comercial de cierta importancia; estaba considerado como un «puerto de sierra», donde los principales bancos del país mantenían sucursales.7
La familia Lombardo se estableció en Teziutlán en 1881. Vincenzo adquirió un mesón, la Posada de Buenavista, que atendía con su mujer. Huyendo del «dolce far niente», poco a poco fue dejando a Marcelina el cuidado del mesón y comenzó a recorrer con toda paciencia los montes que rodeaban el pueblo, en busca de filones de metal.8
En 1890 descubrió en la colina de Xocotitlán, cerca de Mexcalcuautla, en los alrededores de Teziutlán, el ansiado filón de cobre.9 Después de nueve años de gambusino siguieron cuando menos cuatro en los que se le tomó por loco. Ninguna de las familias poderosas del pueblo lo apoyó en su idea de explotar la mina a la que él denominó La Aurora.
En 1894 entabló relación con George D. Barron, un minero norteamericano radicado en Aguascalientes. Con éste formó una primera compañía para la extracción del metal, la Compañía Minera y Beneficiadora de Teziutlán, con un capital social de 10 mil pesos, de los cuales únicamente se entregaron 1 500, la aportación de Vincenzo, copropietario de los terrenos.10
Entre 1894 y 1900 Vincenzo Lombardo trabajó con gran intensidad haciendo estudios detallados, planos y proyectos en combinación con ingenieros norteamericanos contratados por Barron. Las esperanzas que tenía en el futuro de La Aurora eran comparables al empeño que ponía en desarrollarla. En 1898 le escribía a Barron: «En mi concepto, es tan grande esta zona y tanta la cantidad de metal que existe en este rumbo, que no se encuentra otra en toda la República».11 Y Barron parecía entenderlo así. En noviembre de 1898 informaba al consejo de la Compañía Minera y Beneficiadora que el metal que se lograba extraer era sumamente rebelde y que requería de una inversión muchísimo mayor a la existente para establecer una hacienda de beneficio. La reciente inauguración del ferrocarril de San Marcos y Tecolutla a Teziutlán, y el establecimiento de la fundición convertirían a la región en un gran centro minero. Barron concluía su informe con la noticia de que, en Nueva Jersey, contaba ya con los inversionistas requeridos para formar la nueva compañía.12
Ésta, la Teziutlan Copper Mining and Smelting Company, fusionó a la pequeña compañía minera de Barron y Lombardo, y comenzó formalmente sus operaciones el 28 de septiembre de 1901. La empresa poseía un capital inicial de 10 millones de dólares. En las escrituras constitutivas aparecía míster Barron con 30 por ciento de las acciones, que era su aportación y la de don Vincenzo.13 Dos años antes, Barron y Lombardo habían convenido en que el primero tenía el derecho de representar las acciones del segundo, además de tener amplio poder y facultades para vender todo o parte del lote de las acciones y negociar sin necesidad de la comparecencia de Lombardo, en el precio, términos y condiciones que juzgara convenientes. Esta facultad que otorgaba Lombardo a Barron fenecía sólo con la muerte de Barron, y ante notario se estipuló que no pasaría hereditariamente a los hijos de Barron.14
Con el siglo XX parece que se inició una nueva vida para la familia Lombardo. En cuanto la mina comenzó a trabajar formalmente, llegaron con puntualidad los dividendos. En 1903 don Vincenzo recibía 6 500 pesos trimestrales, y a partir de octubre de 1905, estos dividendos se triplicaron hasta llegar a 20 800 pesos. Para tener una idea de la prosperidad que gozaron los Lombardo gracias a su «Aurora», cabe señalar que dos de las haciendas más productivas y modernas de San Luis Potosí (La Parada y Bledos, propiedad del señor Ipiña) dejaron juntas un promedio de ochenta mil pesos anuales a su dueño, en el decenio 1900-1910. Don Vincenzo, sin tanto esfuerzo, obtenía las mismas utilidades.15
En 1904 don Vincenzo decidió regresar a su ciudad natal, Settimo Torinese, convertido en un triunfador. A fines de 1905 escribía a su hijo Vicente: «Me alegro que la compañía prospere y que siga prosperando y que haya buenos negocios. El señor Barron debe estar contento con el negocio que hizo conmigo que nunca lo esperaba tan gordo».16
Por breves temporadas don Vincenzo regresaría a Teziutlán y aprovecharía la estancia para invitar a sus amigos a Europa.17 Desde entonces inició una ininterrumpida relación epistolar con su hijo Vicente. Como recuerdo permanente para los hijos, en octubre de 1905 comenzó a posar para la escultura de un busto monumental del cual se harían vaciados en mármol y bronce y miniaturas. Los bustos llegaron dos años más tarde a Teziutlán. Un pintor español lo retrató poniendo como fondo la mina La Aurora.18
El primogénito, Luis Lombardo Carpio, que había presenciado algunas de las negociaciones de don Vincenzo e incluso mediado entre él y Barron, ya que Vincenzo no hablaba inglés, decidió seguir la ruta de su padre. En la primavera de 1902, Luis Lombardo, representándose a sí mismo, a Vicente Lombardo padre y a Vicente Lombardo hijo, pidió al agente de fomento en el ramo de minería radicado en Jalapa la concesión de 20 pertenencias mineras que se ubicaban en los cerros denominados El Cofrecillo, en Tatatila, cantón de Jalapa. El perito minero sería Alejandro Lombardo. El agente estuvo de acuerdo. En abril de 1904 Luis solicitaba una concesión de 16 pertenencias mineras en Piedra Parada, en el mismo municipio de Tatatila; Alejandro Lombardo, Vicente Lombardo hijo, y agente, se mostraron complacidos. A fines de 1904 solicitó lo mismo respecto a 20 pertenencias mineras cercanas a Santa Rita. En el año de 1905 hizo similares solicitudes, todas aceptadas, por un total de 67 pertenencias mineras. A la mejor mina la llamaron Titania.19
De toda esta actividad febril no parece haber resultado algo que remotamente se pareciera a la hazaña del padre; don Vincenzo, en carta enviada a Vicente en marzo de 1906, describía a Luis como un «desesperado», y añadía: «Se queja, siempre quisiera con el pensamiento encontrar los millones amontonados, pero así es como se toma amor al trabajo».20
Socialmente los Lombardo eran respetados en Teziutlán. Siempre fueron vistos, sin embargo, con recelo, como una familia recién establecida, fundada por un inmigrante que conservaba aún espíritu de clan con otros italianos de Tierra Caliente; se les veía un poco como advenedizos. Los Lombardo, además, parecían subrayar con su conducta las diferencias. Ningún Lombardo iba a misa. Las hijas de don Vincenzo se reían de las costumbres provincianas de tratar con el novio en el zócalo o rejas de por medio. Ellas los invitaban a bailar «modernamente» en casa. Los pretendientes, además, no eran pueblerinos sino extranjeros.
En las cartas de don Vincenzo a su hijo Vicente apenas hace dos o tres referencias a su esposa, doña Marcelina. Un poco más de atención –pero no demasiada– les dedica a sus tres hijas, Emilia, Marcelina y María. En cambio, puso mucha en seguir las peripecias de sus yernos, en particular de los maridos de las dos hijas mayores, Emilia y Marcelina. Ambos eran norteamericanos y se enamoraron de las Lombardo precisamente en la época en que comenzaba el auge minero de la familia.
Juan Barron, el marido de Emilia, la mayor, era sobrino de míster Barron. Rubio, bien parecido, soñaba y proyectaba la creación de un hotel maravilloso en Teziutlán. Elaboraba planos, jugaba póquer espléndidamente y su esposa corría la voz de que era sabio.21 A principios de 1907 él y Alejandro Lombardo, el tercer hijo varón, solicitaron por carta a don Vincenzo un préstamo por 60 mil pesos para construir una estación eléctrica en Jalacingo. El viejo Lombardo daba instrucciones a su hijo Vicente de dar el dinero y vigilar que no existieran «supercherías»:
«Mi idea en proteger a Juan en ese negocio es que se ocupe en algo que no sea en hoteles, que es bien poca ocupación, que se haga un capital … sabrás llevar las cuentas que firmen los documentos necesarios para que a la hora ofrecida quitarle el mecate para que no jale porque no estoy para que me exploten a su gusto … que no abusen calculándome pendejo …»22
Don Vincenzo pareció estar en la mejor disposición de ayudar a Juan, pero éste a fin de cuentas no llevó a cabo ni el hotel ni la estación eléctrica; en cambio, se ganó el desprecio del suegro.
A quien don Vincenzo nunca toleró fue al siguiente yerno, míster Minter, esposo de su hija Marcelina. Ni la noticia de la tuberculosis de ésta aplacaba la ira del viejo en contra del incumplimiento de Minter en ciertos pagos que le adeudaba. «Canalla», «mentiroso», «tramposo» y más apelativos encontraba para referirse a quien, según él, había llegado sólo «por lana». Mientras Marcelina era llevada de Teziutlán a Tlalpan y de allí a Perote para intentar curarse inútilmente en esos lugares de clima benigno,23 don Vincenzo escribía implacable:
«No quiso escuchar, que sufra las consecuencias no tiene vergüenza tanto ella como él que no tiene valor de hacerse volar la tapa de los sesos y ella de darle una patada en el culo que vaya a California … para mí son todos iguales cuando me quieren hacer pendejo. Creo que los que van en busca de lo que no han ganado conmigo se equivocan … mándame a decir cuándo se fue al infierno mi yerno que tanto quiero …»24
Pedro, el hijo menor, estudiante de ingeniería civil en la Universidad de Cornell, se quejaba de falta de dinero con el administrador de los bienes de don Vincenzo, su hermano Vicente. Don Vincenzo, sin embargo, era terminante en sus instrucciones. Tenía una idea firme acerca de la dignidad del trabajo y de la importancia del esfuerzo personal, que parecía oponerse a la de sus hijos. «Yo no soy juguete de mis hijos, ni ellos son mi juguete», repetía en sus cartas. No había que escuchar las quejas de Pedro, «es menester despreciarlo para quererlo», decía. Pedro fue expulsado de la Universidad y se dedicó a viajar por Europa con el dinero que obtenía de su protector, míster Barron, presidente de la Teziutlan Copper.25 A principios de 1910 recibió unas palabras de su padre: «No sé qué es lo que tú piensas, quién eres, cuáles son tus méritos, jamás había creído que llegaras a ese extremo de querer engañar a tu padre … pero si tienes un poco de vergüenza y de dignidad, pero veo que casi las perdiste».26
A fin de cuentas don Vincenzo inclinaba la balanza de sus preferencias del lado de sus hijos mayores, Luis y Vicente; a éstos les escribía en abril de 1907, en referencia a los otros hermanos y hermanas: «Hay que tenerles lástima y no hacerles caso todo lo que digan o hagan será contra ellos mismos, se hacen mala sangre y padecen».27
Vicente, el segundo hijo de don Vincenzo, nacido en 1870, era el administrador de los bienes del padre, de los dividendos y de su propio patrimonio, que inició en 1895. Fue tenedor de libros y, al comenzar a operar la Teziutlan Copper, ya poseía un negocio donde elaboraba utensilios con raíz de zacatón. Para el año de 1901 su capital personal ascendía a 15 191 pesos.28
En 1890 se casó con una mujer teziuteca de ascendencia sefardita, Isabel Toledano, con quien procrearía varios hijos, de los cuales dos murieron a muy temprana edad. La primera hija, Isabel, nacida hacia 1892, murió a los seis años. La impresión de este acontecimiento pareció marcar los años y el carácter de la madre, alejarla un poco de sus hijos y desvanecer su influencia en ellos. Después de Isabel, en julio de 1894, nació Vicente. Le siguieron Luis, María, Margarita, Isabel (la segunda), Humberto, Guillermo, Elena y Aída.29
Con la partida de don Vincenzo a Piamonte, Vicente prácticamente dejó de trabajar. Don Vincenzo enviaba, más o menos una vez al mes, instrucciones de cómo debería gastarse el dinero, comentarios sobre las cuentas e inversiones, que crecieron sostenidamente entre 1905 y 1908. Se abrió una cuenta en el National Bank of Commerce de Nueva York. Don Vincenzo no decidía entre invertir su capital en bancos mexicanos con intereses más atractivos o «tener un pie en Nueva York», para su seguridad. No obstante, fueron tiempos de gran optimismo. Don Vincenzo, ya con 70 años de edad, pensaba que el gobierno mexicano se consolidaba cada vez más. Indicaba a su hijo y administrador que no había por qué temer una revolución en México, pero que debían ser precavidos porque, si la hubiera, «las pérdidas serían completas».30
Los Lombardo Toledano vivían tiempos hermosos a la altura de la más alta sociedad porfiriana. Aficionado como pocos a la cacería, Vicente Lombardo Carpio poseía una fortuna en armas, compró de los perros más finos en los Estados Unidos y se convirtió en el presidente del Club de Cazadores de Teziutlán. Adquirió acciones petroleras, varias casas en la ciudad de México, y construyó una casa solariega en Chapala –el Acapulco de esa época–. En abril de 1906 se dio el lujo insólito de traer de Italia dos pequeños vapores para navegar en la laguna: El Mosquito y El Árbitro. Hizo algunos viajes a Nueva York y concluyó la construcción de una de las espléndidas casas gemelas en Teziutlán, que eran la obsesión de don Vincenzo: las casas más hermosas de Teziutlán. Hacia principios de 1909, el patrimonio personal de Vicente rebasaba los ciento diez mil pesos.31 Hizo vagos intentos de seguir trabajando. A principios de 1907 don Vincenzo le recomendaba buscar alguna actividad que le gustara y que pudiera atender, pero a los pocos meses su hijo lo convencía de que no había por qué meterse en campos desconocidos. Tuvo, en cambio, alguna actividad intelectual y política. Por un breve periodo fue presidente del ayuntamiento de Teziutlán32 y dio en hacer ciertas lecturas filosóficas y «sociológicas». Don Vincenzo le escribía: «Respecto a lo que estás leyendo de sociología con el tiempo leerás o verás con un poco de criterio lo que es el mundo. Todo lo que pasa de lo natural es una mentira, así lo demuestra la naturaleza misma, el resto todo es engaño y mentiras».33
En octubre de 1908 El Heraldo de Puebla dedicó una edición especial a Teziutlán. Junto a las más famosas y ricas familias del pueblo, apareció un artículo –con la foto de don Vincenzo, altivo y orgulloso– relativo a La Aurora y su descubridor. Anunciaba que en «el rico filón … cuya riqueza parece ser inagotable», pronto inauguraría la empresa una modernísima planta eléctrica de fundición. Para ese acontecimiento y para lograr su carta de nacionalización, don Vincenzo llegó de Italia.34
Paradójicamente, a partir de la inauguración de la nueva planta, y por motivos que no les aclararon a los Lombardo, los dividendos de la mina cesaron. Esto mereció apenas algunas referencias de don Vincenzo, extrañado por la situación y contrariado por la falta de aclaraciones. De abril de 1909 data una llamada de atención muy discreta por parte del abuelo acerca de la rapidez con que disminuía su cuenta en Nueva York.35 Vicente se refirió alguna vez a la inestabilidad de sus negocios, pero siguió con el mismo tren de vida. A partir de 1908 el abuelo pidió cada vez menos noticias de las cuentas. En diciembre de 1909 el capital personal de Vicente ascendía a 819 697 pesos, de los cuales 700 mil correspondían a las acciones de la mina que heredara en vida de don Vincenzo.36 Es interesante comparar de nuevo este capital con el de las haciendas del señor Ipiña en San Luis Potosí. En 1905 Ipiña poseía 367 955 pesos de capital contable, o sea menos de la mitad de Lombardo Carpio; las inversiones de Ipiña estaban, empero, más diversificadas: Ipiña era un hacendado capitalista y Lombardo Carpio, de hecho, un rentista, o un «propietario», como orgullosamente lo clasificaban sus hijas en los cuestionarios escolares.
Con el año de 1910 llegaron los malos augurios y temores. Don Vincenzo tranquilizaba a su hijo: «Teziutlán es siempre lo mismo hay años buenos y años malos … años en que tuvimos mucho … años que escasea, mientras que hay más gentes, más enfermedades; creo que no tiene nada que ver con el cometa Halley».37
Llegó la revolución maderista. El abuelo seguía firme en sus opiniones y su optimismo: «Con el señor Madero puede que no será nada o poca cosa, me supongo que Porfirio o los americanos le quitarán la jaqueca a los laberintozos».38 A fines de diciembre regresó al país para formalizar el testamento que preparaba desde 1908. Como en ese año concertó la separación de bienes con su esposa Marcelina, don Vincenzo decidió heredar a sus dos hijos mayores, Luis y Vicente, y desheredar al resto de la familia; a las hijas y a sus maridos les tocaría sólo la parte de las casas en Teziutlán que le pertenecía a doña Marcelina, quien, en venganza, heredó únicamente a las hijas. A Alejandro Lombardo, Juan Barron y a Marcelina, don Vincenzo les condonó las deudas que tenían con él. Las rencillas, las envidias y la división familiar se ahondaron definitivamente.39
Don Vincenzo comenzó a sospechar de míster Barron desde abril de 1911. Escribía a Vicente que los tiempos de crisis pasarían y llegarían los años en que mandarían a los norteamericanos a «descular hormigas».40 Pero de ninguna manera la situación era angustiosa, por lo menos hasta fines de 1913, cuando la revolución constitucionalista se levantaba en casi todo el país. En diciembre de 1912 todavía hacían largas referencias a los perros de caza, a cómo cuidarlos y alimentarlos.41 Vicente Lombardo Carpio fue designado diputado suplente al Congreso de la Unión, pues tenía muchas simpatías en el municipio. Acerca de la Revolución, y a pesar de la llegada de Madero al poder, el abuelo pensaba que no terminaría hasta «que hayan fusilado los cabecillas al Porfirio».42 Pero en diciembre de 1913 su tono optimista decayó: «Lo que me da más pena que no continuaran los dividendos como me dices que fue paralizada la fundición, no vaya la compañía a abusar de no pagar los dividendos eso sería malo y no bueno porque supongo que deben tener fondos suficientes».43
La explicación de todo lo que ocurría, pensaba el viejo, estaba en el norte: «Tenemos un vecino muy codicioso que con el tiempo a México se lo comen por dinero o por otro modo, lo quieren, les costará caro pero pueden cogerse un cadáver muy enfermo [sic]».44
A los temores del hijo, y las ideas de enviar a los nietos a estudiar fuera del país, el abuelo respondía: «Es mejor que estudien ayí y pueden así aprender más los defectos del país … así conocen mejor el carácter mexicano, pueden defenderse mejor conociendo con quién tienen que vérselas».45
El 9 de marzo de 1914 don Vincenzo lamentaba no tener 10 años menos «para poner los huevos en distintas canastas». Catorce días más tarde escribía:
«Según me cuentas, la cosa es muy mala, es cierto que luego que se establezca la paz se encuentra trabajadores pero habrá que pasar algunos días en fin pazienza que es una buena lección que resulta para lo venidero tanto para los mexicanos como los extranjeros eso les sirve a ustedes y a los hijos que vean lo que sucede para que sepan en lo sucesivo de reservarse en todo para lo que pueda suceder. Eso no es más que el vicio y la poca vergüenza del vicio de querer lo que otro ha trabajado, la ambición que los mata».46
El 30 de octubre de 1914 don Vincenzo ya no sólo se quejaba de la situación de México sino de la de Europa: había estallado la gran guerra; envió a sus hijos una última carta que resumía toda la fuerza de su carácter, su optimismo y una cierta ternura contenida:
«Veo con dispiacere la impaciencia de ustedes. Ayer recibí un telegrama que decía, inquietos. Tienen razón porque he venido con todos estos trastornos, muy flojo he venido a causa de esta guerra que parece que todo el mundo se vuelve loco. Empezando da los gobiernos de toda Europa y América no entiendo cuándo acabará. Aquí lo que hay miseria por cauza que paralizaron todos los trabajos de fábricas y el gobierno nada trabaja y sí se arma con tropas a la defensa de lo venidero».
Más adelante se quejaba de no recibir dinero de míster Barron: «Creo que el señor no se acuerda mucho de mí, no le hace»:
«Mis queridos hijos, no se mortifiquen en acer compromisos por mandarme dinero por este año que con la economía puedo pasarlo vien todo el invierno. Que es lo más pesado creo que cambiará la situación tanto aquí como ay la situación será la misma de aquí por falta de trabajos la gente y no pueden salir a buscar trabajos al extranjero porque los rimpatrian como han rimpatriado muchas familias de Francia y Austria, las cosechas han sido buenas pero el pobre de trabajo necesita comprar para vivir, es lo que pasa en todo el mundo».
Después de hablar de los trastornos pasajeros que había tenido y de su buena constitución, terminaba: «Denme noticia de los trabajos de la mina y fundición que son todos nuestros pensamientos».47
Al día siguiente, 1 de noviembre de 1914, falleció cuando contaba 78 años.48 El crepúsculo de su «Aurora» llegó en 1915. La producción nacional de cobre bajó de 26 mil a 405 toneladas. La mina suspendió sus trabajos por algunos años; pero don Vincenzo no vivió para ver cómo se esfumaba la fortuna de la familia. A través de sus cartas y de sus actitudes, a menudo violentas, trató de inculcar una suerte de ética de trabajo y esfuerzo a sus hijos, pero ninguno resultó un hombre de negocios inteligente y menos aún afortunado.
A la muerte de don Vincenzo, el capital de su hijo Vicente ascendía a la cifra de 868 719 pesos. Al no recibir ya más dividendos de la compañía, comenzó la construcción de alguna de las siete casas que poseía en Teziutlán, México y Chapala. El dinero de la cuenta en Nueva York se había concentrado –ya en una cantidad muy disminuida– en un banco de México. Quedaban unas acciones de la Oil Fields of Mexico, que fueron también negociadas en parte, lo mismo que las embarcaciones de Chapala.49 El capital se gastaba rápidamente, porque Vicente tenía que mantener no sólo a todos los miembros de la familia Lombardo Toledano, sino a una segunda familia que databa de los años de bonanza. Las hijas recordarían el ambiente de amargura e incomunicación que privaría permanentemente en la casa, con la madre, Isabel, quien le retiró para siempre la palabra a su marido.50
En 1915 Vicente, que vivía en México, había decidido concentrar a la familia en Teziutlán para resguardarla de la revolución, que no respetaba entonces ni la capital. Las minas que Luis Lombardo Carpio trabajaba en Oaxaca fueron dinamitadas.51 El 1 de enero de 1916 Vicente Lombardo Carpio escribió una carta a su hijo Vicente Lombardo Toledano que reflejaba claramente su desánimo matizado aún con una esperanza leve:
«Todo el año pasado ha sido para mí más negro que los trescientos mil infiernos por las mil y una penalidades que nos ha tenido la suerte deparadas y cortada la ruta de la vida o de la preparación para la vida de todos ustedes que necesitan urgentemente alistarse para la lucha, por esta vida que tanto defendemos y que no sé hasta dónde se puede decir que valga la pena tanto afán por ella.
»Al comenzar este nuevo año de vida mis esperanzas son grandes por mejorar en todo de condición y mis ilusiones son también de que por negro que venga creo que no será ni con mucho del colorido del que acaba de pasar a la triste memoria de los recuerdos … no me felicito ni los felicito a ustedes pero creo que será menos amargo del que acaba de pasar porque creo nuestra condición aparentemente más humilde y desprovista de bienes de fortuna sí es mucho más segura y libre de compromiso que le proporcionan a uno molestias y sinsabores».52
A fines de 1916 la situación empeoró aún más. El 31 de diciembre, en la última página de su libro mayor, Lombardo Carpio apuntaba que había liquidado la mayoría de los inmuebles. Quedaban cerca de cuarenta y tres mil pesos en papel moneda del Banco de Londres y México, donde había depositado los productos de la venta de los inmuebles, pero temía que, al liquidarse, el banco lo haría con una ley bajísima; lo mismo temía de las acciones que quedaban de la Oil Fields y del patrimonio de sus dos hijos, Luis y Vicente, que también era en papel moneda. De 844 884.53 pesos que arrojaba su capital en diciembre de 1916, 740 mil pesos eran de acciones de la mina que no volvieron a dar dividendos.53 El resto fue desapareciendo poco a poco, porque Lombardo Carpio nunca creyó que los dividendos habían terminado. Con la incautación de los bancos de emisión, decretada por el presidente Carranza en 1917, desaparecieron también o dejaron de valer los depósitos bancarios. Elena Lombardo Toledano recordaría que, a raíz de la incautación, su padre había pasado tres días en su cuarto, como león enjaulado.
Por lo menos hasta el año de 1920 el ambiente de la casa fue amargo. De la casa propia de la calle de Covarrubias, hacia principios de 1917 la familia se mudó a Ciprés, y de allí, casi inmediatamente, a un apartamento en la calle de Viena y luego a una casa en la calle de Amberes, estos dos últimos alquilados. El padre seguía incomunicado con la madre. Las frases repetidas hasta la saciedad eran: «ya la mina no da», «hay que ahorrar», «hay que comprar al por mayor», «el que paga, manda», y la prédica a las hijas urgiéndolas para que trabajaran: «no sean catrinas», «el que venga atrás que arree».54
A la par de la importancia que le daba a la independencia económica, Vicente heredó actitudes de orgullo y honorabilidad, o «verguenza», como decía don Vincenzo. Cuando su hijo Humberto llegó alguna vez con un anillo fino obsequio de su patrón norteamericano, le ordenó devolverlo aduciendo que algo querría éste a cambio, y algo malo. El comercio –lo repetía a menudo– le parecía una actividad denigrante.55
Uno de los pasatiempos favoritos de don Vincenzo, cada vez que regresaba a México, era el estar con su nieto mayor, Vicente. En la inauguración del ferrocarril a la mina, Lombardo Toledano recordaba haber visto cómo su abuelo hacía a un lado a un sacerdote con su bastón, con el díctum de «quítate, páter». Con regocijo se refería a menudo a la ocasión en que don Vincenzo, como espectador de primera fila en un teatro de Puebla, durante la representación de una ópera italiana, interrumpió a los actores con un grito indignado de «Cosí no va bene», subió al escenario, interpretó el aria correctamente y recibió las ovaciones.56
Vicente Lombardo Carpio puso especial cuidado en la educación de sus dos hijos mayores, Vicente y Luis. Hicieron estudios primarios en el Liceo Teziuteco, un colegio laico que dirigía el profesor Antonio Audirac y que gozaba de buena fama en la región; hasta él llegaban los hijos de las colonias francesas e italianas establecidas en Tierra Caliente, Martínez de la Torre y Gutiérrez Zamora. En 1909 Vicente Lombardo Toledano fue inscrito en la Escuela Comercial Francesa de la ciudad de México, que al poco tiempo se convertiría en el Internado Nacional, el colegio de estudiantes preparatorianos más exclusivo de la capital.
Vicente Lombardo Toledano acumulaba diplomas y medallas. La familia se preciaba de que había comenzado a leer mucho antes que la mayoría de los niños. En 1910 tuvieron una razón más para enorgullecerse, pues en la ceremonia anual en el teatro Arbeu, cuando el presidente de la República, general Porfirio Díaz, otorgaba los premios a los mejores alumnos del ciclo, Vicente obtuvo un primer premio y estas palabras del Presidente: «Lo felicito, joven, trabaje usted por la patria».57
Las hermanas menores recordarían las temporadas en que su hermano mayor regresaba a Teziutlán. El ambiente de individualismo que existía en casa no variaba con su presencia. Vicente gustaba de pasar horas de cacería en espera de un venado o un jabalí, sentado en lo hondo de una tupida barranca plagada de enormes pesmas y prácticamente inaccesible. Su única compañía eran unos indígenas zacapoaxtlas, los mismos a quienes se les encomendaba el arreo durante las imponentes cacerías que organizaba el padre de Lombardo Toledano. En 1911 Vicente Lombardo Toledano convocó a los juegos florales en Teziutlán y montó obras de teatro inspiradas en Bécquer.58
Desde 1916, cuando tenía 22 años y cursaba el segundo año en la Escuela Nacional de Jurisprudencia (había abandonado sucesivamente la carrera de ingeniero y la de médico), Lombardo Toledano comenzó a ayudar estrechamente a su padre con los problemas de la familia. Fue Vicente quien vendió los últimos inmuebles paternos en Teziutlán; defendió a su padre hasta donde pudo de las argucias de los compradores, unos comerciantes de Teziutlán que aprovecharon las circunstancias para retrasar los trámites de venta y pagar con dinero cada vez más devaluado. Vicente intercedía a menudo por su abuela, doña Marcelina, viuda de don Vincenzo, para tratar de arreglar los pleitos terribles que provocaba la relación de arrendador-arrendatario que tenían su padre, Lombardo Carpio, y su tío, el inglés Trinker. También era Vicente quien hablaba con los abogados de Puebla y Teziutlán, quien vigilaba en los juzgados las maniobras de la otra parte de la familia: las tías y sus esposos extranjeros a quienes don Vincenzo había desheredado.59 Escribía a su hermano Luis Lombardo Toledano a través de interpósita persona, para que sus tías no se enteraran, de los pasos y planes en relación con el manejo de los bienes que todavía quedaban. Haciendo las veces del padre, también era él quien mantenía la comunicación entre las mujeres de la familia residentes en Teziutlán y los hombres mayores que estaban en México. El 6 de enero de 1917 escribía a su hermano Luis: «Creemos que hoy más que nunca es peligroso vivir en un lugar pequeño como lo es Teziutlán, pues nuevas cosas se presentan en el horizonte amenazando traer otra época en que hay la necesidad de vivir reunidos para la mejor conservación de todos».60
En aquellos días su autor favorito era, significativamente, Henrik Ibsen. Junto con sus más cercanos compañeros en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, Lombardo fundó un club de lectores de Ibsen.61 La obra que más le impresionaba era Brand, aunque gustaba también, desde luego, de todas aquellas que como Casa de muñecas o Pato salvaje hablan de la corruptibilidad de las relaciones familiares y sociales por causas económicas. En su estudio colgaban fotografías de Tolstoi, Tagore y una Gioconda.62
Hay una fotografia, que data de la época de bonanza de la mina, en donde aparecen los nueve hermanos Lombardo Toledano. Las posturas naturales y despreocupadas de todos contrastan con la actitud de Vicente Lombardo Toledano, retratado un poco fuera del cuadro, embebido en la lectura de un libro, como ensimismado en una actitud de rechazo deliberado. ¿Qué quedó en el ánimo de la familia, y en especial en el del nieto mayor, de la saga del abuelo?
La historia de don Vincenzo y su «Aurora» pesó por muchos años sobre la vida familiar. La prueba mejor de ello está en la acuciosidad con la que todos los miembros de la familia, hijos y nietos, conocieron la historia del «papá mina». En las pláticas casuales con las hermanas Lombardo Toledano, entrando un poco en confianza, la conversación regresaba a Teziutlán, a don Vincenzo, las cacerías y los asuntos familiares. Las nietas guardarían de esos años un recuerdo contradictorio, «brutal» según una de ellas, pero «dorado» también. Las pugnas, las herencias, los norteamericanos, los dividendos por un lado, y el recuerdo de La Aurora por otro. La anécdota de Humberto Lombardo Toledano alguna vez descubierto ensuciando con excremento una bandera norteamericana, y junto a ello, el recuerdo de las hermanas –Elena y Aída– que habían recorrido, como «hadas», las montañas de mineral reluciente.63
En cuanto a Vicente Lombardo Toledano, existen huellas cifradas de que la historia familiar pesó en él tal vez más que en ningún otro. Según una definición casi axiomática, la intensidad de la huella que deja una ocupación o un estatus en la actitud de un adolescente, depende directamente del grado en que el joven haya estado involucrado –conscientemente o no– en las esperanzas, los odios y esfuerzos vinculados con su ocupación o estatus. Aplicada a Lombardo Toledano, puede decirse que participó con gran intensidad en todo el ciclo de ascenso y descenso familiar. Al fundarse la Teziutlan Copper tenía siete años de edad. El auge económico y social de la familia lo rodeó entre sus 10 y 16 años, de 1904 a 1910; el comienzo del desastre lo sorprendió entre los 16 y los 20, y el derumbe definitivo ocurrió de sus 20 a sus 26 años, hasta 1920. De la primera etapa, Lombardo Toledano debió heredar una noción de grandeza. El abuelo, don Vincenzo, no sólo fue un hombre enormemente ambicioso y tesonero. Tuvo la particularidad de ser un inmigrante, lo cual debió conferirle a su empresa un cierto halo de conquista. El abuelo no sólo les había heredado una fortuna sino también un mito, una imagen materializada en aquella enorme estatua totémica que los Lombardo conservarían por muchos años. Todas las anécdotas que los hijos guardarían de don Vincenzo, y sus cartas, conservadas minuciosamente por su nieto mayor, Vicente, reflejaban a un hombre que no conocía la piedad y no perdonaba los proyectos mediocres o la pusilanimidad.
Alrededor de 1910, y aunque estudiaba en la capital, Vicente supo de las frecuentes disputas entre la familia originadas por la herencia del abuelo. Éste tuvo el rasgo de fuerza de desheredar a sus hijas y su familia comenzaría a conocer diversas experiencias de sentimentalismo monetario. A la división entre los hijos y las hijas de don Vincenzo, siguieron las divisiones respectivas en las propias familias de los hijos, como ocurre en la familia Lombardo Toledano. Hay un derroche enorme de dinero y lujos, una ostentación social que hace que en Teziutlán se los vea como ricos advenedizos y modernizantes (las Lombardo Toledano introducen el «escandaloso» deporte del basquetbol). El desgarramiento familiar no se convierte en un problema mayor hasta el momento en que comienza la revolución maderista y adviene una sensación de aleatoriedad, muy común, por otra parte, a la práctica social del minero: el padre de Lombardo Toledano hace referencias al cometa Halley, en términos de superstición, inseguridad, vagos temores de catástrofe.
Con la revolución llega también un descenso social y económico tan súbito como lo fue el ascenso. El desgarramiento familiar es inevitable. Hay incredulidad e impotencia ante los acontecimientos, como si éstos estuviesen manejados por fuerzas superiores y extrañas que quizá mágicamente dejarían de actuar, pero cuyo control no depende de la voluntad y el esfuerzo personales. A la muy humana costumbre de echar la culpa del fracaso a fuerzas externas, en el caso de los Lombardo Toledano se suma la situación concreta de que la compañía jamás les dio explicaciones acerca del cese de dividendos. Lombardo Carpio esperó toda su vida, hasta 1927, el reinicio de los pagos que jamás ocurrió; sorprendido, en 1921 tuvo que aceptar un puesto de burócrata asalariado en el gobierno del Distrito Federal.
Entre 1914 y 1920, siendo ya Lombardo Toledano un adulto de entre 20 y 26 años de edad, debe involucrarse en la zozobra cotidiana de su padre, ayudándolo en los litigios, en la defensa contra los propios familiares, en la lucha por defender un patrimonio que se consumía ante la común impotencia, absorbido por fuerzas tan «abstractas» como la incautación bancaria decretada por Carranza, o la depreciación gigantesca del papel moneda.
Hay una forma de expulsión que las circunstancias ejercen sobre la familia Lombardo, una expulsión de la práctica económica. Ésta ya existía antes, en la misma aleatoriedad de la minería, en la condición de rentistas y propietarios que los Lombardo tuvieron. Pero luego del derrumbe, la expulsión se completa.
Pocas huellas explícitas existen de una conciencia plena de ese fenómeno por parte de Vicente Lombardo Toledano. En algún momento posterior de su vida, marcó de su puño y letra el sitio preciso de las escrituras de la Teziutlan Copper donde constaba el poder que don Vincenzo le otorgó a George D. Barron. Seguramente Lombardo Toledano investigó y dio con la clave del derrumbe. También de su puño y letra hizo un apunte refiriéndose a una carta de míster Barron dirigida a Luis Lombardo Carpio, hijo mayor de don Vincenzo, donde el norteamericano lo persuadía de la conveniencia del otorgamiento de esos poderes.64
Vicente Lombardo Toledano debió construir en su interior una suerte de identidad negativa frente a la ostentación, los lujos, los elementos externos de toda aquella riqueza material que se esfumó. Sin embargo, no percibe todos esos años como un fracaso integral. Hay algo que queda en pie: la figura del abuelo, el gran proyecto de don Vincenzo, fundador de fortunas y genealogías, que permanecía altivo ante la familia en su estatua de bronce.
Por mucho tiempo Vicente Lombardo Toledano fue el eje de la familia y luchó por mantenerla unida. El 1 de febrero de 1919, por ejemplo, al enterarse de los amores de sus hermanas con algunos provincianos teziutecos de menor jerarquía social y cultural, escribió una larga carta para conminarlas a pensar bien lo que hacían. A causa del «individualismo de la familia» –decía Vicente– que «por herencia y educación» los acostumbró a no decirse «hasta el último pensamiento», cada quien había estado pendiente sólo de sí mismo. Su mayor ambición era, por el contrario, que «… nosotros, ya que desgraciadamente hemos tenido ejemplos muy cercanos de estas familias odiosas, llenas de rencores y de perversidades, vayamos siempre de acuerdo con nuestros actos, que no haya abismos que nos desunan, cavados por nuestra diversidad de conductas, esto separa definitivamente a todos».
Vicente temía que la actitud de sus hermanas desuniera aún más a su familia. Pero, lo que era más grave aún, temía que esa actitud terminara por desinteresar a cada uno del destino del otro:
«… ¿Y qué valor, qué consuelo, qué alegría puede existir así? En una familia desunida por tales motivos el pesar mismo se evapora al cabo de cierto tiempo y el mismo egoísmo llega a aconsejar no sólo el olvido del cariño fraternal sino el olvido definitivo por los hermanos, es decir la indiferencia absoluta por su suerte. ¿Puede ser esto un ideal o una cosa deseable? Y nadie puede estar seguro del cariño inspirado por la compasión. Todos los hombres procuran por instinto arrojar lejos de sí sus propias penas, porque son un lastre para la existencia, mucho menos llevar las ajenas con el entusiasmo y el deseo de caridad que inspira el verdadero amor».
Oscuramente, Vicente Lombardo Toledano casaba su actitud de sostén de la perdida armonía familiar con la ambición individual que lo alentaba. Hay una ambigüedad presente en cada línea:
«Tan sólo al pensar en esto me horroriza la mezquindad del hombre, pero al mismo tiempo me advierte que debemos ser centinelas de nosotros mismos. Contra estas consideraciones profundamente verdaderas no cabe la arrogancia ni cabe el orgullo de nadie, a no ser que no quiera reflexionar sinceramente sobre la verdad amarga que encierran».
Oscilaba entre una búsqueda de la armonía pretérita, más allá de las mezquindades, y el abandono de cada quien a su suerte. «La responsabilidad de nuestros actos», escribía a sus hermanas, «cae toda sobre cada quien, que no se culpe a los demás de nada a no ser de la indiferencia por su suerte.» En cambio, el final de la carta veía al futuro. La «penosa situación» por la que atravesaban con la «familia dividida» debía ser transitoria:
«Creo fundadamente que la situación en que vivimos es anormal, que vendrán tiempos mejores que nos colocarán en un puesto mejor para juzgar el mundo. Justamente yo en medio de tantas contrariedades lucho por mejorar cada día, por alcanzar una situación en que la vida tenga algún valor y nobleza no sólo para mí sino para todos».65
Una fotografía de la época lo muestra vestido impecablemente, como buen catrín; pero el cabello aparece desordenado, la cara angosta y larga, con una expresión de languidez. Un poco en actitud de pensador. Una seriedad, una tristeza. Los ojos rodeados de enormes ojeras. Alguien conservaría la leyenda, imposible de comprobar, de que había ingresado por un tiempo en un seminario para ordenarse sacerdote. Con todo, no era ni remotamente un individuo pasivo. Sus compañeros de escuela llegaron a considerarlo un magnífico orador «y más que mediano sofista». Reían a menudo de la facilidad que tenía para hallar el lado flaco en el aspecto de la gente: un gran sentido del humor, un humor «cuesta abajo», un talento para encontrar el arquetipo animal que correspondía a cada persona: ¿talento de cazador?
Dos vertientes en la actitud. La grandeza pasada lo impulsaba a la ambición de ser «centinela de sí mismo». La pérdida, la caída económica, social, moral, lo llamaba a componer un mundo malo.
En la vida temprana de Manuel Gómez Morin no hubo conciencia de genealogía. Existió, en cambio, la historia permanente de una presencia, una influencia viva: la de su madre. Su padre fue un español llamado Manuel Gómez Castillo, oriundo de Bustablado, Santander. Llegó a México a la edad de 14 años, en 1888, y se estableció en la ciudad de Parral, Chihuahua, donde trabajó en la Casa Erquicia, un importante establecimiento comercial. En Parral conoció a Concepción Morin del Avellano, hija de don Román Morin, un inmigrante francés originario de Normandía, que a mediados del siglo pasado llegó a Chihuahua atraído por el auge minero y que, fatigado luego de muchos afanes, decidió abrir un hotel en Parral, que desde entonces se llamó Hotel de Don Román; don Román se casó con Juana del Avellano, de familia de notarios, jueces, ingenieros y rancheros. Manuel Gómez Castillo y Concepción Morin del Avellano se casaron alrededor de 1895 y se mudaron a Batopilas, pueblo minero en pleno auge, enclavado en la sierra tarahumara. En ese lugar instalaron un comercio de vituallas y allí nació el primer y único hijo de la familia, en febrero de 1897.
Antes de que Manuel cumpliera el año, el 14 de febrero de 1898, su padre murió de pulmonía, a los 24 años, y fue enterrado en el cementerio del pueblo. Su madre decidió permanecer en Batopilas hasta que su hijo tuviera edad suficiente para ir a la escuela.
En 1902 se mudaron a Parral, donde Manuel ingresó al Colegio Progreso. Posteriormente la familia se trasladó a Chihuahua, donde asistió al mejor colegio de la ciudad, el Palmore.66
Los recuerdos de Chihuahua son vagos y como entre brumas:
«Mi recuerdo más vivo de mi madre, en mi niñez, era mi madre llegando un día a un lugar donde yo estaba pasando unos días de vacaciones en la cumbre de la Sierra Madre, que se llamaba Yoquivo. A la hora que salía el sol, nosotros los niños andábamos corriendo allí y llegaba ella a caballo (tres o cuatro horas desde Batopilas para llegar allá) y el caballo se espantó con los chicos que corríamos a saludarla y era de verla en el caballo parado de manos y ella dominándolo, contra el sol».67

Manuel Gómez Morin y su madre, Concepción Morin del Avellano, ante la tumba de su padre.
La lectura con su madre, de las obras del padre Coloma; largas temporadas en los ranchos de los tíos, unos entusiastas empresarios apellidados Chávez, que no pocas veces vieron obstaculizados sus proyectos comerciales (una fábrica de velas, por ejemplo), por el gran latifundista Terrazas; algunas visitas a Guanaceví, donde vivía un tío por parte de su mamá, ranchero y ensayista de metales, son otros de los recuerdos que dejaron los años en Chihuahua. En 1905 doña Concepción colocó los productos de la liquidación de su negocio de Batopilas en una tienda de Parral, y a causa de su devoción por la Virgen de la Luz se mudó con su hijo a la ciudad de León, Guanajuato, que tenía fama de contar con los mejores colegios católicos del país. El interés que producía la liquidación era de 100 pesos al mes, lo cual les permitía una vida modesta pero sin privaciones.68
Entre 1906 y 1910 Manuel terminó sus estudios primarios en el Colegio del Sagrado Corazón. Como en esa fecha «concluía una etapa de su vida», el profesor Aranda, prefecto del colegio, escribió un poema dedicado a su alumno, testimonio involuntario de lo que significaba la unión entre Manuel y su madre, y testimonio de lo que ella esperaba de su único hijo:
Llegó por fin la deliciosa hora
abandonas un nido de inocencias
para entrar en un campo de esperanzas
abandonas la estancia encantadora
en do hallaste inocentes complacencias
al hallar corazones
que sinceros y leales te brindaron
la virtud y el saber y que te amaron
y te aman todavía como se ama
en el Augusto Corazón de Cristo
Arde en tu pecho misteriosa llama
saber, mucho saber ése es tu anhelo
conquistar con trabajo y con desvelo
un título que te honre y dignifique.
Es el dulce beleño
es el dorado sueño
que acaricias con alma soñadora
¿lo verás realizado? Dios lo sabe.
Cuando sale del puerto alguna nave
y el mar que va a cruzar es peligroso
es al menos dudoso que llegue la barquilla
sin ninguna avería a la otra orilla
Tienes un ángel tutelar: tu madre
que pide al cielo sin cesar de hinojos
por tu dicha y tu bien, que lee en tus ojos
complacencias de Dios cuando eres bueno
o burlas de Luzbel cuando has faltado.
El camino del bien te ha señalado
sus cuidados te siguen dondequiera
y celosa de tu alma antes quisiera
verte a sus pies sin vida
convertido del mundo en vil escoria
pero fiel a tu Dios y a tus creencias
que traidor a tu fe, lleno de gloria …
Yo al fin ave que está siempre de paso.
Desde lejos acaso
sin que lo llegues a saber, sediento
del bien de tu alma velaré en tu viaje
y gozaré de singular contento
al saber que a Dios buscas en la Ciencia
y que no sacrificas tu conciencia
ni ante el incienso del que adula necio
ni ante el placer insano
ni ante un puñado de monedas de oro.
Existe otro poema que habla también de la unión de la pequeña familia Gómez Morin:
«Para Manuelito Gómez Morin, el día de su Santo:
Mientras tenga la hiedra
muro bendito
que amoroso le presta
seguro abrigo
no teme nada
la furia de los vientos
no le acobardan.
Tú eres dichoso ahora
porque te ampara
tu madre que te quiere
con toda su alma
yo pido al cielo
porque tu dicha ansío
porque te quiero
que no te falte nunca
el santo abrigo
que ese ángel de tu guarda
te da solícito
sé siempre bueno
y serás de tu madre
gloria y consuelo69
Fiesta de Corpus, 26 de mayo de 1910».
Del Colegio del Sagrado Corazón pasó al Instituto María Inmaculada, ambos, desde luego, colegios dirigidos por sacerdotes. Allí cursó los primeros cuatro años de enseñanza preparatoria, hasta fines de 1913, cuando la revolución constitucionalista llegó al Bajío y doña Concepción toma la decisión de resguardarse en la capital del país. Manuel Gómez Morin continuaría sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria.70
Poco después de su llegada a México publicó dulces y un poco inocentes composiciones románticas; en una de ellas, «El maestro», se quejaba nostálgicamente de que el maestro bohemio había dejado de tener discípulos seguidores. El 4 de junio de 1914, a raíz de la ocupación norteamericana del puerto de Veracruz, escribió un «Llamado al estudiante» para el diario Mundo Libre:
Hoy que la Patria avergonzada siente
la injuria vil de un pueblo maldecido
que ensucia con su planta impunemente
el suelo de tus padres tan querido
hoy que mátanse hermanos contra hermanos
hoy que pocos defienden los blasones
olvida de la Ciencia los arcanos
y lánzate a pelear: que los cañones
publiquen con su voz fuerte y tronante
que aún existen los buenos mexicanos
y que entre ellos se encuentra el estudiante
no se diga jamás que tú has temblado
ante amenaza alguna; que en la historia
al morir por la Patria, quede al lado
de Melgar y de Escutia tu memoria
que sepa el mundo entero que supiste
morir en la defensa de su suelo
que antes que ser esclavo preferiste
caer matando y con la cara al cielo.71
Gómez Morin, junto con otros compañeros preparatorianos, fue a exigir armas al ministro de Educación, Nemesio García Naranjo, para enfrentar a los agresores. Éste les respondió, vehemente: «¡Calma, cachorros de la patria, todo lo tendréis!»
Al poeta Manuel Gómez Morin los tiempos le mostraban que no era ya época para nostalgias. Eran días en que los preparatorianos vestían uniforme militar. Gómez Morin dejó de gustar de las escenas románticas de los libros de Murger. Al adormecimiento siguió la exaltación. «Dejamos de ser borrachitos», recordaría mucho tiempo después.72 Poseía una sonrisa amplia y cálida, como un abrazo, que le conquistaba simpatías inmediatas. «Todo mundo lo quería», recordaba su amigo Alberto Vásquez del Mercado, que lo conoció apenas llegado de León, «con todos era amable, alegre. Sus entradas a la Facultad eran como el alegre paseíllo de un torero.»73 El haber sido educado por una mujer, por esa mujer, le marcaría con una vena emotiva y sentimental imborrable.
Su genealogía había sido el impulso tenaz de su madre por hacerlo un profesionista. Manuel, por su parte, tenía como único empeño –según recordaría medio siglo después– concluir una carrera para dar a su madre «una vida quieta, sin más esfuerzo», para retribuirle lo que ella le había dado al consagrársele. En México vivió tiempos de modestia económica en una accesoria de las calles del Apartado. Muy pronto trabajó para sostener a su madre, sobre todo a partir de 1915, cuando un ataque villista a Parral provocó el incendio de la tienda donde su madre tenía colocada la liquidación del negocio, lo cual acabó con los envíos de dinero. Manuel y su madre vivieron bajo el mismo techo hasta el 12 de diciembre de 1943, día en que ella murió.74
En 1915, cuando se conocieron en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, Vicente Lombardo Toledano y Manuel Gómez Morin hicieron una amistad inmediata. «Temperamentalmente», recordaría muchos años después Lombardo, «Manuel y yo éramos los más afines.»75 Ambos nietos de inmigrantes, llevaban a cabo una lucha económica y social. Lombardo pugnaba por salvar del naufragio a su gran familia; Gómez Morin, por construir la seguridad de su pequeña familia. En los dos había carencias y pérdidas. En Lombardo la fortuna, la tranquilidad, el bienestar económico y social; en Gómez Morin, el padre. En ninguno había equilibrio. Pero Lombardo sentía que el mundo lo cercaba, mientras que a Gómez Morin se le abría. El «sarcástico cazador» y el «alegre paseíllo de un torero».