Introducción*

Don Alfonso Reyes reprochaba a veces al numen de Lytton Strachey la escasa heroicidad, la demasiada humanidad de sus biografiados. En su balanza prometeica, añoraba don Alfonso las estaturas de Aquiles y Odiseo, de cuyas hazañas había sido casi testigo presencial. El aprendiz de biógrafo hojea ahora, solemnemente, la vieja edición de los Eminent Victorians de Strachey y, al cabo de unos cuantos párrafos, ya se encuentra reprochándole al autor la demasiada heroicidad y la poca humanidad de sus personajes.

¿Qué habrá dicho don Alfonso de las biografías que escribió Edmund Wilson en Hacia la estación de Finlandia? ¿Qué habrá pensado de la manera en que Wilson disecta a sus personajes, contagiado, quizá, de la devaluación inmediata del hombre que debió respirarse en 1940, cuando la obra fue publicada? Wilson consideraba seguramente que aún había buen trecho que recorrer hacia la humanización de los biografiados, y con un mezcla sajona de amor y frialdad, mostraba la cara más furiosamente cotidiana de los grandes santos del socialismo: la rebeldía anarquista de Miguel Bakunin, originada en una inhibición sexual producto del tabú incestuoso; Carlos Marx, vertiendo en sus escritos el tormento de sus deudas, los diviesos, la muerte de sus hijos por mala alimentación, y la mala conciencia de escribir El capital a costa de otro capital, el de su amigo Engels, que se consumía ante un escritorio de la industria paterna. Al mirarlos vivir en medio de las miserias cotidianas, los proyectos y la obra de aquellos personajes de Wilson crecen hasta niveles en verdad prometeicos. Don Alfonso habría pensado entonces que Wilson volvía a la buena ortodoxia homérica y el aprendiz de biógrafo habría sacado la conclusión de que todos los caminos biográficos conducen, de una u otra forma, a la Roma de Plutarco.

Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos y Diego Rivera, ca. 1915.

No hay remedio. El biógrafo es un ser anacrónico, fascinado por las epopeyas individuales que llevan a la gloria o al fracaso absolutos. Miope, tal vez, en su visión histórica, el biógrafo concibe la historia como hecha por personas y no tanto por grandes fuerzas impersonales. Como predicaba Juan de Mairena a sus discípulos, no puede, por más que intente, «sumar individuos». Vive condenado a creer que en cada uno de ellos se lucha Troya.

A los riesgos propios del género biográfico hay que aumentar uno, sólo en apariencia reciente: el psicohistórico. El afán de entender los orígenes de las personas; visitar los sitios infantiles; conocer la casa, los padres, los oficios familiares, ya era practicado por historiadores tan antiguos como los que escribieron la Biblia. En aquellos tiempos bastaba con decir que alguien provenía de un sitio determinado para que de él se pudiera concluir rasgos de carácter, costumbres. Bastaba decir, por ejemplo, Jefté el galaadita, para saber que poseía ciertas prendas comunes a los habitantes de la región. Igual ocurría con los orígenes familiares. A los antiguos les parecía obvio que la familia marcaba la vida del hombre: era suficiente saber el nombre del padre. El Evangelio según san Mateo comienza por dar cuenta de la genealogía de Jesucristo desde Abraham hasta José, esposo de María; en san Lucas la línea genealógica se da en sentido ascendente, desde Jesús hasta Set, hijo de Adán, hijo de Dios.

El auge del psicoanálisis ha vuelto a poner de moda la historia genealógica llamándola psicohistoria. De este modo, el biógrafo, ya de por sí miope al interesarse primordialmente por las vidas individuales, se añade a sí mismo una dioptría al considerar que lo realmente importante de una vida ocurre en la infancia y la juventud: en las mocedades.

Las páginas que siguen fueron escritas con la esperanza de integrar una biografía colectiva y reconocen de antemano su distorsión ocular. El esquema original de trabajo no preveía ese enfoque. Se trataba en un principio de examinar la «cuestión de los intelectuales» en México; ver de cerca el papel que han desempeñado en la historia contemporánea del país; explicar en lo posible por qué, las más de las veces, la vocación del intelectual mexicano ha sido la de sentirse Platón en Siracusa y no Sócrates, humilde buscador de la verdad; describir los casos en que la integración del intelectual al Estado hubiera generado en aquél una tensión moral, como ha ocurrido con tantos intelectuales en las historias de Oriente y Occidente.

Una sugerencia de don Daniel Cosío Villegas acercó el trabajo a un plano más concreto: estudiar a los miembros de la llamada generación de 1915, conocidos también como la generación de «los Siete Sabios», nacidos a la vida política e intelectual en medio de la tormenta revolucionaria y en un mundo que comenzaba a conocer la experiencia de la Gran Guerra y la Revolución rusa. Don Daniel aducía que esta generación, a la que él mismo perteneció, ilustra con gran intensidad muchas de las cuestiones previstas en el enfoque original.

Los Siete Sabios de México fueron: Antonio Castro Leal, Alberto Vásquez del Mercado, Vicente Lombardo Toledano, Teófilo Olea y Leyva, Alfonso Caso, Manuel Gómez Morin y Jesús Moreno Baca. De todos ellos, sobreviven [en 1976] únicamente los dos primeros. A menudo, gente incluso cercana a ellos ha cometido el error de incorporar al grupo de «los Sabios» a Miguel Palacios Macedo, que vive aún [falleció en 1990], y a Narciso Bassols, que murió en 1959.** 1 Lo cierto es que ambos, miembros sin duda de la generación de 1915, no lo fueron del grupo específico de «los Siete», pues estudiaban dos cursos atrás en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Otras personas han incorporado a Cosío Villegas al grupo de «los Siete». En 1918 Cosío cursaba apenas el primer año de leyes cuando «los Sabios» estaban concluyendo la carrera. Cosío debe considerarse como el último miembro de la generación de 1915, puesto que, junto con él, estudiaban Jaime Torres Bodet, José Gorostiza y Carlos Pellicer, pertenecientes a una nueva generación, la de la vanguardia, con sensibilidad y proyectos distintos, en cierta forma, a los de la generación de 1915.

Estudiar al grupo de 1915 tiene un interés particular: sobre ellos en conjunto existe publicada y aun escrita, escasísima bibliografía. Los Siete Sabios, igual que sus compañeros más cercanos en la Escuela de Jurisprudencia, tuvieron la característica de ser más actores que escritores, por lo que los vastos directorios de cultura (México y la cultura; México, 50 años de Revolución), así como varias historias de las ideas, los han ignorado. De esta generación como tal, insertada entre la del Ateneo (Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso, Julio Torri…) y la de los «Contemporáneos» (Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, Jorge Cuesta…) sólo han sido publicados dos folletos, un ensayo, un párrafo y una sentencia.2

El primer folleto, titulado 1915, fue escrito por Manuel Gómez Morin en 1926 para bautizar a su generación. Fue, más que una historia del grupo, un llamado a la acción cívica y un testimonio de la forma particular que tenía el autor de entender los problemas del país.3 El otro folleto es un compendio de entrevistas realizadas por Luis Calderón Vega en 1959 con cinco de los siete «Sabios». Su autor, miembro activo del Partido Acción Nacional, rellenó un tanto el folleto de propaganda, pero permitió hablar lo suficiente a los actores como para que se colara un testimonio útil e interesante de sus años estudiantiles entre 1915 y 1919.4

El único ensayo sobre la generación, titulado «Justificación de la tirada», lo escribió Daniel Cosío Villegas como introducción a su libro Ensayos y notas. En él, Cosío realizó una especie de introspección generacional, un balance de lo que sus compañeros y él mismo habían logrado en 50 años de actividad pública –y creciente impotencia– en México, y de lo que pudieron haber hecho:

«Alguna vez se estudiará a fondo», escribía Cosío Villegas, «este fenómeno capital de nuestra historia próxima; por hoy bastará decir sumariamente que la Revolución nos creó y mantuvo en nosotros por un tiempo largo, largo, la ilusión de que los intelectuales debíamos y podíamos hacer algo por el México nuevo que comenzó a fraguarse cuando no se apagaba completamente la mirada de quienes cayeron en la guerra civil. Y ese hacer algo no era por supuesto escribir o siquiera perorar; era moverse tras una obra de beneficio colectivo».5

El párrafo sobre la generación de 1915, generación de intelectuales políticos, de hacedores, se encuentra en El laberinto de la soledad:

«Una vez cerrado el periodo militar de la Revolución muchos jóvenes intelectuales –que no habían tenido la edad o posibilidad de participar en la lucha armada– empezaron a colaborar con los gobiernos revolucionarios. El intelectual se convirtió en el consejero secreto o público del general analfabeto, del líder campesino o sindical, del caudillo en el poder. La tarea era inmensa y había que improvisarlo todo. Los poetas estudiaron economía, los juristas sociología, los novelistas derecho internacional, pedagogía o agronomía. Con excepción de los pintores –a los que se protegió de la mejor manera posible: entregándoles los muros públicos–, el resto de la “inteligencia” fue utilizada para fines concretos e inmediatos; proyectos de leyes, planes de gobierno, misiones confidenciales, tareas educativas, fundación de escuelas y bancos de refacción agraria, etc… La diplomacia, el comercio exterior, la administración pública abrieron sus puertas a una inteligencia que venía de la clase media. Pronto surgió un grupo numeroso de técnicos gracias a las nuevas escuelas profesionales y a los viajes de estudio al extranjero. Su participación en la gestión gubernamental ha hecho posible la continuidad de la obra realizada por los primeros revolucionarios. Ellos han defendido en multitud de ocasiones la herencia revolucionaria. Pero nada más difícil que su situación. Preocupados por no ceder sus posiciones –desde las materiales hasta las ideológicas–, han hecho del compromiso un arte y una forma de vida. Su obra ha sido, en muchos aspectos, admirable; al mismo tiempo han perdido independencia y su crítica resulta diluida, a fuerza de prudencia o maquiavelismo … El demonio de la eficacia –y no el de la ambición–, el deseo de servir y de cumplir con una tarea colectiva, y hasta cierto sentido ascético de la moral ciudadana entendida como negación del yo, muy propio del intelectual, ha llevado a algunos a la pérdida más dolorosa: la de la obra personal».6

De estos juicios se tomaron caminos para la investigación y, al final, se llegó a conclusiones muy cercanas a las de Octavio Paz. Por último, la sentencia escrita sobre la generación de 1915 se debe a la pluma de Samuel Ramos: en su famosa obra El perfil del hombre y la cultura en México, la llama «generación fantasma».

En el folleto de Gómez Morin había un párrafo que provocaba al investigador; en referencia a la década 1915-1925 escribía:

«¡Qué interesante será para el futuro mexicano un análisis del paisaje espiritual de estos últimos años! Una investigación que catalogue y valore las encontradas doctrinas aceptadas, que encuentre y siga entre los movimientos aparentes y las manifestaciones superficiales, la verdadera e inexpresada razón que impulsó el pensamiento y la vida de esta época».

Sin haberme convertido, por supuesto, en aquel futuro investigador que anunciaba Gómez Morin, el estudio sobre la generación de 1915 concluyó con una tesis presentada en El Colegio de México en octubre de 1974. Como ocurre a menudo, sobre todo en el trabajo histórico, el producto terminado no corresponde exactamente a los diseños a escala previos. El afán por entender, en particular, las actitudes de los hombres de 1915, desplazó el interés generalizador y sociológico de referir todo a «la cuestión de los intelectuales». Este afán biográfico de buscar actitudes reveló de inmediato que existía una gran inequidad en la información recabada de cada uno de los distintos miembros del grupo. Los datos que se tenían sobre Lombardo Toledano y Gómez Morin rebasaban con mucho las noticias sobre los demás personajes, por ello opté construir el libro con base en esos dos hilos conductores.

Edificio de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, 1918.

El trabajo se demora en las genealogías porque en ellas se creyó encontrar muchas explicaciones a las actitudes posteriores. Visita la casa familiar de Gómez Morin y Lombardo y da una idea del ambiente que en ellas se respira; trata de conocer las raíces sociales, económicas, religiosas, culturales de esos hombres. Cuando los dos ríos provincianos confluyen en el cauce turbulento de la capital y la Revolución, se intenta asistir a las clases de sus maestros, conversar con sus condiscípulos, y oír el rumor de la ciudad que vivían, lo que entonces era noticia y era problema. Se ha creído presenciar un cambio de vigencias, un cambio en la manera de pensar entre maestros y alumnos.

Rondando las mocedades, se da razón de cómo surgieron los primeros planes de estos hombres; al hablar de vigencias, cambios, problemas y proyectos, esta historia se separa del enfoque particular de Gómez Morin y Lombardo, para atender a otros personajes de la generación de 1915. Las vidas de todos ellos son, desde un principio, más públicas y externas que replegadas hacia el interior, hacia una intimidad que, por otra parte, no tienen tiempo de construir; por ello sus actitudes cobran sentido en la comunicación o el contrapunto entre ellos mismos.

Definida ya la vocación de «servidores públicos» que les marcó la Revolución, se asiste a los primeros sacrificios y satisfacciones que el servicio al Estado impone. Los personajes, Gómez Morin y Lombardo principalmente, pero también los otros miembros de la generación, comienzan a considerar que México no es ya «el cuerno de la abundancia», que tiene problemas cuya solución es inaplazable. Para ello discurren proyectos nacionales para el país, proyectos generacionales para el propio grupo y proyectos personales con el tipo de función que cada uno hubiera querido desempeñar.

Esos proyectos chocan con una realidad que no se rige tanto por las ideas como por las armas. La vida política, los fines del Estado, no coinciden, en ocasiones, con los proyectos de estos jóvenes. El choque genera una tensión moral en quienes consideran imposible continuar sirviendo a los regímenes revolucionarios y prefieren el exilio real o el exilio interno. Para otros, el choque se amortigua y la fe en el Estado se fortalece hasta volverlos servidores incondicionales y legitimadores ideológicos.

En 1921, momento en que surgen los desbordamientos de imaginación creativa en aquellos jóvenes de 1915, sus vidas se acercan y se contagian de la del fundador por excelencia, José Vasconcelos, «el hombre más constructor» que había conocido la América hispana, según frase de Gabriela Mistral. Ocho años más tarde, en la hora de las decepciones, su presencia vuelve a rondar las vidas de los jóvenes con una consistencia moral distinta de la que exigía el servicio al gobierno. La actitud principal de Vasconcelos, actitud común a los hombres de 1915, regaló el título a este libro: fue la de pretender instaurar en México el buen poder, la obra de beneficio colectivo, imponiendo a la realidad cruda y bronca de la Revolución, la sublime y ordenada de la ética absoluta y la técnica. Todos ellos fueron hombres con grados universitarios, ideas, libros y conferencias en su hoja de servicios; hombres que quisieron embridar culturalmente a la Revolución: caudillos culturales.

Aparte del interés mismo de las vidas de Gómez Morin y Lombardo Toledano y del hecho de que encarnan como ningún otro miembro de la generación la actitud caudillesca, la naturaleza de las fuentes determinó, como se ha dicho, la arquitectura del trabajo. En abril de 1972, al morir Gómez Morin, su esposa, doña Lidia, tomó la decisión de confiar en el autor y abrir por primera vez el archivo de su esposo. Por dos años, en largas e intensas entrevistas, Gómez Morin me advertía que la tesis debía construirse con cartas, desde la intimidad de los biografiados; sin embargo, en vida suya, no puede consultar ninguna. Con la apertura del archivo se aclaró lo que Gómez Morin quiso decir: para él escribir cartas significaba lo que para Vasconcelos escribir su autobiografía: su forma natural de comunicación; la defensa de su vida íntima frente a la otra, la pública, que amenazaba con devorarlo. Las cartas eran su respiración moral.

En el archivo se hallaban, además, apuntes inéditos, documentos familiares, discursos, proyectos, memoranda, telegramas que, junto con la escasa obra escrita y publicada por Gómez Morin y las anécdotas verificables que pude escuchar, constituyen el cimiento de lo que sobre él se narra arbitrariamente. Esta historia atiende mucho más al Gómez Morin joven, al Gómez Morin técnico, al Gómez Morin apostólico que al hombre de negocios. La única justificación para esto es, quizá, la búsqueda de actitudes más que de actos o ideas.

Algo similar ocurrió con la vida de Lombardo. No llegué a conocerlo. A pocos meses de iniciado el trabajo acudí a la Universidad Obrera de México, donde conocí a Adriana, hija y heredera espiritual y política de Lombardo. El archivo de su padre estaba en litigio y era inaccesible, pero con gran paciencia la maestra me proporcionó, poco a poco, pequeños apuntes, cuadernos, cartas, volantes, periódicos y anécdotas. Durante los años de 1972 y 1973 pude consultar secciones del archivo que para entonces ya estaban siendo clasificadas. A fines de 1973 conocí a las hermanas menores de Lombardo. Con la menor, Aída, tuve una plática introductoria que abrió muchas preguntas sobre el origen de Lombardo. Pero fue al conversar con Elena cuando pareció que en la genealogía se anudaban explicaciones fundamentales de la actitud de Lombardo: la lucha política es también, a menudo, la lucha contra los demonios personales. La narración de Elena Lombardo me dirigió en el archivo a un empolvado paquete de cartas escritas por don Vincenzo Lombardo, el abuelo del líder. Con aquella narración y estas cartas parecía confirmarse que aquello que subyace a las ideas y a los hechos de los hombres es, a veces, una experiencia vivida aunque no comprendida del todo por el sujeto mismo. Para un psicólogo, esta experiencia es materia de análisis. Para un historiador que busca actitudes, puede serlo de una narración: sugerir, evocar esa experiencia; más que explicarla arbitrariamente también, esta historia atiende más al Lombardo joven, al Lombardo predicador que al líder obrero y al talentoso político.

Entre 1971 y 1974 visité con mucha frecuencia a don Alberto Vásquez del Mercado, en su solitaria oficina de las calles de 16 de Septiembre. A sus 82 años, orgulloso de mantenerse independiente del Estado, crítico implacable de la vida jurídica de México, don Alberto me mostró sus papeles y explicó sus actitudes durante la época de los veinte, cuando comandaba el grupo de los Siete Sabios y abría los puestos públicos a los jóvenes intelectuales. Erudito literario de la estirpe de Menéndez Pidal o de Henríquez Ureña, don Alberto escribe y publica actualmente artículos críticos contra el gobierno, cuartillas que pudo haber escrito mucho antes y que el apremio de la política le arrebató.

A partir de marzo de 1972 y hasta octubre de 1974 visité también a don Miguel Palacios Macedo en su «soledad sonora», como él mismo llama a su hogar en la calle de Amores. Juntos revisamos sus papeles y recobramos algunos de sus recuerdos. Sus primeras palabras se refirieron a la «Revolución abortada»; los hombres de 1915, sus compañeros, habían fracasado, según su concepción, en ser fieles a la vocación que pretendían sentir. Jamás llegaron a donde «hubieran querido verlos, con todos los riesgos y privaciones»; habían sido demasiado débiles y pusilánimes. Crítico de la vida mexicana y, fundamentalmente, de la política financiera del gobierno, don Miguel es aún maestro de futuros economistas.

Aquí se recogen apenas fragmentos de la vida de Palacios Macedo y Vásquez del Mercado. Nuevos y mejores trabajos deberán volver a ellos sobre todo cuando comience a apreciarse a quienes han dudado de la ortodoxia estatal, han sido críticos de la política mexicana, se han separado del gobierno y han legado la doctrina de su ejemplo. En algún sitio, también, se habla aquí de Narciso Bassols, cuyas actitudes políticas y personales resultan sumamente interesantes aun para quien las conoce sólo a través de rumores. A pesar de mi insistencia, el archivo de Bassols permaneció cerrado, en espera de que una generación de estudiosos con sensibilidad y distancia aprecie su obra. De los restantes «Sabios» se dan apenas noticias cuando conviven con los personajes centrales. La razón fue, desde luego, la negativa por parte de Antonio Castro Leal y de algunos familiares de Alfonso Caso, a permitir el acceso a sus respectivos archivos. En fin, de Daniel Cosío Villegas se recoge una parte mínima de las entrevistas orales realizadas entre 1971 y 1975, en espera de integrar ese material en otro lugar.

Esta historia abandona a los personajes a mediados de los años treinta, justo en el momento en que las circunstancias políticas los obligan a una definición personal y política irreversible. Arbitrario desde el punto de vista de una biografía política, el corte en 1933 tiene sentido si lo que se ha historiado son actitudes y no «grandes acontecimientos». Lo que vendría después de ese año no sería ya sino historia de los frutos… y los abortos.

A pesar de la fascinación por contemplar lo particular de los personajes, la inquietud que originó el trabajo no fue abandonada del todo. Se trataba de examinar o de ilustrar la tensión moral que ha existido siempre entre cultura y poder; estudiar además casos significativos de integración del intelectual mexicano al Estado revolucionario. Conocimiento y poder, ética y poder, son temas implícitos a lo largo de las vidas de estos intelectuales políticos que soñaron con hacer en México una obra de beneficio colectivo. ¿Puede un hombre de libros, un hombre de preocupaciones inteligentes, incorporar sus conocimientos a la acción para construir, a partir de ellos, el buen poder? ¿Es la técnica el gran mediador entre conocimiento y acción? ¿Es la prédica el gran mediador entre conocimiento y acción? ¿Cuánta dosis de integración al Estado tolera la conciencia crítica? La mayoría soñó con ser el filósofo-rey. Otros soñaron con ser la eminencia gris. Muy pocos imaginaron un lugar o un proyecto distintos en la vida pública, como si hubiese algo de fatalidad en la integración –el sacrificio– del intelectual al Estado en México. ¿Por qué?

Manuel Gómez Morin, Vicente Lombardo Toledano, otros miembros distinguidos de la generación de 1915 y sus maestros, caudillos culturales todos, vivieron estas preguntas.

Manuel Gómez Morin y Vicente Lombardo Toledano, ca. 1960.

Lo que esta investigación tuviera de acertado en el esbozo de esos fenómenos inasibles llamados actitudes, se debe por entero al maestro Luis González y González. Me acuso de haber atormentado mucho más de la cuenta a Héctor Aguilar Camín y a Fausto Zerón Medina con los borradores orales del trabajo. A Jean Meyer le debo su lectura crítica y su continuo aliento. A Gabriel Zaid su lectura crítica y lo que fue –espero– un oportuno descorazonamiento. A Juan Manuel Gómez Morin, sus observaciones fundamentales. A la maestra Adriana Lombardo y a doña Lidia Gómez Morin, su confianza y el privilegio de haber sido uno de los primeros intrusos en sus archivos. A El Colegio de México la oportunidad de estudiar historia e intentar escribirla.

Este trabajo es una muestra mínima de las empresas culturales ideadas por don Daniel Cosío Villegas. Ignoro las pérdidas o ganancias que él obtendrá al conocer el estado financiero-cultural de estos apuntes.

¿Cuál es el espacio que debe existir entre personaje y biógrafo? Esta historia trató con más libertad a los dos hombres más lejanos, los que hablaban sólo a través de sus papeles. Una inevitable reducción histórica los convirtió, tal vez, en ángeles. Los otros miembros de la generación, los más cercanos, los que se visitaron apenas ayer, impidieron su angelización, pero provocaron, involuntariamente también, la reducción en el tratamiento de sus vidas. Entrevistador y personaje se convirtieron muy pronto en alumno y maestro y, al poco tiempo, la distancia se acortó a la de nieto y abuelo. ¿Cómo evocar a quienes, por fortuna, están aún tan cerca?

10 de marzo de 1976

 


Notas