Un escritor ama a todos sus libros como ama a sus hijos, pero al primogénito y al benjamín los ama de manera especial. No he escrito, espero, el benjamín de mis libros, pero a mi primogénito, Caudillos culturales en la Revolución mexicana, lo recuerdo con particular afecto y emoción.
Más de una vez he narrado su origen (el consejo directo de Daniel Cosío Villegas de estudiar a los intelectuales de su injustamente olvidada Generación de 1915), sus pequeños milagros (el acceso al archivo de Manuel Gómez Morin, ordenado por él antes de morir; la consulta de los papeles del abuelo de los Lombardo), sus privilegios (el conocimiento directo de personajes como el célebre jurista Alberto Vásquez del Mercado, la melancólica escritora Palma Guillén, el humanista Gonzalo Robles, el apasionado e inteligentísimo filósofo de la economía Miguel Palacios Macedo), sus enseñanzas (las pistas biográficas de John Womack Jr., los consejos puntuales de Cosío Villegas, la sabia tutela de Luis González, la cercanía de Andrés Lira y Jean Meyer), sus bendiciones (el apoyo bibliográfico de Fausto Zerón-Medina, la paciencia de Isabel Turrent), su buena suerte inicial (la primera entrevista que concedí, nada menos que a Elena Poniatowska; la amistad intelectual con Jesús Reyes Heroles, Julio Scherer y Octavio Paz), la colaboración editorial con don Arnaldo Orfila Reynal (que bautizó y publicó el libro) y, en fin, las enseñanzas de mi alma máter, El Colegio de México, que me acogió desde la remota ingeniería hasta hacerme historiador.
Caudillos culturales en la Revolución mexicana cuenta la historia de un despertar del espíritu creativo, del afán de organizar, de innovar e instituir. Hijos del naufragio de El Ateneo de la Juventud, orientados por la religiosidad cívica de Antonio Caso y el humanismo universal de Pedro Henríquez Ureña, aquellos fundadores lo fueron por mérito propio (y sorprendentemente jóvenes), pero para la acción tuvieron dos caudillos antitéticos (y complementarios) a quienes emular: José Vasconcelos, en la cultura y el arte, y Plutarco Elías Calles, en la vida económica e institucional. Me emocionará siempre recordar sus hazañas, hechas como si México fuese –en la vieja metáfora bíblica– barro en manos del alfarero.
A cien años de distancia de 1915 –año emblemático en el opúsculo de Gómez Morin– siento que mucho ha cambiado y poco ha cambiado. Algo construimos en un siglo: instituciones de toda índole, una paz que fue duradera, un puerto de abrigo para los perseguidos, poderosas empresas, un país que primero consolidó el orden social interno y luego se abrió al mundo. Y creamos arte y cultura. Pero la violencia ha vuelto a adueñarse de nuestro México y ni siquiera se ve en el horizonte, como sí se vio en 1915, un atisbo de luz y el redescubrimiento de una vocación nacional.
Una carta de Manuel Gómez Morin escrita el 2 de octubre de 1927 y destinada a la posteridad ha vuelto a caracterizarnos: «mi México, mi pobre México», lamentaba desde España al enterarse de los fusilamientos de Gómez y Serrano, indicios de recaída en la barbarie. Así podríamos levantar ahora nuestra indignación, con idénticas palabras: «nuestro México, nuestro pobre México». Pero quizá una nueva generación de creadores y constructores tomará democráticamente (como quiso Vasconcelos, como soñó Gómez Morin) el destino de nuestro país, y nos conducirá a un nuevo día en el que en México se mitigue el dolor, se extinga la violencia, impere el amor a la cultura y la solvencia técnica para construir instituciones públicas y privadas como las que nos legaron aquellos jóvenes de la Generación de 1915: entramado de civilidad que todavía nos sostiene.