Este libro, el primogénito, formó parte de una corriente de revisión histórica cuyos antecedentes intelectuales y metodológicos pueden remontarse al seminario de Historia Moderna de México, pero cuyo catalizador más claro fue la obra desmistificadora de tres historiadores: Luis González, con su microhistoria de San José de Gracia; John Womack Jr., con su libro sobre Zapata, y Jean Meyer, con su estudio sobre los Cristeros. Siguiendo esos ejemplos, mi generación, lastimada por el sacrificio colectivo del 68, se propuso ver con ojos críticos la historia del siglo XX y contestar, partiendo de la Revolución mexicana, una pregunta clave: ¿cómo nació, se formó y se desvirtuó el régimen que condujo a Tlatelolco?
Si nuestro motivo principal era crítico, resultaba natural que en lo personal me interesara en estudiar a los críticos, a los intelectuales. Para eso visité en su oficina de la Torre Latinoamericana al crítico por antonomasia de aquel y de todos nuestros tiempos: don Daniel Cosío Villegas. Se interesó en mi idea y me sugirió estudiar a su propia generación, la de 1915 o de «los Siete Sabios», un grupo tutelado por los grandes maestros del Ateneo de la Juventud que sirvió generosamente al país creando instituciones fundamentales pero cuyo legado permanecía en un injusto olvido. Al instante me dio cartas de recomendación para entrevistarme con tres de los cuatro sobrevivientes del grupo original: Alberto Vásquez del Mercado, Manuel Gómez Morin y Alfonso Caso. Yo debía buscar por mi cuenta a Antonio Castro Leal. Para recabar información sobre los tres miembros restantes (Teófilo Olea y Leyva, Jesús Moreno Baca y Vicente Lombardo Toledano) había que acercarse a los familiares. Y explorar también la vida de otros personajes destacados de la generación: Narciso Bassols, Miguel Palacios Macedo –que aún vivía y a quien tuve el privilegio de conocer– y el propio Cosío Villegas, con quien llegaría a grabar largas horas de conversación.
Visité ese mismo día a Vásquez del Mercado y a Gómez Morin, en sus respectivas oficinas del Banco de Londres y México. Coincidían en el elevador pero apenas se saludaban. Frente a mi aparatosa grabadora, Vásquez del Mercado comenzó a referir sus experiencias con Pedro Henríquez Ureña y con «Alfonsito» Reyes. Seguirían decenas de sesiones salpicadas de anécdotas políticas y literarias. Cuando fui a presentarme con Gómez Morin, en la antesala de su oficina comencé a leer el opúsculo 1915, que había conseguido en una librería de viejo. Era uno de los poquísimos textos relativos a esa generación, escrito por el propio Gómez Morin en 1926. «¿Qué hace usted leyendo eso?», me interpeló. «Estoy esperando al licenciado Gómez Morin», respondí, porque no imaginé que aquel hombre dinámico y jovial, de sonrisa luminosa, fuese el futuro protagonista de mi libro. «Pues yo soy Gómez Morin.» Charlamos brevemente, escuchó mi proyecto con simpatía y piedad, y me citó por primera vez en el recinto encantado de su biblioteca de la calle del Árbol, en San Ángel. Allí pude conocer su vida y obra, su esperanza fundadora y su postrera desilusión por la marcha del país.
El trabajo de investigación y redacción duró cuatro años. Fue un aprendizaje apasionante y tortuoso, no exento de episodios chuscos o despistados –como un viaje a Chilpancingo con Isabel, mi esposa, para ver a qué sabían los guisos que había comido de niño Vásquez del Mercado–, instantes de revelación –como las conversaciones con la bella y misteriosa Elena Lombardo Toledano o la consulta de las cartas íntimas del abuelo de Vicente, que me proporcionó generosamente su hija Adriana–, y fatigas que a la distancia parecen vacaciones, en los archivos personales de los dos hombres cuya biografía paralela es la espina vertebral del libro: Lombardo y Gómez Morin.
Varias influencias fueron decisivas para construirlo. La de Luis González consistió en dirigir los erráticos pasos del autor, pero con una sabia preceptiva: nunca decirle lo que debe o no debe hacer sino insinuarlo apenas, sugerir caminos, entreabrirlos. La de John Womack Jr., que en una memorable sesión de cantina en Veracruz me enseñó la curiosidad específica del biógrafo –o el psicohistoriador, como se decía entonces–: ¿cuántas recámaras tenía la casa de Lombardo en Teziutlán? ¿Qué balance muestran los libros de contabilidad del padre? ¿Cómo era el Liceo Teziuteco donde estudió de niño? La de Cosío Villegas operó a distancia, moldeando críticamente los capítulos. La de Gabriel Zaid, que al final de un primer borrador me aconsejó –literalmente– tirarlo a la basura y comenzar de nuevo, cosa que por suerte hice. La ayuda invaluable de mi gran amigo Fausto Zerón Medina, que saqueaba la biblioteca de su abuelo –contemporáneo de los Siete Sabios– para traerme libros, folletos y documentos de la época. Varias otras personas más contribuyeron con su consejo, pero debo mencionar el apoyo permanente de Isabel, que leía mis manuscritos y visitaba bibliotecas para fichar información que pudiera serme útil.
La tesis de doctorado en historia se tituló «Los Siete sobre México». Cosió Villegas presidió festivamente el examen, y quiero creer que no estaba del todo insatisfecho con la reivindicación generacional que había propiciado. Cuando por consejo de Zaid la sometí a Arnaldo Orfila Reynal, el gran editor argentino se interesó en el tema porque él mismo pertenecía a esa generación y, de hecho, había visitado el país en un remoto Congreso de Estudiantes en 1921. De allí había partido su vínculo con México. Él fue quien le cambio el título. Zaid, por su parte, me sugirió desprender todo lo concerniente a Cosío Villegas y construir, con base en ese material, una biografía aparte sobre don Daniel.
En 1976, cuando el libro se publicó, parecía que los personajes centrales, Lombardo Toledano y Gómez Morin, habían arado en el mar y que la única función sensata para un intelectual en México era criticar al poder por escrito o fundar instituciones culturales. Es decir, el destino que elaboró para sí mismo Cosío Villegas. Es por eso, en parte, que detuve la historia en los años treinta, poco antes de que ambos fundaran las instituciones políticas por las que serían más recordados: el PP (luego PPS) y el PAN. El tiempo demostraría que aquellos afanes posteriores no fueron inútiles: la pluralidad política del México actual les debe mucho. Queda pues para otro historiador la tarea de continuar esa historia paralela hasta el final de aquellas fructíferas vidas.
Ahora releo con nostalgia estas páginas y pienso en esos grandes viejos como lo que fueron: los abuelos de México. Creo que sus hijos y nietos intelectuales no hemos estado a su altura. Pero quizás entre los jóvenes lectores de este libro habrá algún bisnieto que retome cabalmente la senda de aquellos constructores de México y recobre la alegría creativa que los caracterizó. Nos hace falta.
1 de mayo de 1999