
Un domingo de septiembre, a las tres de la tarde, Roberto Quintana me esperaba en un restaurante para conocernos. Estaría un mes de visita en México. Rubén, su amigo de la infancia –y quien algún día me invitó a salir, pero fluyó mejor la amistad–, nos contactó. Como yo estaba soltera y Roberto en proceso de divorcio, Rubén consideró que podríamos llevarnos bien pero nunca esperó que fuéramos a enamorarnos al instante.
Roberto es un reconocido piloto de carreras. Aunque confieso que mi cultura deportiva es limitada, su nombre me era familiar y eso me dio la oportunidad de tratarlo en una comida y saber más de su vida, que seguro sería interesante.
Esa noche tenía programada una sesión en el estudio para grabar dos canciones de mi disco, cuyas letras fueron escritas por mí. A esas alturas ya había descubierto que, como actriz, el personaje que quiero representar en la vida real es el de cantautora. La música es el lenguaje universal que viaja rápidamente con historias que puedan ser escuchadas muchas veces a través del tiempo y el espacio, pueden interpretarse frente al público o plasmarse en un videoclip.
–¡Hola!
Nos saludamos con un abrazo como si ya nos hubiéramos visto antes. Su energía me gustó al instante. Me esforzaba en recordarme que antes de esta cita me propuse con firmeza que sólo lo trataría como amigo aunque sintiera atracción, pues mi experiencia con hombres separados no había sido buena.
Sentí reciprocidad de su parte. Mientras degustábamos ricos platillos japoneses, platicamos por cuatro horas de nosotros y nuestras profesiones. Lo habían entrevistado por teléfono hacía unos momentos: ese fin de semana acababa de subirse al podio en Monterey, California; corría un prototipo patrocinado por una prestigiosa marca norteamericana. Vivía donde fabrican los mejores relojes, quesos y chocolates del mundo, en Europa. Le faltaba una carrera para concluir la temporada, y hasta marzo del año siguiente comenzaría una nueva en otra categoría.
Me atreví a preguntarle acerca de su familia. Lo único que sabía de él lo había leído en internet: casado con una modelo sudamericana, con quien tiene dos hijos pequeños. Lo importante era indagar las razones de su separación.
–Después de siete años casados, sin haber hecho nada malo, ella me dejó –me lo dijo con semblante de dolor e incomprensión. Me pareció un hombre sincero, exitoso, pero evasivo cuando intenté profundizar en sus conflictos emocionales. Al parecer toda la culpa era de su mujer, a quien describió como inmadura e ingrata, en relación con “la vida de reina” que él le había brindado.
Lo que Roberto sabía sobre mí también lo investigó en mi página web y comenzó a seguirme en twitter una semana antes de nuestro primer encuentro. Me preguntó cómo inicié mi carrera artística, y le conté que cuando tenía seis años me ilusionaba asistir a las fiestas de cumpleaños de mis compañeritos del kínder, que hacían en un salón llamado Sonrisitas. Allí había dos teatros y representaban obras de Disney, magia que fascinó mi existencia con sus personajes e historias en vivo. Cuando por primera vez pude darle la mano a Mickey Mouse quise descubrir qué había detrás de las botargas. Una vez, mientras esperaba a que mi mamá pasara por mí en la tienda de disfraces de la recepción, ansiosa por subirme al escenario le pregunté al maestro Reynosa, que dirigía las obras y hacía trucos:
–¿Cuánto cobran por salir ahí? –él sonrió y me respondió:
–No cuesta, nena, lo que tienes que hacer es pedirle permiso a tu mamá de que te hagamos una prueba, si tienes facilidad para actuar te llamaremos a los ensayos y cuando estés lista te presentarás, pero nosotros te pagaremos a ti cien pesos por cada función que hagas.
Entonces cien pesos equivalían a tres dulces de la tiendita, una moneda con la imagen de Venustiano Carranza. Me pareció sensacional la propuesta y de inmediato le pedí a mi mamá que me llevara a hacer el casting, –mismo que en la vida real sigo haciéndole a los galanes y a todas las personas que me rodean.
Mi idea sobre pagar para dar una función provenía de una asociación errónea del teatro con la feria, donde para subirse a un juego o ser parte de la diversión se necesita pagar y formarse. En el fondo no estaba tan equivocada, aún ahora me cuesta mucho mantener la temporada de mi obra de teatro y pagar la producción de mi disco, aunque espero el día en que alguien, al igual que el maestro Reynosa, se apiade de mí y me contrate para volver realidad la fantasía de mi infancia.
Comencé a ensayar, mi primera oportunidad fue representar al gracioso Pato Donald cantando. Mallas anaranjadas, pantalón con cola de peluche, saco azul, pantuflas gigantes, guantes de cuatro dedos, malla en la cabeza para recoger el cabello y, encima, la gran máscara con un hueco en el pico para poder ver. Aún recuerdo los pasos de baile, la técnica para fingir que hablaba: abrir los brazos y mecer el tronco hacia delante o de un lado a otro.
Al terminar la función había que subir una escalera, ubicada en el interior de los camerinos, y de ella al teatro en la planta alta, donde volvía a comenzar el show. Al final de las funciones yo era una niña privilegiada que salía por la puerta misteriosa a través de la que intentaba reconocer a los participantes de las obras que despertaron mi fascinación por los escenarios. Después me daban mi premio. Nunca lo vi como un pago hasta que mi mamá decidió que no debería continuar actuando: decía que era muy pequeña para trabajar sábados y domingos. Su decisión me entristeció pues yo quería seguir jugando; ya me había convertido en otros personajes fantásticos como el hermanito de Wendy en Peter Pan, payaso y amiga de Caperucita Roja; incluso logré animar a mis hermanos mayores, Sandy y Javier, a que fueran parte de estos espectáculos.
La magia terminó pero no mis ganas de perseguir mi sueño, el cual se ha vuelto inagotable porque cada vez que logro una meta, nace otra, y me gusta tener éxito; prefiero morir en el intento que perdiendo el tiempo.
Cuando eres niño los padres intentan adivinar qué serás de grande. A las mujeres las ven casadas con un “buen partido”, y a los hombres los motivan a tener un buen puesto de trabajo o a ser dueños de empresas. Mi madre fue educada en un hogar muy católico y mi papá fue seminarista, de milagro se enamoraron y tuvieron tres hijos. Aunque se divorciaron, ninguno volvió a casarse. El tema de la sexualidad o noviazgos de sus hijas siempre fue motivo de escándalo, nunca se podía hablar con naturalidad al respecto. Por tanto, padecimos las consecuencias de interpretar mal, por su experiencia y a duras penas, lo que significa la vida en pareja.
A los seis años mi madre me llevaba junto con mis hermanos a clases de cualquier actividad recreativa que me entretuviera: órgano, judo, natación, tenis, pintura, guitarra, canto, cocina, hawaiano, gimnasia olímpica y ballet clásico. De todas las disciplinas anteriores –en su mayoría artísticas– la última fue la que más me estimuló. Las clases eran a la vuelta de mi casa, me iba caminando porque entonces no había tanta inseguridad en las calles.
Mi maestra se llamaba Bertita, una bailarina con formación rusa, canas pintadas de rubio y cuerpo de quinceañera. Era tan exigente en clase como dulce en su trato personal, y se volvió una de mis personas favoritas, de las que marcó mi forma de ver el mundo con delicadeza, disciplina y arte.
Además de entrenar en el salón con duela, espejos y barras de su casa, me invitaba a comer; cocinaba delicioso. También me hacía sentir que yo era capaz de vencer el dolor que sufría en los pies para fortalecer mis piernas y pararme de puntas. Me llevaba a ver, aunque fuera en video, ballets internacionales representando obras como El cascanueces, El lago de los cisnes o Coppelia. A sus alumnas nos contaba que su ex esposo le mandó operar las bubis porque casi todas las bailarinas son planas del pecho. Ella me inculcó la importancia de tener un cuerpo estético y llevar una alimentación balanceada, sin llegar a la anorexia.
Mi vida se llenaba con lo que ocurría en la cuadra: jugaba con los vecinos, a veces al doctor y con inocencia dejé que me exploraran; o a la bella durmiente accidentada, si me caía en el triciclo el príncipe me besaba y me salvaba.
Así se nos fue la tarde platicando a mí y a Roberto. Pasábamos de un tema a otro. Él me contó que se inició en las carreras también desde muy niño, le gustaban las motos y los autos por su familia paterna, aficionados a los coches. Su tío tenía un taller mecánico y un carro con el que competía. Se hizo adicto a la velocidad, la competencia y la adrenalina.
–Desde muy chavo deseaba ser piloto y triunfar a nivel internacional para continuar el legado de quienes eran mis ídolos, los hermanos Jiménez, pioneros mexicanos en la máxima categoría; ambos dejaron de existir trágicamente en las pistas por los años sesenta, misma década en la yo nací. La diferencia con ellos eran los recursos económicos que yo no tuve para iniciarme desde temprana edad –explicó Roberto.
–¿Cuál ha sido el motor de tu carrera? –le pregunté.
–Mi familia es el motor de mi vida y la meta. Aun cuando vivo lejos, ellos están conmigo. Siempre han creído en mí incondicionalmente, durante toda mi trayectoria han estado presentes aunque sea con una llamada para felicitarme o animarme. Sin ellos jamás habría arrancado, ni mucho menos recibido una bandera a cuadros.
Se sentía orgulloso al hablar de sus inicios. Su papá financió su primer coche con la condición de que continuara sus estudios académicos. Me contó que usó unos guantes y casco de moto prestados para su debut en Fórmula Nacional. Tenía talento pero no ganaba.
–La Fórmula K era la máxima categoría pero eran otros tiempos y las condiciones de las pistas no eran buenas, ni la seguridad. Nadie se quejaba, era lo que nos tocaba. Después continué en la Fórmula Ford y en 1983 debuté como Novato del Año. Fui subcampeón en 1986, tercer lugar en la segunda temporada de Fórmula K. Luego fui a Europa para comprar refacciones y mi visión del futuro cambió para siempre.
Lo escuchaba atenta, sin entender ninguna “fórmula” de sus carreras aunque en mi familia también había afición a los autos. Mi papá tuvo pista de Go Karts por mucho tiempo y desde que mi hermano tenía cinco años manejaba con pericia, pero creció frustrado ante su deseo de convertirse en piloto profesional. Por eso contarles que había conocido a Roberto Quintana les causaría envidia.
Yo odiaba los coches porque representaron la manipulación de mi papá para demostrar su cariño y hacer diferencia entre cada miembro de la familia, dependiendo del modelo que nos regalaba. Recuerdo que mi primer coche fue un Volkswagen rojo, después le quitó a mi mamá su Mustang para dármelo a mí. Cuando me fui de la casa para siempre, me quedé con un Chevy, que luego fue Pointer y terminó en Sentra; también tenía que ver con las posibilidades económicas del momento. Hasta que un novio, con quien viví casi tres años y de quien hablaré más adelante, me compró un BMW.
Quedaba poco tiempo después del postre para que me tuviera que ir con mi productor y coautor a trabajar, pero quise estar más tiempo con Roberto; creí que si él no tenía otro compromiso en ese momento sería buena idea que me acompañara a la grabación. Lo invité y aceptó.
Nunca había grabado frente a alguien que no fuera mi coach o el ingeniero de audio. Esta vez tenía un poco de nervios pero a la vez esa sensación adolescente de lucirme frente a quien quería impresionar. Me metí a la cabina, me quité los zapatos, bajé la intensidad de la luz, bebí agua, me puse los audífonos y comencé a repasar las letras que esa noche grabaríamos. La primera canción se llama “Gitano”, dedicada al bailaor español más seductor que he conocido, y el segundo título “El hombre de mi vida”, curiosamente no se la escribí a nadie en particular pero sentía que tal vez él estaba frente a mí, escuchando detrás del cristal mis deseos e ilusiones.
Era de madrugada, y las ganas de seguir juntos permanecían en ambos. Decidimos cenar en uno de mis lugares favoritos porque están abiertos las 24 horas: sirven buen vino, mariscos frescos, caracoles, ensaladas y un soufflé de chocolate que tarda 30 minutos en el horno pero merece la espera.
Me fui a dormir satisfecha y feliz, había pasado una tarde haciendo lo que me gustaba y compartiéndolo con un hombre especial que disfrutó conmigo, o que quizá no tenía algo mejor que hacer en ese momento para distraerse de la soledad que le causaba el abandono de su esposa y el extrañamiento de sus hijos.
Desperté temprano para ir al llamado de la telenovela que estaba haciendo con una participación especial junto al primer actor a quien le dan siempre papeles de villano, Kiko Roca. Mientras esperaba mis escenas en el camerino recibí un mensaje de Roberto deseándome bonito día y proponiendo que nos viéramos de nuevo cuando terminara de grabar.
Así fue, lo alcancé donde estaba con sus amigos y después me siguió con su chofer a mi departamento para que no manejara sola de noche. Todavía queríamos decirnos muchas cosas pero yo tenía un dilema, ¿hacerlo pasar y que se asustara por mi desorden o quedarnos platicando por horas en el estacionamiento?
Me aguanté la vergüenza de que viera libros, papeles, ropa y trastes por todos lados, se me hacía peor dejarlo ir o la incómoda descortesía de conversar rodeados de autos (aunque para él tal vez eso era más habitual que mi desmadre, es alguien extremadamente cuadrado, estructurado y ordenado). Y no huyó.
Siempre he creído que en el periodo de quedar bien cuando conoces a alguien es mejor mostrarte como eres y no decepcionar después; es parte de la opción que cada uno tiene de aceptar o rechazar algo antes de esperar que el otro cambie.
Tuvo que esquivar algunas cosas que tenía tiradas para llegar al sofá de la sala, donde ocurrió nuestro primer beso. Enseguida supe cuál sería la siguiente escena, pero nunca imaginé que a sus 48 años le llamaría a su mamá a media noche para avisar que se quedaría a dormir conmigo.
Amanecimos acalorados, mi departamento no tiene aire acondicionado; desayunamos algo ligero y antes de irnos cada quien a hacer sus cosas, le pregunté: “Si no regresas, ¿me dices por qué?” Me miró extrañado y enternecido por la naturaleza de mi pregunta, él no sabía de mi miedo al abandono. Le enseñé fragmentos íntimos de los diarios que conservo en cajones bajo mi cama, para dormir sobre mis pensamientos. En broma me preguntó si ahí también guardaba juguetes sadomasoquistas. “¿Te gustan?”, respondí con otra pregunta. Quería aprender más de la conducta masculina que suele aterrarse cuando se involucra con una mujer intensa. Sabía que cuando te entregas a un chico después de la primera cita es muy posible que no te vuelva a buscar para algo serio, pero ambos nos dejamos llevar por lo que estábamos sintiendo sin medir las consecuencias de la velocidad.
Él se fue a casa de quien podía ser mi suegra y yo a grabar la telenovela. Una sensación de bienestar invadía mi cuerpo pero no quería emocionarme demasiado pues apenas era el comienzo de algo que incluso podía haber terminado: ninguna relación es segura aunque tenga título.
Camino a la televisora encontré mucho tránsito, encendí el radio para escuchar Al aire con Elena por la 69.G. Es el programa de una psicóloga que separa a los que se odian y une a quienes todavía se aman. Me identifico mucho con ella porque le pasan casi las mismas cosas que a mí. Da muy buenos consejos, aunque a veces me cae el veinte un poco tarde; entonces pienso que me hubiera gustado oírla antes de estar en ciertas situaciones, del tipo que te dejan enseñanzas sólo después de varios golpes.
Cuando sintonicé la estación estaba la canción que dice: “Harta de patanes, me levanté un día, me preparé un café, sin miedo a ser herida. Dejé el traje de heroína en la tintorería, sin perder mi fuerza ni mi autonomía.” Pensé: “¿Cuántas mujeres salen a la calle todos los días con una fingida armadura y aparentan que son muy fuertes y no necesitan de nadie para sobrevivir, pero en el fondo lo que tienen es mucho miedo a ser heridas?”
A veces me he sentido así, impotente ante una sociedad machista que quiere tirar tus méritos cuando eres mujer y compites con ellos. Al terminar el tema musical la locutora, Elena Torres, dijo:
Atención, mujeres que están pensando en casarse, piénsenlo dos veces antes de que sean víctimas de la presión social hacia un matrimonio destinado al fracaso. Descubran las bondades y desventajas de la soltería para que nunca pierdan su autonomía ni vayan a caer con las artimañas de un patán. Yo estoy segura de que todas hemos tenido por lo menos uno de esos en nuestra vida. Por favor llamen al teléfono en cabina, o escríbanme a twitter @alaireconelena, y díganme: ¿cuál es su definición de esta especie tan nociva para quienes todavía creen en el amor?
Al instante comenzaron a llamar muchas mujeres solitarias que necesitaban desahogar coraje, resentimiento y desamor:
–El que hiere tu corazón y tu alma –dijo Roxana, de oficio manicurista, y la primera radioescucha que llamó.
Entró otra llamada:
–Un hombre egoísta que no tiene palabra, que dice que quiere estar contigo toda la vida, tener hijos y a la mera hora sale con que su mamá dice que siempre no… Yo creo que eso no es un patán, sino un ¡pocos huevos! –de profesión veterinaria y enfadada con su ex novio.
De repente se escuchó la voz de un hombre que quería dar su opinión, no tenía acento amanerado pero dejó muy clara su definición:
–¡Es un pinche puto que no sale del clóset y engaña a todos los demás!
Elena se reía por las insólitas expresiones de su público y respondía compadecida por las víctimas que compartían sus sentimientos al aire; eran tantas las llamadas que no le dio tiempo de escuchar todas. Leyó algunos tuits que recibió con insultos y quejas acerca de los hombres que maltratan a las mujeres, de los cínicos que se consideran patanes o de los gays que también tienen sus patancitos.
Algunos nombres propios que personificaban al patán en turno de las radioescuchas.
–¡Juan! ¡Toño! ¡Eugenio! ¡Sebastián!
Elena continuó leyendo:
–Ególatra, irrespetuoso, lo contrario de un caballero, el que siente que no lo merece el mundo pero él merece todo; gandalla, abusivo, rufián, estafador, blofero, sin vergüenza, burdo, sin moral ni escrúpulos, ventajoso, alevoso, nocivo, naco, confianzudo, malandrín, cerdo, infiel, precoz, pobre diablo.
Me imagino que si había hombres escuchando esta emisión, una de dos: o se estarían sintiendo de lo más ofendidos, o se reían a carcajadas. Creo que a los hombres les gusta que los maltratemos un poquito, igual a nosotras, ambos somos un poco masoquistas pero, ¡ojo! Porque para arrastrarse están las víboras y tampoco hay que pasarse. Pero los adjetivos y las calificaciones seguían:
–El que desconfía de su mujer cada vez que no está con él. Muchacho con intenciones malditas disfrazadas de amor. Ignorante de la mujer y de sí mismo. Canalla con mala vibra. El que no valora cómo eres y te subestima. Machista engreído. Hombre que hace lo que quiere con la mujer que se lo permite. Padrote, el que tiene miedo al compromiso y varias mujeres para demostrar su hombría. El que deja plantada a una mujer y no le importa romper su corazón. Sale con varias a la vez, con ninguna se compromete y a todas les dice que las ama.
¡Cuánta hostilidad en el ambiente! A mí lo que no me gusta de los hombres es que le pongan monedas al parquímetro y no se estacionen. Nos dan alas para apartar su lugar pero cuando volamos no aterrizan con nosotras, entonces azotamos solas.
Yo me pregunto, ¿la mujer también puede llegar a ser patana? Creo que por cada hombre mal educado, surge una mujer lastimada que se vuelve una cabrona en potencia, y que por cada cabrona que aplica su venganza en el siguiente hombre que pretende entablar una relación con ella, nace un patán. Es un círculo vicioso que debemos cortar si queremos llevarnos bien.
Es a las mujeres a quienes, desde el hogar, nos corresponde educarlos para que sean respetuosos, valoren a su madre, a sus hermanas, a su abuela. Si lográramos erradicar tanto el machismo como el feminismo, buscando la manera de equilibrar nuestras fuerzas masculina y femenina dentro de cada ser, sin importar si se es hombre o mujer para complementarnos, las relaciones serían más sanas.
Después Elena dio su punto de vista:
Según wikipedia, patán es la lengua de Afganistán o uno de los dioses mayas del inframundo. Pero según la Real Academia Española, dícese de un hombre ordinario y rústico. Algunos sinónimos: palurdo, soez, grosero, tosco, paleto. Pero la definición más neta me la dio un tío cuando me dijo: “Patán es aquel que te quiere coger y tan tan.”
¡Caramba! Yo creo que lo de coger está bien, ¿pero el tan tan? Ahora que si piensan comerse a un patán, ¡por lo menos disfruten de su tan tan! Si tan sólo fueran más honestos en el planteamiento de sus coquetas intenciones, nosotras seríamos más abiertas y crearíamos menos expectativas al decidir compartir nuestro cuerpo, sin lastimar o lastimarnos.
Ahora entiendo lo que decía mi abuelita, quien pasó su juventud preñada y enviudó cuando esperaba a su doceavo hijo: “Abran bien los ojos y cierren bien las piernas.” Pero disléxicas como somos, entendemos al revés. Por eso el último consejo que dio Elena fue: “Si se van a comer a un patán, por lo menos disfruten de su tan tan.”
Me encontré en el artículo de una revista las estadísticas de mujeres casadas entre los 18 y 60 años en México.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), únicamente 39.6 por ciento de la población femenina está casada, por lo que el otro 61.4 por ciento está juntada, divorciada, viuda o supersoltera.
Yo formo parte de la estadística y pertenezco al último grupo. A mis 33 años el amor es libre, o sea, free lance. Todavía no firmo mi exclusividad con nadie y no necesito hacerlo para comprometerme. El problema es que los hombres no están acostumbrados a lidiar con mujeres tan independientes: se intimidan y se van. ¡Peor aún!, algunos son incapaces de ser el pilar de una familia.
Mientras me maquillaban en el foro pensaba en Roberto. Me pareció un hombre bondadoso, caballeroso, limpio en todos sentidos y me sorprendía su transparencia para dejar ver sus sentimientos. Yo no me percaté de la etapa vulnerable por la que estaba pasando. Él juraba que no volvería con su ex, lo veía muy difícil, aunque yo le conté de un ex novio que decía que era imposible que volviera y diez años después regresó un tiempo con ella. Simplemente se rio.
Cuando estaba en el camerino estudiando los diálogos de mis escenas, recibí un mensaje de Roberto en mi celular que decía: “Me encantó haber estado contigo.”
Me sonrojé con picardía, nació en mí la esperanza de tener algo más con él.
No dejaba de mirar el reloj, mis llamados de la telenovela terminaban tarde y quería acelerar el tiempo para encontrarnos de nuevo. La siguiente cita fue esa misma noche, algo excéntrica y romántica. Me asombraba la disposición de tiempo que Roberto tenía para conocerme, su interés tenía un motor bastante potente.
Cuando estás muy ocupada pero quieres ver a alguien, inventas tiempo o se lo robas a la noche. Nos hospedamos en un hotel cerca de mi casa para que él no volviera a sufrir eso a lo que yo estoy acostumbrada: el calor infernal de mi departamento mal ventilado, hecho por arquitectos modernos que se ahorran lo que sus habitantes ni pagando pueden arreglar. Solamente pasamos a la sala de la suite; en la mesa había un arreglo floral de muy buen gusto, creí que era parte del hotel pero descubrí que él lo había pedido para mí.
Parecíamos dos seres identificándonos en cada historia que nos contábamos. Siempre dijo que yo triunfaría en mi carrera, le recordaba sus inicios. Ambos aprendimos a ser autosuficientes y padecimos el divorcio de nuestros padres. Platicamos hasta que sonó la alarma que había puesto previniendo quedarme dormida, sorprendida de lo distinto que era de los demás hombres que había tratado. Con la misma ropa que traía puesta me fui a grabar sin habernos recostado un solo instante. Esta prueba me dictó que entre nosotros había más que atracción física, definitivamente él no era un patán.
¿Y de qué tanto hablamos? Hicimos un recorrido cronológico de experiencias familiares que marcaron nuestra vida profesional desde la infancia y la adolescencia hasta los distintos trabajos que los dos realizamos para ahorrar e invertir en nuestro sueño. Los dos venimos de familias disfuncionales de clase media, llegamos a estudiar una licenciatura truncada, él ingeniería mecánica y yo filosofía y letras, porque para ambos el factor tiempo en nuestras carreras es importante. Por eso el “sacrificio” de la soltería: la vida social distrae cuando tienes metas que exigen alto rendimiento y disciplina.
Frente a mi casa, en la que crecí con mis papás desde que era bebé hasta los 18 años, vivía un viejito que me ofrecía chocolatitos y a cambio me pedía merengues que yo misma hacía. Aún recuerdo la receta de lo que fue mi primer negocio, una auténtica merenguera: 1 taza de clara de huevo, 3 tazas de azúcar, ralladura de 1 limón, engrasar las charolas con mantequilla, prender el horno a 200 grados, preparar la mezcla lentamente en la batidora, hacer la fila de merengues con una cuchara y dejarlos cocer durante una hora. Voilà!
Me salían cien piezas y vendía tres por cien pesos; los ponía en la tapa del pan transparente y muy honda para llevármelos a un tianguis los sábados y venderlos. A mi tocaya, mayor que yo por un día, la motivaba a que hiciera galletas y ofreciéramos nuestra mercancía. Éramos las niñas emprendedoras, nos compraban todo seguro porque les causábamos ternura. Lo curioso es que nadie me obligaba a hacerlo, no tenía necesidad, como esas niñas que veo en las calles en la noche ofreciendo chicles y siento coraje; al contrario, a mí me producía placer ganarme diez mil pesos.
Con esta amiga compartí muchas historias arriba del árbol junto al kínder frente a su casa; era mi cómplice y víctima en todo. Cuando teníamos 12 años rentábamos motos a escondidas. En su casa nunca se daban cuenta de nuestras travesuras y ella era la única amiga con la que me daban permiso de quedarme a dormir. Ahora ella está felizmente casada con quien fue su novio desde la secundaria y tienen una hija rubia con ojos azules, será porque su carácter es más dócil que el mío.
Lo difícil de mi infancia fue que yo era precoz y me desarrollé antes que mis compañeras de la escuela. Entonces sentía que me veían raro, pero más bien yo era la que se sentía rara porque cuando todavía creía en los Reyes Magos, tremendo regalo recibí un 6 de enero: mi primera menstruación. Mi mamá ni siquiera me había explicado que eso me ocurriría; me asusté mucho y sentí pena al contarle lo que me había pasado, hasta que me dijo que era natural. No sabía cómo compartirlo con las niñas de mi edad quienes tardarían más años en experimentar drásticos cambios en su cuerpo como los que me sucedían.
A los diez comencé a usar corpiños notables abajo del uniforme. Un día me rasuré las piernas salvajemente con un rastrillo que me arrancó la piel y corrió sangre por la regadera. Copiando lo que estaba de moda en las niñas mayores, me hice permanente en el cabello para tenerlo chino; en la estética se negaban a hacerme más allá de un corte de cabello pero no les estaba pidiendo permiso; yo misma pagué por dicho servicio y al rato todas las demás de mi clase acudieron para hacerse lo mismo.
Me gustaba ahorrar, mi papá acostumbraba darme mi domingo y premio mensual si le entregaba puros nueves y dieces en mis calificaciones; bastaba un ocho para perder ese estímulo económico. Desde entonces aprendí a ganarme las cosas materiales, en vez de crecer sabiendo que las merecía; me da mucha pena pedir lo que requiero y crecí con la necesidad de demostrar a los demás que yo era capaz.
Desde la primaria me costó trabajo encajar en grupos de mujeres: aunque me juntaba con ellas, siempre sentía que yo no era igual; me excluían de los bailes y obras de teatro, como si no fuera lo suficientemente buena para pertenecer; aunque por otro lado, tenía mucho éxito con los chicos; hasta que en la secundaria los intimidaba porque tenía la estatura que hoy tengo –1.68 m descalza–, pero ellos todavía no se desarrollaban; después me rebasaron por cabezas.
A los hombres que atraía era a los de generaciones más avanzadas, los compañeros de mis hermanos, y a mí también me atraían ellos. Y aunque no me correspondía vivir ciertas cosas, experimenté a partir de varias desilusiones amorosas.
Otra consecuencia de este rápido crecimiento físico fue la crisis emocional: no entendía por qué mis amigas se alejaban de mí. Nos decían: “Blanca Nieves y las siete enanas”, eran sentimientos propios de la diferencia llamados celos o envidia. No era mi culpa tener un cuerpo de 18 cuando apenas había cumplido 12 años, pero aprendí a vacunarme contra el daño que me causaba su rechazo.
Comencé a excluirme de los grupos donde mi presencia no era grata y preferí ser una mujer solitaria, poner a prueba a la gente que quería estar conmigo por quien yo era, y no por con quien me juntaba. Nunca olvidaré cuando llegué a un partido de futbol y alguien gritó frente a mí: “¡Escondan a Mariana!” Mi intención nunca fue robarles a sus novios, pero no sabía cómo ocultarme para que ellas no me rechazaran. Era dolorosa la discriminación que padecía por ser distinta al estándar.
Roberto me contó que él también fue un niño diferente a los de su edad. Su manera de canalizar los dramas familiares era fugándose en la velocidad. Las niñas le gustaban pero no eran su prioridad, no lo fueron ni siquiera cuando entró en un mundo lleno de atractivas edecanes.
Lo que marcó su vida emocional fue encargarse de las mujeres de casa: dos hermanas y una madre conflictiva, que aunque era su fan número uno estaba unida a un hombre que maltrataba a sus hijastras, mientras se acababa el dinero que el padre de Roberto había dejado para el sustento de sus hijos cuando él y su madre se divorciaron. Su padre, ya divorciado, tuvo varias mujeres y era adicto al alcohol. Roberto lo sacaba borracho y orinado de las cantinas cuando tenía 14 años. Su madre en casa leía el tarot a quienes llamaba “pacientes”.
Su sueño era la única salvación para todos los de su sangre, por eso abandonó su país. A principios de los ochenta, Roberto se paró frente a la recta principal de Brands Hatch, en Inglaterra, y supo que debía correr ahí. Vendió su remolque con los coches que tenía y dio un enganche para un equipo de Fórmula Ford europea como pago de la temporada, pero al no concretarse el patrocinio en México perdió buena parte de su dinero y quedó encallado. Perseverante, se hospedó en Holanda, a donde llegó de Inglaterra en la cabina de un tráiler y trabajó como mecánico para pagar su manutención. También fue bar tender en un hotel para ahorrar y buscar nuevamente la oportunidad de subirse a un coche.
En mi caso, me refugié en la danza, al no entender la vida de otra manera que evitando pensar en ella, mientras mis padres hacían cada vez más evidentes sus problemas. Yo tomaba clases de ballet y jazz toda la tarde, sólo iba a casa a comer; cumplía con mis tareas, pero me concentraba en tener más elasticidad con ejercicios extraordinarios que me forzaban a estirar al tope mis músculos y articulaciones, a veces provocándome desgarres. Bailaba frente a la televisión las coreografías de mis videoclips favoritos, los grababa y repetía hasta que me aprendía las coreografías de Michael Jackson, su hermana Janet o raperos como Vanilla Sky.
Mis primeras lecciones fueron en una academia donde todos los maestros eran bailarines activos y gays, a quienes conviene imitar para encontrar tu propio estilo. Me integré al grupo de mi hermana y sus amigas; eran clases privadas, me dejaban lugar atrás del salón; era como la mascota del equipo y fui la única que continuó profesionalmente.
Ensayaba los fines de semana y el precio de mi entrega a esta pasión implicó más rechazo de algunas amigas: “No llamen a Mariana, seguramente está ensayando”. Y ese rechazo se convirtió en admiración cuando vieron los resultados de mi esfuerzo, que además era una terapia en la que yo canalizaba los problemas de mi familia. En el mismo estudio conocí a Karen Bustillos, quien a sus 21 años y yo 16, fue mi socia en nuestra propia escuela y coreografiamos espectáculos de hoteles y certámenes estatales de belleza.
Terminó el llamado de la telenovela y me fui a descansar a mi casa. Esa noche no vi a Roberto porque él tenía otra cita a ciegas que nuestro amigo común, Rubén, le organizó. Aunque decentemente Roberto me lo contó después, pensaba que si ya estaba saliendo de manera formal conmigo, era mejor que me enterara por él y no me llegara el chisme por otro lado. Luego le pidió a Rubén que ya no le presentara a nadie más porque se había enamorado de mí. Pero ese día su ausencia me intrigó.
Antes de dormir escribí en mi diario, costumbre que tengo desde hace seis años, las impresiones del día y lo feliz que me sentía de haber conocido a Roberto. También hice una lista de los patanes que han marcado mi vida y lo que más me lastimó de ellos; no fueron muchos pero bastaron dos incidentes para determinar la patológica elección de las siguientes parejas que he tenido.
Ojalá todas las mujeres hicieran lo mismo para exorcizar sus demonios.
Si cada hombre que intencional o involuntariamente nos lastimó y por cobardía huyó sin reparar el daño, escuchara lo que pensamos de él, regresaría a pedir perdón o sería más consciente en sus siguientes aventuras.
Me quedé pensando en una pregunta que Roberto me hizo:
–¿Por qué te duran tan poco los novios?
Mi relación más larga fue con quien viví y estuve a punto de casarme pero no prosperó el compromiso.
–Quizá no he conocido a alguien que llene mi intensidad o un valiente que la resista –respondí; tal vez él como piloto de carreras sería igual o más intenso que yo; al menos la relación avanzaba velozmente.