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Toda la verdad sobre el bigote de las portuguesas

 

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La mención al bigote de las portuguesas pudiera parecer un chiste xenófobo de los españoles hacia nuestros vecinos peninsulares si no fuera por un pequeño detalle: aún es habitual cruzarse en las aldeas de Portugal con señoras que lucen un hermoso mostacho.

 

La costumbre de dejarse crecer el bigote y los pelos de las piernas tiene un origen colonial y, ahora sí, racista: los territorios del imperio portugués estaban principalmente en África —Cabo Verde, Mozambique, Guinea Bissau, Zanzíbar y Angola— y en América —Brasil— (amén de múltiples colonias en Asia y Oceanía), de modo que la población sometida era principalmente negra. Como es bien sabido, los negros son barbilampiños: apenas tienen vello corporal,* de modo que los portugueses (y las portuguesas) hacían alarde de su origen racial dejándose crecer el pelo de la cara, las piernas y allí donde saliera.

«Esto sucedía ya en el siglo XVI», me cuenta Catarina, la única portuguesa que ha accedido a romper la omertà sobre este peliagudo asunto para este artículo:

«Para diferenciarse de los negros, las portuguesas lucían un elegante bigote», explica.

«Lo curioso es que la gente más culta abandonó la costumbre hace un siglo, pero quedó como residuo en las zonas rurales y más atrasadas. Sin ir más lejos, la mujer que cuida la casa de mi familia en el pueblo luce un bigote que ya quisiera para sí Burt Reynolds

La colonización trajo a las calles de Lisboa la moda del bigote femenino; la descolonización, cuatro siglos después, extendió la costumbre capilar entre las clases más humildes. En 1975, tras la Revolución de los Claveles, Portugal pierde sus colonias en África —Cabo Verde, Guinea-Bisau, Mozambique, Santo Tomé y Príncipe y Angola— lo que desencadena el retorno de miles de portugueses a la metrópoli.

Una vez más, las portuguesas quieren demostrar su «blancura racial» ante sus compatriotas, así que desdeñan novedosos inventos de Occidente, como la Epilady y la cera, que ya es de uso común entre el resto de las portuguesas, y se dejan crecer los pelos en el pecho, en la cara y en las piernas.

No todos apoyan esta teoría, claro. Un profesor universitario de historia moderna portuguesa que prefiere mantenerse en el anonimato cree que la hipótesis es «peregrina» y que entronca con «un prejuicio de los españoles respecto a la belleza (escasa) de las portuguesas, un prejuicio que ya alimentó el escritor Juan Valera, que estuvo destinado como diplomático en Lisboa en el siglo XIX».

Sin embargo, la ilustre catedrática de Filosofía Portuguesa Pilar Vázquez Cuesta refería a sus alumnos —medio en broma, medio en serio— la teoría que explico sobre el origen del bigote de las portuguesas. Ligia Borges, profesora portuguesa afincada en Extremadura, también refiere la historia de los retornados de la Revolución de los Claveles aunque matiza que «se trata de una broma entre portugueses, no una verdad».

Cabe aclarar que las portuguesas no son per se más hirsutas que las españolas: todos los ibéricos venimos de la misma cepa. La diferencia estriba en que España apenas tuvo colonias en el África negra (tan solo Guinea Ecuatorial), de modo que no fue necesario para los españoles redundar en su origen caucásico, aunque bien visto, los indios también son barbilampiños...

 

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Un hermoso bigotón y unas piernas hirsutas fueron las señas escogidas por las portuguesas para demostrar al mundo que era blancas de pura cepa.

 

 

 

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André el Gigante, las aventuras etílicas del mayor borracho del mundo

 

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Además de poseer la capacidad innata por empinar el codo, muchos han sido los grandes bebedores que han llegado a las más altas cotas de éxito profesional. Y el mayor de todos es André René Roussimoff, más conocido como André el Gigante o La Octava Maravilla del Mundo. Y también coronado como «El borracho más grande sobre la faz de la Tierra».

 

André el Gigante es la encarnación perfecta de lo que significa ser un borracho de dimensiones colosales. Un hombre atormentado por su físico que encontró en el alcohol un camino para convertirse en el mayor luchador del mundo. Tan grande fue, que tuvo que luchar contra su propio destino.

Y sin parar de beber tragos amargos desde el primer día, aquel 19 de mayo de 1946, cuando este hijo de inmigrantes búlgaros y polacos nació en Francia diagnosticado de acromegalia, una enfermedad que había heredado de su padre y que hacía que su cuerpo produjera un exceso de hormonas de crecimiento.

Esta enfermedad puede producir la muerte prematura, pero en el caso de André también le generaba una gran cantidad de dolor, especialmente en la espalda. Una de las razones por las que André bebió tanto durante su vida era porque el alcohol fue su manera de lidiar con este dolor. A pesar de ello, los médicos dijeron que nunca llegaría a su 40 cumpleaños.

Pero esta no era la única razón de su gusto por la bebida. Al gigante le encantaba compartir jarana con grupos de amigos y salir de farra como si no hubiera un mañana; y siempre pagaba él, una postura muy propia de todo borracho social. Algo a lo que se aficionó a partir de 1973, cuando Roussimoff debutó en Nueva York como «André el Gigante» para convertirse poco después en el luchador profesional mejor pagado del negocio, pasando de ser un extraño francés con cara de niño y físico intimidante a un recalcitrante de la vida nocturna que causó asombro entre los promotores.

Se ha estimado que en esta época André el Gigante ingería 7.000 calorías de bebidas alcohólicas cada día. La cifra no incluye alimentos. Podía bajar una caja entera de latas de cerveza mientras iba al estadio en su remolque adaptado. Cobraba cerca de 20.000 dólares por cada aparición y se lo gastaba todo en juergas en la misma noche. No había quién tumbara a esa mole de 2,25 metros de altura y 250 kilos de peso, ni dentro ni fuera del ring.

La generosidad de André igualó su tamaño y siempre invitaba al resto de luchadores que le acompañaban. Sus escapadas nocturnas provocaron que la WWF le asignara un «ayudante» cuya única labor era la de asegurarse de que no le pasara nada. El mismísimo Hulk Hogan solía ocuparse de que André no se quedara sin alcohol en sus correrías. En una ocasión consumió 119 latas de cerveza durante un periodo de 6 horas. Bebió casi 40 litros; una cerveza cada tres minutos.

 

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Por la cuenta que te trae, procura que no se acabe la birra, rubito.

 

En otra gira por Pensilvania se bebió 127 latas de cerveza en el lobby de un hotel y se puso a dormir en el suelo. Dado que no podían trasladarle a su habitación, le cubrieron con una funda de piano y lo dejaron dormir en el vestíbulo. También en un episodio de WWE Legends of Wrestling, el luchador Mike Graham afirmó que una vez vio a André beberse 156 cervezas en una sola sesión, algo que fue confirmado por el también wrestler Dusty Rhodes.

Aunque a André se le conoce por su forma increíble de beber cerveza, básicamente bebía de todo. Cary Elwes, su compañero en La princesa prometida, afirma que solía pedir una bebida llamada The American, que contenía cerca de 1,2 litros de diferentes licores en una jarra. Podía tomarse fácilmente varias de ellas. También le daba al vodka, al coñac, al vino tinto...

Estando de gira por Japón, se bebió 16 botellas de vino que le habían regalado los promotores camino del estadio. Lo más increíble es que tuvo tres peleas esa noche; y nadie notó la ingestión masiva de alcohol durante el combate, que incluía una batalla real con 20 luchadores a la vez. Al final de la velada, André había sudado todo el vino, por lo que hubo que ir a buscarle varias cajas de cerveza para refrescarle.

 

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Desafortunadamente, a medida que pasaban los años, la enfermedad de Roussimoff le causaba cada vez mayores problemas y en 1986 se sometió a una cirugía para aliviar la presión en la columna vertebral. Dado que su tamaño hacía imposible para el médico estimar la dosis de anestésico que necesitaba, hubo que utilizar su tolerancia al alcohol («por lo general me tomo dos litros de vodka solo para entrar en calor») como referencia.

 

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Del Manual para Anestesiar a una Mole de 220 kilos: prueba con vodka

 

Fue entonces cuando su estatura fenomenal le llevó a hacer la película de Rob Reiner La princesa prometida, en el papel de Fezzik, el gigante apacible. William Goldman escribió la parte de Fezzik específicamente para André. Iba a hacer una sola escena y acabó haciendo la película entera, dejando un recuerdo indeleble en actores como Mandy Patinkin y Carey Elwes, con los que estuvo bebiendo durante muchas noches. Ambos fueron incapaces de igualar la ingesta de alcohol de André, pero sin duda lo intentaron, llegando muchas mañanas al rodaje con tanta resaca que hicieron enfurecer al director, Rob Reiner.

En 1992, André se había sometido a una complicada operación de rodilla que le hizo cada vez más pesado e inmóvil. Continuó peleando contra su enfermedad hasta un último combate en Japón ese mismo año. Pocos meses después, el 27 de enero de 1993, André el Gigante murió de un ataque al corazón en su habitación de hotel en París, donde se alojaba tras haber asistido al entierro de su padre, que había muerto una semana antes.

Tenía 47 años, 7 años más de los que le habían profetizado. Y eligió durante todo ese tiempo empañar sus días con tanta locura, diversión y alcohol como pudiera aguantar. En lugar de languidecer en la oscuridad, optó por caminar hacía el sol. Y siempre lo hizo con una cerveza en la mano.

 

 

 

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Un zoo humano en el Parque del Retiro

 

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La gente bien del Madrid de finales del XIX pudo ver a los indios filipinos haciendo «sus cosas» en el Retiro. Un cartel avisaba: «No den de comer a los salvajes».

 

A finales del siglo XIX se puso de moda exhibir tribus indígenas del mundo entero en las capitales europeas: «negros salvajes» en Barcelona, fueguinos en París o filipinos en Madrid. Fueron los llamados «zoológicos humanos», sucesores de los freak-shows con coartada etnográfica. Como si se tratara de animales o, en cualquier caso, de seres inferiores, los europeos admiraban la pureza y sencillez de aquellos seres llegados de ultramar, así como su resistencia al frío. Ni tanto: uno de cada diez indígenas filipinos exhibidos en el Parque del Retiro murieron en la tournée.

España llegó tarde al negocio de los zoológicos humanos. No en vano, cuando empezó la moda el imperio español estaba muy mermado —apenas Cuba, Filipinas y el Sáhara Occidental— mientras el inglés y el francés campaban por sus respetos en Asia y África. El invento del zoo humano hay que atribuírselo a un alemán, Carl Hagenbeck, mercader de animales salvajes, que decidió incorporar nuevos ejemplares a su repertorio: samoanos en 1874 y nubios en 1876.

Según cuenta el investigador Christian Báez Allende en su libro Zoológicos humanos: fotografías de fueguinos y mapuches, en mayo de 1887 llegaron 55 indígenas filipinos a Madrid, vía Barcelona, incluyendo «algunos igorrotes, un negrito, varios tagalos, los chamorros, los carolinos, los moros de Joló y un grupo de bisayas». Según reseñó el diario El Imparcial en aquellas fechas: «En su constitución, en su aspecto, en su lenguaje, en sus maneras, en sus costumbres en su color y hasta en sus trajes, esos compatriotas nuestros difieren grandemente de los filipinos más civilizados y hasta ahora conocidos».

 

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Los salvajes filipinos fueron exhibidos cerca, pero no dentro, de la Casa de Fieras, el proto-zoo de Madrid que funcionó hasta la década de los setenta del siglo pasado. Para ambientar la muestra se trajeron también productos típicos, plantas y animales del archipiélago asiático. Los miembros de las tribus vivían en cabañas y los visitantes accedían al recinto pagando una entrada de 1 peseta.

El salvajismo de los indígenas se puso de manifiesto rápidamente, cuando los igorrotes sacrificaron un cerdo para rociar las viviendas con su sangre. En esto del salvajismo siempre ha habido grados: los indígenas filipinos estaban divididos en dos grandes grupos: por un lado, estaban los «salvajes» (igorrotes y «negritos») y, por otro, más afines a la colonia y más próximos al «Dios bueno», los «indios», que profesaban la religión católica.

 

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Por suerte, el tratamiento recibido por los filipinos fue mejor que el de la mayoría de los tours indígenas que giraban en aquella época por Europa. Por ejemplo, las puertas del Palacio Real de Madrid se abrieron a los exóticos visitantes, siendo recibidos en audiencia por la infanta Isabel y la regente María Cristina. Por si fuera poco, los filipinos pudieron volver directamente a su tierra en barco, pues fue denegado su «préstamo» a una exposición parisina. Eso explica la baja mortalidad de la exposición —4 de 55—, muy inferior a la habitual en este tipo de feriados.

Si los filipinos hubieran continuado su tournée por París posiblemente hubieran llegado tan mermados como los fueguinos que al año siguiente fueron exhibidos en la Exposición Universal de 1889 (sí: la misma en la que se presentó en sociedad la Torre Eiffel). Del once titular solo volvieron seis.

En la Exposición Universal de Bruselas (1897) las jaulas de los negros traídos del Congo exhibían carteles que rogaban «No dar de comer a los negros. Ya están siendo alimentados por el Comité Organizador». Afortunados ellos: los habitantes del Congo Belga, que era así como el jardín tropical del rey Leopoldo II, sufrieron las mayores salvajadas del colonialismo europeo en África, y eso que la competencia por tan deshonroso título era feroz.

Los zoológicos humanos siguieron funcionando hasta bien entrado el siglo XX, cuando empezaron a ser considerados degradantes para la dignidad de los exhibidos.

 

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Cinco belicosos candidatos al Nobel de la Paz (y uno lo ganó)

 

El típico día que propones de coña a Henry Kissinger como Nobel de la Paz y los suecos van y se lo conceden. Menos mal que con Hitler y Stalin no pillaron la broma porque si no a estas alturas se lo estarían otorgando a Obama wait a minute!

 

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Cuatro iconos españoles más vascos que el bacalao al pil-pil

 

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Es momento de desenmascarar a esos símbolos patrios que en realidad son tan vascos como el txakoli o los bertsos. Porque si te creías que no hay nada más typical Spanish que esa postal con una joven gitana flamenca, que decora el bar donde juegas al mus y comes tortilla de patata, tenemos noticias para ti: estás rodeado de elementos de origen vasco.

 

La tortilla de patata

En España existen dos tipos de tortilla de título indisputable: la tortilla francesa, únicamente de huevo batido, y la española, de huevo con patatas. Y luego están todas las demás combinaciones de huevo con lo que sea que pillemos en el frigorífico.

Y al parecer, la tortilla de patata es de origen vasco. Cuenta la leyenda que fue el general carlista Tomás de Zumalacárregui quien inventó la tortilla de patatas, un plato sencillo, rápido y nutritivo con el que alimentar y fortalecer al ejército carlista durante el sitio de Bilbao (1835-1836). De este modo, la tortilla de patata empezó a difundirse durante las primeras guerras carlistas hasta convertirse en un plato típico de la gastronomía vasca y española.

Aun así, a pesar de la leyenda, es lógico pensar que desde que la patata aterrizó en España y toda Europa, ya habría habido alguna ama de casa en el país a quien se le hubiera ocurrido mezclar con el huevo tan novedosos tubérculos venidos de ultramar, aunque solo fuera una vez y a modo de experimento.

 

La bailaora flamenca de las postales de las tiendas de suvenires

Quizá no exista icono más unido a nuestra patria que una bailaora flamenca estampada en una postal o que posa en forma de muñeca encima de la televisión; ese recuerdo tan castizo que los turistas extranjeros se llevan a casa o regalan a sus familiares y amigos.

Pero resulta que esa flamenca que empezó a aparecer en las postales de las tiendas de suvenires de España a partir de finales de los años sesenta poco tiene de andaluza o gitana, pues es vasca de pura cepa. Se trata de Arantxa Arzak, una donostiarra con un arte increíble sobre el tablao flamenco y cuyas fotos fueron utilizadas para crear estas postales.

La foto de la entonces joven de 16 años que aparece en miles de recuerdos fue tomada en la sala de fiestas El Relicario de Lloret de Mar, donde había ido para triunfar en el mundo del baile español. A partir de ahí, las postales con la foto de Arantxa empezaron a venderse por todas las tiendas de suvenires españolas, pudiéndose encontrar todavía hoy en día en muchas de ellas. Y nunca recibió un duro por ello.

 

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El Talgo

¿Sabías que Talgo es el acrónimo de Tren Articulado Ligero Goicoechea Oriol? Así es, posiblemente el invento español más proyectado internacionalmente durante el franquismo, el catalogado como el más alto exponente de la tecnología española, es vasco como un zurrón. Debe su nombre a su diseñador, el guipuzcoano Alejandro Goicoechea, y al financiero bilbaíno que puso los dineros para su materialización, José Luis Oriol Urigüen.

 

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El primer modelo fue fabricado en los talleres Hijos de Juan Garay, en Oñate (Guipúzcoa), para luego mandarse a EE.UU. donde fliparon literalmente con su diseño de cabeza de tiburón. Allí se construyeron los trenes (en España no había la tecnología necesaria) bajo la supervisión de ingenieros vascos, para luego ser trasladados a España en barco y convertirse en la cabeza de lanza de promoción del turismo que fecundara nuestras costas.

Así, el caudillo Francisco Franco inauguraba su primer servicio con un trayecto entre Madrid y Valladolid el 2 de marzo de 1950, para comenzar un viaje que hoy sigue raudo con los modelos para alta velocidad que pueblan nuestras vías. Aunque por el camino se han quedado viejos y recordados modelos, como ese entrañable Talgo III, el de la franja roja y el exterior de chapa ondulada, que incluso cambió la forma en que nos referíamos a los trenes: «No he venido en el tren; he venido en el Talgo».

 

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El Caudillo quiso probar en sus propias carnes las bondades de los «polvos del Talgo».

 

El mus

Un bar, cuatro hombres sentados en una mesa fumando cigarrillos y puros uno tras otro, bebiendo vinos y jugando al mus. Una estampa que se ha repetido —hasta la llegada de la ley antitabaco— en innumerables tascas del país. Pero el célebre juego de naipes que incluso ha cruzado el Atlántico tiene su origen entre las verdes montañas vascas.

El mus ya se jugaba en el País Vasco allá por el siglo XVIII y con los años, se fue extendiendo poco a poco por el resto de la Península, con diversas variaciones en la baraja y las reglas.

 

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«Que vayan pasando esos maketos, que van a enterarse de lo que vale un Rey de Vascos.»

 

Se dice que el nombre «mus» deriva del euskera musu, que puede significar beso, hocico, cara, labios o visaje, o mustur (morro), empleado para hacer señas entre las parejas para comunicar las cartas, aunque el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española afirma que la palabra «mus» proviene de mux, euskera, y esta, a su vez, de mouche, mosca, en francés.

 

 

 

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La barba es de izquierdas y el bigote es de derechas

 

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Es un hecho incontrovertible que la barba ha sido tradicionalmente un patrimonio de la izquierda, del proletariado, de los descamisados, que diría Alfonso Guerra (quien, por cierto, siempre lució rasurada su tez). Sin embargo, de unos años a esta parte la derecha ha ido apropiándose sibilinamente de este hirsuto complemento y ya no está mal visto que un cachorro de Nuevas Generaciones adopte este atributo, siempre que no luzca desprolija, estilo Che Guevara.

Tal es así que el mismísimo Mariano Rajoy se convirtió en el primer presidente de la democracia (con perdón) en lucir una hermosa barba con la que no desentonaría en un bar de osos. Ni Adolfo Suárez, ni Calvo Sotelo, ni Felipe González, ni Zapatero lucieron barba; tan solo Aznar exhibió un poblado bigote, un distintivo mucho más identificado con la derecha, como veremos a continuación.

Auge y caída de la barba proletaria

La barba es un complemento del proletariado por el simple motivo de que es el estado natural de la cara de un hombre (caucásico) cuando hay dejación de afeitado. En la era preindustrial eran los caballeros, los burgueses y los militares quienes lucían una barba cuidada, mientras el pueblo llano —campesinos, tenderos y curritos— solían rasurarse, probablemente porque la barba puede ser un estorbo y un nido de mugre para según qué desempeños (imagina por un momento cosechar mientras tu barba captura el polvo y el polen de las espigas).

Pero los polos se invierten cuando durante el siglo XIX surge en Europa el lumpen-proletariado, etiqueta atribuida al barbudo Karl Marx. En los altos hornos y en las cadenas de montaje el personal empezó a dejar crecer sus barbas, convertidas en un distintivo político. En la España franquista, el mejor indicador de filiación sindical era una buena barba, a ser posible dejada crecer salvajemente, estilo Mato Grosso, como la lleva Cándido Méndez, un rojo de los de toda la vida.

 

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La reconversión industrial de los ochenta y el cataclismo industrial actual arrastraron consigo la barba sindicalista. Sin industria no hay obrero y sin obrero no hay barba que valga. Llevar barba identifica más a un hipster que a un izquierdista, lo que nos lleva a la pregunta pertinente: ¿son los hipsters de izquierdas? Traslado mi inquietud a David García, que reúne en sí la doble condición de barbudo y «hipsterólogo»: «Lo que determina la ideología de una barba es su corte, recorte o ausencia de. Los hipsters van aparte. Son hedonistas, frívolos y sin una filiación que vaya más allá de la que sienten por su camello.»

Este aserto no es compartido por Marcos D. Morales, estudioso del fenómeno piloso en general y del bigote en particular. Según Morales, «En general, los hipsters son neoliberales ocultos en una capa de izquierdismo. Vienen de familias bien de derecha liberal y en su etapa de libertarios pintan y esconden su neoliberalismo en barba y gafas».

«La barbaza es de izquierdas, pero la barbita puede llegar a ser de Vox», tercia Mikel López Iturriaga, alias el Comidista, ilustre bloguero, usuario de barba y, a la sazón, hermano de otro legendario deportista barbudo (ese rara avis), Juanma López Iturriaga. En los ochenta, solo el propio «Itu» y Rafa Rullán lucían vello facial en el basket nacional, mientras que la mitad de los jugadores del Real Madrid lucía una poblada barba. Más que un equipo de baloncesto, parecían el primer gobierno de Felipe González.

 

Por su bigote los conoceréis

Si la barba ha sido un rasgo distintivo de sindicalistas, hippies, mendigos y hipsters, es justo atribuir el bigote a las derechas, especialmente el «bigotito», como lo llevaba Sazatornil involuntario estereotipo de señor de derechas, gracias a Martínez el Facha o algunos de los dictadores más sanguinarios del siglo XX: Hitler, Franco, Pinochet, Videla, Sadam Hussein o Rafael Trujillo. No nos olvidamos del gran bigotón de Stalin, un plusmarquista del genocidio que demuestra que en esto de las dictaduras no caben distingos entre derecha e izquierda.

El bigote fino también delata al aviador, al oficial del ejército, al galán de Hollywood en blanco y gris, al guardia civil y al burócrata del franquismo… O al menos hasta que llegó Freddy Mercury y se apropió del aditamento piloso, para convertirlo en sinónimo de cuero, músculo sudoroso y carne de glory hole. Como dice Rossy de Palma en Kika: «Los hombres con bigote o son maricones o fachas. O ambas cosas a la vez».

 

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No es casualidad que Tejero y su inconfundible mostacho sea el guardia civil más conocido en la historia de la Guardia Civil: el bigote fue prácticamente institucionalizado por el Duque de Ahumada desde el mismo Big Bang de la Benemérita: «Que se observe que tanto los señores jefes y oficiales como las clases de tropa que tiene a sus órdenes, usen el bigote en todo el largo del labio, sin permitir ninguna clase de perilla ni patilla y que el pelo se lleve siempre cortado a cepillo», rezaba la ordenanza de 1844 que regula el aspecto de los agentes del tricornio.

 

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Aunque no existen estadísticas sobre la adiposidad pilosa de los guardias civiles (¿¡hasta cuándo la opacidad de la Benemérita sobre este asunto!?) podemos concluir que las probabilidades de que un picoleto —golpista o no— luzca bigote supera las de un individuo cualquiera del grupo control de los (no guardias) civiles.

Por otra parte, el hecho de que un baluarte de la corrupción en España responda al elocuente alias de «el Bigotes» tampoco nos debería llevar a engaño. El «sastre» de Paco Camps es tan de derechas como Stalin de izquierdas. Uno y otro hubieran puesto el cazo o hubieran montado un gulag apolíticamente y sin despeinarse el bigote.

Por supuesto, también existe el bigote sindicalista, aunque tiene una reminiscencia italiana. Bigote también usaba Gerardo Iglesias, la gran esperanza blanca del comunismo español en los ochenta, que subió de la mina al escaño (y vuelta), mientras su sucesor, el «califa» Julio Anguita, añadía perilla mora al bigote, lo que nos lleva a la última cuestión de este somero repaso.

 

¿Es la perilla una opción de centro?

La respuesta es no, claro. Ya hemos visto que el más destacado baluarte de Izquierda Unida, y aun hoy, lúcida conciencia de la izquierda española, siempre ha lucido una hermosa perilla con la que realzar su perfil moruno. La perilla, de hecho, ha sido más bien rasgo distintivo de los nobles y de los truhanes, como don Jaime de Mora y Aragón (métase en la categoría que más convenga) o Fernando Rey cuando interpretaba a algún taimado en el cine.

Y es que la perilla es propia de moros, villanos y piratas estilo Errol Flynn. La moda de llevar perilla tuvo su efímero momento durante la última década del siglo pasado, período de infausto recuerdo en el que los jugadores de la selección española de fútbol se conjuraron para acudir al Mundial del 94 ataviados con ese adorno canalla. Y de aquellas barbas, estos recuerdos: la sangre de Luis Enrique fluyendo sobre su perilla, vil y apolítica.

 

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¿Está España preparada para un presidente con coleta y perilla?

 

 

 

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Seis teorías de la conspiración 100% españolas

 

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¿Estaba vacío el ataúd de Jesús Gil? ¿Es inmortal Jordi Hurtado? ¿Se cargó el «Rey Campechano» a su hermano pequeño con una pistola que le regaló Franco? Todas estas preguntas y alguna más quedarán sin respuesta tras leer este artículo.

 

El ataúd de Jesús Gil y Gil estaba más vacío que las arcas del Atleti

Conspiración: Igual que Elvis, Kurt Cobain y el Fary, Jesús Gil y Gil está vivo. O por lo menos lo estaba hace diez años, cuando presuntamente falleció, acumulando 80 procesos judiciales pendientes y 150 kilos de peso. En su día fue muy comentado su sepelio, en el que ocho tipos no especialmente fornidos levantaban en volandas el féretro de Gil, prueba fehaciente de que estaba vacío, mientras su ocupante huía de la justicia en Venezuela, tal vez en compañía de su némesis, Ramón Mendoza.

Difusión: Profusa en su día pero casi olvidada hoy.

Verosimilitud: 1 entre 10. En el imaginario popular, Jesús Gil merecía un final más épico que un infarto. Genio y figura…

 

El rey Juan Carlos se cargó a su hermano Alfonso

Conspiración: El 29 de marzo de 1956, Jueves Santo, Alfonso de Borbón Dos-Sicilias murió a los 13 años accidentalmente mientras limpiaba una pistola en el palacio de Estoril donde vivían los Borbones exiliados por Franco. Hasta ahí la versión oficial sobre la muerte del hermano pequeño del monarca jubilado. La teoría de la conspiración que aireó el historiador Paul Preston es que la pistola la empuñaba su hermano, Juan Carlos. En 2003, el coronel Amadeo Martínez Inglés dio una vuelta de tuerca más al contubernio y acusó directamente al rey de disparar al benjamín, eliminando un rival potencial en la jefatura del Estado.

Difusión: Silenciada sistemáticamente por un proceso de autocensura colectiva.

Verosimilitud: Nula. Solo un linaje deshonesto, acaparador, mendaz y sanguinario sería capaz de llevar a cabo semejante tropelía y sin embargo…

 

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Jordi Hurtado es inmortal

Conspiración: El veterano presentador de Saber y Ganar murió hace tiempo (o nunca llegó a existir, según otras versiones) y lo que vemos en pantalla es una recreación tridimensional de su rostro (o bien, un enorme surtido de preguntas y respuestas que dejó grabadas para la posteridad antes de extinguirse). Los argumentos de peso que sostienen la presunta defunción de Hurtado los enarbola Mike Ibáñez, investigador del fenómeno conspiranoico: «Nunca ha cambiado de gafas, no ha perdido un pelo y no ha ganado arrugas». Por si fuera poco, el hecho de que jamás «comparta plano con nadie» en sus apariciones catódicas echa más leña al fuego.

Difusión: Soterrada, aunque pujante.

Verosimilitud: Nula (o casi nula, nunca se sabe). El propio Hurtado afirmó que los rumores sobre su muerte eran exagerados.

 

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¿Qué hace un cable de acero en mitad de una pista de esquí?

Conspiración: Alfonso de Borbón, duque de Cádiz y primo del Rey Campechano, murió en 1989 en unas circunstancias más que sospechosas: decapitado cuando practicaba esquí en la estación de Colorado en la que unas horas después se iban a celebrar los Campeonatos del Mundo de Esquí Alpino. La muerte se la produjo un cable de acero de 4 mm de grosor atravesado en mitad de la pista a 1,75 m de altura. Tan improbable resultó el accidente que el atestado del sheriff de Colorado no dudó en archivarlo como «homicidio».

 

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Difusión: Leve. Aireado solo a raíz de la publicación de El Borbón non grato, de José María Zavala, en 2009.

Verosimiltud: Medio-alta. Como diría Papuchi es «raro, raro, raro».

 

La Orquesta Mondragón es ETA

Conspiración: En la furgoneta que utilizaron los terroristas que ejecutaron los atentados del 11-M se encontró una cinta de la Orquesta Mondragón, que acabó mutando en una tarjeta del Grupo Mondragón (famosa cooperativa vasca), lo que reconducía la autoría desde los islamista de Al Qaeda hacia las provincias vascongadas, ergo ETA.

Difusión: Enorme, desmesurada. Especialmente por el empeño del diario El Mundo y, en menor medida, por el movimiento «espontáneo» generado en torno a los Peones Blancos y Hazte Oír.

Verosimilitud: Baja.

 

¿Aceite de colza o insecticida de Bayer?

Conspiración: En 1981 se produjo en España la intoxicación alimentaria más grave de nuestra historia: 700 muertos y miles de enfermos y afectados por el llamado «síndrome tóxico», supuestamente provocado por el consumo de aceite de colza adulterado. Diez años después, el documental alemán Poisoned lifes señaló como culpable a la multinacional Bayer, fabricante de un insecticida organofosforado para los tomates.

Difusión: Silenciada mediáticamente: TVE compró el documental en los noventa para no emitirlo.

Verosimilitud: Alta. Tiene todos los ingredientes para convertirse en el thriller político-económico de la Transición: investigadores honestos apartados, jueces sobornados, medios encubridores y políticos corruptos.

 

 

 

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¿De dónde viene la moda de los pantalones cagados?

 

¿De dónde procede la moda de llevar los pantalones a la altura de las corvas, mostrando impúdicamente glúteos y ropa interior? En realidad, la moda se inició en las cárceles de Estados Unidos: los reclusos tenían prohibido utilizar cinturones, un arma potencial contra otros reclusos o para autolesionarse.

Los afroamericanos hicieron de la necesidad (de cinturón) virtud, y empezaron a llevar también los pantalones a medio culo cuando cumplían la condena, una manera de reafirmar su condición de tipos duros. De este modo, lo que debía ser un estigma —haber pasado por la trena— se convirtió en una seña de identidad y los chavales que querían emular a los gangstas, empezaron a llevar también el pantalón a media asta, pertenecieran o no al hampa.

En aquella década la cultura del hip-hop surgida en los suburbios negros se extendió por todo el país y llegó a los chavales blancos, que automáticamente adoptaron la indumentaria arquetípica de cualquier rapero que se precie —pantalón caído, ropa ancha, camiseta de basket, sudadera con capucha, gorra ladeada...— y a hablar, rimar y moverse como los negros, los parias del país, pero la minoría más influyente en la cultura popular.

Y de ahí, al resto del mundo: ese jovenzuelo que cabalga su skate por la calle abajo, exhibiendo sus Calvin Klein, probablemente ignore que sus pintas actuales nacieron de la prohibición de usar el cinturón en las cárceles estadounidenses.

 

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Una hoja de ruta para superar el peinado borroka

 

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Inasequible a modas, tendencias e innovaciones en la peluquería, un grupo de irreductibles vascos se resisten a abandonar una de las señas de identidad estéticas de Euskadi: el característico peinado borroka, único en su género en todo el mundo y al que el resto del estado español se acostumbró a golpe de fotos de busca y captura de los gudaris independentistas.

 

A saber: por delante, pelo cortado en forma de flequillo horizontal cuatro dedos por encima de las cejas (muy pobladas), patillas discretas en caída vertical o inexistentes, cabello en media melena por detrás, estilo mullet sin concesiones a las coletas, cola de caballo u otras frivolidades. Uso episódico del suavizante.

Se trata de un estilo unisex, aunque en el caso de las féminas el corte se caracteriza por cercenar todo rastro de feminidad. Predominantemente irregular, es un corte poco suavizado, muy afilado y que no marca las facciones. Flequillo rectísimo y cortado a ras, con un dedo de largo como mucho, patillas y nuca despejada, bien melena con pelo, bien corto o rapado detrás de las orejas. Pero como una imagen vale más que mil palabras, ahí va una muestra:

¿Es posible salir del peinado borroka para integrarse estéticamente con el resto de la sociedad vasca? ¿Cómo y para qué puede evolucionar un mullet? Nuestra corresponsal en las Vascongadas, Noemí Rivera, ha recorrido las herriko peluquerías para buscar una hoja de ruta que permita superar este aitxurri estético que amenaza con esclerotizar a la juventud vasca:

«Es un estilo francamente poco favorecedor, no le queda bien a casi nadie, sobre todo a las chicas con facciones muy redondas», cuenta Ángel Círez, dueño de la peluquería Zerikde Lazkao, en lo hondo de la comarca guipuzcoana de Goierri.

«Las chicas que me piden un corte de este estilo normalmente son chicas muy perforadas, con muchos piercings y una vestimenta poco apropiada a su cuerpo. No es para nada un aspecto dulce de cara a la galería, pero tampoco es algo que persigan.»

El pelo borroka exterioriza una manera de estar en el mundo, igual que las camisetas de los punkis o los polos de Ralph Lauren entre los pijos. Cuando ves semejante adefesio capilar sabes que estás frente a un simpatizante de la izquierda abertzale, o de movimientos feministas, ecologistas, anti-TAV… Aunque, como en todo, hay excepciones, por supuesto.

«Se podría decir que estamos frente a una tribu urbana. Así como está el hip-hopero, el metalero o el cani/choni, esta el euskal-underground, muy ligado a todo este rollo étnico», explica el peluquero Círez.

Pero, ¿qué perfil tienen estas víctimas de la tendencia del flequillo ultracorto? Se puede decir no hay edad determinada, ya que lo vemos en niñas cuyas madres deciden rebanarles el flequillo al máximo para retrasar lo más posible la siguiente visita a la peluquería, y también lo vemos en mujeres adultas, como por ejemplo Maite Arístegi, diputada de Amaiur en el Congreso. Sin embargo, Ángel cuenta que, en su peluquería, principalmente son las chicas de entre 17 y 23 años quienes se decantan por ese estilo.

 

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Si bien es cierto que es un corte de pelo llamativo por su horrendidad, hay que decir a su favor que es muy práctico. Puede llegar a pasar hasta casi medio año hasta que el flequillo te impide la visión, y el rapadillo de detrás de las orejas evita que el pelo se te venga a la cara. Además, el empleo de cintas anchas te permite llevar el pelo sucio al menos durante más tiempo, si así se quisiera.

 

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