Uno
1944
Soy Ismael. Nací en Palestina durante las revueltas de 1936. Dado que muchos de los hechos narrados en este libro ocurrieron antes de nacer yo, usted se preguntará: «¿Cómo puede Ismael conocerlos?». Tome el caso de mi padre, Ibrahim, que se convirtió en muktar de Tabah. En nuestro mundo, la narración de historias forma parte de la vida misma, aquí todos conocemos las leyendas del pasado.
Otros sucesos tuvieron lugar cuando yo no estaba presente. Sobre ellos, ¿qué podría saber yo? No olvide, estimado lector, que los árabes tenemos un don poco común para asuntos de magia y fantasía. ¿Acaso no dimos al mundo Las mil y una noches?
En ocasiones le hablaré con mi propia voz. En otros momentos, con la de ellos. Nuestra historia proviene de un millón de soles, de lunas y de cometas, y todo lo que me es imposible saber llegará a estas páginas con la ayuda de Alá y de nuestra magia especial.
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Como hijo varón tenía derecho a los pechos de mi madre todo el tiempo que yo los exigiera, y no me destetaron hasta cumplir los cinco años. Generalmente eso indicaba la salida del niño de la cocina, pero yo era pequeño y podía esconderme entre las mujeres. Mi madre, Hagar, era una mujer corpulenta, de enormes pechos que no solo estaban llenos de leche, sino que constituían un lugar donde podía acurrucarme y sentirme cómodo y protegido. Conseguí evitar el mundo de los hombres hasta 1944, cuando tenía ocho años de edad.
Un día, mi padre, Ibrahim, envió a mi madre de regreso a su aldea, distante muchos kilómetros al sur. Rara vez le permitían alejarse, así que su repentina partida fue traumática y dolorosa para mí. Cuando era niño yo vivía con mujeres que me amparaban y protegían; mi abuela también me había criado un tiempo, ya que mi madre no solamente se ocupaba de las tareas de la cocina, el hogar y la familia, sino que además trabajaba en el campo y cultivaba la huerta contigua a la casa. Pocos días después de la muerte de mi abuela fue cuando mi madre se marchó.
Mi única tarea había sido ir a buscar agua, y todos los días iba con mi madre al pozo del pueblo. Ahora ella ya no estaba. Las mujeres se reían de mí; me recibieron con burlas. Me contaron que mi padre la había echado del pueblo porque iba a tomar una segunda esposa. Por eso la había forzado a irse, para evitar su furia y su humillación. Muy pronto mis amigos se unieron al coro de provocaciones y algunos hasta me arrojaron piedras.
Vi a mi padre salir para dar su paseo matinal rumbo al café que le pertenecía a él y a mi tío Faruk y donde pasaba casi todo el día. Corrí hasta él y le conté entre llantos lo que pasaba. Como de costumbre, me empujó a un lado bruscamente y siguió caminando. Le perseguí y tiré de sus ropas, pero el tirón apenas si logró distraer su atención. Cuando se dio la vuelta, lo amenacé con mi puñito y le dije que lo odiaba.
Mi padre me agarró del brazo y me sacudió con tanta fuerza que creí que iba a desmayarme. Luego me arrojó como si fuera basura y fui a parar a la cloaca que bajaba desde lo alto de la aldea.
Ahí estaba yo, vestido de mujer, aullando a voz en grito. Sentía la sal de las lágrimas y los mocos que me chorreaban desde la nariz hasta la boca. Gritaba desesperado porque incluso a esa edad comprendía que nada podía hacer para cambiar mi situación. No había forma de rebelarse ni de protestar.
He vuelto a ver a ese niño repetidas veces en campos de refugiados, jugando en vertederos de basuras, golpeado, sacudido y provocado por adultos, parientes y compañeros de juegos. Siempre clamando a un Alá sordo y ciego.
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Nuestra aldea de Tabah estaba situada cerca del camino a Jerusalén. Mi familia era del clan soukori que en una época había pertenecido a la tribu beduina wahhabi. Los wahhabis eran grandes guerreros que llegaron desde la península Arábiga doscientos cincuenta años antes, y purificaron la región para el islam por medio de la espada y el fuego.
Con el correr del tiempo, el dominio de los wahhabis se vio quebrado por ejércitos invasores turcos y egipcios. Muchos clanes se separaron de la tribu principal y algunos emigraron a Palestina. La rama de nuestra tribu anduvo errante en una zona entre Gaza y Berseba, yendo y viniendo desde el desierto del Negev al del Sinaí.
Varios clanes compuestos por más de ciento cincuenta familias se dirigieron al norte, donde se establecieron. Sin embargo, seguíamos manteniendo estrechos vínculos con los wahhabis por medio del matrimonio en fiestas, bodas y funerales, y los empleábamos como camelleros en la temporada de la cosecha y la recolección del guano.
Mi padre, Ibrahim, era un gran hombre, temido y respetado en toda la región. No solo era el muktar, o jefe de la aldea, sino también el representante de los propietarios de las tierras. Mi familia era de los sayyid, descendientes directos del profeta Mahoma, lo que nos confería mayor categoría que los demás. Además de Tabah, existían pueblos más pequeños en las antiguas zonas de los beduinos wahhabis, que él también gobernaba. El poder de mi padre provenía del hecho de que manejaba los asuntos legales, clericales y policiales, y tenía facultades para verificar los documentos que consignaban la propiedad y herencia de los colonos. Era el único de esa región que había hecho el Haj, es decir, la peregrinación a La Meca. En la fachada de nuestra casa, un cartel con la fecha conmemoraba el glorioso acontecimiento.
Al principio se lo conocía como Ibrahim al Soukori al Wahhabi, para indicar su clan y tribu, pero los nombres árabes cambian con el nacimiento de hijos varones. Lamentablemente, los primeros dos vástagos de mis padres fueron mujeres, lo que constituyó un pequeño desastre. Todo el mundo, en particular las mujeres del pozo de agua, susurraba a sus espaldas que él era un Abu Banat, un «padre de hijas», insulto sumamente terrible.
Mi padre amenazó con librarse de mi madre, que le había causado semejante humillación, pero ella le imploró una última oportunidad y por voluntad de Alá su tercer hijo fue varón, mi hermano mayor Kamal. Después de su nacimiento, mi padre pudo asumir el honorable título de Ibrahim Abu Kamal, que significa «Abraham, padre de Kamal».
Tres varones más vinieron después de Kamal, y mi padre no cabía en sí de gozo. Desgraciadamente, también llegaron otras tres mujeres antes de nacer yo. Uno de mis hermanos y dos de mis hermanas murieron sin que yo los conociera. Mi hermano, a causa del cólera; una de las niñas, por un problema de estómago, y la otra, por uno del pecho. Todos fallecieron antes de alcanzar el año de vida. Era muy común que una familia de diez perdiera tres o más hijos, pero mi padre se consideró particularmente afortunado de que hubiesen sobrevivido cuatro hijos varones.
Mis dos hermanas mayores, llegado el tiempo, fueron prometidas en matrimonio. Se casaron con hombres de la tribu wahhabi, pero de poblados lejanos. Tal como era costumbre, se fueron a vivir a casa de los padres de sus maridos.
Mi padre era muy joven y apenas sobrepasaba los veinte años cuando se declaró muktar, «el elegido». Su padre había sido muktar y a su muerte debía realizarse una nueva elección. Los jeques de otros cuatro clanes habían convenido que el cargo sería ocupado por el mayor de ellos. Sin embargo, mi padre estuvo en desacuerdo, y la historia de su valentía y su grandeza ha sido relatada innumerables veces.
Ibrahim había nacido cinco años antes del cambio de siglo. Al convertirse en muktar obtuvo el puesto más encumbrado de la aldea, por lo que no tuvo que trabajar más. Al poco tiempo tenía tres hijos, le quedaba otra hija y una esposa, todos en edad de trabajar. Poseía las mejores tierras, recaudaba las rentas y gobernaba seis pueblos. Ni siquiera usaba zapatos de campo; por el contrario, se ponía el tipo de calzado que los demás solo usaban el sábado.
Mi tío Faruk era un esclavo de mi padre. Ambos eran copropietarios de la tienda y el café de la aldea. Mi tío había sido un niño enfermizo y lo habían abandonado en la cocina para que muriera, pero el destino de Alá dispuso que fuese encontrado por unos misioneros cristianos que vivían en un lugar cercano; ellos lo curaron y también le enseñaron a leer y escribir. Era la única persona verdaderamente alfabetizada de Tabah, y así mi padre pudo usar los grandes poderes de Faruk para su provecho personal.
Mientras Ibrahim hacía sus rutinarias visitas diarias camino del café, pasaba entre sus dedos las cuentas de oración recitando en voz baja el Corán, y en general reafirmando su posición. La mayor parte del día oficiaba de juez en el café, fumando su narguile, saludando y escuchando con atención las quejas de los colonos. Fundamentalmente, él y los demás hombres se dedicaban a contar historias del pasado.
Cuando mi padre volvía todas las noches a casa, mi madre y mi hermana Nada le lavaban los pies, y él se sentaba en un sillón de gran tamaño. Justo antes de la comida, mis hermanos entraban en la habitación, se arrodillaban, le besaban la mano y le relataban lo sucedido durante la jornada de trabajo. Generalmente se invitaba al tío Faruk u otros primos o amigos varones a la cena, que comían de una fuente común con los dedos y sentados en el suelo. Más tarde mi madre, Nada y yo comíamos las sobras en la cocina.
Mi padre era dueño del mejor caballo del pueblo, tenue recuerdo de nuestro pasado beduino. Mi otro hermano mayor, Jamil, estaba encargado de su cuidado. En cada fase de la luna mi padre salía cabalgando para resolver asuntos en aldeas vecinas. Tenía un aspecto extraordinario alejándose al galope, con su túnica al viento.
Hasta el día en que me destetaron bruscamente, mi vida había sido bastante placentera. La única criatura aproximadamente de mi edad que quedaba en casa era mi hermana Nada, dos años mayor que yo. La quería muchísimo. Todavía se nos permitía jugar juntos porque yo me encontraba en la esfera de las mujeres, pero sabía que pronto llegaría el día en que se me prohibiría trabar amistad con una niña, aunque fuese mi propia hermana.
Nada tenía unos enormes ojos marrones y le gustaba jugar conmigo y abrazarme. Incluso ahora puedo recordar el roce de sus dedos al frotarme el pelo. A menudo también se ocupaba de mí. Todas las madres trabajaban en el campo, y si no tenían una vieja abuela que los atendiera, los niños tenían que cuidarse solos.
No poseíamos otros juguetes más que los que fabricábamos con palitos e hilos, y hasta que vi el kibutz judío no sabía siquiera que existiesen cosas tales como los parques o cuartos de juego o las bibliotecas. Nada se había fabricado un muñeco con palitos y tela, al que había puesto de nombre Ismael, por mí, y jugaba a amamantarlo con sus diminutos pezones. Creo que fantaseaba con el amamantamiento porque, de pequeña, la destetaron muy pronto, mientras que yo gozaba aún del privilegio de los pechos maternos.
Mi madre trataba continuamente de empujarme para que cruzara el umbral y entrara en la habitación de los hombres, pero yo no tenía prisa en abandonar la cálida ternura de las mujeres e internarme en un mundo que presentía hostil.