«CLARK KENT Y SUPERMAN»

 

El Rafa Nadal que el mundo vio salir al césped de la Centre Court para disputar la final de Wimbledon de 2008 era un guerrero de mirada encendida por el instinto letal, que empuñaba la raqueta como un vikingo empuñaría el hacha. Una ojeada a Federer ponía de manifiesto la abismal diferencia de estilos entre uno y otro: el más joven iba con una camiseta sin mangas y pantalón pirata, mientras que el mayor llevaba una chaqueta de punto color crema con un estampado dorado y un clásico polo Fred Perry; uno interpretaba el papel del David que contra Goliat pelea con astucia, uñas y dientes; el otro, el de un caballero a quien le sale todo con facilidad, sin despeinarse, desenfadadamente superior.

Si Nadal, con sus protuberantes bíceps surcados de venas, parecía el vivo retrato de la fuerza bruta de la naturaleza, Federer, espigado y ágil a sus 27 años, desprendía pura elegancia natural. Si Nadal, que acababa de cumplir los 22, era el implacable killer, Federer era el aristócrata que se paseaba por la pista saludando a las multitudes como si fuese el dueño de Wimbledon, como si estuviera dando la bienvenida a los invitados a una fiesta en su jardín privado.

El comportamiento de Federer, casi distraído durante el calentamiento previo al partido, a duras penas permitía entrever que aquello iba a ser un duelo de titanes; la tempestuosa imagen de Nadal era una agresiva caricatura de los héroes de acción de los videojuegos. Nadal endosa derechas como si disparase un fusil. Amartilla el arma imaginaria, mira a su víctima entornando los ojos y aprieta el gatillo. En el caso de Federer —cuyo nombre significa «vendedor de plumas» en alemán antiguo— no hay impresión de pausa, no hay mecanismos a la vista. Todo en él es fluidez natural. Nadal (que significa «Navidad» en catalán, una palabra con connotaciones más exuberantes que «vendedor de plumas») era el superatleta, el deportista automusculado de la era moderna; Federer pertenecía a un modelo que habría podido verse perfectamente en los años veinte, cuando el tenis era un pasatiempo de la clase alta, un animado ejercicio que cultivaban los jóvenes ricos después del té de la tarde.

Esto es lo que el mundo vio. Lo que Federer vio fue un joven aspirante que le enseñaba los dientes y amenazaba con destronarlo y expulsarlo de su reino tenístico, con impedir que batiera una marca consiguiendo su sexta victoria consecutiva en Wimbledon, y con desplazarlo de la posición de número uno mundial que ostentaba desde hacía cuatro años. El efecto que causó Nadal en Federer en el vestuario, antes del comienzo del partido, debió de ser de intimidación; si no fue así es que, como dijo Francis Roig, segundo preparador de Nadal, «Federer era de piedra».

«El momento en que se levanta de la camilla de masaje, cuando Maymó ha terminado de vendarle, es el que asusta a sus rivales —dice Roig, que ha sido también profesional del tenis—. El solo hecho de ponerse el pañuelo en la frente resulta inquietante; sus ojos miran al infinito y no parecen ver nada de cuanto le rodea. De pronto, respira profundamente y vuelve a la vida, se pone a flexionar las piernas y, como si no se enterase de que tiene a su rival sólo a unos pasos de él, empieza a gritar: “¡Vamos! ¡Vamos!” Hay algo animal en eso. Puede que el otro jugador esté sumido en sus pensamientos, pero creo que es imposible que no le lance una cautelosa mirada de reojo; lo he visto muchas veces. Y seguro que piensa: “¡Madre mía! Este es Nadal, el que pelea por cada punto como si fuera el último. Hoy voy a tener que jugar al límite de mis posibilidades, va a ser el día más duro de mi vida. Y no para ganar, sino simplemente para tener la oportunidad de hacerlo”.»

Esa actuación es aún más espectacular, según Roig, a causa de la brecha que separa al Nadal deportista, «que tiene ese algo que tienen los auténticos campeones», del Nadal ciudadano particular.

«Eres consciente de que parte de él es presa de los nervios y que, en la vida cotidiana, es un chico muy normal, simpático y siempre amable, que en según qué momentos se muestra inseguro y lleno de ansiedades. Pero luego lo ves allí, en el vestuario, y de pronto se transforma ante tus ojos en un conquistador.»

El Rafael que su familia vio salir a la pista central no era ni un conquistador, ni un gladiador, hacha en mano. Todos sentían miedo por él. Sabían que era brillante y valiente y, aunque nunca habrían dejado que lo notara, le tenían un cierto temor reverencial; pero lo que veían en aquellos momentos, con el partido a punto de comenzar, era algo mucho más humano y más frágil.

Rafael Maymó es la sombra de Nadal, la persona con quien Nadal pasa más tiempo, su compañero más íntimo en el circuito agotador del tenis mundial. Menudo y ordenado, sobrepasado en estatura por el metro ochenta y cinco de su amigo y jefe, Maymó, a sus treinta y tres años, es paisano de Nadal, también de Manacor. Es discreto, sagaz y sereno, y, desde que empezó a trabajar como fisioterapeuta de Nadal, en septiembre de 2006, los dos han establecido una relación que es prácticamente telepática. Apenas necesitan hablar para comunicarse, aunque Maymó —o Titín, como Nadal lo llama afectuosamente,— ha aprendido a diferenciar entre cuándo ha de de hablar y cuándo ha de escuchar. Su papel no es muy diferente del que realiza el mozo de cuadra con un purasangre de carreras. Masajea los músculos de Nadal, le venda las articulaciones, calma su temperamento eléctrico. Maymó es el hombre que susurra al caballo Nadal.

Maymó atiende a sus necesidades, tanto psicológicas como físicas, pero conoce sus limitaciones y se da cuenta de que éstas terminan donde empieza la familia, la columna que sostiene a Nadal como persona y como deportista.

«Nunca se insistirá lo suficiente en la importancia que tiene la familia en su vida —dice Maymó—, ni en lo unidos que están todos. Cada triunfo de Rafa es indiscutiblemente un triunfo de toda la familia. Los padres, la hermana, los tíos, la tía, los abuelos. Saborean las victorias de Rafa y sufren por sus derrotas. Son como una parte de su cuerpo, como una extensión del brazo de Rafa.»

Muchas veces están presentes en los partidos de Nadal, porque entienden, explica Maymó, que éste no funciona al cien por cien de sus posibilidades si no están ellos allí. «No es una obligación. Necesitan estar presentes. No es una cuestión de elegir entre ir o no ir, aunque también saben que las posibilidades de triunfo de Rafa aumentan cuando mira a la multitud antes de un encuentro y los ve allí. Por eso, cuando consigue una victoria importante, su primer impulso es correr a las gradas para abrazarlos; y si algunos se han quedado en casa para verlo por televisión, lo primero que hace cuando vuelve al vestuario es llamarlos por teléfono.»

Su padre, Sebastián Nadal, experimentó el ataque de nervios más devastador de su vida en la Centre Court el día de la final de Wimbledon del año 2008. Al igual que al resto de la familia, le atormentaba el recuerdo de lo ocurrido en la final de 2007, también contra Federer. Todos sabían cómo había reaccionado Rafael después de perder el quinto set. Sebastián había descrito a los demás lo que había visto en el vestuario de Wimbledon: a Rafael sentado en el suelo de la ducha durante media hora, con el agua que caía sobre su cabeza mientras se mezclaba con las lágrimas que corrían por sus mejillas.

«Tenía mucho miedo de que sufriera otra derrota, no por mí, sino por él —dijo Sebastián, un hombre corpulento que en la vida cotidiana es un empresario tranquilo y seguro—. Me acordaba de haberlo visto entonces destrozado, totalmente hundido; tenía metida en la cabeza la imagen de aquella final de 2007 y no quería verlo así otra vez. Y me dije: ¿qué haremos si pierde, qué podría hacer yo para que le resultara menos traumático? Era el partido de su vida, el día más importante para él. Lo pasé fatal. Nunca he sufrido tanto.»

Aquel día, las personas más cercanas a Nadal compartieron el sufrimiento de su padre, vieron el núcleo sensible y vulnerable que se escondía bajo el duro caparazón del guerrero.

A Maribel, la hermana de Nadal, una universitaria delgada, alegre, cinco años más joven, le divierte el abismo que hay entre la imagen pública de su hermano y la que tiene ella. Un hermano mayor inusualmente protector que la llama o le manda SMS diez veces al día, esté en la parte del mundo en que esté y que, según ella, se inquieta ante la menor insinuación de que pueda estar enferma.

«Una vez que él estaba en Australia, el médico me dijo que me hiciera unos análisis, por nada serio, pero fue lo único que no quise mencionarle en todos los mensajes que cambié con él. Le habría dado un ataque y habría puesto en peligro su juego» —confiesa Maribel, que está muy orgullosa de las hazañas de su hermano, pero que no se oculta a sí misma «la verdad», una verdad que ella expresa con afecto y humor: que Rafael es «un poco miedica».

Ana María Parera, la madre, no la contradice.

«Está en lo más alto del tenis mundial, pero en el fondo es un ser humano supersensible, lleno de temores e inseguridades que la gente que no lo conoce ni se imaginaría —comenta—. No le gusta la oscuridad, por ejemplo, y prefiere dormir con la luz o la tele encendidas. Tampoco le gustan los rayos ni los truenos. Cuando era pequeño y había tormenta, se tapaba con un cojín, e incluso en la actualidad, si hay que salir a la calle a buscar algo y hay tormenta, no deja que salgas. ¿Y las manías que tiene para comer? No soporta el queso ni el tomate, ni el jamón, que es lo más español que hay. A mí tampoco me enloquece tanto el jamón como a otras personas, pero ¿el queso? Es un poco raro.»

Quisquilloso con la comida, también lo es cuando se trata de conducir un coche. A Nadal le encanta conducir, pero más quizá que los coches de verdad, los del mundo ficticio de su PlayStation, compañera inseparable cuando está de gira.

«Es un conductor prudente —asegura la madre—. Acelera y frena, acelera y frena, y tiene mucho cuidado a la hora de adelantar, por mucho que corra su coche.»

Su hermana Maribel es más categórica que su madre. Dice que Rafael «conduce fatal». Y también le hace mucha gracia que, aunque sea un enamorado del mar, le tenga miedo.

«Siempre está hablando de comprarse un barco. Le encanta pescar y las motos acuáticas, aunque no se sube a una moto y no se baña si no ve la arena del fondo.»

Pero todas estas debilidades son minucias comparadas con su temor más persistente: que le ocurra algo malo a su familia. No es sólo que sienta pánico ante la menor insinuación de que cualquier pariente esté enfermo: es que está continuamente preocupado por la posibilidad de que sufran un accidente.

«Me gusta encender el fuego de la chimenea casi todas las noches de invierno —cuenta la madre, en cuya casa frente al mar, grande y moderna, sigue viviendo Nadal, en un ala con dormitorio, sala de estar y cuarto de baño propio—. Si sale, me recuerda que he de apagar el fuego antes de irme a dormir. Y luego me llama tres veces desde el restaurante o bar en que esté para comprobar que me he acordado. Si me voy en coche a Palma, que está a una hora de aquí, siempre me ruega que conduzca despacio y con cuidado.»

Ana María, una matriarca mediterránea prudente y fuerte, nunca deja de asombrarse de la incongruencia de que su hijo sea todo un valiente en la pista de tenis y un muchacho asustadizo fuera de ella.

«A primera vista, es muy sencillo, y también muy buena persona, pero es muy contradictorio. Aunque lo conozcas a fondo, ves que tiene cosas que no acaban de cuadrar.»

Por eso tiene que armarse de valor cuando prepara un partido importante, por eso hace lo que hace en el vestuario, propiciar el cambio de personalidad, reprimir los miedos y nervios del momento para liberar al gladiador que lleva dentro.

Para la multitud anónima, el hombre que salió a la Centre Court para disputar la final de Wimbledon 2008 era Superman; para sus íntimos era también Clark Kent. Los dos eran igual de reales; incluso podría decirse que el uno dependía del otro. Benito Pérez-Barbadillo, su jefe de prensa desde diciembre de 2006, está tan convencido de que sus inseguridades son el combustible que alimenta su fuego competitivo como de que su familia le da el afecto y apoyo que necesita para tenerlas controladas. Pérez-Barbadillo llevaba diez años trabajando en el mundo del tenis, como funcionario de la Asociación de Tenistas Profesionales, hasta que pasó a ser jefe de prensa de Nadal, y ha conocido, en algunos casos muy bien, a casi todos los jugadores más destacados durante ese período. Según él, Nadal es diferente de los demás, como jugador y como persona.

«Esa fuerza mental, esa confianza y ese espíritu guerrero tan excepcionales que tiene son la otra cara de la inseguridad que lo impulsa», afirma. Todos sus temores a la oscuridad, a las tormentas, al mar, a la posibilidad de que una catástrofe perturbe su vida familiar, se deben a una necesidad imperiosa. «Rafael es una persona que necesita controlarlo todo —añade Pérez—, pero como eso es imposible, invierte toda su energía en controlar la parte de su vida que mejor puede dominar: la de Rafa el tenista.»