Patricia Uris diría más tarde a su madre que algo iba mal y ella debía haberlo sabido. Debía haberlo sabido, dijo, porque Stanley nunca se bañaba al anochecer. Tomaba una ducha por la mañana temprano y, a veces, un largo baño de inmersión por la noche con una revista en una mano y una cerveza fría en la otra. Pero los baños a las siete de la tarde no eran su estilo.
Además, estaba aquello de los libros. Stanley tendría que haber quedado encantado con eso; sin embargo, por algún motivo que ella no llegaba a comprender, parecía preocupado y deprimido. Unos tres meses antes de aquella noche terrible, Stanley había descubierto que un amigo de su infancia era escritor, pero no escritor de verdad, dijo Patricia a su madre, sino novelista. El nombre escrito en los libros era William Denbrough, pero Stanley solía referirse a él con el apodo de Bill el Tartaja. Había leído casi todos los libros de ese hombre. Aquella noche, la noche del baño, estaba leyendo el último. Era el 28 de mayo de 1985. También Patty había cogido uno de esos libros, por pura curiosidad, sólo para dejarlo después de tres capítulos.
No era simplemente una novela, dijo a su madre más adelante, era deterror. Lo dijo exactamente así, en una sola palabra, como habría dicho desexo. Patty era una mujer dulce y bondadosa pero no se expresaba demasiado bien; habría querido contar lo mucho que el libro la había asustado y por qué la inquietaba tanto, pero no pudo. «Estaba lleno de monstruos —dijo—. Lleno de monstruos que perseguían a los niños. Había asesinatos y... no sé… sentimientos desagradables, sufrimientos. Cosas así.» En realidad, le había parecido casi pornográfico. Esa palabra se le escapaba, probablemente porque no sabía lo que significaba. «Pero Stan tenía la sensación de haber redescubierto a un amigo de la infancia... Habló de escribirle, pero yo sabía que no lo haría jamás... Sabía que esas novelas lo habían puesto mal a él también... y… y.…»
Y entonces Patty Uris se echó a llorar.
Esa noche, cuando apenas faltaban seis meses para cumplirse veintiocho años desde aquel día de 1957 en que George Denbrough había conocido al payaso Pennywise, Stanley y Patty estaban sentados en la salita de su casa, en un suburbio de Atlanta, con el televisor encendido. Patty, sentada en el sofá frente al aparato, repartía su atención entre un montón de ropa para repasar y Family Feud, el programa de juegos que tanto le gustaba. Adoraba a Richard Dawson, el presentador. La cadena de su reloj le parecía sumamente sexy, aunque no lo habría admitido ni en el potro de tortura. También le gustaba el programa porque casi siempre adivinaba las respuestas más populares. (En Family Feud1 no había respuestas acertadas, había que adivinar las más frecuentes.) Una vez había preguntado a Stan por qué a las familias del programa les resultaba tan difícil adivinar las respuestas cuando a ella le resultaba tan fácil. «Ha de ser más difícil cuando estás allí, bajo los reflectores —sugirió Stanley, y ella tuvo la sensación de que le cruzaba una sombra por la cara—. Todo es mucho más difícil cuando es real. Es entonces cuando te ahogas. Cuando es real.»
Patty decidió que él debía de tener razón. A veces, Stanley era muy agudo en cuanto a la naturaleza humana. Mucho más que su viejo amigo, William Denbrough, que se había hecho rico escribiendo un montón de libros deterror, que apelaban a lo más bajo de la naturaleza humana.
¡Pero a los Uris no les iba nada mal, por cierto! El barrio donde vivían era de los elegantes. La casa que había comprado en 1979 por 87.000 dólares se podía vender rápidamente por 165.000. Ella no tenía ningún interés en vender, pero siempre convenía saber ese tipo de cosas. A veces, cuando volvía del supermercado en su Volvo (Stanley tenía un Mercedes diesel) y veía su casa, elegantemente retirada tras el seto de tejos, pensaba: «¿Quién vive aquí? ¡Vaya, si soy yo, la señora Uris!»
Pero la idea no la hacía del todo feliz; a ella se mezclaba un orgullo tan feroz que a veces la inquietaba. En otros tiempos, después de todo, había existido una muchacha de dieciocho años llamada Patricia Blum, a quien se le había negado la admisión a la fiesta de graduación en un club campestre de Glointon, Nueva York. Se le había negado la admisión, naturalmente, porque su apellido era judío. Y eso era ella en 1967: sólo una pequeña judía delgaducha. Claro que esas discriminaciones eran ilegales, jajajá, y todo eso era cosa pasada.
Pero, para una parte de ella, jamás sería cosa pasada. Una parte de ella caminaría siempre de regreso hacia el automóvil, con Michael Rosenblatt, oyendo el crujir de la grava bajo sus zapatos rumbo al coche que Michael había pedido prestado al padre por esa noche y que había abrillantado durante toda la tarde. Una parte de ella caminaría siempre junto a Michael, que llevaba esmoquin blanco alquilado; ¡cómo brillaba en la suave noche de primavera! Ella lucía un vestido largo verde pálido con el que, según su madre, parecía una sirena. Y la idea de ser una sirena judía era bastante divertida, jajajá. Caminaban con la cabeza en alto y ella no había llorado. Pero comprendía que no caminaban, no, nada de eso; iban escurriéndose como seres sórdidos, sintiéndose más judíos que nunca, sintiéndose prestamistas, viajeros en coches de ganado, aceitosos, narigones, cetrinos, sintiéndose la caricatura de un judío. Querían sentir rabia y no podían. La rabia sólo vino después, cuando ya no importaba. En ese momento, ella sólo sintió vergüenza y dolor. Y alguien rió. Fue una risa aguda, penetrante, como un veloz correr de notas en un piano. En el automóvil sí pudo llorar, claro que sí: la sirena judía llorando como una loca. Mike Rosenblatt había apoyado una mano torpe y consoladora en su nuca, pero ella lo había apartado sintiéndose avergonzada, sucia, judía.
La casa, tan elegantemente retirada tras los setos de tejos, mejoraba un poco aquello... pero no del todo. Aún estaban allí el dolor y la vergüenza. Ni siquiera la aceptación de ese vecindario elegante y adinerado borraba aquella interminable caminata, con el crujir de la gravilla bajo sus zapatos. Ni siquiera el hecho de ser miembros de ese club campestre, donde el jefe de camareros los saludaba siempre con sereno respeto: «Buenas noches, señor Uris, señora.» Llegaba a su casa, acunada por su Volvo 1984, y la contemplaba en medio de los prados verdes. Y con frecuencia (tal vez con demasiada frecuencia) recordaba aquella risa aguda. Ojalá la muchacha que había reído así estuviera viviendo en una casita miserable, con un esposo goyimz que le pegara, que hubiera abortado tres veces, que su marido la engañara con mujeres enfermas, que tuviera hernia de disco, pies planos y quistes en su puerca lengua simuladora.
Se odiaba a sí misma por esos pensamientos tan poco caritativos y prometía corregirse, dejar de beber esos amargos cócteles de hiel. Pasaba meses enteros sin pensar en esas cosas. Entonces se decía: «Tal vez todo eso ha quedado atrás, finalmente. Ya no soy aquella muchacha de dieciocho años. Soy una mujer de treinta y seis. La muchacha que oía el interminable crujir de la gravilla en ese camino, la que se apartó de Mike Rosenblatt cuando él trató de consolarla porque lo hacía con mano de judío, existió hace media vida. Esa sirenita tonta ha muerto. Ahora puedo olvidarla y ser simplemente yo misma.» Muy bien, perfecto. Magnífico. Pero entonces, estando en cualquier parte (en el supermercado, por ejemplo), oía una risa súbita en el otro pasillo y la piel se le erizaba, los pezones se le ponían duros, dolorosos, y apretaba las manos a la barra del carrito o se las retorcía pensado: «Alguien acaba de decirle a alguien que soy judía, que no soy sino una judía narigona, que Stanley no es sino un judío narigón. Es contable, claro, los judíos tienen cabeza para los números. Tuvimos que dejarlos entrar en el club campestre en 1981, cuando ese ginecólogo narigón nos ganó el juicio, pero nos reímos de ello; oh, cómo reímos.» Oía entonces el crepitar de la gravilla fantasmal y pensaba: «¡Sirena, sirena!»
Entonces el odio y la vergüenza volvían en tropel como una migraña y ella desesperaba, no sólo de ella misma sino de toda la raza humana. Hombres-lobo. El libro de Denbrough, el que ella había dejado sin leer, trataba de hombres-lobo. ¿Qué podía saber de hombres-lobo un hombre como ése?
Sin embargo, casi siempre se sentía mejor. Sentía que ella era mejor. Amaba a su marido, amaba su casa y, habitualmente, podía amarse a sí misma y a su vida. Les iba bien. No siempre había sido así, por supuesto. Ante su compromiso con Stanley, sus padres se habían sentido a un tiempo enfadados y tristes. Lo había conocido en una fiesta del club universitario. Stanley había llegado desde la Universidad de Nueva York, en la que era becario. Los había presentado un amigo común y al final de la velada ella tuvo la sospecha de que se había enamorado de él. Hacia las vacaciones de invierno, ya estaba segura. Cuando llegó la primavera y Stanley le ofreció un pequeño anillo de brillantes al que había ensartado una margarita, ella lo aceptó.
Al final, a pesar de sus reparos, los padres también habían acabado por aceptarlo. No les quedaba otro remedio, aunque Stanley Uris pronto entraría en un mercado laboral atestado de jóvenes contables... sin respaldo financiero familiar y con la única hija de los Blum como rehén. Pero Patty tenía veintidós años, ya era una mujer y pronto acabaría la carrera.
—Me pasaré la vida manteniendo a ese maldito cuatro ojos —oyó decir a su padre una noche en que volvía achispado después de haber ido a cenar con la madre.
—Chist, te oirá —dijo Ruth Blum.
Esa noche, Patty permaneció despierta hasta mucho después de medianoche, con los ojos secos, sintiendo frío y calor alternativamente, odiándolos a los dos. Los dos años siguientes intentó liberarse de ese odio; ya tenía demasiado odio dentro de sí. A veces; al mirarse en el espejo, descubría lo que todo eso estaba haciendo en su cara, las arrugas que dibujaba allí. Fue una batalla de la que salió vencedora con la ayuda de Stanley.
Los padres de él también estaban preocupados por la boda. Naturalmente, no creían que Stanley estuviera destinado a vivir en la pobreza y la miseria, pero pensaban que los chicos se estaban precipitando. Donald Uris y Andrea Bertoly también se habían casado con veinte o veintidós años, pero parecían haberlo olvidado.
Sólo Stanley parecía seguro de sí, lleno de fe en el futuro y libre de preocupaciones por las trampas mortales que los padres veían sembradas en torno a «los chicos». Al final, esa confianza resultó más justificada que el miedo de ellos. En julio de 1972, cuando apenas se había secado la tinta en el diploma de Patty, ella consiguió un empleo como profesora de taquigrafía e inglés comercial en Traynor, una pequeña ciudad sesenta kilómetros al sur de Atlanta. Al pensar en el modo en que había obtenido el puesto, siempre le parecía un poco... bueno, misterioso. Había hecho una lista de cuarenta posibilidades sacadas de los avisos en los periódicos decentes. Luego escribió cuarenta cartas en cinco noches pidiendo más información y formularios para solicitar empleo. Recibió veintidós respuestas indicando que el cargo ya estaba cubierto. En otros casos, la explicación más detallada de los requisitos indicaba que presentar una solicitud sería sólo una pérdida de tiempo. Al final se encontró con doce posibilidades, bastante parecidas entre sí. Mientras las estudiaba, preguntándose si podría rellenar doce solicitudes sin volverse loca, entró Stanley. Miró los papeles sembrados en la mesa y dio un golpecito sobre la carta de «Academias Traynor», respuesta que ella no había considerado más prometedora que las otras.
—Aquí—dijo.
Ella levantó los ojos, sobresaltada por la certeza de su voz.
—¿Sabes de Georgia algo que yo ignore?
—No. Nunca estuve allí como no fuera a través del cine.
Patty lo miró arqueando una ceja.
—Lo que el viento se llevó. Vivien Leigh, Clark Gable. «Lo pensaré mañana, porque mañana será otro día» —dijo, en una mala imitación de acento sureño—. ¿No parezco recién llegado del Sur, Patty?
—Sí, del sur del Bronx. Si no sabes nada de Georgia y nunca has estado allí, ¿por qué…?
—Porque está bien.
—No es posible que lo sepas, Stanley.
—Claro que es posible —dijo él con naturalidad—. Lo sé.
Al mirarlo, ella comprendió que no era broma. Stan hablaba en serio. Y Patty sintió un estremecimiento en la espalda.
—Pero ¿cómo lo sabes?
Él estaba sonriendo, pero en ese momento vaciló como perplejo. Sus ojos se habían oscurecido; parecía mirar hacia dentro consultando algún artefacto interior que funcionaba correctamente pero que él comprendía tan poco como el funcionamiento de su reloj.
—La tortuga no pudo ayudarnos —dijo, de pronto.
Lo dijo con toda claridad. Ella lo oyó. Esa mirada hacia dentro, esa expresión cavilosa y sorprendida, todavía estaban en su cara. Y comenzaban a asustarla.
—Stanley, ¿de qué estás hablando? ¿Stanley?
Él dio un respingo. Su mano golpeó el plato de melocotones que ella había comido mientras revisaba las solicitudes. El plato se rompió contra el suelo. Los ojos de Stan parecieron despejarse.
—¡Mierda! Perdona.
—No importa, Stanley. ¿De qué hablabas?
—Lo he olvidado —dijo él—. Pero creo que debemos pensar en Georgia, cariño.
—Pero…
—Confía en mí.
Y ella confió.
La entrevista fue un éxito. Al tomar el tren de regreso a Nueva York, Patty estaba segura de haber conseguido el empleo. El director de personal le había cobrado una simpatía instantánea y ella a él. Una semana después llegó la carta de confirmación. Academias Traynor le ofrecía nueve mil doscientos dólares y un contrato a prueba.
—Te vas a morir de hambre —dijo Herbert Blum cuando su hija le informó que pensaba aceptar el trabajo—. Y mientras te mueras de hambre, te morirás de calor.
—No te preocupes, Scarlett —dijo Stan, al enterarse de lo que había opinado el padre. Aunque Patty estaba furiosa, al borde de las lágrimas, empezó a reír como una chiquilla y él la estrechó en sus brazos.
Calor pasaron, sí, pero hambre no. Se casaron el 19 de agosto de 1972. Patty Uris llegó virgen al matrimonio. En un hotel de Poconos se deslizó, desnuda, entre las sábanas frescas, turbulenta y tormentosa, con relámpagos de deseo y deliciosa lujuria entre oscuras nubes de miedo. Cuando Stanley se metió en la cama, junto a ella, fibroso de músculos, el pene ardiendo entre el rojizo vello púbico, ella susurró:
—No me hagas daño, amor.
—Jamás te haré daño —dijo él, tomándola en sus brazos.
Fue una promesa que respetó fielmente hasta el 28 de mayo de 1985, la noche del baño.
A Patty le fue bien en su trabajo de profesora. Stanley consiguió trabajo de chófer en una panadería por cien dólares a la semana. Y en noviembre de ese año, cuando se inauguró el Centro Comercial Traynor, consiguió trabajo en las oficinas por ciento cincuenta. Entre los dos ganaban diecisiete mil dólares al año. Les parecía un ingreso de reyes por aquellos tiempos en que la vida era tan barata.
En marzo de 1973, Patty Uris dejó de tomar anticonceptivos. En 1975, Stanley renunció a su empleo para instalarse por cuenta propia. Los cuatro consuegros coincidieron en que era un error. No porque Stanley hiciera mal en querer trabajar por cuenta propia, sino porque era demasiado prematuro y echaba demasiada carga financiera sobre Patty. («Al menos, hasta que ese tonto la deje embarazada —dijo Herbert Blum a su hermano después de pasar la noche bebiendo en la cocina—, y entonces me tocará a mí mantenerlos».) La opinión de los consuegros era que el hombre no debe pensar en independizarse profesionalmente hasta que haya llegado a una edad más serena y madura: setenta y ocho años, más o menos.
Una vez más, Stanley parecía casi sobrenaturalmente confiado. Era joven, simpático, inteligente y capaz. En su trabajo anterior había hecho buenos contactos. Todas esas cosas eran premisas básicas. Lo que él no podía haber previsto era que Corridor Video, una empresa pionera en el ramo, estaba a punto de establecerse en un enorme solar, a menos de quince kilómetros del suburbio donde vivían los Uris. Tampoco podía saber que Corridor buscaría un investigador de mercado independiente, a menos de un año de haberse establecido en Traynor. Y aun menos que darían el trabajo a un joven judío de anteojos, sonrisa fácil, andar bamboleante, aficionado a los vaqueros en sus días libres y con los últimos fantasmas de acné juvenil en la cara. Sin embargo, así fue. Como si Stan lo hubiese sabido desde el principio.
Su excelente trabajo para Corridor Video mereció un ofrecimiento: un cargo con dedicación completa en la empresa y un sueldo inicial de treinta mil dólares anuales.
—Y éste es sólo el comienzo —dijo Stanley a Patty, esa noche, en la cama—. Van a crecer como el maíz en verano, querida. Si nadie hace estallar el mundo de aquí a diez años, estarán arriba junto a Kodak, Sony y RCA.
—Y tú, ¿qué vas a hacer? —preguntó ella, aunque ya lo sabían.
—Les diré que es un placer trabajar para ellos.
Stan, riendo, la estrechó y la besó. Momentos más tarde estaba sobre ella y hubo orgasmos, como cohetes brillantes que ascendieran por el cielo de medianoche. Pero no hubo hijo.
En su trabajo para Corridor Video estableció contactos con algunos de los hombres más ricos y poderosos de Atlanta. Les sorprendió a los dos descubrir que la mayoría de esos hombres eran buenas personas. Entre ellos encontraron un grado de aceptación y amabilidad casi desconocido en el Norte. Patty recordaba que Stanley, cierta vez, había escrito a sus padres: «Los mejores ricos de Norteamérica viven en Atlanta, Georgia. Voy a colaborar para que algunos de ellos se hagan más ricos todavía, y ellos me harán rico a su vez y nadie será mi dueño, salvo Patricia, mi mujer. Y como yo soy su dueño, creo que no corro peligro.»
Cuando dejaron Traynor, Stanley se había convertido en sociedad anónima y tenía a seis personas bajo sus órdenes. En 1983, sus ingresos alcanzaron territorios de los que Patty había oído sólo vagos rumores: era la fabulosa tierra de las SEIS CIFRAS. Y todo había ocurrido con tanta tranquilidad como la del pie al deslizarse en las zapatillas un sábado por la mañana. Pero, a veces, la asustaba. Una vez Stanley había hecho un chiste inquietante sobre tratos con el diablo, pero a ella no le parecía muy divertido. Probablemente no lo sería jamás.
«La tortuga no pudo ayudarnos.»
A veces, sin motivo alguno, Patty despertaba con ese pensamiento como si fuera el último fragmento de un sueño por lo demás olvidado. Entonces se volvía hacia Stanley y lo tocaba para asegurarse de que aún estaba allí.
Vivían bien, no abusaban del alcohol, no buscaban sexo extramatrimonial, ni drogas; no se aburrían ni discutían sobre lo que debían hacer. Sólo había una nube. Fue Ruth, la madre de Patty, quien la mencionó por primera vez, bajo la forma de una pregunta en una carta a su hija. Ruth le escribía una vez por semana y esa carta había llegado a principios del otoño de 1979, poco después de que marcharan de Traynor.
En su mayor parte era una típica carta de Ruth Blum: cuatro hojas cubiertas de apretada escritura, cada una con el encabezamiento «Una simple nota de Ruth». Su letra era casi ilegible. Una vez, Stanley se había quejado de no poder descifrar ni una sola palabra escrita por su suegra. «¿Y para qué quieres leerlas?», había sido la respuesta de Patty.
La carta estaba llena de las noticias acostumbradas, ya que los recuerdos de Ruth Blum se extendían desde el presente en un abanico cada vez más amplio de relaciones entrecruzadas. Muchas de las personas que ella mencionaba comenzaban a desdibujarse en la memoria de Patty, como fotografías de un viejo álbum, pero para Ruth todas permanecían frescas. Al parecer, jamás perdía el interés por la salud y las andanzas de sus conocidos. Sus pronósticos eran, además, invariablemente sombríos. El padre de Patty seguía teniendo dolores de estómago. Él estaba seguro de que era sólo dispepsia; la idea de que podía tratarse de una úlcera ni siquiera le pasaría por la cabeza, escribía su esposa, hasta el día en que empezara a escupir sangre y probablemente ni siquiera entonces. «Ya conoces a tu padre, querida. Trabaja como un mulo y a veces también piensa como si lo fuera, Dios me perdone por decir esto.» Randi Harlengen se había hecho una ligadura de trompas, le habían sacado unos quistes de los ovarios grandes como pelotas de golf, pero nada maligno, gracias a Dios; era el agua de Nueva York, sin duda. El aire de la ciudad también estaba sucio, pero ella tenía la convicción de que era el agua lo que, tarde o temprano, acababa con uno. Iba formando residuos dentro de la gente. Patty no imaginaba cuántas veces ella daba gracias a Dios de que «los chicos» estuvieran en el campo, donde tanto el aire como el agua, pero especialmente el agua, eran saludables (para Ruth, todo el Sur, incluidos Atlanta y Birmingham, era el campo). Tía Margaret estaba librando otra batalla contra la compañía de electricidad. Stella Flanagan había vuelto a casarse, algunos no aprenden nunca. Richie Huber había sido despedido otra vez.
Y en medio de esa cháchara, a veces chismosa, en medio de un párrafo y sin nada que ver con el resto, Ruth Blum había formulado al vuelo la temida pregunta: «¿Y cuándo pensáis hacernos abuelos, tú y Stanley? Ya estamos listos para empezar a malcriar al bebé. Por si no te has dado cuenta, Patty, nos estamos volviendo viejos.» Y luego pasaba a la chica de los Brucker, calle abajo, a quien habían hecho volver desde la escuela porque llevaba, sin sostén, una blusa casi transparente.
Deprimida, nostálgica por el hogar de Traynor, insegura y bastante asustada por lo que podía depararles el futuro, Patty fue a su nuevo dormitorio conyugal para dejarse caer en el colchón (el somier todavía estaba en el garaje y el colchón, solitario en el suelo sin alfombrar, parecía un objeto arrojado por las aguas en una extraña playa amarilla). Apoyó la cabeza en los brazos y se echó a llorar. Probablemente, ese llanto se había estado preparando. La carta de su madre no había hecho sino precipitarlo, así como el polvo hace que un cosquilleo en la nariz se convierta en estornudo.
Stanley quería tener hijos. Ella quería tener hijos. Estaban tan de acuerdo en ese tema como en la afición a la películas de Woody Allen, en la asistencia más o menos regular a la sinagoga, en las inclinaciones políticas, en la aversión por la marihuana y en muchas otras cosas. En la casa de Traynor había existido siempre una habitación extra, dividida en dos partes. A la izquierda, Stanley tenía un escritorio para trabajar y un sillón para leer; a la derecha, estaba la máquina de coser de Patty y el tablero donde armaba rompecabezas. Entre ellos existía un acuerdo tácito con respecto a esa habitación: algún día sería el cuarto de Andy o de Jenny. Pero ¿dónde estaba ese hijo? La máquina de coser, los cestos de tela, el tablero, el escritorio y el sillón se mantenían en sus respectivos sitios; mes a mes parecían solidificar sus posiciones, estableciendo su legitimidad con más firmeza. Eso pensaba ella, aunque nunca llegaba a cristalizar la idea. Pero sí recordaba que cierta vez, al iniciarse un período menstrual, había tenido la sensación de que la caja de compresas parecía muy satisfecha, como si las toallitas acolchadas le estuvieran diciendo: «¡Hola, Patty! Somos tus hijos. Los únicos hijos que tendrás, y tenemos hambre. Amamántanos. Amamántanos con tu sangre.»
En 1976, tres años después de descartar los anticonceptivos, consultaron con un médico de Atlanta llamado Harkavay.
—Queremos saber si hay alguna deficiencia —dijo Stanley— y, en ese caso, si se puede hacer algo para solucionarla.
Se sometieron a las pruebas. Se demostró que el esperma de Stanley y los óvulos de Patty eran normales y que todos los canales necesarios estaban abiertos.
Harkavay, que no lucía alianza matrimonial pero sí el rostro agradable y rubicundo de un universitario tras las vacaciones de invierno, les dijo que quizá sólo fueran nervios. Que ese problema era bastante común. Que, en esos casos, solía producirse un correlativo psicológico semejante a la impotencia sexual: cuando más se deseaba, menos se podía. Era preciso que se relajaran y se olvidaran de la procreación cuando hacían el amor.
En el trayecto de regreso a casa, Stan iba ceñudo. Patty le preguntó qué le pasaba.
—Yo nunca hago eso —dijo él.
—¿Qué cosa?
—Pensar en la procreación durante…
Patty se echó a reír, aunque se sentía algo asustada. Esa noche, en la cama, cuando creía que Stanley dormía desde hacía rato, éste empezó a hablar en la oscuridad. Aunque su voz era inexpresiva, sonaba ahogada por las lágrimas.
—Soy yo —dijo—. Es culpa mía.
Patty se volvió hacia él, lo buscó a tientas y lo abrazó.
—No seas tonto —dijo.
Pero su corazón palpitaba deprisa, demasiado deprisa. Era como si Stan hubiera descubierto una convicción secreta que ella guardaba sin saberlo. Sin razón alguna, sintió, supo, que él tenía razón. Algo iba mal y no en ella. Era él. Algo iba mal en él.
—No seas cenizo —susurró contra su hombro.
Él sudaba un poco y Patty comprendió que tenía miedo. El miedo surgía de él en oleadas frías. Estar desnuda a su lado era, de pronto, como estar desnuda frente a una nevera abierta.
—No soy cenizo y no soy tonto —dijo él con voz áspera y ahogada de emoción—, y tú lo sabes. Es por mi culpa. Pero no sé por qué.
—No se puede saber una cosa así. —La voz de Patty sonaba regañona, como la de su madre cuando estaba asustada. Y aunque estaba riñéndole, sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.
Stanley, la estrechó entre sus brazos.
—A veces creo saber la causa —dijo—. A veces sueño algo desagradable. Entonces despierto y pienso: «Ya sé. Ya sé qué va mal.» No sólo el hecho de que tú no quedes embarazada, sino todo. Todo lo que va mal en mi vida.
—¡Stanley! ¡En tu vida no hay nada que vaya mal!
—Por adentro no —dijo él—. Por adentro todo está bien. Hablo de fuera. Algo que debería haber terminado y que no terminó. Cuando despierto de esos sueños, pienso: «Toda mi vida no ha sido sino el ojo de una tormenta que no comprendo.» Tengo miedo, pero entonces... se desvanece. Como los sueños.
Ella sabía que a veces Stan tenía sueños agitados. En cinco o seis oportunidades la había despertado gimiendo. Cuando tendía la mano hacia él, interrogándolo, él decía siempre lo mismo: «No me acuerdo.» Luego buscaba los cigarrillos y fumaba sentado en la cama, esperando que el residuo del sueño rezumara por sus poros, como un sudor enfermizo.
No hubo hijos. En la noche del 23 de mayo de 1985 (la noche del baño), los consuegros todavía esperaban que les convirtieran en abuelos. El otro dormitorio seguía siendo «el otro dormitorio»; las compresas seguían ocupando su sitio acostumbrado en el armario, bajo el lavabo; la regla aún hacía su visita mensual. La madre de Patty, ocupada con sus propios asuntos pero no del todo ajena al sufrimiento de su hija, había dejado de preguntar en sus cartas y cuando la pareja viajaba a Nueva York dos veces al año. Ya no había comentarios humorísticos sobre la vitamina E que debían tomar. También Stanley había dejado de mencionar el asunto, pero a veces, cuando Patty lo observaba sin que él lo supiera, le descubría en la cara una gran sombra. Como si tratara, desesperadamente, de recordar algo.
Descontando esa única nube, la vida era bastante agradable para los dos hasta que sonó el teléfono en medio de Family Feud, en la noche del 28 de mayo. Patty tenía en el regazo dos camisas de Stan, dos blusas suyas, el costurero y la caja de botones; Stan, la última novela de William Denbrough. La portada del libro mostraba una bestia rugiente; la contraportada, un hombre calvo, de anteojos.
Stan, que estaba más cerca, contestó la llamada.
—¿Sí? —Una línea profunda se le formó entre las cejas—. ¿Quién es usted?
Por un instante Patty sintió miedo. Más tarde, la vergüenza la haría mentir, decir a sus padres que había presentido algo cuando sonó el teléfono; en realidad, sólo hubo ese instante, ese único levantar rápidamente la vista de su costura. Pero tal vez era cierto. Tal vez ambos sospechaban que se avecinaba algo desde mucho antes de esa llamada telefónica, algo que no concordaba con su confortable casa, tan elegantemente retirada tras los setos, algo tan asumido que no hacía falta reconocerlo... ese breve instante de miedo, como el fugaz pinchazo de un punzón de hielo, fue suficiente.
«¿Es mamá?», preguntó sin voz moviendo los labios. Temía que su padre, con diez kilos de sobrepeso y propenso a lo que él llamaba «dolores de barriga» desde los cuarenta años, hubiera sufrido un ataque al corazón.
Stan meneó la cabeza y sonrió levemente.
—¿Tú? ¡Vaya, qué sorpresa, Mike! ¿Cómo es que …?
Volvió a guardar silencio, escuchando. Mientras su sonrisa se desvanecía, Patty reconoció su expresión analítica, la que revelaba que alguien estaba planteando un problema explicando un súbito cambio en determinada situación, explicando algo extraño e interesante. Probablemente se trataba de eso último, pensó ella. ¿Un cliente nuevo? ¿Un viejo amigo? Tal vez. Volvió su atención a la pantalla del televisor donde una mujer abrazaba a Richard Dawson para besarlo apasionadamente. Richard Dawson debía de recibir más besos que el anillo del Papa. A ella no le habría disgustado besarlo.
Mientras rebuscaba un botón negro igual a los de la camisa de Stanley, Patty notó que la conversación discurría con normalidad. En cierto momento, Stanley preguntó:
—¿Estás seguro, Mike? —Y luego, tras una larga pausa—: Está bien, comprendo. Sí, voy a... Sí, todo. Entiendo. Yo… ¿Qué…? No, no puedo prometerte exactamente eso, pero lo pensaré. Ya sabes que… ¿eh? ¿De veras …? ¡Por supuesto! Sí, claro que sí. Sí… claro... gracias... sí. Adiós.
Y colgó.
Patty lo miró y vio que estaba con la vista perdida en el vacío, sobre el televisor. En la pantalla, el público aplaudía a la familia Ryan que acababa de anotarse doscientos ochenta puntos, la mayoría de ellos por adivinar que el público respondería «Matemáticas» a la pregunta «¿Qué asignatura le gusta menos al niño de la familia?». Los Ryan saltaban y daban gritos de júbilo.
Stanley, en cambio, tenía el entrecejo fruncido. Más tarde, Patty diría a sus padres que lo había visto palidecer y era cierto, pero no agregó que en ese momento le había parecido sólo un efecto de la lámpara que tenía pantalla de vidrio verde.
—¿Quién era, Stan?
—¿Qué…?
Se volvió y la miró. A Patty le pareció que estaba abstraído, ligeramente fastidiado. Sólo más tarde, al evocar la escena una y otra vez, empezó a comprender que Stan se estaba desconectando lentamente de la realidad. Su cara era la de un hombre saliendo del azul del cielo hacia el negro de la nada.
—¿Quién llamó por teléfono?
—Nadie... Nadie, de veras. Creo que voy a darme un baño.
Y se levantó.
—¿A las siete?
Él, sin contestar, se limitó a salir del cuarto. Patty habría podido preguntarle si le pasaba algo, incluso seguirlo para averiguar si se sentía mal del estómago; Stan no tenía inhibiciones sexuales, pero solía mostrarse extrañamente recatado con respecto a ciertas cosas. No habría sido nada extraño que hablara de darse un baño cuando en realidad tenía ganas de vomitar algo que le había sentado mal. Pero en ese momento estaban presentando a la familia Piscapo, y Patty sabía que Richard Dawson no dejaría de decir algo divertido sobre ese apellido; además no conseguía encontrar un botón negro, aunque estaba segura de que en la caja había montones. Se escondían, por supuesto. No cabía otra explicación.
Así pues, no volvió a pensar en él hasta que terminó el programa. Cuando aparecieron los créditos, levantó la vista y vio su silla vacía. Había oído correr el agua en la bañera durante cinco o diez minutos después... Pero no había oído el ruido de la nevera al abrirse. Eso significaba que Stan estaba arriba sin su lata de cerveza. Alguien le había echado un problema sobre las espaldas con esa llamada telefónica. Y ella, ¿había intentado ayudarlo? No. ¿Había tratado de sonsacarle algo? No. ¿Había reparado en que algo iba mal? Tampoco. Todo por ese estúpido programa de la tele. Ni siquiera podía achacar la culpa a los botones, eso era sólo una excusa.
Bueno, le llevaría una lata de cerveza y se sentaría a su lado, en el borde de la bañera, para frotarle la espalda e incluso lavarle la cabeza. Así descubriría qué problema lo preocupaba.
Sacó de la nevera una lata de cerveza y subió por la escalera. La primera señal de alarma se disparó al ver que la puerta del baño estaba cerrada, no entornada. Stanley nunca cerraba la puerta cuando se bañaba. Era una especie de chiste privado: cuando la puerta estaba cerrada significaba que él se estaba comportando como un buen chico; y si estaba abierta, significaba que no se opondría a hacer algo cuyo adiestramiento la madre había dejado, muy correctamente, en manos de otros.
Patty llamó a la puerta suavemente. Cobró conciencia de que llamar a la puerta del baño como si fuera un invitado era algo que no había hecho nunca en su vida matrimonial.
De pronto, la alarma se intensificó en ella. Pensó en el lago Carson, donde había nadado con frecuencia cuando niña. En los últimos días del verano, el lago estaba caliente como una bañera... hasta que dabas con una parte fría que te hacía estremecer de sorpresa y delicia. Sentías calor y al segundo siguiente era como si la temperatura hubiera descendido veinte grados bajo las caderas. Descontando el placer, así se sentía en esos momentos, como si hubiera dado con una parte fría. Sólo que esa parte no estaba por debajo de las caderas, enfriando sus largas piernas de adolescente en las negras aguas del lago Carson.
Estaba alrededor de su corazón.
—¿Stanley? ¡Stan!
Golpeó con los nudillos. Como no obtuvo respuesta, descargó el puño contra la puerta.
—¡Stanley! —El corazón ya no estaba en su pecho. Le latía en la garganta dificultándole la respiración—. ¡Stanley!
En el silencio que siguió a su grito (y el sonido de su grito allí, a menos de nueve metros de la cama donde apoyaba la cabeza para dormir todas las noches, la asustó más aún) oyó un ruido que hizo ascender el pánico a su conciencia. Un ruido insignificante, en realidad. Era sólo el ruido de una gota de agua. Plink... plink... plink…
Imaginaba las gotas formándose en la boca del grifo, engordando, cada vez más preñadas, para caer luego: plink.
Sólo ese ruido. Nada más. Y de pronto tuvo la terrible certeza de que esa noche había sido Stanley, no su padre, el que había sufrido un ataque al corazón. Con un gemido, accionó el pomo de vidrio tallado. La puerta no se movió. Estaba cerrada con llave. Súbitamente, a Patty Uris se le ocurrieron tres nuncas: Stanley nunca se daba un baño al anochecer, Stanley nunca cerraba la puerta a menos que estuviera usando el inodoro y Stanley nunca había cerrado la puerta con llave, en ninguna ocasión.
¿Sería posible, se preguntó, prepararse para un ataque al corazón?
Patty se pasó la lengua por los labios. Lo llamó otra vez por su nombre. No hubo respuesta, salvo el persistente goteo del grifo. Al bajar la vista, vio que aún sostenía la lata de cerveza. Se quedó mirándola estúpidamente, con el corazón latiéndole en la garganta, como si nunca hubiera visto una lata de cerveza. Y cuando parpadeó, la lata se convirtió en un teléfono, negro y amenazante como una serpiente.
«¿Puedo ayudarla, señora? ¿Tiene algún problema?», le espetó la serpiente.
Patty colgó el auricular bruscamente y se apartó, frotándose la mano que lo había sujetado. Al mirar alrededor, vio que estaba otra vez en el cuarto del televisor. Comprendió entonces que el pánico, surgido en su mente como un ratero que sube sigilosamente por una escalera, se había apoderado de ella. Recordó que había dejado caer la lata junto a la puerta del baño para correr a la planta mientras pensaba: «Todo esto es un error. Más tarde nos reiremos de esto. Stanley llenó la bañera, recordó entonces que no tenía cigarrillos y salió a comprarlos antes de desnudarse.» Sí. Sólo que había cerrado la puerta del baño desde dentro y había preferido abrir la ventana sobre la bañera para descolgarse por la pared de la casa. Claro, por supuesto, sin duda…
El pánico volvió a embargarla. Era como café negro y cargado. Patty cerró los ojos para luchar contra él. Permaneció inmóvil, como una estatua pálida, con el pulso latiendo en sus sienes.
Recordaba haber bajado a toda carrera hacia el teléfono, pero ¿a quién quería llamar?
Frenética, pensó «Llamaría a la tortuga, pero la tortuga no pudo ayudarnos.»
De cualquier modo, ya no importaba. Había marcado el O y debía de haber dicho algo, puesto que la operadora acababa de preguntarle si tenía algún problema. Sí lo tenía, pero ¿cómo explicar a aquella voz que Stanley se había encerrado con llave en el baño y no respondía, que el goteo del grifo en la bañera la aterrorizaba? Alguien tenía que ayudarla. Alguien…
Se llevó el dorso de la mano contra la boca y mordió. Trató de pensar, trató de obligarse a pensar.
Los duplicados de las llaves. Los duplicados de las llaves estaban en el armario de la cocina.
Se dirigió hacia allí y uno de sus pies chocó contra la caja de los botones, que se hallaba junto a una silla. Algunos botones cayeron centelleando como ojos de vidrio a la luz de la lámpara. Entre ellos había cinco o seis de los negros.
En la cara interior de la puerta del armario, sobre el fregadero doble, había un gran tablero de madera barnizada con forma de llave. Dos años atrás uno de los clientes de Stan se lo había regalado por Navidad. El tablero estaba lleno de pequeños ganchos de los cuales pendían todas las llaves de la casa; dos duplicados por gancho. Bajo cada uno se veía una tirita de cinta adhesiva con la pulcra letra de Stan: COCHERA, DESVÁN, BAÑO P. BAJA, BAÑO P. ALTA, PUERTA CALLE, PUERTA TRASERA. A un lado, las llaves de los coches, rotuladas M. B. y VOLVO.
Patty cogió la llave marcada BAÑO P. ALTA y echó a correr hacia la escalera pero se obligó a caminar. Si corría, el pánico la dominaría. Además, si caminaba aparentando serenidad, Dios podía pensar: «Bueno, me he pasado un poco, pero tengo tiempo de arreglarlo todo.»
Al paso tranquilo de una mujer que va a una reunión del Club del Libro, Patty subió la escalera y caminó hasta la puerta del baño.
—¿Stanley? —llamó, y trató de abrir.
De pronto sintió mucho miedo. No quería usar la llave. De algún modo, usar la llave le parecía algo definitivo. Si Dios no había corregido las cosas para cuando ella hubiera abierto, ya no lo haría. Después de todo, la época de los milagros había pasado.
Pero la puerta todavía estaba cerrada. El constante plink del grifo goteante era su única respuesta.
Le temblaba la mano. Encajó la llave en la cerradura, y la hizo girar. Intento asir el pomo de vidrio tallado, pero se le escurría porque la palma de la mano estaba empapada de sudor. Finalmente, consiguió hacerlo girar. Abrió la puerta.
—¿Stanley? Stanley…
Miró hacia la bañera, con su cortina azul recogida en un extremo y olvidó el nombre de su marido. Simplemente siguió mirando la bañera con gesto solemne, como el de un niño en su primer día de colegio. Luego comenzaría a gritar a todo pulmón. Entonces la oiría Anita McKenzie, la vecina, y sería Anita MacKenzie quien llamaría a la policía convencida de que un delincuente había entrado en casa de los Uris.
Pero de momento Patty Uris permanecía en silencio, con las manos recogidas sobre su pecho, solemne. Y entonces, esa solemnidad casi sagrada comenzó a transformarse. Los ojos, enormes, comenzaron a sobresalir y su boca compuso una horrible mueca de horror. Quiso gritar y no pudo. Los gritos eran demasiado estridentes para salir.
El baño, iluminado por tubos fluorescentes, tenía mucha luz y no había sombras. Se veía todo, aunque una no quisiera verlo. El agua de la bañera tenía un tono rosado intenso. Stanley yacía con la espalda apoyada contra la parte posterior de la bañera. La cabeza caía tan hacia atrás que algunos mechones de corto pelo negro le rozaban la piel entre los omoplatos. Si sus ojos fijos hubieran podido ver, habría visto a Patty con la boca abierta y desencajada. Su expresión era de abismal, petrificado horror. En el borde de la bañera había una caja de hojas de afeitar Gillette Platinum Plus. Se había provocado dos cortes en la cara interior del brazo, desde la muñeca, hasta el codo, y cruzado después cada uno de esos tajos con un corte transversal en la muñeca formando dos sangrientas T mayúsculas. Las heridas relumbraban, rojo purpúrea, bajo la hiriente luz blanca. Patty pensó que los tendones y los ligamentos expuestos parecían trozos de carne barata.
En el borde del grifo reluciente se formó una gota de agua. Engordó, como si estuviera preñada. Centelleó. Cayó. Plink.
Stan había hundido el índice derecho en su propia sangre para escribir una sola palabra en los azulejos celestes arriba de la bañera. Eran dos letras enormes, vacilantes:

Una huella sangrienta, zigzagueante, caía desde la segunda letra de la palabra: el dedo había hecho esa marca al caer la mano en la bañera donde ahora flotaba. Patty pensó que Stanley había hecho esa marca —su última impresión sobre el mundo— mientras perdía la conciencia.
Otra gota cayó en la bañera.
Plink.
Eso la hizo reaccionar. Patty Uris recobró la voz. Con la vista fija en los ojos muertos y centelleantes de su marido, empezó a gritar.
Rich pensaba que se las estaba arreglando muy bien hasta que comenzaron los vómitos.
Había escuchado todo lo que le había dicho Mike Hanlon, había respondido a sus preguntas y hasta formulado algunas. Tenía vaga conciencia de estar empleando una de sus voces, ninguna de las ridículas que solía emplear en la radio (Kinki Briefcase, contable sexual1, era su favorita, y la respuesta de la audiencia era casi tan fervorosa como la que mostraba ante su clásico coronel Buford Kissdrivel),2 sino una voz cálida, sonora, llena de confianza. Una voz de estoy-bien. Sonaba estupenda, pero era falsa, igual que las otras.
—¿Hasta dónde recuerdas, Rich? —preguntó Mike.
—Muy poco —dijo Rich. Hizo una pausa—. Lo suficiente, supongo.
—¿Vendrás?
—Iré —dijo Rich, y colgó.
Permaneció sentado en su estudio, reclinado en la silla de su escritorio, contemplando el océano Pacífico. Un par de chicos estaban retozando con sus tablas de surf. No había mucho oleaje para el surf.
El reloj de su escritorio, un costoso reloj de cuarzo regalo del representante de una casa discográfica, marcaba las 17.09 del 28 de mayo de 1985. Naturalmente, donde estaba Mike eran tres horas más tarde. Ya habría oscurecido. Eso le puso la piel de gallina. Entonces decidió moverse, hacer cosas. Lo primero, por supuesto, fue poner un disco. No lo buscó, se limitó a tomar uno cualquiera entre los miles apilados en los estantes. El rock and roll era parte de su vida, casi tanto como las voces, y le costaba hacer cualquier cosa sin música a todo volumen. El disco sacado resultó ser una recopilación de la Motown. Marvin Gaye, uno de los miembros más recientes de ese sello discográfico, que Rich solía llamar «de los muertos», cantó I Heard It through the Grapevine.
—No está mal —dijo Rich.
En realidad, su situación estaba mal y lo cierto era que lo había dejado en la miseria, pero tenía la sensación de que podría arreglárselas. No había problemas.
Comenzó a prepararse para volver a su casa. En algún momento de la hora siguiente se le ocurrió que era como si hubiese muerto y se le permitiese tomar sus últimas medidas y disponer su propio funeral. Y lo estaba haciendo bastante bien.
Llamó a su agente de viajes pensando que a esa hora debía estar de camino hacia su casa, pero lo intentó por si acaso. Milagrosamente, dio con ella. Le dijo lo que necesitaba y ella le pidió quince minutos.
—Estoy en deuda contigo, Carol —dijo.
En los últimos tres años habían dejado de llamarse «señor Tozier» y «señorita Feeny»; ahora eran Rich y Carol; muy familiar, considerando que nunca se habían visto cara a cara.
—Muy bien, paga —dijo ella—. ¿Por qué no me haces un Kinki Briefcase?
Sin siquiera hacer una pausa (cuando uno tenía que hacer una pausa para buscar su voz, no había, por lo regular, ninguna voz que encontrar) Rich dijo:
—Aquí Kinki Briefcase, contable sexual. El otro día me consultó un tío que quería saber qué era lo peor de coger el sida.
Bajó un poco la voz; mientras su ritmo se iba acelerando y tornando agitado. Era, claramente, una voz norteamericana, pero se las componía para conjurar imágenes de un adinerado colono británico, tan encantador, en su confusión, como huero. Rich no tenía la menor idea de quién era Kinki Briefcase, pero estaba seguro de que usaba trajes blancos, leía revistas caras, bebía tragos largos y olía a champú de coco.
—Se lo dije enseguida: es tratar de explicarle a tu madre que te lo contagió una haitiana. Hasta la próxima vez, éste ha sido Kinki Briefcase, contable sexual, diciéndote, como siempre: «Si no entras en calor, me necesitas de asesor.»
Carol Feeny aullaba de risa.
—¡Es perfecto! ¡Perfecto! Mi novio no cree que tú puedas hacer esas voces. Dice que ha de ser un filtro de sonido o algo así.
—Puro talento, querida —dijo Rich. Kinki Briefcase había desaparecido. Allí estaba W. C. Fields, sombrero de copa, nariz roja, palos de golf y todo—. Estoy tan lleno de talento que debo taponarme todos los orificios del cuerpo para que no se me escape como... bueno, para que no se me escape.
Ella estalló en carcajadas. Rich cerró los ojos. Sentía un principio de dolor de cabeza.
—Sé buena y haz todo lo que puedas, ¿quieres? —pidió, siempre con la voz de W. C. Fields.
Y cortó la comunicación en medio de la carcajada.
Ahora tenía que volver a ser él mismo, y eso resultaba difícil. Resultaba más difícil con cada año que pasaba.
Cuando estaba tratando de elegir un buen par de mocasines, sonó otra vez el teléfono. Era Carol Feeny en tiempo récord. Él sintió la necesidad de adoptar la voz de Buford Kissdrivel, pero se contuvo. Carol le había conseguido un pasaje de primera clase en el vuelo sin escalas de la American Airlines desde Los Ángeles hasta Boston. Saldría de Los Ángeles a las 21.03, para llegar a Logan a eso de las cinco de la mañana. Desde Logan, Delta lo llevaría a Bangor, Maine, saliendo a las 7.30 y aterrizando a las 8.20. Ya le habían conseguido un sedán grande por medio de Avis. Había sólo cuarenta kilómetros desde el local de Avis, en el aeropuerto de Bangor, hasta el límite municipal de Derry.
«¿Sólo cuarenta kilómetros? —pensó Rich—. ¿Eso es todo, Carol? Bueno, tal vez sea cierto... al menos en kilómetros. Pero no tienes la menor idea de lo lejos que está Derry y yo tampoco. Pero, Dios mío, lo voy a descubrir.»
—No traté de reservarte alojamiento porque no me dijiste cuánto tiempo vas a pasar allí —dijo ella—. ¿Quieres …?
—No, ya me encargaré yo —respondió Rich. Y entonces entró en escena Buford Kissdrivel con su voz engolada y sus vocales despatarradas.
—Te has portado como un ángel, corazón mío, como un ángel de verdad.
Colgó con suavidad (siempre hay que dejarlas riendo) y marcó 207-555-1212, Información del estado de Maine. Quería el número de Town House de Derry. Cielos, ése sí era un nombre del pasado. ¡No había pensado en el Town House de Derry por… ¿Cuánto tiempo? ¿Diez, veinte, veinticinco años, tal vez? Aunque pareciera descabellado, calculaba que habían sido veinticinco años. Y si Mike no hubiera llamado, bien habría podido pasar el resto de su vida sin acordarse de ese hotel. Sin embargo, en otros tiempos pasaba junto a esa gran mole de ladrillo todos los días. Y en más de una ocasión había pasado corriendo con Henry Bowers, Belch Huggins y aquel otro grandullón, Victor no-sé-qué, persiguiéndole y gritándole fiorituras como «¡Ya vas a ver, caraculo! ¡Te vamos a coger, cuatro ojos! ¡Nos las vas a pagar, mariquita!» ¿Alguna vez habían llegado a cogerle?
Antes de que Rich pudiera acordarse de eso, una telefonista le preguntó de qué ciudad, por favor.
—Derry, señorita…
¡Derry, por Dios! Hasta el nombre parecía extraño y olvidado. Pronunciarlo era como besar una antigüedad.
—¿Tiene el número del Town House de Derry?
—Un momento, señor.
«Imposible, Debe de haber desaparecido, derribado en algún programa de renovación urbana. Convertido en el Club de los Elks, en una bolera o en un salón de videojuegos. O tal vez incendiado hasta los cimientos, una noche, cuando la ley de las probabilidades hizo que algún viajante borracho se quedara dormido con el cigarrillo en la mano. Desaparecido, Richie, igual que los anteojos por los que te fastidiaba Henry Bowers. ¿Cómo dice la canción de Springsteen? “Días de gloria, perdidos en el guiño de una chica.” ¿Qué chica? Pues Bev, por supuesto…»
Podía ser que el Town House estuviera cambiado, pero no había desaparecido, pues una inexpresiva voz de robot surgió en la línea:
—El número es 9-4-1-8-2-8-2. Repito: el número es…
Pero Rich lo había anotado la primera vez. Fue un placer colgarle a esa voz monótona; resultaba fácil imaginar a un gran monstruo globular, de la sección de información, sepultado en algún punto de la Tierra, sudando riachuelos y sosteniendo miles de teléfonos en miles de tentáculos articulados. Versión telefónica del doctor Pulpo, némesis de Spidey. Año tras año, el mundo en que Rich vivía se parecía cada vez más a una enorme casa electrónica hechizada donde fantasmas digitales y asustados seres humanos habitaban en intranquila coexistencia.
«Aún de pie. Parafraseando a Paul Simon, aún de pie, después de tantos años.»
Marcó el número del hotel que había visto a través de los anteojos de su infancia. Marcarlos, 1-207-941-8282, era fatalmente fácil. Sostuvo el auricular contra el oído mientras miraba por el amplio ventanal de su estudio. Los surfistas se habían ido, una pareja caminaba lentamente por la playa, cogidos de la mano, por el mismo lugar. Esa pareja parecía uno de los pósters de la agencia donde trabajaba Carol Feeny, perfectos. Exceptuando, claro está, el hecho de que ambos usaban gafas.
«¡Te vamos a coger, caraculo! ¡Te vamos a romper las gafas!»
«Criss», transmitió su mente de pronto. El apellido era Criss. Victor Criss.
¡Cristo! No tenía ningún interés en recordar eso a esas alturas, pero lo mismo daba. Algo estaba pasando allá en las bóvedas, allí donde Rich Tozier conservaba su colección personal de Viejos Éxitos Dorados. Las puertas se estaban abriendo.
«Sólo que allá abajo no hay discos, ¿verdad? Allá abajo no eras Rich Discos Tozier, el gran disc-jockey de KLAD, el Hombre de las Mil Voces, ¿eh? Y esas cosas que se están abriendo... no son exactamente puertas, ¿verdad?»
Trató de desechar esos pensamientos.
«Lo que debo recordar es que estoy bien. Yo estoy bien, tú estás bien, Rich Tozier está bien. Pero de todos modos, me vendría bien un cigarrillo.»
Había dejado de fumar hacía cuatro años, pero sí, le habría sentado bien un cigarrillo.
«No son discos, sino cadáveres. Los sepultaste, pero ahora se ha producido una especie de descabellado terremoto y la Tierra está escupiendo a la superficie. Allá abajo no eres Rich Discos Tozier; allá abajo eres Richie Cuatro Ojos, nada más, y estás con tus compañeros, tan asustado que sientes las pelotas volviéndose mermelada de ciruelas. Ésas son puertas y no se están abriendo. Son criptas, Richie. Se están resquebrajando y los vampiros que habías dado por muertos vuelven a alzar el vuelo, todos.»
Un cigarrillo, sólo uno. Hasta uno light podría servir, por Dios.
«¡Te vamos a coger, cuatro ojos! ¡Te vas a tragar esa maldita cartera de libros!»
—Town House —dijo una voz masculina con acento del Norte; había viajado desde Nueva Inglaterra por el Medio Oeste y bajo los casinos de Las Vegas hasta alcanzar llegar a sus oídos.
Rich preguntó a la voz si podía reservar una suite en el Town House a partir del día siguiente. La voz le dijo que podía y le preguntó por cuánto tiempo.
—No lo sé. Tengo…
Hizo una pausa breve. ¿Qué tenía, en realidad? Con los ojos de la mente vio a un muchachito con una cartera de tartán llena de libros, que huía de los gamberros. Vio a un chiquillo con gafas, flaco, pálido, que parecía gritar a todos los gamberros que pasaban: «¡Péguenme! ¡Adelante, péguenme! ¡Tengan mis labios: háganlos puré contra mis dientes! ¡Tengan mi nariz; háganla sangrar, rómpanla, si pueden! ¡Denme un puñetazo en la oreja para que se me hinche como una coliflor! ¡Pártanme una ceja! ¡Aquí está mi barbilla: busquen el punto del knock-out! Y mis ojos, tan azules, tan aumentados por estas odiosas gafas, con una patilla remendada con celo. ¡Rompan los cristales! ¡Hundan un fragmento de vidrio en uno de estos ojos y ciérrenlo para siempre, mierda!»
Cerró los ojos y dijo:
—Tengo que ocuparme de asuntos de negocios en Derry, ¿comprende? No sé cuánto me llevará. ¿Qué tal tres días con posibilidad de prórroga?
—¿Con posibilidad de prórroga? —repitió el empleado, dubitativo. Rich esperó, paciente, a que el tipo procesara aquello en su mente—. ¡Ah, comprendo! ¡Me parece muy bien!
«Gracias; y... espero que pueda votar por nosotros en noviembre —dijo John F. Kennedy—. Jackie quiere... redecorar el Despacho Oval y yo tengo un puesto preparado para mi... hermano Bobby.»
—¿Señor Tozier?
—Sí.
—Creo que la línea se cruzó por unos segundos.
«Sólo un antiguo camarada del DOP1 —pensó Rich—. Del Dead Old Party, por si quieres saberlo. No te preocupes por eso. —Le recorrió un escalofrío y volvió a decirse, casi con desesperación—: Estás bien, Rieh.»
—Yo también lo oí —dijo—. Líneas cruzadas, seguro. ¿Y bien?
—No hay problema —dijo el empleado—. Aquí en Derry no nos visitan demasiados hombres de negocios.
—¿De veras?
—Oh, ayuh —asintió el empleado.
Rich volvió a estremecerse. Había olvidado eso, también: ese simple modismo de Nueva Inglaterra que reemplaza al sí. Oh, ayuh.
«¡Te voy a coger, basura!», aulló la voz fantasmal de Henry Bowers. Y él sintió que otras criptas se resquebrajaban dentro de él. El hedor que percibía no era el de los cadáveres putrefactos, sino el de los recuerdos podridos y eso era, de algún modo, peor.
Dio al empleado del Town House su número de la American Express y colgó. Luego llamó a Steve Covali, director de programación de la KLAD.
—¿Qué pasa, Rich? —preguntó Steve.
El último sondeo de audiencia había demostrado que la KLAD ocupaba el primer puesto en el canibalístico mercado del rock-FM en Los Ángeles. Desde entonces, Steve estaba de excelente humor.
—Bueno, tal vez lamentes haberlo preguntado —dijo a Steve—. Voy a lanzarme a la carretera.
—A lanzarte... Creo que no te entiendo, Rich.
—Que tengo que ponerme las botas de leguas. Que me largo.
—¡Cómo! Según el programa que tengo delante de mis ojos, sales al aire mañana desde las dos a las seis de la tarde, como siempre. Más aún, a las cuatro entrevistas a Clarence Clemons en los estudios. ¿Conoces a Clarence Clemons, Rich?
—Clemons puede hablar perfectamente con Mike O’Hara en vez de hacerlo conmigo.
—Clarence no quiere hablar con Mike, Rich. No quiere conversar con Bobby Russel. Ni conmigo. Clarence es un fanático de Buford Kissdrivel y de Wyatt el Homicida de la Bolsa. Quiere hablar contigo, amigo. Y no tengo ningún interés en encontrarme con un furioso saxofonista de ciento veinte kilos que estuvo a punto de ser fichado por un equipo profesional de rugby, poniéndose frenético en mi estudio.
—No tiene fama de frenético —dijo Rich—. Y estamos hablando de Clarence Clemons, no de Keith Moon.
Hubo un silencio en la línea. Rich esperó, con paciencia.
—Estás bromeando, ¿verdad? —preguntó Steve al fin. Sonaba quejumbroso—. Porque, a menos que haya muerto tu madre, que te hayan descubierto un tumor cerebral o algo por el estilo, esto es una putada.
—Tengo que irme, Steve.
—Entonces, ¿está enferma tu madre? ¿O ha muerto?
—Murió hace diez años.
—Ni siquiera un pólipo rectal.
—No le veo la gracia, Rich.
—Ya.
—Te estás portando como un maldito tramposo y eso no me gusta.
—A mí tampoco, pero tengo que irme.
—¿Adonde? ¿Por qué? ¿De qué se trata? Dímelo.
—Me ha llamado alguien. Alguien a quien conocí hace mucho tiempo. En otro lugar. En aquella época sucedió algo. Hice una promesa. Todos prometimos que volveríamos si ese algo volvía a empezar. Y parece que ha empezado.
—¿De qué algo estás hablando, Rich?
—Preferiría no decírtelo. —«Además, si te dijera la verdad me tomarías por loco: no recuerdo nada.»
—¿Cuándo hiciste esa famosa promesa?
—Hace mucho tiempo. En el verano de 1958.
Hubo una larga pausa. Sin duda Steve Covali estaba tratando de decidir si Rich Discos Tozier, alias Buford Kissdrivel, alias Wyatt el Homicida de la Bolsa, etc., le estaba tomando el pelo o estaba sufriendo una especie de colapso mental.
—Eras apenas un niño —dijo Steve.
—De once años.
Otra larga pausa. Rich esperaba, paciente.
—Está bien —dijo Steve—. Cambiaré los turnos. Haré que Mike te reemplace. Puedo llamar a Chuck Foster para que haga algunos turnos, supongo, si descubro en qué restaurante chino se ha refugiado últimamente. Voy a hacerlo porque hemos sido amigos durante mucho tiempo. Pero no olvidaré que me has dejado plantado, Rich.
—Corta el rollo —dijo Rich. Pero su dolor de cabeza iba de mal en peor. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. ¿O Steve lo tomaba por un irresponsable? —. Necesito unos días de licencia. Eso es todo. Y tú te portas como si te hubiera fastidiado todos los planes.
—Unos días de licencia ¿para qué? ¿Para la reunión de ex boys scouts en las Cataratas de Letrina, Dakota del Norte, o en Villa Fregona, Virginia?
—En realidad, creo que es en las Cataratas de Letrina, Arkansas —dijo Buford Kissdrivel con su gran voz de barril vacío.
Pero Steve no se dejó distraer.
—¿Todo porque hiciste una promesa cuando tenías once años? ¡A los once años no se hacen promesas en serio, por el amor de Dios! Y aunque así fuera, Rich, esto no es una compañía de seguros ni un despacho de abogados, sino el mundo del espectáculo, por Dios, y ya sabes de qué se trata, coño. Si me hubieras avisado una semana atrás lo habría arreglado. Me estás poniendo entre la espada y la pared y lo sabes, así que no insultes mi inteligencia.
Steve estaba hablando casi a gritos. Rich cerró los ojos. «No lo olvidaré», había dicho Steve y Rich suponía que era cierto. Pero Steve también había dicho que los chicos de once años no hacen promesas en serio y eso no tenía nada de cierto. Rich no recordaba la promesa y ni siquiera estaba seguro de querer recordarlo, pero había sido muy en serio.
—Tengo que irme, Steve.
—De acuerdo. Vete y déjame plantado, maldita sea.
—Steve, estás llev…
Pero Steve ya había colgado. Rich hizo lo propio. En el momento en que se alejaba, el teléfono volvió a sonar. Aun antes de atender, supo que era otra vez Steve, más furioso que nunca. A esas alturas no serviría de nada hablar con él, no conseguiría más que empeorar las cosas. Deslizó hacia la derecha la llave que el aparato tenía a un lado y la llamada enmudeció en medio de un timbrazo.
Subió la escalera, sacó dos maletas del armario y las llenó echando apenas una mirada al montón de ropa: vaqueros, camisas, ropa interior, calcetines. Sólo después descubriría que había llevado sólo ropa de niño. Transportó las maletas a la planta baja.
En la pared del comedor había una fotografía del Gran Sur, en blanco y negro, tomada por Ansel Adams. Rich la hizo girar sobre los goznes ocultos poniendo al descubierto una gran caja de hierro. Después de abrirla, rebuscó entre los papeles de la casa, cómodamente instalada en diez hectáreas de bosque en Idaho y un manojo de acciones. Había comprado las acciones aparentemente al azar (su corredor de Bolsa se agarraba la cabeza cuando lo veía llegar), pero todas habían subido con el correr de los años. A veces le sorprendía que fuera casi rico. Todo por cortesía del rock and roll... y de su voz, por supuesto.
Una casa, bosque, acciones, póliza de seguro y hasta una copia de su último testamento. «Las ligaduras que te sujetan al mapa de tu vida», pensó.
Sintió un impulso, súbito y salvaje, de coger el encendedor y prender fuego a toda esa basura de por-la-presente y por-lo-tanto y el portador-de-este-certificado... Y bien podía hacerlo: los papeles de su caja fuerte habían perdido, de pronto, todo significado.
En ese momento le embargó el primer terror auténtico, y no tenía nada de sobrenatural. Era sólo la súbita conciencia de que resultaba muy fácil acabar con la propia vida. Eso no daba tanto miedo. Simplemente, se acercaba el ventilador a lo que se había recolectado durante años y se lo encendía. Fácil. Era cuestión de quemarla o aventarla y luego lanzarse a la carretera.
Detrás de los papeles, que eran sólo primos segundos del efectivo, estaba el efectivo de verdad. Cuatro mil dólares en billetes de a diez, veinte y cincuenta.
Al cogerlo se preguntó si acaso había sabido lo que estaba haciendo al poner allí el dinero: cincuenta un mes, ciento veinte el siguiente, a lo mejor sólo diez el próximo. Dinero de viejo escondido en los agujeros de las ratas.
«Increíble, tío», se dijo, notando apenas su propia voz. Tenía los ojos perdidos en la playa que se veía por el ventanal. Estaba desierta, los chicos del surfing se habían marchado; la pareja supuestamente de luna de miel, también.
«Pues sí, doctor, ahora lo recuerdo todo. ¿Recuerda a Stanley Uris, por ejemplo? Puede apostar su pellejo… ¿Recuerda cómo solíamos decir eso creyendo que era el gran chiste? Los gamberros le llamaban Stanley Urina. “¡Eh, Urina! ¡Eh, maldito asesino de Cristo! ¿Adonde vas? ¿A que uno de tus amigos maricones te la chupe?”»
Cerró la caja fuerte con violencia y volvió a dejar el cuadro en su sitio de un manotazo. ¿Cuánto tiempo hacía que no pensaba en Stanley Uris? Rich se había marchado de Derry con su familia en la primavera de 1960 y qué pronto se habían desvanecido todas aquellas caras, su pandilla, ese triste puñado de perdedores con su caseta en lo que se llamaba entonces Los Barrens,1 gracioso nombre para un lugar de tan lujuriosa vegetación. Fingiéndose exploradores en la selva o marines luchando en los archipiélagos del Pacífico tomados por los japoneses, fingiéndose constructores de presas, vaqueros, hombres del espacio en un mundo selvático, fingiéndose todo lo que a uno se le puede ocurrir, pero no olvidemos de qué se trataba en realidad: se trataba de esconderse. Esconderse de los matones. Esconderse de Henry Bowers y de Victor Criss y de Belch Huggins y de todos los demás. Qué hatajo de perdedores habían sido: Stanley Uris con su narizota de chico judío; Bill Denbrough, que no podía decir otra cosa que «Hai-io, Silver!» sin tartamudear; Beverly Marsh, con sus moretones y sus cigarrillos ocultos en las mangas de la blusa; Ben Hascom, tan enorme que parecía la versión humana de Moby Dick y Richie Tozier, con sus gafas gruesas y sus excelentes calificaciones y su boca sabihonda y su cara pidiendo que la transformasen a golpes en formas nuevas y estimulantes. ¿Había una palabra que resumiese lo que habían sido? Oh, sí. Siempre la hubo. Le mot juste. En este caso, le mot juste era desastres.
Cómo volvía... cómo volvía todo... y allí estaba, en su madriguera, temblando con el desamparo de un pájaro sin nido en medio de una tormenta, temblando porque recordaba mucho más que a aquellos chicos de la infancia. Había otras cosas, cosas que en años no habían vuelto a su cabeza, cosas que ahora temblaban rozando la superficie.
Cosas sangrientas.
Una oscuridad terrible.
La casa de la calle Neibolt y Bill gritando: «¡Tú, m-m-mataste a mi hermano, hijo de p-p-puta!»
¿Lo recordaba ahora? Lo justo para no querer recordar nada más.
Un olor a basura, un olor a mierda y un olor a algo más. Algo peor que la mierda y la basura. Era el olor de la bestia, el olor de Eso, allá en la oscuridad, bajo Derry, donde las máquinas atronaban incesantemente. Se acordó, de George…
Pero eso fue demasiado. Corrió al baño, tropezando en el trayecto. Llegó… pero apenas. Patinó por los lustrosos mosaicos hasta el inodoro, de rodillas, como un loco bailarín de break-dance; agarrándose a los bordes, vomitó cuanto tenía en las entrañas. Pero ni siquiera así se le pasó. De pronto vio a Georgie Denbrough como si hubiera estado con él el día anterior. George, que había sido el comienzo de todo; Georgie, asesinado en el otoño de 1957. Georgie había muerto justo después de la inundación, con uno de los brazos arrancado de su articulación, y Rich había bloqueado todo en su memoria. Pero a veces esas cosas vuelven, claro que sí. Vuelven, a veces vuelven.
Pasó el espasmo y Rich tiró de la cadena. Hubo un rugir de agua. La cena que había comido temprano, regurgitada en trozos calientes, desapareció por las tuberías.
Hacia las cloacas.
Hacia el palpitar, el hedor y la oscuridad de las cloacas.
Bajó la tapa, apoyó en ella la frente y empezó a llorar. Era la primera vez que lloraba desde la muerte de su madre, en 1975. Sin siquiera pensar en lo que estaba haciendo, ahuecó las manos bajo los ojos; las lentillas de contacto se deslizaron hacia fuera y quedaron en la palma de su mano, centelleando.
Cuarenta minutos después, sintiéndose como si hubiera salido de un encierro, purificado, de algún modo, arrojó sus maletas al maletero de su MG y sacó el coche del garaje. La luz ya menguaba. Miró su casa, con sus nuevas plantas y miró la playa, el agua que había tomado el brillo de la esmeralda clara, partido por una estrecha senda de oro batido. Y sintió la convicción de que jamás volvería a ver nada de todo eso, que era un muerto ambulante.
—Ahora vuelvo al hogar —susurró Rich Tozier para sí—. Vuelvo al hogar, que Dios me ampare, vuelvo al hogar.
Arrancó sintiendo, una vez más, lo fácilmente que había caído en una grieta insospechada de una vida aparentemente sólida, la facilidad con que se volvía al lado oscuro, pasando del azul del cielo al negro de la nada.
Del azul al negro, sí, eso era. Allí donde cualquier cosa podía estar esperando.