Prólogo

Pazo de Rebolada, San Julián. Norte de Galicia, 1850.

Las campanas de la pequeña iglesia parroquial tocaron a difunto.

Casi en ese mismo instante, y como si se tratara de un inquietante signo premonitorio, un grupo de cuervos abandonó en desbandada la cumbrera del tejado, quebrando la solemnidad de la tarde con sus espeluznantes graznidos.

La señora del Pazo acababa de abandonar el mundo de los vivos tras una penosa y larga enfermedad, dejando a su niña, Ana, su única y muy querida hija, a cargo de un padre déspota y autoritario. Un hombre que lo único que veneraba más que la visión de su propia imagen reflejada en el espejo era el olor acre de los billetes que atesoraba en sus arcas. O, siendo más fieles a la realidad, en las arcas de su difunta esposa, pues todo allí: el Pazo, las propiedades, la fortuna, la respetabilidad en el pueblo e incluso el título nobiliario, pertenecían a la finada, siendo él tan solo el más indebido y afortunado consorte.

Doña Angustias, el ama de cría de la pequeña, se persignó y enjugó las lágrimas con un pañuelo que siempre guardaba discretamente en la bocamanga de su vestido.

Al menos la señora había encontrado al fin descanso, dejando sus penurias y calamidades de pobre niña rica para los que aún moraban entre los vivos. Como era el caso de su pequeña y desvalida infanta. ¡Cuánto le quedaba aún por padecer a aquella pobre criatura al lado de un padre incapaz de mostrar el menor afecto por ella! Aunque a nadie en la Casa Grande le extrañaba un desapego tan inhumano y antinatural. Hasta los animales sienten querencia por sus crías, pero el señor conde era de una pasta distinta, tenía un corazón de piedra dentro de un sayo enteco e insensible. Difícilmente podía sentir afecto por la niña cuando tampoco había sido capaz de mostrar ni una pizca de aprecio por la bondadosa y amable señora mientras esta aún vivía. Y ella sí que era de auténtica pasta de ángel.

Doña Angustias alzó la mirada con resignación hacia la empinada escalera donde, valiéndose de la evidente ventaja que otorga la juventud, la criatura en cuestión subía los peldaños de dos en dos.

—¡Ana, no corras, mujer! Que te vas a hacer daño… —La anciana ama comenzó a subir las escaleras trabajosamente, sujetándose las faldas con ambas manos mientras jadeaba y resoplaba como un viejo animal cansado—. ¡Diantre de criatura!

Al alcanzar por fin el rellano se detuvo un momento, liberó la gruesa tela del agarre y se llevó una mano al hígado, que en esos momentos la estaba matando, para permitirse tomar aire siquiera un segundo. En realidad, apenas un segundo, pues en el acto, meneando la cabeza con fastidio y resignación, se obligó a reanudar la persecución de aquella imparable criatura objeto de todos sus desvelos y cuidados.

—¡Ana, para de una vez! ¡Vas a caerte y a lastimarte de verdad…!

Pero la pequeña, convertida en esos momentos en un dinámico bulto negro plagado de volantes, lazos y tirabuzones, corría como una exhalación a buena distancia delante de su cuidadora, haciendo resonar sus pasitos por toda la galería, desde los lustrados suelos de madera hasta los inalcanzables rosetones del techo, dejando tras de sí un dulce aroma a agua de rosas y jazmín.

La anciana exhaló ruidosamente en plena carrera. En realidad, en esos momentos aquel angelito de cinco años le inspiraba tanta compasión que le resultaría imposible enfadarse con ella aunque le hiciera arrojar los hígados por la boca, como parecía muy probable que sucediera en cualquier instante.

En un momento dado, la pequeña paró en seco, se alzó de puntillas, clavó los deditos cortos y regordetes en el junquillo de la ventana y se encaramó al cristal, llenando de vaho la superficie delante de su nariz.

A lo lejos, el cortejo fúnebre, presidido por un majestuoso coche tirado por dos percherones adornados con crespones negros y seguido por un generoso séquito de almas enlutadas, descendía la ladera muy despacio en dirección al camposanto, que esperaba la llegada de la nueva moradora a poca distancia del mar.

—¿A dónde se la llevan? —La voz de la pequeña sonó tan lastimera que doña Angustias sintió cómo su corazón se desgarraba hasta partirse en dos.

Se detuvo a su espalda, resollando y sudando como un animal de tiro, y dudó un instante si acariciar o no aquella adornada cabecita; al final se decantó por dejar su mano suspendida en el aire unos segundos para luego ocultarla con rapidez entre los pliegues de su falda, cerrándola en impotente puño.

—Tu madre ya no sufre, cariño. —Y tuvo que silenciarse cuando percibió una lágrima descendiendo en soledad por los regordetes mofletes de la niña. Ni un gemido, ni un sollozo. Ana, aun siendo tan pequeña como era, poseía una dignidad encomiable y una fortaleza digna del más valeroso guerrero. O de una damita de su posición, tal y como le había sido inculcado.

«¡No se llora, no se gime, no se muestra debilidad! Todo el mundo a tu alrededor es un enemigo potencial. ¿Lo entiendes, niña boba?», sermoneaba de continuo su estricto padre en un tono digno de general de campaña. ¡Malditas fueran sus enseñanzas!

—Ya no podré hablar con ella… —No era una pregunta.

—Siempre que quieras, amor; cada vez que cierres los ojos y la busques en tu corazón, allí la encontrarás.

La niña apretó los párpados con fuerza para cerrar el paso a las lágrimas. Pero sus esfuerzos fueron en vano, no importaba la fuerza o la voluntad con que los apretara: las lágrimas empezaron a brotar en ese mismo instante para correr por su cara como si alguien hubiera abierto de golpe la presa que las contenía.

—Ya no va a cantarme nunca más por las noches, ni esperará al lado de mi cama hasta que me duerma…

Doña Angustias no pudo evitarlo. Se inclinó con ímpetu sobre ella, furiosa con la vida y con el destino, la cogió en brazos y la abrazó muy fuerte, tratando de consolarla, y a la vez de consolarse a sí misma. La niña rodeó su cuello en un abrazo desesperado y apoyó su carita sobre el hombro de la anciana. Una vez amparada en tan amoroso refugio, rompió a llorar en silencio, como hacía siempre, tragándose todo el dolor y el sufrimiento para sí misma. Sin pretender dar lástima, sin apenas hacerse oír, sin desear llamar la atención.

«¡Un noble del reino jamás muestra signos de debilidad delante de sus inferiores, niña! Nunca lo olvides si esperas hacerte respetar. ¡A nadie le interesa tu dolor, ni a ti debe interesarte el dolor de los demás! ¿Te ha quedado claro? ¡Son tales cualidades las que distinguen el grado de nobleza de cada quien!», solía amonestarla su padre, obligándola a silenciar su llanto cuando se lastimaba durante sus juegos; cuando, como cualquier otro niño, se raspaba las rodillas y las manos hasta hacerse sangre. En esos momentos, no había besitos en la herida ni mimos misericordes, tan solo un brusco empellón para obligarla a levantarse y una regañina por su torpeza. Quizás incluso, dependiendo del humor que gastara el progenitor, podría recibir una bofetada como castigo a tanta indeseable debilidad.

—Yo cuidaré de ti, mi pequeña, y estaré a tu lado cada día de mi vida hasta la hora en que me muera. —Las lágrimas descendieron también por las mejillas de la anciana mientras, a lo lejos, la comitiva fúnebre se perdía de vista tras las oscuras y rumorosas copas de los pinos que, en sintonía con el momento, deslizaban entre el follaje su lastimoso cántico para lanzarlo al infinito.

Muy poco tardaría la anciana en comprobar las escasas posibilidades que iba a tener de cumplir aquella promesa.