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CON SANGRE ESPAÑOLA

No son los hombres los que hacen la historia, es la historia la que hace a los hombres o a las figuras o a las personalidades; los hombres interpretan, de una forma o de otra, los acontecimientos, pero son hijos de la historia.

Fidel Castro

EL 1 DE ENERO DE 1899, tras 407 años de permanencia en la isla, España —un «imperio en declive» —, entregó a los Estados Unidos — el «imperio emergente» del momento—, su máxima ambición en el Caribe: Cuba. Lo ha entendido bien el lector. No habían sido aún repatriados hacia la metrópoli los últimos soldados —lo hicieron entre el 7 de enero y el 6 de febrero de ese año1—, cuando la isla pasaba, a toda prisa, no a manos de los cubanos, como hubiese sido lo habitual en una «guerra de liberación», sino a estar bajo órdenes del gobierno de Washington.

Era el fruto de una guerra civil que habían iniciado los rebeldes cubanos con su levantamiento de 1895, que nunca hubiesen podido ganar sin la intervención del ejército estadounidense en 1898 y que, ahora, cuando sus aliados no estaban dispuestos a reconocer de ninguna manera la labor que habían realizado los habitantes de la isla para liberarse del «yugo español», les obligaba a preguntarse: ¿Cuál será nuestro futuro?

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Uno de los fortines de la trocha de Júcaro a Morón en 1898. Era una enorme obra defensiva construida por el ejército con la intención de dividir Cuba en dos y aislar a los rebeldes mambises en Oriente.

No hubo que esperar mucho. De inmediato, el gobierno estadounidense decidió que sería conveniente disolver todas las instituciones que representaban el movimiento de liberación y se dedicó a incrementar las diferencias que habían surgido durante la campaña entre el general en jefe del ejército, Máximo Gómez, y los representantes de la Asamblea Constitucional, el principal órgano político de la Revolución. En consecuencia, ambas instituciones desaparecieron. Eso, junto con la disolución por su principal delegado, Tomás Estrada Palma, del Partido Revolucionario Cubano, dispersó definitivamente a las fuerzas independentistas y las dejó sin liderazgo.

A partir de ese momento, la ocupación militar estadounidense, legitimada por el Tratado de París, firmado el 1 diciembre de 1898, se convirtió en la forma de gobierno de la isla. Para llevarlo a cabo, el día 13 de ese mes, el presidente estadounidense William McKinley ya había nombrado como gobernador al general John Brooke2. Un cargo que este se dispuso a ejercer con ilimitada energía dos semanas después.

Como no les habían dado mucha orientación oficial sobre lo que tenían que hacer, cuando ese primer día del año, y tal y como se había establecido durante las conversaciones en la capital francesa, Brooke y sus subordinados asumieron sus nuevas funciones políticas, optaron por la vía castrense. Fue fácil obligar a los soldados españoles a que se fueran cuanto antes, aunque tuvieran que zarpar en buques abarrotados y ocupar hasta los retretes. No tuvo mayor dificultad crear siete departamentos militares, ponerlos a las órdenes de oficiales de confianza y en ellos comenzar a cuidar de las personas cuyas vidas habían sido destrozadas por la guerra. Máxime cuando ya se disponía de los mismos alimentos que la US Navy había evitado que llegasen a la isla durante todo el tiempo en el que tuvo sus puertos bloqueados. Ni siquiera le supuso una dificultad permitir el regreso de los reconcentrados a sus tierras. Al contrario, en la mejor tradición de mantener contento al pueblo, y, como si no hubiera existido nada hasta entonces, como si acabara de llegar a un lugar por colonizar, todo eso le permitía también comenzar una campaña para mejorar el saneamiento, la disciplina, el poder judicial y los servicios administrativos.

El primer problema de Brooke fue que, para lograr todo eso, aunque se apresuró a nombrar gobernadores civiles y un consejo de secretarios afines a los insurgentes, tuvo que utilizar a muchos de los antiguos administradores de la metrópoli, que volvieron a formar una clase privilegiada muy mal vista por muchos cubanos. Y el segundo, de mayor importancia, el que compartía con su gobierno y, sobre todo, con una buena parte de la opinión pública de su país: que no sabía qué hacer con los negros. Un conjunto de casi el 75 % de la población. Si los dejaba como estaban, tendría dificultades en la isla. Si mejoraba su situación, las tendría en Estados Unidos.

Aun en esas circunstancias, las fuerzas rebeldes que habían luchado contra el ejército regular español, no se levantaron contra la ocupación estadounidense, como hicieron los insurrectos filipinos tras la misma guerra en el otro lado del mundo. Es cierto que le crearon algunos problemas a Brooke cuando se negaron a disolverse, pero solo hasta que les pagaron los salarios que se habían establecido para el Ejército Libertador: 3 000 000 de dólares que se entregaron al general Máximo Gómez y que este se encargó de repartir a razón de 75 dólares para cada uno de los soldados que pudieran demostrar que habían combatido.

Bien por discrepancias con McKinley, bien porque no terminara de gustarle la vida colonial —era de Filadelfia—, Brooke duró poco en el cargo. Lo sustituyó el 23 de diciembre de 1899 el general Leonard Wood.

Médico de profesión y descendiente de las primeras familias británicas que habían llegado a Norteamérica en el Mayflower, Wood demostró enseguida que iba a seguir una línea mucho más dura y conservadora que su predecesor. Inflexible, de inmediato sustituyó a los funcionarios del antiguo gobierno civil español por cubanos, creó la Guardia Rural para mantener el orden y continuó con las infraestructuras iniciadas por Brooke. Es más, las amplió, para incluir en ellas carreteras, puentes y puertos. Incluso permitió la creación de nuevos partidos políticos. Unas medidas magníficas sobre el papel si no fuera porque se olvidó de todos los residentes en la isla de clase media y clase media baja —no digamos ya de los de clase baja, que no le hacían ninguna gracia—, y las aprovechó para sentar las bases del absoluto dominio comercial sobre la isla de los Estados Unidos mediante la reducción de los impuestos sobre sus importaciones y la supresión de los acuerdos preferenciales con España.

A Wood, ese gran líder que sentó las bases para que se organizaran unas elecciones «democráticas» en las que solo votaron los ricos, mediante las órdenes militares número 164 de 18 de abril de 1900 —celebración de comicios municipales—, y 316 de 11 de agosto —celebración de elecciones a la Asamblea Constituyente a realizar el 15 de septiembre de ese año—, con el fin de poder traspasar el poder a los cubanos, también se le deben las conversaciones con el secretario de Guerra estadounidense Elihu Root, para que se llevaran a cabo las imprescindibles medidas que desembocaron en una enmienda a la Constitución cubana que se estaba redactando. La misma que consiguió incluir el 28 de febrero de 1901, el senador esta dounidense Orville Platt. Una infame cláusula que regulaba de forma unilateral las relaciones entre el futuro estado independiente cubano y los Estados Unidos3.

El gobernador, intolerante con cualquier protesta cubana sobre el tema, no solo no se mostró dispuesto a admitir ninguna crítica, sino que amenazó —una amenaza teñida de chantaje—, con no retirar sus tropas mientras no se firmara la Constitución, enmienda incluida. Es muy conocido a ese respecto el caso contra el periódico La Discusión, que terminó a mediados de abril de ese año con el encarcelamiento de su director, Manuel María Coronado, y del dibujante Jesús Castellanos, por publicar el día 12 una caricatura que representaba al «Pueblo cubano» como Jesucristo, crucificado entre dos ladrones —el general Wood y el presidente McKinley—, con María Magdalena —la opinión cubana—, llorando de rodillas al pie de la cruz, mientras que el senador Platt, caracterizado como soldado romano, esperaba para clavarle una lanza. Wood ordenó de inmediato que se iniciara contra ellos un expediente criminal, los mandó a la prisión de La Habana y cerró el periódico. Solo fue convencido de excarcelarlos al día siguiente, tras la intervención directa del presidente estadounidense.

Los cubanos adoptaron finalmente la propuesta de Wood y, su limitadísimo electorado, eligió a Estrada Palma para asumir el cargo de futuro presidente de la nueva república. Estrada, que llevaba ya varios años haciéndole el juego a los estadounidenses, como la mayoría de la élite de Cuba, y prefería que los anexionaran como estado, aceptó en general la intervención norteamericana en los asuntos cubanos, lo que levantó la ira de los nacionalistas que querían permanecer libres de la dominación yankee. Una actitud que, como veremos, se radicalizaría en las siguientes elecciones.

El 20 de mayo de 1902, a las 12.00, los soldados del 70.° regimiento de caballería de los Estados Unidos arriaron la bandera de su país e izaron la cubana. Segundos después esta también fue arriada y ocupó su lugar otra bandera cubana que había llevado Máximo Gómez. La primera se la quedó Wood. Quizá en el fondo era un nostálgico y quería tenerla presente en futuras añoranzas.

Antes de marcharse, el gobernador militar entregó su autoridad a Estrada Palma en el Salón de los Espejos del Palacio de los Capitanes Generales. El mismo lugar en que el 1 de enero de 1899 España le había traspasado a los Estados Unidos esos mismos poderes. La ceremonia culminó con 45 disparos de cañón desde la Fortaleza de La Cabaña, mientras las campanas de las iglesias repiqueteaban y los buques del puerto hacían sonar sus sirenas.

Era un motivo de alegría para toda la isla que se marcharan los invasores, pero en realidad, como ocurre la mayoría de las veces, esos asuntos políticos afectaban muy poco a los que tenían que luchar día tras día para conseguir su imprescindible sustento.

La perla del Caribe

El 4 de diciembre de 1899, desde la cubierta del vapor francés Mavane, procedente de La Coruña, Ángel María Castro Argiz, a punto de cumplir veinticuatro años —el barco atracaba un día antes de su cumpleaños—, divisó la ciudad de La Habana por segunda vez en su vida. El calor apretaba fuerte y la humedad rodeaba a los recién llegados de un halo de bochorno sofocante, muy diferente del que estaban acostumbrados en sus lugares de origen. Eran poco más de las ocho y media de la mañana y la pesadez del aire ya anunciaba las largas y sofocantes horas que llegarían al mediodía. Todo se estremecía en ese aire caliente, con las ventanas que daban al incipiente malecón brillando como diamantes en los tramos en los que el sol las golpeaba.

Aquí y allá, grandes palmeras salpicaban los alrededores del puerto y fuera del recinto, a la derecha, tras los barrios de El Carmelo y Vedado, donde quedaba la ciudad, un enorme bulevar a la europea, casi tapado entre la arboleda tejida de verde, mostraba bien a las claras la opulencia de sus moradores. Un espectáculo que nunca dejaba indiferentes a los inmigrantes transatlánticos, que lo contemplaban boquiabiertos mientras se agolpaban en sus cabezas las historias de todos los vecinos y conocidos que habían logrado hacer fortuna.

A Ángel ya no le sorprendía. Quizá solo la exuberancia de la vegetación. Estaba acostumbrado a los paisajes verdes y arbolados de su Galicia natal, pero no eran como esos. En cualquier caso él ya había estado allí en otras circunstancias, durante la sangrienta guerra, cuando contaba con apenas 17 años y el destino —en realidad el destino y la redención a metálico4—, le llevó a la trocha de Júcaro a Morón, una línea fronteriza de alambradas, puestos de observación y pequeñas fortalezas de unos cien kilómetros de longitud, concebida como una barrera que impidiera a los rebeldes del Oriente cubano pasar al Occidente de la isla y llegar hasta La Habana5.

Como buen emigrante transatlántico, el Ángel que fumaba tranquilo un cigarro mientras veía cómo echaban amarras, ya tenía por entonces varias vidas: campesino en Lugo, panadero en Madrid, soldado en Cuba y jugador en Galicia. Cualquier oficio que le asegurara el dinero para la subsistencia a un hombre de sus características. Humilde, analfabeto, surgido de la nada, pero con la determinación y fiereza necesarias para intentar construir a base de trabajo y suerte su particular imperio en la salvaje comarca de aquella provincia de Oriente, donde había pasado tantas horas. Lo mismo que hacían otros muchos europeos a lo largo y ancho de todo el continente americano.

Ni siquiera mantenía lazos con su tierra que le impidieran iniciar una nueva vida. Su fugaz regreso a Galicia en busca del reencuentro con aquella idealizada novia que había mantenido en el pueblo durante su adolescencia le había llevado a descubrir que ya estaba casada, por lo que era sencillo tomar la decisión de irse para siempre a Cuba, un lugar en el que había visto que tendría más posibilidades de futuro6.

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Cuba está formada por la isla que da nombre al país, la Isla de la Juventud, y por más de cuatro mil cayos e islotes que la rodean. Está situada en el mar Caribe, frente a las costas de Estados Unidos y de México, a una distancia de 180 y 210 kilómetros, respectivamente. Ocupa una superficie que supera los 110 000 kilómetros cuadrados, con 5 746 kilómetros de litoral, y está protegida por 4 200 kilómetros de arrecifes. La isla tiene una longitud de 1 250 kilómetros. De los más de 200 ríos existentes, los más importantes por su longitud y caudal son el Cauto y el Toa, ambos en la parte oriental y, en las provincias centrales, el Sagua la Grande, el Zaza y el Caonao. Existen tres zonas montañosas: la cordillera de Guaniguanico, en la provincia de Pinar del Río, la Sierra de Trinidad y la Sierra Maestra, en la provincia de Santiago de Cuba. En esta última se encuentra la cota máxima, el Pico Turquino de 1 974 metros. También, en la zona más oriental de Cuba están situadas las pequeñas sierras de Nipe, Cristal y Purial, así como las Cuchillas de Moa y de Baracoa. Todas ellas con alturas que oscilan entre los 995 y los 1 231 metros.

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La bandera cubana es izada por primera vez en el Palacio de los Gobernadores Generales, en La Habana, el 20 de mayo de 1902. Tres años y cinco meses después de que los españoles dieran la isla por perdida.

Hay todo tipo de explicaciones sobre sus inicios en la isla, que lo llevaron a ejercer toda clase de oficios. La escritora y periodista cubana Katiuska Blanco, conocida sobre todo por su labor al frente del diario oficial Granma, afirma que trabajó en las minas de hierro y manganeso en Daiquiri y Ponupo, en Oriente y, de nuevo Tad Szulc, relató que vendió limonada a peones del campo, transportada en barriles a lomos de un asno.

De una manera u otra, Ángel, ya con suficiente dinero como para intentar situarse, comenzó sus auténticas actividades mercantiles en 1907. Gracias a un compatriota de origen canario muy bien situado, Fidel Pino Santos, que lo avaló para que lograra alquilarle una parcela a la todopoderosa United Fruit Company, propietaria de una gran plantación de caña de cerca de 130 000 hectáreas, en una de sus centrales azucareras, Preston, en las proximidades de la bahía de Nipe.

Por entonces hacía un año que Estrada Palma y su gabinete, vencedor de unas fraudulentas y violentas segundas elecciones, en las que se enfrentara al general José Miguel Gómez, como candidato liberal, había dimitido de forma inesperada, ante las presiones de Estados Unidos, y dejado a Cuba sin gobierno. En respuesta, Teodoro Roosevelt, sustituto de McKinley en la presidencia desde 1901, se había apresurado a nombrar a William Taft como gobernador de Cuba y a enviar a La Habana cerca de 5 600 hombres para que ocuparan de nuevo la isla en nombre de los Estados Unidos y así —según Estrada Palma, que lo había solicitado—, evitar una guerra civil.

A Taft lo sustituyó catorce días después de su llegada, Charles Magoon, el polémico exgobernador de la Zona del Canal de Panamá. Ejerció el cargo con singular mano dura sobre la población hasta el 28 de octubre de 1909, cuando José Miguel Gómez consiguió por fin hacerse con la presidencia. Cuando se fue, Magoon, que decía haber llegado a Cuba «para preservar la independencia de la isla y restablecer el orden, y no para colonizar», ya había conseguido abrir Cuba a los aventureros de su país, recibido varias acusaciones de corrupción —nunca demostradas, eso sí—, y establecido las pautas por si eran necesarias futuras acciones preventivas en la isla que evitaran una tercera intervención militar. Siempre basadas en acciones políticas tendentes a una interpretación subjetiva de la Enmienda Platt.

Mientras Magoon dejaba la isla, no sin antes firmar lucrativos contratos que cedían buena parte de su terreno a compañías estadounidenses, Ángel no tardó en organizar una pequeña empresa y dirigir un reducido grupo de hombres que se encargaba de talar madera, suministrar leña a la central azucarera de la United y limpiar de vegetación áreas donde sembrar caña. Eran años en los que, a pesar de la intermitente presencia estadounidense llegaba numerosa inmigración española a su antigua provincia, principalmente de la región gallega, lo que favoreció su trabajo como contratista y le permitió iniciar sus propias siembras de caña e incluso abrir una sencilla cantina. Una bodega que hacía también las veces de fonda, a la que bautizó como El Progreso, y que atendía los ratos que no dedicaba al bosque. Con los beneficios de ambas actividades adquirió tierras y logró fundar su propia hacienda de 11 000 hectáreas, Manacas, ubicada en Birán.

Allí, en lo alto de una colina, próxima al borde del bosque, en la zona en la que se desarrollaban las grandes empresas agrícolas estadounidenses que, de hecho, rodeaban sus terrenos, construyó su casa cuando ya tenía unos recursos económicos relativamente elevados. Una simple vivienda prefabricada de madera, exportada por los estadounidenses, con una sola planta y un pequeño altillo, erigida sobre pilotes, para que, como en Galicia, mejorara la ventilación y se pudiera almacenar el ganado. Pese a las múltiples reformas que se le realizaron durante el transcurso de los años, algo distinta de la que puede visitarse en la actualidad, una reconstrucción contemporánea de la original, víctima de un incendio que la consumió hasta los cimientos.

Por esa época Fidel Pino, le sugirió que ya era hora de que aprendiera a leer y a escribir. Le presentó para ello a la maestra de la zona de Banes, María Luisa Argota Reyes, una joven alta y resuelta. Fue un flechazo. Como en las novelas románticas, el alumno, ya con 36 años, se casó con su maestra, de 21, el 25 de marzo de 1911. Ambos se trasladaron a la finca de Birán.

Cinco hijos nacieron de esa unión, Manuel, en 1912; María Lila, en 1913; Pedro Emilio, en 1914; Antonia María, en 1915 y Georgina de la Caridad, en 1918, aunque dos de ellos, Manuel y Georgina, murieron al poco de nacer. Salvo por su maternidad, María Luisa, a la que le gustaba montar a caballo por la hacienda de su marido armada con un Winchester, se mostró siempre demasiado independiente y poco hogareña. Quizá demasiado moderna para los gustos de su marido.

Ni siquiera la «revuelta de color» que amenazó al gobierno de Gómez en 1912, cuando los negros cubanos excluidos de gran parte de la vida nacional —aunque podían pertenecer a la Guardia Rural y al ejército, no podían intervenir en política—, se levantaron en la provincia de Oriente afectó a sus posesiones. Gómez envió cerca de 2 000 soldados para sofocar la revuelta, pero ya el Secretario de Estado estadounidense Philander Knox, después de cinco días de combates, había ordenado a sus marines estacionados en Daiquiri —los mismos que acababan de intervenir en Nicaragua—, que protegieran las propiedades de Estados Unidos en la zona. En esas condiciones, Don Ángel, como le gustaba ahora que le llamaran, que tenía prácticamente una colonia en tierras de la United —la conocida como Dumoy, que vendería años después porque tuvo un accidente al caer de un caballo y se fracturó una pierna—, era difícil que se viera afectado por los disturbios.

En cualquier caso, esa fue una época de gran prosperidad para la industria azucarera, antes de lo que se denominó la «Danza de los Millones7». Un periodo, tras la Gran Guerra, entre 1919 y 1920, en el que a los que obtuvieron grandes ingresos les entró el furor de gastar lo más posible. Lo que hoy calificaríamos como «despilfarro colectivo en gastos suntuarios». Nada que no conozcamos en España.

Personas que apenas habían visto un mapa en su vida, viajaban de vacaciones a Estados Unidos o Europa, se alojaban en lujosos hoteles y no reparaban en gastos. Se hicieron fabulosas representaciones teatrales en La Habana y Santiago. Se compitió para ver quién conseguía comprar el automóvil más caro y lujoso de la época —una rivalidad aún más ridícula si tenemos en cuenta que se trataba en muchos casos de colonos y cosecheros de caña que hasta entonces habían utilizado caballos como principal medio de locomoción por los senderos de sus fincas—, lo que llevó a que por el Paseo del Prado, en La Habana, rodaran cientos de coches nuevos, como si fuera la Quinta Avenida de Nueva York. Según el Wall Street Journal del 28 de junio de 1920, la mayoría de los vehículos que circulaban por Cuba eran de marcas como Pierce-Arrows, Packard y Rolls-Royce.

Ese mismo periódico también comentaba que «el cubano es a la vez un buen gastador y, sin dudas, también un buen jugador, cuando tienen fondos. Se hace evidente en los hipódromos y los casinos donde muchos que antes arriesgaban solo 10 dólares, ahora apuestan 1 000 sin inmutarse. Los lugares más frecuentados son el Casino de La Habana y el Jai Alai8». Una extraordinaria riqueza que condujo a gastos extravagantes y que azuzó la envidia de los vecinos estadounidenses.

Tanto, que en noviembre de 1920, Aeromarine Airways, una empresa surgida de la fusión de Aeromarine —compañía dedicada a la construcción de aviones— y Florida West Airways Company, que hasta entonces solo trasladaba la correspondencia de La Habana a Key West con dos hidroaviones Model 75, —una conversión a civil del hidroplano militar F.5L Flying Boat de la U.S. Navy—, denominados La Pinta y Santa María, en homenaje a las carabelas utilizadas por Colón en la expedición efectuada hacia el continente americano, inauguró vuelos regulares con pasajeros entre esos dos destinos.

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Una familia cubana de campesinos de la provincia de Oriente fotografiada en 1900 delante del bohíopoco más que una chozaque les sirve de vivienda. La vida rural de Cuba era muy diferente de la vida en la ciudad.

La ruta prestaba servicio diario por un coste de 3 dólares el billete y tenía capacidad para 11 pasajeros más la tripulación, que eran un mecánico y el piloto. Debido a su éxito, que reducía el tiempo de viaje de seis horas en bote a una y media, tuvieron que incorporar al trayecto cuatro aeronaves más: Columbus, Balboa, Ponce de León y Mendoza. Como era lógico, al estar Estados Unidos en los años de la «Ley Seca» —la prohibición de vender alcohol—, la empresa se hizo famosa por transportar a muchos «alegres» viajeros a las islas del Caribe, un servicio que se conoció como el Highball Express9 y que nunca estuvo exento de sospechas de contrabando.

Aeromarine suspendió sus operaciones a principios de 1924. Para entonces ya había transportado a la isla cerca de 30 000 pasajeros y más de 50 toneladas de carga con solo un accidente10. Todo un logro para aquellos años. Aunque su mayor éxito había sido conseguir plantar una nueva semilla entre los estadounidenses: que se podían hacer negocios con Cuba que fueran totalmente ajenos a los de las tradicionales plantaciones.

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La Habana en 1901. Si la comparamos con la fotografía de la página anterior, vemos las enormes diferencias sociales entre el campo y la ciudad. Todavía se mantenían a mediados del siglo XX, esa fue una de las razones del triunfo de la revolución de Fidel Castro.

Los mayores beneficios de esos años dorados permitieron a Ángel Castro ampliar su vivienda. Primero con un baño, un comedor y una cocina independientes y, más tarde, con un despacho. De modo que la casa quedó cuadrada, con un segundo piso completo y vistas a las montañas. Poco más o menos como la que se enseña a todos los visitantes que, a modo de peregrinos, viajan al lugar de nacimiento de Fidel.

Debajo se mantuvo la lechería, con un rebaño de unas 30 o 35 vacas que dormían allí, las ordeñaban de madrugada y las soltaban por los potreros hasta que las recogían por la tarde.

Solo la falta de instalaciones recordaba que la región se mantenía salvaje. El agua, como en toda la zona, se recogía en tanques. La que se utilizaba normalmente era de lluvia, bien directamente o del tejado, y la que —una vez filtrada—, se consumía para beber, de los ríos o, siempre que fuera posible, de manantiales. Tampoco había electricidad en las áreas rurales. Las viviendas se alumbraban con velas y faroles de gas.

Un día llegó a trabajar en la propiedad una familia cubana con ancestros peninsulares. Francisco, el padre, y Dominga, la madre, eran de Pinar del Río, pero ambos tenían raíces canarias. Su hija, Lina11, una joven de apenas 18 años que no dejaba de llamar la atención entre los habitantes masculinos de las casas donde se ganaba la vida como empleada doméstica, quedó a cargo de la cocina en el edifico principal.

Don Ángel no es ni será el primer patrón que mantiene relaciones con sus empleadas de servicio. Con el primer embarazo de Lina, en 1922, su esposa cerró los ojos. El 2 de abril de 1923, nació una niña, Ángela, que se queda a vivir en el bohío que ocupaba la madre de Lina. A principios del año siguiente, Lina volvió a quedarse embarazada. El 14 de octubre de 1924, nació Ramón, que también fue a acompañar a su hermana al bohío. El asunto debía permanecer en secreto, pero María Argota no aceptó más la situación: abandonó la casa de Birán perdida en las montañas y se instaló en Santiago de Cuba con sus hijos.

El 13 de agosto de 192612, Lina dio a luz a su tercer hijo, al que Don Ángel puso el nombre de Fidel en homenaje a su amigo Pino Santos. El mismo Fidel Castro ha contado, para incrementar en todo lo posible su leyenda, que vino al mundo «poco después de las dos de la madrugada, una noche de ciclón, plagada de truenos, relámpagos y lluvias torrenciales».

Para entonces, María Argota exigía ya una separación legal, lo que complicó la posición jurídica de su marido, que adúltero y con una familia clandestina, corría el riesgo de perder gran parte de su patrimonio. Fue en esos momentos cuando a Don Ángel mejor le vino su amistad con el alcalde de Banes, el acaudalado y católico notario Rafael Díaz-Balart. Simuló la ruina y le traspasó legalmente sus bienes a Fidel Pino de forma simbólica. Así, oficialmente arruinado, era jurídicamente intocable.

Es curioso que, de una manera u otra, se mezclara también por entonces la vida de nuestro protagonista con la de uno de los actores secundarios de esta historia. La cocinera durante muchos años de los Díaz-Balart no era otra que Carmela Zaldívar, madre del futuro sargento Fulgencio Batista —el cargo de coronel se lo puso él mismo—. Un joven ya de veintitantos años que según las actas del juzgado de Banes se llamaba en realidad Rubén Zaldívar y al que su padre, Belisario Batista, nunca llegaría a reconocer.

Tormenta tropical

Después de un periodo de vaivenes políticos, con más o menos estabilidad económica, el precio del azúcar se desplomó en 1925 y con ello la economía cubana. Logró recuperarse con una producción de 5 millones de toneladas anuales, pero los mercados se saturaron y nuevamente todos los parámetros económicos se derrumbaron ante la evidente dependencia de la producción azucarera que tenía el país. Ese mismo año fue elegido presidente de la república Gerardo Machado, un hombre que ya había dejado atrás la cincuentena —hijo de un colono canario proveniente de la isla de La Palma—, cuyo paso desde muy joven por el Ejército Libertador que combatiera a las tropas de la metrópoli le había permitido alcanzar el grado de general.

Los primeros dos años del gobierno de Machado, con la experiencia empresarial que le suponía su actividad como ejecutivo en la General Electric Company y la posterior vicepresidencia de la Cuban Electric Company, llenaron de esperanza a la población cubana. El gobierno fue honesto, se legisló para regular la industria azucarera, diversificar la agricultura y proteger los productos cubanos y se inició un vasto programa de obras públicas y construcción de carreteras —entre ellas la Carretera Central, que sigue en servicio y comunica la isla de occidente a oriente—, que dieron trabajo a miles de cubanos. Sin embargo, además de por lograr estabilizar los problemas económicos y conciliar los intereses de la burguesía cubana con la estadounidense gracias a su doble juego —tan pronto era un ferviente nacionalista como un defensor a ultranza de los Estados Unidos—, Machado también se distinguió por otra característica no tan halagüeña: dar rienda suelta a un régimen violento, marcado por la represión contra sus opositores.

Muy pronto su gobierno derivó hacia la dictadura, lo que unido al caída de la Bolsa de Nueva York de 1929 sumió a Cuba en una de sus peores crisis económicas y sociales. Cuando a principios de 1933 no se le ocurrió otra cosa que responder a las protestas con más medidas represivas contra la clase trabajadora y los estudiantes, los mandos militares y el grupo político mayoritario en el gobierno, el ABC13, le retiraron su apoyo y forjaron una alianza que lo derrocó el 12 de agosto.

En ese momento se proyectó de nuevo sobre la isla la sombra de Washington. Benjamín Sumner Wells, el enviado especial nombrado por el recién investido presidente Franklin Delano Roosevelt, muy preocupado por lo que pudiese ocurrir con la famosa Enmienda Platt, no pudo impedir que Machado fuera depuesto, pero sí imponer que ocupara su lugar Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, el hijo de aquel Manuel Céspedes que le medio cedió la isla a los norteamericanos. El problema era que el presidente elegido por los estadounidenses carecía de una coalición política fuerte que lo pudiera sostener y el país quedó al borde de una revolución que acabó por estallar el 4 de septiembre.

Ese día emergió también en la vida política de la isla Fulgencio Batista, por entonces un joven y ambicioso sargento de comunicaciones, adscrito al estado mayor, que lideró la rebelión de los suboficiales del ejército cubano alzados oportunamente contra Céspedes. Eso sí, no sin antes establecer una alianza con los estudiantes y los líderes sindicales para cubrirse las espaldas. Esa sería a partir de entonces la mayor cualidad de «El Hombre», como le llamarían en la isla: construir alianzas. Gracias a ellas, el que sería sin ninguna duda el «villano» de la Cuba anterior a Castro, comenzaba su carrera aclamado como un héroe.

Con Batista oportunamente al margen, Céspedes fue sustituido por la Pentarquía, una presidencia de cinco miembros formada por José Miguel Irisarri, Porfirio Franca, Guillermo Portela, Ramón Grau y Sergio Carbó. Un representante de cada facción anti Machado. El experimento no llegó ni siquiera a mantenerse las tres semanas que lo había hecho Céspedes: duró cinco días. Del 5, al 10 de septiembre.

El día 11, asumió la presidencia Ramón Grau14, representante de los estudiantes y profesores de la Universidad de La Habana. Permitió que Batista se autonombrara jefe del Estado Mayor del Ejército, con el grado de coronel y fundó el Partido Revolucionario Cubano Auténtico, que junto al Partido Ortodoxo, que se crearía en 1947, serían los principales de la nación hasta la Revolución.

Grau, según Wells «un elemento sumamente radical que tenía el apoyo de la inmensa mayoría del pueblo cubano», no es de extrañar que no contara con el beneplácito estadounidense. Se oponía sin ambages a la Enmienda Platt, y durante los 127 días que se mantuvo en el gobierno se mostró incansable: otorgó la autonomía a las universidades, repartió tierras entre los campesinos, redujo el precio de los artículos de primera necesidad, dio el derecho de voto a las mujeres, limitó la jornada laboral a ocho horas, creó un Ministerio del Trabajo, redujo las tarifas de electricidad y de gas, acabó con el monopolio de las empresas estadounidenses, impuso una moratoria temporal sobre la deuda y, sobre todo, nacionalizó la Cuban Electric Company, filial de la American Bond and Foreign Power Company.

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Cartel de propaganda de los cruceros del servicio de línea de La Gran Flota Blanca, propiedad de la United Fruit Company, publicado en 1914. La United era una multinacional estadounidense fundada en 1898, tras la guerra con España, para comercializar las frutas tropicales. Se convirtió en una importante fuerza política en el Caribe y América Latina que llegó a influir en los gobiernos de la región para mantener sus operaciones, a cualquier precio, con el máximo margen de beneficios. Tras su quiebra se reorganizó con su nombre actual, Chiquita Brands International.

Lo dicho, no puede sorprenderle a nadie que los estadounidenses dieran carta blanca a Wells para que conspirara contra él junto a Batista y, entre los dos, lo obligaran a dimitir en enero de 1934 para reemplazarlo por alguien mucho más manejable, Carlos Mendieta15.

La oligarquía restaurada en el poder, a pesar del incondicional apoyo de los Estados Unidos, cuyo gobierno acabó por derogar ese mismo año la mayor parte de las disposiciones de la Enmienda Platt y desarrolló medidas para que Cuba lograra la estabilidad económica con la firma de un tratado, mostró una total ineptitud en el ejercicio del poder. Durante el período de 1935 a 1936 se puso de manifiesto con el nombramiento de tres presidentes en dos años, y el mantenimiento de la política militarista y represiva de Batista como jefe del ejército, quien además, ejercía ya descaradamente como presidente en la sombra e incluso se permitía mantener bajo presión a los presidentes electos.

A Mendieta le sucedió durante cinco meses —de diciembre de 1935 a mayo de 1936—, el barcelonés José Agripino y Barnet y a este a su vez, Miguel Mariano Gómez, en un confuso y complicado proceso político de máximos mandatarios provisionales. Gómez fue destituido el 24 de diciembre de 1936 y, ahora sí, lo sustituyó alguien con un poco de apoyo: Federico Laredo Bru, antiguo vicepresidente de Miguel Mariano Gómez.

El gobierno de Laredo Bru no fue especialmente desastroso. Es cierto que gracias a Batista logró mantener el orden y reprimir a los comunistas y a los trabajadores azucareros, pero también consiguió la estabilidad política e hizo grandes cambios democráticos en el país, que incluyeron una amnistía general en 1937 en la que se liberó a cerca de 3 000 presos políticos, la legalización de los partidos de oposición y el restablecimiento en 1939 de la autonomía universitaria. Con todo, su mayor logro sería convocar en ese año una Asamblea Constituyente que redactó y aprobó con la intervención de todos los sectores políticos de la nación una nueva Carta Magna al año siguiente.

El 10 de octubre de 1940, Batista, que había decidido finalmente abandonar la cara oculta del poder y presentarse como candidato a presidente por la Coalición Socialista Democrática, asumió legítimamente la dirección del país. Ese mismo día entró en vigor también la nueva Constitución, mucho más progresista que la anterior, por lo que no cabe duda de que bajo su primer gobierno se iniciaron los esbozos que debían hacer a Cuba prosperar. Los avalaban esas leyes recién creadas, en las que se hablaba de la intervención del gobierno en la economía y se preveía organizar una red de seguridad social que cubriera a todos los ciudadanos.

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Un grupo de los sargentos que, liderados por Batista, intervinieron en el golpe militar que derrocó a Céspedes el 4 de septiembre de 1933. La fotografía está tomada el día 10, uno antes de asumir la presidencia Ramón Grau.

Aunque la aplicación de esas mejoras tampoco pueden hacer olvidar la realidad: que Batista no era más que un oportunista político capaz de cualquier cosa en beneficio de sus propios intereses. Hacia finales de 1930, por ejemplo, cuando era solo jefe del ejército, permitió la legalización del Partido Comunista Cubano —PSP o Partido Socialista Popular—, solo porque el PSP había demostrado una magnífica habilidad para mantener a raya a la clase obrera y eso era esencial para él. Tanto, que ahora, desde el poder, invitó a los comunistas a participar en el gobierno para mantenerlos contentos.

Fueron también los años en los que Batista decidió abandonar la neutralidad y cooperar con los aliados, embarcados en la Segunda Guerra Mundial. Nada más producirse el bombardeo de Pearl Harbor declaró la guerra al imperio japonés, Alemania e Italia.

La guerra complicó la siempre difícil vida de los cubanos. En tiempo de paz, la cuarta parte de sus importaciones consistían en granos, carnes y verduras. La falta de espacio disponible en los buques mercantes, necesarios para el transporte de armas y suministros con destino a Europa o el Pacífico, un mercado mucho más rentable, afectó profundamente su propio abastecimiento, por lo que en las primeras semanas del conflicto, se produjo una alarmante alza de precios. Para resolverlo, el 13 de mayo de 1942 Batista estableció la Oficina Reguladora de Precios y Abastos. Además, el gobierno ordenó a todos los agricultores que sembraran una parte de sus tierras con productos de consumo general, de los que se importaban normalmente, y concedió cada vez más atención al cultivo del arroz, frutos tropicales y otros artículos alimenticios, que casi volvió a dejar todo el azúcar en manos estadounidenses.

¿Cúal era el problema?, que el azúcar cubano era un factor esencial en el esfuerzo bélico y la mayoría de su producción, que en 1942 ascendió a 4 100 000 toneladas, se vendía a la corporación de Suministros de Defensa de los Estados Unidos a 5,30 dólares por kilogramo. Un precio que luego los estadounidenses multiplicaban cuando reexportaban ese mismo azúcar a Gran Bretaña y la Unión Soviética y que a la isla le reportaba pocos beneficios.

Aparte de los cambios en la agricultura, la economía de Cuba derivó hacia otras exigencias de la guerra. Las industrias bélicas crearon una demanda casi ilimitada de metales, y la isla contribuyó a satisfacerla. La región cubana más rica en recursos minerales también resultó ser Oriente, donde se descubrieron grandes yacimientos de hierro, cobre, manganeso —su producción, imprescindible para aumentar la resistencia en los blindajes de acero de los tanques y buques fue la mayor aportación de Cuba a la victoria aliada—, oro, mercurio, zinc, plomo, plata, antimonio y otros minerales, que se explotaron rápidamente. Pero de nuevo por industrias con capital estadounidense, por lo que en realidad tampoco mejoró mucho la vida de los habitantes de la región, desde siempre una de las más necesitadas.

Militarmente, el coronel presidente no se mojó mucho. El 18 de junio suscribió un acuerdo militar con Estados Unidos y autorizó la construcción de una base aérea para patrullas antisubmarinas —que se entregó a las fuerzas aéreas cubanas después de la guerra—, y un centro de instrucción de pilotos. Desde la base, los aviones podían explorar toda la zona del Mar Caribe y los accesos al Canal de Panamá al tiempo que protegían a la armada cubana en las labores de patrulla que realizaban en cooperación con la US Navy. Poco más, salvo movilizar unos 30 000 reservistas entre 18 y 25 años.

En 1944, respetando sorprendentemente que la Constitución prohibía las reelecciones presidenciales, Batista se hizo a un lado a pesar de que su candidato, Carlos Saladrigas Zayas, no fuera el elegido. Los electores se habían decantado por que retomara el poder Ramón Grau, el mismo hombre que él había depuesto previamente en 1933, y que ahora lideraba la coalición de la oposición, por lo que optó por retirarse de la vida política y abandonó Cuba para irse a vivir a Daytona Beach, un paraíso de 23 kilómetros de costa virgen, con inmensas playas de fina arena y aguas cristalinas, pero a un paso de los ingenios azucareros de La Florida. Por entonces, un buen lugar para iniciarse en los negocios millonarios y hacer magníficos contactos entre los magnates estadounidenses.

Durante los ocho años siguientes, el Partido Auténtico de Cuba, dirigido primero por Grau San Martín y luego por Carlos Prío, desarrollaría un gobierno que solo puede calificarse de corrupto e irresponsable. La corrupción era algo normal en Cuba, se había extendido a todos los niveles desde 1902, pero llegó a ser demasiado exagerada en cuanto acabó la guerra y disminuyeron las exportaciones. Para bien o para mal, esos serían los complicados primeros años que le tocarían vivir a nuestro protagonista.